viernes, 22 de mayo de 2026

Entrevista capotiana a Alfons Segarra Medrano

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Alfons Segarra Medrano.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una masía, con campos, visión abierta, olivos y viñas. Espacios amplios. Calidez humana. Lejos de grandes metrópolis. Cerca del mar. En el Baix Empordà o en el Garraf. Con mi familia. Donde el tiempo tiene valor.

¿Prefiere los animales a la gente? Prefiero a la gente, sin dudarlo. Tengo un imán inevitable que atrae a los perros a mi entorno. A todos. O a casi todos. Es algo especial que no he conseguido saber de dónde sale. Pero mi vida está entre la condición humana. Para bien o para mal. Tanto da.

¿Es usted cruel? En absoluto. Les doy mi palabra, que es lo único que tengo.

¿Tiene muchos amigos? Buenos, muy pocos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Empatía, sinceridad, nobleza de carácter, inteligencia y sentido del humor. Que confíen en que yo también desearía tener esas cualidades.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Los buenos, nunca jamás. Son seres humanos. Como yo. Y les ocurren las mismas cosas que me ocurren a mí. No hay que darle muchas vueltas.

¿Es usted una persona sincera? Sí. Algunos opinan que tal vez demasiado.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leer, escribir, estudiar, aprender, actividad al aire libre, deporte, conversaciones con amigos.

¿Qué le da más miedo? La enfermedad y la muerte. Sobre todo la de mis seres más queridos.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La injusticia. La hipocresía. La mentira. La violencia en todas sus formas y matices. Las conductas que especulan con la vida y con la libertad de las personas. El autoritarismo. La explotación. La esclavitud, que sigue existiendo, bajo diferentes máscaras.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Soy médico, investigador y profesor universitario de profesión. Vengo del mundo de la encorsetada literatura científica, de la revisión de artículos por pares donde hay que justificar cada comentario, cada punto y cada coma que escribes en un artículo, refrendarlo y avalarlo por citas previas que den crédito o legitimen de alguna manera aquello que explicas. Mi auténtica vocación es la creatividad, ya sea en la investigación científica, en la pintura o en la narración. No sé si soy escritor. Disfruto explicando historias. La escritura es un medio idóneo para expresar ideas. Pero no solo es eso. También hay un compromiso con el lenguaje. No es solo lo que se explica. También, es cómo se explica. Buscando las palabras y las frases idóneas, tachando y reescribiendo tantas veces como sea necesario hasta que una frase queda escrita cómo pretendías. Aunque a otros no les pueda gustar. Y luego está la ausencia de miedo a tomar partido y a expresar las propias ideas. Aunque queden escritas para siempre en tinta sobre un papel y alguien pueda, algún día, recriminarte un comentario o una idea. Aunque lo que escribes te signifique y en cierta manera exponga tus pensamientos y motivaciones íntimas. Aunque tu estilo y tu sintaxis sean objeto de análisis y crítica. No importa. Escribo porque necesito hacerlo. Disfruto inventando y construyendo las tramas de las historias. Este aspecto es el más atractivo de todos. El proceso de crear personajes sólidos y de crear una historia que sea coherente y que, además, sea el escenario apropiado para expresar un mensaje. La literatura es un territorio donde es posible unir imaginación, creatividad, reflexión, historia, actualidad, filosofía y emoción sin pedir permiso a nadie. Sigo escribiendo, y seguiría siendo médico si no escribiera.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Salgo a correr por la montaña, pero ya sin excesos. La edad no perdona. Lo hago para disfrutar del paisaje.  Fui tenista casi profesional hace muchos, muchos años. Todavía lo practico, pero por placer. Nunca compito. No me gusta competir.  Eso ya pasó. Ahora, cuando entreno al tenis, siempre es con amigos y, ¿para qué voy a enviarles la pelota donde ellos no están?

