En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Jorge Santoveña Martín.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Un castillo feudal.
Uno de esos moles de piedra gris y musgo, encaramado en una colina pelada de
algún rincón olvidado, con torres que arañan nubes bajas y un foso seco que ya
no engaña a nadie. No un palacio reluciente para reyes de opereta, sino un
bastión crudo, con paredes que huelen a humo de leña y a siglos de sangre
derramada en nombre de lealtades que duran más que los hombres. Elegiría eso
porque soy de los que prefieren el peso de la historia a la ligereza del mundo
moderno; allí, el silencio es un muro más grueso que la piedra, y no hay
distracciones: solo el viento que aúlla como un perro fiel y el eco de mis propios
pasos en salones vacíos donde una vez se jugaron coronas y traiciones. Viviría
en la torre más alta, con una chimenea que nunca se apaga y un aljibe que gotea
eternamente, recordándome que el tiempo pasa, aunque yo no salga. Leer libros
raídos por el salitre, afilar cuchillos que no usaré pero que me mantienen las
manos ocupadas, y en las noches, cuando la luna se cuela por las saeteras como
una amante indeseada, me sentaría junto al fuego a rumiar sobre valores que el
mundo ha tirado a la basura: la palabra dada como cadena irrompible, la rudeza
como escudo contra la falsedad, la paz en el alma de quien sabe pelear si tocan
lo suyo. Sería mi exilio perfecto, un reino de uno solo, donde la autenticidad
no necesita aplausos ni pantallas. ¿Y el hambre? La sopa de raíces y el vino
agrio de la bodega subterránea. ¿La soledad? Mi vieja compañera, más leal que
cualquier cortejo. No es romanticismo de novela; es supervivencia en carne viva.
¿Prefiere los animales a la gente? ¿Animales o gente? Esta es de las que cortan como un cuchillo mal
afilado, porque obliga a elegir entre el barro y el cielo. Los perros, sí, los
prefiero en lo que tienen de crudos y verdaderos: un golden que te mira con
ojos que no mienten, que te sigue al fuego sin pedir nada más que un trozo de
pan y un rascón detrás de la oreja. No hay traiciones en ellos, ni agendas
ocultas; ladran cuando duele y callan cuando hay que cazar en silencio. Me
gustan porque son como yo: leales hasta que el último aliento, rudos en la
caza, pero tiernos con los suyos, y si el mundo se va al carajo, un perro te
cubre la espalda sin mediar palabra. Pero no, no soy misántropo. Odio esa pose
de eremita de salón, de los que se quejan del ruido humano mientras sorben un
café en redes sociales. La gente me gusta, o al menos la que queda de ella: la
de los viejos tiempos, cuando la camaradería era un juramento sellado con
sangre y no con likes, y el honor era el peso de una espada en la cintura, no
un hashtag vacío. Imagina un campamento al borde de un río, hombres sentados en
torno al fuego, contando historias con voces roncas, riendo de lo absurdo de la
vida y jurando defenderse mutuamente hasta el fin, sin contratos ni apps que lo
registren todo. Ese mundo, donde la palabra dada valía más que un oro, y la
rudeza era el barniz de la lealtad profunda. Hoy, con tanto parloteo y tanto
brillo falso, echo de menos esa fraternidad de huesos duros, de tipos que
callan más de lo que hablan, pero cuando abren la boca, es para decir algo que
perdura.
Al final, no elijo: los perros me enseñan lo que la gente debería ser, y
la gente —la buena, la escasa— me recuerda por qué vale la pena el jaleo.
¿Es usted cruel? ¿Cruel?
Esa palabra es un veneno que la gente escupe para no mirarse al espejo, pero yo
no me escondo detrás de eufemismos. No, no soy cruel por deporte, ni por el
placer de ver cómo se retuercen los débiles bajo mi bota. Al contrario: siempre
he tendido la mano al que cae, al huérfano en la tormenta, al que el mundo pisa
porque es más fácil que levantarlo. Protejo a los míos y a los que no tienen
más que un susurro de dignidad, porque en ese acto hay honor, el de los viejos
códigos donde la lealtad no se mide en palabras sino en sangre vertida por el
otro. He cargado con pesos ajenos en la espalda, curado heridas que no eran
mías, y callado cuando el silencio duele más que un grito, todo por no dejar
solo al que tropieza. Pero con los enemigos... ah, ahí no hay medias tintas, ni
misericordia de salón. Si me traicionan, si mienten con sonrisas o clavan el
puñal por la espalda, no dudo en sacar el hacha. No es crueldad, es justicia
cruda, la de quien sabe que el mundo no perdona la debilidad ante el lobo. La afilo
despacio, en la penumbra, y la dejo caer limpia, sin florituras, porque el
honor exige que el golpe sea certero y el final, definitivo. No gozo en el
dolor ajeno —eso es para almas retorcidas—, pero tampoco lo lamento. Es el
precio de la paz que defiendo: la mía, la de los que me importan. ¿Cruel?
