sábado, 24 de julio de 2021

Entrevista capotiana a Luiso Berdejo

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Luiso Berdejo.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Si hablamos de un lugar figurado, elegiría el mundo anterior al auge de la telefonía móvil y las redes sociales. Si hablamos de un lugar físico, entonces elijo el lugar en el que vivo: el condado de Los Angeles, en California.

¿Prefiere los animales a la gente? Depende de si tengo que ir al dentista o de paseo.

¿Es usted cruel? Nunca con nadie. Detesto a los crueles. A mis personajes, sin embargo, no les ahorro un buen calvario si a cambio pueden aprender algo.

¿Tiene muchos amigos? El día que busqué la definición de «amistad» en el diccionario de la RAE concluí que no tengo prácticamente ninguno. “Afecto personal, puro y desinteresado, compartido con otra persona, que nace y se fortalece con el trato”.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Las mismas que en cualquiera: integridad y nobleza.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Como mucho una vez.

¿Es usted una persona sincera? Recuerda que no soy cruel. Además, «persona» y «sincera» son dos palabras que casan mal… Digamos que soy todo lo sincero que puedo, pero que tampoco me cuesta invertir tiempo en adornar una verdad potencialmente urente.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Con mi mujer y nuestro hijo. Dibujando. Cocinando. Caminando. En silencio.

¿Qué le da más miedo? No es una emoción a la que esté muy conectado.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? No me recuerdo escandalizado. Asumo y digiero a gran velocidad.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Ayudar a las personas de modo activo.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Por épocas.

¿Sabe cocinar? Sí. Y cada vez lo hago mejor. Tengo lo que mi mujer describe como “nivel casa de comidas de pueblo”, y no aspiro a más. Entre chef o figonero, prefiero lo segundo.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A René Clair.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Unidos.

¿Y la más peligrosa? Ego.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Nunca. Es cierto que en la carretera suelo deseárselo a determinados conductores y conductoras, pero superado el calentón automovilístico estoy seguro de que hasta me caerían bien.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Necesito vivir en democracia, saber que tengo el derecho y la libertad de poder ser parte de las decisiones que incumben a la comunidad de la que soy parte.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? No me gustaría ser nada más que lo que soy: escritor y cineasta. Pero si no me quedara más remedio que hacer otra cosa me gustaría ser dibujante.

¿Cuáles son sus vicios principales? Disfruto mucho la comida rápida, y ocasionalmente nos encontramos.

¿Y sus virtudes? La paciencia y la perspectiva.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? El 17 de julio de 2004 me desperté con la garganta cerrada debido a una reacción alérgica repentina. No podía respirar. ¡No me entraba el aire! ¡Me estaba ahogando! Los segundos pasaban, los minutos caían y yo iba sumiéndome en una laxitud fatal que parecía anticipar mi partida de este mundo. Segundos antes de perder el conocimiento, recuerdo que vi un montón de secuencias de la trilogía original de ‘Star Wars’, resúmenes, remontajes, incluso secuencias inéditas que mi cerebro tuvo a bien crear en ese momento… Y recuerdo que pensé: “hay que ser gilipollas para morirme viendo ‘La Guerra de las Galaxias’ en vez del típico compendio de momentos memorables que supuestamente vemos…” Cuando al rato volví en sí, gracias al milagro farmacológico, pensé que en realidad había sido una buena despedida. Ahora, con todas las películas que he visto desde 1994, espero espicharla con un montaje más variado y que mezcle más de un género.

T. M.

viernes, 23 de julio de 2021

Sobre el editor Javier Fernández Rubio


En el pasado número de junio de Qué Leer, en la sección "Bestiario", que cierra la revista y trata de alguien relevante del mundo de la edición, hablamos de Javier Fernández Rubio, director de la santanderina El Desvelo Ediciones. En el artículo conocemos la trayectoria de esta y podemos leer las valiosas reflexiones de este editor valiente y emprendedor.

