sábado, 13 de julio de 2024

James Salter: volando sobre la escritura

Hay escritores que será muy improbable encontrar en manuales de la historia de la literatura pero que despiertan hoy una admiración incondicional, por parte no solamente de lectores de a pie sino de los más exigentes colegas de oficio. Y sin embargo, esos autores siguen ocultos hasta que el boca-oreja y la iniciativa de una editorial logran que de repente se vuelvan visibles, estén, sean. Fue el caso de James Salter (Nueva York, 1925-Sag Harbor, 2015). Más si cabe porque en su haber tuvo sólo siete libros, a lo largo de una andadura dedicada también a escribir guiones para el cine y cuentos, después de formarse en Ingeniería e ingresar en 1945 en las Fuerzas Aéreas.

El contraste resulta considerable: un hombre de acción –carrera militar en West Point y piloto de aviones; destinado en Filipinas y Japón, y ya como teniente, en Hawái; combatiente en la guerra de Corea; comandante en Alemania y Francia…– y luego, una vez retirado del ejército, un hombre pausado frente a la mesa de trabajo, escribiendo con contención “Pilotos de caza” (1956). Tal vez para digerir todo lo que había visto y sentido y trasladarlo con la intensidad y sobriedad que se han vuelto tan características de su prosa. De ser un autor minoritario, Salter pasó a recibir parabienes entre la crítica especializada, proyectándose su fama hacia la comercialización: tras “Todo lo que hay”, recibió un premio dotado con 150.000 dólares.

Pero todos los reconocimientos llegaban tarde. Le daban igual, decía en las entrevistas (recibió, entre otros, el PEN/Faulkner en 1989, el Rea en 2010, el Hadada en 2011, el PEN/Malamud en 2012 y el Windham Campbell en 2013). Publicó su primera obra, “Los cazadores”, en 1956, un año antes de abandonar el ejército, pero en primera instancia le rechazaron su novela “Juego y distracción”, que acabaría publicando en 1967; había escrito sin mayor repercusión “Años luz” (1975) y “En solitario” (1979). Sólo en el siglo XXI estas obras, más “La última noche” (2005) y la autobiografía “Quemar los días” (1997), resucitarán –todo está al alcance en español gracias a la editorial Salamandra– para colocarle entre los elegidos. Por eso, resulta tan relevante la última novedad del escritor, la recopilación de textos “En otros lugares. Reportajes literarios y crónicas de viajes” (traducción de Aurora Echevarría Pérez).

Admiración desde España

El propio autor estadounidense, que cultivó este género viajero a lo largo de toda su vida, recogió al respecto sus piezas más significativas para este libro que nos lleva a seguirlo por los cementerios de París, los castillos del Loira, las pistas de esquí de los Alpes, Japón, Colorado o los estudios de Hollywood. De alguna manera, es la guinda a una acogida en el ámbito literario tardía pero de contundente e inapelable éxito, tanto de crítica como de público, en los últimos lustros, tanto en Estados Unidos como en Europa; en especial, en España, donde fue obteniendo una reputación entre diferentes generaciones que lo auparon, si bien no a una de esas famas rutilantes donde entra el arte hiperbólico de la mercadotecnia editorial, a eso que se da en llamar autor de culto. Sobre todo entre sus colegas: desde Antonio Muñoz Molina –que destacó su pequeño cuento “La última noche”, que según él corta el aliento; también afirmó haberse pasado toda una noche leyendo su cuarta novela, “Años luz”– al escritor ovetense Ignacio del Valle, impulsor de una plataforma que organizó la candidatura de Salter para el premio Príncipe de Asturias de las Letras 2015.

Muñoz Molina, ganador del premio asturiano en el año 2013, se hubiese congratulado sin duda al ver a Salter recibiendo otro homenaje, que se hubiera añadido al recientemente creado Premio Windham Campbell, dotado con 150.000 dólares, por “Todo lo que hay”. Era la primera novela de Salter en treinta y cinco años tras consagrarse a la narrativa corta. Tal novedad sería la eclosión de un artista que hasta finales de los ochenta no tendría los parabienes que su obra merecía; una creación intensa, donde el trasfondo erótico, y los silencios y las intuiciones, son clave para penetrar en los personajes. Salter es un caso palmario de que no es necesario firmar ni muchos libros ni novelas aparentemente ambiciosas desde el punto de vista estructural o temático. Su trayectoria se asienta, fundamentalmente, en siete libros sobrios y sencillos, al margen de otras incursiones en el campo de la poesía, en la ya referida autobiografía y en lo que le dio de comer: los guiones de cine.

“En otros lugares” da comienzo con una introducción en que Salter rememora el momento en que, tras la Segunda Guerra Mundial, tuvo que desplazarse como soldado a Manila y luego Hawái, lo que al final acabó determinando su curiosidad a la hora de conocer otros sitios remotos, muy en especial cuando al poco tiempo viajó a Europa y eso, en sus palabras, le abrió las puertas al mundo. “¡Estar en otro país! ¡Caer bajo el hechizo de un nombre! ¡Buenos Aires, Tahití, Pago Pago! Tal vez Pago Pago no, pues resultó ser una sola calle de tiendas tristes y un híbrido de comisaría y tienda de bebidas alcohólicas”, dice en esas páginas introductorias. En ellas, se asoma lo que da en llamar “un mundo aparte”, esto es, es el tren a Escocia que cruza raudo In-glaterra y del que se hace un observador meticuloso: “Gaviotas sobre los campos verdes. Hombres pescando en los canales. Ciento sesenta kilómetros por hora, el acero chirriando, el firme de las vías liso como el cristal, senderos que se suceden a toda velocidad. La Inglaterra azul en el crepúsculo invernal. Muros bajos de piedra ennegrecida”.

