lunes, 21 de mayo de 2018

España sí, es diferente


Este hombre de increíble erudición, de cultura infinita –pero como la que no tiene hoy casi nadie: una cultura activa, crítica, punzante, que interpreta el pasado y lo convierte en reflexión del propio presente–, Mauricio Wiesenthal, vuelve a la acción con otro libro asombroso. Tras el mastodóntico «Rainer Maria Rilke (El vidente y lo oculto)» (2015), el escritor barcelonés de ascendencia germana propone en “La hispanibundia” un recorrido por la historia y lugares comunes de España, pero sin perder de vista el horizonte europeo en el que tanto ha ahondado en obras anteriores. 

El ensayo se ha nutrido de un largo periodo de investigación, que empezó en 1966, cuando el escritor dio unas clases de historia en la Universidad de Sevilla, a lo que se sumó su propia experiencia a ras de suelo, pues en su juventud viajó por todo el país y escribió diversos libros sobre ello, como “Imagen de España” (1973). Después de toda una vida de reflexión y estudio, así las cosas, toma cuerpo un libro que ya desde el título sorprende y que tuvo, en alguna versión previa, un lector tan insigne como Golo Mann, hijo de Thomas Mann y gran hispanista. A él y a su exilio –en cuyo tiempo y tránsito coincidió con Walter Benjamin y la primera mujer de Stefan Zweig– justamente está dedicada la introducción.

La hispanibundia vendría a caracterizar a los españoles desde muchos planos; “es la energía vibrante que produce el español al vivir, ya se crea o no español, lo acepte o no lo acepte”. Se trataría de un rasgo intrínseco: cierta “vehemencia del corazón” que se manifiesta tanto en nuestros conquistadores como en nuestros políticos, tanto en nuestros escritores como en nuestros personajes de ficción. Por algo, atravesando el ensayo, aparecen y reaparecen Cervantes y Don Quijote como ejemplos de formas implacables de mirar lo autóctono, lo que entronca con las opiniones de grandes viajeros que visitaron España y que fueron dando pábulo a tópicos que aún persisten. 

A partir del subconsciente primitivo, del lenguaje o las creaciones artísticas que conocemos, Wiesenthal enseña “cómo se forjó en la historia, en la literatura y en la leyenda el carácter que distinguió al español” en lo que es todo un festival de fina inteligencia y alta cultura. De tal modo que hablará de etimologías sobre nuestra geografía, de la honra y la corrupción, de la antigua virtud de la austeridad, de la picaresca, de la envidia, del bandolerismo, de la colonización americana, de Velázquez, de la fiesta de los toros, de la Inquisición, del nacionalismo, de la emigración, de la Leyenda Negra, de la mística, de las dos Españas en litigio… 

El libro, desde luego, también será una excusa para reivindicar la importancia de la tradición como tesoro compartido, y en concreto, la de ciertas actitudes especialmente admirables propias de América Latina. H. D. Thoreau decía que «sólo uno en un millón está lo bastante despierto para el ejercicio intelectual efectivo, sólo uno en cien millones, para una vida poética o divina». Wiesenthal –un faro en los principios de integridad e independencia, una de las escasísimas autoridades morales que tenemos entre nosotros– es ese individuo único.

