domingo, 2 de agosto de 2026

Un héroe para Inglaterra, una amenaza para España

Los corsarios fueron mucho más que navegantes que se buscaban la vida por los siete mares. Lo expuso así la arqueóloga e historiadora mexicana Vera Moya Sordo en un libro de este mismo año, «Reyes del corso. Historia de los corsarios españoles» (Desperta Ferro), en que apuntaba que estos marinos destacaron por ser «verdaderos agentes multifacéticos, capaces de dirigir, gestionar y asumir riesgos con tal de obtener beneficios económicos y sociales». Recordaba la autora, asimismo, que además de corsarios, muchos eran comerciantes, contrabandistas, tratantes de esclavos, hacendados, prestamistas o constructores navales. «Creo que, si ponemos atención a esta capacidad de diversificación, de establecer redes de obtención y movilización de recursos, y de consolidar sociedades, amistades y confianzas en todos los niveles, podremos entender mejor por qué su actividad, pese a rayar demasiadas veces en lo ilícito, en la excesiva ambición y corrupción, fue necesaria para la Corona a fin de cubrir aspectos débiles en la estructura de su sistema», proseguía la investigadora.

Ciertamente, los corsarios sirvieron a intereses militares, pero también «estimularon las economías locales a través de la dedicación de sus habitantes a la actividad, y aún más, varias veces abastecieron de víveres y productos a las poblaciones del reino que más los necesitaban», leíamos. El contexto era el del uso político, económico y militar de una práctica que sostuvo la defensa y la expansión del imperio español desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XIX. De esta manera, el texto arranca marcando una distinción esencial: los corsarios no fueron simples piratas, sino agentes autorizados por patente real para capturar buques enemigos. Esas licencias definían el espacio de acción, el tiempo de vigencia y la parte del botín que debía entregarse al Tesoro. Con ese marco legal, la Corona complementó sus flotas oficiales, aligeró el gasto naval y socavó las rutas de sus rivales en el Mediterráneo, el Atlántico y el Caribe.

En la Antigüedad grecolatina, los estados rivales contrataban navíos para hostigar costas enemigas. Más tarde, en la Península Ibérica, reinos como Castilla y Aragón comenzaron a emitir cartas de corso contra flotas musulmanas o genovesas. Estas primeras experiencias asentaron la idea de un instrumento naval al servicio del monarca y marcaron los límites entre acción legítima y piratería ilícita. Nobles y plebeyos encontraron en el corso una fuente de ingresos y un medio de ascenso social, lo que acompaña de casos concretos, como el de Pero Niño, un hidalgo castellano que, en el siglo XV, lideró expediciones contra buques ingleses y flamencos. Con estas historias, Moya Sordo muestra que el corso fue un negocio organizado: se pagaban seguros navales, había subastas de los capturados y se formaban sociedades mercantiles corsarias.

Un bucanero influyente

¿Este entorno hispano relacionado con el corso se podría extender de alguna manera a la esfera anglosajona? La respuesta a eso podemos encontrarla en «Drake. Corsario y almirante» (traducción de Juan Guijosa), de Christopher Lloyd, en cuya cubierta aparece un retrato de Sir Francis Drake por Marcus Gheeraerts el Joven, de 1591. Para empezar, el autor afirma algo incontestable: el hecho de que Drake ha sido objeto de un perenne interés: «En su tiempo, los hombres le seguían “por amistad y por su renombre”. Durante el siglo que siguió al suyo, el hechizo que se desprendía de sus legendarias hazañas en el “Spanish Main”, o dominios españoles, indujo a numerosas generaciones de bucaneros a continuar el camino emprendido por él, aun cuando las presas conseguidas no fueron nunca tan grandes como las suyas». Es decir, estamos ante un hombre inspirador e influyente, elevado a celebridad nacional británica. No en balde, su casa de Devonshire se convirtió en el Museo Drake, como apunta Lloyd, y su visita a California generó, en San Francisco, la «Drake Navigators Guild» (Hermandad Drake de Navegantes).

