martes, 28 de julio de 2026

Libros para no perder el rumbo en la «Odisea» de Nolan


Somos aún parte de la antigua civilización griega, y su cultura y bases políticas están entre nosotros; sus inquietudes, certezas y conjeturas nos sobrevuelan, y nuestras pasiones, luchas y ensueños permanecen al mismo tiempo en lejanos hexámetros, desde hace casi treinta siglos: en dos epopeyas que fueron atribuidas a Homero, un aedo con biografía poco fidedigna, y que el mundo conoce como la «Ilíada» y la «Odisea». Eduardo Gil Bera vio hace años que este campo es fértil para la especulación y la desconfianza, es decir, para la investigación. Publicó entonces «Ninguno es mi nombre» –en referencia al célebre episodio en el que Ulises se escapa de las garras de Polifemo–, en que trató de convencer al lector de que Tales (665-581 a. C.), sí, aquel conocido por su vida en Mileto como legislador y participante en el gobierno tiránico de Trasíbulo pero que nació en una localidad de Creta, Gortina, escribió el inmortal poema. Este «poeta secreto» habría escrito la «Odisea», cuya composición «duró más de treinta años».

Así, Gil Bera se preguntaba cómo es posible que se pusiera en marcha una red de homéridas (los rapsodas que recitaron el poema por tierras de Jonia) «a la vez, en islas y ciudades muy distantes entre sí», y quién estaba detrás de semejante empresa. Este no era otro que Tales, el primer editor de la «Ilíada» y la «Odisea», que en torno a la guerra entre Mileto y Lidia, iniciada en el año 613 a. C., va promoviendo esas lecturas homéricas en ciudades como Quíos, Esmirna y Colofón. Luego, al acabar la contienda once años más tarde, en la «Ilíada» se incorpora el escudo de Aquiles, como homenaje a la paz, y la «Odisea» goza de un nuevo final, también de carácter pacífico. Una obra en marcha, en definitiva, en función de la realidad sociopolítica: «La narración heroica y aventurera adquirió un aspecto costumbrista y educativo, adecuado para ser motivo de canto para todo un país». Así lo explicaba el autor, para quien la autoría de Tales era evidente tras analizar un panfleto, divulgado en su día por los homéridas, donde él mismo reconocía haber escrito la «Odisea». Ahí estaba el juego y… ¿por qué no la verdad?

De hecho, a ciencia cierta, sabemos muy poco sobre Homero. La tradición griega le atribuyó la autoría de dos poemas y lo situó en el mundo jonio, entre los siglos VIII y VII a. C., pero no existe ninguna prueba que confirme su biografía, su lugar de nacimiento o su existencia como individuo histórico. Lo que sí se acepta es que ambas obras son el resultado de una larga tradición oral que acabó fijándose por escrito en esa época, aunque sigue abierto el debate sobre si detrás de ellos hubo un único poeta excepcional llamado Homero o varios autores y generaciones de rapsodas que dieron forma al legado épico griego.

Aluvión de novedades homéricas

Ahora, a propósito de «La Odisea» de Christopher Nolan, Ulises ya ha emprendido el viaje de regreso. No hacia Ítaca, sino hacia las librerías, pues la expectación generada por la nueva película del director británico ha coincidido con una auténtica eclosión de publicaciones que recuperan el universo homérico desde perspectivas muy distintas. Nuevas ediciones del poema, reinterpretaciones gráficas, ensayos históricos, novelas, libros de viajes y estudios arqueológicos confirman que el interés por Homero continúa casi tres mil años después.

Entre las novedades destaca la nueva edición ilustrada de «Odisea» (Lunwerg), adaptada por el clasicista Barry B. Powell e ilustrada por Joanna Lisowiec. El volumen acerca el poema a nuevos lectores mediante una cuidada propuesta visual que acompaña las aventuras de Odiseo, desde su enfrentamiento con Polifemo y Circe hasta el canto de las sirenas y el regreso a Ítaca. Muy distinta es la propuesta del dibujante italiano Milo Manara, cuya «Odisea» (Lumen) traslada el poema al lenguaje del cómic e introduce un cambio de perspectiva: el relato adquiere una nueva dimensión a través de Telémaco, el hijo que creció sin conocer a su padre y reconstruye sus hazañas escuchando el relato del centauro Quirón.