Aprender a viajar solo

Asimismo, el hecho de viajar a países que tenía inscritos en una pitillera de plata en sus tiempos de soldado: Melbourne, Sídney, Kwajalein, Guadalcanal, Nueva Caledonia, Guam… –“Una lista que me impresionaba, aunque estaba lejos de ser especial, pues todo el mundo había estado en todas partes”–, lo lleva a reflexionar sobre lo que significa moverse entre fronteras y descubrir nuevas realidades y culturas. “Viajar a menudo implica estar solo, y unas veces es agradable y otras no. Si eres capaz de superar la angustia que de tanto en tanto te invade, puede que tengas la oportunidad de ver algunas cosas interesantes, quizá las mismas que llevan a ver a los turistas en autocares, pero purificadas, por así decir, por la soledad. En cualquier caso, no te quedes en la habitación del hotel. Ése es el único lugar donde eres vulnerable”.

En el libro, vemos a Salter pisar y describir lugares tan atractivos para el turista norteamericano como París, que le recuerda el de Henry Miller, el glamuroso y bohemio a la vez, “en el que uno se despierta magullado después de noches apoteósicas, noches imborrables, con los bolsillos vacíos, los últimos billetes en el suelo, tan arrugados como tus recuerdos”. Salter, entre lírico y mundano, presenta una Roma “de una decrepitud sin parangón: colores desvaídos, fuentes, árboles en las azoteas, chicos guapos y duros, basura”. Cuenta que vivió un otoño y un invierno sobre el cementerio de Montparnasse, que muchas mañanas amanecía envuelto en niebla, y detalla los escritores famosos que están enterrados en el de Venecia o en la abadía de Westminster, fascinado por los epitafios. Francia tiene un peso preponderante: la literaria y callejera, pero también la de los monarcas, más la que tanto le gusta: la provinciana, la de la campiña, donde buscó una casa en la que vivir. Basilea, el Tirol, una escalada en Chamonix, Tokio, Tréveris, los Downs del Sur, Paumanok son otros de los rincones geográficos que se irán conociendo gracias a este libro que era inédito hasta el día de hoy.

Con un fragmento, por ejemplo, como este: “Más allá de las rocas se extiende un mar profundo y lechoso. Las olas rompen en el arrecife. Una joven desnuda de cintura para arriba se está metiendo en el mar; es esbelta y morena, y el agua hace brillar su desnudez”, cobran sentido opiniones sobre su obra y su estilo como estas: “Maestro en el arte de lo preciso y lo accidental”, “un estilo único y poderoso, meridianamente claro, que huye de la grandilocuencia (...) encaminado a comprender la vida, la condición humana”, escribió Del Valle de un Salter que ya tiene los mejores premios: el de gozar de lectores por doquier y el de la posteridad.

Erotismo, silencios e intuiciones

Hace un año se reunieron los dos libros de cuentos de Salter en “Cuentos completos” (editorial Salamandra; traducción de Enrique de Hériz, Luis Murillo Fort y Aurora Echevarría), en que es palpable cómo el trasfondo erótico, y los silencios y las intuiciones, son clave para penetrar en sus personajes. Se trataba de “Anochecer” (1988), y “La última noche” (2005), más otro cuento titulado “Carisma”, precedidas de un prólogo de John Banville. Este hablaba de la carrera militar de Salter en la Fuerza Aérea y su trabajo como guionista cinematográfico, para acabar apuntando que es “un magistral cronista de la vida cotidiana”. La sobriedad del estilo de Salter, un poco a lo Raymond Carver, hace que sus historias tengan finales abiertos. Son situaciones entre amigos (“Am Strande von Tanger”) en Barcelona, por ejemplo –se pinta aquí una España gris y machista– o estampas humanas en las que suelen tener un peso especial los perros. Hay grandes piezas como «Veinte minutos», en torno a un accidente que sufre una mujer con su caballo y su agónico final, y en general los textos descansan en diálogos en apariencia intrascendentes que van perfilando la psicología de unas entidades de ficción que exhalan desconfianza hacia el otro.

Publicado en La Razón, 24-VI-2024

viernes, 12 de julio de 2024

Entrevista capotiana a Carolina Esses

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Carolina Esses.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Si no voy a salir: Buenos Aires, donde está la gente que más quiero.

¿Prefiere los animales a la gente? Depende la persona; mi perra Catu supera a varias personas que conozco.

¿Es usted cruel? Puedo serlo y disfrazarlo de dulzura, es terrible.

¿Tiene muchos amigos? Bastantes, sí.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? La sensibilidad.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? A veces sí, pongo mucha expectativa.

¿Es usted una persona sincera? Sí.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? En casa con mis hijos, mi perra, mi marido.

