domingo, 24 de mayo de 2026
Mi "cómo lo hice" sobre "Historia de la literatura española contada en una hora" en "Zenda"
viernes, 22 de mayo de 2026
Entrevista capotiana a Alfons Segarra Medrano
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Alfons Segarra Medrano.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál
elegiría? Una masía, con campos, visión abierta, olivos y viñas. Espacios
amplios. Calidez humana. Lejos de grandes metrópolis. Cerca del mar. En el Baix
Empordà o en el Garraf. Con mi familia. Donde el tiempo tiene valor.
¿Prefiere los
animales a la gente? Prefiero
a la gente, sin dudarlo. Tengo un imán inevitable que atrae a los perros a mi
entorno. A todos. O a casi todos. Es algo especial que no he conseguido saber
de dónde sale. Pero mi vida está entre la condición humana. Para bien o para
mal. Tanto da.
¿Es usted cruel?
En absoluto. Les doy mi
palabra, que es lo único que tengo.
¿Tiene muchos
amigos? Buenos, muy pocos.
¿Qué cualidades
busca en sus amigos? Empatía,
sinceridad, nobleza de carácter, inteligencia y sentido del humor. Que confíen
en que yo también desearía tener esas cualidades.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? Los buenos, nunca jamás. Son seres humanos. Como yo. Y les ocurren las mismas cosas que me ocurren a mí. No hay que darle muchas vueltas.
¿Es usted una persona sincera? Sí. Algunos opinan que tal vez
demasiado.
¿Cómo prefiere
ocupar su tiempo libre? Leer,
escribir, estudiar, aprender, actividad al aire libre, deporte, conversaciones
con amigos.
¿Qué le da más
miedo? La enfermedad y la
muerte. Sobre todo la de mis seres más queridos.
¿Qué le
escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La injusticia. La hipocresía. La mentira.
La violencia en todas sus formas y matices. Las conductas que especulan con la
vida y con la libertad de las personas. El autoritarismo. La explotación. La
esclavitud, que sigue existiendo, bajo diferentes máscaras.
Si no hubiera
decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Soy médico, investigador y profesor
universitario de profesión. Vengo del mundo de la encorsetada literatura
científica, de la revisión de artículos por pares donde hay que justificar cada
comentario, cada punto y cada coma que escribes en un artículo, refrendarlo y
avalarlo por citas previas que den crédito o legitimen de alguna manera aquello
que explicas. Mi auténtica vocación es la creatividad, ya sea en la
investigación científica, en la pintura o en la narración. No sé si soy
escritor. Disfruto explicando historias. La escritura es un medio idóneo para
expresar ideas. Pero no solo es eso. También hay un compromiso con el lenguaje.
No es solo lo que se explica. También, es cómo se explica. Buscando las
palabras y las frases idóneas, tachando y reescribiendo tantas veces como sea
necesario hasta que una frase queda escrita cómo pretendías. Aunque a otros no
les pueda gustar. Y luego está la ausencia de miedo a tomar partido y a
expresar las propias ideas. Aunque queden escritas para siempre en tinta sobre
un papel y alguien pueda, algún día, recriminarte un comentario o una idea.
Aunque lo que escribes te signifique y en cierta manera exponga tus
pensamientos y motivaciones íntimas. Aunque tu estilo y tu sintaxis sean objeto
de análisis y crítica. No importa. Escribo porque necesito hacerlo. Disfruto
inventando y construyendo las tramas de las historias. Este aspecto es el más
atractivo de todos. El proceso de crear personajes sólidos y de crear una
historia que sea coherente y que, además, sea el escenario apropiado para
expresar un mensaje. La literatura es un territorio donde es posible unir
imaginación, creatividad, reflexión, historia, actualidad, filosofía y emoción
sin pedir permiso a nadie. Sigo escribiendo, y seguiría siendo médico si no
escribiera.
¿Practica algún
tipo de ejercicio físico? Salgo
a correr por la montaña, pero ya sin excesos. La edad no perdona. Lo hago para
disfrutar del paisaje. Fui tenista casi
profesional hace muchos, muchos años. Todavía lo practico, pero por placer.
Nunca compito. No me gusta competir. Eso
ya pasó. Ahora, cuando entreno al tenis, siempre es con amigos y, ¿para qué voy
a enviarles la pelota donde ellos no están?
