martes, 20 de febrero de 2024

La Generación beat «encadenada por telarañas»

Beat. Esta palabra la usó John Clellon Holmes en un artículo del «New York Times Magazine», en 1952, y cobró fortuna. Este novelista había conocido a Jack Kerouac y Allen Ginsberg en 1948 en Nueva York y tomó sus vidas y obras, más la de otra figura de este círculo de amigos, Neal Cassady (1926-1968), para hacer su novela «Go», en la que por vez primera sale la expresión «generación beat», que a la vez está basada en conversaciones que tuvo con Kerouac. Este, por cierto, tuvo como amante fugaz a Carolyn, la que fuera esposa de Cassady, el mismo hombre al que todos admiraban por su energía y sociabilidad y que Kerouac convirtió en protagonista de «En la camino» con el nombre de Dean Moriarty. 

Y es que se trata de alguien que fue clave para que esta obra publicada en 1957 se llevara a cabo; en buena parte, tal cosa partió de unas cartas que Cassady le escribió a Kerouac, ahora editada en «La carta de Joan Anderson», de la mano del traductor Antonio-Prometeo Moya. Según el novelista, fueron epístolas «apresuradas, alocadas, confesionales, totalmente serias y llenas de detalles». A. Robert Lee, en el prólogo, comenta esta especie de «teatro epistolar» que recibió Kerouac, al que el estilo de su amigo le impactó sobremanera, hasta dar en llamar aquella misiva «el santo grial», también por parte de Ginsberg. El pretexto fue contar un romance que Cassady había mantenido cinco años antes con una chica.

Narrando esa peripecia amorosa, Kerouac descubrió una manera más fluida de escritura, amalgama de multitud de pensamientos dispersos pero brillantes, e incluso llegó a instalarse en la casa de Cassady para ponerse a escribir inspirado por tamaña carta, en realidad un relato literario. «Estoy encadenado por telarañas», se leía en el párrafo inicial, y en efecto ese tipo de frases, como refiere el propio Lee, invitaban a seguir leyendo y a inspirarse en esa poética de la improvisación, lo visionario y lo desenfadado, donde no se evitan acontecimientos dramáticos, como el intento de suicidio de Joan con un cóctel de agua oxigenada con amoníaco, añadido a un aborto.

Publicado en La Razón, 10-II-2024

sábado, 17 de febrero de 2024

Entrevista capotiana a Eva Rojas

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Eva Rojas.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? La casa de mis padres. Viven entre montañas y al lado de un río. Esa casa es refugio y el primer sitio en el que empecé a escribir.

¿Prefiere los animales a la gente? No. Soy bastante filántropa aunque últimamente la humanidad me lo está poniendo complicado.

¿Es usted cruel? No. Peco de lo contrario. Soy una persona demasiado empática desde niña y eso me ha llevado a ser vulnerable muchas veces. Cuando iba a la guardería entraba diciendo: ‘que no hay que llorar. Venimos a jugar’. Y en ese mood ‘Celia Cruz’ seguimos.

¿Tiene muchos amigos? Lo que más feliz me hace es estar en grupo con gente a la que quiero y con la que me río. Mi vida está muy marcada por mis grupos de amigos. Mi casa siempre ha estado llena de ellos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Sobre todo, lealtad. Es un defecto de familia. Mi padre es MUY ‘Stark’ (referencia a Juego de Tronos) y yo he aprendido a ser como él. No traicionaría jamás a alguien de mi banda y preferiría perder una oportunidad muy buen a escaquearme de ayudar a alguno de los míos siempre que me necesiten.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No, la verdad es que suelo ser bastante comprensiva. Entiendo que las amistades cambian y se transforman y también, entiendo mucho los procesos vitales de cada uno. Me suelo adaptar bien al momento de cada uno. Además, soy una persona a la que le cuesta mantener el contacto telefónico todos los días y eso es ‘algo’ que me aguantan a mí los míos.

¿Es usted una persona sincera? Sí pero (todo lo que vaya después de un pero invalida lo anterior, ¿no? BROMA) estoy muy en contra de la sinceridad no pedida. Los sincericidios que hieren a los demás no son mi estilo. Por ejemplo: ‘Qué mal te queda esa blusa’ o ‘Antes me caías fatal pero ahora ya no’. Ese tipo de comentarios me parecen innecesarios.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Como soy reportera de viajes y me paso mucho tiempo de hotel en hotel, mi plan perfecto ahora tiene componentes muy básicos para los demás: sol, amigos, vino tinto y dormir en mi cama.

