miércoles, 25 de febrero de 2026
Un artículo sobre el restaurante Corsario
lunes, 23 de febrero de 2026
Entrevista capotiana a David Muñoz Mateos
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de David Muñoz Mateos.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? A veces daría media extremidad por cerrar la
puerta y no salir nunca de la vida que ya he vivido.
¿Prefiere los animales a la gente? A la gente,
por lo general, aunque no tengo claro dónde acaban unos y empezamos nosotros,
ni si eso es una crítica o un elogio hacia los humanos.
¿Es usted cruel? Hay
crueldad en mi cabeza, pero intento que no se escape de ahí.
¿Tiene muchos amigos? Por alguna razón, cada
vez que los cuento, me salen quince. Pero varían con los años y no son siempre
los mismos quince. Algunos llevan toda la vida, otros acaban de llegar. Tal vez
quince sea el número de amigos que necesito.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? El aprecio. Y que me
cuenten buenas historias.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? La verdad es que no.
Porque los elijo bien o porque no les exijo demasiado.
¿Es usted una persona sincera? Como con la
crueldad, hay mentiras en mi cabeza. Estas suelen escaparse con más frecuencia.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Entre libros.
¿Qué le da más miedo? La soledad y
la ausencia de soledad para escribir.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? Me asombran las certezas y me indigna la violencia de
quien trata de imponerlas a los demás.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? Habría seguido trabajando en
una librería de viejo en la costa oeste de Irlanda.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí, por
imperativo médico y porque me viene muy bien esa disciplina para escribir. La
primera mitad de esta novela la escribí paseando por el monte. La segunda, repitiendo
sin parar los mismos cincuenta metros de una piscina pública.
¿Sabe cocinar? Sí.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Me gustaría dar a
conocer en España a R. D. Lawrence, un naturalista canadiense nacido en el País
Vasco y exiliado a los quince años, tras luchar en la Guerra Civil, en
Barcelona. Una persona que se pasó media vida en campos de batalla y que solo
encontró paz para su espíritu torturado observando a los lobos en Canadá.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Diría que no existe un universal lingüístico de la
esperanza, que cada sociedad carga de esperanza palabras distintas. Pero «literatura»
se le acerca.
¿Y la más peligrosa? Cualquier
forma de desprecio.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Puede que lo haya
pensado, que lo haya imaginado, que lo haya entrevisto. Pero me parece que esa
imagen era un vacío, no un deseo.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Creo en la justicia
social y en la conservación de la naturaleza.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Pájaro.
¿Cuáles son sus vicios principales? Las abstracciones y la
melancolía.
¿Y sus virtudes? Cierta
facilidad para la calma.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Ojalá una imagen de cada lugar en que he vivido y cada persona a la que
he amado. Revivirlo todo una última vez, durante el máximo tiempo posible.
T. M.
domingo, 22 de febrero de 2026
Una reflexión sobre el genio y la obsesión por la obra
Nick Hornby ofrece aquí (en traducción de Jesús Zulaika) una exploración intrigante sobre las conexiones entre dos figuras aparentemente dispares: Charles Dickens y Prince. Destaca cómo, a pesar de sus contextos diferentes, ambos comparten características fundamentales, como el hecho de que ambos lograron alcanzar el éxito temprano, marcando sus respectivos campos con una producción continua e intensa. La prolífica creatividad de Dickens en el ámbito literario y la de Prince en la música, claro está, se convierte en el eje central del ensayo, que a primera vista podría caer en paralelismos superficiales. Sin embargo, aparecen similitudes entre estos dos hombres que van más allá de lo evidente, a raíz de que ambos tuvieron infancias difíciles, estuvieron obsesionados con su trabajo y sintieron a veces que su esfuerzo no era reconocido como merecían. La reflexión sobre la muerte de ambos, a los 58 años, agrega una capa de reflexión sobre las vidas tan intensas que llevaron.
Publicado en La Razón, 31-I-2026
sábado, 21 de febrero de 2026
Entrevista capotiana a Jesús Herrero
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Jesús Herrero.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Colera, un pueblo de Girona, en la Costa
Brava, donde no se acaban nunca el mar, los amigos ni el cava. Si no pudiéramos
salir jamás de allí, tendría que buscar una casa con vistas al mar, muros
gruesos de piedra y una gran chimenea para aguantar la tramontana, que no es
poca cosa.
¿Prefiere los animales a la gente? A la gente, sin duda; somos como
animales, aunque con defectos lamentables que inspiran historias eternas. He convivido
con una perra labradora preciosa hasta hace unos meses y ha sido la mejor
persona que he conocido. Nos dejó tras quince años de entrega fiel. La he
querido mucho y la acompañé hasta el final. Hay algo en esa sumisión del perro
fiel que enternece, aunque, como escritor, me interesan mucho más los retos que
me plantea la fauna ibérica de dos patas que me encuentro por las calles de
Madrid.
¿Es usted cruel? No pretendo, aunque ser cruel es un defecto
relativo porque la crueldad tiene mucho que ver con lo que siente el que recibe
tus palabras o sufre tus actos y esto es variable. Intento ser empático,
entender al otro. Lo intento de verdad, pero estoy seguro de que no siempre lo
consigo por lo que no descarto que, alguna vez, alguien me haya podido ver como
un alguien cruel. Difícil valorar. ¿Matar una mosca, dar un zapatillazo a una
araña o tener un canario en un jaula es ser cruel?