¿Sabe cocinar? Sí. Me encanta cocinar. Mi familia y mis
amigos me consideran un cocinero notable.
Si el Reader’s
Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje
inolvidable», ¿a quién elegiría? Si
fuera un personaje de novela de ficción,
tal vez escribiría sobre Jean Valjean. No por ser un personaje perfecto ni
idealizado, sino precisamente por su recorrido humano. Pocas figuras literarias
muestran con tanta profundidad la capacidad de transformación moral de una
persona. Jean Valjean atraviesa la miseria, la humillación, la rabia, el resentimiento,
la culpa, el miedo y, finalmente, la redención. Lo inolvidable de él no es solo
lo que hace, sino lo que aprende a ser. Su vida plantea preguntas universales
sobre la justicia, el perdón, la dignidad y la posibilidad de cambiar incluso
después de haber caído. Además, creo que Victor Hugo consigue algo
extraordinario: Jean Valjean nunca deja de parecer humano. A veces duda, se
equivoca, teme perder lo que ama o regresar a quien fue. Esa lucha interior
constante es lo que hace que el personaje siga vivo mucho después de terminar
la novela. Los grandes personajes no son los más poderosos ni los más
brillantes, sino aquellos cuya experiencia vital permite reconocer algo
esencial de la condición humana. En mi opinión, Jean Valjean pertenece a esa
categoría. Otro personaje que considero inolvidable y emblemático es Vito
Corleone, no porque comparta sus valores
o sus actos —que rechazo completamente—, sino porque es uno de los personajes
más complejos y humanos jamás creados. Su mezcla de autoridad, afecto familiar,
inteligencia, pragmatismo y oscuridad moral hace que parezca una persona real
más que un simple personaje. Los seres humanos memorables en la ficción rara
vez son perfectos; suelen estar llenos de contradicciones. Si fuera un
personaje inolvidable real, escribiría sobre Nelson Mandela, Martin Luther
King, Teresa de Calcuta o Victor Frankl.
¿Cuál es, en
cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Tal vez, la palabra que escogería es: todavía.
Porque implica que, incluso después del fracaso, del dolor o de la pérdida,
queda margen para comprender, cambiar, reconciliarse o seguir adelante. Y eso
lo engloba todo. Es posible que aquí influya, en cierta medida, mi faceta antigua
de tenista de competición. Puedes estar perdiendo un partido y estar recibiendo
una paliza monumental, pero hasta que tu adversario no gana el último punto,
todavía queda alguna posibilidad.
¿Y la más
peligrosa? Tal vez sería
una palabra tan ingenua como: nosotros. No por su significado simple, ya que es
una palabra capaz de crear comunidad y protección, la concibo como 'peligrosa'
porque, paralelamente, lleva implícita la palabra 'ellos' y, en este sentido,
puede justificar exclusión, fanatismo y violencia cuando deja de reconocer la
humanidad, la existencia y los derechos de quienes quedan fuera del concepto
definido por el término.
¿Alguna vez ha
querido matar a alguien? Nunca.
Absolutamente nunca. Eso no significa que tal vez alguien hubiera merecido que
experimentara tal sentimiento.
¿Cuáles son sus
tendencias políticas? Me
interesan más las personas y las consecuencias humanas de las decisiones
políticas que las etiquetas ideológicas. Me preocupan especialmente la justicia
social, la dignidad humana, la convivencia, el abuso de poder y la capacidad de
las sociedades para construir equilibrio sin perder libertad ni humanidad.
Desconfío mucho de los dogmatismos y de las visiones simplistas de la realidad,
ligados a siglas políticas o de partidos y no me siento representado por
ninguno de los existentes. Rechazo los totalitarismos y los autoritarismos
vengan de donde vengan. No tolero el liberalismo despiadado que enfrenta a
seres humanos en competencia feroz pero tampoco tolero que el estado y el bien
común anulen al individuo como persona libre. Soy plenamente consciente de que
el ideal platónico de un gobierno altruista, integrado por justos y sabios, es
utópico e inviable. Solo aspiro a que, entre quien sea que gobierne, haya
alguien que tenga estas cualidades y las haga valer.
Si pudiera ser
otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Artista
en sentido amplio, historiador o filósofo. Tal vez también psicólogo, pero no
profesionalmente hablando. Siempre me ha interesado más comprender el
comportamiento humano y las estructuras sociales que juzgarlas desde fuera.
