viernes, 24 de febrero de 2017

Entrevista capotiana a Marifé Santiago Bolaños

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Marifé Santiago Bolaños.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Un lugar cualquiera en el que estar, tranquilamente, con la persona amada, mis libros y mis cuadernos.
¿Prefiere los animales a la gente?
Prefiero a la gente, y me gusta, además, la que respeta a los animales.
¿Es usted cruel?
No.
¿Tiene muchos amigos?
Tengo amigas y amigos maravillosos, y en la amistad no existe la palabra “muchos” o “pocos”, cada uno es único.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
La grandeza de la amistad es que no es una búsqueda, sino un encuentro. Y lo que la amistad encuentra es que somos capaces de ver cualidades donde tal vez no las haya. Y disfrutar con ellas sin poner condiciones.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Tengo la suerte de poder decir que no.
¿Es usted una persona sincera? 
Intento ser respetuosa con el respeto.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Ojalá mi tiempo libre fuera el tiempo general de mi vida, en el que lo que hago por profesión, por vocación, lo llenase todo: la mejor manera de que el tiempo sea libre y yo en él.
¿Qué le da más miedo?
Que se confunda la maldad y la violencia con una suerte de poder, y que a ciertos actos malvados, violentos se les siga dando valor, por lo tanto, justificándolos.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Que haya personas empeñadas en hacer del mundo un lugar injusto, desapacible y sin esperanza.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
No estoy segura de haber decidido ser escritora; me parece que fue más bien la escritura quien me eligió a mí. Lo cierto es que la dejé hacer, que la dejo… De modo que no puedo contestar esta pregunta…
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Yoga, Tai Chi. Y soy muy “andariega”.
¿Sabe cocinar?
Sí, y me encanta (hay en el cocinar una cierta experiencia de ser maga).
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Elegiría a mi padre leyendo a Homero y a María Zambrano, para poder hablar de los tres juntos en el artículo.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Educación.
¿Y la más peligrosa?
Resentimiento.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Directamente, no. Pero, indirectamente, hay “alguienes” que no tendrían que haber aparecido en la historia.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Libertad, Igualdad y Compañerismo, es decir, humanismo socialista.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
La verdad es que me gusta mucho ser una mujer.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Mirar por una ventana de mi casa en Maragatería y acompañar el tiempo de los árboles y de los pájaros. Soy adicta a esa experiencia.
¿Y sus virtudes?
Me reconozco con fuerza de voluntad y con tesón cuando se trata de recorrer el camino que amplíe la igualdad y los derechos humanos. Pero la virtud, creo, ha de ser señalada por los demás, no por una misma.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Complicada pregunta… Espero que, al menos, pasaran por mi cabeza los rostros de quienes hacen de mi vida algo que merece la pena…

T. M.

jueves, 23 de febrero de 2017

Si es arte, le conmoverá

Damien Hirst, el artista mejor pagado del mundo, conocido por trasladar a su obra animales muertos, como en su célebre tiburón tigre metido en una vitrina con formol, que se vendió por 10 millones de dólares en el 2004, dijo una vez: «El arte trata de la vida, el mercado del arte trata de dinero». Esa mirada cáustica de la vida, materializada de forma extravagante, y su rédito económico, la volcó en parte Michel Houellebecq en su novela del año 2011 “El mapa y el territorio”, donde ahondaba en cómo el tema para el arte es la vida, pero también en cómo el mercado del arte convierte el talento de un artista en un producto financiero. A J. F. Marte, para esta “Vindicación del arte en la era del artificio” (traducción de Fernando Almansa), tan llena de referencias literarias clásicas antiguas y modernas, le hubiera servido sin duda esta mirada contemporánea, cínica y con un poso de verdad muy asentado, para este primer libro suyo, muy sugerente aunque algo disperso por cuanto quiere abarcar mucho y a menudo con un estilo que raya lo retórico y filosófico, y que intenta “explorar la naturaleza del arte en el momento histórico actual”.

Para tal propósito, Martel recurre tanto al cine –él mismo se mueve en el entorno audiovisual–, con un ejemplo paradigmático para él, “2001: Una odisea del espacio” (1968), de Stanley Kubrick, como a la música, con el caso de un álbum de la banda de rock Wilco, que en una extraña vuelta de tuerca consigue relacionar con los atentados del 11-S a partir de su portada y su fecha de lanzamiento. Todo en pos de lograr encontrar los intersticios en los que es posible ver en las obras artísticas de todo tipo una suerte de oráculo. Profetas literarios como Kafka o Dostoievski, pictóricos como Francis Bacon o cinematográficos como David Cronenberg estarían en esta línea de profetizar “desde el interior este ethos emergente de control, vislumbrando la descomposición de la persona a medida que la dicotomía hombre-máquina desaparece y los seres humanos convergen en sus propios apéndices tecnológicos”.

