miércoles, 26 de agosto de 2026

Reseña de "Mandar y obedecer" en "Zenda"


Con el título de "Un libro, un aliado frente a los contratiempos", José de María Romero Barea ha publicado una reseña en la revista digital Zenda de mi libro Mandar y obedecer. Historia del poder desde la resistencia, el lenguaje, el ego y la fe

martes, 25 de agosto de 2026

Entrevista capotiana a Unai Arroita

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Unai Arroita.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Japón, sin dudarlo, y si puedo concretar, Osaka. Allí están las dos cosas que necesito: la calma japonesa y, al mismo tiempo, el desparpajo y la alegría de la gente de esa zona. Dicen que Osaka es un poco la España de Japón, y creo que por eso me sentiría en casa sin dejar de estar lejos.

¿Prefiere los animales a la gente? Soy muy de animales, aunque tampoco creo que sería capaz de pasarme la vida rodeado solo de ellos. Es difícil elegir: cada uno tiene su lado bueno y su lado malo. Lo que pasa es que un animal nunca te falla.

¿Es usted cruel? Supongo que habrá quien diga que sí y quien diga que no, que para eso están los demás: uno no es el más indicado para juzgarse en eso. Pero yo creo que no lo soy. Sí puedo ser duro cuando algo me parece injusto, y a veces demasiado directo, aunque eso no lo confundiría con la crueldad. La crueldad es disfrutar del daño, y eso no lo he sentido nunca.

¿Tiene muchos amigos? Depende de lo que entendamos por amigo, y para mí es una palabra bastante concreta. Conocidos tengo muchos, y gente cercana también. Amigos, en el sentido que yo le doy a la palabra, no tantos. Tampoco creo que hagan falta muchos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? No sabría hacer una lista. Lo que sí busco es gente a la que pueda llamar cuando necesito algo, sin pensármelo dos veces. Y sobre todo esa naturalidad de pasar mucho tiempo sin hablaros y, cuando volvéis a veros, seguir donde lo dejasteis, como si no hubiera pasado el tiempo. Para mí eso vale más que cualquier cualidad concreta.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Yo diría que no. La decepción suele venir de unas expectativas que no se cumplen, y con los amigos de verdad eso ya está resuelto: ellos saben lo que pueden esperar de mí y yo sé lo que puedo esperar de ellos, sin necesidad de decirlo en voz alta. Cuando la relación está en ese punto, es difícil que alguien te decepcione, porque nadie está fingiendo ser otra cosa. Y si alguna vez fallan, tampoco lo viviría como una decepción — bastante tiene cada uno con lo suyo.

¿Es usted una persona sincera? A veces creo que demasiado, y un poco bocazas. Digo las cosas sin pensar, convencido de que son normales o de que no tienen importancia, y luego resulta que han molestado a alguien. Así que más que pecar de mentiroso, peco por exceso de sinceridad. Con el tiempo he aprendido a frenarme un poco, aunque no siempre lo consigo.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Mi problema es que no soy capaz de tener tiempo libre. Me paso el año quejándome de que no tengo un minuto y, en cuanto aparece medio, lo relleno con algo. No sé estarme quieto: siempre tengo que estar organizando, montando o creando alguna cosa, y si no la tengo, me la busco. Escribir entra ahí, claro. Probablemente sea mi mayor virtud y mi mayor problema a la vez.

¿Qué le da más miedo? No sé si llamarlo miedo exactamente, pero lo que más me inquieta es no terminar satisfecho con lo que he vivido. Llegar a ese último momento y darme cuenta de que me quedaron cosas por hacer, ya sea porque elegí no hacerlas o porque nunca encontré el momento. Creo que por eso me cuesta tanto estarme quieto.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?

Que se tomen decisiones y se cierren acuerdos ahí arriba y los que acaban pagándolo seamos siempre los de abajo, sin haber tenido ni voz ni voto. Si yo hago algo mal y tengo que afrontar las consecuencias, me parece justo y no protesto. Lo que no soporto es tener que cargar con lo que no es culpa mía y encima no poder hacer nada al respecto. Supongo que por eso acabé escribiendo un libro que va precisamente de eso.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Es que yo no soy escritor, siempre lo digo. Esto es algo que ha salido, no una decisión de vida. Tengo mi trabajo y me gano la vida gracias al deporte, que es lo que creo que se me ha dado bien, y ahora estoy en otra faceta del deporte que también se me da bien, aunque no soy yo quien tiene que decirlo. Así que no habría hecho nada distinto: estaría exactamente donde estoy.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? He sido deportista de taekwondo durante muchísimos años. Al pasar a entrenador y seleccionador tuve que dejar de competir, pero soy un culo inquieto y no aguanté mucho parado. Llevo ya un tiempo haciendo carreras de trail, y nadie me quita mis 40-50 kilómetros semanales corriendo por la montaña.

