Ayer aparecía, en el suplemento El Viajero del diario El País, mi artículo "Por la Roma más literaria: cinco casas imprescindibles en la ciudad eterna".
jueves, 12 de febrero de 2026
miércoles, 11 de febrero de 2026
Entrevista capotiana a Gustavo Valle
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Gustavo Valle.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál
elegiría? Cualquier playa. En la playa suelen terminar algunos de mis
personajes. He vivido temporadas en la playa, me gusta el agua y el horizonte
infinito del mar.
¿Prefiere los animales a la gente? Prefiero a la gente junto a los animales. Los
animales hacen mejores a los seres humanos. Incluso los animales cascarrabias,
como mi gata.
¿Es usted cruel? Me considero inofensivamente cruel en la vida real, y a veces bastante
cruel al escribir. En mi última novela lloré por el destino que imaginé para
mis personajes infantiles.
¿Tiene muchos amigos? Puedo decir con seguridad que he tenido muchos amigos. Pero me es
difícil decir que tengo muchos amigos. Ocurre que las amistades más intensas
son más breves, y las más moderadas más duraderas.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? La buena conversación. Es como dar con un buen
libro. Alguien con quien poder hablar horas y compartir ese viaje hacia no se
sabe dónde. Un buen amigo es el que ayuda a sorprenderme.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? Muchas veces, pero no está mal decepcionarse.
Decepcionarse es parte de nuestro sentido trágico. Quienes nunca nos
decepcionan son los muertos.
¿Es usted una persona sincera? Uno es sincero según la ocasión; quien diga lo
contrario miente. Además, ser sincero a toda hora es asunto de torpes. Para ser
cabalmente sincero hay que echar mano del humor.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? No tengo mucha dimensión del tiempo libre, a
pesar de que tengo mucha conciencia del tiempo. En todo caso me gustaría tener
más tiempo para recordar y ejercitar la memoria.
¿Qué le da más miedo? La enfermedad y la perdida de mis seres amados. Y también quedarme sin
combustible para escribir. Es decir, sin imaginación.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? El autoritarismo,
el ejercicio del poder como instrumento de opresión. Más que escandalizarme, me
asquea.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una
vida creativa, ¿qué habría hecho? Me
hubiese encantado ser músico, como mi mujer y mi hijo. Suelo filtrar esa
frustración a través de mis novelas, donde la música siempre está presente.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Corrí durante muchos años hasta que me rompí
ambos meniscos. Desde entonces camino, subo y bajo escaleras. Caminar es el
deporte de los escritores.
¿Sabe cocinar? Sí, es lo que más me gusta hacer después de escribir. Hay un
paralelismo entre ambas actividades: buscar los ingredientes, mezclar sabores y
ofrecer eso a un paladar.
Si el Reader’s Digest le encargara
escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién
elegiría? Más que un
personaje inolvidable, elegiría un personaje olvidable, con la esperanza de
hacerlo inolvidable.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más
llena de esperanza? La palabra “Y”
siempre me ha gustado mucho, es la palabra de la unión y también de la sucesión
y la numeración. Es una de las herramientas más importantes de la
narrativa.
¿Y la más peligrosa? Patria se ha convertido en la palabra preferida de la manipulación
política. En nombre de ella se siguen cometiendo los peores crímenes.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Nunca me he visto en una situación tan extrema
como para desear la muerte física de alguien. Pero hay distintas formas de
eliminar al otro, por ejemplo, el ninguneo, que todos ejercemos con
impunidad.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Antimilitarista, antiautoritario, antipersonalismos,
antisalvadores de la patria y antihegemonías. Me tendencia es anti.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría
ser? Músico.
¿Cuáles son sus vicios principales? El desorden, mirar estupideces en el celular, la
marihuana.
¿Y sus virtudes? Soy paciente, y ante situaciones complejas sé mantener la calma. Son
virtudes que me ha enseñado la literatura, que todo lo enseña.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes,
dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? No sé qué sería exactamente “esquema clásico”,
pero quizás pasarían por mi cabeza las imágenes de cómo salir del aprieto. Mi
última imagen sería aferrarme a la vida.