¿Sabe cocinar? Sí. Me encanta cocinar. Mi familia y mis amigos me consideran un cocinero notable.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Si fuera un  personaje de novela de ficción, tal vez escribiría sobre Jean Valjean. No por ser un personaje perfecto ni idealizado, sino precisamente por su recorrido humano. Pocas figuras literarias muestran con tanta profundidad la capacidad de transformación moral de una persona. Jean Valjean atraviesa la miseria, la humillación, la rabia, el resentimiento, la culpa, el miedo y, finalmente, la redención. Lo inolvidable de él no es solo lo que hace, sino lo que aprende a ser. Su vida plantea preguntas universales sobre la justicia, el perdón, la dignidad y la posibilidad de cambiar incluso después de haber caído. Además, creo que Victor Hugo consigue algo extraordinario: Jean Valjean nunca deja de parecer humano. A veces duda, se equivoca, teme perder lo que ama o regresar a quien fue. Esa lucha interior constante es lo que hace que el personaje siga vivo mucho después de terminar la novela. Los grandes personajes no son los más poderosos ni los más brillantes, sino aquellos cuya experiencia vital permite reconocer algo esencial de la condición humana. En mi opinión, Jean Valjean pertenece a esa categoría. Otro personaje que considero inolvidable y emblemático es Vito Corleone,  no porque comparta sus valores o sus actos —que rechazo completamente—, sino porque es uno de los personajes más complejos y humanos jamás creados. Su mezcla de autoridad, afecto familiar, inteligencia, pragmatismo y oscuridad moral hace que parezca una persona real más que un simple personaje. Los seres humanos memorables en la ficción rara vez son perfectos; suelen estar llenos de contradicciones. Si fuera un personaje inolvidable real, escribiría sobre Nelson Mandela, Martin Luther King, Teresa de Calcuta o Victor Frankl.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Tal vez, la palabra que escogería es: todavía. Porque implica que, incluso después del fracaso, del dolor o de la pérdida, queda margen para comprender, cambiar, reconciliarse o seguir adelante. Y eso lo engloba todo. Es posible que aquí influya, en cierta medida, mi faceta antigua de tenista de competición. Puedes estar perdiendo un partido y estar recibiendo una paliza monumental, pero hasta que tu adversario no gana el último punto, todavía queda alguna posibilidad.

¿Y la más peligrosa? Tal vez sería una palabra tan ingenua como: nosotros. No por su significado simple, ya que es una palabra capaz de crear comunidad y protección, la concibo como 'peligrosa' porque, paralelamente, lleva implícita la palabra 'ellos' y, en este sentido, puede justificar exclusión, fanatismo y violencia cuando deja de reconocer la humanidad, la existencia y los derechos de quienes quedan fuera del concepto definido por el término. 

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Nunca. Absolutamente nunca. Eso no significa que tal vez alguien hubiera merecido que experimentara tal sentimiento.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Me interesan más las personas y las consecuencias humanas de las decisiones políticas que las etiquetas ideológicas. Me preocupan especialmente la justicia social, la dignidad humana, la convivencia, el abuso de poder y la capacidad de las sociedades para construir equilibrio sin perder libertad ni humanidad. Desconfío mucho de los dogmatismos y de las visiones simplistas de la realidad, ligados a siglas políticas o de partidos y no me siento representado por ninguno de los existentes. Rechazo los totalitarismos y los autoritarismos vengan de donde vengan. No tolero el liberalismo despiadado que enfrenta a seres humanos en competencia feroz pero tampoco tolero que el estado y el bien común anulen al individuo como persona libre. Soy plenamente consciente de que el ideal platónico de un gobierno altruista, integrado por justos y sabios, es utópico e inviable. Solo aspiro a que, entre quien sea que gobierne, haya alguien que tenga estas cualidades y las haga valer.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Artista en sentido amplio, historiador o filósofo. Tal vez también psicólogo, pero no profesionalmente hablando. Siempre me ha interesado más comprender el comportamiento humano y las estructuras sociales que juzgarlas desde fuera.

¿Cuáles son sus vicios principales? El principal es la tendencia a intentar preservar libertad del individuo. Probablemente, también, pensar demasiado las cosas y no resignarme fácilmente a las contradicciones ni a las injusticias. Me cuesta aceptar las explicaciones simples sobre las personas, el poder o la realidad. También, la sobreinterpretación. Supongo que escribir nace muchas veces de la incapacidad de dejar de mirar las cosas una vez empiezas a hacerte preguntas sobre ellas.

¿Y sus virtudes? La curiosidad, la empatía, la tolerancia, la constancia de quien persigue conseguir objetivos sin ser brillante en nada, la necesidad de intentar comprender el fondo humano de las cosas, incluso cuando resulta incómodo.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? La pérdida de mis seres queridos.  Creo que me pasarían por la cabeza rostros, no ideas. Al final, todo lo importante de una vida acaba teniendo forma humana. Probablemente recuerdos muy concretos y pequeños: voces, conversaciones, momentos de calma, personas a las que he querido. Creo que, en situaciones límite, el ser humano no piensa en las grandes ideas sino en las personas que le acompañaron y le hicieron sentirse realmente vivo.

