miércoles, 19 de junio de 2019

Entrevista capotiana a Diego Luis Sanromán


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Diego Luis Sanromán.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Elegiría vivir dentro de un cuerpo joven, esbelto, equilibrado, vigoroso, entregado a todos los vicios, pero resistente a todas las consecuencias nefastas que suelen acompañarlos.   
¿Prefiere los animales a la gente?
“Men and beast alike”, como decía Arturo Bandini. Hay que ser generoso y ecuánime en la distribución de los propios odios.
¿Es usted cruel?
Ya me gustaría, pero no me sale.
¿Tiene muchos amigos?
Según los umpa lumpas que trabajan para Mr. Zuckerberg, mil ciento diecisiete. La mayoría no me conoce personalmente, ni yo los conozco a ellos. La ignorancia y la distancia me parecen los pilares más sólidos de una amistad duradera. El contacto acaba por pudrirlo todo.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Mmm… Creo que la respuesta a esta pregunta ya está incluida en la anterior.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Contra la decepción existe un remedio de lo más eficaz: vacunarse pronto contra el virus de la esperanza.
¿Es usted una persona sincera? 
De momento, prefiero seguir vivo y conservar mi integridad física en la medida de lo posible.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Si uno lo ocupa, deja de estar libre, ¿no?
¿Qué le da más miedo?
Definirme.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
El escándalo es una sensación que me resulta del todo ajena. Y lo lamento, pues si hemos de creer a Pasolini, dejarse escandalizar es un placer.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Ya hago otras muchas cosas. En realidad, no estoy muy seguro de poder reconocerme como “escritor”.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Nadar contra corriente.
¿Sabe cocinar?
Quienes han probado mi tortilla de patatas dirían que sí.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Ernest de Gengenbach.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Dios, God, Gott, Dieu, Dio, etc. y sus múltiples sinónimos y sucedáneos.
¿Y la más peligrosa?
Dios, God, Gott, Dieu, Dio, etc. y sus múltiples sinónimos y sucedáneos.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Ahora mismo, a Truman Capote.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Tiendo a la ingobernabilidad, la insumisión, la incredulidad y la impiedad. Pero se trata sobre todo de eso: de una tendencia. La puñetera Realidad nos impone cotidianamente claudicaciones de todo tipo.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Nada. Esa ha sido siempre mi mayor aspiración. Pero está claro que también en esto he fracasado.
¿Cuáles son sus vicios principales?
La pereza y el cinismo están siempre al acecho. Cada vez me cuesta más tenerlos bajo control.
¿Y sus virtudes?
No soy lo bastante fatuo para responder a una pregunta como esta.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Recuerdo que una vez perdí el conocimiento, aunque ya he olvidado la causa, y la cabeza se me llenó de cazas estelares tipo TIE que pasaban volando a toda velocidad. Podía escuchar una música que no sabría identificar y notar el frío de la oscuridad sideral. Jamás he vuelto a sentir una paz semejante.
T. M.

lunes, 17 de junio de 2019

El comercio mundial



El enfoque de este libro es tan estimulante como arriesgado, al menos puede parecerlo en primera instancia. Casi al comienzo, se diría que Timothy Brook fuerza un poco las justificaciones con las que intenta explicar los argumentos que le han llevado a escribir “El sombrero de Vermeer” (traducción de Victoria Ordóñez Diví). Habla de Delft nada más empezar, la ciudad donde vivió el gran pintor holandés, pero lo hace por el mero azar de un accidente de bicicleta que tuvo allí en su juventud, y que para su propósito lo mismo hubiera podido elegir otra ciudad, como Shanghái. Una alusión más que interesada, pues Brook es un reconocido sinólogo, autor de un estudio importante como “Confusions of Pleasure. Commerce and Culture in Ming China”. Así, en definitiva, dice que va establecer un campo de interconexiones entre Europa y China, para entender cómo se fue gestando el intercambio de mercancías que también alcanzó América, de ahí que subtitule el libro “Los albores del mundo globalizado en el siglo XVII”.

