domingo, 8 de marzo de 2026

Entrevista capotiana a Pablo Vierci

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Pablo Vierci.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Elegiría Punta del Este, en Uruguay, más precisamente Punta Ballena, donde tenemos una casa muy rústica y agradable. Está a cien metros de un bosque público de más de 150 hectáreas, el Arboretum Lussich, y a diez cuadras del Océano Atlántico. Es una zona costera, pero el barrio donde está la casa es casi rural, con liebres y pavitas de monte acercándose sin ningún temor al sillón y a la mesa donde trabajo en verano, en el jardín. En frente no hay vecinos, sino un gran terreno poblado de árboles, y a los costados, dos amables vecinos que poco se ven, entre los árboles. No solo vamos en verano, sino también en invierno, con mi familia o en ocasiones voy solo. En invierno solo están ahí los escasos lugareños. La belleza y la paz del entorno, rodeado de naturaleza, hace que todos sean casi siempre muy gentiles, sin estridencias ni pretensiones materiales. La casa está compuesta por dos módulos, el de los “mayores”, mi mujer y yo, con un solo dormitorio, y a veinte metros, el de los hijos con sus hijos, con cuatro dormitorios. Ahí pasé buena parte de la pandemia: no mejoró la terrible incertidumbre que sufrí, pero la sobreviví en un ámbito que de alguna manera me ayudó, aunque no sé bien cómo fue.

¿Prefiere los animales a la gente? No puedo decir que prefiero a unos u a otros, porque son afectos diferentes, tocan fibras distintas de nuestras emociones, ya que somos, los seres humanos, tan complejos, que como dicen los psiquiatras, tenemos tantas neuronas como estrellas hay en la Vía Láctea. Lo cierto es que esa casa a la que me refería, que tiene dieciséis años, está estrechamente vinculada con una perrita de raza Golden (no consigo decirle perra, ni perro) que me acompañó quince años, en invierno junto al fuego o en verano bañándose conmigo en el mar.  Se llamaba Bruna. La trajo a la familia mi hija mayor, que cuando se fue de casa, para formar su propia familia, la dejó a mi cargo, o al menos yo la tomé a mi cargo, casi sin darme cuenta. Conocí con ella otra variante del amor que no conocía, y que es sutilmente diferente del que siento por los seres humanos que quiero. Está pautado, creo, porque no puedo tener con ella nada racional, o sea, no puedo explicarle lo que siento o hago por ella, ni mis ausencias, ni la cura de sus nanas, y mucho menos, que a los quince años, por causa de una enfermedad que comenzaba a dolerle, ordené que le practicaran la eutanasia. En su vida estuve ausente muchas veces, incluso los seis meses que duró la preparación y el rodaje de la película “La sociedad de la nieve” (basada en mi libro y de la que soy productor asociado) y con ella me surgió algo diferente de lo que me ocurrió con las personas de mi círculo más íntimo, mi mujer, mis hijas y los tres nietos que tenía entonces: como no le podía explicar lo que estaba sucediendo, y como sabía que me estaba esperando, la mayor parte del tiempo, echada en la puerta de entrada de nuestra casa en Montevideo, lo único que podía hacer fue sufrir por el dolor que le estaba causando. Que esto puede parecer irracional, lo sé, y todas las personas del mundo me lo dirán y me lo repetirán hasta el cansancio, pero así lo viví yo: ¿cómo le explico a Bruna que voy a regresar, y que no la abandoné? Su último año fue, para mí, trágico: su decrepitud física, cuando la sacaba a caminar, como siempre lo hice, funcionaba como un espejo que adelanta, donde veía o imaginaba reflejada mi propia decrepitud por el paso del tiempo. Un día cayó en medio del paseo y la tuve que traer alzada. Alfombré toda la casa con fieltro para que no patinara y cayera y así se fue acercando al final, que yo vivía, casi, como mi propio final. Cuando le practicamos la eutanasia fue de los momentos más devastadores de mi vida. Por un error cuando se la llevaban envuelta en una manta, y sin querer se le asomó el hocico, esa se convirtió en una imagen desgarradora que me acompañará siempre. Ha pasado un año y medio y si bien la recuerdo todos los días, ya no es con dolor, sino con la frase que me ha dicho mi peluquero (tengo escaso cabello pero tengo peluquero), respecto a su propio perrito, Kalú, que murió de eutanasia hace dos años: los perritos son ángeles que vienen a enseñarnos.

