martes, 12 de mayo de 2026
La revista "Qué Leer" de este mayo
lunes, 11 de mayo de 2026
Entrevista capotiana a Lorena Camacho Manzanares
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Lorena Camacho Manzanares.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás
de él, ¿cuál elegiría? Donde haya un atardecer,
esperando a que alguien se detenga a mirar sus colores. Ese instante en el que
el sol se esconde y deja paso a la noche, a las estrellas… ahí es donde siento
que todo se calma. Como si el mundo bajara el ritmo por un momento y me
permitiera volver a mí. Es en ese silencio donde respiro, donde conecto con lo
más profundo de quien soy.
¿Prefiere los animales a la gente? Los
animales tienen una sencillez que muchas veces le hace falta al mundo. Viven
desde lo esencial, sin prisa, sin máscaras, con una forma de querer que no
necesita explicaciones. Aportan compañía, cuidado y un presencia muy limpia,
muy honesta. Quizá por eso, en muchos momentos de mi vida, he sentido que
conecto más fácilmente con ellos que con las personas. Pero no es tanto una
cuestión de elegir, sino de lo que cada uno te despierta. Los animales me dan
calma. Las personas, aunque a veces sean más complejas, también me han enseñado
mucho. Supongo que, al final, busco en ambos lo mismo: sentirme acompañada de
verdad.
¿Es usted cruel? Creo que todos tenemos la
capacidad de ser duros, fríos, incluso hirientes en determinados momentos. A
veces sin darnos cuenta, y otras, siendo plenamente conscientes de ello. En mi
caso, durante el duelo, hubo etapas en las que me volví más distante, más
cerrada. estaba tan centrada en mi propio dolor que, en ocasiones, no medía
cómo podían sentirse los demás. No era tanto una intención de hacer daño, sino
una forma de protegerme mientras intentaba sostenerme. No me considero una
persona cruel, pero tampoco perfecta. Me he equivocado, y seguramente lo
seguiré haciendo. La diferencia, para mí, está en reconocerlo, en asumirlo y en
saber volver atrás cuando es necesario. Supongo que, al final, ser humano
también es eso: aprender a convivir con tus sombras sin dejar que te definan.
¿Tiene muchos amigos? No pienso
en la cantidad, sino en la calidad. Con el tiempo me he vuelto más selectiva.
Ya no busco llenar espacios, sino cuidar los vínculos que de verdad se
sostienen, los que están incluso cuando no hace falta decir nada. No son
relaciones de todos los días, ni lo necesitamos. Hay una tranquilidad en saber
que, si algo se rompe por dentro, hay personas a las que puedes acudir… y que,
de alguna manera, siempre están. Supongo que eso es lo que más valoro ahora: la
calma de sentirte acompañada sin tener que pedirlo.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Si
considero a alguien amigo, es porque ya existe una base real entre nosotros: lo
demás, simplemente, pertenece a otro lugar. Busco personas auténticas, con sus
virtudes y sus sombras, que no intenten cambiar quién soy ni cómo pienso.
Personas con las que pueda ser yo misma sin necesidad de versiones forzadas. Valoro
mucho la sinceridad, incluso cuando incomoda, y la capacidad de hablar con
claridad, sin rodeos ni silencios que esconden lo que realmente se siente. Supongo
que, con el tiempo, he aprendido a quedarme solo donde hay verdad.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? Al igual
que yo no soy una persona perfecta, mis amigos también son humanos, con sus
aciertos y sus errores. Me he encontrado con decepciones, sí, pero también soy
consciente de que en algún momento yo también puedo haber decepcionado a
alguien. Las relaciones se construyen desde la comunicación, el entendimiento y
también desde el error. Creo que cada persona tiene su forma de vivir y de
sostener los vínculos. En mi caso, cuando algo se enfría o se rompe, suelo
intentar hablarlo, entender lo que ha pasado. Pero si no hay diálogo y todo se
convierte en excusas o silencio, poco a poco tiendo a alejarme. No por castigo,
sino porque he aprendido a no quedarme donde no hay reciprocidad o intención de
cuidar lo que existe. El tiempo me ha enseñado que, a veces, la mejor compañía
también es una misma, y que eso no es ausencia… sino aprendizaje.
