jueves, 28 de mayo de 2026

Manuel Puig y la dignidad del folletín


En una conversación con Nora Catelli publicada en «Quimera» en 1982, Manuel Puig decía algo aparentemente simple pero decisivo para entender toda su obra: «Para mí, narrar es, de algún modo, conocer». La frase aparece mientras recuerda sus años italianos, pero en realidad funciona como una definición general de su literatura. Puig nunca dejó de creer en el placer narrativo, en la fuerza del melodrama y en la necesidad de contar historias, incluso cuando buena parte de la cultura prestigiosa sospechaba de esas formas consideradas «menores». Su gran descubrimiento fue comprender que el siglo XX hablaba mediante materiales despreciados: folletines, canciones sentimentales, frases hechas, películas de Hollywood, radionovelas o conversaciones triviales. Con todo eso construyó una de las obras más originales de la literatura hispanoamericana.

Durante mucho tiempo se repitió que Puig no tenía estilo, pero esa supuesta carencia era justamente la novedad radical de Puig, pues no buscaba una prosa inmediatamente reconocible, ornamentada o prestigiosa; es más, su literatura parecía desaparecer detrás de las voces de los personajes, como si quisiera inventar una narrativa construida a partir de la escucha. Algo que tenía mucho que ver con el cine. Así, cuando llegó a Italia en 1956, con una beca, llevaba consigo una devoción absoluta por Hollywood y directores Lubitsch, Hitchcock y Lang. Pero se encontró con un clima intelectual dominado por el neorrealismo y por la sospecha hacia la narración clásica. Puig entendió que esta jamás podría ser un adorno superficial, sino una forma de organizar la experiencia humana, y defendió esa idea sin abandonar nunca la experimentación formal, de ahí que sus novelas sean técnicamente complejas pero estén construidas con materiales que parecían indignos de la gran literatura.

Ahí aparece el núcleo de su obra: el folletín, el melodrama y la cultura sentimental de masas, ya que los hijos de inmigrantes y ex campesinos habían aprendido a sentir mediante el cine, la radio y las letras de tango; por eso parte de la crítica interpretó su obra desde lo kitsch y el sentimentalismo popular. Sin embargo, Puig no contempló a sus personajes desde arriba; incluso cuando hablan mediante clichés absurdos o frases melodramáticas, el escritor conserva hacia ellos una mezcla de ironía y ternura.

Su intuición más profunda era que las fantasías aparentemente ridículas contienen deseos auténticos. Y esa idea alcanza una formulación extraordinaria cuando habla de «Pubis angelical», en que quiso separar lo que la protagonista controla racionalmente de aquello que pertenece a «sus fantasías reprimidas, sus miedos, sus deseos inconfesados». Entonces añadió una frase magnífica: «Yo supongo que el inconsciente está poblado por el folletín, habla en términos altisonantes». Pocas definiciones mejores podrían darse del universo de Puig. El inconsciente moderno ya no habla el idioma de la tragedia clásica, sino el del melodrama cinematográfico y la novela sentimental.

La emoción dramática

Hay en su literatura, por otro lado, una preocupación constante por la imposibilidad de cambiar completamente. Sus personajes suelen vivir atrapados entre lo que creen pensar y aquello que aprendieron sentimentalmente en la adolescencia, de tal manera que la educación emocional deja marcas más profundas que las ideologías, una tensión esta que aparece de manera perfecta en «El beso de la mujer araña», probablemente su novela más célebre. La novela representó una verdadera revolución porque consiguió unir experimentación formal, reflexión política y emoción melodramática. La historia se sostiene sobre dos hombres encerrados en una celda: Molina, homosexual y apasionado por las películas románticas, y Valentín, militante revolucionario. Molina narra películas para sobrevivir al encierro, y Puig convierte esas narraciones sentimentales en el corazón emocional y político del libro.

Y aquí cabe hacer un aparte, pues en Argentina, el comportamiento homosexual podía llevar a un arresto o, al menos, a la humillación de verse etiquetado como «puto, palabra que siempre lo haría encogerse de vergüenza», como explicó su biógrafa Susanne Jill Levine. Puig, que solía vagar por La Boca, sintiendo el suspense y a la vez la atracción de lo prohibido, morirá en 1990 con la duda de si el sida ha sido el culpable. El caso es que en «El beso de la mujer araña», nunca trata a Molina como caricatura ni como símbolo abstracto, sino que el personaje está construido precisamente a partir de aquello que la cultura «seria» había despreciado: estrellas de cine, glamour, frases románticas, melodramas lacrimógenos. Pero Puig invierte todas las jerarquías culturales tradicionales y lo que parecía banal se vuelve profundamente humano. La adaptación cinematográfica de Héctor Babenco, estrenada en 1985, comprendió perfectamente esa complejidad. William Hurt interpretó a Molina sin convertirlo en simple emblema de la diferencia sexual, el actor ganó el Oscar por el papel, y la película convirtió internacionalmente a «El beso de la mujer araña» en una de las grandes historias queer, diríamos hoy.

Con todo, quizá el aspecto más fascinante de Puig siga siendo su método de trabajo, como contó Puig alrededor del origen de «Maldición eterna a quien lea estas páginas». Durante su estancia en Nueva York conoció en una piscina a un hombre llamado Larry. Lo observaba nadar y le intrigaba aquel individuo en apariencia perfecto y solo. «Yo quería ser él y él quería ser yo», recordó. Finalmente, le propuso encontrarse varias veces por semana para conversar. «Él no quería grabadora, así que todo lo que iba diciendo yo lo escribía a máquina. Ese diálogo, en el que yo me ponía en el lugar del viejo, es la novela». La anécdota revela hasta qué punto Puig concebía la literatura como una forma extrema de escucha. Sus novelas parecen espontáneas, pero están construidas mediante un trabajo minucioso sobre la oralidad, las interrupciones, los lugares comunes, las frases mal dichas y las fantasías sentimentales. Nadie habla nunca con una voz completamente propia, como si todos estuviéramos hechos de frases escuchadas en otra parte.

