sábado, 23 de octubre de 2021

Entrevista capotiana a Manuel Saiz

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Manuel Saiz.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? La casa en la que vivo ha sido provista de todo lo necesario para que yo pueda vivir sin salir de ella. Si el ámbito de confinamiento al que se refiere el lugar de la pregunta fuera una ciudad, no necesitaría salir nunca de Tokio.

¿Prefiere los animales a la gente? La gente son –somos– animales y ese trato con la gente y conmigo mismo ya satisface convenientemente mis necesidades de animalidad.

¿Es usted cruel? Lo he sido ocasionalmente, pero sólo tras haberme administrado a mí mismo la misma disciplina.

¿Tiene muchos amigos? Las tres palabras de la pregunta son imprecisas… ¿tengo, o me tienen muchos amigos?, ¿muchos con respecto a qué?, ¿amigos de Facebook, del bar, de largo recorrido o de fuegos artificiales? Hecha esta salvedad, tengo muchos amigos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? En cualquier persona valoro la generosidad, porque implica todas las cualidades que me emocionan en los demás: la humildad, la entrega, la inteligencia… Los generosos reparten ideas porque tienen muchas y, cuantas más regalan, más generan.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Considero amigos a todas las personas que me encuentro hasta que demuestran que no lo son. Algunos lo demuestran de inmediato, otros tardan un tiempo. Son amigos aquellos a los que invito una y otra vez a que me decepcionen, pero nunca aceptan la invitación.

¿Es usted una persona sincera? Soy sincero, y quiero creer que hago el máximo esfuerzo posible para asegurar la sinceridad de esta afirmación, es decir, por no engañarme a mí mismo.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? El concepto de tiempo libre, y el de tiempo ocupado, pertenecen a una forma de relacionarse con el mundo que desconozco.

¿Qué le da más miedo? La muerte es lo único que da miedo. El miedo a la muerte adopta formas varias y se presenta en varios aromas, pero yo prefiero los sabores originales.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Hay acontecimientos que me irritan y actitudes que me entristecen, situaciones que me asustan, pero no tengo registrado nada que me escandalice.  

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? O bien no he decidido ser escritor –es decir, nada se decide– o bien he decidido ser escritor después de decidir ser otras muchas cosas: pintor, escultor, director de cine... De hecho, no estoy seguro de ser escritor, de haberlo decidido, por más que escriba.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Todos los habituales no reglados, es decir, nada deportivo. La labor en el jardín, el paseo hasta Correos, el transporte de todos los bártulos que dependen de uno…

¿Sabe cocinar? Todo el mundo sabe cocinar. La calidad de los platos que hace cada uno depende del tiempo y esfuerzo que se dedique a la cocina, a cada plato en concreto y también a la cocina a lo largo de la vida. Yo paso en la cocina una parte significativa de mi tiempo.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Escribo a menudo sobre los ángeles de la guarda que me acompañan en mis decisiones cotidianas de arte, de literatura, de ética o de política. Elegiría a uno de ellos para el artículo, Ludwig Wittgenstein o Wystan Hugh Auden, por ejemplo.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? “Benigno”, como dice el personaje que encarna Woody Allen en Deconstructing Harry, refiriéndose a un tumor.

¿Y la más peligrosa? “Libertad”, en cualquier idioma y en muchos de los usos de la palabra “peligrosa”.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Vagamente, me he entretenido en ocasiones imaginando esa posibilidad, como un pasatiempo. No muy a menudo, y hace ya tiempo que no me ocurre.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? La de los no alineados, la del sentido común, la que recibe ataques por todos los flancos.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? No me gustaría ser uno al que le gustaría ser otra cosa de lo que es.

¿Cuáles son sus vicios principales? Encuentro que es un vicio molesto que se apodera de mí a menudo, del que sería agradable corregirse, el responder explícitamente cada vez que siento que me toman por tonto.

¿Y sus virtudes? La determinación a tomar las cosas como vienen.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Es mucho imaginar, pero imagino que imágenes de personas muertas a las que he querido.