Quizás para los que confunden la rudeza con salvajismo. Para mí, es solo ser
fiel a lo que soy: un hombre de valores que no se dobla, ni ante el diablo ni
ante el espejo.
¿Tiene muchos amigos? No muchos, no. La cantidad es para los que coleccionan caras en fiestas,
como sellos en un álbum que se amarillean con el tiempo. Yo conservo los de
verdad, los que se forjaron en el barro de la infancia —cuando un puñetazo en
el patio de la escuela sella un pacto más fuerte que cualquier juramento
adulto. Pocos, sí: caben en una mesa de madera astillada, con latas de cerveza
y cigarros que se consumen lentos como confidencias. Valiosos como el aire en
un sótano inundado, porque me cubren la espalda sin que yo lo pida: un mensaje
a medianoche que dice "estoy en camino", o un silencio compartido que
pesa más que mil palabras de consuelo. No son de los que brillan en luces; son
de los que llegan con las manos sucias y el corazón entero, leales como perros
viejos que no olvidan el olor de tu casa. La amistad para mí no es un club de
vanidades; es un muro contra el viento, forjado en valores que el mundo ha
olvidado: la palabra como deuda de sangre, la rudeza como cariño disfrazado, y
esa paz frágil que se mantiene porque nos conocemos los quiebres del otro. He
perdido a muchos por el camino —el tiempo, las distancias, las traiciones que
no perdono—, pero estos pocos bastan para no sentir el vacío. ¿Muchos amigos?
No, gracias; prefiero la escasez que duele a la abundancia que ahoga.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Franqueza y verdad, como un cuchillo bien templado: afilado para cortar
la mierda, directo para no dejar dudas, y limpio para no envenenar la herida.
Nada de sonrisas torcidas ni palabras envueltas en algodón; un amigo de verdad
te dice a la cara que estás jodido, que tu plan es una estupidez o que esa
armadura que llevas ya se oxida, y lo hace sin malicia, solo porque te quiere
entero, no a medias. La franqueza es el fuego que mantiene la leña viva: quema
lo falso, ilumina lo real. Y la verdad... ah, esa es el hueso duro, el que no
se rompe ni con martillazos. No verdades de salón, de las que se adaptan al
viento; verdades antiguas, como las que se juraban en fogatas bajo estrellas
indiferentes, donde mentir era peor que morir. He roto con más de uno por eso:
por un "todo bien" que olía a podredumbre, o por un silencio que era
cobardía disfrazada. Mis amigos son pocos, pero en ellos busco eso: la rudeza
de quien no te mima para no herirte, sino para que crezcas con la cicatriz. Son
los que te cubren en la batalla sin fanfarrias, los que callan cuando el mundo
grita mentiras, y hablan cuando duele el silencio. Con ellos, la lealtad no es
un adorno; es el pacto de sangre que no necesita tinta ni testigos. ¿Y si
fallan en eso? Se van, sin rencor ni llantos; el mundo ya tiene suficientes
sombras.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? La decepción es un
viejo conocido, como el polvo que se cuela por las grietas de un muro viejo:
inevitable si dejas la puerta entreabierta. Hoy en día, sí, suelen fallar, y no
por maldad, sino por esa fragilidad del mundo actual, donde la lealtad se
diluye como humo en el viento. Pocos cumplen los requisitos que exijo —esa
franqueza que corta como vidrio, esa verdad que no se dobla ni ante el miedo o
la comodidad—, y termino cortando lazos con los que prometen mucho y entregan
migajas. He visto "amigos" evaporarse al primer revés, o peor,
clavarte el puñal con una sonrisa de excusa, y eso duele como un trago de
vinagre, pero no me rompe: solo me endurece, me recuerda que la confianza no se
regala como caramelos. Pero no todo es ceniza. Tengo esas amistades históricas,
forjadas en el crisol de la infancia, la adolescencia y las tormentas
compartidas, a prueba de bombas, de guerras o de silencios que duran años. Son
los que no necesitan palabras para saber cuándo llegar, los que te miran a los
ojos y ven el quiebre sin que lo digas, y responden con un gesto rudo, un
hombro para el peso o un silencio que vale más que un sermón. Con ellos no hay
decepciones; hay pactos eternos, de los que se sellan con sangre invisible y se
mantienen porque el honor no caduca. Son mi escudo, mi fogata en la noche fría,
y por ellos —pocos, pero de granito— vale la pena el riesgo de los demás.