Me hizo mucha ilusión que apareciera allí porque, aparte de haber creado una de las editoriales más interesantes del panorama literario de la última década, tengo el orgullo de decir que ya ha publicado tres libros míos: dos novelas, La soledad del tirador El fantasma de la verdad, y un compendio de ensayos este mismo año, El sueño esclavo

No podría encontrar suficientes palabras para alabar la tarea de Javier y expresar mi agradecimiento. Se trata de un editor que trata cada libro con un cuidado extraordinario, tanto en su contenido como en el diseño, y con el que es siempre fácil tratar; siempre risueño, accesible y receptivo. Un auténtico lujo para un autor.

jueves, 22 de julio de 2021

Entrevista capotiana a Javier Márquez Sánchez

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Javier Márquez Sánchez.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? El bar Casa Morales (García de Vinuesa, 11, Sevilla), siempre que no se acabaran el suministro de Cruzcampo ni los montaítos de pringá y lomo al amontillado.

¿Prefiere los animales a la gente? No necesariamente. Pueden llegar a ser igual de molestos.

¿Es usted cruel? No. Alguna vez. Solo cuando resulta placentero.

¿Tiene muchos amigos? De hecho, a veces demasiados.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Como alababa Holmes de Watson, que gocen del don del silencio.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Jamás. Me libro de ellos antes para evitar el mal recuerdo.

¿Es usted una persona sincera? Por supuesto. Desde cierto punto de vista.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Haciendo planes sobre lo que haré cuando acaben las vacaciones.

¿Qué le da más miedo? El tiempo libre. Por lo del rabo del Diablo.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La gente que se escandaliza. Aunque más bien me dan miedo.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Leñador, marinero, policía… o algún otro oficio con uniforme de fiesta.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Boxeo, natación, montañismo… todo lo que queda bien en Tinder, por si un día me abro una cuenta.

¿Sabe cocinar? Claro, vivimos en el siglo XXI: no saber cocinar es como no saber (o no querer) contener las babas y necesitar (o querer) que alguien te las limpie.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Al rockero Silvio Fernández Melgarejo.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Fin, The end, la fin, das ende, finito… Porque anuncia un nuevo comienzo o el final de todos los males.

¿Y la más peligrosa? Patria. Cada vez que resuena es para atacar a alguien con ella.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, para eso hay profesionales. Hay que hacer las cosas bien.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Yo solo tengo tendencias cinematográficas. Me quedo con el director Jesús Franco, cuando dijo aquello de que en este mundo, ser de derechas, era no tener conciencia de la historia ni de los problemas de la sociedad.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Camarero en el Tenampa de Ciudad de México, en la época en la que Chavela Vargas y José Alfredo Jiménez paraban por allí.

¿Cuáles son sus vicios principales? Cualquiera que cause adicción y sea malo, porque si no, seguro que no es bueno. Menos los cigarrillos, fumarlos es como darle un lengüetazo al asfalto.

¿Y sus virtudes? No haberme vuelto adicto al tabaco.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? La del flotador junto al que estuve sentado todo el día antes de decidirme a cambiar  de sitio, minutos antes de hundirnos. ¡Eres un desgraciado, Márquez!

T. M.

miércoles, 21 de julio de 2021

Oriente como sueño de la infancia


El próximo diciembre se celebrarán los doscientos años del nacimiento de Gustave Flaubert, del que de continuo nos llegan nuevas traducciones de sus novelas y ediciones de sus apuntes fragmentarios o cartas. En estas se puede seguir cómo, entre octubre de 1849 y junio de 1851, realizó un gran viaje que le llevó a Egipto, incluyendo una travesía por el Nilo, Tierra Santa, Constantinopla, Grecia e Italia. Y en tales papeles se ha basado en parte Fernando Peña (Castellón, 1971), doctor en Historia, para componer este magnífico libro. En él, tenemos a un Flaubert rozando la treintena que cumple el sueño de la infancia de pisar las tierras de las pirámides y los desiertos; un extraordinario trayecto en el que le acompañó su amigo el escritor, viajero y fotógrafo Maxime Du Camp, y que, por supuesto, le inspiró diversas ideas literarias, algunas de las cuales se materializarían en su “Viaje a Oriente”.

Publicado en La Razón, 3-VII-2021

martes, 20 de julio de 2021

Entrevista capotiana a César Sánchez

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de César Sánchez.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Cualquier barrio del cinturón obrero de Madrid o Barcelona. San Blas sería perfecto.

¿Prefiere los animales a la gente? No, nunca, bajo ningún concepto.

