lunes, 9 de marzo de 2026

Reseña de "Historia de la literatura española contada en una hora" en "El Diario Montañés"

 

Ayer se publicaba esta nota sobre el libro que acabo de publicar en El Desvelo, Historia de la literatura española contada en una hora, en El Diario Montañés, en Santander.

domingo, 8 de marzo de 2026

Entrevista capotiana a Pablo Vierci

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Pablo Vierci.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Elegiría Punta del Este, en Uruguay, más precisamente Punta Ballena, donde tenemos una casa muy rústica y agradable. Está a cien metros de un bosque público de más de 150 hectáreas, el Arboretum Lussich, y a diez cuadras del Océano Atlántico. Es una zona costera, pero el barrio donde está la casa es casi rural, con liebres y pavitas de monte acercándose sin ningún temor al sillón y a la mesa donde trabajo en verano, en el jardín. En frente no hay vecinos, sino un gran terreno poblado de árboles, y a los costados, dos amables vecinos que poco se ven, entre los árboles. No solo vamos en verano, sino también en invierno, con mi familia o en ocasiones voy solo. En invierno solo están ahí los escasos lugareños. La belleza y la paz del entorno, rodeado de naturaleza, hace que todos sean casi siempre muy gentiles, sin estridencias ni pretensiones materiales. La casa está compuesta por dos módulos, el de los “mayores”, mi mujer y yo, con un solo dormitorio, y a veinte metros, el de los hijos con sus hijos, con cuatro dormitorios. Ahí pasé buena parte de la pandemia: no mejoró la terrible incertidumbre que sufrí, pero la sobreviví en un ámbito que de alguna manera me ayudó, aunque no sé bien cómo fue.

¿Prefiere los animales a la gente? No puedo decir que prefiero a unos u a otros, porque son afectos diferentes, tocan fibras distintas de nuestras emociones, ya que somos, los seres humanos, tan complejos, que como dicen los psiquiatras, tenemos tantas neuronas como estrellas hay en la Vía Láctea. Lo cierto es que esa casa a la que me refería, que tiene dieciséis años, está estrechamente vinculada con una perrita de raza Golden (no consigo decirle perra, ni perro) que me acompañó quince años, en invierno junto al fuego o en verano bañándose conmigo en el mar.  Se llamaba Bruna. La trajo a la familia mi hija mayor, que cuando se fue de casa, para formar su propia familia, la dejó a mi cargo, o al menos yo la tomé a mi cargo, casi sin darme cuenta. Conocí con ella otra variante del amor que no conocía, y que es sutilmente diferente del que siento por los seres humanos que quiero. Está pautado, creo, porque no puedo tener con ella nada racional, o sea, no puedo explicarle lo que siento o hago por ella, ni mis ausencias, ni la cura de sus nanas, y mucho menos, que a los quince años, por causa de una enfermedad que comenzaba a dolerle, ordené que le practicaran la eutanasia. En su vida estuve ausente muchas veces, incluso los seis meses que duró la preparación y el rodaje de la película “La sociedad de la nieve” (basada en mi libro y de la que soy productor asociado) y con ella me surgió algo diferente de lo que me ocurrió con las personas de mi círculo más íntimo, mi mujer, mis hijas y los tres nietos que tenía entonces: como no le podía explicar lo que estaba sucediendo, y como sabía que me estaba esperando, la mayor parte del tiempo, echada en la puerta de entrada de nuestra casa en Montevideo, lo único que podía hacer fue sufrir por el dolor que le estaba causando. Que esto puede parecer irracional, lo sé, y todas las personas del mundo me lo dirán y me lo repetirán hasta el cansancio, pero así lo viví yo: ¿cómo le explico a Bruna que voy a regresar, y que no la abandoné? Su último año fue, para mí, trágico: su decrepitud física, cuando la sacaba a caminar, como siempre lo hice, funcionaba como un espejo que adelanta, donde veía o imaginaba reflejada mi propia decrepitud por el paso del tiempo. Un día cayó en medio del paseo y la tuve que traer alzada. Alfombré toda la casa con fieltro para que no patinara y cayera y así se fue acercando al final, que yo vivía, casi, como mi propio final. Cuando le practicamos la eutanasia fue de los momentos más devastadores de mi vida. Por un error cuando se la llevaban envuelta en una manta, y sin querer se le asomó el hocico, esa se convirtió en una imagen desgarradora que me acompañará siempre. Ha pasado un año y medio y si bien la recuerdo todos los días, ya no es con dolor, sino con la frase que me ha dicho mi peluquero (tengo escaso cabello pero tengo peluquero), respecto a su propio perrito, Kalú, que murió de eutanasia hace dos años: los perritos son ángeles que vienen a enseñarnos.

