miércoles, 17 de julio de 2024

Contra el comunismo, Ismaíl Kadaré


Uno de los últimos acontecimientos en la vida de Ismaíl Kadaré fue el hecho de que Emmanuel Macron le distinguió con el título de la Legión de Honor francesa. El presidente galo, él mismo un gran amante de la literatura, en el discurso en el que se refirió a distintas obras del autor albanés, destacó el hecho de que representó un gran acicate en contra de los regímenes comunistas, en particular el que sufrió en carne propia, el de Albania, y del que huyó en 1990 para acabar instalándose, precisamente, en París. En palabras de Macron, era merecedor de dicho título "por sus obras, su valor para levantarse contra un sistema dictatorial" y, asimismo, por tratarse de "un defensor de la libertad, un gran escritor de la humanidad".

En efecto, el país de la península balcánica tuvo que soportar al dictador comunista Enver Hoxha desde 1944 hasta su muerte, en 1985. De hecho, este político y militar llegó a romper la relación con la Unión Soviética, lo que justamente aparecía reflejado en el último libro Kadaré, "Tres minutos. Sobre el misterio de la llamada de Stalin a Pasternak", en la editorial Alianza, como la mayoría de los escritos que tenemos disponibles en español de este autor que estaba continuamente en las quinielas para recibir el premio Nobel. En la citada obra, el autor evocaba aquel tiempo, de tal modo que "Moscú y Tirana estaban a punto de prenderse fuego la una a la otra, pero cuando se trataba del escritor maldito, compartían la misma opinión y el mismo decreto: la fama, buena o mala, la tenéis aquí, en nuestro mundo. Mejor será que os olvidéis de ese otro mundo. Nada, salvo veneno y duelo, procede de él".

Se estaba refiriendo, con lo del escritor maldito, a Osip Mandelstam, que en la URSS había sido enviado a un gulag y en Albania tenía su obra prohibida, como tantos otros autores que pretendían exponer su voz en libertad. De hecho, esta última obra que mencionamos, "Tres minutos", condensa muy bien algunos de los asuntos que despertaron el mayor interés en Kadaré. Se trataba de un libro donde eran centrales tanto este poeta ruso como su amigo Borís Pasternak, que vio cómo el gobierno ruso prohibió la publicación de "El doctor Zhivago" y le obligó a rechazar el premio Nobel en 1958.

Sintonía con Pasternak

A este Pasternak que fue tan vilipendiado le dedicaba Kadaré un libro que giraba alrededor de lo que pudo ocurrir durante una conversación telefónica entre el tirano y el autor moscovita, en junio de 1934, que generó una variada ola de interpretaciones. Kadaré construía un texto narrativo al presentar a un protagonista, también escritor, un alter ego por lo tanto, que sentía una fuerte ligazón con Pasternak. En parte, ello se debía a que el personaje también en su momento estaba en las quinielas para recibir el premio de la Academia sueca y a que había de lidiar con el órgano censor de Albania. Así, Kadaré hacía un ejercicio literario con respecto a qué pasó en verdad cuando Stalin le preguntó a Pasternak qué pensaba de Mandelstam.

El talento novelesco de Kadaré y su investigación sobre esa legendaria llamada le llevaba a comentar hasta un total de trece versiones de lo que pudo haber sucedido en aquellos tres o cuatro minutos de charla en la que, según varias fuentes, Pasternak contestó de forma elusiva y breve, lo que disgustó a Stalin, llevándole a colgar bruscamente el teléfono. En suma, lo interesante era ver cómo "se habían juntado, pues, los tres. Pasternak, Stalin, Mandelstam. Dos poetas y el tirano en medio"; cómo, por otra parte, Kadaré daba un tratamiento narrativo al comienzo de su texto, al mostrar al protagonista en el trance de hacer una novela sobre Pasternak, muy extensa, que abordaba la campaña contra el escritor ruso, lo que llevaba a un diálogo con un miembro del departamento de censura.

Esto, por supuesto, resultaba muy comprometido, pues "tras cada libro prohibido llegaba el lacerante examen. La pregunta: ¿cómo no percibiste tú, editor, el veneno que destila el autor?, por fría que pareciera, era muy simple. Similar habría de ser la respuesta: fui un ingenuo, un lerdo, a consecuencia de mi superficial comprensión del marxismo-leninismo. Soy culpable. Que el partido me castigue". De esa culpabilidad, de carácter kafkiano, que consigue extender e imponer el comunismo entre su población, da buena cuenta Kadaré desde que publicó su novela "El general del ejército muerto" en 1963, y se hizo conocido a escala internacional. En ella, se contaba la forma en que un oficial del ejército italiano acudía a Albania para recuperar y repatriar los cadáveres de los compatriotas que murieron allí durante la Segunda Guerra Mundial. Al protagonista le acompañaba un sacerdote con grado de coronel, y ambos estaban movilizados “en defensa de la patria” sin saber muy bien por qué habían recibido semejante misión.