Para penetrar en esa centuria, Brook se fija en ciertos detalles de los cuadros de Vermeer que ilustran lo que estaba ocurriendo. En “Vista de Delft”, se distingue el almacén de la Casa de las Indias Orientales, la primera gran sociedad anónima del mundo y al cabo de unas pocas décadas la corporación comercial más poderosa del mundo. Incluso era “el modelo para las grandes empresas que ahora dominan la economía global”. En otro cuadro, “Militar y muchacha sonriente”, el sombrero que lleva uno de los personajes –que podría estar flirteando con la chica– le lleva a reflexionar sobre las nuevas normas sociales de la época y el comercio del suministro canadiense de pieles de castor, lo cual estimuló la demanda de sombreros. En “Lectora en la ventana”, se aprecia una alfombra turca y una fuente china, dos de las importaciones predilectas de aquellos tiempos, lo cual conduce a Brook a hablar de los viajes comerciales en barco…

Así las cosas, “El sombrero de Vermeer” es un libro de historia y arte, un estudio detallado del modo en que objetos como la porcelana china penetró en los hogares europeos, si bien tal cosa puede acabar generando un estudio tan erudito y bien documentado como farragoso en su detallismo, como cuando explica la diferencia entre diversos tipos de tazones de sopa. Por ello, la idea de que el autor ha querido seguir hablando del universo que tan bien conoce, la historia china, se acrecienta pese a tomar las pinturas del artista holandés como pretexto para acabar hablando de las rutas comerciales que se extendían por todo el planeta.

Visto desde esta perspectiva, la imagen de cajón de sastre que puede dar el trabajo cobra relevancia si uno siente interés por la confección de mapas (cuadro “El geógrafo”), o la costumbre de pesar las monedas por entonces (“Mujer con balanza”). Lo extraño es que este nexo común con las obras de Vermeer no será tal, pues Brook usa obras de Hendrik van der Burch, “Los jugadores de cartas”, sobre otro militar cortejando a una joven, y Leonaert Bramer, “Viaje de los Reyes Magos a Belén”.

Publicado en La Razón, 24-V-2019

domingo, 16 de junio de 2019

Entrevista capotiana a Sylvia Iparraguirre


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Sylvia Iparraguirre.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Mi escritorio/biblioteca y mi patio de macetas y sol.
¿Prefiere los animales a la gente?
En el 90% de los casos, sí.
¿Es usted cruel?
Jamás. La crueldad es uno de los impulsos humanos que no puedo comprender.
¿Tiene muchos amigos?
Conozco mucha gente, tengo pocos amigos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Sinceridad, sentido del humor, sabiduría, que no quiere decir erudición sino sensatez, comprensión del mundo y de los otros.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Mis amigos no, pero algunas personas, sí.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Ver cine, reunirme con amigos, hablar de literatura, estar en contacto con la naturaleza y con animales, andar en bicicleta, recorrer barrios  de Buenos Aires, descubrir rincones y bares.
¿Qué le da más miedo?
La banalidad, la irresponsabilidad, la falta de sensibilidad, la indiferencia, un mundo híper tecnologizado y poco humano.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La corrupción, la pobreza, y la falta de imaginación de los políticos, imposibilitados de ponerse en el lugar de la gente.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
No sé cómo contestar, solo escribir. Ser escritora, no se me ocurre otra cosa.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Diversos. Mucho tiempo Pilates, yoga, siempre, caminar y bicicleta cuando voy afuera.
¿Sabe cocinar?
Sí, y me encanta, pero no soy  creativa, soy limitada en mis recetas.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A mi abuela española, leonesa, de Puebla de Lillo, que vino a los siete años a la Argentina.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Comprender.
¿Y la más peligrosa?
Destruir.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
He querido mandar al diablo, insultar y hasta pegar a alguien, pero matar todavía no se me ha ocurrido, salvo imágenes de perversidades con niños, refugiados y animales. Pero el odio es peligroso y no debemos permitir que entre en nosotros. O, mejor dicho, yo no lo permito en mí.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Soy una socialista convencida, en tanto socialismo signifique inclusión, oportunidades, equidad, pero, sobre todo, una ética, un comportamiento, algo que nada tiene que ver con la demagogia ni el populismo.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Tal vez cantante. Tal vez tocar muy bien el piano.
¿Cuáles son sus vicios principales?
El chocolate, el jamón crudo, dejé de fumar hace poco, y la obsesión, cuando trabajo, de llevar lo que hago al mayor nivel posible, lo que, a veces, cansa o aburre  a los demás.
¿Y sus virtudes?
Soy una persona en la que se puede confiar.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
La mirada de mi amor, mi compañero de toda la vida, que ya no está conmigo; imágenes de infancia en pueblos de provincia; mi padre y su gesto protector de acariciarme el pelo; el amor incondicional de  mi madre, la mirada de animales que he rescatado, el ruido del viento entre los árboles.
T. M.

