miércoles, 8 de julio de 2026
La revista "Qué Leer" de este julio
martes, 7 de julio de 2026
Entrevista capotiana a Marta Ros
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Marta Ros.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Qué duro elegir. Madrid
es mi ciudad, no solo por el trabajo, sino también porque es donde me siento
cómoda y libre. Pero la idea de no salir nunca de aquí me abruma demasiado.
Elegiría alguna localidad de Cartagena, que es la tierra de mi novia Aida,
porque tiene la mezcla perfecta de naturaleza, costa y ciudad pequeña. Pero
echaría mucho de menos la capital, y también viajar por todo el mundo. No me
gusta atarme a un solo lugar. Quiero visitar tantos como pueda.
¿Prefiere los animales a la gente? Prefiero las personas que tienen rasgos animalescos: el trabajo en equipo
de las leonas, la perseverancia de las hormiguitas, la lealtad de los perros,
la capacidad gatuna de disfrutar de tumbarse al sol... Los animales son más
interesantes de observar. Las personas, de analizar. Y de escribir.
¿Es usted cruel? Solo
con los personajes de mis libros. Los pobres están destinados a sufrir. Es lo
que tiene el conflicto, que es la base de cualquier historia. Y mi género; el
terror.
¿Tiene muchos amigos? Los suficientes.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que sepan hacer balanza entre lo banal y la intensidad en una buena
conversación, que no coman muy rápido y que me enseñen nuevos juegos de mesa.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? No. Creo que no hay que tener las expectativas muy altas en la amistad,
ni tampoco hay que llamar amigo o amiga a cualquiera.
¿Es usted una persona sincera? Sí. En su justa medida, supongo. Aunque eso creemos todos, los honestos y
los mentirosos.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Bailando swing con mi novia, llevando al gato a pasear al parque. Ahora
que empieza el verano y estoy atrapada en el calor de Madrid, me es inevitable
decir en la playa, buceando, o en la piscina, jugando a las cartas. Leo mucho,
veo muchas series y películas, pero eso no lo cuento como tiempo libre porque una
parte de mí siempre está trabajando en esos momentos. ¡Ah! Y en survivals
zombie. Solo he ido a tres o cuatro, pero me flipan. Es una mezcla entre un
pilla pilla para adultos y una scape room a lo bestia. ¡Que se corra la voz!
Cuantos más primerizos haya en el juego, ¡más posibilidades tendré de ganar yo!
Jejeje.
¿Qué le da más miedo? La prisa, la sensación de llegar siempre tarde, de que las oportunidades se escapan. No saber valorar las cosas por pensar que nunca es suficiente. La línea fina entre la ambición en su justa medida y la desmedida. A veces me acuerdo de repente de que, al margen de todos los retos de la vida, la muerte existe y eso también me aterroriza.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? La homofobia en la actualidad.
También me repugna y me genera mucha rabia. A veces confío en la sociedad,
luego leo las noticias y, bueno.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? Justo
ayer lo hablaba con unas amigas y no se me ocurría nada. Mi novia dijo que ella
podría ser jardinera. A mí las plantas se me dan fatal. Creo que habría hecho
algo que tuviera que ver con el mundo de los caballos, montar una pequeña
hípica. Pero mis opciones B, C y unas cuantas más también son creativas. Aunque
hubiera decidido no ser escritora, me cuesta imaginar una versión de mí que no
se dedique, de una forma u otra, a la cultura.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí, bailo. ¡Y no veas cómo se suda! Sobre todo en los sociales. Bueno, ¡y
en las survivals zombie ya ni te cuento! En general, me gustan las actividades
al aire libre que impliquen moverse. Antes hacía boxeo.
¿Sabe cocinar? Hasta
hace muy poco habría contestado que no, pero ahora sí. Le he pillado el gusto
últimamente. Me ayuda a desconectar de las historias cuando es hora de parar de
escribir, que es algo que cuesta un poco cuando estás enfrascada en un
proyecto. Yo soy de ensaladas, postres y platos raros. Mi novia hace los guisos
y tiene el don del punto de la carne y el pescado. Comer es otra de nuestras
actividades favoritas.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? No puedo decirlo, es un secreto, porque estoy escribiendo un proyecto
cinematográfico sobre él.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Tiempo.
¿Y la más peligrosa? Tiempo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? He matado a mucha
gente en mis libros. ¿Eso vale?
