miércoles, 6 de mayo de 2026

Entrevista capotiana a Juan Carlos Abril

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Juan Carlos Abril.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Es una respuesta complicada. Tal vez México.

¿Prefiere los animales a la gente? Prefiero la gente.

¿Es usted cruel? No.

¿Tiene muchos amigos? Los suficientes. A ver, la amistad está sobrevalorada. No me suelen decepcionar porque no me hago grandes expectativas. Si tengo que decir algo sobre la amistad, es que no tengo cientos de amigos, pero los que tengo son buenos. En general. Aunque algún palo me han dado.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Lealtad, compromiso y compañerismo.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No. No tengo demasiadas expectativas. Eso también puede definir una sana relación de amistad. Pero cuando no hay reciprocidad, tampoco funciona.

¿Es usted una persona sincera? Sí. Me gusta ser honesto y sincero. No me gusta darle demasiadas vueltas a las cosas. Los que me conocen saben que no tengo pelos en la lengua.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? No tengo demasiado tiempo libre y he inclinado mi tiempo siempre hacia mi vocación literaria. Mis aficiones, entre las que se encuentra principalmente el cine, también van en esa dirección. Pero si tengo que decir algo, pues suelo hacer algo de deporte y me gusta mucho viajar, visitar museos...

¿Qué le da más miedo? No tengo miedos. Quizás el típico miedo de que entren en la casa y rompan todo, porque tampoco hay cosas de valor. Y los ladrones no están interesados en los libros, que es lo que más hay en mi casa. Desde que leí A sangre fría siempre está el miedo de que entren a casa y te asesinen brutalmente, claro. Jajaja. Pero eso forma parte de este tipo de vida líquida que vivimos, con tanta inestabilidad. Algo de eso vaticinó Richard Sennett en La corrosión del carácter.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La estupidez actual. La ignorancia. La maldad. Los niveles a que hemos llegado son inigualables. Escandaliza a cualquiera.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Bueno, soy escritor, soy poeta y crítico literario, pero me dedico profesionalmente a la enseñanza. Creo que es para lo único que sirvo realmente, aunque se me dan bien otras cosas. Por ejemplo, podría haber sido librero o bibliotecario. Vender libros se me daría bien, pero no me gusta.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí. Me gusta correr y también la piscina.

¿Sabe cocinar? Sí, me encanta. Con mis parejas siempre he sido yo el que ha cocinado. Pero no soy de cocinar recetas raras ni pijadas. Soy de comida tradicional. Especialmente me gusta la pasta. Ensaladas, guisos típicos.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Hay muchos. Voy a decir dos, pero hay muchos más que podría citar. De los femeninos, Úrsula Iguarán. De los masculinos, Andrei Rublev.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Imagino que la palabra amor.

¿Y la más peligrosa? Hay muchas. Odio, envidia (que es muy española), mediocridad…

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Creo que no. Pero es una respuesta compleja. Cuando fui joven y muy joven, me encontré en algunas situaciones muy complicadas. Fueron tiempos duros.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy de izquierdas.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? He luchado mucho por ser quien soy. Estoy bien así. No retrocedería ni una pizca ni cambiaría nada.

¿Cuáles son sus vicios principales? No sé si vicios. En general, abandoné los vicios que tenía hace años. Ahora soy una persona con algunos hándicaps, eso sí, con algunas obsesiones y problemas. Como todo el mundo. Pero no sé si vicios.

¿Y sus virtudes? Tenacidad.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Supongo que me preguntaría si merece la pena luchar por algo, para luego nada. No sé. La tentación del absurdo siempre está ahí. Imagino que sí, que merece la pena. O al menos no nos queda otra. Así es la vida. Un misterio que tenemos que rellenar como sea. Con la vida, claro. Ahí vamos.

T. M.

martes, 5 de mayo de 2026

Reseña de «Historia de la literatura española contada en una hora» en "Zenda"


Desde ayer lunes 4 de abril, en Zenda, está disponible esta reseña de mi Historia de la literatura española contada en una hora (El Desvelo Ediciones) que tan amable y generosamente me ha dedicado José de María Romero Barea, con el título de "Conservación y demolición, deber o libertad".

lunes, 4 de mayo de 2026

Entrevista capotiana a Esperanza Luque

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Esperanza Luque.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Valencia, mi tierra. No la cambiaría por nada.

