sábado, 30 de mayo de 2026
Un artículo sobre el Hotel Intelier Casa de Indias
viernes, 29 de mayo de 2026
Entrevista capotiana a Serge Magerit
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Serge Magerit.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál
elegiría? En el mundo de El Silencio del Hegemón, probablemente
elegiría el Mar de Sauces. Lo imagino como un lugar tranquilo, de hierba fresca
y túneles infinitos de árboles púrpura y malva, uno de esos rincones donde
sería fácil perderse durante horas. Fuera de la ficción, elegiría una casita
frente al mar. Añoro el sonido de las olas, el viento salado y la arena cálida
bajo los pies. Siempre he pensado que las costas tienen algo profundamente
evocador, varias de mis mejores escenas nacieron durante mis largos paseos por
la orilla. Quizá por eso el mar termina encontrando su lugar en muchas de mis
historias.
¿Prefiere los animales a la gente? Elegiría a mi gato Pippin por encima de muchas
personas, pero, por lo general, soy una persona de personas. No podría vivir
aislado. Soy demasiado cariñoso y charlatán para eso. Necesito las
conversaciones largas, las historias y el afecto de los míos. Si paso demasiado
tiempo solo, termino hablando con la radio.
¿Es usted cruel? Pregúntales a mis personajes (risas). Fuera de bromas, en la vida real
siempre he sido demasiado blando. Soy muy empático, un justificador nato.
Aunque con los años he entendido que poner límites es tan necesario como
aprender qué silencios vienen a descansar y cuáles vienen a quedarse.
¿Tiene muchos amigos? Estoy rodeado de mucha gente que me quiere, soy muy afortunado en ese
sentido. Pero con los años he aprendido que los amigos de verdad son pocos. Hay
un puñado a los que confiaría mi peor versión, y eso ya es muchísimo.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Lealtad, empatía y mucho sentido del humor.
Desconfío de la gente que no se ríe a carcajadas. Algo traman.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? Rara vez. La felicidad se esconde en el control
de las expectativas.
¿Es usted una persona sincera? Con todos menos conmigo mismo. Pero estoy
trabajando en ello.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Un café con leche enorme, algo de música y unas
horas escribiendo mientras la calle todavía está en silencio. Las mañanas
tranquilas del fin de semana se han convertido en uno de mis lugares favoritos.
Luego vuelvo a la civilización: cine, cervezas y conversaciones eternas con
amigos. Y algún viaje de vez en cuando, siempre en buena compañía.
¿Qué le da más miedo? Una vida sin amor. Pero soy bastante combativo con estas cosas, soy un
firme defensor de que no se puede vivir con miedo. Los griegos tenían una
expresión que me gusta mucho: οὐδεìς βίος ἐν
φόβῳ. “No existe una vida digna dentro del miedo.”
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? Me cuesta
muchísimo entender a la gente que hace sentir pequeños a los demás. Un líder
que no defiende a su equipo, alguien tratando mal a un camarero… son cosas que
me cabrean de verdad.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una
vida creativa, ¿qué habría hecho? Pintar
seguro que no, mi nivel rivaliza con el de un niño de cinco años. Probablemente
habría terminado dedicándole más tiempo a la música. Siempre me fascinó la
capacidad que tienen algunas bandas sonoras para elevar una escena. Estoy
bastante orgulloso de una lista de Spotify que he ido cebando con los años. ¡Ya
supera las treinta y siete horas y sigue creciendo!
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? He jugado toda mi vida al baloncesto, pero ahora
solo hago escalada y levantamiento esporádico de pesas. También disfruto de las
partidas a la PlayStation mientras hago bici estática.
¿Sabe cocinar? Me defiendo, pero mi abuela seguramente se reiría a carcajadas si
leyera esta respuesta.
Si el Reader’s Digest le encargara
escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién
elegiría? Podría pasarme
horas hablando de Boromir, Elodin o Jaime Lannister, pero para mí el más
inolvidable es Aquiles. La idea de alguien obligado a elegir entre vivir y ser
olvidado, o morir para convertirse en leyenda, me parece una de las cosas más
tristes y hermosas que se han hecho nunca. Esa tensión constante entre gloria y
tragedia ha influido mucho en mi forma de escribir.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más
llena de esperanza? Música. Algunas
canciones tienen el extraño poder de recordarnos quiénes fuimos cuando ya
empezábamos a olvidarlo.
¿Y la más peligrosa? El ego. Hay algo agotador en esta necesidad constante de convertirnos
en el centro de todo. A veces tengo la sensación de que vivimos rodeados de
personas intentando convertirse en monumento.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? A la mayoría de mis personajes. Pero me contengo,
cada uno debe seguir su arco. Soy bastante obsesivo con esos pequeños detalles
y disfruto escondiendo pistas y frases aparentemente inocentes que solo cobran
sentido mucho más adelante o durante una relectura. La cantidad de spoilers
encubiertos que esconden los primeros capítulos de El silencio del Hegemón
probablemente daría para otra entrevista. Quizá esa sea la mejor enseñanza que
me dejó Patrick Rothfuss: las mejores historias siempre esconden algo nuevo
cuando vuelves a ellas.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Tengo mis ideas, pero no soy muy amigo de
divulgarlas. La política tiene una facilidad terrible para dividir a las
personas y romper lazos, y eso siempre me ha entristecido un poco. Tolkien
entendía muy bien lo que el poder podía hacerle a la gente, merece la pena
releerlo de vez en cuando.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un gato casero. Viven como reyes.