Pero esta recuperación de Homero no se limita a la ficción. Buena parte de las novedades parten de una pregunta que lleva siglos fascinando a historiadores y arqueólogos: ¿qué ocurrió realmente detrás del mito? Durante mucho tiempo, la guerra de Troya fue considerada una invención literaria hasta que las excavaciones arqueológicas demostraron la existencia de la ciudad. Desde entonces, el debate ya no gira en torno a si Troya fue real, sino a cuánto había de historia en los poemas homéricos. Esa es la cuestión que aborda «Homero y su Ilíada», del historiador británico Robin Lane Fox (Crítica, 2024), fruto de medio siglo de investigaciones sobre el origen del poema, la figura de Homero y el contexto histórico en que pudo componerse. En la misma línea se sitúa «De Troya a Roma. La historia tras el mito», de Néstor F. Marqués y Pablo Aparicio (Desperta Ferro), que sigue el itinerario simbólico que une la destrucción de Troya con el nacimiento de Roma a través de Eneas, combinando arqueología, historia y reconstrucciones visuales. Completa este recorrido «El mundo de Homero» (Crítica, 2015), de John Freely, un singular viaje por los escenarios de la «Ilíada» y la «Odisea» que muestra cómo paisaje, arqueología y literatura siguen iluminándose mutuamente.

Personajes secundarios

Si la tradición sitúa el conflicto hacia el 1180 a. C., algunos estudios recientes sostienen que formó parte de una crisis mucho mayor que afectó a todo el Mediterráneo oriental. En ese contexto resulta especialmente iluminadora la lectura de «1177 a. C. El año en que la civilización se derrumbó», del arqueólogo Eric H. Cline, libro con el que entender el final de la Edad del Bronce. Su propuesta sitúa la guerra de Troya dentro de un escenario marcado por conflictos, migraciones, sequías, terremotos, la ruptura de las redes comerciales y la irrupción de los llamados Pueblos del Mar, convirtiendo la caída de la ciudad en uno de los episodios de una transformación mucho más amplia del mundo antiguo.

La ola editorial también ha desplazado la mirada hacia personajes que la tradición épica relegó a un segundo plano. Durante siglos, Aquiles, Ulises o Héctor monopolizaron el relato, mientras figuras como Helena, Penélope o Telémaco permanecían definidas por su relación con los héroes. Esa tendencia comienza a invertirse en «La vida privada de Helena de Troya», la recuperación que La Fuga hace de la novela publicada por John Erskine en 1925. La acción se sitúa después de la guerra, cuando Helena regresa a Esparta y debe enfrentarse a una existencia mucho más compleja que la leyenda. Menelao, su hija y toda la sociedad continúan juzgándola, mientras la novela desplaza el interés desde la épica hacia la intimidad de una mujer obligada a convivir con las consecuencias de un relato escrito por otros.

Muy diferente es la propuesta de «El viaje de Ulises. Sabiduría de la “Odisea” para aquellos que buscan dominar su destino», de J. P. Graham (Roca). El libro convierte el itinerario del héroe en un conjunto de enseñanzas sobre liderazgo, toma de decisiones, incertidumbre y fortaleza de carácter. En lugar de analizar el poema desde una perspectiva histórica o filológica, Graham lo interpreta como un repertorio de experiencias humanas cuya vigencia trasciende el mundo antiguo. Por último, quizá el ejemplo más inesperado de esta expansión del universo homérico sea «Historia del pan. Un viaje desde la “Odisea” a las guerras del siglo XXI», de Gabriele Rosso (Barlin). El ensayo utiliza la «Odisea» como punto de partida de una historia cultural del pan y sigue su recorrido desde las antiguas civilizaciones de Mesopotamia y Egipto hasta la actualidad para mostrar cómo un alimento cotidiano ha estado ligado a la religión, la organización social, la economía, las hambrunas, los conflictos políticos y, hoy, incluso a la geopolítica del trigo.

Es evidente que la adaptación cinematográfica ha contribuido a despertar el interés de los lectores y a favorecer la aparición de nuevas ediciones y ensayos. Sin embargo, reducir esta oleada editorial a una simple estrategia comercial sería simplificar demasiado, pues realmente siempre hay trabajos de trasfondo homérico. La «Odisea» ha atravesado casi tres milenios porque contiene algunos de los grandes interrogantes de la experiencia humana: el deseo de regresar y la imposibilidad de hacerlo siendo la misma persona; la inteligencia frente a la violencia; la hospitalidad y la extranjería; la memoria, la espera y la tentación de olvidar quiénes somos.