El biógrafo advierte que no escribió su libro para venerar al protagonista, «porque las hazañas de Drake son lo suficientemente grandes para hacer que todo relato poco crítico de las mismas resulte tan inoportuno como engañoso. No todos sus hechos fueron morales, ni tampoco fueron todos afortunados». Comoquiera, las iniciativas que emprendió Drake le granjearon al comienzo una gran respetabilidad, gracias a lo cual pudo viajar alrededor del mundo como corsario, y más adelante, devino en una especie de oficial de la Marina, o sea, «el mando de las fuerzas y flotas expedicionarias en la guerra contra España», como explica Lloyd. La cumbre de su andadura marítima llegaría con la batalla de Gravelinas, hacia el final de la campaña contra la Armada española. El historiador sigue todos estos pasos de éxito, pero también la época en que Drake cosechó fuertes fracasos y afrentas hasta su muerte.

De negrero a «sir»

Dice Lloyd no venerar a Drake, pero a la vez confiesa que deberíamos o podríamos admirar sus hazañas históricas diciendo que sus aventuras de filibustero son tan emocionantes como las que son de ficción, como en el caso de «La isla del tesoro» de R. L. Stevenson. Es más, «su viaje alrededor del mundo constituye la proeza máxima de la flota isabelina, y el papel que desempeñó en la guerra contra España hace que deba ser considerado como nuestro primer gran almirante digno de una indiscutible reputación internacional». Y realmente, así es por cuanto la posteridad ha revestido a Drake con el brillo del gran navegante isabelino: el hombre que circunnavegó el mundo, desafió al Imperio español y fue armado caballero por Isabel I a bordo del Golden Hind. Sin embargo, bajo esa imagen de héroe nacional también hay que considerar que participó en las expediciones negreras organizadas por John Hawkins, pioneras en la implicación inglesa en la trata atlántica de esclavos.

Más tarde, perfeccionaría otro negocio igualmente lucrativo: el saqueo sistemático de las posesiones españolas en América, capturando galeones cargados de plata o desembarcado en ciudades que luego dejaba incendiadas, con rehenes y rescates obtenidos bajo la amenaza de la destrucción absoluta. Santo Domingo y Cartagena de Indias conocieron bien esa estrategia del terror: edificios reducidos a escombros, patrimonio arrasado y poblaciones obligadas a comprar su propia supervivencia. Lo curioso es que muchos de aquellos ataques se produjeron incluso antes de que Inglaterra y España estuvieran oficialmente en guerra. Para la Corona inglesa, Drake era un instrumento de expansión y enriquecimiento; para los españoles, apenas existía diferencia entre el corsario y el pirata. Su patente de corso legitimaba sus acciones en Londres, pero no alteraba la experiencia de quienes contemplaban cómo sus ciudades ardían mientras el oro cambiaba de dueño.

Como no podía ser de otra manera, así como en Inglaterra continúa siendo uno de los grandes mitos nacionales, en buena parte del mundo hispánico, en cambio, su nombre permanece ligado a una forma de violencia que convirtió el mar en un escenario de extorsión y el prestigio imperial en un lucrativo negocio. En este sentido, estamos ante un gran libro de Lloyd que cabe leer con juicio crítico porque su mirada no es completamente aséptica. Cuando aborda la expansión marítima, el Imperio británico o las grandes rivalidades europeas, suele adoptar un punto de vista cercano a la tradición historiográfica inglesa. No incurre en un nacionalismo explícito ni en una defensa militante de la historia británica, pero tampoco cuestiona con la misma intensidad algunos de los aspectos más oscuros de Drake.

Publicado en La Razón, 18-VII-2026

sábado, 1 de agosto de 2026

Entrevista capotiana a Diego Rodríguez Reis

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Diego Rodríguez Reis.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Desde niño, siempre soñé con un espacio reducido donde poder leer y escribir sin ningún tipo de incomodidad (muy a lo Kafka). La palabra “búnker” es una de mis palabras preferidas de todas las lenguas.

¿Prefiere los animales a la gente? En general, no. En particular, sí.

¿Es usted cruel? Creo que la crueldad (como la envidia, los celos o el rencor) precisan una constancia de la que carezco por completo.

¿Tiene muchos amigos? No, muy pocos, circunstancia que deploro cual lamento en ciertas ocasiones y celebro en otras.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Creo que la amistad es como el amor (es una de las formas del amor). Es decir, en ese universo, uno no busca, sino que encuentra. Mis amigos son perfectos e imperfectos así tal cual son.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No, tal vez porque no espero de ellos cosas que sé que no me pueden dar. Suena a verdad de Perogrullo, pero si un amigo te decepciona, habría que revisar nuestra definición personal de amistad, o la letra chica de ese contrato tácito de amistad.

