Particularísima narración esta de Ricardo
Martínez Llorca, experto en viajes aventureros que dio anteriormente obras como
El precio de ser pájaro e Hijos de Caín en los que el tránsito y
su peripecia tenían tierra y aire también de ficción. En Después de la nieve, el autor va más allá con un protagonista,
álter ego que, en entornos periodísticos, se ha dedicado a bucear en aquellos
hombres aguerridos que se enfrentan al poder de la naturaleza y que tienen tras
ellos una vida que coquetea con la muerte. Aquí surgen muchos, desconocidos
para el profano en la materia, sin que ello importe en absoluto, pues la
descripción de la heroicidad o el fracaso de turno sostienen un argumento que
en realidad son varios: los perfiles de ciertos montañistas, incluido el de
Carlos Marín, escalador casi legendario que lleva una vida vagabunda; varias
personas callejeras que buscan buscarse su destino, su sustento y su camino y
su porqué, como Muchacho, Burkina y la prostituta Laura; o el mismo narrador,
que tiene una suerte de visión en el hospital al que va a visitar a su hermano
y que solo puede despertar una sospecha, una evocación montañera: la de un
hombre subiendo por la pared hasta tocar el cristal de la ventana donde ha
dejado sus huellas.
Así precisamente da inicio el relato un
Martínez Llorca que, hace escasas fechas, contestaba en este blog a la
entrevista capotiana en la que dejaba traslucir algunos detalles biográficos de
corte aventurero, cuando no peligroso, e incluso trágico en verdad emotivos. Es
la emotividad, qué otra cosa, más la curiosidad, la empatía, lo que mueve al
periodista a la hora de querer saber lo que ocurrió con el prometedor Marín, de
interrogar a gentes inadaptadas o con futuro incierto, de hacer de sus días un
enigma que preguntarse y una investigación que llevar a término. Eso –la
atmósfera de incertidumbre, a veces de derrota o melancolía del narrador que
busca y encuentra, que se pregunta y se responde– es lo mejor de un libro breve
que se ensancha por lo mucho que sugiere, tanto en lo que respecta a alusiones
literarias –en especial el Lord Jim
de Conrad, pero también grandes autores viajeros como Chatwin– como al
desconcierto, yo diría que casi hasta existencialista, que transmite el
espontáneo investigador a medida que indaga, se mueve, descubre al fin que, en
palabras del objeto de su estudio, “negar que somos naturaleza es negarnos la
felicidad”.
INFORMACIÓN DEL AUTOR: Ricardo Martínez Llorca es autor de los libros Tan alto el silencio (Debate), El paisaje vacío (Debate, premio Jaén), El carillón de los vientos (Alcalá), Después de la nieve (Desnivel), Cinturón de cobre (Pre-Textos), Al otro lado de la luz (La Línea del Horizonte), Hijos de Caín (Xplora) y El precio de ser pájaro (Desnivel). Es crítico literario en las publicaciones Quimera, Revista de Letras, FronteraD y La Línea del Horizonte, y dirige la sección "Viajes y libros" en Culturamas.