¿Sabe cocinar? Hago mis cositas. No soy un cocinero de estrella Michelin ni pretendo serlo, pero me defiendo bien con lo de siempre y disfruto cuando me pongo, sobre todo si hay gente a la que dar de comer. Lo que pasa es que soy mucho mejor comedor que cocinero, y eso no hay entrenamiento que lo arregle.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? No tendría ninguna duda: Eiichiro Oda, el autor de One Piece. Lleva casi treinta años en lo más alto de las ventas en Japón, con millones de copias en todo el mundo, y pasan los años y sigue ahí arriba. Pero lo que de verdad me fascina es el mundo que ha construido: un detalle del capítulo cinco que resulta ser importantísimo en el capítulo ochocientos, la historia que hay detrás de cada personaje, relaciones ocultas que aparecen cientos de capítulos después. Eso no lo hace un buen escritor. Eso lo hace una mente maestra.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? En euskera tenemos maiteminduta, que significa enamorado. Lo bonito es la traducción literal: maite es querer y mindu es doler o dolido, así que enamorado vendría a ser algo así como "herido de amor". Me parece una palabra muy esperanzadora precisamente por eso, porque junta las dos caras: lo bonito que todos asociamos a enamorarse y ese punto de dolor que también lleva dentro. Es una metáfora preciosa y, al mismo tiempo, la definición más realista que conozco de lo que es estar enamorado.

¿Y la más peligrosa? "Siempre". Es la palabra con la que se justifica casi todo: las cosas son así porque siempre han sido así, se hace así porque siempre se ha hecho así. En cuanto alguien la usa, deja de haber discusión posible, y normalmente detrás de ese "siempre" hay alguien a quien le viene muy bien que nadie pregunte. Es una palabra que cierra puertas fingiendo que solo describe.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Nunca. Por muy mal que me haya caído alguien, o por muy grave que fuera lo que hizo, no creo que esa sea nunca la solución. Al final todo llega y cada uno acaba recogiendo lo que ha sembrado, aunque reconozco que hay veces en que tarda muchísimo más de lo que debería, y ahí es donde uno se pone a prueba. Pero de ahí a querer matar a alguien hay un trecho enorme. Para eso están los libros: si tengo que ajustar cuentas con alguien, siempre puedo hacerlo con un personaje.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Es una pregunta que me he hecho siempre y nunca he sabido contestarme. No hay un lado que me tire claramente más que otro: en todos encuentro algo que me parece bien y en todos hay cosas que rechazo por completo. Lo que sí tengo claro es que casi todos los políticos que tenemos, y son muchos, quizás demasiados, son gente que quiere gobernar. Y si uno quiere gobernar, algún objetivo personal habrá detrás. La pregunta que me hago es cuántos de ellos querrían hacerlo solo por el pueblo. Ya lo decía Platón: el que ambiciona el poder es justamente el que no debería tenerlo.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Cualquier cosa que me diera una vida tranquila y tiempo para disfrutarla. Me da igual el qué: si aparcacoches o millonario me llevan a eso, adelante con cualquiera de los dos. No tengo ninguna aspiración concreta de ser algo, tengo la de vivir de una manera determinada.

¿Cuáles son sus vicios principales? La comida, sin ninguna duda. No sé qué tiene comer, pero lo disfruto muchísimo. Proponme cualquier plan que incluya ir a comer a algún sitio y ya me tienes dentro, no hace falta que me convenzas de nada más.

¿Y sus virtudes? Que siempre estoy dispuesto a ayudar, aunque no me toque a mí. Si puedo echar una mano en algo, ahí estoy, y muchas veces incluso cuando sé que me va a perjudicar. Hay quien me dice que eso no es una virtud, sino un defecto, y puede que en parte tenga razón. Pero no me sale de otra manera.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Conociéndome, antes que lo típico —la familia, los amigos, los mejores momentos— me pasarían por delante las cosas que no pude hacer. Todo lo que dejé pendiente, lo que aplacé pensando que ya habría tiempo. Y solo después, supongo, llegaría lo bonito. Es muy propio de mí ponerme a pensar en lo que falta justo en el momento en que ya no queda nada.

