viernes, 19 de junio de 2026

Entrevista capotiana a Mori Ponsowy

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Mori Ponsowy.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? En una novela que estuviera siendo escrita todos los días quizás por mí misma a mis 85 años.

¿Prefiere los animales a la gente? Los animales.

¿Es usted cruel? Lo necesario para no ser objeto de crueldad.

¿Tiene muchos amigos? No.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Poder hablar de las nubes y también de la tristeza.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? A veces.

¿Es usted una persona sincera? Depende.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Jugando.

¿Qué le da más miedo? Que las personas que quiero mueran antes que yo.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? El siglo XXI. Pero también me apasiona.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Quizás habría terminado internada en un psiquiátrico. O drogadicta.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Todos los días practico, pero no siempre resulta.

¿Sabe cocinar? Depende de para quién.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A alguno de los personajes de mis novelas favoritas.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Todavía.

¿Y la más peligrosa? Siempre.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Claro.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Sospecho de cualquiera que esté demasiado seguro de tener razón.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un árbol.

¿Cuáles son sus vicios principales? Me gusta demasiado el silencio.

¿Y sus virtudes? Sobrevivir.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Espero que ninguna. Querría prestar atención a lo que está ocurriendo.

T. M.

miércoles, 17 de junio de 2026

Publicación de "Troncos, raíces, piedras. Doscientos años de literatura y política rusas" (Ediciones del Subsuelo)

 

Este recorrido lleno de troncos, raíces y piedras atraviesa más de doscientos años, desde Pushkin y Gógol hasta hoy, para mostrar cómo de continuo el escritor ruso ha tenido que enfrentarse al poder ꟷpolítico, eclesiástico, militar, revolucionario, dictatorialꟷ para que sus obras vieran la luz. Tolstói y Chéjov, la sociedad zarista y el comunismo, el Moscú del Terror y el gulag, la vigilancia totalitaria o la guerra en Ucrania son algunos de los asuntos tratados aquí en torno a los gobiernos que han marcado el devenir de las letras rusas, al extremo de censurar o prohibir libros, obligar a escribir bajo el dogma socialista o encarcelar, desterrar, esclavizar o asesinar autores. Y es que, ya sea en el Imperio ruso, la Rusia bolchevique, la URSS o la Federación Rusa, es imposible leer esta tradición literaria sin su sombra política, que tanto sufrieron Dostoievski, Gorki, Solzhenitsyn, Grossman o Pasternak, pero también otros literatos contemporáneos como Dovlátov o Brodsky, o aquellas voces que resuenan actualmente desde el exilio como Ulítskaya, Starobinets, Shiskin o Kurkov. En Troncos, raíces, piedras, así pues, como es habitual en la vasta trayectoria de Toni Montesinos, se trenzan el análisis literario y la peripecia vital de numerosos escritores para desentrañar aspectos de tipo histórico, cinematográfico, musical o periodístico, iluminando así una literatura de interés inmarchitable.

Publicación: 17 de junio de 2026
395 págs. Rústica, Colección: Ensayo
ISBN: 978-84-129747-7-5, 22,00 € IVA inc.
para asuntos de prensa, José de Monfort: jsdemontfort@gmail.com

Toni Montesinos (Barcelona, 1972) es el gran estudioso de la muerte voluntaria en el mundo de las letras, con títulos como El gran impaciente. Suicidio literario y filosófico, Antología poética del suicidio (siglo XX), Melancolía y suicidios literarios. De Aristóteles a Alejandra Pizarnik y La letra herida. Autores suicidas, toxicómanos y dementes; además, es autor de hitos bibliográficos como su trilogía dedicada a Thoreau, Whitman y Emerson, y de monumentales trabajos sobre diferentes tradiciones literarias, como la inglesa o la alemana. Crítico literario de La Razón desde el año 2000, dirige la revista Qué Leer y colabora con Cuadernos Hispanoamericanos, Cultura/s (de La Vanguardia) y El Viajero (de El País). Entre sus sesenta libros publicados de diversos géneros (poesía, novela, ensayo, biografía y crónicas viajeras) se cuentan: Escribir, leer, vivir. Goethe, Tolstói, Mann, Zweig y Kafka (Ediciones del Subsuelo, 2017), No habrá muerte. Letras del gulag y el nazismo: de Borís Pasternak a Imre Kertész (Fórcola, 2018) y Palabrería de lujo. De la Ilustración hasta Houellebecq (Ediciones del Subsuelo, 2021). 

domingo, 14 de junio de 2026

Entrevista capotiana a Anselmo Ramos

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Anselmo Ramos.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Estoy enamorado de Hawái. De su mar, de su naturaleza, del espíritu de su gente. Fue amor a primera vista. Pero es una pregunta trampa. Necesito tener a mis seres queridos cerca. Así que elijo Málaga, donde no se vive nada mal, ¿eh?, aunque tenga su lado oscuro y desaparezcan jóvenes como Elisa en el arranque de Acordes para un crimen.

