En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Pablo Vierci.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Elegiría Punta del Este, en Uruguay, más
precisamente Punta Ballena, donde tenemos una casa muy rústica y agradable.
Está a cien metros de un bosque público de más de 150 hectáreas, el Arboretum
Lussich, y a diez cuadras del Océano Atlántico. Es una zona costera, pero el
barrio donde está la casa es casi rural, con liebres y pavitas de monte
acercándose sin ningún temor al sillón y a la mesa donde trabajo en verano, en
el jardín. En frente no hay vecinos, sino un gran terreno poblado de árboles, y
a los costados, dos amables vecinos que poco se ven, entre los árboles. No solo
vamos en verano, sino también en invierno, con mi familia o en ocasiones voy
solo. En invierno solo están ahí los escasos lugareños. La belleza y la paz del
entorno, rodeado de naturaleza, hace que todos sean casi siempre muy gentiles,
sin estridencias ni pretensiones materiales. La casa está compuesta por dos
módulos, el de los “mayores”, mi mujer y yo, con un solo dormitorio, y a veinte
metros, el de los hijos con sus hijos, con cuatro dormitorios. Ahí pasé buena
parte de la pandemia: no mejoró la terrible incertidumbre que sufrí, pero la
sobreviví en un ámbito que de alguna manera me ayudó, aunque no sé bien cómo
fue.
¿Prefiere los animales a la gente? No puedo
decir que prefiero a unos u a otros, porque son afectos diferentes, tocan
fibras distintas de nuestras emociones, ya que somos, los seres humanos, tan
complejos, que como dicen los psiquiatras, tenemos tantas neuronas como
estrellas hay en la Vía Láctea. Lo cierto es que esa casa a la que me refería,
que tiene dieciséis años, está estrechamente vinculada con una perrita de raza
Golden (no consigo decirle perra, ni perro) que me acompañó quince años, en
invierno junto al fuego o en verano bañándose conmigo en el mar. Se llamaba Bruna. La trajo a la familia mi
hija mayor, que cuando se fue de casa, para formar su propia familia, la dejó a
mi cargo, o al menos yo la tomé a mi cargo, casi sin darme cuenta. Conocí con
ella otra variante del amor que no conocía, y que es sutilmente diferente del
que siento por los seres humanos que quiero. Está pautado, creo, porque no
puedo tener con ella nada racional, o sea, no puedo explicarle lo que siento o hago
por ella, ni mis ausencias, ni la cura de sus nanas, y mucho menos, que a los
quince años, por causa de una enfermedad que comenzaba a dolerle, ordené que le
practicaran la eutanasia. En su vida estuve ausente muchas veces, incluso los
seis meses que duró la preparación y el rodaje de la película “La sociedad de
la nieve” (basada en mi libro y de la que soy productor asociado) y con ella me
surgió algo diferente de lo que me ocurrió con las personas de mi círculo más
íntimo, mi mujer, mis hijas y los tres nietos que tenía entonces: como no le
podía explicar lo que estaba sucediendo, y como sabía que me estaba esperando,
la mayor parte del tiempo, echada en la puerta de entrada de nuestra casa en
Montevideo, lo único que podía hacer fue sufrir por el dolor que le estaba
causando. Que esto puede parecer irracional, lo sé, y todas las personas del
mundo me lo dirán y me lo repetirán hasta el cansancio, pero así lo viví yo:
¿cómo le explico a Bruna que voy a regresar, y que no la abandoné? Su último
año fue, para mí, trágico: su decrepitud física, cuando la sacaba a caminar,
como siempre lo hice, funcionaba como un espejo que adelanta, donde veía o
imaginaba reflejada mi propia decrepitud por el paso del tiempo. Un día cayó en
medio del paseo y la tuve que traer alzada. Alfombré toda la casa con fieltro
para que no patinara y cayera y así se fue acercando al final, que yo vivía,
casi, como mi propio final. Cuando le practicamos la eutanasia fue de los
momentos más devastadores de mi vida. Por un error cuando se la llevaban
envuelta en una manta, y sin querer se le asomó el hocico, esa se convirtió en
una imagen desgarradora que me acompañará siempre. Ha pasado un año y medio y
si bien la recuerdo todos los días, ya no es con dolor, sino con la frase que
me ha dicho mi peluquero (tengo escaso cabello pero tengo peluquero), respecto
a su propio perrito, Kalú, que murió de eutanasia hace dos años: los perritos
son ángeles que vienen a enseñarnos.