¿Prefiere los animales a la gente? La mayoría de las veces.

¿Es usted cruel? No me considero cruel, pero tampoco soy una persona perfecta y que no cometa errores.

¿Tiene muchos amigos? No tengo pocos amigos, tampoco demasiados. Lo que sí puedo decir es que los que tengo merecen la pena de verdad.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que sean leales y honestos.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Lo cierto es que no, he aprendido a elegir bien mis amistades.

¿Es usted una persona sincera? Sí, creo que es la cualidad más importante en una persona.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leyendo, jugando a videojuegos, corriendo… depende del día.

¿Qué le da más miedo? El día que mis seres queridos ya no estén aquí. 

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Me escandaliza que, fuera de mi burbuja de amistades y rutinas, todo sigue igual. O va a peor.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Posiblemente, hubiera acabado siendo veterinaria. Al fin y al cabo, todas las decisiones que he tomado en cuanto a las carreras que he estudiado han sido por mi objetivo de ser escritora.  

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Hago running, pero estas semanas me he pasado a yoga porque estoy lesionada.

¿Sabe cocinar? Soy vegetariana, así que me he visto en la obligación de aprender a cocinar para no sobrevivir a base de «ensalada de…».

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Puede que solo me entiendan los de mi generación: a Britney Spears.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? La naturaleza tiene algo que impregna de esperanza a cualquier alma.  

¿Y la más peligrosa? Genocidio.   

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, cuando digo que soy la típica que no mata ni a una mosca es que no lo hago. Cojo mi vaso, un papel y saco el insecto que sea de mi casa.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy de izquierdas.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Ya soy feliz con la persona que soy.

¿Cuáles son sus vicios principales? Soy una persona impuntual. Es algo que estoy mejorando, pero no sé medir bien los tiempos por mucho que lo intente.

¿Y sus virtudes? Mis dos mayores virtudes son la lealtad y la constancia.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Mi gente.

T. M.

sábado, 2 de mayo de 2026

El mar y la destrucción: historia de los naufragios en la expansión española

En 1719, Daniel Defoe daba una historia para la que se había basado en un marinero escocés al que habían abandonado por indisciplina en una isla desierta. Se trataba de «Robinson Crusoe», en que un hombre que se superaba a sí mismo y lograba sobrevivir aislado veintiocho años; por ello, no extraña que Jean-Jacques Rousseau la recomendara vivamente a los jóvenes, afirmando que era una «obra básica de toda educación». En esa intención educativa también cupo colocar el libro de François Édouard Raynal «Los náufragos de Auckland» (JUS, 2017) al ser la demostración de que, como aquel Robinsón real convertido en ficción, se podía sobrevivir tras una tragedia en condiciones de aislamiento extremas, y levantar una cabaña, aprender a subsistir en una naturaleza salvaje, soportar el abatimiento de tanta soledad y falta de recursos de toda clase.

Y es que una noche de 1864, los cinco hombres que integraban la tripulación de la Grafton, una goleta mercante, naufragó en las costas de Nueva Zelanda, hallando no obstante refugio en un islote deshabitado. El capitán y el resto de marineros soportarían veinte meses en las islas Auckland con un clima hostil y, en un ejemplo de resistencia y confianza memorables, salvarían sus vidas y podrían retomar sus asuntos. Al final, construyeron una barca con la que huir, padeciendo hambre y tormentas, hasta la salvación final cinco días más tarde en lo que fue una aventura convertida en crónica que, como en el caso robinsoniano, también inspiraría literatura. Nos referimos a «La isla misteriosa» (1874), en la que Jules Verne narró cómo cinco marinos, tras huir de la Guerra de Secesión, logran sobrevivir en un lugar lleno de fenómenos enigmáticos.