¿Qué le da más miedo? No soy original: envejecer.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La falta de humor, la solemnidad; cuando alguien no puede ponerse en los zapatos del otro, haya hecho lo que sea que hizo el otro.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Me hubiese gustado ser una cantante de rock, vestirme con minifalda de cuero, el pelo revuelto, una vida de excesos. Pero si no es creativo no lo sé, ¿arquitecta?

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Voy al gimnasio.

¿Sabe cocinar? Sí y muy bien. Pero me cansa.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Mery Levov, la hija del Sueco Levov un personaje de la novela Pastoral Americana de Philip Roth. Mery es militante contra la guerra de Vietnam, pone una bomba, la vida de la familia se derrumba.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Prójimo.

¿Y la más peligrosa? Yo.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Socialismo.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Una piedra en alguna montaña a merced del viento y del frío pero capaz de resistirlos.

¿Cuáles son sus vicios principales? Comer sin duda.

¿Y sus virtudes? El entusiasmo.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Escenas cotidianas con mis hijos: la caminata al colegio, arroparlos en la cama, las miradas de cada uno.

T. M.

jueves, 11 de julio de 2024

Una biografía de Juan Benet

En una entrevista del programa televisivo francés «Apostrophes», Bernard Pivot escuchaba las respuestas que Vladimir Nabokov había preparado previamente y que leía ante un atril tras un montón de libros. En un momento dado, confesaba que no le gustaba su literatura de William Faulkner de la misma forma que no le satisfacía el regionalismo literario en general. Pero, aun manteniendo el carácter localista, ¿Nabokov hubiera aceptado la prosa de William Faulkner de contemplar esta, menos el supuesto paisaje alrededor de los personajes y más el trasfondo de una gran ciudad? Bajo dicho parámetro emocional, ¿existe alguna diferencia de peso entre la sociedad pueblerina, regional o provinciana y la urbana? Según Galdós, no, a tenor de lo que dijo en su discurso de entrada en la RAE al defender una novela urbana y «mesocrática» (o sea, la suya): «En realidad, todos somos regionalistas (…) porque todos trabajamos en algún rincón, digámoslo así, más o menos espacioso de la tierra española». Y añadía, más adelante: «Paréceme a mí que la metrópoli es región y de las más características».

Se diría que las fronteras entre la manera de abordar la propia tierra de nacimiento, de viajar literariamente hablando sin salir de los límites geopolíticos, tiene dos formas. Por un lado, la tradición europea de insistir en varias ciudades (Balzac-París, Dickens-Londres, Joyce-Dublín). Por otro, la americana, de espacios abiertos y raíz criollista y étnica, de norte a sur del continente, desde las novelas de Carson McCullers y los cuentos de Flannery O’Connor, que recrean los Estados sureños de trasfondo cristiano y racista de Norteamérica, al brasileño João Guimarães Rosa y su «Gran Sertón: Veredas». Julio Cortázar fue acusado, como explicaba en un artículo José María Guelbenzu, de «inventarse una Argentina y un Buenos Aires ficticios, de vivir fuera, en París, y escribir de adentro, inventando una realidad argentina que poco tenía que ver con la real».

Así pues, ¿qué resulta más fidedigna, la visión de la ciudad porteña de Cortázar o las tragedias que asolan Yoknapatawpha, la región inventada de un Sur real, el condado de Faulkner? Este afirmó haber diseñado el mapa de una zona de la que se decía único dueño, pues no en vano la apropiación ficticia de un área es común a algunos de los escritores que decidieron estrenar un lugar de convivencia, aun pretendiendo copiar al natural lo que ocurría enfrente. De ello encontramos enseguida casos destacados en las letras españolas, con un alto grado de sofisticación en contraste con aquellas ciudades realistas decimonónicas de empeño simbólico y naturalista, la Orbajosa de «Doña Perfecta» y la Vetusta de «La Regenta», levantadas por Galdós y Clarín: el faulkneriano Juan Benet incorporó mapas en sus libros para la región que llamó, simplemente, Región, en ningún caso, «un espacio físico y humano en el que puedan reconocerse los personajes en tránsito, sino un lugar del espíritu dominado por un dios maligno que todo lo reduce a escombros», según Félix de Azúa en el prólogo a «Nunca llegarás a nada», la colección de cuentos con que Benet se dio a conocer en 1961 y a su simbólica tierra narrativa, la cual llegaría a su clímax seis años después con «Volverás a Región», trasunto de la España de la época y alegoría de una sociedad agotada.

Justamente, es Faulkner el escritor clásico más citado en «El plural es una lata. Biografía de Juan Benet», de J. Benito Fernández, que tan notables libros ha dado de Leopoldo María Panero, Rafael Sánchez Ferlosio y Eduardo Haro Ibars. Junto al autor norteamericano aparece destacadamente Javier Marías, que en 1970 escribió su primera novela, «Los dominios del lobo», en una época en la que conocería a quien sería alguien fundamental para su vida personal y literaria: un Benet de cuya muerte ya han pasado más de treinta años (nació en Madrid, en 1927, y falleció en la misma ciudad en 1993) y que entró pronto en el canon literario contemporáneo español.

