martes, 9 de junio de 2026
La revista "Qué Leer" de este junio
domingo, 7 de junio de 2026
Entrevista capotiana a Nacho Faerna
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Nacho Faerna.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Estoy terminando de
construir una casa en el campo. El plan es pasar allí el máximo tiempo posible
en el futuro. Así que la reclusión sería voluntaria.
¿Prefiere los animales a la gente? Digamos que
me cuesta mucho encontrar un perro que no me guste. No puedo decir lo mismo de
las personas.
¿Es usted cruel? Voy a citar mi libro
favorito. Barrie afirmaba que los niños eran alegres, inocentes e insensibles. La
combinación de alegría, inocencia e insensibilidad puede parecer crueldad. Si
alguna vez he sido cruel, espero que no, será por culpa de mi particular
complejo de Peter Pan.
¿Tiene muchos amigos? Hay dos palabras que
uso con mucho cuidado: amigo y compañero. No las regalo fácilmente.
Afortunadamente, creo que podría montar un equipo de baloncesto con mis amigos
y amigas de verdad.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que no se avergüencen
de mí.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? No consigo recordar ninguna ocasión en la que lo hayan hecho.
¿Es usted una persona sincera? Me pagan por
mentir. Y no trabajo gratis.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Prefiero no ocuparlo. Que siga libre.
¿Qué le da más miedo? El
sufrimiento, que no el dolor.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? La impunidad de los idiotas.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? De niño quería ser pescadero.
Mi madre me dejaba en la pescadería mientras ella hacía la compra por los demás
puestos del mercado y yo me quedaba al cuidado del pescadero, hipnotizado
mirando cómo limpiaba lubinas y pescadillas. Aquel hombre tenía sólo tres dedos
en la mano izquierda. Era lo más parecido a un pirata de Salgari o de Stevenson
que había a mi alrededor. Aún me gustaría ser pescadero.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Ayer di mi
primera clase de Tai Chi.
¿Sabe cocinar? ¿Qué clase de pescadero sería si no
supiera cocinar?
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? El primero que me ha
venido a la cabeza ha sido Sister Corita, una monja de los 60 que hacía arte
pop.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Todavía.
¿Y la más peligrosa? Son dos:
sentido común.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Sí.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Cada día soy más
radical.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? ¿En lugar de
radical? Jacobino (estudié en los dominicos).
¿Cuáles son sus vicios principales? Tengo defectos, pero
no vicios. Ni adicciones, salvo al cacao puro sin azúcar.
¿Y sus virtudes? No me adornan
especialmente. De las cuatro cardinales que aprendí en el catecismo, carezco de
prudencia pero no la persigo especialmente, persigo la justicia y rara vez la
encuentro, aspiro a la fortaleza y desconozco la templanza.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Vería peces. Y al pescadero con sólo tres dedos en la mano izquierda. Ojalá
lo siguiente que viera fuera a la mujer de mi vida, que se habría tirado al
agua para rescatarme.
T. M.
sábado, 6 de junio de 2026
Los mayas después del mito
Hubo un tiempo en que la historia de los mayas se escribía, sobre todo, desde la fascinación por las ruinas. Las ciudades cubiertas por la selva, los templos vacíos, las pirámides entre raíces y humedad alimentaron durante décadas una imagen romántica y simplificadora: la de una civilización brillante que habría desaparecido de manera repentina y misteriosa. El nuevo libro de David Stuart, «Los cuatro cielos. Una nueva historia de la civilización maya» (traducción de Luis Noriega), se sitúa precisamente contra esa idea. No para sustituirla por otra narración espectacular, sino para desmontarla con una enorme acumulación de datos, inscripciones, excavaciones y lecturas históricas. El resultado es una obra monumental que propone una reorganización del relato maya desde dentro de la propia tradición escrita mesoamericana.
Stuart pertenece a una generación decisiva en los estudios mayas. Hijo de investigadores, empezó a trabajar desde muy joven en el desciframiento de jeroglíficos y se convirtió con dieciocho años en el receptor más joven de la beca MacArthur. Dice en el prólogo lo que sigue: «Los cuatro cielos es, de forma bastante literal, el libro para el que lleva toda la vida preparándose», lo cual realmente se percibe en cada capítulo. No se trata solo de erudición acumulada, sino de una familiaridad excepcional con las fuentes originales y con los debates arqueológicos de las últimas décadas.
El gran cambio que sostiene el libro tiene que ver con la escritura porque, durante buena parte del siglo XX, el mundo maya fue interpretado principalmente a través de restos materiales: arquitectura, cerámica, urbanismo o enterramientos. Sin embargo, el desciframiento progresivo de los jeroglíficos alteró por completo el panorama, de ahí que Stuart recuerde que entre las décadas de 1980 y 1990 se pasó «de leer entre un 20 y un 30 % de los textos originales» a comprender cerca del 80 %. Hoy, afirma, «la escritura maya ha sido descifrada», una afirmación esta que cambia el estatuto mismo de la historia maya. Es decir, ya no hablamos únicamente de una civilización reconstruida desde fuera por arqueólogos modernos, sino de una sociedad capaz de narrarse a sí misma.