Publicado en La Razón, 15-VII-2026


El inicio de la tradición literaria occidental

Se publica, por parte de la editorial Alianza, la traducción en prosa de Carlos García Gual de la «Odisea», acompañada por un estudio introductorio. Este gran helenista español propone una lectura de esta obra como el texto que desplaza la épica desde el campo de batalla hacia el viaje y la aventura. Frente a la «Ilíada», centrada en la guerra de Troya, aquí aparecen nuevos escenarios, múltiples registros narrativos y un protagonista mucho más complejo. Odiseo ya no es el héroe definido por su fuerza física, sino por su inteligencia, su capacidad de adaptación y esa «polytropía» que el traductor explica como la cualidad de quien sabe desenvolverse entre toda clase de peligros y cambiar de estrategia según las circunstancias. García Gual también analiza la cuidada estructura del poema, dividida entre la «Telemaquia», las aventuras marinas y el regreso a Ítaca, además de detenerse en la importancia del relato en primera persona, que convierte a Odiseo en uno de los primeros grandes narradores de viajes de la literatura. En suma, esta edición funciona como una auténtica guía de lectura para comprender por qué la «Odisea» inauguró un nuevo modo de contar historias y por qué su héroe resulta, todavía hoy, sorprendentemente moderno.

lunes, 27 de julio de 2026

Entrevista capotiana a Almudena Fernández Ostolaza

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Almudena Fernández Ostolaza.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Hay muchos lugares que adoro: Bilbao, San Sebastián, L´ampolla, Córdoba, Almería…, pero creo que mi ciudad favorita es Madrid.

¿Prefiere los animales a la gente? En absoluto.

¿Es usted cruel? No, para nada. Aborrezco la crueldad. Nunca me ha fascinado el personaje del mítico asesino en serie con una mente privilegiada. Destruir, humillar o insultar es lo más fácil que existe, lo brillante es construir y crear.

¿Tiene muchos amigos? Tengo buenos amigos y amigas. Aunque, como me he trasladado de ciudad muchas veces, ha sido inevitable perder el contacto con algunas personas muy cercanas en otras épocas, y me parece una pérdida terrible.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Tolerancia, lealtad y que sean divertidos.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Alguna vez me ha pasado, como a todo el mundo, pero es la excepción.

¿Es usted una persona sincera? Lo intento. Observé mucho el tema de la mentira y la traición para mi segunda novela, y me sorprenden las cotas de mentira que manejamos todos habitualmente en nuestras vidas. Y, sobre todo, de autoengaño.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me encantan los viajes familiares y las tertulias literarias. Leer y bailar siempre han sido mis dos pasiones. Ahora también escribir: cuando descubrí el placer de escribir novelas cambió por completo mi propio enfoque sobre la soledad. Antes la rehuía, ahora la valoro mucho para poder meterme de lleno en inventar tramas y personajes.

¿Qué le da más miedo? Muchísimas cosas: la velocidad, las alturas, los espacios cerrados, los espíritus, los zombis, los asesinos de carne y hueso… la lista es interminable.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? El genocidio de Gaza y que la gente haga alarde de cosas que antes daban vergüenza: el racismo, la violencia, la ignorancia…

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Mi verdadera profesión es la de notaria, pero, si se trata de fantasear, me habría encantado ser profesora de literatura.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Solo bailar y caminar.

¿Sabe cocinar? No. No tengo paciencia. Soy muy afortunada por vivir en Bilbao porque aquí todo el mundo cocina de lujo. Yo suelo llevar el vino.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A alguna de mis escritoras favoritas: Elena Ferrante, Maggie O´Farrell, Fred Vargas o Almudena Grandes. Quizá Harper Lee, la querida amiga de Truman Capote.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Igualdad.

¿Y la más peligrosa? Dictadura.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Me cuesta hacerlo hasta en las novelas. Me desagrada muchísimo la violencia y me molesta incluso “convivir” con mis propios personajes violentos.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? No comprendo a la gente que va a votar a favor de destruir la sanidad pública solo porque odien a Pedro Sánchez. ¿No se dan cuenta de lo que pierden? ¿De verdad se han tragado que sus seguros privados de risa van a resolverles gratis un cáncer o una cirugía cardiaca?

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Bailarina del equipo de Rosalía o Bad Bunny.

¿Cuáles son sus vicios principales? La fantasía (ver respuesta anterior), y la pereza.

¿Y sus virtudes? Amabilidad y ecuanimidad.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Recordaría los momentos más dulces con mis hijos y mis hermanos.