T. M.

domingo, 23 de agosto de 2026

Un artículo sobre el hotel Eurostars Sitges 5*


Estos días aparecía, en la sección de "Viajes" del diario La Razón, este artículo mío, en mi faceta de viajero hotelero-gastronómico, titulado "El mejor verano posible en el Eurostars Sitges 5*"

sábado, 22 de agosto de 2026

Entrevista capotiana a Viktor Kane

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Viktor Kane.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una aldea. La razón es bastante simple: cambiaría el ajetreo y el estrés de la ciudad por cierta calma mental y una conexión más directa con la naturaleza. No lo idealizo: depender del coche para casi todo o estar lejos de otras personas tiene sus inconvenientes. Pero, si tuviera que hacer balance, seguiría eligiéndola.

¿Prefiere los animales a la gente? No creo que uno pueda sustituir al otro. El ser humano es social por naturaleza, pero hay una calma que pocas personas consiguen darme y que aparece cuando mi mascota se acurruca a mi lado o simplemente me mira al llegar. En esos momentos entiendo perfectamente por qué cada vez hay más gente que prefiere la compañía de un animal.

¿Es usted cruel? La RAE define «cruel» como quien «se deleita en hacer sufrir o se complace en los padecimientos ajenos». Si nos atenemos a esa definición, no, no soy cruel. Sin embargo, creo que todos podemos ejercer cierta crueldad sin disfrutar de ella: por indiferencia, por egoísmo o simplemente por saber dónde duele y decidir tocar justo ahí.

¿Tiene muchos amigos? Tengo un gran equipo a mi lado, pero hasta ahí puedo contar. Viktor Kane nació precisamente de una frontera muy clara entre lo público y lo privado, y romperla sería traicionar una de las bases del proyecto. Hay cosas que puedo convertir en literatura; otras prefiero que sigan perteneciendo únicamente a quienes las viven.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? La lealtad, la sinceridad y la reciprocidad son lo que más valoro en una amistad. No busco a alguien que esté siempre de acuerdo conmigo; de hecho, aprecio a quienes son capaces de decirme cuando me equivoco. Lo importante es que el interés sea mutuo. Disfruto de los pequeños gestos, de la gente que está ahí sin necesidad de que se la busque y, sobre todo, de poder ser yo mismo sin tener que medir cada palabra.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Todos decepcionamos a alguien en algún momento. Muchas veces esperamos que los demás actúen como nosotros lo haríamos y, cuando se salen de esa línea imaginaria, lo llamamos decepción o incluso traición. Sí, mucha gente me ha decepcionado, pero seguramente yo también he decepcionado a mucha gente. En eso consiste, en parte, ser humano.

¿Es usted una persona sincera? La mayor parte del tiempo, sí. Pero tampoco creo en la sinceridad como un principio ciego. La mentira puede ser un recurso cuando la verdad no tiene cabida, siempre que no perjudique a nadie ni sirva para ocultar algo que la otra persona tenga derecho a conocer. A veces confundimos ser sinceros con decir absolutamente todo, y no son necesariamente la misma cosa.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Mucho queréis conocer a Viktor Kane en profundidad. No puedo regalaros una información tan comprometedora con mi filosofía. Pero concederé algo: una lectura con la lluvia de fondo y algo de fresco, o una buena serie o película en pleno otoño o invierno, pueden ser bastante reparadores para la mente. Supongo que eso me convierte en lo que ahora llaman «team frío».

¿Qué le da más miedo? Morir, vivir, llorar o reír forman parte de lo inevitable; son experiencias y emociones que puedo comprender y aceptar. Lo que realmente me asusta es el dolor y, sobre todo, padecer miedo. El miedo sostenido, ese que deja de advertirte de un peligro y empieza a gobernarte. Creo que pocas cosas pueden arrebatarnos tanta libertad.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Me escandaliza la facilidad con la que algunas personas hacen daño a quienes quieren y después encuentran la manera de justificarse.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Psicología. Aunque no la considero una alternativa a la escritura, sino algo que quiero construir en paralelo. Al final, ambas nacen de una curiosidad bastante parecida: entender por qué hacemos lo que hacemos.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Mi relación con el ejercicio físico es excelente: él no se mete conmigo y yo no me meto con él.

¿Sabe cocinar? Veo que hemos pasado de mis libros a intentar averiguar qué ocurre en mi cocina. Buena estrategia. Digamos que sé defenderme lo suficiente como para que esta entrevista no termine convirtiéndose en una investigación sobre mis hábitos alimenticios.

Si el Readers Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A quien imaginó a Viktor Kane antes de que Viktor Kane existiera. Todo lo demás empezó ahí.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Serendipia, por lo que significa: encontrar algo valioso sin haberlo buscado. Pero si puedo permitirme una segunda, petricor. El olor de la tierra después de la lluvia me produce una calma difícil de explicar y, para mí, donde hay calma todavía queda espacio para la esperanza.