T. M.
martes, 10 de febrero de 2026
La fuerza de las palabras prohibidas
Los artefactos institucionales de la censura, cual Gran Hermano latente en periodos de faltas de libertades de expresión, podían provocar dos cosas: por supuesto que el órgano del poder competente decidiera eliminar alguna palabra, expresión o el libro en su totalidad del autor de turno, o que este escribiera intimidado por la fuerza de sus propias palabras, esto es, que se autocensurara. Camilo José Cela siempre habló de manera despectiva de los censores, quitándoles importancia hasta ningunearlos, aunque los sufriera (aunque, paradójicamente, el gallego trabajó para el régimen franquista en la oficina de censores entre 1941 y 1945 porque, según insinuó, de algo tenía que comer); Blas de Otero transigió y vio cómo sus poemarios eran retocados por manos ajenas y tiquismiquis, en un contexto de poesía social que iría cobrando coraje y atrevimiento. El bilbaíno tendría que publicar algunos libros en Puerto Rico o París; el gallego vería «La colmena» en edición bonaerense en 1951. Hay mil ejemplos.
Muchos escritores que vivieron la España franquista en un momento u otro reflexionaron sobre esta a veces necesaria autocensura para que no sucediera la censura oficial, y cómo eso derivó en estilos y decisiones literarias diferentes: Mercedes Salisachs, J. M. Caballero Bonald, A. Buero Vallejo o Miguel Delibes debieron enfrentarse a ello si querían publicar sin demasiados problemas; algunos de ellos hablaron del inconsciente, el verdadero censor en tiempos de restricciones de lenguaje, e incluso Delibes «mató» al Mario de su famosa obra, según él mismo «receloso de la censura y por motivos estéticos, lo cual mejoró en mucho la novela» (en carta al responsable de la editorial Destino, Josep Vergés).
Es más, según una encuesta de inicios de los años setenta, se demostró que la autocensura artística ya era el primer paso para la acción de la censura estatal, una mandamás con mucha historia: en la España de los Siglos de Oro, activísima, y en la Ilustración francesa que pretendió resumir el conocimiento en una enciclopedia que se atacó desde los poderes. Pero Diderot, viejo zorro, tenía la mejor respuesta para sacarle partido a la situación. Por encargo de la Comunidad de Libreros de París, escribió en 1763 una apasionada «Carta sobre el comercio de libros», en defensa del gremio, en torno a los aspectos más controvertidos del comercio del libro, lo cual se convirtió en una crítica contra la censura del Estado y a favor de la propiedad intelectual, y dijo: «Libro prohibido, libro leído».
Las camelias de Dumas hijo
Precisamente, es en Francia donde a lo largo de la historia la censura se ha convertido en un instrumento político continuo para desautorizar o, como diríamos hoy, cancelar a sus autores. No en vano, en 1857, la novela de Gustave Flaubert «Madame Bovary» fue acusada de atentar contra la moral por su retrato del adulterio y la sexualidad femenina, lo que provocó que al autor se le llevara a juicio. Estamos hablando del mismo país en que «Gargantúa y Pantagruel», de François Rabelais, sufrió prohibiciones y mutilaciones por lenguaje obsceno desde el siglo XVI, todo lo cual fue reparado en ediciones críticas modernas, que recuperaron los pasajes suprimidos. El mismo país en que, ya en el siglo XX, una novela de Boris Vian publicada bajo seudónimo —el nombre de un escritor negro estadounidense que se inventó, Vernon Sullivan, en 1947—, «Escupiré sobre vuestra tumba»—, fue censurada por su contenido violento y sexual y que le hizo sufrir juicios y la reacción airada de los críticos literarios. Todo esto que apuntamos es a propósito de una novedad de la editorial Cátedra, del narrador y dramaturgo Alexandre Dumas hijo, que no puede ser otra que su célebre novela «La dama de las camelias», que se ofrece en español en su primera versión, publicada en 1848, incorporando los pasajes censurados por el propio autor en reediciones posteriores.