¿Cuáles son sus vicios principales? Los dulces. Soy un pozo sin fondo. Y la
cabezonería. Cuando algo se me mete en la cabeza, mal asunto…
¿Y sus virtudes? Supongo que se me da bien cuidar de las personas. Nunca he sabido
mirar hacia otro lado cuando alguien lo está pasando mal. También me gusta
mucho solucionar conflictos y puzles, me distrae resolver de problemas.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes,
dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Mis
padres, mi hermano y mi familia en general. Mis años en el colegio, las tardes
jugando al baloncesto en Mazagón y los paseos por la playa con mi tío. Mis
amigos, los amores que me hicieron crecer, mis tutores en la universidad, la
fresca hierba de Cambridge… y decenas de escenas con mis amigos que me guardo
para mí.
T. M.
jueves, 28 de mayo de 2026
Manuel Puig y la dignidad del folletín
En una conversación con Nora Catelli publicada en «Quimera» en 1982, Manuel Puig decía algo aparentemente simple pero decisivo para entender toda su obra: «Para mí, narrar es, de algún modo, conocer». La frase aparece mientras recuerda sus años italianos, pero en realidad funciona como una definición general de su literatura. Puig nunca dejó de creer en el placer narrativo, en la fuerza del melodrama y en la necesidad de contar historias, incluso cuando buena parte de la cultura prestigiosa sospechaba de esas formas consideradas «menores». Su gran descubrimiento fue comprender que el siglo XX hablaba mediante materiales despreciados: folletines, canciones sentimentales, frases hechas, películas de Hollywood, radionovelas o conversaciones triviales. Con todo eso construyó una de las obras más originales de la literatura hispanoamericana.
Durante mucho tiempo se repitió que Puig no tenía estilo, pero esa supuesta carencia era justamente la novedad radical de Puig, pues no buscaba una prosa inmediatamente reconocible, ornamentada o prestigiosa; es más, su literatura parecía desaparecer detrás de las voces de los personajes, como si quisiera inventar una narrativa construida a partir de la escucha. Algo que tenía mucho que ver con el cine. Así, cuando llegó a Italia en 1956, con una beca, llevaba consigo una devoción absoluta por Hollywood y directores Lubitsch, Hitchcock y Lang. Pero se encontró con un clima intelectual dominado por el neorrealismo y por la sospecha hacia la narración clásica. Puig entendió que esta jamás podría ser un adorno superficial, sino una forma de organizar la experiencia humana, y defendió esa idea sin abandonar nunca la experimentación formal, de ahí que sus novelas sean técnicamente complejas pero estén construidas con materiales que parecían indignos de la gran literatura.
Ahí aparece el núcleo de su obra: el folletín, el melodrama y la cultura sentimental de masas, ya que los hijos de inmigrantes y ex campesinos habían aprendido a sentir mediante el cine, la radio y las letras de tango; por eso parte de la crítica interpretó su obra desde lo kitsch y el sentimentalismo popular. Sin embargo, Puig no contempló a sus personajes desde arriba; incluso cuando hablan mediante clichés absurdos o frases melodramáticas, el escritor conserva hacia ellos una mezcla de ironía y ternura.
Su intuición más profunda era que las fantasías aparentemente ridículas contienen deseos auténticos. Y esa idea alcanza una formulación extraordinaria cuando habla de «Pubis angelical», en que quiso separar lo que la protagonista controla racionalmente de aquello que pertenece a «sus fantasías reprimidas, sus miedos, sus deseos inconfesados». Entonces añadió una frase magnífica: «Yo supongo que el inconsciente está poblado por el folletín, habla en términos altisonantes». Pocas definiciones mejores podrían darse del universo de Puig. El inconsciente moderno ya no habla el idioma de la tragedia clásica, sino el del melodrama cinematográfico y la novela sentimental.
La emoción dramática
Hay en su literatura, por otro lado, una preocupación constante por la imposibilidad de cambiar completamente. Sus personajes suelen vivir atrapados entre lo que creen pensar y aquello que aprendieron sentimentalmente en la adolescencia, de tal manera que la educación emocional deja marcas más profundas que las ideologías, una tensión esta que aparece de manera perfecta en «El beso de la mujer araña», probablemente su novela más célebre. La novela representó una verdadera revolución porque consiguió unir experimentación formal, reflexión política y emoción melodramática. La historia se sostiene sobre dos hombres encerrados en una celda: Molina, homosexual y apasionado por las películas románticas, y Valentín, militante revolucionario. Molina narra películas para sobrevivir al encierro, y Puig convierte esas narraciones sentimentales en el corazón emocional y político del libro.
Y aquí cabe hacer un aparte, pues en Argentina, el comportamiento homosexual podía llevar a un arresto o, al menos, a la humillación de verse etiquetado como «puto, palabra que siempre lo haría encogerse de vergüenza», como explicó su biógrafa Susanne Jill Levine. Puig, que solía vagar por La Boca, sintiendo el suspense y a la vez la atracción de lo prohibido, morirá en 1990 con la duda de si el sida ha sido el culpable. El caso es que en «El beso de la mujer araña», nunca trata a Molina como caricatura ni como símbolo abstracto, sino que el personaje está construido precisamente a partir de aquello que la cultura «seria» había despreciado: estrellas de cine, glamour, frases románticas, melodramas lacrimógenos. Pero Puig invierte todas las jerarquías culturales tradicionales y lo que parecía banal se vuelve profundamente humano. La adaptación cinematográfica de Héctor Babenco, estrenada en 1985, comprendió perfectamente esa complejidad. William Hurt interpretó a Molina sin convertirlo en simple emblema de la diferencia sexual, el actor ganó el Oscar por el papel, y la película convirtió internacionalmente a «El beso de la mujer araña» en una de las grandes historias queer, diríamos hoy.
