martes, 20 de agosto de 2019

Entrevista en Esradio por mis mil entrevistas capotianas y mi biografía de Whitman


El pasado domingo se emitió esta entrevista tan especial, en el programa Es la Mañana del Fin de Semana, en Esradio, que me hizo Elia Rodríguez, que tan bien trata siempre mis libros. Fue algo espléndido, porque aparte de charlar sobre El dios más poderoso. Vida de Walt Whitman, comentamos el hito de haber llegado a las mil entrevistas capotianas, y el que la tuvo que contestar esta vez... fui yo mismo. 

domingo, 18 de agosto de 2019

Entrevista capotiana a Jacobo Armero


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Jacobo Armero.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
El vacío.
¿Prefiere los animales a la gente?
No.
¿Es usted cruel?
No lo creo.
¿Tiene muchos amigos?
No demasiados.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
No busco cualidades en mis amigos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Sí; y esto me decepciona.
¿Es usted una persona sincera? 
Quizás demasiado.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
No haciendo nada, aunque no tenga sentido. ¿No habría que decir más bien: haciendo nada?
¿Qué le da más miedo?
Una penosa enfermedad.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Si acaso la estupidez humana.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Habría procurado ser rentista.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí.
¿Sabe cocinar?
Sí.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A la hermana de Holden Cauldfield.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
¿Libertad?
¿Y la más peligrosa?
¿Realidad?
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
En serio, no.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Procuro no decidir en función de mis intereses personales.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Niño todo el rato.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Ninguno destacable.
¿Y sus virtudes?
¿La curiosidad?
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Las torres Kio en llamas.
T. M.

domingo, 11 de agosto de 2019

Viaje a dictaduras desconocidas


Nos encontramos al oeste de China y al sur de Rusia, en las cinco repúblicas centroasiáticas que se independizaron de la Unión Soviética a inicios de los noventa: Turkmenistán, Uzbekistán, Tayikistán, Kazajstán y Kirguistán. Todas ellas, rodeadas por montañas, estepas, desiertos; por paisajes infinitos y un silencio abrumador. Pero también por pueblos llenos de gentes nómadas y ciudades donde el dictador de turno aparece por doquier como guía espiritual y política de una población que no conoce nada más, encerrada en su miseria y aislamiento, parapetada en su miedo a hablar en voz alta en caso de osar emitir algún comentario negativo del líder; o peor aún, convencida de que su presidente, el mismo que prohíbe el acceso a internet o usar el sistema sanitario de otros países –pues la propia es inmejorable–, es el que hace posible que la nación funcione como debe, el que trae prosperidad y paz, como dicen a modo de inquietante mantra diversos lugareños.

A esos lugares recónditos –y que muchas veces podrían ser un calco de lo que sucede en Corea del Norte, pero en cualquier país con lastre comunista en general– viajó una mujer emprendedora y valiente, la joven noruega Erika Fatland, que publicó este libro hace cinco años y que ahora nos llega felizmente de la mano de la traductora Carmen Freixenet. Una narración fabulosa, que nos introduce en un mundo donde el asombro y el riesgo están asegurados, y todo con un estilo ameno y hasta humorístico, aunque este rasgo surja por el simple método de describir las situaciones, en verdad surrealistas, de las que fue testigo desde que empieza su itinerario en sí en el aeropuerto de Estambul. Y es que “ninguna otra compañía aérea del mundo viaja a tantos países como Turkish Airlines. Los pasajeros que se dirigen a capitales misteriosas de exótico nombre deben tener presente que, por lo general, deberán hacer escala aquí. Turkish Airlines vuela a Chisinau, Yibuti, Uagadugú y Usinsk. Y a Asjabad, que era mi destino”.