Verdaderamente, la propia vida de Dumas padre e hijo fueron tan densas como su labor literaria: el padre no sólo vivió numerosas relaciones amorosas, sino que en 1839 había reconocido como propio a un hijo ilegítimo, también llamado Alexandre Dumas (París, 1824-Marly-le-Roy, 1895), que se convertiría en el máximo dramaturgo del Segundo Imperio y miembro de la Academia Francesa, algo que ansió y no logró ser su padre. El hecho de llamarse igual le abriría todas las puertas del ambiente literario parisino y se le recordaría por escribir una de esas obras que la sociedad convierte en un estándar del tema que desarrollan: en su caso el afán amoroso llevado hasta el extremo más sentimental, sufriente e incluso melodramático. Escribió «La dama de las camelias» con sólo veinticuatro años, trasladando al papel una historia que a grandes rasgos había protagonizado él mismo: su atracción por una célebre cortesana de la época, Marie Dupleiss, a la que llamó Marguerite Gautier en su relato, mientras él elegía para su «alter ego» un nombre con sus mismas iniciales: Armand Duval.
La novela sufriría el acicate de la censura tras lanzar acusaciones por indecencia y se prohibió que fuera adaptada al teatro, lo que acabó ocurriendo en 1852, cuatro años después de que la novela viera la luz y se pusieran en tela de juicio sus atrevimientos narrativos, en un París que se debatía entre la renovación artística y el conservadurismo de su rígida moral. Dumas hijo solo desafiaría los prejuicios de la época, aunque su tendencia al moralismo burgués incipiente transformara sus piezas en meras obras de tesis. Le sobreviviría no obstante, y cómo, su única novela. De hecho, Dumas se dedicaría con especial tesón a los escenarios, recreando asuntos considerados escabrosos para la moral de entonces, como el cuestionamiento de la familia, el divorcio o el adulterio. El nuevo drama prestaba atención a la burguesía revolucionaria, a la vez que se profundizaba en los sentimientos esenciales del alma humana, tal como habían apuntado en Rousseau, Diderot y Voltaire. De este modo, el nuevo héroe mundano vive sus emociones sensuales desde el dolor y la desgracia, considerando el enamoramiento poco menos que una enfermedad.
Contra la hipocresía social
El propio Dumas, que había pasado por una borrascosa juventud tras abandonar su casa familiar a los dieciocho años —era hijo de una esporádica relación entre una modista y el fogoso escritor que, por entonces, intentaba abrirse camino en el mundo del teatro—, haría trizas la hipocresía social imperante desde su misma biografía. Cabe decir, con todo, que pese a los intentos de censurarla, ningún elemento sórdido o vulgar se infiltró en la narración —el protagonista se justificaba así al final del relato: «No soy el apóstol del vicio, pero me haré eco de la desgracia noble siempre que la oiga contar»—, e incluso el final, con arrepentimientos moralizantes incluidos, es puramente romántico y pasional. Las polémicas, sin embargo, no harían más que fortalecer la importancia de Dumas hijo, que se aliaría con su padre para la construcción del Théâtre Historique. Era un tiempo aquel en que circulaba el «Diario. Memorias de la vida literaria (1851-1870)», de los hermanos Goncourt, en tiempos, cómo no, convulsos para Francia, con Luis Napoleón Bonaparte, presidente de la Segunda República Francesa, dando un golpe de Estado para erigirse en Napoleón III. Algo que generaría, como consecuencia directa en este ámbito literario, el exilio de Victor Hugo y un clima de censura perpetrada en contra de los medios de comunicación.
Es más, en 1853, los Goncourt eran procesados por un artículo que quería reflejar el ambiente callejero desde donde vivían hasta la dirección del periódico para el que trabajaban. Una dosis de realismo que atentaba contra la moral pública y las buenas costumbres que propugnaba el poder gubernamental. Se colocaban de este modo, como dirán ellos mismos cuatro años después, en la misma situación que Flaubert, que en efecto también era llevado «a los banquillos de la policía correccional», o que otro de sus amigos, Théophile Gautier, que decía arriesgarse «a cada frase a ser llevado ante los tribunales», o que el Charles Baudelaire del que un poco después aseguraban: «Se defiende obstinadamente, con cierta ira, de haber ultrajado las costumbres en sus versos». Y en efecto, en agosto de 1857, se le había acusado de ofender la moral religiosa por algunos poemas de «Las flores del mal» que no permitieron publicar por su trasfondo lésbico. Ya lo dijo André Schiffrin, que expuso su punto de vista sobre el mundo de las editoriales en «La edición sin editores» y «El control de la palabra», al afirmar que se vive un gran conservadurismo artístico en el que la censura del mercado va en detrimento en última instancia de la creatividad del escritor.