¿Es usted cruel? Sólo los lunes y los martes. A partir del miércoles, me vuelvo tierno.

¿Tiene muchos amigos? Sí. Y más porque no puedo.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Lo normal: locura, creatividad, antagonismo, ebriedad, amor por el r&r y la rumba catalana… lo normal.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Si no me decepcionan, no son mis amigos.

¿Es usted una persona sincera? Partiendo del supuesto de que no me conozco, sí. 

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Con mi pareja, paseando por la ciudad con un mapa borrado y una brújula estropeada, dándonos a la molicie con otros compañeros de naufragio.

¿Qué le da más miedo? Préstamos hipotecarios, facturas, el gps, apps, internet.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Que no nos cuestionemos los principios que las ideologías presentes, variantes (sudoraciones) del capitalismo anglosajón, dan por sentados. El Nobel de la paz a Obama.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Soy muchas cosas más que escritor: vendedor de interruptores de alta tensión, amante, padre, hijo, charlatán, baterista de rock aficionado, chapuzas ocasional, madrileño, paleto, futbolista frustrado, fumador, bebedor de cerveza… Me ocuparía de todo lo demás.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Deporte casero: flexiones, abdominales, lumbares y bici estática; si te concentras puedes ver cualquier paisaje desde el sillín.

¿Sabe cocinar? Un poco. Quiero decir que cuando cocino lo hago con mimo y dedicación, pero, luego, el resultado siempre deja que desear. La salsa de mi rabo de toro recuerda al fango de los pantanos de Luisiana.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Al hijo de Tom Ripley. Creo que Patricia Highsmith no llega a mencionarlo en sus novelas. De hecho, Tom Ripley no tiene hijos.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Cambio.

¿Y la más peligrosa? Nanai.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Solo a los que querían matarme a mí. Es decir, a nadie.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Marxismo-leninismo, como buen cincuentón escolarizado en colegio de curas concertado.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Modelo de lencería femenina.

¿Cuáles son sus vicios principales? El tabaco, el rencor, el tabaco asociado al rencor: sentir rencor hacia mí mismo por no ser capaz de dejar de fumar, la necesidad física de tener que llevar la contraria ante cualquier discurso mayoritario, levantar la voz al hablar (estoy un poco tapia), no hacerme la manicura con regularidad.

¿Y sus virtudes? Tesón, buena resistencia a la cerveza, el tabaco (sentir rencor hacia mismo por no poder dejarlo, si no los cigarrillos no sabrían igual de bien), la necesidad física de tener que llevar la contraria ante cualquier discurso mayoritario, levantar la voz al hablar (estoy un poco tapia), no hacerme la manicura con regularidad.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Gritaría y las burbujas llevarían dentro, cual bocadillos de viñetas de tebeo, las frases siguientes: ¡Cuidad bien del perro! ¡No os metáis en líos! ¡Disfrutad, cabrones, que la función dura muy poco! ¡Coño, me he dejado encendida la vitrocerámica!

T. M.

lunes, 19 de julio de 2021

La lucha por controlar el Mediterráneo


La lucha por el control del Mediterráneo desde el siglo XVI al XVIII; así reza el subtítulo de este gran estudio del especialista en historia militar Juan Carlos Losada. Tres centurias de enfrentamientos entre dos potencias que lucharon en pos de dominar las rutas comerciales del sur de Europa, lo cual podemos seguir desde el momento en que, por así decirlo, los otomanos entran en la historia. “La cristiandad llevaba en guerra contra el islam desde hacía siglos. Era el enemigo por antonomasia y el recuerdo de las cruzadas y el sentimiento de desgarro por ver en manos infieles los Santos Lugares, seguía presente en toda Europa”, empieza diciendo este doctor asimismo en historia y gran experto en los sucesos contemporáneos más determinantes de España.

