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sábado, 8 de noviembre de 2025

La revista "Qué Leer" de este noviembre

Ya está en los quioscos el nuevo número de la revista Qué Leer (noviembre, núm. 321), que se complementa con otros textos que aparecen en su sitio web, Facebook y X.

En este enlace de Zinio se puede adquirir la revista y ver todo el sumario con un extracto de cada una de sus secciones: mi editorial "Alma en las Palabras", "Laureles", "Lletres catalanes", "Hoy" (narrativa, no ficción, poesía), "Protagonista", "Ayer" (efeméride, contemporáneo, clásico), "Cata", "Voz autoral", "Voz editorial", "Imágenes", "Hechos", "Novedades" e "Invenciones. Cien páginas repletas de reseñas, entrevistas, reportajes literarios, columnas de escritor, avances editoriales...

viernes, 8 de diciembre de 2023

Mi novela "La soledad del tirador" en un libro sobre historia del baloncesto

Tengo la gratísima sorpresa de acabar de conocer, en este libro, la mención y comentario de uno de los míos. Se trata de Eso no estaba en mi libro de historia del baloncesto (editorial Almuzara), de Francisco Gallardo y Juan Antonio Corbalán, ambos médicos y exjugadores profesionales, pero también autores de varios libro, el primero de novelas y el segundo de asuntos deportivos sobre todo. Pues bien, en este libro escrito al alimón, se habla de mi novela La soledad del tirador, que El Desvelo me publicó en el 2017.

lunes, 9 de enero de 2023

Entrevista capotiana a Xenia García

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Xenia García.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Me cuesta imaginar un lugar del que no quisiera salir en algún momento, la verdad, pero si tuviera que elegir tal extremo, y a pesar de considerarme una mujer de ciudad, diría que un camino. Podría pasarme la vida caminando.

¿Prefiere los animales a la gente? Prefiero las personas a los animales. Y algunos animales a la gente.

¿Es usted cruel? Quiero creer que no, aunque quizás alguna vez lo haya sido por omisión.

¿Tiene muchos amigos? Amigos de verdad, no muchos, no. Diría que seis o siete. Pero me considero afortunada con las personas que he conocido y se han cruzado en mi vida.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que enciendan esa intimidad única que nos aleja del mundo y a la vez nos hermana con él. Y la risa. Me gusta reírme con mis amigos. Una risa sincera. Tengo amigas a las que no he visto en varios -muchos- años y cuando nos hemos vuelto a ver, la distancia desaparece a los pocos minutos. Esa es la intimidad a la que me refería, la que no precisa de demasiadas explicaciones para hacernos sentir nosotros mismos.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No suelen, pero alguna vez lo han hecho. Igual que yo a ellos. La amistad no nos exime de ser quienes somos, y a veces erramos y defraudamos y decepcionamos. Claro que aquí juega un papel vital las expectativas que se tengan depositadas en la otra persona. Intento ser realista en mis relaciones personales.

¿Es usted una persona sincera? Diría que sí, pero sin caer en lo que se ha llamado sincericidio. Si la verdad no aporta nada y además hiere, a veces me la he guardado. En ocasiones he puesto filtros a la verdad, sobre todo si no me han pedido opinión. No sé si eso me convierte en una persona mentirosa.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Creo que soy víctima de esta sociedad del cansancio. Tengo poco tiempo libre, porque siempre lo ocupo. No puedo pasar un día sin leer o sin hacer cualquier tipo de actividad física, aunque sea caminar. También me encanta bailar y en verano, no perdono un viaje largo en familia.

¿Qué le da más miedo? Uy, soy muy miedosa. Tengo muchos temores desde pequeña. Luego la vida me ha ido poniendo pruebas – no sé si muchas, pero algunas sí que han sido duras- y he descubierto en mí una valentía tímida, silenciosa, a la vez que firme. Me daría mucho miedo, por ejemplo, que mis hijos llegaran a odiarme. Y el sufrimiento que acarrea la enfermedad, no solo para el enfermo, sino para las personas de tu entorno. Llegar a ser una carga para ellos. También me da miedo  la anhedonia, no ser capaz de sentir, sea lo que sea, pero sobre todo ser incapaz de disfrutar de los pequeños placeres de la vida. Lamentablemente podría seguir...

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Los que abusan de los niños. Los que destruyen una infancia, cualquier infancia. También me escandaliza la sumisión y el conformismo compulsivo.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Nunca decidí ser escritora. Pero si tuviera que elegir, supongo que bailarina o bailaora. Expresarme con el cuerpo.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí, a diario. Lo necesito por salud mental y física. También por salud mental de los que viven conmigo.

¿Sabe cocinar? Sé. Bueno, sabía, aunque hace años que apenas cocino. Desde que empecé con mi marido, hace catorce años, apenas lo hago, pero soy amante de la buena mesa.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Los personajes anónimos.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Amor.

¿Y la más peligrosa? Amor. Y lo que somos capaces de hacer en su nombre.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Solo en la ficción, aunque en las tres acepciones del término.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Uf. Me considero feminista y de izquierdas. Me presenté una vez a las elecciones por Escaños en Blanco. Siento un profundo descontento con la clase política de este país.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Nunca me lo he planteado, pero ahora que me lo pregunta, me gustaría volver a  ser la Xenia de los veinte años, sabiendo lo que sé ahora, que tampoco es mucho.

