lunes, 16 de febrero de 2026

Los últimos nazis: los mercenarios de la Guerra Fría

Parece mentira, pero pese a las mil y una novedades bibliográficas que aparecen cada año en torno a la Segunda Guerra Mundial y sus secuelas, todavía hay asuntos que han quedado desatendidos. «Fugitivos. La historia de los mercenarios nazis durante la Guerra Fría» (traducción de Raquel Marqués)de Danny Orbach, aborda precisamente una de las zonas más incómodas y menos resueltas de la historia contemporánea: qué ocurrió con los hombres que habían servido al Tercer Reich cuando ese régimen colapsó, y cómo sus capacidades, sus crímenes y sus fantasías sobrevivieron y se reciclaron en el nuevo orden mundial surgido tras 1945. No es un relato de persecución y justicia, sino que el libro reconstruye un paisaje mucho más turbio, en el que antiguos nazis no solo escaparon del castigo, sino que se convirtieron en piezas útiles —y a menudo codiciadas— por las grandes potencias de la Guerra Fría.

El punto de partida es conocido pero raramente explorado con esta profundidad: tras la rendición alemana, millones de personas que habían trabajado para la maquinaria militar, administrativa y represiva del Reich quedaron suspendidas en un limbo político y moral. Algunos fueron juzgados, otros huyeron, pero muchos encontraron una nueva forma de supervivencia: vender lo único que aún poseían valor estratégico, su experiencia en inteligencia, contrainsurgencia, represión y guerra clandestina. En un mundo que se reorganizaba a toda velocidad en torno al enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética, esas habilidades adquirieron una relevancia inesperada.

Así las cosas, Orbach demuestra que la desnazificación fue, en gran medida, una promesa incumplida. Los juicios de Núremberg castigaron a un número reducido de líderes visibles, pero pronto quedó claro que depurar de forma sistemática a Alemania Occidental habría supuesto un coste político y administrativo insoportable. En ningún ámbito fue esto más evidente que en los servicios de inteligencia. Allí, antiguos agentes nazis fueron considerados no solo recuperables, sino fiables, especialmente en la lucha contra el comunismo. En este sentido, cabe decir que el anticomunismo funcionó como una coartada moral y política que permitió reciclar biografías profundamente comprometidas.

El caso del general Reinhard Gehlen, eje de la primera parte del libro, encarna esta lógica con una claridad inquietante. Jefe de la inteligencia militar alemana en el Frente Oriental, Gehlen no fue un ideólogo nazi ferviente, pero sí un engranaje esencial del sistema que facilitó el genocidio y la guerra de exterminio contra la Unión Soviética. Su mérito no residía en la adhesión doctrinal, sino en la comprensión temprana de que el Reich estaba condenado y de que el futuro pasaría por explotar la inevitable ruptura entre los antiguos aliados. El episodio del “Prado de las Miserias”, donde Gehlen escondió sus archivos sobre el Ejército Rojo mientras Berlín se derrumbaba, condensa la combinación de cinismo, ambición personal y capacidad de adaptación que define a muchos de los protagonistas de «Fugitivos». Gehlen no buscaba salvar el nazismo, sino salvarse a sí mismo y preservar su poder, y su apuesta fue ofrecer a los estadounidenses lo que más necesitaban en el nuevo contexto: información sobre el enemigo soviético.

Una red de espionaje

Orbach muestra cómo esa apuesta, inicialmente arriesgada, acabó siendo extraordinariamente rentable. A pesar de la desconfianza inicial y de la humillación de los primeros interrogatorios, Gehlen logró reconstruir su red bajo supervisión estadounidense y sentar las bases de lo que acabaría convirtiéndose en el servicio secreto de la República Federal Alemana. El precio de esa colaboración fue alto: la integración de numerosos antiguos agentes nazis, algunos criminales de guerra, otros oportunistas, otros directamente infiltrados por Moscú. De esta manera, el libro va exponiendo que el uso sistemático de antiguos nazis como mercenarios de la inteligencia no solo planteó un problema moral, sino que resultó estratégicamente desastroso. La arrogancia de quienes creyeron que podían instrumentalizar a estos hombres sin ser instrumentalizados a su vez abrió grietas que la Unión Soviética supo explotar con eficacia. Según Orbach, Moscú fue, a la larga, el principal beneficiario de esta política, tanto por la infiltración directa como por el descrédito político que suponía para Alemania Occidental asociarse con criminales del Reich.

Sin embargo, «Fugitivos» va más allá del eje germano-estadounidense, dado que muestra la dimensión verdaderamente global del fenómeno. Desde puertos yugoslavos infestados de contrabandistas hasta casas francas en Damasco, clubes de campo en El Cairo o refugios fascistas en la España de Franco, los mercenarios nazis tejieron una red transnacional de espionaje, tráfico de armas y operaciones encubiertas que servía indistintamente a Washington, Moscú, gobiernos árabes e incluso a Israel. Es decir, contra la imagen simplista del nazi como anticomunista visceral, Orbach documenta múltiples casos de antiguos miembros del Reich que colaboraron con la Unión Soviética o con sus Estados satélites, ya fuera por oportunismo, resentimiento hacia Occidente o por afinidad con el antiamericanismo y el antisemitismo. Otros se proclamaron «neutralistas» y trataron de jugar a todos los bandos, vendiendo información a quien pagara mejor y cambiando de lealtades con una facilidad pasmosa.

