jueves, 8 de enero de 2026

Entrevista capotiana a Josefina Aguilar Recuenco

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Josefina Aguilar Recuenco.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Pongamos que pides un lugar en el mundo: mi casa, que tiene posibilidad de ser ampliada en las cuatro direcciones.
¿Prefiere los animales a la gente? La gente nunca es una elección en mi vida. La propia palabra gente me resulta desplazable. Está llena de comportamientos sometidos, la gente es eso que es movido por y para, siempre depende de ser masa para ser, la gente es producto. ¿Había gente en las praderas del Neolítico? ¿Hay gente en el mar? ¿Quién hay en la palabra gente? Los animales cada día me enamoran más, no hacen ruido.
¿Es usted cruel? Recuerdo mi primer contacto con la crueldad. Tendría yo unos 6 años, durante los días siguientes a las vacaciones de navidad, en el colegio nos dejaban llevar algo que nos hubieran traído los reyes magos. Llevé una muñeca. Una niña de la clase me la pedía, se la dejaba, y frente a mí y mirándome con crueldad ella pellizcaba la cara de la muñeca. Yo le retiraba la muñeca y ella volvía a pedírmela, prometiéndome que no lo volvería a hacer. Yo confiaba y se la volvía a pasar y nuevamente ella la pellizcaba, así se repetía una y otra vez: confianza y crueldad, confianza y crueldad. Después, ya mayores ambas, vi a esa niña de dependienta, vendiendo perfumes. Ya no miraba a los ojos desafiando el dolor ajeno, ni el perfume se dejaba pellizcar. La escena confianza/crueldad se ha vuelto a repetir en mi vida adulta. Ahí tenía la ocasión de invertir la situación, después de poner confianza, y ante la crueldad del otro, ser yo quien fuera cruel con esa persona. Mi yo dañado podía usar la crueldad en su modo infantil: con búsqueda de placer (¿es la venganza placer, es el dolor placer?) hacia esa persona bastante canalla, pude usar la crueldad en su modo venganza por justicia y dignidad, pero decidí indagar en mí, en ese cuadro escénico confianza/crueldad, y a partir de ahí ha habido mucho cambio en mi vida y las fuentes del Advaita me han nutrido y ayudado luminosamente. Después, en la vida te encuentras con escenas que miden tus mecanismos de la crueldad gratuita, cuando las hormigas se vuelven locas por esa miga sobre la encimera de mi cocina y arman su batallón salido de no sé qué grieta por alcanzarla, doy golpecitos con los nudillos sobre la plataforma para que retornen a su misterio bajo tierra (el sonido hace que se retiren) y así no matar a ninguna. Es imposible, difícil, imposible, no matar a una hormiga. Es imposible no pisar la hierba. Pregúntales a ellas, las hormigas, la hierba, ellas deben saber de la crueldad humana. La crueldad también puede ser la ignorancia intrínseca en toda acción. Tampoco arranco flores del campo. No puedo. En primavera quisiera llevar a casa esas margaritas silvestres, pero me es imposible arrancar flores de la tierra. Querer poseer la belleza debe ser un acto de crueldad. ¿He de guiarme por todos estos actos que aquí digo para determinar si en mí hay mecanismos de crueldad? Solo me guío por todo esto pero no bajo la guardia. Mejor leamos a Annemarie Swarzenbach en su La vía cruel.
