En 1963, Julio Cortázar, en «Rayuela», incluyó un «Tablero de dirección» con el que proponía dos modos de lectura: el convencional de capítulos seguidos, y otro que debía seguir una secuencia de saltos indicada por el propio autor. Pues bien, dos libros son también los que forman «El libro moebius» (traducción de Núria Molines), uno narrativo y otro ensayístico. Así, Catherine Lacey (Tupelo, Misisipi, 1985) ha escrito un experimento narrativo que busca pensar cómo reconstruimos una historia cuando una relación importante llega a su fin. En vez de ofrecer un relato único y ordenado de los acontecimientos, Lacey presenta dos perspectivas que dialogan entre sí: una más cercana a la experiencia autobiográfica y otra abiertamente ficcional a partir de un reencuentro de dos amigas que no se veían desde bastante tiempo atrás. El efecto es el de una conversación entre distintas formas de entender una misma pérdida, como si ninguna versión fuera suficiente por sí sola para explicar lo ocurrido.
Lo bonito del texto es que se pregunta cómo seguimos adelante cuando aquello que nos daba sentido deja de sostenernos, pues al final esta prosa inclasificable constituye una exploración de las zonas ambiguas donde la memoria, la imaginación y la búsqueda de sentido terminan mezclándose. Además, tiene un valor introspectivo tanto como metaliterario, como cuando la protagonista dice: «Me pregunté si había dejado de escribir historias porque la vida parecía tan ficticia que escribir ficción se había vuelto innecesario». Y, sin embargo, venció la intuición literaria hasta emerger un doble texto que alude a la banda o cinta de Möebius, un objeto matemático descubierto en el siglo XIX por August Ferdinand Möbius, una superficie muy peculiar, con un solo lado y un solo borde en el que acabas regresando al punto de partida sin haber cruzado nunca una frontera entre lo interior y lo exterior.
Publicado en La Razón, 13-VI-2026