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Yo creo que eso no hace falta responderlo. Mis lectores ya lo saben.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? ¿Así, en
general? Me gusta ser yo. Y, si no, un caballo salvaje. O un producto de la
imaginación de alguien muy interesante.
¿Cuáles son sus vicios principales? La escritura es el primero, con un 99 por ciento de virtud y ese uno por
ciento restante de perjudicial. Tengo una personalidad bastante adictiva: a
series con buenos cliffhangers, cuentos de terror, la gastronomía,... Y fumo,
pero no mucho, lo justo para entrar en el cliché de la escritora y que la gente
me imagine sentada delante de una máquina de escribir de madrugada, golpeando
las teclas ruidosas, con un cigarro enganchado en la boca y una copa de vino al
lado. Nada más lejos de la realidad. Pero es divertido pensarlo.
¿Y sus virtudes? Pues
yo qué sé, que soy real. No me pongo máscaras para hablar en público, no tengo
amistades por conveniencia. Disfruto de las cosas pequeñas, pero más de las
grandes. Y estoy enamoradísima de mi pareja. Creo que esa es mi mayor virtud. También
escribo.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Supongo que el esquema clásico es ese momento de “ver tu vida pasar por
delante de tus ojos” en una serie de secuencias, las más emocionantes. Yo creo
que he visto y leído tantas veces esta situación del personaje que se ahoga,
que en lugar de eso lo que se me pasaría a mí por la cabeza serían a todos esos
personajes ahogándose y las imágenes que se les pasaron, en el esquema clásico,
a ellos por la cabeza. Dejando la broma a un lado, claro que sé identificar los
recuerdos que me darían la mano un instante antes de que lo hiciera la muerte,
pero no los voy a enumerar aquí. Los iré mostrando a gotas, en mundos
fantásticos e inquietantes, a lo largo de mi carrera literaria. Es más, puede
que ya haya empezado a hacerlo. ¿Serán capaces de identificarlos los futuros
lectores de PRISA?
T. M.
lunes, 6 de julio de 2026
Un artículo sobre el restaurante Albarada
domingo, 5 de julio de 2026
Entrevista capotiana a Gerardo Montoya
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Gerardo Montoya.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? El único lugar posible es en el que estoy ahora. Elegir otro sería decorar bonito la celda. En el camino aprendí que «un solo lugar» es una mentira de la adultez: el hogar es un fantasma que te habita, un no-lugar que mantienes medio vegetativo a fuerza de necedad y de ternura. Si tuviera que quedarme en uno para siempre, elegiría una fiesta al aire libre en primavera -llena con la gente que quiero-, en la que haya karaoke, open mic, bailongo tipo sonidero y ambigú mexa remixado.
¿Prefiere los animales a la gente? Busco el silencio de los animales
cuando hay que blindarse de la neurosis, y el balbuceo de la gente cuando hace
falta reírme como animal. A mis hijes les digo «las bestias», con ternura: ahí
los dos reinos firman tregua.
¿Es usted cruel? La crueldad consigue adopción rápida
cuando se disfraza de justicia, y la justicia también vive en mí, con su propio
disfraz. ¿Quién está segura/o todo el tiempo de su propia inocencia? Como
padre, pienso que hay una violencia mínima, diaria, que se ejerce -al menos en
parte- al decidir a qué verdad aún no les compete acercarse a las bestias.
¿Tiene muchos amigos? Tengo los suficientes como para que
cada ausencia se mantenga viva.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que no me exijan una versión coherente.
Que me contradigan con amor y con cuidado, que es distinto a moderarme.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? Sí. Olvido seguido que mis amigues no
fueron contratades para representar el papel que les asigné. ¿Por qué
será que recortaron el presupuesto para que sólo haya un único -y mal- guionista en toda esta temporada de Friends? Lo charlo
bastante en análisis.
¿Es usted una persona sincera? La sinceridad es fragmentaria. Toda
completud es ficción.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? No tengo tiempo “libre”: tengo tiempo capturado por el trabajo oficial, por
el trabajo de autoexplotación con un mayor componente de sentido de vida
(segmentado por intereses) y el trabajo de cuidado (y autocuidado). Lo que parece libre suele ser administración de ruinas.
Cuando de verdad se libera algo, es porque una de las bestias me obligó a mirar
una nube y entonces suelto un ratito la pantalla o el café.