T. M.

viernes, 22 de octubre de 2021

Camprodón: música de historia y naturaleza

Con dos mil cincuenta años de historia, Camprodón es un pueblo atractivo por muy diferentes razones: sus edificios medievales, el gran valle donde está ubicado o sus referencias a la vida de su celebridad local, el músico Isaac Albéniz.

Poetas de la talla de Juan Ramón Jiménez o Federico García Lorca le dedicaron escritos; a finales del siglo XIX y hasta su muerte, en 1909, fue uno de los músicos más aclamados en Europa; Barcelona entera le brindó los más altos honores el día de su funeral... Ese hombre tan célebre en su día y al que llamaron, por su precoz genialidad frente a un teclado, “el pequeño Mozart” y “el Liszt español”, Isaac Albéniz, nació en el pueblo gerundense de Camprodón, a unos pocos kilómetros de Francia, en 1860. Hoy, un festival de música anual, dos esculturas y un museo recuerdan al autor de la monumental Iberia en esta localidad enclavada en medio de un valle ideal para gozar de la naturaleza y de todo tipo de deportes al aire libre.

Aunque su nacimiento allí fue casual, pues su padre estaba destinado temporalmente en Camprodón como administrador de aduanas, y a los pocos meses se trasladaron a Barcelona, los Albéniz mantendrán un estrecho vínculo con el pueblo. Da prueba de ello el interés que una nieta del músico ha manifestado por trasladar sus restos allí, los cuales descansan en el cementerio de Montjuich; como símbolo de este deseo, dio al museo una escultura erigida en 1937 que representa lo terrenal y espiritual en la figura fundida de un puma y un ángel. El visitante podrá ver esta obra y objetos personales de Albéniz, más uno de sus pianos, partituras, cuadros familiares, en el museo de la calle St. Roc donde su atenta encargada me habla de la vida legendaria del artista y hasta recita el “Epitafio a Isaac Albéniz” de Lorca, en el momento de regalarme una copia del soneto que escribió el poeta en 1935 y que puede llevarse cada visitante.

Romana, medieval, decimonónica

El Camprodón que vio nacer a Albéniz contaba unos 1.300 habitantes –hoy tiene algo más de 2.000–, y por entonces tenía una situación estratégica, lo que hizo que “fuese históricamente manzana de la discordia en disputas territoriales entre Francia y España, y los ejércitos invasores franceses la ocuparon en varias ocasiones durante los siglos XVII y XVIII”, según explica Walter Aaron Clark en Isaac Albéniz. Retrato de un romántico (2002). El musicólogo, además, aporta un dato curioso de la villa: la fundó, en el año 43 a. C., el cuestor (magistrado) romano Rotundo, quien dio nombre al topónimo Campus Rotundus (“campo redondo”), lo que derivó popularmente en “Camprodón”.

Andar por sus calles es hacerlo por la Edad Media: frente al museo, sobre el río Ter, se encuentra la imagen paradigmática del lugar, el Pont Nou, un gran puente construido en el siglo XII y que cada Navidad se adorna con cientos de bombillas que, en medio de la oscuridad de la noche, ofrecen su silueta tenuemente iluminada. A pocos pasos de allí, al tomar la calle Valencia, llena de tiendas, se llega a la Plaza de Santa María, en cuya enorme iglesia fue bautizado Albéniz, y al lado, al monasterio románico de San Pedro, que hizo construir el conde Guifré de Besalú en tempestuosos tiempos por luchas de poder entre los hijos de Guifré el Peloso.

Ya en el siglo XIX, Camprodón empezó a ser foco de interés por parte de la burguesía barcelonesa, que lo eligió como lugar de veraneo, sobre todo en dos grandes avenidas, la Font Nova y el Paseo Maristany, convertido en un mar de hojas entre árboles si uno tiene el placer de pasear por allí en otoño o invierno. Desde estos dos sitios de las afueras, puede encaminarse el excursionista hacia las montañas, con la opción de elegir multitud de rutas –para todas las edades– que proporciona la oficina de turismo, junto al edificio gótico Casa de la Villa.