T. M.

sábado, 25 de julio de 2026

Reseña en "La Razón" de "Troncos, raíces, piedras. Doscientos años de literatura y política rusas"

 

Hoy tengo la felicidad de ver, en La Razón, y además firmada por el mejor, Jesús Ferrer, una reseña suya espléndida, como todas las suyas, de mi libro Troncos, raíces, piedras. Doscientos años de literatura y política rusas, con el título "Las armas y las letras rusas".

viernes, 24 de julio de 2026

Entrevista capotiana a Alma Sampedro

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Alma Sampedro.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una biblioteca. Con buena luz, una cafetera y libros suficientes para no llegar nunca a la última estantería. Y sin obligación de ordenarlos alfabéticamente: bastante larga sería la eternidad como para volverla también previsible.

¿Prefiere los animales a la gente? Depende mucho del animal y, sobre todo, de la persona. Pero admito que los animales tienen una costumbre muy saludable que inclina la balanza a su favor: nunca pierden el tiempo intentando parecer lo que no son.

¿Es usted cruel? No. Aunque, como escritora, a veces someto a mis personajes a ciertas calamidades que en la vida real me parecerían imperdonables. Supongo que la literatura es el único lugar donde una puede ser despiadada y luego defenderse alegando exigencias del argumento.

¿Tiene muchos amigos? Nunca he sentido la tentación de hacer recuento. Con los amigos me pasa como con los libros: prefiero unos pocos que me acompañen durante años a una estantería llena de nombres.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? No las busco. Las buenas amistades, como los buenos libros, suelen aparecer por sorpresa. Pero me quedo con la gente honesta, leal y coherente, con sentido del humor y sin demasiada afición a hacer de sí misma un personaje.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? A veces, claro. Pero intento no pedirles una perfección que yo tampoco sabría mantener más de cinco minutos seguidos. Todos venimos con alguna errata de fábrica; lo importante es que no ocupe el libro entero.

¿Es usted una persona sincera? Lo intento. Además, la mentira me parece un sistema bastante ineficaz: obliga a tener mucha memoria y yo prefiero emplearla en recordar historias.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Escribiendo, leyendo y disfrutando de mi familia. A veces incluso consigo combinarlo: ellos están conmigo y yo, además, con media docena de personajes.

¿Qué le da más miedo? Las pérdidas para las que no existe una palabra capaz de volverlas más pequeñas. Prefiero no concretar demasiado: hay miedos que, mientras no se nombran, parecen guardar mejor las distancias.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Cada vez me escandalizan menos cosas; quizá porque la realidad lleva años empeñada en subir el listón. Pero la falta de integridad todavía lo consigue, sobre todo cuando viene acompañada de un discurso impecable.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Creo que la creatividad habría acabado encontrándome de una forma u otra. Probablemente habría seguido dedicándome a otra profesión para ganarme la vida, pero también habría terminado escribiendo, cocinando, cantando o inventando cualquier otra excusa para crear. Algunas personas tienen aficiones; yo sospecho que tengo un problema de imaginación.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí, aunque mi rutina deportiva ha conocido tiempos más ambiciosos. He practicado bastantes deportes; ahora me mantengo en forma subiendo y bajando escaleras por casa con una disciplina que ningún entrenador consiguió imponerme. Confío en reencontrarme pronto con el gimnasio, si él no ha rehecho ya su vida.

¿Sabe cocinar? Sí. Adoro cocinar y, casi sin darme cuenta, la cocina termina apareciendo en muchas de mis historias. Debe de ser mi manera de asegurarme de que los personajes no pasen hambre.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Nora Ephron. Escribió sobre el amor, el desamor, la comida y las pequeñas catástrofes cotidianas con una inteligencia que nunca renunció a hacer reír. Me parece admirable: bastante difícil es entender la vida como para explicarla sin perder el sentido del humor.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? «Todavía». Me gusta porque se empeña en dejar una puerta entreabierta. Mientras exista un «todavía», siempre queda algo por intentar.

¿Y la más peligrosa? «Nunca». Es la palabra que intenta hacerle creer a «todavía» que ha llegado demasiado tarde.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No. Pero en algunas de mis novelas he dedicado bastante tiempo a imaginar crímenes, coartadas y formas de no dejar huellas. No por vocación, sino por necesidades de la trama; en la vida real prefiero conflictos que puedan resolverse sin intervención forense.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Las que desconfían de cualquiera que prometa soluciones sencillas para problemas complejos, sobre todo cuando esas soluciones caben en un eslogan.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Cualquiera de mis perros. Todos han resuelto la existencia con bastante más sensatez que nosotros: comen a su hora, duermen sin culpa y reciben como un acontecimiento histórico que alguien regrese del supermercado.

