domingo, 16 de agosto de 2026
Reseña de "Mandar y obedecer" en "Gesto"
sábado, 15 de agosto de 2026
Entrevista capotiana a Juan C. López Cantos
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él el escritor estadounidense se entrevistaba a sí mismo con especial astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Juan C. López Cantos.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una casa en un páramo con chopos al fondo. Con unos pocos libros, escogidos, y ciertos discos. Papel, bolígrafos y lápices de sobra. Tampoco estaría nada mal en un lugar frente al Atlántico, con lo mismo.
¿Prefiere los animales a la gente?
Prefiero a las
personas. Suelo entenderme mejor con los animales de mi especie.
¿Es usted cruel? No. Nunca ha sido mi intención hacer
daño de ninguna de las formas en que se puede hacer daño. Si lo he sido alguna
vez no me he enterado, lo que indica torpeza, y eso tampoco está muy bien;
espero que no haya ocurrido.
¿Tiene muchos amigos? Conozco a bastantes personas y, sí,
tengo algunos amigos.
¿Qué cualidades busca en sus
amigos? No creo que
se busque algo o al menos yo no recuerdo haberlo hecho: si somos amigos, es
todo y por algo será; si no, pues nada, no tenía que ser.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Teniendo en cuenta la
respuesta anterior es fácil pensar que no. Quizá he tenido suerte o, al no
esperar nada, no había posible decepción. Hemos discutido, nos hemos enfadado,
nos han distanciado las circunstancias vitales… nada que no forme parte del
juego entre nosotros. Seguimos siendo amigos.
¿Es usted una persona sincera? Al menos conmigo, espero que sí. En
cualquier caso, tengo la impresión de que para convivir es más valioso ser
honesto, y de eso me parece que voy bien.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo
libre? Hay
demasiadas cosas que me gusta hacer y la indecisión hace que pase ese tiempo
sin hacer nada. Reconozco, por otra parte, que me gusta bastante pensar y
sentir; es decir, no ocupar el tiempo libre con nada, aparentemente, para que
siga siendo libre.
¿Qué le da más miedo? El sufrimiento de las personas a las
que amo tanto. Y la violencia.
¿Qué le escandaliza, si hay algo
que le escandalice? Si un personaje –político, periodista,
músico…- nos miente y es descubierto y sigue, como si nada, repartiendo opinión
y sus verdades, me escandaliza su falta de escrúpulos pero, más aún, me
escandalizan sus palmeros. Y, ya puestos, la carroña televisiva, su pesadez y mal gusto para
mantener el negocio. No sé, igual hablo de lo mismo y más que escandalizarme es
ponerme de mal humor.
Si no hubiera decidido ser
escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Me temo que no he decidido nada.
Posiblemente hubiera sido autónomo y tendría una academia de refuerzo de
ciertas asignaturas (Matemáticas y Física y Química, por ejemplo).
¿Practica algún tipo de ejercicio
físico? Ciclismo de
carretera y sus aledaños: un poco de ejercicio para no sufrir mucho del cuello
y de la espalda.
¿Sabe cocinar? Sí, puedo defenderme.
Si el Reader´s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre
“un personaje inolvidable”, ¿a quién elegiría? Inolvidable para mí, entre otros, es
mi abuelo; pero, bueno, si no les sirve, elegiría a César Vallejo.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la
palabra más llena de esperanza? Respeto.
¿Y la más peligrosa?
Aquí lo tengo más
difícil… “odio” es bastante dura.
¿Alguna vez ha querido matar a
alguien? Nunca.
Y espero seguir así.
¿Cuáles son sus tendencias
políticas? Soy
bastante de “paz y respeto”, me parece que lo tengo complicado.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le
gustaría ser? Supongo
que cosa se refiere a, por ejemplo, un árbol; pues eso me hubiera gustado: un
castaño, un álamo…
¿Cuáles son sus vicios
principales? Tiendo
a la soledad, si es que eso se puede considerar vicio.
¿Y sus virtudes? La paciencia.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué
imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Quién me habrá mandado meterme aquí.