Hospedarse con la historia

En su visita a la tierra que vio nacer a Albéniz, el viajero podrá dormir y comer en uno de los hoteles más bellos y con más historia de España: el Hotel de Camprodon, en la plaza Robert, y además por un precio asequible. Sus grandes habitaciones aún conservan la majestuosidad de antaño, y algunas cuentan con terrazas que dan al río y a una piscina exterior. En la planta baja, está situado el elegante comedor, y desde el vestíbulo se pasa a una pequeña sala con piano y a un salón que es la quintaesencia del confort y la distinción: la chimenea, la barra de bar, las obras de arte, el mobiliario y hasta su piso superior de madera, invitan a permanecer allí horas y horas.

Todo comenzó con un boleto de la lotería nacional, me cuenta el director del hotel desde 1985, Joan Costejà: a Alfons Rigat, propietario de una fonda, le tocaron 30.000 pesetas en 1914, y entonces llevó a cabo su idea de construir “el mejor hotel de Cataluña” ante la creciente demanda turística (Bartomeu Robert, doctor y alcalde de Barcelona, recomendaba las aguas y el aire del pueblo a sus pacientes). Se inauguró en 1916, y por él ha pasado lo más granado de la política y la cultura catalanas, desde el presidente Francesc Macià hasta el escritor Josep Maria de Sagarra y un nieto de Albéniz, el pintor Alfonso Alzamora, distinguido cliente desde hace treinta años.

En 1938, el gobierno republicano expropió el hotel bajo el mando del teniente coronel Jacinto Segovia, “cirujano jefe de la plaza de toros de Madrid”, y lo transformó en hospital militar hasta el fin de la guerra. Pero con todo, el hotel resistió ese golpe de la historia, y hoy su esplendor es el reflejo de un pasado tan trepidante como glamuroso.

jueves, 21 de octubre de 2021

Entrevista capotiana a Cristina Vatra

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Cristina Vatra.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Pues después de haber viajado y vivido fuera, diría que Madrid.

¿Prefiere los animales a la gente? Cuando era mucho más joven, sí. Ahora creo que hay gente extraordinaria ahí fuera y no la cambiaría por ningún animal.

¿Es usted cruel? Quizá podría haberlo sido, pero escogí no serlo.

¿Tiene muchos amigos? A raíz del lanzamiento de mi novela El beso de Thor estoy descubriendo que tengo más de los que me pensaba y es maravilloso.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Sinceridad, sentido del humor, tolerancia, bondad, que me acepten como soy.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? La verdad es que he tenido muy pocas decepciones en el campo de la amistad. Me siento muy afortunada.

¿Es usted una persona sincera? Sí, a veces incluso demasiado.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leyendo, viendo una buena película o una buena serie, escuchando música, bailando, compartiendo tiempo con la gente que quiero, y si es en torno a una mesa con buena comida, mejor que mejor.

¿Qué le da más miedo? El dolor de mis seres queridos.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La hipocresía.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Uf. Me gustan los misterios, llegar hasta el fondo de los asuntos. Si mi cabeza estuviera mejor dotada para los números, creo que me hubiera encantado ser investigadora o médico, ayudar a mejorar algo el mundo y a quienes lo habitan en esos campos.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí. Me gustan especialmente el yoga y la natación.

¿Sabe cocinar? Sí, aunque me gustaría practicar y aprender más.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Si fuera un personaje de ficción escribiría sobre Ayla, la protagonista de la saga Los hijos de la tierra, de J. M. Auel. Intrépida, valiente, curiosa, inocente, fuerte, sincera, habilidosa, salvaje, libre… Leí los libros en mi adolescencia y me dejó una huella muy honda. Si fuera un personaje real, Katherine Hepburn, por ser igual, pero en carne y hueso.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Sueños.

¿Y la más peligrosa? Ignorancia.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Pues en mis años mozos estoy segura de que sí, pero ya no recuerdo a quién.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Me considero más liberal que conservadora.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Por fin he conseguido gustarme tal cual soy. No me gustaría ser otra cosa que yo misma.

¿Cuáles son sus vicios principales? La lectura (como pille un libro que me llame la atención me engancho como si fuera heroína), la soledad (soy madre trabajadora de dos hijos, esposa y amita de mi casa y estoy enganchada a quedarme a solas conmigo misma o con un buen libro), las palomitas recién hechas en el cine y fuera de él, bailar en el baño con la música de la radio a tope.