¿Tiene muchos amigos? Sí. O al menos eso creo. Siempre lo
intento. Si echo la vista atrás, mantengo muchos amigos. Hallazgos increíbles
de diferentes momentos de mi vida. Me siento, en general, querido y lo
agradezco. Incluso de las etapas más convulsas por las que he hecho funambulismo,
atesoro amigos. Tengo muchos menos enemigos. Sin embargo, he aprendido el doble
luchando contra ellos. Forjan más los silencios de los que te retiran la
palabra, o las discusiones enconadas con otros semejantes, que la complacencia
de la amistad. La agitación de la enemistad define mejor el carácter.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que quieran serlo. Además de
eso, como extras posibles, deseo que no juzguen, que compartan, que sonrían y
que perdonen.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? No. Si alguien te decepciona es
porque no te ha dado lo que querías. Es un sentimiento un tanto egoísta. Hay
que conformarse con lo que se recibe, si haces un buen inventario, te darás
cuenta de que si lo que recibes es sincero, ya es mucho, por poco que sea.
¿Es usted una persona sincera? Sí. Es importante responder sin
dudas, porque, de esta manera, el lector tendrá dificultades para conocer la
verdad. Nadie es sincero. Esa es la verdad. Y el que diga lo contrario, miente.
El matiz es cuánto, a quien y las consecuencias de la insinceridad. No miento a
quien amo y, sin embargo, me miento a mí mismo muchas veces. Lo peor es que los
humanos modernos somos mentirosos inconscientes, porque solo le decimos la
verdad a Google que es el único que atesora nuestras miedos inconfesables. No
hay nada que cause más tensión en mi espinazo que cuando alguien me dice «te
voy a ser sincero», porque me hace pensar que hasta ese momento nuestra
conversación flotaba en las aguas turbias de la mentira. «Te seré sincero», es
la mayor prueba de la insinceridad humana.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Escribo mucho. Y leo. De
momento, son aficiones que me distraen del trabajo que tengo que hacer durante
el tiempo en el que no escribo. Porque soy de esos escritores que tiene otro
trabajo para poder escribir. Aunque me encantaría poder cambiar esto y que
escribir fuera mi trabajo habitual. Si eso fuera así, tendría más tiempo para
esquiar o ir al retiro andando los domingos por la mañana con mi mujer. También
correr, viajar en moto o disfrutar de una buena sobremesa.
¿Qué le da más miedo? La enfermedad y el dolor propios. Después
de eso, la estupidez ajena. Digo la ajena, porque la propia no podré medirla
nunca.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? El
Congreso de los Diputados. Fui un día a una visita guiada al Hemiciclo y el
guía puso un empeño sañudo en convencernos de que el cuerpo de taquígrafos era
imprescindible. No entiendo cómo ningún diputado no se ha dado cuenta todavía de
que, a pesar de vivir en el mundo de Pegasus, las escuchas de Villarejo y los
audios de Koldo, siguen registrando sus conversaciones legales otras personas
que aporrean una máquina del siglo pasado que produce un texto que les tienen
que traducir para entenderlo. Pero así están las cosas, de altura. Hablando de
asuntos más serios, me escandaliza la violencia de personas contra personas,
especialmente la violencia contra niños.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? No concibo la vida sin crear. Si tuviera
que hacer algo más técnico que creativo, creo que habría disfrutado mucho de la
arquitectura, me parece una profesión en el punto medio entre la creatividad brutal
y la técnica precisa.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí. Corro, voy al gimnasio, hago
pilates y saco adelante a dos cachorras inteligentes, guapas, desafiantes y post
universitarias que se llaman Gracia y Patricia y que, con sus retos continuos,
me entrenan para ser padre de alto rendimiento.
¿Sabe cocinar? Cocino a diario. Me gusta, me relaja y lo
disfruto. Me encantaría tener una gran cocina para reunir a mis amigos los
fines de semana y que el orden lo marcara el aperitivo, el principal y el
postre. A cambio, pediría conversación interesante. Pero luego pienso en el
fregadero y prefiero un proyecto menos ambicioso.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Elegiría a Aleksander Orlov, agente de la
NKVD enviado por Stalin a España durante la Guerra Civil. Y ya que podemos
trasgredir el imperio del tiempo, me gustaría acompañarlo a su viaje del Madrid
a Cartagena cuando supervisaba la operación de carga y transporte del oro del
Banco de España hacia la URSS. En la preparación del artículo le preguntaría
sobre cómo es la vida de un agente internacional de la NKVD o si tiene miedo a
Stalin. También querría hablar de si había venido a España con la idea de matar
a Andreu Nin del POUM o esa misión surgió sobre la marcha. De no ser esto
posible, me gustaría poder charlar con Juana I de Castilla en Gante y
preguntarle por su viaje desde Valladolid a Flandes para casarse. Aprovecharía
para avisarle de que, una vez nacido Carlos I, ya lo tenía todo hecho allí y
que debería abandonar a su marido, que no le va a ir bien si se empeñaba en
seguir al lado de ese presuntuoso.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Paz. Se suele reivindicar en tiempos de guerra. No hay nada más esperanzador que terminar una guerra donde todo lo conocido ha estado en peligro.
¿Y la más peligrosa? Seguridad. Por una seguridad mal entendida
se limitan movimientos, libertades y se condiciona a personas. Se imponen
comportamientos por «nuestra seguridad». En realidad, no se hace más que por el
miedo del que la impone.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Ya sabía yo que no tenía que
haber aceptado esta entrevista. Si tuviera abogado me aconsejaría contestar que
no.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Si contestara a esta pregunta,
tal y como están las cosas en mi comunidad de vecinos, una mitad de ellos no se
acercaría a mis libros y anhelo ser leído. Disculpen, estoy empezando, quiero
gustar. Así que no contestaré hasta ver cómo va la siguiente novela. Parece que
la política se ha convertido en confrontar dos grandes bloques y en mantener a
toda costa dos verdades. No hay margen de maniobra ni posibilidad de trasvase.