Su prestigio está fuera de toda duda, pero, ¿su literatura sigue vigente en el sentido de seguir leyéndose sus libros? Primero, contextualicemos su aparición en las letras hispanas, con autores precedentes de gran éxito, como Cela, Matute, Ignacio Aldecoa, Delibes, Fernández Santos, Martín Gaite, García Hortelano, Luis y Juan Goytisolo… hasta la eclosión de un texto que rompe con todo, «Tiempo de silencio» (1962), de Luis Martín Santos, al lado de la explosión del boom hispanoamericano al otorgarse el premio Biblioteca Breve a Vargas Llosa por «La ciudad y los perros».Nuevos recursos técnicos –narrador subjetivo, uso de las tres personas, monólogo interior, lenguaje barroco– cristalizarán en la novela experimental «Volverás a Región» (1967), y la trascendencia del autor tendrá continuidad y éxito comercial al ser finalista del Planeta en 1980 con «El aire de un crimen». Esta obra también discurre en Región, y cuenta la fuga de dos reclutas y la aparición en un pueblo del cadáver de un desconocido que más tarde cabe conservar e incluir hacer servir de trueque.

El Faulkner de «Mientras agonizo» y otras narraciones con trasfondo violento era ostensibles por enésima vez en Benet, ingeniero de formación y autor de obras de lectura compleja: «Una meditación» (1969, premio Biblioteca Breve); «Herrumbrosas lanzas», en referencia al poema de Miguel Hernández (1983, 1985, 1986, con la Guerra Civil española como centro; su cuarto volumen quedó inconcluso); y «Saúl ante Samuel» (1980). Benito Fernández sigue los pasos de su biografiado, del que dice que como escritor estaba lejos de recibir unanimidad a la hora de valorar sus páginas: «Para unos no sabía contar, era un novelista insoportable, para otros tenía todo lo que se le exige a un autor: enorme originalidad, una novelística personalísima. Desconcertaba a los lectores de la censura. Un controvertido personaje, sin duda».

Tal cosa es así, prosigue el biógrafo, porque a Benet se le tachó de «huraño, insolente, distante, agresivo, asocial, corrosivo, discutidor, erizante, cascarrabias», algo esto último de lo que se jactaba él mismo. Al parecer, estamos ante un hombre que estuvo afectado de «prontos malhumorados y eutraplias más o menos histriónicas (…) fueron sonados algunos de sus excesos e intemperancias». En todo caso, conocemos aquí al pequeño Juan, tercero de una familia de cuatro hermanos e hijo de un abogado que fue detenido en la zona republicana al comienzo de la Guerra Civil y fusilado al poco tiempo sin que constara contra él cargo alguno.

«El plural es una lata» es así un recorrido por su vida hasta su último artículo, en el que se burlaba sin piedad de Juan Goytisolo. Vemos cómo su primera obra fue rechazada por varios editores y al final lo publicó por su propia cuenta, a la que siguió cuatro años después «La inspiración y el estilo», donde se manifestó en contra de la literatura social entonces imperante y señaló cómo tras el Siglo de Oro se abandonó la ambición de escribir con gran estilo. Una aspiración que él vino a cubrir con unos libros que, precisamente por eso y la decadencia de la figura del lector, acostumbrado a textos simples y a una vida delante de una pantalla, son tan clásicos como carentes de lecturas hoy en día.

Publicado en La Razón, 15-VI-2024

martes, 9 de julio de 2024

Entrevista capotiana a Nuria Pérez

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Nuria Pérez.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una biblioteca.

¿Prefiere los animales a la gente? A veces, sí.

¿Es usted cruel? No.

¿Tiene muchos amigos? Creo que ese “muchos” es una cifra que mengua con la edad. Tengo los justos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que sean mejores que yo.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No.

¿Es usted una persona sincera? Sí. Pero también creo en la mentira piadosa si eso evita hacer daño a una persona querida.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Aprendiendo.

¿Qué le da más miedo? Viajar en coche.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La vulgaridad.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Llevar una vida peor, sin duda.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Ojalá.

¿Sabe cocinar? Me defiendo.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A mi padre.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Perdón.

¿Y la más peligrosa? Prohibido.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Cada vez que he llamado a una compañía telefónica, sí.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Nos iría mejor si esa información la guardáramos para nosotros más a menudo. Siguiente pregunta.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un bolígrafo en las manos de Joan Didion.

¿Cuáles son sus vicios principales? Las galletas. Las películas antiguas. La papelería (en ese orden).

¿Y sus virtudes? No me toca a mí decirlo.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Los rostros de mis hijas, ¿qué si no?

T. M.

lunes, 8 de julio de 2024

El desembarco de Normandía visto por Churchill

Hablemos del escritor, premio Nobel de Literatura en 1953, Winston Churchill. Éste fue el autor de “Mi juventud: Autobiografía”, “La crisis mundial, 1911-1918” o “La Segunda Guerra Mundial”. Se trató, así pues, de un memorialista y de un historiador, con otros títulos como “La guerra del Nilo. Crónica de la reconquista de Sudán”, de 1899, cuando era un joven teniente y formaba parte de la fuerza anglo-egipcia, o “La guerra de los boers”, una crónica de aquella contienda a lo largo de ocho meses también de su época juvenil. Porque el escritor –y pintor, afición que contagió a un colega de las Fuerzas Aliadas de la Segunda Guerra Mundial como D. Eisenhower– Churchill fue, asimismo, militar, lo que le llevó a interesarse por asuntos históricos y políticos que luego llevaría a la escritura, y con un gran éxito si nos atenemos a que recibió el premio más famoso de todos.