¿Es usted una persona sincera? Me
considero una persona bastante directa y clara a la hora de decir lo que
pienso. Intento hacerlo de forma tranquila, cuidando las formas y adaptándome
también a la persona que tengo delante. Aun así, hay momentos en los que, si
algo me afecta especialmente o toca a alguien a quien quiero, puedo reaccionar
de forma más impulsiva. Creo que tengo un lado muy protector, y eso a veces
hace que no todos reciban las cosas de la misma manera o incluso que algunas
personas se alejen. Con el tiempo he entendido que no todo el mundo vive la
sinceridad de la misma forma. Pero forma parte de cómo soy. Y, en mi entorno
más cercano, eso es algo que valoran, porque saben que siempre van a encontrar
una respuesta honesta conmigo, aunque no siempre sea la más cómoda.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? En
mi tiempo libre suelo dejarme llevar por lo que me apetece en cada momento. A
veces busco pequeños rincones nuevos que explorar, mercadillos por descubrir o
cualquier detalle cotidiano que pueda convertirse en inspiración para una
historia. También disfruto mucho de los encuentros con mis amigos, de los
paseos por la playa con Noah, mi perrita, o de las tardes tranquilas en casa,
simplemente compartiendo tiempo con mi pareja. Supongo que necesito un poco de
todo: movimiento, calma y momentos que me conecten con lo que vivo.
¿Qué le da más miedo? Lo que
más temo es no disponer del tiempo suficiente para disfrutar de las personas
que quiero. Es una sensación que a veces aparece, como si el tiempo nunca
alcanzara del todo. Pero intento que ese miedo no condicione mi forma de vivir
ni de relacionarme con los demás. Por eso valoro tanto los pequeños momentos,
la cercanía, el cariño y la presencia. No necesito grandes cosas, solo
instantes reales con las personas importantes para mí. Supongo que, al final,
la compañía es una de las formas más puras de darle sentido al tiempo.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Soy
una persona muy emocional, y hay situaciones que me remueven profundamente,
especialmente cualquier daño gratuito hacia los animales o los niños. Son seres
que aún están en una etapa de inocencia, de descubrimiento, sin comprender del
todo la complejidad del mundo ni sus contradicciones. Cuando me encuentro con
este tipo de noticias o realidades, me desestabiliza. Es algo que me afecta de
forma directa, porque me conecta con una parte muy sensible de mí.
Si no hubiera decidido ser escritora, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? Soy sociosanitaria, y siempre he
sentido una vocación muy clara hacia el cuidado de las personas más
vulnerables. Las personas mayores, en especial, son una de mis debilidades.
Estuve nueve años trabajando con ellos, y esa etapa me ha dejado una huella muy
profunda, llena de aprendizajes y emociones de todo tipo. Si no hubiera seguido
el camino de la escritura, probablemente me habría quedado dentro del ámbito
sanitario, o incluso habría estudiado psicología. Todo aquello que tenga que
ver con acompañar, escuchar o cuidar a otras personas forma parte de lo que
soy.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? No
practico tanto como me gustaría. Por motivos de salud, ahora mantengo una
rutina más tranquila de la que tenía hace un par de años, cuando sí hacía
ejercicio de forma diaria. En aquella etapa me mantenía muy activa y, en muchas
ocasiones, el ejercicio era también una forma de desconectar del mundo. Hoy en
día trabajo con un fisioterapeuta que me guía y me ayuda con mis patologías,
además de caminar con frecuencia. Es una etapa distinta, más centrada en el
cuidado y la escucha del cuerpo, pero confío en que, con el tiempo, volveré a
recuperar una rutina más activa cuando sea el momento adecuado.
