En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Miguel Ángel Manrique.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Bogotá. Soy citadino. Nací en El Carmen de Bolívar,
un municipio en la región de los Montes de María, al norte de Colombia, a una
hora de Cartagena, o sea, que soy costeño de nacimiento; pero mis padres, hoy
fallecidos, se vinieron a Bogotá cuando yo tenía seis meses de nacido. Así que
me eduqué como bogotano, crecí como bogotano, en un barrio bogotano, con costumbres
bogotanas, en medio del clima frío y del caos bogotano. Así que no querría vivir
en otro lugar que no fuera esta ciudad que, además, está presente en mis libros.
¿Prefiere los animales a la gente? ¿Cuál es
la diferencia? Somos animales. Sin embargo, tal vez lo único que nos separa de
una vaca o una abeja es la conciencia del tiempo, de saber que un día nos vamos
a morir y no volveremos a sentir el calor del sol. Aunque comparto mi vida con Tinta,
una perra de agua español de once años y medio, que ya es abuela, y que suele
sacarme de quicio con frecuencia, y de mi gata Ernesto, de dos años, que es mi
consentida, prefiero a la gente; aunque a veces pienso que, si reencarnara, me gustaría
ser un gato doméstico; y, cuando digo la gente, me refiero a todas esas personas
que he conocido en mi vida, en el colegio, en la universidad, en la calle, en
la vida, no al género humano como algo abstracto, sino a personas concretas, personas
que me han hecho feliz y, por supuesto, con las que me he divertido y enojado,
y, también, que me han hecho sufrir. Prefiero a la gente que me ha amado y he amado.
Prefiero a los que amo. No sabría qué es una vida plena sin ese conocimiento. Intentar
comprender las relaciones entre personas concretas es lo que ha hecho, en parte,
que quiera escribir.
¿Es usted cruel? No. Me inclino más
por la compasión, aunque cuando era niño solía torturar a las moscas y las
arañas como parte de mis juegos infantiles. Espero que ellas me perdonen. Así
que prefiero actuar con justicia, empatía y cuidado. Soy padre de dos hijos, he
trabajado como profesor por más de treinta años, por lo que he intentado educar
sin crueldad. La crueldad es cercana a la humillación y al daño que les hacemos
a los demás. La maldad solo la soporto en la ficción.
¿Tiene muchos amigos? Pienso en la carga afectiva
que contiene hablar de “mis amigos”, porque evoca vínculos fuertes y de mucho cariño.
Estoy convencido de que la amistad es una de las formas más serenas del amor, una
finalidad en sí misma, que se expresa de muchas maneras. Cada relación amistosa
es única: uno sabe lo que siente verdaderamente por cada uno de sus amigos. No
tengo muchos amigos; tal vez, son más los conocidos, pero mis amigos saben que los
amo.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Creo que mis amigos son
sinceros, desinteresados y generosos con sus afectos; idealistas, unos; realistas,
otros; además, son solidarios, inteligentes y divertidos; son bebedores, buena muela,
fumadores, holgazanes, tercos, trabajadores, críticos, aman la poesía, leen
novelas, ensayos, noticias, ven series, hacen chistes, se preocupan por la educación,
por la vida; saben escuchar, aunque en las reuniones hablen todos al mismo
tiempo; en definitiva, son increíbles, son buenas personas. Ellos me recuerdan unas
palabras de ese bellísimo prólogo que Natalia Ginzburg escribió sobre su amigo Cesare
Pavese: “En su compañía nos volvíamos mucho más inteligentes, nos sentíamos
inclinados a poner en nuestras palabras lo mejor y lo más serio que llevábamos
dentro, descartábamos los lugares comunes, los pensamientos imprecisos, las
incoherencias”.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? Sí, como seguramente
yo los he decepcionado a ellos. La amistad no está exenta del dolor. Entender
que no podemos contar del todo con nuestros amigos, que no sean siempre solícitos,
hace parte de convertirnos en adultos, de alcanzar la mayoría de edad. Sabernos
imperfectos, aceptar nuestros defectos y declararnos seres decepcionantes nos
humaniza, nos ennoblece y nos aleja de los mártires, los héroes y los santos que
son seres muy solitarios. Además, la amistad es una de las formas más nobles del
amor, cuando es sincera, porque uno ama a los amigos a pesar de los desencantos.