¿Prefiere los animales a la gente? Jamás. Siempre a las personas. Lo que ocurre es que en este mundo hay algunas —pocas, pero que hacen mucho ruido— que se asemejan más a las bestias y en esos casos prefiero cualquier animal o planta.

¿Es usted cruel? No, pero seguro que hay alguien por ahí que no piensa lo mismo. A lo largo de mi vida, como todos, he hecho daño, y seguro que ha habido ciertos momentos en los que he pecado de crueldad. Es de iluso pensar lo contrario. La perfección no existe. Y, además, aburre.

¿Tiene muchos amigos? Sí. Y a raíz de la publicación de Acordes para un crimen, su cariño me ha desbordado. Como dice la canción La hermandad, de Love of Lesbian, «es tiempo de agradecer que en tiempos tan solitarios en lealtades aún podamos creer».

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Solo una: que sean buenas personas. Puede parecer simple, pero me parece el mejor elogio que le pueden hacer a alguien. Y, luego, por lo que sea, conectas con personas determinadas sin ninguna razón lógica, siendo muy diferentes a uno mismo.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Creo que yo más a ellos. Si pesamos las decepciones en una balanza casi seguro que salgo perdiendo. Eso sí, hay que asumir las decepciones como parte de la vida, pedir disculpas con cero ego, y olvidar cualquier rencor. Hacia adelante siempre.

¿Es usted una persona sincera? Sí, pero también odio el sincericidio. Hay que tratar bien a las personas, hacerles sentir lo mejor que puedas. Y ser sinceros cuando hay que serlo. No ganas nada diciéndole a alguien en una boda que su conjunto le sienta fatal, cuando ya no se puede cambiar y le vas a amargar la fiesta. En cambio, si estás en tu trabajo y has cometido un error, no lo tapes. Lo dices, lo asumes, y sigues.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Estando con mi gente, leyendo, escribiendo, haciendo deporte, tomándome unos vinos, comiendo, viajando... En definitiva, viviendo. Y cuántos más placeres sumes a la ecuación, mejor.

¿Qué le da más miedo? Que le ocurra algo a mis seres queridos. Y ya es terror si hablamos de hijos.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Con la superposición de barbaries de los últimos tiempos el nivel de escandalización ha descendido notablemente. Pero sí, afortunadamente, la deshumanización me escandaliza aún. Si es el término adecuado, ya que se queda bastante corto cuando, por ejemplo, vi el vídeo realizado con Inteligencia Artificial en el que dos bestias se tumbaban en un pretendido resort y otra lanzaba billetes a niños como los que en ese mismo momento estaban siendo asesinados a destajo en el mundo real por su propia acción.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Lo que he ejercido también: el periodismo.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Las lesiones me apartaron del fútbol de primer nivel, por lo que ahora me conformo con salir a correr y al gimnasio. Bueno, lo de las lesiones es verdad. Lo de primer nivel no, pero me gusta decirlo.

¿Sabe cocinar? Lo intento al menos. Me esmero sobre todo en las cenas de fin de semana en casa, más tranquilas, pero me gustaría sacar tiempo para seguir recetas nuevas que se salgan de mis platos de sota, caballo y rey.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Jesucristo. Para mí es el personaje más importante de la Historia. Y estaría muy bien imaginar cuáles serían sus acciones si aterrizara en esta época.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Paz.

¿Y la más peligrosa? Guerra. Y perdón por la poca originalidad...

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Bueno, bueno. Esta es la entrevista más interesante que me han realizado… ¿Y si digo que lo he hecho ya? Pues sí, pero en la ficción claro. Acordes para un crimen es el ejemplo de ello.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Sí, claro. Y así no me leen los de la otra parte… Si sirve de algo, me gusta analizar medida a medida, y si esta me parece adecuada, más allá de qué partido la propugne. Lamentablemente, en la actualidad no hay líderes ejemplares con valores que apliquen en sus políticas y en sus vidas. Por ello, estamos condenados a elegir a los menos malos, no a los mejores. Y no me gusta nada la polarización que se ha instalado y que a mí solo me gusta con respecto a los personajes de mi novela, ya que quiero que los odies o los ames. Es el único sitio donde quiero polarización.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Déjame, que estoy muy bien en mi cuerpo. No quiero ser ni más, ni menos, ni otra cosa.