Publicado en La Razón, 10-XII-2025
lunes, 9 de febrero de 2026
Entrevista capotiana a María Asunción Mateo
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de María Asunción Mateo.
Si tuviera que vivir en un solo
lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Ora marítima, mi casa.
¿Prefiere los animales a la
gente? Prefiero reunirlos en armonía, la animalidad nos iguala.
¿Es usted cruel? Rotundamente
NO.
¿Tiene muchos amigos? Auténticos,
los suficientes.
¿Qué cualidades busca en sus
amigos? Bondad, lealtad y comprensión.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? En
alguna ocasión todos podemos decepcionar, incluso a nosotros mismos.
¿Es usted una persona
sincera? Siempre que la ocasión lo merezca.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo
libre? Escribiendo.
¿Qué le da más miedo? Tenerlo.
¿Qué le escandaliza, si es que
hay algo que le escandalice? El abuso, la violencia, la
pobreza, la indiferencia ante el dolor ajeno.
Si no hubiera decidido ser
escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Aprender
a escribir.
¿Practica algún tipo de ejercicio
físico? Sí, la gimnasia de toda la vida: pesas, sentadillas, estiramientos…
¿Sabe cocinar? Claro,
soy de la época en que si no cocinabas no eras una mujer completa.
Si el Reader’s Digest le
encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a
quién elegiría? Si se refiere a alguien real, a Rafael Alberti. A
nivel literario, al mismo.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la
palabra más llena de esperanza? Amor.
¿Y la más peligrosa? Guerra.
¿Alguna vez ha querido matar a
alguien? De momento, no.
¿Cuáles son sus tendencias
políticas? Pertenezco a la izquierda civilizada.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le
gustaría ser? Más inteligente, más solidaria.
¿Cuáles son sus vicios
principales? Creo que no tengo, al menos no soy consciente.
¿Y sus virtudes? Capacidad
de trabajo y lealtad extrema.
Imagine que se está ahogando.
¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Los
momentos felices vividos y el deseo de que las sirenas me rescataran.
T. M.
domingo, 8 de febrero de 2026
Sobre mi poemario "Sin" en la revista "Qué Leer"
He tenido el inmenso privilegio de que, en este número de febrero de la revista Qué Leer, en su sección "Partes de Guerra", la escritora Gabriela Guerra Rey haya dedicado su espacio, su inteligencia, su sensibilidad y su tiempo para hablar de Sin, un libro de poesía que publiqué en 2010 y que está atravesado por lo mismo que la autora explora en esas páginas mensuales: la manifestación literaria del dolor.
viernes, 6 de febrero de 2026
Entrevista capotiana a Miguel Garrido de Vega
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Miguel Garrido de Vega.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Japón. O Galicia. O mi
biblioteca.
¿Prefiere los animales a la gente? Los animales me recuerdan el misterio más primigenio de la vida. No
somos mejores que una hormiga o un gato. Pero
solo con las personas se puede argumentar, disentir y construir. Cada uno tiene
lo suyo, supongo. Eso sí: mi perro es sagrado.
¿Es usted cruel? Me
dicen que no. Pero cuando escribo, lo intento con ganas.
¿Tiene muchos amigos? Tengo los mejores, estoy seguro.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Cada vez me convenzo más de que hace falta un «núcleo común» con la otra
persona. Al margen de carnés y superficialidades, compartir un nivel parecido
de empatía y humor, de calma, de ganas de diálogo y aprecio de la cultura. Respetar,
admirar al otro. Y la lealtad, siempre la lealtad.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? No. Ya digo: son los mejores.
