jueves, 23 de mayo de 2013

Escribir en un hoyo

La vida juvenil de Ernst Jünger, su ardor guerrero e imán hacia todo lo que significara peligro y aventura, dio para muchas páginas enmarcadas en novelas y ensayos, para casi cien años de recuerdos autobiográficos. En la novela “Juegos africanos”, publicada cuando su reputación ya era considerable en la Alemania prenazi (1936), recordaba su alistamiento secreto en la Legión Extranjera francesa, a los diecisiete años, mediante un “alter ego” que describía con minuciosidad las miserias de los soldados destinados en Argelia. A esta experiencia, idealizada por cuanto Jünger quiso muy pronto escapar de su realidad burguesa familiar que le incomodaba sobremanera y también de los estudios, le seguiría enseguida la de la Gran Guerra, que a su vez le inspiraría la redacción de «Tempestades de acero» (1920).

Estamos, pues, ante un Jünger que concibe sus primeros libros con la exaltación de lo bélico como sacrificio personal en pos de liberarse de las ataduras sociales. De tal modo que si en el volumen antes referido, «África encarnaba la naturaleza salvaje, virgen e infranqueable y por consiguiente un territorio donde el encuentro con lo extraordinario e inesperado era harto probable», un lugar donde vivir sin afán de lucro y que se relacionaba con la libertad simbólica del ser humano, este “Diario de guerra”, inédito hasta el año 2010, será el culmen de semejante busca de un destino tan imprevisible como trágico. De hecho, «es un milagro que Jünger sobreviviera a los muchos y duros fuegos de tambor, a los continuos tiros de dispersión y a los disparos dirigidos contra él personalmente, y todo ello sin quedar mutilado», apunta Helmuth Kiesel, responsable de esta edición magnífica, traducida por Carmen Gauger.

Diez millones de soldados y civiles muertos en toda la Primera Guerra Mundial (dos millones de alemanes). Una media de edad de los caídos de diecinueve años y medio. Y sin embargo, Jünger, aun padeciendo catorce impactos de fusiles y granadas que le provocaron veinte cicatrices, se mantuvo con vida –como ocurrirá también en su paso como oficial en la Segunda Guerra– y le harían merecedor de la Medalla de Oro de Sufrimientos por la Patria. Este diario, extraído de quince pequeñas libretas de apuntes que Jünger conservó sin intención de publicar, sería donado por él mismo en 1995 al Archivo de Literatura Alemana de Marbach, y serviría como material de estudio académico sobre todo. Ahora, constituye públicamente un documento excepcional para conocer por dentro las trincheras de guerra. “Escribo esto en un hoyo”, dice el joven soldado cinco días después de llegar al frente, mientras a su alrededor silban los proyectiles y pronto caerán compañeros.

Es sorprendente ver cómo a este Jünger de veintitrés años le resulta indiferente la posibilidad de morir y ver morir. “En realidad, la guerra me parecía más horrible de lo que en realidad es”, asegura al comienzo, cuando tiene claro que “al que ha de tocarle, le toca”. Al final del día, con gran disciplina, va escribiendo mil y un movimientos: órdenes de los superiores, desplazamientos, muertes escalofriantes de muchachos en la flor de la vida, entretenimientos varios… Todo con un tono informativo y frío, funcional y sobrio. Así durante tres años y nueve meses, sin lamentarse por las balas recibidas; todo lo contrario, casi celebrándolas: “Hoy hace un año de mi herida. Veo aún cómo avanzábamos por aquella funesta zona del bosque, cómo nos salieron al encuentro hombres chorreando sangre, destrozados”, escribe el 25 de abril de 1916, y ni eso le desalienta: “Pero pese a todo eso quiero otra vez el choque con el enemigo, cueste lo que cueste”.

Este masoquismo, por así decirlo, contrasta con otra actividad, delicada, que desarrolló Jünger en aquel tiempo: la visión y recogida de fauna y flora. Es esto lo que sí despierta en él palabras admirativas y emocionadas, pues no en vano, tras la guerra, iniciaría estudios de zoología: “Durante los dos últimos días, he recogido celosamente escarabajos. Esto es maravilloso. Toda la 1120 está cubierta de setos de espinos blancos, en los que hay un número infinito de flores”. Kiesel, incluso, incluye un apéndice en el que, junto con comentarios y notas al diario, conocemos el “Libro de coleópteros” que Jünger fue preparando a raíz de sus hallazgos en la zona donde estaba destinado. Desarrollaba así una afición de niño, la única cosa que lo ató a su padre, a su familia, antes de huir para guerrear, para sentir en carne propia el riesgo de poder morir en cualquier instante.


Publicado en La Razón, 23-V-2013