jueves, 1 de octubre de 2020

Entrevista capotiana a Gervasio Posadas

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Gervasio Posadas.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Buff, lo llevaría fatal porque me encanta viajar. Creo que no sería capaz de quedarme en un solo sitio.

¿Prefiere los animales a la gente? Me temo que no. Soy muy de ciudad y nunca he tenido mascotas. A veces me da pena no tener más relación con los animales, pero esas cosas no hay que forzarlas.

¿Es usted cruel? Si soy cruel es conmigo mismo. Soy muy autocrítico y tiendo a machacarme por cualquier tontería, aunque en los últimos años me perdono un poco más.

¿Tiene muchos amigos? Creo que si, es uno de mis mayores orgullos. Es quizás una de las cosas que más he cuidado en mi vida, intentar mantener el contacto con las personas que quiero.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? La fidelidad y saber escuchar. Esta es una de las cualidades más escasas.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? En mi opinión hay que saber lo que se puede pedir a cada uno y no intentar que la gente haga cosas que no van con su carácter. Es la mejor forma de llevarse pocos disgustos.

¿Es usted una persona sincera? Dentro de lo que cabe. Las palabras hieren y a veces la sinceridad está de más.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? En viajar, leer e ir al cine. Y, por supuesto, escribir.  

¿Qué le da más miedo? Como a todo el mundo, la enfermedad y el dolor de los seres queridos.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La agresividad de la gente en las redes sociales. A veces pienso que estoy rodeado de locos y que no me he dado cuenta antes.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Probablemente seguiría trabajando en publicidad, lo que he hecho casi toda mi vida.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? A pesar de que tiendo a la vagancia, intento ir al gimnasio dos o tres veces a la semana. Me aburre horriblemente pero me sienta bien.

¿Sabe cocinar? Sí y me divierte mucho. A pesar de tener tres hermanas mayores, en casa era yo el que cocinaba. El problema es que me gusta experimentar y los experimentos no siempre me salen bien.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A mi padre. Es una respuesta sosa, pero no hay nadie que me haya marcado más.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Infancia.

¿Y la más peligrosa? Absoluto.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, pero soy de esos que conduce y se cabrea a menudo con otros conductores.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy de la especie más rara e incomprendida: librepensador de centro. Todavía no he encontrado a nadie que me represente.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Homer Simpson: le pasa de todo y en el capitulo siguiente parece que no ha pasado nada.

¿Cuáles son sus vicios principales? Soy un perpetuo insatisfecho, lo cual resulta muy pesado para mí y para los demás.

¿Y sus virtudes? Me gusta echar una mano a los demás cuando puedo.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Pensaría en todo lo que no habría hecho hasta entonces. Y en que me había equivocado para acabar así.

T. M. 

miércoles, 30 de septiembre de 2020

Mi artículo sobre Ruiz Zafón en "Qué Leer"

Parque Güell, Barcelona

Ya está en la web de Qué Leer el artículo, titulado "La fórmula indescifrable", que dediqué a Carlos Ruiz Zafón en su número de julio, por motivo de su muerte, y al que dedicamos la portada de la revista. 

martes, 29 de septiembre de 2020

Entrevista capotiana a José Luis Puerto

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de José Luis Puerto.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Las Batuecas, como emblema del territorio del origen, del espacio de la inocencia, también de ese paraíso hacia el oeste, hacia el misterio, hacia la ‘terra incognita’, hacia el ‘finis terrae’. Junto a Las Hurdes. Junto a Alfranca, el ámbito en el que vine al mundo. Juan Eusebio Nieremberg situaba allí el paraíso. Es una ensoñación del viaje a la semilla de que habla el mexicano José Gorostiza en ‘Muerte sin fin’, o el cubano Alejo Carpentier en uno de sus relatos.