Publicado en La Razón, 17-V-2018

domingo, 20 de mayo de 2018

Entrevista capotiana a Jesús Ortiz


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Jesús Ortiz.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Uno abierto y despejado. Si puedo elgir uno grande, quizá Indochina, donde no he estado y tengo curiosidad. Si la pregunta tiene un presupuesto más restrictivo, diría que una biblioteca: puede ser tan grande y abierta como Indochina, de modo que se necesitan varias vidas para explorarla, y sin embargo ocupar un edificio pequeño en cualquier parte.
¿Prefiere los animales a la gente?
No.
¿Es usted cruel?
No, y lo siento, porque me da la impresión de que ayudaría, por lo menos, a vender libros.
¿Tiene muchos amigos?
Unos cuantos, porque me he movido mucho y en todos los sitios donde estuve hice algunos que siguieron siéndolo cuando marché. Pero no demasiados, no tengo una cara amistosa ni soy especialmente simpático.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
No creo que busque nada. Los amigos los encuentro, no sé bien cómo. Lo que sí sé es las cualidades que suelen compartir: son gente poco influida por la moda, que mira a su alrededor con curiosidad y cierta profundidad.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Soler, no. Pero ocurrir, ha ocurrido.
¿Es usted una persona sincera? 
Por desgracia. Como el personaje de 'El curioso incidente del perro a medianoche', no digo mentiras, no porque sea buena persona, sino porque no puedo, por limitación personal. Creo en la utilidad de algunas mentiras, en su belleza ocasional, y lamento con Twain su decadencia.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Sobre todo, perdiéndolo. Bueno, sobre todo lo ocupo así. Otra cosa que hago, y pero esta además sí la prefiero, es buscar información sobre asuntos más bien extravagantes. Sé muchísimas cosas que no parecen ser útiles para nada. Pero como un día descubra para qué sirven…
¿Qué le da más miedo?
Que nos puedan matar desde tanta distancia.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Que la estupidez cause más daño que la maldad. Porque la maldad es parte de nuestra naturaleza, podemos aspirar a mantenerla a raya, pero no a acabar con ella. La estupidez, en cambio, parece un enemigo erradicable, como la viruela. Y sin embargo, aquí estamos.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Ejem… en realidad no soy escritor. Soy editor, una especie de lector especializado y full time que ayuda a los escritores a perfilar su trabajo. Ahora me he puesto a escribir en defensa propia nada más.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Deportes de cama.
¿Sabe cocinar?
Pues, como decía el otro, hay división de opiniones. Yo creo que sí, que maravillosamente, y los demás que no tengo ni zorra idea.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
En Androides, mi libro, hay dos artículos dedicados a un personaje: uno a Manuel Agujetas y otro a Claude Shannon. Ambos, de modo muy distinto, me parecen fascinantes.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Mañana. Cargada de mañas y de ganas.
¿Y la más peligrosa?
Quizá la misma: oyes decir «mañana» a los salvadores de patrias y de almas y se te encoge todo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Creo que sí. Estoy casi seguro, vamos. Pero me alegra no recordar a quién.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
De adolescente y joven milité en la extrema izquierda antifranquista. Para entonces había leído historia suficiente para saber que las revoluciones nunca salen adelante, se convierten en otra cosa. Pero tenía la esperanza de que la revolución sexual, la libertad de relaciones, prosperara. Me equivoqué, obviamente. Ahora no es que haya cambiado de bando, lo que pasa es que creencias no tengo. Me parece que a mi edad se puede vivir sin ellas.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Si la pregunta no tiene límites, me gustaría vivir otra vida como mujer aborigen australiana: lo más diferente de lo que ya conozco. Con pretensiones más modestas, me hubiera gustado ser músico o bailarín, dos cosas para las que soy absolutamente negado.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Me quité del tabaco hace mucho y bebo con una moderación angelical. Si entendemos la pregunta más por el lado de los defectos, diría que practico una desorganización tan rigurosa que puede hacer daño.
¿Y sus virtudes?
Ayudo a la gente que quiero.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Supongo que una cuerda a la que agarrarme; pero, para no eludir la intención de la pregunta: me consolaría pensar que mi mujer y mi hija están a salvo, me pasaría la imagen de ambas riendo. Algunos tópicos lo son por buenas razones. 
T. M.

viernes, 18 de mayo de 2018

Nietzsche, mi pobre hijo loco


En 1925, Stefan Zweig publicaba uno de sus maravillosos ensayos biográficos, psicológicos, “La lucha contra el demonio”, en que analizaba las figuras de Kleist, suicida, y Hölderlin y Nietzsche, víctimas de la locura; tres personalidades marcadas por lo que daba en llamar demoníaco, pero no desde el prisma religioso, sino como pulsión interior que arrastra y nos conduce a una especie de «caos primitivo” que habita en lo profundo del alma. El demonio, decía el autor austriaco, es nuestro elemento atormentador y convulso que nos empuja hacia todo lo peligroso, hacia el exceso, al éxtasis, incluso hacia la anulación de uno mismo; y concluía: “Todo espíritu creador cae infaliblemente en lucha con su demonio, y esa lucha es siempre épica, ardorosa y magnífica».