¿Es usted cruel? No soy cruel, pero debo decirlo, si quiero contar toda la verdad: cuando niño y adolescente, me gustaban las armas, con las que disparaba en un tambo que tenía mi madre, a cien kilómetros de Montevideo. Me apasionaba el tiro al blanco, con chumbera, calibre 22 o escopetas, calibre 24 y 12. Y además de tiro al blanco, maté algunos animales salvajes. No me lo perdono, y creo que el amor que les prodigo desde hace décadas a los animales, es como mi karma, estoy pagando una deuda que jamás terminaré de pagar. Conservo algunas de las armas de mi infancia pero jamás se las he mostrado a mis nietos. Están allí, arrumbadas. A veces pienso en enterrarlas, porque ni siquiera pretendo regalarlas.

¿Tiene muchos amigos? No demasiados, pero siento que son suficientes. Con una peculiaridad: son los mismos amigos de la infancia. Con quienes compartimos los años del colegio y del liceo y luego cada uno partió a desarrollar su propia vida, todas diferentes, en ámbitos distintos, incluso uno de ellos estudió en el exterior y regresó a Montevideo. Creo que el secreto de este vínculo está en que nos moldeamos juntos, yo tengo mucho de ellos, y ellos tienen mucho de mí. Eso hace que sea un afecto incondicional. 

¿Qué cualidades busca en sus amigos? La lealtad, en primer lugar, y el humor, en segundo. El hecho de conocerlos desde siempre impide que haya agendas encubiertas, ninguno de nosotros está esperando del otro una ventaja, sino crecer juntos. Nada más, ni nada menos.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No me decepcionan porque lo que nos une es la incondicionalidad. Ni siquiera discrepamos demasiado, porque recorrimos juntos demasiadas etapas de nuestras vidas.

¿Es usted una persona sincera? Por regla general intento serlo. Sé perfectamente que uno adivina cuando el otro no lo es, porque ese simulacro es fácilmente identificable. Si alguien me cae mal, por cualquier motivo, máxime ahora, que ya tengo muchos años, simplemente nos evitamos: lo otro implica un estrés absolutamente innecesario.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Para los que nos gusta escribir y contar historias, desde muy jóvenes, es muy difícil diferenciar el tiempo libre del tiempo ocupado, o del trabajo. ¿Si considero que escribir es un trabajo? No, en verdad, pero le llamo así, para que los demás lo entiendan. Para ponerle un nombre a algo que no sé bien lo que es. En particular para los nietos, que ahora son cuatro, y que en algunos períodos convivimos en la casa a la que me refería, en Punta Ballena. Ellos fueron los segundos que me preguntaron (como en su momento me preguntaron sus madres, mis hijas) por qué “trabajaba” todas las mañanas, incluidos los domingos. Por eso el concepto de “tiempo libre” me resulta incierto. Sí entiendo claramente el hecho de estar cansado de escribir, cuando necesariamente debo hacer otra cosa. Pero sería injusto llamarle “tiempo libre”.