T. M.
domingo, 2 de agosto de 2026
Un héroe para Inglaterra, una amenaza para España
Un bucanero influyente
¿Este entorno hispano relacionado con el corso se podría extender de alguna manera a la esfera anglosajona? La respuesta a eso podemos encontrarla en «Drake. Corsario y almirante» (traducción de Juan Guijosa), de Christopher Lloyd, en cuya cubierta aparece un retrato de Sir Francis Drake por Marcus Gheeraerts el Joven, de 1591. Para empezar, el autor afirma algo incontestable: el hecho de que Drake ha sido objeto de un perenne interés: «En su tiempo, los hombres le seguían “por amistad y por su renombre”. Durante el siglo que siguió al suyo, el hechizo que se desprendía de sus legendarias hazañas en el “Spanish Main”, o dominios españoles, indujo a numerosas generaciones de bucaneros a continuar el camino emprendido por él, aun cuando las presas conseguidas no fueron nunca tan grandes como las suyas». Es decir, estamos ante un hombre inspirador e influyente, elevado a celebridad nacional británica. No en balde, su casa de Devonshire se convirtió en el Museo Drake, como apunta Lloyd, y su visita a California generó, en San Francisco, la «Drake Navigators Guild» (Hermandad Drake de Navegantes).
El biógrafo advierte que no escribió su libro para venerar al protagonista, «porque las hazañas de Drake son lo suficientemente grandes para hacer que todo relato poco crítico de las mismas resulte tan inoportuno como engañoso. No todos sus hechos fueron morales, ni tampoco fueron todos afortunados». Comoquiera, las iniciativas que emprendió Drake le granjearon al comienzo una gran respetabilidad, gracias a lo cual pudo viajar alrededor del mundo como corsario, y más adelante, devino en una especie de oficial de la Marina, o sea, «el mando de las fuerzas y flotas expedicionarias en la guerra contra España», como explica Lloyd. La cumbre de su andadura marítima llegaría con la batalla de Gravelinas, hacia el final de la campaña contra la Armada española. El historiador sigue todos estos pasos de éxito, pero también la época en que Drake cosechó fuertes fracasos y afrentas hasta su muerte.
De negrero a «sir»
Dice Lloyd no venerar a Drake, pero a la vez confiesa que deberíamos o podríamos admirar sus hazañas históricas diciendo que sus aventuras de filibustero son tan emocionantes como las que son de ficción, como en el caso de «La isla del tesoro» de R. L. Stevenson. Es más, «su viaje alrededor del mundo constituye la proeza máxima de la flota isabelina, y el papel que desempeñó en la guerra contra España hace que deba ser considerado como nuestro primer gran almirante digno de una indiscutible reputación internacional». Y realmente, así es por cuanto la posteridad ha revestido a Drake con el brillo del gran navegante isabelino: el hombre que circunnavegó el mundo, desafió al Imperio español y fue armado caballero por Isabel I a bordo del Golden Hind. Sin embargo, bajo esa imagen de héroe nacional también hay que considerar que participó en las expediciones negreras organizadas por John Hawkins, pioneras en la implicación inglesa en la trata atlántica de esclavos.
Más tarde, perfeccionaría otro negocio igualmente lucrativo: el saqueo sistemático de las posesiones españolas en América, capturando galeones cargados de plata o desembarcado en ciudades que luego dejaba incendiadas, con rehenes y rescates obtenidos bajo la amenaza de la destrucción absoluta. Santo Domingo y Cartagena de Indias conocieron bien esa estrategia del terror: edificios reducidos a escombros, patrimonio arrasado y poblaciones obligadas a comprar su propia supervivencia. Lo curioso es que muchos de aquellos ataques se produjeron incluso antes de que Inglaterra y España estuvieran oficialmente en guerra. Para la Corona inglesa, Drake era un instrumento de expansión y enriquecimiento; para los españoles, apenas existía diferencia entre el corsario y el pirata. Su patente de corso legitimaba sus acciones en Londres, pero no alteraba la experiencia de quienes contemplaban cómo sus ciudades ardían mientras el oro cambiaba de dueño.
Como no podía ser de otra manera, así como en Inglaterra continúa siendo uno de los grandes mitos nacionales, en buena parte del mundo hispánico, en cambio, su nombre permanece ligado a una forma de violencia que convirtió el mar en un escenario de extorsión y el prestigio imperial en un lucrativo negocio. En este sentido, estamos ante un gran libro de Lloyd que cabe leer con juicio crítico porque su mirada no es completamente aséptica. Cuando aborda la expansión marítima, el Imperio británico o las grandes rivalidades europeas, suele adoptar un punto de vista cercano a la tradición historiográfica inglesa. No incurre en un nacionalismo explícito ni en una defensa militante de la historia británica, pero tampoco cuestiona con la misma intensidad algunos de los aspectos más oscuros de Drake.