¿Cuáles son sus
vicios principales? El
principal es la tendencia a intentar preservar libertad del individuo. Probablemente,
también, pensar demasiado las cosas y no resignarme fácilmente a las
contradicciones ni a las injusticias. Me cuesta aceptar las explicaciones
simples sobre las personas, el poder o la realidad. También, la
sobreinterpretación. Supongo que escribir nace muchas veces de la incapacidad
de dejar de mirar las cosas una vez empiezas a hacerte preguntas sobre ellas.
¿Y sus virtudes?
La curiosidad, la empatía,
la tolerancia, la constancia de quien persigue conseguir objetivos sin ser
brillante en nada, la necesidad de intentar comprender el fondo humano de las
cosas, incluso cuando resulta incómodo.
Imagine que se
está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la
cabeza? La pérdida de mis
seres queridos. Creo que me pasarían por
la cabeza rostros, no ideas. Al final, todo lo importante de una vida acaba
teniendo forma humana. Probablemente recuerdos muy concretos y pequeños: voces,
conversaciones, momentos de calma, personas a las que he querido. Creo que, en
situaciones límite, el ser humano no piensa en las grandes ideas sino en las
personas que le acompañaron y le hicieron sentirse realmente vivo.
T. M.
jueves, 21 de mayo de 2026
Kafka después de Kafka: el nacimiento de una obra en manos de sus traductores
«Kafka obliga a múltiples relecturas. Cuanto más creemos conocerlo, más inaprensible puede resultar». Esta frase de Juan Insua, responsable de las exposiciones del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona «Las ciudades y sus escritores» —la dedicada a la Praga de Kafka fue en 1999—, resulta fundamental para entender la fascinación que representa el autor checo generación tras generación. ¿Por qué el autor tomó tal decisión lingüística y, por lo tanto, generó consecuencias interpretativas específicas en cada lengua?, podría ser lo que cada uno de sus traductores y lectores profundos planteen frente a la obra kafkiana. Uno de los más prestigios, Roberto Calasso, en «K.», expresó que es necesaria la actualización de las traducciones de la obra de Kafka al español y a otras lenguas a fin de pulir los cambios que hiciera el amigo del escritor, Max Brod, y reparar antiguas versiones que no concordaban del todo con el original alemán.
Para Calasso, esta advertencia sobre la traducción es imprescindible, pues asienta parte de sus observaciones en lo semántico. Él mismo centró su atención en «El proceso» y «El castillo», obras que según él «parten de un presupuesto idéntico», esto es, que la elección de la que consta la primera novela y la condena que es la plataforma para la segunda «“casi” no se distinguen», por lo que hay «innumerables conexiones entre los dos libros». De este modo, el tribunal que juzga a Josef K. y la administración del Castillo a la que se ofrece K. «son dos organizaciones adyacentes, que resuenan una en la otra», obligando a ambos protagonistas a una constante espera llena de «extrañeza, desconcierto, estupor». ¿Serían estas las sensaciones de Kafka tras su ruptura con su novia formal Felice Bauer, en un hotel de Berlín en julio de 1914 y que luego inspirarían «el tribunal del hotel» de «El proceso», iniciado al mes siguiente? ¿Qué relación tendría su paso por Zürau, ya enfermo de tuberculosis, en 1917 —cuando, afirma Calasso, encuentra una salida «a las principales potencias que desde siempre le persiguen», es decir, la familia, la oficina y las mujeres— para la elaboración de El castillo? Kafka suele despertar más preguntas que respuestas.
El Kafka reconstruido
Traductores «químicos»
A partir de un momento dado, Kafka dejó de ser únicamente un escritor del absurdo burocrático para convertirse en un espejo anticipatorio del siglo XX europeo. Sus traductores reconocieron en sus textos algo que todavía no tenía nombre, pero que el siglo terminaría revelando con brutalidad: la deshumanización, la persecución administrativa, la culpa colectiva, la fragilidad del individuo frente a sistemas incomprensibles. No obstante, la intención de Hruska no es convertir a todos los traductores en una masa homogénea, porque cada uno produjo un Kafka distinto, condicionado por su lengua, su biografía y su sensibilidad estética. La autora propone incluso esta imagen: una «cuadrícula a lo Mendeléiev» para clasificar las singularidades de cada encuentro. La metáfora científica ordena el caos de afinidades literarias como si cada traductor fuera un elemento químico distinto reaccionando con el mismo núcleo central.
