sábado, 2 de mayo de 2026

El mar y la destrucción: historia de los naufragios en la expansión española

En 1719, Daniel Defoe daba una historia para la que se había basado en un marinero escocés al que habían abandonado por indisciplina en una isla desierta. Se trataba de «Robinson Crusoe», en que un hombre que se superaba a sí mismo y lograba sobrevivir aislado veintiocho años; por ello, no extraña que Jean-Jacques Rousseau la recomendara vivamente a los jóvenes, afirmando que era una «obra básica de toda educación». En esa intención educativa también cupo colocar el libro de François Édouard Raynal «Los náufragos de Auckland» (JUS, 2017) al ser la demostración de que, como aquel Robinsón real convertido en ficción, se podía sobrevivir tras una tragedia en condiciones de aislamiento extremas, y levantar una cabaña, aprender a subsistir en una naturaleza salvaje, soportar el abatimiento de tanta soledad y falta de recursos de toda clase.

Y es que una noche de 1864, los cinco hombres que integraban la tripulación de la Grafton, una goleta mercante, naufragó en las costas de Nueva Zelanda, hallando no obstante refugio en un islote deshabitado. El capitán y el resto de marineros soportarían veinte meses en las islas Auckland con un clima hostil y, en un ejemplo de resistencia y confianza memorables, salvarían sus vidas y podrían retomar sus asuntos. Al final, construyeron una barca con la que huir, padeciendo hambre y tormentas, hasta la salvación final cinco días más tarde en lo que fue una aventura convertida en crónica que, como en el caso robinsoniano, también inspiraría literatura. Nos referimos a «La isla misteriosa» (1874), en la que Jules Verne narró cómo cinco marinos, tras huir de la Guerra de Secesión, logran sobrevivir en un lugar lleno de fenómenos enigmáticos.

En fechas recientes, nos llegó asimismo una novela que cuenta las vicisitudes de un caso real protagonizado por unos náufragos que fueron considerados unos héroes pero ocultaban una historia oscura, «Los náufragos del Wager», de David Grann. Así, se conocía cómo, en 1742, aconteció una historia de supervivencia y sufrimiento, protagonizada por treinta marinos que tras, padecer un naufragio, pudieron volver a la civilización. Se trataba de una escuadra naval concebida para atacar los intereses españoles en el océano Pacífico, en la línea del Imperio británico de apoderarse de lo que había conseguido España desde su llegada al Nuevo Mundo, y que al llegar al Cabo de Hornos tuvo la mala fortuna de encallar por culpa de una tormenta. Los marineros tuvieron que permanecer en una isla desierta cerca de la Patagonia. El Wager, con unos doscientos cincuenta hombres a bordo, había zarpado de Portsmouth, decía el autor, como parte de una «escuadra con una misión secreta: capturar un galeón español lleno de tesoros y conocido como “el mejor botín de todos los mares”».

 

Tragedias por cuestión de centímetros


El libro era una buena oportunidad de adentrarse en los intríngulis de la historia en América en torno a los enfrentamientos de las naciones llamadas a dominar el planeta. En ese sentido, el lector comprobaba cómo de obsesiva era la idea de las autoridades británicas a la hora de pergeñar planes para lanzarse, por ejemplo, «contra uno de los núcleos de la riqueza colonial española: Cartagena de Indias. De esta ciudad a orillas del Caribe partía en convoyes armados gran parte de la plata extraída de las minas del Perú», por medio todo ello de una tremenda flota compuesta por 186 barcos. Y alrededor de estas cuestiones político-marítimas gira el recién aparecido trabajo «Hundidos: Una historia de España y América desde las profundidades (1492-1898)».


En él, Carlos León Amores, doctor en Prehistoria y Arqueología por la Universidad Autónoma de Madrid, y formado en arqueología subacuática y buceo profesional, desde la primera línea plantea una visión despojada de cualquier idealización sobre el mundo marítimo: «No hay nada poético en un naufragio. Es pura violencia». Y es que, desde luego, un naufragio es un fenómeno extremo en el que se rompe el orden natural de la vida a bordo al producirse «el desmoronamiento del orden más básico y primitivo» y «el colapso de la lógica». En este sentido, el texto insiste en la fragilidad de la vida humana frente al mar dado que la separación entre la seguridad y la muerte es mínima: «Tan solo unos centímetros de madera separan el interior del exterior, la vida de la muerte, el orden del caos». A partir de esta idea, se desarrolla una descripción detallada de la violencia física que supone un naufragio, por lo que el mar es presentado como una fuerza destructiva que invade el barco.