Prestigio internacional

Aquella obra era un ataque contra los patrioterismos y los abusos de los políticos, y sobre el drama de toda guerra, con sus deserciones y afán por sobrevivir de la gente más humilde, con su violencia extrema, y muy en especial sobre la historia de Albania, tan sufrida y terrible, de la que ha escribió el narrador: "No existe pueblo que a lo largo de los siglos haya conocido una suerte más triste". De hecho, en otras obras como "El cerco" (1994), el autor natural de Gjirokastra, donde nació el 28 de enero de 1936, recreaba la invasión turca del siglo XV, aunque haciéndolo desde el punto de vista otomano. Las citadas obras fueron valiendo un ascendente prestigio internacional para Kadaré, lo que se tradujo en que sus escritos vieron la luz en más de cuarenta lenguas. Este hijo de unos comerciantes del sur de Albania desde muy pequeño había manifestado una gran pulsión artística, que se vio reflejada en su primer libro de poemas, "Líricas" (1953), cuando aún era un estudiante de educación secundaria.

Más adelante, estudió filología en la Universidad de Tirana y también fue alumno del Instituto Gorki de Moscú, que tanto le inspiró una obra como la novela "El ocaso de los dioses de la estepa" (1978) como, en última instancia, "Tres minutos", con ese trasfondo estalinista. Tras esta etapa, volvió a Tirana en 1960 y, ante la dificultad de llevar adelante sus proyectos literarios en un entorno dictatorial, se hizo ciudadano francés. Desde entonces, su obra narrativa ascendió a unas treinta novelas, varias colecciones de relatos y novelas cortas; entre todo ello, cabe destacar: "El monstruo" (1965), "Los tambores de la lluvia" (1969), "Crónica de la ciudad de piedra" (1970), "El invierno de la gran soledad" (1973), "El palacio de los sueños" (1976), "Abril quebrado" (1978), "El nicho de la vergüenza" (1978), "El año negro" (1985), "El firmán de la ceguera" (1984), "El concierto" (1988), "Spiritus" (1996), "Frías flores de abril" (2000), "Tres cantos fúnebres por Kosovo" (1999)…

"Hace veinte años, en mi país comunista, si alguien le hubiera sugerido a alguien la posibilidad de que, un día, un escritor albanés recibiría un premio en España, para mayor abundamiento entregado por el príncipe heredero, ese alguien habría sido de inmediato calificado de loco, lo habrían encadenado y conducido al manicomio. Y este habría sido el menor de los males. De acuerdo con una segunda versión, ese alguien acabaría en el juzgado y torturado como un peligroso complotador". Estas palabras al recibir el premio Príncipe de Asturias de las Letras, en 2009, captan a la perfección la importancia absoluta de la lucha contra el comunismo en la obra de Kadaré. Aquella vez, hizo además referencia a cierta rivalidad conflictiva, la de la vida y el arte: "El mundo real posee sus propias armas contra el arte en ese enfrentamiento: la censura, las doctrinas, las cárceles", afirmó, convencido de que el arte jamás iba a claudicar ante las políticas más perversas.

Publicado en La Razón, 1-VII-2024

martes, 16 de julio de 2024

Entrevista capotiana a Isabel Álvarez

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Isabel Álvarez.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una bañera llena hasta arriba de agua muy caliente, hasta el punto de casi quemar. O el jardín de mi casa. También podría vivir delante de una chimenea encendida, con los pies bien pegados al fuego. O en una terraza con vistas al mar, escuchando el romper de las olas.

¿Prefiere los animales a la gente? Para nada. Prefiero a la gente, tengo algo de entomóloga del ser humano. Me encanta observar a las personas, sus gestos, sus reacciones. Y siento mucha curiosidad por los sentimientos y emociones ajenos.

¿Es usted cruel? Solo me permito crueldades conmigo mismo, como fumar. Me horroriza causar daño a otro. Quizás sea porque yo misma soy muy sensible y sé lo mal que se pasa cuando te hieren. Y en lo que respecta al daño físico, me despierta una repugnancia visceral. Claro que, cuando me siento herida, me revuelvo, y puedo lanzar palabras hirientes. Pero si veo dolor en el rostro de la otra persona, paro.

¿Tiene muchos amigos? Tengo muchos conocidos, pero amigos de verdad, pocos y escogidos. Soy muy agradecida, no de detalles, pero sí de sentimientos. Si alguien me demuestra su cariño y su lealtad, me gana incondicionalmente. Por eso, si alguna de esas personas a las que me he entregado me falla, lo vivo como una amputación.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Inteligencia, lealtad y amabilidad.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Los que son de verdad, no. Con los amigos de café y cerveza, que son mucho más numerosos, sí que he tenido algunas decepciones. Pero solo se decepciona quien quiere.

¿Es usted una persona sincera? Una amiga me dijo una vez que yo cometía sincericidios. En las relaciones sociales cotidianas, no; ahí soy muy amable y procuro no incomodar, aunque ello signifique tragar con cosas que me molesten. Pero cuando algo o alguien me importan de verdad, puedo cometer sincericidios terribles, que me han costado alguna relación.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Gana la lectura por goleada. Imposible aburrirse leyendo. También me entretengo con películas y series, cada vez más con las segundas en detrimento de las primeras, porque el cine actual está de capa caída en lo que a contar historias se refiere. Se han olvidado de que la base imprescindible de una película ha de ser un buen guion. Y nunca desdeño una buena conversación; si es acompañada de café o cerveza, mejor.