Con todo, quizá el aspecto más fascinante de Puig siga siendo su método de trabajo, como contó Puig alrededor del origen de «Maldición eterna a quien lea estas páginas». Durante su estancia en Nueva York conoció en una piscina a un hombre llamado Larry. Lo observaba nadar y le intrigaba aquel individuo en apariencia perfecto y solo. «Yo quería ser él y él quería ser yo», recordó. Finalmente, le propuso encontrarse varias veces por semana para conversar. «Él no quería grabadora, así que todo lo que iba diciendo yo lo escribía a máquina. Ese diálogo, en el que yo me ponía en el lugar del viejo, es la novela». La anécdota revela hasta qué punto Puig concebía la literatura como una forma extrema de escucha. Sus novelas parecen espontáneas, pero están construidas mediante un trabajo minucioso sobre la oralidad, las interrupciones, los lugares comunes, las frases mal dichas y las fantasías sentimentales. Nadie habla nunca con una voz completamente propia, como si todos estuviéramos hechos de frases escuchadas en otra parte.
Publicado en La Razón, 15-V-2026
miércoles, 27 de mayo de 2026
Entrevista capotiana a Isolda Patrón-Costas
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Isolda Patrón-Costas.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Un lugar que me
permitiera ver el mar. La sola idea de no poder salir de un sitio me produce
angustia, pero, si frente a mí tengo un horizonte que no acaba, todo es
distinto. El mar me calma.
¿Prefiere los animales a la gente? Siempre me han dado más miedo las ciudades que la naturaleza, quizás
porque la gente es mucho más imprevisible.
¿Es usted cruel? Si
tomamos como punto de partida que la crueldad es una falta de empatía, no puedo
considerarme cruel.
¿Tiene muchos amigos? Conozco a mucha gente y tengo una parte muy sociable, pero la amistad es
algo que lleva tiempo y que está en continua evolución. Admiro a aquellas
personas que han sido capaces de conservar una amistad desde la infancia. En mi
caso, he vivido en muchos sitios distintos, y eso se ha traducido en que no
siempre las amistades han sobrevivido.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que tengan la generosidad de entender la vida como algo más allá de un
intercambio de bienes. La escucha y la empatía para ponerse en el lugar del
otro.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? Con los años he aprendido a no esperar nada… la amistad a veces tiene que
ver con compartir una misma vibración, una misma forma de estar en el mundo. Y
a veces esas conexiones se dan por períodos limitados. Hay que aprender a ser
flexible con todo, y a soltar cuando toca.
¿Es usted una persona sincera? Sí, es una cualidad que admiro e intento cultivar.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me encanta leer, escribir, estar en contacto con la naturaleza, pintar y
jugar con mi perro, Happy.
¿Qué le da más miedo? Me doy cuenta de que muchas veces nos pasamos la vida persiguiendo algo,
no se sabe bien el qué: un sueño, una vida en plenitud, y vamos a la carrera
con la sensación de que nunca llegamos. Cuando paras, te das cuenta de que, en
realidad, tienes todo lo que necesitas.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? Me escandalizan las guerras, la
muerte de niños inocentes por los egos desatados del ser humano, por la codicia
y el afán de poder.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? De
pequeña siempre soñaba con ser aventurera, protagonista de cualquiera de las
historias de Julio Verne… quería ser pirata, aviadora, viajera, descubridora de
nuevos mundos… ser escritora es parte de eso: inventar los sitios a los que
quiero llegar.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Salgo a correr dos o tres veces en semana y, fuera de eso, me encanta
todo tipo de actividad física, sobre todo las que tienen que ver con el agua.
¿Sabe cocinar? Sí
y disfruto mucho de la cocina. Me relaja.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Una bibliotecaria que regentaba la Biblioteca donde yo iba todas las
tardes después de la escuela. Yo tenía 7 años, nos acabábamos de mudar de
Barcelona a un pueblo costero y, después del colegio, buscaba refugio allí.
Había una sección de niños, pero yo prefería hablar con esa mujer que me
escuchaba atentamente y siempre me recomendaba un libro que me llevaba a otro,
y a otro… Años más tarde me enteré de que ella le pedía mis trabajos de escuela
a la directora del colegio, para entender hacia dónde iba mi curiosidad
insaciable. No recuerdo su nombre, pero sí su sonrisa.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Para mí la palabra anhelo
siempre implica un viaje y una esperanza, deriva del mismo concepto etimológico
que hálito y, por tanto, lo asocio a la vida.
¿Y la más peligrosa? La palabra “verdad” puede ser peligrosa, por el poder que se le ha
otorgado históricamente.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, más allá de desear que alguien no esté en mi vida… y en ese caso he
sido yo la que se ha marchado.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Las que tienen que ver con ayudar, con proteger a los que tienen menos y con
la búsqueda de una mínima justicia social. En realidad, la política en la que
creo es la de la coherencia y el querer para el otro, lo que uno desea para uno
mismo.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Trabajo como directora de producción en cine y me encantaría dirigir.
Estoy actualmente intentando sacar adelante mi primera película como directora.
Aparte de eso, a veces pienso que me hubiera encantado ser bailarina, o
acróbata… cualquier cosa que tenga que ver con el movimiento.