El libro identifica aquí un segundo gran tema: el poder de la ilusión y del autoengaño. Por un lado, el de los propios mercenarios nazis, que se convencieron de ser una fuerza autónoma capaz de manipular a superpotencias enfrentadas. Por otro, el de los Estados y servicios de inteligencia que exageraron sistemáticamente la influencia real de estos individuos, precisamente por el peso simbólico y traumático de la palabra “nazi” en el imaginario de la posguerra. En muchos casos, no fueron tanto las acciones de estos mercenarios como las reacciones desmedidas que provocaron las que acabaron influyendo en el curso de la Guerra Fría. 

Un mundo fragmentado

Este patrón se observa con especial claridad en Oriente Próximo. El temor, amplificado por la memoria del Holocausto, a que científicos y traficantes de armas alemanes fortalecieran a los enemigos de Israel llevó al Mosad a lanzar campañas encubiertas de intimidación y terror que desencadenaron crisis diplomáticas graves con Alemania Occidental. Orbach no minimiza la amenaza percibida, pero muestra cómo el miedo y la sobrerreacción acabaron perjudicando intereses estratégicos fundamentales.

Un tercer eje del libro es la disfunción estructural de los servicios de inteligencia durante la Guerra Fría. Orbach describe un mundo fragmentado, compartimentado, lleno de rivalidades internas y carente de una coordinación política clara. En ese contexto, las operaciones encubiertas, además de complementar la política exterior, en muchos casos la sustituyeron y empujaron a Estados a decisiones que sus propios gobiernos no habrían tomado de forma racional.

El retrato que emerge de figuras como Klaus Barbie o Wilhelm Höttl es especialmente perturbador. No se trata solo de criminales que escaparon a la justicia, sino de individuos que aprendieron a capitalizar su pasado, a presentarse como indispensables y a moverse con soltura entre servicios rivales. Höttl, traficante de información al servicio de prácticamente todos los bandos, encarna el extremo cínico del mercenario: alguien para quien la ideología es irrelevante y la guerra una oportunidad de negocio.

La investigación de Orbach se apoya en una base documental impresionante, que incluye archivos desclasificados del Mossad, la CIA y los servicios de inteligencia alemanes, además de entrevistas con protagonistas directos. El autor es cuidadoso al señalar las limitaciones de las fuentes, la persistencia de archivos cerrados y el carácter a menudo engañoso de los testimonios disponibles. Esa prudencia metodológica refuerza la credibilidad de un relato que, por su propia naturaleza, se mueve en terrenos resbaladizos. En última instancia, «Fugitivos» es una investigación histórica que también puede servir como reflexión sobre la herencia moral de la Guerra Fría. Muestra cómo la lógica de la emergencia permanente, del enemigo absoluto y de la utilidad estratégica erosionó principios que supuestamente distinguían a las democracias de aquello que decían combatir. En resumidas cuentas, la colaboración con mercenarios nazis no fue un accidente ni una excepción puntual, sino una consecuencia estructural de un mundo organizado en torno al miedo y la confrontación.

El título del libro es preciso por cuanto estos hombres fueron fugitivos de la justicia, pero también del sentido de responsabilidad histórica. Supieron adaptarse a un nuevo orden sin rendir cuentas por el anterior, y lo hicieron porque otros estaban dispuestos a mirar hacia otro lado. Orbach deja claro que, tras la derrota militar del nazismo, muchas de sus prácticas, redes y mentalidades no solo sobrevivieron, sino que se integraron en el corazón mismo del orden internacional de la posguerra. Esa es, quizá, la lección más incómoda de todas que proyecta el libro y que sigue haciendo que este tema en torno al ámbito nacionalsocialista aún depare sorpresas o, cuando menos, estudios novedosos.

Publicado en La Razón, 28-I-2026

domingo, 15 de febrero de 2026

Entrevista capotiana a Silvia Rins

 

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Silvia Rins.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? El lugar que ahora mismo habito y me habita.

¿Prefiere los animales a la gente? Con frecuencia. Siempre había respetado a los animales, pero los subestimaba. Tener un loro y ser madrina de unos cuantos gatos me ha convencido de que a menudo nos superan en lo que solemos denominar erróneamente humanidad.

¿Es usted cruel? No soy cruel. Alguna vez he respondido inconscientemente a la crueldad con la misma moneda. No me siento orgullosa en absoluto.