Empieza a renglón seguido todo un cúmulo de sorpresas desde que se sienta en el avión y nadie ocupa el asiento asignado; le esperan ocho meses en los que visitará cinco de los países más nuevos del mundo, que tras independizarse al desmembrarse la URSS en 1991, acabaron en el olvido. Lo curioso es que esa inmensa parte del planeta, precisamente por ser una gran desconocida para la opinión pública, sería la elegida por el cómico Baron Cohen para su película “Borat. Lecciones culturales de Estados Unidos para beneficio de la gloriosa nación de Kazajistán”, el primer film no pornográfico que se prohibió en esos lares después de que se disolviera la nación soviética. «Que una película cómica se haya convertido en nuestra referencia más importante de la región explica lo desconocida que es esta: Kazajistán es el noveno país más grande del mundo, pero pasados varios años del estreno de la película, el país sigue llamándose “El país de Borat”, incluso en medios de comunicación serios», explica Fatland.

Dictadores extravagantes

«Sovietistán. Un viaje por las repúblicas de Asia Central» es así un recorrido cultural, geográfico, histórico y político por lugares milenarios entre paisajes insólitos: el ochenta por ciento de Turkmenistán es desierto y el noventa del paupérrimo Tayikistán son montañas, mientras que Kazajistán se ha enriquecido gracias a las extracciones de petróleo, gas y minerales. Pero lo que más influye en el día a día de lo que se encontrará la viajera será, por supuesto, el aspecto político, pues el autoritarismo y la corrupción de Turkmenistán y Uzbekistán crean sociedades obligadas a idolatrar a sus presidentes, que se erigen en casi santos salvadores de sus pueblos, en contraste con Kirguistán, caracterizado por haber tenido dos dimisiones presidenciales. Un área que a lo largo de los siglos fue sometida por diferentes invasores –persas, griegos, mongoles, árabes, turcos…– por su ubicación estratégica, que hizo también de algunas ciudades lugares emblemáticos cuando se produjo el comercio de la seda entre Asia y Europa, con territorios tan peligrosos como el desierto de Karakum, cuando “los conductores de caravanas se arriesgaban a tener que enfrentarse a fuertes nevadas y peligrosas tormentas, mientras los veranos eran despiadados”; un lugar donde la autora pasa una noche, en una tienda de campaña, con una temperatura nocturna gélida.

Fatland empieza su viaje exploratorio por la hermética Turkmenistán, a la que apenas acuden turistas en todo el año, teniendo que medio mentir para obtener su visado diciendo que sólo es una simple estudiante (no permiten la entrada de periodistas), y descubre un país con la imagen de sus dos presidentes por todas partes (el primero murió en 2006), tan extravagantes como narcisistas. Todo lo concerniente a estos dictadores no tiene desperdicio alguno –como el caso de uno de ellos, que en un espectáculo en un hipódromo, monta en un caballo pero acaba cayendo al suelo y se revisan las cámaras de fotos de todo el mundo para que no quede registrado tamaño accidente–, en un ambiente de violación de libertades absoluto, y la gracia narrativa de la escritora nos mete en él de manera vívida con las descripciones de calles, personas, hoteles y desiertos, mediante los diálogos con los guías y chóferes que contrata.

La autora estructura su libro en cinco partes, país a país, pero siempre va vinculándolos transmitiendo una mirada tan panorámica como detallada; de tal modo que, cuando habla del presidente de Kazajistán, que se ha ido haciendo más autoritario y despótico con los años, ve este país como el baluarte de la libertad en comparación con sus vecinos, tal es el clima de pobreza y represión que sufre buena parte de esa zona, antaño clave entre Oriente y Occidente y hoy casi olvidada si no fuera por libros como este, extraordinario.