¿Qué le da más miedo? Me dan miedo las malas personas. Y también la muerte. No la mía, sino la de alguno de mis seres queridos. Es algo para lo que no estoy preparada.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Yo me escandalizo poco, por no decir que casi nada. Me escandalizan los actos de crueldad. Y también que haya medio mundo que viva en la riqueza y otro medio que se muera por falta de agua o medicinas.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Lo que he hecho, aunque haya empezado tarde: dedicarme a la investigación histórica. Y, si no hubiera tenido anclajes familiares, también me hubiera tirado ser médico o enfermera en algún lugar del tercer mundo. Claro que esto lo digo sentada frente a mi ordenador. Lo mismo, de haberlo hecho, me hubiera resultado insoportable contemplar a diario tanto dolor y tanta miseria, y me hubiera vuelto a casa.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Me gusta mucho andar, hacer rutas de senderismo. Y también montar en bicicleta. Lo que no soporto es correr, no veo la necesidad.

¿Sabe cocinar? La cocina tiene una parte creativa que me encanta, pero implica mucho trabajo. Si estoy sola en casa, me da pereza esforzarme tanto para mí sola y resuelvo con un sándwich o un poco de fruta.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Me iría por alguien que haya inventado algo que mejore el día a día de las personas, como la lavadora, o el lavavajillas. Lo malo de los personajes inolvidables es que suelen terminar cayendo en el olvido.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Pues la palabra esperanza en sí. Aunque la esperanza es un arma de doble filo. En base a ella, se mantienen situaciones que van más allá de lo soportable, se elaboran mil engaños y excusas para no ver la realidad, o se ignora el presente, anhelando un futuro que nunca llega. La esperanza tiene muy buena prensa, pero no sé si merecida.

¿Y la más peligrosa? Cualquiera que sirva para representar o justificar el odio. Yo tengo un saco hecho con las emociones negativas: la culpa, el remordimiento, el miedo, el odio; y le tengo hecho un nudo muy fuerte para evitar que escapen y mantenerlas a raya. En cuanto detecto otra, va también para el saco.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? ¿Y quién no? Alguna vez incluso he fantaseado con cómo lo llevaría a cabo, pero sin perder de vista que son eso: fantasías que buscan un desahogo momentáneo. Lo único que puedes hacer, cuando detectas alguien tóxico en tu vida, es alejarte de esa persona.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Como buen espíritu independiente, no me siento identificada con ningún partido político. No me gustan los planteamientos monolíticos. Y tengo claro que hay una línea roja, que es el respeto.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Me gusta ser persona, no me cambio.

¿Cuáles son sus vicios principales? Como la sinceridad bien practicada comienza por uno mismo, diré que conozco mis defectos, pero no cometeré la imprudencia de proclamarlos públicamente

¿Y sus virtudes? Me resultaría un acto de vanidad gratuita el desgranar mis virtudes. Habría que preguntárselas a los que me soportan en el día a día.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Imagino que la angustia que se debe sentir en esos momentos no me dejaría pensar. Y, en el último microsegundo, supongo que pensaría: adiós, se acabó.

T. M.

lunes, 15 de julio de 2024

Unas memorias oníricas

En el año 2010 moría una de las últimas figuras de la generación beat, Peter Orlovsky, víctima de un cáncer; en realidad víctima de una vida de excesos con las drogas y el alcohol. Vida de poeta maldito, de demente forjado en aquel grupo que formaron Jack Kerouac, William Burroughs, Lawrence Ferlinghetti y Allen Ginsberg, su pareja durante más de tres décadas, hasta que este murió en 1997. Autores que tendían a lo surrealista, a la imaginación estilística más atrevida, a la desinhibición que marcó a tantos jóvenes sedientos de libertad sexual, experimentación con sustancias prohibidas e ideología naturalista y orientalista. «Generación de despiertos, de ávidos, de inconformistas, de inquietos, de alucinados, de cachondos, de trashumantes, de desubicados», escribió sobre aquellos escritores, en el prólogo a una antología de Ferlinghetti, «Manifiesto populista y otros poemas» (2005), Jesús Aguado.

La obra de Orlovsky es breve, dispersa. Su mayor creación fue una vida de emociones fuertes; su máximo logro, su propia presencia junto a los grandes beat, de ahí que muriera más conocido como «pareja de», o como imagen de un mundo libertino, ilimitado, fresco y audaz que retrató Andy Warhol, en un documental de 1965, precisamente con Orlovsky como uno de los personajes principales. La estrella en aquel contexto era el que escribió «un coche rápido, una larga carretera y una mujer al final del camino»: Jack Kerouac (1922-1969). Su obra «On the Road», creaba a inicios de los años cincuenta y publicada en 1957 después de muchos rechazos editoriales, impactó a los jóvenes norteamericanos de aquella época, fascinados por la mirada libre e innovadora del escritor, tanto ante la vida como ante la literatura.

Todo aquel fenómeno beat buscaba cambiar la conservadora y militarizada sociedad estadounidense por un lugar donde la paz, la espiritualidad oriental (sobre todo el budismo zen) y la libertad sexual fueran premisas fundamentales para la convivencia. Si a esta postura se le añade un planteamiento artístico libre de prejuicios y reservas, tenemos entonces como resultado una técnica explicada por el mismo autor de la siguiente forma: «Nada de intervalos que rompan las estructuras de la frase ya arbitrariamente entrecortada mediante falsos puntos y tímidas comas, en la mayoría de los casos inútiles, sino vigorosos guiones que aíslan los momentos respiratorios (como los músicos de jazz que recuperan el aliento entre dos largas frases), las pausas medidas que articulan la estructura de nuestro discurso».