¿Cuáles son sus vicios principales? He tenido épocas con conductas dañinas que prefiero no confesar. En realidad, cualquier placer es susceptible de convertirse en un vicio, ¿no? De todas formas, dado que los malos hábitos están sometidos al juicio moral y social de cada época, trato de ser indulgente conmigo misma. Creo que me he librado de muchos vicios porque detesto perder totalmente el control.

¿Y sus virtudes? Los que me conocen hablan de mi fuerza de voluntad, aunque quizás sea porque no conocen todos mis vicios. Cuando tengo una meta clara, un objetivo que trascienda al mero deseo, suelo perseguirla con disciplina, motivación y persistencia. Lo difícil es quizás encontrar metas a largo plazo, sobre todo cuando se llega a la conclusión de que el largo plazo no existe.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Mi familia.

T. M.

domingo, 14 de noviembre de 2021

Recomendando un libro sobre Michael Jordan en el programa de radio de Josep Cuní


Este pasado viernes 12 recomendé, en el programa de radio Aquí amb Josep Cuní, de la Cadena SER Catalunya, Las reglas de Jordan (editorial Contra), de Sam Smith. Se puede escuchar desde el minuto 26:35.

martes, 11 de agosto de 2020

"The Way Back": baloncesto, alcoholismo y dolor paternofilial


Tengo tantas ganas como algún reparo a la hora de ir a ver The Way Back, pues el cine norteamericano ha afrontado el mundo del deporte desde una épica hiperbólica y poca verosimilitud. Pero yo pondría esta cinta dirigida muy bien por Gavin O'Connor, del que vi hace poco la notable La venganza de Jane, en el pequeño listado de grandes historias en torno al baloncesto, tras por supuesto la mítica Hoosiers. Más que ídolos, y He Got Game.

Como en esta última, en la película protagonizada por Ben Affleck, de este mismo año (si no me equivoco se estrenó en Estados Unidos justo antes de la pandemia), el trasfondo de conflicto y dolor paternofilial es muy acusado, y en todo ello el baloncesto es telón de fondo emocional y redentor. 

Siguiendo ciertos tópicos previsibles, más allá de eso, creo que el director y guionista O'Connor dribla bien tales clichés usándolos en beneficio de una historia dura en que el sufrimiento extremo (el mayor que puede padecer un padre) y el alcoholismo están bien insertados en un relato profundamente americano. Así, conocemos el ambiente católico de un instituto típico y su modo de afrontar la práctica deportiva, la importancia del bar en la cotidianidad de los trabajadores, la vida comunitaria en los suburbios de cualquier ciudad gringa, y ya dentro del mundo de la canasta, la competitividad, el afán de superación y, como no podía ser de otra manera, la evolución de un equipo mediocre hacia uno que se ve ganador.

El tratamiento de aspectos que tienen que ver con el propio juego llegaron a resultarme convincentes, haciendo fidedignas las escenas de acción en la cancha, y el proceso de ir conociendo el profundo drama del protagonista me pareció bien narrado, siempre con ese cuestionamiento ("El baloncesto no es bueno", dice un personaje en un momento dado, omito decir por qué) y la sombra del pasado ("Mi padre no me quería mucho", dice Jack, el entrenador protagonista y antigua estrella del instituto), con la referencia del padre, de aciaga familiaridad, que iba a los partidos para entretenerse y no por amor hacia su hijo, el cual acaba vengándose dejando de jugar y autodestruyéndose.

Al acabar la película, la persona que me acompaña dice que es puro Hollywood, y yo estoy parcialmente de acuerdo, pero la historia acaba de conmoverme profundamente, sin duda porque muchas cosas de ella me tocan muy de cerca. He visto en todo caso la intención de no haber hecho una película épica sin más (se explica bien cómo el equipo va mejorando, gracias a la defensa presionante en toda la cancha, endureciendo el contacto, haciendo de la escasa estatura de los integrantes del equipo una ventaja a la hora de moverse...) y el final gris, abierto, entre esperanzado sin llegar a ser feliz, y tras ser acompañado por una música acertadísima para el tono de la película, de Rob Simonsen (pareciera discípulo de Clint Eastwood en este sentido), consigue lo que ha de perseguir cada historia: que al terminar aún flote en ti, que se quede dentro, incluso a la mañana siguiente, muy temprano, cuando uno, porque no tiene más remedio que hacerlo, se sienta a hablar de ella.

martes, 17 de marzo de 2020

El genial Shea Serrano y su libro sobre la NBA


Con libros tan increíblemente geniales como Baloncesto (y otras hierbas) (editorial Contra), de Shea Serrano, es mucho, mucho más llevadero pasar el confinamiento casero por culpa del maldito virus internacional. Uno ha leído, ejem, miles de libros a lo largo de cuatro décadas, pero poquísimos tan divertidos e ingeniosos como este.

lunes, 3 de febrero de 2020

Recomendando un libro de Kobe Bryant en el programa de radio de Josep Cuní



El pasado viernes día 31 recomendé, en el programa de la SER Aquí amb Josep Cuní, en la sección en la que colaboro, Mentalidad mamba. Los secretos de mi éxito, de Kobe Bryant (editorial Alienta).