Ese núcleo aparece finalmente simbolizado por el neón. El décimo elemento de la tabla periódica sirve a Hruska como emblema de sus «diez traductores». El neón significa «nuevo» en griego y produce una luz artificial, un resplandor. La idea sería esta: Kafka no nos llega mediante una luz directa y original, sino a través de iluminaciones sucesivas producidas por otros. Los traductores serían así «luciérnagas girando alrededor del mismo núcleo», una metáfora que resume el sentido del ensayo al sugerir que la literatura no es una propiedad privada del autor, sino que una obra vive porque otros la trasladan, la interpretan o la continúan. Kafka, por consiguiente, no pertenece únicamente al alemán de Praga. Pertenece también al francés de Vialatte, al español de Borges, al italiano de Levi y a todas las lenguas que lo hicieron renacer.
Asimismo, cabe interpretar «Diez versiones de Kafka» como un libro sobre la supervivencia cultural por cuanto Hruska muestra cómo una obra aparentemente marginal puede atravesar fronteras históricas gracias a una cadena de lectores apasionados. Y es que la posteridad de Kafka no fue automática: fue construida pacientemente por individuos que apostaron por él cuando todavía era apenas un nombre desconocido en Europa. Kafka y sus traductores forman una red transnacional compuesta por judíos, exiliados, supervivientes, intelectuales desplazados y escritores bilingües, de modo tal que la circulación de Kafka dibuja un mapa alternativo del continente: una Europa de traducciones, pérdidas y desplazamientos, más unida por la literatura que por la política.
La autora describe a los traductores avanzando «en la noche con Kafka como única linterna» y convierte la historia literaria en una escena casi cinematográfica. Y cuando habla de «ese núcleo infranqueable de la noche», retomando a André Breton, sitúa a Kafka en una dimensión casi mística: un centro oscuro que nunca terminamos de descifrar. Kafka escribió en una habitación de Praga. Pero el Kafka que hoy conocemos nació muchas veces después, en oficinas editoriales pequeñas, en habitaciones de exiliados, en mesas de traductores agotados, en ciudades heridas por la guerra. Eso es lo que plantea Hruska: el hecho de que la literatura universal no nace únicamente del genio, sino también de quienes deciden cargarlo a través de la noche.
Publicado en La Razón, 18-V-2026
miércoles, 20 de mayo de 2026
Entrevista capotiana a Raquel Gavilán Párraga
En 1972, Truman Capote publicó un original
texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló
«Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba
a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para
proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor
parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la
otra cara, la de la vida, de Raquel Gavilán
Párraga.
Si
tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál
elegiría? Un sitio con luz natural y cerca del mar. Y, si
puede ser, con una mesa grande donde escribir… o donde acaben merendando mis
hijos.
¿Prefiere
los animales a la gente? Depende del día. Hay días muy de querer
compartir con gente… y días en los que un perrete o gatete me parece una
opción bastante mejor.
¿Es usted
cruel? No lo creo, ni con los demás ni conmigo misma.
¿Tiene
muchos amigos? No, no muchos. Pero sí los suficientes como
para sentirme acompañada.
¿Qué
cualidades busca en sus amigos? Que pueda ser yo sin medir cada
palabra. Y que haya buen rollo, incluso en los días raros.
¿Suelen
decepcionarle sus amigos? Como todos, a veces sí. Pero yo
también decepciono, porque la decepción existe mientras haya expectativa, así
que intento mirar eso con cierta calma.
¿Es usted
una persona sincera? Sí, aunque he aprendido que no
todo tiene que decirse siempre ni de cualquier forma.
¿Cómo
prefiere ocupar su tiempo libre? Escribiendo, leyendo… o
simplemente estando con mi familia sin hacer nada especial. Eso cada vez me
parece más valioso.
¿Qué le
da más miedo? No estar presente en mi propia vida. Ir
demasiado rápido y no enterarme de lo importante.
¿Qué le
escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La falta
de empatía, los psicópatas que van por la vida como personas normales, caminan
y trabajan entre nosotros, ocupan escaños en el congreso y puestos de
responsabilidad en las empresas.