¿Es usted una persona sincera? Por lo general, sí: ello me suele acarrear tiempo de debates y discusiones. Por otra parte, debatir y discutir son de mis actividades predilectas.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leyendo, escribiendo, mirando “One Piece” o pelis policiales de los años cuarenta.

¿Qué le da más miedo? Perder la poca lucidez mental que tengo. Perder a la gente que quiero.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Ver a alguien o a un pueblo tropezar dos, tres o cien veces con la misma piedra.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Me cuesta horrores imaginarlo, pero creo que algo relacionado con la jardinería o el paisajismo (aunque veo un filo creativo también allí).

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Juego al fútbol 5 todos los domingos. Hago bicifija día por medio mirando documentales de cualquier índole.

¿Sabe cocinar? Me encanta cocinar de todo, desde lo más básico a lo más complejo: me gusta hacer pan, asados, empanadas, guisos. Y cada tanto, algo nuevo: mi aprendizaje más reciente fue el ramen, sigo practicando.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Dos: a Diego Armando Maradona o al cineasta Tarsem Singh.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Memoria.

¿Y la más peligrosa? Olvido.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, creo que no.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Las que incluyen a todos los habitantes de un pueblo, las que se ocupan de todas las dimensiones de las necesidades de un pueblo. El nombre es lo de menos, creo.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Uh, guionista de cine, en el Hollywood de los cuarenta; o en el plano de la ficción, ser Watson, ser el mejor y único amigo de Holmes.

¿Cuáles son sus vicios principales? La lectura, los puzles, los buenos vinos.

¿Y sus virtudes? Creo que soy un buen profesor de Lengua y Literatura; y un mejor tallerista de Escritura Creativa. Y un escritor tolerable, a veces.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Escenas del cine y la literatura, supongo, soy muy intertextual: pensaría en la escena de Ulises llegando a la isla de los feacios; en el cuento “El nadador” de Ricardo Piglia; en la “Solaris” de Stanislav Lem y en la “Solaris” de Tarkovsky; y en ese planeta todo de agua en “Interestelar”. Y en el hermoso día en que nacieron mis hijos, claro, todo eso en el mismo instante eterno.

T. M.

viernes, 31 de julio de 2026

Un artículo sobre un triple aniversario en Perelada y el concierto de Sílvia Pérez Cruz

Tras dos días de ensueño en la localidad gerundense de Perelada, por una triple celebración: del Festival Perelada, 40 años; del Hotel Peralada, 25 años; y del Restaurant Castell Perelada, 10 años, aparece publicado hoy en La Razón este artículo mío que se hace eco de lo que sólo puede calificarse, cómo decirlo de otra forma, de auténtico paraíso cultural, hotelero, natural y gastronómico. Lleva por título "Sílvia Pérez Cruz lleva a Perelada un viaje musical entre la raíz y el abismo".

fotos: biblioteca que acoge una exposición de la historia del Festival de Perelada y la célebre tabla de quesos de Toni Gerez

jueves, 30 de julio de 2026

Entrevista capotiana a Helena Mariño

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Helena Mariño.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una vez imaginé una casa con jardín en la que vivíamos todas las amigas y en la que conversábamos, cocinábamos, amábamos, escribíamos y bailábamos, estábamos en algo así como una sobremesa permanente mientras nos hacíamos viejas. Para que no se perdiese, escribí sobre esta casa y resultado terminó siendo toda la primera parte de Mira la palabra cómo brilla. Me quedaría a vivir en ese capítulo del libro.

¿Prefiere los animales a la gente? No. Quiero mucho a mi gata Macorina, pero soy posibilista en lo que respecta al ser humano.

¿Es usted cruel? Intento no serlo, la crueldad es el rasgo que más rechazo me produce en una persona.

¿Tiene muchos amigos? No sé qué cantidad exacta marca la línea entre pocas o muchas. Diré entonces que tengo muy buenas amigas.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? La empatía, la sensibilidad, la inteligencia.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No, y no sé si tiene que ver con esta tendencia al posibilismo, con que son personas que meditan bastante sus decisiones, o ambas. Quizá porque acontece pocas veces, cuando ha sucedido lo he sentido como algo tremendamente doloroso.