¿Tiene muchos amigos? Quiero creerlo. Así lo siento.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Sinceridad, complicidad y respeto. La amistad es una forma de amor como dijo Borges.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No. En algunas pocas ocasiones, más que decepcionarme, me puede costar entender que desaparezcan sin dejar rastro.

¿Es usted una persona sincera? Cuando escribo intento coger la verdad por los cuernos. Cuando hablo evito contar trolas, aunque domino el arte de mentir por omisión, como mecanismo de autodefensa o para mitigar daños colaterales.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leyendo, escribiendo, paseando, conversando, viendo buenas películas y series, escuchando música, durmiendo. Remoloneando, dejando vagar la imaginación. Soy solitaria, pero adoro la buena compañía. Me gusta escoger con quien compartir mi tiempo.

¿Qué le da más miedo? Sentir en mis carnes el sinsentido de la vida. Mucho más que una película gore.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Que el poder esté en manos de unos pocos psicópatas, cuyas ambiciones y paranoias predeterminarán el futuro de millones de personas. Y el del planeta.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Podría no expresarme a través de la escritura, pero una existencia no creativa sin curiosidad e imaginación, me resulta inconcebible. Ahora mismo estoy muy interesada en la neurociencia y la psicología: escudriñar las mentes de los demás, como quien lee haikus indescifrables o novelas de intriga.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Los paseos por la montaña. La natación. El baile sin reglas.

¿Sabe cocinar? Cocino platos muy básicos para mi subsistencia. Lo más sofisticado que hago es pollo o codillo al horno con verduras. Le he pillado el tranquillo.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Me interesan esas personas que en la madurez dan un giro a su existencia, se ven en el reflejo de sus abismos, y son capaces de empezar de nuevo. De vivir varias vidas. Me decantaría por alguien anónimo, y buscaría las razones y el lenguaje para hacerlo “inolvidable”.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Todas las palabras pueden albergar esperanza en el momento adecuado. El corazón de las palabras reside en su tono. Amabilidad. Kindness. Bienveillance.

¿Y la más peligrosa? Cualquiera que use alguien peligroso.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Cuando era adolescente llegué a desear mal a algunos de mis compañeros de clase, harta de su actitud borde. Imaginaba para ellos fatídicos destinos, pero sin ensuciarme las manos. Desde entonces, nada. Aunque últimamente me pregunto si estaría justificado que un deus ex machina borrara del mapa a ciertos elementos para ahorrar sufrimiento a la humanidad.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Huyendo de la falsa dicotomía entre izquierda y derecha actuales, querría que se hiciera una política colaborativa y constructiva que tuviera como objetivo el bienestar de la sociedad en general. Blindar los mínimos para una vida digna y los derechos básicos, promover una clase media numerosa y fuerte, y permitir que cada individuo viva su existencia en libertad, desarrollándose según sus capacidades y deseos, en armonía consigo mismo y con los demás. Los políticos deberían ser referentes en sus campos de conocimiento, y ofrecer su experiencia durante un tiempo limitado a su país, sin prebendas ni aforamientos.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Quizá un gato. O una silla de montar (esto me lo ha dictado el subconsciente y no sé a qué viene, pero lo voy a dejar porque no quiero que se enfade conmigo y luego haya represalias).

¿Cuáles son sus vicios principales? La pereza y la lujuria. Ah, que eso son pecados, no vicios. No fumo ni bebo ni codicio bienes ajenos. Confieso que desde niña me mordisqueo las uñas. Ese sí es un vicio con trayectoria. Y a veces me disperso. Me busco y no me encuentro porque ya me he ido.

¿Y sus virtudes? Soy tranquila y perseverante. Simpática y alegre. Reflexiva y sensible. Anticompetitiva: solo me reto a mí misma. Así que me resulta más fácil rozar la felicidad que otros seres humanos. Mi buena intuición llega a compensar otras carencias importantes.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Un túnel con una luz al fondo. Salir por él volando a toda velocidad y lo más lejos posible. Reencarnarme otra vez, no.

T. M.

sábado, 14 de febrero de 2026

Un artículo sobre el hotel Vincci Mae


Esta semana aparecía, en la sección de "Viajes" del diario La Razón, este artículo mío, en mi faceta de viajero hotelero-gastronómico, titulado "Vincci Mae: calidad hotelera excelsa con acento cinematográfico".

viernes, 13 de febrero de 2026

Entrevista capotiana a Miriam Conde

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Miriam Conde.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Si tuviera que encerrarme para siempre en un solo lugar, elegiría sin dudar mi casa del pueblo, rodeada de campos y pinares. Allí no corre el tiempo, se sienta conmigo en el porche mientras miro cómo se alarga la sombra de los árboles. Y, si no pudiera salir, siempre podría viajar a otro siglo con un libro o con la novela que aún no he escrito.

¿Prefiere los animales a la gente? Depende. Creo que los necesito a ambos. A los animales para recordarme la sencillez de estar viva y a la gente para recordarme lo compleja que es esa sencillez.