¿Cuáles son sus vicios principales? Supongo que un vicio puede ser la palabra… Me encanta conversar; es para
mí una forma de estar en el mundo, de asirme a él a través de la narrativa y de
lo que uno es capaz de nombrar. Busco entender y entenderme…
¿Y sus virtudes? Soy
optimista y una trabajadora incansable. Y nunca renuncio a mis sueños.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Siempre he creído que ahogarse tiene que ser una forma muy dura de morir…
pero quiero pensar que en ese instante en que tu mente va por libre y
desaparece “el dolor”, las imágenes que querría que me acompañaran serían las
de un ser que vuela, una mariposa, una hoja suspendida en el aire, libre de
todo peso…
T. M.
martes, 26 de mayo de 2026
Bad Bunny: ¿Lo escucharemos en 200 años?
El cuerpo en Bad Bunny nunca es solamente un cuerpo, y si de algo habla el cantante puertorriqueño en sus canciones, es del cuerpo femenino: de lo que tiene de atractivo y bello, de deseable, de lo que ya forma parte de la distancia o el recuerdo, de lo que da para el amor y el placer. En sus canciones, las nalgas, el sudor, las cadenas, las uñas largas, el perfume, el alcohol o el movimiento del perreo forman parte de un archivo cultural que es propio por renovado de forma rotundamente original, pero a la vez hispanoamericano donde deseo, clase social, barrio, fiesta y migración se mezclan constantemente. Por eso, cuando Bad Bunny menciona «las colombianas», «las boricuas», «las venezolanas» o «las dominicanas», no está haciendo únicamente una enumeración sexual que pueda enfurecer a las feministas más combativas: está trabajando con imaginarios colectivos profundamente instalados en la música urbana de la América hispana.
Acudir a uno de sus conciertos en España, el último ayer en el Estadi Olímpic Lluís Companys, en Barcelona, con motivo de su gira «DeBí TiRAR MáS FOToS», es asistir a una clase muy seria de conservatorio en la que es imposible concentrarse y aprender, porque sólo se disfruta, sólo se siente en… el cuerpo. El Conejito Malo de la contemporaneidad musical ꟷsu apodo proviene de una fotografía de su infancia en la que aparece disfrazado de conejo con gesto enfadadoꟷ lo fusiona todo, y al hacerlo, se fusiona con un público entregado, que regala su alma al intérprete con una naturalidad, ligereza y bonhomía difíciles de igualar en la cultura popular de este siglo acelerado y marcado por la música en lenguaje inglés. El bueno de Benito Antonio Martínez Ocasio ꟷnacido en 1994 en Vega Baja, Puerto Ricoꟷ actúa con tanta gracia y relajación, que antes de salir al escenario ya se ha metido en todos los bolsillos de su vestidor.
Así, cuando aún lucía un sol crepuscular, sonó lo que tenía que sonar: salsa, plena y ritmos tradicionales boricuas; la instrumentación caribeña más autóctona mezcladas con bases electrónicas y el inevitable reguetón, omnipresente y omnipotente. Un concierto para cantar y perrear en la montaña de Montjuic para celebrar estar vivos, por esa dimensión contagiosa de una música que se instala en tus huesos y unas letras que te hacen desde susurrar hasta desgañitarte. El reguetón y el trap, mal llamado latino (por la influencia norteamericana del «latin», como si aún estuviéramos en el Imperio romano), el «dembow» dominicano, la salsa, la bachata, el merengue, el «house», el «R&B»… Sus canciones pasan con fluidez del golpe seco a melodías melancólicas cercanas al bolero pop, a composiciones festivas de carnaval afrocaribeño. Todo eso aparece exagerado, deformado y amplificado en las letras, y tal vez por eso es tan divertido, tan original, tan libre.
De Puerto Rico a Nueva York
Ya desde el inicio, con «La mudanza», dejó claras sus intenciones de hacer feliz al respetable, al conjugar ritmos caribeños tradicionales con bases urbanas contemporáneas, como si estuviera escribiendo con la respiración un manifiesto identitario. Porque hay cantantes, artistas en general, que arrastran su origen, como si en verdad estuvieran obligados a ello. Nadie es cubano impunemente, por ejemplo, más si cabe en el caso de los exiliados, y su tierra de origen y su régimen dictatorial forman parte de su ADN allá donde vayan. Y algo parecido ocurre con Puerto Rico y sus músicos, que reivindican su suelo natal, como si no fueran sólo ellos mismos sino el lugar de procedencia. Lo cual encarna dos cosas: si uno «es» nada menos que la realidad de un país, ese efecto propagandístico, en apariencia bienintencionado, repercute en su comercialidad, en su negocio.
Una vez, James Rhodes, el pianista británico afincado en España, dijo que no entendía la popularidad del reguetón y de Bad Bunny, y comparó la permanencia histórica de Beethoven con la música urbana actual, además de añadir: «¿Vamos a escuchar a Bad Bunny en dos siglos? Pues no, ni de coña». Sin embargo, ¿no será al revés en realidad? ¿No será que Bad Bunny, una estrella del firmamento musical, pasará a los libros de historia en su ámbito, y Rhodes ꟷque suele actuar con una camiseta blanca de manga corta que pone «Bach»ꟷ sólo será un intérprete más de música clásica, como tantísimos otros, que nunca creó nada y sólo copió partituras ajenas? El genio de Bad Bunny consiste en comprender el momento cultural y musical, otorgarle una cadencia determinada y rodearse de un marketing prodigioso y de los tópicos más socorridos del pop norteamericano ꟷchicas en bikini en yates surcando un mar donde ni se conocen las palabras «problema» o «aburrimiento»ꟷ, como se aprecia en sus videoclips hechos, por destacados realizadores.