¿Qué le da más miedo? Claramente a lo que más le temo es a los accidentes. Posiblemente esto proviene de mi juventud: cuando tenía 19 años, tres compañeros de colegio y de deportes se ahogaron en el Río de la Plata cayendo de una canoa frente al barrio donde vivíamos, en Carrasco, que entonces era un balneario a una hora del Centro de Montevideo. Tres años después ocurrió el accidente aéreo en los Andes, donde murieron 29 compañeros de colegio o familiares, y se salvaron otros 16. Demasiados accidentes en tan corto período dejaron una huella en mis temores.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Me escandaliza la impunidad, generalmente de los poderosos, en diferentes circunstancias, y tomando por poderosos no solo los que detentan fortunas, sino también las elites intelectuales, por ejemplo, que se consideran por encima no solo de los demás, sino también de las normas de convivencia humanista. Por eso muchas veces ese es el tema de mis novelas, como por ejemplo la última, “El niño que heredó el silencio”, sobre un caso de abuso sexual infantil. Los poderosos casi siempre salieron impunes de esta fechoría.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? No tengo la menor idea. Mi gran incógnita es cómo sería si hubiera elegido hacer algo más contemplativo, si pasara los domingos viendo fútbol en la televisión, si pudiera definir claramente lo que es “tiempo de trabajo” y “tiempo libre”. En rigor, ese Pablo, que se dedica a otra cosa, me resulta completamente desconocido. Casi un extraterrestre.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? El deporte físico que practico desde siempre, en los veranos de tres meses de Uruguay, es el baño en el arroyo, cuando era niño y adolescente, en el tambo de mi madre, o el baño de mar, en nuestra casa en Punta del Este, donde me acompañaba mi perrita Bruna, en los quince años que vivió. Aunque parezca bizarro, o infantil, nada me seduce más que este “ejercicio físico”, que practico a diario,  siempre que haya 24 grados o más de temperatura: ir al mar, junto a la península de Punta Ballena, con un inflable que tiene un arco que flota y una red al medio, montarme en él, y nadar, como un niño, para atrás o hacia adelante, adentrándome en el mar un kilómetro, pero teniendo al acantilado de la península de Punta Ballena a mi lado, a cien metros, por si se me llega a pinchar el inflable, cosa que hasta ahora, jamás ha ocurrido. Ese sosiego de estar solo con las gaviotas, en mi precaria embarcación (la inflo en la orilla cuando llego y la desinflo cuando me retiro) es de una placidez inigualable. Y resuelvo muchos de los dilemas de lo que estoy escribiendo en mi “tiempo libre” o “tiempo ocupado”.

¿Sabe cocinar? Lo más complejo que he hecho es cocinar arroz. Además, hiervo agua todos los días para tomar “mate”, como suele hacerse en el Río de la Plata.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A mi  abuelo materno, un médico respetable y humanista que se suicidó.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Optimismo.

¿Y la más peligrosa? Fanatismo.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Me considero un socialdemócrata, que entiendo que comenzó en Uruguay, a comienzos del siglo XX, con el dos veces presidente José Batlle y Ordóñez, que creó el primer Estado de Bienestar del mundo, con leyes pioneras como la jornada laboral de ocho horas de trabajo, en 1915, antes que Francia, o el divorcio por la sola voluntad de la mujer, en 1913.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? No tengo la menor idea.

¿Cuáles son sus vicios principales? Aunque no sé si son vicios, sí alteran mi vida y la de los que me rodean la ansiedad y la obsesión. La primera me lleva a estar el día entero desplegando actividad para saciar mi insaciable curiosidad, con daños colaterales como el insomnio, o el hablar demasiado rápido, lo que también corrijo escribiendo, que ralentiza el desborde de pensamientos entreverados y arrolladores. La obsesión me torna incómodo para los que me rodean, pero me ayuda a escribir, porque puedo pasarme horas interminables detrás de una idea, que hasta que no encuentra un cauce natural y fluido, no abandono.

¿Y sus virtudes? Si bien mi mujer no lo ve como una virtud, puede serlo: ignoro por completo lo que significa “ofenderse”. No me ofende que hablen mal de mí, ni que me ignoren, ni que se burlen. Parecería que me falta un gen, que alguien se lo quedó. O sea, hay alguien en el universo que se ofende el doble.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Lo más parecido fue el único accidente que tuve, en la casa de playa que mencioné: mi perrita Bruna se había pasado al terreno de al lado, donde había tres perros, y como creí que podían lastimarla, corrí para rescatarla, tropecé, caí en una zanja, y se me luxó el codo, de modo que con mi otra mano sostenía el antebrazo como si se hubiera quebrado (que es lo que pensé que había ocurrido). En realidad el antebrazo se había separado del húmero. En ese momento sí recuerdo un acarreo de imágenes desesperadas, donde la primordial era que el brazo inutilizado (no ocurrió nada más que un yeso durante un mes) me impediría hacer lo que siempre hice y quise hacer: contar historias escritas.

T. M.