domingo, 26 de abril de 2026

Linchamientos: la peor cara de la historia de Estados Unidos

Como pasa en casi todas las obras que cuentan con un protagonista adolescente, una novela como «Las aventuras de Tom Sawyer» ha sufrido la etiqueta de “juvenil”. Ello pese al deseo explícito de su autor, en el prefacio a la primera edición del libro, en 1876, de que «no por eso lo desprecien hombres y mujeres adultos, pues parte de mi plan ha sido tratar de recordar agradablemente a éstos los que fueron ellos mismos en tiempos». Sea como fuere, con Samuel Laughorne Clemens, o, mejor dicho, con Mark Twain, seudónimo tomado de la expresión «¡dos brazas!», que servía para indicar a los barcos que el río por el que navegaban era lo bastante profundo, nace, como dijo Ernest Hemingway, la novela norteamericana moderna. Y lo hace con las andanzas de una serie de chiquillos que, bordeando el río Misisipi, desoyen las normas de los mayores para vivir aventuras de todo tipo: inocentes y arriesgadas, divertidas y dramáticas y, según la confesión del propio Twain, verdaderas, pues serían sus propios recuerdos la base para la escritura de la obra. Su fascinación por el río –en realidad el verdadero protagonista de toda su literatura, el testigo inmóvil y a la vez cambiante de la vida ciudadana y campesina– con sus elegantes barcos, Tom, el hijo del borracho del pueblo de Hannibal donde vivía Twain de pequeño, la observación de la miseria y el miedo de los negros...

Leer a Twain es mojarse en ese río del centro de Estados Unidos que fluye en dirección sur a través de diez estados, hasta desaguar en el golfo de México, como el lector apreció, por ejemplo, cuando Reino de Cordelia publicó en 2021 «La vida en el Misipipi». Ese mismo río había presenciado la guerra civil entre el Norte y el Sur y era el mejor testimonio de un racismo extremo cuyo efecto, como se decía en el prólogo de la traductora y el editor, «había convertido al estado de Misisipi en el quinto más rico del país, una riqueza blanca, la del algodón, forjada con el sudor y la sangre de los esclavos». Tras aquello, se convirtió en lo que aún es: el estado norteamericano con peor renta per cápita, como ya Twain vislumbró.

Del humor a la decepción cínica

En este sentido, resultaba interesantísimo como el narrador, con su gran formación periodística y viajera, se convertía en cronista de la realidad de la gente del lugar, como cuando hablaba de cómo «hasta ahora el problema ha sido –y cito los comentarios de los dueños de las plantaciones y de los tripulan­tes de los vapores– que los planta­dores, aunque poseen la tierra, no tie­nen efectivo y se ven obligados a hipotecar tanto la tierra como la cose­cha para poder seguir adelante». «La vida en el Misipipi» es de 1883, un año antes de que viera la luz «Huckleberry Finn», una etapa en que ya su celebrado sentido del humor se iba convirtiendo en sarcasmo a medida que los Estados Unidos, con su idealizada ideología democrática, y a causa de la ampliación de su territorio a modo de imperio expansionista y a su afición por las armas, el genocidio aborigen y la esclavitud, se volviera un lugar inhóspito y decepcionante para él.

Bajo este prisma biográfico cabe adentrarse en «Los Estados Unidos del linchamiento», sobre el que su traductor y editor, Javier Fernández Rubio, informa de que fue escrito en 1901 pero que quedó oculto durante años por temor a las represalias contra su familia. Y es que su trasfondo es lo que vio pasar delante, durante décadas y décadas, el río Misisipi: toda una serie de episodios extremadamente sombríos de la historia estadounidense: la etapa dominada por las leyes de segregación conocidas como Jim Crow, vigentes desde finales del siglo XIX hasta bien entrado el XX, que institucionalizaron la separación racial bajo el principio engañoso de «separados pero iguales», junto con la expansión del terrorismo racial.

