Los artefactos institucionales de la censura, cual Gran Hermano latente en periodos de faltas de libertades de expresión, podían provocar dos cosas: por supuesto que el órgano del poder competente decidiera eliminar alguna palabra, expresión o el libro en su totalidad del autor de turno, o que este escribiera intimidado por la fuerza de sus propias palabras, esto es, que se autocensurara. Camilo José Cela siempre habló de manera despectiva de los censores, quitándoles importancia hasta ningunearlos, aunque los sufriera (aunque, paradójicamente, el gallego trabajó para el régimen franquista en la oficina de censores entre 1941 y 1945 porque, según insinuó, de algo tenía que comer); Blas de Otero transigió y vio cómo sus poemarios eran retocados por manos ajenas y tiquismiquis, en un contexto de poesía social que iría cobrando coraje y atrevimiento. El bilbaíno tendría que publicar algunos libros en Puerto Rico o París; el gallego vería «La colmena» en edición bonaerense en 1951. Hay mil ejemplos.
Muchos escritores que vivieron la España franquista en un momento u otro reflexionaron sobre esta a veces necesaria autocensura para que no sucediera la censura oficial, y cómo eso derivó en estilos y decisiones literarias diferentes: Mercedes Salisachs, J. M. Caballero Bonald, A. Buero Vallejo o Miguel Delibes debieron enfrentarse a ello si querían publicar sin demasiados problemas; algunos de ellos hablaron del inconsciente, el verdadero censor en tiempos de restricciones de lenguaje, e incluso Delibes «mató» al Mario de su famosa obra, según él mismo «receloso de la censura y por motivos estéticos, lo cual mejoró en mucho la novela» (en carta al responsable de la editorial Destino, Josep Vergés).
Es más, según una encuesta de inicios de los años setenta, se demostró que la autocensura artística ya era el primer paso para la acción de la censura estatal, una mandamás con mucha historia: en la España de los Siglos de Oro, activísima, y en la Ilustración francesa que pretendió resumir el conocimiento en una enciclopedia que se atacó desde los poderes. Pero Diderot, viejo zorro, tenía la mejor respuesta para sacarle partido a la situación. Por encargo de la Comunidad de Libreros de París, escribió en 1763 una apasionada «Carta sobre el comercio de libros», en defensa del gremio, en torno a los aspectos más controvertidos del comercio del libro, lo cual se convirtió en una crítica contra la censura del Estado y a favor de la propiedad intelectual, y dijo: «Libro prohibido, libro leído».
Las camelias de Dumas hijo
Precisamente, es en Francia donde a lo largo de la historia la censura se ha convertido en un instrumento político continuo para desautorizar o, como diríamos hoy, cancelar a sus autores. No en vano, en 1857, la novela de Gustave Flaubert «Madame Bovary» fue acusada de atentar contra la moral por su retrato del adulterio y la sexualidad femenina, lo que provocó que al autor se le llevara a juicio. Estamos hablando del mismo país en que «Gargantúa y Pantagruel», de François Rabelais, sufrió prohibiciones y mutilaciones por lenguaje obsceno desde el siglo XVI, todo lo cual fue reparado en ediciones críticas modernas, que recuperaron los pasajes suprimidos. El mismo país en que, ya en el siglo XX, una novela de Boris Vian publicada bajo seudónimo —el nombre de un escritor negro estadounidense que se inventó, Vernon Sullivan, en 1947—, «Escupiré sobre vuestra tumba»—, fue censurada por su contenido violento y sexual y que le hizo sufrir juicios y la reacción airada de los críticos literarios. Todo esto que apuntamos es a propósito de una novedad de la editorial Cátedra, del narrador y dramaturgo Alexandre Dumas hijo, que no puede ser otra que su célebre novela «La dama de las camelias», que se ofrece en español en su primera versión, publicada en 1848, incorporando los pasajes censurados por el propio autor en reediciones posteriores.