¿Y sus virtudes? Sensibilidad, creatividad, honestidad, perseverancia, alegría.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Prefiero imaginarme otras cosas.

T. M.

miércoles, 20 de octubre de 2021

La revista "Qué Leer" de este octubre


En la revista Qué Leer de octubre (número 276) me ocupo de la protagonista de la portada, Julia Navarro, a la que he entrevistado; asimismo, me encargo del centenario del nacimiento de  Stanislaw Lem, hago una larga entrevista a Mauricio Wiesenthal, también publico un reportaje sobre Stefan Zweig; y como siempre, preparo una veintena de páginas de recomendaciones de novedades de todos los géneros.

martes, 19 de octubre de 2021

Entrevista capotiana a Men Marías

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Men Marías.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? La redacción de «El mensajero Ruso», una revista literaria publicada en Rusia que fue fundada en 1808. Entraría ahí y no volvería a salir nunca. Esta revista publicó semanalmente, por capítulos, las grandes obras de la literatura rusa: El Idiota, Crimen y Castigo y Los hermanos Karamázov de Dostoyevski; Padres e hijos, de Turguénev, Anna Karenina y Guerra y Paz, de Tolstói o Gentes de la Iglesia, de Leskov. No puedo imaginar lo que sería trabajar allí y estar esperando la llegada del próximo capítulo en el que se revela, por ejemplo, si Raskolnikov entra o no en prisión. No puedo imaginarlo. Solo puedo arder al pensar en ello. Sin lugar a duda, viviría ahí el resto de mi vida. El resto de mis vidas.

¿Prefiere los animales a la gente? Una persona puede ser un león, un caballo o un gato. Pero un caballo solo puede ser un caballo. Un perro no va a dejar de ser un perro. Tú sí puedes convertirte en el gato. Adquirir sus capacidades es una cualidad fascinante del ser humano.

¿Es usted cruel? Mucho. Todo lo que puedo. Ojalá lograra serlo más. ¿Cómo no podría serlo si me dedico a la literatura? Termino «La última paloma», precisamente, con una nota en la que digo que la crueldad, como cualquier forma de dolor, no es necesariamente mala. La rechazamos de manera instintiva porque no la entendemos. El entendimiento es la otra cara de lo útil. Por supuesto, no me refiero a la crueldad entendida como ese ejercicio de exposición de la verdad que prescinde de la empatía. Me refiero a la crueldad como el proceso por el cual nos liberamos de toda esa narrativa mental ridícula, cursi y remilgada que no nos deja vivir y aceptamos de una vez por todas que nuestro dolor es el mismo que el del resto de la humanidad. Que no somos tan especiales y que pretender serlo nos aleja de una vida exitosa. La crueldad es un regalo de la vida que, aplicado sobre uno mismo, nos acerca al éxito de manera inexorable.

¿Tiene muchos amigos? Puedo presumir —y presumo— de estar rodeada de seres que me elevan, me saben llevar, me perdonan, me escuchan, no me escuchan, me dan paz. Es uno de mis mayores tesoros.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? La que busco, en general, en las personas que van a rodearme: bondad. Cada día soy más consciente de la importancia de ser una buena persona, o, al menos, de la importancia de intentar serlo.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Nunca espero nada de las personas o intento no esperarlo. Prefiero vivir siendo muy consciente de que, cada vez que alguien me hace sentir ilusionada, me hace un regalo. Nadie está obligado a los regalos. Si me llega, lo tomo encantada y agradecida. En caso contrario, pienso que nada tenía… y nada tengo.

¿Es usted una persona sincera? No. La sinceridad está sobrevalorada. Sinceridad implica ausencia de fingimiento y, a veces, distorsionar una determinada realidad es la mejor opción. La más inteligente. La más amable. La correcta. No soy partidaria de la mentira, pero tampoco de la verdad que no participa afectivamente de la realidad de otra persona.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? ¡Me reservo esta respuesta para cuando lo tenga!

¿Qué le da más miedo? No poder ser la persona que verdaderamente soy. No saber haces las paces con el entorno que me rodea de forma que podamos existir ambos.