¿Sabe cocinar? Podría decir que sé sobrevivir en
la cocina. No soy especialmente la chef de mi casa, y reconozco que no es algo
que disfrute demasiado, sobre todo porque cuando intento experimentar con
recetas nuevas, no siempre salen como espero. Incluso en casa, rezan porque no
me haya inventado nada, porque si no nos quedamos sin comer. Pero sí tengo
algunos platos que ya considero mis “estrella”, porque los he repetido tantas
veces que me salen bastante bien: el pollo al curry y una sopa de pollo con
jamón. Aunque últimamente también estoy descubriendo que las croquetas caseras
de pollo se me dan bastante mejor de lo que pensaba.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos
artículos sobre un personaje inolvidable, ¿a quién elegiría? No
tengo un referente único como tal. Mi forma de escribir se basa en los
sentimientos, en lo humano y en la verdad que hay detrás de cada historia. Me
interesan los relatos que emocionan, pero también los que dejan algo dentro de
quién los lee, aunque sea una pequeña reflexión. Si tuviera que elegir a
alguien, probablemente me atraería una persona cuya historia haya estado
marcada por la vida misma, alguien que haya vivido experiencias intensas y que,
de alguna forma, haya decidido transformarlas en aprendizaje o en ayuda para
los demás.
Al
final, me interesa ese tipo de figuras que no solo viven, sino que también
dejan huella en otros a través de lo que han vivido.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Para mí, dos de las palabras más llenas de
esperanza son “perdón” y “te quiero”. El perdón, porque implica dejar a un lado
el orgullo y reconocer que algo ha dolido, pero también que importa lo
suficiente como para querer repararlo. Y el “te quiero”, cuando es sincero,
porque contiene en sí mismo una forma de verdad emocional que no siempre se
dice a la ligera. En mi caso, son palabras que no utilizo sin sentirlas de
verdad. Cuando las digo, intento que tengan peso, que nazcan desde un lugar
honesto.
¿Y la más peligrosa? El
silencio. A veces es una de las formas más duras de ausencia. No se dice, Pero
se siente con una intensidad difícil de explicar. Puede hacerte dudar, llenarte
de preguntas y llevarte a pensar que quizás no eres importante, o que has
dejado de serlo para alguien. Es un tipo de vacío que no necesita palabras para
doler.
¿Alguna vez has querido matar a alguien? En
mi total conciencia, no le deseo la muerte a nadie. Sí hubo un momento, en
pleno proceso de duelo, en el que afloraron pensamientos de rabia muy intensos.
Eran sensaciones que no me representaban, pero que aparecían desde el dolor y
la incomprensión de lo que estaba viviendo. No me siento orgullosa de esa
etapa, pero también entendí con el tiempo que formaba parte de un estado
emocional muy desbordado. Cuando fui consciente de ello, supe que necesitaba
pedir ayuda y reconducir lo que estaba sintiendo.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Defiendo
la igualdad entre las personas, por encima de etiquetas o extremos. No me gusta
situarme en posiciones rígidas, sino buscar el equilibrio y la justicia en cada
situación concreta, intentando entender cada realidad desde la empatía y el
sentido común. Para mí, lo importante es que cada persona reciba el respeto y
las oportunidades que merece, independientemente de su género o cualquier otra
condición.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Me
encantaría ser un águila. Son animales solitarios, libres y respetados, que
viven desde su propia naturaleza sin necesidad de ocupar más espacio del
necesario. Se mueven por instinto, sobreviven desde lo esencial, y tienen esa
capacidad de observar el mundo desde la distancia, sin perder perspectiva. Y,
sobre todo, la sensación de volar por encima de todo, de estar ahí arriba sin
ataduras, me transmite una idea muy poderosa de libertad.
¿Cuáles son sus vicios principales? La música
me acompaña siempre, en cualquier momento del día. Es algo constante en mi
vida, casi como un hilo invisible que me sostiene. También tengo pequeños
rituales que forman parte de mi rutina: encender un incienso, poner una vela,
crear un ambiente de calma en casa. Y si tuviera que quedarme con algo más
profundo, diría que mi mayor “vicio” es el mar. Mirarlo, escucharlo, perderme
en él. Es un lugar al que siempre vuelvo.