En 1453 un poderoso Imperio otomano acaba de vencer al Imperio bizantino. Es una época de intolerancia fanática, nos dice el autor, por todo el continente, que se manifestó en persecuciones religiosas, encarcelamientos y disidencias políticas. Siglos llenos de guerras civiles en Inglaterra y Francia, la de los Treinta Años, un periodo sangriento, de combate contra el turco y contra el islam, que marcaría “la identidad polí­tica e ideológica en España”. Una hostilidad que se manifestó desde las guerras de Granada de fines del siglo XV hasta finales del siglo XVIII y que tenía un porqué fundamental: el control de las rutas comer­ciales. Es más, “sin las guerras contra los turcos, que representaban el brazo más potente del islam en la Edad Moderna, ni España, ni Europa, ni Tur­quía serían lo que hoy son”.

Por eso es tan interesante la presente investigación, que desde la perspectiva militar, política y cultural nos aporta todo una ventana a la vida bélica pero también diplomática de esos tres siglos, ya que incluso en lides tortuosas hay fases en que lo comercial o lo artístico se abren paso entre países enemigos. De ahí que en estas páginas conozcamos personajes novelescos, aventureros, es­pías, desertores o delincuentes que también nos hablan de las costumbres otomanas que se extendieron por Europa, concernientes a la arquitectura, la música, el café, los jardines o las flores.

Publicado en La Razón, 17-VII-2021

domingo, 18 de julio de 2021

Entrevista capotiana a Javier Echalecu

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Javier Echalecu.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? A una isla desierta, no, desde luego (y lo digo porque hay muchas clases de islas desiertas). Seguramente me quedaría con una biblioteca o un jardín. O mejor, en una biblioteca con vistas a un jardín. Alguien me dirá que un lugar así es claramente una isla desierta, pero de eso nada. No se me ocurre lugar más amplio. Ya lo decía Cicerón: “Si cerca de la biblioteca tenéis un jardín ya no os faltará de nada”.  Bueno, no es cierto. Seguirían faltando muchas cosas. Pero creo que podría pasar allí tumbado (me gusta leer tumbado) mucho tiempo.

¿Prefiere los animales a la gente? Depende del animal y depende del tipo de gente. Hay muchos animales (y hablo de animales domésticos) que me dan repelús, y me veo obligado a disimular ante sus dueños para no parecer un maleducado. También los hay (y sigo hablando de animales domésticos) que me dan miedo, y en este caso finjo por vergüenza. Pero, en fin, quizá no estoy diciendo mucho con esto: también hay personas que dan repelús y personas que dan miedo.  

¿Es usted cruel? La crueldad nunca se me ha dado particularmente bien. Las pocas veces que me he propuesto cometer un acto medianamente cruel, termino arrepintiéndome nada más empezar a realizarlo, y todo termina en agua de borrajas: doy marcha atrás. Y esto es porque no me gusta ni tolero la crueldad. Otra cosa es la crueldad en los libros, claro. Esa me encanta y, como decía Rosendo, “el rock es mala leche”. Me espantan los libros ñoños. A la mierda con la ñoñería.

¿Tiene muchos amigos? Hay mucha gente que conserva los amigos de la infancia. Yo, en cambio, he ido cambiando mucho de amigos, como si a cada estadio vital le correspondiese unos nombres distintos. Esto no me parece necesariamente malo. Hay muchos amigos de antaño con los que ya no me atan demasiadas cosas. En todo caso, y respondiendo a tu pregunta, diría que sí, que tengo un buen puñado de amigos, y que muchos de ellos, además, son de los que merecen la pena. Lo cual no quita para que esas relaciones de amistad tengan sus zonas penumbrosas, claro. El oro puro no existe. Ni en nosotros, ni en los demás.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Pongámoslo al contrario, qué cualidades no busco: maldad, sosería y pedantería. Y suspicacia, claro. Trato de mantenerme alejado de la gente suspicaz. Esa gente, a la larga, te obliga a comportarte de una forma que no eres. Te obliga a estar midiendo constantemente lo que dices. Son un coñazo. A la mierda, también, con los suspicaces.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Me atrevería a decir que, si no has sufrido ninguna decepción significa que nunca te entregaste demasiado a la amistad. Alguna decepción, por tanto, he sufrido. Pero, curiosamente, no recuerdo ninguna gran decepción que me haya cogido por sorpresas. ¿La razón? Esas las he visto venir de lejos. Hay gente de la que me consideraba muy amiga, pero con la que, al mismo tiempo, sabía que muy pronto dejaríamos de serlo. Uno se pone la venda antes que la herida.