Algo de este tipo de «escritura espontánea» o «kickwriting» que se planteó Kerouac para la redacción de «En la carretera», también está en otro texto reciente de Ferlinghetti (que en realidad nunca se consideró un puro beat), original de 2019, sus memorias «El chico» (traducción de José C. Vales), con un discurso narrativo que elude la puntuación y parece surgir poéticamente allá donde abrimos el libro: «Que lluevan blasfemias que lluevan tragedias y cataclismos sobre nuestras cabezas que no somos tan fáciles de abatir porque incluso ante la muerte los payasos se ríen en nuestros teatros del absurdo en los que un mierda puede convertirse en un puto atractivo o una puta encantadora y quién te va a decir que estás equivocado…». Un torrente textual, así pues, de ahí que el autor subtitule el libro con «Memorias oníricas» de todo lo que fue, hasta su muerte en 2021: editor, poeta, periodista, pintor y librero. Pero, antes que todo eso, dice en el prólogo Jordi Carrión que Ferlinghetti «fue sobre todo lector […]. Todo el volumen es la reescritura de múltiples reescrituras. Porque eso es la vida», de ahí que diga que «no estamos ante un libro de memorias, sino ante un manifiesto literario: la vida son los versos, las líneas, los poemas y las ficciones, los libros que hemos leído».

Ferlinghetti nació en Nueva York, en 1919: «Así llegué a este mundo con la mirada atónita de un búho despierto para contar mis cosas», dice al comienzo, y hay otra referencia a los pájaros al concluir el libro, y el hecho de que echara de menos el río Hudson, en su infancia, marcada por la orfandad. Su padre murió antes de que naciera Lawrence, y su madre sufría una enfermedad mental que la llevó a un hospital psiquiátrico cuando el pequeño no había cumplido los dos años.

En todo caso, al autor, pese a que se licenció en la Universidad de Columbia en 1948 estudió literatura inglesa e hizo una tesis sobre el crítico de arte John Ruskin y el pintor J.M.W. Turner tras participar en la Segunda Guerra Mundial (también se graduó en la Sorbona de París), para siempre lo asociaremos a la ciudad de San Francisco, donde en 1952 fundó la librería y editorial City Lights, en la que él mismo difundió sus obras y las de los poetas beat. «Un Coney Island de la mente», «A partir de San Francisco», «¿Tyrannus Nix?», «Paisajes de la vida y la muerte», son algunos de los poemarios que dejó, aparte de la novela «Ella» y varias obras teatrales. En «El chico» rememora su vida neoyorquina, el desembarco de Normandía en un submarino o su vida bohemia de noches parisinas, y lanza reflexiones, en la última parte, desde su lado ecologista y político, sobre lo que le depara a la raza humana.

De todos modos, las verdaderas memorias de este poeta siempre será su establecimiento (vivió en el piso de arriba), ubicado en el barrio de North Beach, City Lights, en Columbus Avenue, hasta tal punto que fue designado lugar histórico en 2001. Y es que Ferlinghetti fue pura historia de la literatura norteamericana, como ocurrió en 1956 con la polémica publicación del poema más famoso de Ginsberg, «Aullido», que provocó el arresto del editor, acusado de imprimir «escritos indecentes» de forma «voluntaria y lasciva».

Prueba de lo trascendente que fue este episodio de la vida social literaria de la época es que el juicio fue llevado al cine por medio de la película «Howl» (2010), en la cual Andrew Rogers encarnó a Ferlinghetti y James Franco a Ginsberg. Él mismo, dos años más tarde, con su poemario «A Coney Island of the Mind», encendió la indignación de un congresista de Nueva York, Steven B. Derounian, que definió el texto de blasfemo al entender que se burlaba de la crucifixión de Cristo.

Y en la recta final de su centenaria vida, en 2019 vio la luz su libro «Little Boy», que había estado escribiendo durante las dos últimas décadas y que definió como lo más parecido a unas memorias que nunca iba a hacer, si bien, claro está, no se trataba de un libro al uso, pues se acercaba más a una narrativa experimental que tenía, como protagonista, «un yo imaginario». De alguna manera, finalmente, también «El chico» tiene como personaje central esa voz surgida de la memoria literaria, de la creatividad lingüística, pues el estilo es el verdadero núcleo del libro, más allá de las referencias reales, concretas, a su trayectoria: «No me des nada que tengo suficiente de todo y voy buscando mi propia felicidad y no me molestes en esa feliz búsqueda y hay otros tipos de puertas más pequeñas y puertas más pequeñas o puertas batientes en vez de puertas de oro y las bisagras pueden cambiarse de todos modos para que giren en ambos sentidos o para que no giren en absoluto…».

Publicado en La Razón, 29-VI-2024

domingo, 14 de julio de 2024

Entrevista capotiana a Luis Salvago

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Luis Salvago.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Como es un lugar ideal, sería con árboles, verde, frente al mar. Siempre con horizontes.

¿Prefiere los animales a la gente? Me gustan mucho los animales. Nunca detestaría tanto a un animal como se puede detestar a la gente. Aunque no son buenos términos de comparación.