León Amores ha intuido tal cosa «in situ», pues participó en excavaciones como el barco romano de Grum de Sal, en Ibiza, o el navío Nuestra Señora de Guadalupe, en aguas dominicanas. De hecho, desde 2005 realiza un inventario de naufragios españoles en América para el Ministerio de Cultura de España, todo lo cual le suministró mucha información para su libro, en que señala que el mar puede «lanzar veinte cañones de una tonelada de peso contra un mamparo de madera de diez centímetros hasta que lo atraviesa», así como «partir palos de medio metro de diámetro y veinte metros de altura como si fueran mondadientes». A ello se suma la acción del viento, descrito como «su aliado más temible», capaz de «cortar las velas como si fuera un cuchillo» y de deshacer toda la estructura del aparejo.


El entorno geográfico en el que se sitúan muchos de estos naufragios, especialmente el Caribe, añade nuevos peligros. León Amores afirma que «ningún barco de madera está preparado para sufrir un huracán en medio del canal de las Bahamas, en la bahía de Samaná o en los peligrosos cayos de Florida». Incluso si una embarcación logra resistir la tormenta, todavía debe enfrentarse a otros riesgos naturales: «los bajos rocosos y los arrecifes coralinos que están ahí, asomándose a la superficie del mar como centinelas de piedra ocultos». El momento del hundimiento implica también la dispersión de las mercancías transportadas, claro está, y añade algo bien curioso: «Casi todos los naufragios suelen producirse cerca de la costa o en aguas poco profundas hacia las que vientos y oleaje empujan a los navíos». En estas situaciones, los barcos terminan por desintegrarse: «los enormes galeones, los navíos mejor armados o las fragatas más veloces dejan de ser barcos y se convierten en desecho». Tras la tormenta, la calma regresa de forma abrupta, pero las consecuencias del desastre permanecen visibles en tierra firme, donde los cuerpos y los objetos personales se mezclan con los restos del barco.

El mar que engulle

Con todo, el quid de la cuestión en torno a los naufragios es que todo descansar en su carácter azaroso, porque sobrevivir depende de circunstancias fortuitas, ya sea por haberse protegido el marino en un lugar seguro o por haber conseguido escapar en una embarcación auxiliar. Además, cuando el naufragio ocurre en el contexto de un combate naval, la situación se vuelve aún más caótica; los marinos combaten «rodeados de fuego, sangre, humo y dolor». En este punto, «el barco hundido ya no cuenta. Es historia, y pronto, también, arqueología». Y es ahí cuando intervienen profesionales como León Amores, que indica que «en las costas americanas yacen más de un millar de barcos españoles naufragados desde 1492 hasta 1898», lo que los convierte en elementos clave para comprender «el nacimiento y la decadencia de un imperio de ultramar». Por ejemplo, «el de la Santa María fue el primer naufragio español, castellano más bien, que se produjo en las costas americanas».

Así, el libro propone conocer «dieciséis tragedias navales en las que se perdieron barcos y gentes en las costas del Caribe, el golfo de México, el Atlántico o el Pacífico». Cada uno de estos casos permite analizar distintos aspectos de la historia marítima, a partir de puros hechos, por supuesto, pero también indagando en las experiencias humanas: «Nos importan la historia y las historias». Por otro lado, el autor incorpora una reflexión sobre el presente al denunciar «la falta de planificación, el expolio continuado y la destrucción del patrimonio cultural subacuático», considerado «un patrimonio de la humanidad. De todos y para todos». Finalmente, el texto subraya que, junto a la tragedia, también aparecen valores positivos: «También descubrimos grandes dosis de humanidad, valor, coraje, supervivencia, colaboración, rescate y salvamento». Sin embargo, insiste en la importancia de la organización para sostener un imperio marítimo: «Es imposible mantener un imperio ultramarino sin funcionarios, ingenieros, arquitectos, marinos, cartógrafos, contables, soldados, cronistas, gobernantes y monarcas eficaces». Cuando esta estructura falla, la consecuencia es clara: «la historia lo nota y el mar nos engulle».

Publicado en La Razón, 11--IV-2026

viernes, 1 de mayo de 2026

Entrevista capotiana a María Alonso Seisdedos

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de María Alonso Seisdedos.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Teniendo en cuenta que pienso vivir hasta los cien años en un estado de salud física y mental que haga dignos de estudio mis huesos y los despojos de mi cerebro (de otras vísceras dispóngase a voluntad) y que necesitaré, por tanto, un lugar con los servicios básicos, lo más probable es que optara por quedarme en este pueblo a orillas del Miño en el que vivo en vez de la aldea aislada en plena montaña de Lugo con la que sueño. No será por falta de ganas, pero ya voy tarde.