¿Qué le da más miedo? Antes habría contestado
cualquier cosa para sonar ingenioso. El
miedo real que guardo en la valija hoy es más chico y más feo: me da miedo
que me vuelva a habitar la cresta depresiva (y el efecto secundario de
desplazar del cotidiano lo que para uno es vital por una razón random). También, me da miedo no
llegar a ver a las bestias enredarse y desenredarse, hacia afuera y
hacia adentro, en el tiempo.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo
que le escandalice? Que una
plataforma se ahorre el pago del último delivery que hizo el repartidor que se mató en moto mientras lo hacía, y que a la par le repita
que es dueño de su destino. Eso tiene mil caras hoy.
Si no hubiera decidido ser escritor,
llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Habría restaurado cuadros. A veces imagino que eso hago, pero con el lenguaje como materia: restauro un cuadro de
época fingiendo que el daño ya venía en el lienzo. ¿Escribir es simular que el destrozo siempre estuvo ahí (a la vez que
somos el lienzo)?
¿Practica algún tipo de ejercicio
físico? Camino, camino,
camino. Una idea me muerde de noche y camino hasta
que afloja la mandíbula. Y camino. Esquivo a
la nueva familia que vive en la calle, miro a
la policía reprimir a los últimos de los últimos
jubilados, miro la rata-dinosaurio atropellada
en el cruce. ¿Somos el extraño caso de Benjamin Button o es que la rata crece?
Cuando el cuerpo me pide otra cosa que no sea
huida, tiro al aro con mi hijo: el basket
es la única repetición que -hasta ahora-ninguna app me contabiliza
como engagement.
¿Sabe cocinar? En Monterrey era quien hacía la carne asada. Eso me
ganó puntos (y algunos enemigos) al llegar a Buenos Aires. En Argentina, aprendí a manejar los puntos de cocción en la carne. El resto de la cocina, la aprendí a los ponchazos,
como suele ser frecuente entre estudiantes foráneos. Pero, debo admitir que
florecen mis exabruptos contra la autoridad al seguir una receta. La cocina es
más bien un laboratorio de experimentación en mi jaula.
Si el Reader's Digest le encargara
escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién
elegiría? Alexandra
Elbakyan y Alexander Galloway. Una construyó Sci-Hub: un delito para los paywalls, una infraestructura colaborativa de esperanza a la vez; el otro
me enseñó, en mis años mozos, que el protocolo
es la forma en que el control se disfraza de libertad en Internet.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la
palabra más llena de esperanza? Compartir.
¿Y la más peligrosa? Ahora.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Confieso que he
bloqueado a algunas personas de mi feed. Es una forma cobarde, contemporánea
y civilizada de asesinar a alguien en la
mente.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Hacia la duda, sobre todo cuando mi
propio bando empieza a creerse puro. Estoy con Alain Badiou cuando dice que en el sistema político sólo se
dirimen velocidades en la depredación. ¿Era Badiou?
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le
gustaría ser? Una
ventana en cualquier interfaz. Una ventana no pertenece del todo al adentro ni al afuera y, sin
embargo, decide qué pasa con la atención.
¿Cuáles son sus vicios principales? Hago litigios en hilos
fantasma. Imagino comentarios sobre comentarios y reacciono al recuerdo de
discusiones viejas, fantaseándolas inconclusas, aun vivas. Me fui de las redes y sigo moderando mentalmente un feed
que ya no existe: ése es el vicio de quien conoció la mecánica por dentro y no
termina de soltar el cargo de conserje.
¿Y sus virtudes? Evito hacer clic en el checkbox de mis
propios términos y condiciones.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué
imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Vería el mar. Vería una serie de casas que
no terminaron de ser una, las caras de quienes decepcioné y de quienes me
decepcionaron, a las bestias nadando hacia la orilla de una playa en el
sur de México, y a las
palabras “todavía” y “siempre” peleando entre sí por un sentido unívoco hasta el último segundo.
T. M.
sábado, 4 de julio de 2026
Caminos de la historia de Europa
Se puede establecer un hilo conductor, el viaje europeo, entre dos novedades recientes que pretenden iluminar el origen de nuestro pasado cultural como continente.
Dos libros recientes vuelven sobre una pregunta que Europa acostumbra a formularse cuando siente que el suelo cruje bajo sus pies: qué queda de sus raíces cuando el presente parece devorarlas. El hilo infinito, de Paolo Rumiz (Trieste, 1947), y Los caminos a Roma, de Catherine Fletcher (1975), responden desde lugares opuestos y complementarios. Rumiz entra en monasterios, escucha cantos, mira claustros y busca en el monacato benedictino una resistencia contra la decadencia moral del presente. Fletcher baja la mirada al suelo, sigue calzadas romanas y reconstruye la vida histórica de esas rutas por las que pasaron soldados, peregrinos, turistas, bandidos, dictadores, poetas y refugiados.