En fechas recientes, nos llegó asimismo una novela que cuenta las vicisitudes de un caso real protagonizado por unos náufragos que fueron considerados unos héroes pero ocultaban una historia oscura, «Los náufragos del Wager», de David Grann. Así, se conocía cómo, en 1742, aconteció una historia de supervivencia y sufrimiento, protagonizada por treinta marinos que tras, padecer un naufragio, pudieron volver a la civilización. Se trataba de una escuadra naval concebida para atacar los intereses españoles en el océano Pacífico, en la línea del Imperio británico de apoderarse de lo que había conseguido España desde su llegada al Nuevo Mundo, y que al llegar al Cabo de Hornos tuvo la mala fortuna de encallar por culpa de una tormenta. Los marineros tuvieron que permanecer en una isla desierta cerca de la Patagonia. El Wager, con unos doscientos cincuenta hombres a bordo, había zarpado de Portsmouth, decía el autor, como parte de una «escuadra con una misión secreta: capturar un galeón español lleno de tesoros y conocido como “el mejor botín de todos los mares”».

 

Tragedias por cuestión de centímetros


El libro era una buena oportunidad de adentrarse en los intríngulis de la historia en América en torno a los enfrentamientos de las naciones llamadas a dominar el planeta. En ese sentido, el lector comprobaba cómo de obsesiva era la idea de las autoridades británicas a la hora de pergeñar planes para lanzarse, por ejemplo, «contra uno de los núcleos de la riqueza colonial española: Cartagena de Indias. De esta ciudad a orillas del Caribe partía en convoyes armados gran parte de la plata extraída de las minas del Perú», por medio todo ello de una tremenda flota compuesta por 186 barcos. Y alrededor de estas cuestiones político-marítimas gira el recién aparecido trabajo «Hundidos: Una historia de España y América desde las profundidades (1492-1898)».


En él, Carlos León Amores, doctor en Prehistoria y Arqueología por la Universidad Autónoma de Madrid, y formado en arqueología subacuática y buceo profesional, desde la primera línea plantea una visión despojada de cualquier idealización sobre el mundo marítimo: «No hay nada poético en un naufragio. Es pura violencia». Y es que, desde luego, un naufragio es un fenómeno extremo en el que se rompe el orden natural de la vida a bordo al producirse «el desmoronamiento del orden más básico y primitivo» y «el colapso de la lógica». En este sentido, el texto insiste en la fragilidad de la vida humana frente al mar dado que la separación entre la seguridad y la muerte es mínima: «Tan solo unos centímetros de madera separan el interior del exterior, la vida de la muerte, el orden del caos». A partir de esta idea, se desarrolla una descripción detallada de la violencia física que supone un naufragio, por lo que el mar es presentado como una fuerza destructiva que invade el barco.


León Amores ha intuido tal cosa «in situ», pues participó en excavaciones como el barco romano de Grum de Sal, en Ibiza, o el navío Nuestra Señora de Guadalupe, en aguas dominicanas. De hecho, desde 2005 realiza un inventario de naufragios españoles en América para el Ministerio de Cultura de España, todo lo cual le suministró mucha información para su libro, en que señala que el mar puede «lanzar veinte cañones de una tonelada de peso contra un mamparo de madera de diez centímetros hasta que lo atraviesa», así como «partir palos de medio metro de diámetro y veinte metros de altura como si fueran mondadientes». A ello se suma la acción del viento, descrito como «su aliado más temible», capaz de «cortar las velas como si fuera un cuchillo» y de deshacer toda la estructura del aparejo.


El entorno geográfico en el que se sitúan muchos de estos naufragios, especialmente el Caribe, añade nuevos peligros. León Amores afirma que «ningún barco de madera está preparado para sufrir un huracán en medio del canal de las Bahamas, en la bahía de Samaná o en los peligrosos cayos de Florida». Incluso si una embarcación logra resistir la tormenta, todavía debe enfrentarse a otros riesgos naturales: «los bajos rocosos y los arrecifes coralinos que están ahí, asomándose a la superficie del mar como centinelas de piedra ocultos». El momento del hundimiento implica también la dispersión de las mercancías transportadas, claro está, y añade algo bien curioso: «Casi todos los naufragios suelen producirse cerca de la costa o en aguas poco profundas hacia las que vientos y oleaje empujan a los navíos». En estas situaciones, los barcos terminan por desintegrarse: «los enormes galeones, los navíos mejor armados o las fragatas más veloces dejan de ser barcos y se convierten en desecho». Tras la tormenta, la calma regresa de forma abrupta, pero las consecuencias del desastre permanecen visibles en tierra firme, donde los cuerpos y los objetos personales se mezclan con los restos del barco.