¿Prefiere los animales a la gente? Cualquiera que me conozca sabría que miento con todos los dientes si dijera que prefiero a las personas. Prueba de ello es con quiénes comparto la vida sin que ni ellos ni yo hayamos tenido que recurrir de momento a mediadores de ninguna clase que nos ayuden a dirimir disputas sobre el territorio o la comida.

¿Es usted cruel? Tengo muchas taras (a ojos de los demás, entiéndase, que yo no me veo), pero esa no es una. Si alguna vez he tenido que matar un bicho (léase mosca o cucaracha, todo lo demás es gente), he actuado de forma expeditiva y rápida. No encuentro ningún placer, al contrario, en provocar sufrimiento.

¿Tiene muchos amigos? Muy pocos, pero es mérito suyo y, aunque jamás he entendido cómo me aguantan, les agradezco, aunque solo sea de palabra, que estén siempre ahí, sobre todo porque yo ahí no estoy casi nunca.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que no me tomen a mal que prefiera a mis perros, pero, sobre todo, que sepan lo que no sé.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Los amigos no decepcionan, por eso son amigos. Decepcionan o no los conocidos, la gente a la que quieres o crees que quieres, pero eso, una vez se pasa el trance, tampoco es una tragedia, aunque dé materia para escribirlas.

¿Es usted una persona sincera? Tengo días malos, pero, en general, no. No hay por qué ofender a nadie sin necesidad. Truman, Truman, esta pregunta tendría que ser la primera de la lista.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Pajareando, caminando, leyendo (en un alto en el camino, que no sé hacer dos cosas a la vez). Si aún me dejaran tomar café sin mesura, sentada en una terraza con un libro y un cuaderno en cualquier pueblo no demasiado concurrido, escuchando conversaciones o monólogos ajenos, no por interés en la vida de los demás sino en sus palabras, ya sean en idiomas que conozco o desconozco.

¿Qué le da más miedo? Que haya una guerra aquí en dónde vivo.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Escandalizarse exige demasiado aspaviento. Me indignan las guerras, la codicia y la crueldad, que es un tres por uno.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Opositar a algo así como agente ambiental para trabajar en un parque nacional, por más que la rima me estropee la belleza del oficio y la ilusión.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Estos músculos no se hacen solos.

¿Sabe cocinar? Más que si sé, la pregunta debería ser si me gusta y la respuesta es no. Sé cocinar, he aprendido a fuerza de ensayo y error y cocino para comer sano. No me rompo mucho la cabeza con el menú diario, pero no tomo platos ultraprocesados. La cuestión es mantener a raya el colesterol y la hipertensión para evitarles un disgusto a mis médicos y no cargar con más gastos de la cuenta a la Seguridad Social. Es triste decirlo, pero más triste es lo que como.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A mí no, eso seguro, con la mala memoria que tengo, menuda pereza inventármelo todo, pero, ahora que lo pienso, escribiría sobre Juan Rulfo o Raduan Nassar. Solo por el placer de releerlos y ponerme a investigar cómo fueron capaces de crear tales mundos engarzando letra tras letra.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Cabría preguntarse si, en cualquier idioma, vivo o muerto, existe una sola palabra o es acaso una partícula, una combinación de vocablos, un sonido tan tenue que solo el oído más entrenado lo perciba o un conjunto de signos que las manos trazan y combinan con gestos de la cara, pero para mí sería el equivalente a «lugar-donde-vivir-y-ser» (en castellano vivienda sería lo más parecido).

¿Y la más peligrosa? «¡Fuera!»

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Últimamente todas las mañanas al escuchar las noticias. Con todo, no es más que un impulso por el que no hay que alarmarse. Soy demasiado cobarde. Si no lo fuera, el mundo sería un lugar mejor y mis vecinos, no cabe duda, dirían el día de mi detención ante un micrófono arrimado a los labios con gesto contrito y perplejo: «Siempre saludaba».

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Escoro a babor. Cuantos más años cumplo, más radical es la escora, no tanto que se hunda el barco… de momento.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Me pediría ser águila ratonera (Buteo buteo), pero, puestos a pedir, que sea en un planeta con pocos humanos y muchos ratones.

¿Cuáles son sus vicios principales? Interrumpir a las personas cuando hablan y la falta de paciencia con los demás.

¿Y sus virtudes? La capacidad de concentración.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? ¡Uf, qué angustia! ¿No se puede elegir otra tortura? Yo es que me ahogo con solo que me caiga el agua de la ducha en la cabeza. Bueno, lo primero, que no se me olvide darle las gracias al socorrista que me salve. Si no ha lugar, ojalá se me pasaran despacio, muy despacio, como a lentísima cámara, por dentro de los ojos cerrados, los campos de Castilla bajo el vasto azul pálido del cielo, con el sol púrpura prendido del horizonte que ciñe el dorado de los rastrojos, en cualquier atardecer de agosto. Al menos no habría tanta agua.