El arranque de Rumiz es intuitivo y contundente al ver que quizá la reconstrucción de Europa exija volver al ejemplo de quienes, tras la caída del Imperio romano, levantaron monasterios como «guarniciones de resistencia a la disolución». Sin embargo, no visita abadías para componer una acuarela piadosa, sino porque ve a Europa enferma de ansiedad, odio y desmemoria, conectado el pasado con el presente: «Mientras llegaban terribles noticias de Gaza, en Europa se podía advertir la misma estupidez, el mismo sonambulismo, la misma afasia e incapacidad de diálogo que en 1914 llevaron al mundo a una guerra que nadie deseaba». El viaje monástico, de este modo, no es una suerte de evasión, sino un modo de buscar explicaciones históricas.
Fletcher, en cambio, abre su obra con una frase que parece gastada por siglos de uso: «Todos los caminos conducen a Roma», aunque con el mérito de devolverle literalidad. Recuerda que el proverbio es medieval, cita a Alain de Lille y a Chaucer, y enseguida lo enlaza con el Miliario de Oro de Augusto. Pero su introducción no se queda en la autoridad antigua, puesto que la Vía Apia aparece como un lugar donde belleza y peligro caminan juntos: «Es un mundo de estratos, un palimpsesto de historia. Los viajeros han venido hasta aquí, caminando, a caballo o en vehículo, durante más de dos milenios». Ese palimpsesto nos lleva al método de Fletcher, esto es, leer una carretera como si fuera un manuscrito borrado y reescrito por imperios, religiones, artistas y viajeros.
En ambos libros resulta decisiva la presencia de los detalles concretos que permiten que las grandes ideas sobre Europa no se vuelvan abstractas ni solemnes, si bien Rumiz y Fletcher utilizan esos materiales de manera muy distinta. El autor italiano construye su viaje como una sucesión de experiencias íntimas y casi táctiles: cada monasterio le deja una enseñanza moral, sensorial o humana. Su objetivo es registrar atmósferas, ritmos de vida y gestos cotidianos: cerveza elaborada por los monjes, pan, vino, huertos, canto coral, manuscritos, trabajo manual, hospitalidad.
Fletcher también se alimenta de anécdotas, aunque su mirada es más historicista. Recuerda sus viajes infantiles en «los pringosos asientos traseros del viejo Renault 12» de sus padres, cuando su padre anunciaba que un tramo recto era una calzada romana. Así ejemplifica cómo el imperio entra en una infancia por una ventanilla de coche. Más adelante, ya investigadora, conduce «el minibús un tanto destartalado de la British School de Roma» y enumera vías antiguas: Vía Casia, Vía Salaria, Vía Nomentana, Vía Flaminia, Vía Tiburtina. En fin, Fletcher sabe ver a Augusto junto al atasco o a las catacumbas junto al turismo.
Asimismo, la diferencia de temperamento entre los dos libros es muy clara. Rumiz habla de una Europa que ha pasado «de acoger a refugiados a deportarlos y de demoler muros a restaurar las fronteras entre países hermanos», y Fletcher escribe desde una curiosidad más templada; dice que las calzadas romanas fueron útiles, sí, pero también fueron símbolos: «El desarrollo de los caminos produjo un cambio en la mentalidad de los romanos: con ellos resultaba posible mover a las personas y las cosas con mayor celeridad y de nuevas formas. Las calzadas cambiaron la concepción del espacio y ampliaron los horizontes del Imperio». Es decir, una carretera no es inocente: conecta, domina, administra, comercia, desplaza ejércitos y fabrica poder.
Es en este punto del factor humano cuando se cruzan los libros de manera más fértil, dado que Rumiz recuerda que los monasterios ayudaron a humanizar territorios después de la caída imperial, y Fletcher, que antes el Imperio había trazado sobre esos territorios una red de circulación, control y prestigio que aún nos conduce, en definitiva, a Roma, estemos donde estemos.