¿Es usted cruel? No soy cruel, pero debo decirlo, si quiero contar toda la verdad: cuando niño y adolescente, me gustaban las armas, con las que disparaba en un tambo que tenía mi madre, a cien kilómetros de Montevideo. Me apasionaba el tiro al blanco, con chumbera, calibre 22 o escopetas, calibre 24 y 12. Y además de tiro al blanco, maté algunos animales salvajes. No me lo perdono, y creo que el amor que les prodigo desde hace décadas a los animales, es como mi karma, estoy pagando una deuda que jamás terminaré de pagar. Conservo algunas de las armas de mi infancia pero jamás se las he mostrado a mis nietos. Están allí, arrumbadas. A veces pienso en enterrarlas, porque ni siquiera pretendo regalarlas.

¿Tiene muchos amigos? No demasiados, pero siento que son suficientes. Con una peculiaridad: son los mismos amigos de la infancia. Con quienes compartimos los años del colegio y del liceo y luego cada uno partió a desarrollar su propia vida, todas diferentes, en ámbitos distintos, incluso uno de ellos estudió en el exterior y regresó a Montevideo. Creo que el secreto de este vínculo está en que nos moldeamos juntos, yo tengo mucho de ellos, y ellos tienen mucho de mí. Eso hace que sea un afecto incondicional. 

¿Qué cualidades busca en sus amigos? La lealtad, en primer lugar, y el humor, en segundo. El hecho de conocerlos desde siempre impide que haya agendas encubiertas, ninguno de nosotros está esperando del otro una ventaja, sino crecer juntos. Nada más, ni nada menos.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No me decepcionan porque lo que nos une es la incondicionalidad. Ni siquiera discrepamos demasiado, porque recorrimos juntos demasiadas etapas de nuestras vidas.

¿Es usted una persona sincera? Por regla general intento serlo. Sé perfectamente que uno adivina cuando el otro no lo es, porque ese simulacro es fácilmente identificable. Si alguien me cae mal, por cualquier motivo, máxime ahora, que ya tengo muchos años, simplemente nos evitamos: lo otro implica un estrés absolutamente innecesario.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Para los que nos gusta escribir y contar historias, desde muy jóvenes, es muy difícil diferenciar el tiempo libre del tiempo ocupado, o del trabajo. ¿Si considero que escribir es un trabajo? No, en verdad, pero le llamo así, para que los demás lo entiendan. Para ponerle un nombre a algo que no sé bien lo que es. En particular para los nietos, que ahora son cuatro, y que en algunos períodos convivimos en la casa a la que me refería, en Punta Ballena. Ellos fueron los segundos que me preguntaron (como en su momento me preguntaron sus madres, mis hijas) por qué “trabajaba” todas las mañanas, incluidos los domingos. Por eso el concepto de “tiempo libre” me resulta incierto. Sí entiendo claramente el hecho de estar cansado de escribir, cuando necesariamente debo hacer otra cosa. Pero sería injusto llamarle “tiempo libre”.