T. M.

jueves, 30 de abril de 2026

«Historia de la literatura española contada en una hora» en "El Boomeran(g)"


Desde ayer miércoles 29 de abril, está recomendado en la "Biblioteca de Novedades" del blog El Boomeran(g) mi Historia de la literatura española contada en una hora (El Desvelo Ediciones).


miércoles, 29 de abril de 2026

Entrevista capotiana a Jesús G. Maestro

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Jesús G. Maestro.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Indudablemente, mi casa. Todo lo que necesito está en ella.

¿Prefiere los animales a la gente? Quiero a mi familia y a mis amigos, y entre ellos no hay ni animales ni gente.

¿Es usted cruel? La crueldad nunca está justificada. Es algo que el ser humano no puede permitirse. La crueldad es la negación misma del ser humano. Sólo los animales pueden ser crueles, y de hecho lo son, porque ignoran la dimensión moral de lo que hacen.

¿Tiene muchos amigos? Tengo tres amigos. De toda la vida. Desde mi infancia.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? No busco nada en mis amigos. Son mis amigos porque con ellos tengo libertad, como ellos conmigo, para ser como realmente somos. No necesitamos fingir.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No, porque, como he dicho muchas veces, hay dos tipos de amigos: los verdaderos y los falsos. Los falsos son aquellos que sabes cuándo te van a traicionar. Los verdaderos son los que nunca sabes cuándo te van a traicionar. Luego, están mis tres amigos. Que no tienen nada que ver con las dos clases anteriores.

¿Es usted una persona sincera? Sólo cuando hablo en broma.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Yo soy el libre. El tiempo no lo sé.

¿Qué le da más miedo? No lo sé. Todavía.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? El escándalo hoy exige prevención. La gente ha degenerado de forma tan extrema que podríamos decir que es algo escandaloso, es decir, algo de lo que hay que preservarse: de la gente y de su forma de convivir con el escándalo.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Yo propiamente no puedo considerarme, porque no lo soy, escritor de obras de ficción, me refiero a obras literarias, porque quien escribe problemas matemáticos o ejercicios de física también escribe ficciones. No hablo del periodismo, aunque también lo he ejercido. Me refiero a ficciones literarias. Solamente he publicado tres cuentos, francamente espeluznantes: «La divisa de Judas», «Yo soy casi luzbelina» y «Yo no soy una ficción». He escrito más, pero siguen inéditos. En realidad, los escritores no crean, solamente escriben. Que no es poco, pero la creación es término mayor.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí, varios, a diario y de forma muy intensa. Buena parte del día la paso haciendo deporte. Y no me refiero a tocar el piano.

¿Sabe cocinar? Desde muy joven, sí. No me gusta comer basura. Tampoco me suele gustar comer fuera de casa.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? He tenido que consultar en internet qué es Reader’s Digest, porque no lo sabía. Queda claro que soy sincero. Elegiría a Satanás.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Amor al cónyuge.

¿Y la más peligrosa? Democracia.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Eso es una barbaridad. Ni en sueños. Nunca jamás.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? La política me resulta la más vil de las actividades humanas. Me repugnan absolutamente todas las tendencias políticas. Todas.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Me muevo más por la comodidad que por el gusto. Quisiera, si tal deseo se puede pedir o aducir, vivir con salud hasta el último segundo. La salud es comodidad, es decir, la salud es realmente todo. Hay enfermedades que son peor que la muerte.

¿Cuáles son sus vicios principales? No tengo vicios ni virtudes. Ambos términos son invenciones religiosas y filosóficas incompatibles con la libertad de la vida real. Hay costumbres que son buenas para la salud y hábitos que destruyen la vida, porque son malos. La virtud sólo existe allí donde hay un vicio que ocultar.

¿Y sus virtudes? Ya me adelanté antes en la respuesta. Es lo que tenemos los dialécticos. Interpretamos algo siempre por relación a sus contrarios.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Mejor no saberlo…

T. M.

martes, 28 de abril de 2026

Un artículo viajero sobre Sevilla: dos tours y tres restaurantes


Hoy aparece, en la sección de "Viajes" del diario La Razón, este artículo mío, en mi faceta de viajero hotelero-gastronómico, titulado "Sevilla, entre el río y la mesa".

lunes, 27 de abril de 2026

Entrevista capotiana a Tina Suárez Rojas


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Tina Suárez Rojas.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Imposible decantarme por un solo lugar. Atravesaría con gusto un agujero de gusano y me iría a vivir a la Biblioteca de Alejandría. Me marcharía también al París de Rayuela y a Wonderland. Montaría incluso un buen refugio entre las ruinas de Pompeya (con permiso de las autoridades).