¿Cuáles son sus vicios principales? Despiste y desorden. Y si son otro tipo de vicios, me remito a la respuesta de los placeres para ocupar el tiempo libre a una pregunta anterior.

¿Y sus virtudes? Una sí me voy a atribuir: considerar poco importante la mayoría de las cosas que me suceden. Eso me permite minusvalorar los fracasos o las situaciones negativas y, eso sí, las positivas las celebro a lo disfrutón como si hubiera ganado una Champions. El ejemplo más claro son las situaciones mágicas que me está deparando Acordes para un crimen y que estoy paladeando sin freno.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Momentos vividos con mis seres queridos. Seguro. Me fijo a veces en la gente que tiene mucho dinero y tiene un rostro de amargura porque le ha ido mal tal o cual operación económica. Siempre pongo el ejemplo de Botín, el banquero del Santander. ¿Alguien cree que en su lecho de muerte pensó en si esa acción debería haber subido más o en cualquier tontería del trabajo que en el día a día vemos crucial? Todos vamos a morir. Intentemos disfrutar a tope de la vida y no tomar como importante lo que no lo es.

T. M.

sábado, 13 de junio de 2026

Cuando la ficción completa a la memoria

En 1963, Julio Cortázar, en «Rayuela», incluyó un «Tablero de dirección» con el que proponía dos modos de lectura: el convencional de capítulos seguidos, y otro que debía seguir una secuencia de saltos indicada por el propio autor. Pues bien, dos libros son también los que forman «El libro moebius» (traducción de Núria Molines), uno narrativo y otro ensayístico. Así, Catherine Lacey (Tupelo, Misisipi, 1985) ha escrito un experimento narrativo que busca pensar cómo reconstruimos una historia cuando una relación importante llega a su fin. En vez de ofrecer un relato único y ordenado de los acontecimientos, Lacey presenta dos perspectivas que dialogan entre sí: una más cercana a la experiencia autobiográfica y otra abiertamente ficcional a partir de un reencuentro de dos amigas que no se veían desde bastante tiempo atrás. El efecto es el de una conversación entre distintas formas de entender una misma pérdida, como si ninguna versión fuera suficiente por sí sola para explicar lo ocurrido.

Lo bonito del texto es que se pregunta cómo seguimos adelante cuando aquello que nos daba sentido deja de sostenernos, pues al final esta prosa inclasificable constituye una exploración de las zonas ambiguas donde la memoria, la imaginación y la búsqueda de sentido terminan mezclándose. Además, tiene un valor introspectivo tanto como metaliterario, como cuando la protagonista dice: «Me pregunté si había dejado de escribir historias porque la vida parecía tan ficticia que escribir ficción se había vuelto innecesario». Y, sin embargo, venció la intuición literaria hasta emerger un doble texto que alude a la banda o cinta de Möebius, un objeto matemático descubierto en el siglo XIX por August Ferdinand Möbius, una superficie muy peculiar, con un solo lado y un solo borde en el que acabas regresando al punto de partida sin haber cruzado nunca una frontera entre lo interior y lo exterior.

Publicado en La Razón, 13-VI-2026

viernes, 12 de junio de 2026

Entrevista capotiana a María Inmaculada Guerrero, Macu

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de María Inmaculada Guerrero, Macu.


Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Mi casa. Porque no es un lugar, es donde está mi familia y mis animales.

¿Prefiere los animales a la gente? A menudo prefiero la compañía de los animales. Son sinceros, no juzgan y no necesitan fingir que lo que no son.

¿Es usted cruel? No, intento ser justa. LA crueldad busca hacer daño; la sinceridad, aunque a veces incomode, busca comprender.

¿Tiene muchos amigos? Tengo los suficientes. Siempre he valorado más la calidad que la cantidad.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Lealtad, bondad, sinceridad y sentido del humor, lo demás es secundario.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? A veces, como todos los seres humanos se equivocan. Yo también lo hago.

¿Es usted una persona sincera? Sí, aunque intento que vaya acompañada de respeto. Creo que se puede decir la verdad sin hacer daño innecesariamente.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me gusta conversar, compartir tiempo con mis amigos, leer, perderme en lugares nuevos buscando historias, la curiosidad es una de mis formas favoritas de ocupar el tiempo.

¿Qué le da más miedo? Que el miedo me impida vivir plenamente.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La injusticia, la crueldad. Me cuesta entender que alguien disfrute haciendo daño a otros.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Trabajar en lo que más me gusta, guía turística, acompañando a personas a descubrir nuevas ciudades y rincones.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? No, aunque para mí el deporte consiste en convivir con mis tres hijas, una madre con Alzheimer, dos perros, tres gatos. Acabo agotada al final del día. Mi doctora dice que eso no cuenta como deporte, pero yo tengo mis dudas.