¿Qué le da más miedo? No soy especialmente miedosa. Me lo tomo todo como si fuera una espectadora de mi vida porque normalmente me pasan cosas que a los demás, no. Tiene mucho que ver con mi trabajo pero lo intento disfrutar. Mi mayor miedo sería no poder controlar mi cabeza por alguna enfermedad, perder la memoria y en definitiva, no tener ningún vínculo con todo lo que he vivido.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Me escandaliza la crueldad. No puedo, de verdad, soportar ver imágenes violentas en las que se somete al débil a un dolor gratuito. Peleas, bullying… todo eso me horroriza.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Yo estudié Bellas Artes y siempre me ha encantado la fotografía. Es otra manera de contar el mundo y creo que, además, todos tenemos un prisma personal interesante. Supongo directora de arte, fotografía o por soñar en alto, de cine.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Ay, sofing. Ahora en serio, se me da FATAL. Soy como un avión de mármol en cuanto a movimiento pero sí me obligo a ir con mis amigos y soy conocida en el centro de deporte al que acudo por ir siempre a socializar. La progresión es 3 tablas de sentadillas, una de anécdotas de mi semana.

¿Sabe cocinar? Soy adulta disfuncional y se me da bastante mal PERO en contraposición y para mi deleite, tengo las papilas gustativas de un soldado acostumbrado a vivir de trinchera en trinchera: todo me sabe rico y no tengo ninguna intolerancia; cosa que a día de hoy es como haber visto un caballo volador pasar por el cielo.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Qué complicado eso. Soy poco impresionable por profesión. Me cuesta ‘admirar’ a las figuras públicas. Quizás porque entrevisté a algunas y me decepcionaron en el tú a tú. Inolvidable, por ejemplo, fue mi abuela. Vivió hasta los 97 años en un tercero sin ascensor y sobrevivió sin perder el humor, a cosas que a los de mi generación nos costarían años de terapia.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Nosotros.

¿Y la más peligrosa? Nunca.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, pero si he experimentado el odio. Me di cuenta de que se invertía la misma energía que en amar pero a la inversa y decidí dejar de hacerlo. Por optimización de recursos, básicamente.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? No me interesan las conversaciones sobre política porque siento que son casi siempre infructíferas. Cuando tuve que dedicarme a hacer seguimiento de la política nacional por trabajo, llegué a incluso a deprimirme así que tengo poco que añadir al respecto.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? ¿Un sofá? Algo que todo el mundo asocie con buenas vibras.  

¿Cuáles son sus vicios principales? Soy riojana y el vino tinto is my passion. Cero original en esto.

¿Y sus virtudes? Yo creo que mi principal característica es la alegría. Me cuesta estar de ‘bajón’ y reconozco que todo se me hace mucho más llevadero porque es una actitud innata.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Hala, siempre he fantaseado con que existiera una empresa que una vez llegados a término, te resumiera tu vida en el formato que más te guste. De la mía diría: mi infancia con sus episodios difíciles, la adolescencia de subidón, mi padre, mi padre, mi padre, la primera vez que conseguí un trabajo en tv, vivir con mi mejor amiga en una casita de Malasaña, la primera vez que me contrataron como reportera de viajes, la muerte de mi hermano en pandemia, todos los programas que he grabado y un montón de cosas increíbles que han venido después que como colofón tienen la publicación de esta novela. Soy experta en meterme en jardines pero también, en saber encontrarles las flores.

T. M.

viernes, 16 de febrero de 2024

Un místico materialista de lo más risueño

Cuántas veces la mejor de las filosofías no se halla en la obra de filósofos al uso, con un sistema de pensamiento cerrado y sistemático, sino en la literatura y la forma en que esta es una vía para interpretar la realidad. Es el caso por ejemplo de G.K. Chesterton, cuya visión de la vida se expone magníficamente en este libro de Mercedes Martínez Arranz (Madrid, 1976), que se doctoró con una tesis sobre el autor inglés en la UCM. Se analiza aquí la narrativa, el teatro, la poesía, los artículos periodísticos y los ensayos en los que Chesterton expuso sus argumentos siempre risueños y estimulantes, a menudo vinculados con su mirada católica o, según la autora, con “un misticismo materialista y racional desde el cual partir para entender al hombre y construir una metafísica, una antropología, una ética, una política y una economía, de acuerdo con su naturaleza sobrenatural”.

Publicado en La Razón (pág. 33), 13-I-2024

jueves, 15 de febrero de 2024

Entrevista capotiana a Pedro Learreta

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Pedro Learreta.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una tienda de discos, en una ciudad inglesa, a principios de los años setenta, acaba de publicarse HUNKY DORY de David Bowie, lo acaban de poner en el equipo de alta fidelidad… y nos quedamos encerrados para siempre.