¿Tiene muchos amigos? Muchos y amigos no me son combinables. Tampoco la palabra muchos ni la palabra amigos me resultan, por separado, combinables conmigo. Creo en la amistad como un tercer lugar donde dos se encuentran en un nivel más honesto, digno, puro, pero no creo en esa formulación fácil de amigos/mis amigos. La amistad es ese tercer lugar que nos cuida de "los amigos", más allá de complacencias entre dos, ese tercer lugar que no necesita compañía, y que no pide ser expuesta en sus usos sociales; la amistad es y se reconoce sin tener que pasarla al producto: "mi" o " tengo" o "amigo". Realmente me produce pudor tratar la amistad en esos términos, que además tiene, y más actualmente, unos márgenes muy livianos: saludos, emoticones, redes, cenas, charlar y charlar, compartir momentos y afinidades y todo que sea sin cuestionarle nada al otro. Las palabras amigo/amiga fácilmente muestran su degradación bajo el infantil auspicio del lazo relacional. Siento algo de pudor cuando me veo teniendo que decir: amigo, amiga, es como que lanzas un cebo a la otra persona, un reclamo, una encerrona, si te nombro mi amigo ya te señalo para que tú me nombres amigo. Ya ni te digo si me viera en situación de decirlo en plural, mis amigos. La amistad en cambio me es bienvenida, me es un lugar fiable para que dos personas se encuentren y puedan cuestionarse, sin cuestionarme a mí en el otro y al otro en mí no hay amistad, hay relación. Si la amistad es para no cuestionarte la identidad, no la quiero, no me es fiable.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que tengan un mundo interior no semejante, un misterio vital, un amor de transcendencia, que estén en el mundo sin estar en el mundo, que porten la cualidad de la soledad y la independencia, sobre todo independencia respecto a lo social. Además, el humor, el juego, la chispa de ser.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? No me decepcionan porque no espero encontrar amigos, eso es algo que sucede muy escasas veces, como decía antes, cuando las dos personas reconocen el lugar en el que se unen. Siempre lo he vivido así, desde la adolescencia, sabía que eran “amigos” por un vínculo, un contexto…para mí eso no tiene que ver con la amistad sino con necesidades que se quieren cubrir para no estar solo o para que te escuchen, o para contarles monsergas, o para compartir risas y tiempos… y, aunque al moverme en el mundo vivo situaciones así y las disfruto con alegría, ese mundo de relaciones no me interesa, no lo alimento. Sí aprecio y guardo afecto a personas con las que me vinculo por diferentes motivos pero la amistad es un tercer lugar, un don y la diferencio claramente de lo otro.
¿Es usted una persona sincera? Soy una persona concera, busco una llama que se prenda en mí. Aparte, en el sentido en el que lo preguntas: esa palabra no me da mucha fiabilidad. Si la tomo como ser sincera hacia mí misma hago por serlo a través de la autoindagación y procuro derribar los pequeños dogmas internos con los que me creo que yo soy yo. Por otro lado, confirmo en mi vida que lo mejor es la posibilidad de rectificar, cuando corresponde, la rectificación creo que está totalmente vinculada con la sinceridad. Ante tantos actos mecánicos, inconscientes y aprendidos por adherencia a un yo identificativo, ¿cómo confiar en que somos sinceros? Prefiero desmontar eso y ver qué hay detrás de todo eso que en mí se mueve hacia fuera. Pienso que la sinceridad hay que contenerla en el terreno de uno mismo con uno mismo, y no como se suele entender, como algo de mí hacia el otro. La sinceridad en lo social es peliaguda, me produce cierta prevención, el ser humano está lleno de automatismos de defensa, totalmente inconscientes, hechos para sostener la identidad, y por lo tanto, sostenidos en una mentira estructural que no detectamos. En este sentido, la sinceridad es una falacia, ante ella prefiero anteponer la autoindagación y el conducirme a desbancar la “propia” identidad que está apoyada en acciones y palabras que creemos que son “verdad”, que creemos que son sinceridad… Prefiero ver qué hay detrás de esas acciones y enunciados que creemos coherentes y dignos. En fin, no fiarnos de nuestras bondades. Por otro lado, eso de simplificar diciendo “soy sincera” porque digo a los otros lo que pienso me resulta pueril. Ahora, con las redes y todo ese escaparatismo virtual, el mundo se ha llenado de sinceridad, un mundo de opinadores, como un derecho a la sinceridad que nos muestra en nuestra banalidad.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leyendo. Leyendo para mí y leyendo a quienes amo, y que me lean. Es sagrado, esos diferentes momentos de lectura durante el día. Otro acto sagrado: ir al cine, a esos cines que se sostienen desde hace años, que casi huelen a iglesia. Además, el acto de ir al cine y compartir con desconocidos, y a oscuras, una buena película me parece maravilloso.