Una lucha que, en el caso de Nietzsche, acaba en una derrota dramática a causa de su cruenta demencia, como queda reflejado a través de unas cartas que su madre envió a un amigo del filósofo y que, con el título de “Los años de la locura”, se ha ocupado de editar M.ª Jesús Franco en lo que es un hito en la bibliografía nietzscheana, pues es la primera vez que cobran forma de libro en nuestro idioma. Se trata de una considerable cantidad de epístolas escritas por Franziska Nietzsche, de soltera Oehler y ya viuda en los años que abarca la correspondencia: 1889-1897, y que presenta un tremendo trasfondo que la traductora ha contextualizado en una introducción a la perfección. Conoceremos así la relación que se desarrolló entre Franziska y el destinatario, Franz Overbeck, considerado un pionero de la crítica teológica liberal y profesor de la Universidad de Basilea, donde había conocido a Nietzsche en 1870 y con el que incluso vivirá durante cinco años.

Esta universidad tendrá un papel central en estos documentos, pues en ellos se alude a la pensión que dan al filósofo por motivos de salud y cómo Overbeck conseguirá que se prorrogue cinco años más a partir de los dos concedidos inicialmente. Por otra parte, la misma institución sería la depositaria de la correspondencia cinco años después de fallecer el escritor, en 1900. Hasta el último momento, Overbeck consiguió retenerla, pese a que la hermana, Elisabeth Förster-Nietzsche, directora del Archivo Nietzsche, hizo lo imposible por tenerla en su poder. De hecho, Elisabeth intentaría apropiarse de la obra y la fama de su hermano para lucrarse y usarla para sus fines pronazis. Tras la muerte de Franziska, en 1897, se lo llevaría de Naumburgo a Weimar, convirtiéndole en “una pieza más de museo, sentado en un sillón o en su silla de ruedas, impasible ante la curiosidad de los visitantes, sin reconocer sus rostros y con la mirada ajena”.

La hermana nazi

El contraste con el amigo Overbeck y Elisabeth no puede ser mayor. El primero recogió a Nietzsche en Turín cuando se le manifestó un acceso de locura grave y lo ingresó en un sanatorio. La ciudad italiana, pues, sería testigo de “Los últimos días de lucidez de una mente privilegiada”, por decirlo con el título de la biografía que publicara entre nosotros Lesley Chamberlain en el año 2009. Le encantaban las vistas a los Alpes y los pórticos por donde solía pasear y entrar en salas de música y cafés, pese a que su destino era siempre una vida austera y aislada. Zweig habló de la horrenda soledad que sufrió Nietzsche, en cada lugar donde se estableció: “Siempre la misma mesa de trabajo y el mismo lecho de dolor; siempre también la misma soledad. En todos sus años de peregrinación no hay ni un solo descanso en un ambiente alegre y amable”.

Por su parte, Elisabeth no se preocupó de la salud de su hermano, en contra de lo que han asegurado algunos biógrafos, señala la traductora, y buscó negociar con su obra, que quiso proyectar como un pensamiento cercano al nacionalsocialismo. No en vano, Elisabeth se casó con un hombre antisemita y wagneriano, fundó en Paraguay una colonia germana para alejarse de los judíos en Alemania. Pero fracasa y a la vuelta a su país se concentra en manipular la obra de Nietzsche y satisfacer sus caprichos. Y mientras, Franziska se desvive por proteger a su hijo, aunque antaño tuviera ella también una tormentosa relación con él (Nietzsche llega a decir de ellas dos que son “gentuza”): pasea con él, le lee, permite que se entregue a la música –“Toca el piano con tanto sentimiento que uno se da cuenta de que él reflexiona mientras toca” (carta de 1890)–, todo lo cual va contándole a Overbeck, al que le brinda un agradecimiento tras otro. Son, en suma, páginas conmovedoras: las que se ven y las que se adivinan entre líneas en torno a una mente prodigiosa y fatalmente enferma.