¿Sabe cocinar? Sí, otra cosa diferente es que mi familia este de acuerdo con el resultado.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A Bastían, es un personaje que me recordó que la imaginación no sirve para escapar de la realidad, sino para comprenderla mejor.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Fe. Una palabra pequeña capaz de sostener grandes sueños.

¿Y la más peligrosa? Miedo. Porque detrás de muchas decisiones crueles suele esconderse el miedo.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Sí, pero afortunadamente soy escritora. Mis personajes corren mucho más peligro que las personas reales.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Intento quedarme con las ideas antes que con las siglas. Me preocupa especialmente la justicia social, la sanidad, la educación, la igualdad de oportunidades, la cultura, los derechos igualitarios.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Depende de a qué se refiera con “otra cosa”, si habla de profesión, quizá veterinaria. Si habla de la vida, la verdad estoy contenta siendo quien soy.

¿Cuáles son sus vicios principales? Sinceramente el tabaco, los libros, el café y la costumbre de empezar un nuevo proyecto antes de acabar el anterior.

¿Y sus virtudes? La empatía, perseverancia y la capacidad de seguir adelante cuando las cosas se ponen difíciles.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Mis hijas, sin duda.

T. M.

jueves, 11 de junio de 2026

Reseña de "Mandar y obedecer Una historia del poder desde la resistencia, el lenguaje, el ego y la fe" en la revista "Qué Leer"

 

En el número de junio de Qué Leer, Bernat Castany Prado se encarga de reseñar magníficamente mi libro Mandar y obedecer. Una historia del poder desde la resistencia, el lenguaje, el ego y la fe (La Esfera de los Libros).

miércoles, 10 de junio de 2026

Entrevista Capotiana a Pedro M. Domene

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama,(1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Pedro M. Domene.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Creo que, sin dudarlo, elegiría mi casa, y mi estudio donde tengo todo lo necesario, abro una ventana y respiro naturaleza y oigo los amaneceres y el sonido armónico del campo y los primeros trinos, ¿qué más se puede pedir?

¿Prefiere los animales a la gente? Hace unos años lo hubiera tenido bastante claro, hoy prefiero los animales. Un día, hace doce años, me encontré con un cachorro de perrita de apenas dos meses. No se separó de mí, la llamé Betty, y desde entonces la cuido cuando está enferma o necesita algo, y ella hace lo mismo conmigo. Es fiel, cariñosa y muy agradecida, no puedo pedirle más. ¿Se la imagina siempre a mi lado?

¿Es usted cruel? Es una palabra que no forma parte de mi vocabulario y un concepto que me es ajeno; hemos ido asimilando imágenes de extremada crueldad que parecen no afectarnos, justificamos todo lo relacionado con ella: Ucrania, Gaza, Irán o Líbano donde la crueldad se cuela en nuestra vida cotidiana. Es evidente que jamás me convertiría en nadie que calificaran de cruel.

¿Tiene muchos amigos? Cada vez menos, el paso del tiempo ha dejado a algunos en el camino, aunque presumo de tener un puñado que me ofrecen una amistad incuestionable, eso sí.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? La lealtad y una admiración mutua.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Con los valores y cualidades que acabo de señalar resultaría imposible, aunque, por supuesto, si eso ocurriera caerían de mi lista.

¿Es usted una persona sincera? Sí, y no lo afirmo por quedar bien en este cuestionario. Creo que la palabra hipocresía tampoco está en mi vocabulario.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? He trabajado de profesor y el tiempo libre lo ocupaba con aquellas cosas que me gustaban: escribir y colaborar en prensa y revistas literarias. Ahora, gozosamente, jubilado dispongo de mucho más tiempo, pero la escritura me sigue ocupando gran parte del día. Así que mi tiempo libre lo dedico a largos paseos, conversar con los amigos, ir y ver buen cine con mi compañera de toda la vida y, por supuesto, dedicarle tiempo a la familia y a esa pequeña cuatro patas que se llama, Betty.

¿Qué le da más miedo? Una enfermedad larga que me deje sin ser consciente de mis actos y de mis pensamientos y actitudes humanas.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La falta de humanidad en un mundo donde la gente sigue pasando hambre y las necesidades básicas, que sigamos provocando guerras, las desigualdades y me escandaliza que según donde hayamos nacido así transcurrirá nuestra vida, o que nuestro mundo más que un paraíso se convierta en un infierno.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? He sido docente, profesor de Literatura durante más de treinta y cinco años, es otra perspectiva de la creación, supone estar creando e imaginando casi a diario con unos adolescentes que sienten una curiosidad extrema y cuestionan todo.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Suelo pasear con esa perrita, Betty, y moverme al menos una hora al día, mi vida es bastante sedentaria y necesito respirar aire puro.