Romper simplificaciones
Asimismo, Stuart insiste en que la historia maya forma parte de las grandes historias escritas de la humanidad y lamenta que el pasado americano haya permanecido durante demasiado tiempo en una posición secundaria dentro del imaginario histórico occidental. «La consciencia colectiva de la humanidad sobre su pasado remoto ha ignorado durante demasiado tiempo a las Américas», escribe. En ese sentido, «Los cuatro cielos» corrige también una cierta visión congelada de la cultura maya, puesto que la imagen clásica del «colapso» del siglo IX queda sustituida por un modelo mucho más complejo. Stuart rechaza la vieja idea de un único auge y caída de la civilización maya y propone en su lugar una sucesión de fundaciones, desplazamientos, crisis, reorganizaciones y abandonos. El concepto central del libro podría resumirse en la expresión que utiliza el propio autor: «impermanencia persistente».
Esta formulación resulta útil porque evita dos simplificaciones habituales. La primera es la noción romántica de desaparición. Stuart recuerda varias veces que los mayas no desaparecieron y que hoy existen cerca de cinco millones de hablantes de lenguas mayas. La segunda simplificación es la idea de decadencia lineal. Frente a la imagen tradicional de un largo descenso tras el esplendor clásico, el autor muestra una cultura muy flexible, capaz de reformular sus estructuras políticas y religiosas durante siglos. Así, el libro conecta los grandes procesos históricos con decisiones concretas de comunidades y élites.
Stuart describe ciudades que nacen y se abandonan después de unas pocas generaciones; alianzas dinásticas alteradas por guerras y matrimonios; rivalidades regionales capaces de transformar territorios enteros. Las dinastías Kanul y Mutul, por ejemplo, aparecen como actores fundamentales de una geopolítica sofisticada y cambiante que poco tiene que ver con la imagen simplificada de ciudades ceremoniales aisladas. Hay además un esfuerzo continuo por devolver densidad humana a los personajes históricos. Reyes, artesanos, escribas, guerreros y gobernantes femeninas emergen de las inscripciones con nombres propios y trayectorias identificables. Stuart subraya que sabemos hoy más sobre ciertos aspectos de la política maya del siglo VIII que sobre algunas regiones de la Europa altomedieval contemporánea.
También el autor aborda la relación entre cosmología e historia. Para los mayas, explica, la historia no era una sucesión lineal de acontecimientos, sino una extensión del orden cósmico. El tiempo tenía una estructura cíclica y los gobernantes aparecían como guardianes de ese equilibrio. El propio título del libro procede de esa concepción cuatripartita del universo: los cuatro puntos cardinales, los cuatro caminos solares, las cuatro direcciones del cosmos. Esa visión cosmológica se traducía también en la organización urbana y política. Stuart describe ciudades concebidas como réplicas simbólicas del universo, con caminos orientados hacia las cuatro direcciones cardinales y un centro ocupado por el poder dinástico. A este respecto, el caso de Copán resulta especialmente revelador. El recinto ceremonial principal estuvo activo aproximadamente durante un bak’tun completo, unos cuatrocientos años, gobernado por dieciséis reyes representados en el célebre Altar Q. Para Stuart, la secuencia sugiere una idea deliberada de ciclo cerrado y sucesión finita.
Una red social en movimiento
El libro incorpora continuamente factores materiales y ambientales, pues Stuart analiza sequías, tensiones demográficas, transformaciones económicas y conflictos políticos, si bien evita las explicaciones monocausales. El «colapso» del periodo clásico aparece como una convergencia de procesos distintos que variaron según las regiones. Entre los episodios más impresionantes figura la erupción del volcán Ilopango, hacia el año 431, una catástrofe de escala continental cuyos efectos alcanzaron amplias zonas del área maya. Por otro lado, resulta notable la atención que el autor presta a la historia de la memoria y del olvido. Stuart describe la destrucción colonial como una violencia física y como una fractura del conocimiento histórico indígena. «Rara vez en la historia de la humanidad la memoria colectiva de una civilización se ha borrado de manera tan completa», apunta al referirse a la pérdida de la tradición escrita tras la conquista. En ese contexto adquiere una dimensión especialmente irónica la figura de Diego de Landa. El obispo responsable de la quema de códices mayas dejó también registros que terminarían siendo fundamentales para el posterior desciframiento de la escritura, lo cual es una singular paradoja.