¿Es usted cruel? No soy cruel, pero debo
decirlo, si quiero contar toda la verdad: cuando niño y adolescente, me gustaban
las armas, con las que disparaba en un tambo que tenía mi madre, a cien
kilómetros de Montevideo. Me apasionaba el tiro al blanco, con chumbera,
calibre 22 o escopetas, calibre 24 y 12. Y además de tiro al blanco, maté
algunos animales salvajes. No me lo perdono, y creo que el amor que les prodigo
desde hace décadas a los animales, es como mi karma, estoy pagando una deuda
que jamás terminaré de pagar. Conservo algunas de las armas de mi infancia pero
jamás se las he mostrado a mis nietos. Están allí, arrumbadas. A veces pienso
en enterrarlas, porque ni siquiera pretendo regalarlas.
¿Tiene muchos amigos? No
demasiados, pero siento que son suficientes. Con una peculiaridad: son los
mismos amigos de la infancia. Con quienes compartimos los años del colegio y
del liceo y luego cada uno partió a desarrollar su propia vida, todas
diferentes, en ámbitos distintos, incluso uno de ellos estudió en el exterior y
regresó a Montevideo. Creo que el secreto de este vínculo está en que nos
moldeamos juntos, yo tengo mucho de ellos, y ellos tienen mucho de mí. Eso hace
que sea un afecto incondicional.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? La lealtad,
en primer lugar, y el humor, en segundo. El hecho de conocerlos desde siempre
impide que haya agendas encubiertas, ninguno de nosotros está esperando del
otro una ventaja, sino crecer juntos. Nada más, ni nada menos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? No me decepcionan
porque lo que nos une es la incondicionalidad. Ni siquiera discrepamos
demasiado, porque recorrimos juntos demasiadas etapas de nuestras vidas.
¿Es usted una persona sincera? Por regla
general intento serlo. Sé perfectamente que uno adivina cuando el otro no lo
es, porque ese simulacro es fácilmente identificable. Si alguien me cae mal,
por cualquier motivo, máxime ahora, que ya tengo muchos años, simplemente nos
evitamos: lo otro implica un estrés absolutamente innecesario.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Para los que
nos gusta escribir y contar historias, desde muy jóvenes, es muy difícil
diferenciar el tiempo libre del tiempo ocupado, o del trabajo. ¿Si considero
que escribir es un trabajo? No, en verdad, pero le llamo así, para que los
demás lo entiendan. Para ponerle un nombre a algo que no sé bien lo que es. En
particular para los nietos, que ahora son cuatro, y que en algunos períodos
convivimos en la casa a la que me refería, en Punta Ballena. Ellos fueron los
segundos que me preguntaron (como en su momento me preguntaron sus madres, mis
hijas) por qué “trabajaba” todas las mañanas, incluidos los domingos. Por eso
el concepto de “tiempo libre” me resulta incierto. Sí entiendo claramente el
hecho de estar cansado de escribir, cuando necesariamente debo hacer otra cosa.
Pero sería injusto llamarle “tiempo libre”.