¿Sabe cocinar? No, el tópico que siempre se dice, unos huevos fritos, pero no tengo la paciencia suficiente para experimentar en la cocina, resulta paradójico que pueda armarme de paciencia cuando escribo, y no para elaborar un buen plato.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Sin lugar a duda reinventaría a Don Quijote y a Sancho Panza.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Creo que es “amistad” con esa infinidad de interpretaciones positivas.

¿Y la más peligrosa? Entre alguna otras, tal vez “miedo”, también, por sus muchas connotaciones.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, la muerte no es algo que tenga presente, si existe ese concepto que llamamos tristeza, creo que todo lo relacionado con la muerte me parece triste. 

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy de aquella generación que vivió el franquismo, disfrutó con la transición democrática española y considera que la única alternativa para una igualdad social es una izquierda responsable. Los años vividos, y los tiempos que corren, no me han hecho cambiar, evidentemente.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Me gustaría ser un buen artesano, eso que llaman un “manitas” porque creo que tiene muchas ventajas.

¿Cuáles son sus vicios principales? Si acumular libros en mi casa se considera un vicio, ese lo tengo, sin duda; a veces, soy intolerante, no soy comprensivo con ciertas actitudes y me pongo furioso, pero no me dura mucho, la verdad.

¿Y sus virtudes? Quiero pensar que soy buena persona y en mi trabajo, tanto el docente como ahora a la hora de escribir he tenido y tengo bastante paciencia.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Déjeme que sea consciente y consecuente, quiero ver el rostro de mi compañera de los últimos cuarenta años. El resto de secuencias de mi vida me importan poco, la verdad.

T. M.

martes, 9 de junio de 2026

La revista "Qué Leer" de este junio

 

Ya está disponible en los quioscos el nuevo número de la revista Qué Leer (junio, núm. 327). En este otro enlace de Zinio se puede adquirir la revista y ver todo el sumario con un extracto de cada una de sus secciones: mi editorial "Alma en las Palabras", "Laureles", "Lletres catalanes", "Hoy" (narrativa, no ficción, poesía), "Protagonista", "Ayer" (efeméride, contemporáneo, clásico), "Cata", "Voz autoral", "Voz editorial", "Imágenes", "Hechos", "Novedades" e "Invenciones. Cien páginas repletas de reseñas, entrevistas, reportajes literarios, columnas de escritor, avances editoriales...

domingo, 7 de junio de 2026

Entrevista capotiana a Nacho Faerna

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Nacho Faerna.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Estoy terminando de construir una casa en el campo. El plan es pasar allí el máximo tiempo posible en el futuro. Así que la reclusión sería voluntaria.

¿Prefiere los animales a la gente? Digamos que me cuesta mucho encontrar un perro que no me guste. No puedo decir lo mismo de las personas.

¿Es usted cruel? Voy a citar mi libro favorito. Barrie afirmaba que los niños eran alegres, inocentes e insensibles. La combinación de alegría, inocencia e insensibilidad puede parecer crueldad. Si alguna vez he sido cruel, espero que no, será por culpa de mi particular complejo de Peter Pan. 

¿Tiene muchos amigos? Hay dos palabras que uso con mucho cuidado: amigo y compañero. No las regalo fácilmente. Afortunadamente, creo que podría montar un equipo de baloncesto con mis amigos y amigas de verdad.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que no se avergüencen de mí.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No consigo recordar ninguna ocasión en la que lo hayan hecho.

¿Es usted una persona sincera? Me pagan por mentir. Y no trabajo gratis.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Prefiero no ocuparlo. Que siga libre.

¿Qué le da más miedo? El sufrimiento, que no el dolor.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La impunidad de los idiotas.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? De niño quería ser pescadero. Mi madre me dejaba en la pescadería mientras ella hacía la compra por los demás puestos del mercado y yo me quedaba al cuidado del pescadero, hipnotizado mirando cómo limpiaba lubinas y pescadillas. Aquel hombre tenía sólo tres dedos en la mano izquierda. Era lo más parecido a un pirata de Salgari o de Stevenson que había a mi alrededor. Aún me gustaría ser pescadero.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Ayer di mi primera clase de Tai Chi.

¿Sabe cocinar? ¿Qué clase de pescadero sería si no supiera cocinar?

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? El primero que me ha venido a la cabeza ha sido Sister Corita, una monja de los 60 que hacía arte pop.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Todavía.