¿Es usted una persona sincera? Esa palabra se ha prostituido tanto que ya huele a perfume barato en
labios de mentirosos. Sí, lo soy, hasta el tuétano, porque la sinceridad no es
un lujo para mí; es el aire que respiro, el filo de la navaja que no embota. No
me ando con rodeos ni con medias verdades que se deshacen como humo: si algo
duele, lo digo crudo, sin anestesia, porque el mundo ya tiene suficientes
vendas que ocultan pus. He perdido amigos por eso —un "no" directo
que quema como sal en herida abierta, o una verdad que desmonta ilusiones de
salón—, pero prefiero la soledad de la rectitud a la compañía de las sombras. Soy
amigo de Platón, sí, de esos que admiran la caverna y las formas eternas, pero
más de la verdad: esa perra fiel que no se deja domesticar, que muerde cuando
hace falta y lame las heridas después. La verdad no es amable, no siempre; es
ruda como un puñetazo en la mandíbula, pero eterna, como los valores que cargo
en la mochila. Si me preguntas algo, te respondo sin filtros, porque la lealtad
empieza en el espejo: no me miento a mí mismo, y por eso no te miento a ti.
¿Engañador? Nunca. ¿Incomodo? A menudo. Pero en este castillo de mentiras que
es el mundo, ser sincero es mi rebelión callada, mi paz armada.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Esa es una broma cruel, como si el tiempo no fuera un ladrón que nos roba
a todos por igual, y el "libre" no viniera con cadenas invisibles. No
lo ocupo en salones llenos de charlas huecas o pantallas que parpadean promesas
falsas; eso es para almas que temen el vacío. Prefiero las aventuras de verdad
—de las que dejan barro en las botas y cicatrices que cuentan historias, no
selfies—, o la soledad, que es mi refugio más fiel, un manto de silencio donde
rumio lo que el mundo ignora. Las aventuras: un camino polvoriento al amanecer,
con un perro leal a mi lado y un morral ligero, hacia un río donde el agua
corre fría y limpia, o el mar que no se rinde fácil, donde cada paso es un
pacto con el cansancio y la victoria no se graba en piedra sino en los huesos.
No busco adrenalina de pacotilla, como saltos en paracaídas con público; quiero
las de honor antiguo, donde la camaradería se forja en fogatas improvisadas con
extraños que se convierten en hermanos por una noche, o solo contra el viento,
probando si mis valores aguantan el azote. Esas me mantienen vivo, crudo,
recordándome que la paz se gana con sudor, no con likes. Pero si no hay horizonte
que muerda, elijo la soledad: un rincón en el castillo, con el fuego crepitando
y un libro raído que huela a tinta y traiciones pasadas, o nada más que el eco
de mis pensamientos, afilando el hacha del alma sin prisa. Ahí, en el silencio
que no juzga, soy entero: franco conmigo mismo, sin máscaras ni aplausos. No es
depresión ni huida; es recarga, como el guerrero que pule su espada antes de la
batalla. El mundo moderno lo llama aislamiento; yo lo llamo libertad verdadera.
¿Qué le da más miedo? Esa palabra sabe a óxido en la boca, como el sabor de una cadena que se
cierra alrededor del cuello. No le temo a las sombras ni a los abismos, ni a la
muerte que viene galopando en un caballo negro; he mirado al vacío demasiadas
veces y he salido con las manos sucias pero el alma intacta. Mi terror
verdadero, el que me despierta en sudores fríos en la torre del castillo, son
el verdulerismo y la difamación: mis mayores enemigos, gemelos siameses de la
falsedad que envenenan el aire como humo de hoguera barata. El verdulerismo,
esa plaga de lenguas sueltas y oídos ávidos, como verduleras en un mercado
atestado que destripan reputaciones por el precio de una cebolla: chismes que
se hinchan como frutas podridas, envidias que se disfrazan de consejos
piadosos, y esa manada de almas mediocres que ladran para no morder, pero joden
lo tuyo con sonrisas torcidas. Me da pavor porque corroe la fraternidad que
tanto valoro, esa camaradería de hombres de honor que se miran a los ojos sin
intermediarios. Es el veneno lento que convierte aliados en espectros, y yo,
que protejo al débil con el pecho abierto, me aterra no poder blandir el hacha