¿Y sus virtudes? Mi mayor virtud es
sentirme yo misma, sin necesidad de aparentar ser alguien diferente a lo que
soy. Creo que eso me permite relacionarme desde un lugar más honesto, sin
máscaras. También me considero una persona empática y protectora con los míos,
intentando tratar a los demás como me gustaría que me trataran a mí.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? En un
momento así, la mente se iría inevitablemente hacia las personas que más
quiero. Mi familia, mi perrita Noah, mi pareja… imagino que aparecerían como un
último anclaje, como una forma de aferrarme a todo lo vivido y a todo lo que
aún desearía seguir compartiendo con ellos. También surgiría ese pensamiento de
querer más tiempo, de que las cosas hubieran sido de otra manera, y de la
preocupación por ellos, por cómo continuarían sin mí, especialmente por Noah.
T. M.
domingo, 10 de mayo de 2026
Reseña de «Historia de la literatura española contada en una hora» en la revista "Publishers"
sábado, 9 de mayo de 2026
Entrevista capotiana a Ariel Magnus
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Ariel Magnus.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál
elegiría? El que diga mi
compañera, si está de acuerdo en cumplir la pena conmigo. (Lo que no sé es si podría
abstenerme de caer en el mansplaining sugiriéndole que aproveche la imprecisión
de la pregunta para responder: El mundo.)
¿Prefiere los animales a la gente? La gente, aun cuando muchas veces me hagan preferir
a los animales.
¿Es usted cruel? Para nada. O para poco: en mis fantasías, a veces.
¿Tiene muchos amigos? En sentido estricto, diría que no. Y
soy famoso entre unos pocos de esos pocos por una vez haber dicho alguna vez que
no tenía ninguno. Como sea, asumo toda la responsabilidad, como los DT de fútbol
cuando su equipo pierde feo.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? No busco amigos, ni con ni sin cualidades. Surgen,
o no. Por lo general me subyuga la inteligencia de una persona. El problema es
que no necesariamente viene acoplada a la bondad u otras cualidades más
propicias a la amistad duradera.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? ¿No estaban para eso? Pero no me molesta. La culpa vuelve a ser mía, por
haberlos decepcionado antes.
¿Es usted una persona sincera? No debo ser el primero muy tentado de contestar con toda sinceridad que no.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Como mi trabajo no es una cárcel (o, si lo es, me
he metido en ella solito, como un monje en su convento), considero libre todo
mi tiempo, y lo ocupo mayormente trabajando.
¿Qué le da más miedo? Quedarme sin ganas de escribir libros. Aunque puede que también sea un
deseo, ahora que lo pienso. Lo cual me da más miedo todavía.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? El leísmo, por empezar. Entre tantas
otras cosas... Pero no son escándalos de gran alcance, y muchas veces los
espero con ansias y hasta los vivo con entusiasmo.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría
hecho? Nunca decidí
ser escritor, la decisión se tomó sola a muy temprana edad. Tampoco sé si decidí
ser periodista, aunque sí traductor, así como viajero sin pasaje de vuelta, por
un rato. Desde un idealismo que seguro no se condice en nada con la realidad,
con la que por suerte jamás tuve contacto directo, creo que me hubiera gustado
ser abogado.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Camino todos los días 45 minutos
exactos, contando desde la puerta de mi casa y siempre haciendo el mismo
recorrido. En tiempo pre-spotify incluso repetía en random la misma acotada
selección musical.
¿Sabe cocinar? Creo que sí, pero no lo pongo a prueba muy a menudo. Sueño con que me
sobre el tiempo para eso y sueño con una vida en la que hasta el último minuto
no me sobre ni uno para eso.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos
sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Juan Filloy, porque sólo tendría
que resumir la biografía que escribí de él.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? ¿Esperanza de qué? Suponiendo que
de vida, diría que la menos traducible, por demasiado asociada a una
característica específica de los hablantes de ese idioma, como siesta, jeitinho,
morriña, Gemütlichkeit...