¿Y la más peligrosa? Son dos: sentido común.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Sí.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Cada día soy más radical.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? ¿En lugar de radical? Jacobino (estudié en los dominicos).

¿Cuáles son sus vicios principales? Tengo defectos, pero no vicios. Ni adicciones, salvo al cacao puro sin azúcar.

¿Y sus virtudes? No me adornan especialmente. De las cuatro cardinales que aprendí en el catecismo, carezco de prudencia pero no la persigo especialmente, persigo la justicia y rara vez la encuentro, aspiro a la fortaleza y desconozco la templanza.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Vería peces. Y al pescadero con sólo tres dedos en la mano izquierda. Ojalá lo siguiente que viera fuera a la mujer de mi vida, que se habría tirado al agua para rescatarme.

T. M.

sábado, 6 de junio de 2026

Los mayas después del mito

Hubo un tiempo en que la historia de los mayas se escribía, sobre todo, desde la fascinación por las ruinas. Las ciudades cubiertas por la selva, los templos vacíos, las pirámides entre raíces y humedad alimentaron durante décadas una imagen romántica y simplificadora: la de una civilización brillante que habría desaparecido de manera repentina y misteriosa. El nuevo libro de David Stuart, «Los cuatro cielos. Una nueva historia de la civilización maya» (traducción de Luis Noriega), se sitúa precisamente contra esa idea. No para sustituirla por otra narración espectacular, sino para desmontarla con una enorme acumulación de datos, inscripciones, excavaciones y lecturas históricas. El resultado es una obra monumental que propone una reorganización del relato maya desde dentro de la propia tradición escrita mesoamericana.

Stuart pertenece a una generación decisiva en los estudios mayas. Hijo de investigadores, empezó a trabajar desde muy joven en el desciframiento de jeroglíficos y se convirtió con dieciocho años en el receptor más joven de la beca MacArthur. Dice en el prólogo lo que sigue: «Los cuatro cielos es, de forma bastante literal, el libro para el que lleva toda la vida preparándose», lo cual realmente se percibe en cada capítulo. No se trata solo de erudición acumulada, sino de una familiaridad excepcional con las fuentes originales y con los debates arqueológicos de las últimas décadas.

El gran cambio que sostiene el libro tiene que ver con la escritura porque, durante buena parte del siglo XX, el mundo maya fue interpretado principalmente a través de restos materiales: arquitectura, cerámica, urbanismo o enterramientos. Sin embargo, el desciframiento progresivo de los jeroglíficos alteró por completo el panorama, de ahí que Stuart recuerde que entre las décadas de 1980 y 1990 se pasó «de leer entre un 20 y un 30 % de los textos originales» a comprender cerca del 80 %. Hoy, afirma, «la escritura maya ha sido descifrada», una afirmación esta que cambia el estatuto mismo de la historia maya. Es decir, ya no hablamos únicamente de una civilización reconstruida desde fuera por arqueólogos modernos, sino de una sociedad capaz de narrarse a sí misma.

Romper simplificaciones

Asimismo, Stuart insiste en que la historia maya forma parte de las grandes historias escritas de la humanidad y lamenta que el pasado americano haya permanecido durante demasiado tiempo en una posición secundaria dentro del imaginario histórico occidental. «La consciencia colectiva de la humanidad sobre su pasado remoto ha ignorado durante demasiado tiempo a las Américas», escribe. En ese sentido, «Los cuatro cielos» corrige también una cierta visión congelada de la cultura maya, puesto que la imagen clásica del «colapso» del siglo IX queda sustituida por un modelo mucho más complejo. Stuart rechaza la vieja idea de un único auge y caída de la civilización maya y propone en su lugar una sucesión de fundaciones, desplazamientos, crisis, reorganizaciones y abandonos. El concepto central del libro podría resumirse en la expresión que utiliza el propio autor: «impermanencia persistente».

Esta formulación resulta útil porque evita dos simplificaciones habituales. La primera es la noción romántica de desaparición. Stuart recuerda varias veces que los mayas no desaparecieron y que hoy existen cerca de cinco millones de hablantes de lenguas mayas. La segunda simplificación es la idea de decadencia lineal. Frente a la imagen tradicional de un largo descenso tras el esplendor clásico, el autor muestra una cultura muy flexible, capaz de reformular sus estructuras políticas y religiosas durante siglos. Así, el libro conecta los grandes procesos históricos con decisiones concretas de comunidades y élites.