Publicado en La Razón, 15-V-2026

miércoles, 27 de mayo de 2026

Entrevista capotiana a Isolda Patrón-Costas

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Isolda Patrón-Costas.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Un lugar que me permitiera ver el mar. La sola idea de no poder salir de un sitio me produce angustia, pero, si frente a mí tengo un horizonte que no acaba, todo es distinto. El mar me calma.

¿Prefiere los animales a la gente? Siempre me han dado más miedo las ciudades que la naturaleza, quizás porque la gente es mucho más imprevisible.  

¿Es usted cruel? Si tomamos como punto de partida que la crueldad es una falta de empatía, no puedo considerarme cruel. 

¿Tiene muchos amigos? Conozco a mucha gente y tengo una parte muy sociable, pero la amistad es algo que lleva tiempo y que está en continua evolución. Admiro a aquellas personas que han sido capaces de conservar una amistad desde la infancia. En mi caso, he vivido en muchos sitios distintos, y eso se ha traducido en que no siempre las amistades han sobrevivido.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que tengan la generosidad de entender la vida como algo más allá de un intercambio de bienes. La escucha y la empatía para ponerse en el lugar del otro.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Con los años he aprendido a no esperar nada… la amistad a veces tiene que ver con compartir una misma vibración, una misma forma de estar en el mundo. Y a veces esas conexiones se dan por períodos limitados. Hay que aprender a ser flexible con todo, y a soltar cuando toca.

¿Es usted una persona sincera? Sí, es una cualidad que admiro e intento cultivar.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me encanta leer, escribir, estar en contacto con la naturaleza, pintar y jugar con mi perro, Happy.

¿Qué le da más miedo? Me doy cuenta de que muchas veces nos pasamos la vida persiguiendo algo, no se sabe bien el qué: un sueño, una vida en plenitud, y vamos a la carrera con la sensación de que nunca llegamos. Cuando paras, te das cuenta de que, en realidad, tienes todo lo que necesitas.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Me escandalizan las guerras, la muerte de niños inocentes por los egos desatados del ser humano, por la codicia y el afán de poder.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? De pequeña siempre soñaba con ser aventurera, protagonista de cualquiera de las historias de Julio Verne… quería ser pirata, aviadora, viajera, descubridora de nuevos mundos… ser escritora es parte de eso: inventar los sitios a los que quiero llegar.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Salgo a correr dos o tres veces en semana y, fuera de eso, me encanta todo tipo de actividad física, sobre todo las que tienen que ver con el agua.

¿Sabe cocinar? Sí y disfruto mucho de la cocina. Me relaja.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Una bibliotecaria que regentaba la Biblioteca donde yo iba todas las tardes después de la escuela. Yo tenía 7 años, nos acabábamos de mudar de Barcelona a un pueblo costero y, después del colegio, buscaba refugio allí. Había una sección de niños, pero yo prefería hablar con esa mujer que me escuchaba atentamente y siempre me recomendaba un libro que me llevaba a otro, y a otro… Años más tarde me enteré de que ella le pedía mis trabajos de escuela a la directora del colegio, para entender hacia dónde iba mi curiosidad insaciable. No recuerdo su nombre, pero sí su sonrisa.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Para mí la palabra anhelo siempre implica un viaje y una esperanza, deriva del mismo concepto etimológico que hálito y, por tanto, lo asocio a la vida.

¿Y la más peligrosa? La palabra “verdad” puede ser peligrosa, por el poder que se le ha otorgado históricamente.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, más allá de desear que alguien no esté en mi vida… y en ese caso he sido yo la que se ha marchado.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Las que tienen que ver con ayudar, con proteger a los que tienen menos y con la búsqueda de una mínima justicia social. En realidad, la política en la que creo es la de la coherencia y el querer para el otro, lo que uno desea para uno mismo.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Trabajo como directora de producción en cine y me encantaría dirigir. Estoy actualmente intentando sacar adelante mi primera película como directora. Aparte de eso, a veces pienso que me hubiera encantado ser bailarina, o acróbata… cualquier cosa que tenga que ver con el movimiento.

¿Cuáles son sus vicios principales? Supongo que un vicio puede ser la palabra… Me encanta conversar; es para mí una forma de estar en el mundo, de asirme a él a través de la narrativa y de lo que uno es capaz de nombrar. Busco entender y entenderme…

¿Y sus virtudes? Soy optimista y una trabajadora incansable. Y nunca renuncio a mis sueños.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Siempre he creído que ahogarse tiene que ser una forma muy dura de morir… pero quiero pensar que en ese instante en que tu mente va por libre y desaparece “el dolor”, las imágenes que querría que me acompañaran serían las de un ser que vuela, una mariposa, una hoja suspendida en el aire, libre de todo peso…

T. M.

martes, 26 de mayo de 2026

Bad Bunny: ¿Lo escucharemos en 200 años?

 

El cuerpo en Bad Bunny nunca es solamente un cuerpo, y si de algo habla el cantante puertorriqueño en sus canciones, es del cuerpo femenino: de lo que tiene de atractivo y bello, de deseable, de lo que ya forma parte de la distancia o el recuerdo, de lo que da para el amor y el placer. En sus canciones, las nalgas, el sudor, las cadenas, las uñas largas, el perfume, el alcohol o el movimiento del perreo forman parte de un archivo cultural que es propio por renovado de forma rotundamente original, pero a la vez hispanoamericano donde deseo, clase social, barrio, fiesta y migración se mezclan constantemente. Por eso, cuando Bad Bunny menciona «las colombianas», «las boricuas», «las venezolanas» o «las dominicanas», no está haciendo únicamente una enumeración sexual que pueda enfurecer a las feministas más combativas: está trabajando con imaginarios colectivos profundamente instalados en la música urbana de la América hispana.