sábado, 15 de junio de 2019

Margaret Atwood vuelve a la distópica y negra Gilead


Es como si el “1984” de George Orweell y su control al ciudadano, la sociedad que Ray Bradbury predijo en “Farenheit 451”, donde es delito leer libros, la reivindicación femenina de Virginia Woolf, manifestando la necesidad de tener un cuarto propio, y la experiencia de otra canadiense como Alice Munro, que en 1961 aparecía en la portada de una revista en la que se destacaba su doble faceta de ama de casa y… escritora, estuvieran concentrados en la obra de Margaret Atwood. En su obra de carácter distópico, en lo que tituló “El cuento de la criada”, en 1985, que dentro de pocos meses tendrá una secuela, llamada “Los testamentos” –se publicará en castellano el 12 de septiembre de 2019, dos días después de su lanzamiento internacional en lengua inglesa–, que ya está siendo noticia literaria de relumbrón, un cebo para la pesca en la “rentreé” editorial. 

Sensible desde siempre a la literatura que brinda una mirada diferente, de que la ficción más mágica encierre una lección próxima y actualizada –«Ese autoproclamado mago de Oz tiene una larga genealogía, podría ser desde un chamán hasta el Próspero de Shakespeare y siempre encuentra su par en cada época», afirmó comentando la obra infantil de L. F. Baum–, Atwood concibió esta nueva novela mostrando una sociedad no tan diferente a la que, décadas atrás, o aún en ciertos países, trata a las mujeres como objetos o esclavas. Ahora, ya tiene lista la continuación, en que se narrará la historia de tres mujeres y cómo se encuentra el país que ideó, Gilead, según ella, a raíz de las reacciones durante estos lustros frente a una obra adaptada y premiada de continuo. «Queridos lectores y lectoras: vuestras preguntas sobre Gilead y su funcionamiento interno han sido la fuente de inspiración de este libro. ¡Bueno, casi todo! La otra es el mundo en el que vivimos», escribió esta escritora natural de Otawa, de setenta y nueve años, y miembro de Amnistía Internacional.

La protagonista, Offred (es decir, “de Fred”; la mujer es una simple propiedad), había ocupado unas páginas finales, en el “El cuento de la criada”, que insinuaban un futuro abierto en que no estaba claro su destino: la libertad, la prisión o la muerte. Con “Los testamentos”, Atwood seguro que trazará ese camino de baldosas amarillas, volverá a colocar un Gran Hermano en una sociedad ultramasculinizada; incidirá, quince años después de ocurridos los hechos en la primera novela, en la falta de derechos humanos fundamentales para las mujeres –en un argumento en que se promueve el miedo y la sospecha entre ellas–, con un ambiente de población jerarquizada en que un libro es un peligro, una opinión libre, una amenaza global. Una trama tan lejana y ajena como cercana y posible.