Es una fuerza muy poderosa.
¿Es usted una persona sincera? Sí. Aunque
creo que en mis libros he podido ser más sincero que en la vida real, porque la
ficción me permite decir muchas más cosas sin meterme en problemas. Pero también
me gusta mirar a los ojos a las personas y decirles lo que pienso de ellas. En general,
lo hago con quienes conozco, con los más cercanos.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leer ocupa la mayor parte
de mi tiempo libre. Estoy terminando, por tercera vez, Don Quijote de la
Mancha. Estoy en el final, cuando se aproxima su muerte. Lo estoy haciendo
lentamente. Una página a la vez. La agonía de don Quijote nos recuerda que las
cosas humanas no son eternas. Disfruto muchísimo también de sentarme a
conversar por horas con Gabriela, mi esposa. Ella y yo solemos tener desayunos
largos para hablar sobre todo lo que nos interesa de la vida, para compartir nuestras
preocupaciones y nuestros logros. Los sábados, nuestro día favorito, me gusta
estar con mis hijos, Alejandro y Jerónimo, cocinar, reírnos, conversar, escuchar
música y beber vino o lo que haya.
¿Qué le da más miedo? La enfermedad.
A medida que me hago viejo me da temor perder la memoria o quedar como un
vegetal por culpa de un padecimiento crónico o un accidente, porque odiaría
depender de los demás. No quisiera ser una carga.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? Los abusadores de todo tipo. Me indignan los que se saltan
las reglas de juego. Los infames. No puedo ser indiferente ni cínico, por ejemplo,
ante los avances del fascismo.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? Bajista en una banda de rock en la que
mi esposa Gabriela fuera la cantante.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Hasta los
treinta años era un hombre más o menos atlético, solía trotar y montar en bicicleta,
pero luego fui perdiendo la forma. Aparte de salir a caminar, no practico ningún
ejercicio.
¿Sabe cocinar? Sí, y me gusta cocinar, pero lo hago en
privado, para mi familia. Tanto a mis hijos como a mi esposa les gusta lo que preparo
especialmente para ellos.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? En la Universidad Nacional
de Colombia, cuando estudié literatura, leí la mayoría de los libros de Umberto
Eco, el Tratado de semiótica general, Lector in fabula, Los límites
de la interpretación, El péndulo de Foucault, La isla del día de antes,
Baudolino, por mencionar algunos. Gracias a él aprendí muchísimo de semiótica,
de filosofía del lenguaje y de la importancia de comprender los mecanismos de generación
del sentido en la literatura, el arte y la ficción; también me enseñó a pensar
críticamente, a recurrir a los argumentos, y a entender la importancia de la belleza
y la fealdad en el arte; pero, sobre todo, por Eco conocí a algunos de mis amigos
actuales, personas inteligentes y sensibles, semiólogos desencantados, con quienes
todavía comparto la vida. Así que indudablemente sería sobre Umberto Eco, uno
de mis maestros de papel.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Amor.
¿Y la más peligrosa? Poder.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No. Pero, como ser
humano, sé que la posibilidad está latente. Ahora recuerdo el primer capítulo
de 2001 Odisea en el espacio, de Arthur C. Clarke, cuando Moon- Watcher,
“el primer hombre”, y su tribu, después de haber tocado el monolito, se acercan
a los Otros armados de mazos y cuchillos de hueso. Moon-Watcher sostiene en una
rama la cabeza sangrienta del leopardo que los amenazaba y al que logran vencer,
atraviesa el riachuelo que los separa, y que es el recurso escaso que los enfrenta,
golpea en la cabeza a Una-Oreja, el líder de la otra banda, y lo mata. Indiscutiblemente,
la escena revela el rudimentario origen del poder político que está relacionado
con la muerte del rival y con la apropiación del recurso. Creo más en el diálogo,
en el café conversado o en la llamada a tiempo, como una forma de resolver los conflictos,
que en la muerte como una solución.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? A pesar de sus
imperfecciones, la democracia me parece la forma de gobierno que debemos
defender. Aquella que se rige por unos principios constitucionales, que
construye ciudadanía, bienestar, en la que se respetan la división y el
equilibrio de poderes, donde existen la justicia social y los derechos humanos.