Acudir a uno de sus conciertos en España, el último ayer en el Estadi Olímpic Lluís Companys, en Barcelona, con motivo de su gira «DeBí TiRAR MáS FOToS», es asistir a una clase muy seria de conservatorio en la que es imposible concentrarse y aprender, porque sólo se disfruta, sólo se siente en… el cuerpo. El Conejito Malo de la contemporaneidad musical ꟷsu apodo proviene de una fotografía de su infancia en la que aparece disfrazado de conejo con gesto enfadadoꟷ lo fusiona todo, y al hacerlo, se fusiona con un público entregado, que regala su alma al intérprete con una naturalidad, ligereza y bonhomía difíciles de igualar en la cultura popular de este siglo acelerado y marcado por la música en lenguaje inglés. El bueno de Benito Antonio Martínez Ocasio ꟷnacido en 1994 en Vega Baja, Puerto Ricoꟷ actúa con tanta gracia y relajación, que antes de salir al escenario ya se ha metido en todos los bolsillos de su vestidor.

Así, cuando aún lucía un sol crepuscular, sonó lo que tenía que sonar: salsa, plena y ritmos tradicionales boricuas; la instrumentación caribeña más autóctona mezcladas con bases electrónicas y el inevitable reguetón, omnipresente y omnipotente. Un concierto para cantar y perrear en la montaña de Montjuic para celebrar estar vivos, por esa dimensión contagiosa de una música que se instala en tus huesos y unas letras que te hacen desde susurrar hasta desgañitarte. El reguetón y el trap, mal llamado latino (por la influencia norteamericana del «latin», como si aún estuviéramos en el Imperio romano), el «dembow» dominicano, la salsa, la bachata, el merengue, el «house», el «R&B»… Sus canciones pasan con fluidez del golpe seco a melodías melancólicas cercanas al bolero pop, a composiciones festivas de carnaval afrocaribeño. Todo eso aparece exagerado, deformado y amplificado en las letras, y tal vez por eso es tan divertido, tan original, tan libre.


De Puerto Rico a Nueva York

Ya desde el inicio, con «La mudanza», dejó claras sus intenciones de hacer feliz al respetable, al conjugar ritmos caribeños tradicionales con bases urbanas contemporáneas, como si estuviera escribiendo con la respiración un manifiesto identitario. Porque hay cantantes, artistas en general, que arrastran su origen, como si en verdad estuvieran obligados a ello. Nadie es cubano impunemente, por ejemplo, más si cabe en el caso de los exiliados, y su tierra de origen y su régimen dictatorial forman parte de su ADN allá donde vayan. Y algo parecido ocurre con Puerto Rico y sus músicos, que reivindican su suelo natal, como si no fueran sólo ellos mismos sino el lugar de procedencia. Lo cual encarna dos cosas: si uno «es» nada menos que la realidad de un país, ese efecto propagandístico, en apariencia bienintencionado, repercute en su comercialidad, en su negocio.

Una vez, James Rhodes, el pianista británico afincado en España, dijo que no entendía la popularidad del reguetón y de Bad Bunny, y comparó la permanencia histórica de Beethoven con la música urbana actual, además de añadir: «¿Vamos a escuchar a Bad Bunny en dos siglos? Pues no, ni de coña». Sin embargo, ¿no será al revés en realidad? ¿No será que Bad Bunny, una estrella del firmamento musical, pasará a los libros de historia en su ámbito, y Rhodes ꟷque suele actuar con una camiseta blanca de manga corta que pone «Bach»ꟷ sólo será un intérprete más de música clásica, como tantísimos otros, que nunca creó nada y sólo copió partituras ajenas? El genio de Bad Bunny consiste en comprender el momento cultural y musical, otorgarle una cadencia determinada y rodearse de un marketing prodigioso y de los tópicos más socorridos del pop norteamericano ꟷchicas en bikini en yates surcando un mar donde ni se conocen las palabras «problema» o «aburrimiento»ꟷ, como se aprecia en sus videoclips hechos, por destacados realizadores.

Y todo con su arma más poderosa: el humor, tal vez sin querer, siendo él mismo. Miren, si no, su intervención (apenas unas pocas canciones) en «petit comité» que dio en Tiny Desk Concert, en unas oficinas de Manhattan, cuando se puso a hablar de algo totalmente «random» y personal y al cabo del rato se dio cuenta de que estaba hablando en español. Bueno, en su español. En el español con el que ha diseñado «Perfumito nuevo», «Neverita», «Si veo a tu mamá», «Voy a llevarte pa PR», «Me porto bonito», «No me conoce», o «Yo perreo sola», un manifiesto sobre autonomía femenina y libertad sexual. No me negarán que los títulos son irresistibles. Este triunfador global que nunca deja de sentirse muchacho de barrio, es capaz de poetizar el trasero de las mujeres doradas por el sol o escribir otra pieza que sonó hacia el final de la actuación, «Ojitos lindos», como si estuviera describiendo cómo le mira el público y él mira a quienes bailan con él.

 

