domingo, 11 de octubre de 2026

Entrevista capotiana a Raúl Ariza

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, del escritor Raúl Ariza.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Ya no estoy para descubrimientos y los lugares creados desde la imaginación o la fantasía son solo eso. Así que me quedaría con ese lugar en el que conviven mi familia, la gente más cercana y también mis recuerdos. Es decir, mi pueblo.

¿Prefiere los animales a la gente? No tengo nada contra la gente, todo lo contrario, pero también es cierto que a mi gata Zac no la cambiaría por ninguna persona.

¿Es usted cruel? No. En absoluto. Huyo de lo que me da miedo, y nada me asusta tanto como la crueldad.

¿Tiene muchos amigos? No me quejo, es un buen número. Digamos que son los suficientes para que alguien me ayude con una mudanza.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Las mismas que me gustaría que vieran en mí: lealtad, compromiso, paciencia, ternura y fondo físico para aguantar una noche de fiesta.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Cada uno de ellos una vez al año, más o menos. Me parece un ritmo razonable, y supongo que yo se lo devuelvo con intereses.

¿Es usted una persona sincera? Trato de serlo, me empeño en serlo, a pesar de mis dos oficios, abogado y escritor, uno dedicado a medir las palabras y el otro a inventarlas.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? El cine y la lectura, sin duda. Y la buena compañía con buena conversación, que no es poca cosa.

¿Qué le da más miedo? Tengo varios y de tamaños surtidos: el miedo que genera el propio error, el que nace de la simple incertidumbre, el miedo a fallar, del miedo al éxito, el miedo a no volver a ver a los seres queridos. Pero sin duda el mayor de todos es el miedo que le tengo a mi propia fragilidad.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La falta de humanidad y la violencia. Casi todo lo demás, con un poco de paciencia, me parece comprensible.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Sobrevivir al tedio y a la simplicidad de cualquier otra forma, por ejemplo de farero o de librero con mal carácter.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Caminar, dos o tres tardes por semana. Luego, algunos fines de semana, trisco por las montañas cercanas.

¿Sabe cocinar? Lo mío es cocina de supervivencia, básica y sin alardes, aunque a veces sale resultona y me da por pensar que tengo un don.

Si el Reader's Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A mi padre. No habría salido nunca en el Reader's Digest ni tuvo hazañas que contar, y sin embargo ha sido de las personas de las que más he aprendido, casi siempre sin que se lo propusiera. Los personajes inolvidables de verdad no hacen ningún esfuerzo por serlo, y quizá por eso no se olvidan.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? ¡Vamos!

¿Y la más peligrosa? «Ellos». En cuanto se dice con cierto tono, un grupo de personas deja de tener nombre, cara y matices, y a partir de ahí casi cualquier cosa se vuelve posible.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? He tenido la frivolidad de pensarlo a modo de desahogo, pero nunca he deseado de verdad matar a nadie. A lo sumo, despreciarle.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy de izquierdas, con todo lo que eso tiene de convicción, de riesgo y de penitencia.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? ¿Cosa? Un libro o un rascador de espaldas. No, en serio, cineasta, quizá. O alpinista atrevido, de los que vuelven.

¿Cuáles son sus vicios principales? Ver «una última película» cuando ya debería estar dormido y dejar para mañana lo que debería haber hecho ayer.

¿Y sus virtudes? El tesón y la curiosidad. El primero me hace terminar lo que empiezo, aunque ya no me apetezca, y la segunda me mete en lo que no debería, así que se compensan.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Mi vida entera en versión tráiler. Y justo antes de los títulos de crédito, dos preocupaciones muy mías: quién le da de comer a la gata y quién va a decidir qué hacer con mis manuscritos.

T. M.