T. M.

jueves, 21 de mayo de 2026

Kafka después de Kafka: el nacimiento de una obra en manos de sus traductores

«Kafka obliga a múltiples relecturas. Cuanto más creemos conocerlo, más inaprensible puede resultar». Esta frase de Juan Insua, responsable de las exposiciones del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona «Las ciudades y sus escritores» —la dedicada a la Praga de Kafka fue en 1999—, resulta fundamental para entender la fascinación que representa el autor checo generación tras generación. ¿Por qué el autor tomó tal decisión lingüística y, por lo tanto, generó consecuencias interpretativas específicas en cada lengua?, podría ser lo que cada uno de sus traductores y lectores profundos planteen frente a la obra kafkiana. Uno de los más prestigios, Roberto Calasso, en «K.», expresó que es necesaria la actualización de las traducciones de la obra de Kafka al español y a otras lenguas a fin de pulir los cambios que hiciera el amigo del escritor, Max Brod, y reparar antiguas versiones que no concordaban del todo con el original alemán.

Para Calasso, esta advertencia sobre la traducción es imprescindible, pues asienta parte de sus observaciones en lo semántico. Él mismo centró su atención en «El proceso» y «El castillo», obras que según él «parten de un presupuesto idéntico», esto es, que la elección de la que consta la primera novela y la condena que es la plataforma para la segunda «“casi” no se distinguen», por lo que hay «innumerables conexiones entre los dos libros». De este modo, el tribunal que juzga a Josef K. y la administración del Castillo a la que se ofrece K. «son dos organizaciones adyacentes, que resuenan una en la otra», obligando a ambos protagonistas a una constante espera llena de «extrañeza, desconcierto, estupor». ¿Serían estas las sensaciones de Kafka tras su ruptura con su novia formal Felice Bauer, en un hotel de Berlín en julio de 1914 y que luego inspirarían «el tribunal del hotel» de «El proceso», iniciado al mes siguiente? ¿Qué relación tendría su paso por Zürau, ya enfermo de tuberculosis, en 1917 —cuando, afirma Calasso, encuentra una salida «a las principales potencias que desde siempre le persiguen», es decir, la familia, la oficina y las mujeres— para la elaboración de El castillo? Kafka suele despertar más preguntas que respuestas.

El Kafka reconstruido

Cuando se habla de él, la conversación suele comenzar en Praga y terminar en la angustia. Se evocan castillos inaccesibles, tribunales absurdos, hombres convertidos en insectos y pasillos donde la culpa se desplaza como una corriente de aire helado. Sin embargo, el ensayo «Diez versiones de Kafka» (traducción de Rubén Martín Giráldez), de Maïa Hruska, propone que el verdadero acontecimiento kafkiano no fue la muerte del escritor en 1924, sino el momento en que una serie de traductores, lectores y escritores sintieron la necesidad de trasladar su obra a otras lenguas: «El año 2024 no conmemora una muerte, sino un nacimiento», dice Hruska, que plantea que Kafka no nació realmente como autor universal mientras vivía, sino después de desaparecer. Su entrada en la historia literaria se produjo gracias a quienes lo tradujeron, interpretaron y rescataron del anonimato; es decir, Kafka fue reconstruido, reencendido, multiplicado.

Hruska recuerda que Kafka «murió sin haber conocido ni una pizca de gloria», dejando apenas «un testamento redactado a lápiz y un montón de manuscritos desordenados». Hoy su apellido ha generado incluso un adjetivo universal, «kafkiano», usado hasta el desgaste, pero en 1924 no existía aún el mito. No había biografías, estudios académicos ni fotografías célebres circulando masivamente. Kafka era, en palabras de la autora, «un absoluto don nadie». Hruska apunta que los primeros traductores trabajaron en una especie de territorio virgen, sin aparato crítico ni canon establecido. Traducían a un escritor del que apenas sabían nada. Lo único que tenían ante sí era la obra desnuda.

Especialmente reveladora resulta la cita de Alexandre Vialatte, quien explicaba a André Gide las dificultades de convencer a las editoriales francesas: «Si pronuncio el nombre de Kafka se preguntarán de quién estoy hablando. Si añado que es austriaco, judío y checo, desconfiarán de este forastero, pero si añado que quizá sea el escritor más grande del siglo, me tomarán por un chiflado inofensivo». En todo caso, las primeras traducciones, sostiene la autora, poseen «el encanto disparejo de las primeras veces» en el sentido de que cada traductor inventó parcialmente a su propio Kafka, como hubiese una constelación de Kafkas surgidos de encuentros particulares entre una obra y una sensibilidad.