El texto se publicó en 1923 en la recopilación póstuma de escritos tardíos «The United States of Lyncherdom, Europe and Elsewhere», cuando Twain ya llevaba muerto casi tres lustros. En un momento dado de la década siguiente, en 1937, Abel Meeropol escribiría el poema «Strange Fruit», que hizo inmortal como canción Billie Holiday con una imagen cargada de sombra: no hablaba de árboles en flor, sino de algo que colgaba, esto es, los cuerpos de hombres negros colgados de los árboles del sur de Estados Unidos, víctimas de linchamientos. Imagínense cómo sería entrar en el club Café Society de Nueva York y escuchar en boca de la cantante norteamericana, quien además padeció el racismo desde la infancia hasta el final de su carrera, un verso como «Black bodies swinging in the Southern breeze» (cuerpos negros balanceándose en la brisa del Sur), en que el paisaje suave se convierte en un cómplice silencioso del horror.

La epidemia del linchamiento

Holiday nació en 1915 en unos Estados Unidos profundamente segregados y trabajó en clubes donde, incluso siendo la estrella, no podía entrar por la puerta principal ni mezclarse con el público blanco, o tenía que alojarse en hoteles diferentes que ocupaban sus compañeros músicos blancos. El individuo negro molesta y lo que procede, amparándose en la ley, es asesinarlos, en connivencia o el silencio con la sociedad blanca. Es exactamente ese clima el que denunciaba Twain en su texto «Los Estados Unidos del linchamiento», en que se aportan fotografías que resultan extraordinariamente duras de mirar, tal es el espanto de ver a esos frutos afroamericanos ahorcados, a veces rodeados de una muchedumbre de testigos macabros y morbosos en que había incluso niños.

«¡Y así ha caído Misuri, ese gran Estado! Algunos de sus hijos se han unido a los linchadores y la mancha nos salpica al resto. Ese puñado de hijos nos ha dado una reputación y nos ha etiquetado con un nombre: para los habitantes de los cuatro rincones de la tierra somos “linchadores”, ahora y para siempre», afirma Twain para empezar. Habla entonces de una tragedia ocurrida cerca de Pierce City, en el extremo suroeste del Estado, cuando una joven blanca que regresaba sola de la iglesia fue hallada asesinada; de resultas de ello, la gente linchó a tres negros («dos de ellos muy ancianos»), quemó cinco hogares de negros y expulsó a treinta familias negras a los bosques. Eso lleva al autor a reflexionar sobre el porqué de tomarse la justicia por la mano y por qué el linchamiento, junto con otras acciones descomunalmente bárbaras, devenía un crimen habitual en la sociedad sureña.

Para Twain, el linchamiento fue toda una enfermedad que avanzó por distintos territorios: Colorado, California, Indiana… En lugares provincianos y a veces recónditos, pero el escritor sabía bien que el ataque mortal al negro podía ocurrir en cualquier lugar, hasta en la capital oficiosa del mundo, de unas maneras que el resto del siglo XX y hasta el XXI ha desarrollado para purgar esos frutos oscuros indeseables: «Puede que viva para ver a un negro quemado en Union Square, Nueva York, con cincuenta mil personas presentes y ni un solo sheriff a la vista, ni un gobernador, ni un agente, ni un coronel, ni un clérigo, ni ningún representante del orden legal de ningún tipo».

Publicado en La Razón, 25-IV-2026

sábado, 25 de abril de 2026

Entrevista capotiana a Fabián C. Barrio

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Fabián C. Barrio.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Espero que no me ocurra jamás semejante cosa. Hace muchos años que llegué a la conclusión de que si nos prohíben viajar, mi vida dejará de tener sentido. O por lo menos, el sentido que yo le he dado. Viajar es mi forma de ordenar el mundo y de ordenarme a mí mismo. También de desafiar mis límites. Cuando paso mucho tiempo quieto todo empieza a oler a cuarto cerrado, o a celda, o a rutina que se repite hasta volverse invisible y opresiva. Dicho lo cual, circula por ahí un meme que plantea básicamente lo mismo, y en alguna ocasión me he parado a fantasear sobre ello. Mi lugar-cárcel sería el Sudeste Asiático. Allí la vida está a flor de piel, se siente el runrún, la locura, todo es más intenso y, por lo tanto, te hace sentir más vivo.  