¿Cuáles son sus vicios principales? Empezar un libro nuevo antes de terminar el anterior, tanto al leer como al escribir. Tengo una relación muy optimista con mi capacidad para llevar varias historias a la vez; las historias, en cambio, quizá tengan otra opinión.

¿Y sus virtudes? La tenacidad. Cuando creo de verdad en algo, me cuesta mucho abandonarlo. A veces es perseverancia; otras, simple cabezonería. Todavía estoy intentando averiguar dónde termina una y empieza la otra, aunque sospecho que la respuesta depende bastante del resultado.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Supongo que desfilarían las imágenes de rigor: las personas que quiero, algunos lugares, quizá algún libro que dejé a medias. Pero antes pensaría que ahogarse es una muerte muy poco considerada con una escritora: todo sucede demasiado deprisa y no permite corregir el final.

T. M.

jueves, 23 de julio de 2026

Un artículo sobre el restaurante La Malontina


Hoy aparece, en la sección de "Viajes" del diario La Razón, este artículo mío, en mi faceta de viajero hotelero-gastronómico, titulado "La Malontina: un bistró castizo para saborear el Barrio de las Letras".

miércoles, 22 de julio de 2026

Entrevista capotiana a Noelia Casanova

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Noelia Casanova.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Elegiría una playa cerca de un pinar. MAR Y PIÑONES, por ese orden. Amo el mar, la mar, la espuma y las mareas; y los piñones son delicias para el alma hambrienta.

¿Prefiere los animales a la gente? Siempre, siempre dame cuatro patas y unas orejas astutas y en alerta. Animales para mi alma y mi corazón.

¿Es usted cruel? No, ni en pensamiento ni en obra. Soy incapaz de matar, lastimar o torturar a ningún ser vivo. Sin embargo, soy atrozmente cruel verbalmente si alguien me ofende desde la maldad o la envidia.

¿Tiene muchos amigos? Pocos y buenos. Surgieron de la excelencia y por ello se valoran aún más.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Lealtad, palabra de honor y sinceridad.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Los pocos no. Nunca. Los comunes y colegas, bastante últimamente.

¿Es usted una persona sincera? Sinceramente, soy asquerosamente sincera.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Escribiendo, escuchando a los que son más sabios que yo, viajando y viviendo dignamente.

¿Qué le da más miedo? La enfermedad y la deslealtad.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Me escandaliza la poca o nula educación, la hipocresía y los seres malnacidos.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Ser psicóloga. O pintora.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Algo de yoga, caminar y estiramientos japoneses.

¿Sabe cocinar? Sí, dicen que mi tortilla esta rica.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A cualquier científico, médico o investigador que haya descubierto alguna vacuna. Contra la polio, el tifus, la meningitis… ¡Cuántos niños salvados!

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Humanidad.

¿Y la más peligrosa? Asesinato.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, pero dar una lección moralmente mortal, sí.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Derecho a vivir con dignidad, leyes justas sin arbitrariedades, inversión pública en Sanidad, Educación e infraestructuras. Soy socialdemócrata.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un águila marina.

¿Cuáles son sus vicios principales? Vivir bien haciendo el bien.

¿Y sus virtudes? Sinceridad, amor propio, lealtad a mi misma y a mis amigos.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? La imagen de mi hijo cuando era bebé.

T. M.

martes, 21 de julio de 2026

Entrevista por "Troncos, raíces, piedras. Doscientos años de literatura y política rusas" en "La Torre de Babel", de Aragón Radio


Ana Segura ha tenido la amabilidad de entrevistarme por Troncos, raíces, piedras. Doscientos años de literatura y política rusas (Ediciones del Subsuelo) para su programa La Torre de Babel de Aragón Radio.

lunes, 20 de julio de 2026

Entrevista capotiana a Cheche Parra

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Cheche Parra.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una casa con mucha luz, jardín, piscina y, requisito indispensable, situada frente al mar.

¿Prefiere los animales a la gente? Me gustan mucho los animales, me producen una inmensa ternura, pero por el momento prefiero a las personas, al menos a las que están en mi vida.

¿Es usted cruel? En la vida real, creo y espero que no. Nunca tengo intención de lastimar a nadie, pero tampoco permito que lo hagan conmigo. En la ficción, cuando escribo, a veces no me queda más remedio que serlo, por el bien de la novela.