Publicado en La Razón, 17-V-2018

jueves, 17 de mayo de 2018

Entrevista capotiana a Pilar Bellver


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Pilar Bellver.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
La Biblioteca Nacional. Haría ejercicio corriendo por sus largos pasillos y elegiría para sentarme a leer un rincón junto a un gran ventanal que diera a la calle para ver pasar las otras vidas.
¿Prefiere los animales a la gente?
Prefiero a las gentes-mis-gentes, porque no son tan incondicionales mías como los animales-mis-animales. Las unas me critican y así aprendo; los otros no.  Observando a los animales también se aprende, pero menos, porque se aprende más con la crítica ajena que con la observación propia.
¿Es usted cruel?
No. Y hago militancia de no serlo. Recuerdo bien las pocas veces en que lo he sido y me arrepiento muchísimo. Hay frases que se marcan como cicatrices en los demás: más vale no ser tú quien las pronuncie.
¿Tiene muchos amigos?
Amigos tengo muy pocos. Amigas tengo alguna más.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
En las amistades, las cualidades no se buscan, se encuentran.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Los meros conocidos, sí, alguna vez. Porque hay gente especialista en el arte de las dos caras. Pero mis amigas de verdad no. Sólo una amiga me decepcionó una vez, pero ella era monja y yo adolescente, así que supongo que era de esperar.
¿Es usted una persona sincera? 
Eso tienen que juzgarlo las demás. Porque una nunca sabe si dice la verdad o dice algo que le gustaría que fuera cierto. Creo que se considera que lo soy.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Viajando y leyendo. Leyendo y viajando.
¿Qué le da más miedo?
La muerte de las personas a las que quiero. Mucho miedo.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Me escandaliza que el machismo siga marcando la vida de las mujeres. Y que los seres humanos mueran de hambre. Y que los pueblos no sean soberanos. Y que se esté destruyendo el planeta. Nada original. Leer las noticias es un escándalo cada mañana.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Lo necesario para comer y lo que pudiera para denunciar las opresiones.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Escribir exige silla y estarse quieta muchas horas al día. Pero sí, me gusta jugar al tenis.
¿Sabe cocinar?
Y no se me da mal, según dice la gente educada que viene a casa.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Yo rechazaría el encargo. Pero entiendo que la pregunta pretende que dé el nombre de un personaje.  Bien, pues, dado el silenciamiento histórico, escribiría sobre una mujer, no le quepa duda.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Revolución.
¿Y la más peligrosa?
Totalitarismo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Como primer impulso, nunca que yo recuerde. Pero, ojo, en segunda instancia, después de pensarlo bien, o de leer ciertos sucesos, muchas veces.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Quienes me leen lo saben. Pero, resumiendo, básicamente soy femista, atea, comunista (aunque esta palabra no se lleva y exige mucha exégesis: materialista, anticapitalista, antiracista, atiimperialista...). Y estoy procurando ser antiespecista.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
De no tener dinero: perra-flauta nómada con mochila. De tenerlo, viajera con alguna comodidad más. Pero viajera en todo caso.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Soy bastante aburrida en lo que se refiere a vicios. No bebo mucho, no me drogo, no soy promiscua...
¿Y sus virtudes?
Me niego a hablar de mis virtudes. Me parece muy feo. Incluso tenerlas.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Estoy completamente segura de que no tengo ni idea. Pero, si llegara el momento, intuyo que no serían imágenes muy significativas para mí. Porque mi cabeza va a su aire y rara vez le da importancia a las mismas cosas que yo.
T. M.

miércoles, 16 de mayo de 2018

Tom Wolfe y las malditas etiquetas


Las etiquetas son un recurso fácil para ubicar y definir el estilo de un determinado autor, pero también una forma de limitar una voz. A Tom Wolfe siempre se le relacionará con el Nuevo Periodismo, si bien él mismo sería el descubridor, y definidor, del pionero de tal corriente literaria. Así las cosas, atribuiría a Gay Talese, tras leer el artículo de éste sobre el boxeador Joe Louis, el hecho de haber iniciado una nueva forma de no ficción que ponía al lector en cercano contacto con lugares reales y personas, por medio de detalles de carácter muy personal y la captación de diálogos de tono fidedigno.

Es el tiempo también que Truman Capote prepara “A sangre fría” (1966), en que lo real –un asesinato múltiple en Kansas– se convierte en materia literaria; incluso el autor cambia el curso de los hechos: según una información del 2005, Capote habría retrasado la ejecución de los presos, se supone que mediante argucias legales, para hacerla coincidir con el final de la escritura de lo que da en llamar «novela de no ficción» o «novela reportaje», y ganar publicidad.