¿Prefiere los animales a la gente? Depende de qué animal y qué gente. Permítame que sea gallego con esto. La vida no está hecha de negros o blancos. Hay animales que te miran con una honestidad que ya no encuentras en casi nadie, y hay personas que, en un segundo, te devuelven la fe en todo lo demás. He tenido perro toda mi vida, y ahora no, fundamentalmente porque viajo demasiado y no podría darle la vida que quisiera para él. Tengo pocos amigos pero muy fieles y que han durado décadas a mi lado, aunque no necesariamente tenga que verlos todos los días.

¿Es usted cruel? Hay gente que usa la crueldad para no sentir nada y gente que la dosifica, que intuye cuándo apretar y cuándo aflojar. Supongo que yo me encuentro en este segundo grupo. A ratos lo soy, como todos. La crueldad no siempre implica un sadismo gratuito; a veces es un simple mecanismo de defensa mal afinado.

¿Tiene muchos amigos? Tengo los suficientes. Muchos no.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que no me pidan que vista un disfraz y me permitan ser como soy. Gente que aguante el silencio sin ponerse nerviosa y que, cuando habla, lo haga con criterio propio. Que resuenen como yo con la vida que les ha tocado vivir. Esto implica tener un sentido del humor similar, un nivel de cinismo -filosófico- semejante y una capacidad parecida a la mía para observar las cosas con la misma distancia. Que entiendan que uno está de paso, incluso en las mejores relaciones. Con eso, me basta.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No suelen, pero lo han hecho en alguna ocasión. Simplemente me he distanciado. A estas alturas de mi vida, intento mantenerme lejos de la toxicidad todo lo que pueda. También le diré una cosa: soy muy de evitar conflictos. ¿Sabe esos carteles que se ponen en las obras con los días transcurridos sin un accidente? Conmigo, lo mismo, pero para los conflictos.

¿Es usted una persona sincera? No sabría decirle. Desde luego, no soy de los que van por ahí diciendo “verdades”, mucho menos si no me piden opinión. Allá cada cual. Pero tampoco soy de los que mienten deliberadamente. Ahí volvemos a la evitación de conflictos. No sabe la paz de alma que supone asumir este precepto.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Creo que nunca he tenido eso que se suele llamar “tiempo libre”. Cuando era niño, mamá me repetía una frase que se ha convertido con los años en un motto: Descansar es cambiar de actividad. Es un mal que arrastramos las personas creativas, incluso cuando se supone que estamos en calma, seguimos creando.

¿Qué le da más miedo? La Agencia Tributaria, y que las personas que amo lo pasen mal.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Mire. Yo valoro por encima de todo la libertad individual. Todo aquello que la coarte, de la manera que sea, me escandaliza profundamente. No hace falta que sea una gran ley ni un gesto grandilocuente. A veces basta una presión sutil, ese clima en el que la gente empieza a callarse por si acaso, a medir cada palabra como si hubiera un tribunal invisible tomando nota. La gente debería ser libre de pensar, de actuar y de llevar a cabo su proyecto vital sin que nadie se lo impida, siempre que por el camino no lastime al prójimo. Cuando alguien empieza a limitar la vida de los demás, ahí yo me escandalizo.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Es que entonces no sería yo, ¿no cree?

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? A diario, un mínimo de 30 minutos de marcha ligera y un mínimo de 30 minutos de gimnasio, en casa. Nada riguroso, pero lo suficiente para mantenerme en forma.

¿Sabe cocinar? Es de las pocas cosas que sé hacer bien en la vida.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Elegiría a Marco Aurelio. Es uno de los pocos hombres que lo tuvo todo y aun así escribió como si no tuviera nada claro, lo cual me parece admirable. Dedicó una obra extraordinaria, escrita en la intimidad y sin ánimos de hacerla pública, a recordarse a sí mismo cómo no volverse un imbécil con poder. Y a mí me interesa esa grieta. Me interesa observar qué le hace el poder a alguien que intenta resistirse a él.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? ¿No vale esa misma palabra, “esperanza”? Podría elegir futuro, renacer, regalo, todavía, semilla, alba, mañana, posible, o camino. Pero esperanza las aglutina todas con gran precisión. Me quedo con “esperanza”. Aquí, en Chipre, la traducción es “elpidia”, que también suena hermosa.  Hay una tortuga marina muy fértil que anida en una playa muy cerca de mi casa a la que bautizaron así. Elpidia la tortuga.