Fue mi manera de homenajear al jugador de los Lakers, al que vi jugar veinte años. Además de lo que comento en el programa, transcribo unas palabras de Pau Gasol: “Jamás he visto en toda mi carrera un jugador tan entregado a ser el mejor. Su determinación es inigualable. Sin duda, trabajaba más duramente que cualquier otro jugador que haya conocido”. Y destaca que cuando los compañeros se iban a dormir, él todavía se ponía a entrenar. Y escribe aquí que este libro es ciertamente una fuente de inspiración.

Esto lo corrobora Phil Jackson, en la introducción, donde habla de cómo fue su relación por un objetivo común: el campeonato de la NBA cinco veces. Destaca que era realmente un estudioso del juego, y el libro lo demuestra, porque Kobe analiza jugadas, posiciones de pies y brazos, detalles de tiro o de defensa, etc. Lo terrible es leer el último párrafo de la introducción, pues Jackson dice: “Las fotografías de este libro son un testimonio de la manera en que Kobe ha pensado sobre el juego. De hecho, el modo en que Kobe enfoca el baloncesto le ha preparado para la siguiente etapa de su vida, una etapa que ya resulta tan interesante e intensa como su larga carrera con los Lakers”. Un etapa fuera del baloncesto y cerca de la familia que ya no se producirá.

martes, 4 de abril de 2017

"La soledad del tirador" en "La Nueva España"


El pasado 30 de marzo Tino Pertierra publicaba esta columna en el suplemento cultural del diario asturiano La Nueva España, con el ingenioso título "Este partido lo vamos a ganar". En ella reseñaba mi novela La soledad del tirador (El Desvelo Ediciones) y se hacía eco de unas reflexiones que le compartí sobre la escasez en la narrativa española de argumentos en torno a asuntos deportivos y demás consideraciones.

miércoles, 29 de marzo de 2017

"La soledad del tirador" en "El Diario Montañés"


El sábado 18 de marzo ya aparecía una completa información sobre el libro que vería la luz en librerías dos días más tarde, La soledad del tirador (El Desvelo Ediciones). Ocurría en El Diario Montañés, y el texto lo firmaba Guillermo Balbona, a quien quedo muy agradecido.

lunes, 20 de marzo de 2017

Publicación de "La soledad del tirador", en El Desvelo Ediciones. Hoy ya en librerías

Hoy ve la luz mi novela La soledad del tirador (El Desvelo Ediciones), en una edición espléndida, en su formato y diseño, con una portada maravillosamente creativa e ingeniosa. Ese balón que se ha mondado cual naranja es en realidad la forma en que se desgarra la historia que hay detrás. Es el desgarro con el que escribí ese texto entre los años 2000 y 2002, el desgarro que aún he sentido al releer y preparar el texto sobre mi infancia y adolescencia proyectadas en un personaje que, como yo, jugaba al baloncesto en cierto barrio barcelonés y alguna vez sintió lo que expresa el título en mitad de un partido, mientras en el partido de la vida eso sucedía demasiadas veces.

Nota de prensa:

La soledad del tirador es la nueva obra del novelista, ensayista y crítico Toni Montesinos, que se pondrá a la venta el 20 de marzo en toda España. Ambientada en la Barcelona de los años ochenta, un joven rememora su dura vida en aquellos tiempos, en un barrio periférico, de clase social baja, con la familia escindida y en medio de una sociedad en plena transición política, económica y cultural. Su pasión, el baloncesto, es el telón de fondo de una historia que abarca el instituto, donde no le es posible adaptarse, el hogar desolado y el club deportivo lleno de retos y limitaciones. La soledad del tirador habla de la rabia de nacer en el peor lugar en el peor momento; habla de la injusticia de que nadie nos conceda una oportunidad; habla de la crueldad de quien se regocija en situarse por encima de uno por el simple hecho de pisotear sueños ajenos.

Como ha escrito el crítico de La Razón Jesús Ferrer, «Toni Montesinos nos acerca con esta novela a las expectativas, frustradas e ilusionantes a la vez, de un joven en un suburbial barrio barcelonés de los años ochenta. Con un deprimido entorno social, una desestructurada familia y unas pésimas perspectivas profesionales, nuestro protagonista encuentra en el baloncesto y su habilidad como encestador –el tirador del título– la vía de escape a su opresiva realidad exterior. El libro es el relato introspectivo de una accidentada educación sentimental poblada de inalcanzables muchachas, violentos retos entre compañeros, anheladas y confortables formas de vida deportiva estadounidense, o la deseada vocación cultural emancipadora. Desde la mirada de un presente adulto, el narrador, implicado y distante a la vez, experimenta una soledad íntima y también generacional, dura y aislada en inhóspitas periferias urbanas.»

Para más información y/o solicitud de entrevistas: El Desvelo Ediciones
www.eldesvelo.com | info@eldesvelo.com | +34 667 666 836

lunes, 6 de marzo de 2017

Ascenso y caída de Pistol Pete Maravich


Es doloroso verlo en imágenes en las que su grandeza celestial había caído al territorio mundano: desplazamientos laterales lentos, pérdidas de balón, rebotes mal afrontados, pases defectuosos y, sobre todo, lanzamientos erráticos. Todo cuando vestía la camiseta de los Celtics y al poco tiempo tiró la toalla, se retiró del baloncesto. Veo ese tipo de vídeos después de leer Pistol. La increíble historia de Pete Maravich, de Mark Kriegel (Contra Editorial), excelente trabajo de investigación biográfico sobre uno de esos jugadores cuyo talento no era de este mundo y que la mala suerte malogró por culpa de las lesiones y una muerte prematura a los cuarenta años. 