¿Y la más peligrosa? «Confía». Me cuesta muchísimo hacerlo porque también me cuesta delegar. Confiar implica ceder una parte del control y aceptar que algo importante ya no depende únicamente de ti. Pocas palabras exigen tanto con tan pocas letras.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Sí.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Viktor Kane no tiene tendencias políticas. Difícilmente puede tenerlas alguien que puede que ni siquiera exista.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un viajante en camper, acompañado de un perro, recorriendo España sin demasiada prisa. Hay lugares que no deberían conocerse de paso, sino quedarse en ellos hasta sentir que ya puedes continuar.

¿Cuáles son sus vicios principales? El control, la obstinación y pensar demasiado. Tengo cierta facilidad para convertir algo pequeño en una cuestión que merece veinte vueltas. Y descansar cuando todavía queda algo por hacer tampoco se me da especialmente bien.

¿Y sus virtudes? La ambición. Nunca he sabido hacer las cosas a medias y, cuando creo de verdad en algo, puedo resultar agotador hasta conseguirlo. Preguntadle a mi equipo; probablemente ellos tengan una versión menos amable de esta respuesta.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Me imagino que vería a las personas que he querido, mis logros, mis errores y todo lo que aún me queda por hacer. Pero, siendo sincero, seguro que entre una imagen y otra me distraería con alguna tontería y pensaría que “Probablemente debería mantenerme en silencio”.

T. M.

jueves, 20 de agosto de 2026

Un artículo sobre los restaurantes Robata de Madrid y Barcelona


Estos días aparecía, en la sección de "Viajes" del diario La Razón, este artículo mío, en mi faceta de viajero hotelero-gastronómico, titulado "Dos ciudades, una misma mesa: el universo japonés de Robata".

miércoles, 19 de agosto de 2026

Entrevista capotiana a Laura Sebastiá

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Laura Sebastiá.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una pequeña casa junto al mar que, al mismo tiempo, esté rodeada de montaña, porque jamás podría elegir entre la belleza inmensa del mar y la paz de la montaña. En la casa no pueden faltar velas, incienso y ese olor tan maravilloso que impregna cada rincón. Un hogar rodeado de naturaleza viva, donde no hay silencio absoluto porque me encanta escuchar los sonidos del entorno: los pajaritos cantando de día, los grillos por la noche y, sobre todo, el jardín con su cascada de agua, donde el chorreo constante y el canto de los pájaros lo inundan todo. Un refugio perfecto donde estar a salvo, sintiendo una paz infinita junto con los míos, esos que sé que nunca me van a fallar en este lugar.

¿Prefiere los animales a la gente? Me encantan los animales, pero prefiero a la gente. Me gusta muchísimo escuchar sus historias, observarles y aprender de cada uno de ellos. Los animales son maravillosos y me fascinan, pero al final soy de las personas que siguen prefiriendo la compañía, la cercanía y la conexión real con las personas.

¿Es usted cruel? En ocasiones lo soy sin querer. Yo creo que todos los seres humanos hemos nacido con esa sombra, la de la crueldad, y a veces lo somos precisamente con las personas que más queremos, porque la confianza da asco y las descuidamos. Así que, sin pretenderlo, en algún momento puedo haberlo sido con los míos, aunque en rasgos generales no soy nada cruel. Al contrario: soy de esas personas a las que les sabe mal hasta matar a las hormigas cuando van por la calle, porque las considero necesarias. Todo en este mundo tiene un propósito y cumple un papel en el equilibrio de la vida.

¿Tiene muchos amigos? No, no tengo muchos amigos ni pretendo tenerlos. La palabra "amigo" es muy grande y, hoy en día, se le queda grande a mucha gente. A mí me gusta tener pocos, pero de los de verdad, de esos a los que de verdad les importa lo que tienes que contar. Por eso siempre digo que conocidos muchos, colegas muchos, pero amigos, muy pocos. Y así estoy perfecta. Me siento muy orgullosa de los pocos que tengo en este momento de mi vida; no necesito más, aunque por supuesto siempre es bienvenida la gente que venga a sumar.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Busco que sepan escuchar de verdad. También el respeto absoluto a mis momentos de desaparición, cuando necesito estar sola y desconectar. Necesito que me acepten tal y como soy, y yo aceptarlos a ellos con la misma libertad. Que sean divertidos, que tengan mucho sentido del humor y que sepan ver más allá del mundo puramente material; que crean que, más allá de lo que vemos, hay cosas hermosas en las que confiar. Y, sobre todo, que con ellos pueda tener una conversación profunda y ser exactamente yo misma, con la tranquilidad de que no me van a juzgar y de que yo tampoco lo haré.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Sí, me han decepcionado durante mi vida un montón de veces. Aunque, pensándolo bien, quizás es culpa mía por pretender que los demás actúen tal y como yo lo habría hecho; creo que en eso pecamos todos, en querer que el mundo se comporte según nuestro propio manual. Así que sí, me ha pasado, pero luego cojo mi superpoder de la empatía e intento ponerme siempre en su lugar. Comprendo que yo soy yo y ellos son ellos, y que al final han hecho lo mejor que podían con lo que son, con lo que tenían en sus manos y en su poder en ese momento, y sin más.

