miércoles, 19 de junio de 2024

Alice Munro: la narradora doméstica


En el último libro de Alice Munro, “Mi vida querida”, publicado por la editorial Lumen en invierno, está la esencia de toda una andadura vital, iniciada en 1931 en un pueblo de Ontario, Wingham, y de toda una andadura literaria, iniciada con el libro de cuentos “Dance of the Happy Shades” (1968). En él se fraguan sus recuerdos autobiográficos de modo directo, con el estilo característico que la ha emparentado con Raymond Carver, ese otro cuentista de realismo seco, duro, áspero; de hecho, como dice ella misma en el prólogo: «Las cuatro últimas piezas de este libro no son exactamente cuentos. Forman una unidad distinta, que es autobiográfica de sentimiento, aunque a veces no llegue a serlo del todo. Creo que es lo primero y lo último –y lo más íntimo– de cuanto tengo que decir sobre mi propia vida».

Una vida presidida por la elaboración de relatos que pronto destacaron en el panorama literario canadiense. En 1961, Munro aparecía en la portada de una revista en la que se destacaba su doble faceta de ama de casa y… escritora. Estaba en el ecuador de lo que sería su primer matrimonio, en Vancouver, pronto tendría a su tercera hija, su traslado a Victoria para regentar una librería con su marido no se iba a hacer esperar. Elementos domésticos, personales, que en el caso de Munro son fundamentales para captar en su dimensión una narrativa que se ancla en las pequeñeces de la convivencia y cuyas protagonistas, sin embargo, esconden sueños de liberación, de huir de la burbuja de hembra que cuida de su camada y espera obediente al esposo a que vuelva del trabajo, incluso mediante el adulterio. «Felices sombras», se decía en un juego de contrarios en aquel su primer libro, «Escapada», se tituló el que RBA publicó en 2004, y qué decir de este otro: «Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio», en 2001. Formas de relacionarse y formas de distanciarse alrededor de los sentimientos más comunes.

No en vano siempre se la ha tildado de la Chéjov canadiense por su dominio de los espacios cortos, domésticos en el exterior y anímicos en el interior. Claro está, en versión femenina, dado que es fácil relacionar esa vida gris de los inicios, en la Munro que aprovechaba las siestas de sus hijas para sentarse a escribir –muchas veces con la mente puesta en sus orígenes, en el seno de una estricta familia presbiteriana, lo cual enfatizó mucho después, en «La vista desde Castle Rock» (2006), en que hablaba de sus antepasados escoceses que emigraron al Canadá–, con la Virginia Woolf que expresó la necesidad de tener «un cuarto propio» en un tiempo en que esa pieza de la casa a utilizar como despacho estaba reservado a los hombres (ella usaría el cuarto de la plancha). Otro título sintomático de lo que sacamos a colación con este comentario feminista: la novela «Las vidas de las mujeres» (1971), pues la indagación de tal cosa es lo que más destaca en toda su trayectoria, muy significativamente más de cuarenta años después en «Mi vida querida», donde desde aquel plural llega a su singularidad una vez reconocido que el mayor tramo de la existencia ya ha pasado por delante, poco después de los cuentos que configuraron una de sus obras más celebradas, «Demasiada felicidad» (2009); un volumen que ofrecía cuentos en los que el sufrimiento de la mujer volvía a ser el epicentro: una mujer cuyo marido, en la cárcel, había matado a sus hijos; una madre que volvía a ver al hijo que creía perdido para siempre, por ejemplo.

La biografía privada de las mujeres de su generación converge en la suya propia: la del ama de casa y escritora que se asomó a la escena pública hace cuatro décadas; «Una doble vida», por decirlo con el título de la biografía que de ella hiciera Catherine Sheldrick; una «Vida de madre e hijas. Creciendo con Alice Munro», por decirlo con el título del libro de su hija Sheila. En «Mi vida querida», Munro se recrea a ella misma en uno de los cuentos sin pudor: una mujer en el hogar que, oprimida por esa cotidianidad rutinaria y previsible, responde a la llamada de la creatividad literaria y, a la vez, responde al acertijo de su pasado: la granja familiar, sus padres, el colegio, la juventud. Y entonces todo lo comprende, y al cabo deja de fabular para decir, sin tapujos: «Esto no es un cuento, tan solo es vida».