¿Qué le da más miedo? Claramente a lo que más le temo es a los accidentes. Posiblemente esto proviene de mi juventud: cuando tenía 19 años, tres compañeros de colegio y de deportes se ahogaron en el Río de la Plata cayendo de una canoa frente al barrio donde vivíamos, en Carrasco, que entonces era un balneario a una hora del Centro de Montevideo. Tres años después ocurrió el accidente aéreo en los Andes, donde murieron 29 compañeros de colegio o familiares, y se salvaron otros 16. Demasiados accidentes en tan corto período dejaron una huella en mis temores.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Me escandaliza la impunidad, generalmente de los poderosos, en diferentes circunstancias, y tomando por poderosos no solo los que detentan fortunas, sino también las elites intelectuales, por ejemplo, que se consideran por encima no solo de los demás, sino también de las normas de convivencia humanista. Por eso muchas veces ese es el tema de mis novelas, como por ejemplo la última, “El niño que heredó el silencio”, sobre un caso de abuso sexual infantil. Los poderosos casi siempre salieron impunes de esta fechoría.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? No tengo la menor idea. Mi gran incógnita es cómo sería si hubiera elegido hacer algo más contemplativo, si pasara los domingos viendo fútbol en la televisión, si pudiera definir claramente lo que es “tiempo de trabajo” y “tiempo libre”. En rigor, ese Pablo, que se dedica a otra cosa, me resulta completamente desconocido. Casi un extraterrestre.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? El deporte físico que practico desde siempre, en los veranos de tres meses de Uruguay, es el baño en el arroyo, cuando era niño y adolescente, en el tambo de mi madre, o el baño de mar, en nuestra casa en Punta del Este, donde me acompañaba mi perrita Bruna, en los quince años que vivió. Aunque parezca bizarro, o infantil, nada me seduce más que este “ejercicio físico”, que practico a diario,  siempre que haya 24 grados o más de temperatura: ir al mar, junto a la península de Punta Ballena, con un inflable que tiene un arco que flota y una red al medio, montarme en él, y nadar, como un niño, para atrás o hacia adelante, adentrándome en el mar un kilómetro, pero teniendo al acantilado de la península de Punta Ballena a mi lado, a cien metros, por si se me llega a pinchar el inflable, cosa que hasta ahora, jamás ha ocurrido. Ese sosiego de estar solo con las gaviotas, en mi precaria embarcación (la inflo en la orilla cuando llego y la desinflo cuando me retiro) es de una placidez inigualable. Y resuelvo muchos de los dilemas de lo que estoy escribiendo en mi “tiempo libre” o “tiempo ocupado”.

¿Sabe cocinar? Lo más complejo que he hecho es cocinar arroz. Además, hiervo agua todos los días para tomar “mate”, como suele hacerse en el Río de la Plata.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A mi  abuelo materno, un médico respetable y humanista que se suicidó.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Optimismo.

¿Y la más peligrosa? Fanatismo.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Me considero un socialdemócrata, que entiendo que comenzó en Uruguay, a comienzos del siglo XX, con el dos veces presidente José Batlle y Ordóñez, que creó el primer Estado de Bienestar del mundo, con leyes pioneras como la jornada laboral de ocho horas de trabajo, en 1915, antes que Francia, o el divorcio por la sola voluntad de la mujer, en 1913.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? No tengo la menor idea.

¿Cuáles son sus vicios principales? Aunque no sé si son vicios, sí alteran mi vida y la de los que me rodean la ansiedad y la obsesión. La primera me lleva a estar el día entero desplegando actividad para saciar mi insaciable curiosidad, con daños colaterales como el insomnio, o el hablar demasiado rápido, lo que también corrijo escribiendo, que ralentiza el desborde de pensamientos entreverados y arrolladores. La obsesión me torna incómodo para los que me rodean, pero me ayuda a escribir, porque puedo pasarme horas interminables detrás de una idea, que hasta que no encuentra un cauce natural y fluido, no abandono.

¿Y sus virtudes? Si bien mi mujer no lo ve como una virtud, puede serlo: ignoro por completo lo que significa “ofenderse”. No me ofende que hablen mal de mí, ni que me ignoren, ni que se burlen. Parecería que me falta un gen, que alguien se lo quedó. O sea, hay alguien en el universo que se ofende el doble.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Lo más parecido fue el único accidente que tuve, en la casa de playa que mencioné: mi perrita Bruna se había pasado al terreno de al lado, donde había tres perros, y como creí que podían lastimarla, corrí para rescatarla, tropecé, caí en una zanja, y se me luxó el codo, de modo que con mi otra mano sostenía el antebrazo como si se hubiera quebrado (que es lo que pensé que había ocurrido). En realidad el antebrazo se había separado del húmero. En ese momento sí recuerdo un acarreo de imágenes desesperadas, donde la primordial era que el brazo inutilizado (no ocurrió nada más que un yeso durante un mes) me impediría hacer lo que siempre hice y quise hacer: contar historias escritas.

T. M.

sábado, 7 de marzo de 2026

Un artículo sobre la exposición de realidad virtual «Coliseo, el mítico escenario»


Estos días atrás, en la sección de "Viajes" del diario La Razón, se publicaba este artículo mío titulado "Roma en gafas de realidad virtual: el Coliseo resucita en Barcelona".

viernes, 6 de marzo de 2026

Entrevista capotiana a Brugués Mitjans

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Brugués Mitjans.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Cabo Norte (Noruega).