Publicado en Cultura/s, 27-VI-2026
Catherine Fletcher. Los caminos a Roma. Un viaje al pasado de Europa. Taurus, traducción de Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya, 560 pp., 26,90 €
Paolo Rumiz. El hilo infinito. Anagrama, traducción de Álida Ares, 384 pp., 24,90 €
Dos Europas: la del
campanario y la del miliario
Europa se construyó gracias a gente que caminaba y a gente que se quedaba quieta. Esta podría ser la simple conclusión al comparar estas dos novedades. Catherine Fletcher sigue a quienes avanzaron por las calzadas romanas: soldados, correos imperiales, comerciantes, peregrinos, aristócratas del Grand Tour o turistas modernos, así que su Europa nace del movimiento. Las carreteras sirven para conquistar, comerciar, administrar y también imaginar, de modo que una vía recta entre Roma y Capua, aparte de una prueba de gran ingeniería, era una demostración de autoridad. La autora indica incluso que el desarrollo de las calzadas «cambió la concepción del espacio y amplió los horizontes del Imperio». En suma, el mundo se volvió más grande porque empezó a ser más accesible.
Rumiz, en cambio, se interesa por quienes hicieron exactamente lo contrario: retirarse. Sus benedictinos se apartan del mundo, se someten a horarios rígidos, viven dentro de perímetros y claustros. Y, sin embargo, según el libro, terminaron modelando Europa tanto como las legiones romanas. Mientras Roma unía territorios mediante caminos, los monasterios tejían otra red más lenta: manuscritos copiados, hospitalidad, agricultura, canto, conocimiento práctico, refugio espiritual. De esta manera, las calzadas romanas representan la velocidad del imperio; las abadías benedictinas, la duración de la civilización. Se podría decir, pues, que en un libro Europa aparece como circulación, y en el otro, como permanencia.
viernes, 3 de julio de 2026
Entrevista capotiana a Jorge Duarte
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Jorge Duarte.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Un valle del Pirineo, con mi familia, mis amigos y una biblioteca que nunca se terminara.
¿Prefiere los animales
a la gente? Prefiero a la gente, siempre que no se comporte como un animal. Dicho esto,
mi gata ocupa un lugar privilegiado entre los seres más importantes de mi vida.
¿Es usted cruel? No.
¿Tiene muchos amigos? Cada día más. Y me
siento muy orgulloso de ello.
¿Qué cualidades busca
en sus amigos? Sentido del humor, honradez y la tranquilidad de saber que podemos contar
unos con otros.
¿Suelen decepcionarle
sus amigos? No. Seguramente yo les haya decepcionado más a ellos a lo largo de la vida.
Pero, por suerte, han sabido perdonármelo.
¿Es usted una persona
sincera? Sí. Aunque, claro, podría estar mintiendo al responder esta pregunta.
¿Cómo prefiere ocupar
su tiempo libre? Leyendo, viendo películas o pasando tiempo con la gente
que quiero. No necesito mucho más.
¿Qué le da más miedo? La soledad no deseada
y perder mis facultades mentales.
¿Qué le escandaliza,
si es que hay algo que le escandalice? Me escandaliza lo fácil que resulta
sembrar odio y lo difícil que parece construir convivencia. El fanatismo, el
racismo, la desinformación o el desprecio por la democracia suelen viajar
juntos.
Si no hubiera decidido
ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Me cuesta imaginar una
vida alejada de contar historias. Quizá habría acabado perdiéndome por las
montañas. Aunque últimamente el vértigo empieza a poner alguna objeción.
¿Practica algún tipo
de ejercicio físico? De vez en cuando salgo a correr y, siempre que puedo, me
escapo a la montaña.
¿Sabe cocinar? Me gusta comer, así
que con los años he aprendido a defenderme entre fogones. Últimamente intento
recuperar las recetas de mi madre. Me parece un tesoro que hay que conservar.
Si el Reader's Digest
le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable»,
¿a quién elegiría? A Stephen King. Me gustaría hacer con él algo parecido a
lo que Truffaut hizo con Hitchcock: una conversación larga para intentar
entender qué hace funcionar una de las grandes mentes narrativas de nuestro
tiempo.
¿Cuál es, en cualquier
idioma, la palabra más llena de esperanza? Infancia.
¿Y la más peligrosa? Creencia.
¿Alguna vez ha querido
matar a alguien? Solo en la ficción.
¿Cuáles son sus
tendencias políticas? Creo en una democracia fuerte, en el pensamiento crítico
y en una sociedad que cuide de quienes más lo necesitan. Me preocupan los
discursos de odio de la extrema derecha, la desinformación y quienes convierten
el miedo en una herramienta política. Supongo que Última hora dice
bastante de cómo entiendo el mundo actual.
Si pudiera ser otra
cosa, ¿qué le gustaría ser? Muchas cosas: director de cine, dibujante, futbolista,
espía, guitarrista de rock o ladrón de guante blanco. Creo que escribo para
poder vivir otras vidas.