Publicado en La Razón, 14-V-2024

martes, 18 de junio de 2024

Entrevista capotiana a Recaredo Veredas

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Recaredo Veredas.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Madrid. Llevo toda mi vida aquí y más o menos la controlo.

¿Prefiere los animales a la gente? No.

¿Es usted cruel? Intento no serlo.

¿Tiene muchos amigos? Algunos amigos y un montón de conocidos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que me enriquezcan y sean leales. Intento corresponder.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? A veces, pero es culpa mía por un exceso de expectativas.

¿Es usted una persona sincera? Solo cuando es necesario. La sinceridad está sobrevalorada.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Con amigos, familia, leyendo, viendo la tele, dibujando. Actividades muy normales.

¿Qué le da más miedo? El descontrol.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La impunidad absoluta.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Lo que hago. Solo soy escritor a tiempo parcial. Creo que ser escritor profesional es una esclavitud.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Pilates y caminar.

¿Sabe cocinar? No. Y lo siento.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? No tengo ni idea. La primera persona en la que he pensado ha sido Luis Ocaña. Después he pensado en Joe Strummer.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Luz.

¿Y la más peligrosa? Deber

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy un veleta. Cambio de ideología cada día varias veces.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Rentista.

¿Cuáles son sus vicios principales? Ninguno. Llevo una vida monacal.

¿Y sus virtudes? Cumplo lo que prometo.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Intentaría salvarme. Las imágenes buscarían una solución.

T. M.

lunes, 17 de junio de 2024

Tertulias literarias con anfitrionas femeninas

El proyecto intelectual que acabó cristalizando en lo que se dio en llamar Ilustración estuvo fuertemente ligado a las actividades políticas de sus protagonistas (muchos defendían que la Constitución tendría que servir para la humanidad entera y no sólo para la Francia republicana). Un escritor de la época, el siglo XVIII, el marqués de Condorcet, en una de sus obras, habló de diez edades dentro de la evolución social de los seres humanos: la última era la del «Siglo de las Luces», la del futuro optimista. Se trataba de ideas de carácter cosmopolita, revolucionarias en las costumbres o en las reformas políticas o legislativas, pero también consistía en una cultura de salón.

En esos salones culturales destacó la crema de los autores franceses y francófonos que visitaban París. Un caso entre mil fue Antoine de Rivarol, uno de esos personajes que ejemplifica cómo el ingenio abre puertas y a todos seduce, y que también tuvo vocación de provocar y enardecer, incluso con textos que querían cuestionar lo que se había llamado el reino de la razón. Es el tiempo de los enciclopedistas, como D’Alembert, un matemático que empieza a frecuentar salones literarios donde conoce a científicos y escritores. Así, Marie-Thérèse Rodet de Geoffrin fue la que lo introdujo en la alta sociedad parisina mediante su salón literario, el más famoso junto al de Madame de Leffand, la gran compañera de Voltaire y tía carnal de Julie de Lespinasse, a su vez el amor platónico de D’Alembert.

Estamos en un territorio que acaba de analizar María Pilar Queralt del Hierro en “Ilustradas. Damas y salones literarios del siglo XVIII”. Esta licenciada en Historia Moderna y Contemporánea, escritora de ensayos divulgativos y novelas históricas, se centra en dicha centuria, pero cabe decir que los salones siguieron siendo importantes más tarde. Muchos literatos galos acudieron a salones incluso durante la segunda mitad del siglo XIX, como Guy de Maupassant o Balzac, donde se nutrían de los chismes de la nobleza para la creación de sus personajes. Al lector se le pueden venir a la cabeza, ciertamente, las “salonnières” francesas, pero la autora también habla en su libro de las “bluestockings” inglesas o las “salungërinden” alemanas.