El lenguaje badbunnyero

No es lo mismo en absoluto escuchar a Bad Bunny desde la lejanía que haberlo hecho tras conocer Puerto Rico y sus hábitos lingüísticos, pues sus canciones están tan llenas de referencias locales que sin duda a muchos oyentes se le escaparán. Cuando canta sobre «Condado», por ejemplo, lo hace de la mejor área de San Juan, llena de condominios frente al Atlántico, y algo parecido sucede con «mahón», palabra que fuera de la isla puede sonar extraña, pero que en el español boricua cotidiano significa simplemente jeans o pantalones vaqueros. Ese universo se expande constantemente en su vocabulario: «janguear» es salir de fiesta; «bellaquear» alude al deseo sexual intenso; «tener piquete» no es solo vestir bien, sino poseer una actitud desafiante y magnética; «meterle» puede aludir tanto a esforzarse como a insinuaciones sexuales; «romper» equivale a triunfar de manera aplastante; «bicho», dependiendo del contexto, puede significar insecto, problema o directamente pene, y de ahí nacen palabras como «bichote», originalmente vinculada al narcotráfico y al poder callejero. También aparecen términos aparentemente inocentes cargados de insinuación como, claro está, «perrear», que implica un tipo de baile corporal, rozado y sexualizado que se convirtió en uno de los lenguajes centrales de la música reguetonera. Incluso lugares aparentemente secundarios terminan cargados de sentido emocional. Santurce, Vega Baja, Calle Loíza o las marquesinas familiares aparecen en sus letras como escenarios sentimentales de una memoria colectiva boricua. Además, Bad Bunny utiliza mucho el spanglish puertorriqueño con vocablos como «shorty», «baby», «broki», «party», «flow», «feeling», «outfit» o «mood». Por eso muchas letras de Bad Bunny producen una sensación curiosa fuera del Caribe: millones de personas las cantan fonéticamente sin captar todas las claves que esconden. Y, sin embargo, precisamente esa resistencia a volverse completamente transparente es lo que mantiene viva su identidad puertorriqueña dentro del pop global; es como si sus canciones no se tradujeran del todo. Y esa quizás es una de las razones por las que Bad Bunny ha logrado convertirse en estrella planetaria sin abandonar del todo el idioma íntimo de su isla. Ha conservado el habla local, las deformaciones fonéticas, la jerga callejera y los códigos culturales de Puerto Rico incluso sabiendo que millones de personas cantarían esas palabras sin comprenderlas del todo. Sin duda, aparte de su voz tan particular, ahí reside buena parte de su magnetismo: sus canciones viajan por el mundo, pero nunca dejan de sonar como si todavía salieran de las coloridas calles del Viejo San Juan.

Publicado en La Razón, 24-V-2026

fotos: Sergi P. Naches


lunes, 25 de mayo de 2026

Entrevista capotiana a Javier Pérez Bolet

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Javier Pérez Bolet.

 

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? La muerte. De ahí sí que no se puede salir. Y si no puedes salir de un lugar, por bonito que sea, ¿para qué vivir?

¿Prefiere los animales a la gente? Depende de qué gente, y depende del animal. Definamos primero qué es "gente" como algo distinto a "animal".

¿Es usted cruel? No. Y Pedro I, tampoco.

¿Tiene muchos amigos? Sí, es una de mis principales riquezas.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Lealtad, ¿acaso hay otra?

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Antes sí. Con el tiempo eliges mejor y, además, sólo van quedando los que de verdad lo eran y son.

¿Es usted una persona sincera? Demasiado. Lo cual pensaba que era una virtud. Me equivoqué. Y sigo pertinaz en mi equivocación.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Con mi hijo, mi madre y mis amigos. El resto, como decía el poeta, es selva.

¿Qué le da más miedo? El dolor físico si es en grado insoportable. El mental, por intenso que sea, se puede sobrellevar.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Mira a tu alrededor, con más de 50 años, ¿aún te vas a escandalizar por algo? Entonces no has aprendido nada de lo que es la vida.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Estudiar oposiciones a judicatura, ser abogado, decir que no a un puesto de juez por la palabra dada a un amigo, ser director de RRHH y enfrentarme al CEO y al Comité de Empresa por igual, dejarlo todo y ser piloto de helicóptero en el extranjero, volver a España y salvar vidas en servicios aéreos de emergencia... Habría hecho todo lo que ya he hecho. Quizá me saltase el encierro que implicó la oposición.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí. Antes mucho tenis. Ahora gimnasio de mantenimiento. Y los fines de semana fútbol y rugby. Aún tengo los moratones del último placaje recibido hace unos días y cojeo un poco. El dolor nos recuerda que estamos vivos.

¿Sabe cocinar? Lo justo y necesario. O sea, no.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Héctor. Porque ningún padre tendría nunca un mejor hijo. Y si no, preguntadle a Príamo. (Uno de los nombres de mi hijo es ese, "Héctor").

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? "Esperanza". No sé si en otro idioma es más larga... quizá en alemán, pero a un hispano no le llenaría igual.

¿Y la más peligrosa? "Peligro". Y no hacerle caso.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No. Pero no lo descarto. El abismo siempre está ahí, y también te mira.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Viajero en el tiempo. Y creo que más hacia el pasado.

¿Cuáles son sus vicios principales? Lealtad. Sinceridad. Generosidad.Y las causas perdidas.

¿Y sus virtudes? Lealtad. Sinceridad. Generosidad. Y no aquietarme ante las injusticias. 

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? ¿Agua? No sé qué tendrá preparada la descarga de sustancias cerebrales pero espero que dé con la manera de salir de ahí. Si no, que me apague inmediatamente.

T. M.

domingo, 24 de mayo de 2026

Mi "cómo lo hice" sobre "Historia de la literatura española contada en una hora" en "Zenda"


Hoy aparece, en la revista digital Zenda, dentro de la sección "Making of", un artículo mío sobre cómo escribí Historia de la literatura española contada en una hora (El Desvelo). Titulé mi texto "Historiar la literatura española en sesenta minutos".

viernes, 22 de mayo de 2026

Entrevista capotiana a Alfons Segarra Medrano

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Alfons Segarra Medrano.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una masía, con campos, visión abierta, olivos y viñas. Espacios amplios. Calidez humana. Lejos de grandes metrópolis. Cerca del mar. En el Baix Empordà o en el Garraf. Con mi familia. Donde el tiempo tiene valor.

¿Prefiere los animales a la gente? Prefiero a la gente, sin dudarlo. Tengo un imán inevitable que atrae a los perros a mi entorno. A todos. O a casi todos. Es algo especial que no he conseguido saber de dónde sale. Pero mi vida está entre la condición humana. Para bien o para mal. Tanto da.

¿Es usted cruel? En absoluto. Les doy mi palabra, que es lo único que tengo.