Publicado en La Razón, 18-VII-2026
sábado, 1 de agosto de 2026
Entrevista capotiana a Diego Rodríguez Reis
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Diego Rodríguez Reis.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Desde niño, siempre soñé con un espacio reducido
donde poder leer y escribir sin ningún tipo de incomodidad (muy a lo Kafka). La
palabra “búnker” es una de mis palabras preferidas de todas las lenguas.
¿Prefiere los animales a la gente? En general,
no. En particular, sí.
¿Es usted cruel? Creo que la crueldad
(como la envidia, los celos o el rencor) precisan una constancia de la que
carezco por completo.
¿Tiene muchos amigos? No, muy pocos,
circunstancia que deploro cual lamento en ciertas ocasiones y celebro en otras.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Creo que la amistad es
como el amor (es una de las formas del amor). Es decir, en ese universo, uno no
busca, sino que encuentra. Mis amigos son perfectos e imperfectos así tal cual
son.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? No, tal vez
porque no espero de ellos cosas que sé que no me pueden dar. Suena a verdad de
Perogrullo, pero si un amigo te decepciona, habría que revisar nuestra definición
personal de amistad, o la letra chica de ese contrato tácito de amistad.
¿Es usted una persona sincera? Por lo
general, sí: ello me suele acarrear tiempo de debates y discusiones. Por otra
parte, debatir y discutir son de mis actividades predilectas.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leyendo,
escribiendo, mirando “One Piece” o pelis policiales de los años cuarenta.
¿Qué le da más miedo? Perder la
poca lucidez mental que tengo. Perder a la gente que quiero.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? Ver a alguien o a un pueblo tropezar dos, tres o cien
veces con la misma piedra.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? Me cuesta horrores
imaginarlo, pero creo que algo relacionado con la jardinería o el paisajismo
(aunque veo un filo creativo también allí).
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Juego al
fútbol 5 todos los domingos. Hago bicifija día por medio mirando documentales
de cualquier índole.
¿Sabe cocinar? Me encanta cocinar de todo,
desde lo más básico a lo más complejo: me gusta hacer pan, asados, empanadas,
guisos. Y cada tanto, algo nuevo: mi aprendizaje más reciente fue el ramen,
sigo practicando.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Dos: a Diego Armando
Maradona o al cineasta Tarsem Singh.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Memoria.
¿Y la más peligrosa? Olvido.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, creo que no.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Las que incluyen a
todos los habitantes de un pueblo, las que se ocupan de todas las dimensiones
de las necesidades de un pueblo. El nombre es lo de menos, creo.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Uh,
guionista de cine, en el Hollywood de los cuarenta; o en el plano de la
ficción, ser Watson, ser el mejor y único amigo de Holmes.
¿Cuáles son sus vicios principales? La lectura,
los puzles, los buenos vinos.
¿Y sus virtudes? Creo que soy un buen profesor
de Lengua y Literatura; y un mejor tallerista de Escritura Creativa. Y un
escritor tolerable, a veces.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Escenas del
cine y la literatura, supongo, soy muy intertextual: pensaría en la escena de
Ulises llegando a la isla de los feacios; en el cuento “El nadador” de Ricardo
Piglia; en la “Solaris” de Stanislav Lem y en la “Solaris” de Tarkovsky; y en
ese planeta todo de agua en “Interestelar”. Y en el hermoso día en que nacieron
mis hijos, claro, todo eso en el mismo instante eterno.
T. M.
viernes, 31 de julio de 2026
Un artículo sobre un triple aniversario en Perelada y el concierto de Sílvia Pérez Cruz
jueves, 30 de julio de 2026
Entrevista capotiana a Helena Mariño
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Helena Mariño.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una vez imaginé una
casa con jardín en la que vivíamos todas las amigas y en la que conversábamos, cocinábamos,
amábamos, escribíamos y bailábamos, estábamos en algo así como una sobremesa permanente
mientras nos hacíamos viejas. Para que no se perdiese, escribí sobre esta casa y
resultado terminó siendo toda la primera parte de Mira
la palabra cómo brilla. Me quedaría a vivir en
ese capítulo del libro.
¿Prefiere los animales a la gente? No. Quiero mucho a mi gata Macorina, pero soy posibilista en lo que
respecta al ser humano.
¿Es usted cruel?
Intento no serlo, la crueldad es el rasgo que más rechazo me produce en una
persona.