Si no
hubiera decidido ser escritora, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Seguramente
algo relacionado con acompañar a otras personas. Es algo que siempre me ha
salido como algo natural.
¿Practica
algún tipo de ejercicio físico? Sí, intento moverme varios días a
la semana, aunque hay épocas en las que la vida (y los niños) mandan más que la
rutina.
¿Sabe
cocinar? Sí, lo básico… y alguna cosa rica cuando tengo
tiempo. Pero no voy a engañar a nadie: también tiro de soluciones rápidas más
de lo que me gustaría.
Si el
Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje
inolvidable», ¿a quién elegiría? A una mujer normal. De
esas que sostienen mundos enteros sin pedir reconocimiento.
¿Cuál es,
en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? “Todavía”.
¿Y la más
peligrosa? “Mañana”. Porque a veces es una forma elegante de
no hacer nada hoy.
¿Alguna
vez ha querido matar a alguien? No… pero sí he tenido días de
paciencia bastante limitada, sobre todo con el cansancio acumulado.
¿Cuáles
son sus tendencias políticas? Soy apolítica, creo sinceramente
que el sistema es una farsa. Me importan las personas y su calidad de vida.
Todo lo demás debería ir al servicio de eso.
Si
pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Alguien
un poco más tranquila por dentro. Una seta, por ejemplo, jeje.
¿Cuáles
son sus vicios principales? El buen vino y el chocolate
negro.
¿Y sus
virtudes? La sensibilidad y la capacidad de ver belleza en
cosas muy pequeñas y cotidianas.
Imagine
que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían
por la cabeza? Momentos muy concretos: mis hijos naciendo de
mi cuerpo, un beso que no pudo repetirse, un atardecer en la playa de Torimbia.
T. M.
martes, 19 de mayo de 2026
Incompatibilidades humanas y animales
En los albores de su andadura, la editorial Acantilado recuperaba en el año 2000 una novela de Natalia Ginzburg (Palermo, 1916-Roma, 1991), Querido Miguel, y, muy poco después, moría su traductora Carmen Martín Gaite. Esta siempre reconoció deberle mucho a esta narradora, dramaturga y ensayista italiana, hasta el punto de que la concepción de Nubosidad variable (1992) se explica mejor tras saber que fue escrita coincidiendo con la traducción de Querido Miguel para la editorial Lumen.
Dicha influencia venía ya de lejos, porque Martín Gaite conoció Italia en los años cincuenta, cuando acompañaba a su marido, Rafael Sánchez Ferlosio, a visitar a su familia; desde ese momento, el encuentro con su lengua y literatura, además de con el neorrealismo cinematográfico, marcó la trayectoria narrativa de la autora salmantina, que traduciría otra historia de Ginzburg publicada en 1952, Nuestros ayeres.
En pocos casos se aprecia una deuda literaria de forma más clara. El lenguaje coloquial, los numerosos diálogos, el análisis inocente de insignificancias diarias y el pensamiento femenino más íntimo pueblan las páginas de Caro Michele (1973). De hecho, algunos de estos aspectos aparecen en otros libros de Ginzburg, como en las dos novelas cortas que ahora se han juntado y que tienen el común denominador de ahondar en personajes desgraciados, solitarios, aunque gocen de compañía familiar o estabilidad económica.
Nos estamos refiriendo a Familia y a Burguesía, ambos relatos escritos en 1977 con un muy nítido deseo de economía literaria y profundización psicológica. Es más, leyendo los pasajes más explicativos en torno a los personajes de la primera narración, el lector captará un estilo casi de crónica de hechos, como si cualquier existencia pudiera reducirse a un listado de acciones y errores. Tal cosa sucede cuando se presenta la pareja protagonista, antaño amantes y padres de una niña muerta de bebé.
En Familia ꟷque tuvo edición catalana en Ático de los Libros en 2020ꟷ, conocemos al arquitecto Carmine, inquieto por una desagradable carta que le ha enviado desde Venecia su actual mujer, en la que no confía, e Ivana, una traductora con la que acude al cine con tres niños, entre ellos el hijo del hombre y la hija de la mujer. Y enseguida llega lo esencial: su pasado común, una continua incomodidad que sufren a la hora de relacionarse con otras personas, ya sean amigos o familiares.
