viernes, 6 de febrero de 2026

Entrevista capotiana a Miguel Garrido de Vega

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Miguel Garrido de Vega.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Japón. O Galicia. O mi biblioteca.

¿Prefiere los animales a la gente? Los animales me recuerdan el misterio más primigenio de la vida. No somos mejores que una hormiga o un gato. Pero solo con las personas se puede argumentar, disentir y construir. Cada uno tiene lo suyo, supongo. Eso sí: mi perro es sagrado.

¿Es usted cruel? Me dicen que no. Pero cuando escribo, lo intento con ganas.

¿Tiene muchos amigos? Tengo los mejores, estoy seguro.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Cada vez me convenzo más de que hace falta un «núcleo común» con la otra persona. Al margen de carnés y superficialidades, compartir un nivel parecido de empatía y humor, de calma, de ganas de diálogo y aprecio de la cultura. Respetar, admirar al otro. Y la lealtad, siempre la lealtad.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No. Ya digo: son los mejores.

¿Es usted una persona sincera? Soy escritor.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Con las historias que leo, veo y me cuentan. Trasteando con mis pobres plantas. Pensando haikus mientras paseo a mi perro Gazpacho. Y con mi familia.

¿Qué le da más miedo? Las agujas del reloj.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Constatar que hay seres —¿humanos?— a quienes no les importa lo más mínimo dejar un reguero de cadáveres, literales y figurados, para conseguir sus objetivos.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Trabajar con las manos y la madera, con la tierra. Pasar el máximo tiempo alejado de pantallas y teclados. Y lo más cerca posible del mar, los bosques y la montaña.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Artes marciales; me ayudan a mantenerme centrado, porque si en lo físico no hay un componente mental, me cuesta… aunque lo que de verdad querría volver a hacer es jugar al baloncesto.

¿Sabe cocinar? Por suerte, Internet está llena de recetas con muy buenas instrucciones paso a paso.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? En abstracto, me fascinan figuras como Fernando Pessoa, Franz Kafka, Georges Perec o Leonora Carrington. Pero, si pensara en escribir un artículo así, creo que antes hablaría de personas con una importancia decisiva en mi trayecto vital —como mi maestro, JJ Muñoz-Rengel—, o a las que admiro por motivos más dolorosos, como mi bisabuelo, el médico Rafael de Vega Barrera, fusilado en 1936. Y, de entre todas ellas, elegiría a mi madre: artista, lectora y cinéfila insaciable, con un enorme mundo interior. Por lo pronto que se fue y, sobre todo, por la huella que me dejó.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? En gallego las tenemos preciosas —agarimo, ronsel, paseniño…—. Y siempre me ha maravillado la palabra «utopía».

¿Y la más peligrosa? No creo que haya palabras peligrosas per se. Peligrosos son quienes las utilizan como armas.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? ¿Está encendida la grabadora?

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Me interesa la defensa de lo que nos une como sociedad: la justicia, la cultura, la igualdad de oportunidades, la libertad de pensamiento. La mano tendida, no el puño que golpea. Y me preocupan el avance del autoritarismo, la sustitución del diálogo por el dogma, la lógica de mercado como máxima única y el creciente discurso del odio.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un búho. O una lechuza. Incluso me conformaría con una urraca o un mirlo.

¿Cuáles son sus vicios principales? El «sobrepensamiento»; un amigo siempre me dice que no paro de hacerme trampas al solitario. Estoy dejándolo poco a poco, prometido. También debería dormir más. Y comer mejor. 

¿Y sus virtudes? La fuerza de voluntad, como cantaba Rosendo.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Los ojos de mi hijo.

T. M.

jueves, 5 de febrero de 2026

La revista "Qué Leer" de este febrero


Ya está en los quioscos el nuevo número de la revista Qué Leer (febrero, núm. 323), que se complementa con otros textos que aparecen en su sitio web, Facebook y X.