¿Prefiere los animales a la gente? Prefiero algunos animales (mi gata Moon, por ejemplo) a muchas personas (no daré nombres).

¿Es usted cruel? No, en absoluto, pero hay días en los que puedo escuchar la misma canción veinte o treinta veces seguidas … (quizás eso sea crueldad para algunos).

¿Tiene muchos amigos? Excelentes, pocos; muy buenos, unos cuantos; buenos, muchos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Conversación y capacidad de escucha mutua, poder hablar durante horas de lo que sea sin quitarnos la palabra ni pegar nuestro rollo.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Ya no, a mi edad no queda margen.

¿Es usted una persona sincera? Prefiero no responder a esta pregunta, así no tengo que mentir.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Escuchando discos, leyendo libros, viendo películas, escribiendo. Y, en lo que resta, durmiendo.

¿Qué le da más miedo? Ahora mismo, la suplantación del hombre por la Inteligencia Artificial. Y el Reggaeton en sus múltiples variantes.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La desfachatez de algunos políticos (no daré nombres, porque en estos días es tan obvio de quien hablo…).

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Ser abogado (que es a lo que me dedico, con entusiasmo, en mi vida diaria).

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí, me gusta salir a correr (siempre con música en mis oídos); se tienen grandes ideas literarias cuando se está corriendo de noche, por cierto.

¿Sabe cocinar? Cada vez peor…

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Un imposible: Billy Wilder reencarnado en Bob Dylan.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Esperanza.

¿Y la más peligrosa? Abuso.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Sí, por supuesto, me sigue pasando cuando escucho Reggaeton, por cierto…

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Ufff… Liberal, librepensador, defensor de la libre asociación de ideas, creyente en la libertad y la igualdad, en la fuerza de la razón y de las ideas.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Una estrella del rock and roll en la época gloriosa (las décadas de los setenta y ochenta).

¿Cuáles son sus vicios principales? El descanso.

¿Y sus virtudes? La conversación.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Si es en el mar… una sirena bellísima, con forma de actriz de Hollywood o cantante de los Fleetwood Mac, me rescata y me deposita en una cueva en la que me promete amor y ternura hasta la eternidad.

T. M.

miércoles, 14 de febrero de 2024

Este es el historiador que ha predicho el fin del mundo actual

Este es el segundo libro traducido al español de Peter Turchin, de quien tuvimos al alcance hace dos años este trabajo, “Dinámicas históricas. Por qué los Estados surgen y caen”, y sobre el que ya cae la etiqueta de “científico que predijo los conflictos de 2020”. Sus asuntos de interés se han ido desarrollando a raíz de su tarea como jefe de proyecto en el Centro de Ciencias de la Complejidad de Viena; lo cual, junto con su empleo como profesor de Ecología y Biología Evolutiva en la Universidad de Connecticut, le han llevado a analizar de forma sumamente aguda la sociedad presente e inminente. Lo característico de su enfoque es que, para analizar la situación del planeta, recurre a examinar, como se decía en la información del libro citado, editado por Almuzara, la intersección de la evolución social y cultural, la macrosociología histórica, la historia económica y la cliometría, la modelización matemática de procesos sociales a largo plazo y la elaboración y análisis de bases de datos históricas.

Son todas estas palabras gruesas que podrían alejar al lector común, pero Turchin consigue plantear teorías accesibles, por ejemplo a propósito de “Dinámicas históricas”, donde expuso cómo las poblaciones, las religiones o los imperios florecen para luego caer hasta, incluso, desaparecer para siempre. Frente a esto, el investigador, que por cierto creció en la Unión Soviética y es doctor en Zoología por la Universidad de Duke, se adentraba en la historia de los seres humanos a partir de herramientas propias de la física, la biología, la matemática o la estadística. «Cliodinámica» a partir de la conversión de una amplia gama de factores sociales, políticos, económicos y demográficos a modelos matemáticos. No en vano, una de las principales campos de investigación de Turchin radica en la coordinación de CrisisDB, una base de datos histórica de sociedades que entran en crisis y salen de ellas.

A sus ojos, determinados sucesos o modelos sociales servirían para predecir patrones de conducta colectivos, lo que le ha llevado a atreverse a pronosticar aquellos factores que marcarán el devenir de algunos países, muy en especial Estados Unidos. Y precisamente de ello habló, en una entrevista concedida al sitio web de noticias y política “Salon”, en inglés, el pasado mes de junio. «Bienvenidos al "fin de los tiempos": Peter Turchin lo vio venir y dice que todavía podemos evitar el colapso», era el titular de aquella publicación preparada por el periodista Paul Rosenberg. El pretexto fue la aparición del libro que ya tenemos traducido por Jordi Ainaud i Escudero, “Final de partida. Elites, contraélites y el camino a la desintegración política”, alrededor de cómo funcionan las sociedades tomando como eje la manera en que el enriquecimiento genera el empobrecimiento del resto de clases.