El jugador de Louisiana State, de los Hawks y los Jazz también, el máximo anotador de la historia del baloncesto universitario, el tipo que les metió 68 puntos a los Knicks en 1977 y que fue el máximo encestador de la NBA una vez con más de 31 puntos de media por partido, vivió la época equivocada, o se adelantó a la época actual, porque lo que él hacía lo han ido imitando durante las décadas posteriores todos los jugadores, consciente o inconscientemente. 

El libro de Kriegel aborda al Maravich jugador, pero asimismo al Maravich obsesionado por la velocidad, o al retirarse, por la religión o la alimentación. Y me atrevería a decir que no es el único protagonista de estas páginas, pues tanta presencia tiene, o quizá más proporcionalmente por el peso que tuvo en su carrera, su padre Press, gran entrenador en un periodo apasionante del baloncesto americano: en el inicio del estudio de las tácticas, la incorporación de los negros al deporte profesional y la popularidad de un juego que hacía que se llenaran pabellones de veinte mil espectadores, muchas veces sólo por ver jugar a un genio como “Pistol” Pete Maravich.

martes, 25 de octubre de 2016

La muerte del baloncesto español

Canasta hallada en un camping de Blanes, Gerona

Para los que pensamos que el baloncesto es EL deporte, que es el juego más divertido, completo, profundo, épico y sorprendente, esta temporada es un pequeño drama. En un país, en un mundo, donde el fútbol acapara groseramente toda la atención, un deporte sólo puede crecer y expandirse dejándose ver, haciéndose atractivo ante la audiencia. La ACB ha dictado su suicidio al desaparecer de los medios de comunicación regionales o nacionales para venderse a una de esas plataformas de pago. La televisión pública emitirá partidos futboleros, pero ya ni rastro del basket. 

Ni la liga nacional, ni la Euroliga, más atractiva que nunca, ni los partidos amistosos con equipos de la NBA. En una competición estatal en la que se ha perdido por el camino el concurso de un equipo y ahora sólo jugarán creo que diecisiete, en la que casi todos los mejores jugadores han emigrado a Estados Unidos por una apertura salarial de las franquicias allá, esta temporada más que nunca se necesitaba a los aficionados cerca. Todo se aleja y deshumaniza, se hace extranjero, lo cual no tiene nada absolutamente de malo si al menos se conserva nuestra cantera, a los jóvenes que quieren llegar al primer equipo y que tienen las puertas prácticamente cerradas a la hora de alcanzar tal cosa. 

El inglés es el idioma de los tiempos muertos, hay equipos que no tienen ni siquiera a un jugador nacional, y así es imposible fidelizar a personas que simpaticen con su club. El baloncesto español, una marca de éxito internacional por su Selección y por la cantidad de jugadores que han acudido a la NBA, de alguna manera se ha puesto de espaldas a la gente de a pie, y jugadores longevos, fieles a un equipo, como Juan Carlos Navarro, sobreviven en escuadras perpetuamente renovadas, irreconocibles, convertidas ya en un producto audiovisual con el que ganar dinero y perder futuro.

domingo, 31 de julio de 2016

Melancolía de Magic Johnson y Larry Bird


Hace veinte años compraba en una parada de libros usados una biografía de Michael Jordan, enfrente del MoMA. El día de mi llegada a Nueva York, por la noche, luchando contra el cansancio y el sueño, había visto por televisión cómo el 23 de los Bulls ganaba su quinto campeonato de la NBA, a los Utah Jazz, creo que aportando 33 puntos. La liga era de él y el tiempo de los Lakers y los Celtics había pasado. Cuatro años antes se habían retirado Magic Johnson y Larry Bird, los iconos modernos del baloncesto norteamericano y que, desde su primer enfrentamiento en la NCAA hasta el hecho de compartir Dream Team en los Juegos Olímpicos de 1992, habían llevado carreras paralelas, viciadas de una extrema competitividad, hasta hacerse amigos, hasta no poder concebirse a Magic sin Bird, a Bird sin Magic.

Uno mismo ha aprovechado momentos puntuales, los pocos que dejan los libros de literatura, para sucumbir al extraño encanto que ejerce el baloncesto por ser parte de la formación –deportiva, dramática, social, íntima, fracasada– que ya se ve lejana, y leer algún libro de ello. Me recuerdo, en ese primer lustro de los noventa, en un autobús que me llevaba desde Alcalá de Henares a Madrid para asistir, un domingo por la mañana, a un partido entre el Real Madrid y otro equipo que ahora sólo recuerdo que era modesto. Posiblemente por eso me sentía casi solo en el pabellón, pues la asistencia era escasa, y por eso me abordó un profundo pesar de melancolía por aquello a lo que le había dedicado miles de horas, días enteros, viajes, algún momento glorioso, frustraciones y demasiadas nostalgias.