¿Prefiere los animales a la gente? De los animales, me quedaría con esa ladera del existir en la inocencia, en el instinto. Pero es terrible que sean criaturas destinadas al sacrificio por los seres humanos, que no les dejamos vivir en su plenitud. Zurbarán representa maravillosamente lo que digo en ‘Agnus Dei’, ese cuadro del cordero maniatado sobre la mesa del sacrificio, que cuelga en el Museo del Prado. No podría vivir, sin embargo, sin conciencia y sin afectos. Y ahí aparecen los demás, la gente.

¿Es usted cruel? Por carácter, soy más bien apacible y allí donde estoy trato de que se establezca un equilibrio. Sin ese componente, soy incapaz de ser y de crear. Frente al caos, siempre trato de configurar cosmos. Pero es un modo de ser.

¿Tiene muchos amigos? En todas las etapas de mi vida, la amistad ha tenido y tiene una gran importancia. Sin ella, la vida no tendría aliciente, sería muy triste. Los amigos nos dan sentido y nos salvan. Lo mismo que los seres a los que más queremos. Siempre he tenido y sigo teniendo amigos, nunca muchos, claro está, pero siempre algunos decisivos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que sean ellos mismos, que tengan alma, que conecten con esas tradiciones de humanización que existen en todas las culturas y civilizaciones, y que irradien esos dones con los que todos venimos al mundo, pese a que no pocos se vayan de él sin haberlos descubierto.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Por lo general, no. Lo que ocurre es que, debido a los avatares de la vida, algunos se van quedando en una lejanía inalcanzable… Pues –como dijera en su momento Manuel Alvar– la vida nos zarandea y acabamos lejos de lo que amamos.

¿Es usted una persona sincera? Sí que creo serlo. La falsedad y el morbo no me interesan para nada; los aborrezco. Como dijera el poeta portugués Jorge de Sena, en un poema memorable, todos venimos al mundo desnudos y nos vamos del mismo modo. Y a todos nos ocurren cosas muy parecidas. Por ello, la sinceridad nos reconcilia con nosotros mismos.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Tiendo, posiblemente también por carácter y, en el fondo, por educación, a buscar la horaciana ‘aurea mediocritas’, que Fray Luis de León recreara en su “pobrecilla mesa de paz bien abastada”. Me gustan la naturaleza, la lectura, el arte, escuchar música… y hablar con la gente más humilde, con los campesinos; en ella descubro casi siempre la verdad más hermosa del mundo.

¿Qué le da más miedo? El fanatismo y la intolerancia, las perspectivas absolutistas y cerradas. Esas gentes que se niegan a aceptar que el mundo y los seres humanos somos muy diversos…

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? No suelo escandalizarme por casi nada. Trato de comprender las perspectivas humanas que me causan extrañeza. Como dijeran nuestros paisanos europeos en el arranque de la modernidad: “nada de lo humano me es ajeno”; nada de lo humano nos ha de ser ajeno. Eso sí, siempre en al absoluto respeto de la vida y de la dignidad de todos.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?Procedo del mundo campesino, de la pobreza. Mi padre fue emigrante en Francia y en Alemania. Y, de no haber tenido la suerte de estudiar y de descubrir ya en mi primera adolescencia que mi pasión era escribir, creo que hubiera sido –como otras gentes de mi pueblo y como mi padre mismo– emigrante en el País Vasco o en cualquier país de la Europa occidental.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Caminar por la naturaleza y por la montaña, pues soy serrano, del Sistema Central, de la Sierra de Francia. Caminar es un ejercicio físico y metafísico, ya que pone en funcionamiento nuestra capacidad de meditar, de observar, de contemplar…, facultades todas ellas derivadas del don de la conciencia que nuestra especie posee.