Así aparecen las parejas esenciales del libro: Kafka-Borges, Kafka-Schulz, Kafka-Vialatte, Kafka-Levi, Kafka-Jesenská (en concreto, Bruno Schulz lo tradujo al polaco antes de ser asesinado por la Gestapo; Milena Jesenská lo vertió al checo antes de ser deportada, y Jorge Luis Borges, al español, antes de quedarse ciego, aparte de Melech Ravitch, que lo trasladó al yidis), pues tales uniones «existen irreversiblemente» y la lectura contemporánea de Kafka está inevitablemente mediada por ellas. La traducción deja de ser simple transmisión lingüística y se convierte en una metamorfosis, dado que cada traductor refleja a Kafka y al mismo tiempo se proyecta en él. Por eso, la autora profundiza en la vida personal de algunos traductores que tuvieron destinos trágicos. Varios atravesaron la Shoah, el exilio, el suicidio o la persecución política, como en los casos de Primo Levi o Paul Celan. Ambos sobrevivieron a los campos nazis y ambos cargaron con la culpa de haber sobrevivido. Hruska sugiere que quizá la traducción les ofrecía una forma de desaparecer dentro de otra voz, de ponerse «al servicio de otro».

Traductores «químicos»

A partir de un momento dado, Kafka dejó de ser únicamente un escritor del absurdo burocrático para convertirse en un espejo anticipatorio del siglo XX europeo. Sus traductores reconocieron en sus textos algo que todavía no tenía nombre, pero que el siglo terminaría revelando con brutalidad: la deshumanización, la persecución administrativa, la culpa colectiva, la fragilidad del individuo frente a sistemas incomprensibles. No obstante, la intención de Hruska no es convertir a todos los traductores en una masa homogénea, porque cada uno produjo un Kafka distinto, condicionado por su lengua, su biografía y su sensibilidad estética. La autora propone incluso esta imagen: una «cuadrícula a lo Mendeléiev» para clasificar las singularidades de cada encuentro. La metáfora científica ordena el caos de afinidades literarias como si cada traductor fuera un elemento químico distinto reaccionando con el mismo núcleo central.

Ese núcleo aparece finalmente simbolizado por el neón. El décimo elemento de la tabla periódica sirve a Hruska como emblema de sus «diez traductores». El neón significa «nuevo» en griego y produce una luz artificial, un resplandor. La idea sería esta: Kafka no nos llega mediante una luz directa y original, sino a través de iluminaciones sucesivas producidas por otros. Los traductores serían así «luciérnagas girando alrededor del mismo núcleo», una metáfora que resume el sentido del ensayo al sugerir que la literatura no es una propiedad privada del autor, sino que una obra vive porque otros la trasladan, la interpretan o la continúan. Kafka, por consiguiente, no pertenece únicamente al alemán de Praga. Pertenece también al francés de Vialatte, al español de Borges, al italiano de Levi y a todas las lenguas que lo hicieron renacer.

Asimismo, cabe interpretar «Diez versiones de Kafka» como un libro sobre la supervivencia cultural por cuanto Hruska muestra cómo una obra aparentemente marginal puede atravesar fronteras históricas gracias a una cadena de lectores apasionados. Y es que la posteridad de Kafka no fue automática: fue construida pacientemente por individuos que apostaron por él cuando todavía era apenas un nombre desconocido en Europa. Kafka y sus traductores forman una red transnacional compuesta por judíos, exiliados, supervivientes, intelectuales desplazados y escritores bilingües, de modo tal que la circulación de Kafka dibuja un mapa alternativo del continente: una Europa de traducciones, pérdidas y desplazamientos, más unida por la literatura que por la política.

La autora describe a los traductores avanzando «en la noche con Kafka como única linterna» y convierte la historia literaria en una escena casi cinematográfica. Y cuando habla de «ese núcleo infranqueable de la noche», retomando a André Breton, sitúa a Kafka en una dimensión casi mística: un centro oscuro que nunca terminamos de descifrar. Kafka escribió en una habitación de Praga. Pero el Kafka que hoy conocemos nació muchas veces después, en oficinas editoriales pequeñas, en habitaciones de exiliados, en mesas de traductores agotados, en ciudades heridas por la guerra. Eso es lo que plantea Hruska: el hecho de que la literatura universal no nace únicamente del genio, sino también de quienes deciden cargarlo a través de la noche.

Publicado en La Razón, 18-V-2026

miércoles, 20 de mayo de 2026

Entrevista capotiana a Raquel Gavilán Párraga

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Raquel Gavilán Párraga.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Un sitio con luz natural y cerca del mar. Y, si puede ser, con una mesa grande donde escribir… o donde acaben merendando mis hijos.