¿Prefiere los animales a la gente? Prefiero mi perro a determinada gente.

¿Es usted cruel? La crueldad muchas veces viene de la infelicidad y del resentimiento, así que intento estar bien conmigo misma para no jorobarle la vida a nadie. No, no soy capaz de hacer daño y causar dolor a conciencia; si eso sucediera, sé de seguro que no podría vivir con ello.

¿Tiene muchos amigos? Pocos, porque las multitudes me estresan. Pocos amigos, pero leales.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? El sentido del humor y la calma. Me gustan las personas que comparten su serenidad, creo que la paz interior es un buen indicio de honestidad.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Entiendo que la amistad se sustenta en la confianza. Si hay confianza, lo que parece una decepción ha de subsanarse. La comunicación es indispensable para despejar dudas y malentendidos. La amistad implica una relación de profundo cariño, de comprensión, de empatía. Así funcionamos mis pocos amigos y yo. Y me siento afortunada.

¿Es usted una persona sincera? Sí, pero me empeño en ser sincera con eso que llamamos, tacto, diplomacia, mano izquierda. A menudo se pretende hermanar la sinceridad con la desfachatez, la brusquedad, incluso la crueldad. La sinceridad lleva implícito el respeto y un toque de decoro. Ser sinceros obliga a cierta altura moral, precisamente para desangrar lo menos posible la integridad del otro.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me gusta mucho leer, escuchar jazz, jugar con mi perro y, cuando hay luna llena y noche despejada, me gusta mirar por mi telescopio el cielo «de innumerables luces adornado», como lo describía Fray Luis de León.

¿Qué le da más miedo? Quedarme sin las personas que amo y me aman, quedarme sola en el camino.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La mendacidad, la facilidad con la que se levantan calumnias e infamias y el cinismo de quienes las sustentan. Me escandaliza la cobardía y las bravuconadas de aquellos que parapetados tras una red social ofenden con sucia inquina; los que hablan sin criterio ni conocimiento, por puro opinionismo. Me escandaliza la deriva ideológica que ha llevado a tanta gente a sentir desprecio y odio hacia otra tanta gente por razones de religión, raza, sexo y demás. Y me preocupa sobremanera, más que escandalizar, esa perturbadora forma de protesta que consiste en atentar contra las obras de arte, el culturicidio también es atroz.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Sería astronauta, una suerte de anacoreta cósmica bogando por la inmensidad sideral. Me he pasado y me paso la vida mirando allá arriba.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Paseo con mi perro; es un ejercicio físico, emocional y mental.

¿Sabe cocinar? Voy muy justita como cocinera, pero admiro enormemente el arte culinario y acumulo bastante bibliografía. Custodio, por ejemplo, como exquisitas joyas un Recetario de cocina romana antigua y también un ejemplar del famoso El practicón (1894), de ese gran cocinólogo que fue Ángel Muro.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Más que un artículo le haría un jugoso cuestionario a mi admirada Jo March.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Esperanza, la propia palabra ya es un conjuro.

¿Y la más peligrosa? Ignorancia.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? A mí misma, las veces que no me soporto.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Se acercan bastante a las que tenía Simone Weil.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Una arañita doméstica, de esas que viven discretamente en una buhardilla llena de libros viejos y olvidados.

¿Cuáles son sus vicios principales? Digo en un verso que «tengo el hábito de amar y el vicio de perder…». Pido disculpas por la autorreferencia.

¿Y sus virtudes? La discreción.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Mi mamá, solo pensaría en mi mamá, con la misma necesidad de protección con que una niña llama a su madre cuando se siente desvalida o amenazada.

T. M.

domingo, 26 de abril de 2026

Linchamientos: la peor cara de la historia de Estados Unidos

Como pasa en casi todas las obras que cuentan con un protagonista adolescente, una novela como «Las aventuras de Tom Sawyer» ha sufrido la etiqueta de “juvenil”. Ello pese al deseo explícito de su autor, en el prefacio a la primera edición del libro, en 1876, de que «no por eso lo desprecien hombres y mujeres adultos, pues parte de mi plan ha sido tratar de recordar agradablemente a éstos los que fueron ellos mismos en tiempos». Sea como fuere, con Samuel Laughorne Clemens, o, mejor dicho, con Mark Twain, seudónimo tomado de la expresión «¡dos brazas!», que servía para indicar a los barcos que el río por el que navegaban era lo bastante profundo, nace, como dijo Ernest Hemingway, la novela norteamericana moderna. Y lo hace con las andanzas de una serie de chiquillos que, bordeando el río Misisipi, desoyen las normas de los mayores para vivir aventuras de todo tipo: inocentes y arriesgadas, divertidas y dramáticas y, según la confesión del propio Twain, verdaderas, pues serían sus propios recuerdos la base para la escritura de la obra. Su fascinación por el río –en realidad el verdadero protagonista de toda su literatura, el testigo inmóvil y a la vez cambiante de la vida ciudadana y campesina– con sus elegantes barcos, Tom, el hijo del borracho del pueblo de Hannibal donde vivía Twain de pequeño, la observación de la miseria y el miedo de los negros...