Reivindico el derecho a la evolución política y a la posibilidad de contradecir
a los tuyos. No mantengo el mismo pensamiento político que defendía en el ardor
de la juventud y, ahora, en la decadencia de la madurez, sobrellevo otro con
tribulación y dudas. Por otra parte, parece que hay que comprar el paquete
entero de uno u otro lado. Me resisto a al pensamiento de supermercado en color
rojo o azul. Dogmas en cajas de cien y la segunda unidad al 50% de descuento.
Reivindico el derecho a ser ateo y escuchar la COPE; ser republicano y pensar
que el mejor candidato a presidente de la República sería nuestro actual rey; o
ir un día al año a los toros y atiborrarte a tofu a la salida. En cualquier
caso, me gustaba más cuando los políticos eran de raza o de oficio, cualquiera
de las dos cosas me valdría. En los de hoy, no las encuentro y me produce un
bostezo largo. No sé en qué momento nuestra sociedad ha olvidado que es
conveniente que los que están al mando sepan lo que hacen, que sean personas
con competencias técnicas para dirigir y mejor preparadas que la media para
gobernar un país. A mi entender, eso no está pasando.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? El Pescadilla acompañando a Lola
Flores a las fiestas de Ava Gardner en su casa del viso. Siempre me ha habría
gustado ser el que toca la guitarra en un sarao.
¿Cuáles son sus vicios principales? El vino de Ribera del Duero y mi
mujer Gracia. O, mejor, tomar un vino con mi mujer. No sé, me he hecho un lío.
¿Y sus virtudes? El rabo de toro. Me refiero al guiso.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? ¿Qué es un esquema clásico? Me vería a mí,
sentado en el salón de mi casa respondiendo a esta pregunta, entrando en el
bucle del espacio y el tiempo en el que se me auguraba una muerte en el agua
mientras respondía a Truman Capote. Me gustan la entrevistas, no soy como la
Rosalía, a mí me gusta la fama. Esta me ha encantado. Gracias.
T. M.
viernes, 20 de febrero de 2026
Un cuaderno perdido para definir la historia de Rusia
En este tercer libro de cuentos que de Maxim Ósipov (Moscú, 1963, y en la actualidad exiliado en Alemania tras el estallido de la guerra de Ucrania) publica Libros del Asteroide, «Después de Eternidad» (traducción de Alejandro Ariel González), converge una arquitectura narrativa que articula literatura, memoria y testimonio. El punto de partida es, un poco al modo en que Paul Auster nos acostumbró, un cuaderno olvidado en la consulta de un médico, escrito por un anciano enfermo, Alexandr Ivánovich, antiguo director literario de un teatro situado en Eternidad, un asentamiento minero colindante con el círculo polar ártico. A partir de ese hallazgo, se despliegan una serie de relatos que avanzan desde la intimidad de lo cotidiano hacia una interrogación más amplia sobre la historia reciente rusa.
El inicio del libro fija con claridad el tono metaliterario y de espejo de la realidad de un país siempre con trasfondos turbios; así, el narrador, médico ꟷel propio autor lo esꟷ, en el prefacio, fechado en Tarusa, pueblo en que se instaló el escritor para trabajar en un hospital, afirma: «La medicina es un asunto serio, no una ven tanilla de atención al cliente. Y todas esas pensiones son pura corrupción. ¿Qué pasa, es que no saben a quién hay que sobornar?». Esa distancia cínica permite que la figura de Ivánovich se construya por acumulación de gestos y palabras: su “dignidad en el tono”, su serenidad ante el diagnóstico, su pasado teatral. De esta manera, Ósipov trabaja con materiales frágiles: cuadernos, notas, recuerdos incompletos, rumores administrativos, como si heredara el tópico del subsuelo funcionarial de Dostoievski. La desaparición del anciano y la imposibilidad de verificar ciertos hechos, como el supuesto bombardeo de la Casa de la Cultura, colocan al lector en una zona entre lo documental y lo ficticio, que es especialmente fecunda en el terreno literario eslavo o y ficción, más si cabe cuando Ósipov pone entre bambalinas el ocaso de la URSS y alcanza la guerra de Ucrania.
Publicado en La Razón, 7-II-2026
jueves, 19 de febrero de 2026
Entrevista capotiana a Izara Batres
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Izara Batres.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una gran biblioteca y cinemateca acristalada, con
mesas para escribir, material para pintar, sitio para bailar, y con vistas al
centro de una gran ciudad, o al mar.
¿Prefiere los animales a la gente? Depende de
qué gente.
¿Es usted cruel? No. Eso es algo que va
en la educación, en lo que se mama en casa. Si has tenido padres buenos, no te
sale la crueldad, aunque lo intentes. Para ser cruel tienes que haber estado
expuesto a una crueldad continua y prolongada a lo largo de mucho tiempo. Me
interesa mucho estudiar la crueldad y el sadismo, precisamente por lo
incomprensibles que me parecen, para reflejarlas en mis personajes. Lucius
Fleedermaus (un personaje de mi nueva novela, El cabaret del infierno)
es un ejemplo de ello.
¿Tiene muchos amigos? Sí, aunque lo
importante es la calidad, no la cantidad.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Pureza, luz, verdad.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? A lo largo del camino te
llevas grandes decepciones, pero también grandes sorpresas que te llenan de
esperanza. En el colegio, las amistades
estaban muy contaminadas, no merecían la pena, y, además, yo no me entendía con
la gente de mi edad. He encontrado buenos amigos ya de mayor, y después de
conocer a mucha gente. He mantenido y cuidado a todos los que merecían la pena
y, las malas hierbas, las he arrancado o he dejado que las arrastrara el
viento.