Por cierto, el libro incorpora ilustraciones y referencias espaciales que ayudan a seguir un relato particularmente amplio, tanto cronológica como geográficamente. De esta manera, el investigador muestra la civilización maya como una red de sociedades en movimiento: las ciudades del Petén, las regiones de Yucatán, las tierras altas guatemaltecas o los vínculos con Teotihuacán aparecen integrados en un paisaje político extremadamente móvil. Y es que Stuart insiste en que la movilidad, el abandono y la refundación formaban parte estructural del mundo maya. En suma, el autor sugiere sustituir el viejo esquema de ascenso y caída por otro basado en ciclos múltiples de renovación. «La historia maya nos presenta un relato de comunidades que se establecen, experimentan un período de vitalidad e importancia y finalmente, cuando por la razón que sea sus dirigentes y población deciden trasladarse a otro sitio, se acaban», escribe. No hay aquí nostalgia por un mundo perdido, sino atención a una cultura cuya continuidad sobrevivió a transformaciones extremas. Logra así devolver historicidad concreta a un mundo frecuentemente reducido a símbolo, de tal manera que sus mayas no son una civilización misteriosa suspendida fuera del tiempo, sino sociedades atravesadas por ambición política, guerras, estrategias de supervivencia, cosmologías complejas y profundas capacidades de adaptación.
El libro termina planteando una cuestión de fondo sobre la propia escritura de la historia. Stuart observa que nombres como Yuknomch’en o Jasaw Chan K’awiil siguen siendo mucho menos conocidos que Julio César o Carlomagno, incluso en regiones donde las ruinas mayas forman parte del paisaje cotidiano. Eso será prácticamente imposible de corregirse, pero «Los cuatro cielos» constituye cuando menos una tentativa de devolver centralidad histórica a una tradición intelectual americana cuya voz quedó interrumpida durante siglos.
Publicado en La Razón, 24-V-2026
jueves, 4 de junio de 2026
Entrevista capotiana a Mónica González Inés
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Mónica González Inés.
Si tuviera que vivir en un solo lugar,
sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Un lugar con una cocina
siempre encendida. Creo que, al final, la felicidad tiene mucho que ver con el
sonido de cubiertos, risas y conversaciones cruzadas. Y si además se oye el mar
de fondo, mejor todavía.
¿Prefiere los animales a la gente? Los
animales me inspiran una ternura inmediata, quizá porque nunca intentan ser
otra cosa distinta de lo que son. Aun así, me sigo quedando con la complejidad
humana. Somos contradictorios, agotadores a veces, pero también capaces de
cuidarnos de formas muy pequeñas y, sin embargo, decisivas: alguien esperándote
despierto, una conversación sincera, un “avísame cuando llegues”, o ese abrazo
que se alarga un segundo más de lo previsto y, sin decir nada, lo cambia todo.
¿Es usted cruel? No, al menos de
forma consciente. Pero la crueldad no siempre es intencional; a veces se cuela
en la forma de exigirnos demasiado a nosotros mismos y, sin querer, también a
los demás.
¿Tiene muchos amigos? No demasiados,
pero sí verdaderos. Con los años he aprendido que la vida no consiste tanto en
acumular personas como en cuidar los vínculos: quién está cuando todo se
complica y qué haces tú también para sostenerlos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Humor, honestidad y esa delicadeza poco frecuente de quien sabe
escuchar sin intentar arreglarte la vida en cinco minutos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? A
veces, sí. Pero también yo decepciono, así que intento no tomarlo como algo
personal. La amistad no es un examen continuo; todos tenemos días torpes y
nadie está a la altura todo el tiempo.
¿Es usted una persona sincera? Sí,
pero no a cualquier precio. Intento que la sinceridad no se convierta en una
forma elegante de hacer daño. Hay verdades que necesitan mucho tacto para no
romper nada por el camino.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Con mi familia, cocinando algo sencillo, caminando, leyendo o
conversando sin prisas alrededor de una mesa. La felicidad, para mí, tiene cada
vez menos que ver con lo extraordinario y más con la certeza de que hay cosas
que permanecen.
¿Qué le da más miedo? Perder a la gente
que quiero. Todo lo demás, de alguna forma, puede reconducirse. También me
asusta vivir demasiado pendiente de hacerlo todo bien y olvidarme de disfrutar
de lo que ya tengo delante.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La falta de empatía. La prisa constante. Y esa idea contemporánea de
que descansar, dudar o pedir ayuda es una debilidad.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué
habría hecho? Quizás habría tenido una pequeña librería
o una cafetería tranquila. Me gustan los lugares que son refugio y en los las
personas bajan un poco la guardia sin darse cuenta.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sobre todo, camino mucho. Me ayuda a pensar y a volver a mí. Algunas
de las conversaciones más importantes de mi vida las he tenido dando un paseo
al lado de alguien.
¿Sabe cocinar? Sí, y cada vez me
gusta más. Cocinar tiene algo profundamente afectivo: es una manera silenciosa
de cuidar. Me gustan los guisos y las cosas que se hacen despacio. Pocas cosas
me parecen tan reconfortantes como una cocina con ruido, pan caliente y gente querida.
Si el Reader’s Digest le
encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a
quién elegiría? A las personas corrientes que sostienen
la vida de los demás sin hacer ruido. Las madres agotadas que siguen adelante.