¿Qué le escandaliza, si hay algo que le escandalice? La consideración de los animales como seres de segunda sometidos al ser humano. Me escandaliza y es una de mis luchas.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? En mi caso, ser escritora no es una opción. No tengo más alternativas, a veces por suerte, a veces por desgracia. Sería como estar en contra del sol o a favor de la existencia del vidrio. Hay cosas que, simplemente, son. Con esto hay que tener mucho cuidado, por cierto, ya que, ante la eterna pregunta que se plantea si el escritor nace o se hace, mi respuesta es que nace, pero se tiene que hacer. Igual que alguien con la vocación de la Medicina ha de estudiar para ser médico y no puede pretender pasar a la cirugía en cuanto advierte esa inclinación natural que trae consigo. Yo no puedo ser otra cosa que escritora, y con ser, me refiero a ser, no a ser a medias. Estudié Derecho, soy abogada. Pero ese soy es un soy a medias, lo que no significa nada más que bovarismo, insatisfacción crónica. Soy escritora.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Desde luego, no puedo vivir sin él. Practico boxeo y artes marciales a diario. Más horas de las recomendables, a decir verdad, pero, junto a la literatura, es el único lugar en el que encuentro certeza. Me gusta vivir desde el cuerpo, entender desde el cuerpo. Olvidarme da la mente, vieja mentirosa que todo lo manipula.

¿Sabe cocinar? Sé cocinar y, además, me encanta. A quienes no sé si les gusta tanto es a los que tienen que comérselo. Porque soy boxeadora. Se lo comen.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A cualquier enfermero o enfermera que, durante la pandemia, haya estado jugándose la vida por cuidar a otros. Inolvidables son ellos y espero que no pierdan nunca esa condición. Ese artículo del que habla en el Reader’s Digest debería escribirse.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Kintsugi. En japonés significa «carpintería de oro». Es un arte tradicional para la reparación de la cerámica rota. Lejos de ocultar las grietas, las espolvorean con un barniz de resina y polvo de oro para resaltarlas. Los japoneses insisten en exhibirlas en lugar de ocultarlas porque embellecen el objeto y, a la vez, lo hacen más fuerte. Cada vez que oigo esa palabra pienso en las cicatrices. En las nuestras.

¿Y la más peligrosa? Nafs. Es una palabra árabe que aparece en el Corán que, literalmente, significa «yo». Se traduce de múltiples formas. Yo, aquí, me refiero a la de «ego».

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? La pulsión homicida es innata al ser humano. El asesinato es consustancial a la naturaleza y nosotros somos animales. Claro que alguna vez he querido a matar a alguien, soy un animal.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Cuando en nuestro país exista Política, estará encantada de tenerlas. Hasta entonces seguiré intentando que la puerta de mi casa jamás la cruce una televisión y que determinadas palabras sigan vetadas en mis redes sociales.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Una estatua dentro de un templo religioso, de cualquiera. Para observar. Sería muy feliz si pudiera observar como lo hace una estatua que vive en un templo religioso.

¿Cuáles son sus vicios principales? Los gatos, el tatami y la lectura.

¿Y sus virtudes? Soy una persona leal. Para mí es importante serlo. Siento un profundo respeto por mis principios morales y por los compromisos que adquiero con otros.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Las primeras veces, porque no estaba preparada para ellas. Como si se pudiera estar preparada para la vida, ¿verdad? Los mejores momentos de mi vida han sido aquellos para los que no estaba preparada.

T. M.

lunes, 18 de octubre de 2021

Recomendando un libro de William Saroyan en el programa de radio de Josep Cuní


El pasado viernes 15 recomendé, en Aquí amb Josep Cuní, de la Cadena SER Catalunya, Les aventures d'en Wesley Jackson (editorial Angle), de William Saroyan. Se puede escuchar desde el minuto 18:40. También se puede, pero un minuto solo, en Twitter.

domingo, 17 de octubre de 2021

Entrevista capotiana a Claudia Catalán

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Claudia Catalán.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? El lugar donde crecí, una finca en la costa Barcelonesa.

¿Prefiere los animales a la gente? Sin duda.

¿Es usted cruel? No, pero me temo que puedo serlo cuando me hieren de verdad. Luego me siento fatal.