¿Y la más peligrosa? Libertad, últimamente. Preside la boca de cada payaso...
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Por supuesto. Y lo considero el mejor antídoto
para nunca quedar ni remotamente cerca de hacerlo.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? De izquierdas, hasta donde siga teniendo algún
sentido esa distinción en tiempos tan difusos.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Alto.
¿Cuáles son sus vicios principales? La voluntad de ser justo, aún a costa de ser
generoso o simplemente simpático.
¿Y sus virtudes? La voluntad de ser justo, aún a costa de ser generoso o simplemente
simpático.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le
pasarían por la cabeza? Estimo que, si lo supiera, me ahogaría en ellas de sólo evocarlas. Además
de que no sé si pienso en imágenes, diría que más bien en palabras. Así que
supongo que pensaría, para expresarlo en términos clasicistas: “¡La puta madre por
qué no presté atención cuando explicaron cómo se inflaba esta mierda de chaleco
salvavidas!”
T. M.
jueves, 7 de mayo de 2026
Entrevista por «Mandar y obedecer. Una historia del poder desde la resistencia, el lenguaje, el ego y la fe» en el podcast de César Alcalá «Puente Aéreo»
miércoles, 6 de mayo de 2026
Entrevista capotiana a Juan Carlos Abril
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Juan Carlos Abril.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Es una respuesta
complicada. Tal vez México.
¿Prefiere los animales a la gente? Prefiero la gente.
¿Es usted cruel? No.
¿Tiene muchos amigos? Los suficientes. A ver, la amistad está sobrevalorada. No me suelen
decepcionar porque no me hago grandes expectativas. Si tengo que decir algo
sobre la amistad, es que no tengo cientos de amigos, pero los que tengo son
buenos. En general. Aunque algún palo me han dado.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Lealtad, compromiso y compañerismo.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? No. No tengo demasiadas expectativas. Eso también puede definir una sana
relación de amistad. Pero cuando no hay reciprocidad, tampoco funciona.
¿Es usted una persona sincera? Sí. Me gusta ser honesto y sincero. No me gusta darle demasiadas vueltas
a las cosas. Los que me conocen saben que no tengo pelos en la lengua.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? No tengo demasiado tiempo libre y he inclinado mi tiempo siempre hacia mi
vocación literaria. Mis aficiones, entre las que se encuentra principalmente el
cine, también van en esa dirección. Pero si tengo que decir algo, pues suelo
hacer algo de deporte y me gusta mucho viajar, visitar museos...
¿Qué le da más miedo? No tengo miedos. Quizás el típico miedo de que entren en la casa y rompan
todo, porque tampoco hay cosas de valor. Y los ladrones no están interesados en
los libros, que es lo que más hay en mi casa. Desde que leí A sangre fría siempre está el miedo de que entren a casa y te asesinen brutalmente,
claro. Jajaja. Pero eso forma parte de este tipo de vida líquida que vivimos,
con tanta inestabilidad. Algo de eso vaticinó Richard Sennett en La corrosión del carácter.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? La estupidez actual. La
ignorancia. La maldad. Los niveles a que hemos llegado son inigualables.
Escandaliza a cualquiera.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? Bueno,
soy escritor, soy poeta y crítico literario, pero me dedico profesionalmente a
la enseñanza. Creo que es para lo único que sirvo realmente, aunque se me dan
bien otras cosas. Por ejemplo, podría haber sido librero o bibliotecario.
Vender libros se me daría bien, pero no me gusta.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí. Me gusta correr y también la piscina.
¿Sabe cocinar? Sí,
me encanta. Con mis parejas siempre he sido yo el que ha cocinado. Pero no soy
de cocinar recetas raras ni pijadas. Soy de comida tradicional. Especialmente
me gusta la pasta. Ensaladas, guisos típicos.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Hay muchos. Voy a decir dos, pero hay muchos más que podría citar. De los
femeninos, Úrsula Iguarán. De los masculinos, Andrei Rublev.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Imagino que la palabra amor.
