martes, 9 de junio de 2020

Entrevista capotiana a José Antonio Enrique Jiménez


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de José Antonio Enrique Jiménez.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Sería un sitio conocido, donde no tuviera que gastar la vida que me quedara en crear ese tejido social tan necesario para el ser humano, donde no tuviera que volver a explicarme en exceso sobre como soy y lo que hago, donde tampoco yo tuviera que hacerlo con los demás. Ni siquiera necesitaría un paisaje distinto, en un intento de sumar una última experiencia espacial. Sería como un volver al hogar, no necesariamente en el que nací, o crecí, el hogar es un concepto íntimo, en el que te sientes reconocido y libre, como el de ese poema que recita “Antonino”, el personaje que interpreta Tony Curtis en la película “Espartaco”: “¡Yo regreso al hogar!”. Sería un pueblo de interior, ni pequeño ni grande, con solera de antiguo, con ríos, montañas y valles, con huerta, sería Cehegín, en el noroeste murciano.
¿Prefiere los animales a la gente?
Sin que elegir uno sea desmerecer al otro, prefiero a la gente. Por muy incongruente que sea el ser humano, por muchas desgracias que cometa, también lo es a la par de inabarcable, de sorpresivo, capaz de lo más bello y de la caricia que cura la desolación. Me gusta tener buenas conversaciones, compartir con otros lo bueno y llorar juntos si es necesario. Sólo con la gente puedo saber de mis debilidades y aciertos, y la compañía de un animal, siendo agradable, no me lo da. Soy un ser vivo como los animales, y debo coexistir con ellos en equilibrio de ecosistema, pero el pájaro tiene su nido y yo el calor humano. Como dice la canción vasca “Txoria txori”, yo lo que amo es al pájaro libre, no al cautivo en mi poder.
¿Es usted cruel?
No, por mi trabajo educativo y social en una ONG he conocido la crueldad del ser humano de cerca, tanto activa como pasiva. Hay una crueldad en la que no nos reconocemos, pues sólo nos quedamos en la del daño físico, o la del psicológico, o la de la amenaza de daño físico para conseguir imponerse. Está la crueldad de la indiferencia, la del soslayo que mira por encima del hombro, la del que se ríe desde su bienestar. Es la del prepotente que vive derrochando, y la sola presencia de eso ante tanta miseria, es crueldad. Se puede manifestar individualmente, en grupo o como país que vive a costa del subdesarrollo de otros. Es crueldad fabricar barato allí, en condiciones de explotación, para lucrarse aquí y querer luego quedar bien con grandes donaciones. No, no soy cruel, lo que soy es indignado, pero la respuesta del indignado podría generar crueldades contra los causantes de ella, y yo trato de separar a la persona de su uniforme. Tal vez sea lo que me queda de aquellas actitudes y valores gandhianos  de la juventud en la que me declaré objetor de conciencia. Pero he de reconocer que vivo vigilante de no caer en ella.
¿Tiene muchos amigos?
Eso creo, tal vez porque no les pido demasiado, sólo que si estamos juntos sea porque disfrutamos de ello.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Sinceridad, equidad, no llevar la cuenta. Que comprenda que en el largo camino de la vida, no siempre voy a ser igual. Que me dé tan sólo lo que él esté dispuesto a dar. ¿Afinidad con mis valores? Sí, pero sin necesidad de que sea al 100%. Yo no busco la excesiva homogeneidad, lo plural es hermoso, dentro del respeto las discrepancias se pueden sacar. La crispación sería uno de mis límites para la amistad, pues conlleva la autodestrucción. Y esto es amor, según yo sé.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No muy a menudo. Ya he dicho antes que pido que se quiera estar de forma libre, sin ideas preconcebidas, sin exigir, sin crear exclusividades. El deseo en esto es una clave, y controlarlo te lleva a no sentirte decepcionado, pues el apego con otro debe llegar por la mutua aceptación en libertad. En la vida se cambia, y desde Heráclito lo tenemos claro, pero también hay algo que permanece en nuestra historia con los amigos, y también lo tenemos claro desde Parménides. La empatía es lo ontológicamente inamovible, es el ser de la amistad, y el devenir, el cambio a lo largo de la vida, es lo que aceptamos en el otro. Una persona no siempre será el mismo amigo a lo largo de nuestra vida, podemos llegar a tener varios amigos-as, en una misma persona a lo largo del tiempo. 
¿Es usted una persona sincera? 
A groso modo creo que sí, pero reconozco que todos tenemos nuestro secretitos, o nuestras imperfecciones que nos puedan crear mecanismos de defensa inconsciente o más conscientemente. Pero creo que sí. Cuando escribo poesía yo no lo hago haciendo como que siento, o posicionándome en algo que no soy para crear un artificio estético. La creación que yo hago está abonada en mi experiencia, en mis sentimientos, en mis valores y esperanzas.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
En cualquier cosa que me permita ser creativo. La televisión cada vez es más residual en mí. Hay dos actividades principales creativas y culturales en las que desarrollo mi tiempo: el teatro y la poesía. Ambas se complementan. Pero también hay una gran cantidad de cosas que me encantan y que espero volver a recuperar tras el “coronavirus”, andar por el monte, la playa, estar con los amigos, los bares, los actos y tertulias culturales, el cine en sala,…
¿Qué le da más miedo?
Cada vez procuro ser más desprendido, y la libertad de ataduras te quita miedos, pero hay uno que reconozco en mi base, con el que a veces tengo pesadillas, y es la muerte de mis seres queridos.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Algo he dicho antes, el odio hacia el otro y la prepotencia del lujo.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Partiendo de que la actividad de escritor no es la ocupación que me da de comer, creo que hacer lo que hago, educador y estar en contacto con la gente. También estar más cerca de la naturaleza, tener un huerto.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí, aunque cada vez menos. Me sigo definiendo como montañero. No me gustan los anglicismos como treckking, por eso prefiero decir senderismo.
¿Sabe cocinar?
Pues sí, y me relaja. Esa creatividad que llevo también la aplico en la cocina, con variable acierto. En algunas ocasiones mis hijos me dicen: ¡Ya estás haciendo mezclas!
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Federico García Lorca de los reales, a Don Quijote de los ficticios.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
AMOR.
¿Y la más peligrosa?
ODIO.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
NO, y tal vez me dirían ¿y si tuvieras a Hitler delante? Pero eso sería otra pregunta que no se me hace.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
De izquierdas, y así lo saben mis amigos de centro y derecha.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Músico.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Si quitamos la parte peyorativa, y lo dejamos dentro de una relación consentida, siendo eufemístico diré que el principal es “la caricia llevada a mayores”, hasta el punto de ser pesado. Después está lo de ser desordenado, algo impuntual, y poco glamuroso, pero para eso los creativos siempre tenemos la escusa de que “¡la mente de los artistas funciona de otra manera!”, lo cual no deja de ser otro vicio cuando se convierte en rutina.
¿Y sus virtudes?
Soy acuario, no es que yo sea un seguidor del horóscopo, pero entre los arquetipos de nuestro lenguaje, cuando definimos el carácter de alguien, es normal que utilicemos estos paradigmas de personalidad. Me identifico bien con lo que se suele decir de un acuario: abiertos, creativos, altruistas, amigos fieles, con humor, poco dados a seguir a la multitud, etc.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
No ahogándome, pero en una ocasión parecida haciendo montaña, en un momento apurado en el que era consciente de que me podía caer, tuve flash sobre lo que me podría perder de la vida que aún no había experimentado, como el tener hijos. Supongo que si me pasara ahora, podría ser lo siguiente, como envejecer con mi pareja y tener nietos.
T. M.