¿Es usted cruel? No, al menos conscientemente. Me repele la crueldad, no me parece ni siquiera un defecto interesante en la vida real. Otra cosa es en la ficción, donde me veo obligada a hacer sufrir a mis personajes, quizá más de lo que merecen. Pero incluso ahí intento que nunca sea una crueldad gratuita, sino un camino hacia alguna forma de verdad.

¿Tiene muchos amigos? Tengo pocos, pero muy resistentes. La vida se ha encargado de hacer una selección natural que, aunque a veces me ha dolido, me ha dejado a personas con las que puedo estar a gusto. No necesito una multitud, me basta una mesa y unas cuantas sillas ocupadas por gente que sepa reírse de sí misma.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que sean ellos, no los he buscado por sus cualidades, sino que la suerte ha cruzado nuestros caminos. Pero si tuviera que elegir, busco sentido del humor, lealtad tranquila y algo de tolerancia. Me gustan las personas que no dramatizan, que saben escuchar, que no compiten en desgracias ni en éxitos.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Alguna vez, claro, como yo a ellos. Sería injusto exigir perfección a quienes conviven con mis manías y mis cambios de humor. La decepción viene cuando descubres que la confianza era de ida y no de vuelta. Pero con los años he aprendido que muchas decepciones son, en realidad, diferencias de expectativas. Ahora intento cuidar más a los amigos Y, como regla de supervivencia, si alguien no entiende la importancia de un buen libro, probablemente no sea de mi especie.

¿Es usted una persona sincera? Me gusta creer que sí, aunque si lo que yo entiendo por verdad puede hacer daño, prefiero callarme. No me interesa la sinceridad como arma arrojadiza, sino como forma de estar en paz conmigo misma. En la escritura, sin embargo, la sinceridad es innegociable. Puedes inventarlo todo, pero la emoción tiene que ser auténtica.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leer es mi estado natural, leo para aprender, para consolarme, para entender el mundo. También cultivo tomates, principalmente para compartirlos. Y luego están los paseos, a veces por los pinares, a veces por las nubes.

¿Qué le da más miedo? Me asusta la crueldad normalizada, la que se disfraza de sentido del humor, de disciplina o de “es por tu bien”. Me da miedo que dejemos de escandalizarnos ante el dolor ajeno y pasemos página como si fuera una noticia más. A nivel más íntimo, me da miedo no estar a la altura de quienes quiero.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Me escandaliza la falta de empatía disfrazada de virtud. Esa pose de “yo digo lo que pienso y quien se ofenda es su problema” me parece de una pobreza moral enorme. También me escandaliza la intolerancia, el no ser capaz de ponerte en los zapatos del otro.

Si no hubiera decidido ser escritora, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Mi otro yo es ingeniera industrial, que es otra forma de creatividad, aunque mucho más técnica y calculada. Y también me apasiona.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Andar. Mucho. Y, cuando ando, pensar. Resuelvo mejor las tramas paseando que sentada frente a la pantalla. Además, subir cuestas por los alrededores del pueblo equivale a un gimnasio con mejores vistas.

¿Sabe cocinar? Sé cocinar y, lo que es peor, me entusiasma, sobre todo la repostería. Mezclar, amasar, y observar la magia de la fermentación es todo un ejercicio de química y esperanza. Para mí, cocinar es una forma de amor que no necesita muchas palabras, un plato puesto en la mesa dice “he pensado en ti” mejor que muchos discursos. Y mi roscón de Reyes se ha convertido en leyenda, tengo testigos.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Seguramente elegiría a alguna de esas personas anónimas que han sostenido el mundo sin salir nunca en los libros. Esa abuela capaz de mantener una familia unida a base de cocidos y silencios prudentes, o ese maestro de pueblo que prestaba libros a escondidas. Los personajes inolvidables, para mí, llevan mandil, o uniforme de trabajo, o manos manchadas de tierra.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? “Mañana”. Me parece una palabra milagrosa. No es un entusiasmo ingenuo, sino una especie de rendija en la puerta, todavía hay tiempo, todavía puedo cambiar, no está todo dicho. Mañana admite el cansancio, pero no se rinde. Es la palabra que uno se dice en voz baja cuando se mira al espejo en días de derrota, mañana.

¿Y la más peligrosa? “Siempre”. Siempre haces esto, siempre eres así, siempre acaba igual. Es una palabra que fosiliza, que encierra a las personas en una etiqueta sin salida. Cuando alguien te dice siempre, está cerrando una puerta. Prefiero los “a veces”, que dejan espacio para el cambio.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Literalmente, no. Pero como escritora de intriga he ajusticiado sobre el papel a más de uno, lo que es una manera más segura de canalizar la rabia. La literatura es una coartada estupenda, puedes explorar la violencia sin ejercerla, pensar en la venganza sin cometerla. Y además, ningún personaje me ha denunciado todavía.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Prefiero la serenidad al ruido, la reflexión a la consigna. Creo en la justicia social, en el pensamiento crítico, en la igualdad de oportunidades, y me incomodan los discursos que se sostienen sobre la diferencia y el miedo. No milito en ninguna trinchera, pero sí defiendo el conocimiento, la cultura y la responsabilidad de mirar más allá de lo inmediato.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? El gato de mi hermana, sin duda alguna. Con libertad para salir y entrar de la casa y dormitar en el sofá recibiendo mimos.