¿Es usted una persona sincera? Soy escritor.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Con las historias que leo, veo y me cuentan. Trasteando con mis pobres
plantas. Pensando haikus mientras paseo a mi perro Gazpacho. Y con mi familia.
¿Qué le da más miedo? Las agujas del reloj.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? Constatar que hay seres —¿humanos?—
a quienes no les importa lo más mínimo dejar un reguero de cadáveres, literales
y figurados, para conseguir sus objetivos.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? Trabajar
con las manos y la madera, con la tierra. Pasar el máximo tiempo alejado de
pantallas y teclados. Y lo más cerca posible del mar, los bosques y la montaña.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Artes marciales; me ayudan a mantenerme centrado, porque si en lo físico
no hay un componente mental, me cuesta… aunque lo que de verdad querría volver
a hacer es jugar al baloncesto.
¿Sabe cocinar? Por
suerte, Internet está llena de recetas con muy buenas instrucciones paso a paso.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? En abstracto, me fascinan figuras como Fernando Pessoa, Franz Kafka,
Georges Perec o Leonora Carrington. Pero, si pensara en escribir un artículo
así, creo que antes hablaría de personas con una importancia decisiva en mi
trayecto vital —como mi maestro, JJ Muñoz-Rengel—, o a las que admiro por
motivos más dolorosos, como mi bisabuelo, el médico Rafael de Vega Barrera,
fusilado en 1936. Y, de entre todas ellas, elegiría a mi madre: artista,
lectora y cinéfila insaciable, con un enorme mundo interior. Por lo pronto que
se fue y, sobre todo, por la huella que me dejó.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? En gallego las tenemos
preciosas —agarimo, ronsel, paseniño…—. Y siempre me ha maravillado la palabra «utopía».
¿Y la más peligrosa? No creo que haya palabras peligrosas per se. Peligrosos son quienes las
utilizan como armas.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? ¿Está encendida la grabadora?
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Me interesa la defensa de lo que nos une como sociedad: la justicia, la
cultura, la igualdad de oportunidades, la libertad de pensamiento. La mano
tendida, no el puño que golpea. Y me preocupan el avance del autoritarismo, la
sustitución del diálogo por el dogma, la lógica de mercado como máxima única y
el creciente discurso del odio.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un búho. O una lechuza. Incluso me conformaría con una urraca o un mirlo.
¿Cuáles son sus vicios principales? El «sobrepensamiento»; un amigo siempre me dice que no paro de hacerme
trampas al solitario. Estoy dejándolo poco a poco, prometido. También debería
dormir más. Y comer mejor.
¿Y sus virtudes? La
fuerza de voluntad, como cantaba Rosendo.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Los ojos de mi hijo.
T. M.
jueves, 5 de febrero de 2026
La revista "Qué Leer" de este febrero
martes, 3 de febrero de 2026
Entrevista capotiana a Marga Montes Aguilera
En 1972,
Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que
nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los
perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo
con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus
frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman
la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de
la vida, de Marga Montes Aguilera.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? No lo he encontrado todavía, uno con montañas, bares
y, sobre todo, muchos días de sol.
¿Prefiere los animales a la gente? No, en
ningún caso. No reniego de los animales si están en su hábitat natural que
nunca es mi casa.
¿Es usted cruel? No creo. La crueldad
implica falta de empatía, sentirse con el poder de hacer daño, no tengo esos
sentimientos. Si he herido alguna vez a alguien ha sido sin crueldad. También
me han herido sin crueldad y, en alguna ocasión con ella.
¿Tiene muchos amigos? Amigos íntimos pocos, dos
o tres, de confianza, incondicionales. Luego están los amigos sociales,
queridos y muy valorados. Creo que de esos tengo los suficientes. Tampoco
desdeño las amistades ocasionales. La amistad como todo lo humano es algo vivo
que evoluciona. La antigüedad no siempre es una virtud en la amistad.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que se alegren y lloren
conmigo, que sepan escuchar y no juzgar, que respeten mi espacio, que intenten
comprender mis errores y que puedan estar conmigo en una habitación sin hablar.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? Casi nunca, ha pasado en muy contadas ocasiones.