En este enlace de Zinio se puede adquirir la revista y ver todo el sumario con un extracto de cada una de sus secciones: mi editorial "Alma en las Palabras", "Laureles", "Lletres catalanes", "Hoy" (narrativa, no ficción, poesía), "Protagonista", "Ayer" (efeméride, contemporáneo, clásico), "Cata", "Voz autoral", "Voz editorial", "Imágenes", "Hechos", "Novedades" e "Invenciones. Cien páginas repletas de reseñas, entrevistas, reportajes literarios, columnas de escritor, avances editoriales...

martes, 3 de febrero de 2026

Entrevista capotiana a Marga Montes Aguilera

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Marga Montes Aguilera.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? No lo he encontrado todavía, uno con montañas, bares y, sobre todo, muchos días de sol.

¿Prefiere los animales a la gente? No, en ningún caso. No reniego de los animales si están en su hábitat natural que nunca es mi casa.

¿Es usted cruel? No creo. La crueldad implica falta de empatía, sentirse con el poder de hacer daño, no tengo esos sentimientos. Si he herido alguna vez a alguien ha sido sin crueldad. También me han herido sin crueldad y, en alguna ocasión con ella.

¿Tiene muchos amigos? Amigos íntimos pocos, dos o tres, de confianza, incondicionales. Luego están los amigos sociales, queridos y muy valorados. Creo que de esos tengo los suficientes. Tampoco desdeño las amistades ocasionales. La amistad como todo lo humano es algo vivo que evoluciona. La antigüedad no siempre es una virtud en la amistad.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que se alegren y lloren conmigo, que sepan escuchar y no juzgar, que respeten mi espacio, que intenten comprender mis errores y que puedan estar conmigo en una habitación sin hablar.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Casi nunca, ha pasado en muy contadas ocasiones.

¿Es usted una persona sincera? Lo procuro, aunque creo que ser sincero no siempre pasa por decir toda la verdad.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me gusta caminar por la montaña, ver una película, leer, escribir, viajar y perder el tiempo charlando en un bar.

¿Qué le da más miedo? La injusticia y los que la practican.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La codicia.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Bueno, no puedo decir que mi vida haya sido creativa, al menos en ese sentido. He trabajado como profesora de Física y Química durante muchos años. La escritura ha estado relegada al ocio hasta ahora. Para mí, como autora emergente, con algunos relatos publicados y mi primera novela a punto de salir, una actividad realmente nueva e ilusionante.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Caminar por la montaña o por cualquier lado y montar en bici como ejercicio y como diversión. Luego los ejercicios de fuerza que hay que hacer. Una vez al año esquiar.

¿Sabe cocinar? Sí, algunas cosas no me salen mal.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A Joan Manuel Serrat como personaje real y a Pedro, el médico de Tiempo de silencio, como personaje de ficción.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Educación.

¿Y la más peligrosa? Hambre.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Sí, varias veces.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy socialdemócrata y feminista. Apoyo las políticas que más se acerquen a la idea de igualdad y justicia social.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Actriz de teatro.

¿Cuáles son sus vicios principales? La cerveza, el desorden y comerme el coco más de la cuenta.

¿Y sus virtudes? Soy perseverante, trabajadora y discreta.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Mi hijo.

T. M.

lunes, 2 de febrero de 2026

Un artículo sobre el Hotel Intelier Palacio de San Martín


Este fin de semana aparecía, en la sección de "Viajes" del diario La Razón, este artículo mío, en mi faceta de viajero hotelero-gastronómico, titulado "Dormir y comer entre historia: Hotel Intelier Palacio de San Martín".

domingo, 1 de febrero de 2026

Entrevista capotiana a Carol Vila Micó

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Carol Vila Micó.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Pues ojalá poder ponerme branquias artificiales y poder vivir bajo el mar como si fuese una de las hijas de Poseidón.

