lunes, 20 de mayo de 2013

El gran Fitzgerald en sus cartas


El atractivo por la vida y obra de Francis Scott Fitzgerald (Saint Paul, Minnesota, 1896-Hollywood, 1940), emblema de lo que puede llegar a ser el estrellato artístico y social y la degradación fulminante, parece no tener fin. El de él, pero también el de su esposa, Zelda Sayre, como ya se vio en la película «Medianoche en París» (2011), de Woody Allen.

Precisamente la propia pareja firma dos volúmenes que acaban de aparecer: «Pizcas de paraíso» (RBA), que reúne once cuentos inéditos de Fitzgerald y otros diez que Sayre publicó en diversas revistas; y «Querido Scott, querida Zelda» (Lumen), recopilación de sus cartas a cargo de los estudiosos Jackson Bryer y Cathy Barks, que advierten que «la tendencia general ha sido tratar sus vidas y sus enfermedades desde el sensacionalismo». Y es que el drama les persiguió en forma de alcoholismo, intentos de suicidio, separación irremediable –por los ingresos psiquiátricos de ella, a causa de sus crisis mentales, o el trabajo en Hollywood de él– y muertes trágicas: Fitzgerald de infarto, a los 44 años, y ella en un incendio en una clínica en 1948.

De hecho, la salud de Zelda y el alto tren de vida al que ambos se acostumbraron desde su boda serían motivo de preocupación constante para Fitzgerald, como se demostró en el irónico libro «Cómo sobrevivir con 36.000 dólares al año» (Gallo Nero, 2012). Así, el epistolario de la pareja refleja la dificultad, también financiera, en la que se había convertido una existencia que empezó siendo envidiable, adinerada y glamurosa en plena época de la Ley Seca y el jazz, regada con copas y bailes, y se volvió insufrible. Por algo dice Sayre en 1930, dentro de un vaivén de reproches mezclados con mensajes de ternura: «Nos destrozamos a nosotros mismos».

Pero antes de esa destrucción, el talento de Fitzgerald emergió en la que él consideró su mejor obra, «El gran Gatsby» (1925), que expresa «la irregularidad e impremeditación de la vida en una época de alegre irresponsabilidad y decadente encanto», como dice Mario Vargas Llosa en el prólogo a una nueva traducción de la obra, de Miguel Temprano, novedad de la editorial RBA esta semana. Una traducción que se suma a dos del año 2011: de José Luis Piquero, en Paréntesis, y la de Justo Navarro en Anagrama, y a otra de 2012, de Susana Carral, en Reino de Cordelia, sello editorial hermano de El Rey Lear, que meses atrás dio dos libros de cuentos de Fitzgerald: “Tres historias en torno a Gatsby” –relatos preparatorios para la novela– y “La adolescencia de Basil Duke Lee” –donde recuerda su etapa como estudiante.

Navarro afirmó en su día que Fitzgerald inventó la era del jazz, y en el epílogo a la versión aludida recuerda cómo el autor, en 1922, organizó fiestas en su gran casa, lo cual se iba a extender en el texto que escribiría dos años después en la Riviera francesa y que iba a titular “El gran Gatsby”, pues «toda la novela es una sucesión de fiestas y reuniones para comer y beber. (…) Pero son diversiones que acaban en perturbación y desembocan en violencia». El lector, y ahora el espectador, tienen sobradas ocasiones para constatarlo.

Publicado en La Razón, 16-V-2013