viernes, 30 de enero de 2026

El exiliado al que le dolía España


México, escritores y Guerra Civil Española son elementos que están estrechamente ligados y que marcaron el devenir de algunas de nuestras mentes literarias más brillantes. En el país americano autores como Max Aub, narrador, poeta y dramaturgo, autor de culto para diversas generaciones de literatos, encontraron acomodo vital y un lugar donde continuar con su andadura artística. Y como consecuencia de ello, sus familiares también continuaron estando vinculados a la nación mexicana, incluso cuando ya hubo posibilidad de volver a la España democrática. Una de esas personas fue Elena Aub, que murió en 2020 teniendo la nacionalidad mexicana, pese a haber nacido en Valencia, en 1931, hija de Perpetua Barjau Martín. En un momento dado, la familia decidió exilarse, primero Max Aub y luego ella con su madre y su hermana Carmen, estableciéndose primero en Cuba, en 1946, y luego definitivamente en México.

Pero no sólo ella estuvo relacionada con el ámbito literario por medio de su padre, el que firmó libros tan audaces, a veces de corte vanguardista, como «La gallina ciega» o «Jusep Torres Campanals». Su marido también fue escritor, además de profesor en la Universidad Autónoma de México. Federico Álvarez Arregui. Juntos emprendieron diversas iniciativas para empoderar la condición de exiliado, como la que llevaron a cabo entre 1959 y 1961 mediante el Movimiento Español (ME/59). De hecho, Álvarez Arregui trabajó en los años ochenta para el Instituto Nacional de Antropología e Historia de México (INAH), en el Proyecto de Historia Oral «Refugiados Españoles en México: Archivo de la Palabra», realizando entrevistas a exiliados españoles en México tras la Guerra Civil. Un proyecto que se realizó en colaboración con el Ministerio de Cultura de España y en que Elena Aub también estuvo presente.

No en vano, ella, autora de dos libros, fue la presidenta de la Fundación Max Aub con sede en Segorbe (Castellón) hasta el año 2012, en que tomó el relevo su hija Teresa. El proyecto había nacido en 1997, y fue constituido con la presencia del Presidente del Gobierno por entonces, José María Aznar, e integrada por diversas instituciones valencianas, a las que se sumaron al cabo de un año dos nuevos patronos, el Ministerio de Cultura y la Fundación Bancaja. Datos estos que reflejan bien la seriedad y el compromiso de Elena Aub a la hora de conservar la memoria literaria de su padre, que por siempre fue un nómada por culpa de las contiendas bélicas: nació en París en 1903, de padre alemán y madre francesa, pero se trasladó a España al estallar la Gran Guerra, con once años.

Preferencia americana

Pues bien, uno de los integrantes del patronato de la Fundación Max Aub, José-Carlos Mainer, publica ahora el libro «Max Aub. La vida en juego», con edición, epílogo y notas de Manuel Aznar Soler. Un libro que empieza con un significativo epígrafe de Aub, perteneciente a «La gallina ciega» (1971): «Regresé y me voy. En ningún momento tuve la sensación de formar parte de este nuevo país que ha usurpado su lugar al que estuvo aquí antes; no que le haya heredado. Hablo de hurto, no de robo. Estos españoles de hoy se quedaron con lo que aquí había, pero son otros. Entiéndaseme: claro que son otros, por el tiempo, pero no sólo por él; es eso y algo más». Para Mainer, estas frases son las más certeras que produjo el exilio y hay que tenerlas bien presentes a la hora de encarar la obra literaria de Aub. No en vano, este es el autor de «La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco» (1979), en que imagina humorísticamente un atentado contra el dictador desde la perspectiva de un camarero mexicano cansado de la presencia de exiliados españoles.

«Max Aub. La vida en juego» también sirve para homenajear a Mainer, catedrático jubilado de literatura española en la Universidad de Zaragoza, del que se añaden una serie de fotografías, además de las cartas que de joven intercambió con el propio Aub, en que le decía que estaba cansando de la novela realista española y que se había «pasado» a la narrativa hispanoamericana. Y, claro está, Aub estaba en el lugar donde tantos escritores de habla hispana estaban destacando por sus audacias estilísticas y que estaban llegando a España con grandes elogios publicitarios en modo «boom».

Precisamente, en los mastodónticos «Diarios. 1939-1972» que Renacimiento publicó hace dos años de Aub, se leía una entrada escrita en «Boston. Cambridge. Harvard» que decía: «La ignorancia total –de los norteamericanos– de lo hispanoamericano. Escogieron que hablara de la poesía mexicana porque jamás oyeron hablar de ella. La consideran exótica “a priori”. La furia contra [Fidel] Castro Ruz se debe a que los ha insultado por televisión (es más, pero base de la indignación popular): que de pronto un individuo de raza inferior se les alce y grite los saca de quicio. Sólo conocen los países de los que vienen (Alemania, Hungría) o donde han hecho la guerra (Francia, Alemania, China, Japón)».

 

La antiespañolidad


En ese mismo diario, Aub hablaba amargamente de un mundo dominando por los nacionalismos en que él sentía que no encajaba por su origen, de ascendencia diversa, y afirmaba haber luchado «contra tanta ignominia». Al hilo de esto, cabe decir cómo Mainer habla de que estamos ante «uno de los primeros novelistas políticos de este siglo» (en el primer ensayo recogido, que salió a la luz en 1966, en la revista «Ínsula»); lo comparaba con André Malraux, pues ambos «representan una solución de urgencia de cara a un soñado futuro en la justicia». De hecho, el segundo ensayo alude a la «anti-España» del escritor, la cual cosa le valdría a Mainer un ataque de Aquilino Duque —que fuera amigo de Aub—, que también se incluye en el libro, en que se expresa en estos términos: «Mainer exhuma el desdichado tópico de la Anti-España, acuñado en mala hora por alguien de derechas de cuyo nombre no me acuerdo y asumido en hora peor por alguien de izquierdas de cuyo nombre no quisiera acordarme».


Duque acusaba a Mainer de expulsar a Aub del «ámbito espiritual de la patria», por ser judío, republicano, desterrado, cuando seguía siendo un escritor español en lengua española. La respuesta de Mainer será aludir a que Aub era antifascista y que la mejor literatura es una apuesta contra el silencio y el terror, a lo que añadía que despolitizar la literatura era algo imposible por inútil. Así, vemos que en el pacífico terreno de las letras y los despachos de los intelectuales también cuecen habas. En todo caso, cabe quedarse con lo único importante: el «Recuerdo de Max Aub», por decirlo con el título de otro de los textos de Mainer, escrito al año de que el escritor exiliado muriese y que pertenecía, a la vez, a «esta tierra desollada que es España». Asuntos de corte vanguardista en su obra, relacionado con la moral, un estudio del libro «Cuerpos presentes», u otro sobre los literatos y la Guerra Fría, entre otros, más otras piezas surgidas por el pretexto de otras onomásticas, completan este volumen que coloca al narrador, en definitiva, como «Max Aub, mexicano».


Publicado en La Razón, 3-I-2026