¿Cuáles son sus vicios principales? Leer hasta horas indecentes, comprar más libros de los que caben en las estanterías, decir “un trocito más de chocolate” cuando sé que no será el último. Y sobre todo, perder la noción del tiempo cuando escribo y dejar a la familia sin cenar porque se me ha atravesado una frase.

¿Y sus virtudes? Supongo que escucho con atención, cocino con cariño y escribo con honestidad. Me esfuerzo por no hacer daño, por dar segundas oportunidades, por admitir que me equivoco. Soy paciente y bastante fiel a las personas que quiero. También tengo una fe casi absurda en que los libros mejoran el mundo, aunque sea milímetro a milímetro. No sé si eso cuenta como virtud, pero a mí me vale.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Creo que vería, en una secuencia algo caótica, a mis hijas de pequeñas, con las manos llenas de pintura y la risa desbordada; la mesa de mis padres, con toda la familia alrededor de una paella de domingo; los pinares al atardecer, con esa luz que todo lo perdona. Y quizá, justo al final, la palabra “mañana”, susurrada como gesto de rebeldía contra lo inevitable.

T. M.

jueves, 12 de febrero de 2026

miércoles, 11 de febrero de 2026

Entrevista capotiana a Gustavo Valle

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Gustavo Valle.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Cualquier playa. En la playa suelen terminar algunos de mis personajes. He vivido temporadas en la playa, me gusta el agua y el horizonte infinito del mar.

¿Prefiere los animales a la gente? Prefiero a la gente junto a los animales. Los animales hacen mejores a los seres humanos. Incluso los animales cascarrabias, como mi gata.

¿Es usted cruel? Me considero inofensivamente cruel en la vida real, y a veces bastante cruel al escribir. En mi última novela lloré por el destino que imaginé para mis personajes infantiles. 

¿Tiene muchos amigos? Puedo decir con seguridad que he tenido muchos amigos. Pero me es difícil decir que tengo muchos amigos. Ocurre que las amistades más intensas son más breves, y las más moderadas más duraderas. 

¿Qué cualidades busca en sus amigos? La buena conversación. Es como dar con un buen libro. Alguien con quien poder hablar horas y compartir ese viaje hacia no se sabe dónde. Un buen amigo es el que ayuda a sorprenderme.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Muchas veces, pero no está mal decepcionarse. Decepcionarse es parte de nuestro sentido trágico. Quienes nunca nos decepcionan son los muertos.

¿Es usted una persona sincera? Uno es sincero según la ocasión; quien diga lo contrario miente. Además, ser sincero a toda hora es asunto de torpes. Para ser cabalmente sincero hay que echar mano del humor. 

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? No tengo mucha dimensión del tiempo libre, a pesar de que tengo mucha conciencia del tiempo. En todo caso me gustaría tener más tiempo para recordar y ejercitar la memoria.

¿Qué le da más miedo? La enfermedad y la perdida de mis seres amados. Y también quedarme sin combustible para escribir. Es decir, sin imaginación.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? El autoritarismo, el ejercicio del poder como instrumento de opresión. Más que escandalizarme, me asquea.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Me hubiese encantado ser músico, como mi mujer y mi hijo. Suelo filtrar esa frustración a través de mis novelas, donde la música siempre está presente.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Corrí durante muchos años hasta que me rompí ambos meniscos. Desde entonces camino, subo y bajo escaleras. Caminar es el deporte de los escritores.

¿Sabe cocinar? Sí, es lo que más me gusta hacer después de escribir. Hay un paralelismo entre ambas actividades: buscar los ingredientes, mezclar sabores y ofrecer eso a un paladar.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Más que un personaje inolvidable, elegiría un personaje olvidable, con la esperanza de hacerlo inolvidable. 

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? La palabra “Y” siempre me ha gustado mucho, es la palabra de la unión y también de la sucesión y la numeración. Es una de las herramientas más importantes de la narrativa. 

¿Y la más peligrosa? Patria se ha convertido en la palabra preferida de la manipulación política. En nombre de ella se siguen cometiendo los peores crímenes.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Nunca me he visto en una situación tan extrema como para desear la muerte física de alguien. Pero hay distintas formas de eliminar al otro, por ejemplo, el ninguneo, que todos ejercemos con impunidad.   

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Antimilitarista, antiautoritario, antipersonalismos, antisalvadores de la patria y antihegemonías. Me tendencia es anti.  

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?  Músico.

¿Cuáles son sus vicios principales? El desorden, mirar estupideces en el celular, la marihuana.   