Verdaderamente, la propia vida de Dumas padre e hijo fueron tan densas como su labor literaria: el padre no sólo vivió numerosas relaciones amorosas, sino que en 1839 había reconocido como propio a un hijo ilegítimo, también llamado Alexandre Dumas (París, 1824-Marly-le-Roy, 1895), que se convertiría en el máximo dramaturgo del Segundo Imperio y miembro de la Academia Francesa, algo que ansió y no logró ser su padre. El hecho de llamarse igual le abriría todas las puertas del ambiente literario parisino y se le recordaría por escribir una de esas obras que la sociedad convierte en un estándar del tema que desarrollan: en su caso el afán amoroso llevado hasta el extremo más sentimental, sufriente e incluso melodramático. Escribió «La dama de las camelias» con sólo veinticuatro años, trasladando al papel una historia que a grandes rasgos había protagonizado él mismo: su atracción por una célebre cortesana de la época, Marie Dupleiss, a la que llamó Marguerite Gautier en su relato, mientras él elegía para su «alter ego» un nombre con sus mismas iniciales: Armand Duval.
La novela sufriría el acicate de la censura tras lanzar acusaciones por indecencia y se prohibió que fuera adaptada al teatro, lo que acabó ocurriendo en 1852, cuatro años después de que la novela viera la luz y se pusieran en tela de juicio sus atrevimientos narrativos, en un París que se debatía entre la renovación artística y el conservadurismo de su rígida moral. Dumas hijo solo desafiaría los prejuicios de la época, aunque su tendencia al moralismo burgués incipiente transformara sus piezas en meras obras de tesis. Le sobreviviría no obstante, y cómo, su única novela. De hecho, Dumas se dedicaría con especial tesón a los escenarios, recreando asuntos considerados escabrosos para la moral de entonces, como el cuestionamiento de la familia, el divorcio o el adulterio. El nuevo drama prestaba atención a la burguesía revolucionaria, a la vez que se profundizaba en los sentimientos esenciales del alma humana, tal como habían apuntado en Rousseau, Diderot y Voltaire. De este modo, el nuevo héroe mundano vive sus emociones sensuales desde el dolor y la desgracia, considerando el enamoramiento poco menos que una enfermedad.
Contra la hipocresía social
El propio Dumas, que había pasado por una borrascosa juventud tras abandonar su casa familiar a los dieciocho años —era hijo de una esporádica relación entre una modista y el fogoso escritor que, por entonces, intentaba abrirse camino en el mundo del teatro—, haría trizas la hipocresía social imperante desde su misma biografía. Cabe decir, con todo, que pese a los intentos de censurarla, ningún elemento sórdido o vulgar se infiltró en la narración —el protagonista se justificaba así al final del relato: «No soy el apóstol del vicio, pero me haré eco de la desgracia noble siempre que la oiga contar»—, e incluso el final, con arrepentimientos moralizantes incluidos, es puramente romántico y pasional. Las polémicas, sin embargo, no harían más que fortalecer la importancia de Dumas hijo, que se aliaría con su padre para la construcción del Théâtre Historique. Era un tiempo aquel en que circulaba el «Diario. Memorias de la vida literaria (1851-1870)», de los hermanos Goncourt, en tiempos, cómo no, convulsos para Francia, con Luis Napoleón Bonaparte, presidente de la Segunda República Francesa, dando un golpe de Estado para erigirse en Napoleón III. Algo que generaría, como consecuencia directa en este ámbito literario, el exilio de Victor Hugo y un clima de censura perpetrada en contra de los medios de comunicación.
Es más, en 1853, los Goncourt eran procesados por un artículo que quería reflejar el ambiente callejero desde donde vivían hasta la dirección del periódico para el que trabajaban. Una dosis de realismo que atentaba contra la moral pública y las buenas costumbres que propugnaba el poder gubernamental. Se colocaban de este modo, como dirán ellos mismos cuatro años después, en la misma situación que Flaubert, que en efecto también era llevado «a los banquillos de la policía correccional», o que otro de sus amigos, Théophile Gautier, que decía arriesgarse «a cada frase a ser llevado ante los tribunales», o que el Charles Baudelaire del que un poco después aseguraban: «Se defiende obstinadamente, con cierta ira, de haber ultrajado las costumbres en sus versos». Y en efecto, en agosto de 1857, se le había acusado de ofender la moral religiosa por algunos poemas de «Las flores del mal» que no permitieron publicar por su trasfondo lésbico. Ya lo dijo André Schiffrin, que expuso su punto de vista sobre el mundo de las editoriales en «La edición sin editores» y «El control de la palabra», al afirmar que se vive un gran conservadurismo artístico en el que la censura del mercado va en detrimento en última instancia de la creatividad del escritor.
Publicado en La Razón, 10-XII-2025