¿Y la más peligrosa? Prohibir.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Lo planeo a diario, la verdad.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Tengo una costumbre peligrosa, y es que no juzgo las iniciativas políticas según el partido o la persona que las proponga, sino por lo que me parezcan en sí mismas en cada ocasión. Así que es difícil encasillarme en un partido concreto. Soy en lo económico de derechas, eso es indudable. Tengo en ocasiones ataques de zurdismo recalcitrante ante las injusticias. Creo que merece la pena ser conservador cuando toca, pero como no tengo el poso religioso que suele acompañar a los conservadores, hay muchos asuntos -eutanasia, divorcio, aborto, derechos de minorías, inmigración- en los que colisiono abiertamente con ellos. Por ahí dicen que soy anarcoliberal. O tibio. O contradictorio. Si semejantes etiquetas les hacen sentir cómodos, sean.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Creo que los que mejor eligieron en la lotería de la vida son los perritos falderos de las viudas millonarias. Pero, de nuevo, ese no sería yo.

¿Cuáles son sus vicios principales? La impaciencia, sobre todo. La necesidad de que las cosas ocurran ya, de cortar procesos que tal vez necesiten algo de tiempo o sedimento. Luego está cierta tendencia a aislarme cuando algo no termina de encajar. También abuso del control. Me cuesta soltar, delegar, dejar que otros hagan las cosas a su manera. Y tal vez la atracción por el exceso, por tensar un poco más de la cuenta las situaciones, a ver hasta dónde aguantan. A veces sale bien. Otras, no tanto. Y de mi abuelo Pepe heredé la glotonería.

¿Y sus virtudes? Soy una persona enormemente resolutiva. Tengo una cabeza que no se conforma jamás. Cuestiono, afino, vuelvo a mirar. Soy inmensamente constante y me crezco ante los desafíos. Si algo depende de mí, saldrá adelante, sea como sea. Y creo tener el olfato afilado para lo Humano. Esto implica una enorme capacidad para la empatía, a veces casi dolorosa.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Creo que soy un tipo que ha sabido exprimir bastante de la vida y si me voy esta noche, lo haría bastante satisfecho. Sólo me quedaría el remordimiento de no saber qué va a pasar mañana. Me pierde la curiosidad. Por eso sigo aquí.

T. M.

viernes, 24 de abril de 2026

"Mandar y obedecer. Una historia del poder desde la resistencia, el lenguaje, el ego y la fe" en el suplemento "Cultura/s" de "La Vanguardia"

 

Los colegas del suplemento Cultura/s de La Vanguardia, el pasado sábado, tuvieron la gentileza de incluir en su especial dedicado a Sant Jordi esta mención, en las ediciones en español y catalán, de mi libro Mandar y obedecer. Una historia del poder desde la resistencia, el lenguaje, el ego y la fe, en la sección "Ensayo literario".

jueves, 23 de abril de 2026

Entrevista capotiana a Manuel Valdivia


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Manuel Valdivia.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Donde nunca he estado, un lugar que imagino cuando escucho un precioso danzón cubano: “Allá en la Habana del Este / Pasando el túnel de amor / Tengo una casita linda / Y allá esta mi corazón”.

¿Prefiere los animales a la gente? Una amiga animalista me va a regañar cuando lea la respuesta. Prefiero la gente, sin duda, aunque un poco salvaje.

¿Es usted cruel? No me sale. Soy buena persona, eso creo, aunque alguno de mis hermanos me ha echado en cara lo cabrón que he sido en “Querer o no querer”, la novela donde cuento nuestra dura historia familiar. Sé que les ha dolido, pero me ha podido el afán por averiguar la verdad, saber qué nos pasó para que nos destruyéramos.

¿Tiene muchos amigos? ¡Uf, un montón! ¡Muchísimos! A ver, amigos-amigos me salen… ¿cuántos? Por lo menos, dos o tres, ¡o más!