El libro que leía esos días era uno que también encontraría de ocasión en una de esas librerías que ahora han desaparecido, Tú puedes evitarlo (Planeta, 1992), autobiografía de Magic muy centrada en su por aquel entonces reciente problema de salud: ser portador del virus del sida, sin que por fortuna haya desarrollado la enfermedad. Era un buen libro, y ahora lo evoco porque he estado disfrutando sobremanera con Cuando éramos los mejores (editorial Contra), de Jackie MacMullan. Se presenta todo ya desde la cubierta y las solapas casi como si los jugadores fueran los autores también, e incluso aportan cada uno un buen prólogo, pero el esfuerzo y la calidad de escritura, síntesis y entrevistas por doquier necesarias para reconstruir muchos años de baloncesto, NBA y relaciones personales es responsabilidad de esta periodista magnífica de importantes medios de Boston y Nueva York.

Una lectura placentera que no rehúye asuntos ásperos e incluso negativos, que abre la voz a un montón de testimonios, que explica con vivacidad y precisión partidos y playoffs y situaciones íntimas entre adversarios que ha sido casi un viaje en el tiempo, en mi tiempo. He recordado aquellos fabulosos momentos frente a la sabiduría de Ramón Trecet en su programa de los viernes por la noche Cerca de las estrellas, a tantos partidos entre estas leyendas y a instantes tensos y trascendentes de varias finales. Ha sido volver a ver esas jugadas a través de la memoria, que las tenía archivadas porque pertenecen a una etapa en que el baloncesto era refugio y esperanza, era talento y creatividad, era religión, obsesión, pasión. Una época en que, en el suelo de tierra, con zapatillas vulgares y desgastadas, con la pobreza del que tiene la riqueza de saber tirar a una canasta aunque no tenga nada más y ni pueda aspirar a más, de alguna manera, frente a la canasta y entre amigos y desconocidos a los que había que vencer, también nosotros éramos los mejores.
La fantástica cancha que me estaba esperando sin yo saberlo, cuando leía el libro, en Dorado Beach, Puerto Rico, a la que fui a tirar un rato

miércoles, 7 de octubre de 2015

“La soledad del tirador”, premio LcL 2015

Palau Sant Jordi, semifinal del campeonato del mundo 
entre Estados Unidos y Lituania (11-9-2014)

Me acaban de comunicar la grata sorpresa de que La soledad del tirador ha ganado el Premio Literaturas Com Libros 2015. Esta es la nota del fallo:

«El Premio LcL busca premiar la propuesta más original y contemporánea de nuestro catálogo.
El Premio LcL es un premio no venal con el que se quiere reconocer la apuesta de los nuevos autores por la edición en digital.
Con solvencia, esta tercera edición va para el escritor catalán Toni Montesinos por una sincerísima novela: La soledad del tirador.
Una mirada al fondo de la adolescencia de un muchacho solitario y perplejo que sólo se encuentra a gusto cuando, después de un aclarado, consigue elevarse un poco en el aire y armar el brazo para el tiro a canasta.
Toni Montesinos también ha publicado en LcL Solos en los bares de noche y Que todo en la vida es cine.
El jurado estuvo compuesto por Alejandro Pérez-Prat, José Ángel Mañas, Benjamín Escalonilla y Miguel Angel del Arco.»

domingo, 9 de noviembre de 2014

Ignominia de un barrio orgulloso de su pobreza


Solo unos días después de ver publicada mi novela La soledad del tirador, vuelvo al barrio que recreé en ella, el de mis tres novias infaustas: Infancia, Adolescencia, Juventud –¿me comprendes, Lev Tolstói?–, y, como siempre, con ese miedo respetuoso que nos despiertan los lugares que fueron importantes dentro de un dolor, dirijo la vista al caminar hacia donde empezó todo, unos cuantos metros de tierra en el que antaño estaba clavada una canasta de baloncesto. Solo unos días después de que viera la luz La soledad del tirador, en el sitio donde justamente estaba la estructura que soportaba el tablero que me vio lanzar un millón de tiros, hay un extraño cartel informativo. 

Lo veo de lejos, me acerco y a la vez sigo lejos: en la perplejidad de que el ayuntamiento, en una osadía insospechada de repugnante insensibilidad, presuma de que esas calles cuentan con algo que de repente quieren exponer como atracción, casi diría, turística: las llamadas “casas baratas”, donde fueron a parar los inmigrantes miserables en su día y que siguieron siendo y han seguido habitadas hasta el día de hoy. Casitas a ras de suelo, dignas, sin duda alguna más que mi propio piso, probablemente más barato incluso, situado en edificios donde hacinaron a miles de familias, donde la vida tenía que ser barata porque no había dinero casi ni para lo básico. Pero casas, en todo caso, que reflejan una realidad tan dura, que desgarra cómo las han querido convertir en aliciente de conocimiento callejero. Para mi vergüenza, veo ese cartel que enaltece, bajo parámetros históricos, algo que habría que llenar de cobardía social y pudor a los dirigentes del barrio. El mismo barrio, bien surtido de estatuas modernas y calles asfaltadas y parques para niños agradables, del que hablan de vez en cuando en la tele, en la radio, siempre por casos infames de desahucios, de pobreza infantil, de asociaciones que recogen alimentos para los más necesitados. El barrio de la droga, el barrio de la delincuencia, el barrio de la vulgaridad y el analfabetismo. El mismo barrio de mi pasado en este presente, como compruebo al hablar con un joven solidario que ayuda a niños que sufren carencias en sus casas, y no solamente de tipo material. 

