sábado, 25 de abril de 2026

Entrevista capotiana a Fabián C. Barrio

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Fabián C. Barrio.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Espero que no me ocurra jamás semejante cosa. Hace muchos años que llegué a la conclusión de que si nos prohíben viajar, mi vida dejará de tener sentido. O por lo menos, el sentido que yo le he dado. Viajar es mi forma de ordenar el mundo y de ordenarme a mí mismo. También de desafiar mis límites. Cuando paso mucho tiempo quieto todo empieza a oler a cuarto cerrado, o a celda, o a rutina que se repite hasta volverse invisible y opresiva. Dicho lo cual, circula por ahí un meme que plantea básicamente lo mismo, y en alguna ocasión me he parado a fantasear sobre ello. Mi lugar-cárcel sería el Sudeste Asiático. Allí la vida está a flor de piel, se siente el runrún, la locura, todo es más intenso y, por lo tanto, te hace sentir más vivo.  

¿Prefiere los animales a la gente? Depende de qué animal y qué gente. Permítame que sea gallego con esto. La vida no está hecha de negros o blancos. Hay animales que te miran con una honestidad que ya no encuentras en casi nadie, y hay personas que, en un segundo, te devuelven la fe en todo lo demás. He tenido perro toda mi vida, y ahora no, fundamentalmente porque viajo demasiado y no podría darle la vida que quisiera para él. Tengo pocos amigos pero muy fieles y que han durado décadas a mi lado, aunque no necesariamente tenga que verlos todos los días.

¿Es usted cruel? Hay gente que usa la crueldad para no sentir nada y gente que la dosifica, que intuye cuándo apretar y cuándo aflojar. Supongo que yo me encuentro en este segundo grupo. A ratos lo soy, como todos. La crueldad no siempre implica un sadismo gratuito; a veces es un simple mecanismo de defensa mal afinado.

¿Tiene muchos amigos? Tengo los suficientes. Muchos no.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que no me pidan que vista un disfraz y me permitan ser como soy. Gente que aguante el silencio sin ponerse nerviosa y que, cuando habla, lo haga con criterio propio. Que resuenen como yo con la vida que les ha tocado vivir. Esto implica tener un sentido del humor similar, un nivel de cinismo -filosófico- semejante y una capacidad parecida a la mía para observar las cosas con la misma distancia. Que entiendan que uno está de paso, incluso en las mejores relaciones. Con eso, me basta.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No suelen, pero lo han hecho en alguna ocasión. Simplemente me he distanciado. A estas alturas de mi vida, intento mantenerme lejos de la toxicidad todo lo que pueda. También le diré una cosa: soy muy de evitar conflictos. ¿Sabe esos carteles que se ponen en las obras con los días transcurridos sin un accidente? Conmigo, lo mismo, pero para los conflictos.

¿Es usted una persona sincera? No sabría decirle. Desde luego, no soy de los que van por ahí diciendo “verdades”, mucho menos si no me piden opinión. Allá cada cual. Pero tampoco soy de los que mienten deliberadamente. Ahí volvemos a la evitación de conflictos. No sabe la paz de alma que supone asumir este precepto.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Creo que nunca he tenido eso que se suele llamar “tiempo libre”. Cuando era niño, mamá me repetía una frase que se ha convertido con los años en un motto: Descansar es cambiar de actividad. Es un mal que arrastramos las personas creativas, incluso cuando se supone que estamos en calma, seguimos creando.

¿Qué le da más miedo? La Agencia Tributaria, y que las personas que amo lo pasen mal.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Mire. Yo valoro por encima de todo la libertad individual. Todo aquello que la coarte, de la manera que sea, me escandaliza profundamente. No hace falta que sea una gran ley ni un gesto grandilocuente. A veces basta una presión sutil, ese clima en el que la gente empieza a callarse por si acaso, a medir cada palabra como si hubiera un tribunal invisible tomando nota. La gente debería ser libre de pensar, de actuar y de llevar a cabo su proyecto vital sin que nadie se lo impida, siempre que por el camino no lastime al prójimo. Cuando alguien empieza a limitar la vida de los demás, ahí yo me escandalizo.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Es que entonces no sería yo, ¿no cree?

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? A diario, un mínimo de 30 minutos de marcha ligera y un mínimo de 30 minutos de gimnasio, en casa. Nada riguroso, pero lo suficiente para mantenerme en forma.

¿Sabe cocinar? Es de las pocas cosas que sé hacer bien en la vida.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Elegiría a Marco Aurelio. Es uno de los pocos hombres que lo tuvo todo y aun así escribió como si no tuviera nada claro, lo cual me parece admirable. Dedicó una obra extraordinaria, escrita en la intimidad y sin ánimos de hacerla pública, a recordarse a sí mismo cómo no volverse un imbécil con poder. Y a mí me interesa esa grieta. Me interesa observar qué le hace el poder a alguien que intenta resistirse a él.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? ¿No vale esa misma palabra, “esperanza”? Podría elegir futuro, renacer, regalo, todavía, semilla, alba, mañana, posible, o camino. Pero esperanza las aglutina todas con gran precisión. Me quedo con “esperanza”. Aquí, en Chipre, la traducción es “elpidia”, que también suena hermosa.  Hay una tortuga marina muy fértil que anida en una playa muy cerca de mi casa a la que bautizaron así. Elpidia la tortuga.

¿Y la más peligrosa? Prohibir.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Lo planeo a diario, la verdad.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Tengo una costumbre peligrosa, y es que no juzgo las iniciativas políticas según el partido o la persona que las proponga, sino por lo que me parezcan en sí mismas en cada ocasión. Así que es difícil encasillarme en un partido concreto. Soy en lo económico de derechas, eso es indudable. Tengo en ocasiones ataques de zurdismo recalcitrante ante las injusticias. Creo que merece la pena ser conservador cuando toca, pero como no tengo el poso religioso que suele acompañar a los conservadores, hay muchos asuntos -eutanasia, divorcio, aborto, derechos de minorías, inmigración- en los que colisiono abiertamente con ellos. Por ahí dicen que soy anarcoliberal. O tibio. O contradictorio. Si semejantes etiquetas les hacen sentir cómodos, sean.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Creo que los que mejor eligieron en la lotería de la vida son los perritos falderos de las viudas millonarias. Pero, de nuevo, ese no sería yo.

¿Cuáles son sus vicios principales? La impaciencia, sobre todo. La necesidad de que las cosas ocurran ya, de cortar procesos que tal vez necesiten algo de tiempo o sedimento. Luego está cierta tendencia a aislarme cuando algo no termina de encajar. También abuso del control. Me cuesta soltar, delegar, dejar que otros hagan las cosas a su manera. Y tal vez la atracción por el exceso, por tensar un poco más de la cuenta las situaciones, a ver hasta dónde aguantan. A veces sale bien. Otras, no tanto. Y de mi abuelo Pepe heredé la glotonería.

¿Y sus virtudes? Soy una persona enormemente resolutiva. Tengo una cabeza que no se conforma jamás. Cuestiono, afino, vuelvo a mirar. Soy inmensamente constante y me crezco ante los desafíos. Si algo depende de mí, saldrá adelante, sea como sea. Y creo tener el olfato afilado para lo Humano. Esto implica una enorme capacidad para la empatía, a veces casi dolorosa.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Creo que soy un tipo que ha sabido exprimir bastante de la vida y si me voy esta noche, lo haría bastante satisfecho. Sólo me quedaría el remordimiento de no saber qué va a pasar mañana. Me pierde la curiosidad. Por eso sigo aquí.

T. M.