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Con que no sean imaginarios, me vale. A mis amigas y amigos, que son algunos más de los que contaba en la respuesta anterior, los quiero a pesar de cómo son.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No me ha pasado. Si acaso, nos hemos distanciado porque la vida te lleva por aquí o por allá. En la presentación de mi novela, me reencontré con una amiga de las especiales. No nos veíamos desde los tiempos de la pandilla, cuando mantuvimos una amistad genuina, sin los malentendidos de los enamoramientos. Los dos estábamos muy cambiados, pero fue entrañable volver a vernos.

¿Es usted una persona sincera? Casi, pero no. Me volvería loco o volvería locos a los demás. 

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me encanta grabar con mi cámara de vídeo a talentosos músicos callejeros. Siempre que viajo por ahí, me interesa más descubrir a buenos músicos que retratar paisajes o monumentos. He grabado cientos de vídeos: en Madrid, Barcelona, Berlín, Nueva York, Amsterdam… Se pueden ver en el canal @StreetMusicTV, de Youtube. Siempre pido permiso a los músicos y, a menudo, charlo con ellos y me cuentan sus historias. Ojalá pudiera trasladar todas esas experiencias en una serie como la maravillosa Tremé, de David Simon.

¿Qué le da más miedo? La violencia de cerca. Soy un poco cobardón. Nunca he pasado tanto miedo como cuando vi cómo tiroteaban a un tipo en una carrera de Bogotá. Pero, al mismo tiempo, no podía evitar retar al peligro y zascandilear por las calles que me recomendaban no pisar de ninguna de las maneras.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Estoy bien informado y me escandalizo a todas horas, por todos los motivos. Me temo que el día que ya no me escandalice es que ya estaré muerto.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Desde pequeñito, desde que el proyeccionista del cine Usera me regalaba fotogramas sueltos de las películas que acababa de ver fascinado, no quería hacer otra cosa que contar historias. He tenido una suerte inmensa de poder dedicarme a eso. No concibo otra manera de ganarme la vida. Bueno, sí, tampoco hubiese estado nada mal jugar al basket como Magic Johnson o Luka Doncic.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Me alegro de que me haga esa pregunta. Nunca he dejado de jugar al baloncesto, aunque ahora mis amigos se han retirado y me voy yo solo a la cancha a tirar triples. Nadie me cree cuando digo que he metido quince seguidos sin fallo. Ni siquiera yo.

¿Sabe cocinar? Si por cocinar se entiende preparar los alimentos para que resulten apetecibles, no.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Dediqué casi tres años de mi vida a investigar y escribir un guion sobre la vida de Maradona. Diego me hizo la vida imposible. Cuanto más sabía del tipo, peor me caía. Lo entendí mejor cuando me metí en la casucha sin agua ni luz donde creció en Villa Fiorito. Ni siquiera quiso asistir a la proyección privada que montamos para él, solo vino su ex, Claudia, que se limitó a decir: “¡Uf, ¡qué duro!”. Me prometí que sería la primera y la última vez que escribiría sobre un “personaje inolvidable”.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Deseo. Mientras perviva el deseo, hay esperanza.

¿Y la más peligrosa? Esperanza. Como escribía Villiers de L’Isle-Adam en un lúcido cuento, la peor tortura es la esperanza, la ilusión de que vas a poder escapar a tu destino. Y no.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Cualquiera es capaz de matar si se dan las circunstancias oportunas. Lo comprobé en Crònica amarga, una serie documental que realicé en Valencia; entre otros asesinos, conocí a una mujer que había envenenado a su marido con mata hormigas. En mi próxima novela, titulada Matarás, tiraré de mí mismo como personaje, en lo que habría ocurrido en determinadas encrucijadas, algunas aparentemente banales, si hubiera elegido otro camino, si me hubiera dejado llevar. Nunca he querido matar a nadie, pero podría haber sucedido.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Republicano y de izquierdas.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? De niño, soñaba con ser Superman o, por lo menos, el Capitán Trueno. Tampoco habría estado mal tocar el piano como Thelonius Monk. Pero no me puedo quejar. En general, me llevo bien conmigo.

¿Cuáles son sus vicios principales? Visto desde fuera, parezco muy aburrido. No fumo, no bebo, no me drogo. Y no considero que el sexo, que me encanta, sea un vicio. Todo lo que me gusta suele ser legal y no me engorda.