¿Es usted una persona sincera? Lo procuro, aunque creo que ser
sincero no siempre pasa por decir toda la verdad.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me gusta caminar por la montaña, ver una película, leer, escribir, viajar y perder el tiempo charlando en un bar.
¿Qué le da más miedo? La injusticia y los que la
practican.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La codicia.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una
vida creativa, ¿qué habría hecho? Bueno, no puedo decir que mi vida haya sido
creativa, al menos en ese sentido. He trabajado como profesora de Física y
Química durante muchos años. La escritura ha estado relegada al ocio hasta
ahora. Para mí, como autora emergente, con algunos relatos publicados y mi
primera novela a punto de salir, una actividad realmente nueva e ilusionante.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Caminar por
la montaña o por cualquier lado y montar en bici como ejercicio y como
diversión. Luego los ejercicios de fuerza que hay que hacer. Una vez al año
esquiar.
¿Sabe cocinar? Sí, algunas cosas no me salen mal.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A Joan Manuel Serrat
como personaje real y a Pedro, el médico de Tiempo de silencio, como
personaje de ficción.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Educación.
¿Y la más peligrosa? Hambre.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Sí, varias veces.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy socialdemócrata y feminista. Apoyo las políticas que más se acerquen
a la idea de igualdad y justicia social.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Actriz de
teatro.
¿Cuáles son sus vicios principales? La cerveza, el
desorden y comerme el coco más de la cuenta.
¿Y sus virtudes? Soy perseverante,
trabajadora y discreta.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Mi hijo.
T. M.
lunes, 2 de febrero de 2026
Un artículo sobre el Hotel Intelier Palacio de San Martín
domingo, 1 de febrero de 2026
Entrevista capotiana a Carol Vila Micó
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Carol Vila Micó.
Si tuviera que vivir en un
solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Pues ojalá poder ponerme branquias
artificiales y poder vivir bajo el mar como si fuese una de las hijas de
Poseidón.
¿Prefiere los animales a la
gente? Pues… Aún soy muy
joven, pero… A medida que voy creciendo y al moverme en diferentes círculos
sociales, cada vez me gusta menos la gente y en consecuencia quiero más a mi
gato. Voy a acabar como Eleanor Abernathy, la loca de los gatos de los
Simpsons. No tengo pruebas, pero tampoco dudas.
¿Es usted cruel? A ver, si contar chistes de humor negro es
ser cruel soy una sádica sin escrúpulos. Pero no, no soy cruel. Al menos en mi
vida cuotidiana. Ahora bien, cuando me pongo a escribir, eso es harina de otro
costal.
¿Tiene muchos amigos? Rotundamente no. A ver… Es verdad que tengo
facilidad para hablar con la gente y socializar. ¡Me hago amiga hasta de las
piedras! Gente con la que salir de fiesta y pasarlo bien la tengo a raudales. Sin
embargo, amigos de verdad que conozcan absolutamente todas mis aristas, que
sepan todos los esqueletos que escondo en el armario y que me acompañen tanto
en época de vacas gordas como de flacas, solo los puedo contar con los dedos de
las manos
¿Qué cualidades busca en sus
amigos? Que me digan la
verdad por muy hiriente que resulte. ODIO la mentira, las falsedades, aparentar
y los “bien quedas”.
¿Suelen decepcionarle sus
amigos? Me ha decepcionado
muchísima gente. Por eso precisamente sé
quiénes son mis amigos de verdad. Hoy, sé que los que se han quedado en mi
círculo de amistad no me decepcionarán.
¿Es usted una persona
sincera? Soy más
transparente que el agua de las playas de Ibiza. Si tengo que decir algo lo
digo, aun a riesgo de meterme en un lío.
¿Cómo prefiere ocupar su
tiempo libre? Pues
últimamente tengo más trabajo que un cura en una guardería, pero… En las
temporadas de más relax me encanta ver series de temática hospitalaria. También
suelo leer mucho. Sobre todo, novelas de suspense Agatha Christie, Mary Higgins
Clark, Javier Holgado o Manuel Loureiro.
¿Qué le da más miedo? Quedarme completamente sola. Y los payasos.