¿Sabe cocinar? Sí que sé cocinar. Aprendí en mis tiempos universitarios. Y sé que, más allá del componente práctico que tiene, la cocina es un territorio de creatividad. La contemplación de los bodegones, por ejemplo, no tanto los exuberantes de los artistas de los Países Bajos, sino los más ascéticos y esenciales de los españoles, estimulan mi creatividad.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A mi abuelo Pablo, uno de los seres decisivos en mi vida; del que aprendí, sobre todo, que, en la vida, hay que ponerse en juego y hay que tener ánimo para abordar siempre, pese a todas las trabas e impedimentos, lo que más amamos. También, en otro plano, a quien para mí se acerca más al arquetipo del poeta, el romántico alemán Friedrich Hölderlin…

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? ‘Fascinación’. Sentimiento que surge de todo aquello que nos encandila, que nos impulsa a maravillarnos ante el prodigio que es existir, que es el bien supremo. Y la fascinación siempre nos hace arder, estar de frente a la vida.

¿Y la más peligrosa? ‘Envidia’. María Zambrano, en ‘El hombre y lo divino’, la califica como el mal sagrado, frente al bien sagrado que es la piedad. El catecismo, cuando éramos niños, la definía muy bien: “es la tristeza por el bien ajeno”. ¿Hay algo más peligroso?

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, por Dios. La vida, de todos y de cada uno, es el bien supremo. Creo que cualquier ideología que necesite una sola gota de sangre de un ser humano queda ya invalidada de raíz por ese solo hecho.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Vengo de orígenes humildes. José Martí, en uno de sus poemas más memorables, que constituye la letra de la muy popular canción del “Guantanamera”, tiene dos versos que siempre he hecho míos: “Con los pobres de la tierra / quiero yo mi suerte echar”. Me interesa mucho el acceso a la dignidad de la gente más humilde. Pero esto es más un ideario social que político… Me situaría dentro de las perspectivas progresistas, en todo caso.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Creo que un árbol. Mis árboles primordiales son el castaño y la nogal (este último en femenino, como ocurre en mi lugar de origen). El árbol es fiel al lugar, a los cambios de las estaciones, está vinculado con el cielo y con el subsuelo, participa en su quietud del misterio del cosmos…

¿Cuáles son sus vicios principales? A veces, el ensimismarme, el estar a lo mío y distraerme con excesiva frecuencia de lo otro…

¿Y sus virtudes? La laboriosidad y la constancia, que creo que tienen mucho que ver con mis orígenes campesinos…

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Un espacio celeste lleno de aire y de luz. Mi abuelo Pablo era asmático y, debido a su enfermedad, que pasaba por periódicas crisis de ahogo, conozco desde niño la importancia del aire. Mi padre, en su estado de agonía, del que fui testigo, realizaba dos operaciones que, cuando las contemplaba, en su lecho en el hospital, me dejaban sobrecogido: respirar y latir.

T. M.


lunes, 28 de septiembre de 2020

Un ensayo sobre el Dublín y la Sevilla literarios

En el último número de la revista Cuadernos Hispanoamericanos (843, septiembre 2020) publico el texto titulado "Conexión literaria Dublín-Sevilla", donde hablo de la estrecha relación que tienen ambas ciudades mediante libros y autores.

Trinity College dublinés


domingo, 27 de septiembre de 2020

Entrevista capotiana a Álber Vázquez

 En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Álber Vázquez.


Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? En un pueblo pequeño de la España verde.

¿Prefiere los animales a la gente? La gente, por supuesto. Hay que ser un esnob redomado para responder en sentido contrario.

¿Es usted cruel? No, claro que no. La crueldad constante requiere dedicación y yo prefiero prestar atención a otros asuntos.

¿Tiene muchos amigos? Sí, y no lo comprendo.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que sean un poco idiotas, amigos de las cañas y de pasarlo bien.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No, porque son un poco idiotas, amigos de las cañas y de pasarlo bien.

¿Es usted una persona sincera? Lo justo. La sinceridad a todas horas es un auténtico horror.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Yo escribo libros y a eso dedico todo el tiempo del que dispongo. No creo que sea mejor que otras formas de emplearlo, pero es la mía.