Un acontecimiento vital para Goethe pasó en uno de esos lugares de encuentro y tertulia, esto es, cuando conoció al que sería su mejor amigo, Schiller, en 1788, en una reunión que preparó una dama de Weimar. Asimismo, Goethe trataba con Johanna Schopenhauer, la madre del filósofo, que mantenía en su casa un salón en el que se daban cita las personalidades más destacadas de la ciudad. Pues bien, mucho de lo bueno que se generó en los ambientes literarios de aquellas fechas fue producto de muchas mujeres audaces, algunas de las cuales aparecen en “Ilustradas”; en palabras de la autora, “no fueron feministas en el estricto sentido de la palabra. Tampoco cortesanas ni llevaron una vida licenciosa”. Fueron simplemente «damas burguesas o aristócratas que decidieron abrir sus salones “a la luz de la razón”».

El machismo de los enciclopedistas

Tal cosa, por supuesto, no ocurrió en cualquier momento de la historia, sino en uno de esos que marcarían un rumbo nuevo, en torno a revoluciones y a la transición entre el Antiguo y Nuevo Régimen. En este sentido, todas aquellas mujeres “utilizaron sus elegantes estancias para el fomento del arte y de la discusión intelectual o política. Con ello consiguieron acceder a una cultura que estaba vetada a muchas de sus congéneres, pero también alentaron el ingenio de los intelectuales y artistas de su tiempo”. Detrás, estaba “la necesidad de que la mujer accediera al mundo de la cultura y tuviera voz –aunque no voto– en la sociedad. No pretendían igualarse en derechos con los hombres (…), sino que buscaban colaborar en la medida que les fuera posible al progreso de la sociedad y al cultivo del arte y de las letras”, apunta Queralt del Hierro.

Y una cuestión importante, además: estas damas que abrieron tantos caminos para la independencia femenina tuvieron que enfrentarse en casa con el enemigo, por así decirlo, pues los enciclopedistas «definían a la mujer como “la hembra del hombre" y, por tanto, le reservaban la tarea de procrear y procurar la conservación de la especie». Según estos prestigiosos intelectuales, la mujer era posesión del marido y su función era darle hijos y ejecutar las tareas domésticas. Eso sí, añade la autora, “debía hacerlo sin olvidar una cierta postura galante con su esposo, pero mostrándose en público discreta y virtuosa a fin de ser un ejemplo para sus congéneres. Dicho en otras palabras, los ilustrados que tanto cuestionaron la sociedad que les rodeaba hicieron oídos sordos a toda reivindicación femenina y quisieron perpetuar el reparto de roles tradicional”.

Asimismo, Queralt del Hierro expone los antecedentes de estas damas dieciochescas que pueden hallarse en siglos anteriores, y se adentra en la forma en que la anfitriona del salón marcaba el ritmo de la conversación o moderaba la discusión, intentando conciliar opiniones opuestas incluso. También decidía quién asistía, siempre en función del requisito principal: disertar con brillantez. Aparentemente, la mujer quedaba en un segundo plano, como ser inferior del que no se esperaba que pensara por su cuenta, pero en realidad, todas aquellas señoras de holgada posición económica y social encontraron la manera de hacerse valer e influir, recurriendo a sus clásicas armas –“coquetería, hospitalidad, labia, etc”.– en el pensamiento y la cultura del momento.

Publicado en La Razón, 14-V-2024

domingo, 16 de junio de 2024

Entrevista capotiana a José Luis de Juan

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de José Luis de Juan.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una ínsula en el mar Jónico con pueblito de pescadores, cabras, dos buenos caballos y una laguna donde nadar cuando el mar esté bravo.  Creo que pasaría unos meses armando una barca de vela.

¿Prefiere los animales a la gente? Depende. Hay cierto número de animales entre la gente.

¿Es usted cruel? Si lo soy a veces, suelo darme cuenta enseguida y me vuelvo magnánimo y compasivo.

¿Tiene muchos amigos? Tengo algunos. Lo más importante es tener al menos uno que lo sea de veras, desde siempre y para siempre.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Las virtudes de las que yo carezco.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No tanto como lo que yo suelo decepcionarme conmigo mismo.

¿Es usted una persona sincera? La sinceridad es interpretable, pertenece a la dramaturgia. Hay actores buenos y malos. Yo soy de los malos.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? No existe el “tiempo libre” a estas alturas de la des-civilización.  Pero cuando, a pesar de todo, consigo tener algo parecido al tiempo libre, intento no hacer nada. Nada a fondo. Es decir, meditar sobre nada.