Me acojonan los payasos: a un nivel que me llevó años poder ver en la tele el
anuncio del detergente de Micolor.
¿Qué le escandaliza, si es
que hay algo que le escandalice? Que
en pleno siglo XXI haya seres ineptos que han llegado al poder y se crean con
derecho a matar a gente sin ton ni son por un triste trozo de tierra. Que me
insulten y me llamen cosas que no soy en absoluto por llevar una pulsera con la
bandera de España, que es mi país, pero si un español lleva una bandera de
Estados Unidos, que es culpable de tantas cosas en el mundo, cosida a la
mochila no pasa nada.
Si no hubiera decidido ser
escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Hubiera sido nadadora paralímpica.
¿Practica algún tipo de
ejercicio físico? Hago
natación desde los tres años y además práctico yoga.
¿Sabe cocinar? Recientemente he descubierto que e me da
bien la repostería.
Si el Reader’s Digest le
encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a
quién elegiría? Ernest Hemingway.
¿Cuál es, en cualquier
idioma, la palabra más llena de esperanza? Fe.
¿Y la más peligrosa? Envidia.
¿Alguna vez ha querido matar
a alguien? Sí. Y al verme
incapaz de hacerlo en la realidad, me decidí a matar en la ficción. Al ser
ficción nadie me puede prohibir matar ¿verdad?
¿Cuáles son sus tendencias
políticas? Uffff… Has
abierto la Caja de Pandora amigo. Hoy, me siento tan sumamente defraudada con
el circo que se nos está quedando, que no puedo responder a esta pregunta con
rotundidad. Digamos que admito lo bueno y crítico lo deleznable de cada lado.
¿Tiene un nombre eso? Como últimamente todo tiene etiquetas…
Si pudiera ser otra cosa,
¿qué le gustaría ser? Sin
ningún atisbo de duda neuróloga o psiquiatra. La mente humana me parece
tremendamente fascinante.
¿Cuáles son sus vicios
principales? Dejar en
visto involuntariamente a personas en WhatsApp. Y lo peor es que por culpa de
la sociedad de la inmediatez en la que vivimos, se piensan que les hago
ghosting porque me he cabreado. No, simplemente voy a 1000 cosas y soy más
despistada que Luna Lovegood y he leído el mensaje, pero se me ha olvidado
responder. Por favor, la gente que ve que no respondo insistid.
¿Y sus virtudes? La constancia. Ella me ha llevado donde
estoy.
Imagine que se está
ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Está difícil que yo me
ahogue. Cómo he dicho antes práctico natación desde los tres años. Como estoy
coja vamos a poner por caso que me persigue un payaso asesino ( ya he dicho que
me dan un miedo terrible los payasos) y no puedo huir de él porque no llevo muy
bien lo de correr: los momentos que me pasarían por la cabeza serían mis
vivencias en el grupo scout Sant Jordi de L'Olleria, mi viaje de fin de curso a
Roma, mi madre y el Camino de Santiago adaptado a personas con discapacidad que
he hecho con mi hermano.
T. M.
viernes, 30 de enero de 2026
El exiliado al que le dolía España
México, escritores y Guerra Civil Española son elementos que están estrechamente ligados y que marcaron el devenir de algunas de nuestras mentes literarias más brillantes. En el país americano autores como Max Aub, narrador, poeta y dramaturgo, autor de culto para diversas generaciones de literatos, encontraron acomodo vital y un lugar donde continuar con su andadura artística. Y como consecuencia de ello, sus familiares también continuaron estando vinculados a la nación mexicana, incluso cuando ya hubo posibilidad de volver a la España democrática. Una de esas personas fue Elena Aub, que murió en 2020 teniendo la nacionalidad mexicana, pese a haber nacido en Valencia, en 1931, hija de Perpetua Barjau Martín. En un momento dado, la familia decidió exilarse, primero Max Aub y luego ella con su madre y su hermana Carmen, estableciéndose primero en Cuba, en 1946, y luego definitivamente en México.