¿Es usted una persona sincera? Sí. Me
cuesta mucho estar ciega, aunque viviría mejor estándolo. Lo que no entiendo es
el fenómeno de la gente que confunde sinceridad con mala educación o
impertinencia. Es posible decir la verdad desde el amor y sin dañar, y, cuando
eso no sea posible y no hayan solicitado tu opinión, ni sirva para construir
nada, mejor vete a comprarte un helado. Lo valiente es decir la verdad ante una
situación injusta -aunque sepas que te juegas algo importante-, y no hacer un
comentario que perjudique a alguien y no aporte nada. Todo se reduce a actuar con empatía.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me gusta escribir
hasta perder la conciencia del tiempo, leer, bailar, dibujar, ver buen cine,
estar con mi familia y con amigos, escuchar música. Pero el tiempo libre es
escaso y, desgraciadamente, hay que racionar las pasiones. Vivimos dentro de un
mecanismo que nos reduce a la supervivencia, de forma que a veces hasta
olvidamos que teníamos derecho a vivir y no a sobrevivir. No es muy conveniente
que tengamos tiempo, a ver si nos vamos a poner a pensar…
¿Qué le da más miedo? La maldad y la envidia. La envidia me parece, en realidad, el colmo de la
maldad: es absolutamente diabólica porque es lo contrario a actuar desde el
amor y desde cualquier reducto de pureza. No es tosquedad o ceguera, es un
proceso profundamente retorcido que consiste en ver la luz en el otro,
distinguirla perfectamente y tratar de apagarla a toda costa, porque el
envidioso no aguanta que esa luz ponga en evidencia su oscuridad. Y esa es la
forma en que toda estructura se pudre y dejamos de construir para ir hacia
abajo.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? En esta sociedad que, a menudo, mata sus rosas, vivimos
en un escándalo constante al que nos hemos acostumbrado.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? Lo que pasa es que todo lo
que imagino tiene un componente creativo: pintura, guion y
dirección de cine, periodismo de investigación, baile, doblaje…
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Bailo. Tengo
un excelente profesor de baile, Enrique Muñoz, que me ha enseñado el valor del
ejercicio y que, psicológica y energéticamente, tiene mucha más importancia de
la que creemos. Yo he empezado a dársela muy tarde y me arrepiento.
¿Sabe cocinar? Creo que me defiendo. Lo que me falta es
el tiempo.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A Julio Cortázar,
“enormísimo cronopio”. Valga una sola frase, en labios de su personaje Oliveira
en Rayuela, para entender por qué es tan grande: “no puede ser que
estemos aquí para no poder ser”.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Amor.
¿Y la más peligrosa? Vacío.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Yo lo que querría es
reeducar, eso sí, a unos cuantos.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? En mi mundo literario,
hace tiempo que es posible ser del partido cronópico (por los cronopios de
Cortázar). Un partido de soñadores poetas que actúan desde el amor, la
imaginación y la pureza, y que quieren poder ser; quieren un mundo donde no
seamos consumidores-productores, tuercas de una maquinaria o cifras. Un mundo
donde no haya amos y esclavos, solo individuos que puedan amar, pensar y soñar,
lejos de totalidades informes que arrastran a un pensamiento único, a
genocidios, a través de la banalidad del mal, o a enfermar, en todos los
sentidos de la palabra.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un ave o, ya que nos ponemos a pedir -dado que la cárcel última del
hombre es la del espacio y el tiempo-, quisiera ser una entidad incorpórea, no condicionada a una sola dimensión. La
plenitud absoluta.
¿Cuáles son sus vicios principales? El chocolate y las
patatas fritas.
¿Y sus virtudes? Quizá la creatividad o
-como me dijeron una vez- la percepción poética de las cosas. Y la empatía.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Mi familia. Y el deseo
de encontrarlos y de encontrar toda la belleza que concebí y no pudo ser en
este mundo… al otro lado.
T. M.
miércoles, 18 de febrero de 2026
Cuando el caballo aún decidía la guerra
En «Los viajes de Gulliver», Jonathan Swift hacía contrastar a los yahoos, unas bestias inmundas cercanas a la naturaleza del ser humano, con la raza equina de los houyhnhnms, que a los ojos del viajero eran criaturas firmes, templadas, observadoras e inteligentes. Estos caballos, siempre con el objetivo de alcanzar la verdad de todo, se hallaban las mejores virtudes: el raciocinio y la bondad, la nobleza y la amistad, la cortesía y el entendimiento. El autor irlandés idolatraba así al animal que ha acompañado y servido al hombre desde tiempos inmemoriales, y a ello aludió Stefano Malatesta al inicio de «La vanidad de la caballería y otras historias de guerra», diciendo que en «en los tiempos de Swift, la relación entre hombre y caballo aún no se había interrumpido definitivamente, como sucedería a principios del siglo XX con la aparición del automóvil». Y entonces citaba una singular frase de D. H. Lawrence: «El hombre ha perdido al caballo, y ahora está perdido».
Este era el enfoque que el escritor italiano adoptaba en el libro, presentando al caballo en su posición privilegiada, marcadamente en el campo de batalla, en la vida itinerante de los pueblos nómadas, que dependían de este animal para su supervivencia. Pero esa dignidad y nobleza del caballo pronto tendrá su correspondiente contraste, como en Swift, con los militares presumidos montados en ellos, pendientes de su uniforme y su espalda recta, sobre todo en el siglo XVIII, con vestimentas absurdamente recargadas para la lucha armada. Malatesta recorría la historia y el continente europeo en busca de ejemplos paradigmáticos de todo ello, pero también se detenía en cómo el cine de Hollywood ha tratado a los soldados, con películas llenas de mentiras. Un pretexto que le llevaba a trazar los rasgos esenciales de, por ejemplo, la fama de la carga de la Brigada Ligera, que muy pronto Alfred Tennyson trasladaría a la poesía y sobre la que, «más de ciento cincuenta años después, todavía se discute si fue la empresa guerrera inglesa más valerosa, temeraria y noble del siglo XIX, o una especie de gilipollez demencial».