¿Es usted una persona sincera? Procuro ser sincera, pero no estaría siéndolo ahora mismo si dijese que de vez en cuando no practico la mentirijilla piadosa.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Cualquier sábado libre es perfecto si leo mucho, escribo, salgo a pasear por mi ciudad, voy al teatro o veo una película y después voy con amigas a tomarme un vino generoso a La Venencia (mejor un palo cortado o un amontillado).

¿Qué le da más miedo? La equidistancia.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? El capitalismo.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? De pequeña quería ser arqueóloga-patinadora sobre hielo. Aún no he renunciado a este sueño de infancia.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Me gusta dar paseos largos, pienso mejor caminando. Ahora que soy una persona de cierta edad y no quiero perder capacidades físicas, lo justo y con desgana pero voy al gimnasio.

¿Sabe cocinar? La mayoría de los días cocino por supervivencia, pero soy diligente a la hora de seguir los pasos de una receta medianamente compleja si hago una cena multitudinaria en casa.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A Aurora Venturini, me parece una persona fascinante y su obra es de una inteligencia feroz.  

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Asombro.

¿Y la más peligrosa? Ultraderecha.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? A menudo, cuando leo o escucho declaraciones de sujetos de ultraderecha.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Creo en la necesidad de insistir en la generación de presente, en pensar en cómo es una vida vivible (en lo climático, lo político y lo íntimo) y en la lucha contra la idealización del pasado. Me asusta mucho también la tendencia a la atomización social y el auge de la manosfera. Cuando me desespero, acudo al Atlas para un mundo difícil, de Adrienne Rich. Es mi libro de autoayuda.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Desde hace más de veinte años, dos cosas que son una: Lyra Belacqua -la protagonista de la saga La materia oscura de Phillip Pullman- y el daimonion Pan, su propia alma que habita fuera de su cuerpo en forma animal.

¿Cuáles son sus vicios principales? Fumar y ver true crimes mientras hago elíptica en el gimnasio.

¿Y sus virtudes? Soy feminista, soy insistente y resistente y sigo creyendo en la posibilidad de construir un futuro vivible, siempre recuerdo lo que he soñado y de vez en cuando escribo algún poema que está bastante bien.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? El sábado libre y perfecto que he descrito en una de las preguntas anteriores, un viaje largo por carretera con mi pareja cantando canciones de una playlist que hemos creado adrede para ese momento, la vez primera que sostuve en las manos mi primer libro y sentí su peso, un momento de euforia compartida en una manifestación, las olas de la playa de La Lanzada cualquier agosto de mi infancia.  

T. M.

martes, 28 de julio de 2026

Libros para no perder el rumbo en la «Odisea» de Nolan


Somos aún parte de la antigua civilización griega, y su cultura y bases políticas están entre nosotros; sus inquietudes, certezas y conjeturas nos sobrevuelan, y nuestras pasiones, luchas y ensueños permanecen al mismo tiempo en lejanos hexámetros, desde hace casi treinta siglos: en dos epopeyas que fueron atribuidas a Homero, un aedo con biografía poco fidedigna, y que el mundo conoce como la «Ilíada» y la «Odisea». Eduardo Gil Bera vio hace años que este campo es fértil para la especulación y la desconfianza, es decir, para la investigación. Publicó entonces «Ninguno es mi nombre» –en referencia al célebre episodio en el que Ulises se escapa de las garras de Polifemo–, en que trató de convencer al lector de que Tales (665-581 a. C.), sí, aquel conocido por su vida en Mileto como legislador y participante en el gobierno tiránico de Trasíbulo pero que nació en una localidad de Creta, Gortina, escribió el inmortal poema. Este «poeta secreto» habría escrito la «Odisea», cuya composición «duró más de treinta años».

Así, Gil Bera se preguntaba cómo es posible que se pusiera en marcha una red de homéridas (los rapsodas que recitaron el poema por tierras de Jonia) «a la vez, en islas y ciudades muy distantes entre sí», y quién estaba detrás de semejante empresa. Este no era otro que Tales, el primer editor de la «Ilíada» y la «Odisea», que en torno a la guerra entre Mileto y Lidia, iniciada en el año 613 a. C., va promoviendo esas lecturas homéricas en ciudades como Quíos, Esmirna y Colofón. Luego, al acabar la contienda once años más tarde, en la «Ilíada» se incorpora el escudo de Aquiles, como homenaje a la paz, y la «Odisea» goza de un nuevo final, también de carácter pacífico. Una obra en marcha, en definitiva, en función de la realidad sociopolítica: «La narración heroica y aventurera adquirió un aspecto costumbrista y educativo, adecuado para ser motivo de canto para todo un país». Así lo explicaba el autor, para quien la autoría de Tales era evidente tras analizar un panfleto, divulgado en su día por los homéridas, donde él mismo reconocía haber escrito la «Odisea». Ahí estaba el juego y… ¿por qué no la verdad?