Leer a Twain es mojarse en ese río del centro de Estados Unidos que fluye en dirección sur a través de diez estados, hasta desaguar en el golfo de México, como el lector apreció, por ejemplo, cuando Reino de Cordelia publicó en 2021 «La vida en el Misipipi». Ese mismo río había presenciado la guerra civil entre el Norte y el Sur y era el mejor testimonio de un racismo extremo cuyo efecto, como se decía en el prólogo de la traductora y el editor, «había convertido al estado de Misisipi en el quinto más rico del país, una riqueza blanca, la del algodón, forjada con el sudor y la sangre de los esclavos». Tras aquello, se convirtió en lo que aún es: el estado norteamericano con peor renta per cápita, como ya Twain vislumbró.

Del humor a la decepción cínica

En este sentido, resultaba interesantísimo como el narrador, con su gran formación periodística y viajera, se convertía en cronista de la realidad de la gente del lugar, como cuando hablaba de cómo «hasta ahora el problema ha sido –y cito los comentarios de los dueños de las plantaciones y de los tripulan­tes de los vapores– que los planta­dores, aunque poseen la tierra, no tie­nen efectivo y se ven obligados a hipotecar tanto la tierra como la cose­cha para poder seguir adelante». «La vida en el Misipipi» es de 1883, un año antes de que viera la luz «Huckleberry Finn», una etapa en que ya su celebrado sentido del humor se iba convirtiendo en sarcasmo a medida que los Estados Unidos, con su idealizada ideología democrática, y a causa de la ampliación de su territorio a modo de imperio expansionista y a su afición por las armas, el genocidio aborigen y la esclavitud, se volviera un lugar inhóspito y decepcionante para él.

Bajo este prisma biográfico cabe adentrarse en «Los Estados Unidos del linchamiento», sobre el que su traductor y editor, Javier Fernández Rubio, informa de que fue escrito en 1901 pero que quedó oculto durante años por temor a las represalias contra su familia. Y es que su trasfondo es lo que vio pasar delante, durante décadas y décadas, el río Misisipi: toda una serie de episodios extremadamente sombríos de la historia estadounidense: la etapa dominada por las leyes de segregación conocidas como Jim Crow, vigentes desde finales del siglo XIX hasta bien entrado el XX, que institucionalizaron la separación racial bajo el principio engañoso de «separados pero iguales», junto con la expansión del terrorismo racial.

El texto se publicó en 1923 en la recopilación póstuma de escritos tardíos «The United States of Lyncherdom, Europe and Elsewhere», cuando Twain ya llevaba muerto casi tres lustros. En un momento dado de la década siguiente, en 1937, Abel Meeropol escribiría el poema «Strange Fruit», que hizo inmortal como canción Billie Holiday con una imagen cargada de sombra: no hablaba de árboles en flor, sino de algo que colgaba, esto es, los cuerpos de hombres negros colgados de los árboles del sur de Estados Unidos, víctimas de linchamientos. Imagínense cómo sería entrar en el club Café Society de Nueva York y escuchar en boca de la cantante norteamericana, quien además padeció el racismo desde la infancia hasta el final de su carrera, un verso como «Black bodies swinging in the Southern breeze» (cuerpos negros balanceándose en la brisa del Sur), en que el paisaje suave se convierte en un cómplice silencioso del horror.

La epidemia del linchamiento

Holiday nació en 1915 en unos Estados Unidos profundamente segregados y trabajó en clubes donde, incluso siendo la estrella, no podía entrar por la puerta principal ni mezclarse con el público blanco, o tenía que alojarse en hoteles diferentes que ocupaban sus compañeros músicos blancos. El individuo negro molesta y lo que procede, amparándose en la ley, es asesinarlos, en connivencia o el silencio con la sociedad blanca. Es exactamente ese clima el que denunciaba Twain en su texto «Los Estados Unidos del linchamiento», en que se aportan fotografías que resultan extraordinariamente duras de mirar, tal es el espanto de ver a esos frutos afroamericanos ahorcados, a veces rodeados de una muchedumbre de testigos macabros y morbosos en que había incluso niños.