Pero no sólo ella estuvo relacionada con el ámbito literario por medio de su padre, el que firmó libros tan audaces, a veces de corte vanguardista, como «La gallina ciega» o «Jusep Torres Campanals». Su marido también fue escritor, además de profesor en la Universidad Autónoma de México. Federico Álvarez Arregui. Juntos emprendieron diversas iniciativas para empoderar la condición de exiliado, como la que llevaron a cabo entre 1959 y 1961 mediante el Movimiento Español (ME/59). De hecho, Álvarez Arregui trabajó en los años ochenta para el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México (INAH), en el Proyecto de Historia Oral «Refugiados Españoles en México: Archivo de la Palabra», realizando entrevistas a exiliados españoles en México tras la Guerra Civil. Un proyecto que se realizó en colaboración con el Ministerio de Cultura de España y en que Elena Aub también estuvo presente.
«Max Aub. La vida en juego» también sirve para homenajear a Mainer, catedrático jubilado de literatura española en la Universidad de Zaragoza, del que se añaden una serie de fotografías, además de las cartas que de joven intercambió con el propio Aub, en que le decía que estaba cansando de la novela realista española y que se había «pasado» a la narrativa hispanoamericana. Y, claro está, Aub estaba en el lugar donde tantos escritores de habla hispana estaban destacando por sus audacias estilísticas y que estaban llegando a España con grandes elogios publicitarios en modo «boom».
Precisamente, en los mastodónticos «Diarios. 1939-1972» que Renacimiento publicó hace dos años de Aub, se leía una entrada escrita en «Boston. Cambridge. Harvard» que decía: «La ignorancia total –de los norteamericanos– de lo hispanoamericano. Escogieron que hablara de la poesía mexicana porque jamás oyeron hablar de ella. La consideran exótica “a priori”. La furia contra [Fidel] Castro Ruz se debe a que los ha insultado por televisión (es más, pero base de la indignación popular): que de pronto un individuo de raza inferior se les alce y grite los saca de quicio. Sólo conocen los países de los que vienen (Alemania, Hungría) o donde han hecho la guerra (Francia, Alemania, China, Japón)».
La antiespañolidad
En ese mismo diario, Aub hablaba amargamente de un mundo dominando por los nacionalismos en que él sentía que no encajaba por su origen, de ascendencia diversa, y afirmaba haber luchado «contra tanta ignominia». Al hilo de esto, cabe decir cómo Mainer habla de que estamos ante «uno de los primeros novelistas políticos de este siglo» (en el primer ensayo recogido, que salió a la luz en 1966, en la revista «Ínsula»); lo comparaba con André Malraux, pues ambos «representan una solución de urgencia de cara a un soñado futuro en la justicia». De hecho, el segundo ensayo alude a la «anti-España» del escritor, la cual cosa le valdría a Mainer un ataque de Aquilino Duque —que fuera amigo de Aub—, que también se incluye en el libro, en que se expresa en estos términos: «Mainer exhuma el desdichado tópico de la Anti-España, acuñado en mala hora por alguien de derechas de cuyo nombre no me acuerdo y asumido en hora peor por alguien de izquierdas de cuyo nombre no quisiera acordarme».
Duque acusaba a Mainer de expulsar a Aub del «ámbito espiritual de la patria», por ser judío, republicano, desterrado, cuando seguía siendo un escritor español en lengua española. La respuesta de Mainer será aludir a que Aub era antifascista y que la mejor literatura es una apuesta contra el silencio y el terror, a lo que añadía que despolitizar la literatura era algo imposible por inútil. Así, vemos que en el pacífico terreno de las letras y los despachos de los intelectuales también cuecen habas. En todo caso, cabe quedarse con lo único importante: el «Recuerdo de Max Aub», por decirlo con el título de otro de los textos de Mainer, escrito al año de que el escritor exiliado muriese y que pertenecía, a la vez, a «esta tierra desollada que es España». Asuntos de corte vanguardista en su obra, relacionado con la moral, un estudio del libro «Cuerpos presentes», u otro sobre los literatos y la Guerra Fría, entre otros, más otras piezas surgidas por el pretexto de otras onomásticas, completan este volumen que coloca al narrador, en definitiva, como «Max Aub, mexicano».
Publicado en La Razón, 3-I-2026








