En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Manuel Valdivia.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Donde nunca he estado,
un lugar que imagino cuando escucho un precioso danzón cubano: “Allá en la Habana
del Este / Pasando el túnel de amor / Tengo una casita linda / Y allá esta mi
corazón”.
¿Prefiere los animales a la gente? Una amiga animalista me va a regañar cuando lea la respuesta. Prefiero la
gente, sin duda, aunque un poco salvaje.
¿Es usted cruel? No
me sale. Soy buena persona, eso creo, aunque alguno de mis hermanos me ha
echado en cara lo cabrón que he sido en “Querer o no querer”, la novela donde
cuento nuestra dura historia familiar. Sé que les ha dolido, pero me ha podido
el afán por averiguar la verdad, saber qué nos pasó para que nos destruyéramos.
¿Tiene muchos amigos? ¡Uf, un montón! ¡Muchísimos! A ver, amigos-amigos me salen… ¿cuántos? Por
lo menos, dos o tres, ¡o más!
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Con que no sean imaginarios, me vale. A mis amigas y amigos, que son
algunos más de los que contaba en la respuesta anterior, los quiero a pesar de
cómo son.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? No me ha pasado. Si acaso, nos hemos distanciado porque la vida te lleva
por aquí o por allá. En la presentación de mi novela, me reencontré con una
amiga de las especiales. No nos veíamos desde los tiempos de la pandilla, cuando
mantuvimos una amistad genuina, sin los malentendidos de los enamoramientos. Los
dos estábamos muy cambiados, pero fue entrañable volver a vernos.
¿Es usted una persona sincera? Casi, pero no. Me volvería loco o volvería locos a los demás.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me encanta grabar con mi cámara de vídeo a talentosos músicos callejeros.
Siempre que viajo por ahí, me interesa más descubrir a buenos músicos que
retratar paisajes o monumentos. He grabado cientos de vídeos: en Madrid,
Barcelona, Berlín, Nueva York, Amsterdam… Se pueden ver en el canal
@StreetMusicTV, de Youtube. Siempre pido permiso a los músicos y, a menudo,
charlo con ellos y me cuentan sus historias. Ojalá pudiera trasladar todas esas
experiencias en una serie como la maravillosa Tremé,
de David Simon.
¿Qué le da más miedo? La violencia de cerca. Soy un poco cobardón. Nunca he pasado tanto miedo
como cuando vi cómo tiroteaban a un tipo en una carrera de Bogotá. Pero, al
mismo tiempo, no podía evitar retar al peligro y zascandilear por las calles
que me recomendaban no pisar de ninguna de las maneras.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? Estoy bien informado y me
escandalizo a todas horas, por todos los motivos. Me temo que el día que ya no
me escandalice es que ya estaré muerto.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? Desde
pequeñito, desde que el proyeccionista del cine Usera me regalaba fotogramas
sueltos de las películas que acababa de ver fascinado, no quería hacer otra
cosa que contar historias. He tenido una suerte inmensa de poder dedicarme a
eso. No concibo otra manera de ganarme la vida. Bueno, sí, tampoco hubiese
estado nada mal jugar al basket como Magic Johnson o Luka Doncic.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Me alegro de que me haga esa pregunta. Nunca he dejado de jugar al
baloncesto, aunque ahora mis amigos se han retirado y me voy yo solo a la
cancha a tirar triples. Nadie me cree cuando digo que he metido quince seguidos
sin fallo. Ni siquiera yo.
¿Sabe cocinar? Si
por cocinar se entiende preparar los alimentos para que resulten apetecibles, no.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Dediqué casi tres años de mi vida a investigar y escribir un guion sobre
la vida de Maradona. Diego me hizo la vida imposible. Cuanto más sabía del
tipo, peor me caía. Lo entendí mejor cuando me metí en la casucha sin agua ni
luz donde creció en Villa Fiorito. Ni siquiera quiso asistir a la proyección
privada que montamos para él, solo vino su ex, Claudia, que se limitó a decir:
“¡Uf, ¡qué duro!”. Me prometí que sería la primera y la última vez que
escribiría sobre un “personaje inolvidable”.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Deseo. Mientras perviva el
deseo, hay esperanza.
¿Y la más peligrosa? Esperanza. Como escribía Villiers de L’Isle-Adam en un lúcido cuento, la
peor tortura es la esperanza, la ilusión de que vas a poder escapar a tu
destino. Y no.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Cualquiera es capaz de matar si se dan las circunstancias oportunas. Lo
comprobé en Crònica amarga, una serie documental que realicé en Valencia; entre otros asesinos,
conocí a una mujer que había envenenado a su marido con mata hormigas. En mi
próxima novela, titulada Matarás, tiraré de mí mismo como personaje, en lo que habría ocurrido en
determinadas encrucijadas, algunas aparentemente banales, si hubiera elegido
otro camino, si me hubiera dejado llevar. Nunca he querido matar a nadie, pero
podría haber sucedido.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Republicano y de izquierdas.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? De niño, soñaba con ser Superman o, por lo menos, el Capitán Trueno.
Tampoco habría estado mal tocar el piano como Thelonius Monk. Pero no me puedo
quejar. En general, me llevo bien conmigo.
¿Cuáles son sus vicios principales? Visto desde fuera, parezco muy aburrido. No fumo, no bebo, no me drogo. Y
no considero que el sexo, que me encanta, sea un vicio. Todo lo que me gusta
suele ser legal y no me engorda.
¿Y sus virtudes? Mi
principal virtud es la curiosidad. Me pasa como con mi propensión a
escandalizarme: si algún día pierdo la curiosidad es que estaré muerto y bien
muerto.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Mi “Rosebud” no sería un trineo en la nieve, pero se le parecería en lo
que tiene de juego infantil, de pura felicidad añorada: la primera vez que
conocí el mar, un verano en Cullera, cuando por unos días parecíamos una
familia normal.
T. M.