Por su parte, Burguesía se abre con un simple apunte anecdótico: «A una mujer que nunca había tenido animales le regalaron un gato», el cual irá complicándose a medida que el personaje principal, Ilaria, viuda de un empresario teatral y mantenida por su cuñado, va acumulando mascotas que tienen un extraño fin y sólo le despiertan tristeza. De este modo, con un tono sobrio y contenido, Ginzburg es capaz de examinar las soledades e incompatibilidades humanas con la precisión de un bisturí, siempre en un clima de confusión ante cualquier cosa que pasa y por donde se filtran episodios de suicidio, infidelidades y demás huidas hacia adelante.
Este trasfondo de desdicha puede sonar desangelado, pero la fuerza de la verosimilitud narrativa en ambas historias consigue atrapar al lector, que se somete a un abanico de sutilezas y crisis anodinas elevadas a trascendentes que alimentan la idea central de Famiglia e Borghesia, como si fuese la continuación del existencialismo que tanta dimensión había tomado a mediados de siglo XX: la absoluta mediocridad del vivir. Eso sí, mucha de esa desdicha aparece en ambos relatos por una falta de voluntad para ser feliz, como en el caso de Carmine e Ivana, dispuestos a discutir a diario en la casa en que convivieron, a emprender proyectos que abandonaban o a no cultivar el bienestar del otro, el amor verdadero al otro.
Publicado en Cultura/s, 16-V-2026
lunes, 18 de mayo de 2026
Entrevista capotiana a Jaime Clara
En
1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía
que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran,
Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez.
Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y
costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista
capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Jaime Clara.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás
de él, ¿cuál elegiría? Partiendo de la base que es un
solo lugar, y jamás saldría de él, elegiría el pequeño apartamento, en San José
de Mayo, frente a la Plaza 4 de octubre, en el que me crie de niño. Allí estaban
mis afectos, mis amigos, mi familia, la biblioteca de mis padres y -sobre todo-
con los aprendizajes de hoy, sería el mejor lugar en el mundo.
¿Prefiere
los animales a la gente? Somos seres sociales, con
gente primero y animales luego. Así estamos conformados. Aunque muchas veces
los animales son más leales que alguna gente.
¿Es
usted cruel? Creo que no.
¿Tiene
muchos amigos? No me gusta quienes se jactan de tener
muchos amigos, ni de los que se jactan de tener pocos. Tengo los que necesarios
para no hacer alarde y para saber que estamos cuando nos necesitamos.
¿Qué cualidades
busca en sus amigos? Lealtad.
¿Suelen
decepcionarle sus amigos? Alguna vez sucedió. Por suerte
no es frecuente. Trato de dar vuelta la página.
¿Es
usted una persona sincera? Intento serlo a cada minuto.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leyendo, caminando, dibujando.
¿Qué le da más miedo? El miedo.
¿Qué le
escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La alta
exposición publica.
Si no
hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Soy
periodista de radio. La escritura vino después. A los ocho años decidí ser
periodista de radio y a esta altura, es tarde para cambiar.
¿Practica
algún tipo de ejercicio físico? Camino. Así se ordena mejor la
cabeza.
¿Sabe
cocinar? Intento cocinar, me gusta hacer algunos
platos.
Si el Reader’s
Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje
inolvidable», ¿a quién elegiría? El caricaturista uruguayo
Hermenegildo Sábat.
¿Cuál
es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Me
encanta la palabra gallega “morriña”.
¿Y la más
peligrosa? “Danger”.
¿Alguna
vez ha querido matar a alguien? No, aunque lo hubieran
merecido.
¿Cuáles
son sus tendencias políticas? Las que de forma honesta
trabajen por la justicia.
Si
pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Desarrollar
a tiempo completo alguna de las disciplinas artísticas que practico.
¿Cuáles
son sus vicios principales? Comprar libros.
¿Y sus
virtudes? Comprar libros.
Imagine
que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían
por la cabeza? Dónde está el salvavidas más cercano.
T. M.
domingo, 17 de mayo de 2026
Entrevista televisiva de Óscar López por "Historia de la literatura española contada en una hora” en el programa "El Arpa de Bécquer"
viernes, 15 de mayo de 2026
Entrevista capotiana a Luis Villalón
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Luis Villalón.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Si hablamos en términos abstractos y nos olvidamos
de las necesidades fisiológicas y afectivas, diría que en una biblioteca. Si no
hacemos ninguna abstracción, en casa con mi familia.