¿Qué le da más miedo? Morirme tontamente y de repente.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Me escandaliza que, ahora que hemos conseguido que todo el mundo pueda estudiar, haya tantos tontos por ahí.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? No lo sé, porque no me imagino haciendo otra cosa, y además todo se me da mal salvo las artes. Quizás me habría gustado ser carpintero. Pero, vamos, lo digo sin demasiado énfasis.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí, soy maratoniano y corro regularmente.

¿Sabe cocinar? Sí. Soy vegetariano y practico mucho en la cocina para comer con variedad.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Dado que esa publicación se edita en los Estados Unidos, a Cristóbal Colón. Intentaría explicar que el personaje no fue jamás lo que ahora dicen que fue.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Adelanto.

¿Y la más peligrosa? Devolución.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? En serio, nunca.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy un liberal. Me gusta vivir y dejar vivir, y que el gobierno se meta en mi vida lo menos posible.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Pintor.

¿Cuáles son sus vicios principales? Soy muy testarudo.

¿Y sus virtudes? Soy muy constante.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Chicas guapas ligeras de ropa. Ya que la voy a palmar, que sea con alegría.

T. M.


sábado, 26 de septiembre de 2020

Recomendando un libro de Ray Bradbury en el programa de radio de Josep Cuní


 

Ayer viernes recomendé, en el programa Aquí amb Josep Cuní, de la Cadena SER, Fahrenheit 451 (editorial Minotauro), de Ray Bradbury. Se puede escuchar desde el minuto 14:45.


viernes, 25 de septiembre de 2020

Entrevista capotiana a Javier Vásconez

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Javier Vásconez.


Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? 
Una casa cerca de un bosque y frente al mar.

¿Prefiere los animales a la gente? La gente que ama los animales.

¿Es usted cruel? No lo creo.

¿Tiene muchos amigos? La amistad es un arte. Tengo algunas amigas y amigos, sí.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Inteligencia y generosidad.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? A veces.

¿Es usted una persona sincera? Yo creo que sí.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leyendo.

¿Qué le da más miedo? El poder.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? El abuso.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Marino mercante.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Caminar.

¿Sabe cocinar? Sí.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Lucia Berlin.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Sabiduría.

¿Y la más peligrosa? Enfermedad. 

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Sí.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Liberal.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Fotógrafo.

¿Cuáles son sus vicios principales? La impaciencia.

¿Y sus virtudes? ¿Las tenemos?

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? ¡De horror…!  Y que me metí a nadar donde no debía.

T. M.

 

jueves, 24 de septiembre de 2020

La urgente solidaridad

Hace un par de meses, pudimos conocer cómo Michael J. Sandel, mediante “Filosofía pública. Ensayos sobre moral en política”, reflexionaba sobre dónde colocar el intelectualismo moral en torno a conocimientos y actuaciones de políticos que tienen profundas consecuencias en la ciudadanía. A partir, por un lado, de su dominio de la realidad política estadounidense de los últimos decenios, y por el otro, del análisis de las lagunas morales en las que están metidas todas las sociedades, el profesor de ciencias políticas en la Universidad de Harvard, donde lleva impartiendo un curso sobre justicia desde hace veinte años, escribía con ejemplos concretos sobre la discriminación positiva, el suicidio asistido, el aborto, los derechos de los homosexuales o el papel de la religión en la vida pública.

Y como en aquel caso, lo mismo pasará con “La tiranía del miedo” (traducción de Albino Santos Mosquera), esto es, que no importa que el lector se posicione, de forma ideológica o ética; lo sustancioso es colocarse frente a los dilemas que presenta el autor, esta vez en torno a casos de lo que él cree que es la desaparición del bien común, y hacerse preguntas, y dudar de lo que se piensa. Hay que agradecer a la editorial Debate el esfuerzo y acierto por agarrarse a la actualidad y traernos un libro que Sandel fecha en este pasado abril, y en que empieza hablando de cómo el coronavirus se desató en un mundo que no estaba preparado para ello, ni logística ni moralmente. Una serie de carencias eran evidentes, pues, y Sandel las vincula al instante con las “décadas de desigualdad en aumento y de resentimiento culturales”, y con un “ambiente de rencor y desconfianza partidistas”, todo lo cual requeriría de “una solidaridad que muy pocas sociedades pueden recabar salvo en tiempos de guerra”.