¿Tiene muchos amigos? Muy pocos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Buen corazón, ganas de reír y poco afán por juzgar a los demás.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Me he llevado muchas decepciones con viejas amistades que ya no lo son. Pero con el tiempo he aprendido que si alguien te decepciona es sólo culpa tuya por echarle encima tus expectativas y pretender que cumpla con el papel que mentalmente le has asignado. Cada día lo veo más claro. Por eso ahora quiero a mis amigos tal y como son. Y  son estupendos.

¿Es usted una persona sincera? Sí.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Al sol y en la naturaleza. Paseando, leyendo, con algún amigo de cuatro patas, escribiendo, pintando, haciendo yoga… lo que sea, pero al aire libre. Cuando entran en la ecuación los amigos de dos patas, las largas charlas, de esas en las que se habla de todo, y acabar bailando, son mis opciones favoritas.

¿Qué le da más miedo? El miedo.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? En los últimos tiempos me repito a menudo que ya me lo creo todo y todo me resulta increíble.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Ser veterinaria o zoóloga.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí, yoga y equitación, además de un mantenimiento en gimnasio.

¿Sabe cocinar? Creo que no, pero me divierto jugando en la cocina a inventarme platos que no le dejo probar a nadie. Por vergüenza, claro.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A un desconocido que me “rescató” en un momento de pánico, tirada en un pequeño aeropuerto. Me enseñó una valiosa lección.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Amor.

¿Y la más peligrosa? Poder.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, matar no. Ganas de partirle la cara a alguien, eso sí.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? El hastío político, en estos momentos. Independientemente de nombres, colores o direcciones.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Creo que me siento demasiado agradecida por la vida que se me ha dado como para cambiarla. Pero ser un águila durante unas horas me encantaría. ¿Eso cuenta?

¿Cuáles son sus vicios principales? En estos momentos el autosabotaje y el chocolate. Estoy luchando por corregirlos, poniendo más empeño en el primero que en el segundo, me temo.

¿Y sus virtudes? Seguirlo intentando. Siempre.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Mis padres. Mi hermana y yo de pequeñas en el jardín. El tacto de un caballo. Pantalones blanco y gorra. Achuchar a mis perros y jugar en la alfombra. Las manos entrelazadas de mis abuelos. La risa de mi abuela. Glicinias. Una pagoda en Kopan recortada contra el cielo. La luna entre los pinos y bailar. Verano, jardín, mi padre arreglando las plantas y yo leyendo al sol. La mirada de mi madre cuando se emociona. Los abrazos de mi padre.

T. M.

sábado, 16 de octubre de 2021

Los años ochenta del sida

 Conocíamos a Rebecca Makkai, natural de Chicago, por su primera novela, “El devorador de libros”, que consiguió en 2011 un éxito comercial notabilísimo y que al año siguiente editó Maeva entre nosotros. Ahora, a aquella aventura entre una bibliotecaria y un niño de diez años y gran lector, en un remoto pueblo de Missouri, que llevaba a un plan por parte del pequeño para escapar del control de su madre y metía a la adulta en un fuerte dilema, le sigue otra historia de estrecho trato humano. “Los optimistas” (traducción de Aurora Echevarría), cuyo título responde a una cita de F. S. Fitzgerald y ha ganado o quedado finalista de premios tan llamativos como el Pulitzer o el National Book Award.

Sin duda, ha emocionado al público y a la crítica especializada cómo Makkai ha recreado lo que genera, sentimental y socialmente, la enfermedad y la muerte, y el modo íntimo en que los afectos o la amistad repercuten en ello. Así las cosas, construye de manera convincente la cotidianidad de la comunidad gay en los años ochenta, cuando ser seropositivo era sinónimo a perder la vida. Y lo hace mediante el joven Yale y su grupo de amigos, los cuales van enfermando por culpa del sida, y de Fiona, que treinta años más tarde, en París, hará lo posible por reencontrase con su hija, que no quiso un día saber nada más de ella, haciendo de la novela una convergencia de dramas en la que, en efecto, impera el optimismo pese a todo.