¿Prefiere los animales a la gente? Pues… Aún soy muy joven, pero… A medida que voy creciendo y al moverme en diferentes círculos sociales, cada vez me gusta menos la gente y en consecuencia quiero más a mi gato. Voy a acabar como Eleanor Abernathy, la loca de los gatos de los Simpsons. No tengo pruebas, pero tampoco dudas.

¿Es usted cruel? A ver, si contar chistes de humor negro es ser cruel soy una sádica sin escrúpulos. Pero no, no soy cruel. Al menos en mi vida cuotidiana. Ahora bien, cuando me pongo a escribir, eso es harina de otro costal.

¿Tiene muchos amigos? Rotundamente no. A ver… Es verdad que tengo facilidad para hablar con la gente y socializar. ¡Me hago amiga hasta de las piedras! Gente con la que salir de fiesta y pasarlo bien la tengo a raudales. Sin embargo, amigos de verdad que conozcan absolutamente todas mis aristas, que sepan todos los esqueletos que escondo en el armario y que me acompañen tanto en época de vacas gordas como de flacas, solo los puedo contar con los dedos de las manos

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que me digan la verdad por muy hiriente que resulte. ODIO la mentira, las falsedades, aparentar y los “bien quedas”.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Me ha decepcionado muchísima gente.  Por eso precisamente sé quiénes son mis amigos de verdad. Hoy, sé que los que se han quedado en mi círculo de amistad no me decepcionarán.

¿Es usted una persona sincera? Soy más transparente que el agua de las playas de Ibiza. Si tengo que decir algo lo digo, aun a riesgo de meterme en un lío.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Pues últimamente tengo más trabajo que un cura en una guardería, pero… En las temporadas de más relax me encanta ver series de temática hospitalaria. También suelo leer mucho. Sobre todo, novelas de suspense Agatha Christie, Mary Higgins Clark, Javier Holgado o Manuel Loureiro.

¿Qué le da más miedo? Quedarme completamente sola. Y los payasos. Me acojonan los payasos: a un nivel que me llevó años poder ver en la tele el anuncio del detergente de Micolor.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Que en pleno siglo XXI haya seres ineptos que han llegado al poder y se crean con derecho a matar a gente sin ton ni son por un triste trozo de tierra. Que me insulten y me llamen cosas que no soy en absoluto por llevar una pulsera con la bandera de España, que es mi país, pero si un español lleva una bandera de Estados Unidos, que es culpable de tantas cosas en el mundo, cosida a la mochila no pasa nada.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Hubiera sido nadadora paralímpica.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Hago natación desde los tres años y además práctico yoga.

¿Sabe cocinar? Recientemente he descubierto que e me da bien la repostería.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Ernest Hemingway.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Fe.

¿Y la más peligrosa? Envidia.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Sí. Y al verme incapaz de hacerlo en la realidad, me decidí a matar en la ficción. Al ser ficción nadie me puede prohibir matar ¿verdad?

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Uffff… Has abierto la Caja de Pandora amigo. Hoy, me siento tan sumamente defraudada con el circo que se nos está quedando, que no puedo responder a esta pregunta con rotundidad. Digamos que admito lo bueno y crítico lo deleznable de cada lado. ¿Tiene un nombre eso? Como últimamente todo tiene etiquetas…

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Sin ningún atisbo de duda neuróloga o psiquiatra. La mente humana me parece tremendamente fascinante.

¿Cuáles son sus vicios principales? Dejar en visto involuntariamente a personas en WhatsApp. Y lo peor es que por culpa de la sociedad de la inmediatez en la que vivimos, se piensan que les hago ghosting porque me he cabreado. No, simplemente voy a 1000 cosas y soy más despistada que Luna Lovegood y he leído el mensaje, pero se me ha olvidado responder. Por favor, la gente que ve que no respondo insistid.