Publicado en La Razón, 15-VI-2019

viernes, 14 de junio de 2019

Entrevista capotiana a Eduard Palomares


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Eduard Palomares.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
No puedo pasarme más de medio día en casa sin que se me caigan las paredes encima. Así que una de dos: o es un sitio con las paredes acolchadas para evitar que me acabe dando cabezazos contra ellas o bien un lugar en el que pueda ir a dar un paseo de vez en cuando, darme un baño en el mar y, si puede ser, tomarme un vermut con unas aceitunas.
¿Prefiere los animales a la gente?
Me gustan los animales (especialmente los gatos), pero aún no he llegado a tal decepción con la humanidad para situarlos por encima. Si acaso, al mismo nivel.
¿Es usted cruel?
No.
¿Tiene muchos amigos?
Tengo la suerte de conservar muchos de los amigos que voy haciendo por el camino, así que se van sumando año tras año. Por ejemplo, aún nos vemos con los amigos del colegio y la universidad sin necesidad de recurrir a convocatorias por Facebook.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Autenticidad, que sean quienes son.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Algunas veces, igual que seguramente yo les decepciono a ellos. Pero la decepción suele estar más en nuestra cabeza que en la realidad, así que siempre es mejor relativizarla.
¿Es usted una persona sincera? 
En lo fundamental, sí. Aunque reconozco que a veces soy partidario de las mentiras piadosas (decirlas y que me las digan).
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Con cosas sencillas que te permitan disfrutar de la vida; no soy de grandes lujos. Un buen libro o una buena serie, un paseo sin rumbo con tu pareja, una cerveza con los amigos, un concierto en una sala pequeña…. Y cuando tengo energías para ello, escribiendo. De hecho, creo que un día perfecto sería uno en el que se sucedieran cada una de estas actividades.
¿Qué le da más miedo?
No estar a la altura de las circunstancias en los diversos aspectos de la vida.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Pues conectando con una de las preguntas anteriores, la crueldad, tanto física como moral. Y que exista gente en posiciones de poder que la practique impunemente.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
En mi caso, tendría que responder qué habría hecho si no fuera periodista. Pues cualquier otra cosa, quizás psicólogo, abogado o alguna otra profesión que no implicara un dominio de los números o las habilidades manuales. En todo caso, creo que hiciera lo que hiciera, intentaría dedicar un poco de mi tiempo libre a escribir.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Tengo la rodilla desgastada debido a mi época como jugador de balonmano (amateur), así que lo único que puedo hacer es ir al gimnasio para practicar algo de elíptica o bicicleta. Pero no me motiva demasiado, la verdad. 
¿Sabe cocinar?
Las cosas básicas. Como he insinuado antes, soy un poco patoso y mis incursiones en platos más elaborados suelen acabar en desastre. 
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Me gustaría centrarme en alguno de los ‘olvidados de la Historia’. Personajes que hiceron cosas sumamente importantes pero que nadie reparó en ellos. O quizás otros se llevaron el mérito. En las grandes batallas siempre se recuerda a los generales, pero los que realmente se dejan la vida en ello son los soldados rasos. 
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Amanecer.
¿Y la más peligrosa?
Verdad.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, aunque sí he deseado dar una colleja a más de uno.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Supongo que cualquier persona que lea mi libro podrá adivinar que soy un poco de izquierdas. Más allá de etiquetas, creo en el bien común por encima del egoismo individual, aunque admito que esto genera una pregunta fundamental: ¿quién decide cuál es el bien común?
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Si tuviera unas habilidades y conocimientos totalmente diferentes a los actuales, me gustaría ser astrofísico o físico teórico. El universo guarda aún muchos misterios e intentar descubrirlos me parece apasionante.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Vicios sencillos, como tomarme una cerveza de más o pedir postre cuando ya estoy lleno. 
¿Y sus virtudes?
Virtudes sencillas, también. Aunque esta es la típica pregunta que no sabía responder en las entrevistas de trabajo.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?  
Creo que sería la misma imagen que me pasa por la cabeza cuando estoy leyendo un párrafo o viendo una escena en la que el protagonista se está ahogando (en el mar, por ejemplo): unas manos que surgen de la nada para llevarlo de nuevo a la vida. Creo que gastaría todas mis energías en visualizar esta posibilidad, hasta que no me quedara ni una pizca de oxígeno en los pulmones. 
T. M.