Publicado en La Razón, 9-X-2021

viernes, 15 de octubre de 2021

Entrevista capotiana a Efraín Rodríguez Santana

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Efraín Rodríguez Santana.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Mi casa en La Habana: mi estudio, mi cuarto, mi patio, el portal, desde el cual entablo las conversaciones más insólitas con mis vecinos y algunos conocidos que pasan por allí.

¿Prefiere los animales a la gente? Prefiero a la gente, a los amigos, ya pocos. En la casa de La Habana vive ahora mismo Fulín, un perrito ya muy viejo que a veces pierde la cabeza, la vista, el olfato y se revuelve contra todo eso girando sobre sí mismo furiosamente. He aprendido a quererlo, lo extraño, converso con él desde la distancia madrileña.

¿Es usted cruel? De niño y de joven creo que me acerqué a formas de crueldad, aunque nunca fui muy consciente de ello. Con los años he llegado a la certeza de que aquella crueldad mía provenía de hechos terribles que marcaron mi primera infancia.

¿Tiene muchos amigos? No creo que se pueda tener muchos amigos. Hay amigos que nacen y otros que mueren. Hay trozos de vida exultantes en los cuales la familiaridad con los amigos es infinitamente flexible. Hay otros momentos de decantación, así que cuando se descubre un nuevo amigo o amiga hay que cuidarlos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que me comprendan, me justifiquen, me crean, me escuchen, me perdonen.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Si no hubiese decepciones compartidas no existiría la amistad.

¿Es usted una persona sincera? La sinceridad a secas es estéril y contenta a los fatuos. La sinceridad se ensucia también, se estremece, a veces es convulsa y trabajosa, porque ser sincero es un compromiso arduo y riesgoso. 

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Ahora mismo me desagrada tener tiempo libre. Cuando caminaba por la 5ta Avenida de Miramar, en La Habana, al atardecer, y de pronto me encontraba absolutamente solo, sentía ese instante como algo inefable.

¿Qué le da más miedo? Tener conciencia del miedo y no poder atajarlo, reducirlo, o sea, explicármelo.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Me escandaliza la banalización de la represión.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? No sé qué es una vida creativa, ni por qué se reduce ese término a escribir. Cuando escribes no llevas una vida creativa. Eres una especie de copista local.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Camino algunos kilómetros casi todos los días.

¿Sabe cocinar? Más o menos algunos platos cubanos.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A Ezequiel Vieta, novelista, dramaturgo, hombre de teatro. De los más raros narradores de los 50-60 en Cuba.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Transparencia.

¿Y la más peligrosa? Traslúcido.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, pero he matado y torturado literariamente.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? No al comunismo, no al fascismo, no al populismo.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Actor.

¿Cuáles son sus vicios principales? Los perdí. Tengo ciertas obsesiones que podrían ser viciosas, aunque no creo que lleguen al rango de vicio.

¿Y sus virtudes? Si yo supiera de mis virtudes no escribiría.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? La de mi padre fusilado y la de mi madre protegiéndome siempre.

T. M.

jueves, 14 de octubre de 2021

Un artículo en "El Viajero" sobre Lérida

 
El pasado día 9 publiqué, en El Viajero del diario El País, un artículo sobre Lérida capital, en la sección "24 horas en...". Toda una serie de recomendaciones para pasar un día y una noche inmejorables allí, como el restaurante Ferreruela o el Parador de Lleida.

miércoles, 13 de octubre de 2021

Entrevista capotiana a Juan de Beatriz

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Juan de Beatriz.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Alguna biblioteca de provincias, un monasterio cartujo perdido por los Alpes o una casa de campo con su trozo de tierra para sembrar tomates. Suficiente.

¿Prefiere los animales a la gente? Por descontado. Aunque debemos reconocer la existencia de gente que es muy animal. Y no conviene confundirse.

¿Es usted cruel? Menos de lo que se merece este perverso estado de cosas material y político. Sin embargo, prefiero la ternura a la crueldad. Hay que romper la cadena de humillación que nos impone el capital introduciendo actos de bondad, empatía, ternura, cuidados... «Sólo los dulces heredarán la tierra», dice la poeta costarricense Mía Gallegos. A pesar de que, por lo pronto, llevan ganando la partida durante siglos los hijos de puta.