¿Es usted una persona sincera? Soy sincera, pero no me gusta nada el sincericidio. Esas personas que van por la vida diciendo toda la verdad, siempre la verdad y nada más que la verdad por bandera, pues no van conmigo. Creo que hay veces que puedes hacer mucho más bien callándote que soltando una verdad innecesaria. Así que soy sincera cuando tengo que serlo, pero también sé callarme cuando toca, porque si lo que voy a decir va a hacer daño y no va a solucionar absolutamente nada, prefiero guardármelo. Es más, reconozco que a veces utilizo alguna mentira piadosa con tal de mejorarle el día a alguien... o incluso para protegerme un poco a mí misma.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me encanta pasar mi tiempo libre en familia, disfrutando de mi marido, leyendo, escribiendo y viendo películas de las que me gustan y me emocionan de verdad: tanto de terror, de thriller psicológico o policíacas, como esas historias con un mensaje profundo que te hacen acabar llorando. Y, por supuesto, me encanta pasear y descubrir pueblitos con encanto. Eso es lo que más disfruto hacer ahora, sobre todo sabiendo que puedo compartirlo con los míos.

¿Qué le da más miedo? La claustrofobia, el miedo a sufrir dolor físico. También el temor profundo a que le pase algo malo a los míos, y el miedo a que un día me levante sin fuerzas, me rinda, deje de perseguir mis sueños y ya no me atreva a hacer en cada momento lo que de verdad quiero hacer.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Me escandaliza lo que está haciendo el gobierno de este país. Me escandaliza profundamente la corrupción y lo que el poder es capaz de hacer en las personas para mal, transformándolas y alejándolas por completo de la realidad y del sufrimiento de quienes se supone que deberían proteger.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Me hubiera encantado ser criminóloga, de las de CSI total. Me fascinaría meterme en la mente criminal, analizar las pruebas, entender los porqués y buscar la verdad detrás de cada misterio, que al final no deja de ser otra forma de contar historias humanas, pero desde el lado de la investigación pura.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Me gusta hacer pilates y caminar. Son los dos ejercicios que mejor me sientan para mantener la mente despejada y el cuerpo activo.

¿Sabe cocinar? Sí, y lo que me gusta, se me da muy bien. Lo malo es que apenas tengo tiempo para dedicarle a la cocina como me gustaría. También me encanta la repostería; además de que se me da bien, es que soy muy golosa y disfruto muchísimo preparando algún dulce cuando tengo un momento de calma.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Elegiría a Nero, ya que es uno de los personajes más completos de la saga: el líder de la pandilla, al que todos siguen. Es inteligente y dinámico, pero también alguien que toma muy mal las decisiones, aunque posee ese poder personal y magnético que hace que los demás le sigan. Tiene un ego muy fuerte y una gran autoestima, lo que a mi parecer lo convierte en un personaje con un enorme potencial, dándonos muchísimo más de qué hablar y permitiendo profundizar mucho más en su vida y en todo lo que experimenta a lo largo de la historia.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Aceptación. Porque cuando aceptamos de verdad lo que nos sucede y también aceptamos de verdad a los que nos rodean, es cuando de verdad somos libres. La verdadera libertad no nace de luchar contra lo que no podemos cambiar, sino de abrazar la realidad, mirarla a los ojos y empezar a construir desde ahí.