Stuart describe ciudades que nacen y se abandonan después de unas pocas generaciones; alianzas dinásticas alteradas por guerras y matrimonios; rivalidades regionales capaces de transformar territorios enteros. Las dinastías Kanul y Mutul, por ejemplo, aparecen como actores fundamentales de una geopolítica sofisticada y cambiante que poco tiene que ver con la imagen simplificada de ciudades ceremoniales aisladas. Hay además un esfuerzo continuo por devolver densidad humana a los personajes históricos. Reyes, artesanos, escribas, guerreros y gobernantes femeninas emergen de las inscripciones con nombres propios y trayectorias identificables. Stuart subraya que sabemos hoy más sobre ciertos aspectos de la política maya del siglo VIII que sobre algunas regiones de la Europa altomedieval contemporánea.

También el autor aborda la relación entre cosmología e historia. Para los mayas, explica, la historia no era una sucesión lineal de acontecimientos, sino una extensión del orden cósmico. El tiempo tenía una estructura cíclica y los gobernantes aparecían como guardianes de ese equilibrio. El propio título del libro procede de esa concepción cuatripartita del universo: los cuatro puntos cardinales, los cuatro caminos solares, las cuatro direcciones del cosmos. Esa visión cosmológica se traducía también en la organización urbana y política. Stuart describe ciudades concebidas como réplicas simbólicas del universo, con caminos orientados hacia las cuatro direcciones cardinales y un centro ocupado por el poder dinástico. A este respecto, el caso de Copán resulta especialmente revelador. El recinto ceremonial principal estuvo activo aproximadamente durante un bak’tun completo, unos cuatrocientos años, gobernado por dieciséis reyes representados en el célebre Altar Q. Para Stuart, la secuencia sugiere una idea deliberada de ciclo cerrado y sucesión finita.

Una red social en movimiento

El libro incorpora continuamente factores materiales y ambientales, pues Stuart analiza sequías, tensiones demográficas, transformaciones económicas y conflictos políticos, si bien evita las explicaciones monocausales. El «colapso» del periodo clásico aparece como una convergencia de procesos distintos que variaron según las regiones. Entre los episodios más impresionantes figura la erupción del volcán Ilopango, hacia el año 431, una catástrofe de escala continental cuyos efectos alcanzaron amplias zonas del área maya. Por otro lado, resulta notable la atención que el autor presta a la historia de la memoria y del olvido. Stuart describe la destrucción colonial como una violencia física y como una fractura del conocimiento histórico indígena. «Rara vez en la historia de la humanidad la memoria colectiva de una civilización se ha borrado de manera tan completa», apunta al referirse a la pérdida de la tradición escrita tras la conquista. En ese contexto adquiere una dimensión especialmente irónica la figura de Diego de Landa. El obispo responsable de la quema de códices mayas dejó también registros que terminarían siendo fundamentales para el posterior desciframiento de la escritura, lo cual es una singular paradoja.

Por cierto, el libro incorpora ilustraciones y referencias espaciales que ayudan a seguir un relato particularmente amplio, tanto cronológica como geográficamente. De esta manera, el investigador muestra la civilización maya como una red de sociedades en movimiento: las ciudades del Petén, las regiones de Yucatán, las tierras altas guatemaltecas o los vínculos con Teotihuacán aparecen integrados en un paisaje político extremadamente móvil. Y es que Stuart insiste en que la movilidad, el abandono y la refundación formaban parte estructural del mundo maya. En suma, el autor sugiere sustituir el viejo esquema de ascenso y caída por otro basado en ciclos múltiples de renovación. «La historia maya nos presenta un relato de comunidades que se establecen, experimentan un período de vitalidad e importancia y finalmente, cuando por la razón que sea sus dirigentes y población deciden trasladarse a otro sitio, se acaban», escribe. No hay aquí nostalgia por un mundo perdido, sino atención a una cultura cuya continuidad sobrevivió a transformaciones extremas. Logra así devolver historicidad concreta a un mundo frecuentemente reducido a símbolo, de tal manera que sus mayas no son una civilización misteriosa suspendida fuera del tiempo, sino sociedades atravesadas por ambición política, guerras, estrategias de supervivencia, cosmologías complejas y profundas capacidades de adaptación.

El libro termina planteando una cuestión de fondo sobre la propia escritura de la historia. Stuart observa que nombres como Yuknomch’en o Jasaw Chan K’awiil siguen siendo mucho menos conocidos que Julio César o Carlomagno, incluso en regiones donde las ruinas mayas forman parte del paisaje cotidiano. Eso será prácticamente imposible de corregirse, pero «Los cuatro cielos» constituye cuando menos una tentativa de devolver centralidad histórica a una tradición intelectual americana cuya voz quedó interrumpida durante siglos.

