En una conversación con Nora Catelli publicada en «Quimera» en 1982, Manuel Puig decía algo aparentemente simple pero decisivo para entender toda su obra: «Para mí, narrar es, de algún modo, conocer». La frase aparece mientras recuerda sus años italianos, pero en realidad funciona como una definición general de su literatura. Puig nunca dejó de creer en el placer narrativo, en la fuerza del melodrama y en la necesidad de contar historias, incluso cuando buena parte de la cultura prestigiosa sospechaba de esas formas consideradas «menores». Su gran descubrimiento fue comprender que el siglo XX hablaba mediante materiales despreciados: folletines, canciones sentimentales, frases hechas, películas de Hollywood, radionovelas o conversaciones triviales. Con todo eso construyó una de las obras más originales de la literatura hispanoamericana.
Durante mucho tiempo se repitió que Puig no tenía estilo, pero esa supuesta carencia era justamente la novedad radical de Puig, pues no buscaba una prosa inmediatamente reconocible, ornamentada o prestigiosa; es más, su literatura parecía desaparecer detrás de las voces de los personajes, como si quisiera inventar una narrativa construida a partir de la escucha. Algo que tenía mucho que ver con el cine. Así, cuando llegó a Italia en 1956, con una beca, llevaba consigo una devoción absoluta por Hollywood y directores Lubitsch, Hitchcock y Lang. Pero se encontró con un clima intelectual dominado por el neorrealismo y por la sospecha hacia la narración clásica. Puig entendió que esta jamás podría ser un adorno superficial, sino una forma de organizar la experiencia humana, y defendió esa idea sin abandonar nunca la experimentación formal, de ahí que sus novelas sean técnicamente complejas pero estén construidas con materiales que parecían indignos de la gran literatura.
Ahí aparece el núcleo de su obra: el folletín, el melodrama y la cultura sentimental de masas, ya que los hijos de inmigrantes y ex campesinos habían aprendido a sentir mediante el cine, la radio y las letras de tango; por eso parte de la crítica interpretó su obra desde lo kitsch y el sentimentalismo popular. Sin embargo, Puig no contempló a sus personajes desde arriba; incluso cuando hablan mediante clichés absurdos o frases melodramáticas, el escritor conserva hacia ellos una mezcla de ironía y ternura.
Su intuición más profunda era que las fantasías aparentemente ridículas contienen deseos auténticos. Y esa idea alcanza una formulación extraordinaria cuando habla de «Pubis angelical», en que quiso separar lo que la protagonista controla racionalmente de aquello que pertenece a «sus fantasías reprimidas, sus miedos, sus deseos inconfesados». Entonces añadió una frase magnífica: «Yo supongo que el inconsciente está poblado por el folletín, habla en términos altisonantes». Pocas definiciones mejores podrían darse del universo de Puig. El inconsciente moderno ya no habla el idioma de la tragedia clásica, sino el del melodrama cinematográfico y la novela sentimental.
La emoción dramática
Hay en su literatura, por otro lado, una preocupación constante por la imposibilidad de cambiar completamente. Sus personajes suelen vivir atrapados entre lo que creen pensar y aquello que aprendieron sentimentalmente en la adolescencia, de tal manera que la educación emocional deja marcas más profundas que las ideologías, una tensión esta que aparece de manera perfecta en «El beso de la mujer araña», probablemente su novela más célebre. La novela representó una verdadera revolución porque consiguió unir experimentación formal, reflexión política y emoción melodramática. La historia se sostiene sobre dos hombres encerrados en una celda: Molina, homosexual y apasionado por las películas románticas, y Valentín, militante revolucionario. Molina narra películas para sobrevivir al encierro, y Puig convierte esas narraciones sentimentales en el corazón emocional y político del libro.
Y aquí cabe hacer un aparte, pues en Argentina, el comportamiento homosexual podía llevar a un arresto o, al menos, a la humillación de verse etiquetado como «puto, palabra que siempre lo haría encogerse de vergüenza», como explicó su biógrafa Susanne Jill Levine. Puig, que solía vagar por La Boca, sintiendo el suspense y a la vez la atracción de lo prohibido, morirá en 1990 con la duda de si el sida ha sido el culpable. El caso es que en «El beso de la mujer araña», nunca trata a Molina como caricatura ni como símbolo abstracto, sino que el personaje está construido precisamente a partir de aquello que la cultura «seria» había despreciado: estrellas de cine, glamour, frases románticas, melodramas lacrimógenos. Pero Puig invierte todas las jerarquías culturales tradicionales y lo que parecía banal se vuelve profundamente humano. La adaptación cinematográfica de Héctor Babenco, estrenada en 1985, comprendió perfectamente esa complejidad. William Hurt interpretó a Molina sin convertirlo en simple emblema de la diferencia sexual, el actor ganó el Oscar por el papel, y la película convirtió internacionalmente a «El beso de la mujer araña» en una de las grandes historias queer, diríamos hoy.
Con todo, quizá el aspecto más fascinante de Puig siga siendo su método de trabajo, como contó Puig alrededor del origen de «Maldición eterna a quien lea estas páginas». Durante su estancia en Nueva York conoció en una piscina a un hombre llamado Larry. Lo observaba nadar y le intrigaba aquel individuo en apariencia perfecto y solo. «Yo quería ser él y él quería ser yo», recordó. Finalmente, le propuso encontrarse varias veces por semana para conversar. «Él no quería grabadora, así que todo lo que iba diciendo yo lo escribía a máquina. Ese diálogo, en el que yo me ponía en el lugar del viejo, es la novela». La anécdota revela hasta qué punto Puig concebía la literatura como una forma extrema de escucha. Sus novelas parecen espontáneas, pero están construidas mediante un trabajo minucioso sobre la oralidad, las interrupciones, los lugares comunes, las frases mal dichas y las fantasías sentimentales. Nadie habla nunca con una voz completamente propia, como si todos estuviéramos hechos de frases escuchadas en otra parte.
Publicado en La Razón, 15-V-2026