¿Y la más peligrosa? El "ya lo sé". Las personas que piensan que ya lo saben todo son, para mí, lo más peligroso del mundo. Porque no solo se mienten a sí mismas, sino que se encasquetan ahí, en una rueda sin salida donde ya no cabe el aprendizaje, ni la humildad, ni la empatía. Creer que lo sabes todo y que lo controlas todo te ciega por completo.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? ¡JAJAJA! Hombre, claro, ¡habría querido matar a mi hija adolescente muchas veces cuando me vuelve loca, y a mi marido por lo mismo! Pero no, lógicamente sería incapaz de matar a nadie. Aunque, bien pensado, también podría decir que a veces he querido "matar" metafóricamente a toda esa gente que manda tanto y que quiere guerra en el mundo; ahí no te voy a negar que, en algún momento de frustración, he pensado que si desaparecieran, a lo mejor al mundo le iría mucho mejor.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? No creo en la política, y mucho menos en la de este país. Si tengo que definirme, mi familia siempre ha sido de derechas, por lo tanto, tiro más hacia la derecha, pero moderada, jamás hacia la ultraderecha. Aunque, la verdad, a día de hoy ya no creo en nadie. Me aburre hablar de política.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un faro. Alguien que simplemente esté ahí, en silencio, emitiendo luz para advertir a los que navegan a oscuras de dónde están los acantilados.

¿Cuáles son sus vicios principales? Que soy viciosa del chocolate, de los dulces, de un buen postre... y de un buen vino blanco. Bueno, en realidad no me considero viciosa de nada, pero si tengo que confesar alguno por decir algo, sin duda sería ese pequeño placer goloso y una buena copa de vino.

¿Y sus virtudes? Sé escuchar. Tengo empatía. Soy valiente, soñadora y no me rindo con facilidad: soy cabezota para intentarlo una y dos veces. Si me caigo, me levanto —no pasa nada, no me avergüenzo de ello—. Además, intento no juzgar a la gente; aunque a veces sin querer lo hagamos, hoy por hoy la empatía y el esfuerzo por comprender al otro siempre ganan. Y, por último, creo que soy alegre, divertida y tengo buena conversación.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Me pasaría la sensación clara de que he perdido demasiado tiempo estando enfadada. Vería el nacimiento de mi hija, el instante en que me tuve que despedir de mi padre... y, al mismo tiempo, la felicidad y la paz de haber luchado por mis sueños y saber que dejé palabras impresas con la esperanza de que puedan servirle a alguien para salir de su pozo, de su camino sin salida.

T. M.

domingo, 16 de agosto de 2026

Reseña de "Mandar y obedecer" en "Gesto"

 

Moisés Galindo ha tenido la generosidad de publicar una reseña, con el título de "Poder y sumisión", para el número doble de Gesto. Revista de literatura, arte y pensamiento (7-8, julio del 2026), de mi libro Mandar y obedecer. Se puede encontrar en las páginas 289-291.

sábado, 15 de agosto de 2026

Entrevista capotiana a Juan C. López Cantos

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él el escritor estadounidense se entrevistaba a sí mismo con especial astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Juan C. López Cantos.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una casa en un páramo con chopos al fondo. Con unos pocos libros, escogidos, y ciertos discos. Papel, bolígrafos y lápices de sobra. Tampoco estaría nada mal en un lugar frente al Atlántico, con lo mismo.

¿Prefiere los animales a la gente? Prefiero a las personas. Suelo entenderme mejor con los animales de mi especie.

¿Es usted cruel? No. Nunca ha sido mi intención hacer daño de ninguna de las formas en que se puede hacer daño. Si lo he sido alguna vez no me he enterado, lo que indica torpeza, y eso tampoco está muy bien; espero que no haya ocurrido.

¿Tiene muchos amigos? Conozco a bastantes personas y, sí, tengo algunos amigos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? No creo que se busque algo o al menos yo no recuerdo haberlo hecho: si somos amigos, es todo y por algo será; si no, pues nada, no tenía que ser.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Teniendo en cuenta la respuesta anterior es fácil pensar que no. Quizá he tenido suerte o, al no esperar nada, no había posible decepción. Hemos discutido, nos hemos enfadado, nos han distanciado las circunstancias vitales… nada que no forme parte del juego entre nosotros. Seguimos siendo amigos.

¿Es usted una persona sincera? Al menos conmigo, espero que sí. En cualquier caso, tengo la impresión de que para convivir es más valioso ser honesto, y de eso me parece que voy bien.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Hay demasiadas cosas que me gusta hacer y la indecisión hace que pase ese tiempo sin hacer nada. Reconozco, por otra parte, que me gusta bastante pensar y sentir; es decir, no ocupar el tiempo libre con nada, aparentemente, para que siga siendo libre.

¿Qué le da más miedo? El sufrimiento de las personas a las que amo tanto. Y la violencia.