Según la Academia sueca, tal cosa sucedió por estos motivos: “Por su dominio de la historia y descripción biográfica, así como por la brillante y exaltada oratoria en defensa de los valores humanos". En todo caso, se le daba un galardón a un político, claro está. Y no uno cualquiera, porque, durante se enfrentó a Adolf Hitler. De hecho, por esa intervención liderando el Reino Unido es, probablemente, el más idolatrado político del siglo XX. Y justo en eso es en lo que puso el acento, en otoño del año pasado, Tariq Ali en “Winston Churchill. Sus tiempos, sus crímenes” (Alianza), si bien no abordaba el asunto del galardón de Estocolmo, pese a que ello da mucha información de cómo era el personaje. Se dice que a Churchill le ofendió que no le concedieran el Nobel de la Paz y que por eso envió a recoger el premio a su mujer.

La justificación para que surgiera el enésimo libro sobre Churchill quedaba clara ya desde el inicio: “El culto a Churchill estaba acallando cualquier tipo de debate en serio”; Ali no quería decir que “todos los historiadores que han escrito sobre Churchill sean acríticos”, pero hay que rechazar a todos aquellos “que consideran cualquier crítica seria como un crimen de lesa majestad”. El ensayista recordaba el momento en que Barack Obama y, más recientemente, Joe Biden, retiraron el busto de Churchill del Despacho Oval, a resultas de “las atrocidades cometidas por los británicos en Kenia y el historial de Churchill en Irlanda”. De resultas de todo lo que apuntamos, cuando aparece un nuevo libro sobre Churchill, ¿el lector qué puede esperar? ¿Más mirada hagiográfica del personaje?

Sangre, sudor y lágrimas

Ali hacía notar que durante su periodo político disfrutó de un culto relativamente bajo. “Ni siquiera en el apogeo del Blitz, la campaña de bombardeos alemanes durante la Segunda Guerra Mundial, su culto podía compararse con lo que llegó a ser en manos de los políticos tories y de un montón de historiadores conservadores y liberales”. Subrayamos este particular al hilo de la publicación de “El día D de Churchill. La génesis, ejecución y secuelas del día D a través de los ojos del propio Winston Churchill” (traducción de Gonzalo García), de Allen Packwood, miembro del Churchill College de Cambridge y director del Churchill Archives Centre, y Richard Dannatt, un militar británico retirado que fue general y Jefe de Estado Mayor de las Fuerzas Armadas Británicas.

Recordemos que estamos hablando de un hombre que era racista hasta la médula: el Raj Británico (el régimen que la Corona inglesa estableció entre 1858 y 1947 sobre el subcontinente indio), a raíz de una amenaza japonesa que nunca se materializó, llevó a la muerte a unos cinco millones de personas, ante la indiferencia de Churchill, que fue responsable de otra tragedia terrible, la hambruna de Bengala de 1943, con más de 3,5 millones de personas fallecidas, bajo la responsabilidad del primer ministro. Churchill impuso para los obreros un recorte del 10% en sus salarios y en Gales envió soldados para reprimir la huelga de unos mineros. Con todo, los investigadores citados dicen que su reputación se basa en «la oratoria que exhibió durante la batalla de Inglaterra y el Blitz: su promesa de “sangre, esfuerzo, lágrimas y sudor”, su determinación de guerrear hasta que se obtuviera la victoria, su desafiante afirmación de que “nunca nos rendiremos”».

Los autores recorren diferentes escenarios (Downing Street, el Parlamento británico, la Casa Blanca y el Kremlin; el norte de África, Grecia, Italia y Francia) y convocan a un sinfín de figuras políticas y militares como el presidente Roosevelt, el mariscal Stalin y el general De Gaulle; comandantes militares como los generales Alexander, Brooke, Eisenhower, Marshall, Montgomery y Patton o los almirantes Cunningham, Mountbatten y Ramsay. Por eso, se habla de la Operación Overlord, que a primera vista parecía destinada al fracaso por el gran número de bajas frente a las tropas alemanas. Sin embargo, el mismo Churchill escribirá tiempo después: “Aunque el camino sería quizá duro y largo, nunca dudamos de que obtendríamos la victoria decisiva”.

Frustración e incertidumbre

Otro asunto más importante si cabe en este contexto es la “oposición de Churchill al Día D y de hasta qué punto intervino activamente para impedir o demorar la operación”. Según los autores, además, «Churchill creó una administración fuerte y centralizada que se dirigía desde su Oficina Privada, en Downing Street. Al situarse no solo como primer ministro, sino también como ministro de Defensa (una función nueva, creada por él mismo), se aseguró de controlar tanto la estrategia como la política». Y es que aquí se despliega un personaje para quien las situaciones de peligro constituían algo estimulante, de tal modo que “le gustaba hallarse en el centro de la acción, pero también asumió la tarea de proyectar una imagen de confianza”. Eso también lo llevó a confiar en los otros: en el Ejército de Estados Unidos, al que tuvo que ceder bases británicas y a entregar reservas de oro nacionales, entre otras cosas. «Cuando la alianza anglo-estadounidense se materializó, sin duda el primer ministro británico sintió un alivio genuino y evidente», remarcan los autores.