¿Tiene muchos amigos? Buenos, muy pocos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Empatía, sinceridad, nobleza de carácter, inteligencia y sentido del humor. Que confíen en que yo también desearía tener esas cualidades.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Los buenos, nunca jamás. Son seres humanos. Como yo. Y les ocurren las mismas cosas que me ocurren a mí. No hay que darle muchas vueltas.

¿Es usted una persona sincera? Sí. Algunos opinan que tal vez demasiado.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leer, escribir, estudiar, aprender, actividad al aire libre, deporte, conversaciones con amigos.

¿Qué le da más miedo? La enfermedad y la muerte. Sobre todo la de mis seres más queridos.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La injusticia. La hipocresía. La mentira. La violencia en todas sus formas y matices. Las conductas que especulan con la vida y con la libertad de las personas. El autoritarismo. La explotación. La esclavitud, que sigue existiendo, bajo diferentes máscaras.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Soy médico, investigador y profesor universitario de profesión. Vengo del mundo de la encorsetada literatura científica, de la revisión de artículos por pares donde hay que justificar cada comentario, cada punto y cada coma que escribes en un artículo, refrendarlo y avalarlo por citas previas que den crédito o legitimen de alguna manera aquello que explicas. Mi auténtica vocación es la creatividad, ya sea en la investigación científica, en la pintura o en la narración. No sé si soy escritor. Disfruto explicando historias. La escritura es un medio idóneo para expresar ideas. Pero no solo es eso. También hay un compromiso con el lenguaje. No es solo lo que se explica. También, es cómo se explica. Buscando las palabras y las frases idóneas, tachando y reescribiendo tantas veces como sea necesario hasta que una frase queda escrita cómo pretendías. Aunque a otros no les pueda gustar. Y luego está la ausencia de miedo a tomar partido y a expresar las propias ideas. Aunque queden escritas para siempre en tinta sobre un papel y alguien pueda, algún día, recriminarte un comentario o una idea. Aunque lo que escribes te signifique y en cierta manera exponga tus pensamientos y motivaciones íntimas. Aunque tu estilo y tu sintaxis sean objeto de análisis y crítica. No importa. Escribo porque necesito hacerlo. Disfruto inventando y construyendo las tramas de las historias. Este aspecto es el más atractivo de todos. El proceso de crear personajes sólidos y de crear una historia que sea coherente y que, además, sea el escenario apropiado para expresar un mensaje. La literatura es un territorio donde es posible unir imaginación, creatividad, reflexión, historia, actualidad, filosofía y emoción sin pedir permiso a nadie. Sigo escribiendo, y seguiría siendo médico si no escribiera.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Salgo a correr por la montaña, pero ya sin excesos. La edad no perdona. Lo hago para disfrutar del paisaje.  Fui tenista casi profesional hace muchos, muchos años. Todavía lo practico, pero por placer. Nunca compito. No me gusta competir.  Eso ya pasó. Ahora, cuando entreno al tenis, siempre es con amigos y, ¿para qué voy a enviarles la pelota donde ellos no están?

¿Sabe cocinar? Sí. Me encanta cocinar. Mi familia y mis amigos me consideran un cocinero notable.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Si fuera un  personaje de novela de ficción, tal vez escribiría sobre Jean Valjean. No por ser un personaje perfecto ni idealizado, sino precisamente por su recorrido humano. Pocas figuras literarias muestran con tanta profundidad la capacidad de transformación moral de una persona. Jean Valjean atraviesa la miseria, la humillación, la rabia, el resentimiento, la culpa, el miedo y, finalmente, la redención. Lo inolvidable de él no es solo lo que hace, sino lo que aprende a ser. Su vida plantea preguntas universales sobre la justicia, el perdón, la dignidad y la posibilidad de cambiar incluso después de haber caído. Además, creo que Victor Hugo consigue algo extraordinario: Jean Valjean nunca deja de parecer humano. A veces duda, se equivoca, teme perder lo que ama o regresar a quien fue. Esa lucha interior constante es lo que hace que el personaje siga vivo mucho después de terminar la novela. Los grandes personajes no son los más poderosos ni los más brillantes, sino aquellos cuya experiencia vital permite reconocer algo esencial de la condición humana. En mi opinión, Jean Valjean pertenece a esa categoría. Otro personaje que considero inolvidable y emblemático es Vito Corleone,  no porque comparta sus valores o sus actos —que rechazo completamente—, sino porque es uno de los personajes más complejos y humanos jamás creados. Su mezcla de autoridad, afecto familiar, inteligencia, pragmatismo y oscuridad moral hace que parezca una persona real más que un simple personaje. Los seres humanos memorables en la ficción rara vez son perfectos; suelen estar llenos de contradicciones. Si fuera un personaje inolvidable real, escribiría sobre Nelson Mandela, Martin Luther King, Teresa de Calcuta o Victor Frankl.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Tal vez, la palabra que escogería es: todavía. Porque implica que, incluso después del fracaso, del dolor o de la pérdida, queda margen para comprender, cambiar, reconciliarse o seguir adelante. Y eso lo engloba todo. Es posible que aquí influya, en cierta medida, mi faceta antigua de tenista de competición. Puedes estar perdiendo un partido y estar recibiendo una paliza monumental, pero hasta que tu adversario no gana el último punto, todavía queda alguna posibilidad.

¿Y la más peligrosa? Tal vez sería una palabra tan ingenua como: nosotros. No por su significado simple, ya que es una palabra capaz de crear comunidad y protección, la concibo como 'peligrosa' porque, paralelamente, lleva implícita la palabra 'ellos' y, en este sentido, puede justificar exclusión, fanatismo y violencia cuando deja de reconocer la humanidad, la existencia y los derechos de quienes quedan fuera del concepto definido por el término. 