¿Prefiere los animales a la gente? En general,
sí. Suelo decir un poco en broma que caigo mejor a los animales que a la gente.
Eso no quiere decir que prefiera siempre a cualquier animal antes que a
cualquier tipo de gente. Además, entiendo lo de “gente” en sentido grupal, no de
modo individual. Si fuera así, hay algunas personas a las que prefiero antes
que a algunos animales.
¿Es usted cruel? Creo que todos lo
somos. No voluntariamente, claro, pero es imposible no serlo de manera
inconsciente.
¿Tiene muchos amigos? Tengo justo los que
tengo. La cifra no es alta, pero sí valiosa.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que yo sea consciente,
ninguna en especial. Inconscientemente, supongo que me gusta que sean buenas personas,
sin más.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? No. Si los aceptas
como son, es difícil que te decepcionen.
¿Es usted una persona sincera? Cuando soy
sincero, sí. Cuando no lo soy, también.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leyendo.
¿Qué le da más miedo? Como dijo un
actor hace ya unos años, no me da miedo la muerte; me da miedo dejar de vivir.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? Pues tendría que pensarlo. La verdad es que hay pocas
cosas que me sorprendan (no porque yo sea especialmente listo, sino porque
tengo el umbral de la sorpresa bastante bajo) y, por lo tanto, que me
escandalicen.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? Siempre he dicho que me
habría gustado tener un quiosco de libros. Pero si lo pienso mejor, prefiero
trabajar en una biblioteca. De pequeño quería ser químico-inventor, todo junto,
y cuando fui algo mayor quería ser muchas cosas: aventurero, superhéroe…
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Tengo una
bicicleta estática en casa y la usamos como tendedero. Cuando está libre alguna
vez le doy a los pedales, pero eso sucede pocas veces.
¿Sabe cocinar? No. Solo soy capaz de echar cosas crudas
a la sartén y procurar que no se quemen, y hacer tortillas de patatas que no se
parecen ni de lejos a las de mi madre.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Sócrates. O alguna
persona anónima que hubiera hecho un gran bien a otra. Si supiera de ella,
claro.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Se me ocurre “bondad”.
¿Y la más peligrosa? Pues vamos
con su contraria: “maldad”.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Matar no, pero desear
que no existiera sí. Matar implica participar activamente del hecho en
cuestión, y no recuerdo haber querido nunca hacer eso.
¿Cuáles son sus tendencias
políticas? Las que tienen como principio básico y por encima
de todo ayudar a los que tienen menos. Eso es como decir que no tengo ninguna
tendencia política en especial.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Inmortal. Y
mi familia también. Ah, ¿la pregunta era por un animal? Pues un gato.
¿Cuáles son sus vicios principales? No tengo vicios
principales, son todos secundarios.
¿Y sus virtudes? Nunca he querido hacer
daño deliberadamente a nadie. Y me esfuerzo por tratar de comprender los
motivos que pueden llevar a otros a hacerlo. Intento no prejuzgar y usar el
sentido común, aunque toda forma de sentido común es en realidad una suma de
prejuicios; en cualquier caso, trato de someterlo todo a un análisis y no
rendirme ante las primeras impresiones, pero no siempre lo logro. No suelo
dejarme llevar por el lado irracional, aunque haya quien no considere eso una
virtud.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? ¿Dentro del esquema clásico de imágenes que pasan por la cabeza de quien se
está ahogando? No sé qué esquema es ese, aunque a lo mejor es que no he
entendido bien la pregunta. En fin, supongo que pensaría en mi familia y en que
quizá si llego al fondo puedo rebotar y salir a la superficie.
T. M.
jueves, 14 de mayo de 2026
Un artículo sobre el restaurante Finorri
miércoles, 13 de mayo de 2026
Entrevista capotiana a Pedro Cepedal
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Pedro Cepedal.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una mansión victoriana en la campiña escocesa. Con
jardín con esculturas desconchadas, estudio-biblioteca, tea room y sala de
juegos. Todo bien equipado con las comodidades modernas, por supuesto. En la
planta de arriba, en la habitación más pequeña, habría una réplica de mi cuarto
de la infancia en Málaga. Ahí me quedaría para siempre.