Por aquel libro iban pasando así un buen número de soldados, de manera tan documentada como amena, con sus extravagancias dentro y fuera del terreno bélico, como el curioso caso de Friedrich Wilhelm Freiherr von Seydlitz, un oficial que daba la orden de cargar fumando en pipa. Pero, claro está, destacaba el ánimo vanidoso de todos estos combatientes, pues «la vanidad siempre había sido una prerrogativa de la caballería, así como la paciencia y la tenacidad se atribuían a la infantería». Una actitud engreída aquella impensable en los houyhnhnms, por cierto, y de la que sabrá tantísimo Ismael López Domínguez, graduado en Historia y autor de «La batalla del Marne» y «La guerra de las trincheras», que ahora publica «Sables al viento. La caballería en la guerra moderna (1860-1945)».
La obligación de reinventarse
Durante décadas, la historia militar popular ha repetido la imagen de la caballería como un vestigio romántico, barrido sin contemplaciones por la ametralladora y el tanque. Ismael López irrumpe con la ambición explícita de desmontar ese relato y sustituirlo por otro más incómodo, más complejo y, sobre todo, mejor documentado, por medio de una reconstrucción minuciosa de cómo los cuerpos a caballo sobrevivieron, se transformaron y, en muchos casos, siguieron siendo decisivos en la guerra moderna desde mediados del siglo XIX hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. El autor sigue la trayectoria de la caballería entre 1860 y 1945, casi un siglo en el que el arma montada recorrió escenarios tan distintos como la Guerra de Secesión estadounidense, las campañas coloniales, la Primera Guerra Mundial, la guerra civil rusa, la Guerra Civil española o los frentes de la Segunda Guerra Mundial. El hilo conductor es la adaptación constante de una institución militar obligada a reinventarse frente a transformaciones tecnológicas, tácticas y sociales sin precedentes.
López sostiene, apoyándose en una amplia variedad de ejemplos, que la caballería no solo no desapareció con la llegada de las armas de fuego modernas, sino que aprendió a convivir con ellas. La carga frontal dejó de ser su única razón de ser y dio paso a un abanico de funciones más amplio: reconocimiento, enlace, persecución, explotación de brechas y combate desmontado. En este sentido, el libro insiste en que «la caballería moderna dejó atrás la dependencia exclusiva de la carga para enfocarse en operaciones de gran escala, aprendiendo a combatir tanto a caballo como a pie».
La Guerra de Secesión estadounidense ocupa un lugar central en esta argumentación; fue, según el autor, el laboratorio en el que la caballería moderna alcanzó su punto álgido. El contraste entre la ventaja inicial del Sur, sustentada en una población habituada a la vida ecuestre, y la posterior adaptación del Norte ilustra bien el núcleo del libro: no triunfa quien se aferra a la tradición, sino quien aprende. La evolución de la caballería unionista hasta alcanzar la paridad y finalmente la superioridad, especialmente a partir de batallas como Brandy Station, demuestra que el combate desmontado y la reorganización logística resultaron decisivos.
Ese mismo patrón se repite, con variaciones, en otros escenarios. En Europa, la transformación de la caballería prusiana entre 1864 y 1870 anticipa muchas de las tensiones que marcarían el siglo XX. Frente a una caballería francesa aferrada a doctrinas que exaltaban la carga como acción decisiva, los jinetes prusianos se convirtieron en los «ojos y oídos del ejército», destacando en la exploración y la persecución. Sin embargo, incluso este modelo mostró sus límites ante los fusiles de retrocarga, lo que obligó a una nueva reinvención. El libro muestra avances, errores y derrotas, como la sangrienta lección de Haelen en 1914, descrita por un testigo como «un espectáculo terrorífico, con el suelo lleno de cadáveres de hombres y caballos».
El simbolismo de la caballería
¿Se podría pensar, entonces, en la muerte definitiva de la caballería en la Primera Guerra Mundial? López documenta cómo, tras la fase de estancamiento inicial, los altos mandos británico-franceses buscaron reincorporar a la caballería mediante soluciones improvisadas y audaces: pasarelas para cruzar trincheras, sustitución de sables por bayonetas y coordinación con vehículos y aviación. El resultado fue que la caballería «acabó teniendo un papel determinante en un conflicto que, a todas luces, parecía que iba a acabar con ella». Asimismo, el libro también presta atención a un aspecto a menudo relegado a la anécdota: la dimensión social y simbólica de la caballería. Los cuerpos montados no eran solo unidades tácticas, sino instituciones cargadas de prestigio, tradición y una identidad propia.
El autor describe cómo el ideal del jinete se asoció a valores de individualidad, audacia y honor. No es casual que John S. Mosby afirmara que formar parte de la caballería le permitía «reafirmar su individualidad». Esa cultura interna explica tanto la resistencia al cambio como la arrogancia que, en ocasiones, condujo al desastre. En este sentido, el tratamiento del sable resulta revelador. Lejos de ser una simple arma, se convirtió en un símbolo casi sagrado. El libro recuerda que «a quienes se atrevían a proponer alternativas al mismo se les miraba mal en los círculos militares». Esta sacralización no impidió, sin embargo, que muchos jinetes aprendieran a combinar armas blancas y de fuego de manera sistemática, no como un gesto romántico, sino como una exigencia del entrenamiento y del combate real.