Muy al contrario, se generó una solidaridad, sí, pero del temor, de la exigencia de la «distancia social». Toda una paradoja moral junto al lema de «todos estamos juntos en esto», que no tenía sólidas raíces. Por ello merece la pena entender el pasado para enfrentarnos a tamaña crisis de salud pública e intentar una renovación moral y política después de lo que Sandel observa: que en las pasadas cuatro décadas se deshicieron tanto los lazos sociales como el respeto mutuo. El libro, así explica cómo ocurrió tal cosa y propone caminos para reconducirnos hacia una política del bien común. Y, con gran astucia y habilidad, encuentra a la perfección la manera de hacerlo: con casos reales y cercanos, dejando claro que la igualdad de condiciones es más bien escasa, que son contados los espacios públicos que reúnen a las personas por encima de las diferencias de clase, raza, etnia y religión, y que la globalización ha comportado desigualdades de riqueza tan pronunciadas que nos han conducido a llevar estilos de vida separados según nuestra renta, alejados de lo común.

Publicado en La Razón, 19-IX-2020

miércoles, 23 de septiembre de 2020

Entrevista capotiana a Alice Kellen

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Alice Kellen.


Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? 
¡Mi casa!

¿Prefiere los animales a la gente? Depende. Cuando se trata de dar cariño pueden ser más desinteresados, aunque, claro, no dan buena conversación. Las relaciones humanas son complejas; en ocasiones, decepcionantes, pero es más una necesidad que una elección.

¿Es usted cruel? No y creo que debe de ser uno de los adjetivos más ofensivos. La crueldad es la ausencia de compasión o el deleite ante el sufrimiento ajeno, quiero pensar que son pocas las personas que pueden llegar a ser así.

¿Tiene muchos amigos? No sé si muchos o pocos, pero los suficientes.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que me enriquezcan, me divierta con ellos y me sienta cómoda, en confianza. También el respeto, creo que es importante poder ser abierta y sincera, saber que la otra persona no va a juzgarte y sentirte libre dentro de la relación.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Afortunadamente, no.

¿Es usted una persona sincera? Depende. Soy muy sincera con las personas que me rodean y con las que tengo confianza, pero me cuesta más con «los conocidos». Al final, también hay que preguntarse si ser extremadamente sincero vale la pena. Creo que la vida en comunidad sería insostenible si todos fuésemos por ahí diciendo lo que realmente pensamos sobre cada cosa.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Lo típico: pasar tiempo con los míos, leer, escribir, ver series, pasear, viajar…

¿Qué le da más miedo? Que le ocurra algo a las personas que quiero.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La maldad y el egoísmo sin pudor.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? No tengo ni idea. Probablemente, seguiría dedicándome a mi trabajo: marketing online para empresas.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Algo sí, pero admito que soy perezosa.

¿Sabe cocinar? Lo justo para sobrevivir.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Lo haría sobre un personaje ficticio, que me parece más divertido. «El principito», que además tiene relación con mi última novela.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Amor.

¿Y la más peligrosa? Odio.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? La verdad es que no, como mucho perderle de vista.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? No me gusta pronunciarme públicamente sobre este tema, pero cualquiera que me siga en redes sociales puede hacerse una idea de las cosas que apoyo o no.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Me tomo la pregunta en el más amplio sentido: un gato.

¿Cuáles son sus vicios principales? Ninguno, dejé el tabaco y el café, que eran las dos cosas que antes me acompañaban cada mañana. Me gusta mucho comer, eso sí. Los dulces pueden considerarse un vicio.