¿Y sus virtudes? Mi principal virtud es la curiosidad. Me pasa como con mi propensión a escandalizarme: si algún día pierdo la curiosidad es que estaré muerto y bien muerto.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Mi “Rosebud” no sería un trineo en la nieve, pero se le parecería en lo que tiene de juego infantil, de pura felicidad añorada: la primera vez que conocí el mar, un verano en Cullera, cuando por unos días parecíamos una familia normal.

T. M.

miércoles, 22 de abril de 2026

"Mandar y obedecer. Una historia del poder desde la resistencia, el lenguaje, el ego y la fe" en un video del Instagram de la autora Laura Valenzuela

                         

De esta manera tan original y simpática Laura Valenzuela mostraba mi más reciente libro, Mandar y obedecer. Una historia del poder desde la resistencia, el lenguaje, el ego y la fe, en su Instagram. Yo precisamente cito a esta autora por su ¿Será esto la libertad?: Memorias de una jueza en La Habana en el primer capítulo, titulado "En el lenguaje: Propaganda y leyenda negra. Verdad y posverdad. La historia y su narrativa. El neolenguaje dictatorial".

martes, 21 de abril de 2026

Entrevista capotiana a Karlos Ramos

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Karlos Ramos.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?  Mallorca.

¿Prefiere los animales a la gente? Me gustan los animales pero por lo normal prefiero a la gente, incluso a alguna gente que no es tan fácil de apreciar de primeras.

¿Es usted cruel? No.

¿Tiene muchos amigos? No muchos. Estoy renovando la lista.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Lealtad y benevolencia. A ser posible, inteligencia también.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No.

¿Es usted una persona sincera? Bastante.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leyendo. Filosofando. Charlando.

¿Qué le da más miedo? Morir prematuramente. Un conductor kamikaze, una maceta que cae, algo así.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? ¡Noooo, nada! Sólo se escandalizan los que no tienen una idea ajustada de lo que es el ser humano.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Ser jinete para una cuadra de mucho dinero (jajaja)

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Gimnasia de mantenimiento (mirada sospechosa, guiñito, guiñito)

¿Sabe cocinar? Sí.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Ahora mismo, a Paul Auster. Y en versión menos glamurosa, a Wenceslao Fernández Flórez.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Me quedo con la palabra gallega ALOUMIÑAR, que significa tratar con cariño. Si todos practicásemos un poco más, cabría alguna esperanza. Tal vez.

¿Y la más peligrosa? IMPERIALISM, así, en inglés.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Síiiiiiiiiiiii (en sentido figurado, creo).

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Dicho al estilo Woody Allen, me defino como reaccionario de izquierdas.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un mecenas.

¿Cuáles son sus vicios principales? Quizá malgastar el tiempo, que es uno de los vicios más condenables. El teléfono móvil me ayuda mucho a malgastar el tiempo.

¿Y sus virtudes? Pocas. Muy pocas. Me estoy revelando, para mi sorpresa, como un tipo bastante tenaz.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Preferiría que no.

T. M.

lunes, 20 de abril de 2026

Mi "Antología poética del suicidio (siglo XX)" en la Feria Internacional del Libro LACUHE, Nueva York

 

Por cortesía del editor de Ultramarina, Iván Vergara, he aquí una foto de mi Antología poética del suicidio (siglo XX), tomada en la Feria Internacional del Libro LACUHE, Nueva York.

domingo, 19 de abril de 2026

Entrevista capotiana a Natalia Trigo

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Natalia Trigo.

 

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Qué pregunta tan difícil. Me cuesta estar quieta en un solo lugar por mucho tiempo. Estoy dividida entre un bosque, en la naturaleza, y una ciudad muy grande donde pueda perderme e interactuar con otros todos los días. Supongo que necesito ambas cosas: silencio y movimiento, cada uno a su manera.

¿Prefiere los animales a la gente? , me encantan los animales y creo que son grandes maestros. Aprendo mucho de ellos, me gusta observarlos. Han estado para mí incluso cuando otros humanos no han podido, y quizá por eso les tengo un cariño especial.

¿Es usted cruel? No, espero no serlo. Sin duda ha habido veces en las que he herido a otros, pero no con la intención de hacerlo. Aun así, procuro no esconderme detrás de eso.