Publicado en La Razón, 25-VII-2019

viernes, 9 de agosto de 2019

Entrevista capotiana a Phil Camino


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Phil Camino.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Mi pueblo, en Cantabria.
¿Prefiere los animales a la gente?
La gente. Y eso que adoro a los animales y que hay gente mucho peor que el peor de los animales.
¿Es usted cruel?
No.
¿Tiene muchos amigos?
Los suficientes.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Lealtad, comprensión y que me hagan reír. 
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
En la misma medida en la que me decepciono a mí misma, supongo. Es parte de la vida.
¿Es usted una persona sincera? 
Intento serlo. Algo es.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
En mi casa con mi gente. Leyendo. En mi jardín. Trajinando por mi casa. Bailando. Con amigos.
¿Qué le da más miedo?
La altura. En todos los sentidos. Perder pie. Marearme. No saber qué quiero. O dónde quiero estar.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La tontería. Y que la gente no se sepa reír de sí misma. Que se pierda el sentido del humor, mire lo de las viñetas de The New York Times
Si no hubiera decidido ser escritora, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
No sé qué habría hecho. Sé qué me habría gustado ser: bailarina de ballet.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí, baile. Y siempre he hecho algún deporte. Según el momento.
¿Sabe cocinar?
Sí.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A mi abuelo materno, el inventor Jean Bertin. O a mi bisabuelo, el padre de mi abuela francesa, luchó en dos Guerras Mundiales, lo conocí, lo admiro. Necesitaríamos testimonios de personas así para valorar muchas cosas y dejar de quejarnos tanto. Quiero demostrar que fue “Justo entre las Naciones”. Salvó a mucha gente.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Compasión. Es la máxima expresión de simpatía unida al deseo real de entender el sufrimiento del otro. De algo así sólo se puede “esperar” una vida mejor.
¿Y la más peligrosa?
Envidia. De ella nace lo peor.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Muchas. Pero luego me arrepiento.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Liberté, fraternité. Lo de la égalité necesita ser matizado. Pero si hay libertad y fraternidad, el matiz se disuelve y prima la igualdad necesaria.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Bailarina de ballet. O un pájaro para no tener miedo a las alturas.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Estoy ocupada en conocerlos.
¿Y sus virtudes?
También estoy ocupada en conocerlas. Y en ponerlas en práctica. Es una obligación que tenemos. Creo. Aunque es difícil.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Por fortuna no me he ahogado y no puedo saberlo. Pero supongo que se materializaría un concepto: el terror.
T. M.

miércoles, 7 de agosto de 2019

De lo carnal a lo espiritual


En 1940, Henry Miller regresó a su país, los Estados Unidos que habían prohibido sus novelas por obscenas, después de vivir en París diez años y emprende un viaje en coche para recorrerlo. Quería comprobar –menos en algunos estados sureños en los que la sencillez sí le pareció una realidad cotidiana– lo que su admirado H. D. Thoreau había denunciado cien años antes: que el hombre seguía de espaldas a la naturaleza, que la democracia y la libertad eran una entelequia, que la ambición económica había embrutecido la vida y el trabajador era explotado de maneras mecánicas diferentes pero con igual o más flagrante agresividad, por no hablar de los valores de la educación, que brillaban por su ausencia. 

Aquel trayecto daría como resultado un libro, titulado “Una pesadilla con aire acondicionado”, en el que Miller tan pronto criticaba el gusto arquitectónico de algunas ciudades como reflexionaba sobre la creatividad. Y es justamente esta faceta del escritor, la de corte meditativo y hasta filosófico, la que se está abriendo paso muy por delante de sus controvertidos títulos, que ahora es imposible que llegaran a escandalizar a nadie como en su momento sucedió con “Trópico de Cáncer”, que no pudo ver la luz en Norteamérica hasta 1961, y “Trópico de Capricornio”. Nos estamos refiriendo al reciente epistolario “Quisiera dar un rodeo” (Malpaso, 2018), compuesto por las cartas que el narrador envió a un colega, durante los años 1935-1938, en París, y que tenían un origen bien singular: el objetivo de realizar un libro de exactamente mil páginas –al final se quedaron lejos de tal cifra– que consistiera en el intercambio epistolar entre ellos dos en torno al personaje de Hamlet.

