sábado, 20 de junio de 2026
Entrevista en Radio Vallekas y Radio Almaina por "Troncos, raíces, piedras. Doscientos años de literatura y política rusas"
viernes, 19 de junio de 2026
Entrevista capotiana a Mori Ponsowy
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Mori Ponsowy.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál
elegiría? En una novela que estuviera siendo escrita todos los
días quizás por mí misma a mis 85 años.
¿Prefiere
los animales a la gente? Los animales.
¿Es
usted cruel? Lo necesario para no ser objeto de crueldad.
¿Tiene
muchos amigos? No.
¿Qué
cualidades busca en sus amigos? Poder hablar de las nubes y también
de la tristeza.
¿Suelen
decepcionarle sus amigos? A veces.
¿Es
usted una persona sincera? Depende.
¿Cómo
prefiere ocupar su tiempo libre? Jugando.
¿Qué
le da más miedo? Que las personas que quiero mueran antes que yo.
¿Qué
le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? El
siglo XXI. Pero también me apasiona.
Si
no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Quizás
habría terminado internada en un psiquiátrico. O drogadicta.
¿Practica
algún tipo de ejercicio físico? Todos los días practico, pero no
siempre resulta.
¿Sabe
cocinar? Depende de para quién.
Si
el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A alguno de los
personajes de mis novelas favoritas.
¿Cuál
es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Todavía.
¿Y
la más peligrosa? Siempre.
¿Alguna
vez ha querido matar a alguien? Claro.
¿Cuáles
son sus tendencias políticas? Sospecho de cualquiera que esté demasiado
seguro de tener razón.
Si
pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un árbol.
¿Cuáles
son sus vicios principales? Me gusta demasiado el silencio.
¿Y
sus virtudes? Sobrevivir.
Imagine
que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían
por la cabeza? Espero que ninguna. Querría prestar atención a lo
que está ocurriendo.
T. M.
miércoles, 17 de junio de 2026
Publicación de "Troncos, raíces, piedras. Doscientos años de literatura y política rusas" (Ediciones del Subsuelo)
Toni Montesinos (Barcelona, 1972) es el gran estudioso de la muerte voluntaria en el mundo de las letras, con títulos como El gran impaciente. Suicidio literario y filosófico, Antología poética del suicidio (siglo XX), Melancolía y suicidios literarios. De Aristóteles a Alejandra Pizarnik y La letra herida. Autores suicidas, toxicómanos y dementes; además, es autor de hitos bibliográficos como su trilogía dedicada a Thoreau, Whitman y Emerson, y de monumentales trabajos sobre diferentes tradiciones literarias, como la inglesa o la alemana. Crítico literario de La Razón desde el año 2000, dirige la revista Qué Leer y colabora con Cuadernos Hispanoamericanos, Cultura/s (de La Vanguardia) y El Viajero (de El País). Entre sus sesenta libros publicados de diversos géneros (poesía, novela, ensayo, biografía y crónicas viajeras) se cuentan: Escribir, leer, vivir. Goethe, Tolstói, Mann, Zweig y Kafka (Ediciones del Subsuelo, 2017), No habrá muerte. Letras del gulag y el nazismo: de Borís Pasternak a Imre Kertész (Fórcola, 2018) y Palabrería de lujo. De la Ilustración hasta Houellebecq (Ediciones del Subsuelo, 2021).
domingo, 14 de junio de 2026
Entrevista capotiana a Anselmo Ramos
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Anselmo Ramos.