Los padres que nunca aprendieron a decir “te quiero” pero lo demostraron de mil
maneras. La gente que salva a otros con gestos pequeños.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? “Todavía”. Porque significa que aún hay tiempo para cambiar, perdonar,
volver, empezar de nuevo.
¿Y la más peligrosa? “Después”. Porque
a veces aplazamos tanto lo importante que un día descubrimos que ya era tarde.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? De momento, solo en la ficción. Aunque escribir suspense psicológico
te obliga a admitir que todos tenemos pensamientos más oscuros de los que
contamos en voz alta.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Tengo tendencia a admirar a quien escucha más de lo que habla y a
desconfiar de cualquier discurso que olvide la fragilidad humana.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Supongo que me gustaría ser uno de esos lugares de los que uno sale
más tarde de lo previsto y un poco menos triste.
¿Cuáles son sus vicios principales? La
autoexigencia, el chocolate y esa manía que tengo a veces de querer ocuparme de
todo yo sola. También soy ligeramente cabezota: si me dicen “descansa”, es
probable que lo convierta en un reto personal.
¿Y sus virtudes? La constancia, la
empatía y una forma bastante obstinada de no rendirme cuando algo o alguien me
importa de verdad.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema
clásico, le pasarían por la cabeza? Mi familia y mis
amigos alrededor de una mesa. La risa de mis hijos. El olor de la casa de mis
padres. Un abrazo después de un mal día. Y esa sensación inmediata de estar en
casa… y de que todo lo demás puede esperar.
T. M.
miércoles, 3 de junio de 2026
Las controvertidas ideas de un autor maldito a través de su propia voz
A los dieciocho años, Louis-Ferdinand Céline (1894-1961) se alistó en una unidad de caballería y fue gravemente herido en Ypres —se le otorgó una medalla militar por haberse presentado voluntario para esa misión—, lo que le llevó a padecer para siempre un brazo dañado, zumbidos en el oído y fuertes dolores de cabeza. Un héroe nacional, en principio podría pensarse, dados estos antecedentes, a quien el Gobierno de Francia quiso rendir un homenaje en el 2011, con motivo del cincuentenario de su muerte y por la trascendencia de su obra. Sin embargo, el acto fue al final cancelado, ante las presiones de colectivos que afirmaban que no era moral dedicar tal cosa a un autor que denigró a los judíos de forma execrable.
Diversas personalidades de la política y literatura quisieron separar al Céline que simpatizó con el nazismo con el autor de «Viaje al fin de la noche», la cual estuvo en la órbita del premio Goncourt en 1932, aunque se lo llevaría un autor hoy completamente olvidado. Por otra parte, en el 2018 surgía la noticia de que se suspendía el lanzamiento de la reedición de tres de sus panfletos antisemitas, que habían sido un gran éxito de ventas durante la Ocupación alemana. El proyecto tenía el visto bueno de la viuda del autor, Lucette Destouches, pero levantó tantas ampollas que la controversia se coló entre los asuntos de Estado: Emmanuel Macron se pronunció en contra de la publicación, pese a haber manifestado su admiración por el autor.
Un ser desesperado
Mediante la voz de Destouches, conocíamos muchos detalles de Céline: su adoración por Shakespeare, su fetichismo, su fascinación por las lesbianas, su fracaso como médico sin pacientes, la relación de su escritura con la lesión que sufrió en el oído cuando fue soldado... «En 1912, el año que nací, Louis se alistó por tres años en el regimiento de Coraceros de Rambouillet. Vivió la guerra y, a partir de entonces, su vida quedó trastornada para siempre...», decía la viuda, que lo conoció en 1936: «A partir de entonces y sin tregua, tuvimos que convivir con el miedo a la muerte. Los comunistas amenazaban con matarlo; después fueron los judíos... Vinieron el éxodo, la cárcel, Dinamarca. [...] Nadie pasó lo que nosotros». Según Destouches, Céline «era un ser desesperado, de un absoluto pesimismo», y a la vez alguien enérgico, para quien lo personal se transformaba en narrativa: «Louis tenía amantes y me hablaba de ellas, pues aquello le excitaba. Para crear, necesitaba esas visiones, esos fantasmas sexuales», llegaba a reconocer sin ambages.
Entre todo ello además no podía faltar, naturalmente, una referencia a su antisemitismo; tal cosa fue «un permanente ruido de fondo» desde la infancia, pues fue su padre quien «hacía responsables de todos sus males a los judíos y a los masones». Destouches contaba que Sartre acusó a Céline de «haber escrito panfletos pagados por los ocupantes», aunque «nada más absurdo. Se trataba simplemente de no conocer a Louis, jamás a sueldo de nadie, intransigente con todos, incapaz de pactar con quien fuere, siempre solo contra todos». Céline se defendió sobre esos tres panfletos antisemitas declarando que eran pacifistas, y huyó de Francia sospechando que su vida corría peligro, para recalar en Alemania y Dinamarca. Aquí fue arrestado por orden del Gobierno francés acusado de colaboracionismo con los nazis, lo que derivó en una condena de más de un año de cárcel. Su país, en 1950, le aplicaría un nuevo castigo, «in absentia», un año más de cárcel, siendo declarado desgracia nacional, si bien volvió a Francia al año siguiente tras ser amnistiado.