A otro compañero de generación de Wolfe, Hunter S. Thompson, muy ligado al periodismo político también de forma creativa y vívida, se le asociará eternamente con el periodismo gonzo, fundado en lo subjetivo, fragmentario y espontáneo. En su día, tal fenómeno se contrastó con el nuevo periodismo, y en una entrevista el propio Hunter dijo lo siguiente: «A diferencia de Tom Wolfe o Gay Talese, por ejemplo, casi nunca trato de reconstruir una historia. Ambos son mucho mejores periodistas que yo, pero yo no me considero realmente periodista. Gonzo es sólo una palabra que elegí porque me gustaba el sonido».

Si no supiéramos los antecedentes de Wolfe, consideraríamos su última novela como pura ficción, sin acordarnos de etiquetar su estilo e intenciones. Se tituló «Bloody Miami», y se publicó en español en el año 2013. A su avanzadísima edad, el autor urdía una historia que le había llevado a integrarse en la sociedad de Miami, como él apuntaba en los agradecimientos, pero una investigación sobre el terreno es algo propio de muchos novelistas sin que acaben escribiendo “novelas periodísticas”. En todo caso, Wolfe deseaba desmenuzar lo que llamaba en la novela “la Ciudad de la Inmigración”, en la que tenía un papel tan preponderante la población cubana.

El punto de partida era la captura, por parte de un joven y aguerrido agente policial, de un cubano al que solo le quedaban unos metros para alcanzar tierra estadounidense. Su hazaña, llena de peligro, era tan bien vista en el departamento de policía como mal entre las gentes cubanas que en su día también habían pasado por el drama de salir de su isla para, entonces, evitar “la tortura y la muerte en los calabozos de Fidel”. Él mismo, Néstor Camacho, aparecía como hijo de exiliados, e iba a sufrir las presiones de sus conciudadanos de Hialeah, al noroeste de Miami, e incluso su novia Magdalena –que trabajaba para un psiquiatra que trataba a gente adicta a la pornografía– también le reprocharía su acción. 

Más allá de la peripecia novelesca, sobre un asunto de falsificaciones de cuadros por parte de un ruso sospechoso, Wolfe pretendía sobre todo insertar su habitual deje sarcástico, y sin duda el ojo del reportero quedaba vencido por el del puro y llano narrador, pues acababa mostrando los tópicos inevitables de los cubanos y hacía humor blanco: «Se llamaba John Smith, por lo visto [un periodista]. ¡¿Se puede ser más “americano”?!». Entre medias, hablaba de “las nacionalidades y sus territorios”, como Little Havana o Little Haití, y no obstante, la complejidad del tejido humano de Florida hubiera merecido un texto más corrosivo en torno al “latingo” (“un latino que se había vuelto gringo”); tal vez necesitado un Wolfe de otro tiempo: aquel revolucionario “nuevo periodista”.

Publicado en La Razón, 16-V-2018

martes, 15 de mayo de 2018

Entrevista capotiana a Isabel González


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Isabel González.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
No podría elegir un lugar del que no se pudiera salir. Elegiría un lugar del que pudiera salir en cualquier momento y no quisiera salir.
¿Prefiere los animales a la gente?
Me atrae la sabiduría de los animales y el instinto de la gente.
¿Es usted cruel?
No, aunque una vez huí de un anciano ciego.
¿Tiene muchos amigos?
No creo. No me suele preocupar la cantidad.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Cierta puntualidad.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Es un sentimiento mutuo supongo.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí cuando no miento. No tengo las cosas claras respecto a la sinceridad.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Despacio.
¿Qué le da más miedo?
La muerte. Qué otra cosa.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Me escandalizan los miserables y los idiotas. A grandes rasgos, un miserable es un idiota con poder.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
La escritura pertenece más al estar que al ser. Puedo estar escribiendo, pero no ser escritora ni creativa. Hay gente que pone más creatividad haciendo la compra que otros escribiendo.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Antes era una máquina. Ahora corro de vez en cuando y en ocasiones, obvio las escaleras mecánicas del metro.
¿Sabe cocinar?
Buen remedio.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Jesús Ostalé, un mecánico de mi pueblo con un almacén de chatarra tan impresionante como su cabeza inteligente y perturbada. Y a mi madre si no se enfadara.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Pegamento.
¿Y la más peligrosa?
Roto.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Sí, sí. Muchas. Pero se me pasa pronto.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Un poco de aquí y un poco de allá. Lo justo para discutir con todo el mundo.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Una batamanta.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Recoger desperdicios y esnifar colonia de bebés.
¿Y sus virtudes?
El impulso y el arrepentimiento en el mismo acto.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Supongo que intentaría convencerme a mí misma de que soy un bacalao para no sufrir tanto.
T. M.