El inicio del alma humana

La idea esencial es que esta fuerza profética del arte nos conecta con lo real. Martel acude a las pinturas paleolíticas para referirse al arte que se muestra en toda su desnudez. Era el inicio del alma humana moderna, según el autor, esto es, “la capacidad de pensar en imágenes y a través de imágenes”, que haría que la presencia humana en la Tierra se distinguiera del resto de seres vivientes por los signos de su arte, que aspira a alcanzar la verdad como hace la ciencia. Martel se pregunta por qué el arte nos despierta reacciones tan diferentes (alude para ilustrarlo a la obra de Mark Rothko) y por qué la inclinación a conmoverse es contemplada hoy como una debilidad. La insensibilidad y la superficialidad gobiernan el día a día, de tal modo que “necesitamos resucitar la idea ancestral del arte como una locura sagrada en la que nos dejamos guiar por fuerzas externas a nosotros mismos. Sólo así podremos llegar a plasmar lo que nunca hemos visto pero necesitamos desesperadamente ver”. Sólo así podremos diferenciar el arte verdadero del falso, que Martel llama “artificio”, y sentir que lo artístico nos transciende, nos lleva a un estado emocional superior que se aleja del arte meramente informativo, de opinión o juicio. He aquí el quid de la cuestión: cómo lo artificioso constituye una manera de traicionarnos a nosotros mismos, sobre todo si caemos en las redes del marketing y la publicidad para sus fines consumistas.

Publicado en La Razón, 23-II-2017

martes, 21 de febrero de 2017

Entrevista capotiana a Gabriel Jiménez Emán

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Gabriel Jiménez Emán.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
En Utopía.
¿Prefiere los animales a la gente?
Prefiero a la gente, a pesar de que a veces son más animales que los animales.
¿Es usted cruel?
Conmigo mismo, sí.
¿Tiene muchos amigos?
Sí, la mayoría de ellos me los invento.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
La capacidad celebratoria  y de disfrute de las cosas buenas de la vida.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Sí, porque como ya te dije, me los invento.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí, demasiado quizá, y eso no es bueno.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Bebiendo, cocinando y oyendo música con mis amigos y familiares.
¿Qué le da más miedo?
Quedarme accidentado en una carretea por la noche.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La palabra escándalo es fea y vacía, la verdad es que no significa nada.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Tocar la trompeta.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Natación.
¿Sabe cocinar?
Sí.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A mi padre, Elisio Jiménez Sierra.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
La palabra esperanza es la más llena de esperanza. Después de ella, quizá, la palabra fe. Pero estas no son simples palabras, son ideales del espíritu humano.
¿Y la más peligrosa?
Humildad, Mucha gente la usa para esconder sus defectos, inútilmente.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Sí, claro.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
De izquierdas. También suelo ser un utopista.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Un viajero impenitente, un marinero.
¿Cuáles son sus vicios principales?
La lectura, la escritura y la bebida.
¿Y sus virtudes?
Ninguna. A excepción tal vez de la tenacidad para escribir.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
El rostro de mi madre, yendo con ella a la escuela.

T. M.

lunes, 20 de febrero de 2017

La vida como amenaza


En nuestro tiempo, cuando se aboga por la extinción de géneros literarios específicos jugando cada vez más con la ambigüedad de temáticas cotidianas, la escritura de una novela de ciencia ficción se transforma en un hecho aislado que, de forma ineludible, es valorado no sólo desde un prisma estrictamente literario sino desde posturas sociológicas, históricas, biológicas y tecnológicas. Resulta difícil, a este respecto, acercarnos a la primera novela de Rodrigo Antezana Patton (Cochabamba, 1975) sin recordar otros intentos de pronosticar el deterioro que, unánimemente en las pautas del género, siempre se plantea de la humanidad, tanto a lo largo de universos narrativos como, sobre todo, del cine, el arte que mejor ha conservado el interés por vaticinar el mañana, al menos durante los últimos años. No en vano, al inicio de la presente historia nos encontramos con una cita de una de las películas sobre realidades alternativas más recientes, The Matrix. Y es que la pantalla grande se han convertido en el mejor marco de inspiración para la creación de mundos novelescos imaginarios que presentan, además de la predecible sofisticación de las máquinas, un aspecto fantástico en el que los seres humanos se mezclan, o se ven amenazados, por criaturas extrañas. 