¿Y sus virtudes? Creo que puedo ser muy empática.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? La sonrisa de mi hijo, de eso no tengo dudas.

T. M.


martes, 22 de septiembre de 2020

Grossman, el escritor represaliado por el KGB

 

En 1990, poco antes de la desmembración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, se publicaba la obra inacabada “Asistencia obligada”, que hace poco tuvimos al alcance en español por medio de Ediciones del Subsuelo. Era la oportunidad para conocer la crueldad y la psicología del miedo que tan bien describió uno de sus autores, Borís Yampolski, que junto a Ilyá Konstantínovski fueron dos testimonios de un clima de represión que vivieron multitud de colegas poetas, narradores y dramaturgos. Todo ello era especialmente intimidante desde la Unión de Escritores Soviéticos, en cuyo primer congreso, en 1934, se proclamó el realismo socialista. Aquel libro ofrecía la recreación de un ambiente kafkiano, de asfixia, temor, desconcierto. El caso es que el escritor de turno recibía una carta en casa con la convocatoria de las reuniones, en la que ponía: “Asistencia obligada” y en las que, a juicio de Konstantínovski, “se decidía la vida y la muerte. Para nosotros, hacían las veces del rezo, la confesión, los libros, el circo, la opereta… Eran más trascendentes y terribles que un consejo médico. Eran un patíbulo”.

Allí se controlaba a los escritores, se enviaban proclamas que había que seguir al dictado, se hacían amenazas subliminales. Los escritores progubernamentales, súbditos obedientes, todos de mediocre altura literaria, estaban especializados en hacer la pelota a los mandatarios que enviaban a los escritores a campos penitenciarios y les condenaban al ostracismo después de criticarlos públicamente. No extraña que para Konstantínovski aquello se tratara de “largas, sombrías reuniones-matadero, reuniones-degollantes, reuniones en las que se producía una rápida deshumanización de los hombres”. Unos encuentros “obligados” en los se decidía quién tenía que estar en la lista de los aceptados y lo que había que repudiar, hasta el punto de que se malogró la carrera literaria de autores tan relevantes como Borís Pasternak.

            Esa pareja de escritores y amigos, que tan bien explicaron cómo el sistema estalinista «retorció, aherrojó, derribó y estampó contra el suelo, en el fango, a un gran número de talentos que aún nadie ha contabilizado», citaban entre sus papeles a un autor muy admirado por ellos, Vasili Grossman. Se evocaba en “Asistencia obligada” la última conversación de Yampolski con el autor de la magna “Vida y destino” –cuando ya era un hombre quebrado, vigilado, destinado al oprobio, con su novela confiscada y viviendo de forma miserable– como su triste entierro. Pero así trataba la URSS a los escritores que no obedecían sus dictámenes: hombres del Estado entraban en el hogar del artista, la registraban y se hacían cargo de la “novela represaliada”, además de adueñarse del resto de material y hasta de las cintas de las máquinas de escribir, llevándose el trabajo de toda una vida.

Juicio al estalinismo

            A propósito de todo ello, en los próximos días se pone a la venta “Vasili Grossman y el siglo soviético” (traducción de Gonzalo García),de Alexandra Popoff, que ha hecho sin error a equivocarnos la definitiva biografía de este autor que no pudo ver su obra cumbre. La escribió en 1959, él murió en 1964, y hasta 1988 no vio la luz en Moscú, bajo el gobierno de Mijaíl Gorbachov, mientras que en España había llegado en 1985, pero traducida del francés; más adelante, se convertiría en todo un libro superventas cuando se recuperó, traducido por fin del ruso, en 2007. «Sometió a juicio al estalinismo, yuxtaponiendo los crímenes contra la humanidad que los soviéticos perpetraron con los cometidos por los nazis. En 1960, dos años antes de que el mundo conociera la experiencia de Solzhenitsyn en el Gulag, Grossman completó su denuncia de las dos dictaduras y los sistemas de esclavitud que fundaron. Decidirse a intentar publicarla en la URSS fue un desafío de extremada valentía», escribe la también experta en la vida de Lev Tolstói y su mujer Sofia.