¿Qué le da más miedo? Claramente a
lo que más le temo es a los accidentes. Posiblemente esto proviene de mi
juventud: cuando tenía 19 años, tres compañeros de colegio y de deportes se
ahogaron en el Río de la Plata cayendo de una canoa frente al barrio donde
vivíamos, en Carrasco, que entonces era un balneario a una hora del Centro de
Montevideo. Tres años después ocurrió el accidente aéreo en los Andes, donde
murieron 29 compañeros de colegio o familiares, y se salvaron otros 16. Demasiados
accidentes en tan corto período dejaron una huella en mis temores.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? Me escandaliza la impunidad, generalmente de los
poderosos, en diferentes circunstancias, y tomando por poderosos no solo los
que detentan fortunas, sino también las elites intelectuales, por ejemplo, que
se consideran por encima no solo de los demás, sino también de las normas de
convivencia humanista. Por eso muchas veces ese es el tema de mis novelas, como
por ejemplo la última, “El niño que heredó el silencio”, sobre un caso de abuso
sexual infantil. Los poderosos casi siempre salieron impunes de esta fechoría.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? No tengo la menor idea. Mi
gran incógnita es cómo sería si hubiera elegido hacer algo más contemplativo,
si pasara los domingos viendo fútbol en la televisión, si pudiera definir
claramente lo que es “tiempo de trabajo” y “tiempo libre”. En rigor, ese Pablo,
que se dedica a otra cosa, me resulta completamente desconocido. Casi un
extraterrestre.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? El deporte
físico que practico desde siempre, en los veranos de tres meses de Uruguay, es
el baño en el arroyo, cuando era niño y adolescente, en el tambo de mi madre, o
el baño de mar, en nuestra casa en Punta del Este, donde me acompañaba mi
perrita Bruna, en los quince años que vivió. Aunque parezca bizarro, o
infantil, nada me seduce más que este “ejercicio físico”, que practico a diario,
siempre que haya 24 grados o más de
temperatura: ir al mar, junto a la península de Punta Ballena, con un inflable
que tiene un arco que flota y una red al medio, montarme en él, y nadar, como
un niño, para atrás o hacia adelante, adentrándome en el mar un kilómetro, pero
teniendo al acantilado de la península de Punta Ballena a mi lado, a cien
metros, por si se me llega a pinchar el inflable, cosa que hasta ahora, jamás
ha ocurrido. Ese sosiego de estar solo con las gaviotas, en mi precaria
embarcación (la inflo en la orilla cuando llego y la desinflo cuando me retiro)
es de una placidez inigualable. Y resuelvo muchos de los dilemas de lo que
estoy escribiendo en mi “tiempo libre” o “tiempo ocupado”.
¿Sabe cocinar? Lo más complejo que he hecho
es cocinar arroz. Además, hiervo agua todos los días para tomar “mate”, como
suele hacerse en el Río de la Plata.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A mi abuelo materno, un médico respetable y
humanista que se suicidó.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Optimismo.
¿Y la más peligrosa? Fanatismo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Me considero un
socialdemócrata, que entiendo que comenzó en Uruguay, a comienzos del siglo XX,
con el dos veces presidente José Batlle y Ordóñez, que creó el primer Estado de
Bienestar del mundo, con leyes pioneras como la jornada laboral de ocho horas
de trabajo, en 1915, antes que Francia, o el divorcio por la sola voluntad de
la mujer, en 1913.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? No tengo la
menor idea.
¿Cuáles son sus vicios principales? Aunque no sé si son
vicios, sí alteran mi vida y la de los que me rodean la ansiedad y la obsesión.
La primera me lleva a estar el día entero desplegando actividad para saciar mi
insaciable curiosidad, con daños colaterales como el insomnio, o el hablar demasiado
rápido, lo que también corrijo escribiendo, que ralentiza el desborde de
pensamientos entreverados y arrolladores. La obsesión me torna incómodo para
los que me rodean, pero me ayuda a escribir, porque puedo pasarme horas
interminables detrás de una idea, que hasta que no encuentra un cauce natural y
fluido, no abandono.
¿Y sus virtudes? Si bien mi mujer no lo
ve como una virtud, puede serlo: ignoro por completo lo que significa
“ofenderse”. No me ofende que hablen mal de mí, ni que me ignoren, ni que se
burlen. Parecería que me falta un gen, que alguien se lo quedó. O sea, hay
alguien en el universo que se ofende el doble.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Lo más parecido fue el
único accidente que tuve, en la casa de playa que mencioné: mi perrita Bruna se
había pasado al terreno de al lado, donde había tres perros, y como creí que
podían lastimarla, corrí para rescatarla, tropecé, caí en una zanja, y se me
luxó el codo, de modo que con mi otra mano sostenía el antebrazo como si se
hubiera quebrado (que es lo que pensé que había ocurrido). En realidad el
antebrazo se había separado del húmero. En ese momento sí recuerdo un acarreo
de imágenes desesperadas, donde la primordial era que el brazo inutilizado (no
ocurrió nada más que un yeso durante un mes) me impediría hacer lo que siempre
hice y quise hacer: contar historias escritas.
T. M.