Y todo con su arma más poderosa: el humor, tal vez sin querer, siendo él mismo. Miren, si no, su intervención (apenas unas pocas canciones) en «petit comité» que dio en Tiny Desk Concert, en unas oficinas de Manhattan, cuando se puso a hablar de algo totalmente «random» y personal y al cabo del rato se dio cuenta de que estaba hablando en español. Bueno, en su español. En el español con el que ha diseñado «Perfumito nuevo», «Neverita», «Si veo a tu mamá», «Voy a llevarte pa PR», «Me porto bonito», «No me conoce», o «Yo perreo sola», un manifiesto sobre autonomía femenina y libertad sexual. No me negarán que los títulos son irresistibles. Este triunfador global que nunca deja de sentirse muchacho de barrio, es capaz de poetizar el trasero de las mujeres doradas por el sol o escribir otra pieza que sonó hacia el final de la actuación, «Ojitos lindos», como si estuviera describiendo cómo le mira el público y él mira a quienes bailan con él.
El lenguaje badbunnyero
No es lo mismo en absoluto escuchar a Bad Bunny desde la lejanía que haberlo hecho tras conocer Puerto Rico y sus hábitos lingüísticos, pues sus canciones están tan llenas de referencias locales que sin duda a muchos oyentes se le escaparán. Cuando canta sobre «Condado», por ejemplo, lo hace de la mejor área de San Juan, llena de condominios frente al Atlántico, y algo parecido sucede con «mahón», palabra que fuera de la isla puede sonar extraña, pero que en el español boricua cotidiano significa simplemente jeans o pantalones vaqueros. Ese universo se expande constantemente en su vocabulario: «janguear» es salir de fiesta; «bellaquear» alude al deseo sexual intenso; «tener piquete» no es solo vestir bien, sino poseer una actitud desafiante y magnética; «meterle» puede aludir tanto a esforzarse como a insinuaciones sexuales; «romper» equivale a triunfar de manera aplastante; «bicho», dependiendo del contexto, puede significar insecto, problema o directamente pene, y de ahí nacen palabras como «bichote», originalmente vinculada al narcotráfico y al poder callejero. También aparecen términos aparentemente inocentes cargados de insinuación como, claro está, «perrear», que implica un tipo de baile corporal, rozado y sexualizado que se convirtió en uno de los lenguajes centrales de la música reguetonera. Incluso lugares aparentemente secundarios terminan cargados de sentido emocional. Santurce, Vega Baja, Calle Loíza o las marquesinas familiares aparecen en sus letras como escenarios sentimentales de una memoria colectiva boricua. Además, Bad Bunny utiliza mucho el spanglish puertorriqueño con vocablos como «shorty», «baby», «broki», «party», «flow», «feeling», «outfit» o «mood». Por eso muchas letras de Bad Bunny producen una sensación curiosa fuera del Caribe: millones de personas las cantan fonéticamente sin captar todas las claves que esconden. Y, sin embargo, precisamente esa resistencia a volverse completamente transparente es lo que mantiene viva su identidad puertorriqueña dentro del pop global; es como si sus canciones no se tradujeran del todo. Y esa quizás es una de las razones por las que Bad Bunny ha logrado convertirse en estrella planetaria sin abandonar del todo el idioma íntimo de su isla. Ha conservado el habla local, las deformaciones fonéticas, la jerga callejera y los códigos culturales de Puerto Rico incluso sabiendo que millones de personas cantarían esas palabras sin comprenderlas del todo. Sin duda, aparte de su voz tan particular, ahí reside buena parte de su magnetismo: sus canciones viajan por el mundo, pero nunca dejan de sonar como si todavía salieran de las coloridas calles del Viejo San Juan.
Publicado en La Razón, 24-V-2026
fotos: Sergi P. Naches
lunes, 25 de mayo de 2026
Entrevista capotiana a Javier Pérez Bolet
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Javier Pérez Bolet.
Si tuviera que
vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? La
muerte. De ahí sí que no se puede salir. Y si no puedes salir de un lugar, por
bonito que sea, ¿para qué vivir?
¿Prefiere los animales a la gente? Depende
de qué gente, y depende del animal. Definamos primero qué es "gente"
como algo distinto a "animal".
¿Es usted cruel? No. Y
Pedro I, tampoco.
¿Tiene muchos
amigos? Sí, es una de mis principales riquezas.
¿Qué cualidades
busca en sus amigos? Lealtad, ¿acaso hay otra?
¿Suelen decepcionarle sus amigos? Antes
sí. Con el tiempo eliges mejor y, además, sólo van quedando los que de verdad
lo eran y son.
¿Es usted una persona sincera? Demasiado.
Lo cual pensaba que era una virtud. Me equivoqué. Y sigo pertinaz en mi
equivocación.
¿Cómo prefiere
ocupar su tiempo libre? Con mi hijo, mi madre y mis
amigos. El resto, como decía el poeta, es selva.
¿Qué le da más
miedo? El dolor físico si es en grado insoportable. El
mental, por intenso que sea, se puede sobrellevar.
¿Qué le
escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Mira a tu
alrededor, con más de 50 años, ¿aún te vas a escandalizar por algo? Entonces no
has aprendido nada de lo que es la vida.
Si no hubiera
decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Estudiar
oposiciones a judicatura, ser abogado, decir que no a un puesto de juez por la
palabra dada a un amigo, ser director de RRHH y enfrentarme al CEO y al Comité
de Empresa por igual, dejarlo todo y ser piloto de helicóptero en el
extranjero, volver a España y salvar vidas en servicios aéreos de emergencia...
Habría hecho todo lo que ya he hecho. Quizá me saltase el encierro que implicó
la oposición.