De hecho, a ciencia cierta, sabemos muy poco sobre Homero. La tradición griega le atribuyó la autoría de dos poemas y lo situó en el mundo jonio, entre los siglos VIII y VII a. C., pero no existe ninguna prueba que confirme su biografía, su lugar de nacimiento o su existencia como individuo histórico. Lo que sí se acepta es que ambas obras son el resultado de una larga tradición oral que acabó fijándose por escrito en esa época, aunque sigue abierto el debate sobre si detrás de ellos hubo un único poeta excepcional llamado Homero o varios autores y generaciones de rapsodas que dieron forma al legado épico griego.

Aluvión de novedades homéricas

Ahora, a propósito de «La Odisea» de Christopher Nolan, Ulises ya ha emprendido el viaje de regreso. No hacia Ítaca, sino hacia las librerías, pues la expectación generada por la nueva película del director británico ha coincidido con una auténtica eclosión de publicaciones que recuperan el universo homérico desde perspectivas muy distintas. Nuevas ediciones del poema, reinterpretaciones gráficas, ensayos históricos, novelas, libros de viajes y estudios arqueológicos confirman que el interés por Homero continúa casi tres mil años después.

Entre las novedades destaca la nueva edición ilustrada de «Odisea» (Lunwerg), adaptada por el clasicista Barry B. Powell e ilustrada por Joanna Lisowiec. El volumen acerca el poema a nuevos lectores mediante una cuidada propuesta visual que acompaña las aventuras de Odiseo, desde su enfrentamiento con Polifemo y Circe hasta el canto de las sirenas y el regreso a Ítaca. Muy distinta es la propuesta del dibujante italiano Milo Manara, cuya «Odisea» (Lumen) traslada el poema al lenguaje del cómic e introduce un cambio de perspectiva: el relato adquiere una nueva dimensión a través de Telémaco, el hijo que creció sin conocer a su padre y reconstruye sus hazañas escuchando el relato del centauro Quirón.

Pero esta recuperación de Homero no se limita a la ficción. Buena parte de las novedades parten de una pregunta que lleva siglos fascinando a historiadores y arqueólogos: ¿qué ocurrió realmente detrás del mito? Durante mucho tiempo, la guerra de Troya fue considerada una invención literaria hasta que las excavaciones arqueológicas demostraron la existencia de la ciudad. Desde entonces, el debate ya no gira en torno a si Troya fue real, sino a cuánto había de historia en los poemas homéricos. Esa es la cuestión que aborda «Homero y su Ilíada», del historiador británico Robin Lane Fox (Crítica, 2024), fruto de medio siglo de investigaciones sobre el origen del poema, la figura de Homero y el contexto histórico en que pudo componerse. En la misma línea se sitúa «De Troya a Roma. La historia tras el mito», de Néstor F. Marqués y Pablo Aparicio (Desperta Ferro), que sigue el itinerario simbólico que une la destrucción de Troya con el nacimiento de Roma a través de Eneas, combinando arqueología, historia y reconstrucciones visuales. Completa este recorrido «El mundo de Homero» (Crítica, 2015), de John Freely, un singular viaje por los escenarios de la «Ilíada» y la «Odisea» que muestra cómo paisaje, arqueología y literatura siguen iluminándose mutuamente.

Personajes secundarios

Si la tradición sitúa el conflicto hacia el 1180 a. C., algunos estudios recientes sostienen que formó parte de una crisis mucho mayor que afectó a todo el Mediterráneo oriental. En ese contexto resulta especialmente iluminadora la lectura de «1177 a. C. El año en que la civilización se derrumbó», del arqueólogo Eric H. Cline, libro con el que entender el final de la Edad del Bronce. Su propuesta sitúa la guerra de Troya dentro de un escenario marcado por conflictos, migraciones, sequías, terremotos, la ruptura de las redes comerciales y la irrupción de los llamados Pueblos del Mar, convirtiendo la caída de la ciudad en uno de los episodios de una transformación mucho más amplia del mundo antiguo.