¿Cuáles son sus vicios
principales? La procrastinación. Soy un auténtico especialista en trabajar cuando ya no
queda más remedio.
¿Y sus virtudes? Tiendo a ver la
botella medio llena, me considero un tipo con suerte y disfruto con cosas tan
sencillas como un plato de lentejas bien hecho.
Imagine que se está
ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Espero
que las mejores. Una cena con mi familia, riendo con mis amigos, los amores de
mi vida, los viajes a lugares únicos, los libros, las películas... He tenido la
fortuna de vivir muchas cosas bonitas. Morirse viendo solo las malas debe de
ser un anticipo del infierno.
T. M.
jueves, 2 de julio de 2026
El último lobo de la exigencia literaria
László Krasznahorkai (Gyula, 1954) se mantiene fiel a sí mismo con esta novela que se publicó originalmente en 2021 y que lleva el singular título de Herscht 07769. La novela bachiana de Florian Herscht. Ya en su primera obra, Tango satánico (1985), se advertían rasgos que ahora se repiten: frases de longitud extraordinaria que avanzan con una cadencia sinuosa, ausencia de puntuación convencional y una sintaxis envolvente y mental que reproduce el flujo obsesivo del pensamiento en estado de deriva.
Aquella historia, ambientada en una aldea desolada, se organizaba según la lógica del tango —seis pasos adelante, seis hacia atrás— y giraba en torno a la llegada de un supuesto salvador que despertaba en los campesinos una mezcla de esperanza y temor. El escenario —una Europa poscomunista reducida a lodazales— se convertía en un mundo de esperas continuas, de ahí que los personajes de Krasznahorkai apenas actúen: más bien observan, sospechan o temen. Así las cosas, el movimiento en sus novelas es más bien mental, como se percibió en La melancolía de la resistencia (1989), su obra más conocida, donde un pueblo es sacudido por la llegada de un circo ambulante que transporta una ballena muerta.
Por su parte, también Guerra y guerra (1999) está compuesta por un único párrafo, sin divisiones, en el que la desesperación se vuelve estilo, y el estilo, filosofía: «He comprendido que el mundo entero va a ser destruido, que no hay salvación, ni refugio, y que cada segundo que pasa es otra forma de fracaso», se leía en aquel texto. En Herscht 07769, en cambio, el autor no suele subrayar la tristeza de manera sentimental, sino que la desolación aparece incrustada en frases aparentemente dichas con naturalidad.
El propio Krasznahorkai ha dicho que no escribe «para ser leído en la playa, sino para lectores que estén dispuestos a sufrir un poco, y pensar mucho». Es un reto, por tanto, abrir este su último libro y leer la primera frase, a modo de epígrafe anónimo, que reza: «La esperanza es un error». A partir de ese instante, la novela nos coloca en una situación harto curiosa: un hombre de una pequeña localidad de Turingia, el huérfano Florian Herscht, bondadoso y fortachón, escribe a Angela Merkel para advertirle de un peligro relacionado con el vacío y la antimateria.
Este contraste entre algo supuestamente serio pero absurdo en el fondo empapa la prosa de Krasznahorkai, quien consigue que nada parezca incompatible con nada. El protagonista vive en un lugar que ha devenido en refugio de un núcleo neonazi que contamina lentamente la vida del pueblo, y no acaba de entender en qué situación se ve inmerso. Más adelante aparecerá el recurso de la música de Bach, que lo ayuda a enfocarse o calmarse, y también la presencia de varias fieras en un bosque cercano, un detalle este que conecta con otro de sus libros traducidos al español, El último lobo (2009), una narración en primera persona sobre un largo viaje del autor por Extremadura y el impacto de conocer la historia del último lobo de España.
En fin, Herscht 07769 constituye un torrente tan hipnótico como agotador, y presenta un mundo violento, como cuando el llamado Jefe obliga al protagonista a cantar el himno alemán en el coche, intenta arrastrarlo hacia un grupo neonazi o se burla de él. Es un flujo narrativo que no da tregua al lector y que funciona por acumulación, pues cada pasaje de la historia arrastra otro, y cada recuerdo abre una desviación en el argumento, como si Krasznahorkai improvisase una prosa desordenada. Sin embargo, en realidad se elige muy bien qué decir para que el flujo de conciencia del narrador articule su objetivo: una inmersión en una mente y en un clima moral, de trasfondo histórico-político, en el que el lenguaje es un laboratorio donde expresar lo imposible: el interior humano.