contra algo tan etéreo, tan cobarde. Y la difamación... ah, esa es la puñalada
por la espalda, el susurro que se hace tormenta y te deja sangrando en público,
con la verdad ahogada en mentiras que nadie lava. No es el golpe frontal lo que
me quiebra; es esa traición sibilina que mancha el nombre, que pinta al leal
como villano y al rudo como bestia. Mis enemigos mayores, sí: porque atacan lo
que más cuido, la autenticidad que cargo como un estandarte raído, y la paz que
defiendo no con palomas, sino con el filo de la justicia. Me aterra que ganen,
que el mundo se ahogue en su fango y yo termine solo con mis valores, gritando
verdades a un viento sordo.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? El escándalo es un lujo para
los que aún conservan un pedazo de inocencia, y yo hace tiempo que lo cambié
por una armadura de callos y verdades amargas. No me alteran las guerras
lejanas ni los pecados de alcoba que la gente aire a la luz como trofeos; eso
es el pan de cada día en este circo de monos con corbata. Lo que me revuelve
las tripas, lo que me hace apretar el puño hasta que los nudillos crujen, es
ver cómo los mediocres y ambiciosos sin un ápice de talento trepan hasta el
poder —de lo que sea: un trono de oficina, un estrado de púlpito o el volante
de un carro que arrastra a los demás al abismo. Son como malas hierbas en un
huerto bien labrado: no aportan sombra ni fruto, solo estrangulan lo vivo con
su codicia ciega y su sonrisa de cartón piedra. Ambiciosos, sí, pero sin el
fuego del que crea o el hueso del que resiste; trepan pisando cuellos,
susurrando promesas que apestan a vinagre, y una vez arriba, lo primero que
hacen es joder el equilibrio que otros construyeron con sudor y honor. Me
escandaliza porque manchan lo que valoro: el mérito como espada ganada en
duelo, no heredada de un soborno; la lealtad que no se vende por un ascenso,
sino que se forja en el fuego de las pruebas. He visto pueblos enteros ahogarse
bajo el peso de tales parásitos —políticos que ladran leyes para su bolsillo,
jefes que promueven al lameculos en vez del que carga el yugo—, y cada vez que
pasa, siento el asco subir como bilis, recordándome por qué prefiero mi
castillo y mis valores eternos a ese baile de máscaras. No es envidia, no; es
rabia justa, la de quien sabe que el poder debería ser un fardo para los
dignos, no un juguete para los huecos. ¿Y si no hay remedio? Me encierro en la
torre, afilo el hacha y protejo lo mío, esperando que el viento barra la basura.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? ¿Escritor? Ja, esa es una
de esas ilusiones que el mundo te vende como un elixir para almas inquietas,
pero yo nunca mordí el anzuelo. No soy de plumas y páginas que se queman en la
noche; mis palabras salen roncas, directas, como un martillo sobre el yunque,
no como flores en un jarrón. Me gano la vida como profesor Historia en
secundaria y bachillerato —ese oficio de excavar en las ruinas del pasado, de
contar a los muchachos con ojos de tormenta cómo los hombres de antaño forjaban
reinos con sudor y traiciones, no con teclados ni likes. Es mi vida creativa,
si quieres llamarla así: tallar mentes jóvenes con verdades que duelen,
enseñarles que el honor no es un cuento, sino una cadena que arrastras o te
arrastra. Ahí, en el aula polvorienta, soy el guardián de valores eternos, el
que pinta batallas donde la lealtad ganaba guerras y la cobardía perdía almas. Pero
si no hubiera elegido este camino —este de libros raídos y pizarras que crujen
como huesos viejos—, ¿qué? Habría sido herrero. Uno de esos que se encierran en
una forja humeante al borde de un pueblo olvidado, con el martillo en la mano y
el fuego lamiendo las paredes como un perro fiel. Golpear el hierro al rojo
hasta que cede, moldeándolo en hoces para la tierra o en espadas para quien las
merezca, porque en ese ritmo hay verdad: el metal no miente, no se dobla con
palabras suaves. Sería mi castillo en miniatura, un lugar de silencio roto solo
por el clangor, donde la rudeza es arte y la lealtad, el pacto con el cliente
que sabe que tu hoja no fallará. No fama, no aplausos; solo el peso de lo