¿Prefiere los animales a la gente? Depende del día. Hay días muy de querer compartir con gente… y días en los que un perrete o gatete me parece una opción bastante mejor.

¿Es usted cruel? No lo creo, ni con los demás ni conmigo misma.

¿Tiene muchos amigos? No, no muchos. Pero sí los suficientes como para sentirme acompañada.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que pueda ser yo sin medir cada palabra. Y que haya buen rollo, incluso en los días raros.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Como todos, a veces sí. Pero yo también decepciono, porque la decepción existe mientras haya expectativa, así que intento mirar eso con cierta calma.

¿Es usted una persona sincera? Sí, aunque he aprendido que no todo tiene que decirse siempre ni de cualquier forma.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Escribiendo, leyendo… o simplemente estando con mi familia sin hacer nada especial. Eso cada vez me parece más valioso.

¿Qué le da más miedo? No estar presente en mi propia vida. Ir demasiado rápido y no enterarme de lo importante.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La falta de empatía, los psicópatas que van por la vida como personas normales, caminan y trabajan entre nosotros, ocupan escaños en el congreso y puestos de responsabilidad en las empresas.

Si no hubiera decidido ser escritora, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Seguramente algo relacionado con acompañar a otras personas. Es algo que siempre me ha salido como algo natural.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí, intento moverme varios días a la semana, aunque hay épocas en las que la vida (y los niños) mandan más que la rutina.

¿Sabe cocinar? Sí, lo básico… y alguna cosa rica cuando tengo tiempo. Pero no voy a engañar a nadie: también tiro de soluciones rápidas más de lo que me gustaría.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A una mujer normal. De esas que sostienen mundos enteros sin pedir reconocimiento.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? “Todavía”.

¿Y la más peligrosa? “Mañana”. Porque a veces es una forma elegante de no hacer nada hoy.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No… pero sí he tenido días de paciencia bastante limitada, sobre todo con el cansancio acumulado.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy apolítica, creo sinceramente que el sistema es una farsa. Me importan las personas y su calidad de vida. Todo lo demás debería ir al servicio de eso.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Alguien un poco más tranquila por dentro. Una seta, por ejemplo, jeje.

¿Cuáles son sus vicios principales? El buen vino y el chocolate negro.

¿Y sus virtudes? La sensibilidad y la capacidad de ver belleza en cosas muy pequeñas y cotidianas.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Momentos muy concretos: mis hijos naciendo de mi cuerpo, un beso que no pudo repetirse, un atardecer en la playa de Torimbia.

T. M.

martes, 19 de mayo de 2026

Incompatibilidades humanas y animales


En los albores de su andadura, la editorial Acantilado recuperaba en el año 2000 una novela de Natalia Ginzburg (Palermo, 1916-Roma, 1991), Querido Miguel, y, muy poco después, moría su traductora Carmen Martín Gaite. Esta siempre reconoció deberle mucho a esta narradora, dramaturga y ensayista italiana, hasta el punto de que la concepción de Nubosidad variable (1992) se explica mejor tras saber que fue escrita coincidiendo con la traducción de Querido Miguel para la editorial Lumen.

Dicha influencia venía ya de lejos, porque Martín Gaite conoció Italia en los años cincuenta, cuando acompañaba a su marido, Rafael Sánchez Ferlosio, a visitar a su familia; desde ese momento, el encuentro con su lengua y literatura, además de con el neorrealismo cinematográfico, marcó la trayectoria narrativa de la autora salmantina, que traduciría otra historia de Ginzburg publicada en 1952, Nuestros ayeres.

En pocos casos se aprecia una deuda literaria de forma más clara. El lenguaje coloquial, los numerosos diálogos, el análisis inocente de insignificancias diarias y el pensamiento femenino más íntimo pueblan las páginas de Caro Michele (1973). De hecho, algunos de estos aspectos aparecen en otros libros de Ginzburg, como en las dos novelas cortas que ahora se han juntado y que tienen el común denominador de ahondar en personajes desgraciados, solitarios, aunque gocen de compañía familiar o estabilidad económica.

Nos estamos refiriendo a Familia y a Burguesía, ambos relatos escritos en 1977 con un muy nítido deseo de economía literaria y profundización psicológica. Es más, leyendo los pasajes más explicativos en torno a los personajes de la primera narración, el lector captará un estilo casi de crónica de hechos, como si cualquier existencia pudiera reducirse a un listado de acciones y errores. Tal cosa sucede cuando se presenta la pareja protagonista, antaño amantes y padres de una niña muerta de bebé.