Estos explican lo sobradamente conocido sobre el desembarco de Normandía, con algún apunte en torno al protagonista del libro, por ejemplo, que él ya había tenido ideas anteriormente sobre cómo una base artificial sobre los bajíos de un lugar de Dinamarca. Pero sobre todo surge un Churchill emocional, que sufrió semanas antes del Día D “frustración e impaciencia crecientes. Tenía la posibilidad de supervisar los preparativos civiles e influir en ellos, pero ansiaba interpretar un papel más destacado en las operaciones militares. Eisenhower le mantenía informado, pero también a cierta distancia”. Así, se aprecia un político con ganas de destacar y brillar, de tomar decisiones, incluso hasta el punto de estallar de cólera si algo le resulta insatisfactorio, incluso una palabra cualquiera con la que él no estuviera de acuerdo: «Eisenhower contó que el primer ministro lanzó una diatriba furibunda contra un oficial del Estado Mayor británico que en una presentación se había referido a los soldados británicos calificándolos de “cuerpos”. Churchill “dijo que era inhumano hablar de los soldados con palabras tan frías, que parecía que fueran una simple mercancía o, ¡peor aún!, cadáveres”».

Asimismo, los investigadores también apuntan a que no le dolían prendas si las campañas de bombardeo implicaban arrasar contra la población civil. En todo caso, en torno a la jornada del desembarco en Europa, Churchill intercambió una aparente correspondencia amistosa con Stalin: «El líder soviético respondió sin demora al mensaje de Churchill sobre el Día D, para contar “la alegría que todos sentimos y nuestra esperanza de que los éxitos prosigan”». Y sin embargo, dijo en una comida con diversos colegas: «Cuando esta guerra acabe, Inglaterra necesitará todos los aliados de los que pueda disponer, para protegerse de Rusia». Las hipocresías y desconfianzas mutuas, tan características del ámbito político, se ven con claridad en el libro, que también cuenta cómo Churchill, el 25 de marzo de 1945, «cruzó triunfante el Rin para entrar a grandes pasos en el territorio ocupado al enemigo. Pero en este período dedicó la mayor parte del tiempo a planear la posguerra». Ya era el momento de repensar el orden geoestratégico mundial, en reuniones con Roosevelt y Stalin. Pero de poco le valió; ese mismo año iba a perder las elecciones, si bien le esperaba un futuro pleno de libros elogiosos sobre su trayectoria en el que también se ha convertido en un personaje heroico por obra y gracia de la propaganda cinematográfica anglosajona.

Publicado en La Razón, 3-VI-2024

domingo, 7 de julio de 2024

Entrevista capotiana a José Carlos Yrigoyen


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de José Carlos Yrigoyen.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Mi taller de trabajo.

¿Prefiere los animales a la gente? En general, sí.

¿Es usted cruel? He probado serlo con cierto éxito.

¿Tiene muchos amigos? Los suficientes.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Su inteligencia.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Sí, pero es recíproco.

¿Es usted una persona sincera? Depende.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leyendo, caminando y escribiendo. 

¿Qué le da más miedo? La muerte a destiempo.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La ignorancia orgullosa.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Portero de fútbol o redactor de enciclopedias.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Caminar.

¿Sabe cocinar? No.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? John Berryman.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Ninguna en particular. No espero tanto de las palabras.

¿Y la más peligrosa? No sería peligrosa si fuera tan fácilmente identificable.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Sí, como todo el mundo.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy un liberal con rostro humano.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Joven.

¿Cuáles son sus vicios principales? Unas cuantas adicciones con las que he aprendido a vivir. Un optimismo a veces injustificado.

¿Y sus virtudes? Insignificantes en cuanto a los defectos.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Desconfío de los esquemas clásicos. Lo más probable es que el terror del momento ocupe todo mi campo imaginativo. Estaremos de acuerdo que lo contrario sería un desperdicio de imágenes, quién sabe si alguna de ellas valiosa.

T. M.

sábado, 6 de julio de 2024

La revista "Qué Leer" de este julio

En la revista Qué Leer de julio (núm. 307) me ocupo de los protagonistas de la portada, Stephen King, Soledad Puértolas, Fernando Aramburu, Theodor Kallifatides, Donna León y Manuel Vicent; me hago eco del último Premio Princesa de Asturias de las Letras, Ana Blandiana, me encargo del centenario de la muerte de Joseph Conrad y, como siempre, preparo más de una veintena de páginas de recomendaciones de novedades de todos los géneros.

viernes, 5 de julio de 2024

Entrevista capotiana a Mayte Esteban

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Mayte Esteban.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Después de los tres meses que nos pasamos encerrados en pandemia no me gusta ni pensar en la idea de no salir, pero supongo que puedo hacer trampa en la respuesta: me encantaría no salir de mi imaginación.

¿Prefiere los animales a la gente? Quiero muchísimo a Ulises, mi perro, pero prefiero a las personas.