¿Qué le da más miedo? Tener miedo.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Creo que no hay algo que me escandalice. Me escandalizaría si tuviera un ideal acerca del otro, o acerca de la sociedad, o acerca de la humanidad. Y no, no pongo el grito en el cielo ante lo otro, eso sería tener un mundo idílico e inamovible acerca de lo demás, y no lo tengo, sé que lo que vemos de los otros, de lo otro, es una apariencia, una virtualidad, un ángulo, y después están los actos impuros que nadie ve, esos... Por el mundo han pasado algunos pocos seres extraordinarios y son seguramente los que están en este mundo sin pertenecer a él, sin exponer acciones, sin depender de flores. Los demás no somos ni escandalizables. Ahora retorno y me digo, si hubiera tomado esta pregunta de otra manera y hubiera dicho sí, me escandalizan los políticos, los poderosos, los hombres que mienten, los que escriben poesía y después se comportan como canallas, los que hacen las guerras, en fin manifestar que me escandaliza la mentira como estructura de superviviencia constante en el ser humano… Podría haberme escandalizado por ahí, sí… pero prefiero el canto, y que el canto se escandalice de mí.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Solo mirar, quizás, solo dejar pasar el mundo ante mi mirada. Seguir en la extrañeza pero sin escribirla.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Caminar, aunque caminar no es un ejercicio físico, es un vagar del alma, para el alma.
¿Sabe cocinar? No, cuando cocino experimento, no porque use condimentos creativos y los mezcle con ingenio sino porque me resulta algo muy caótico y al igual que cuando logro escribir se dan caos y orden de manera alquímica, en la cocina solo logro el caos, aunque algunos platos al final se puedan comer con gusto, es solo por efecto del milagro, como la escritura.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Como personaje inolvidable Pier Paolo Pasolini, me resulta el hombre más hermoso, su pureza, su honestidad, su dignidad, su valentía, su soledad. Después, más allá de personajes, y sobre los que no me atrevo a pensar en escribir sobre ellos, hay otros, cito, por si alumbra la curiosidad de alguien que lea esta entrevista, uno: Ramana.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Amor, siempre es más inalcanzable de lo que creemos, la acotamos en esa cosita pequeña, limitada a nuestros pequeños sentires, pero ella se defiende de nuestras puerilidades. Lo mejor que podemos hacer con ella es esperarla porque la propia espera ya nos impregna de ella, qué misterio. Amor, quizás la única palabra que es desde antes de ser amor. Además, amor no tiene palabra para decirse. Tú eres su palabra, nosotros somos la palabra para el amor, yo soy su palabra.
¿Y la más peligrosa? Amor, porque la rodeamos de ideas según la identidad de quienes la pronunciamos y el amor es libre de identidades, y libre de nosotros. Amor es libre de mí.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Nunca, ¿qué necesitaría para matar a alguien? Ayer vi Asesinato en el Orient Express, muy conmovedora esa dramatización que muestra: todo un grupo humano implicado en un mismo dolor, y todos deciden matar como único remedio para sanar ese daño. Tiene que ser muy fuerte esa experiencia, querer matar.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Mi corazón dice izquierda pero la izquierda de Cristo o de Pasolini. Los políticos se apoyan en su imagen de ser y no hacen el camino del amor, no me son confiables. Sin amor ¿cómo se puede regir un pueblo? Y no es fácil amar más allá de los lazos de sangre y relacionales.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Una gacela o un río, o quizás quien mira a la gacela y al río y sabe que no le falta nada, que solo eso basta.
¿Cuáles son sus vicios principales? El vicio de cada día creerme que Josefina soy yo, y dejar pasar el día sin desmontarme de esa falsa creencia.
¿Y sus virtudes? Reír y jugar como una niña con 54 años.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Cuando era niña estuve a punto de ahogarme en el mar. Recuerdo que hubo un momento primero de lucha, y de repente se produjo un cese total de esa lucha porque algo en mí me vio desde otro lugar, comprendí entonces el darme a la situación, el abandonarme ahí. Ese momento fue de esplendor, de totalidad. La imagen de ese momento era yo, alguien en mí me veía. Así que mi imagen de esquema clásico está tomada por este episodio infantil. Pero puesta a imaginar qué pasaría por mí en ese momento sería la imagen cegadora de la dicha y la gratitud.
T. M.