¿Tiene muchos amigos? No sé qué cantidad exacta marca la línea entre pocas o muchas. Diré entonces
que tengo muy buenas amigas.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? La empatía, la sensibilidad, la inteligencia.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? No, y no sé si tiene que ver con esta tendencia al posibilismo, con que
son personas que meditan bastante sus decisiones, o ambas. Quizá porque
acontece pocas veces, cuando ha sucedido lo he sentido como algo tremendamente
doloroso.
¿Es usted una persona sincera? Procuro ser sincera, pero no estaría siéndolo ahora mismo si dijese que
de vez en cuando no practico la mentirijilla piadosa.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Cualquier sábado libre es perfecto si leo mucho, escribo, salgo a pasear
por mi ciudad, voy al teatro o veo una película y después voy con amigas a
tomarme un vino generoso a La Venencia (mejor un palo cortado o un amontillado).
¿Qué le da más miedo? La equidistancia.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? El capitalismo.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? De
pequeña quería ser arqueóloga-patinadora sobre hielo. Aún no he renunciado a este
sueño de infancia.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Me gusta dar paseos largos, pienso mejor caminando. Ahora que soy una
persona de cierta edad y no quiero perder capacidades físicas, lo justo y con
desgana pero voy al gimnasio.
¿Sabe cocinar? La
mayoría de los días cocino por supervivencia, pero soy diligente a la hora de
seguir los pasos de una receta medianamente compleja si hago una cena
multitudinaria en casa.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A Aurora Venturini, me parece una persona fascinante y su obra es de una
inteligencia feroz.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Asombro.
¿Y la más peligrosa? Ultraderecha.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? A menudo, cuando leo o escucho declaraciones de sujetos de ultraderecha.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Creo en la necesidad de insistir en la generación de presente, en
pensar en cómo es una vida vivible (en lo climático, lo político y lo íntimo) y
en la lucha contra la idealización del pasado. Me asusta mucho también la
tendencia a la atomización social y el auge de la manosfera. Cuando
me desespero, acudo al Atlas
para un mundo difícil,
de Adrienne Rich. Es mi libro de
autoayuda.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Desde hace más de veinte años, dos cosas que son una: Lyra Belacqua -la
protagonista de la saga La
materia oscura de Phillip Pullman- y el daimonion
Pan, su propia alma que habita fuera de su cuerpo en forma animal.
¿Cuáles son sus vicios principales? Fumar y ver true
crimes mientras hago elíptica en el
gimnasio.
¿Y sus virtudes?
Soy feminista, soy insistente y resistente y sigo creyendo en la posibilidad de
construir un futuro vivible, siempre recuerdo lo que he soñado y de vez en
cuando escribo algún poema que está bastante bien.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? El sábado libre y perfecto que he descrito en una de las preguntas
anteriores, un viaje largo por carretera con mi pareja cantando canciones de
una playlist que hemos creado adrede para ese momento, la vez primera que
sostuve en las manos mi primer libro y sentí su peso, un momento de euforia
compartida en una manifestación, las olas de la playa de La Lanzada cualquier
agosto de mi infancia.
T. M.
martes, 28 de julio de 2026
Libros para no perder el rumbo en la «Odisea» de Nolan
Somos aún parte de la antigua civilización griega, y su cultura y bases políticas están entre nosotros; sus inquietudes, certezas y conjeturas nos sobrevuelan, y nuestras pasiones, luchas y ensueños permanecen al mismo tiempo en lejanos hexámetros, desde hace casi treinta siglos: en dos epopeyas que fueron atribuidas a Homero, un aedo con biografía poco fidedigna, y que el mundo conoce como la «Ilíada» y la «Odisea». Eduardo Gil Bera vio hace años que este campo es fértil para la especulación y la desconfianza, es decir, para la investigación. Publicó entonces «Ninguno es mi nombre» –en referencia al célebre episodio en el que Ulises se escapa de las garras de Polifemo–, en que trató de convencer al lector de que Tales (665-581 a. C.), sí, aquel conocido por su vida en Mileto como legislador y participante en el gobierno tiránico de Trasíbulo pero que nació en una localidad de Creta, Gortina, escribió el inmortal poema. Este «poeta secreto» habría escrito la «Odisea», cuya composición «duró más de treinta años».