¿Prefiere los animales a la gente? No.

¿Es usted cruel? No.

¿Tiene muchos amigos? No.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Lealtad.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No.

¿Es usted una persona sincera? Demasiado (por esto tengo pocos amigos).

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Mi tiempo libro lo suelo pasar leyendo, escuchando música, caminando por la naturaleza. Viajando y viendo películas. Y escuchando podcasts de geopolítica y economía.

¿Qué le da más miedo? La ignorancia.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? El abuso en cualquiera de sus formas.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Gestionar fondos de inversiones.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Trekking, Spinning y pesas.

¿Sabe cocinar? Sí.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Warren Buffet.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Mañana.

¿Y la más peligrosa? Indiferencia.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy ciudadana del mundo.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? No quiero ser nadie más que yo misma.

¿Cuáles son sus vicios principales? La impaciencia. Necesidad de control y expectativas demasiado altas.

¿Y sus virtudes? La empatía. La facilidad de conectar emocionalmente con las personas.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Las de mis hijos y mi marido.

T. M.

jueves, 5 de marzo de 2026

La revista "Qué Leer" de este marzo

 

Ya está disponible en los quioscos el nuevo número de la revista Qué Leer (marzo, núm. 324), de cuyo protagonista de portada, Jesús G. Maestro, hay un extracto de su entrevista en el enlace a la revista.

En este otro enlace de Zinio se puede adquirir la revista y ver todo el sumario con un extracto de cada una de sus secciones: mi editorial "Alma en las Palabras", "Laureles", "Lletres catalanes", "Hoy" (narrativa, no ficción, poesía), "Protagonista", "Ayer" (efeméride, contemporáneo, clásico), "Cata", "Voz autoral", "Voz editorial", "Imágenes", "Hechos", "Novedades" e "Invenciones. Cien páginas repletas de reseñas, entrevistas, reportajes literarios, columnas de escritor, avances editoriales...

miércoles, 4 de marzo de 2026

Entrevista capotiana a Rosa Ramírez

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Rosa Ramírez.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Viviría en mi cuerpo. Paso demasiado tiempo en otros lados.

¿Prefiere los animales a la gente? A los nueve años, me metí a las clases de catecismo. La verdad es que solo quise hacerlo para pasar más tiempo con mis primas. Mi mamá nunca me bautizó. Su madre es católica, su padre era musulmán y luego fue ateo. La idea de mi mamá era que en algún momento yo formaría mi propia opinión. Así empezó mi experimentación con el catolicismo. Fui a misa, aprendí lo que uno tiene que aprender, los rezos, las canciones, la coreografía. Y cada sábado: con las monjas. Pero me costaba conectar. En una de esas, la monja dijo que los animales no tienen alma. De todas las cosas que habíamos platicado hasta el momento, esta me parecía la menos creíble. Desde muy chiquita, entendí que le debemos nuestras vidas a los animales y a las plantas que nos rodean, que no somos superiores. En mi casa, y en muchas comunidades, se entiende que los animales, las plantas, las montañas, los ríos, son nuestros parientes. Después de un poco de discusión la monja me planteó un argumento: se inunda la ciudad, tienes una balsa, y puedes salvar a una persona, pero tienes que tirar a tus animales de la balsa, ¿qué harías? A su modo de verlo, solo había una respuesta correcta. Su argumento no tenía sentido. ¿Por qué no podría salvar a todos? La monja no supo decirme. Basta con decir que no le gustó mi respuesta.

¿Es usted cruel? Creo que hay espacio en esta vida para ser un poco cruel. No diría que soy cruel, pero diría que he sido cruel, y que son dos cosas distintas. Incluso se me ocurren momentos en los que debí haber sido cruel y no lo fui.

¿Tiene muchos amigos? Elijo mis amistades con mucho cuidado. Me parece que estas conexiones son las que nos mantienen vivas, tal vez aún más que nuestras relaciones amorosas. Creo que tengo más amigas de lo que es común, y esa es una de mis victorias más grandes.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Más que nada, un buen sentido del humor.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Solo una amiga me ha decepcionado, y aún la extraño mucho. No quiso decepcionarme, ni yo a ella. Nuestra amistad fue, más bien, una víctima de las circunstancias y el ambiente en que estábamos.