Publicado en Cultura/s, 14-VI-2026
miércoles, 1 de julio de 2026
Entrevista capotiana a Gonzalo Maier
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Gonzalo Maier.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? ¿Vale si digo el planeta Tierra?
¿Prefiere los animales a la gente? A veces,
como todo el mundo. O sea, mientras no caiga en la jaula de los leones,
prefiero a los animales. O mientras no esté rodeado de gente mala y aburrida y
fea, me quedaría con los humanos.
¿Es usted cruel? Espero que no. Ojalá
que no.
¿Tiene muchos amigos? Supongo que tengo los
que debo tener. Ni uno más, ni uno menos. Unos son más cotidianos, otros más
esporádicos, pero creo saber con quiénes podré contar cuando todo se vaya al
carajo.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Humor, por supuesto. Y cierta gracia a la hora de contradecirse o de
descorchar botellas de vino o de pagar la cuenta en los restaurantes.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? Una vez cada dieciocho
meses, que no está mal. Las de ellos deben ser más frecuentes, en todo caso.
¿Es usted una persona sincera? ¿Qué pasa si
digo que no?
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me gustaría tener un
jardincito chico, coqueto, con flores de colores y enredaderas, pero no lo
tengo y, visto así, puede que me falte tiempo libre.
¿Qué le da más miedo? Ay, ni
siquiera lo podría escribir.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? Que mis alumnos no prendan las cámaras cuando hago clases
por Zoom y la FIFA.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? Me hubiera gustado ser capitán
de un velero chico y navegar por los canales del sur de Chile. También me hubiera
gustado ser heredero. O rentista. El banquero anarquista, en el peor de los
casos.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Miro a mi
hijo jugar rugby dos veces por semana. Intento caminar todos los días.
¿Sabe cocinar? No sé si lo hago bien, pero me gusta. Soy
odioso y controlador y calculador y me frustro con facilidad, pero sí, he
sobrevivido décadas sin que me cocinen.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Al Capitán Haddock.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Evelita.
¿Y la más peligrosa? ¿Cobardía?
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Nah, ni de cerca.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Sencillo: un Estado que cuide y controle con diligencia.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Biólogo
marino, astrónomo, astrólogo, contrabajista en una banda checoslovaca de free
jazz, hacker, monje de alguna orden oscura y olvidada, dibujante de una tira
como esas que hace décadas iban en los diarios, una ballena, una montaña grande.
¿Cuáles son sus vicios principales? El pan con queso debe
ser el más grave.
¿Y sus virtudes? Puedo tomar mucho café
sin que me caiga mal. Dibujo gatos con cierta gracia. Regalo libros (y cosas en
general).
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Un collage medio
azaroso de mi infancia, imagino, que es lo único que tenemos.
T. M.
martes, 30 de junio de 2026
Un artículo sobre el hotel The Social Hub Madrid
lunes, 29 de junio de 2026
Entrevista capotiana a María Víllora
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de María Víllora.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Se me viene a la cabeza
la casa de mi amiga y compañera Silvia, no por ser un chalé impresionante, sino
por la paz que destila. Pero siendo realista, creo que mi casa del pueblo
porque guarda todos los secretos de mi familia desde el siglo XVIII. Eso sí,
muy importante que haya naturaleza y muchos libros y cartas. Pero, por supuesto
junto a los míos.
¿Prefiere los animales a la gente? La mayoría de las veces sí. Son mucho más nobles que nosotros. A mí me
hacen muy feliz, no concibo la vida sin ellos. Es verdad que tampoco la concibo
sin muchas personas que forman parte de mi entorno, pero si tuviera que decidir
pondría más animales y menos personas.
¿Es usted cruel? No. Todo lo contrario.
Me considero muy empática y además soy PAS con lo cual las emociones del otro
me afectan muchísimo. Sería incapaz de hacer daño a nadie intencionadamente.