lunes, 14 de mayo de 2018

Un judío claro y profundo


Establecido en Estados Unidos desde 1935, lo que le llevaría a divulgar sus obras en inglés desde que se diera a conocer con «Satán en Goray» –sobre la Polonia guerrera y exorcista del siglo XVII–, al polaco en lengua yidis Isaac Bashavis Singer su insistencia en recrear el ambiente religioso de sus orígenes familiares le convertiría en el escritor judío por antonomasia. Por esa fidelidad a la historia del judaísmo y a su maltratado país recibiría el premio Nobel en 1978, pero hoy creo que es farragoso leer al Singer novelista, como se aprecia en sus voluminosas obras. Es el caso de «La casa de Jampol», sobre un comerciante que crea fortuna mientras sufre diversas desgracias personales, o «La familia Moskat», sobre otro judío acaudalado que verá divergencias que irán asolando a sus hijos, nietos, amigos y conciudadanos.

Singer despliega en cambio su verdadero talento narrativo en el relato breve, como puede comprobarse gracias a esta antología hecha por el propio autor –que eligió cuarenta y siete del más del centenar que tenía a su disposición– y traducida por Rhoda Henelde y Jacob Abecasis. Así, este vegetariano hasta la médula –«en relación con los animales, toda la gente son nazi», llegó a decir–, compaginó su tarea periodística a favor de los judíos con la escritura de historias tan logradas como “Guimpl el ingenuo”, acerca de un tipo inocente del que se burlan todos, “El caballero de Cracovia”, con aliento folclórico y diablesco, o el magistral “El Spinoza de la calle del Mercado”, en que un erudito solitario que se sabe de memoria la “Ética” del filósofo holandés vivirá una inesperada dicha.

Casi siempre con un toque de humor sutil detrás, cuando no un ambiente kafkiano, por lo absurdo u opresivo de muchas situaciones, Singer logró lo que, como asegura en una nota inicial datada en 1981, tiene que ser la literatura, que “informa a la vez que entretiene. Consigue ser clara al mismo tiempo que profunda”. Convirtiendo al Maligno en personaje tentador, inventando un Miami vacío, o recreando una sesión espiritista cerca de Central Park, por destacar tres argumentos entre una mayoría de ficciones fabulosas, el escritor se alejó en sus prosas cortas de los temas recurrentes de su novelística –por qué los judíos no tienen su propia tierra; “el lobo nazi” (Hitler)– para dar lo mejor de sí mismo y convertirse en un cuentista ya situado en la senda de los maestros del género.

Publicado en La Razón, 10-V-2018

domingo, 13 de mayo de 2018

Entrevista capotiana a Yolanda Pantin


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Yolanda Pantin.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Más que un lugar elegiría poder vivir dentro de una modesta rutina de jardín y series de televisión británicas.
¿Prefiere los animales a la gente?
Me gusta mucho ver a las personas paseando con sus perros.
¿Es usted cruel?
No creo.
¿Tiene muchos amigos?
Tengo pocos y queridos amigos y muchísimas personas conocidas.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que sean buenas personas, sensibles e inteligentes.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No. Me han decepcionado algunas personas conocidas.
¿Es usted una persona sincera? 
Creo que sí.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Me gusta mucho dibujar y cuando voy a casa de mis padres, cuidar y regar las matas de su jardín.
¿Qué le da más miedo?
Le tengo pánico a las grandes mariposas nocturnas.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Me escandaliza la pedantería y la maledicencia de los necios. 
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Hubiese sido una persona de la tierra: agricultora o ganadera.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
No.
¿Sabe cocinar?
Me gusta cocinar para las personas que quiero. Lo hago con gusto y naturalidad.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A mi abuela Blanca. 
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Nacer.
¿Y la más peligrosa?
Identidadnacional. 
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Soy "anarco-conservadora" del "ala poética".
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Un caballo en las planicies de Asia Central. 
¿Cuáles son sus vicios principales?
Cuando me toma mi parte infantil puedo ser mezquina.
¿Y sus virtudes?
Soy una persona justa y soy fiel.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? 
No lo sé. 
T. M.