viernes, 1 de mayo de 2026

Entrevista capotiana a María Alonso Seisdedos

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de María Alonso Seisdedos.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Teniendo en cuenta que pienso vivir hasta los cien años en un estado de salud física y mental que haga dignos de estudio mis huesos y los despojos de mi cerebro (de otras vísceras dispóngase a voluntad) y que necesitaré, por tanto, un lugar con los servicios básicos, lo más probable es que optara por quedarme en este pueblo a orillas del Miño en el que vivo en vez de la aldea aislada en plena montaña de Lugo con la que sueño. No será por falta de ganas, pero ya voy tarde.

¿Prefiere los animales a la gente? Cualquiera que me conozca sabría que miento con todos los dientes si dijera que prefiero a las personas. Prueba de ello es con quiénes comparto la vida sin que ni ellos ni yo hayamos tenido que recurrir de momento a mediadores de ninguna clase que nos ayuden a dirimir disputas sobre el territorio o la comida.

¿Es usted cruel? Tengo muchas taras (a ojos de los demás, entiéndase, que yo no me veo), pero esa no es una. Si alguna vez he tenido que matar un bicho (léase mosca o cucaracha, todo lo demás es gente), he actuado de forma expeditiva y rápida. No encuentro ningún placer, al contrario, en provocar sufrimiento.

¿Tiene muchos amigos? Muy pocos, pero es mérito suyo y, aunque jamás he entendido cómo me aguantan, les agradezco, aunque solo sea de palabra, que estén siempre ahí, sobre todo porque yo ahí no estoy casi nunca.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que no me tomen a mal que prefiera a mis perros, pero, sobre todo, que sepan lo que no sé.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Los amigos no decepcionan, por eso son amigos. Decepcionan o no los conocidos, la gente a la que quieres o crees que quieres, pero eso, una vez se pasa el trance, tampoco es una tragedia, aunque dé materia para escribirlas.

¿Es usted una persona sincera? Tengo días malos, pero, en general, no. No hay por qué ofender a nadie sin necesidad. Truman, Truman, esta pregunta tendría que ser la primera de la lista.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Pajareando, caminando, leyendo (en un alto en el camino, que no sé hacer dos cosas a la vez). Si aún me dejaran tomar café sin mesura, sentada en una terraza con un libro y un cuaderno en cualquier pueblo no demasiado concurrido, escuchando conversaciones o monólogos ajenos, no por interés en la vida de los demás sino en sus palabras, ya sean en idiomas que conozco o desconozco.

¿Qué le da más miedo? Que haya una guerra aquí en dónde vivo.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Escandalizarse exige demasiado aspaviento. Me indignan las guerras, la codicia y la crueldad, que es un tres por uno.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Opositar a algo así como agente ambiental para trabajar en un parque nacional, por más que la rima me estropee la belleza del oficio y la ilusión.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Estos músculos no se hacen solos.

¿Sabe cocinar? Más que si sé, la pregunta debería ser si me gusta y la respuesta es no. Sé cocinar, he aprendido a fuerza de ensayo y error y cocino para comer sano. No me rompo mucho la cabeza con el menú diario, pero no tomo platos ultraprocesados. La cuestión es mantener a raya el colesterol y la hipertensión para evitarles un disgusto a mis médicos y no cargar con más gastos de la cuenta a la Seguridad Social. Es triste decirlo, pero más triste es lo que como.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A mí no, eso seguro, con la mala memoria que tengo, menuda pereza inventármelo todo, pero, ahora que lo pienso, escribiría sobre Juan Rulfo o Raduan Nassar. Solo por el placer de releerlos y ponerme a investigar cómo fueron capaces de crear tales mundos engarzando letra tras letra.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Cabría preguntarse si, en cualquier idioma, vivo o muerto, existe una sola palabra o es acaso una partícula, una combinación de vocablos, un sonido tan tenue que solo el oído más entrenado lo perciba o un conjunto de signos que las manos trazan y combinan con gestos de la cara, pero para mí sería el equivalente a «lugar-donde-vivir-y-ser» (en castellano vivienda sería lo más parecido).

¿Y la más peligrosa? «¡Fuera!»

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Últimamente todas las mañanas al escuchar las noticias. Con todo, no es más que un impulso por el que no hay que alarmarse. Soy demasiado cobarde. Si no lo fuera, el mundo sería un lugar mejor y mis vecinos, no cabe duda, dirían el día de mi detención ante un micrófono arrimado a los labios con gesto contrito y perplejo: «Siempre saludaba».

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Escoro a babor. Cuantos más años cumplo, más radical es la escora, no tanto que se hunda el barco… de momento.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Me pediría ser águila ratonera (Buteo buteo), pero, puestos a pedir, que sea en un planeta con pocos humanos y muchos ratones.

¿Cuáles son sus vicios principales? Interrumpir a las personas cuando hablan y la falta de paciencia con los demás.

¿Y sus virtudes? La capacidad de concentración.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? ¡Uf, qué angustia! ¿No se puede elegir otra tortura? Yo es que me ahogo con solo que me caiga el agua de la ducha en la cabeza. Bueno, lo primero, que no se me olvide darle las gracias al socorrista que me salve. Si no ha lugar, ojalá se me pasaran despacio, muy despacio, como a lentísima cámara, por dentro de los ojos cerrados, los campos de Castilla bajo el vasto azul pálido del cielo, con el sol púrpura prendido del horizonte que ciñe el dorado de los rastrojos, en cualquier atardecer de agosto. Al menos no habría tanta agua.

T. M.