¿Tiene muchos amigos? Creo que tengo los
justos y necesarios. No echo en falta más cantidad de amigos. Me gusta tener
personas en mi vida, de calidad, que me aporten cosas bonitas. Así que si son
cinco, pues cinco buenos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Sobre todo, bondad. Es
lo que busco en la gente en general. Buenas intenciones. No pido que sean
perfectos porque no existen, todos hacemos daño en un momento determinado de la
vida, pero para mí lo que cuenta es la intención. Si eres bueno, no puede haber
malas intenciones en tus actos. Podemos enfadarnos, me puedo sentir herida,
rabiosa, etc. Pero sabré que fue sin querer.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? En general no. Si te
digo la verdad solo me vienen dos personas a la cabeza que me han decepcionado
y las dos por el mismo motivo: el silencio. La no comunicación. Lo que ahora se
llama gosthing, que de toda la vida ha sido hacer el vacío e ignorar. Eso no lo
soporto, es lo que peor llevo de cualquier relación humana, que desaparezcan de
mi vida sin darme ninguna explicación. Hay algo que se rompe dentro de mí
porque me deja rumiando en bucle sobre qué es lo que hice mal. Con lo fácil que
es hablar.
¿Es usted una persona sincera? Lo intento. Lo
que no soy es brusca, si sé que algo va a hacer daño lo maquillo un poco. Por
otro lado, también creo mucho en las parcelas privadas de cada uno y que hay
cosas que tenemos derecho a guardarnos y no querer compartirlas con nadie y no
por eso eres mala persona o hipócrita.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leyendo, escribiendo y
entrenando. También con mi familia (incluidas mis perras).
¿Qué le da más miedo? No vacilo ni
un segundo: la muerte. Es algo que me aterra, la incertidumbre de no saber qué
hay después, aunque tengas fe como es mi caso. Pero la no certeza me genera
mucho miedo y vulnerabilidad.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? Uy muy pocas cosas. Me escandaliza la guerra y la
violencia, chimpún. En lo cotidiano, las creencias y las formas de vivir y
sentir no me suelen escandalizar nada porque me considero muy abierta de mente.
Me he trabajado mucho el salirme de lo establecido y lo aprendido. He intentado
labrarme mi propio camino y maneras de pensar. Lo que peor llevo es cualquier
tipo de violencia o daño intencionado físico o psicológico.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? Quería ser pastora para vivir
en la montaña con animales. Me hubiera encantado ser veterinaria, pero como soy
muy aprensiva y sensible, no habría podido. De modo que, siendo realista habría
intentado ser cantante o tener una papelería-librería.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí. Es mi
vía de escape ya que tengo ansiedad. Intento entrenar varios días a la semana y
hago ejercicios de fuerza y funcionales. Pero no voy al gimnasio porque me
distraigo mucho, lo hago en casa con una entrenadora virtual y llevo años así.
¿Sabe cocinar? Sería un momento estupendo para no ser
sincera y decir que sí, jajaja. Pero no voy a mentir, cocino lo básico. Me
encantaría que me gustara porque a veces me meto en la cocina y pruebo recetas
y además tengo la necesidad de controlar lo que como. Pero, así en general, no.
Cocina mi pareja casi siempre (a él le gusta más eso de crear y experimentar).
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A Federico Chueca
(compositor musical del siglo XIX). Es mi tío tatarabuelo y siento verdadera
admiración por él y su vida. Desde que mi padre me contó la historia de nuestro
origen, me quedé tan fascinada que empecé a investigar sobre él. De hecho, mi segundo
libro tratará sobre él y una parte de su vida que nunca salió a la luz y que
gracias a ella yo estoy aquí.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Para mí: Confianza. Está llena
de significado y de paz.
¿Y la más peligrosa? Aquí tendría
2: poder y odio. Sin duda la primera lleva a la segunda y de ahí nacen todos
los males del mundo, desde mi punto de vista.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Jamás de los jamases.
Antes conecto con la pena y la compasión que con el odio y la rabia. También te
digo que soy de las que nunca dice nunca. No se sabe en qué situación te puede
poner la vida. Estoy pensando en situaciones límite tipo defensa personal o vida
o muerte.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Uy, qué peliagudo este
tema. Al igual que mi edad, nunca digo mi ideología porque en alguna ocasión me
ha traído problemas personales y evito el conflicto. Sólo diré que soy de la
libertad y el respeto y de aquellos que defienden al más necesitado y luchan
por la igualdad en todos los aspectos.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un ser de
luz. O algo que no sufriera.
¿Cuáles son sus vicios principales? El chocolate y rumiar
pensamientos obsesivos hasta que sufro.
¿Y sus virtudes? Mi empatía y capacidad
para no juzgar a la ligera. Se me da muy bien ponerme en la piel del otro y
escuchar.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Que no quiero irme tan joven, que me quedan muchas cosas por hacer.
Entonces saldría mi lado frío y resolutivo para que el pánico no me invadiera,
controlaría la situación y al final sobreviviría.
T. M.