«¡Y así ha caído Misuri, ese gran Estado! Algunos de sus hijos se han unido a los linchadores y la mancha nos salpica al resto. Ese puñado de hijos nos ha dado una reputación y nos ha etiquetado con un nombre: para los habitantes de los cuatro rincones de la tierra somos “linchadores”, ahora y para siempre», afirma Twain para empezar. Habla entonces de una tragedia ocurrida cerca de Pierce City, en el extremo suroeste del Estado, cuando una joven blanca que regresaba sola de la iglesia fue hallada asesinada; de resultas de ello, la gente linchó a tres negros («dos de ellos muy ancianos»), quemó cinco hogares de negros y expulsó a treinta familias negras a los bosques. Eso lleva al autor a reflexionar sobre el porqué de tomarse la justicia por la mano y por qué el linchamiento, junto con otras acciones descomunalmente bárbaras, devenía un crimen habitual en la sociedad sureña.

Para Twain, el linchamiento fue toda una enfermedad que avanzó por distintos territorios: Colorado, California, Indiana… En lugares provincianos y a veces recónditos, pero el escritor sabía bien que el ataque mortal al negro podía ocurrir en cualquier lugar, hasta en la capital oficiosa del mundo, de unas maneras que el resto del siglo XX y hasta el XXI ha desarrollado para purgar esos frutos oscuros indeseables: «Puede que viva para ver a un negro quemado en Union Square, Nueva York, con cincuenta mil personas presentes y ni un solo sheriff a la vista, ni un gobernador, ni un agente, ni un coronel, ni un clérigo, ni ningún representante del orden legal de ningún tipo».

Publicado en La Razón, 25-IV-2026

sábado, 25 de abril de 2026

Entrevista capotiana a Fabián C. Barrio

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Fabián C. Barrio.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Espero que no me ocurra jamás semejante cosa. Hace muchos años que llegué a la conclusión de que si nos prohíben viajar, mi vida dejará de tener sentido. O por lo menos, el sentido que yo le he dado. Viajar es mi forma de ordenar el mundo y de ordenarme a mí mismo. También de desafiar mis límites. Cuando paso mucho tiempo quieto todo empieza a oler a cuarto cerrado, o a celda, o a rutina que se repite hasta volverse invisible y opresiva. Dicho lo cual, circula por ahí un meme que plantea básicamente lo mismo, y en alguna ocasión me he parado a fantasear sobre ello. Mi lugar-cárcel sería el Sudeste Asiático. Allí la vida está a flor de piel, se siente el runrún, la locura, todo es más intenso y, por lo tanto, te hace sentir más vivo.  

¿Prefiere los animales a la gente? Depende de qué animal y qué gente. Permítame que sea gallego con esto. La vida no está hecha de negros o blancos. Hay animales que te miran con una honestidad que ya no encuentras en casi nadie, y hay personas que, en un segundo, te devuelven la fe en todo lo demás. He tenido perro toda mi vida, y ahora no, fundamentalmente porque viajo demasiado y no podría darle la vida que quisiera para él. Tengo pocos amigos pero muy fieles y que han durado décadas a mi lado, aunque no necesariamente tenga que verlos todos los días.

¿Es usted cruel? Hay gente que usa la crueldad para no sentir nada y gente que la dosifica, que intuye cuándo apretar y cuándo aflojar. Supongo que yo me encuentro en este segundo grupo. A ratos lo soy, como todos. La crueldad no siempre implica un sadismo gratuito; a veces es un simple mecanismo de defensa mal afinado.

¿Tiene muchos amigos? Tengo los suficientes. Muchos no.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que no me pidan que vista un disfraz y me permitan ser como soy. Gente que aguante el silencio sin ponerse nerviosa y que, cuando habla, lo haga con criterio propio. Que resuenen como yo con la vida que les ha tocado vivir. Esto implica tener un sentido del humor similar, un nivel de cinismo -filosófico- semejante y una capacidad parecida a la mía para observar las cosas con la misma distancia. Que entiendan que uno está de paso, incluso en las mejores relaciones. Con eso, me basta.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No suelen, pero lo han hecho en alguna ocasión. Simplemente me he distanciado. A estas alturas de mi vida, intento mantenerme lejos de la toxicidad todo lo que pueda. También le diré una cosa: soy muy de evitar conflictos. ¿Sabe esos carteles que se ponen en las obras con los días transcurridos sin un accidente? Conmigo, lo mismo, pero para los conflictos.