La originalidad de la idea de la que partía todo era digna de resaltar, y también resultaba atractivo que Miller de repente hiciera referencia a situaciones de su vida personal, al recordar ciertas vivencias en París o Nueva York. Sin embargo, a veces el libro podía volverse farragoso, pues Miller reflexionaba sobre asuntos que podríamos llamar de orden filosófico de una manera hermética para cierto tipo de lectores. No en vano, su amigo Lawrence Durrell ya dijo que el libro podía ser por momentos exasperantemente bueno como malo. Algo que se suaviza con esta otra novedad, también inédita, que presenta la joven editorial Stirner, “La sabiduría del corazón” (traducción de Víctor Olcina) con un Miller más comedido pero igualmente exponente de libertad expresiva e implicación absoluta frente a su oficio de escribir y, por lo tanto, hacer un trabajo introspectivo de grandes profundidades.

Sobre la escritura

La fecha original de esta reunión de ensayos, “The Wisdom of the Heart” –el título está tomado de uno de los textos–, es 1941, y habían aparecido en revistas y periódicos como “Purpose”, “The Modern Mystic” o “Creative Writing”, en las ciudades de Londres, París, Minneapolis, Chicago, Nueva York y hasta Shanghái. En ellos, traza los perfiles de algunos grandes artistas como el fotógrafo Brassaï o el pintor Hans Reichel, o los escritores Blaise Cendrars y Honoré de Balzac; pero, sobre todo, toda esta serie de textos que también abarcan meditaciones en torno al hecho de escribir: “Escribir, como la vida misma, es un viaje de descubrimiento. La aventura es metafísica: se trata de abordar la vida de forma directa, de adquirir una perspectiva total, en lugar de parcial, del universo. El escritor habita entre los mundos inferior y superior: emprende el camino para convertirse él mismo en el camino”.

Y entonces el hecho de hablar de otros significa hacerlo de uno mismo, de ahí que Miller se recuerde de joven, en pleno caos vivencial y estético, hasta que entendió que era sólo un hombre que contaba la historia de su vida, “un proceso que se me aparece cada vez más y más inagotable conforme avanzo. Como la evolución del mundo, no tiene final”. Unas palabras que bien podrían sintetizar su postura ante el arte narrativo, sin cortapisas y autocensuras en un tiempo que imponía un decoro en los libros que su alma expansiva estaba lejos de aplicar. Nietzsche, Dostoievski, Hamsum fueron su primera influencia importante, pero aquí habla del escollo que tal cosa puede significar a la hora de lo de verdad importante: hallar una voz propia, y a la vez estar en consonancia con el entorno, en una especie de vida egocéntrica en la que “el problema real no consiste en llevarse bien con los vecinos de uno, o en contribuir a la mejora del país, sino en descubrir el propio destino, en vivir de acuerdo al ritmo profundo y certero del cosmos”.

Muy diferente este Miller, espiritual, que habla de alma, del paraíso que está en todas partes si uno está dispuesto a verlo, de aquel carnal, calificado hasta de pornográfico, a causa de su lenguaje obsceno y provocador ante las autoridades más puritanas estadounidenses. Es un Miller que, consciente al público al que se está dirigiendo, pero sin por ello rebajar un ápice su nivel intelectual –por ejemplo, hace un homenaje en Corfú al filósofo Keyserling, el único que no le aburre absolutamente–, escribe para estimular al lector para que se plantee lo que implica tener una vista artística de la vida y sepa apreciar que la vida está para ser reinventada de continuo, para crear la necesidad de crear cosas nuevas, y ser contemporáneos de lo que sucede en el mundo, pues no en balde «la vida empieza “ahora”, en todo y en cualquier momento».