¿Qué le da más miedo? La violencia, el odio, la ira, los temblores de tierra.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Las personas que dicen ser completamente felices.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Cultivar un huerto. Leer cada día varias páginas de Montaigne y dormir mucho.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Nadar, Yoga, Marcha Nórdica con bastones.  

¿Sabe cocinar? Por supuesto. Es uno de los placeres de la vida comer lo que uno prepara.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? La Pantera Rosa.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Luz.

¿Y la más peligrosa? Amor.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No he querido matar a nadie aún, pero alguien ha querido matarme a mí.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy agnóstico, políticamente.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Una tortuga en invierno.

¿Cuáles son sus vicios principales? La envidia y el candor.

¿Y sus virtudes? La duda y la obstinación.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Siendo un nadador compulsivo, me cuesta imaginarlo. Pero si llegase a pasarme seguro que aparecía la imagen de mi madre diciéndome con el ceño fruncido que ya me lo había advertido.

T. M.

sábado, 15 de junio de 2024

La literatura antes del móvil y de su propia muerte

Había una vez, hace mucho, mucho tiempo que existía algo llamado Literatura, la cual, un mal día, desapareció, pese a que el ambiente editorial lance incontables novedades día a día. Y es que puede pensarse, precisamente a partir de examinar lo que se publica, que se ha certificado lo que Germán Gullón señaló en “Los mercaderes en el templo de la literatura” (Caballo de Troya, 2004): el hecho de que hacia el año 2000 llegó el final de la Edad de la Literatura, al producirse «un cambio radical en el panorama de las artes: la preferencia del hombre culto se trasladó de lo verbal a lo icónico, lo que vino a empañar un panorama cultural posmoderno ya de por sí confuso».

Las modas se impusieron más que nunca, desde el hecho de ser joven como un atractivo publicitario, a finales de los años noventa, hasta el día de hoy, cuando la tendencia preferida es lo femenino; entre medias, lo que podría considerarse literatura de calidad (por el lenguaje y el estilo, por la búsqueda de nuevas formas expresivas o estructurales o la ambición de sus temas argumentales) se dejó aplastar por la preponderancia de géneros de entretenimiento (policiaco, histórico, rosa) que, al final, han desplazado los textos “literarios” a la hora de recibir premios, reconocimientos, atención de los medios y ventas.

Internet y más tarde el teléfono móvil han degradado las costumbres del lector, interrumpiéndolas o anulándolas, y por el camino también han destruido la importancia tangible, diaria, que en su día tuvieron los periódicos y las revistas culturales o de libros. Poco a poco fueron muchos desapareciendo, o adaptándose a lo digital de forma precaria, con algunas excepciones que siguen resistiendo; notable ejemplo de ello es “Qué Leer”, de aparición mensual, que dio inicio en 1996 y cuya directora actual es María Borrás; y “Quimera”, nacida en 1980 y que sigue vivita y coleando. Tanto, que una de los sellos editoriales del grupo que lidera Miguel Riera, Ediciones de Intervención Cultural (Piel de Zapa, Montesinos, El Viejo Topo y Biblioteca Buridán) lanza un volumen extraordinario, en edición de Jofre Casanovas, “Las voces de Quimera”.

Escritores trabajando

No son usuales los libros que aglutinen entrevistas, pero los hay; sin ir más lejos, el formidable “Conversaciones en el tiempo. Veintinueve entrevistas”, que ha lanzado este año la editorial Amarillo, recuperando una serie de textos de los años setenta que Ana María Moix publicó en la revista “Tele/eXprés” a raíz de hablar con Gabriel García Márquez, Ana María Matute, Max Aub, Mario Vargas Llosa, Rosa Chacel, Jaime Gil de Biedma, Juan Marsé, Salvador Dalí, Juan García Hortelano, Nuria Espert, Pere Gimferrer, Concha Alós o Eugenio Trías. Asimismo, hace pocos años conocimos una estuche (casi tres mil páginas), en la editorial Acantilado, de un centenar de entrevista de «The Paris Review». El libro se llamó “El arte de la ficción. Entrevistas 1953-2012”, y recogía ese tiempo en que existió la Literatura. Por algo dijo Ernest Hemingway: «Hace años que las entrevistas de “The Paris Review” me tienen fascinado. Todas juntas forman el mejor estudio del “cómo” de la literatura, una cuestión mucho más interesante que el “porqué”». (Esta publicación trimestral se fundó en 1953 en la capital francesa, aunque con base en Nueva York y en inglés).