Malditos hijos de puta quienes colocan máscaras de carnaval al sufrimiento de la gente, para taparlo, para aparentar que está superado. Pienso en las gentes que salen en La soledad del tirador, en toda esa desesperación, en toda esa tristeza que pisaba yo de las manos de mis tres novias, y no puede ser una simple casualidad que, en el mismo punto del suelo donde estuvo la canasta donde encontré un oasis para la podredumbre, la desesperanza y la miseria, convertido en el mejor jugador de la historia con mis zapatillas despellejadas y mi camiseta mil veces relavada, en ese mismo centímetro, hoy yazga un cartel que recuerda el porqué de un lugar, entiéndase, el porqué de la pobreza. Como si hubiera que celebrarla, como si, al nombrarla, el barrio mierdoso se vistiera de interesante sociología, para hacernos creer que esas vidas baratas ya no existen hoy, que los niños sin comida, los colegios públicos transformados en guetos y los ancianos echados de sus viviendas pertenecen a otra época lejana que no tiene nada que ver con la nuestra. Malditos hijos de la gran puta.

martes, 7 de octubre de 2014

Mi nueva novela: “La soledad del tirador”, hoy publicada por Literaturas Com Libros


Hoy martes, coincidiendo con un encuentro que Casa del Libro ha organizado para que un servidor converse por chat con los lectores a las 6 de la tarde, ve la luz La soledad del tirador, a la que ha dedicado Literaturas Com Libros su propia página de Facebook. Después de publicar con esta editorial digital un libro de “ensayos autobiográficos sobre películas”, Que todo en la vida es cine, y la reedición de mi debut narrativo, Solos en los bares de noche, ve la luz esta novela corta que escribí bastante tiempo atrás y que tiene un trasfondo memorístico duro y muy personal.

El barrio periférico barcelonés del segundo lustro de los años ochenta, la pobreza y la incertidumbre, se mezclan con las expectativas del día a día en un instituto y con el aliciente mayúsculo: jugar a baloncesto, religión y salvamento, consuelo y arte. El protagonista es un adolescente; su/la realidad, que no atiende a menores de edad, es vívida, fidedigna, avasallante. 

Por eso la escritura de la obra fue dolorosa, pero necesaria para oxigenar los recuerdos; por eso, fiel a lo que intento, anhelo hacer siempre, es un relato tragicómico que sale de las entrañas rotas y que se desnuda desde el yo y la tristeza propia para extenderse al nosotros del barrio, a un lugar de mi ciudad –y por tanto a un tiempo, veinticinco, treinta años atrás– al que siempre vuelvo notando, dentro, muy profundo, la misma desazón que embarga al superviviente.

sábado, 13 de septiembre de 2014

Semifinales de la Copa del Mundo de Baloncesto en el Palau Sant Jordi: guion cumplido

Todo en la tarde es previsible. 11 de septiembre. De camino a Montjuic, nos metemos en un hormiguero: gentes –todas– vestidas de amarillo o rojo, caminando, ocupando las terrazas enteras de los bares. Banderas. La vestimenta y los símbolos quieren delatar, quieren presumir, de lo que es uno. Nosotros, con ropa de civiles sin causa que reivindicar, sin indignación que transformar en manifestaciones alienantes, somos los que vamos disfrazados, como si fuéramos turistas en nuestras propias calles. Ya en la Plaza España, más personas con los colores y prendas de sus afectos: hinchas estruendosos de Lituania, o americanos o lugareños con las camisetas de sus jugadores preferidos de la NBA. Ese es el enfrentamiento de la noche, y todo va a ser previsible.

Lituania se muestra magnífica en toda la primera parte, pero al comenzar el tercer cuarto, todo estalla: solo bastan los dos primeros minutos para que Estados Unidos se marche en el marcador cual liebre de tortuga sin tautologías de por medio. El resto es una exhibición del poderío físico de los gringos, con Faried, para mí el mejor del torneo para su equipo, y Harden y Curry, las dos estrellas a priori, arreglando sus malos porcentajes durante estos quince días. Lo más destacable, la increíble afición lituana, todos como un cencerro, siempre animando, siempre alegres, siempre leales a los hijos de Sabonis, que estaba en el palco de autoridades.

14 de septiembre. Mañana todo será previsible. Los Estados Unidos vencerán de, espero, menos de treinta puntos, ojalá menos de veinte, a los correosos serbios, que seguro jugarán a ganar, porque en su ADN de competidores natos no cabe otra cosa, y hoy lituanos y franceses lucharán por colgarse un bronce. La Selección Española estará por ahí, en forma espectral, con el arrogante Orenga parapetándose en la idea de que es un miembro de la Federación, como si fuera un escudo protector de su malísima gestión del grupo y su escasa capacidad de reacción en medio de un partido decisivo. Qué poca dignidad en las personas que mandan hoy en día; el antiguo orgullo ha desaparecido: nadie quiere abandonar su butaca en el ferry que se ha hundido, pues su salvavidas es de primera calidad. Que chapoteen otros. En vez de tener la valentía de reconocer los errores propios y retirarse, castigarse, aquellos que han tocado el cielo pero hoy se han salpicado de barro pretenden construir enclenques andamios con los que seguir controlando lo que tienen alrededor.