Por supuesto, siquiera en ciertos instantes, aparecerá el Miller que, en un texto como “Mademoiselle Claude”, habla sin rodeos de “una puta” a la que se llevó a su habitación, sin que tampoco las escenas sean especialmente sórdidas en absoluto (Miller, comparándolo por ejemplo con Charles Bukowski, con su mundo literario de prostitutas, borrachas, hombres violentos y sexo explícito, es totalmente blando en sus expresiones). Pero si hemos de destacar algunos pasajes del libro habrá que ir a su lectura de “Serafita”, una obra muy olvidada de Balzac de la que habla con honda sensibilidad tanto con respecto a la vida privada como artística del autor de “La comedia humana”.

Publicado en La Razón, 27-VII-2019

lunes, 5 de agosto de 2019

Entrevista capotiana a José Luis Millán Bonillo


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de José Luis Millán Bonillo.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
En mi ciudad natal, La Línea de la Concepción. Soy un animal de raíces profundas.
¿Prefiere los animales a la gente?
Me gustan los animales y la gente.
¿Es usted cruel?
En absoluto.
¿Tiene muchos amigos?
Pocos, pero muy antiguos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
No los he elegido. La mayoría me acompañan desde que era muy pequeño. Sí puedo decir las cualidades que hacen que me aleje de alguien; deslealtad e ingratitud.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No.
¿Es usted una persona sincera? 
Razonablemente sincera. Los excesos son siempre malos.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leer, ir al cine, escribir, gestionar mis redes sociales y hablar con gente. Me gusta una tarde tranquila con amigos.
¿Qué le da más miedo?
Las arañas. La muerte, a ratos.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
En el sentido de ser contrario a la moral o las convenciones sociales nada. Me declaro enemigo sin contemplaciones del puritanismo, en cualquiera de sus formas o con cualquier pretexto. En el sentido de indignación o rechazo muchas cosas, supongo que las mismas que indignan a la mayoría; la falta de empatía y de sensibilidad, el fanatismo, la estupidez...
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Siempre sería escritor. La única diferencia es que no publicaría, o nadie leería lo que escribo.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
A veces. Pesas. No llevo ninguna regularidad a ese respecto.
¿Sabe cocinar?
Pongo empeño.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Don Francisco de Quevedo Villegas.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Fe.
¿Y la más peligrosa?
Revolución.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
De momento no.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Soy liberal. No puedo decir una escuela o rama concreta de liberalismo, porque en algunos casos mi pensamiento ha ido evolucionando en un sentido u otro. 
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Historiador.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Soy tremendamente austero en cuanto a hábitos. Como defecto, a veces puedo ser bastante huraño.
¿Y sus virtudes?
Se puede confiar en mí.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Quizá mi infancia. He sido un niño feliz.
T. M.

sábado, 3 de agosto de 2019

El buitre y la madre


Siempre es reto de exigencia extrema: escribir sobre uno de los artistas más interesantes de la historia, del que hay infinita bibliografía y libros biográficos tan celebrados como el del historiador británico Charles Nicholl, “Leonardo. El vuelo de la mente”, que se dedicó a investigar ciertos manuscritos de Leonardo da Vinci hallados en la Biblioteca Nacional de Madrid en 1965. Y es que estamos ante un artista que también fue un escritor prolífico, como dan fe sus siete mil páginas conservadas (parece que una cuarta parte de lo que redactó), si bien “no fue admitido entre los humanistas, filólogos u hombres de letras, a pesar de su amor por los libros. Los intelectuales estaban entonces ajenos al arte (que se vinculaba a los artesanos), pero Leonardo pensó libremente y escribió, a veces, en sus cuadernos, con aliento y estilo de escritor”, dijo Luis Antonio de Villena en “Leonardo da Vinci (una biografía)”, que Planeta publicara en 1993.