Evitar futuros colapsos

Para entender por qué y cómo pasa tal cosa, el pasado proporciona valiosa información para Turchin, que usa el estudio de la cliodinámica para aprender de diferentes colapsos estatales, ya sea de la China imperial, la Francia medieval o la Norteamérica de la primera mitad del siglo XIX. La clave, por tanto, sería aprender de tales ejemplos y evitar que la desigualdad vaya a peor, venía a decir en la entrevista referida. De hecho, resulta evidente que la historia es cíclica, de modo que a su juicio Estados Unidos podría acercarse a un periodo de desintegración. Esto ya quedó en negro sobre blanca en un texto de 2010, publicado en la revista “Nature” (que pidió a especialistas de distintos campos que miraran hacia el futuro a diez años vista), en que Turchin afirmó que el país que gobernaba Obama por entonces iba a sufrir un fuerte aumento de la inestabilidad política a principios de la década de 2020.

Como el autor dijo a Rosenberg, para llegar a semejante predicción analizó, durante los últimos veinte años, unas doscientas sociedades del pasado que cayeron en crisis y luego salieron de ella, lo que le permitió “determinar las características genéricas del camino hacia la crisis, que típicamente está señalado por acontecimientos como la caída del bienestar popular, que llamamos empobrecimiento popular y, aún más importante, por la sobreproducción de las élites". Fue justamente en 2010 cuando, al examinar los datos relativos a Estados Unidos, Turchin advirtió que esta nación “había recorrido el mismo camino hacia la crisis que muchas otras sociedades en el pasado habían seguido”.

“Final de partida” –es inevitable evocar la obra teatral de 1957 de idéntico título en español de Samuel Beckett– ofrece desde la primera línea la invitación a que uno se deshaga de prejuicios diversos en torno a la historia y vea que, pese a que las sociedades son demasiado complejas, y los seres humanos, demasiado volubles, hay cosas que pueden predecirse; que, lejos de lo que pudiera parecer, la guerra de Kosovo no es diferente de la de Vietnam, o que los Estados Unidos de antes de la Segunda Guerra Mundial puede decir mucho sobre los Estados Unidos de la década de 2020. “La ciencia de la historia no solo es posible, sino también útil: nos ayuda a prever que las decisiones colectivas que tomamos en el presente pueden llevarnos a un futuro mejor”, afirma.

Estudiar animales y sociedades

Lo curioso es que Turchin empezó su carrera académica en los años ochenta como ecólogo, estudiando la dinámica de poblaciones de escarabajos, mariposas, ratones y ciervos. Pero de repente surgió con fuerza el uso de las computadoras y la informática le hizo redirigir sus inquietudes para, a través del análisis de macrodatos, “responder a preguntas como, por ejemplo, por qué muchas poblaciones animales atraviesan ciclos de auge y caída”. Todo ello, en suma, lo extendió a la observación de las sociedades humanas, tanto pasadas como presentes y, con la ayuda de la musa mitológica griega de la historia, Clío, creó este concepto que aúna el nombre de esta hija de Zeus y Mnemosine y “la ciencia del cambio”.

Él y sus colegas han descubierto, por tanto, que existen patrones recurrentes que pueden observarse en tiempos pretéritos tanto cercanos como lejanísimos, explica en la introducción. Los ciclos de integración y desintegración política (en particular acerca de la formación y colapso de los estados) son la materia fundamental que se desarrolla en el libro, de lo que se deduce que toda gran sociedad se ve afectada por “oleadas recurrentes de inestabilidad política y, hasta cierto punto, predecibles, provocadas por el mismo conjunto básico de fuerzas activas a lo largo de los miles de años de historia de la humanidad. Hace unos años caí en la cuenta de que, suponiendo que la pauta se mantuviera, íbamos derechos hacia otra tormenta”. Y, a tenor de lo que se ve, podría decirse que, lamentablemente, no se ha equivocado.

Pero, más allá de acertar o no en diversos vaticinios, lo esencial sería conocer cómo trabaja Turchin para tener semejante capacidad. Pues bien, recurre a un modelo que indica que cuando en un país, como Estados Unidos –explica él mismo–, los salarios se estancan o descienden, la brecha entre ricos y pobres es cada vez mayor, además de que hay una sobreproducción de jóvenes con titulaciones superiores, o la deuda pública explota. Semejante convergencia de factores daría la alarma a los gobernantes, que podrían evitar, siquiera teóricamente, el colapso económico y social.