¿Es usted una persona sincera? Hay muchas situaciones donde la sinceridad no es presencial. Muchos creen que la sinceridad es una de las virtudes más importantes. La sinceridad no tiene valor si no la acompañamos con compasión, con solidaridad, con humanidad. 

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Empecé a pintar a los siete años. Mi abuelo materno fue pintor y escultor. Siempre me animó, aplaudió mi espíritu creativo. Íbamos a museos, a galerías. Me preguntaba sobre mi interpretación de las obras que veíamos. Me hacía sentir muy importante. A la vez, cuando terminaba de pintar un cuadro, mi abuelo agarraba un pincel y corregía mis errores. No entiendo bien cómo es posible que un cuadro abstracto pueda tener errores, pero él los veía y los corregía. Quizás algo no encajaba, o había una línea que podría estar más derecha. Mi abuelo amaba pintar, le dedicaba mucho tiempo y se lo tomaba muy en serio. Intentamos vender algunas de sus obras, pero vendían poco. Aun así, no me dejaba llevarlas a casa. Tampoco quería que las regaláramos. Todas vivían en un garaje en su casa. Cuando falleció, mi mamá, mi abuela y yo nos quedamos con la tarea de esculcar todo lo que dejó atrás. La mayoría de sus obras son abstractas y tienen colores vibrantes. Mi parte favorita es encontrar una, darle la vuelta, y leer el título: Burbujas, Frutas en la cocina, Guerra en el Medio Oriente. Mi mamá y yo nos convertimos en curadoras, nos peleamos por sus cuadros, armamos nuestras propias colecciones. Desde que falleció mi abuelo, empecé a pintar más. Ahora, pinto para honrarlo. Lo extraño mucho, y extraño su sensibilidad. Al mismo tiempo, me alegro de que ya no pueda corregir mis cuadros.

¿Qué le da más miedo? Lastimar a un ser querido.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Que a la gente no le gusta ponerle piña a la pizza.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? A menudo sueño con otra vida en la que estudié astrofísica. Llegué a los Estados Unidos a los trece años. Entrando a la escuela, me informaron que había un examen que me colocaría en el “nivel adecuado” de matemáticas. Resultó que la mitad del examen era sacar cuentas con monedas gringas. Terminé en una clase de matemática equivalente al quinto grado de primaria. Me pesó porque me gustaban las matemáticas y me interesaba mucho la astronomía. Aprendí las monedas y pasé la mitad del año pidiendo que me dejaran retomar el examen. Estudiantes como tú no suelen subir de nivel, me dijo la maestra. Cuando me dejaron retomarlo, me subieron al nivel adecuado. Pero mi relación con las matemáticas nunca fue igual. Adopté la idea de que no era buena con las cuentas y también dejé mi interés por la ciencia. Aún sueño con poder entender la física y la matemática que le corresponde. El año pasado, descargué una app con juegos de matemáticas para ver si podía rescatarlo. La dejé cuando me pidió que multiplicara fracciones.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? La mayoría de la gente se enfoca más en el tamaño de un cuerpo que en la salud de una persona. La gordofobia es más prevalente y contagiosa que nunca. Ya no son los días de thinspo de tumblr. No es la misma época en la que los influencers nos decían que el cuerpo ideal tenía piernas tan delgadas que se formaba un thigh gap. Ahora se habla de dietas antiinflamatorias, de ayuno intermitente, de contar macronutrientes. En las tiendas, en los cafés, en los restaurantes– proteína. Café de proteína, yogur de proteína, jugo de proteína, avena instantánea de proteína, papitas de proteína, pancakes de proteína, gomitas de proteína, cereal de proteína, agua de proteína. Agua. De. Proteína. La meta de este nuevo lenguaje no es promover la salud, es impulsar, y comercializar, la delgadez.