El mar que engulle

Con todo, el quid de la cuestión en torno a los naufragios es que todo descansar en su carácter azaroso, porque sobrevivir depende de circunstancias fortuitas, ya sea por haberse protegido el marino en un lugar seguro o por haber conseguido escapar en una embarcación auxiliar. Además, cuando el naufragio ocurre en el contexto de un combate naval, la situación se vuelve aún más caótica; los marinos combaten «rodeados de fuego, sangre, humo y dolor». En este punto, «el barco hundido ya no cuenta. Es historia, y pronto, también, arqueología». Y es ahí cuando intervienen profesionales como León Amores, que indica que «en las costas americanas yacen más de un millar de barcos españoles naufragados desde 1492 hasta 1898», lo que los convierte en elementos clave para comprender «el nacimiento y la decadencia de un imperio de ultramar». Por ejemplo, «el de la Santa María fue el primer naufragio español, castellano más bien, que se produjo en las costas americanas».

Así, el libro propone conocer «dieciséis tragedias navales en las que se perdieron barcos y gentes en las costas del Caribe, el golfo de México, el Atlántico o el Pacífico». Cada uno de estos casos permite analizar distintos aspectos de la historia marítima, a partir de puros hechos, por supuesto, pero también indagando en las experiencias humanas: «Nos importan la historia y las historias». Por otro lado, el autor incorpora una reflexión sobre el presente al denunciar «la falta de planificación, el expolio continuado y la destrucción del patrimonio cultural subacuático», considerado «un patrimonio de la humanidad. De todos y para todos». Finalmente, el texto subraya que, junto a la tragedia, también aparecen valores positivos: «También descubrimos grandes dosis de humanidad, valor, coraje, supervivencia, colaboración, rescate y salvamento». Sin embargo, insiste en la importancia de la organización para sostener un imperio marítimo: «Es imposible mantener un imperio ultramarino sin funcionarios, ingenieros, arquitectos, marinos, cartógrafos, contables, soldados, cronistas, gobernantes y monarcas eficaces». Cuando esta estructura falla, la consecuencia es clara: «la historia lo nota y el mar nos engulle».

Publicado en La Razón, 11--IV-2026

viernes, 1 de mayo de 2026

Entrevista capotiana a María Alonso Seisdedos

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de María Alonso Seisdedos.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Teniendo en cuenta que pienso vivir hasta los cien años en un estado de salud física y mental que haga dignos de estudio mis huesos y los despojos de mi cerebro (de otras vísceras dispóngase a voluntad) y que necesitaré, por tanto, un lugar con los servicios básicos, lo más probable es que optara por quedarme en este pueblo a orillas del Miño en el que vivo en vez de la aldea aislada en plena montaña de Lugo con la que sueño. No será por falta de ganas, pero ya voy tarde.

¿Prefiere los animales a la gente? Cualquiera que me conozca sabría que miento con todos los dientes si dijera que prefiero a las personas. Prueba de ello es con quiénes comparto la vida sin que ni ellos ni yo hayamos tenido que recurrir de momento a mediadores de ninguna clase que nos ayuden a dirimir disputas sobre el territorio o la comida.

¿Es usted cruel? Tengo muchas taras (a ojos de los demás, entiéndase, que yo no me veo), pero esa no es una. Si alguna vez he tenido que matar un bicho (léase mosca o cucaracha, todo lo demás es gente), he actuado de forma expeditiva y rápida. No encuentro ningún placer, al contrario, en provocar sufrimiento.