¿Prefiere los animales a la gente? Prefiero a
la gente. La gente prefiere a los animales antes que a mí. Los animales me
prefieren antes que a esa gente.
¿Es usted cruel? Sí, me cebo
torturándome. Es inevitable que algún resto salpique a quienes se acercan
demasiado.
¿Tiene muchos amigos? Sí, tengo dos. Tendría
más por pura codicia pero no sé cómo se convierte a los conocidos en amigos. Y
seguro que no es barato.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que tengan el veneno
del juego o de la competición, que es lo mismo. Y que agoten todas sus manos
antes de acudir a mí como último recurso.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? Sí, por eso siguen en
la categoría de amigos. Y por eso son dos. Es un porcentaje estimado de
decepciones que puedo administrar.
¿Es usted una persona sincera? Ya he dicho
antes que soy cruel.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Jugando a las cartas o
a videojuegos, o montando muñecos. Antes leía mucho pero ya no. Como mucho
releo pasajes seguros. Y voy con frecuencia al cine a comer palomitas con
Maltesers, la cartelera está de pena.
¿Qué le da más miedo? La
enfermedad. Que llegue antes de estar listo. No sé para qué, no sé de qué. Y
ahora añadiría la disolución del ser. Del humano. Avanza deprisa.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? La rendición. La renuncia voluntaria del individuo a
serlo. La postración entusiasta ante la máquina.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? Lo mismo que siéndolo, nada.
Es más, no me considero escritor. Entiendo la poesía como un arte más cercano a
la escultura y la música. Y el ensayo como un ejercicio de limpieza del
cerebro. Antes me inventaba enormes historias de caballeros y hechiceras. No he
escrito ni una frase. Quizá haga un boceto de guion de cómic algún día.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Entreno
fuerza cuatro veces a la semana. Primero por salud, y más primero por estética.
Y estoy preparando un TSAF, no sé exactamente por qué. Lo que siempre me ha
gustado es nadar. En el agua me siento libre como un cocodrilo. Ahora no me
baño en piscina ni playa. El porcentaje de grasa corporal no marca el número
que me permita hacerlo. Los Maltesers…
¿Sabe cocinar? No muy bien. Por fortuna para mí, estudios
recientes afirman las propiedades de los alimentos crudos. Siempre hay un
estudio para un descosido.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Respuesta random:
Rosalía, acabo de verla en concierto. Respuesta en serio: Rosalía. Ya le he
dedicado un ensayo difícil de digerir pero no ha sido suficiente. Sigue
removiendo algo en mí a lo que no acabo de llegar.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Luz. En el sentido físico. La luz que capta el ojo. Y
añadiría azul. Si hay azul, aún hay luz.
¿Y la más peligrosa? Contenido.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Querría haber querido.
Pero la muerte y la enfermedad grave no puedo desearlas para nadie. Por
creencia. Por convicción. Por conveniencia.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Creo en la libertad y
la dignidad del ser humano como individuo por el hecho de serlo. No me gusta
que el aparato del Estado se inmiscuya en esa esfera. Es sagrada y el único
imperativo que debe aceptar es el de no
profanar otra semejante. Es un equilibrio delicado pero creo que llegamos a
estar cerca en décadas recientes.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? La
fotografía de Brad Pitt en Legends of the Fall. Palabra.
¿Cuáles son sus vicios principales? Hago repaso:
indecisión, resolución, prodigalidad, vanidad, frivolidad, cinismo, fantasía,
orgullo, ubicuidad en sentido inverso… Hay más, pero también soy perezoso.
¿Y sus virtudes? Las mismas que los
defectos. Añadiría mi tren superior. Está algo cubierto por el porcentaje
graso, pero el volumen va bien.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Me cuesta mucho
centrarme en pensar lo que se supone que cada momento requiere. Probablemente
me vendría a la mente algún incidente de la carrera de F1 del domingo anterior.
Después, ya consciente de la situación, imitaría el hundimiento de DiCaprio
congelado. Por último, casi en la inconsciencia, supongo que volverían las
imágenes de siempre: el bisturí acercándose a mi ojo, el cadáver amarillo de mi
padre, la primera vez que vi la Acrópolis desde la terraza del Electra
Metrópolis junto a mi amante.
T. M.