¿Es usted cruel? Diría que no. Pero he visto la guerra, y he descubierto que nadie se conoce lo suficiente. No sabemos hasta dónde somos capaces de llegar.

¿Tiene muchos amigos? No, un puñado. Un feliz puñado. Los que permanecen a pesar del tiempo.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Creo que una personalidad con matices, inteligencia, conversación, alegría por vivir.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No. Pero ha sucedido. Y me hace reflexionar.

¿Es usted una persona sincera?  Creo que sí, a lo mejor porque busco lo mismo en las personas que me rodean. No me gusta la doblez.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Cualquier cosa relacionada con la literatura y la naturaleza. Me gusta el cine antiguo, y los documentales. Vería documentales sin fin.

¿Qué le da más miedo? Morir después de la gente a quien amo.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? He estudiado Historia, y he comprobado que no hay nada nuevo bajo el sol. Me escandaliza que las sociedades no aprendan de la Historia.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Siempre quise ser como Félix Rodríguez de la Fuente.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Ando. Ando mucho. Y voy al gimnasio a aburrirme. A veces lo considero una pérdida de tiempo, aunque siempre salgo satisfecho.

¿Sabe cocinar? Sí. Me encanta. Por supuesto, también me encanta comer. Supongo que lo uno lleva a lo otro.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Creo que Félix Rodríguez de la Fuente. Cuando murió lo sentí terriblemente.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Mamá. Incluso en chino mandarín se pronuncia igual que en español.

¿Y la más peligrosa? Diría que “envidia”.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Por supuesto. Muchas veces. Eso no me convierte en asesino, sino en humano. No me avergüenzo.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? En ese jardín me meteré lo justo. Mis valores tienen que ver con el apego a la vida propia y ajena, con el respeto a las tradiciones de los pueblos, la cultura, la afinidad a una tierra, el orden en la sociedad.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Me parece que me conformaría con ser yo mismo. Aguantarme. No me queda otra.

¿Cuáles son sus vicios principales? Siempre me arrimo a quien disfruta de la vida. La cultura me vicia en todas sus manifestaciones. Estamos de paso.

¿Y sus virtudes? Tengo alguna, por ejemplo, me fuerzo a ser sincero. Odio la mentira. Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Creo que los rostros de aquellos a quien amo.

T. M.

sábado, 13 de julio de 2024

James Salter: volando sobre la escritura

Hay escritores que será muy improbable encontrar en manuales de la historia de la literatura pero que despiertan hoy una admiración incondicional, por parte no solamente de lectores de a pie sino de los más exigentes colegas de oficio. Y sin embargo, esos autores siguen ocultos hasta que el boca-oreja y la iniciativa de una editorial logran que de repente se vuelvan visibles, estén, sean. Fue el caso de James Salter (Nueva York, 1925-Sag Harbor, 2015). Más si cabe porque en su haber tuvo sólo siete libros, a lo largo de una andadura dedicada también a escribir guiones para el cine y cuentos, después de formarse en Ingeniería e ingresar en 1945 en las Fuerzas Aéreas.

El contraste resulta considerable: un hombre de acción –carrera militar en West Point y piloto de aviones; destinado en Filipinas y Japón, y ya como teniente, en Hawái; combatiente en la guerra de Corea; comandante en Alemania y Francia…– y luego, una vez retirado del ejército, un hombre pausado frente a la mesa de trabajo, escribiendo con contención “Pilotos de caza” (1956). Tal vez para digerir todo lo que había visto y sentido y trasladarlo con la intensidad y sobriedad que se han vuelto tan características de su prosa. De ser un autor minoritario, Salter pasó a recibir parabienes entre la crítica especializada, proyectándose su fama hacia la comercialización: tras “Todo lo que hay”, recibió un premio dotado con 150.000 dólares.

Pero todos los reconocimientos llegaban tarde. Le daban igual, decía en las entrevistas (recibió, entre otros, el PEN/Faulkner en 1989, el Rea en 2010, el Hadada en 2011, el PEN/Malamud en 2012 y el Windham Campbell en 2013). Publicó su primera obra, “Los cazadores”, en 1956, un año antes de abandonar el ejército, pero en primera instancia le rechazaron su novela “Juego y distracción”, que acabaría publicando en 1967; había escrito sin mayor repercusión “Años luz” (1975) y “En solitario” (1979). Sólo en el siglo XXI estas obras, más “La última noche” (2005) y la autobiografía “Quemar los días” (1997), resucitarán –todo está al alcance en español gracias a la editorial Salamandra– para colocarle entre los elegidos. Por eso, resulta tan relevante la última novedad del escritor, la recopilación de textos “En otros lugares. Reportajes literarios y crónicas de viajes” (traducción de Aurora Echevarría Pérez).

Admiración desde España

El propio autor estadounidense, que cultivó este género viajero a lo largo de toda su vida, recogió al respecto sus piezas más significativas para este libro que nos lleva a seguirlo por los cementerios de París, los castillos del Loira, las pistas de esquí de los Alpes, Japón, Colorado o los estudios de Hollywood. De alguna manera, es la guinda a una acogida en el ámbito literario tardía pero de contundente e inapelable éxito, tanto de crítica como de público, en los últimos lustros, tanto en Estados Unidos como en Europa; en especial, en España, donde fue obteniendo una reputación entre diferentes generaciones que lo auparon, si bien no a una de esas famas rutilantes donde entra el arte hiperbólico de la mercadotecnia editorial, a eso que se da en llamar autor de culto. Sobre todo entre sus colegas: desde Antonio Muñoz Molina –que destacó su pequeño cuento “La última noche”, que según él corta el aliento; también afirmó haberse pasado toda una noche leyendo su cuarta novela, “Años luz”– al escritor ovetense Ignacio del Valle, impulsor de una plataforma que organizó la candidatura de Salter para el premio Príncipe de Asturias de las Letras 2015.