sábado, 13 de junio de 2026
Cuando la ficción completa a la memoria
En 1963, Julio Cortázar, en «Rayuela», incluyó un «Tablero de dirección» con el que proponía dos modos de lectura: el convencional de capítulos seguidos, y otro que debía seguir una secuencia de saltos indicada por el propio autor. Pues bien, dos libros son también los que forman «El libro moebius» (traducción de Núria Molines), uno narrativo y otro ensayístico. Así, Catherine Lacey (Tupelo, Misisipi, 1985) ha escrito un experimento narrativo que busca pensar cómo reconstruimos una historia cuando una relación importante llega a su fin. En vez de ofrecer un relato único y ordenado de los acontecimientos, Lacey presenta dos perspectivas que dialogan entre sí: una más cercana a la experiencia autobiográfica y otra abiertamente ficcional a partir de un reencuentro de dos amigas que no se veían desde bastante tiempo atrás. El efecto es el de una conversación entre distintas formas de entender una misma pérdida, como si ninguna versión fuera suficiente por sí sola para explicar lo ocurrido.
Lo bonito del texto es que se pregunta cómo seguimos adelante cuando aquello que nos daba sentido deja de sostenernos, pues al final esta prosa inclasificable constituye una exploración de las zonas ambiguas donde la memoria, la imaginación y la búsqueda de sentido terminan mezclándose. Además, tiene un valor introspectivo tanto como metaliterario, como cuando la protagonista dice: «Me pregunté si había dejado de escribir historias porque la vida parecía tan ficticia que escribir ficción se había vuelto innecesario». Y, sin embargo, venció la intuición literaria hasta emerger un doble texto que alude a la banda o cinta de Möebius, un objeto matemático descubierto en el siglo XIX por August Ferdinand Möbius, una superficie muy peculiar, con un solo lado y un solo borde en el que acabas regresando al punto de partida sin haber cruzado nunca una frontera entre lo interior y lo exterior.
Publicado en La Razón, 13-VI-2026
viernes, 12 de junio de 2026
Entrevista capotiana a María Inmaculada Guerrero, Macu
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de María Inmaculada Guerrero, Macu.
jueves, 11 de junio de 2026
Reseña de "Mandar y obedecer Una historia del poder desde la resistencia, el lenguaje, el ego y la fe" en la revista "Qué Leer"
miércoles, 10 de junio de 2026
Entrevista Capotiana a Pedro M. Domene
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la
autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros
ladran, Anagrama,(1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y
brillantez Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones,
deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente
«entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Pedro M. Domene.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Creo que, sin dudarlo, elegiría mi casa, y mi estudio donde tengo todo lo necesario, abro una ventana y respiro naturaleza y oigo los amaneceres y el sonido armónico del campo y los primeros trinos, ¿qué más se puede pedir?
¿Prefiere los animales a la gente? Hace unos años lo hubiera tenido bastante claro,
hoy prefiero los animales. Un día, hace doce años, me encontré con un cachorro
de perrita de apenas dos meses. No se separó de mí, la llamé Betty, y desde
entonces la cuido cuando está enferma o necesita algo, y ella hace lo mismo
conmigo. Es fiel, cariñosa y muy agradecida, no puedo pedirle más. ¿Se la
imagina siempre a mi lado?
¿Es usted cruel? Es una palabra que no forma parte de mi
vocabulario y un concepto que me es ajeno; hemos ido asimilando imágenes de
extremada crueldad que parecen no afectarnos, justificamos todo lo relacionado
con ella: Ucrania, Gaza, Irán o Líbano donde la crueldad se cuela en nuestra
vida cotidiana. Es evidente que jamás me convertiría en nadie que calificaran
de cruel.
¿Tiene muchos amigos? Cada vez menos, el paso del tiempo ha dejado a
algunos en el camino, aunque presumo de tener un puñado que me ofrecen una
amistad incuestionable, eso sí.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? La lealtad
y una admiración mutua.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? Con los valores y cualidades que acabo de señalar
resultaría imposible, aunque, por supuesto, si eso ocurriera caerían de mi
lista.