Así, Gil Bera se preguntaba cómo es posible que se pusiera en marcha una red de homéridas (los rapsodas que recitaron el poema por tierras de Jonia) «a la vez, en islas y ciudades muy distantes entre sí», y quién estaba detrás de semejante empresa. Este no era otro que Tales, el primer editor de la «Ilíada» y la «Odisea», que en torno a la guerra entre Mileto y Lidia, iniciada en el año 613 a. C., va promoviendo esas lecturas homéricas en ciudades como Quíos, Esmirna y Colofón. Luego, al acabar la contienda once años más tarde, en la «Ilíada» se incorpora el escudo de Aquiles, como homenaje a la paz, y la «Odisea» goza de un nuevo final, también de carácter pacífico. Una obra en marcha, en definitiva, en función de la realidad sociopolítica: «La narración heroica y aventurera adquirió un aspecto costumbrista y educativo, adecuado para ser motivo de canto para todo un país». Así lo explicaba el autor, para quien la autoría de Tales era evidente tras analizar un panfleto, divulgado en su día por los homéridas, donde él mismo reconocía haber escrito la «Odisea». Ahí estaba el juego y… ¿por qué no la verdad?
De hecho, a ciencia cierta, sabemos muy poco sobre Homero. La tradición griega le atribuyó la autoría de dos poemas y lo situó en el mundo jonio, entre los siglos VIII y VII a. C., pero no existe ninguna prueba que confirme su biografía, su lugar de nacimiento o su existencia como individuo histórico. Lo que sí se acepta es que ambas obras son el resultado de una larga tradición oral que acabó fijándose por escrito en esa época, aunque sigue abierto el debate sobre si detrás de ellos hubo un único poeta excepcional llamado Homero o varios autores y generaciones de rapsodas que dieron forma al legado épico griego.
Aluvión de novedades homéricas
Ahora, a propósito de «La Odisea» de Christopher Nolan, Ulises ya ha emprendido el viaje de regreso. No hacia Ítaca, sino hacia las librerías, pues la expectación generada por la nueva película del director británico ha coincidido con una auténtica eclosión de publicaciones que recuperan el universo homérico desde perspectivas muy distintas. Nuevas ediciones del poema, reinterpretaciones gráficas, ensayos históricos, novelas, libros de viajes y estudios arqueológicos confirman que el interés por Homero continúa casi tres mil años después.
Entre las novedades destaca la nueva edición ilustrada de «Odisea» (Lunwerg), adaptada por el clasicista Barry B. Powell e ilustrada por Joanna Lisowiec. El volumen acerca el poema a nuevos lectores mediante una cuidada propuesta visual que acompaña las aventuras de Odiseo, desde su enfrentamiento con Polifemo y Circe hasta el canto de las sirenas y el regreso a Ítaca. Muy distinta es la propuesta del dibujante italiano Milo Manara, cuya «Odisea» (Lumen) traslada el poema al lenguaje del cómic e introduce un cambio de perspectiva: el relato adquiere una nueva dimensión a través de Telémaco, el hijo que creció sin conocer a su padre y reconstruye sus hazañas escuchando el relato del centauro Quirón.
Pero esta recuperación de Homero no se limita a la ficción. Buena parte de las novedades parten de una pregunta que lleva siglos fascinando a historiadores y arqueólogos: ¿qué ocurrió realmente detrás del mito? Durante mucho tiempo, la guerra de Troya fue considerada una invención literaria hasta que las excavaciones arqueológicas demostraron la existencia de la ciudad. Desde entonces, el debate ya no gira en torno a si Troya fue real, sino a cuánto había de historia en los poemas homéricos. Esa es la cuestión que aborda «Homero y su Ilíada», del historiador británico Robin Lane Fox (Crítica, 2024), fruto de medio siglo de investigaciones sobre el origen del poema, la figura de Homero y el contexto histórico en que pudo componerse. En la misma línea se sitúa «De Troya a Roma. La historia tras el mito», de Néstor F. Marqués y Pablo Aparicio (Desperta Ferro), que sigue el itinerario simbólico que une la destrucción de Troya con el nacimiento de Roma a través de Eneas, combinando arqueología, historia y reconstrucciones visuales. Completa este recorrido «El mundo de Homero» (Crítica, 2015), de John Freely, un singular viaje por los escenarios de la «Ilíada» y la «Odisea» que muestra cómo paisaje, arqueología y literatura siguen iluminándose mutuamente.