¿Es usted cruel? Conmigo misma; a veces soy un juez demasiado implacable y me exijo de más.

¿Tiene muchos amigos? No muchos, pero sí muy buenos; algunos llevan conmigo desde la infancia.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Empatía, apoyo, oídos para descargar el peso de la mochila que todos cargamos. Y que se apunten a tomar un vino a charlar hasta las tantas.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No. Mi padre me enseñó una teoría que tenía, que él llamaba la curva de la amistad; cuando llegas a un determinado punto de esa curva con una persona, es cuando se convierte en un amigo. Hasta entonces, es solo un proyecto de lo que podría ser una amistad. Es largo de explicar, pero la vida me ha demostrado que llevaba razón. Superado ese hito, lo demás fluye para siempre.

¿Es usted una persona sincera? Si ser sincero es no guardarse información, no. Creo que miente quien dice que es completamente sincero. Por ejemplo, ahora mismo podría no estar siendo sincera.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leer es lo que me apasiona, seguido de escribir y viajar.

¿Qué le da más miedo? Esta pregunta la reformularía: qué no me da miedo. Pero por concretar, que se nos desmorone el sistema sanitario público me aterroriza. Cuando tienes una enfermedad grave e imposible de abordar por tu cuenta es cuando eres consciente de lo maravilloso que es que funcione.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? El maltrato a las personas mayores no lo puedo entender. Ese abandono a las personas que nos dieron todo su amor, no paliar su soledad, es algo que no soporto.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Habría dedicado mi vida a la enseñanza.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Camino mucho por la naturaleza. Además de un río (el Duratón) y unas lagunas, vivo rodeada de pinares y tengo perro, lo que es una combinación fantástica, porque me saca él a mí a diario.

¿Sabe cocinar? Hace casi treinta años que me fui de casa de mis padres y estoy viva. No sé si lo hago muy bien, pero sobrevivo, así que sospecho que algo sé.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? No tengo dudas, la Celestina. Me parece que es interesantísima esa personalidad manipuladora, astuta, capaz de adaptarse al interlocutor que tiene delante en cada momento para sacar el máximo partido de él. Aunque seguro que acabaría poniendo en el artículo lo que ella quisiera, ahora que lo pienso...

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Posibilidad. Creo que es lo que te empuja a seguir intentando conseguir tus sueños.

¿Y la más peligrosa? Fanatismo. Impide pensar por uno mismo, te convierte en una oveja que solo repite consignas que otros han inoculado en tu mente.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? ¡Qué pereza! Soy más de “tú por tu lado y yo por el mío”.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Vivo decepcionada con la clase política actual, más preocupada por el marketing que por las personas.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Librera.

¿Cuáles son sus vicios principales? Los libros y el Ribera del Duero (en ocasiones especiales).

¿Y sus virtudes? Resiliencia, aunque llevo una temporada que la tengo un poco más ralentizada de lo normal, será que me hago mayor y cada vez cuesta más adaptarse a los cambios.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Lo hablamos si no muero en medio de la experiencia.

T. M.

jueves, 4 de julio de 2024

La nostalgia por la vieja Europa culta

La sombra del totalitarismo soviético se alarga en determinados autores de varias generaciones que lo padecieron en sus carnes, reflejándose en obras de trasfondo grave. Uno de ellos fue Milan Kundera –hijo del pianista Ludvik Kundera–, que tanto reflexionó sobre la Primavera de Praga y la ocupación de Checoslovaquia en 1968. Sin embargo, en sus años de senectud, Kundera también demostró que podía enfrentarse a lo que implica vivir en el totalitarismo con un tinte, podríamos decir, lúdico. De esta manera, escribió el divertimento “La fiesta de la insignificancia” (2014), que significó una forma muy personal de volver a la narrativa quince años después de componer “La ignorancia”, la historia de dos checoslovacos que regresaban a su tierra tras exiliarse y veía cómo se desmoronaba el comunismo en el Este europeo.

En aquel momento, cuando contaba ochenta y cinco años –nació en Brno en 1929; murió en París el pasado julio–, el autor se dio una tregua en sus temas trascendentes o de tono sociopolítico; lograba algún pasaje notable, pero al fin frívolo en su empeño de entretener sin un argumento detrás que alcanzase un desenlace óptimo. Desde luego, Kundera buscó la manera de criticar la sociedad comunista checa en sus primeras novelas, “La broma” (1967), “El libro de los amores ridículos” (1970) y “La vida está en otra parte” (1973). Fueron años duros, en los que, tras la invasión soviética, cayó en el ostracismo: no sólo sus obras fueron prohibidas, sino que perdió su puesto de profesor en el Instituto Cinematográfico de Praga, donde dio clases de historia del cine desde 1959 a 1969, de forma que empezó a proyectar lo que sería vivir en el extranjero. Lo consiguió en 1975, haciéndose profesor de literatura comparada en la Universidad de Rennes hasta 1980 y, más adelante, en la École des Hautes Études de París. Es más, en 1981 adoptó la nacionalidad francesa y supervisó durante los años siguientes una traducción completa de su narrativa al francés.