Publicado en La Razón, 13-I-2024

martes, 13 de febrero de 2024

Entrevista capotiana a Andrés Navarro

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Andrés Navarro.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? El Palmeral de Skoura, a los pies del Atlas, en Marruecos.  

¿Prefiere los animales a la gente? Bueno, el hombre es un animal… En el centro de recuperación de primates de la Fundación MONA, en Montornés del Vallés (Girona), hay una hembra de chimpancé que criaron como a una niña consentida en una familia humana. Al crecer dejó de hacerles gracia y se deshicieron de ella. Cuando llegó al centro, rechazaba con asco las verduras crudas. Sólo quería pizza y refrescos, no hablaba la lengua de los chimpancés… Algo similar sucede con cualquier animal humanizado. Esa operación los aniquila por dentro. Sin embargo, como al gran Roberto Carlos, me gusta la gente dotada de algunas cualidades que suelen atribuirse a los animales. 

¿Es usted cruel? Si quiero, puedo resultar bastante hosco. Cruel sólo sin querer.

¿Tiene muchos amigos? Cercanos, cuatro. Cuatro y medio.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Prefiero dejar que me sorprendan.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? He creado expectativas equivocadas sobre alguno de ellos. Sólo con los muy cercanos resulta fácil formarse expectativas realistas. O no necesitarlas.

¿Es usted una persona sincera? Están las mentiras que se dicen por iniciativa propia y las que responden a preguntas a las que uno no quiere responder. Puedo mentir sin mucho problema cuando me hacen ese tipo de preguntas.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leyendo en algún lugar con árboles.

¿Qué le da más miedo? Mis convicciones.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Coincido con Capote: cualquier maltrato a niños o tortura a animales. Cualquier maltrato.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Pescador de caña, asceta callejero, senador o alguna otra actividad capaz de traducir la inacción en sustento.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Nado.

¿Sabe cocinar? Preparaba unos espaguetis a la putanesca épicos antes de dejar el gluten.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Aunque ya se han escrito libros interesantes sobre ambos, no me importaría indagar en la vida de Wisława Szymborska o de Carlos Martínez Rivas.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Nosotros.

¿Y la más peligrosa? Ellos.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Pero no me enorgullece… Qué va, ningún instinto homicida o suicida.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? En política cristiano, en lo demás laico.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Algo que viva con poco y resulte inofensivo si no se lo molesta… Un cactus.   

¿Cuáles son sus vicios principales? A veces hago lecturas maniqueas de libros, películas, personas… La tolerancia acrítica con casi cualquier obra de ciencia ficción, aunque se trate más de una debilidad que de un vicio. Los viajes de LSD, que no he probado, los reservo para la vejez.

¿Y sus virtudes? Una es no hablar de ellas.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Un volante, un salpicadero, una carretera serpeante entre campos color ocre. Es decir, algo parecido a una secuencia de Abbas Kiarostami. Ese sería un buen final.

T. M.

lunes, 12 de febrero de 2024

Kafka y los animales


Franz Kafka: uno de esos casos excepcionales en que el aprecio a un escritor no cesa, sino al contrario, crece y se asienta perdurando a lo largo del tiempo. Así ha sucedido desde su dramática muerte en junio de hace cien años, después de que lo fulminara una tuberculosis pulmonar crónica. Él es el conocedor exhaustivo de la ciudad de Praga, el analista de la sociedad de su tiempo —de todos los tiempos, incluidos los futuros—, el contemplador sufriente de una pulsión entre la realidad y la literatura.

Asimismo, lo kafkiano —el diccionario ha obviado su inherente acepción de burocratización y deshumanización de la vida, de alienaciones del hombre contemporáneo, para reducirlo a algo «absurdo» o «angustioso»— ya se ha hecho un adjetivo universal. Qué le despertaría tal cosa a este hombre cuyo mundo literario –lo leído, lo escrito; su paciencia y meticulosidad– es justamente lo contrario a nuestro hoy presuroso e instantáneo, él, que apuntó en un aforismo que «todos los errores humanos son impaciencia, una interrupción de lo metódico», y que nuestros pecados capitales proceden de la indolencia.

Sus textos no tienen límite, no acaban nunca; simbólicamente, porque el checo tiene en su haber obras inacabadas, o textos no literarios, como las páginas personales de sus cartas y diarios que él trascendió a prosa artística y maravillosamente intensa; y también en relación con su personalidad, que siempre resurge asombrándonos a través de testimonios, estudios, descubrimientos a partir de nuevas investigaciones.

