jueves, 26 de febrero de 2026

Entrevista capotiana a Antonio Tizón

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Antonio Tizón.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? A Coruña.

¿Prefiere los animales a la gente? No.

¿Es usted cruel? No.

¿Tiene muchos amigos? Sí.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Ninguna en especial.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No.

¿Es usted una persona sincera? Sí.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Leyendo y escribiendo.

¿Qué le da más miedo? El sufrimiento, no el dolor, porque el dolor es inevitable, pero el sufrimiento, no.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Cada día me escandalizo por algo, la explotación, la ignorancia, la estupidez…

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Fui periodista y profesor.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? No.

¿Sabe cocinar? No.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A mi abuela.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Amor.

¿Y la más peligrosa? Guerra.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Sí.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? De izquierda.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Alguien que pudiera leer y escribir sin pasar las noches en blanco.

¿Cuáles son sus vicios principales? La gula.

¿Y sus virtudes? La conversación.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Ya me pasaron, y lo cuento en algunos de mis libros. Y, efectivamente, son imágenes propias del esquema cásico. En los momentos de agonía, cuando estás al borde de la muerte, o ya cruzaste de forma no irreversible esa línea clínica, te pasa por la cabeza la vida pero no aún su explicación definitiva, como si alguien te dijera al oído que solo “al final de la vida toda ya sabrás por qué se muere”.

T. M.