eterno en las palmas callosas, protegiendo a los míos con herramientas que
duran generaciones. Pacífico en el yunque, pero listo para blandir lo forjado
si el enemigo llama a la puerta.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí, lo práctico,
pero no de esa forma solitaria y obsesiva que venden como salvación personal,
como si el cuerpo fuera un enemigo al que hay que domar en un gimnasio con
espejos y máquinas que zumban como avispas enfadadas. Eso de competir contra
uno mismo me parece ideología liberal pura: individualismo disfrazado de
virtud, donde el sudor es un trofeo para el ego y no un lazo con los demás. No,
yo soy de deportes de equipo, de esos que forjan hombres en el barro y el
choque, donde la lealtad se mide en pases certeros y tackles que dejan
moretones como medallas. He jugado baloncesto, con su ritmo febril y sus
jugadas que te obligan a leer al compañero como un libro abierto; fútbol, ese
caos organizado donde un malentendido te cuesta el partido, pero te enseña a
cubrir al que flaquea sin quejarte. Pero me quedo con el rugby, sin duda: ese
brutal ballet de colisiones y abrazos sucios, donde el honor no es un silbato,
sino el pacto de levantarte al caído, de correr hasta que el aire quema porque
el equipo es tu escudo y tu espada. Ahí, en el empuje de la melé, sientes la
camaradería de verdad, la rudeza que une en vez de dividir, y la paz de saber que
nadie pelea solo. Fue mi escuela de valores eternos: directo, franco, sin
tiempo para mentiras. Hoy en día, con el tiempo que no perdona y el cuerpo que
murmura quejas, me conformo con largos paseos con el perro —mi compañero de
cuatro patas, que no pide trofeos, solo el ritmo de mis pasos y el silencio
compartido. Cruzamos campos o caminos empedrados al atardecer, con el viento
que trae olor a tierra mojada, y en esa marcha lenta se me aclara el horizonte:
no es ejercicio para impresionar, sino para rumiar el día, para sentir que el
mundo aún tiene rincones donde la autenticidad no necesita uniformes ni
cronómetros. Me mantiene en forma lo justo, pacífico en el movimiento, pero
listo si la espada llama.
¿Sabe cocinar? Sí, sé, y bien, porque en mi casa el
fuego siempre fue un altar familiar, no un capricho de gourmet con espátulas de
silicona y recetas de revista. Aprendí tarde. No soy de experimentos ni de
platos que se disfrazan; cocino crudo, directo, con lo que la tierra da sin
adornos, porque la comida es como la vida: sustento, no espectáculo. Pero no lo
hago mucho, la verdad. Prefiero la mesa puesta, esa de madera rayada por
generaciones, donde el vapor sube de ollas compartidas y las voces roncas se
entretejen con el tintineo de cubiertos. Ahí, con los míos o con un amigo de
esos históricos que cubren la espalda, se forja la paz de verdad: un pan
partido en dos, e historias que pesan más que el hambre. Es mi valor eterno,
ese ritual de la fraternidad alrededor del fuego —no el de la cocina solitaria,
que sabe a exilio. Comer solo es sobrevivir; en mesa puesta, vives.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Ah, el Reader’s Digest y sus artículos lacrimógenos, esos que pintan
héroes de postal con un barniz de moralina barata, como si la vida fuera un
sermón dominical. Me pedirían un "personaje inolvidable", uno de esos
que se quedan grabados en la piel como una cicatriz bien ganada, y yo no
dudaría: Vito Corleone, el Padrino, ese viejo zorro siciliano con ojos de
carbón y un susurro que vale más que un ejército de gritos.
No por el glamour de las balas y las sombras que Coppola nos vendió en la
pantalla —eso es Hollywood disfrazando la crudeza con música de mandolinas—,
sino por lo que encarna de mis valores eternos, esos que el mundo ha tirado al
fango como basura. Vito no era un santo ni un demonio de opereta; era un hombre
de honor antiguo, forjado en la pobreza de las calles de Nueva York, donde la
lealtad no se regala: se gana con sangre y se sella con un beso en la mejilla
que podría ser el último. Protegía a los suyos con el pecho abierto, como yo
protejo al débil en mi aula o en un paseo con el perro, pero con enemigos...