Ahora, la publicación de «Céline oral (1932-1961)» (traducción de Carlos Manzano) recupera una dimensión menos conocida del escritor, entrevistado, comentado y observado por la prensa durante casi tres décadas. El libro reúne entrevistas, declaraciones, artículos y conversaciones radiofónicas, con una introducción de Jean-Pierre Dauphin y Henri Godard, que destacan cómo la exposición mediática de Céline tuvo un efecto particularmente intenso, dado que las entrevistas muestran a un escritor obsesionado por la miseria humana, profundamente desconfiado de las instituciones literarias y convencido de que la novela debía romper con el lenguaje convencional. En una de las primeras conversaciones recogidas en el volumen, declara: «La miseria humana me trastorna, ya sea física o moral», una preocupación esta que aparece constantemente ligada a una visión pesimista de la época moderna: «El hombre está desnudo, despojado de todo, incluso de su propia fe».
«Viaje al fin de la noche» se convirtió rápidamente en un fenómeno literario y periodístico, de tal modo que la prensa comenzó a construir el personaje «Céline» al mismo tiempo que el escritor intentaba protegerse de esa exposición. «Déjeme en la sombra», pide a un periodista. «Ni siquiera mi madre sabe que he escrito ese libro». Por otra parte, Céline insiste en separar su obra de cualquier interpretación autobiográfica directa. «¿Una autobiografía, mi libro? Es un relato a la tercera potencia», afirma en una entrevista de 1932. Sus personajes, añade en otro momento, son «más bien fantasmas». Además, las entrevistas revelan hasta qué punto su visión del mundo estaba marcada por la guerra, la enfermedad y el desencanto. Céline recuerda sus heridas de guerra, sus problemas de salud ꟷ«Tengo un tren en el oído izquierdo»ꟷ y su trabajo como médico en dispensarios populares.
Así las cosas, es tanto un médico próximo a la pobreza y al sufrimiento social como un escritor consciente de la dimensión provocadora de sus declaraciones, pues no en balde tampoco oculta su rechazo a los grupos literarios y las etiquetas ideológicas: «Me horrorizan las escuelas y no quiero ser ni jefe ni soldado de nada». Los periodistas, por otro lado, describen la casa de Céline, sus gestos, su forma de hablar, su manera de vestir y hasta la atmósfera física de los encuentros. Con todo, los editores señalan que, a partir de 1937, muchas de sus intervenciones públicas estuvieron ligadas a «la posición que adoptó en los panfletos», y explican que esos materiales quedaron fuera de esta recopilación. Esa ausencia no elimina la controversia que rodea su figura, pero sitúa el foco de este libro en la reflexión literaria y en la construcción pública del autor.
Publicado en La Razón, 30-V-2026
martes, 2 de junio de 2026
Entrevista capotiana a Luis Sagasti
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Luis Sagasti.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Alguna vez he pensado
que si nunca se me permitiera ir a, pongámosle, Francia, no me sentiría en
ninguna cárcel, pero habría un barrote molesto en el horizonte que me impediría
disfrutar de todo el paisaje. Quiero decir que, aunque no tenga el menor motivo
o impulso en abandonar un lugar, saber que no puedo hacerlo lo transformaría en
una modesta sucursal del infierno. Dadas estas condiciones elegiría uno donde
ocurran, imagino, muchas cosas, que todos los días tengan el sabor de los
viernes y que se encuentre cerca del mar. Algo como Londres, se me ocurre
ahora.
¿Prefiere los animales a la gente? Iba a responder “no, en absoluto” pero por supuesto que prefiero a mi
gato Floyd -o cualquier otro ejemplar de cualquier especie, lo que incluye a
las merluzas- que a todos los integrantes del gobierno de Milei incluido al
mismo presidente.
¿Es usted cruel? No.
Tengo un rechazo visceral ante todo tipo de crueldad. No sé si es genético o
parte del plan con que fui educado pero la falta de empatía y el goce ante el
dolor ajeno me sublevan.
¿Tiene muchos amigos? Nunca tuve a mano una
definición palmaria de amigo y creo no necesitarla. Claro que al menos
hay cuatro o cinco personas muy entrañables en mi vida a las que considero como
tales. Tengo, sí, muchas situaciones de verdadera amistad con algunas personas;
quiero decir relaciones de auténtica cercanía, afecto y complicidad pero que al
no vivir en la misma ciudad hay algo de lo cotidiano que deja de compartirse.