¿Tiene muchos amigos? La amistad es una de las facetas de mi vida en las que me considero más afortunada. Tengo muchos amigos, unos que vienen conmigo desde la niñez y la adolescencia, y otros que he ido conociendo por el camino y se han quedado para siempre.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? La inteligencia, la bondad, el sentido del humor, la lealtad, el respeto.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Muy pocas veces. Quizás de más joven, cuando esperaba recibir lo mismo que yo daba. Pero con el tiempo aprendí que cada uno es como es y que, si incluyo a alguien en mi vida, he de hacerlo con sus virtudes y también con sus pequeños defectos. Por supuesto, si descubro maldad, aparto a esa persona de mi lado para siempre.

¿Es usted una persona sincera? Muy sincera, sobre todo si piden mi opinión o consejo, aunque siempre procuro no hacer daño con mis comentarios.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me encanta pasar tiempo con mi gente, familia, amigos, reunidos alrededor de una buena mesa hablando de lo divino y humano, pero también procuro tener mi espacio en solitario para la lectura, ver series y películas, así como para ir al teatro y bañarme en el mar.

¿Qué le da más miedo? Que mis seres queridos lo pasen mal.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? ¡Uf! Intentaré ser breve. Me escandaliza que en pleno siglo XXI, con el acceso que tenemos a la información y al conocimiento, haya quien no piense por sí mismo y se deje arrastrar por todo tipo de discursos y consignas, sin cuestionarlas. Me preocupa tanto ese conformismo, esa falta de pensamiento crítico, como que se normalicen las dinámicas de manipulación. También me parece escandaloso y preocupante, que sigamos asistiendo con demasiada frecuencia a situaciones de violencia y delincuencia que afectan a tantas personas.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? He trabajado muchos años en comunicación y relaciones públicas hasta que decidí dedicarme por completo a la escritura. Siempre he sentido la necesidad de expresarme a través de la creatividad y el arte, como la interpretación, vocación que he desarrollado de manera amateur. También me hubiese gustado ser bailarina, cantante, pintora; y de pequeña decía que quería ser alfarera.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Hago pilates, camino todo lo que puedo y siempre subo por las escaleras.

¿Sabe cocinar? Sí, sobre todo me dedico cuando tengo tiempo. Me encanta y dicen que no se me da mal.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A mi abuelo materno. Ojalá pudiera mantener una larga conversación con él para que me contara con detalle su vida, que da para una buena novela. Por desgracia, murió cuando yo era adolescente y no tuve ocasión de hacerle las preguntas que hoy le formularía.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Respeto (a los demás y a uno mismo).

¿Y la más peligrosa? Desesperanza, desilusión, miedo.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Solo en la ficción, en mis novelas.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Estoy decepcionada con la política y ya no confío en que nadie me represente, así que hace mucho tiempo que no me pronuncio al respecto.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Me gustaría ser yo misma, pero con treinta años menos, para tener la energía y el tiempo de vivir todo lo que quiero hacer.

¿Cuáles son sus vicios principales? Soy una persona muy sociable, pero a la vez me encanta estar sola. Necesito silencio y tiempo conmigo misma para poder relajarme y recargarme de nuevo. Y en otro orden de cosas, ¿puedo decir que soy perfeccionista, maniática, y que lo que más me gusta es que me den masajes?

¿Y sus virtudes? Soy luchadora, resiliente, leal y respetuosa.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Espero no verme nunca en esa situación, pero supongo que intentaría pensar rápido para encontrar una salida.

T. M.

jueves, 16 de julio de 2026

Irlanda reivindica a Jonathan Swift tres siglos después de «Los viajes de Gulliver»

Jonathan Swift y la maldad endémica del hombre en «Los viajes de Gulliver»

Exposiciones, representaciones teatrales, visitas literarias y actividades culturales recordarán durante 2026 el legado de una obra que escondía una de las críticas más incisivas a la sociedad de su tiempo.

Libro de viajes imaginarios, relato fantástico –algunos hablan de un precedente de la ciencia-ficción–, sátira mordaz y despiadada de la sociedad inglesa de la época y de la condición humana en general, historia para niños... Así son «Los viajes de Gulliver» (1726), difícilmente clasificables o, en cambio, tendentes a la etiqueta simplificadora de literatura infantil y juvenil. A pesar de que, paradójicamente, en un gran número de ediciones del libro se vean censurados los pasajes más amargos o las referencias sexuales escritas por su autor, el irlandés Jonathan Swift (Dublín, 1667-1745), pues, de cara a los más pequeños, a veces sólo procede ofrecer caballos que razonan o ciudades flotantes en el cielo; jamás una desalentadora imagen del ser humano.