miércoles, 12 de junio de 2019

Entrevista en "El Cultural" por "El dios más poderoso. Vida de Walt Whitman"

Reproducción de uno de los retratos que se le hicieron a Whitman. Hice la foto en la tienda de la casa natal del autor, en Long Island.


Después de que saliera en el El Cultural una enorme reseña de El dios más poderoso. Vida de Walt Whitman, a los pocos días aparecía en la web de esa publicación un larga entrevista que Andrés Seoane tuvo la amabilidad de hacerme y que quedó realmente bien; la tituló, a partir de una de mis declaraciones, "La poesía de Whitman es un fármaco indispensable".

lunes, 10 de junio de 2019

Entrevista capotiana a Agustín Márquez


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Agustín Márquez.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Un lugar poco ruidoso.
¿Prefiere los animales a la gente?
MUUUUUcho me temo que no.
¿Es usted cruel?
Espero que no.
¿Tiene muchos amigos?
No se pueden tener muchos amigos, y quien diga lo contrario… me hará desconfiar.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que sepan leer.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
A veces leen cosas menores, pero son buena gente.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí (al final de la entrevista podrá comprobarlo).
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Buscándome más ocupaciones.
¿Qué le da más miedo?
La jactancia de la ignorancia.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La ausencia de diálogo.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Habría sido un poco más infeliz.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
No puedo vivir sin hacer ejercicio físico: me deprimo.
¿Sabe cocinar?
Me gusta comer, pero no cocinar. Con esto creo que respondo a la pregunta.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Tal vez escribiría sobre el Coyote (del Coyote y el Correcaminos): un ejemplo de cómo sobreponerse a tantos fracasos.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Escuchar.
¿Y la más peligrosa?
Oír.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Sí, pero matarle solo un poquito.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Actualmente mi tendencia política está muy cerca de la indiferencia.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Notario. Me vuelven loco las plumas tan hermosas que utilizan para dar fe.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Poca cosa: leer, deporte y alguna cerveza.
¿Y sus virtudes?
Creo que eso debe responderlo quien le conozca a uno.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Esta entrevista. ¿No se lo cree? Le dije que soy sincero.
T. M.

sábado, 8 de junio de 2019

Las aventuras de un autor sedentario


Probablemente, hoy no haya jóvenes que se interesen por Emilio Salgari. Tal vez, mi generación sea la última en España que conserve en sus estanterías algunas de sus narraciones sobre filibusteros (en mi viejo ejemplar de Bruguera de 1981, “El corsario negro” ilustrado sigue mirando al horizonte, dominando el timón de su nave, con su sable y su pelo al viento). Desde luego, en la actualidad todavía se siguen leyendo historias de aventuras navales, pero sólo se atiende al vendible género de la novela histórica o a clásicos cuya calidad va más allá de su contexto marítimo para constituir grandes creaciones psicológicas, como “Benito Cereno” de Herman Melville. Y sin embargo, el autor veronés aún pervive en la memoria colectiva, siquiera en las evocaciones infantiles de los muy mayores y en la pantalla de cine y televisión que puso rostro a Sandokán –personaje heredero del capitán Nemo y de otras invenciones de Verne, al que Salgari admiraba tanto–, y también al caballero Roccabruna, a unas peripecias que nos devuelven al mundo de la aventura por la aventura, de una épica humanizada.