Él mismo ejemplifica lo que debería ser nuestra verdad lectora. «A mi juicio, sólo deberíamos leer libros que nos muerden y nos pican. Si el libro que estamos leyendo no nos despierta de un puñetazo en la crisma, ¿para qué lo leemos? ¿Para que nos haga felices? Dios mío, también podríamos ser felices sin tener libros y, dado el caso, hasta podríamos escribir nosotros mismos los libros que nos hicieran felices».

Este famoso fragmento lo recogió Monika Zgustova en La bella extranjera. Praga y el desarraigo (Báltica). Y proseguía Kafka: «Sin embargo, necesitamos libros que surtan sobre nosotros el efecto de una desgracia muy dolorosa, como la muerte de alguien al que queríamos más que a nosotros, como un destierro en bosques alejados de todo ser humano, como un suicidio; un libro ha de ser un hacha para clavarla en el mar congelado que hay dentro de nosotros».

Por extractos como este Kafka sigue fascinando como muy pocos autores, lo que conduce a que sus obras sean susceptibles de renovadas interpretaciones que añaden tanto conocimientos como enigmas. Kafka todavía está en plena metamorfosis, sigue en el laberinto de su Castillo, viaja una y otra vez a América; continúa mostrándose como el hijo abrumado por el agrio padre, como el sempiterno amante de mujeres a las que no podía dedicarles más desvelos que a sus páginas escritas.

Por todo ello, los libros sobre su vida y obra son también un reto en sí mismos, como el caso de Reiner Stach y Kafka. Los primeros años. Los años de las decisiones. Los años del conocimiento (Acantilado). Esta mastodóntica biografía nos sumergía en la existencia, llena de contradicciones y ansiedades, de una personalidad bondadosa, cada vez más introspectiva, entregada a sus cuentos y novelas por las noches, amando y temiendo Praga, experimentando la sensación de irrealidad, la culpabilidad de vivir.

Parte de esta culpa vino de la incomodidad familiar. Kafka padeció a una figura patriarcal, tan intimidante y presuntuosa, que marcaría por completo su psique y su literatura, según sus exégetas: «Hay muchos argumentos que respaldan la idea de que el gélido ambiente social que Kafka describe en sus tres novelas, en el que la solidaridad desinteresada tan sólo aparece como un sueño, no sólo refleja experiencias y observaciones reales, sino también la conciencia antisocial del padre», refiere Stach.

Una vez, el padre castigó a su hijo de una manera horrenda: lo encerró en la galería del patio interior del edificio en que vivía la familia, después de que el chaval gimoteara pidiendo agua desde la cama. Una experiencia de poder, miedo, soledad, según Stach, que generará en el pequeño Franz una sensación permanente de temor hacia la violencia ajena, de vulnerabilidad, e incluso la percepción de que puede ser abandonado en cualquier momento, algo que luego se extenderá a sus relaciones amorosas. Su ánimo se refleja en la única anotación que nos ha llegado de su etapa infantil, a los catorce años —«Hay un ir y un venir. Un partir, y a menudo… no regresar»—, y que ya afianza esa mirada melancólica.

Hay un Kafka, empleado en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo, donde trabajó como abogado de 1908 a 1922; otro que, pasando las noches pasadas en vela escribiendo, creó a Gregor Samsa, aquel individuo que un día se despierta convertido en un monstruoso insecto. Uno niega a otro, pues su esencia es artística; no en balde, como escribió una vez a su novia Felice: «No soy nada más que literatura».

Porque todo empieza y acaba en lo literario. Todo va a ir a parar en cierta manera a la escritura de sus diarios, cartas, cuentos: sus inicios sexuales, los círculos de amigos, la búsqueda de un trabajo, sus visitas a determinado burdel, la elección de los sanatorios para restablecer una salud siempre enfermiza, su vida como treintañero aún en casa de sus padres... Estos periodos tienen algo que los une: la introspección constante, un paisaje interior de lucha personal que Kafka libra en torno a quién es y cómo debe ser.

Según su biógrafo, Kafka dudó con el final de La transformación —o como antaño se decía, erróneamente sin duda, La metamorfosis— porque no le convencía. Pero de una cosa estaba seguro: al publicarse el libro no quería ninguna ilustración de cubierta que intentara mostrar a qué tipo de bicho podía referirse esta narración de 1915.

No fue esta la única vez que Kafka recurrió al mundo de los animales. Buitres, chacales, cornejas, perros, ratones y demás criaturas le sirvieron, dentro de una rica tradición literaria venida de la Antigüedad, en torno a numerosas fábulas con animales, para edificar sus alegorías narrativas. Y por supuesto, ninguna de estas elecciones animalescas es gratuita. Cada una tendrá una simbolización, humanizándose, pues su voz es reflexiva, nos apela para que, identificándonos con cada animal, nos enfrentemos al espejo de la propia incertidumbre.