¿Es usted una persona sincera? Tendencialmente sincera, sí, tanto con los demás como conmigo mismo. Aunque creo que es perfectamente legítimo mentir por una buena causa. Es como en esa película de Kiarostomi, ¿Dónde está la casa de mi amigo? El protagonista al final se da cuenta de que solo la mentira le permite proteger a su amigo y evitar que lo expulsen.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Nos hemos acostumbrado a esa expresión, pero en el fondo es horrible, porque nos recuerda que una parte de nuestro tiempo no es nuestro, que es casi como decir que solo una parte de nuestra vida la podemos vivir en libertad. En general, yo dispongo de poco tiempo para la literatura, porque profesionalmente me dedico a otra cosa y porque tengo un niño pequeño, así que soy bastante celoso de mi tiempo libre. En cuanto el niño se echa a dormir, abro un libro o me pongo a escribir. Trato de no dedicar mucho tiempo a las series de televisión, y no porque no me gusten, sino porque son absorbentes.

¿Qué le da más miedo? El dolor físico. Comprendo que es parte de la vida, pero me aterra. Aunque a veces creo que, más que el dolor en sí, lo que nos hace sufrir es la expectativa de dolor. Ocurre como con la felicidad. La felicidad que imaginamos que sentiríamos si conseguimos tal cosa es siempre superior a la que terminamos efectivamente sintiendo. Pues bien, con el dolor es lo mismo: el dolor que somos capaces de imaginar (físico o psíquico) siempre es mayor del que luego experimentamos.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? El escándalo envejece pronto. Los libros u obras artísticas que se proponen como principal objetivo el escándalo, inevitablemente, son las más efímeras. Lo que los escandalosos buscan es su minuto de fama; bueno, concedámoslo, ahí lo tienen, y luego adiós muy buenas. Son uno de esos restaurantes de carretera en los que uno se detiene una vez, y ya no vuelve a pasar.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? De niño quería ser médico. En ella influyó el hecho de haber sufrido un accidente de tráfico, pero es una profesión que tengo idealizada. Como también la de ser jardinero. Supongo (aunque quizá es ignorancia) que uno se debe de contagiar del ritmo lento del mundo vegetal.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Tener un niño te obliga a estar en forma. Llevarlo en brazos, subir el carrito a pulso por las escaleras… es un deporte de alto riesgo, y si no que se lo digan a mi espalda.

¿Sabe cocinar? Cada día mejor. Desde hace unos años, por influencia de mi mujer, italiana, me preocupa de darle sabor a la comida. Ah, y también color. Me he dado cuenta de que un buen criterio para cocinar es dejarse guiar por los colores. Hay guisos en los que, por ejemplo, echo en falta el color de la zanahoria o el verde de las espinacas. Y allá que van.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A mi tío Juan, con el que viajé a Marruecos. A la hora de planificar el viaje, le pregunté cómo deseaba que fuéramos. Me respondió: de la forma más lenta posible. Siguiendo sus deseos, viajamos en tren, autocar, ferry, tren hasta llegar a nuestro punto de destino (Fez). Fue un viaje que nos llevó día y medio y, por cierto, uno de los mejores que recuerdo.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? “Fraternidad”.

¿Y la más peligrosa? “Verdad”, en ciertas bocas, puede ser una palabra peligrosa. En otras bocas, en cambio, bellísima.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Y quien diga que no miente. Pero uno no se responsabilidad de los deseos le asaltan, sino de sus actos. Es como en ese cuento de Cortázar (no recuerdo el nombre) en el que una familia construye un patíbulo. Al cabo de unos días, la policía hace acto de presencia y trata de arrestarles porque la horca está prohibida. Uno de los miembros de la familia aclara que lo que estaba prohibido es usarla, no construirla, y razón no le falta.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Entre Atenas y Esparta, elijo Atenas.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Hay un ser vivo, un tardígrado, capaz de sobrevivir incluso en el espacio exterior. Por tanto, si fuera una persona práctica, seguramente elegiría ser uno de estos tardígrados para vivir el mayor tiempo posible. Pero no lo soy, y por tanto mi propósito es seguir siendo yo o, mejor dicho, una buena metáfora de mí mismo, que es a lo máximo a que podemos aspirar.