La ola editorial también ha desplazado la mirada hacia personajes que la tradición épica relegó a un segundo plano. Durante siglos, Aquiles, Ulises o Héctor monopolizaron el relato, mientras figuras como Helena, Penélope o Telémaco permanecían definidas por su relación con los héroes. Esa tendencia comienza a invertirse en «La vida privada de Helena de Troya», la recuperación que La Fuga hace de la novela publicada por John Erskine en 1925. La acción se sitúa después de la guerra, cuando Helena regresa a Esparta y debe enfrentarse a una existencia mucho más compleja que la leyenda. Menelao, su hija y toda la sociedad continúan juzgándola, mientras la novela desplaza el interés desde la épica hacia la intimidad de una mujer obligada a convivir con las consecuencias de un relato escrito por otros.

Muy diferente es la propuesta de «El viaje de Ulises. Sabiduría de la “Odisea” para aquellos que buscan dominar su destino», de J. P. Graham (Roca). El libro convierte el itinerario del héroe en un conjunto de enseñanzas sobre liderazgo, toma de decisiones, incertidumbre y fortaleza de carácter. En lugar de analizar el poema desde una perspectiva histórica o filológica, Graham lo interpreta como un repertorio de experiencias humanas cuya vigencia trasciende el mundo antiguo. Por último, quizá el ejemplo más inesperado de esta expansión del universo homérico sea «Historia del pan. Un viaje desde la “Odisea” a las guerras del siglo XXI», de Gabriele Rosso (Barlin). El ensayo utiliza la «Odisea» como punto de partida de una historia cultural del pan y sigue su recorrido desde las antiguas civilizaciones de Mesopotamia y Egipto hasta la actualidad para mostrar cómo un alimento cotidiano ha estado ligado a la religión, la organización social, la economía, las hambrunas, los conflictos políticos y, hoy, incluso a la geopolítica del trigo.

Es evidente que la adaptación cinematográfica ha contribuido a despertar el interés de los lectores y a favorecer la aparición de nuevas ediciones y ensayos. Sin embargo, reducir esta oleada editorial a una simple estrategia comercial sería simplificar demasiado, pues realmente siempre hay trabajos de trasfondo homérico. La «Odisea» ha atravesado casi tres milenios porque contiene algunos de los grandes interrogantes de la experiencia humana: el deseo de regresar y la imposibilidad de hacerlo siendo la misma persona; la inteligencia frente a la violencia; la hospitalidad y la extranjería; la memoria, la espera y la tentación de olvidar quiénes somos.

Publicado en La Razón, 15-VII-2026


El inicio de la tradición literaria occidental

Se publica, por parte de la editorial Alianza, la traducción en prosa de Carlos García Gual de la «Odisea», acompañada por un estudio introductorio. Este gran helenista español propone una lectura de esta obra como el texto que desplaza la épica desde el campo de batalla hacia el viaje y la aventura. Frente a la «Ilíada», centrada en la guerra de Troya, aquí aparecen nuevos escenarios, múltiples registros narrativos y un protagonista mucho más complejo. Odiseo ya no es el héroe definido por su fuerza física, sino por su inteligencia, su capacidad de adaptación y esa «polytropía» que el traductor explica como la cualidad de quien sabe desenvolverse entre toda clase de peligros y cambiar de estrategia según las circunstancias. García Gual también analiza la cuidada estructura del poema, dividida entre la «Telemaquia», las aventuras marinas y el regreso a Ítaca, además de detenerse en la importancia del relato en primera persona, que convierte a Odiseo en uno de los primeros grandes narradores de viajes de la literatura. En suma, esta edición funciona como una auténtica guía de lectura para comprender por qué la «Odisea» inauguró un nuevo modo de contar historias y por qué su héroe resulta, todavía hoy, sorprendentemente moderno.

lunes, 27 de julio de 2026

Entrevista capotiana a Almudena Fernández Ostolaza

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Almudena Fernández Ostolaza.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Hay muchos lugares que adoro: Bilbao, San Sebastián, L´ampolla, Córdoba, Almería…, pero creo que mi ciudad favorita es Madrid.

¿Prefiere los animales a la gente? En absoluto.