Ya habíamos podido comprobar mediante una selección en el año 2007, por medio de El Aleph, en edición de Ignacio Echevarría, quince de las charlas más celebradas de la revista, las protagonizadas por Georges Simenon, Isak Dinesen, William Faulkner, Evelyn Waugh, Louis-Ferdinand Céline, Saul Bellow, Christopher Isherwood, John Cheever, Kurt Vonnegut, Joyce Carol Oates, Jean Rhys, Philip Roth, Alain Robbe-Grillet, Manuel Puig, Iris Murdoch, Harold Brodkey, V.S. Naipaul y Salman Rushdie. Todas ellas pertenecían a la serie llamada “Writers at Work”, y la calidad de las preguntas y el conocimiento profundo, por parte de los entrevistadores, de la obra del autor por el que se interesaban, aparte de ser una rareza hoy en día que nos alecciona, devenían un testimonio excepcional del proceso creativo de cada uno de los autores.

El libro acogía conversaciones con un centenar de narradores, poetas y dramaturgos, y la literatura en español también cobraba presencia: Borges, García Márquez, Cabrera Infante, Cortázar, Vargas Llosa, Cela, Paz, Marías y Semprún. Y algo parecido podemos decir de “Las voces de Quimera. Las mejores entrevistas literarias de la década de los 80”, pues la nómina de literatos es tan hispana como internacional: Antonio Buero Vallejo, Toni Morrison, Rafael Alberti, Eugène Ionesco, Thomas Bernhard, Reinaldo Arenas, James Baldwin, Susan Sontag, Julio Cortázar, Umberto Eco, Jaime Gil de Biedma, William Burroughs, Ángel Crespo… El listado es de una relevancia mayúscula, unos cincuenta nombres, y todo va precedido por una entrevista con Riera, autor él mismo de las conversaciones con Bernardo Atxaga, José Donoso, Juan Goytisolo, Eduardo Mendoza, Cynthia Ozick, Soledad Puértolas y Augusto Roa Bastos.

Balcells y García Márquez

Como dice el editor, cuando apareció la revista, “era evidente que se había pro­ducido ya un cambio abrupto en el campo cultural. El libro rojo, gran protagonista editorial en los setenta, estaba en proceso de extinción”, pues se abandonó el libro político y llegó el momento de la literatura al hilo de la sociedad cambiante. Todos los escritores relevantes a los que “Quimera” solicitaba una charla respondían con agrado, excepto García Márquez, “a raíz de una crítica nada complaciente de uno de sus libros aparecida en la revista”. En todo caso, al recordar el panorama li­terario de esa época, Riera lo califica de “deslumbrante”, por la irrup­ción de la literatura hispanoamericana y porque “se produjo el rescate de la gran literatura europea”.

También, el libro también tiene entrevistas a no escritores, como al lingüista Roman Jakobson, al estudioso de la historia de la literatura Francisco Rico o a la agente literaria por excelencia, Carmen Balcells. Esta cuenta cómo en 1965 fue a Estados Unidos para un congreso de editores y luego visitó México, donde contactó con muchos escritores en un tiempo en que ya representaba a García Márquez, que le vino recomendado por José Caballero Bonald, que entonces vivía en Colombia. Lo curioso es que Balcells logró vender en Nueva York, por sólo mil dólares, cuatro libros suyos que habían sido rechazados por diez editoriales norteamericanas.

Las anécdotas, los comentarios sobre las propias obras o las ajenas, los debates intelectuales en boga de aquel periodo se van sucediendo de forma extensa por magníficos entrevistadores. Ya por entonces, se asomaba el tópico de «la novela ha muerto», así que resultaba una pregunta socorrida. A este respecto, Adolfo Bioy Casares contestó: «No, ¡yo estoy en total desacuerdo! Me parece que escribimos para los lectores, y creo que a los lectores les gusta la novela, porque en la novela conviven con un tema durante más tiempo que en un cuento. Conocen personales más reales que los de un cuento, y esa amistad con los per­sonajes es uno de los encantos de la lectura. Yo he estado muy enamora­do, por ejemplo, de la protagonista de “La cartuja de Parma”». ¿Volverá algún día otra fase de literatura deslumbrante; de enamorarse por personajes de ficción; de regresar, desde lo audiovisual, a las letras?