Hace poco más de un año, Walter Isaacson –autor, entre otros, de “Einstein, su vida y su universo”, primera biografía del científico después de la apertura de todos sus archivos, incluidas cartas hasta ahora inaccesibles– nos ofreció “Leonardo da Vinci. La biografía” (Debate, 2018), que aspiró a ser “la” vida biografiada definitiva del autor del “Hombre de Vitrubio”, ese dibujo de un hombre con los brazos extendidos dentro de un círculo y un cuadrado cuya imagen es casi o igual de famosa que “La última cena” o la “Mona Lisa”. Daba inicio a su libro constatando que ese don de Leonardo en torno a sus múltiples inquietudes ya lo tenía muy presente el propio artista de joven, que ya se veía hábil en labores de ingeniería, con capacidad para proyectar y diseñar puentes, canales, cañones, carros acorazados y edificios públicos. Se veía a sí mismo como un artista que podía esculpir en mármol, bronce y yeso, y, por supuesto, pintar, además de interesarse por la anatomía y la fisiología, la óptica y el sistema vascular, el agua y la botánica, la geología y la astronomía, los artefactos voladores y las armas, la cocina y la viticultura, la música y la arquitectura…

Con todo, incluso para sus contemporáneos, Da Vinci fue alguien “enigmático, al igual que todavía lo es para nosotros”. Y esta frase nos vale para el año 2019 como para cuando fue escrita, de la mano de Sigmund Freud, hace un siglo, en “Leonardo da Vinci, un recuerdo de infancia” (traducción de Paul Kuffer). Fue la única biografía que escribió el creador del psicoanálisis y, como no podía ser de otra manera, el pintor renacentista no tarda en aparecer en estas páginas desde el enfoque sexual después de analizar su forma de trabajar pausada (cuatro años para su retrato de la Mona Lisa y un sinfín de obras inacabadas); más en concreto, se hace notar la evitación por parte del italiano de dibujos eróticos, siquiera experimentales: “en el caso de Leonardo, al contrario, contamos con dibujos anatómicos del interior de los genitales femeninos, de la posición del embrión en el vientre materno, etcétera”.

El ansia de saber

Junto a ello, la fijación de Freud para entender a su objeto de estudio desde la óptica homosexual se abre paso, pese a afirmar que, aun habiendo estado rodeado de jóvenes y bellos discípulos e incluso habiendo sido acusado de haber mantenido relaciones gays, de las que fue absuelto, no se le puede atribuir demasiada actividad sexual. El propósito, y en eso quiere distinguirse Freud de otros biógrafos, es profundizar en la psique del autor de “La última cena”, hasta el punto de presentárnoslo como alguien delicado pero interesado en las artes guerreras, o como un hombre cuyos “afectos estaban domados y sometidos a la pulsión investigadora”, lo que gobernaba su vida entera, haciéndole una especie de ser neutral, que “no amaba ni odiaba, sino que se preguntaba de dónde provenía aquello que debía amar u odiar, qué significaba”. Intelectualizaba así lo circundante, pero no por falta de pasión: “Simplemente había convertido la pasión en empuje de saber”, entregándose a la conquista del conocimiento, momento en que dejaba “que estallara el afecto reprimido durante tanto tiempo”.

De modo que el análisis del artista viene condicionado por esos conceptos –represión, fuerzas pulsionales…– que lo convierte en alguien que está más allá del amor y del odio, insiste el autor de “La interpretación de los sueños”. Incluso parte de sus estudios psicoanalíticos sobre neuróticos para conjeturar que esa pulsión por el ansia de saber pudo luego ser sustituida por parte de la vida sexual, y determinar que Leonardo podría catalogarse en «una pulsión de investigar dominante con la atrofia de su vida sexual, que se reduce a la “homosexualidad ideal”».