¿Es usted una persona sincera? Sí, y no lo afirmo por quedar bien en este
cuestionario. Creo que la palabra hipocresía tampoco está en mi vocabulario.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? He
trabajado de profesor y el tiempo libre lo ocupaba con aquellas cosas que me
gustaban: escribir y colaborar en prensa y revistas literarias. Ahora,
gozosamente, jubilado dispongo de mucho más tiempo, pero la escritura me sigue
ocupando gran parte del día. Así que mi tiempo libre lo dedico a largos paseos,
conversar con los amigos, ir y ver buen cine con mi compañera de toda la vida
y, por supuesto, dedicarle tiempo a la familia y a esa pequeña cuatro patas que
se llama, Betty.
¿Qué le da más miedo? Una enfermedad larga que me deje sin ser consciente
de mis actos y de mis pensamientos y actitudes humanas.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? La falta de humanidad
en un mundo donde la gente sigue pasando hambre y las necesidades básicas, que
sigamos provocando guerras, las desigualdades y me escandaliza que según donde
hayamos nacido así transcurrirá nuestra vida, o que nuestro mundo más que un
paraíso se convierta en un infierno.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? He sido docente, profesor de Literatura durante más de treinta y cinco años, es otra perspectiva de la creación, supone estar creando e imaginando casi a diario con unos adolescentes que sienten una curiosidad extrema y cuestionan todo.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Suelo pasear con esa perrita, Betty, y moverme al
menos una hora al día, mi vida es bastante sedentaria y necesito respirar aire
puro.
¿Sabe cocinar? No,
el tópico que siempre se dice, unos huevos fritos, pero no tengo la paciencia
suficiente para experimentar en la cocina, resulta paradójico que pueda armarme
de paciencia cuando escribo, y no para elaborar un buen plato.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de
esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Sin lugar a duda reinventaría a Don Quijote y a
Sancho Panza.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena
de esperanza? Creo que es “amistad”
con esa infinidad de interpretaciones positivas.
¿Y la más peligrosa? Entre alguna otras, tal vez “miedo”, también, por
sus muchas connotaciones.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, la muerte no es algo que tenga presente, si
existe ese concepto que llamamos tristeza, creo que todo lo relacionado con la
muerte me parece triste.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy de aquella generación que vivió el franquismo,
disfrutó con la transición democrática española y considera que la única
alternativa para una igualdad social es una izquierda responsable. Los años
vividos, y los tiempos que corren, no me han hecho cambiar, evidentemente.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Me gustaría ser un buen artesano, eso que llaman un
“manitas” porque creo que tiene muchas ventajas.
¿Cuáles son sus vicios principales? Si acumular libros en mi casa se considera un
vicio, ese lo tengo, sin duda; a veces, soy intolerante, no soy comprensivo con
ciertas actitudes y me pongo furioso, pero no me dura mucho, la verdad.
¿Y sus virtudes? Quiero
pensar que soy buena persona y en mi trabajo, tanto el docente como ahora a la
hora de escribir he tenido y tengo bastante paciencia.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro
del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Déjeme que sea consciente y consecuente, quiero ver
el rostro de mi compañera de los últimos cuarenta años. El resto de secuencias
de mi vida me importan poco, la verdad.
T. M.
martes, 9 de junio de 2026
La revista "Qué Leer" de este junio
domingo, 7 de junio de 2026
Entrevista capotiana a Nacho Faerna
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Nacho Faerna.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Estoy terminando de
construir una casa en el campo. El plan es pasar allí el máximo tiempo posible
en el futuro. Así que la reclusión sería voluntaria.
¿Prefiere los animales a la gente? Digamos que
me cuesta mucho encontrar un perro que no me guste. No puedo decir lo mismo de
las personas.
¿Es usted cruel? Voy a citar mi libro
favorito. Barrie afirmaba que los niños eran alegres, inocentes e insensibles. La
combinación de alegría, inocencia e insensibilidad puede parecer crueldad. Si
alguna vez he sido cruel, espero que no, será por culpa de mi particular
complejo de Peter Pan.