¿Tiene muchos amigos? Conocidos, sí, bastantes. Ahora, amigos no tantos. Pero el asunto no es tenerlos, sino saber conservarlos en el tiempo. En cualquier caso, más vale pocos y buenos, que muchos y mal avenidos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Humildad, sencillez, ternura, inteligencia emocional, sinceridad, sentido del humor, capacidad crítica y capacidad para mandarle a uno cariñosamente a la mierda si procediese. Además de la plática amena, del hombro en que llorar o del espacio íntimo y de cuidados, desde aquí agradezco a mis amistades que de vez en cuando me pongan en mi sitio cuando es menester.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Sí, sin duda. Como yo a ellos. No hay amistad sin humana duda, decepción o caída. Esos instantes de conflicto y confrontación resultan cruciales. El conflicto es el estado natural para dar lugar a un nuevo estado de cosas.

¿Es usted una persona sincera? Quizá demasiado. Pero no sincericida, que es muy distinto. El sincericidio es una forma tóxica de hacer daño amparándote en la verdad. Cuando, realmente, las dinámicas sociales requieren un mínimo de piadosa mentira y tolerable hipocresía. La humanidad no está esperando continuamente tu opinión de mierda, que dirían Los Punsetes.  

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leer, ver películas, escuchar música, pasear, nadar, mirar por las ventanas, pensar qué.

¿Qué le da más miedo? Morir viejo y solo, sin nadie cerca a quien verdaderamente ame.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La apología feliz de la ignorancia. La convicción clasista, determinista cuasi, de sentirse superior al otro por motivos de renta, nación o sexo.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Montar a caballo. Sería feliz estudiando y enseñando equitación.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Nado casi todas las semanas. En algún sitio leí que nadar significa volar en un mundo invertido. Nadando me reconcilio con lo humano y con lo divino. En ese momento recuerdo a los primeros homínidos remontando aguas río arriba, a la vez que pienso en la lista de la compra, en qué cenaré, en lo muchísimo que quiero a mi madre. Eso somos: idénticas porciones de espíritu y cotidiano paganismo.   

¿Sabe cocinar? No, pero me defiendo. Hago unas sartenes de patatas fritas, pimientos y huevos que se te saltan las lágrimas. Lo poco que sé me lo enseñaron mi abuela Francisca y mi amigo Cristóbal Domínguez.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Mi abuelo José, el jaraleño, hijo del mondaor. Un poeta anónimo y ágrafo, como Sócrates o Adriano, que decidió escribir su obra literaria labrando y segando la seca tierra murciana.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Palabras son amores, hechos son razones. Adoro el lenguaje, pero la esperanza reside lejos de las promesas. Cerca de las acciones.

¿Y la más peligrosa? Volvemos a los hechos: la inacción, la dejación de funciones, el pasotismo adolescente.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No más veces que la media. Soy un mamífero pacífico.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Estoy del lado del que sufre, del paria y del menesteroso. Frente al individualismo y la privatización, considero que la riqueza nacional debe estar al servicio de lo común. 

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un místico heterodoxo del s. XVI o, como decía antes, un domador de caballos salvajes a la manera de Jenofonte.

¿Cuáles son sus vicios principales? Fumar, escupir y blasfemar que es un modo de rezar a Dios, pero al revés que decía Machado.

¿Y sus virtudes? De haberlas, prefiero que me las señalen los demás.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Instantes aleatorios de éxtasis y quemadura, amigos muy queridos, amigas a las que amé como familia, desnudez y silencio y misterio y el humano aroma de algún cuerpo inolvidable. Mi mano niña dentro de la mano enorme de mi abuelo José, paseando los dos muy temprano por la ribera, yendo a ver la yegua blanca del Rabote, señalándome esa matica de romero, el canto dulce de aquella tórtola, el húmedo olor a hierba recién segada envolviéndolo todo como alegre metáfora del niño que fui. Mi abuela Francisca que canta coplillas mientras hace alfajores para la Pascua o me da de merendar. Mi padre acompañándome al fin del mundo, con tal de no dejarme solo. Mi madre, siemprecerca y siempremadre, sonriéndome y hablándome y regalándome su voz hasta que se apagara todo.  

T. M.