También tengo vínculos con amigos de la infancia y la adolescencia, gente que
ha estado a mi lado en momentos muy duros, con los que no me veo nunca y con
los que mas vale no hablar de política. Pero bien sabemos que nos tenemos unos
a los otros cuando las papas queman.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? No es que las ande buscando, pero el sentido del humor es algo que se
vuelve casi indispensable a la hora de relacionarme más profundamente con las
personas.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? Solamente tuve una decepción, hasta donde recuerdo. Que no hubo de
enojarme, sino que me dejó unas miguitas en las sábanas de mi ánimo. No me
pelee con esa persona, sino que sencillamente se me fueron las ganas de verlo.
¿Es usted una persona sincera? Hasta donde la prudencia y el recato lo permitan, creo que sí.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Pese a estar
encorsetado por horarios mayormente inamovibles y alguna burocracia de cierta
elasticidad, al trabajar de mi vocación no puedo sino sentirme muy agradecido
por la libertad que Tutatis ha decidido concederme en esta vida. Si la pregunta
se orienta a qué hago por fuera del capital y sin compañía, pues… caminar
supongo.
¿Qué le da más miedo? No sé por qué, pero creo que la locura ajena -no de la propia ya que es
seguro que nunca me enteraré el día en que la realidad se haya alejado de
mí. Nunca estuve con gente trastornada o
que haya sufrido un brote psicótico, pero estar junto a quien no entiende
razones harto elementales es algo que preferiría evitar.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? No soy de escandalizarme fácil.
Mi indignación se manifiesta ante la violencia política, de los holocaustos
actuales, el avance de la extrema derecha, la intolerancia, el goce cruel.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? Todas
las alternativas a la escritura siempre fueron creativas; básicamente músico (pianista
en un trio de jazz, cantante en un grupo de rock) o artista plástico. Pero si
debemos obviar la creatividad siempre me atrajo la astronomía (claro que está
ese molesto e inevitable detalle de las matemáticas) o la meteorología. O tener
un vivero.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Todos los días en promedio hago una hora y media de algo: o gimnasio o
tai chi (de alguna manera tengo que llamar a mis muy poco agraciados
movimientos lejano-orientales) o camino/corro por un lugar muy lindo de mi
ciudad.
¿Sabe cocinar? Si
por cocinar entendemos la preparación de platos elaborados dejemos ese menester
a mi hermano que es casi un master chef. Puedo hacer aceptables asados, algún
pollo a la cacerola y, sí, unos lemon pies sobre los que mis invitados suelen
santiguarse. Mas allá de esto, mis previsibles preparaciones (no muy sabrosas y
casi siempre apresuradas, no tengo mucha paciencia al cocinar) bien pueden ser
aceptadas, con cierta reserva, en un campo de refugiados
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A mi abuelo materno.
Mas allá de amarlo, él ha tenido una biografía llena de alhajas. Fue perseguido
político, integró la comisión que investigó la desaparición de personas en la
última dictadura militar argentina, encabezó huelgas estudiantes (fue echado de
la universidad y más tarde reincorporado), fundó, creo, uno de los primeros
clubes nudistas de Argentina. Pero por sobre todas las cosas era una persona
muy sabia, muy valiente y de una honradez infrecuente. Y se llamaba Serafín,
que es el mejor nombre de abuelo que existe.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Como con la elección de
colores, debería saber que otra palabra se encuentra al lado o se me permite
incluir para darle el matiz preciso. Aurora es una palabra esperanzadora, sin duda. Debería precisar algún adjetivo,
o el momento en que se la pronuncia porque también -ugh- puede incluir los
acordes de Tomorrow belongs to me.
¿Y la más peligrosa? Con el color
correspondiente puesto al lado creo que Miedo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No. Muchas personas me
han causado violencia interna pero jamás se me pasó por la cabeza la idea de
que se murieran, sea yo el ejecutor o no de ese acto. Sí me encanta, como toda
persona de bien, planificar el crimen perfecto.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Creo en el Estado de Bienestar, en el Estado que regule las ambiciones
desmedidas de las empresas, que proteja el derecho de los más débiles, que de
educación y salud gratuita y de calidad a todos los habitantes, que proteja y
aliente las artes que se encuentren por fuera del mercado. Uno tiene la
sospecha que algo parecido a eso sucede o sucedió en los países nórdicos. Pues
ese es mi norte.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Esta pregunta sí es de veras difícil porque me gustaría ser miles de
cosas. Bueno, pensado así creo que me gustaría tener el poder de transformarme
momentáneamente y a placer en cualquier cosa que desee (y sin pagar
consecuencias por ello). Bailarín de tap, navegante, maestro de escuela…
¿Cuáles son sus vicios principales? Cuando alguien dice con
voz grave algo así como que prefiere a Macbeth por sobre El rey Lear
nuestros prejuicios nos llevan a suponer que este hombre ha leído todo Shakespeare
y en inglés. Es difícil deshacerse de esa sinécdoque. Creo que con los vicios
ocurre algo semejante. Uno puede decir que por las noches le gusta tomar whisky
y allí nomás sobrevuela Bukowski, Keith Moon, Dylan Thomas y otros santos
bebedores. Y en verdad se trata de un muy disfrutable y moderado vaso nocturno.
