Norman Mailer, Colette y Roberto Bolaño, autores universales tratados bajo un mismo hilo conductor: el género biográfico y la relación entre la vida personal y la creación
El propósito de las biografías de escritores no consiste únicamente en reconstruir el itinerario de una vida, sino en desentrañar el diálogo permanente entre la experiencia y la creación, entre el individuo y la obra que deja como legado. En ellas, los acontecimientos biográficos adquieren sentido cuando iluminan una novela, un poema o una decisión estética, mientras que los libros, a su vez, revelan zonas de la existencia que los documentos rara vez alcanzan a explicar. Visto así, toda gran biografía literaria es, por ello, una lectura crítica de una vida y, al mismo tiempo, una forma de leer una obra desde su contexto humano, histórico y emocional.
Las tres biografías que presentamos a continuación,
dedicadas a Colette, Norman Mailer y Roberto Bolaño, ofrecen perspectivas muy
distintas sobre esa compleja relación, más si cabe al pertenecer a épocas,
países y tradiciones literarias diferentes. Como cualquier buen autor, esta
tríada hizo de la escritura una manera de enfrentarse al mundo y de construir
una voz, en este caso narrativa, que aspiró a aportar algo nuevo al río de la
literatura. Y a fe que lo lograron, porque hoy se editan sus obras tanto como
libros sobre ellos.
La primera biografía nos presenta a de Sidonie
Gabrielle Colette (Saint Saveur, 1873-París, 1954), cuya obra rebasa prejuicios o expectativas. Cómo haría esta mujer para
dotar de una sensualidad mortecina, de una ternura fresca e inocente, textos
que van más allá de los géneros tradicionales. Ella misma fue miscelánea:
activista en las dos guerras mundiales, actriz de sus propias comedias,
espíritu libre y bisexual, «negra» para su primer marido –el farsante, infiel y
explotador Willy, o «el cerdo de Willy», como se le cita en el libro–, artista
de variedades, fundadora de un instituto de belleza y perfumes... y narradora
prolífica, pues más de setenta libros la contemplan.
Antoine Compagnon aborda estos diferentes aspectos
de Colette, como su «alter ego» Claudine, o Sido, personaje que le inspiró su
propia madre, además de Gigi ꟷuna
adolescente que se hace amante de hombres ricosꟷ, otra creación díscola de la autora que fue llevada al cine musical de Hollywood con gran éxito.
El investigador francés, de forma muy sintética, muestra a una Colette
que alcanzó una obra tan subversiva como universal.
Compagnon la llama «gran escritora nacional y monstruo
sagrado», y algo parecido podríamos decir sobre Norman Mailer (Long Branch,
1923-Nueva York, 2007), dentro del contexto de la literatura norteamericana tan
tendente a levantar ídolos e idolatrar escritores, si bien en este caso el
libro de Richard Bradford sirve para cuestionar su vida, tan intensa y
extravagante. El biógrafo aborda su literatura, claro está, pero pone el acento
en las experiencias personales que estuvieron ligadas a la violencia y a la
política a lo largo de su vida.
Se habla de su debut, a los veintiséis
años, con una novela monumental, Los desnudos y los muertos, que
recreaba la guerra del Pacífico a partir de la batalla de Iwo-Jima ꟷfruto de su
participación como soldadoꟷ y es para muchos
la mejor novela bélica contemporánea; se trata su época hippy, cuando se
dirigió al Pentágono en una famosa marcha en contra de la guerra de Vietnam, lo
que le inspiraría el libro Los ejércitos de la noche (1968), hasta el
momento en que publicó artículos en contra de la política internacional de
Bush, poniendo en tela de juicio la sociedad del bienestar del imperio yanqui.
Vemos en el libro a un Mailer que fue un mar de contradicciones, habida
cuenta de que apoyó de forma ambivalente el comunismo, el liberalismo, el
catolicismo o a la gente de su entorno: en este sentido, sus episodios más
oscuros tienen que ver con un intento, en 1960, de apuñalar a su segunda esposa
–tuvo cuatro, y nueve hijos–, lo que le llevó al psiquiátrico, y la ayuda que
prestó a un asesino para que saliera de la cárcel (una vez libre, el criminal
mataría a otra persona).
Mucha más discreta fue la vida de Roberto Bolaño (Santiago de Chile, 1953-Barcelona, 2003), que al
morir de una grave enfermedad hepática dejó lista una obra, 2666, de más
de mil páginas, que marcaría el destino de la literatura en el ámbito hispánico
y anglosajón. No en balde, sus colegas de generación –y muy notablemente los
autores jóvenes norteamericanos– lo consideran hoy la referencia literaria más
importante de nuestro siglo, y así lo atestigua el hecho de que se le hayan
dedicado monografías, congresos, documentales y homenajes por doquier.
A esto se añade una biografía de Jose
Serralvo, que toma un poema del autor de Los detectives salvajes para su
título y presenta al protagonista como un astro de las letras hispanas. Tal vez lo más
interesante del libro es lo que atañe a la etapa mexicana del autor, que tan
bien describió Jaime Quezada en Bolaño antes de Bolaño. Diario de una
residencia en México (Catalonia, 2007). Ambos amigos vivieron juntos casi
dos años (1971-1972) en la casa de los padres del escritor ya en ciernes,
quienes se habían trasladado allí en el convulso año de 1968 en busca de
mejores perspectivas laborales. Es el joven Bolaño ávido de lecturas,
independiente, algo arisco y misántropo, en un periodo en que destaca el apogeo
de Víctor Jara y Salvador Allende. En aquella casa de México DF, había una sola
máquina de escribir: Quezada y Bolaño decidieron compartirla; el primero por
las mañanas, el segundo por las tardes.
«Todo lo que he escrito lo he vivido», dijo el
narrador chileno, y quién sabe si esa convergencia es también una pequeña
licencia ficticia. Será tarea del lector establecer ese vínculo entre la vida
escrita, entre la escritura vivida, a lo largo de las páginas consagradas a la
provocación sexual de Colette, a la dureza varonil de Mailer, a la forma en que
Bolaño logró cambiar una vida itinerante y precaria desde la infancia, en un
contexto además tan tremendo como la dictadura de Pinochet, por otra cercana al
mar de Blanes y frente a la sorpresa de una reputación que se convirtió en
universal.
Publicado en Cultura/s de La Vanguardia, 22-VIII-2026