Pero es que «Los viajes de Gulliver» es precisamente eso: una visión desesperanzada del hombre, a pesar de que su contexto utópico y sus geniales fantasías empujen al mundo editorial a dirigir el texto al público menor de edad. La sutileza de Swift radicaba en que tal crítica estaba elaborada mediante símbolos, lugares imposibles, personajes que bien podrían pertenecer en su origen a los mitos grecolatinos. Un texto, por lo demás, polémico en cuanto fue publicado, ya que su carácter satírico resultaba fulminante para las cabezas biempensantes de la política y la Iglesia. El médico Gulliver, al visitar sitios irreales, hablaba sin tapujos de la realidad: de los vicios y corrupciones cotidianos, y de ellos no se salvaba nadie.

Así, el escritor que en «Una humilde propuesta» (1729) propondrá que los niños irlandeses pobres sirvan de carne para los ricos con el fin de eliminar la hambruna que padece el pueblo, es el que recrea los defectos humanos en cuatro territorios inventados. En «Viaje a Lilliput», se burlará del rey Jorge I; en «Viaje a Brodbingnag», planteará la pequeñez de las ideas sociopolíticas en el momento de llevarlas a la práctica; en «Viaje a Laputa», ironizará sobre el centralismo inglés frente a Irlanda; en «Viaje al país de los Houyhnhms», el hombre será el salvaje y el caballo el racionalista. Con ello, Swift dará la vuelta a lo preestablecido, presentando las indignas y crueles contradicciones de las personas.

Rutas y exposiciones

Este próximo mes de octubre se cumplirán trescientos años de la publicación de esta obra, y el país ha preparado un amplio programa cultural para recordar al autor que convirtió una novela de aventuras en una de las sátiras más afiladas de la literatura occidental. Las conmemoraciones se extenderán a lo largo de 2026 en distintos puntos de la isla. Dublín concentrará buena parte de las actividades, con exposiciones dedicadas al escritor en instituciones vinculadas a su vida y a su legado. La Catedral de San Patricio, donde Swift ejerció como deán durante más de treinta años y donde hoy reposan sus restos, ofrecerá visitas especiales centradas en su figura. Allí se conservan objetos personales, documentos históricos y el célebre epitafio en el que el escritor reivindicó su lucha contra las injusticias de su tiempo.

También el Trinity College, donde cursó estudios, dedicará una muestra a la génesis y la recepción de «Los viajes de Gulliver», mientras que la histórica Marsh Library exhibirá ejemplares y traducciones que permiten seguir la extraordinaria difusión internacional de la novela, convertida con el paso de los siglos en un clásico global. Además, las celebraciones no se limitarán a exposiciones bibliográficas. El programa incluye representaciones teatrales y musicales inspiradas en la vida del autor, entre ellas una producción que explora la relación de Swift con Esther Johnson y Esther Vanhomrigh, conocidas popularmente como Stella y Vanessa. La obra se representará en Howth Castle, una fortaleza con la que el escritor mantuvo una estrecha relación.

El aniversario tendrá una dimensión histórica. El Dublin Festival of History incorporará actividades relacionadas con la Irlanda del siglo XVIII y con el contexto político y social en que surgió la novela. Rutas urbanas, visitas a archivos y encuentros con especialistas permitirán acercarse al mundo que inspiró a Swift. Por otro lado, la conmemoración alcanzará igualmente Irlanda del Norte, ya que la Robinson Library de Armagh exhibirá uno de los testimonios más valiosos relacionados con la obra: un ejemplar de la primera edición anotado por el propio Swift. El documento revela el descontento del autor con determinadas modificaciones introducidas por su editor y ofrece una mirada excepcional a los procesos de censura y negociación editorial de la época. El programa culminará en noviembre con el Jonathan Swift Festival, una cita que reunirá conferencias, lecturas públicas, espectáculos y actividades culturales en torno a la figura del escritor. Más que una celebración de un libro, el aniversario pretende reivindicar a un autor cuya mirada crítica sigue interpelando al presente. 

