Se puede establecer un hilo conductor, el viaje europeo, entre dos novedades recientes que pretenden iluminar el origen de nuestro pasado cultural como continente.
Dos libros recientes vuelven sobre una pregunta que Europa acostumbra a formularse cuando siente que el suelo cruje bajo sus pies: qué queda de sus raíces cuando el presente parece devorarlas. El hilo infinito, de Paolo Rumiz (Trieste, 1947), y Los caminos a Roma, de Catherine Fletcher (1975), responden desde lugares opuestos y complementarios. Rumiz entra en monasterios, escucha cantos, mira claustros y busca en el monacato benedictino una resistencia contra la decadencia moral del presente. Fletcher baja la mirada al suelo, sigue calzadas romanas y reconstruye la vida histórica de esas rutas por las que pasaron soldados, peregrinos, turistas, bandidos, dictadores, poetas y refugiados.
El arranque de Rumiz es intuitivo y contundente al ver que quizá la reconstrucción de Europa exija volver al ejemplo de quienes, tras la caída del Imperio romano, levantaron monasterios como «guarniciones de resistencia a la disolución». Sin embargo, no visita abadías para componer una acuarela piadosa, sino porque ve a Europa enferma de ansiedad, odio y desmemoria, conectado el pasado con el presente: «Mientras llegaban terribles noticias de Gaza, en Europa se podía advertir la misma estupidez, el mismo sonambulismo, la misma afasia e incapacidad de diálogo que en 1914 llevaron al mundo a una guerra que nadie deseaba». El viaje monástico, de este modo, no es una suerte de evasión, sino un modo de buscar explicaciones históricas.
Fletcher, en cambio, abre su obra con una frase que parece gastada por siglos de uso: «Todos los caminos conducen a Roma», aunque con el mérito de devolverle literalidad. Recuerda que el proverbio es medieval, cita a Alain de Lille y a Chaucer, y enseguida lo enlaza con el Miliario de Oro de Augusto. Pero su introducción no se queda en la autoridad antigua, puesto que la Vía Apia aparece como un lugar donde belleza y peligro caminan juntos: «Es un mundo de estratos, un palimpsesto de historia. Los viajeros han venido hasta aquí, caminando, a caballo o en vehículo, durante más de dos milenios». Ese palimpsesto nos lleva al método de Fletcher, esto es, leer una carretera como si fuera un manuscrito borrado y reescrito por imperios, religiones, artistas y viajeros.
En ambos libros resulta decisiva la presencia de los detalles concretos que permiten que las grandes ideas sobre Europa no se vuelvan abstractas ni solemnes, si bien Rumiz y Fletcher utilizan esos materiales de manera muy distinta. El autor italiano construye su viaje como una sucesión de experiencias íntimas y casi táctiles: cada monasterio le deja una enseñanza moral, sensorial o humana. Su objetivo es registrar atmósferas, ritmos de vida y gestos cotidianos: cerveza elaborada por los monjes, pan, vino, huertos, canto coral, manuscritos, trabajo manual, hospitalidad.
Fletcher también se alimenta de anécdotas, aunque su mirada es más historicista. Recuerda sus viajes infantiles en «los pringosos asientos traseros del viejo Renault 12» de sus padres, cuando su padre anunciaba que un tramo recto era una calzada romana. Así ejemplifica cómo el imperio entra en una infancia por una ventanilla de coche. Más adelante, ya investigadora, conduce «el minibús un tanto destartalado de la British School de Roma» y enumera vías antiguas: Vía Casia, Vía Salaria, Vía Nomentana, Vía Flaminia, Vía Tiburtina. En fin, Fletcher sabe ver a Augusto junto al atasco o a las catacumbas junto al turismo.
Asimismo, la diferencia de temperamento entre los dos libros es muy clara. Rumiz habla de una Europa que ha pasado «de acoger a refugiados a deportarlos y de demoler muros a restaurar las fronteras entre países hermanos», y Fletcher escribe desde una curiosidad más templada; dice que las calzadas romanas fueron útiles, sí, pero también fueron símbolos: «El desarrollo de los caminos produjo un cambio en la mentalidad de los romanos: con ellos resultaba posible mover a las personas y las cosas con mayor celeridad y de nuevas formas. Las calzadas cambiaron la concepción del espacio y ampliaron los horizontes del Imperio». Es decir, una carretera no es inocente: conecta, domina, administra, comercia, desplaza ejércitos y fabrica poder.
Es en este punto del factor humano cuando se cruzan los libros de manera más fértil, dado que Rumiz recuerda que los monasterios ayudaron a humanizar territorios después de la caída imperial, y Fletcher, que antes el Imperio había trazado sobre esos territorios una red de circulación, control y prestigio que aún nos conduce, en definitiva, a Roma, estemos donde estemos.
Publicado en Cultura/s, 27-VI-2026
Catherine Fletcher. Los caminos a Roma. Un viaje al pasado de Europa. Taurus, traducción de Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya, 560 pp., 26,90 €
Paolo Rumiz. El hilo infinito. Anagrama, traducción de Álida Ares, 384 pp., 24,90 €
Dos Europas: la del
campanario y la del miliario
Europa se construyó gracias a gente que caminaba y a gente que se quedaba quieta. Esta podría ser la simple conclusión al comparar estas dos novedades. Catherine Fletcher sigue a quienes avanzaron por las calzadas romanas: soldados, correos imperiales, comerciantes, peregrinos, aristócratas del Grand Tour o turistas modernos, así que su Europa nace del movimiento. Las carreteras sirven para conquistar, comerciar, administrar y también imaginar, de modo que una vía recta entre Roma y Capua, aparte de una prueba de gran ingeniería, era una demostración de autoridad. La autora indica incluso que el desarrollo de las calzadas «cambió la concepción del espacio y amplió los horizontes del Imperio». En suma, el mundo se volvió más grande porque empezó a ser más accesible.
Rumiz, en cambio, se interesa por quienes hicieron exactamente lo contrario: retirarse. Sus benedictinos se apartan del mundo, se someten a horarios rígidos, viven dentro de perímetros y claustros. Y, sin embargo, según el libro, terminaron modelando Europa tanto como las legiones romanas. Mientras Roma unía territorios mediante caminos, los monasterios tejían otra red más lenta: manuscritos copiados, hospitalidad, agricultura, canto, conocimiento práctico, refugio espiritual. De esta manera, las calzadas romanas representan la velocidad del imperio; las abadías benedictinas, la duración de la civilización. Se podría decir, pues, que en un libro Europa aparece como circulación, y en el otro, como permanencia.