En Familia que tuvo edición catalana en Ático de los Libros en 2020, conocemos al arquitecto Carmine, inquieto por una desagradable carta que le ha enviado desde Venecia su actual mujer, en la que no confía, e Ivana, una traductora con la que acude al cine con tres niños, entre ellos el hijo del hombre y la hija de la mujer. Y enseguida llega lo esencial: su pasado común, una continua incomodidad que sufren a la hora de relacionarse con otras personas, ya sean amigos o familiares.

Por su parte, Burguesía se abre con un simple apunte anecdótico: «A una mujer que nunca había tenido animales le regalaron un gato», el cual irá complicándose a medida que el personaje principal, Ilaria, viuda de un empresario teatral y mantenida por su cuñado, va acumulando mascotas que tienen un extraño fin y sólo le despiertan tristeza. De este modo, con un tono sobrio y contenido, Ginzburg es capaz de examinar las soledades e incompatibilidades humanas con la precisión de un bisturí, siempre en un clima de confusión ante cualquier cosa que pasa y por donde se filtran episodios de suicidio, infidelidades y demás huidas hacia adelante.

Este trasfondo de desdicha puede sonar desangelado, pero la fuerza de la verosimilitud narrativa en ambas historias consigue atrapar al lector, que se somete a un abanico de sutilezas y crisis anodinas elevadas a trascendentes que alimentan la idea central de Famiglia e Borghesia, como si fuese la continuación del existencialismo que tanta dimensión había tomado a mediados de siglo XX: la absoluta mediocridad del vivir. Eso sí, mucha de esa desdicha aparece en ambos relatos por una falta de voluntad para ser feliz, como en el caso de Carmine e Ivana, dispuestos a discutir a diario en la casa en que convivieron, a emprender proyectos que abandonaban o a no cultivar el bienestar del otro, el amor verdadero al otro.

Publicado en Cultura/s, 16-V-2026

lunes, 18 de mayo de 2026

Entrevista capotiana a Jaime Clara

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Jaime Clara.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Partiendo de la base que es un solo lugar, y jamás saldría de él, elegiría el pequeño apartamento, en San José de Mayo, frente a la Plaza 4 de octubre, en el que me crie de niño. Allí estaban mis afectos, mis amigos, mi familia, la biblioteca de mis padres y -sobre todo- con los aprendizajes de hoy, sería el mejor lugar en el mundo.

¿Prefiere los animales a la gente? Somos seres sociales, con gente primero y animales luego. Así estamos conformados. Aunque muchas veces los animales son más leales que alguna gente.

¿Es usted cruel? Creo que no.

¿Tiene muchos amigos? No me gusta quienes se jactan de tener muchos amigos, ni de los que se jactan de tener pocos. Tengo los que necesarios para no hacer alarde y para saber que estamos cuando nos necesitamos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Lealtad.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Alguna vez sucedió. Por suerte no es frecuente. Trato de dar vuelta la página.

¿Es usted una persona sincera? Intento serlo a cada minuto.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leyendo, caminando, dibujando.

¿Qué le da más miedo? El miedo.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La alta exposición publica.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Soy periodista de radio. La escritura vino después. A los ocho años decidí ser periodista de radio y a esta altura, es tarde para cambiar.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Camino. Así se ordena mejor la cabeza.

¿Sabe cocinar? Intento cocinar, me gusta hacer algunos platos.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? El caricaturista uruguayo Hermenegildo Sábat.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Me encanta la palabra gallega “morriña”.

¿Y la más peligrosa? “Danger”.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, aunque lo hubieran merecido.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Las que de forma honesta trabajen por la justicia.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Desarrollar a tiempo completo alguna de las disciplinas artísticas que practico.

¿Cuáles son sus vicios principales? Comprar libros.

¿Y sus virtudes? Comprar libros.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Dónde está el salvavidas más cercano.

T. M.

domingo, 17 de mayo de 2026

Entrevista televisiva de Óscar López por "Historia de la literatura española contada en una hora” en el programa "El Arpa de Bécquer"


Ayer se emitía la entrevista que me hizo Óscar López, tan atento y afectuoso siempre conmigo y mis libros (inolvidable su entrevista por La letra herida, en enero del 2023), en su programa El Arpa de Bécquer, de Déjate de Historias TV, con motivo de Historia de la literatura española contada en una hora, ya disponible en YouTube. Se puede ver desde el minuto 7 y medio.

viernes, 15 de mayo de 2026

Entrevista capotiana a Luis Villalón

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Luis Villalón.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Si hablamos en términos abstractos y nos olvidamos de las necesidades fisiológicas y afectivas, diría que en una biblioteca. Si no hacemos ninguna abstracción, en casa con mi familia.