¿Y la más peligrosa? Hay muchas. Odio, envidia (que es muy española), mediocridad…
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Creo que no. Pero es una respuesta compleja. Cuando fui joven y muy joven, me encontré en algunas situaciones muy complicadas. Fueron tiempos duros.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy de izquierdas.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? He luchado mucho por ser quien soy. Estoy bien así. No retrocedería ni
una pizca ni cambiaría nada.
¿Cuáles son sus vicios principales? No sé si vicios. En general, abandoné los vicios que tenía hace años.
Ahora soy una persona con algunos hándicaps, eso sí, con algunas obsesiones y problemas.
Como todo el mundo. Pero no sé si vicios.
¿Y sus virtudes? Tenacidad.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Supongo que me preguntaría si merece la pena luchar por algo, para luego
nada. No sé. La tentación del absurdo siempre está ahí. Imagino que sí, que
merece la pena. O al menos no nos queda otra. Así es la vida. Un misterio que
tenemos que rellenar como sea. Con la vida, claro. Ahí vamos.
T. M.
martes, 5 de mayo de 2026
Reseña de «Historia de la literatura española contada en una hora» en "Zenda"
lunes, 4 de mayo de 2026
Entrevista capotiana a Esperanza Luque
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Esperanza Luque.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Valencia, mi tierra. No
la cambiaría por nada.
¿Prefiere los animales a la gente? La mayoría de las veces.
¿Es usted cruel? No
me considero cruel, pero tampoco soy una persona perfecta y que no cometa
errores.
¿Tiene muchos amigos? No tengo pocos amigos, tampoco demasiados. Lo que sí puedo decir es que
los que tengo merecen la pena de verdad.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que sean leales y honestos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? Lo cierto es que no, he aprendido a elegir bien mis amistades.
¿Es usted una persona sincera? Sí, creo que es la cualidad más importante en una persona.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leyendo, jugando a videojuegos, corriendo… depende del día.
¿Qué le da más miedo? El día que mis seres queridos ya no estén aquí.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? Me escandaliza que, fuera de mi
burbuja de amistades y rutinas, todo sigue igual. O va a peor.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? Posiblemente,
hubiera acabado siendo veterinaria. Al fin y al cabo, todas las decisiones que
he tomado en cuanto a las carreras que he estudiado han sido por mi objetivo de
ser escritora.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Hago running, pero estas semanas me he pasado a yoga porque estoy lesionada.
¿Sabe cocinar? Soy
vegetariana, así que me he visto en la obligación de aprender a cocinar para no
sobrevivir a base de «ensalada de…».
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Puede que solo me entiendan los de mi generación: a Britney Spears.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? La naturaleza tiene algo que
impregna de esperanza a cualquier alma.
¿Y la más peligrosa? Genocidio.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, cuando digo que soy la típica que no mata ni a una mosca es que no lo
hago. Cojo mi vaso, un papel y saco el insecto que sea de mi casa.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy de izquierdas.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Ya soy feliz con la persona que soy.
¿Cuáles son sus vicios principales? Soy una persona impuntual. Es algo que estoy mejorando, pero no sé medir
bien los tiempos por mucho que lo intente.
¿Y sus virtudes? Mis
dos mayores virtudes son la lealtad y la constancia.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Mi gente.
T. M.
sábado, 2 de mayo de 2026
El mar y la destrucción: historia de los naufragios en la expansión española
En 1719, Daniel Defoe daba una historia para la que se había basado en un marinero escocés al que habían abandonado por indisciplina en una isla desierta. Se trataba de «Robinson Crusoe», en que un hombre que se superaba a sí mismo y lograba sobrevivir aislado veintiocho años; por ello, no extraña que Jean-Jacques Rousseau la recomendara vivamente a los jóvenes, afirmando que era una «obra básica de toda educación». En esa intención educativa también cupo colocar el libro de François Édouard Raynal «Los náufragos de Auckland» (JUS, 2017) al ser la demostración de que, como aquel Robinsón real convertido en ficción, se podía sobrevivir tras una tragedia en condiciones de aislamiento extremas, y levantar una cabaña, aprender a subsistir en una naturaleza salvaje, soportar el abatimiento de tanta soledad y falta de recursos de toda clase.