Tal cosa ocurre con el pobre Samsa, cuyo origen tal vez cabe hallar en un texto de juventud, «Preparativos de boda en el campo», en que aparece un hombre-insecto: «Y mientras es­toy acostado en la cama tengo la forma de un gran esca­rabajo, de un ciervo volante o de un abejorro, creo […]. Y susurro unas cuantas palabras que son instrucciones para mi cuerpo triste, que está de pie junto a mí, inclina­do». Seis años más tarde, ese gran escarabajo parlante se despertará, aterrado, recordando que la noche anterior era un ser humano.

Publicado en Cultura/s, 10-II-2024

domingo, 11 de febrero de 2024

Entrevista capotiana a Ezequiel Wolf

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Ezequiel Wolf.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Un solo lugar me parece demasiado. Tan arbitrariamente carcelera la pregunta que no me queda más que responder que si tuviera que elegir un solo lugar, para nunca jamás poder salir de él elegiría el mundo. De tener que responder un país, o más aún, una ciudad de la cual intentaría querer escapar, sería Buenos Aires, la ciudad en la que nací, y que de no haber nacido ahí, me hubiera gustado nacer ahí, aunque una ciudad con playa… Ves, por eso elijo el mundo.

¿Prefiere los animales a la gente? Me gustan mucho los animales. Siempre me gustaron mucho los animales. Me nací y crecí en una casa con muchos animales. En mi familia se decía que quien había crecido con animales, mascotas, se formaba de otra manera. Algo de eso es cierto, seguro. De todas maneras pero

¿Es usted cruel? Hay rasgos de la ferocidad que componen lo cruel con los que a vece en los que me siento parte. Soy quizás demasiado miedoso para ser cruel. Me visto de cruel y me desvisto en escena. Pero la crueldad como tal implica derramamiento de sangre. Mi sangre por ahora solamente fluye, caliente sí, pero por ahora solo late.

¿Tiene muchos amigos? Nunca me costó hacer amistades. Quiero decir. Soy una persona sociable. Soy una persona amigable y amistoso. Respecto de muchos y pocos debería definir cuánto, o cuántos es mucho(s). Tengo los que quiero y siento que necesito. Me gusta pensar en la cita de Borges en la que dice que la amistad no requiere de frecuencia.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Creo que lo principal es que no quiero acólitos. Las amistades se construyen de diversas cualidades. Me interesan las amistades del sí y las amistades del no. De todas formas es una cuestión casi instantánea de si podría o no derivar en una amistad con alguien. Actuar la amistade es una cosa y ser amigos es otra.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Responder que sí implicaría frecuencia. Alguna vez yo he decepcionado a más de un amigo por lo que no veo porque ellos no me hubiesen decepcionado también. De todas formas siguiendo con la melodía de la respuesta mis amigos, de los que me hice amigo, muchas veces suelen ser de excepción entre otras cosas porque justamente he conocido gente en temporadas de tormentas, sensaciones de trinchera en las que construimos el amor de la amistad también en los a pesar de.

¿Es usted una persona sincera? Soy una persona sincera, sí, soy una persona a la cual le gustan los juegos, a la que le enojan las mentiras, pero que supo y sabe aún disfrutar de ellas. De todas maneras, me gustaría agregar que leyendo las cosas en su debido contexto hay informaciones que se omiten, en la gran mayoría de los casos he sido consciente de ello y eso si lo destaco como un rasgo de sinceridad. Me gusta lo genuino. De hecho, prefiero la palabra genuino que la palabra sincero.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Durante mucho tiempo me costó el tiempo libre. En cierto sentido, hasta sentía que aun en el tiempo libre debía de usarlo en producción de algo, en parte como para poder permitirme producir lo que en otros tiempos de producción no podía producir. Pero hace muchos años ya, por suerte pude descubrir los no tiempos, bastante parecido a los No Lugares, de Marc Augé, algo de esto se nota en mi segundo libro Mientras Tanto. De todas maneras, el tiempo libre, como ocio ha vuelto a ser a lo que me surja. Por supuesto que, de a ratos, tengo en mi cuaderno algunas notas para hacer luego. En mis tiempos liberados me gusta escuchar discos enteros. Desde el inicio al fin. Me gusta caminar. Me gusta caminar hasta pasar por la mesa de un bar que me llame a sentarme ahí. Desde hace algo más de 4 años vivo en Szeged, Hungría y me gusta caminar hasta llegar al río.