¿Cuáles son sus vicios principales? Soy un poco obsesivo. A veces mi cerebro es como una lavadora. Soy capaz de darle mil vueltas a un asunto hasta secarlo.

¿Y sus virtudes? Soy una persona con sentido del humor. Y menos mal porque sin él, en el mundo de hoy, uno iría bien jodido.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Imágenes de rostros. Los de mi padre y mi padre. El de mi mujer. Y supongo que, como imagen última, el de mi hijo. Últimamente, cuando estoy nervioso por algo, pienso en él y me relajo. Los niños, como ha escrito Eloy Sánchez Rosillo, son maestros de la felicidad. Pensar en él, imaginarlo dormido, me produce un efecto calmante. Es la mejor aspirina.

T. M.

sábado, 17 de julio de 2021

“Maldito: escritor que se comporta como un cafre”


¿Qué es la literatura? Pues un «medicamento con alevosos efectos secundarios y salvajes». Lo dice Marco Rossari en este libro tan particular que, a modo de diccionario (traducción de José Brown), nos conduce a motivos, autores y tópicos literarios con tono humorístico y transgresor. Autor de «El único buen escritor es aquel que ya ha muerto» y traductor de una buena cantidad de ingleses y norteamericanos, nos lleva a un trayecto lingüístico entre la A y la Z, desde «aforismo» («Forma de pereza desoladora y crónicamente sentenciosa») hasta «Zuckerman [trauma de]» («Psicodrama o psicomedia en el que un sujeto novela su propia vida negando con vehemencia que así sea»; sobe el personaje fetiche de Philip Roth).

En el libro encontraremos tropos literarios y nombres de escritores significativos que despertarán simpatía en un lector que, por necesidad, tendrá que afrontar estas páginas sin prejuicios y con ganas de derribar idolatrías sobre muchos tótems de la literatura. De ahí que aparezcan grandes autores vistos desde un enfoque satírico, como Joyce, Dickens, Salinger, Bukowski, Céline…

Ello se mezcla con conceptos que se han convertido en géneros literarios, como «autoficción», que para Rossari sería: «Morbo de origen francés que conduce a confesar la verdad despachándola como ficticia, pero usando nombres reales para crear así un absurdo galimatías». Este estilo ingenioso se extiende a «bibliofilia» («Perversión sexual por la que el paciente obtiene placer con la acumulación de polvo sobre libros intonsos»), el «bloqueo del escritor» o la «crisis de la novela». Pero también hay definiciones bonitas, como la de «haiku» («Llanto breve, intenso y reiterado frente a la belleza del cosmos») o «Kafka [disfunción de]», que sería «Dulzura del miedo».

Nabokov estaría de acuerdo con interpretaciones como esta del psicoanálisis, al sugerir que tal disciplina constituye una «literatura inverosímil o sencillamente fantástica; psicoficción». Este tipo de golosinas léxicas conducen a la idea de que, a pesar de que la literatura es una enfermedad que suele contraerse en la infancia, también es la cura de muchas cosas. Hay además un añadido titulado «Apendicitis hispánica», donde encontraremos jugosas líneas sobre «generación», que puede muy bien desde el sarcasmo dar en el clavo: «Ansiedad del quítate tú que me pongo yo»; o en torno a «malditismo», una «enajenación del escritor que aspira a la gloria comportándose como un cafre».

Publicado en La Razón, 17-VII-2021

viernes, 16 de julio de 2021

Entrevista capotiana a Esther Abellán

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Esther Abellán.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Más que un lugar, me gustaría elegir con quién estar. La vida me ha enseñado que los paraísos existen en cualquier parte si compartes espacio y tiempo con la persona adecuada.

¿Prefiere los animales a la gente? Prefiero no elegir.

¿Es usted cruel? Diría que no, pero ¿usted qué cree si me mira fijamente a los ojos?

¿Tiene muchos amigos? Amigos, amiguetes y “amiguchos”, de todo hay. No me quejo.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Más que buscar, encuentro. Como diría Eugenio Montejo “La tierra giró para acercarnos / giró sobre sí misma y en nosotros, / hasta juntarnos por fin en este sueño”.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No suelo crearme expectativas. Así que no, es difícil decepcionarme.