¿Sabe cocinar? Cocinar es medicinal, eso lo aprendí de mis abuelas. La comida se debe preparar con buenas intenciones, puede tener una carga espiritual. La comida se usa para conservar nuestra memoria colectiva. Mi abuela tiene todas sus recetas grabadas.  Cada vez que logro preparar una de sus recetas sin fijarme en mis apuntes, siento que estoy manteniendo algo vivo. La comida nos cura. Lo confirmé la última vez que me enfermé. Pedí comida del restaurante Vietamita a la vuelta de mi casa tres días seguidos. El doctor había dicho: no hay nada que se pueda usar para pelear contra una bronquitis viral. Parece que el doctor no conoce el phở.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Georgina Herrera, poeta cubana y mujer revolucionaria. Haber tenido una amistad con Georgina fue una dicha y una bendición. Nos conocimos cuando yo tenía veinte años, y ella tenía ochenta y dos. Siempre pensé que su poesía debió haber sido premiada, pero ella no escribía para ser premiada ni reconocida. Era un impulso de contar, el de Georgina. En una de nuestras visitas, le pregunté si podía hacerle una entrevista. Aprendí muchísimo más sobre ella ese día. Hablamos sobre la escritura, sobre su amor a los pájaros, sobre la revolución, sobre su pacto de escribir por inspiración y no por dinero. Esa entrevista es algo que atesoro muchísimo. Pienso que todo el mundo debería conocer y leer a Georgina Herrera.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Cambio.

¿Y la más peligrosa? Merecer.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Claro. Si alguien dice que no, mienten.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Cuestionar. Cuestionar a quienes estén en roles de liderazgo, a las instituciones, a los sistemas judiciales. Y cuestionar muchísimo a la gente patriótica, de cualquier país.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Una ballena azul. Las ballenas siempre me han atraído, más que cualquier otro animal. Supongo que es porque la gente venera su tamaño. Entre más grande, más impresionante. Siento que son amables, que si pudiera conocer una ballena, nos entenderíamos y no me haría daño. Aunque sé que probablemente me comería por accidente.

¿Cuáles son sus vicios principales? Los cigarros, el maquillaje y los reality shows.

¿Y sus virtudes? Regalo cigarros, maquillo muy bien y soy una experta en los reality shows.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? La sonrisa de mi esposa. El árbol de mango de la casa de mi Mamá Hilda. El amanecer en Mazatlán. El cielo rozando contra las olas. El atardecer en Arizona. Los saguaros frente a un fondo terracota, ámbar, sandía, cerúleo. Mi mamá sirviendo manitas de puerco sobre una cama de arroz blanco. Mi perrita dormida a mi lado. Mi amiga Paloma frente a Times Square. Una jarra de barro con agua bien helada.  La huella que dejó mi gata cuando pisó mi lienzo. Mis amigas en la pista de baile el día de mi boda. Los frijoles de olla a la leña que hace mi abuela. Y luego, a mis muertos, recibiéndome con los brazos abiertos.

T. M.

martes, 3 de marzo de 2026

La ferocidad como poética

 

Hay escritores que visitan la oscuridad como quien baja a un sótano para buscar una metáfora; Angélica Liddell (Figueres, 1966), en cambio, sabe que el sótano es la casa entera, que de allí procede la respiración misma de su escritura. Su último libro, Cuentos atados a la pata de un lobo, se inscribe de lleno en esa poética del abismo: traslada al territorio del cuento las violencias, exasperaciones y arrebatos de sus obras teatrales y, a la vez, levanta una prosa que desborda cualquier clasificación genérica. Ya lo advirtió Gema Monlleó en un artículo de prensa: no estamos, estrictamente, ante un libro de relatos de Liddell, sino ante un libro de poesía porque, «escriba lo que escriba, sea cual sea la forma que le dé a su literatura, siempre escribe poesía. Porque en ella la escritura es siempre un poema arrebatado y rabioso desde donde, en paradójica coherencia, aplaca y exalta la violencia a la que nos someten la vida y su duelo»; y entonces, la misma crítica literaria destacaba una frase que, en efecto, podría corresponder a uno de los versos de un poema: «Me ha crecido el cabello lo suficiente para atarlo a tu cuello y estrangularte».

Liddell se incorpora a la tradición literaria que aúna poesía y violencia, y hasta ella misma quedó definida por parte de alguno de sus exégetas como «monstruo escénico y autora de la palabra»; semejante tremendismo y excelencia verbal se materializan de continuo en el ars poetica de esta autora que ganó el Premio Nacional de Literatura Dramática por La casa de la fuerza (2011) y recibió el León de Plata de la Bienal de Venecia en 2013 «por su capacidad de transformar su poesía en un texto que agita el mundo». Y ciertamente, ella está en la línea de los creadores empeñados en atravesarnos con un hacha nuestro corazón helado, por parafrasear la célebre expresión que usó Kafka para definir lo que merece la pena leer.