¿Practica algún
tipo de ejercicio físico? Sí. Antes mucho tenis. Ahora
gimnasio de mantenimiento. Y los fines de semana fútbol y rugby. Aún tengo los
moratones del último placaje recibido hace unos días y cojeo un poco. El dolor
nos recuerda que estamos vivos.
¿Sabe cocinar? Lo justo
y necesario. O sea, no.
Si el
Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje
inolvidable», ¿a quién elegiría? Héctor. Porque ningún
padre tendría nunca un mejor hijo. Y si no, preguntadle a Príamo. (Uno de los
nombres de mi hijo es ese, "Héctor").
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más
llena de esperanza? "Esperanza". No sé si
en otro idioma es más larga... quizá en alemán, pero a un hispano no le
llenaría igual.
¿Y la
más peligrosa? "Peligro". Y no hacerle caso.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No.
Pero no lo descarto. El abismo siempre está ahí, y también te mira.
Si pudiera ser
otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Viajero en el tiempo. Y
creo que más hacia el pasado.
¿Cuáles son sus vicios principales? Lealtad.
Sinceridad. Generosidad.Y las causas perdidas.
¿Y sus virtudes? Lealtad.
Sinceridad. Generosidad. Y no aquietarme ante las injusticias.
Imagine que se
está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la
cabeza? ¿Agua? No sé qué tendrá preparada la descarga de
sustancias cerebrales pero espero que dé con la manera de salir de ahí. Si no,
que me apague inmediatamente.
T. M.
domingo, 24 de mayo de 2026
Mi "cómo lo hice" sobre "Historia de la literatura española contada en una hora" en "Zenda"
viernes, 22 de mayo de 2026
Entrevista capotiana a Alfons Segarra Medrano
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Alfons Segarra Medrano.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál
elegiría? Una masía, con campos, visión abierta, olivos y viñas. Espacios
amplios. Calidez humana. Lejos de grandes metrópolis. Cerca del mar. En el Baix
Empordà o en el Garraf. Con mi familia. Donde el tiempo tiene valor.
¿Prefiere los
animales a la gente? Prefiero
a la gente, sin dudarlo. Tengo un imán inevitable que atrae a los perros a mi
entorno. A todos. O a casi todos. Es algo especial que no he conseguido saber
de dónde sale. Pero mi vida está entre la condición humana. Para bien o para
mal. Tanto da.
¿Es usted cruel?
En absoluto. Les doy mi
palabra, que es lo único que tengo.
¿Tiene muchos
amigos? Buenos, muy pocos.
¿Qué cualidades
busca en sus amigos? Empatía,
sinceridad, nobleza de carácter, inteligencia y sentido del humor. Que confíen
en que yo también desearía tener esas cualidades.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? Los buenos, nunca jamás. Son seres humanos. Como yo. Y les ocurren las mismas cosas que me ocurren a mí. No hay que darle muchas vueltas.
¿Es usted una persona sincera? Sí. Algunos opinan que tal vez
demasiado.
¿Cómo prefiere
ocupar su tiempo libre? Leer,
escribir, estudiar, aprender, actividad al aire libre, deporte, conversaciones
con amigos.
¿Qué le da más
miedo? La enfermedad y la
muerte. Sobre todo la de mis seres más queridos.
¿Qué le
escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La injusticia. La hipocresía. La mentira.
La violencia en todas sus formas y matices. Las conductas que especulan con la
vida y con la libertad de las personas. El autoritarismo. La explotación. La
esclavitud, que sigue existiendo, bajo diferentes máscaras.
Si no hubiera
decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Soy médico, investigador y profesor
universitario de profesión. Vengo del mundo de la encorsetada literatura
científica, de la revisión de artículos por pares donde hay que justificar cada
comentario, cada punto y cada coma que escribes en un artículo, refrendarlo y
avalarlo por citas previas que den crédito o legitimen de alguna manera aquello
que explicas. Mi auténtica vocación es la creatividad, ya sea en la
investigación científica, en la pintura o en la narración. No sé si soy
escritor. Disfruto explicando historias. La escritura es un medio idóneo para
expresar ideas. Pero no solo es eso. También hay un compromiso con el lenguaje.
No es solo lo que se explica. También, es cómo se explica. Buscando las
palabras y las frases idóneas, tachando y reescribiendo tantas veces como sea
necesario hasta que una frase queda escrita cómo pretendías. Aunque a otros no
les pueda gustar. Y luego está la ausencia de miedo a tomar partido y a
expresar las propias ideas. Aunque queden escritas para siempre en tinta sobre
un papel y alguien pueda, algún día, recriminarte un comentario o una idea.
Aunque lo que escribes te signifique y en cierta manera exponga tus
pensamientos y motivaciones íntimas. Aunque tu estilo y tu sintaxis sean objeto
de análisis y crítica. No importa. Escribo porque necesito hacerlo. Disfruto
inventando y construyendo las tramas de las historias. Este aspecto es el más
atractivo de todos. El proceso de crear personajes sólidos y de crear una
historia que sea coherente y que, además, sea el escenario apropiado para
expresar un mensaje. La literatura es un territorio donde es posible unir
imaginación, creatividad, reflexión, historia, actualidad, filosofía y emoción
sin pedir permiso a nadie. Sigo escribiendo, y seguiría siendo médico si no
escribiera.
¿Practica algún
tipo de ejercicio físico? Salgo
a correr por la montaña, pero ya sin excesos. La edad no perdona. Lo hago para
disfrutar del paisaje. Fui tenista casi
profesional hace muchos, muchos años. Todavía lo practico, pero por placer.