Trazar hilos invisibles

Aparte de las narraciones citadas, cabe citar los ensayos literarios “El arte de la novela” (1986) y “Los testamentos traicionados” (1993), y, como dramaturgo, “Los propietarios de las llaves” (1962) y “Jacques y su amo” (1975). Pero, sobre todo, a Kundera se le recuerda por “La insoportable levedad del ser” (1984), una historia de amor donde se asoman los celos, el sexo y las traiciones: todo un cóctel explosivo de emociones protagonizado por una mujer de apariencia frágil, Teresa, y el cirujano y mujeriego Tomás, por una parte, y por Franz y la pintora Sabina, a su vez amante también de Tomás, en plena Primavera de Praga. La obra, que tuvo una famosa adaptación al cine por parte de Philip Kaufman en una cinta con grandes dosis de erotismo, recorría la historia reciente de Checoslovaquia y su trasfondo de represión comunista, hasta el punto de que Tomás sufría la depuración del gobierno y, Sabina, la presión de no poder salirse de las directrices artísticas que marcaba el régimen, en busca de una libertad imposible.

Ahora nos llega “un retrato íntimo”, como reza el subtítulo de esta biografía de Kundera (traducción de Mayka Lahoz), de Florence Noiville, autora de otras biografías de Isaac Bashevis Singer y de Nina Simone. Noiville conoció al escritor gracias a su cargo de jefa de redacción adjunta de “Le Monde des Livres”, pese a que Kundera decidió a mediados de los años ochenta que no volvería a conceder entrevistas. Con esta periodista hizo una excepción y se desarrolló una amistad que permitió captar las opiniones del narrador checo. De este modo, el lector descubre sobre todo, en primer lugar, a un Kundera músico, que lanza su punto de vista sobre las obras de Janáček, por ejemplo. Y es que la biógrafa, desde joven, vio en los libros de su admirado novelista una gran capacidad de enlazar muchos asuntos diferentes más allá de lo puramente literario.

“De trazar hilos invisibles entre literatura, música, pintura, arte antiguo y moderno, tradicio­nes y vanguardias. Todo eso provoca la excitante sensación de salir fortalecido. Me enamoré de su estilo, riguroso y so­brio (…) Me encantó su cadencia, su ligereza, su transparencia”. Eso, al leerle. En la distancia corta, Noiville dice que Kundera “nunca perdía la oportunidad de bromear”, y que los encuentros con él eran alegres y jocosos. Excepto una tarde en que mencionó a Ionesco, subrayando la dificultad que, según él, tenían los franceses a la hora de comprender la obra de este dramaturgo por cuanto esta alberga algo “irreductiblemente centroeuropeo”, es decir, trágico. Así, Noiville entendió bien la esencia de Kundera: su visión de un tiempo y un lugar dramáticos: la Europa del centro y del este mermada por el comunismo, el totalitarismo, los campos de exterminio y los pogromos; su especial afecto por artistas o intelectuales judíos como Kokoschka, Freud, Schönberg, Berg, Koestler, Kafka o Schnitzler: “Eran el corazón palpitante de esa Europa de la que Milan Kundera siempre sentiría nostalgia”, apunta.

Un narrador musical

Kundera había surgido de una familia de cultura exquisita, con su padre pianista, al que adoraba y que le enseñó a tocar y a aprovechar su oído absoluto. Pero pronto la política tropezó en su país y su vida, y eso que, aparte del hecho de que en 1947, tras dejar la música, se decantó por la poesía (su primer poema publicado, a los dieciocho años, fue un homenaje a su profesor de composición), el día en que cumplía esos años se hizo miembro del Partido Co­munista de Checoslovaquia, si bien al año siguiente lo expulsaron tanto del partido como de la universidad. En un plano más personal, se unió a Olga Haas, ocho años menor que él y can­tante de opereta. Con ella emprendió un camino en que lo musical siguió siendo preponderante, pues el lenguaje de la música, explica Noiville, ejerció “en su obra una influencia considerable e inspiraría la estructura subyacente de casi todas sus novelas”, hasta el punto de que “la obra de Kundera está escrita tanto para la vista como para el oído”.

Es más, un día le dijo a su amiga que su primera idea era rítmica; que oía sus novelas. Y sin embargo, “Kundera siempre prefirió el silencio”, lo cual intimidó al comienzo a la periodista. Pero entonces esta se dio cuenta de que resultaba inútil llenar esos incómodos vacíos y dio con el origen de esa preferencia: el propio padre del escritor. «Ludvík también la tenía cuando su propio len­guaje, la música, no tenía nada que decir. En “El libro de la risa y el olvido” los vemos de nuevo a los dos, padre e hijo, duran­te una de sus vueltas a la manzana». Sucedía en 1970, cuando todavía se sentían las secuelas de la invasión de Praga por las tropas del Pacto de Varsovia. En la ciudad, pese a todo, «sonaban por doquier canciones y música baratas. “Cuanto más triste esta­ba la gente, más tocaban los altavoces”, escribió Kundera. “Llamaban al país ocupado a olvidar las amarguras de la his­toria y a entregarse a las alegrías de la vida”». Y no obstante, él tuvo que decantarse por el exilio, elegir reír u olvidar en otro sitio lejos de su hogar.

Publicado en La Razón, 1-VI-2024