¿Y sus virtudes? La constancia. Ella me ha llevado donde estoy.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Está difícil que yo me ahogue. Cómo he dicho antes práctico natación desde los tres años. Como estoy coja vamos a poner por caso que me persigue un payaso asesino ( ya he dicho que me dan un miedo terrible los payasos) y no puedo huir de él porque no llevo muy bien lo de correr: los momentos que me pasarían por la cabeza serían mis vivencias en el grupo scout Sant Jordi de L'Olleria, mi viaje de fin de curso a Roma, mi madre y el Camino de Santiago adaptado a personas con discapacidad que he hecho con mi hermano.

T. M.

viernes, 30 de enero de 2026

El exiliado al que le dolía España


México, escritores y Guerra Civil Española son elementos que están estrechamente ligados y que marcaron el devenir de algunas de nuestras mentes literarias más brillantes. En el país americano autores como Max Aub, narrador, poeta y dramaturgo, autor de culto para diversas generaciones de literatos, encontraron acomodo vital y un lugar donde continuar con su andadura artística. Y como consecuencia de ello, sus familiares también continuaron estando vinculados a la nación mexicana, incluso cuando ya hubo posibilidad de volver a la España democrática. Una de esas personas fue Elena Aub, que murió en 2020 teniendo la nacionalidad mexicana, pese a haber nacido en Valencia, en 1931, hija de Perpetua Barjau Martín. En un momento dado, la familia decidió exilarse, primero Max Aub y luego ella con su madre y su hermana Carmen, estableciéndose primero en Cuba, en 1946, y luego definitivamente en México.

Pero no sólo ella estuvo relacionada con el ámbito literario por medio de su padre, el que firmó libros tan audaces, a veces de corte vanguardista, como «La gallina ciega» o «Jusep Torres Campanals». Su marido también fue escritor, además de profesor en la Universidad Autónoma de México. Federico Álvarez Arregui. Juntos emprendieron diversas iniciativas para empoderar la condición de exiliado, como la que llevaron a cabo entre 1959 y 1961 mediante el Movimiento Español (ME/59). De hecho, Álvarez Arregui trabajó en los años ochenta para el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México (INAH), en el Proyecto de Historia Oral «Refugiados Españoles en México: Archivo de la Palabra», realizando entrevistas a exiliados españoles en México tras la Guerra Civil. Un proyecto que se realizó en colaboración con el Ministerio de Cultura de España y en que Elena Aub también estuvo presente.

No en vano, ella, autora de dos libros, fue la presidenta de la Fundación Max Aub con sede en Segorbe (Castellón) hasta el año 2012, en que tomó el relevo su hija Teresa. El proyecto había nacido en 1997, y fue constituido con la presencia del Presidente del Gobierno por entonces, José María Aznar, e integrada por diversas instituciones valencianas, a las que se sumaron al cabo de un año dos nuevos patronos, el Ministerio de Cultura y la Fundación Bancaja. Datos estos que reflejan bien la seriedad y el compromiso de Elena Aub a la hora de conservar la memoria literaria de su padre, que por siempre fue un nómada por culpa de las contiendas bélicas: nació en París en 1903, de padre alemán y madre francesa, pero se trasladó a España al estallar la Gran Guerra, con once años.

Preferencia americana

Pues bien, uno de los integrantes del patronato de la Fundación Max Aub, José-Carlos Mainer, publica ahora el libro «Max Aub. La vida en juego», con edición, epílogo y notas de Manuel Aznar Soler. Un libro que empieza con un significativo epígrafe de Aub, perteneciente a «La gallina ciega» (1971): «Regresé y me voy. En ningún momento tuve la sensación de formar parte de este nuevo país que ha usurpado su lugar al que estuvo aquí antes; no que le haya heredado. Hablo de hurto, no de robo. Estos españoles de hoy se quedaron con lo que aquí había, pero son otros. Entiéndaseme: claro que son otros, por el tiempo, pero no sólo por él; es eso y algo más». Para Mainer, estas frases son las más certeras que produjo el exilio y hay que tenerlas bien presentes a la hora de encarar la obra literaria de Aub. No en vano, este es el autor de «La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco» (1979), en que imagina humorísticamente un atentado contra el dictador desde la perspectiva de un camarero mexicano cansado de la presencia de exiliados españoles.