Nunca compito. No me gusta competir. Eso
ya pasó. Ahora, cuando entreno al tenis, siempre es con amigos y, ¿para qué voy
a enviarles la pelota donde ellos no están?
¿Sabe cocinar? Sí. Me encanta cocinar. Mi familia y mis
amigos me consideran un cocinero notable.
Si el Reader’s
Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje
inolvidable», ¿a quién elegiría? Si
fuera un personaje de novela de ficción,
tal vez escribiría sobre Jean Valjean. No por ser un personaje perfecto ni
idealizado, sino precisamente por su recorrido humano. Pocas figuras literarias
muestran con tanta profundidad la capacidad de transformación moral de una
persona. Jean Valjean atraviesa la miseria, la humillación, la rabia, el resentimiento,
la culpa, el miedo y, finalmente, la redención. Lo inolvidable de él no es solo
lo que hace, sino lo que aprende a ser. Su vida plantea preguntas universales
sobre la justicia, el perdón, la dignidad y la posibilidad de cambiar incluso
después de haber caído. Además, creo que Victor Hugo consigue algo
extraordinario: Jean Valjean nunca deja de parecer humano. A veces duda, se
equivoca, teme perder lo que ama o regresar a quien fue. Esa lucha interior
constante es lo que hace que el personaje siga vivo mucho después de terminar
la novela. Los grandes personajes no son los más poderosos ni los más
brillantes, sino aquellos cuya experiencia vital permite reconocer algo
esencial de la condición humana. En mi opinión, Jean Valjean pertenece a esa
categoría. Otro personaje que considero inolvidable y emblemático es Vito
Corleone, no porque comparta sus valores
o sus actos —que rechazo completamente—, sino porque es uno de los personajes
más complejos y humanos jamás creados. Su mezcla de autoridad, afecto familiar,
inteligencia, pragmatismo y oscuridad moral hace que parezca una persona real
más que un simple personaje. Los seres humanos memorables en la ficción rara
vez son perfectos; suelen estar llenos de contradicciones. Si fuera un
personaje inolvidable real, escribiría sobre Nelson Mandela, Martin Luther
King, Teresa de Calcuta o Victor Frankl.
¿Cuál es, en
cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Tal vez, la palabra que escogería es: todavía.
Porque implica que, incluso después del fracaso, del dolor o de la pérdida,
queda margen para comprender, cambiar, reconciliarse o seguir adelante. Y eso
lo engloba todo. Es posible que aquí influya, en cierta medida, mi faceta antigua
de tenista de competición. Puedes estar perdiendo un partido y estar recibiendo
una paliza monumental, pero hasta que tu adversario no gana el último punto,
todavía queda alguna posibilidad.
¿Y la más
peligrosa? Tal vez sería
una palabra tan ingenua como: nosotros. No por su significado simple, ya que es
una palabra capaz de crear comunidad y protección, la concibo como 'peligrosa'
porque, paralelamente, lleva implícita la palabra 'ellos' y, en este sentido,
puede justificar exclusión, fanatismo y violencia cuando deja de reconocer la
humanidad, la existencia y los derechos de quienes quedan fuera del concepto
definido por el término.
¿Alguna vez ha
querido matar a alguien? Nunca.
Absolutamente nunca. Eso no significa que tal vez alguien hubiera merecido que
experimentara tal sentimiento.
¿Cuáles son sus
tendencias políticas? Me
interesan más las personas y las consecuencias humanas de las decisiones
políticas que las etiquetas ideológicas. Me preocupan especialmente la justicia
social, la dignidad humana, la convivencia, el abuso de poder y la capacidad de
las sociedades para construir equilibrio sin perder libertad ni humanidad.
Desconfío mucho de los dogmatismos y de las visiones simplistas de la realidad,
ligados a siglas políticas o de partidos y no me siento representado por
ninguno de los existentes. Rechazo los totalitarismos y los autoritarismos
vengan de donde vengan. No tolero el liberalismo despiadado que enfrenta a
seres humanos en competencia feroz pero tampoco tolero que el estado y el bien
común anulen al individuo como persona libre. Soy plenamente consciente de que
el ideal platónico de un gobierno altruista, integrado por justos y sabios, es
utópico e inviable. Solo aspiro a que, entre quien sea que gobierne, haya
alguien que tenga estas cualidades y las haga valer.
Si pudiera ser
otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Artista
en sentido amplio, historiador o filósofo. Tal vez también psicólogo, pero no
profesionalmente hablando. Siempre me ha interesado más comprender el
comportamiento humano y las estructuras sociales que juzgarlas desde fuera.
¿Cuáles son sus
vicios principales? El
principal es la tendencia a intentar preservar libertad del individuo. Probablemente,
también, pensar demasiado las cosas y no resignarme fácilmente a las
contradicciones ni a las injusticias. Me cuesta aceptar las explicaciones
simples sobre las personas, el poder o la realidad. También, la
sobreinterpretación. Supongo que escribir nace muchas veces de la incapacidad
de dejar de mirar las cosas una vez empiezas a hacerte preguntas sobre ellas.
¿Y sus virtudes?
La curiosidad, la empatía,
la tolerancia, la constancia de quien persigue conseguir objetivos sin ser
brillante en nada, la necesidad de intentar comprender el fondo humano de las
cosas, incluso cuando resulta incómodo.
Imagine que se
está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la
cabeza? La pérdida de mis
seres queridos. Creo que me pasarían por
la cabeza rostros, no ideas. Al final, todo lo importante de una vida acaba
teniendo forma humana. Probablemente recuerdos muy concretos y pequeños: voces,
conversaciones, momentos de calma, personas a las que he querido. Creo que, en
situaciones límite, el ser humano no piensa en las grandes ideas sino en las
personas que le acompañaron y le hicieron sentirse realmente vivo.