¿Tiene muchos amigos? Hay dos palabras que
uso con mucho cuidado: amigo y compañero. No las regalo fácilmente.
Afortunadamente, creo que podría montar un equipo de baloncesto con mis amigos
y amigas de verdad.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que no se avergüencen
de mí.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? No consigo recordar ninguna ocasión en la que lo hayan hecho.
¿Es usted una persona sincera? Me pagan por
mentir. Y no trabajo gratis.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Prefiero no ocuparlo. Que siga libre.
¿Qué le da más miedo? El
sufrimiento, que no el dolor.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? La impunidad de los idiotas.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? De niño quería ser pescadero.
Mi madre me dejaba en la pescadería mientras ella hacía la compra por los demás
puestos del mercado y yo me quedaba al cuidado del pescadero, hipnotizado
mirando cómo limpiaba lubinas y pescadillas. Aquel hombre tenía sólo tres dedos
en la mano izquierda. Era lo más parecido a un pirata de Salgari o de Stevenson
que había a mi alrededor. Aún me gustaría ser pescadero.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Ayer di mi
primera clase de Tai Chi.
¿Sabe cocinar? ¿Qué clase de pescadero sería si no
supiera cocinar?
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? El primero que me ha
venido a la cabeza ha sido Sister Corita, una monja de los 60 que hacía arte
pop.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Todavía.
¿Y la más peligrosa? Son dos:
sentido común.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Sí.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Cada día soy más
radical.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? ¿En lugar de
radical? Jacobino (estudié en los dominicos).
¿Cuáles son sus vicios principales? Tengo defectos, pero
no vicios. Ni adicciones, salvo al cacao puro sin azúcar.
¿Y sus virtudes? No me adornan
especialmente. De las cuatro cardinales que aprendí en el catecismo, carezco de
prudencia pero no la persigo especialmente, persigo la justicia y rara vez la
encuentro, aspiro a la fortaleza y desconozco la templanza.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Vería peces. Y al pescadero con sólo tres dedos en la mano izquierda. Ojalá
lo siguiente que viera fuera a la mujer de mi vida, que se habría tirado al
agua para rescatarme.
T. M.
sábado, 6 de junio de 2026
Los mayas después del mito
Hubo un tiempo en que la historia de los mayas se escribía, sobre todo, desde la fascinación por las ruinas. Las ciudades cubiertas por la selva, los templos vacíos, las pirámides entre raíces y humedad alimentaron durante décadas una imagen romántica y simplificadora: la de una civilización brillante que habría desaparecido de manera repentina y misteriosa. El nuevo libro de David Stuart, «Los cuatro cielos. Una nueva historia de la civilización maya» (traducción de Luis Noriega), se sitúa precisamente contra esa idea. No para sustituirla por otra narración espectacular, sino para desmontarla con una enorme acumulación de datos, inscripciones, excavaciones y lecturas históricas. El resultado es una obra monumental que propone una reorganización del relato maya desde dentro de la propia tradición escrita mesoamericana.
Stuart pertenece a una generación decisiva en los estudios mayas. Hijo de investigadores, empezó a trabajar desde muy joven en el desciframiento de jeroglíficos y se convirtió con dieciocho años en el receptor más joven de la beca MacArthur. Dice en el prólogo lo que sigue: «Los cuatro cielos es, de forma bastante literal, el libro para el que lleva toda la vida preparándose», lo cual realmente se percibe en cada capítulo. No se trata solo de erudición acumulada, sino de una familiaridad excepcional con las fuentes originales y con los debates arqueológicos de las últimas décadas.