Personajes secundarios
Si la tradición sitúa el conflicto hacia el 1180 a. C., algunos estudios recientes sostienen que formó parte de una crisis mucho mayor que afectó a todo el Mediterráneo oriental. En ese contexto resulta especialmente iluminadora la lectura de «1177 a. C. El año en que la civilización se derrumbó», del arqueólogo Eric H. Cline, libro con el que entender el final de la Edad del Bronce. Su propuesta sitúa la guerra de Troya dentro de un escenario marcado por conflictos, migraciones, sequías, terremotos, la ruptura de las redes comerciales y la irrupción de los llamados Pueblos del Mar, convirtiendo la caída de la ciudad en uno de los episodios de una transformación mucho más amplia del mundo antiguo.
La ola editorial también ha desplazado la mirada hacia personajes que la tradición épica relegó a un segundo plano. Durante siglos, Aquiles, Ulises o Héctor monopolizaron el relato, mientras figuras como Helena, Penélope o Telémaco permanecían definidas por su relación con los héroes. Esa tendencia comienza a invertirse en «La vida privada de Helena de Troya», la recuperación que La Fuga hace de la novela publicada por John Erskine en 1925. La acción se sitúa después de la guerra, cuando Helena regresa a Esparta y debe enfrentarse a una existencia mucho más compleja que la leyenda. Menelao, su hija y toda la sociedad continúan juzgándola, mientras la novela desplaza el interés desde la épica hacia la intimidad de una mujer obligada a convivir con las consecuencias de un relato escrito por otros.
Muy diferente es la propuesta de «El viaje de Ulises. Sabiduría de la “Odisea” para aquellos que buscan dominar su destino», de J. P. Graham (Roca). El libro convierte el itinerario del héroe en un conjunto de enseñanzas sobre liderazgo, toma de decisiones, incertidumbre y fortaleza de carácter. En lugar de analizar el poema desde una perspectiva histórica o filológica, Graham lo interpreta como un repertorio de experiencias humanas cuya vigencia trasciende el mundo antiguo. Por último, quizá el ejemplo más inesperado de esta expansión del universo homérico sea «Historia del pan. Un viaje desde la “Odisea” a las guerras del siglo XXI», de Gabriele Rosso (Barlin). El ensayo utiliza la «Odisea» como punto de partida de una historia cultural del pan y sigue su recorrido desde las antiguas civilizaciones de Mesopotamia y Egipto hasta la actualidad para mostrar cómo un alimento cotidiano ha estado ligado a la religión, la organización social, la economía, las hambrunas, los conflictos políticos y, hoy, incluso a la geopolítica del trigo.
Es evidente que la adaptación cinematográfica ha contribuido a despertar el interés de los lectores y a favorecer la aparición de nuevas ediciones y ensayos. Sin embargo, reducir esta oleada editorial a una simple estrategia comercial sería simplificar demasiado, pues realmente siempre hay trabajos de trasfondo homérico. La «Odisea» ha atravesado casi tres milenios porque contiene algunos de los grandes interrogantes de la experiencia humana: el deseo de regresar y la imposibilidad de hacerlo siendo la misma persona; la inteligencia frente a la violencia; la hospitalidad y la extranjería; la memoria, la espera y la tentación de olvidar quiénes somos.
Publicado en La Razón, 15-VII-2026
El inicio de la tradición literaria occidental
Se publica, por parte de la editorial
Alianza, la traducción en prosa de Carlos García Gual de la «Odisea»,
acompañada por un estudio introductorio. Este gran helenista español propone
una lectura de esta obra como el texto que desplaza la épica desde el campo de
batalla hacia el viaje y la aventura. Frente a la «Ilíada», centrada en la
guerra de Troya, aquí aparecen nuevos escenarios, múltiples registros
narrativos y un protagonista mucho más complejo. Odiseo ya no es el héroe
definido por su fuerza física, sino por su inteligencia, su capacidad de
adaptación y esa «polytropía» que el traductor explica como la cualidad de
quien sabe desenvolverse entre toda clase de peligros y cambiar de estrategia
según las circunstancias. García Gual también analiza la cuidada estructura del
poema, dividida entre la «Telemaquia», las aventuras marinas y el regreso a
Ítaca, además de detenerse en la importancia del relato en primera persona, que
convierte a Odiseo en uno de los primeros grandes narradores de viajes de la
literatura. En suma, esta edición funciona como una auténtica guía de lectura
para comprender por qué la «Odisea» inauguró un nuevo modo de contar historias
y por qué su héroe resulta, todavía hoy, sorprendentemente moderno.
lunes, 27 de julio de 2026
Entrevista capotiana a Almudena Fernández Ostolaza
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Almudena Fernández Ostolaza.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Hay muchos lugares que
adoro: Bilbao, San Sebastián, L´ampolla, Córdoba, Almería…, pero creo que mi
ciudad favorita es Madrid.