¿Qué le da más miedo? Me paralizan las cucarachas. Tuve una suerte de fobia que lentamente la pude ir tratando. De todas maneras, sé que van a aparecer, y antes de que aparezcan es como si un sentido previo mío estuviera todo el tiempo atento a la espera del radar de que puedan llegar aparecer. He llegado a descubrirme haciendo piruetas en el aire, desarrollando una destreza física que de otra manera jamás podría llevar adelante.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La prepotencia previa a la violencia física. La situación de la violencia física me paraliza y a la vez me escandaliza, me pone en jaque y ya no puedo dejar prestar atención en otra cosa hasta que la situación de tensión no se resuelve.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Creo que me hubiera gustado ser escritor. Si bien cada vez escribo más, e incluso vos incorporando la palabra escrita como una dinámica no solo de anotaciones, creación y ficción, hace un tiempo empecé a escribir también para jugar a las fricciones para pensar. Antes solía pensar mucho más en voz alta, con la voz hablada. Desde siempre dije que escribir era mi manera de cantar y hace un tiempo empecé a jugar a esto.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Antes andaba en bicicleta, y debería volver, ahora solo camino, pero camino mucho. Siempre caminé mucho. Me gusta caminar todo lo que puedo. Con lluvia, con sol, me gusta caminar. Camino con auriculares, (cascos), a veces en el cuello o escuchando música. Me gusta, mucho caminar buscando al sol, hasta que se pone.

¿Sabe cocinar? Nací en una casa en la que la comida era educación y cultura, además de alimento. Siempre sentí viendo cocinar en mi casa que el acto de cocinar era un saber que ya estaba en mí, latente, cocinándose a fuego lento. Pasó el tiempo y dejé de posponérmelo Una de las particularidades que tenía esa casa, era que la cocina estaba integrada al ambiente en el que se comía, separada claro por la pileta para lavar los platos, pero arriba del horno y en algunos otros lugares había siempre alguna hoja perdida de una receta que se estaba por hacer. El hecho de que la cocina estuviera abierta, hizo que los primeros textos que comencé a escribir, por fuera de los que escribía en las mesas de los bares en los colectivos o sentado en los umbrales en la calle, siempre lo hice al borde de la cocina alternando entre las eses y las ces, entre coser y cocer. Me gustan las cocinas como espacios, me fascina como cada quien construye y habita su propia cocina. Me gustan los libros de cocina, y acerca de la cocina. Los cuadernos de recetas que demuestran que esa cocina dejó un pedazo de vida ahí dentro. Mientras escribo esto, pienso que quizás primero sentí que podía saber cocinar, pero lo que no sabía era comer. Una vez que aprendí a comer pude darle lugar a la cocina. 

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Sin lugar a dudas, creo que escribiría un artículo sobre Charly García.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Vida.

¿Y la más peligrosa? Vida.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Y, quizás alguna vez… No en términos de asesinato, no de vestirme de tal, aunque quizás alguna vez…

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Me considero una persona política. Me interesa la política. Respecto de desde dónde me posición o me paro, puedo responder y quiero me que interesan las ideologías y los ismos. También me gusta decir que los acercamientos y los alejamientos me interesan mucho. Puedo decir que, durante la adolescencia, mientras miraba o buscaba con cierta fascinación situaciones históricas, tuve la suerte de ser contemporáneo a situaciones y posicionamientos políticos de los cuales me gusta haber sido, y ser contemporáneo.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Me gusta ser lo que soy. Me gustaría hacer música. Puntualmente me gustaría ser de esas personas que se sientan al piano y todo les surge, como si surgiera la música desde el cuerpo, puentenando desde los dedos a las teclas.

¿Cuáles son sus vicios principales? En el afán de intentar no intelectualizar, terminar por sobre intelectualizar de más, al punto de ponerme a mí en jaque, tomando distancia de la academia, por demás.

¿Y sus virtudes? La capacidad de escucha, como primera medida, sumado a la ductilidad plástica y camaleónica, de escuchar varias cosas a la vez.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Pienso que la imagen que me vendría a la cabeza sería una sucesión no tan aleatoria de fotos de personas queridas, como un panel de corcho con fotos superpuestas, entre escenas de mesas de cafés en las que escribí mirándome cruzar las piernas buscando una posición más cómoda, a las veces que las escolleras de las playas de Miramar, en Argentina. Durante mucho tiempo tuve mucho miedo de morir ahogado, a las veces que me llamaba la atención cómo sería, sin embargo, nunca pude pensarme mirando desde adentro de la situación. Mucho tuvo que ver, creo una serie de situaciones de un posible ahogo en ciudades. Lo que más me atemorizaba de ello era la posibilidad de ser tragado por lo que en Argentina llamamos, bocas de tormenta, y ver cómo el agua me tragaba hasta la profundidad de la muerte por humedad. Y creo que antes de morir me vendría a la cabeza y a la boca la sensación de un beso húmedo.

T. M.