¿Y sus virtudes? Soy paciente, y ante situaciones complejas sé mantener la calma. Son virtudes que me ha enseñado la literatura, que todo lo enseña.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? No sé qué sería exactamente “esquema clásico”, pero quizás pasarían por mi cabeza las imágenes de cómo salir del aprieto. Mi última imagen sería aferrarme a la vida.

T. M.

martes, 10 de febrero de 2026

La fuerza de las palabras prohibidas

Los artefactos institucionales de la censura, cual Gran Hermano latente en periodos de faltas de libertades de expresión, podían provocar dos cosas: por supuesto que el órgano del poder competente decidiera eliminar alguna palabra, expresión o el libro en su totalidad del autor de turno, o que este escribiera intimidado por la fuerza de sus propias palabras, esto es, que se autocensurara. Camilo José Cela siempre habló de manera despectiva de los censores, quitándoles importancia hasta ningunearlos, aunque los sufriera (aunque, paradójicamente, el gallego trabajó para el régimen franquista en la oficina de censores entre 1941 y 1945 porque, según insinuó, de algo tenía que comer); Blas de Otero transigió y vio cómo sus poemarios eran retocados por manos ajenas y tiquismiquis, en un contexto de poesía social que iría cobrando coraje y atrevimiento. El bilbaíno tendría que publicar algunos libros en Puerto Rico o París; el gallego vería «La colmena» en edición bonaerense en 1951. Hay mil ejemplos.

Muchos escritores que vivieron la España franquista en un momento u otro reflexionaron sobre esta a veces necesaria autocensura para que no sucediera la censura oficial, y cómo eso derivó en estilos y decisiones literarias diferentes: Mercedes Salisachs, J. M. Caballero Bonald, A. Buero Vallejo o Miguel Delibes debieron enfrentarse a ello si querían publicar sin demasiados problemas; algunos de ellos hablaron del inconsciente, el verdadero censor en tiempos de restricciones de lenguaje, e incluso Delibes «mató» al Mario de su famosa obra, según él mismo «receloso de la censura y por motivos estéticos, lo cual mejoró en mucho la novela» (en carta al responsable de la editorial Destino, Josep Vergés).

Es más, según una encuesta de inicios de los años setenta, se demostró que la autocensura artística ya era el primer paso para la acción de la censura estatal, una mandamás con mucha historia: en la España de los Siglos de Oro, activísima, y en la Ilustración francesa que pretendió resumir el conocimiento en una enciclopedia que se atacó desde los poderes. Pero Diderot, viejo zorro, tenía la mejor respuesta para sacarle partido a la situación. Por encargo de la Comunidad de Libreros de París, escribió en 1763 una apasionada «Carta sobre el comercio de libros», en defensa del gremio, en torno a los aspectos más controvertidos del comercio del libro, lo cual se convirtió en una crítica contra la censura del Estado y a favor de la propiedad intelectual, y dijo: «Libro prohibido, libro leído». 

Las camelias de Dumas hijo

Precisamente, es en Francia donde a lo largo de la historia la censura se ha convertido en un instrumento político continuo para desautorizar o, como diríamos hoy, cancelar a sus autores. No en vano, en 1857, la novela de Gustave Flaubert «Madame Bovary» fue acusada de atentar contra la moral por su retrato del adulterio y la sexualidad femenina, lo que provocó que al autor se le llevara a juicio. Estamos hablando del mismo país en que «Gargantúa y Pantagruel», de François Rabelais, sufrió prohibiciones y mutilaciones por lenguaje obsceno desde el siglo XVI, todo lo cual fue reparado en ediciones críticas modernas, que recuperaron los pasajes suprimidos. El mismo país en que, ya en el siglo XX, una novela de Boris Vian publicada bajo seudónimo —el nombre de un escritor negro estadounidense que se inventó, Vernon Sullivan, en 1947—, «Escupiré sobre vuestra tumba»—, fue censurada por su contenido violento y sexual y que le hizo sufrir juicios y la reacción airada de los críticos literarios. Todo esto que apuntamos es a propósito de una novedad de la editorial Cátedra, del narrador y dramaturgo Alexandre Dumas hijo, que no puede ser otra que su célebre novela «La dama de las camelias», que se ofrece en español en su primera versión, publicada en 1848, incorporando los pasajes censurados por el propio autor en reediciones posteriores.