En otoño se escenificará la sustitución del técnico, y así se habrá evitado el melodramatismo que hubiera supuesto destituirlo ahora. Lo que no sé es cómo ahora veremos, trataremos, a estos jugadores fabulosos que consiguieron hazañas dando ejemplo de fuerza, superación y fraternidad, pero que hace tres días nos dejaron empantanados. Aún nos dura la sensación de extrañeza. Y durará, o mejor dicho, se reactivará, cuando el verano que viene llegue el europeo, con nuevo entrenador seguro y con un equipo que se presume muy poco renovado.


jueves, 11 de septiembre de 2014

Una desilusión descomunal

Foto: una canasta en Blanes, junto a una imagen religiosa

Anoche, uno de los últimos sitios en los que hubiera deseado estar es en el vestuario de la Selección Española después de la debacle frente a Francia. Qué se dirían, cómo se mirarían los jugadores que han triunfado tanto en lo que llevamos de siglo después de una actuación que bien hubiera podido formar parte de la peor de sus pesadillas en una cancha. El mayor fracaso de la historia del baloncesto nacional empezó con un 0-8 en contra, realmente extraño, y se prolongó dejándonos angustiados, boquiabiertos, desamparados. El mazazo fue estruendoso, y la desilusión que ha provocado tardará mucho en borrarse. El equipo que sólo recibía parabienes, aplausos, palabras de admiración, perdió de la peor manera posible, echando por tierra una configuración de estrellas incomparable, el hecho de jugar en casa, tener a la mayoría de contrincantes con plantillas carentes del suficiente talento para plantar cara a los nuestros. Excepto Estados Unidos, que ya no nos esperará en la final, a la que sin la menor duda llegará el domingo. Será duro no ver a España allí, que ni siquiera juegue por las medallas, que protagonizaran anoche un espectáculo deprimente hasta la saciedad. 

Del 2 de 22 en triples, de perder el rebote defensivo absurdamente, de no defender con la suficiente intensidad, no es culpable Juan Antonio Orenga, pero sí de no estudiar cómo atacar a los franceses, muy limitados de recursos pero optimizando cada uno de ellos de forma sobresaliente, ejemplar, pero sí de no conseguir quintetos en pista equilibrados y que no dependieran de la inspiración puntual de Navarro y del ánimo resolutivo de Pau Gasol. Aún no me explico por qué no usó a Felipe Reyes, cuando Ibaka y Marc parecían fantasmas perdidos, aún no me explico para qué llevó a Claver, jugador que me horripila, o al prometedor Abrines, si a lo largo del campeonato no explotó sus posibilidades para irlos preparando pensando en encuentros más comprometidos. Para qué una rotación de nueve jugadores, previsible, encorsetada, dejando a aleros que tan buen rendimiento habían dado estos años con el grupo como San Emeterio y Aguilar. Cómo es posible que un entrenador, supuestamente de máximo nivel, se pusiera nervioso enseguida, se mantuviera cuarenta minutos impotente, con un equipo que supera en minutos jugados en la NBA a los mismísimos estadounidenses. Collet, el técnico galo, concentrado, reflexivo, rápido de reflejos, dirigió con maestría mientras Orenga cada vez tenía la vista más corta. Él no falló los tiros, ni perdió rebotes incomprensiblemente, ni decidió no meter balones al poste bajo para los pívots, pues siempre, siempre, siempre, son los jugadores los que pierden o ganan los partidos; y sin embargo, de él es la responsabilidad de ningunear a Reyes de forma vergonzosa, de hacer jugar demasiado tiempo a los Gasol en la fase previa, sobrecargándolos, de usar un perímetro muy bajo que empezaba a jugar a nueve metros del aro, malgastaba la mitad de la posesión y era incapaz de alimentar a los hombres altos con balones útiles. 

Qué auténtica lástima que este súper equipo se vaya de su mundial de esta forma, sin garra, totalmente dominados por la escuadra rival, con 52 puntos anotados, una estadística inaceptable. Pau, Rubio y Navarro lo intentaron, y el resto desapareció. ¿Qué tendría en la cabeza Marc Gasol, que ha dado un auténtica lección de cómo hay que jugar a este deporte durante las últimas semanas? ¿Qué habrá concluido Orenga, que tanto presumía de tener el mejor equipo del mundo? El batacazo es más que mayúsculo, porque no es una derrota, es la imagen de un equipo perdedor, abrumado por las circunstancias, tácticamente, de repente, irreconocible, demasiado preocupado por tener a Pau en las mejores condiciones. El fracaso es más que profundo: un drama, una desilusión descomunal, mientras los americanos ríen y corren y esta noche –lo contaré aquí– aplastarán a Lituania, y el domingo al vencedor del Francia-Serbia, con la tranquilidad de que el único equipo que podía hacerles frente, e incluso ganarles, se borró del mapa ayer, tristemente. Más que tristemente.