Muñoz Molina, ganador del premio asturiano en el año 2013, se hubiese congratulado sin duda al ver a Salter recibiendo otro homenaje, que se hubiera añadido al recientemente creado Premio Windham Campbell, dotado con 150.000 dólares, por “Todo lo que hay”. Era la primera novela de Salter en treinta y cinco años tras consagrarse a la narrativa corta. Tal novedad sería la eclosión de un artista que hasta finales de los ochenta no tendría los parabienes que su obra merecía; una creación intensa, donde el trasfondo erótico, y los silencios y las intuiciones, son clave para penetrar en los personajes. Salter es un caso palmario de que no es necesario firmar ni muchos libros ni novelas aparentemente ambiciosas desde el punto de vista estructural o temático. Su trayectoria se asienta, fundamentalmente, en siete libros sobrios y sencillos, al margen de otras incursiones en el campo de la poesía, en la ya referida autobiografía y en lo que le dio de comer: los guiones de cine.

“En otros lugares” da comienzo con una introducción en que Salter rememora el momento en que, tras la Segunda Guerra Mundial, tuvo que desplazarse como soldado a Manila y luego Hawái, lo que al final acabó determinando su curiosidad a la hora de conocer otros sitios remotos, muy en especial cuando al poco tiempo viajó a Europa y eso, en sus palabras, le abrió las puertas al mundo. “¡Estar en otro país! ¡Caer bajo el hechizo de un nombre! ¡Buenos Aires, Tahití, Pago Pago! Tal vez Pago Pago no, pues resultó ser una sola calle de tiendas tristes y un híbrido de comisaría y tienda de bebidas alcohólicas”, dice en esas páginas introductorias. En ellas, se asoma lo que da en llamar “un mundo aparte”, esto es, es el tren a Escocia que cruza raudo In-glaterra y del que se hace un observador meticuloso: “Gaviotas sobre los campos verdes. Hombres pescando en los canales. Ciento sesenta kilómetros por hora, el acero chirriando, el firme de las vías liso como el cristal, senderos que se suceden a toda velocidad. La Inglaterra azul en el crepúsculo invernal. Muros bajos de piedra ennegrecida”.

Aprender a viajar solo

Asimismo, el hecho de viajar a países que tenía inscritos en una pitillera de plata en sus tiempos de soldado: Melbourne, Sídney, Kwajalein, Guadalcanal, Nueva Caledonia, Guam… –“Una lista que me impresionaba, aunque estaba lejos de ser especial, pues todo el mundo había estado en todas partes”–, lo lleva a reflexionar sobre lo que significa moverse entre fronteras y descubrir nuevas realidades y culturas. “Viajar a menudo implica estar solo, y unas veces es agradable y otras no. Si eres capaz de superar la angustia que de tanto en tanto te invade, puede que tengas la oportunidad de ver algunas cosas interesantes, quizá las mismas que llevan a ver a los turistas en autocares, pero purificadas, por así decir, por la soledad. En cualquier caso, no te quedes en la habitación del hotel. Ése es el único lugar donde eres vulnerable”.

En el libro, vemos a Salter pisar y describir lugares tan atractivos para el turista norteamericano como París, que le recuerda el de Henry Miller, el glamuroso y bohemio a la vez, “en el que uno se despierta magullado después de noches apoteósicas, noches imborrables, con los bolsillos vacíos, los últimos billetes en el suelo, tan arrugados como tus recuerdos”. Salter, entre lírico y mundano, presenta una Roma “de una decrepitud sin parangón: colores desvaídos, fuentes, árboles en las azoteas, chicos guapos y duros, basura”. Cuenta que vivió un otoño y un invierno sobre el cementerio de Montparnasse, que muchas mañanas amanecía envuelto en niebla, y detalla los escritores famosos que están enterrados en el de Venecia o en la abadía de Westminster, fascinado por los epitafios. Francia tiene un peso preponderante: la literaria y callejera, pero también la de los monarcas, más la que tanto le gusta: la provinciana, la de la campiña, donde buscó una casa en la que vivir. Basilea, el Tirol, una escalada en Chamonix, Tokio, Tréveris, los Downs del Sur, Paumanok son otros de los rincones geográficos que se irán conociendo gracias a este libro que era inédito hasta el día de hoy.

Con un fragmento, por ejemplo, como este: “Más allá de las rocas se extiende un mar profundo y lechoso. Las olas rompen en el arrecife. Una joven desnuda de cintura para arriba se está metiendo en el mar; es esbelta y morena, y el agua hace brillar su desnudez”, cobran sentido opiniones sobre su obra y su estilo como estas: “Maestro en el arte de lo preciso y lo accidental”, “un estilo único y poderoso, meridianamente claro, que huye de la grandilocuencia (...) encaminado a comprender la vida, la condición humana”, escribió Del Valle de un Salter que ya tiene los mejores premios: el de gozar de lectores por doquier y el de la posteridad.