Escepticismo esperanzado

Sin duda alguna, Swift fue un ciudadano y un intelectual valiente, en una época en la que las críticas al gobierno eran castigadas con la cárcel, atreviéndose a señalar las corrupciones e injusticias que llevaron a sus compatriotas a la miseria y a él mismo a la marginación política. Sin embargo, sus consejos al pueblo irlandés, al que se dirigía con una enorme claridad en sus panfletos, cayeron en saco roto. Todo lo cual lleva a pensar que, por esta dedicación a defender los derechos del prójimo, más que un misántropo, una persona de humor tétrico que manifiesta aversión al trato humano, Swift fue un defensor decepcionado ante la historia que le tocó vivir. De ahí que, cansado de tomar partido por sus semejantes, se distanciara de ellos cambiando su crítica al poder por la crítica a sus compatriotas, resignados ante las restricciones legales que imponía Inglaterra.

Lo cierto es que, en una carta al poeta Alexander Pope, Swift habla de su menosprecio por la masa, pero también de su afecto por las personas concretas: «Sobre todo odio y detesto a ese animal llamado hombre, aunque amo con todo el corazón a Juan, Pedro, Tomás, etc.». Es, ante todo, un escéptico, un hombre que se enfrenta a la sociedad de su tiempo y pone en duda lo que le rodea, salvo unas cuantas ideas políticas de cariz conservador con las que congenia y su fe religiosa. La misantropía de Gulliver no tiene por qué compartirla Swift, quien ha sufrido la leyenda que se forjó sobre él cuando, a su muerte, se publicaron estudios que criticaban su personalidad de forma exagerada. Hasta tal punto que, en los siglos XVIII y XIX, se le empezó a calificar de loco —en parte por su tendencia a la escatología— y a acusársele de degradar al ser humano con su prosa.

Pero Swift no es, desde luego, un mero divulgador de ideas en contra del fanatismo político y religioso, sino un artista dotado de un ingenio sin igual para el sarcasmo y la mordacidad. Su objetivo era llegar a toda clase de lectores, cautivándolos con aspectos burlescos e irónicos, entreteniéndolos mientras introducía elementos de juicio y reflexión. «Una sátira es una especie de espejo donde los que miran ven las caras de los demás, pero no la suya», dejó dicho el autor. Así, de forma tan divertida como corrosiva, puso el dedo en la llaga de los ámbitos más relevantes de la sociedad: ridiculizó a la corte real y a los ministros en Liliput, a los estudiosos racionalistas en la Isla Flotante —el teólogo Swift no compartía el «Pienso, luego existo» de René Descartes (1637) por negar la intervención de la Providencia y estaba en contra de las teorías de Newton— y a los inventores y científicos en la Academia de Lagado, pues, no en vano, Swift prefería poner el acento en el intelecto puro, lo ético y lo moral, antes que en el progreso técnico.

Lo tragicómico define «Los viajes de Gulliver»: las situaciones absurdas, los personajes rocambolescos, las penalidades humorísticas del protagonista se mezclan con explicaciones dramáticas, acciones crueles y críticas despiadadas. Estamos ante una obra intelectual, aun enmarcándose en lo novelesco, en el sentido que invita a la reflexión sobre el entorno sociopolítico, indicando que, aunque este promueva teorías buenas, a la hora de ponerlas en práctica surge el obstáculo principal: la maldad endémica del hombre. Con todo, el pesimismo de Swift es relativo, pues su empeño moral radica en la fe en que el ser humano mejore, aunque se trate de una fe ingenua, desde luego: y así, la inocencia del viajero en los tres primeros viajes contrastará con su misantropía en el cuarto.

Publicado en La Razón, 14-VII-2026

 

Tories y whigs entre liliputienses

En realidad, estamos ante una obra de corte político que ridiculizó a personalidades de la época; de este modo, mediante el personaje del tesorero Flimnap, se alude al ministro Robert Walpole —al que el escritor detestaba por hacer caso omiso a la ayuda que pedía para Irlanda—, cuya destreza al caminar por una cuerda en un concurso ridículo representaría su perspicacia en los debates parlamentarios. El poder político de Liliput, al igual que en la Inglaterra de comienzos del siglo XVIII, se encuentra dividido en dos facciones: los Tramecksan y los Slamecksan, que vienen a ser los tories y los whigs británicos, los primeros conservadores y los segundos liberales, y que se distinguirían cómicamente por la altura de sus tacones, altos y bajos respectivamente (reflejo también de la «Iglesia alta» y la «Iglesia baja», la primera asociada al tradicionalismo anglicano y la segunda al deseo de reforma y liberalización del catolicismo inglés). De hecho, el heredero al reino, al contrario que su padre, se inclina por favorecer a los Tramecksan, por lo que camina con zapatos de diferentes alzadas, y claro está, cojeando.