La investigadora se refería a “El archipiélago Gulag” (1973), de Aleksandr Solzhenitsin, quien arrojó luz sobre la llamada «reeducación» promulgada por el Gobierno soviético, a veces practicada en «centros psiquiátricos», para denigrar o hacer desaparecer todo aquel sospechoso de estar contra el poder establecido; así, Lenin y Stalin, con la excusa de reformar a delincuentes y antirrevolucionarios, segarían entre los años 1921 y 1953 la vida de entre veinte y treinta millones de personas en casi quinientos campos. Por otra parte, tendríamos el caso similar de que la novela de Borís Pasternak «Doctor Zhivago», que tan popular se hizo gracias al cine, que no se publicó en Rusia hasta 1988, con el cambio histórico que impulsó la perestroika. En su día, un par de editoriales moscovitas habían rechazado publicar, si no podían retocarla a su antojo, la historia del doctor Yuri Zhivago, ambientada en la Primera Guerra Mundial, la Revolución Rusa de 1917 y la posterior Guerra Civil de 1918-1920.

 Pasado y presente autoritario

Se calcula que, durante el periodo soviético, fueron detenidos unos dos mil escritores, y unos mil quinientos fueron encarcelados o llevados a campos de concentración. Por su parte, Pasternak moriría en 1960 apenado y con la espada de Damocles en forma de perpetua amenaza a ser expulsado de la Unión Soviética. Le había costado escribir su novela diez años (de 1945 a 1955), y vería la luz, tras su edición italiana, en casi veinte lenguas diferentes. Y su colega Grossman tuvo una andadura similar, pues su carrera literaria despegó con gran éxito –antes se había formado como ingeniero–, sobre todo cuando tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial se convirtió en corresponsal de guerra para el Ejército Rojo, publicando grandes crónicas de las batallas de Moscú, Stalingrado, Kursk y Berlín. Muy en especial, su testimonio sobre los campos de exterminio nazis, escrito tras la liberación de Treblinka, un documento que, incluso, fue utilizado como prueba en los juicios de Núremberg.

Popoff cuenta con detalle todas vicisitudes, las exitosas y las calamitosas, de un Grossman que apuntó: “No hay lógica ni verdad en la condición presente, en que yo esté materialmente en libertad cuando el libro al que he dado mi vida está en prisión. Como yo lo he escrito, no he renunciado a él y no renuncio… pido que mi libro quede en libertad”. Sin embargo, cuando un cáncer le arrebató la vida, Grossman parece ser que suponía que la obra se había perdido o quemado. Por fortuna, unos amigos lograran recuperarla, microfilmarla y pasarla clandestinamente hasta que llegó a Lausana. No era esta la primera de las desgracias para un autor cuya madre había sido asesinada por los nazis en su localidad natal, Berdíchev, en Ucrania, durante una de las primeras masacres de judíos en los territorios ocupados a la Unión Soviética. “Este destino constituyó el pilar de la motivación vital de Grossman. Lo llevó a destacar como uno de los primeros cronistas del Holocausto y explica la determinación con la que se esforzó por contar toda la verdad sobre el mal global que trajeron consigo los regímenes totalitarios del siglo XX”, apunta la investigadora.

Es más, señalando cómo en efecto Grossman tuvo que sufrir el antisemitismo por duplicado, con Hitler y con Stalin, Popoff advierte lo necesario que es conocer la obra de un escritor cuya prosa es esencial no sólo para entender el “pasado totalitario de Rusia, sino su presente autoritario”. 