Verdaderamente, la propia vida de Dumas padre e hijo fueron tan densas como su labor literaria: el padre no sólo vivió numerosas relaciones amorosas, sino que en 1839 había reconocido como propio a un hijo ilegítimo, también llamado Alexandre Dumas (París, 1824-Marly-le-Roy, 1895), que se convertiría en el  máximo dramaturgo del Segundo Imperio y miembro de la Academia Francesa, algo que ansió y no logró ser su padre. El hecho de llamarse igual le abriría todas las puertas del ambiente literario parisino y se le recordaría por escribir una de esas obras que la sociedad convierte en un estándar del tema que desarrollan: en su caso el afán amoroso llevado hasta el extremo más sentimental, sufriente e incluso melodramático. Escribió «La dama de las camelias» con sólo veinticuatro años, trasladando al papel una historia que a grandes rasgos había protagonizado él mismo: su atracción por una célebre cortesana de la época, Marie Dupleiss, a la que llamó Marguerite Gautier en su relato, mientras él elegía para su «alter ego» un nombre con sus mismas iniciales: Armand Duval.

La novela sufriría el acicate de la censura tras lanzar acusaciones por indecencia y se prohibió que fuera adaptada al teatro, lo que acabó ocurriendo en 1852, cuatro años después de que la novela viera la luz y se pusieran en tela de juicio sus atrevimientos narrativos, en un París que se debatía entre la renovación artística y el conservadurismo de su rígida moral. Dumas hijo solo desafiaría los prejuicios de la época, aunque su tendencia al moralismo burgués incipiente transformara sus piezas en meras obras de tesis. Le sobreviviría no obstante, y cómo, su única novela. De hecho, Dumas se dedicaría con especial tesón a los escenarios, recreando asuntos considerados escabrosos para la moral de entonces, como el cuestionamiento de la familia, el divorcio o el adulterio. El nuevo drama prestaba atención a la burguesía revolucionaria, a la vez que se profundizaba en los sentimientos esenciales del alma humana, tal como habían apuntado en Rousseau, Diderot y Voltaire. De este modo, el nuevo héroe mundano vive sus emociones sensuales desde el dolor y la desgracia, considerando el enamoramiento poco menos que una enfermedad.

Contra la hipocresía social

El propio Dumas, que había pasado por una borrascosa juventud tras abandonar su casa familiar a los dieciocho años —era hijo de una esporádica relación entre una modista y el fogoso escritor que, por entonces, intentaba abrirse camino en el mundo del teatro—, haría trizas la hipocresía social imperante desde su misma biografía. Cabe decir, con todo, que pese a los intentos de censurarla, ningún elemento sórdido o vulgar se infiltró en la narración —el protagonista se justificaba así al final del relato: «No soy el apóstol del vicio, pero me haré eco de la desgracia noble siempre que la oiga contar»—, e incluso el final, con arrepentimientos moralizantes incluidos, es puramente romántico y pasional. Las polémicas, sin embargo, no harían más que fortalecer la importancia de Dumas hijo, que se aliaría con su padre para la construcción del Théâtre Historique. Era un tiempo aquel en que circulaba el «Diario. Memorias de la vida literaria (1851-1870)», de los hermanos Goncourt, en tiempos, cómo no, convulsos para Francia, con Luis Napoleón Bonaparte, presidente de la Segunda República Francesa, dando un golpe de Estado para erigirse en Napoleón III. Algo que generaría, como consecuencia directa en este ámbito literario, el exilio de Victor Hugo y un clima de censura perpetrada en contra de los medios de comunicación.

Es más, en 1853, los Goncourt eran procesados por un artículo que quería reflejar el ambiente callejero desde donde vivían hasta la dirección del periódico para el que trabajaban. Una dosis de realismo que atentaba contra la moral pública y las buenas costumbres que propugnaba el poder gubernamental. Se colocaban de este modo, como dirán ellos mismos cuatro años después, en la misma situación que Flaubert, que en efecto también era llevado «a los banquillos de la policía correccional», o que otro de sus amigos, Théophile Gautier, que decía arriesgarse «a cada frase a ser llevado ante los tribunales», o que el Charles Baudelaire del que un poco después aseguraban: «Se defiende obstinadamente, con cierta ira, de haber ultrajado las costumbres en sus versos». Y en efecto, en agosto de 1857, se le había acusado de ofender la moral religiosa por algunos poemas de «Las flores del mal» que no permitieron publicar por su trasfondo lésbico. Ya lo dijo André Schiffrin, que expuso su punto de vista sobre el mundo de las editoriales en «La edición sin editores» y «El control de la palabra», al afirmar que se vive un gran conservadurismo artístico en el que la censura del mercado va en detrimento en última instancia de la creatividad del escritor.

Publicado en La Razón, 10-XII-2025

 


lunes, 9 de febrero de 2026

Entrevista capotiana a María Asunción Mateo

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de María Asunción Mateo.

 

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Ora marítima, mi casa.

¿Prefiere los animales a la gente? Prefiero reunirlos en armonía, la animalidad nos iguala. 

¿Es usted cruel? Rotundamente NO.

¿Tiene muchos amigos? Auténticos, los suficientes.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Bondad, lealtad y comprensión.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? En alguna ocasión todos podemos decepcionar, incluso a nosotros mismos.

¿Es usted una persona sincera? Siempre que la ocasión lo merezca.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Escribiendo.