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Nunca. Absolutamente nunca. Eso no significa que tal vez alguien hubiera merecido que experimentara tal sentimiento.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Me interesan más las personas y las consecuencias humanas de las decisiones políticas que las etiquetas ideológicas. Me preocupan especialmente la justicia social, la dignidad humana, la convivencia, el abuso de poder y la capacidad de las sociedades para construir equilibrio sin perder libertad ni humanidad. Desconfío mucho de los dogmatismos y de las visiones simplistas de la realidad, ligados a siglas políticas o de partidos y no me siento representado por ninguno de los existentes. Rechazo los totalitarismos y los autoritarismos vengan de donde vengan. No tolero el liberalismo despiadado que enfrenta a seres humanos en competencia feroz pero tampoco tolero que el estado y el bien común anulen al individuo como persona libre. Soy plenamente consciente de que el ideal platónico de un gobierno altruista, integrado por justos y sabios, es utópico e inviable. Solo aspiro a que, entre quien sea que gobierne, haya alguien que tenga estas cualidades y las haga valer.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Artista en sentido amplio, historiador o filósofo. Tal vez también psicólogo, pero no profesionalmente hablando. Siempre me ha interesado más comprender el comportamiento humano y las estructuras sociales que juzgarlas desde fuera.

¿Cuáles son sus vicios principales? El principal es la tendencia a intentar preservar libertad del individuo. Probablemente, también, pensar demasiado las cosas y no resignarme fácilmente a las contradicciones ni a las injusticias. Me cuesta aceptar las explicaciones simples sobre las personas, el poder o la realidad. También, la sobreinterpretación. Supongo que escribir nace muchas veces de la incapacidad de dejar de mirar las cosas una vez empiezas a hacerte preguntas sobre ellas.

¿Y sus virtudes? La curiosidad, la empatía, la tolerancia, la constancia de quien persigue conseguir objetivos sin ser brillante en nada, la necesidad de intentar comprender el fondo humano de las cosas, incluso cuando resulta incómodo.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? La pérdida de mis seres queridos.  Creo que me pasarían por la cabeza rostros, no ideas. Al final, todo lo importante de una vida acaba teniendo forma humana. Probablemente recuerdos muy concretos y pequeños: voces, conversaciones, momentos de calma, personas a las que he querido. Creo que, en situaciones límite, el ser humano no piensa en las grandes ideas sino en las personas que le acompañaron y le hicieron sentirse realmente vivo.

T. M.

jueves, 21 de mayo de 2026

Kafka después de Kafka: el nacimiento de una obra en manos de sus traductores

«Kafka obliga a múltiples relecturas. Cuanto más creemos conocerlo, más inaprensible puede resultar». Esta frase de Juan Insua, responsable de las exposiciones del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona «Las ciudades y sus escritores» —la dedicada a la Praga de Kafka fue en 1999—, resulta fundamental para entender la fascinación que representa el autor checo generación tras generación. ¿Por qué el autor tomó tal decisión lingüística y, por lo tanto, generó consecuencias interpretativas específicas en cada lengua?, podría ser lo que cada uno de sus traductores y lectores profundos planteen frente a la obra kafkiana. Uno de los más prestigios, Roberto Calasso, en «K.», expresó que es necesaria la actualización de las traducciones de la obra de Kafka al español y a otras lenguas a fin de pulir los cambios que hiciera el amigo del escritor, Max Brod, y reparar antiguas versiones que no concordaban del todo con el original alemán.

Para Calasso, esta advertencia sobre la traducción es imprescindible, pues asienta parte de sus observaciones en lo semántico. Él mismo centró su atención en «El proceso» y «El castillo», obras que según él «parten de un presupuesto idéntico», esto es, que la elección de la que consta la primera novela y la condena que es la plataforma para la segunda «“casi” no se distinguen», por lo que hay «innumerables conexiones entre los dos libros». De este modo, el tribunal que juzga a Josef K. y la administración del Castillo a la que se ofrece K. «son dos organizaciones adyacentes, que resuenan una en la otra», obligando a ambos protagonistas a una constante espera llena de «extrañeza, desconcierto, estupor». ¿Serían estas las sensaciones de Kafka tras su ruptura con su novia formal Felice Bauer, en un hotel de Berlín en julio de 1914 y que luego inspirarían «el tribunal del hotel» de «El proceso», iniciado al mes siguiente? ¿Qué relación tendría su paso por Zürau, ya enfermo de tuberculosis, en 1917 —cuando, afirma Calasso, encuentra una salida «a las principales potencias que desde siempre le persiguen», es decir, la familia, la oficina y las mujeres— para la elaboración de El castillo? Kafka suele despertar más preguntas que respuestas.

El Kafka reconstruido

Cuando se habla de él, la conversación suele comenzar en Praga y terminar en la angustia. Se evocan castillos inaccesibles, tribunales absurdos, hombres convertidos en insectos y pasillos donde la culpa se desplaza como una corriente de aire helado. Sin embargo, el ensayo «Diez versiones de Kafka» (traducción de Rubén Martín Giráldez), de Maïa Hruska, propone que el verdadero acontecimiento kafkiano no fue la muerte del escritor en 1924, sino el momento en que una serie de traductores, lectores y escritores sintieron la necesidad de trasladar su obra a otras lenguas: «El año 2024 no conmemora una muerte, sino un nacimiento», dice Hruska, que plantea que Kafka no nació realmente como autor universal mientras vivía, sino después de desaparecer. Su entrada en la historia literaria se produjo gracias a quienes lo tradujeron, interpretaron y rescataron del anonimato; es decir, Kafka fue reconstruido, reencendido, multiplicado.

Hruska recuerda que Kafka «murió sin haber conocido ni una pizca de gloria», dejando apenas «un testamento redactado a lápiz y un montón de manuscritos desordenados». Hoy su apellido ha generado incluso un adjetivo universal, «kafkiano», usado hasta el desgaste, pero en 1924 no existía aún el mito. No había biografías, estudios académicos ni fotografías célebres circulando masivamente. Kafka era, en palabras de la autora, «un absoluto don nadie». Hruska apunta que los primeros traductores trabajaron en una especie de territorio virgen, sin aparato crítico ni canon establecido. Traducían a un escritor del que apenas sabían nada. Lo único que tenían ante sí era la obra desnuda.