Erotismo, silencios e intuiciones

Hace un año se reunieron los dos libros de cuentos de Salter en “Cuentos completos” (editorial Salamandra; traducción de Enrique de Hériz, Luis Murillo Fort y Aurora Echevarría), en que es palpable cómo el trasfondo erótico, y los silencios y las intuiciones, son clave para penetrar en sus personajes. Se trataba de “Anochecer” (1988), y “La última noche” (2005), más otro cuento titulado “Carisma”, precedidas de un prólogo de John Banville. Este hablaba de la carrera militar de Salter en la Fuerza Aérea y su trabajo como guionista cinematográfico, para acabar apuntando que es “un magistral cronista de la vida cotidiana”. La sobriedad del estilo de Salter, un poco a lo Raymond Carver, hace que sus historias tengan finales abiertos. Son situaciones entre amigos (“Am Strande von Tanger”) en Barcelona, por ejemplo –se pinta aquí una España gris y machista– o estampas humanas en las que suelen tener un peso especial los perros. Hay grandes piezas como «Veinte minutos», en torno a un accidente que sufre una mujer con su caballo y su agónico final, y en general los textos descansan en diálogos en apariencia intrascendentes que van perfilando la psicología de unas entidades de ficción que exhalan desconfianza hacia el otro.

Publicado en La Razón, 24-VI-2024

viernes, 12 de julio de 2024

Entrevista capotiana a Carolina Esses

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Carolina Esses.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Si no voy a salir: Buenos Aires, donde está la gente que más quiero.

¿Prefiere los animales a la gente? Depende la persona; mi perra Catu supera a varias personas que conozco.

¿Es usted cruel? Puedo serlo y disfrazarlo de dulzura, es terrible.

¿Tiene muchos amigos? Bastantes, sí.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? La sensibilidad.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? A veces sí, pongo mucha expectativa.

¿Es usted una persona sincera? Sí.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? En casa con mis hijos, mi perra, mi marido.

¿Qué le da más miedo? No soy original: envejecer.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La falta de humor, la solemnidad; cuando alguien no puede ponerse en los zapatos del otro, haya hecho lo que sea que hizo el otro.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Me hubiese gustado ser una cantante de rock, vestirme con minifalda de cuero, el pelo revuelto, una vida de excesos. Pero si no es creativo no lo sé, ¿arquitecta?

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Voy al gimnasio.

¿Sabe cocinar? Sí y muy bien. Pero me cansa.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Mery Levov, la hija del Sueco Levov un personaje de la novela Pastoral Americana de Philip Roth. Mery es militante contra la guerra de Vietnam, pone una bomba, la vida de la familia se derrumba.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Prójimo.

¿Y la más peligrosa? Yo.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Socialismo.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Una piedra en alguna montaña a merced del viento y del frío pero capaz de resistirlos.

¿Cuáles son sus vicios principales? Comer sin duda.

¿Y sus virtudes? El entusiasmo.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Escenas cotidianas con mis hijos: la caminata al colegio, arroparlos en la cama, las miradas de cada uno.

T. M.

jueves, 11 de julio de 2024

Una biografía de Juan Benet

En una entrevista del programa televisivo francés «Apostrophes», Bernard Pivot escuchaba las respuestas que Vladimir Nabokov había preparado previamente y que leía ante un atril tras un montón de libros. En un momento dado, confesaba que no le gustaba su literatura de William Faulkner de la misma forma que no le satisfacía el regionalismo literario en general. Pero, aun manteniendo el carácter localista, ¿Nabokov hubiera aceptado la prosa de William Faulkner de contemplar esta, menos el supuesto paisaje alrededor de los personajes y más el trasfondo de una gran ciudad? Bajo dicho parámetro emocional, ¿existe alguna diferencia de peso entre la sociedad pueblerina, regional o provinciana y la urbana? Según Galdós, no, a tenor de lo que dijo en su discurso de entrada en la RAE al defender una novela urbana y «mesocrática» (o sea, la suya): «En realidad, todos somos regionalistas (…) porque todos trabajamos en algún rincón, digámoslo así, más o menos espacioso de la tierra española». Y añadía, más adelante: «Paréceme a mí que la metrópoli es región y de las más características».

Se diría que las fronteras entre la manera de abordar la propia tierra de nacimiento, de viajar literariamente hablando sin salir de los límites geopolíticos, tiene dos formas. Por un lado, la tradición europea de insistir en varias ciudades (Balzac-París, Dickens-Londres, Joyce-Dublín). Por otro, la americana, de espacios abiertos y raíz criollista y étnica, de norte a sur del continente, desde las novelas de Carson McCullers y los cuentos de Flannery O’Connor, que recrean los Estados sureños de trasfondo cristiano y racista de Norteamérica, al brasileño João Guimarães Rosa y su «Gran Sertón: Veredas». Julio Cortázar fue acusado, como explicaba en un artículo José María Guelbenzu, de «inventarse una Argentina y un Buenos Aires ficticios, de vivir fuera, en París, y escribir de adentro, inventando una realidad argentina que poco tenía que ver con la real».