Publicado en La Razón, 11-V-2024

viernes, 14 de junio de 2024

Entrevista capotiana a Carlos D. Lechuga

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Carlos D. Lechuga.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una isla desierta en el Caribe llena de sembradíos de tabaco. O abrazado a una mujer desnuda con la cara pegada a su axila.

¿Prefiere los animales a la gente? No. Prefiero a la gente, que son un tipo de animal también.

¿Es usted cruel? No sé, soy una persona sin filtros y eso a veces quizá si sea un poco cruel.

¿Tiene muchos amigos? No. Tengo muchos conocidos y pocos amigos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que sepan escuchar.  Que no sean envidiosos.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Antes sí, ahora no espero nada de nadie. Me gusta compartir espacio sin esperar nada a cambio. Es un ejercicio difícil.

¿Es usted una persona sincera? Sí.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Fumando puros Habanos, leyendo y haciendo el amor.

¿Qué le da más miedo? Las enfermedades. Las enfermedades de la piel. Los desfigurados.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? El descaro de los políticos cubanos.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Hubiera sido vigilante de algún almacén abandonado donde no corriera mucho riesgo.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Hacer el amor.

¿Sabe cocinar? Sí. Pero que un cubano diga que sabe cocinar en un país donde se come tan rico es una falta de todo.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Orson Welles y Eddy Campa.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Grajito.

¿Y la más peligrosa? Córrete.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? A muchas personas.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Adorador de la libertad plena del ser humano.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un río.

¿Cuáles son sus vicios principales? No puedo dejar de fumar puros habanos. Me encanta estar acompañado por mujeres. Necesito trabajar en mis historias todo el tiempo. Soy un poco infantil.

¿Y sus virtudes? No le hago perder tiempo a la gente. Llego a la hora acordada.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Las partes del cuerpo de una mujer. Pie. Muslo. Monte. Axila. Ojo. Boca. Pelitos. Un último abrazo con mi madre. Un chiste con mi hija.

T. M.

jueves, 13 de junio de 2024

Fidel Alejandro Castro Ruz

En Holguín, al este del caimán que forma Cuba, o en Pinar del Río (al suroeste de la isla), por no decir en La Habana, resulta difícil oír el nombre de Reinaldo Arenas. Es imposible encontrar alguna de sus novelas en las librerías que muestran en el escaparate pequeñas historias infantiles firmadas por el mismísimo Fidel Castro. Es inútil hacerlo desde los años sesenta, cuando el gobierno ordenó una limpieza social que llevó a homosexuales y gentes contrarias a la política del momento a cárceles o campos de concentración para, luego, en 1980, embarcarlos en dirección a Miami en un gran exilio del que se beneficiaría el propio escritor y algunos de sus amigos.

Citamos Holguín porque en una aldea colindante nació Arenas; Pinar del Río, porque allí fue enviado para cortar caña como trabajo forzado; La Habana, porque en la capital, además de difundir allá su vocación literaria con la ayuda de José Lezama Lima y Virgilio Piñera, empezó a ser señalado. «En aquel momento, en que éramos perseguidos y vigilados, nosotros escribíamos cosas condenatorias contra el régimen», dice en Antes que anochezca, pensando en los que habían recibido «prebendas oficiales» (Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, Cintio Vitier y Eliseo Diego) y en los colegas de tertulia desaparecidos en turbias circunstancias.

Hablar de Cuba y arte, por desgracia siempre, es hacerlo de censuras y maldades gubernamentales que de tan estúpidas y psicopatológicas, resultan cómicas. Pero tal realidad ha sido es sufriente en grado sumo para aquellos que, como el cineasta Carlos D. Lechuga (La Habana, 1983), han tenido que lidiar con la represión castrista. Sin embargo, su caso es más particular si cabe, pues, como reza el subtítulo de estas memorias, su historia es la “de un nieto de la Revolución”. Así, este cineasta a quien el régimen cubano intentó impedir la difusión de películas como Santa y Andrés –protagonizada por un “homosexual con problemas ideológicos”– o Vicenta B, presenta en Esta es tu casa, Fidel un magnífico testimonio de lo que fue crecer en la isla caribeña.