Publicado en La Razón, 20-IX-2020


lunes, 21 de septiembre de 2020

Entrevista capotiana a Juan Lozano Felices

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Juan Lozano Felices.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Me gustaría vivir en Roma y salir a pasear al atardecer por Campitelli, subir a la Colina Palatina y hablarle a la estatua ecuestre de Marco Aurelio, pero tampoco me gustan las aglomeraciones. Imagino que acabaría paseando por el Cimitero Acattolico. Como contrapunto, dejando volar la imaginación, me gustaría construir una cabaña en Walden para vivir en ella (que tampoco haya wifi), pero quizás estuviese demasiado solo. Por cierto, durante el confinamiento descubrí que en casa tampoco se está tan mal.

¿Prefiere los animales a la gente? En términos absolutos, no.

¿Es usted cruel? No, o por lo menos no tengo consciencia de ello. No creo que, deliberadamente fuese capaz de infligir sufrimiento a nadie. Si alguien mereciera ese trato, preferiría ignorarlo. En todo caso, me perturba el sufrimiento ajeno.

¿Tiene muchos amigos? No, los suficientes.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Una cierta afinidad electiva. El resto se da por añadidura y, por supuesto, quieres a cada uno como es.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No, nunca. Sí sucediera tal cosa, imagino que el error o la culpa serían míos.

¿Es usted una persona sincera? Creo que sí o, por lo menos, lo procuro.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Haciendo algún viaje con mi mujer y los críos, o preparándolo. Es con lo que más disfruto.

¿Qué le da más miedo? En mi poema “Cuestión de equilibrio”, digo que no importa el abismo sino el miedo a caer. Pero no deja de ser una eficaz metáfora. En realidad, sí siento vértigo y miedo ante el abismo.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? No es que me escandalice pero mi capacidad de sorpresa no tiene límites ante el fraude de la corrección política, que aplana el criterio. Desgraciadamente, cada vez más presente en la sociedad.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Lo que intento ser ahora, un buen esposo y un buen padre pero sin escribir. En cualquier caso, tampoco soy escritor. Tengo mi trabajo y mi familia y, a veces, escribo.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? A veces la bicicleta estática, cuando era más joven me gustaba nadar. También me gusta andar, porque te da la ventaja de pensar al mismo tiempo. Se piensa muy bien caminando. Creo que fue Thoreau quien dijo algo así como que, cuando comenzaba a mover las piernas, sus pensamientos comenzaban a fluir.

¿Sabe cocinar? No, y es algo que me gustaría. Veo que la gente disfruta mucho en la cocina pero tengo que reconocer que no es algo para lo que me hayan llamado los dioses. Y, de veras, lo siento.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A Samuel Pickwick, el inmortal personaje de Charles Dickens. Quizás en literatura sea quien mejor me lo ha hecho pasar. Me parecería justo rendirle un homenaje, escribiendo una semblanza en el Reader’ s.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Se me ocurre ahora mismo, y en castellano, “resiliencia”. Es una palabra muy fea y embarazosa en su enunciado pero muy hermosa por cuanto significa. También me gusta mucho la expresión “dar a luz”.

¿Y la más peligrosa? Guerra. Quitando la guerra de Troya, pocas guerras pueden haber tenido sentido.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Creo que no. Sólo en la ficción.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy un firme defensor de la libertad individual, por lo tanto sería partidario de un sistema liberal donde el Estado intervenga lo menos posible. “Laissez faire, laissez passer”.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? De pequeño quería ser astronauta. Ahora creo que me gustaría ser guía islandés; como Hans, el cazador de patos de “Viaje al centro de la tierra”.

¿Cuáles son sus vicios principales? Tengo muchos vicios lingüísticos: el hiato cacofónico, el dequeísmo… ah, y también el pleonasmo que es vicio inexcusable.

¿Y sus virtudes? Uuuufffff…. No sé, supongo que mi capacidad para adaptarme al medio.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? En los últimos momentos quisiera ver la imagen de todos aquellos a los que he amado, que mi último pensamiento sea para ellos.

T. M.