«Max Aub. La vida en juego» también sirve para homenajear a Mainer, catedrático jubilado de literatura española en la Universidad de Zaragoza, del que se añaden una serie de fotografías, además de las cartas que de joven intercambió con el propio Aub, en que le decía que estaba cansando de la novela realista española y que se había «pasado» a la narrativa hispanoamericana. Y, claro está, Aub estaba en el lugar donde tantos escritores de habla hispana estaban destacando por sus audacias estilísticas y que estaban llegando a España con grandes elogios publicitarios en modo «boom».

Precisamente, en los mastodónticos «Diarios. 1939-1972» que Renacimiento publicó hace dos años de Aub, se leía una entrada escrita en «Boston. Cambridge. Harvard» que decía: «La ignorancia total –de los norteamericanos– de lo hispanoamericano. Escogieron que hablara de la poesía mexicana porque jamás oyeron hablar de ella. La consideran exótica “a priori”. La furia contra [Fidel] Castro Ruz se debe a que los ha insultado por televisión (es más, pero base de la indignación popular): que de pronto un individuo de raza inferior se les alce y grite los saca de quicio. Sólo conocen los países de los que vienen (Alemania, Hungría) o donde han hecho la guerra (Francia, Alemania, China, Japón)».

 

La antiespañolidad


En ese mismo diario, Aub hablaba amargamente de un mundo dominando por los nacionalismos en que él sentía que no encajaba por su origen, de ascendencia diversa, y afirmaba haber luchado «contra tanta ignominia». Al hilo de esto, cabe decir cómo Mainer habla de que estamos ante «uno de los primeros novelistas políticos de este siglo» (en el primer ensayo recogido, que salió a la luz en 1966, en la revista «Ínsula»); lo comparaba con André Malraux, pues ambos «representan una solución de urgencia de cara a un soñado futuro en la justicia». De hecho, el segundo ensayo alude a la «anti-España» del escritor, la cual cosa le valdría a Mainer un ataque de Aquilino Duque —que fuera amigo de Aub—, que también se incluye en el libro, en que se expresa en estos términos: «Mainer exhuma el desdichado tópico de la Anti-España, acuñado en mala hora por alguien de derechas de cuyo nombre no me acuerdo y asumido en hora peor por alguien de izquierdas de cuyo nombre no quisiera acordarme».


Duque acusaba a Mainer de expulsar a Aub del «ámbito espiritual de la patria», por ser judío, republicano, desterrado, cuando seguía siendo un escritor español en lengua española. La respuesta de Mainer será aludir a que Aub era antifascista y que la mejor literatura es una apuesta contra el silencio y el terror, a lo que añadía que despolitizar la literatura era algo imposible por inútil. Así, vemos que en el pacífico terreno de las letras y los despachos de los intelectuales también cuecen habas. En todo caso, cabe quedarse con lo único importante: el «Recuerdo de Max Aub», por decirlo con el título de otro de los textos de Mainer, escrito al año de que el escritor exiliado muriese y que pertenecía, a la vez, a «esta tierra desollada que es España». Asuntos de corte vanguardista en su obra, relacionado con la moral, un estudio del libro «Cuerpos presentes», u otro sobre los literatos y la Guerra Fría, entre otros, más otras piezas surgidas por el pretexto de otras onomásticas, completan este volumen que coloca al narrador, en definitiva, como «Max Aub, mexicano».


Publicado en La Razón, 3-I-2026

jueves, 29 de enero de 2026

Entrevista capotiana a Mercè Romero

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Mercè Romero.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una pequeña casa rodeada de árboles desde donde ver el mar.

¿Prefiere los animales a la gente? Trato básicamente con personas.  Creo que haber tenido un perro en alguna etapa de mi vida me habría aliviado la tristeza.