“Cuando era pequeño esperaba con ansias que mi abuelo muriera para ver si Fidel se aparecía en el entierro. Yo era un pionero comunista, de esos que llevaban pañoleta roja y eran obligados a recitar ¡Seremos como el Che! Y venía de una familia muy cercana al poder”, empieza diciendo el autor, a lo largo de un texto que aterra y conmueve, lleno de honestidad y claroscuros. Y es que Lechuga presenta sus vivencias entre grises, sin negar los privilegios que tuvo al formar parte de una familia más acomodada que la mayoría, pero poniendo el acento en las jerarquías colectivas y bajo el techo en que vivió a la vez.

Con el triunfo de la Revolución cubana, en 1959, el abuelo del escritor empezó a tener un peso preponderante, pero entonces “el gran jefe: Fidel Alejandro Castro Ruz” (nombre que repetía como un mantra Lechuga) lo envió de embajador al extranjero durante muchos años: “Era su manera de sacarse de encima a gente inteligente que pudiera caer en la tentación de debatirle”. De hecho, nadie se atrevía a cuestionar al dictador en voz alta; tampoco el abuelo, que vivía en el lujo pero decía que el comunismo consistía en tener todos lo mismo. No obstante, el autor se daba cuenta de niño que, en contraste con el grueso de la población, que sufría unas carencias descomunales, sobre todo en el llamado Periodo Especial, el entorno familiar constaba de mansiones que “visitaban militares, políticos o celebridades como García Márquez”.

Este seguimiento acrítico hacia Fidel por parte de sus acólitos o algunos cubanos incluso de vida inevitablemente austera se expone muy bien en Esta es tu casa, Fidel. Un ambiente de represión –que alcazaba ridículamente los juegos de mesa y las fiestas navideñas, aparte de la prostitución y la propiedad privada, claro está– en que era mejor mantener oculta toda fe religiosa y sexual no permitida por el gobierno, y que dejó atrás Lechuga “con una carcasa de hielo para no sentir”. De tal modo que no se permitió sentimentalismo alguno al decidir irse del país. Lo haría, muy probablemente, pensando, como escribió Gabriela Guerra Rey en el extraordinario Nostalgias de La Habana, memorias de una emigrante, que salir de allá era hacerlo “de esa ciudad fantástica que ha sido mi hogar y mi cárcel eterna, la luz de mi vida y las sombras y las tristezas” y que, al fin y a la postre, iba a generar “de forma irreversible esta necesidad de escribir”.

Publicado en Cuadernos Hispanoamericanos (nº 886, julio 2024)

miércoles, 12 de junio de 2024

Entrevista capotiana a Rubén Lardín

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Rubén Lardín.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? A bote pronto se me ocurre una sala de cine, pero es una respuesta falsa y además cursi. No, no imagino ningún lugar deseable de esa manera. ¿Elegir una prisión?

¿Prefiere los animales a la gente? No. Claro que no.

¿Es usted cruel? Seguro. Solo de palabra, pero es terrible cuando sucede.

¿Tiene muchos amigos? Unos pocos. Bastantes en distintos grados. Algunos de alto nivel.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Pese a carecer de erotismo, la bondad y la inteligencia me parecen irresistibles cuando van juntas. ¿Pero quién busca qué? Supongo que la lealtad es la única cualidad que la amistad exige. Bueno, y el humor, pero el humor ha de estar ahí de por sí, sin el humor no hay nada, está todo mal.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Nunca. A veces se dan pequeños desencantos, pero siempre soy yo, no son ellos. O los dos, a ver, ellos también tienen parte de culpa.

¿Es usted una persona sincera? No lo creo. No sé si eso es posible. Si lo fuera, puede que lo sea. No sé exactamente dónde se cifra esa condición.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me gusta leer, la música y enredar a la intemperie, pero son cosas que hago todo el tiempo, todos los días. Soy muy poco exigente, cualquier cosa me sirve para perder el tiempo, pero trato de no hacer demasiado distingo entre el libre y un supuesto tiempo cautivo, así que me cuesta responder a esto.