Así pues, ¿qué resulta más fidedigna, la visión de la ciudad porteña de Cortázar o las tragedias que asolan Yoknapatawpha, la región inventada de un Sur real, el condado de Faulkner? Este afirmó haber diseñado el mapa de una zona de la que se decía único dueño, pues no en vano la apropiación ficticia de un área es común a algunos de los escritores que decidieron estrenar un lugar de convivencia, aun pretendiendo copiar al natural lo que ocurría enfrente. De ello encontramos enseguida casos destacados en las letras españolas, con un alto grado de sofisticación en contraste con aquellas ciudades realistas decimonónicas de empeño simbólico y naturalista, la Orbajosa de «Doña Perfecta» y la Vetusta de «La Regenta», levantadas por Galdós y Clarín: el faulkneriano Juan Benet incorporó mapas en sus libros para la región que llamó, simplemente, Región, en ningún caso, «un espacio físico y humano en el que puedan reconocerse los personajes en tránsito, sino un lugar del espíritu dominado por un dios maligno que todo lo reduce a escombros», según Félix de Azúa en el prólogo a «Nunca llegarás a nada», la colección de cuentos con que Benet se dio a conocer en 1961 y a su simbólica tierra narrativa, la cual llegaría a su clímax seis años después con «Volverás a Región», trasunto de la España de la época y alegoría de una sociedad agotada.

Justamente, es Faulkner el escritor clásico más citado en «El plural es una lata. Biografía de Juan Benet», de J. Benito Fernández, que tan notables libros ha dado de Leopoldo María Panero, Rafael Sánchez Ferlosio y Eduardo Haro Ibars. Junto al autor norteamericano aparece destacadamente Javier Marías, que en 1970 escribió su primera novela, «Los dominios del lobo», en una época en la que conocería a quien sería alguien fundamental para su vida personal y literaria: un Benet de cuya muerte ya han pasado más de treinta años (nació en Madrid, en 1927, y falleció en la misma ciudad en 1993) y que entró pronto en el canon literario contemporáneo español.

Su prestigio está fuera de toda duda, pero, ¿su literatura sigue vigente en el sentido de seguir leyéndose sus libros? Primero, contextualicemos su aparición en las letras hispanas, con autores precedentes de gran éxito, como Cela, Matute, Ignacio Aldecoa, Delibes, Fernández Santos, Martín Gaite, García Hortelano, Luis y Juan Goytisolo… hasta la eclosión de un texto que rompe con todo, «Tiempo de silencio» (1962), de Luis Martín Santos, al lado de la explosión del boom hispanoamericano al otorgarse el premio Biblioteca Breve a Vargas Llosa por «La ciudad y los perros».Nuevos recursos técnicos –narrador subjetivo, uso de las tres personas, monólogo interior, lenguaje barroco– cristalizarán en la novela experimental «Volverás a Región» (1967), y la trascendencia del autor tendrá continuidad y éxito comercial al ser finalista del Planeta en 1980 con «El aire de un crimen». Esta obra también discurre en Región, y cuenta la fuga de dos reclutas y la aparición en un pueblo del cadáver de un desconocido que más tarde cabe conservar e incluir hacer servir de trueque.

El Faulkner de «Mientras agonizo» y otras narraciones con trasfondo violento era ostensibles por enésima vez en Benet, ingeniero de formación y autor de obras de lectura compleja: «Una meditación» (1969, premio Biblioteca Breve); «Herrumbrosas lanzas», en referencia al poema de Miguel Hernández (1983, 1985, 1986, con la Guerra Civil española como centro; su cuarto volumen quedó inconcluso); y «Saúl ante Samuel» (1980). Benito Fernández sigue los pasos de su biografiado, del que dice que como escritor estaba lejos de recibir unanimidad a la hora de valorar sus páginas: «Para unos no sabía contar, era un novelista insoportable, para otros tenía todo lo que se le exige a un autor: enorme originalidad, una novelística personalísima. Desconcertaba a los lectores de la censura. Un controvertido personaje, sin duda».

Tal cosa es así, prosigue el biógrafo, porque a Benet se le tachó de «huraño, insolente, distante, agresivo, asocial, corrosivo, discutidor, erizante, cascarrabias», algo esto último de lo que se jactaba él mismo. Al parecer, estamos ante un hombre que estuvo afectado de «prontos malhumorados y eutraplias más o menos histriónicas (…) fueron sonados algunos de sus excesos e intemperancias». En todo caso, conocemos aquí al pequeño Juan, tercero de una familia de cuatro hermanos e hijo de un abogado que fue detenido en la zona republicana al comienzo de la Guerra Civil y fusilado al poco tiempo sin que constara contra él cargo alguno.

«El plural es una lata» es así un recorrido por su vida hasta su último artículo, en el que se burlaba sin piedad de Juan Goytisolo. Vemos cómo su primera obra fue rechazada por varios editores y al final lo publicó por su propia cuenta, a la que siguió cuatro años después «La inspiración y el estilo», donde se manifestó en contra de la literatura social entonces imperante y señaló cómo tras el Siglo de Oro se abandonó la ambición de escribir con gran estilo. Una aspiración que él vino a cubrir con unos libros que, precisamente por eso y la decadencia de la figura del lector, acostumbrado a textos simples y a una vida delante de una pantalla, son tan clásicos como carentes de lecturas hoy en día.

Publicado en La Razón, 15-VI-2024