Pido disculpas por mi previsibilidad, pero también me encanta ir a librerías y
comprar libros.
¿Y sus virtudes? Creo
ser una persona medianamente creativa y con una interesante capacidad para
relacionar cosas. También soy extremadamente curioso. Tercera y última virtud: una
orientación espacial que no adjetivaré.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Siempre se dice que en esas situaciones desfilan ante nosotros, y sin
desdeñar ningún detalle, todos los hechos de nuestra vida en un instante. Algo
así como un Aleph hecho de tiempo. Me gusta pensar que esa comparsa omite
momentos tediosos y se congela en nuestros momentos rosebud: aquellos donde el
ego se había disuelto en otros. Momentos de una intensidad tal que ya no nos
importa que vengan a rescatarnos.
T. M.
lunes, 1 de junio de 2026
Un artículo sobre el Hotel Palace de Madrid
domingo, 31 de mayo de 2026
Entrevista capotiana a Mario Alonso
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Mario Alonso.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una casa en el campo en
Extremadura.
¿Prefiere los animales a la gente? Soy gran amante y conocedor de los animales, en especial de aves y
mamíferos, pero jamás los pongo por delante de las personas.
¿Es usted cruel? En absoluto.
¿Tiene muchos amigos? Para mí hay tres tipos
de círculos de amigos. Los conocidos, ahí tengo muchos. Los que ves de cuando
en cuando y consideras buenos amigos, tengo bastantes. Los amigos íntimos, que
son mas que hermanos, esos son pocos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que se alegren de que me vaya bien, que estén siempre disponibles para
cualquier cosa que les pida, y que sean una buena persona. Yo trato de
corresponder de igual forma.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? No, pero siempre hay
alguna excepción.
¿Es usted una persona sincera? Sí, salvo
que con la verdad pueda hacer daño a alguien de forma innecesaria.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Tengo muchas
aficiones, en relación con la naturaleza, a la cultura, en especial la
literatura, practico algunos deportes, y cultivo mucho las relaciones con la
familia y los amigos.
¿Qué le da más miedo? La invalidez.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? La corrupción y la deslealtad.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? Creo que solo valgo para la
literatura.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí , varios
deportes y mucho andar por el campo.
¿Sabe cocinar? No mucho, aunque hago algún pinito, en especial con los arroces.
Si el Reader’s Digest
le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable»,
¿a quién elegiría? Cualquier escritor de los que admiro, mi
lista es larga.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Oropéndola, cuando la pronuncio me genera una alegría
difícil de explicar. Es un pájaro espectacular, por sus colores y por su trino,
y para mi simboliza lo más bonito de la naturaleza.
¿Y la más peligrosa? Odio, la
odio. Y también, inteligencia artificial.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Sí, últimamente a
algunos dirigentes políticos de varios países que nos están jodiendo el
presente y el futuro.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Me interesa mucho la
política porque determina muchos aspectos de la vida de los ciudadanos, pero no
creo en los partidos políticos. En todo caso, mi tendencia es hacia los que
representan opciones progresistas.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un pájaro, a
ser posible longevo.
¿Cuáles son sus vicios principales? Creo que vicios no
tengo, quizás, la hiperactividad.
¿Y sus virtudes? Mi capacidad de
liderar.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Ya me ha pasado,
estuve muy cerca de que me ocurriera, y lo cierto es que solo pensaba en
salvarme.
T. M.
sábado, 30 de mayo de 2026
Un artículo sobre el Hotel Intelier Casa de Indias
viernes, 29 de mayo de 2026
Entrevista capotiana a Serge Magerit
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Serge Magerit.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál
elegiría? En el mundo de El Silencio del Hegemón, probablemente
elegiría el Mar de Sauces. Lo imagino como un lugar tranquilo, de hierba fresca
y túneles infinitos de árboles púrpura y malva, uno de esos rincones donde
sería fácil perderse durante horas. Fuera de la ficción, elegiría una casita
frente al mar. Añoro el sonido de las olas, el viento salado y la arena cálida
bajo los pies. Siempre he pensado que las costas tienen algo profundamente
evocador, varias de mis mejores escenas nacieron durante mis largos paseos por
la orilla. Quizá por eso el mar termina encontrando su lugar en muchas de mis
historias.
¿Prefiere los animales a la gente? Elegiría a mi gato Pippin por encima de muchas
personas, pero, por lo general, soy una persona de personas. No podría vivir
aislado. Soy demasiado cariñoso y charlatán para eso. Necesito las
conversaciones largas, las historias y el afecto de los míos. Si paso demasiado
tiempo solo, termino hablando con la radio.
¿Es usted cruel? Pregúntales a mis personajes (risas). Fuera de bromas, en la vida real
siempre he sido demasiado blando. Soy muy empático, un justificador nato.