¿Qué le escandaliza, si hay algo que le escandalice? Si un personaje –político, periodista, músico…- nos miente y es descubierto y sigue, como si nada, repartiendo opinión y sus verdades, me escandaliza su falta de escrúpulos pero, más aún, me escandalizan sus palmeros. Y, ya puestos, la carroña televisiva, su pesadez y mal gusto para mantener el negocio. No sé, igual hablo de lo mismo y más que escandalizarme es ponerme de mal humor.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Me temo que no he decidido nada. Posiblemente hubiera sido autónomo y tendría una academia de refuerzo de ciertas asignaturas (Matemáticas y Física y Química, por ejemplo).

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Ciclismo de carretera y sus aledaños: un poco de ejercicio para no sufrir mucho del cuello y de la espalda.

¿Sabe cocinar? Sí, puedo defenderme.

Si el Reader´s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre “un personaje inolvidable”, ¿a quién elegiría? Inolvidable para mí, entre otros, es mi abuelo; pero, bueno, si no les sirve, elegiría a César Vallejo.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Respeto.

¿Y la más peligrosa? Aquí lo tengo más difícil… “odio” es bastante dura.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Nunca. Y espero seguir así.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy bastante de “paz y respeto”, me parece que lo tengo complicado.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Supongo que cosa se refiere a, por ejemplo, un árbol; pues eso me hubiera gustado: un castaño, un álamo…

¿Cuáles son sus vicios principales? Tiendo a la soledad, si es que eso se puede considerar vicio.  

¿Y sus virtudes? La paciencia.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Quién me habrá mandado meterme aquí.

T. M.

domingo, 2 de agosto de 2026

Un héroe para Inglaterra, una amenaza para España

Los corsarios fueron mucho más que navegantes que se buscaban la vida por los siete mares. Lo expuso así la arqueóloga e historiadora mexicana Vera Moya Sordo en un libro de este mismo año, «Reyes del corso. Historia de los corsarios españoles» (Desperta Ferro), en que apuntaba que estos marinos destacaron por ser «verdaderos agentes multifacéticos, capaces de dirigir, gestionar y asumir riesgos con tal de obtener beneficios económicos y sociales». Recordaba la autora, asimismo, que además de corsarios, muchos eran comerciantes, contrabandistas, tratantes de esclavos, hacendados, prestamistas o constructores navales. «Creo que, si ponemos atención a esta capacidad de diversificación, de establecer redes de obtención y movilización de recursos, y de consolidar sociedades, amistades y confianzas en todos los niveles, podremos entender mejor por qué su actividad, pese a rayar demasiadas veces en lo ilícito, en la excesiva ambición y corrupción, fue necesaria para la Corona a fin de cubrir aspectos débiles en la estructura de su sistema», proseguía la investigadora.

Ciertamente, los corsarios sirvieron a intereses militares, pero también «estimularon las economías locales a través de la dedicación de sus habitantes a la actividad, y aún más, varias veces abastecieron de víveres y productos a las poblaciones del reino que más los necesitaban», leíamos. El contexto era el del uso político, económico y militar de una práctica que sostuvo la defensa y la expansión del imperio español desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XIX. De esta manera, el texto arranca marcando una distinción esencial: los corsarios no fueron simples piratas, sino agentes autorizados por patente real para capturar buques enemigos. Esas licencias definían el espacio de acción, el tiempo de vigencia y la parte del botín que debía entregarse al Tesoro. Con ese marco legal, la Corona complementó sus flotas oficiales, aligeró el gasto naval y socavó las rutas de sus rivales en el Mediterráneo, el Atlántico y el Caribe.

En la Antigüedad grecolatina, los estados rivales contrataban navíos para hostigar costas enemigas. Más tarde, en la Península Ibérica, reinos como Castilla y Aragón comenzaron a emitir cartas de corso contra flotas musulmanas o genovesas. Estas primeras experiencias asentaron la idea de un instrumento naval al servicio del monarca y marcaron los límites entre acción legítima y piratería ilícita. Nobles y plebeyos encontraron en el corso una fuente de ingresos y un medio de ascenso social, lo que acompaña de casos concretos, como el de Pero Niño, un hidalgo castellano que, en el siglo XV, lideró expediciones contra buques ingleses y flamencos. Con estas historias, Moya Sordo muestra que el corso fue un negocio organizado: se pagaban seguros navales, había subastas de los capturados y se formaban sociedades mercantiles corsarias.