¿Prefiere los animales a la gente? En general, sí. Suelo decir un poco en broma que caigo mejor a los animales que a la gente. Eso no quiere decir que prefiera siempre a cualquier animal antes que a cualquier tipo de gente. Además, entiendo lo de “gente” en sentido grupal, no de modo individual. Si fuera así, hay algunas personas a las que prefiero antes que a algunos animales.

¿Es usted cruel? Creo que todos lo somos. No voluntariamente, claro, pero es imposible no serlo de manera inconsciente.

¿Tiene muchos amigos? Tengo justo los que tengo. La cifra no es alta, pero sí valiosa.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que yo sea consciente, ninguna en especial. Inconscientemente, supongo que me gusta que sean buenas personas, sin más.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No. Si los aceptas como son, es difícil que te decepcionen.

¿Es usted una persona sincera? Cuando soy sincero, sí. Cuando no lo soy, también.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leyendo.

¿Qué le da más miedo? Como dijo un actor hace ya unos años, no me da miedo la muerte; me da miedo dejar de vivir.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Pues tendría que pensarlo. La verdad es que hay pocas cosas que me sorprendan (no porque yo sea especialmente listo, sino porque tengo el umbral de la sorpresa bastante bajo) y, por lo tanto, que me escandalicen.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Siempre he dicho que me habría gustado tener un quiosco de libros. Pero si lo pienso mejor, prefiero trabajar en una biblioteca. De pequeño quería ser químico-inventor, todo junto, y cuando fui algo mayor quería ser muchas cosas: aventurero, superhéroe…

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Tengo una bicicleta estática en casa y la usamos como tendedero. Cuando está libre alguna vez le doy a los pedales, pero eso sucede pocas veces.

¿Sabe cocinar? No. Solo soy capaz de echar cosas crudas a la sartén y procurar que no se quemen, y hacer tortillas de patatas que no se parecen ni de lejos a las de mi madre.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Sócrates. O alguna persona anónima que hubiera hecho un gran bien a otra. Si supiera de ella, claro.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Se me ocurre “bondad”.

¿Y la más peligrosa? Pues vamos con su contraria: “maldad”.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Matar no, pero desear que no existiera sí. Matar implica participar activamente del hecho en cuestión, y no recuerdo haber querido nunca hacer eso.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Las que tienen como principio básico y por encima de todo ayudar a los que tienen menos. Eso es como decir que no tengo ninguna tendencia política en especial.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Inmortal. Y mi familia también. Ah, ¿la pregunta era por un animal? Pues un gato.

¿Cuáles son sus vicios principales? No tengo vicios principales, son todos secundarios.

¿Y sus virtudes? Nunca he querido hacer daño deliberadamente a nadie. Y me esfuerzo por tratar de comprender los motivos que pueden llevar a otros a hacerlo. Intento no prejuzgar y usar el sentido común, aunque toda forma de sentido común es en realidad una suma de prejuicios; en cualquier caso, trato de someterlo todo a un análisis y no rendirme ante las primeras impresiones, pero no siempre lo logro. No suelo dejarme llevar por el lado irracional, aunque haya quien no considere eso una virtud.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? ¿Dentro del esquema clásico de imágenes que pasan por la cabeza de quien se está ahogando? No sé qué esquema es ese, aunque a lo mejor es que no he entendido bien la pregunta. En fin, supongo que pensaría en mi familia y en que quizá si llego al fondo puedo rebotar y salir a la superficie.

T. M.

jueves, 14 de mayo de 2026

Un artículo sobre el restaurante Finorri


Esta semana aparecía, en la sección de "Viajes" del diario La Razón, este artículo mío, en mi faceta de viajero hotelero-gastronómico, titulado "Finorri, una nueva casa de cocina catalana contemporánea".

miércoles, 13 de mayo de 2026

Entrevista capotiana a Pedro Cepedal

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Pedro Cepedal.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una mansión victoriana en la campiña escocesa. Con jardín con esculturas desconchadas, estudio-biblioteca, tea room y sala de juegos. Todo bien equipado con las comodidades modernas, por supuesto. En la planta de arriba, en la habitación más pequeña, habría una réplica de mi cuarto de la infancia en Málaga. Ahí me quedaría para siempre.

¿Prefiere los animales a la gente? Prefiero a la gente. La gente prefiere a los animales antes que a mí. Los animales me prefieren antes que a esa gente.

¿Es usted cruel? Sí, me cebo torturándome. Es inevitable que algún resto salpique a quienes se acercan demasiado.