El escritor malvivió con miles de páginas a las exigencias editoriales, combatiendo la injusticia con la iniciativa de la acción proyectada en sus protagonistas, que pisaban los polos, el Salvaje Oeste, la India, Siberia, África o Australia, lugares que Salgari visitó sólo con la imaginación, salvo cuando emprendió un viaje oceánico, muy joven, hacia la India de Sandokán. Y en esos viajes imaginarios cabe colocar “En las montañas del atlas” (Ático de los Libros, en que se cuenta cómo el noble húngaro Michele Cernazé, después de echar a perder su dinero en los casinos de Montecarlo, toma una decisión con la redimirse: incorporarse a la Legión Extranjera francesa. Una ocasión de oro para que Salgari componga un personaje que recuerda su pasado como soldado en la guerra de México y ha de enfrentarse a la dureza del desierto africano; hasta tal punto, que, al tratar de desertar, es capturado y se le hace un consejo de guerra. Y es en ese momento cuando el aventurero narrador que todos recordamos alcanza sus cúspides narrativas, cuando Michele logre escapar y trate de esconderse en las montañas del Atlas, donde la vivacidad de peligro e imprevisible se hace palpitante prosa narrativa.

Publicado en La Razón, 31-V-2019

viernes, 7 de junio de 2019

Entrevista capotiana a Nieves Muñoz


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Nieves Muñoz.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Mi mente. Con ella puedo irme a cualquier otro lugar.
¿Prefiere los animales a la gente?
Los humanos somos animales, así que sería un sinsentido. Lo único que quiero es poder convivir con el resto de fauna.
¿Es usted cruel?
A veces, pero (casi nunca) a propósito.
¿Tiene muchos amigos?
De los que cogerían una pala si les cuentas que has matado a alguien, pocos, pero los suficientes.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Apoyo incondicional. He dicho «apoyo», independientemente de que estén de acuerdo conmigo o no. Siempre hay lugar para el debate y para que me digan «cuatro verdades», pero que me apoyen siempre.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Si son de los que he nombrado dos preguntas más arriba, no.
¿Es usted una persona sincera? 
Depende del lugar, del momento y de mi interlocutor. Todos somos sinceros o todos mentimos como bellacos en algún instante de nuestra vida.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
¿Tiempo libre? ¿Qué es eso?
¿Qué le da más miedo?
La nada. Sea esta el olvido, la muerte o la ignorancia.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Que repitamos los mismos errores sabiendo que los estamos cometiendo. Y llevamos un camino…
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Ser escritor no se decide, creo yo. Soy creativa porque es la única manera que tengo de soportarme.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí, varios. Las endorfinas me equilibran.
¿Sabe cocinar?
Sí. Me gusta comer, así que es cuestión de egoísmo.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A alguien olvidado. Siempre me ha atraído mostrar la vida de aquellos que han luchado en silencio para sobrevivir. 
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Quizá, con un quizá se puede seguir trabajando para conseguir cosas.
¿Y la más peligrosa?
Nunca. En todos sus sentidos, «nunca harás… nunca podrás… nunca te…»
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Muchas, pero se queda en el pensamiento, afortunadamente. Si no tuviéramos la libertad de concedernos ese instante de furia dentro de nuestra mente, haríamos algo realmente malo en la realidad.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
No me gusta la política de partido, creo en las personas que trabajan para los demás con sus propias ideas.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
No querría ser otra cosa, pero sí que me gustaría vivir aquellas vidas que no he vivido al tomar una u otra decisión.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Comer chucherías cuando estoy sola, como los niños. Soñar despierta, como los niños. Que me mimen, como a los niños.
¿Y sus virtudes?
Olvidarme muy a menudo de que soy adulta.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Me aferraría al último haz de luz como si me fuera la vida en ello porque no quiero morir, así que imagino que vería mis dedos crispados mientras se oscurece todo. Pero me llevaría conmigo los rostros de mis hijos sonriéndome, esa es la ultima imagen que desearía contemplar. 
T. M.