Por otro lado, el libro permite observar cómo la caballería se adaptó a contextos muy distintos. En el Salvaje Oeste, los jinetes estadounidenses actuaron como exploradores y fuerzas de persecución, enfrentándose a enemigos que conocían el terreno mejor que ellos. En África, Cuba o Libia, la movilidad a caballo siguió siendo esencial en territorios donde los vehículos resultaban ineficaces. En Europa oriental, la caballería rusa perfeccionó maniobras de envolvimiento y hostigamiento que anticipaban formas de guerra móvil posteriores. Especial atención merece el tratamiento de la caballería soviética: la llamada caballería roja se convirtió en una unidad de asalto temida gracias a la combinación de movilidad, potencia de fuego y liderazgo. Bajo figuras como Frunze o Budionni, y más tarde en la Segunda Guerra Mundial, estas unidades llevaron a cabo incursiones profundas en la retaguardia alemana, cruzando terrenos donde los carros de combate quedaban atascados. No es casual que Stalin defendiera la caballería como un arma «muy importante», ni que, ya en 1946, una revista estadounidense la reconociera como uno de los mejores cuerpos de caballería del mundo.
Publicado en La Razón, 15-II-2026
martes, 17 de febrero de 2026
Entrevista capotiana a Mariana Orantes
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Mariana Orantes.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál
elegiría? Bueno, lo mismo sería preguntar ¿cómo será vivir en una manzana
envenenada? Porque obviamente alguien debe vivir ahí. No hay que lamer las
paredes. Debe tener buena ventilación. Lo mismo sería preguntar por la cúpula
de Rybys Romney, sin poder salir, solo esperando a Herb Ascher, en agonía, a
punto del suicidio mientras el tramposo Yahvé borra las cintas de Linda Fox y
Elías Tate ronda en la oscuridad. Cualquier lugar es, al final, como estar en
la cúpula de Rybys Romney esperando que en algún momento ocurra un milagro.
¿Prefiere los animales a la gente? No a todos los animales, solo a mi gato. No a
todas las personas, solo a mi gato. No a todos los animales ni a todas las
personas ni a todos los Dioses ni a todos los espíritus, solo a mi gato. De
entre todos los gatos, prefiero a mi gato. De entre todo lo que soy, he sido y
seré, prefiero siempre a mi gato.
¿Es usted cruel? Soy el gato cazador, soy el gato que te observa sin que tú lo veas,
soy el silencioso cuerpo de la noche y para mí todas las calles son lo mismo:
estoy solo, camino solo y cada músculo de mi cuerpo se mueve sin que me importe
seguir las reglas del juego.
¿Tiene muchos amigos? Sí. Los fantasmas son una vacilación entre el pasado y el presente,
se comunican todo el tiempo y nos dicen: haz algo, mírame, no cedas, hay algo
más, dale dignidad, sigo presente, mira, sigo presente y te veo cuando caminas,
te escucho cuando lloras, te siento cuando estás cansada.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Mi primer gato fue una preciosa pantera. Entraba
por alguna ventana mal cerrada, se escabullía entre las cobijas y se echaba a
mis pies. Por la mañana, mi mamá entraba al cuarto y el gato huía como amante
descubierto. Así pasó un tiempo hasta que en su otra casa, donde lo tachaban de
terriblemente infiel, amarraron su cuerpo con alambres para que no se fuera. La
naturaleza de los celos: no puedes lograr que alguien se quede a tu lado si le
cortas de tajo la libertad.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? No.
¿Es usted una persona sincera? Buenas noches, bienvenidas, bienvenides y
bienvenidos a este su programa de cada noche, su programa del ya llegué a casa,
del me voy a poner la pijama. Como cada noche es un gusto contar con su
presencia. Recuerde que nos patrocina la fragancia única, exquisita, sin igual:
Slomanny Karandash. ¿Cómo? ¿Esto es una entrevista? No, esta es una
sesión espiritista. Esta es la memoria de los muertos, llamando.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Había una vez… Once upon a time… Er was eens…
Mukashi mukashi… Fragmentos esparcidos siguen colándose. Todo sucede al mismo
tiempo: presente, pasado, futuro. Todos somos parte del mismo Dios. Y así
decidí bajar al inframundo.
¿Qué le da más miedo? Estaba jugando con mi hermana. Entonces llegó mi mamá hablando de un
niño llamado Diego: su propio tío lo secuestró, lo mantuvo en una fábrica
abandonada y después, lo mató. Lo mato
sólo porque podía matarlo. ¿Por qué me duele si nunca conocí a Diego? Mi
abuelita me pregunta: ¿te pegó tu mamá? ¿por qué lloras tanto? No sé
cómo decirle que estoy llorando por la muerte de Diego. Creo que cualquier
persona se reiría de mí si se enterara de que estoy llorando por un niño al que
nunca conocí. ¿Qué sombra se mueve sobre los niños y los atrapa y se los lleva
para siempre? Ojalá alguien pudiera consolarme. La casa huele a sopa de
verdura y los hilos de la telaraña que descienden por la ventana desaparecen
detrás de un rayo de sol.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? En el primer
sueño no existían los visitantes, no existía la luz, ni tampoco la
sangre. En el primer sueño no había nada conocido porque nada podía conocerse,
no existían, no tenían nombres ni características para comprender su forma. El
lenguaje era otro. Cada roce con el mundo donde viajan los visitantes me
parece malsano y perverso.
(Afuera muere la gente y todos sueñan).
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una
vida creativa, ¿qué habría hecho? Parábola
de la ladrona artista. En el antiguo camino a Pachuquilla encontré a un
anciano: —Sigue tu camino, artesana, o vuélvete ladrona. Ya lo sabes, tratarán
de romper tus piezas, rasgar tus bordados, moler tus huesos. Es inevitable.
Será tu trabajo, cada vez que la destrucción sea inminente hacer algo mejor y
cada vez mejor, con las ruinas que te han dado. Debes crear algo con tanta alma
y con tanto corazón que hasta el mismo Dios tiemble como a quien le roban un
secreto.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Los integrantes de la población feral se dedican
a buscar otros rincones y viven en sitios donde no existen las mismas cosas que
existen para los demás. En esos rincones donde habitan los pensamientos de la
población feral, la noche no es como la noche de cualquiera ni el sol es el
mismo sol ni la lluvia parece mojar de la misma manera. Aguarda ahí una luz
especial, que muchos ni siquiera llamarían luz.