Publicado en La Razón, 24-V-2026

jueves, 4 de junio de 2026

Entrevista capotiana a Mónica González Inés

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Mónica González Inés.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Un lugar con una cocina siempre encendida. Creo que, al final, la felicidad tiene mucho que ver con el sonido de cubiertos, risas y conversaciones cruzadas. Y si además se oye el mar de fondo, mejor todavía.

¿Prefiere los animales a la gente? Los animales me inspiran una ternura inmediata, quizá porque nunca intentan ser otra cosa distinta de lo que son. Aun así, me sigo quedando con la complejidad humana. Somos contradictorios, agotadores a veces, pero también capaces de cuidarnos de formas muy pequeñas y, sin embargo, decisivas: alguien esperándote despierto, una conversación sincera, un “avísame cuando llegues”, o ese abrazo que se alarga un segundo más de lo previsto y, sin decir nada, lo cambia todo.

¿Es usted cruel? No, al menos de forma consciente. Pero la crueldad no siempre es intencional; a veces se cuela en la forma de exigirnos demasiado a nosotros mismos y, sin querer, también a los demás.

¿Tiene muchos amigos? No demasiados, pero sí verdaderos. Con los años he aprendido que la vida no consiste tanto en acumular personas como en cuidar los vínculos: quién está cuando todo se complica y qué haces tú también para sostenerlos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Humor, honestidad y esa delicadeza poco frecuente de quien sabe escuchar sin intentar arreglarte la vida en cinco minutos.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? A veces, sí. Pero también yo decepciono, así que intento no tomarlo como algo personal. La amistad no es un examen continuo; todos tenemos días torpes y nadie está a la altura todo el tiempo.

¿Es usted una persona sincera? Sí, pero no a cualquier precio. Intento que la sinceridad no se convierta en una forma elegante de hacer daño. Hay verdades que necesitan mucho tacto para no romper nada por el camino.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Con mi familia, cocinando algo sencillo, caminando, leyendo o conversando sin prisas alrededor de una mesa. La felicidad, para mí, tiene cada vez menos que ver con lo extraordinario y más con la certeza de que hay cosas que permanecen.

¿Qué le da más miedo? Perder a la gente que quiero. Todo lo demás, de alguna forma, puede reconducirse. También me asusta vivir demasiado pendiente de hacerlo todo bien y olvidarme de disfrutar de lo que ya tengo delante.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La falta de empatía. La prisa constante. Y esa idea contemporánea de que descansar, dudar o pedir ayuda es una debilidad.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Quizás habría tenido una pequeña librería o una cafetería tranquila. Me gustan los lugares que son refugio y en los las personas bajan un poco la guardia sin darse cuenta.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sobre todo, camino mucho. Me ayuda a pensar y a volver a mí. Algunas de las conversaciones más importantes de mi vida las he tenido dando un paseo al lado de alguien.

¿Sabe cocinar? Sí, y cada vez me gusta más. Cocinar tiene algo profundamente afectivo: es una manera silenciosa de cuidar. Me gustan los guisos y las cosas que se hacen despacio. Pocas cosas me parecen tan reconfortantes como una cocina con ruido, pan caliente y gente querida.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A las personas corrientes que sostienen la vida de los demás sin hacer ruido. Las madres agotadas que siguen adelante. Los padres que nunca aprendieron a decir “te quiero” pero lo demostraron de mil maneras. La gente que salva a otros con gestos pequeños.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? “Todavía”. Porque significa que aún hay tiempo para cambiar, perdonar, volver, empezar de nuevo.

¿Y la más peligrosa? “Después”. Porque a veces aplazamos tanto lo importante que un día descubrimos que ya era tarde.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? De momento, solo en la ficción. Aunque escribir suspense psicológico te obliga a admitir que todos tenemos pensamientos más oscuros de los que contamos en voz alta.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Tengo tendencia a admirar a quien escucha más de lo que habla y a desconfiar de cualquier discurso que olvide la fragilidad humana.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Supongo que me gustaría ser uno de esos lugares de los que uno sale más tarde de lo previsto y un poco menos triste.

¿Cuáles son sus vicios principales? La autoexigencia, el chocolate y esa manía que tengo a veces de querer ocuparme de todo yo sola. También soy ligeramente cabezota: si me dicen “descansa”, es probable que lo convierta en un reto personal.

¿Y sus virtudes? La constancia, la empatía y una forma bastante obstinada de no rendirme cuando algo o alguien me importa de verdad.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Mi familia y mis amigos alrededor de una mesa. La risa de mis hijos. El olor de la casa de mis padres. Un abrazo después de un mal día. Y esa sensación inmediata de estar en casa… y de que todo lo demás puede esperar.

T. M.