¿Tiene muchos amigos? Muy pocos, pero es mérito suyo y, aunque jamás he entendido cómo me aguantan, les agradezco, aunque solo sea de palabra, que estén siempre ahí, sobre todo porque yo ahí no estoy casi nunca.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que no me tomen a mal que prefiera a mis perros, pero, sobre todo, que sepan lo que no sé.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Los amigos no decepcionan, por eso son amigos. Decepcionan o no los conocidos, la gente a la que quieres o crees que quieres, pero eso, una vez se pasa el trance, tampoco es una tragedia, aunque dé materia para escribirlas.

¿Es usted una persona sincera? Tengo días malos, pero, en general, no. No hay por qué ofender a nadie sin necesidad. Truman, Truman, esta pregunta tendría que ser la primera de la lista.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Pajareando, caminando, leyendo (en un alto en el camino, que no sé hacer dos cosas a la vez). Si aún me dejaran tomar café sin mesura, sentada en una terraza con un libro y un cuaderno en cualquier pueblo no demasiado concurrido, escuchando conversaciones o monólogos ajenos, no por interés en la vida de los demás sino en sus palabras, ya sean en idiomas que conozco o desconozco.

¿Qué le da más miedo? Que haya una guerra aquí en dónde vivo.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Escandalizarse exige demasiado aspaviento. Me indignan las guerras, la codicia y la crueldad, que es un tres por uno.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Opositar a algo así como agente ambiental para trabajar en un parque nacional, por más que la rima me estropee la belleza del oficio y la ilusión.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Estos músculos no se hacen solos.

¿Sabe cocinar? Más que si sé, la pregunta debería ser si me gusta y la respuesta es no. Sé cocinar, he aprendido a fuerza de ensayo y error y cocino para comer sano. No me rompo mucho la cabeza con el menú diario, pero no tomo platos ultraprocesados. La cuestión es mantener a raya el colesterol y la hipertensión para evitarles un disgusto a mis médicos y no cargar con más gastos de la cuenta a la Seguridad Social. Es triste decirlo, pero más triste es lo que como.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A mí no, eso seguro, con la mala memoria que tengo, menuda pereza inventármelo todo, pero, ahora que lo pienso, escribiría sobre Juan Rulfo o Raduan Nassar. Solo por el placer de releerlos y ponerme a investigar cómo fueron capaces de crear tales mundos engarzando letra tras letra.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Cabría preguntarse si, en cualquier idioma, vivo o muerto, existe una sola palabra o es acaso una partícula, una combinación de vocablos, un sonido tan tenue que solo el oído más entrenado lo perciba o un conjunto de signos que las manos trazan y combinan con gestos de la cara, pero para mí sería el equivalente a «lugar-donde-vivir-y-ser» (en castellano vivienda sería lo más parecido).

¿Y la más peligrosa? «¡Fuera!»

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Últimamente todas las mañanas al escuchar las noticias. Con todo, no es más que un impulso por el que no hay que alarmarse. Soy demasiado cobarde. Si no lo fuera, el mundo sería un lugar mejor y mis vecinos, no cabe duda, dirían el día de mi detención ante un micrófono arrimado a los labios con gesto contrito y perplejo: «Siempre saludaba».

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Escoro a babor. Cuantos más años cumplo, más radical es la escora, no tanto que se hunda el barco… de momento.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Me pediría ser águila ratonera (Buteo buteo), pero, puestos a pedir, que sea en un planeta con pocos humanos y muchos ratones.

¿Cuáles son sus vicios principales? Interrumpir a las personas cuando hablan y la falta de paciencia con los demás.

¿Y sus virtudes? La capacidad de concentración.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? ¡Uf, qué angustia! ¿No se puede elegir otra tortura? Yo es que me ahogo con solo que me caiga el agua de la ducha en la cabeza. Bueno, lo primero, que no se me olvide darle las gracias al socorrista que me salve. Si no ha lugar, ojalá se me pasaran despacio, muy despacio, como a lentísima cámara, por dentro de los ojos cerrados, los campos de Castilla bajo el vasto azul pálido del cielo, con el sol púrpura prendido del horizonte que ciñe el dorado de los rastrojos, en cualquier atardecer de agosto. Al menos no habría tanta agua.