lunes, 7 de julio de 2014

Conclusiones baloncentísticas 2013-2014: 2, ACB y Euroliga

Tener el mejor equipo, conseguir los mejores resultados de la temporada regular, es algo intrascendente cuando llega la hora de la verdad y te enfrentas al deseo o al miedo de ganar. El Real Madrid, con un conjunto equilibrado, con el baloncentista más prometedor del mundo fuera de la NBA, Mirotic, con un Sergio Rodríguez en perpetua explosión de efectividad y fantasía, y además saliendo desde el banquillo, con un Rudy Fernández en la cúspide, un Sergi Llull fenomenal…, con todo eso, y unas estadísticas colectivas imposibles de mejorar por parte de ningún otro equipo europeo, ha acabado el curso 13-14 con más decepciones que alegrías. El triunfo en la Copa del Rey se debió a un tiro milagroso de Llull en la última décima de segundo, frente a un Barça de peor trayectoria pero más progresivamente consistente; la derrota en la prórroga contra el débil pero voluntarioso Macabbi de Tel-Aviv, que ya tuvo la proeza de ganar en las semifinales de la Final Four al CSKA, fulminó todas las expectativas, y fue triste ver cómo en los últimos minutos de partido ningún jugador era capaz de anotar con mínima fluidez; el derrumbe en las eliminatorias de la ACB, pasándolas canutas contra el Unicaja de Málaga y perdiendo 3-1, sin aprovecharse de empezar la final en casa, contra un Barcelona que jugó con mucho más coraje y determinación, dejaron al Madrid con un muy mal sabor de boca. No solo la calidad y el talento llevan al triunfo. Y cuando se ha llegado tan alto y la expectativa se ha mantenido arriba muchos meses, la derrota es una caída difícil de digerir. De nada sirve que Pablo Laso sacara conclusiones positivas de la temporada en la rueda de prensa tras la magnífica actuación de los hombres de Xavi Pascual; él, sus jugadores y los que hemos seguido al equipo, disfrutando de su juego ofensivo y eléctrico, sabemos que tenía que haber ganado las tres competiciones con solvencia, que lo tenían todo para hacerlo, y que otros equipos, con peor plantilla pero con un deseo mayúsculo y una fe inquebrantable, han acabado alcanzando sus títulos.

sábado, 5 de julio de 2014

Conclusiones baloncentísticas 2013-2014: 1, NBA

Cancha de los Boston Celtics

Veinte días atrás veo a los maravillosos San Antonio Spurs ganar el campeonato de la NBA frente a unos Miami Heat desinflados, demasiado dependientes del astro LeBron James, impotentes en defensa ante la oleada de juego colectivo que tuvieron enfrente e irregulares en ataque, sin fondo de banquillo, sin un base que ordenara las tácticas de manera mínimamente firme. Es el quinto triunfo de las finales en los últimos quince años del equipo tejano, que más parecía una familia que una escuadra deportiva cuando estaban celebrando la victoria, pues desde que el coach Greg Popovich y Tim Duncan ganaron con aún el portentoso pívot David Robinson el primer anillo en 1999, han pasado quince años; un tiempo en que, con la ya vieja incorporación crucial de Tony Parker y Manu Ginobili, han convertido a los Spurs en el mejor equipo de baloncesto del siglo XXI, con permiso de la Selección Española, otra familia de amigos.

NBA Store, Quinta Avenida, Nueva York

Veía a Parker, a Ginobili y a Duncan formando un trío de sabiduría baloncentística extraordinario, como siempre, y el añadido del joven Kawhi Leonard, fabuloso jugador que todo lo hace bien, con discreción y humildad; veía de repente un quinteto en pista compuesto de un argentino, un brasileño, un australiano, un italiano y un francés (Popovich ha reunido hasta nueve jugadores no nacidos en los Estados Unidos), y me maravillaba el modo en que cada uno sabía cuál era su rol y cómo desarrollarlo, como los Detroit Pistons de Chuck Daly en los años ochenta y los Chicago Bulls de Phil Jackson en los noventa. Miami, tal como pasó en la final perdida contra los Dallas Mavericks en el 2011, tuvo enfrente a un equipo lleno de estrellas en las que apenas sobresale ninguna de ellas, porque la orquesta alternaba a sus solistas con precisión absoluta, de tal modo que el alero Danny Green dijo una frase memorable el último día de competición: “Yo soy el resultado del movimiento del balón”. Dicho de otra manera: la coordinación en ataque y la solidaridad a la hora de compartir el balón creaba posiciones de tiro libres de marca, y de ello se aprovechaban los triplistas.

Televisor en un pub de Manhattan

Veía hace veinte días con emoción a la familia de los Spurs, dando una lección de colaboración conjunta, de resistencia y pundonor, de baloncesto perfecto, envidiable, precioso, y me recordaba con una cerveza frente al televisor en un piso de Baltimore en junio del 2007, viendo cómo un Parker en estado de gracia llevaba a sus compañeros a una victoria arrasadora frente a los Cleveland Cavaliers de LeBron por aquel entonces, en el que era su cuarta NBA ganada; y me recordaba antes en el hotel Belvedere de Nueva York, mirando en la tele ganar el quinto campeonato a Michael Jordan contra los Utah Jazz, ¡en 1997!; y me veía otra vez en un bar de Manhattan, con los Spurs y los Lakers compitiendo en las finales de la conferencia oeste del 2008, jugando al billar en el descanso del partido con la neoyorquina más hermosa que existe. Y recordaba a Duncan al final del siglo XX, irrumpiendo en la liga con una autoridad y clase descomunales, y mi camiseta de los Spurs ya desaliñada comprada en la Quinta Avenida, y mi vieja Spalding, que se quedó en otro lugar tras un millón de botes, un trillón de tiros, y supe que el tiempo pasa y mágicamente mucho de lo que nos dio el pasado aún nos regala presentes incalculables y nos ata al ayer con una sonrisa tierna, con un halo de romanticismo autobiográfico y leyenda deportiva y sentimental.