¿Prefiere los animales a la gente? En absoluto.
¿Es usted cruel? No,
para nada. Aborrezco la crueldad. Nunca me ha fascinado el personaje del mítico
asesino en serie con una mente privilegiada. Destruir, humillar o insultar es
lo más fácil que existe, lo brillante es construir y crear.
¿Tiene muchos amigos? Tengo buenos amigos y amigas. Aunque, como me he trasladado de ciudad muchas
veces, ha sido inevitable perder el contacto con algunas personas muy cercanas
en otras épocas, y me parece una pérdida terrible.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Tolerancia, lealtad y que sean divertidos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? Alguna vez me ha pasado, como a todo el mundo, pero es la excepción.
¿Es usted una persona sincera? Lo intento. Observé mucho el tema de la mentira y la traición para mi
segunda novela, y me sorprenden las cotas de mentira que manejamos todos
habitualmente en nuestras vidas. Y, sobre todo, de
autoengaño.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me encantan los viajes familiares y las tertulias literarias. Leer y
bailar siempre han sido mis dos pasiones. Ahora también escribir: cuando
descubrí el placer de escribir novelas cambió por completo mi propio enfoque
sobre la soledad. Antes la rehuía, ahora la valoro mucho para poder meterme de
lleno en inventar tramas y personajes.
¿Qué le da más miedo? Muchísimas cosas: la velocidad, las alturas, los espacios cerrados, los
espíritus, los zombis, los asesinos de carne y hueso… la lista es interminable.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? El genocidio de Gaza y que la
gente haga alarde de cosas que antes daban vergüenza: el racismo, la violencia,
la ignorancia…
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? Mi
verdadera profesión es la de notaria, pero, si se trata de fantasear, me habría
encantado ser profesora de literatura.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Solo bailar y caminar.
¿Sabe cocinar? No.
No tengo paciencia. Soy muy afortunada por vivir en Bilbao porque aquí todo el
mundo cocina de lujo. Yo suelo llevar el vino.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A alguna de mis escritoras favoritas: Elena Ferrante, Maggie O´Farrell,
Fred Vargas o Almudena Grandes. Quizá Harper Lee, la querida amiga de Truman
Capote.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Igualdad.
¿Y la más peligrosa? Dictadura.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Me cuesta hacerlo hasta en las novelas. Me desagrada muchísimo la
violencia y me molesta incluso “convivir” con mis propios personajes violentos.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? No comprendo a la gente que va a votar a favor de destruir la sanidad
pública solo porque odien a Pedro Sánchez. ¿No se dan cuenta de lo que pierden?
¿De verdad se han tragado que sus seguros privados de risa van a resolverles gratis
un cáncer o una cirugía cardiaca?
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Bailarina del equipo de Rosalía o Bad Bunny.
¿Cuáles son sus vicios principales? La fantasía (ver respuesta anterior), y la pereza.
¿Y sus virtudes? Amabilidad
y ecuanimidad.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Recordaría los momentos más dulces con mis hijos y mis hermanos.
T. M.
sábado, 25 de julio de 2026
Reseña en "La Razón" de "Troncos, raíces, piedras. Doscientos años de literatura y política rusas"
viernes, 24 de julio de 2026
Entrevista capotiana a Alma Sampedro
En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Alma Sampedro.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una biblioteca.
Con buena luz, una cafetera y libros suficientes para no llegar nunca a la
última estantería. Y sin obligación de ordenarlos alfabéticamente: bastante
larga sería la eternidad como para volverla también previsible.
¿Prefiere los animales a la gente? Depende
mucho del animal y, sobre todo, de la persona. Pero admito que los animales
tienen una costumbre muy saludable que inclina la balanza a su favor: nunca
pierden el tiempo intentando parecer lo que no son.
¿Es usted cruel? No. Aunque, como
escritora, a veces someto a mis personajes a ciertas calamidades que en la vida
real me parecerían imperdonables. Supongo que la literatura es el único lugar
donde una puede ser despiadada y luego defenderse alegando exigencias del argumento.