¿Es usted cruel? No, para nada. Aborrezco la crueldad. Nunca me ha fascinado el personaje del mítico asesino en serie con una mente privilegiada. Destruir, humillar o insultar es lo más fácil que existe, lo brillante es construir y crear.

¿Tiene muchos amigos? Tengo buenos amigos y amigas. Aunque, como me he trasladado de ciudad muchas veces, ha sido inevitable perder el contacto con algunas personas muy cercanas en otras épocas, y me parece una pérdida terrible.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Tolerancia, lealtad y que sean divertidos.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Alguna vez me ha pasado, como a todo el mundo, pero es la excepción.

¿Es usted una persona sincera? Lo intento. Observé mucho el tema de la mentira y la traición para mi segunda novela, y me sorprenden las cotas de mentira que manejamos todos habitualmente en nuestras vidas. Y, sobre todo, de autoengaño.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me encantan los viajes familiares y las tertulias literarias. Leer y bailar siempre han sido mis dos pasiones. Ahora también escribir: cuando descubrí el placer de escribir novelas cambió por completo mi propio enfoque sobre la soledad. Antes la rehuía, ahora la valoro mucho para poder meterme de lleno en inventar tramas y personajes.

¿Qué le da más miedo? Muchísimas cosas: la velocidad, las alturas, los espacios cerrados, los espíritus, los zombis, los asesinos de carne y hueso… la lista es interminable.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? El genocidio de Gaza y que la gente haga alarde de cosas que antes daban vergüenza: el racismo, la violencia, la ignorancia…

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Mi verdadera profesión es la de notaria, pero, si se trata de fantasear, me habría encantado ser profesora de literatura.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Solo bailar y caminar.

¿Sabe cocinar? No. No tengo paciencia. Soy muy afortunada por vivir en Bilbao porque aquí todo el mundo cocina de lujo. Yo suelo llevar el vino.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A alguna de mis escritoras favoritas: Elena Ferrante, Maggie O´Farrell, Fred Vargas o Almudena Grandes. Quizá Harper Lee, la querida amiga de Truman Capote.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Igualdad.

¿Y la más peligrosa? Dictadura.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Me cuesta hacerlo hasta en las novelas. Me desagrada muchísimo la violencia y me molesta incluso “convivir” con mis propios personajes violentos.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? No comprendo a la gente que va a votar a favor de destruir la sanidad pública solo porque odien a Pedro Sánchez. ¿No se dan cuenta de lo que pierden? ¿De verdad se han tragado que sus seguros privados de risa van a resolverles gratis un cáncer o una cirugía cardiaca?

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Bailarina del equipo de Rosalía o Bad Bunny.

¿Cuáles son sus vicios principales? La fantasía (ver respuesta anterior), y la pereza.

¿Y sus virtudes? Amabilidad y ecuanimidad.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Recordaría los momentos más dulces con mis hijos y mis hermanos.

T. M.

sábado, 25 de julio de 2026

Reseña en "La Razón" de "Troncos, raíces, piedras. Doscientos años de literatura y política rusas"

 

Hoy tengo la felicidad de ver, en La Razón, y además firmada por el mejor, Jesús Ferrer, una reseña suya espléndida, como todas las suyas, de mi libro Troncos, raíces, piedras. Doscientos años de literatura y política rusas, con el título "Las armas y las letras rusas".

viernes, 24 de julio de 2026

Entrevista capotiana a Alma Sampedro

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Alma Sampedro.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una biblioteca. Con buena luz, una cafetera y libros suficientes para no llegar nunca a la última estantería. Y sin obligación de ordenarlos alfabéticamente: bastante larga sería la eternidad como para volverla también previsible.

¿Prefiere los animales a la gente? Depende mucho del animal y, sobre todo, de la persona. Pero admito que los animales tienen una costumbre muy saludable que inclina la balanza a su favor: nunca pierden el tiempo intentando parecer lo que no son.

¿Es usted cruel? No. Aunque, como escritora, a veces someto a mis personajes a ciertas calamidades que en la vida real me parecerían imperdonables. Supongo que la literatura es el único lugar donde una puede ser despiadada y luego defenderse alegando exigencias del argumento.