¿Qué le da más miedo? Tenerlo.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? El abuso, la violencia, la pobreza, la indiferencia ante el dolor ajeno.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Aprender a escribir.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí, la gimnasia de toda la vida: pesas, sentadillas, estiramientos…

¿Sabe cocinar? Claro, soy de la época en que si no cocinabas no eras una mujer completa.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Si se refiere a alguien real, a Rafael Alberti. A nivel literario, al mismo.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Amor.

¿Y la más peligrosa? Guerra.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? De momento, no.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Pertenezco a la izquierda civilizada.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Más inteligente, más solidaria.

¿Cuáles son sus vicios principales? Creo que no tengo, al menos no soy consciente.

¿Y sus virtudes? Capacidad de trabajo y lealtad extrema.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Los momentos felices vividos y el deseo de que las sirenas me rescataran.

T. M.

domingo, 8 de febrero de 2026

Sobre mi poemario "Sin" en la revista "Qué Leer"

 


He tenido el inmenso privilegio de que, en este número de febrero de la revista Qué Leer, en su sección "Partes de Guerra", la escritora Gabriela Guerra Rey haya dedicado su espacio, su inteligencia, su sensibilidad y su tiempo para hablar de Sin, un libro de poesía que publiqué en 2010 y que está atravesado por lo mismo que la autora explora en esas páginas mensuales: la manifestación literaria del dolor.

viernes, 6 de febrero de 2026

Entrevista capotiana a Miguel Garrido de Vega

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Miguel Garrido de Vega.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Japón. O Galicia. O mi biblioteca.

¿Prefiere los animales a la gente? Los animales me recuerdan el misterio más primigenio de la vida. No somos mejores que una hormiga o un gato. Pero solo con las personas se puede argumentar, disentir y construir. Cada uno tiene lo suyo, supongo. Eso sí: mi perro es sagrado.

¿Es usted cruel? Me dicen que no. Pero cuando escribo, lo intento con ganas.

¿Tiene muchos amigos? Tengo los mejores, estoy seguro.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Cada vez me convenzo más de que hace falta un «núcleo común» con la otra persona. Al margen de carnés y superficialidades, compartir un nivel parecido de empatía y humor, de calma, de ganas de diálogo y aprecio de la cultura. Respetar, admirar al otro. Y la lealtad, siempre la lealtad.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No. Ya digo: son los mejores.

¿Es usted una persona sincera? Soy escritor.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Con las historias que leo, veo y me cuentan. Trasteando con mis pobres plantas. Pensando haikus mientras paseo a mi perro Gazpacho. Y con mi familia.

¿Qué le da más miedo? Las agujas del reloj.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Constatar que hay seres —¿humanos?— a quienes no les importa lo más mínimo dejar un reguero de cadáveres, literales y figurados, para conseguir sus objetivos.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Trabajar con las manos y la madera, con la tierra. Pasar el máximo tiempo alejado de pantallas y teclados. Y lo más cerca posible del mar, los bosques y la montaña.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Artes marciales; me ayudan a mantenerme centrado, porque si en lo físico no hay un componente mental, me cuesta… aunque lo que de verdad querría volver a hacer es jugar al baloncesto.

¿Sabe cocinar? Por suerte, Internet está llena de recetas con muy buenas instrucciones paso a paso.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? En abstracto, me fascinan figuras como Fernando Pessoa, Franz Kafka, Georges Perec o Leonora Carrington. Pero, si pensara en escribir un artículo así, creo que antes hablaría de personas con una importancia decisiva en mi trayecto vital —como mi maestro, JJ Muñoz-Rengel—, o a las que admiro por motivos más dolorosos, como mi bisabuelo, el médico Rafael de Vega Barrera, fusilado en 1936. Y, de entre todas ellas, elegiría a mi madre: artista, lectora y cinéfila insaciable, con un enorme mundo interior. Por lo pronto que se fue y, sobre todo, por la huella que me dejó.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? En gallego las tenemos preciosas —agarimo, ronsel, paseniño…—. Y siempre me ha maravillado la palabra «utopía».

¿Y la más peligrosa? No creo que haya palabras peligrosas per se. Peligrosos son quienes las utilizan como armas.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? ¿Está encendida la grabadora?

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Me interesa la defensa de lo que nos une como sociedad: la justicia, la cultura, la igualdad de oportunidades, la libertad de pensamiento. La mano tendida, no el puño que golpea. Y me preocupan el avance del autoritarismo, la sustitución del diálogo por el dogma, la lógica de mercado como máxima única y el creciente discurso del odio.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un búho. O una lechuza. Incluso me conformaría con una urraca o un mirlo.

¿Cuáles son sus vicios principales? El «sobrepensamiento»; un amigo siempre me dice que no paro de hacerme trampas al solitario. Estoy dejándolo poco a poco, prometido. También debería dormir más. Y comer mejor. 

¿Y sus virtudes? La fuerza de voluntad, como cantaba Rosendo.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Los ojos de mi hijo.

T. M.