Se diría que, siguiendo con este vínculo entre agresividad humana latente y su espejo lingüístico, Liddell está en la senda de la Unica Zürn de Primavera sombría, relato frente al cual únicamente caben miradas de inquietud, asombro, delicadeza, como ocurre en nuestra dramaturga. Menchu Gutiérrez, en el prólogo que dedicó a esa novela corta, se preguntaba: «¿Es este libro una confesión?, ¿una declaración?, ¿un desahogo?, ¿un ejercicio?». Y habida cuenta de la imposibilidad de imponer criterios de género en la literatura de esta autora alemana, Gutiérrez definía su prosa como «literatura del escalofrío». Había una protagonista infantil ahí, pero también una violación, más referencias sexuales o sádicas, como la masturbación, una placentera zoofilia y el masoquismo más extremo, puesto que «el dolor y el sufrimiento le causan placer», decía el narrador de Primavera sombría. ¿Y acaso tal cosa no se puede emparentar con la frase de Liddell «el derecho al goce estético incluye el Mal, la perversión, y nadie lo comprende»? 

La ferocidad es estética y argumental, anecdótica y axial a la vez, con la serie de degeneraciones y perversiones que se suceden en estos relatos que no nacen para provocar, sino para ponernos un charco sucio en el suelo en el que mirar nuestro interior. Sin duda, es todo un exceso, pues lo humano no sólo se distingue por la crueldad, la aniquilación y lo demente, pero semejante descenso a los infiernos forma un mirada irreprochable. A veces se trata de una escritura fragmentaria, casi siempre grotesca tanto como lírica, fulminante para los sentidos, y en la que también aparece el personaje escritor que, como no podría ser de otra manera, actúa con la rebeldía del que quiere desafiar los convencionalismos e instituciones serias (véase el relato «Academia»).

Así es desde el primer texto, «Maternar», que no puede empezar de forma más contundente y salvaje, más si cabe cuando hay un crimen y un bebé de por medio. Liddell, de esta manera, se dispone a herir al lector desde el primer renglón, para avisarle de suicidios («Yo soy de la clase de persona que camina por el mundo invitando a su propia destrucción»), mutilaciones o incestos, invitándole a un morbo literario que hubiera complacido al Marqués de Sade por su arsenal de humillaciones y acciones delirantes («No hay nada a medida de lo humano excepto el delirio») que protagonizan unos personajes que, maldita sea, coinciden con las potenciales bajas pasiones de todos los seres humanos.

Publicado en Cuadernos Hispanoamericanos (núm. 904, febrero 2026)


lunes, 2 de marzo de 2026

Entrevista capotiana a Bruno Darío

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Bruno Darío.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? La casa de mis padres, donde al menos hay naturaleza y paz. Aunque diría que en cualquier sitio recluido acabaría volviéndome loco, teniendo en cuenta que. si estoy sin salir de casa dos días, ya siento que se me va la cabeza.

¿Prefiere los animales a la gente? No siempre.

¿Es usted cruel? No de manera deliberada.

¿Tiene muchos amigos? Más de los que pensaba que tendría cuando era adolescente, pero no los suficientes.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Empatía, sobre todo. Eso de base. Después siempre está bien que sean sinceros, afectuosos, divertidos, compatibles conmigo a nivel ideológico y con ganas, muchas ganas, de hacer cosas.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Alguna vez, como a todos, pero tal vez sea culpa mía por preferir evitar conflictos y dejar las cosas pasar.

¿Es usted una persona sincera? Cuando y con quien importa.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? En cualquier masa de agua. Acompañado, casi siempre. Viajando. O leyendo, escribiendo o yendo al cine.

¿Qué le da más miedo? Los ricos.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Los ricos.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? No llevar una vida creativa no era una opción; más allá de escribir, mi trabajo es la traducción literaria, que también es una actividad creativa. Antes, me pasé muchos años pensando que sería profesor de inglés, solo porque me gustaban los idiomas, pero la idea me parecía una especie de abismo. Aunque a veces sí que pienso que apartar las actividades creativas podría traer cierta calma. Pero solo cuando me abruma el perfeccionismo, el marketing o la industria.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Natación.