ah, con ellos sacaba el hacha sin pestañear, no por sadismo, sino por esa
justicia ruda que no pide permiso ni aplausos. "Voy a hacerte una oferta
que no puedas rechazar", decía, y en esa frase hay franqueza pura: verdad
sin adornos, como un navajazo que te despierta. Me escandaliza cómo lo pintan
de monstruo, cuando era el antídoto al verdulerismo de los trepadores mediocres
que lo rodeaban —políticos con manos sucias y ambiciones huecas, que él
despachaba con un gesto callado, preservando la paz de su familia como un lobo
guarda la guarida. Inolvidable porque en su caída, en esa silla de jardín donde
el sol lo besa por última vez, ves la lealtad rota pero no vencida: un padre
que enseña que el poder no es para el ego, sino para el legado, y que la rudeza
es el escudo de la auténtica camaradería. Escribiría sobre él no como un mito,
sino como un espejo: un recordatorio de que en este mundo de difamaciones y
traiciones, ser Vito significa callar más de lo que hablas, pero cuando hablas,
el eco dura generaciones.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? "Verdad". No esa verdad pulida de discursos y
manifiestos, que brilla como un espejismo en el desierto, sino la cruda, la que
sale ronca de la garganta después de una noche de dudas, como un juramento
sellado con sangre en una fogata moribunda. En español, "verdad", que
pesa como una piedra en el bolsillo, pero ilumina más que un faro en la
tormenta: porque en ella hay promesa de redención, de que el barro se puede
limpiar, de que la lealtad no se evapora en mentiras ni la rudeza se pudre en
silencios cobardes. Es esperanza pura, la que me mantiene en pie en el aula con
chavales que dudan de todo, o en el paseo con el perro cuando el mundo apesta a
difamación. La verdad no consuela como un abrazo blando; te azota la cara, te
obliga a mirarte entero —con tus quiebres y tus fortalezas—, y en ese espejo
implacable ves la posibilidad de ser mejor, de forjar alianzas que duren, de
defender lo tuyo sin pedir permiso. En latín sería "veritas", que
suena a espada desenvainada; en inglés, "truth", un golpe seco que no
se negocia. Pero en cualquier lengua, es el antídoto al verdulerismo que combato,
la semilla que brota en el fango y dice: "Aún hay honor, aún hay
camino".
¿Y la más peligrosa? "Buen
rollo". Esa frasecita inocente, con su aroma a incienso barato y sonrisas
que no llegan a los ojos, como un veneno disfrazado de miel en un vaso de vino
tibio. Es peligrosa porque es el caballo de Troya de la falsedad, el lubricante
que engrasa las ruedas de la traición sin que nadie note el chirrido hasta que
el carro se despeña. En un mundo donde la franqueza se ha vuelto un lujo
exótico, el "buen rollo" es la máscara perfecta para los mediocres
que trepan sin talento, para los que susurran difamaciones envueltas en
halagos, para el verdulerismo que se disfraza de armonía y termina pudriendo el
alma de la camaradería verdadera. Me aterra porque corroe lo que más valoro:
esa lealtad ruda, de las que se forja en el barro del rugby o en una mesa
puesta con los míos, donde las palabras pesan y no flotan como globos de helio.
El "buen rollo" promete paz sin el sudor de ganarla, unidad sin el
filo de la verdad que corta las mentiras; es el opio de los cobardes que
prefieren el aplauso vacío a un silencio que duele pero cura. He visto
amistades históricas romperse por eso —un "todo bien" que oculta el
puñal, un abrazo que esconde la envidia—, y termino solo en mi torre, afilando
el hacha contra un enemigo que no sangra, solo se evapora. Peligrosa, sí:
porque te deja vulnerable, creyendo en un sol que es solo humo, hasta que el
fuego real te quema las manos.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Esa pregunta apesta
a salones de terapia o a novelas baratas donde el héroe se revuelve en sangre
por catarsis. No, nunca. El asesinato es el cobarde que apaga la luz sin dar
batalla, el que roba el último aliento sin que el enemigo vea venir el golpe.
Es aniquilar, sí, borrar un alma como si fuera una mancha en la pared, y yo no
soy de borrados limpios; soy de confrontaciones que dejan marcas, de duelos
donde el honor pesa más que el cadáver. He querido derrotar, eso sí, hasta el
tuétano: romperle el orgullo a un traidor que susurra difamaciones en la
sombra, o dejar en el polvo a un mediocre que trepa pisando lealtades ajenas,
como esos que me escandalizan en el poder. En el aula, con un chaval que se
pierde en mentiras, o en un partido de rugby donde el tackle no es venganza
sino lección, he sentido esa rabia justa que pide victoria, no extinción.