El gran cambio que sostiene el libro tiene que ver con la escritura porque, durante buena parte del siglo XX, el mundo maya fue interpretado principalmente a través de restos materiales: arquitectura, cerámica, urbanismo o enterramientos. Sin embargo, el desciframiento progresivo de los jeroglíficos alteró por completo el panorama, de ahí que Stuart recuerde que entre las décadas de 1980 y 1990 se pasó «de leer entre un 20 y un 30 % de los textos originales» a comprender cerca del 80 %. Hoy, afirma, «la escritura maya ha sido descifrada», una afirmación esta que cambia el estatuto mismo de la historia maya. Es decir, ya no hablamos únicamente de una civilización reconstruida desde fuera por arqueólogos modernos, sino de una sociedad capaz de narrarse a sí misma.
Romper simplificaciones
Asimismo, Stuart insiste en que la historia maya forma parte de las grandes historias escritas de la humanidad y lamenta que el pasado americano haya permanecido durante demasiado tiempo en una posición secundaria dentro del imaginario histórico occidental. «La consciencia colectiva de la humanidad sobre su pasado remoto ha ignorado durante demasiado tiempo a las Américas», escribe. En ese sentido, «Los cuatro cielos» corrige también una cierta visión congelada de la cultura maya, puesto que la imagen clásica del «colapso» del siglo IX queda sustituida por un modelo mucho más complejo. Stuart rechaza la vieja idea de un único auge y caída de la civilización maya y propone en su lugar una sucesión de fundaciones, desplazamientos, crisis, reorganizaciones y abandonos. El concepto central del libro podría resumirse en la expresión que utiliza el propio autor: «impermanencia persistente».
Esta formulación resulta útil porque evita dos simplificaciones habituales. La primera es la noción romántica de desaparición. Stuart recuerda varias veces que los mayas no desaparecieron y que hoy existen cerca de cinco millones de hablantes de lenguas mayas. La segunda simplificación es la idea de decadencia lineal. Frente a la imagen tradicional de un largo descenso tras el esplendor clásico, el autor muestra una cultura muy flexible, capaz de reformular sus estructuras políticas y religiosas durante siglos. Así, el libro conecta los grandes procesos históricos con decisiones concretas de comunidades y élites.
Stuart describe ciudades que nacen y se abandonan después de unas pocas generaciones; alianzas dinásticas alteradas por guerras y matrimonios; rivalidades regionales capaces de transformar territorios enteros. Las dinastías Kanul y Mutul, por ejemplo, aparecen como actores fundamentales de una geopolítica sofisticada y cambiante que poco tiene que ver con la imagen simplificada de ciudades ceremoniales aisladas. Hay además un esfuerzo continuo por devolver densidad humana a los personajes históricos. Reyes, artesanos, escribas, guerreros y gobernantes femeninas emergen de las inscripciones con nombres propios y trayectorias identificables. Stuart subraya que sabemos hoy más sobre ciertos aspectos de la política maya del siglo VIII que sobre algunas regiones de la Europa altomedieval contemporánea.
También el autor aborda la relación entre cosmología e historia. Para los mayas, explica, la historia no era una sucesión lineal de acontecimientos, sino una extensión del orden cósmico. El tiempo tenía una estructura cíclica y los gobernantes aparecían como guardianes de ese equilibrio. El propio título del libro procede de esa concepción cuatripartita del universo: los cuatro puntos cardinales, los cuatro caminos solares, las cuatro direcciones del cosmos. Esa visión cosmológica se traducía también en la organización urbana y política. Stuart describe ciudades concebidas como réplicas simbólicas del universo, con caminos orientados hacia las cuatro direcciones cardinales y un centro ocupado por el poder dinástico. A este respecto, el caso de Copán resulta especialmente revelador. El recinto ceremonial principal estuvo activo aproximadamente durante un bak’tun completo, unos cuatrocientos años, gobernado por dieciséis reyes representados en el célebre Altar Q. Para Stuart, la secuencia sugiere una idea deliberada de ciclo cerrado y sucesión finita.