¿Tiene muchos amigos? Nunca
he sentido la tentación de hacer recuento. Con los amigos me pasa como con los
libros: prefiero unos pocos que me acompañen durante años a una estantería
llena de nombres.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? No
las busco. Las buenas amistades, como los buenos libros, suelen aparecer por
sorpresa. Pero me quedo con la gente honesta, leal y coherente, con sentido del
humor y sin demasiada afición a hacer de sí misma un personaje.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? A
veces, claro. Pero intento no pedirles una perfección que yo tampoco sabría
mantener más de cinco minutos seguidos. Todos venimos con alguna errata de
fábrica; lo importante es que no ocupe el libro entero.
¿Es usted una persona sincera? Lo
intento. Además, la mentira me parece un sistema bastante ineficaz: obliga a
tener mucha memoria y yo prefiero emplearla en recordar historias.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Escribiendo,
leyendo y disfrutando de mi familia. A veces incluso consigo combinarlo: ellos
están conmigo y yo, además, con media docena de personajes.
¿Qué le da más miedo? Las
pérdidas para las que no existe una palabra capaz de volverlas más pequeñas.
Prefiero no concretar demasiado: hay miedos que, mientras no se nombran,
parecen guardar mejor las distancias.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? Cada vez me escandalizan menos cosas; quizá porque
la realidad lleva años empeñada en subir el listón. Pero la falta de integridad
todavía lo consigue, sobre todo cuando viene acompañada de un discurso
impecable.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? Creo que la
creatividad habría acabado encontrándome de una forma u otra. Probablemente
habría seguido dedicándome a otra profesión para ganarme la vida, pero también
habría terminado escribiendo, cocinando, cantando o inventando cualquier otra
excusa para crear. Algunas personas tienen aficiones; yo sospecho que tengo un
problema de imaginación.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí,
aunque mi rutina deportiva ha conocido tiempos más ambiciosos. He practicado
bastantes deportes; ahora me mantengo en forma subiendo y bajando escaleras por
casa con una disciplina que ningún entrenador consiguió imponerme. Confío en
reencontrarme pronto con el gimnasio, si él no ha rehecho ya su vida.
¿Sabe cocinar? Sí. Adoro cocinar
y, casi sin darme cuenta, la cocina termina apareciendo en muchas de mis
historias. Debe de ser mi manera de asegurarme de que los personajes no pasen
hambre.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Nora
Ephron. Escribió sobre el amor, el desamor, la comida y las pequeñas
catástrofes cotidianas con una inteligencia que nunca renunció a hacer reír. Me
parece admirable: bastante difícil es entender la vida como para explicarla sin
perder el sentido del humor.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? «Todavía». Me gusta porque se empeña en dejar una
puerta entreabierta. Mientras exista un «todavía», siempre queda algo por
intentar.
¿Y la más peligrosa? «Nunca».
Es la palabra que intenta hacerle creer a «todavía» que ha llegado demasiado
tarde.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No.
Pero en algunas de mis novelas he dedicado bastante tiempo a imaginar crímenes,
coartadas y formas de no dejar huellas. No por vocación, sino por necesidades
de la trama; en la vida real prefiero conflictos que puedan resolverse sin
intervención forense.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Las
que desconfían de cualquiera que prometa soluciones sencillas para problemas
complejos, sobre todo cuando esas soluciones caben en un eslogan.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Cualquiera
de mis perros. Todos han resuelto la existencia con bastante más sensatez que
nosotros: comen a su hora, duermen sin culpa y reciben como un acontecimiento
histórico que alguien regrese del supermercado.
¿Cuáles son sus vicios principales? Empezar
un libro nuevo antes de terminar el anterior, tanto al leer como al escribir.
Tengo una relación muy optimista con mi capacidad para llevar varias historias
a la vez; las historias, en cambio, quizá tengan otra opinión.
¿Y sus virtudes? La tenacidad.
Cuando creo de verdad en algo, me cuesta mucho abandonarlo. A veces es
perseverancia; otras, simple cabezonería. Todavía estoy intentando averiguar
dónde termina una y empieza la otra, aunque sospecho que la respuesta depende
bastante del resultado.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Supongo
que desfilarían las imágenes de rigor: las personas que quiero, algunos
lugares, quizá algún libro que dejé a medias. Pero antes pensaría que ahogarse
es una muerte muy poco considerada con una escritora: todo sucede demasiado
deprisa y no permite corregir el final.
T. M.