¿Sabe cocinar? Sí. Me encanta. Debería haberlo añadido a las aficiones.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Últimamente estoy obsesionado con Hugh Steers, pintor que retrataba la vida cotidiana queer durante la crisis del sida, de lo que acabó muriendo. Su obra, su biografía y sus fotos (las que le hacían a él, su expresión) me resultan fascinantes.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Tengo que repetir respuesta: «empatía».

¿Y la más peligrosa? ¿«Ego»?

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Claro.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Creo que es muy fácil deducirlo a partir de mis redes, Hambre voraz o Las magnitudes del vacío. Así de paso hago la promo. ¡Gracias por preguntar!

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Nada, pero, si tuviera que ser algo, supongo que un hombre blanco cisheterosexual de buena familia. Debe de ser agradable poder vivir sin una tensión constante.

¿Cuáles son sus vicios principales? El autoescarnio.

¿Y sus virtudes? Siempre he dicho que la responsabilidad, pero empiezo a pensar que en ocasiones es también perjudicial.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? A riesgo de sonar melodramático, ya me estoy ahogando, y la respuesta es crisis de la vivienda.

T. M.

viernes, 27 de febrero de 2026

Publicación de "Historia de la literatura española contada en una hora" (El Desvelo Ediciones)

             

Hoy ya está disponible en las librerías mi nuevo libro, Historia de la literatura española contada en una hora (El Desvelo Ediciones, grupo editorial Almuzara), que se encuadra dentro de una serie de historias que esta editorial está acometiendo y que empezó con la alemana y tiene continuidad con la argentina y la nórdica. Vendrán más mías sobre otras literaturas. Reproduzco el texto de contracubierta del libro y demás datos.

Con una mezcla de profunda erudición y amenidad crítica, tras décadas de lecturas y escrituras en torno a las letras universales, Toni Montesinos, que en su día se licenció en Filología Hispánica, aborda la historia de la literatura española sin prejuicios y rompiendo mitos.

Desde las primeras manifestaciones en lengua castellana hasta el presente siglo, este libro propone un recorrido tan fulgurante como clarividente en torno a obras y autores de los que presumir: por encima de todo, el Siglo de Oro, cuyas genialidades necesitamos más que nunca, así como el mayor literato de todos los tiempos, Miguel de Cervantes. Y es que este libro revisa el pasado literario haciéndolo confluir con nuestro presente, poniendo el acento asimismo en el declive actual de la literatura, la negligencia de los historiadores y críticos, la escasa autoexigencia artística por parte de los escritores y la conversión del libro en mero producto mercantil.

El Desvelo Ediciones. PVP: 19,00 €. Páginas: 176
Para asuntos de prensa: José María Arévalo 
639 149 886 • 957 467 081 arevalo@almuzaralibros.com

jueves, 26 de febrero de 2026

Entrevista capotiana a Antonio Tizón

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Antonio Tizón.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? A Coruña.

¿Prefiere los animales a la gente? No.

¿Es usted cruel? No.

¿Tiene muchos amigos? Sí.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Ninguna en especial.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No.

¿Es usted una persona sincera? Sí.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leyendo y escribiendo.

¿Qué le da más miedo? El sufrimiento, no el dolor, porque el dolor es inevitable, pero el sufrimiento, no.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Cada día me escandalizo por algo, la explotación, la ignorancia, la estupidez…

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Fui periodista y profesor.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? No.

¿Sabe cocinar? No.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A mi abuela.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Amor.

¿Y la más peligrosa? Guerra.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Sí.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? De izquierda.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Alguien que pudiera leer y escribir sin pasar las noches en blanco.

¿Cuáles son sus vicios principales? La gula.

¿Y sus virtudes? La conversación.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Ya me pasaron, y lo cuento en algunos de mis libros. Y, efectivamente, son imágenes propias del esquema cásico. En los momentos de agonía, cuando estás al borde de la muerte, o ya cruzaste de forma no irreversible esa línea clínica, te pasa por la cabeza la vida pero no aún su explicación definitiva, como si alguien te dijera al oído que solo “al final de la vida toda ya sabrás por qué se muere”.

T. M.

miércoles, 25 de febrero de 2026

Un artículo sobre el restaurante Corsario


Esta semana aparecía, en la sección de "Viajes" del diario La Razón, este artículo mío, en mi faceta de viajero hotelero-gastronómico, titulado "Corsario Madrid o la penumbra como forma de excelencia".