Una red social en movimiento
El libro incorpora continuamente factores materiales y ambientales, pues Stuart analiza sequías, tensiones demográficas, transformaciones económicas y conflictos políticos, si bien evita las explicaciones monocausales. El «colapso» del periodo clásico aparece como una convergencia de procesos distintos que variaron según las regiones. Entre los episodios más impresionantes figura la erupción del volcán Ilopango, hacia el año 431, una catástrofe de escala continental cuyos efectos alcanzaron amplias zonas del área maya. Por otro lado, resulta notable la atención que el autor presta a la historia de la memoria y del olvido. Stuart describe la destrucción colonial como una violencia física y como una fractura del conocimiento histórico indígena. «Rara vez en la historia de la humanidad la memoria colectiva de una civilización se ha borrado de manera tan completa», apunta al referirse a la pérdida de la tradición escrita tras la conquista. En ese contexto adquiere una dimensión especialmente irónica la figura de Diego de Landa. El obispo responsable de la quema de códices mayas dejó también registros que terminarían siendo fundamentales para el posterior desciframiento de la escritura, lo cual es una singular paradoja.
Por cierto, el libro incorpora ilustraciones y referencias espaciales que ayudan a seguir un relato particularmente amplio, tanto cronológica como geográficamente. De esta manera, el investigador muestra la civilización maya como una red de sociedades en movimiento: las ciudades del Petén, las regiones de Yucatán, las tierras altas guatemaltecas o los vínculos con Teotihuacán aparecen integrados en un paisaje político extremadamente móvil. Y es que Stuart insiste en que la movilidad, el abandono y la refundación formaban parte estructural del mundo maya. En suma, el autor sugiere sustituir el viejo esquema de ascenso y caída por otro basado en ciclos múltiples de renovación. «La historia maya nos presenta un relato de comunidades que se establecen, experimentan un período de vitalidad e importancia y finalmente, cuando por la razón que sea sus dirigentes y población deciden trasladarse a otro sitio, se acaban», escribe. No hay aquí nostalgia por un mundo perdido, sino atención a una cultura cuya continuidad sobrevivió a transformaciones extremas. Logra así devolver historicidad concreta a un mundo frecuentemente reducido a símbolo, de tal manera que sus mayas no son una civilización misteriosa suspendida fuera del tiempo, sino sociedades atravesadas por ambición política, guerras, estrategias de supervivencia, cosmologías complejas y profundas capacidades de adaptación.
El libro termina planteando una cuestión de fondo sobre la propia escritura de la historia. Stuart observa que nombres como Yuknomch’en o Jasaw Chan K’awiil siguen siendo mucho menos conocidos que Julio César o Carlomagno, incluso en regiones donde las ruinas mayas forman parte del paisaje cotidiano. Eso será prácticamente imposible de corregirse, pero «Los cuatro cielos» constituye cuando menos una tentativa de devolver centralidad histórica a una tradición intelectual americana cuya voz quedó interrumpida durante siglos.
Publicado en La Razón, 24-V-2026
jueves, 4 de junio de 2026
Entrevista capotiana a Mónica González Inés
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Mónica González Inés.
Si tuviera que vivir en un solo lugar,
sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Un lugar con una cocina
siempre encendida. Creo que, al final, la felicidad tiene mucho que ver con el
sonido de cubiertos, risas y conversaciones cruzadas. Y si además se oye el mar
de fondo, mejor todavía.
¿Prefiere los animales a la gente? Los
animales me inspiran una ternura inmediata, quizá porque nunca intentan ser
otra cosa distinta de lo que son. Aun así, me sigo quedando con la complejidad
humana. Somos contradictorios, agotadores a veces, pero también capaces de
cuidarnos de formas muy pequeñas y, sin embargo, decisivas: alguien esperándote
despierto, una conversación sincera, un “avísame cuando llegues”, o ese abrazo
que se alarga un segundo más de lo previsto y, sin decir nada, lo cambia todo.
¿Es usted cruel? No, al menos de
forma consciente. Pero la crueldad no siempre es intencional; a veces se cuela
en la forma de exigirnos demasiado a nosotros mismos y, sin querer, también a
los demás.