¿Sabe cocinar? Sí. “Bien dijo Lupercio Leonardo: que bien se puede filosofar y
aderezar la cena. Y yo suelo decir viendo estas cosillas: «Si Aristóteles
hubiera guisado, mucho más hubiera escrito»”. Respuesta a Sor Filotea, Sor
Juana Inés de la Cruz.
Si el Reader’s Digest le encargara
escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién
elegiría? A la señorita
Beuÿs, gran fumadora de opio.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más
llena de esperanza? Merequetengue.
¿Y la más peligrosa? Elegido.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? “Queridos caníbales, no nos devoremos ¿Vale? porque
no resucitaremos. De verdad”. Tadeusz Różewicz.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Cada tanto hay que recordar dos cosas: primero,
al tirano en turno, que es mortal. Y segundo, que es deber de la literatura
escupir sobre su tumba.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un gato para vivir la vida en pijama.
¿Cuáles son sus vicios principales? Tal vez no haya acción más propia de lo corpóreo
que el acto de tocar. Antes que la vista, el olfato e incluso el oído, tenemos
el sentido del tacto. Nuestra apreciación emocional del mundo deriva del tocar
y ser tocados: el roce de una mano, la sensación de tocar el cuerpo ajeno que
se muestra desnudo, el beso de unos labios, el abrazo maternal y entre amigxs,
el toque divino y las caricias curativas. ¿Alguien volverá a rezar en la
iglesia donde fui bautizada?
¿Y sus virtudes? Creer en los milagros. “Todo niño tiene derecho a la vida. Ese es el
derecho más importante”. Calcetín con RombosMan.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes,
dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Tenía el cuello en una soga. A un lado colgaban,
mecidos por el viento o por alguna fuerza, una mujer joven con la piel
amoratada y dos perros, uno parecía sonreír. No tenía miedo. Las flores que
tapizaban el campo eran capullos purpúreos repletos de no sé qué; colmados de
carámbanos se desbordaban y al brotar, abrían como heridas sangrantes. Una luz
invadía el cielo y una voz “Tú no debes…” ilicet.
T. M.
lunes, 16 de febrero de 2026
Los últimos nazis: los mercenarios de la Guerra Fría
Parece mentira, pero pese a las mil y una novedades bibliográficas que aparecen cada año en torno a la Segunda Guerra Mundial y sus secuelas, todavía hay asuntos que han quedado desatendidos. «Fugitivos. La historia de los mercenarios nazis durante la Guerra Fría» (traducción de Raquel Marqués), de Danny Orbach, aborda precisamente una de las zonas más incómodas y menos resueltas de la historia contemporánea: qué ocurrió con los hombres que habían servido al Tercer Reich cuando ese régimen colapsó, y cómo sus capacidades, sus crímenes y sus fantasías sobrevivieron y se reciclaron en el nuevo orden mundial surgido tras 1945. No es un relato de persecución y justicia, sino que el libro reconstruye un paisaje mucho más turbio, en el que antiguos nazis no solo escaparon del castigo, sino que se convirtieron en piezas útiles —y a menudo codiciadas— por las grandes potencias de la Guerra Fría.
El punto de partida es conocido pero raramente explorado con esta profundidad: tras la rendición alemana, millones de personas que habían trabajado para la maquinaria militar, administrativa y represiva del Reich quedaron suspendidas en un limbo político y moral. Algunos fueron juzgados, otros huyeron, pero muchos encontraron una nueva forma de supervivencia: vender lo único que aún poseían valor estratégico, su experiencia en inteligencia, contrainsurgencia, represión y guerra clandestina. En un mundo que se reorganizaba a toda velocidad en torno al enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética, esas habilidades adquirieron una relevancia inesperada.
Así las cosas, Orbach demuestra que la desnazificación fue, en gran medida, una promesa incumplida. Los juicios de Núremberg castigaron a un número reducido de líderes visibles, pero pronto quedó claro que depurar de forma sistemática a Alemania Occidental habría supuesto un coste político y administrativo insoportable. En ningún ámbito fue esto más evidente que en los servicios de inteligencia. Allí, antiguos agentes nazis fueron considerados no solo recuperables, sino fiables, especialmente en la lucha contra el comunismo. En este sentido, cabe decir que el anticomunismo funcionó como una coartada moral y política que permitió reciclar biografías profundamente comprometidas.
El caso del general Reinhard Gehlen, eje de la primera
parte del libro, encarna esta lógica con una claridad inquietante. Jefe de la
inteligencia militar alemana en el Frente Oriental, Gehlen no fue un ideólogo
nazi ferviente, pero sí un engranaje esencial del sistema que facilitó el
genocidio y la guerra de exterminio contra la Unión Soviética. Su mérito no
residía en la adhesión doctrinal, sino en la comprensión temprana de que el
Reich estaba condenado y de que el futuro pasaría por explotar la inevitable
ruptura entre los antiguos aliados. El episodio del “Prado de las Miserias”,
donde Gehlen escondió sus archivos sobre el Ejército Rojo mientras Berlín se
derrumbaba, condensa la combinación de cinismo, ambición personal y capacidad
de adaptación que define a muchos de los protagonistas de «Fugitivos». Gehlen no buscaba salvar
el nazismo, sino salvarse a sí mismo y preservar su poder, y su apuesta fue
ofrecer a los estadounidenses lo que más necesitaban en el nuevo contexto:
información sobre el enemigo soviético.