Derrotarlo para que se levante cambiado, o al menos con la cicatriz que recuerde:
la verdad duele, pero mata menos que el silencio. Mis valores no permiten el vacío;
permiten el fuego que purga, pero deja brasas para el mañana. Pacífico en el
alma, pero con el hacha lista para el corte que hiere sin rematar.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Esa pregunta es como invitar a un lobo a un banquete de corderos: me
revuelve el estómago antes de empezar. No tengo banderas ni siglas tatuadas en
el alma; soy de los que miran la política como un viejo mapa raído, donde los
caminos nobles se han perdido bajo el polvo de promesas falsas. No soporto a
los políticos de la actualidad, esa jauría de trileros con corbatas que barajan
cartas marcadas en salones iluminados por focos, prometiendo pan y justicia
mientras te roban el aire que respiras. Son ambiciosos sin talento, mediocres
que trepan pisando lealtades, y me escandaliza ver cómo manchan una de las
profesiones más nobles: servir a los tuyos, como un jefe de aldea en tiempos
antiguos, que velaba por el fuego común con el pecho abierto y el hacha lista,
no para el botín, sino para el pacto eterno de la comunidad. La política
debería ser eso —honor crudo, franqueza que corta como el viento en la melé del
rugby, lealtad que cubre la espalda sin pedir aplausos—, pero la sociedad de
masas lo ha convertido en un circo de masas: multitudes gritando por migajas,
verdulerismo amplificado por megáfonos, y difamaciones que viajan más rápido
que la verdad. Es lo que tiene esta era de ecos huecos, donde el poder no se
gana en el barro, sino en pantallas que parpadean mentiras, y el servir se
trueca en servilismo. Yo soy pacífico en el aula, enseñando historia a chavales
que merecen mejor que este fango, pero no pacifista: si un trilero toca lo mío,
lo derribo sin rematar, para que aprenda el peso de la derrota. ¿Tendencia? La
de los valores eternos, fuera de trincheras: un conservadurismo de huesos
duros, sin nostalgia rosa, que defiende lo auténtico contra el buen rollo
tóxico.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Esa
pregunta es un portillo en el muro, un vistazo a los "y si" que el
tiempo entierra bajo capas de barro y rutina, pero yo no soy de los que se
lamentan por bifurcaciones perdidas. En el mundo actual, con su ruido de
máquinas y sus trileros en los estrados, la docencia colma mis aspiraciones
hasta el borde: trabajo con el alma de la nación, con chavales que son arcilla
fresca, moldeable pero dura como el granito si no la tratas con verdad. En el
aula, no soy un charlatán con apuntes impresos; soy el herrero que forja
mentes, golpeando con historias de batallas donde el honor ganaba coronas y la
traición perdía cabezas. Les enseño que la historia no es polvo en un libro,
sino el eco de valores eternos —lealtad que cubre la espalda, franqueza que
corta mentiras, rudeza que protege al débil sin pedir medallas. Colma, sí,
porque en sus ojos veo el fuego que el mundo apaga, y en mi voz, el puente a un
mañana menos idiota. Pero si el reloj se rebobina, si pudiera escoger en el
tapiz raído del pasado, sería caballero feudal: uno de esos moles de armadura y
cicatrices, encabalgado en un corcel que huele a sudor y tormenta, jurando
vasallaje no a reyes de salón, sino a un código que no se negocia. Vivir en el
castillo que ya me imagino, con el foso como barrera contra el verdulerismo y la
difamación, blandiendo la espada no por oro, sino por la camaradería de la melé
eterna —proteger al señor con el pecho, al siervo con el escudo, y al enemigo
con un duelo franco, donde la derrota enseña más que la muerte. Sería rudo en
la carga, leal hasta que el último aliento se me escape en el polvo, auténtico
en el juramento que sella con sangre, no con pergaminos. Un mundo de valores
que no caducan, donde la política era servir con el hierro en la mano, no con
lenguas de serpiente.
¿Cuáles son sus vicios principales? Ah, los vicios son
como viejos perros fieles: te siguen a la sombra, te calientan las noches frías
y te muerden la conciencia cuando el sol sale demasiado alto. El mío, el que se
ha clavado en los pulmones como una espina que no arranco, es el tabaco
—fumador empedernido, de los que encienden el primero al amanecer, con el café
negro que quema la lengua, y el último al borde del sueño, cuando el castillo
se cierra y el silencio pide un hilo de humo para no ahogarse. No es un
capricho de salón, ni una pose para impresionar a nadie; es mi ritual rudo El
cigarro entre los dedos, inhalando ese fuego lento que sabe a tierra seca y a
promesas rotas, me da un instante de paz armada: tiempo para rumiar verdades
que el mundo ignora, para afilar el hacha del alma sin que nadie meta baza. Me
mata a sorbos, lo sé —el médico lo dice con esa cara de sermón que odio, y yo
asiento con un gruñido, porque soy pacífico pero no idiota—, pero en este fango
de "buen rollo" y trileros, el humo es mi rebelión callada, mi
lealtad a lo que soy: crudo, sin filtros ni excusas. ¿Otros vicios? el silencio
prolongado en el paseo, que a veces roza la melancolía. Pero el tabaco... ese
es el rey, el que me define en el exilio voluntario.