¿Es usted una persona sincera? Creo que sí, al menos intento serlo, pero la naturaleza humana es muy compleja.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me gusta el silencio, la tranquilidad; aburrirme, a ser posible, con la persona que amo.

¿Qué le da más miedo? Prefiero no pensar en eso. Paraliza y eso me aterra.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? No suelo escandalizarme y con los años cada vez menos.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Estudié empresariales, pero me parece que eso también es creativo, ¿no?

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Desde 1998 del siglo pasado (casi nada) llevo enganchada al kárate Shotokan. Aunque actualmente no voy a ningún dojo, sigo haciendo mis “pinitos”. Antes mucho cuerpo, ahora más mente.

¿Sabe cocinar? Eso dicen, delante de los fogones le hecho imaginación. Me viene de familia.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? ¡Hay tanta gente inolvidable de la que escribiría! Difícil elección. Quizá de un inolvidable anónimo, para que se convierta en personaje.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Vivir

¿Y la más peligrosa? Poder, en toda su amplitud semántica.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Sí, soy aficionada a hacerlo en el papel.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Me declaro antifascista.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Pastelera. La gente es feliz en las pastelerías.

¿Cuáles son sus vicios principales? Leer, leer poesía…

¿Y sus virtudes? ¿Puedo contestar leer?

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Es raro, esta es la pregunta más difícil. No paro de pensar y solo me vienen a la cabeza secuencias de la película “El piano”, de Jane Campion. Es posible que mi cerebro asocie el ahogamiento con una muerte romántica, gótica incluso. En fin, el mar, el silencio, la poesía.

T. M.

jueves, 15 de julio de 2021

La definitiva biografía kafkiana en español

Hace cinco años, llegaba a nosotros una monumental biografía de Reiner Stach, “Kafka. Los primeros años. Los años de las decisiones. Los años del conocimiento”, a la que dedicó una década y que lo convirtió en el máximo especialista actual del escritor checo. Pero este libro, Kafka. El abismo de la literatura (Guillermo Escolar Editor), igualmente mastodóntico, de Roberto Mosquera (1958), mallorquín afincado en Madrid desde 1974, fruto de toda una vida de lecturas kafkianas, no tiene nada que envidiar al libro del estudioso alemán. Ya nada más empezar, este autor de poemarios y ensayos también, elige un tono narrativo y evocador realmente bonito, poniendo el foco en cuatro momentos de inflexión en la vida de Kafka que bien podrían ejemplificar el ánimo sufriente que le caracterizó. Y así nos lleva a su vida tanto como a la gestación de sus grandes obras: “La condena”, “La transformación”, “El proceso” o “El castillo”, con una agilidad explicativa y profundidad lectora sobresalientes.

Publicado en La Razón, 10-VII-2021

miércoles, 14 de julio de 2021

Entrevista capotiana a Miguel Herráez

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Miguel Herráez.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Sin que quede pedante, moviendo el objetivo de la cámara de más a menos y eligiendo tal como se me pide uno solo: Europa, Francia, París, el distrito 6, un apartamentito en la rue Guynemer. Lo que se ve desde él.

¿Prefiere los animales a la gente? A alguna gente, la soporto a ratos. Soy un fiel defensor de los animales. Aborrezco todo lo que signifique maltrato de los mismos por mucho que quieran cubrir esas acciones siniestras con palabras solemnes como tradición (la caza, por ejemplo) o cultura (la llamada, no por mí, fiesta nacional, también por ejemplo). Si hay sufrimiento, no cabe ningún argumento que justifique esos sucesos gratuitos.

¿Es usted cruel? No.

¿Tiene muchos amigos? No. Soy bastante lobo estepario, lo reconozco. Y desde siempre. Prefiero caminar solo por la ciudad a asistir a una tertulia, pongamos, literaria.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? La ausencia de egolatría es muy importante. Que nadie se crea que de él va a quedar algo en este mundo que tiene el tiempo medido. Que sepan compartir señales del imaginario colectivo, que se pueda dialogar con ellos sin necesidad de hablar.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Como tengo tan pocos, los que se mantienen nunca me decepcionan. Pero, sí, claro, me han decepcionado a lo largo de la vida. He vivido sorpresas de rencor inexplicables.