Y es que una noche de 1864, los cinco hombres que integraban la tripulación de la Grafton, una goleta mercante, naufragó en las costas de Nueva Zelanda, hallando no obstante refugio en un islote deshabitado. El capitán y el resto de marineros soportarían veinte meses en las islas Auckland con un clima hostil y, en un ejemplo de resistencia y confianza memorables, salvarían sus vidas y podrían retomar sus asuntos. Al final, construyeron una barca con la que huir, padeciendo hambre y tormentas, hasta la salvación final cinco días más tarde en lo que fue una aventura convertida en crónica que, como en el caso robinsoniano, también inspiraría literatura. Nos referimos a «La isla misteriosa» (1874), en la que Jules Verne narró cómo cinco marinos, tras huir de la Guerra de Secesión, logran sobrevivir en un lugar lleno de fenómenos enigmáticos.
En fechas recientes, nos llegó asimismo una novela que cuenta las vicisitudes de un caso real protagonizado por unos náufragos que fueron considerados unos héroes pero ocultaban una historia oscura, «Los náufragos del Wager», de David Grann. Así, se conocía cómo, en 1742, aconteció una historia de supervivencia y sufrimiento, protagonizada por treinta marinos que tras, padecer un naufragio, pudieron volver a la civilización. Se trataba de una escuadra naval concebida para atacar los intereses españoles en el océano Pacífico, en la línea del Imperio británico de apoderarse de lo que había conseguido España desde su llegada al Nuevo Mundo, y que al llegar al Cabo de Hornos tuvo la mala fortuna de encallar por culpa de una tormenta. Los marineros tuvieron que permanecer en una isla desierta cerca de la Patagonia. El Wager, con unos doscientos cincuenta hombres a bordo, había zarpado de Portsmouth, decía el autor, como parte de una «escuadra con una misión secreta: capturar un galeón español lleno de tesoros y conocido como “el mejor botín de todos los mares”».
Tragedias por cuestión de centímetros
El libro era una buena oportunidad de adentrarse en los intríngulis de la historia en América en torno a los enfrentamientos de las naciones llamadas a dominar el planeta. En ese sentido, el lector comprobaba cómo de obsesiva era la idea de las autoridades británicas a la hora de pergeñar planes para lanzarse, por ejemplo, «contra uno de los núcleos de la riqueza colonial española: Cartagena de Indias. De esta ciudad a orillas del Caribe partía en convoyes armados gran parte de la plata extraída de las minas del Perú», por medio todo ello de una tremenda flota compuesta por 186 barcos. Y alrededor de estas cuestiones político-marítimas gira el recién aparecido trabajo «Hundidos: Una historia de España y América desde las profundidades (1492-1898)».
En él, Carlos León Amores, doctor en Prehistoria y Arqueología por la Universidad Autónoma de Madrid, y formado en arqueología subacuática y buceo profesional, desde la primera línea plantea una visión despojada de cualquier idealización sobre el mundo marítimo: «No hay nada poético en un naufragio. Es pura violencia». Y es que, desde luego, un naufragio es un fenómeno extremo en el que se rompe el orden natural de la vida a bordo al producirse «el desmoronamiento del orden más básico y primitivo» y «el colapso de la lógica». En este sentido, el texto insiste en la fragilidad de la vida humana frente al mar dado que la separación entre la seguridad y la muerte es mínima: «Tan solo unos centímetros de madera separan el interior del exterior, la vida de la muerte, el orden del caos». A partir de esta idea, se desarrolla una descripción detallada de la violencia física que supone un naufragio, por lo que el mar es presentado como una fuerza destructiva que invade el barco.