¿Qué le da más miedo? La pérdida.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Los idiotas. Y la injusticia sistémica, el abuso estructural. Antes de sentirme escandalizado o abatido trato de sublevarme, pero no siempre estoy a la altura.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? No sé si yo he decidido algo del todo alguna vez en ese sentido, pero si no estuviera en esto podría estar haciendo recados, asintiendo a todo el mundo y tratando de escaquearme. Por otra parte, me gustan los oficios, no tanto las profesiones.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Nado a veces y después me ducho.

¿Sabe cocinar? Un poco. Lo justo. Siempre para mí. Me gusta pero a la vez me sofoca cocinar para alguien, me da bastante vergüenza.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? No se me ocurre. Tendría que pensarlo. Hoy no me sale nadie.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? ¡Amor! No, perdón. Dinero. Un cuchillo. Amor.

¿Y la más peligrosa? Las mismas. La clave será el uso, el quién las usa. Esto está cada vez más lleno de hijos de puta usando palabras amables.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Nunca durante el tiempo suficiente.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy una especie de anarquista de salón ignorante y furioso. Soy inútil para la política.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Oh. Cualquier otra cosa.

¿Cuáles son sus vicios principales? No los tengo detectados. No deben de ser muchos. Creo que fue Brecht quien lo dijo, eso sí, que siempre hay que tener varios, porque uno solo es demasiado.

¿Y sus virtudes? Ah, no, esto no.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Toda esta gente que amo. Y un perro salchicha amigo mío.

T. M.

martes, 11 de junio de 2024

Prólogo de "Mecanismos gélidos. Literatura, arte, historia y viajes Italianos" en "Zenda"

             

Desde ayer, en Zenda, se puede leer el prólogo de mi último libro, Mecanismos gélidos. Literatura, arte, historia y viajes italianos (Alfar). Debo tal deferencia al coordinador de este sitio web sobre libros, el gran narrador y periodista Álvaro Colomer. 

lunes, 10 de junio de 2024

Entrevista capotiana a Fernando García Ballesteros

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Fernando García Ballesteros.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Un día de verano de mi ciudad. Un día despreocupado, que consistiera en nadar, tomar café con hielo y echar la siesta.

¿Prefiere los animales a la gente? Reconozco que lloré la muerte de mi perra Lola más que la de muchas personas que deberían importarme.

¿Es usted cruel? No, no forma parte de mi naturaleza.

¿Tiene muchos amigos? Conozco a mucha gente, pero tengo pocos amigos de esos a los que puedes llamar a la tres de la madrugada porque tienes un problema.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? La verdad es que yo soy bastante tranquilo y me gustan que mis amigos sean aventureros o que hagan cosas a que a mí no se me ocurriría, viajar de repente a un sitio.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? La edad te enseña a ser tolerante y a intentar comprender a los demás.

¿Es usted una persona sincera? Suelo ser sincero, aunque creo que la hipocresía es la base de la civilización y yo soy bastante civilizado.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Uso programas de 3D para crear imágenes. Te puedes crear un mundo propio y quedar atrapado en él.

¿Qué le da más miedo? La enfermedad y perder la noción de uno mismo en la vejez.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Los abusos sobre quien es vulnerable y no puede defenderse.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Estuve muchos años trabajando como profesional sanitario y ahora me dedico a la educación. Tengo suerte porque es lo que más me gusta aparte de ser escritor.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Hago ejercicio físico habitualmente. Practico bicicleta y natación.

¿Sabe cocinar? Ahora estoy aprendiendo a preparar platos de puchero. Estoy perfeccionando la receta de las patatas con sepia. 

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Elegiría al Gran Gastby.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Amor.

¿Y la más peligrosa? Amor.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, prefiero hacerlos sufrir.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Soy una persona liberal de izquierdas.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Futbolista de Primera División.

¿Cuáles son sus vicios principales? La procrastinación y morderme las uñas.

¿Y sus virtudes? Detectar enseguida los estados emocionales de las otras personas.  A veces es un problema.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? La imagen de mis padres muertos.

T. M.