Especialmente reveladora resulta la cita de Alexandre Vialatte, quien explicaba a André Gide las dificultades de convencer a las editoriales francesas: «Si pronuncio el nombre de Kafka se preguntarán de quién estoy hablando. Si añado que es austriaco, judío y checo, desconfiarán de este forastero, pero si añado que quizá sea el escritor más grande del siglo, me tomarán por un chiflado inofensivo». En todo caso, las primeras traducciones, sostiene la autora, poseen «el encanto disparejo de las primeras veces» en el sentido de que cada traductor inventó parcialmente a su propio Kafka, como hubiese una constelación de Kafkas surgidos de encuentros particulares entre una obra y una sensibilidad.

Así aparecen las parejas esenciales del libro: Kafka-Borges, Kafka-Schulz, Kafka-Vialatte, Kafka-Levi, Kafka-Jesenská (en concreto, Bruno Schulz lo tradujo al polaco antes de ser asesinado por la Gestapo; Milena Jesenská lo vertió al checo antes de ser deportada, y Jorge Luis Borges, al español, antes de quedarse ciego, aparte de Melech Ravitch, que lo trasladó al yidis), pues tales uniones «existen irreversiblemente» y la lectura contemporánea de Kafka está inevitablemente mediada por ellas. La traducción deja de ser simple transmisión lingüística y se convierte en una metamorfosis, dado que cada traductor refleja a Kafka y al mismo tiempo se proyecta en él. Por eso, la autora profundiza en la vida personal de algunos traductores que tuvieron destinos trágicos. Varios atravesaron la Shoah, el exilio, el suicidio o la persecución política, como en los casos de Primo Levi o Paul Celan. Ambos sobrevivieron a los campos nazis y ambos cargaron con la culpa de haber sobrevivido. Hruska sugiere que quizá la traducción les ofrecía una forma de desaparecer dentro de otra voz, de ponerse «al servicio de otro».

Traductores «químicos»

A partir de un momento dado, Kafka dejó de ser únicamente un escritor del absurdo burocrático para convertirse en un espejo anticipatorio del siglo XX europeo. Sus traductores reconocieron en sus textos algo que todavía no tenía nombre, pero que el siglo terminaría revelando con brutalidad: la deshumanización, la persecución administrativa, la culpa colectiva, la fragilidad del individuo frente a sistemas incomprensibles. No obstante, la intención de Hruska no es convertir a todos los traductores en una masa homogénea, porque cada uno produjo un Kafka distinto, condicionado por su lengua, su biografía y su sensibilidad estética. La autora propone incluso esta imagen: una «cuadrícula a lo Mendeléiev» para clasificar las singularidades de cada encuentro. La metáfora científica ordena el caos de afinidades literarias como si cada traductor fuera un elemento químico distinto reaccionando con el mismo núcleo central.

Ese núcleo aparece finalmente simbolizado por el neón. El décimo elemento de la tabla periódica sirve a Hruska como emblema de sus «diez traductores». El neón significa «nuevo» en griego y produce una luz artificial, un resplandor. La idea sería esta: Kafka no nos llega mediante una luz directa y original, sino a través de iluminaciones sucesivas producidas por otros. Los traductores serían así «luciérnagas girando alrededor del mismo núcleo», una metáfora que resume el sentido del ensayo al sugerir que la literatura no es una propiedad privada del autor, sino que una obra vive porque otros la trasladan, la interpretan o la continúan. Kafka, por consiguiente, no pertenece únicamente al alemán de Praga. Pertenece también al francés de Vialatte, al español de Borges, al italiano de Levi y a todas las lenguas que lo hicieron renacer.

Asimismo, cabe interpretar «Diez versiones de Kafka» como un libro sobre la supervivencia cultural por cuanto Hruska muestra cómo una obra aparentemente marginal puede atravesar fronteras históricas gracias a una cadena de lectores apasionados. Y es que la posteridad de Kafka no fue automática: fue construida pacientemente por individuos que apostaron por él cuando todavía era apenas un nombre desconocido en Europa. Kafka y sus traductores forman una red transnacional compuesta por judíos, exiliados, supervivientes, intelectuales desplazados y escritores bilingües, de modo tal que la circulación de Kafka dibuja un mapa alternativo del continente: una Europa de traducciones, pérdidas y desplazamientos, más unida por la literatura que por la política.

La autora describe a los traductores avanzando «en la noche con Kafka como única linterna» y convierte la historia literaria en una escena casi cinematográfica. Y cuando habla de «ese núcleo infranqueable de la noche», retomando a André Breton, sitúa a Kafka en una dimensión casi mística: un centro oscuro que nunca terminamos de descifrar. Kafka escribió en una habitación de Praga. Pero el Kafka que hoy conocemos nació muchas veces después, en oficinas editoriales pequeñas, en habitaciones de exiliados, en mesas de traductores agotados, en ciudades heridas por la guerra. Eso es lo que plantea Hruska: el hecho de que la literatura universal no nace únicamente del genio, sino también de quienes deciden cargarlo a través de la noche.

Publicado en La Razón, 18-V-2026

miércoles, 20 de mayo de 2026

Entrevista capotiana a Raquel Gavilán Párraga

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Raquel Gavilán Párraga.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Un sitio con luz natural y cerca del mar. Y, si puede ser, con una mesa grande donde escribir… o donde acaben merendando mis hijos.

¿Prefiere los animales a la gente? Depende del día. Hay días muy de querer compartir con gente… y días en los que un perrete o gatete me parece una opción bastante mejor.

¿Es usted cruel? No lo creo, ni con los demás ni conmigo misma.

¿Tiene muchos amigos? No, no muchos. Pero sí los suficientes como para sentirme acompañada.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que pueda ser yo sin medir cada palabra. Y que haya buen rollo, incluso en los días raros.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Como todos, a veces sí. Pero yo también decepciono, porque la decepción existe mientras haya expectativa, así que intento mirar eso con cierta calma.