¿Es usted una persona sincera? No sabría decirle. Desde luego, no soy de los que van por ahí diciendo “verdades”, mucho menos si no me piden opinión. Allá cada cual. Pero tampoco soy de los que mienten deliberadamente. Ahí volvemos a la evitación de conflictos. No sabe la paz de alma que supone asumir este precepto.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Creo que nunca he tenido eso que se suele llamar “tiempo libre”. Cuando era niño, mamá me repetía una frase que se ha convertido con los años en un motto: Descansar es cambiar de actividad. Es un mal que arrastramos las personas creativas, incluso cuando se supone que estamos en calma, seguimos creando.

¿Qué le da más miedo? La Agencia Tributaria, y que las personas que amo lo pasen mal.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Mire. Yo valoro por encima de todo la libertad individual. Todo aquello que la coarte, de la manera que sea, me escandaliza profundamente. No hace falta que sea una gran ley ni un gesto grandilocuente. A veces basta una presión sutil, ese clima en el que la gente empieza a callarse por si acaso, a medir cada palabra como si hubiera un tribunal invisible tomando nota. La gente debería ser libre de pensar, de actuar y de llevar a cabo su proyecto vital sin que nadie se lo impida, siempre que por el camino no lastime al prójimo. Cuando alguien empieza a limitar la vida de los demás, ahí yo me escandalizo.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Es que entonces no sería yo, ¿no cree?

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? A diario, un mínimo de 30 minutos de marcha ligera y un mínimo de 30 minutos de gimnasio, en casa. Nada riguroso, pero lo suficiente para mantenerme en forma.

¿Sabe cocinar? Es de las pocas cosas que sé hacer bien en la vida.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Elegiría a Marco Aurelio. Es uno de los pocos hombres que lo tuvo todo y aun así escribió como si no tuviera nada claro, lo cual me parece admirable. Dedicó una obra extraordinaria, escrita en la intimidad y sin ánimos de hacerla pública, a recordarse a sí mismo cómo no volverse un imbécil con poder. Y a mí me interesa esa grieta. Me interesa observar qué le hace el poder a alguien que intenta resistirse a él.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? ¿No vale esa misma palabra, “esperanza”? Podría elegir futuro, renacer, regalo, todavía, semilla, alba, mañana, posible, o camino. Pero esperanza las aglutina todas con gran precisión. Me quedo con “esperanza”. Aquí, en Chipre, la traducción es “elpidia”, que también suena hermosa.  Hay una tortuga marina muy fértil que anida en una playa muy cerca de mi casa a la que bautizaron así. Elpidia la tortuga.

¿Y la más peligrosa? Prohibir.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Lo planeo a diario, la verdad.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Tengo una costumbre peligrosa, y es que no juzgo las iniciativas políticas según el partido o la persona que las proponga, sino por lo que me parezcan en sí mismas en cada ocasión. Así que es difícil encasillarme en un partido concreto. Soy en lo económico de derechas, eso es indudable. Tengo en ocasiones ataques de zurdismo recalcitrante ante las injusticias. Creo que merece la pena ser conservador cuando toca, pero como no tengo el poso religioso que suele acompañar a los conservadores, hay muchos asuntos -eutanasia, divorcio, aborto, derechos de minorías, inmigración- en los que colisiono abiertamente con ellos. Por ahí dicen que soy anarcoliberal. O tibio. O contradictorio. Si semejantes etiquetas les hacen sentir cómodos, sean.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Creo que los que mejor eligieron en la lotería de la vida son los perritos falderos de las viudas millonarias. Pero, de nuevo, ese no sería yo.

¿Cuáles son sus vicios principales? La impaciencia, sobre todo. La necesidad de que las cosas ocurran ya, de cortar procesos que tal vez necesiten algo de tiempo o sedimento. Luego está cierta tendencia a aislarme cuando algo no termina de encajar. También abuso del control. Me cuesta soltar, delegar, dejar que otros hagan las cosas a su manera. Y tal vez la atracción por el exceso, por tensar un poco más de la cuenta las situaciones, a ver hasta dónde aguantan. A veces sale bien. Otras, no tanto. Y de mi abuelo Pepe heredé la glotonería.

¿Y sus virtudes? Soy una persona enormemente resolutiva. Tengo una cabeza que no se conforma jamás. Cuestiono, afino, vuelvo a mirar. Soy inmensamente constante y me crezco ante los desafíos. Si algo depende de mí, saldrá adelante, sea como sea. Y creo tener el olfato afilado para lo Humano. Esto implica una enorme capacidad para la empatía, a veces casi dolorosa.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Creo que soy un tipo que ha sabido exprimir bastante de la vida y si me voy esta noche, lo haría bastante satisfecho. Sólo me quedaría el remordimiento de no saber qué va a pasar mañana. Me pierde la curiosidad. Por eso sigo aquí.

T. M.