¿Es usted cruel? Si lo soy no me doy cuenta. Aunque escribo textos crueles.

¿Tiene muchos amigos? Tengo buenos amigos. La amistad es un gran bien.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? La bondad, la honestidad, la lealtad, la generosidad, el humor, el entusiasmo.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No, pero recuerdo algún desengaño.

¿Es usted una persona sincera? Me llevo mal con la mentira, pero digamos que esquivo la verdad cuando siento que es prudente callar.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Escuchando música y conferencias;  yendo al cine y a conciertos;  leyendo y escribiendo; conversando con amigos y familiares. Dedicando mi tiempo a las personas que quiero.

¿Qué le da más miedo? Asistir al deterioro de mis seres queridos. A su pérdida.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La indiferencia del mundo a lo aberrante. La pérdida de humanidad.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Seguiría con la docencia, a la que he dedicado mi vida, ahora que estoy a punto de jubilarme. También me habría gustado pintar.  Ser modista o florista.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Soy de los que paga el gimnasio.

¿Sabe cocinar? Algunos platos dicen que se me dan bien: la paella y los tocinillos de cielo. Si cocino es porque me gusta agasajar a mi gente.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A Óscar Camps, fundador de Open Arms.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Humanidad.

¿Y la más peligrosa? Odio.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Los malvados también mueren.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Creo en la igualdad de las personas; tampoco entiendo los nacionalismos. Creo que todos los seres humanos tenemos los mismos derechos en cualquier lugar del mundo sea cual sea nuestra procedencia. En mi caso, me engendraron en un país, nací en otro, y tengo una segunda nacionalidad por azar. Ser de un país u otro, ser de una raza o de otra no es algo que elijamos.  

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Me conformo con lo que soy.

¿Cuáles son sus vicios principales? Querer hacer varias cosas a la vez. El perfeccionismo.

¿Y sus virtudes? La perseverancia.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Mi madre en la orilla. Mi madre, que no sabe nadar y apenas puede andar, yendo hacia mí.  

T. M.

miércoles, 28 de enero de 2026

Un artículo sobre el restaurante Kiosko Universal


Ayer aparecía, en la sección de "Viajes" del diario La Razón, este artículo mío, en mi faceta de viajero hotelero-gastronómico, titulado "Kiosko Universal: 50 años de historia, tradición y sabor en La Boqueria".

martes, 27 de enero de 2026

Entrevista capotiana a Cris Santa-Olaya

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Cris Santa-Olaya.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Un lugar con mar y playa, cerca de comunidades indígenas, donde vivir simple y compartir lo aprendido.

¿Prefiere los animales a la gente? Los animales me conectan con el amor y la pureza; la gente me muestra mi estado evolutivo. En ambos hay aprendizaje.

¿Es usted cruel? No me considero cruel. Sé que todos tenemos sombra, pero no actúo desde ella. La injusticia, especialmente con los vulnerables, es algo que no tolero.

¿Tiene muchos amigos? No muchos, pero sí verdaderos. Amigos que permanecen incluso en el silencio.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Honestidad, respeto, admiración mutua y responsabilidad emocional.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? A veces. Cuando ocurre, miro más hacia mí que hacia ellos.

¿Es usted una persona sincera? Sí, aunque no de forma perfecta. Intento no mentir, pero a veces callo para no herir.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Escuchando, viajando, conversando y creando. Elijo aprender, reír y expresarme.

¿Qué le da más miedo? Perder la conexión conmigo misma y volver a vivir en automático.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? El maltrato, especialmente a niños y animales. Eso no lo tolero. Lo demás he aprendido a no juzgar.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Habría sido terapeuta igualmente. Acompañar procesos humanos es lo que me define.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí. Camino, hago pesas y practico taichi; el cuerpo acompaña o frena cualquier proceso evolutivo.