¿Es usted una persona sincera? Sí, aunque he aprendido que no todo tiene que decirse siempre ni de cualquier forma.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Escribiendo, leyendo… o simplemente estando con mi familia sin hacer nada especial. Eso cada vez me parece más valioso.

¿Qué le da más miedo? No estar presente en mi propia vida. Ir demasiado rápido y no enterarme de lo importante.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La falta de empatía, los psicópatas que van por la vida como personas normales, caminan y trabajan entre nosotros, ocupan escaños en el congreso y puestos de responsabilidad en las empresas.

Si no hubiera decidido ser escritora, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Seguramente algo relacionado con acompañar a otras personas. Es algo que siempre me ha salido como algo natural.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí, intento moverme varios días a la semana, aunque hay épocas en las que la vida (y los niños) mandan más que la rutina.

¿Sabe cocinar? Sí, lo básico… y alguna cosa rica cuando tengo tiempo. Pero no voy a engañar a nadie: también tiro de soluciones rápidas más de lo que me gustaría.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A una mujer normal. De esas que sostienen mundos enteros sin pedir reconocimiento.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? “Todavía”.

¿Y la más peligrosa? “Mañana”. Porque a veces es una forma elegante de no hacer nada hoy.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No… pero sí he tenido días de paciencia bastante limitada, sobre todo con el cansancio acumulado.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy apolítica, creo sinceramente que el sistema es una farsa. Me importan las personas y su calidad de vida. Todo lo demás debería ir al servicio de eso.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Alguien un poco más tranquila por dentro. Una seta, por ejemplo, jeje.

¿Cuáles son sus vicios principales? El buen vino y el chocolate negro.

¿Y sus virtudes? La sensibilidad y la capacidad de ver belleza en cosas muy pequeñas y cotidianas.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Momentos muy concretos: mis hijos naciendo de mi cuerpo, un beso que no pudo repetirse, un atardecer en la playa de Torimbia.

T. M.

martes, 19 de mayo de 2026

Incompatibilidades humanas y animales


En los albores de su andadura, la editorial Acantilado recuperaba en el año 2000 una novela de Natalia Ginzburg (Palermo, 1916-Roma, 1991), Querido Miguel, y, muy poco después, moría su traductora Carmen Martín Gaite. Esta siempre reconoció deberle mucho a esta narradora, dramaturga y ensayista italiana, hasta el punto de que la concepción de Nubosidad variable (1992) se explica mejor tras saber que fue escrita coincidiendo con la traducción de Querido Miguel para la editorial Lumen.

Dicha influencia venía ya de lejos, porque Martín Gaite conoció Italia en los años cincuenta, cuando acompañaba a su marido, Rafael Sánchez Ferlosio, a visitar a su familia; desde ese momento, el encuentro con su lengua y literatura, además de con el neorrealismo cinematográfico, marcó la trayectoria narrativa de la autora salmantina, que traduciría otra historia de Ginzburg publicada en 1952, Nuestros ayeres.

En pocos casos se aprecia una deuda literaria de forma más clara. El lenguaje coloquial, los numerosos diálogos, el análisis inocente de insignificancias diarias y el pensamiento femenino más íntimo pueblan las páginas de Caro Michele (1973). De hecho, algunos de estos aspectos aparecen en otros libros de Ginzburg, como en las dos novelas cortas que ahora se han juntado y que tienen el común denominador de ahondar en personajes desgraciados, solitarios, aunque gocen de compañía familiar o estabilidad económica.

Nos estamos refiriendo a Familia y a Burguesía, ambos relatos escritos en 1977 con un muy nítido deseo de economía literaria y profundización psicológica. Es más, leyendo los pasajes más explicativos en torno a los personajes de la primera narración, el lector captará un estilo casi de crónica de hechos, como si cualquier existencia pudiera reducirse a un listado de acciones y errores. Tal cosa sucede cuando se presenta la pareja protagonista, antaño amantes y padres de una niña muerta de bebé.

En Familia que tuvo edición catalana en Ático de los Libros en 2020, conocemos al arquitecto Carmine, inquieto por una desagradable carta que le ha enviado desde Venecia su actual mujer, en la que no confía, e Ivana, una traductora con la que acude al cine con tres niños, entre ellos el hijo del hombre y la hija de la mujer. Y enseguida llega lo esencial: su pasado común, una continua incomodidad que sufren a la hora de relacionarse con otras personas, ya sean amigos o familiares.

Por su parte, Burguesía se abre con un simple apunte anecdótico: «A una mujer que nunca había tenido animales le regalaron un gato», el cual irá complicándose a medida que el personaje principal, Ilaria, viuda de un empresario teatral y mantenida por su cuñado, va acumulando mascotas que tienen un extraño fin y sólo le despiertan tristeza. De este modo, con un tono sobrio y contenido, Ginzburg es capaz de examinar las soledades e incompatibilidades humanas con la precisión de un bisturí, siempre en un clima de confusión ante cualquier cosa que pasa y por donde se filtran episodios de suicidio, infidelidades y demás huidas hacia adelante.

Este trasfondo de desdicha puede sonar desangelado, pero la fuerza de la verosimilitud narrativa en ambas historias consigue atrapar al lector, que se somete a un abanico de sutilezas y crisis anodinas elevadas a trascendentes que alimentan la idea central de Famiglia e Borghesia, como si fuese la continuación del existencialismo que tanta dimensión había tomado a mediados de siglo XX: la absoluta mediocridad del vivir. Eso sí, mucha de esa desdicha aparece en ambos relatos por una falta de voluntad para ser feliz, como en el caso de Carmine e Ivana, dispuestos a discutir a diario en la casa en que convivieron, a emprender proyectos que abandonaban o a no cultivar el bienestar del otro, el amor verdadero al otro.

Publicado en Cultura/s, 16-V-2026