T. M.
jueves, 21 de mayo de 2026
Kafka después de Kafka: el nacimiento de una obra en manos de sus traductores
«Kafka obliga a múltiples relecturas. Cuanto más creemos conocerlo, más inaprensible puede resultar». Esta frase de Juan Insua, responsable de las exposiciones del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona «Las ciudades y sus escritores» —la dedicada a la Praga de Kafka fue en 1999—, resulta fundamental para entender la fascinación que representa el autor checo generación tras generación. ¿Por qué el autor tomó tal decisión lingüística y, por lo tanto, generó consecuencias interpretativas específicas en cada lengua?, podría ser lo que cada uno de sus traductores y lectores profundos planteen frente a la obra kafkiana. Uno de los más prestigios, Roberto Calasso, en «K.», expresó que es necesaria la actualización de las traducciones de la obra de Kafka al español y a otras lenguas a fin de pulir los cambios que hiciera el amigo del escritor, Max Brod, y reparar antiguas versiones que no concordaban del todo con el original alemán.
Para Calasso, esta advertencia sobre la traducción es imprescindible, pues asienta parte de sus observaciones en lo semántico. Él mismo centró su atención en «El proceso» y «El castillo», obras que según él «parten de un presupuesto idéntico», esto es, que la elección de la que consta la primera novela y la condena que es la plataforma para la segunda «“casi” no se distinguen», por lo que hay «innumerables conexiones entre los dos libros». De este modo, el tribunal que juzga a Josef K. y la administración del Castillo a la que se ofrece K. «son dos organizaciones adyacentes, que resuenan una en la otra», obligando a ambos protagonistas a una constante espera llena de «extrañeza, desconcierto, estupor». ¿Serían estas las sensaciones de Kafka tras su ruptura con su novia formal Felice Bauer, en un hotel de Berlín en julio de 1914 y que luego inspirarían «el tribunal del hotel» de «El proceso», iniciado al mes siguiente? ¿Qué relación tendría su paso por Zürau, ya enfermo de tuberculosis, en 1917 —cuando, afirma Calasso, encuentra una salida «a las principales potencias que desde siempre le persiguen», es decir, la familia, la oficina y las mujeres— para la elaboración de El castillo? Kafka suele despertar más preguntas que respuestas.
El Kafka reconstruido
Traductores «químicos»
A partir de un momento dado, Kafka dejó de ser únicamente un escritor del absurdo burocrático para convertirse en un espejo anticipatorio del siglo XX europeo. Sus traductores reconocieron en sus textos algo que todavía no tenía nombre, pero que el siglo terminaría revelando con brutalidad: la deshumanización, la persecución administrativa, la culpa colectiva, la fragilidad del individuo frente a sistemas incomprensibles. No obstante, la intención de Hruska no es convertir a todos los traductores en una masa homogénea, porque cada uno produjo un Kafka distinto, condicionado por su lengua, su biografía y su sensibilidad estética. La autora propone incluso esta imagen: una «cuadrícula a lo Mendeléiev» para clasificar las singularidades de cada encuentro. La metáfora científica ordena el caos de afinidades literarias como si cada traductor fuera un elemento químico distinto reaccionando con el mismo núcleo central.
Ese núcleo aparece finalmente simbolizado por el neón. El décimo elemento de la tabla periódica sirve a Hruska como emblema de sus «diez traductores». El neón significa «nuevo» en griego y produce una luz artificial, un resplandor. La idea sería esta: Kafka no nos llega mediante una luz directa y original, sino a través de iluminaciones sucesivas producidas por otros. Los traductores serían así «luciérnagas girando alrededor del mismo núcleo», una metáfora que resume el sentido del ensayo al sugerir que la literatura no es una propiedad privada del autor, sino que una obra vive porque otros la trasladan, la interpretan o la continúan. Kafka, por consiguiente, no pertenece únicamente al alemán de Praga. Pertenece también al francés de Vialatte, al español de Borges, al italiano de Levi y a todas las lenguas que lo hicieron renacer.
Asimismo, cabe interpretar «Diez versiones de Kafka» como un libro sobre la supervivencia cultural por cuanto Hruska muestra cómo una obra aparentemente marginal puede atravesar fronteras históricas gracias a una cadena de lectores apasionados. Y es que la posteridad de Kafka no fue automática: fue construida pacientemente por individuos que apostaron por él cuando todavía era apenas un nombre desconocido en Europa. Kafka y sus traductores forman una red transnacional compuesta por judíos, exiliados, supervivientes, intelectuales desplazados y escritores bilingües, de modo tal que la circulación de Kafka dibuja un mapa alternativo del continente: una Europa de traducciones, pérdidas y desplazamientos, más unida por la literatura que por la política.
La autora describe a los traductores avanzando «en la noche con Kafka como única linterna» y convierte la historia literaria en una escena casi cinematográfica. Y cuando habla de «ese núcleo infranqueable de la noche», retomando a André Breton, sitúa a Kafka en una dimensión casi mística: un centro oscuro que nunca terminamos de descifrar. Kafka escribió en una habitación de Praga. Pero el Kafka que hoy conocemos nació muchas veces después, en oficinas editoriales pequeñas, en habitaciones de exiliados, en mesas de traductores agotados, en ciudades heridas por la guerra. Eso es lo que plantea Hruska: el hecho de que la literatura universal no nace únicamente del genio, sino también de quienes deciden cargarlo a través de la noche.
Publicado en La Razón, 18-V-2026