T. M.

jueves, 30 de abril de 2026

«Historia de la literatura española contada en una hora» en "El Boomeran(g)"


Desde ayer miércoles 29 de abril, está recomendado en la "Biblioteca de Novedades" del blog El Boomeran(g) mi Historia de la literatura española contada en una hora (El Desvelo Ediciones).


miércoles, 29 de abril de 2026

Entrevista capotiana a Jesús G. Maestro

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Jesús G. Maestro.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Indudablemente, mi casa. Todo lo que necesito está en ella.

¿Prefiere los animales a la gente? Quiero a mi familia y a mis amigos, y entre ellos no hay ni animales ni gente.

¿Es usted cruel? La crueldad nunca está justificada. Es algo que el ser humano no puede permitirse. La crueldad es la negación misma del ser humano. Sólo los animales pueden ser crueles, y de hecho lo son, porque ignoran la dimensión moral de lo que hacen.

¿Tiene muchos amigos? Tengo tres amigos. De toda la vida. Desde mi infancia.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? No busco nada en mis amigos. Son mis amigos porque con ellos tengo libertad, como ellos conmigo, para ser como realmente somos. No necesitamos fingir.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No, porque, como he dicho muchas veces, hay dos tipos de amigos: los verdaderos y los falsos. Los falsos son aquellos que sabes cuándo te van a traicionar. Los verdaderos son los que nunca sabes cuándo te van a traicionar. Luego, están mis tres amigos. Que no tienen nada que ver con las dos clases anteriores.

¿Es usted una persona sincera? Sólo cuando hablo en broma.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Yo soy el libre. El tiempo no lo sé.

¿Qué le da más miedo? No lo sé. Todavía.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? El escándalo hoy exige prevención. La gente ha degenerado de forma tan extrema que podríamos decir que es algo escandaloso, es decir, algo de lo que hay que preservarse: de la gente y de su forma de convivir con el escándalo.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Yo propiamente no puedo considerarme, porque no lo soy, escritor de obras de ficción, me refiero a obras literarias, porque quien escribe problemas matemáticos o ejercicios de física también escribe ficciones. No hablo del periodismo, aunque también lo he ejercido. Me refiero a ficciones literarias. Solamente he publicado tres cuentos, francamente espeluznantes: «La divisa de Judas», «Yo soy casi luzbelina» y «Yo no soy una ficción». He escrito más, pero siguen inéditos. En realidad, los escritores no crean, solamente escriben. Que no es poco, pero la creación es término mayor.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí, varios, a diario y de forma muy intensa. Buena parte del día la paso haciendo deporte. Y no me refiero a tocar el piano.

¿Sabe cocinar? Desde muy joven, sí. No me gusta comer basura. Tampoco me suele gustar comer fuera de casa.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? He tenido que consultar en internet qué es Reader’s Digest, porque no lo sabía. Queda claro que soy sincero. Elegiría a Satanás.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Amor al cónyuge.

¿Y la más peligrosa? Democracia.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Eso es una barbaridad. Ni en sueños. Nunca jamás.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? La política me resulta la más vil de las actividades humanas. Me repugnan absolutamente todas las tendencias políticas. Todas.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Me muevo más por la comodidad que por el gusto. Quisiera, si tal deseo se puede pedir o aducir, vivir con salud hasta el último segundo. La salud es comodidad, es decir, la salud es realmente todo. Hay enfermedades que son peor que la muerte.

¿Cuáles son sus vicios principales? No tengo vicios ni virtudes. Ambos términos son invenciones religiosas y filosóficas incompatibles con la libertad de la vida real. Hay costumbres que son buenas para la salud y hábitos que destruyen la vida, porque son malos. La virtud sólo existe allí donde hay un vicio que ocultar.