¿Tiene muchos amigos? Sí, tengo dos. Tendría más por pura codicia pero no sé cómo se convierte a los conocidos en amigos. Y seguro que no es barato.  

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que tengan el veneno del juego o de la competición, que es lo mismo. Y que agoten todas sus manos antes de acudir a mí como último recurso.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Sí, por eso siguen en la categoría de amigos. Y por eso son dos. Es un porcentaje estimado de decepciones que puedo administrar.

¿Es usted una persona sincera? Ya he dicho antes que soy cruel.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Jugando a las cartas o a videojuegos, o montando muñecos. Antes leía mucho pero ya no. Como mucho releo pasajes seguros. Y voy con frecuencia al cine a comer palomitas con Maltesers, la cartelera está de pena.

¿Qué le da más miedo? La enfermedad. Que llegue antes de estar listo. No sé para qué, no sé de qué. Y ahora añadiría la disolución del ser. Del humano. Avanza deprisa.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La rendición. La renuncia voluntaria del individuo a serlo. La postración entusiasta ante la máquina.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Lo mismo que siéndolo, nada. Es más, no me considero escritor. Entiendo la poesía como un arte más cercano a la escultura y la música. Y el ensayo como un ejercicio de limpieza del cerebro. Antes me inventaba enormes historias de caballeros y hechiceras. No he escrito ni una frase. Quizá haga un boceto de guion de cómic algún día.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Entreno fuerza cuatro veces a la semana. Primero por salud, y más primero por estética. Y estoy preparando un TSAF, no sé exactamente por qué. Lo que siempre me ha gustado es nadar. En el agua me siento libre como un cocodrilo. Ahora no me baño en piscina ni playa. El porcentaje de grasa corporal no marca el número que me permita hacerlo. Los Maltesers…  

¿Sabe cocinar? No muy bien. Por fortuna para mí, estudios recientes afirman las propiedades de los alimentos crudos. Siempre hay un estudio para un descosido.  

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Respuesta random: Rosalía, acabo de verla en concierto. Respuesta en serio: Rosalía. Ya le he dedicado un ensayo difícil de digerir pero no ha sido suficiente. Sigue removiendo algo en mí a lo que no acabo de llegar.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Luz. En el sentido físico. La luz que capta el ojo. Y añadiría azul. Si hay azul, aún hay luz.

¿Y la más peligrosa? Contenido.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Querría haber querido. Pero la muerte y la enfermedad grave no puedo desearlas para nadie. Por creencia. Por convicción. Por conveniencia.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Creo en la libertad y la dignidad del ser humano como individuo por el hecho de serlo. No me gusta que el aparato del Estado se inmiscuya en esa esfera. Es sagrada y el único imperativo que debe aceptar es  el de no profanar otra semejante. Es un equilibrio delicado pero creo que llegamos a estar cerca en décadas recientes.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? La fotografía de Brad Pitt en Legends of the Fall. Palabra.

¿Cuáles son sus vicios principales? Hago repaso: indecisión, resolución, prodigalidad, vanidad, frivolidad, cinismo, fantasía, orgullo, ubicuidad en sentido inverso… Hay más, pero también soy perezoso.

¿Y sus virtudes? Las mismas que los defectos. Añadiría mi tren superior. Está algo cubierto por el porcentaje graso, pero el volumen va bien.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Me cuesta mucho centrarme en pensar lo que se supone que cada momento requiere. Probablemente me vendría a la mente algún incidente de la carrera de F1 del domingo anterior. Después, ya consciente de la situación, imitaría el hundimiento de DiCaprio congelado. Por último, casi en la inconsciencia, supongo que volverían las imágenes de siempre: el bisturí acercándose a mi ojo, el cadáver amarillo de mi padre, la primera vez que vi la Acrópolis desde la terraza del Electra Metrópolis junto a mi amante.

T. M.

martes, 12 de mayo de 2026

La revista "Qué Leer" de este mayo

 

Ya está disponible en los quioscos el nuevo número de la revista Qué Leer (mayo, núm. 326). En este otro enlace de Zinio se puede adquirir la revista y ver todo el sumario con un extracto de cada una de sus secciones: mi editorial "Alma en las Palabras", "Laureles", "Lletres catalanes", "Hoy" (narrativa, no ficción, poesía), "Protagonista", "Ayer" (efeméride, contemporáneo, clásico), "Cata", "Voz autoral", "Voz editorial", "Imágenes", "Hechos", "Novedades" e "Invenciones. Cien páginas repletas de reseñas, entrevistas, reportajes literarios, columnas de escritor, avances editoriales...