León Amores ha intuido tal cosa «in situ», pues participó en excavaciones como el barco romano de Grum de Sal, en Ibiza, o el navío Nuestra Señora de Guadalupe, en aguas dominicanas. De hecho, desde 2005 realiza un inventario de naufragios españoles en América para el Ministerio de Cultura de España, todo lo cual le suministró mucha información para su libro, en que señala que el mar puede «lanzar veinte cañones de una tonelada de peso contra un mamparo de madera de diez centímetros hasta que lo atraviesa», así como «partir palos de medio metro de diámetro y veinte metros de altura como si fueran mondadientes». A ello se suma la acción del viento, descrito como «su aliado más temible», capaz de «cortar las velas como si fuera un cuchillo» y de deshacer toda la estructura del aparejo.
El entorno geográfico en el que se sitúan muchos de estos naufragios, especialmente el Caribe, añade nuevos peligros. León Amores afirma que «ningún barco de madera está preparado para sufrir un huracán en medio del canal de las Bahamas, en la bahía de Samaná o en los peligrosos cayos de Florida». Incluso si una embarcación logra resistir la tormenta, todavía debe enfrentarse a otros riesgos naturales: «los bajos rocosos y los arrecifes coralinos que están ahí, asomándose a la superficie del mar como centinelas de piedra ocultos». El momento del hundimiento implica también la dispersión de las mercancías transportadas, claro está, y añade algo bien curioso: «Casi todos los naufragios suelen producirse cerca de la costa o en aguas poco profundas hacia las que vientos y oleaje empujan a los navíos». En estas situaciones, los barcos terminan por desintegrarse: «los enormes galeones, los navíos mejor armados o las fragatas más veloces dejan de ser barcos y se convierten en desecho». Tras la tormenta, la calma regresa de forma abrupta, pero las consecuencias del desastre permanecen visibles en tierra firme, donde los cuerpos y los objetos personales se mezclan con los restos del barco.
El mar que engulle
Con todo, el quid de la cuestión en torno a los naufragios es que todo descansar en su carácter azaroso, porque sobrevivir depende de circunstancias fortuitas, ya sea por haberse protegido el marino en un lugar seguro o por haber conseguido escapar en una embarcación auxiliar. Además, cuando el naufragio ocurre en el contexto de un combate naval, la situación se vuelve aún más caótica; los marinos combaten «rodeados de fuego, sangre, humo y dolor». En este punto, «el barco hundido ya no cuenta. Es historia, y pronto, también, arqueología». Y es ahí cuando intervienen profesionales como León Amores, que indica que «en las costas americanas yacen más de un millar de barcos españoles naufragados desde 1492 hasta 1898», lo que los convierte en elementos clave para comprender «el nacimiento y la decadencia de un imperio de ultramar». Por ejemplo, «el de la Santa María fue el primer naufragio español, castellano más bien, que se produjo en las costas americanas».
Así, el libro propone conocer «dieciséis tragedias navales en las que se perdieron barcos y gentes en las costas del Caribe, el golfo de México, el Atlántico o el Pacífico». Cada uno de estos casos permite analizar distintos aspectos de la historia marítima, a partir de puros hechos, por supuesto, pero también indagando en las experiencias humanas: «Nos importan la historia y las historias». Por otro lado, el autor incorpora una reflexión sobre el presente al denunciar «la falta de planificación, el expolio continuado y la destrucción del patrimonio cultural subacuático», considerado «un patrimonio de la humanidad. De todos y para todos». Finalmente, el texto subraya que, junto a la tragedia, también aparecen valores positivos: «También descubrimos grandes dosis de humanidad, valor, coraje, supervivencia, colaboración, rescate y salvamento». Sin embargo, insiste en la importancia de la organización para sostener un imperio marítimo: «Es imposible mantener un imperio ultramarino sin funcionarios, ingenieros, arquitectos, marinos, cartógrafos, contables, soldados, cronistas, gobernantes y monarcas eficaces». Cuando esta estructura falla, la consecuencia es clara: «la historia lo nota y el mar nos engulle».
Publicado en La Razón, 11--IV-2026