Aunque con los años he entendido que poner límites es tan necesario como
aprender qué silencios vienen a descansar y cuáles vienen a quedarse.
¿Tiene muchos amigos? Estoy rodeado de mucha gente que me quiere, soy muy afortunado en ese
sentido. Pero con los años he aprendido que los amigos de verdad son pocos. Hay
un puñado a los que confiaría mi peor versión, y eso ya es muchísimo.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Lealtad, empatía y mucho sentido del humor.
Desconfío de la gente que no se ríe a carcajadas. Algo traman.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? Rara vez. La felicidad se esconde en el control
de las expectativas.
¿Es usted una persona sincera? Con todos menos conmigo mismo. Pero estoy
trabajando en ello.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Un café con leche enorme, algo de música y unas
horas escribiendo mientras la calle todavía está en silencio. Las mañanas
tranquilas del fin de semana se han convertido en uno de mis lugares favoritos.
Luego vuelvo a la civilización: cine, cervezas y conversaciones eternas con
amigos. Y algún viaje de vez en cuando, siempre en buena compañía.
¿Qué le da más miedo? Una vida sin amor. Pero soy bastante combativo con estas cosas, soy un
firme defensor de que no se puede vivir con miedo. Los griegos tenían una
expresión que me gusta mucho: οὐδεìς βίος ἐν
φόβῳ. “No existe una vida digna dentro del miedo.”
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? Me cuesta
muchísimo entender a la gente que hace sentir pequeños a los demás. Un líder
que no defiende a su equipo, alguien tratando mal a un camarero… son cosas que
me cabrean de verdad.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una
vida creativa, ¿qué habría hecho? Pintar
seguro que no, mi nivel rivaliza con el de un niño de cinco años. Probablemente
habría terminado dedicándole más tiempo a la música. Siempre me fascinó la
capacidad que tienen algunas bandas sonoras para elevar una escena. Estoy
bastante orgulloso de una lista de Spotify que he ido cebando con los años. ¡Ya
supera las treinta y siete horas y sigue creciendo!
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? He jugado toda mi vida al baloncesto, pero ahora
solo hago escalada y levantamiento esporádico de pesas. También disfruto de las
partidas a la PlayStation mientras hago bici estática.
¿Sabe cocinar? Me defiendo, pero mi abuela seguramente se reiría a carcajadas si
leyera esta respuesta.
Si el Reader’s Digest le encargara
escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién
elegiría? Podría pasarme
horas hablando de Boromir, Elodin o Jaime Lannister, pero para mí el más
inolvidable es Aquiles. La idea de alguien obligado a elegir entre vivir y ser
olvidado, o morir para convertirse en leyenda, me parece una de las cosas más
tristes y hermosas que se han hecho nunca. Esa tensión constante entre gloria y
tragedia ha influido mucho en mi forma de escribir.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más
llena de esperanza? Música. Algunas
canciones tienen el extraño poder de recordarnos quiénes fuimos cuando ya
empezábamos a olvidarlo.
¿Y la más peligrosa? El ego. Hay algo agotador en esta necesidad constante de convertirnos
en el centro de todo. A veces tengo la sensación de que vivimos rodeados de
personas intentando convertirse en monumento.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? A la mayoría de mis personajes. Pero me contengo,
cada uno debe seguir su arco. Soy bastante obsesivo con esos pequeños detalles
y disfruto escondiendo pistas y frases aparentemente inocentes que solo cobran
sentido mucho más adelante o durante una relectura. La cantidad de spoilers
encubiertos que esconden los primeros capítulos de El silencio del Hegemón
probablemente daría para otra entrevista. Quizá esa sea la mejor enseñanza que
me dejó Patrick Rothfuss: las mejores historias siempre esconden algo nuevo
cuando vuelves a ellas.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Tengo mis ideas, pero no soy muy amigo de
divulgarlas. La política tiene una facilidad terrible para dividir a las
personas y romper lazos, y eso siempre me ha entristecido un poco. Tolkien
entendía muy bien lo que el poder podía hacerle a la gente, merece la pena
releerlo de vez en cuando.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un gato casero. Viven como reyes.
¿Cuáles son sus vicios principales? Los dulces. Soy un pozo sin fondo. Y la
cabezonería. Cuando algo se me mete en la cabeza, mal asunto…
¿Y sus virtudes? Supongo que se me da bien cuidar de las personas. Nunca he sabido
mirar hacia otro lado cuando alguien lo está pasando mal. También me gusta
mucho solucionar conflictos y puzles, me distrae resolver de problemas.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes,
dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Mis
padres, mi hermano y mi familia en general. Mis años en el colegio, las tardes
jugando al baloncesto en Mazagón y los paseos por la playa con mi tío. Mis
amigos, los amores que me hicieron crecer, mis tutores en la universidad, la
fresca hierba de Cambridge… y decenas de escenas con mis amigos que me guardo
para mí.
T. M.