¿Tiene muchos amigos? Tengo pocos amigos cercanos. Creo que cultivar las relaciones requiere energía e intencionalidad. Muchos de ellos viven en otros países o en otras ciudades, así que trato de estar muy presente en los momentos que compartimos. La idea de amistad es algo que a veces me gusta cuestionar: qué significa realmente ser amigo, qué sostiene esos vínculos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Aprecio que mis amigos sean auténticos y vulnerables, que tengan la capacidad de mostrarse reales incluso cuando es incómodo. Cuando saben decir que no y comunicarse de manera asertiva, cuando tienen introspección y voluntad para cambiar lo que no está funcionando. Valoro su valentía para enfrentarse a las cosas difíciles. Eso me inspira.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Creo que la decepción aparece cuando hay expectativas no cumplidas. Por eso intento conocer a mis amigos y aceptarlos como son, con sus cualidades y sus carencias. Y también recuerdo que yo no soy distinta para ellos.

¿Es usted una persona sincera? , trato de serlo. Incluso en los momentos en los que cuesta trabajo decir la verdad.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? En la naturaleza, nadando, con mi perra, riéndome con amigos, viendo arte, viajando, aprendiendo algo nuevo, cantando.

¿Qué le da más miedo? Que el miedo me impida vivir la vida.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? El odio que veo en las calles y en las noticias: el racismo, la xenofobia, la violencia hacia la naturaleza y los animales, la falta de derechos humanos, y la desensibilización que han provocado las redes sociales. Me escandaliza, pero sobre todo me entristece.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Actriz. Sin duda. Todavía tengo la ilusión de poder dedicarme a eso algún día.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? . Paso muchas horas sentada escribiendo, así que moverme es también una forma de volver al cuerpo, de salir un poco de la cabeza en los días en que no puedo dejar de pensar. Hago yoga, bicicleta, entrenamientos de fuerza, corro. Más que rutina, es higiene mental.

¿Sabe cocinar? Lo suficiente para no decir que no. No le dedico mucho tiempo, pero me gusta cocinar cuando es para compartir. Aprendí pocas recetas de mis abuelas, que eran excelentes cocineras algo de lo que me arrepiento. Lo que sí hago bien, y me atrevo a decirlo, es hornear dulces.

Si el Readers Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Mi abuelo Fidencio, que vivió un siglo. Creció en el campo, entre México y Estados Unidos, y le tocó ver cómo ambos países se volvían modernos”; él se llamaba a sí mismo un hombre moderno. Vio llegar los primeros refrigeradores de niño todavía se vendían cubos de hielo para conservar la comiday trabajó para la Comisión Federal de Electricidad, recorriendo el país, electrificando pueblos. Lector, amante de la filosofía y del lenguaje de las computadoras.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Todavía.

¿Y la más peligrosa? Los otros. Odio. Insuficiencia.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No. Aún no.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Me considero de izquierda, con todas las contradicciones que eso conlleva. Me importan especialmente los derechos de los migrantes, el respeto a la naturaleza y el derecho a la privacidad son los temas que me quitan el sueño y que creo que van a definir este siglo. Intento revisar mis ideas con frecuencia, no quedarme anclada a un dogma, pero hay cosas que no negocio: la dignidad de las personas, los espacios comunes, lo vivo.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Una nutria. Un árbol. Un cometa.

¿Cuáles son sus vicios principales? Soy impaciente, llego tarde a todas partes (esto es algo en lo que tengo que trabajar todos los días activamente), me distraigo con facilidad.

¿Y sus virtudes? Soy resiliente, introspectiva y empática. Me gusta hacer reír a los demás.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Las burbujas, ¿por qué tantas burbujas?, y el aire que queda, y mis padres, y mis perros, y si existe dios, y el agua fría, ¿por qué tan fría el agua?, y el amor que he sentido, y el amor que ya no volveré a sentir, y el frío en las piernas, y más burbujas, y aquí estoy sola, uno muere sola, y el agua que sube y que me llena por dentro, y quisiera otra vez estar seca, ¿qué se siente estar seca?, ya no me acuerdo, y todas estas burbujas.

T. M.