¿Sabe cocinar? Sí. Cocino poco, pero con presencia y disfrute.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A una figura que une a la Virgen María y a María Magdalena: dos caras de una feminidad consciente, empoderada desde el amor y atravesada por el dolor.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Confianza.

¿Y la más peligrosa? Resignación.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Matar, no. Que desapareciera de mi vida, sí.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? No tengo. No me interesan; aporto a la sociedad desde otro lugar.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? No cambiaría lo que soy. Y si no pudiera ejercerlo, trabajaría ayudando a personas desfavorecidas.

¿Cuáles son sus vicios principales? Regalarme horas improductivas frente a una pantalla, sin culpa.

¿Y sus virtudes? Resiliencia, empatía, escucha activa y una mirada compasiva hacia el otro.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? No lo sé. Imagino miedo a sufrir y, quizá, un pensamiento fugaz hacia quienes amo. Pero hasta vivirlo, no lo sé.

T. M.

lunes, 26 de enero de 2026

La biografía de un pensador en la encrucijada del mundo antiguo y medieval


La figura de Agustín de Hipona es una referencia inexcusable en la etapa transitoria entre el mundo romano clásico y el naciente orden medieval cristiano. En su biografía «Agustín de Hipona» (traducción de Rosa Tovar Larrucea), Peter Brown ofrece el retrato de un hombre que vivió entre la gracia y el pecado, entre lo pagano y lo cristiano (de tener un hijo con una mujer hasta el celibato), además de exponer cómo la experiencia de este pensador reflejó las profundas mutaciones que sufrió el mundo en el que vivió. Por así decirlo, el libro de Brown es más que una biografía tradicional; es una inmersión profunda en la mente de Agustín, un análisis exhaustivo de los dilemas que definieron su existencia y, en paralelo, el curso de la historia filosófica y teológica occidental.

En el libro, la andadura de este pensador se convierte en una puerta de entrada a los grandes dilemas del pensamiento humano, las tensiones sociales, políticas y religiosas que marcaron el final de la Antigüedad y el amanecer del cristianismo medieval. Brown, reconocido por su enfoque único de la Antigüedad tardía, emplea una metodología que rescata los aspectos intelectuales de su biografiado, llevando a cabo a la vez una exposición del contexto social, cultural y político que influyó decisivamente en la configuración de sus ideas. Y es que, lejos de una simple cronología de acontecimientos, este trabajo revela la compleja red de factores —de índole filosófica, personal y histórica— que hizo posible la génesis de un pensador como Agustín, cuyo pensamiento sería, a su vez, fundacional para el cristianismo medieval.

José Enrique Ruiz-Domènec, en el prólogo, subraya que esta biografía marcó un hito en la historiografía del mundo antiguo tardío. Su edición original fue en 1967, y se revisó en 1999 con un epílogo que reflejaba las nuevas perspectivas adquiridas por el autor a lo largo de los años, sumando el rigor de la crítica con los avances de la investigación histórica. Surge así un retrato de Agustín como una figura clave en la redefinición de la moral cristiana y la apologética. Al hacerlo, Brown rescata tanto las contradicciones como las virtudes de su biografiado, presentando a un Agustín humano, vulnerable y profundamente comprometido con su tiempo.

África romana: un trasfondo decisivo

Desde las turbulentas calles de Tagaste, en la provincia romana de África, hoy en Argelia, hasta la corte imperial de Roma, pasando por los debates teológicos y los conflictos de la Iglesia, la biografía de Agustín es reflejo de una época marcada por las profundidades de la crisis imperial. En este contexto de desmoronamiento del mundo romano, el filósofo no solo enfrentó la transformación del imperio, sino también su propia crisis personal, espiritual e intelectual. De ahí que Brown no solo narre los momentos cruciales de la vida del filósofo, sino que los coloque en su justo marco histórico, reconociendo que las decisiones de este pensador estaban, en última instancia, moldeadas tanto por sus ideas como por las convulsiones de un mundo en el que la fe, la política y la filosofía estaban entrelazadas de formas insospechadas.