Una red de espionaje
Orbach muestra cómo esa apuesta, inicialmente arriesgada, acabó siendo extraordinariamente rentable. A pesar de la desconfianza inicial y de la humillación de los primeros interrogatorios, Gehlen logró reconstruir su red bajo supervisión estadounidense y sentar las bases de lo que acabaría convirtiéndose en el servicio secreto de la República Federal Alemana. El precio de esa colaboración fue alto: la integración de numerosos antiguos agentes nazis, algunos criminales de guerra, otros oportunistas, otros directamente infiltrados por Moscú. De esta manera, el libro va exponiendo que el uso sistemático de antiguos nazis como mercenarios de la inteligencia no solo planteó un problema moral, sino que resultó estratégicamente desastroso. La arrogancia de quienes creyeron que podían instrumentalizar a estos hombres sin ser instrumentalizados a su vez abrió grietas que la Unión Soviética supo explotar con eficacia. Según Orbach, Moscú fue, a la larga, el principal beneficiario de esta política, tanto por la infiltración directa como por el descrédito político que suponía para Alemania Occidental asociarse con criminales del Reich.
Sin embargo, «Fugitivos» va más allá del eje germano-estadounidense, dado que muestra la dimensión verdaderamente global del fenómeno. Desde puertos yugoslavos infestados de contrabandistas hasta casas francas en Damasco, clubes de campo en El Cairo o refugios fascistas en la España de Franco, los mercenarios nazis tejieron una red transnacional de espionaje, tráfico de armas y operaciones encubiertas que servía indistintamente a Washington, Moscú, gobiernos árabes e incluso a Israel. Es decir, contra la imagen simplista del nazi como anticomunista visceral, Orbach documenta múltiples casos de antiguos miembros del Reich que colaboraron con la Unión Soviética o con sus Estados satélites, ya fuera por oportunismo, resentimiento hacia Occidente o por afinidad con el antiamericanismo y el antisemitismo. Otros se proclamaron «neutralistas» y trataron de jugar a todos los bandos, vendiendo información a quien pagara mejor y cambiando de lealtades con una facilidad pasmosa.
El libro identifica aquí un segundo gran tema: el poder de la ilusión y del autoengaño. Por un lado, el de los propios mercenarios nazis, que se convencieron de ser una fuerza autónoma capaz de manipular a superpotencias enfrentadas. Por otro, el de los Estados y servicios de inteligencia que exageraron sistemáticamente la influencia real de estos individuos, precisamente por el peso simbólico y traumático de la palabra “nazi” en el imaginario de la posguerra. En muchos casos, no fueron tanto las acciones de estos mercenarios como las reacciones desmedidas que provocaron las que acabaron influyendo en el curso de la Guerra Fría.
Un mundo fragmentado
Este patrón se observa con especial claridad en Oriente Próximo. El temor, amplificado por la memoria del Holocausto, a que científicos y traficantes de armas alemanes fortalecieran a los enemigos de Israel llevó al Mosad a lanzar campañas encubiertas de intimidación y terror que desencadenaron crisis diplomáticas graves con Alemania Occidental. Orbach no minimiza la amenaza percibida, pero muestra cómo el miedo y la sobrerreacción acabaron perjudicando intereses estratégicos fundamentales.
Un tercer eje del libro es la disfunción estructural de los servicios de inteligencia durante la Guerra Fría. Orbach describe un mundo fragmentado, compartimentado, lleno de rivalidades internas y carente de una coordinación política clara. En ese contexto, las operaciones encubiertas, además de complementar la política exterior, en muchos casos la sustituyeron y empujaron a Estados a decisiones que sus propios gobiernos no habrían tomado de forma racional.
El retrato que emerge de figuras como Klaus Barbie o Wilhelm Höttl es especialmente perturbador. No se trata solo de criminales que escaparon a la justicia, sino de individuos que aprendieron a capitalizar su pasado, a presentarse como indispensables y a moverse con soltura entre servicios rivales. Höttl, traficante de información al servicio de prácticamente todos los bandos, encarna el extremo cínico del mercenario: alguien para quien la ideología es irrelevante y la guerra una oportunidad de negocio.
La investigación de Orbach se apoya en una base documental impresionante, que incluye archivos desclasificados del Mossad, la CIA y los servicios de inteligencia alemanes, además de entrevistas con protagonistas directos. El autor es cuidadoso al señalar las limitaciones de las fuentes, la persistencia de archivos cerrados y el carácter a menudo engañoso de los testimonios disponibles. Esa prudencia metodológica refuerza la credibilidad de un relato que, por su propia naturaleza, se mueve en terrenos resbaladizos. En última instancia, «Fugitivos» es una investigación histórica que también puede servir como reflexión sobre la herencia moral de la Guerra Fría. Muestra cómo la lógica de la emergencia permanente, del enemigo absoluto y de la utilidad estratégica erosionó principios que supuestamente distinguían a las democracias de aquello que decían combatir. En resumidas cuentas, la colaboración con mercenarios nazis no fue un accidente ni una excepción puntual, sino una consecuencia estructural de un mundo organizado en torno al miedo y la confrontación.
El título del libro es preciso por cuanto estos hombres fueron fugitivos de la justicia, pero también del sentido de responsabilidad histórica. Supieron adaptarse a un nuevo orden sin rendir cuentas por el anterior, y lo hicieron porque otros estaban dispuestos a mirar hacia otro lado. Orbach deja claro que, tras la derrota militar del nazismo, muchas de sus prácticas, redes y mentalidades no solo sobrevivieron, sino que se integraron en el corazón mismo del orden internacional de la posguerra. Esa es, quizá, la lección más incómoda de todas que proyecta el libro y que sigue haciendo que este tema en torno al ámbito nacionalsocialista aún depare sorpresas o, cuando menos, estudios novedosos.
Publicado en La Razón, 28-I-2026