Freud se arriesga a esas elucubraciones, reconociendo que sin tener información de la vida infantil de Da Vinci, pero ésta, tan enigmática, es precisamente el meollo del estudio, como se refleja desde el mismo título. Freud refiere un recuerdo de Leonardo con un buitre, más bien un sueño fantástico que algo que sucediera en realidad, y eso le lleva a reflexionar sobre el valor de tales recuerdos primigenios a la hora de entender el desarrollo anímico del individuo. En este caso, no le cuesta encontrar un asidero erótico –el buitre abría la boca del pintor y le golpeaba en ella con la cola–, pero también una referencia culta, a partir de la veneración por esta ave por parte de los antiguos egipcios; al fin, el lenguaje lo dice todo, y Freud se las apaña para relacionarlo todo con la maternidad. Y esto a la vez con la madre del artista; la madre, frente al padre ausente por ser hijo ilegítimo.

Publicado en La Razón, 1-VIII-2019

jueves, 1 de agosto de 2019

Entrevista capotiana a José María Micó


En 1972, el escritor estadounidense Truman Capote (1924-1984) publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama 1999), y en él el autor de A sangre fría se entrevistaba a sí mismo con especial astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de José María Micó.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Florencia.
¿Prefiere los animales a la gente?
No.
¿Es usted cruel?
No, salvo conmigo mismo.
¿Tiene muchos amigos?
Unos pocos amigos verdaderos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Sensibilidad, generosidad, honestidad.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Me han decepcionado muchos colegas; quienes te decepcionan no son amigos.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí, salvo cuando guardo silencio.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Tocando la guitarra, pero ya no es tiempo libre, sino parte de mi tiempo creativo.
¿Qué le da más miedo?
El sufrimiento de mis hijos.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La corrupción generalizada, la hipocresía y la mezquindad de quienes se creen importantes porque han llegado a algo dando codazos, o engañando, o plagiando. Podría poner ejemplos literarios y académicos, pero no lo haré.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Ser infeliz.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
No.
¿Sabe cocinar?
Sí, y tal vez sea uno de mis principales talentos, pero me conformo con que lo sepa mi familia.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Dante.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Mañana.
¿Y la más peligrosa?
Ayer.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Sólo a gente que lo merece, pero era un deseo sin voluntad. Pura imaginación.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Izquierda ilusa.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Guitarrista flamenco profesional.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Lujuria, gula y pereza.
¿Y sus virtudes?
Generosidad en la resistencia y capacidad de trabajo.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Lo tengo previsto, por si acaso: el rostro de Marta a los 17 años (porque era nadadora y podría salvarme), Totó en una escena de la primera historia de L’oro di Napoli, un llavero de mi madre que todavía huele a ella.
T. M.

martes, 30 de julio de 2019

Una pinta de Guinness para celebrar el récord de las mil entrevistas capotianas


Estos días pasados, decía a mis contactos por correo electrónico que estaba de celebración bloguera. Con la que puse, de Luis Landero (acompañada tanto de su última novela como de su mítica Juegos de la edad tardía, de edición crítica reciente), alcanzaba una cifra de récord: mil entrevistas capotianas. Este octubre hará diez años que empecé con este blog y por lo tanto con esta entrevista, que cuelgo cada dos días. 

En ese mensaje, agradecía a todos los que la habían respondido en su momento, o a todos aquellos que habían leído ese particular cuestionario en algún momento dado. En verdad, me encanta proponer ese desafío a los autores y siempre hay en cada una de las entrevistas algo que me sorprende o me admira. 

También decía que lo mío, para qué dudarlo, es de Guinness; ¿quién ha hecho tantas entrevistas literarias aunque sea a partir de un cuestionario, en este caso, de Truman Capote? Así que me iba a premiar, en cuanto pudiese, con una buena pinta de cerveza negra para la ocasión.

De ahí la presente foto, un aperitivo de la que me tomaré. La hice en una taberna irlandesa el verano pasado, cuando iba con Whitman a todas partes y leía y tomaba notas, lo que al final dio como resultado El dios más poderoso. Vida de Walt Whitman, que vio la luz el pasado mes de mayo.