viernes, 21 de julio de 2023

Christopher Nolan, un cineasta libresco


En la fantástica “Tenet” (2020), en un momento dado el villano de la trama, encarnado por Kenneth Branagh, cita –sin mencionar explícitamente a T. S. Eliot– los versos «Así es como el mundo acaba / No con una explosión sino con un gemido», que es el final del poema «Los hombres huecos». Y es que Christopher Nolan le gusta mucho filtrar alusiones literarias en sus obras, como en “Interstellar” (2014), que tiene una secuencia en la que aparece la biblioteca de la habitación de su hija; en ella, se pueden apreciar algunos títulos que no están ahí por casualidad, pues están enviando un mensaje cifrado al protagonista astronauta por parte de la niña: «Stay» (quédate). En primer plano, se ven títulos de Martin Amis, Gabriel García Márquez, Mark Helprin, Jean Austen, Eliot, Thomas Pinchon y Jorge Luis Borges. Además, uno de los leitmotivs de la historia era el recitado, en boca de uno de los científicos de la NASA que están preparando la salida del hombre al espacio ante el deterioro imparable de la Tierra, de un poema de Dylan Thomas: «No entres dócilmente en esa buena noche».

Pues bien, cabe decir ahora, a propósito de su nuevo filme, que Nolan ha adaptado el libro “Prometeo americano. El triunfo y la tragedia de J. Robert Oppenheimer” (editorial Debate, 2023), que publicaron en 2005 Kai Bird y Martin J. Sherwin y que les valió el premio Pulitzer al año siguiente. Y no es para menos a tenor del trabajo de esta pareja de investigadores, el primero un autor especializado en las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki y en las relaciones entre Estados Unidos y Oriente Próximo, y el segundo –muerto en 2021– un historiador experto en armas nucleares y profesor universitario. A raíz de haberse pasado treinta años entrevistando a familiares, amigos y colegas de Oppenheimer, o de rebuscar información en archivos del FBI, se fue haciendo esta biografía que es a la vez un análisis del periodo de la Guerra Fría y la conformación política y cultural estadounidense moderna.

Vigilado por ser “rojo”

El libro se abría avanzando uno de los momentos más críticos de la vida de Oppenheimer, cuando, un poco antes de la Navidad de 1953, se dirigía a casa de su abogado, en Washington D.C., tras haber recibido una carta proveniente del presidente de la Comisión de Energía Atómica. En ella, se le comunicaba que, «tras volver a revisar su historial y sus filiaciones políticas, se lo declaraba una amenaza para la seguridad nacional»; de este modo, se le especificaban treinta y cuatro cargos «que iban desde lo absurdo (“consta que en 1940 usted figuraba como contribuyente de los Amigos del Pueblo Chino”) hasta lo político (“desde el otoño de 1949 en adelante mostró una fuerte oposición al desarrollo de la bomba de hidrógeno”)».

Vista así, la trayectoria de Oppenheimer es la de un ascenso meteórico y una caída devastadora. Bird y Sherwin exploraron tal cosa y además consiguieron mostrar la personalidad y el pensamiento de un hombre que, desde que se lanzaron las bombas atómicas en suelo nipón, “albergaba la vaga sensación de que en su camino lo esperaba algo oscuro y ominoso”. Era el tiempo en que se cernía el anticomunismo en los Estados Unidos de la posguerra, lo que derivó, en su caso, en que le pincharan los teléfonos de su casa y de su despacho, o que la prensa publicara infamias con respecto a su pasado. No en vano, como apuntaban los autores, “las actividades izquierdistas que había llevado a cabo en la década de 1930 en Berkeley, combinadas con la oposición que había mostrado en la posguerra ante los planes de las Fuerzas Aéreas, que pretendían lanzar bombas atómicas de forma masiva y estratégica –planes que él calificaba de genocidas–, enfurecieron a muchas figuras poderosas de Washington, entre los que se encontraban J. Edgar Hoover, el director del FBI”.

De héroe a mártir

“Prometeo americano” nos introducía en la vida de Oppenheimer desde su infancia en su natal Nueva York hasta Nuevo México y, cómo, en paralelo, el protagonista vio la forma en que la ciencia evolucionó de forma extraordinaria desde su juventud; primero, veíamos el modo en que se forma como estudiante en Gotinga, Alemania, en el emergente campo de la física cuántica, y a continuación pisando la Universidad de California (Berkeley) mientras el país vivía las consecuencias de la Gran Depresión y se iba notando el advenimiento del fascismo incluso más allá de Europa.

En aquel 1954 que contempló la desesperación de Oppenheimer al verse humillado y señalado en plena época de McCarthy, acababa una vida profesional que lo había llevado a una colosal fama. Y es que «era el Prometeo de Estados Unidos, “el padre de la bomba atómica”, el hombre que había liderado la empresa de arrebatar a la naturaleza el impresionante fuego del sol para dárselo a su país en tiempos de guerra. Después había hablado con sensatez acerca de sus peligros y con esperanza acerca de sus beneficios potenciales». Pero ya su voz estaba silenciada. Así las cosas, Bird y Sherwin estudiaban cómo el científico fue primero alabado y luego defenestrado por la misma prensa, por los mismos políticos.

Con todo, desde luego, lo más jugoso era conocer los antecedentes de lo que sería la bomba atómica, al comienzo de los años cuarenta, con un Oppenheimer como director del laboratorio armamentístico del complejo militar de Los Álamos. El objetivo era un proyecto, denominado Manhattan, que al comienzo, curiosamente, a ojos del físico, podía contribuir a la paz mundial; y lo cierto es que estaba pensado para derrotar al ejército alemán en la Segunda Guerra Mundial. Pero entonces Alemania se rindió en abril de 1945 y la bomba empezó a ser concebida para otro destino, que no fue otro que intimidar a soviéticos y japoneses. Hubo una primera prueba, en secreto, en el desierto en julio de aquel año, y la demostración de fuerza del artefacto fue de tales dimensiones, que Oppenheimer dijo a un colega: “Ahora somos todos unos hijos de puta”. Era el comienzo de sus dudas y al fin de su arrepentimiento.

Publicado en La Razón, 20-VII-2023