¿Es usted una persona sincera? Sinceridad social, entendida esta como consecuencia de un pacto colectivo, no. Nunca le digo al vecino o vecina en el ascensor que me molestan sus taconeos a las dos de la madrugada, si se producen. Pero soy sincero en lo profundo de la vida, la búsqueda de la coherencia me importa mucho.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me gusta mucho observar la vida. No me canso de hacerlo. Fijarme en la gente. No sé si fue Flaubert quien le dijo a Maupassant que la observación era la base de todo. Me fijo en cómo gesticulan o charlan las personas, cómo entran en un comercio, si alguien se encuentra con otro e intercambian palabras junto a la acera y se colocan bajo una marquesina porque empieza a chispear, el tipo que toma café cada día en el mismo rincón del bar y no habla con nadie pero sí lee, en cómo un perro te recibe al llegar a casa. Aparte de desarrollar esa mirada permanente o ejercicio diario, el cine, la literatura y la pintura me absorben el mayor tiempo.

¿Qué le da más miedo? No poder decidir cuándo se ha acabado todo. Me refiero a la vida. Más que la muerte, verme mentalmente fuera de este mundo, en un proceso degenerativo incontrolado.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Determinadas formas de entender la política por algunos sectores conservadores de este país. El que piensen que los demás somos idiotas.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Siempre, desde pequeño, me atrajo la imagen del escritor. Pero una cosa es esa imagen y otra es escribir. Siempre me cuesta escribir. Siempre me ha costado. No acabo de entender, o quizá deba decir que envidio, a esas personas que dicen que escriben todos los días. Puedo comprenderlo en un pintor, que añade, modifica, elabora o reelabora. Un pintor siempre tiene dónde actuar, pero, si no estoy metido en un libro, me hallo frente a la pantalla del HP quieto, hipnotizado como un insecto ante la luz de una bombilla. Me habría gustado trabajar en cine, aunque hubiera sido desde el otro lado del espacio creativo.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Camino. Camino por las ciudades, me dejo llevar, camino por sus calles y pasajes y plazas y cruzo sus parques, me aventuro por callejones si merecen la pena, me apoyo en una esquina y observo. En el campo, sin embargo, me aburro. Me resulta tedioso, salvo que sea Islandia o la Patagonia, y aun así. Soy capaz de caminar doce o quince kilómetros diarios, si la ciudad en cuestión (por ejemplo, París o Londres o Buenos Aires o Roma), aunque la haya recorrido decenas y decenas de veces, me atrapa. Lo he hecho y lo hago continuamente.

¿Sabe cocinar? Sí, me defiendo bastante bien. Soy autónomo en ese sentido, no recurro a las conservas ni los platos preparados. Tampoco me fascina hasta el punto de interpretar la cocina como algo creativo. No soporto los programas gastronómicos ni la cocina de diseño ni nada de eso. No entiendo que la cocina haya entrado como grado universitario en nuestras universidades, la verdad.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Ya lo he hecho, pero no por encargo del Reader´s. He escrito una biografía de Julio Cortázar.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Compasión.

¿Y la más peligrosa? Autoritarismo.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Nunca. No cabe en mi cerebro esa acepción del diccionario.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Me considero de tendencias progresistas. Viví, siendo muy joven, el tardofranquismo, que era, desde el 73, con la muerte de Carrero Blanco, el anuncio de una dictadura con fecha de caducidad. Me vacuné en aquellos años contra ese régimen y sus soflamas de por vida.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Pianista, aunque no tengo ni idea de tocar el piano.

¿Cuáles son sus vicios principales? No sé si es un vicio pero se le parece: la compra compulsiva de libros, pero no porque quiera tenerlos ya apenas los descubro como novedad, sino porque, tal como está el mercado, si no compras de inmediato ese título que de golpe te importa más que ninguno, desaparece. Y lo que ocurre es que tengo un abanico de intereses temáticos enorme.

¿Y sus virtudes? Soy tolerante en general. Me adapto a las normativas sociales, pero a la vez soy exigente con quien las incumple.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? No tengo ni idea, pero me gustaría que fuese una foto fija. Por ejemplo, lo que se ve desde ese apartamentito de la rue Guynemer: un trozo de vida.

T. M.