Mientras que muchos historiadores tienden a mirar la vida de Agustín a través del prisma de Roma o de las influencias filosóficas griegas, Brown lleva al lector a la Tagaste natal del pensador y a la compleja red de influencias sociales, culturales y religiosas presentes en el norte de África. Este enfoque desvela el sentido profundo de las luchas identitarias que Agustín vivió desde su juventud, dado que la África del siglo IV no era sólo un espacio geográfico, sino un microcosmos de las tensiones entre la romanización y las tradiciones autóctonas, entre el paganismo local y las nacientes formas de cristianismo. De este modo, la África romana de Agustín era, en términos sociales y económicos, un territorio marcado por las huellas de la decadencia del imperio: el esplendor de las ciudades del pasado ya había dado paso a una realidad más fragmentada y empobrecida.

En este contexto, Agustín creció como un joven que se debatía entre el mundo clásico de la retórica y las ciencias profanas y la nueva doctrina cristiana que, aunque en expansión, todavía no se había consolidado como la ideología dominante del imperio. Brown, al colocar este telón de fondo africano, subraya cómo las tensiones locales, junto con la fuerte influencia del cristianismo, serían determinantes en la formación de la personalidad y la obra de Agustín.

El viaje espiritual de Agustín

El giro hacia el cristianismo en la vida de Agustín es otro de los momentos cruciales que Brown examina en detalle, insertándolo dentro de una reflexión más amplia sobre las dinámicas filosóficas del tiempo. Agustín no se convierte al cristianismo simplemente como respuesta a un vacío espiritual o a una revelación mística repentina. Más bien, Brown sostiene que su conversión fue el resultado de un proceso largo y complejo en el que el neoplatonismo jugó un papel crucial. El filósofo, en su búsqueda por encontrar una respuesta racional a la problemática de la existencia humana, la maldad y el sufrimiento, se acercó al cristianismo como doctrina de salvación con el bagaje de un profundo conocimiento de las corrientes filosóficas que le eran contemporáneas. La riqueza de la obra de Agustín, en especial sus “Confesiones” —que escribió a los cuarenta y tres años, siendo ya obispo de Hipona, y que abarcan los primeros treinta y tres años de su vida («es por este libro por el que mejor se conoce la primera juventud de Agustín», dice el autor)— y “Ciudad de Dios”, reside en que integran elementos del pensamiento clásico (como la influencia de Platón) con una visión cristiana del mundo que transformará de manera radical la filosofía occidental.

Este viaje espiritual, aparte de ser una conversión personal, encierra la transición de una época. Al igual que el Imperio Romano, que estaba en su último aliento, Agustín transita desde una vida determinada por el pecado y la duda a una nueva visión del mundo, que sería central para el cristianismo medieval. Brown muestra cómo la conversión de Agustín constituyó el inicio de una vida de fe y también el comienzo de una reconfiguración de los valores y las ideas filosóficas que predominarían en los siglos venideros. No en balde, el impacto de Agustín va mucho más allá de su tiempo, pues ofrece una interpretación de la historia y de la relación entre el hombre y Dios que influirá en la teología y en la filosofía política y moral de la Edad Media. Su visión de la ciudad de Dios, por ejemplo, presenta una concepción de la historia que trasciende la caída del imperio romano, mirando hacia un futuro que sería definido por la gracia divina.

Por otra parte, Brown también es consciente de las tensiones y contradicciones de Agustín: la tensión entre el amor por la humanidad y la actitud de control sobre las creencias de los demás, entre la racionalidad filosófica y la fe ciega, le otorgan una complejidad que, a pesar de su enorme influencia, nos invita a una lectura crítica. No estamos ante una visión hagiográfica del pensador, sino de un libro que explora la relación intrínseca entre su vida y su obra, entre el hombre y el contexto que lo formó.

Publicado en La Razón, 5-I-2026