Un bucanero influyente

¿Este entorno hispano relacionado con el corso se podría extender de alguna manera a la esfera anglosajona? La respuesta a eso podemos encontrarla en «Drake. Corsario y almirante» (traducción de Juan Guijosa), de Christopher Lloyd, en cuya cubierta aparece un retrato de Sir Francis Drake por Marcus Gheeraerts el Joven, de 1591. Para empezar, el autor afirma algo incontestable: el hecho de que Drake ha sido objeto de un perenne interés: «En su tiempo, los hombres le seguían “por amistad y por su renombre”. Durante el siglo que siguió al suyo, el hechizo que se desprendía de sus legendarias hazañas en el “Spanish Main”, o dominios españoles, indujo a numerosas generaciones de bucaneros a continuar el camino emprendido por él, aun cuando las presas conseguidas no fueron nunca tan grandes como las suyas». Es decir, estamos ante un hombre inspirador e influyente, elevado a celebridad nacional británica. No en balde, su casa de Devonshire se convirtió en el Museo Drake, como apunta Lloyd, y su visita a California generó, en San Francisco, la «Drake Navigators Guild» (Hermandad Drake de Navegantes).

El biógrafo advierte que no escribió su libro para venerar al protagonista, «porque las hazañas de Drake son lo suficientemente grandes para hacer que todo relato poco crítico de las mismas resulte tan inoportuno como engañoso. No todos sus hechos fueron morales, ni tampoco fueron todos afortunados». Comoquiera, las iniciativas que emprendió Drake le granjearon al comienzo una gran respetabilidad, gracias a lo cual pudo viajar alrededor del mundo como corsario, y más adelante, devino en una especie de oficial de la Marina, o sea, «el mando de las fuerzas y flotas expedicionarias en la guerra contra España», como explica Lloyd. La cumbre de su andadura marítima llegaría con la batalla de Gravelinas, hacia el final de la campaña contra la Armada española. El historiador sigue todos estos pasos de éxito, pero también la época en que Drake cosechó fuertes fracasos y afrentas hasta su muerte.

De negrero a «sir»

Dice Lloyd no venerar a Drake, pero a la vez confiesa que deberíamos o podríamos admirar sus hazañas históricas diciendo que sus aventuras de filibustero son tan emocionantes como las que son de ficción, como en el caso de «La isla del tesoro» de R. L. Stevenson. Es más, «su viaje alrededor del mundo constituye la proeza máxima de la flota isabelina, y el papel que desempeñó en la guerra contra España hace que deba ser considerado como nuestro primer gran almirante digno de una indiscutible reputación internacional». Y realmente, así es por cuanto la posteridad ha revestido a Drake con el brillo del gran navegante isabelino: el hombre que circunnavegó el mundo, desafió al Imperio español y fue armado caballero por Isabel I a bordo del Golden Hind. Sin embargo, bajo esa imagen de héroe nacional también hay que considerar que participó en las expediciones negreras organizadas por John Hawkins, pioneras en la implicación inglesa en la trata atlántica de esclavos.

Más tarde, perfeccionaría otro negocio igualmente lucrativo: el saqueo sistemático de las posesiones españolas en América, capturando galeones cargados de plata o desembarcado en ciudades que luego dejaba incendiadas, con rehenes y rescates obtenidos bajo la amenaza de la destrucción absoluta. Santo Domingo y Cartagena de Indias conocieron bien esa estrategia del terror: edificios reducidos a escombros, patrimonio arrasado y poblaciones obligadas a comprar su propia supervivencia. Lo curioso es que muchos de aquellos ataques se produjeron incluso antes de que Inglaterra y España estuvieran oficialmente en guerra. Para la Corona inglesa, Drake era un instrumento de expansión y enriquecimiento; para los españoles, apenas existía diferencia entre el corsario y el pirata. Su patente de corso legitimaba sus acciones en Londres, pero no alteraba la experiencia de quienes contemplaban cómo sus ciudades ardían mientras el oro cambiaba de dueño.

Como no podía ser de otra manera, así como en Inglaterra continúa siendo uno de los grandes mitos nacionales, en buena parte del mundo hispánico, en cambio, su nombre permanece ligado a una forma de violencia que convirtió el mar en un escenario de extorsión y el prestigio imperial en un lucrativo negocio. En este sentido, estamos ante un gran libro de Lloyd que cabe leer con juicio crítico porque su mirada no es completamente aséptica. Cuando aborda la expansión marítima, el Imperio británico o las grandes rivalidades europeas, suele adoptar un punto de vista cercano a la tradición historiográfica inglesa. No incurre en un nacionalismo explícito ni en una defensa militante de la historia británica, pero tampoco cuestiona con la misma intensidad algunos de los aspectos más oscuros de Drake.

Publicado en La Razón, 18-VII-2026