No como una utopía, sino como un ejercicio cotidiano. La democracia es un
oficio. Creo además que es importante mantener vivo el frágil equilibrio que hay
entre la libertad individual y el poder social. Comparto una visión del mundo que
abarca el respeto por la diversidad, el pluralismo, la libertad de expresión y de
opinión, la felicidad, la dignidad, y la paz, sobre todo, además del cuidado de
la naturaleza. Prefiero el diálogo a la fuerza bruta. Rechazo los fanatismos y
los extremos. Entro en conflicto con los autoritarismos. Como Noah Smith, aún
mantengo los sueños liberales de mi juventud. Entonces, supongo que ideológicamente
me percibo como un liberal de izquierda. Aunque apelando al segundo teorema de
Gödel: “la consistencia del sistema no
es demostrable dentro del sistema”. He votado por los liberales y los
progresistas. Pero mantengo mi independencia al respecto, no milito en ningún
partido ni en ninguna causa.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Suelo echar
el chiste en mi casa de que en mi otra vida quisiera ser un gato doméstico. Los
gatos son animales independientes, cambian de carácter cuando les gusta o no
les gusta algo, son perezosos, cariñosos cuando quieren o furiosos. Suelen poner
límites. Un gato es una buena forma de estar en el mundo.
¿Cuáles son sus vicios principales? ¿Vicios? Tomarme
unos whiskies o unos vinos los fines de semana o fumarme ocasionalmente unos porros
no sé si se consideran vicios. No tengo tendencias adictivas, así que no me
enganché en las drogas, y aunque me gusta fumar, también puedo abandonar el cigarrillo
con facilidad, aunque lo considero un placer. Tal vez abuso de la cafeína, porque
suelo tomarme tres tazas de café fuerte todas las mañanas. Ahora, si hablamos
de los vicios clásicos, tal vez tenga inclinaciones hacia la pereza, la gula y
la lujuria, pero no creo que sean rasgos muy marcados de mi personalidad.
¿Y sus virtudes? Me gusta mucho un
libro de Italo Calvino que se publicó en el siglo pasado, Seis propuestas para
el próximo milenio. En este hay un ensayo titulado “Levedad”, en el que el
autor explica que lo leve, no lo ligero ni lo light en el sentido de lo
superficial, significa quitarle peso a la realidad, a las palabras, al lenguaje,
de una forma poética. Cuando la realidad, las personas o las palabras nos
agobian, pesan, como nos pasó hace poco en Colombia con el enfrentamiento
verbal entre Donald Trump y Gustavo Petro: muchos temimos que ocurriera en nuestro
país algo similar a lo que sucedió en Venezuela, que EE. UU. nos invadiera saltándose
todas las normas del derecho internacional. Esa sensación, esa idea, no solo fue
aterradora sino pesada, y muy perturbadora. Ese peso nos contagió de rabia y miedo.
El 7 de enero una llamada entre los dos mandatarios aligeró las tensiones. El sentimiento
que surgió después fue de levedad. Escribo para resistir a todo eso que hace
pesada la vida.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Una tarde, de un día
común y corriente, en 1971, estoy sentado sobre un tapete, con la primera amiga
de mi vida, viendo Plaza Sésamo en la televisión. Una mañana, pudo ser de un sábado
soleado, tal vez en 1972, Felipe, mi padre, me amarra los zapatos para salir a ver
la casa que están construyendo en el barrio a donde nos iremos a vivir un año
después. 31 de diciembre de 1981. El beso largo y apasionado que me dio una
vecina que me gustaba, en un callejón oscuro, en medio del ruido de la pólvora.
Jamás nos volvimos a ver. El 12 de enero de 2005, Gabriela y yo nos vamos a
vivir juntos. Al otro día, viajamos en una buseta hacia Villa de Leyva, ella tiene
el pelo negro, largo y abundante, los ojos le brillan, y yo tengo una sonrisa
de oreja a oreja. 19 de octubre de 2005, el doctor Bernardo Moreno levanta en
sus brazos a una pequeña criatura rosada que llora: presencio el nacimiento de
mi primer hijo. 2 de diciembre de 2008, el doctor Moreno levanta un bello cuerpecito
en sus brazos: presencio el nacimiento de mi segundo hijo. Un día antes de
morir, el 16 de mayo de 2025, Betty, mi madre está acostada en la cama de un hospital
mirándome con una expresión de profundo amor y ternura.
T. M.