¿Y sus virtudes? Esa
palabra suena a medalla en el pecho de un santo de postal, y yo no soy de
altares ni de confesionarios; mis virtudes son como el vino en la bodega del
castillo: se ganan con el tiempo, se beben despacio y dejan poso amargo si las
fuerzas. La principal, la que me mantiene entero en este mundo de trileros y
"buen rollo" tóxico, es que intento entender y sacar lo bueno de cada
uno —no como un predicador que salva almas por deporte, sino como un herrero
que busca el grano de hierro en el mineral bruto, porque sé que bajo la herrumbre
hay algo que brilla si lo golpeas con verdad. En el aula, con muchachos que
llegan hechos un nudo de dudas y rabias, no los juzgo de entrada; los miro a
los ojos, escucho el silencio detrás de sus balbuceos, y busco el fuego que el
mundo ha intentado apagar —un atisbo de honor en un crío que defiende al débil,
o una lealtad cruda en el que calla más de lo que grita. Lo saco a la luz con
preguntas que cortan, no con palmaditas, porque entender no es excusar, sino
desenterrar lo auténtico para que crezca. Con los míos, en la mesa puesta o en
un paseo con el perro, hago lo mismo: veo la cicatriz del amigo histórico y
saco su rudeza como virtud, no como carga, porque la lealtad se nutre de eso,
de ver lo eterno en lo roto. Hasta con enemigos —esos que merecen el hacha—
intento vislumbrar el quiebre que los torció, no por piedad blanda, sino por
justicia: derrotarlos entero, no a medias. No es ingenuidad; es mi rebelión
contra el verdulerismo que todo lo mancha de negro. En un mundo que etiqueta y
desecha, yo excavo, porque sacar lo bueno de cada uno es mi forma de paz: no
pacifista, que eso es rendirse, sino la que se gana protegiendo chispas en la
oscuridad. ¿Y las fallas? Vienen en el paquete, como el humo del cigarro.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Ahogándome... esa es una muerte indigna, sin el honor de un duelo o el rugido de una melé, solo el agua fría que te entra por la boca como un puñetazo traicionero, el pecho que quema y el mundo que se apaga en burbujas mudas. Dentro del esquema clásico, ese desfile de fantasmas que el cerebro te tira como un último trago de vino agrio, no vería palacios ni tesoros; vería lo crudo, lo que duele y consuela a partes iguales, los jirones de una vida que no pedí pero que cargo entero. Primero, las manos de mi abuela: callosas como corteza de olivo viejo, surcadas de venas que contaban más que cualquier libro de historia que enseño. Manos que amasaban pan en la cocina humeante, que me alzaban de un charco de barro sin un reproche, que rezaban en silencio por un nieto rudo que no creía en nada. Se me aparecerían extendidas, queriendo agarrarme del cuello como cuando era un crío y el río amenazaba con tragarme, pero esta vez no llegarían; solo un eco de calidez en el frío que sube. Luego, el césped del estadio de mi equipo, la primera vez que lo vi: un tapiz verde vivo bajo las luces de mercurio, oliendo a humedad y a promesas rotas, con el rugido de la multitud como un mar que no ahoga, sino que eleva. Entré de la mano de mi padre, con el corazón latiendo como un tambor de guerra, y supe que ahí estaba la camaradería eterna —no la de trileros en suits, sino la de hombres que sangran por un color, que se cubren la espalda sin contratos. El balón rodando lento en mi mente, un pase que nunca falla, y el estadio vacío ahora, solo yo en las gradas, fumando un cigarro invisible, despidiéndome de la lealtad que me salvó más de una vez. Después, el beso con la mujer que más me ha llegado: no un roce de salón, sino uno que sabe a tormenta, a labios que muerden y sueltan verdades que no se dicen. Fue en una noche, con el mundo afuera rugiendo como un rugby perdido, sus ojos que me miraban entero, sin filtros ni "buen rollo", solo la franqueza de dos almas que se reconocen en el barro. Se me pasaría por la cabeza su aliento cálido contra el mío, el pulso que se acelera como un tackle certero, y un pinchazo de arrepentimiento por no haberla protegido mejor de mis quiebres. Ahí, ahogándome, sería el único remordimiento que duele de verdad: no haberle dicho que era mi paz armada, la que me hacía leal hasta el hueso. Y la inocencia de la infancia, borrosa como un guante viejo: éramos niños jugando al fútbol bajo la lluvia, descalzos en un campo que era más lodo que hierba, riendo con bocas llenas de agua y barro, sin saber que el mundo nos robaría eso pronto. Bolas de cuero empapadas que volaban torcidas, choques que eran abrazos sucios, y el sol saliendo después como si nada, lavando el pecado de crecer. No había verdulerismo ni difamaciones; solo la verdad de un gol gritado al cielo, la lealtad de no dejar solo al que cae, y esa paz infantil que ahora, en el fondo del agua, me llamaría como un silbato lejano, recordándome que lo eterno empieza ahí, en el chapoteo sin miedos. Eso vería, en flashes que cortan como navajas: no glorias ni venganzas pendientes, solo los hilos que me ataron a lo auténtico.
T. M.