¿Y sus virtudes? Ya me adelanté antes en la respuesta. Es lo que tenemos los dialécticos. Interpretamos algo siempre por relación a sus contrarios.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Mejor no saberlo…

T. M.

martes, 28 de abril de 2026

Un artículo viajero sobre Sevilla: dos tours y tres restaurantes


Hoy aparece, en la sección de "Viajes" del diario La Razón, este artículo mío, en mi faceta de viajero hotelero-gastronómico, titulado "Sevilla, entre el río y la mesa".

lunes, 27 de abril de 2026

Entrevista capotiana a Tina Suárez Rojas


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Tina Suárez Rojas.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Imposible decantarme por un solo lugar. Atravesaría con gusto un agujero de gusano y me iría a vivir a la Biblioteca de Alejandría. Me marcharía también al París de Rayuela y a Wonderland. Montaría incluso un buen refugio entre las ruinas de Pompeya (con permiso de las autoridades).

¿Prefiere los animales a la gente? Prefiero mi perro a determinada gente.

¿Es usted cruel? La crueldad muchas veces viene de la infelicidad y del resentimiento, así que intento estar bien conmigo misma para no jorobarle la vida a nadie. No, no soy capaz de hacer daño y causar dolor a conciencia; si eso sucediera, sé de seguro que no podría vivir con ello.

¿Tiene muchos amigos? Pocos, porque las multitudes me estresan. Pocos amigos, pero leales.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? El sentido del humor y la calma. Me gustan las personas que comparten su serenidad, creo que la paz interior es un buen indicio de honestidad.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Entiendo que la amistad se sustenta en la confianza. Si hay confianza, lo que parece una decepción ha de subsanarse. La comunicación es indispensable para despejar dudas y malentendidos. La amistad implica una relación de profundo cariño, de comprensión, de empatía. Así funcionamos mis pocos amigos y yo. Y me siento afortunada.

¿Es usted una persona sincera? Sí, pero me empeño en ser sincera con eso que llamamos, tacto, diplomacia, mano izquierda. A menudo se pretende hermanar la sinceridad con la desfachatez, la brusquedad, incluso la crueldad. La sinceridad lleva implícito el respeto y un toque de decoro. Ser sinceros obliga a cierta altura moral, precisamente para desangrar lo menos posible la integridad del otro.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me gusta mucho leer, escuchar jazz, jugar con mi perro y, cuando hay luna llena y noche despejada, me gusta mirar por mi telescopio el cielo «de innumerables luces adornado», como lo describía Fray Luis de León.

¿Qué le da más miedo? Quedarme sin las personas que amo y me aman, quedarme sola en el camino.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La mendacidad, la facilidad con la que se levantan calumnias e infamias y el cinismo de quienes las sustentan. Me escandaliza la cobardía y las bravuconadas de aquellos que parapetados tras una red social ofenden con sucia inquina; los que hablan sin criterio ni conocimiento, por puro opinionismo. Me escandaliza la deriva ideológica que ha llevado a tanta gente a sentir desprecio y odio hacia otra tanta gente por razones de religión, raza, sexo y demás. Y me preocupa sobremanera, más que escandalizar, esa perturbadora forma de protesta que consiste en atentar contra las obras de arte, el culturicidio también es atroz.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Sería astronauta, una suerte de anacoreta cósmica bogando por la inmensidad sideral. Me he pasado y me paso la vida mirando allá arriba.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Paseo con mi perro; es un ejercicio físico, emocional y mental.

¿Sabe cocinar? Voy muy justita como cocinera, pero admiro enormemente el arte culinario y acumulo bastante bibliografía. Custodio, por ejemplo, como exquisitas joyas un Recetario de cocina romana antigua y también un ejemplar del famoso El practicón (1894), de ese gran cocinólogo que fue Ángel Muro.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Más que un artículo le haría un jugoso cuestionario a mi admirada Jo March.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Esperanza, la propia palabra ya es un conjuro.

¿Y la más peligrosa? Ignorancia.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? A mí misma, las veces que no me soporto.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Se acercan bastante a las que tenía Simone Weil.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Una arañita doméstica, de esas que viven discretamente en una buhardilla llena de libros viejos y olvidados.

¿Cuáles son sus vicios principales? Digo en un verso que «tengo el hábito de amar y el vicio de perder…». Pido disculpas por la autorreferencia.

¿Y sus virtudes? La discreción.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Mi mamá, solo pensaría en mi mamá, con la misma necesidad de protección con que una niña llama a su madre cuando se siente desvalida o amenazada.

T. M.