¿Tiene muchos amigos? Nunca he sentido la tentación de hacer recuento. Con los amigos me pasa como con los libros: prefiero unos pocos que me acompañen durante años a una estantería llena de nombres.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? No las busco. Las buenas amistades, como los buenos libros, suelen aparecer por sorpresa. Pero me quedo con la gente honesta, leal y coherente, con sentido del humor y sin demasiada afición a hacer de sí misma un personaje.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? A veces, claro. Pero intento no pedirles una perfección que yo tampoco sabría mantener más de cinco minutos seguidos. Todos venimos con alguna errata de fábrica; lo importante es que no ocupe el libro entero.

¿Es usted una persona sincera? Lo intento. Además, la mentira me parece un sistema bastante ineficaz: obliga a tener mucha memoria y yo prefiero emplearla en recordar historias.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Escribiendo, leyendo y disfrutando de mi familia. A veces incluso consigo combinarlo: ellos están conmigo y yo, además, con media docena de personajes.

¿Qué le da más miedo? Las pérdidas para las que no existe una palabra capaz de volverlas más pequeñas. Prefiero no concretar demasiado: hay miedos que, mientras no se nombran, parecen guardar mejor las distancias.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Cada vez me escandalizan menos cosas; quizá porque la realidad lleva años empeñada en subir el listón. Pero la falta de integridad todavía lo consigue, sobre todo cuando viene acompañada de un discurso impecable.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Creo que la creatividad habría acabado encontrándome de una forma u otra. Probablemente habría seguido dedicándome a otra profesión para ganarme la vida, pero también habría terminado escribiendo, cocinando, cantando o inventando cualquier otra excusa para crear. Algunas personas tienen aficiones; yo sospecho que tengo un problema de imaginación.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí, aunque mi rutina deportiva ha conocido tiempos más ambiciosos. He practicado bastantes deportes; ahora me mantengo en forma subiendo y bajando escaleras por casa con una disciplina que ningún entrenador consiguió imponerme. Confío en reencontrarme pronto con el gimnasio, si él no ha rehecho ya su vida.

¿Sabe cocinar? Sí. Adoro cocinar y, casi sin darme cuenta, la cocina termina apareciendo en muchas de mis historias. Debe de ser mi manera de asegurarme de que los personajes no pasen hambre.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Nora Ephron. Escribió sobre el amor, el desamor, la comida y las pequeñas catástrofes cotidianas con una inteligencia que nunca renunció a hacer reír. Me parece admirable: bastante difícil es entender la vida como para explicarla sin perder el sentido del humor.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? «Todavía». Me gusta porque se empeña en dejar una puerta entreabierta. Mientras exista un «todavía», siempre queda algo por intentar.

¿Y la más peligrosa? «Nunca». Es la palabra que intenta hacerle creer a «todavía» que ha llegado demasiado tarde.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No. Pero en algunas de mis novelas he dedicado bastante tiempo a imaginar crímenes, coartadas y formas de no dejar huellas. No por vocación, sino por necesidades de la trama; en la vida real prefiero conflictos que puedan resolverse sin intervención forense.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Las que desconfían de cualquiera que prometa soluciones sencillas para problemas complejos, sobre todo cuando esas soluciones caben en un eslogan.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Cualquiera de mis perros. Todos han resuelto la existencia con bastante más sensatez que nosotros: comen a su hora, duermen sin culpa y reciben como un acontecimiento histórico que alguien regrese del supermercado.

¿Cuáles son sus vicios principales? Empezar un libro nuevo antes de terminar el anterior, tanto al leer como al escribir. Tengo una relación muy optimista con mi capacidad para llevar varias historias a la vez; las historias, en cambio, quizá tengan otra opinión.

¿Y sus virtudes? La tenacidad. Cuando creo de verdad en algo, me cuesta mucho abandonarlo. A veces es perseverancia; otras, simple cabezonería. Todavía estoy intentando averiguar dónde termina una y empieza la otra, aunque sospecho que la respuesta depende bastante del resultado.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Supongo que desfilarían las imágenes de rigor: las personas que quiero, algunos lugares, quizá algún libro que dejé a medias. Pero antes pensaría que ahogarse es una muerte muy poco considerada con una escritora: todo sucede demasiado deprisa y no permite corregir el final.

T. M.

jueves, 23 de julio de 2026

Un artículo sobre el restaurante La Malontina


Hoy aparece, en la sección de "Viajes" del diario La Razón, este artículo mío, en mi faceta de viajero hotelero-gastronómico, titulado "La Malontina: un bistró castizo para saborear el Barrio de las Letras".