¿Tiene muchos amigos? No demasiados,
pero sí verdaderos. Con los años he aprendido que la vida no consiste tanto en
acumular personas como en cuidar los vínculos: quién está cuando todo se
complica y qué haces tú también para sostenerlos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Humor, honestidad y esa delicadeza poco frecuente de quien sabe
escuchar sin intentar arreglarte la vida en cinco minutos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? A
veces, sí. Pero también yo decepciono, así que intento no tomarlo como algo
personal. La amistad no es un examen continuo; todos tenemos días torpes y
nadie está a la altura todo el tiempo.
¿Es usted una persona sincera? Sí,
pero no a cualquier precio. Intento que la sinceridad no se convierta en una
forma elegante de hacer daño. Hay verdades que necesitan mucho tacto para no
romper nada por el camino.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Con mi familia, cocinando algo sencillo, caminando, leyendo o
conversando sin prisas alrededor de una mesa. La felicidad, para mí, tiene cada
vez menos que ver con lo extraordinario y más con la certeza de que hay cosas
que permanecen.
¿Qué le da más miedo? Perder a la gente
que quiero. Todo lo demás, de alguna forma, puede reconducirse. También me
asusta vivir demasiado pendiente de hacerlo todo bien y olvidarme de disfrutar
de lo que ya tengo delante.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La falta de empatía. La prisa constante. Y esa idea contemporánea de
que descansar, dudar o pedir ayuda es una debilidad.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué
habría hecho? Quizás habría tenido una pequeña librería
o una cafetería tranquila. Me gustan los lugares que son refugio y en los las
personas bajan un poco la guardia sin darse cuenta.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sobre todo, camino mucho. Me ayuda a pensar y a volver a mí. Algunas
de las conversaciones más importantes de mi vida las he tenido dando un paseo
al lado de alguien.
¿Sabe cocinar? Sí, y cada vez me
gusta más. Cocinar tiene algo profundamente afectivo: es una manera silenciosa
de cuidar. Me gustan los guisos y las cosas que se hacen despacio. Pocas cosas
me parecen tan reconfortantes como una cocina con ruido, pan caliente y gente querida.
Si el Reader’s Digest le
encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a
quién elegiría? A las personas corrientes que sostienen
la vida de los demás sin hacer ruido. Las madres agotadas que siguen adelante.
Los padres que nunca aprendieron a decir “te quiero” pero lo demostraron de mil
maneras. La gente que salva a otros con gestos pequeños.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? “Todavía”. Porque significa que aún hay tiempo para cambiar, perdonar,
volver, empezar de nuevo.
¿Y la más peligrosa? “Después”. Porque
a veces aplazamos tanto lo importante que un día descubrimos que ya era tarde.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? De momento, solo en la ficción. Aunque escribir suspense psicológico
te obliga a admitir que todos tenemos pensamientos más oscuros de los que
contamos en voz alta.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Tengo tendencia a admirar a quien escucha más de lo que habla y a
desconfiar de cualquier discurso que olvide la fragilidad humana.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Supongo que me gustaría ser uno de esos lugares de los que uno sale
más tarde de lo previsto y un poco menos triste.
¿Cuáles son sus vicios principales? La
autoexigencia, el chocolate y esa manía que tengo a veces de querer ocuparme de
todo yo sola. También soy ligeramente cabezota: si me dicen “descansa”, es
probable que lo convierta en un reto personal.
¿Y sus virtudes? La constancia, la
empatía y una forma bastante obstinada de no rendirme cuando algo o alguien me
importa de verdad.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema
clásico, le pasarían por la cabeza? Mi familia y mis
amigos alrededor de una mesa. La risa de mis hijos. El olor de la casa de mis
padres. Un abrazo después de un mal día. Y esa sensación inmediata de estar en
casa… y de que todo lo demás puede esperar.
T. M.