Este es el caso de El viaje, combinación de futurología, invención de una sociedad compleja y temerosa, diversidad de saltos temporales y mirada épica a través del héroe de la acción, Ciro, que como tal se comporta con los ingredientes que se esperan de cualquier guerrero, con independencia de que el relato se sitúe a finales del siglo XXI. El contrapunto sentimental necesario lo ocupará la amada heroína, Helena, en una trama que, fundamentalmente, pretende exhibir un modo de vida muy organizado dentro de una Tierra de ambiente desolador, triste y con un reguero de catastróficas contiendas. Y es aquí donde nuestro horizonte de expectativas imaginario, construido cinematográficamente para nutrir el subconsciente colectivo, traza de visualizar lo que el autor describe minuciosamente: la ciudadela Paraíso, un lugar nacido tras plagas y diversos combates contra bárbaros y mutantes —en los que se utilizaban “armas químicas y biológicas. La favorita era el SIDA, que se reforzaba poniendo al virus un gel que luego se esparcía por cualquier parte o, diluida, se utilizaba para contaminar el agua”—, y sus habitantes, simples supervivientes de un pasado que apenas se recuerda, como si únicamente hubiera que atender al presente y sus continuas y peligrosas exigencias.

Paraíso constituye una isla en mitad de un panorama desértico, una tímida esperanza de progreso para unas gentes confinadas a convivir en diversas áreas de trabajo, cada una de ellas comandadas por un guía: Salud, Tecnología, Guardia y Exploración, Recreación, Refacción, Educación y Alimentación. Son siete administraciones que funcionan para un bien común, en lo que todo se comparte en beneficio de la comunidad y que, habitualmente, el autor cita con sus siglas tanto para designar al área como al guía, por lo que el texto se llena de difíciles referencias que confunden un tanto nuestro entendimiento: ADESA, ADETEC, ADEX, ADEREC, etc., son términos que aparecen con precipitada urgencia antes de que hayamos podido asimilar del todo cada una de sus funciones a lo largo de la primera parte de la novela, titulada “El viaje”. En ella, Ciro habrá de vérselas con los vanderes, “que no son bárbaros ni mutantes”, sino poderosos androides militarizados dispuestos a conquistar todo lo que encuentren a su paso. Por ello, Paraíso preparará la huida de esa realidad agónica.

A las peripecias de Ciro con esos androides le sucederá “La historia de Branden”, en donde se cuenta el origen de este vander a la vez que surge una realidad aún liderada por el territorio norteamericano, en un periodo en el que las personas nacen a partir de un moderno sistema de reproducción y desarrollo, donde existen fábricas de robots, seres llamados No-Nacidos, y grandes uniones comerciales que han dado paso a alianzas de países en pos del poder económico mundial y al establecimiento de clases muy jerarquizadas, entre ellas los Subhumanos. Y en torno a todo este imaginario, una lengua preponderante, una versión del inglés actual, controla la comunicación global, aportando ese sentido unificador que recuerda, cómo no, a 1984. En la novela de George Orwell, su protagonista, Winston Smith, nos relataba un mundo fuertemente mecanizado, constantemente en alerta, que negaba la individualidad para configurar un sistema dictatorial. Precisamente esta atmósfera de represión, de imposibilidad de libertad y de elección de la especie humana, será lo que dé sentido a la obra de Rodrigo Antezana Patton, un pronóstico reservado de nuestro lejano futuro.

domingo, 19 de febrero de 2017

Entrevista capotiana a Ignacio Vleming

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Ignacio Vleming.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Tal vez un monasterio con huerto, jardín y biblioteca, y un enorme claustro en el que sentarse a contemplar las estrellas. Pero si me obligaran a hacer un voto de silencio, preferiría sin duda vivir en un museo e incluso dentro de un cuadro desde el que contemplar a los espectadores como si estuvieran dentro de un acuario.
¿Prefiere los animales a la gente?
Depende. Hay animales maravillosos, nobles y fieles compañeros, pero la gente es, sin embargo, más interesante, incluso cuando no tienen nada nuevo que añadir. En cualquier caso demasiada exposición a las mismas personas te convierte en un tonto o en un misántropo, o en ambas cosas a la vez.
¿Es usted cruel?
Jamás. No me lo permito.
¿Tiene muchos amigos?
Esa pregunta debería hacérsela a todas las personas que me conocen o han conocido alguna vez. A lo mejor me llevo una sorpresa y tengo amigos inesperados.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
La sensibilidad es lo que más valoro en una persona. Luego la inteligencia y muy por detrás la cultura.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Ya no. Sé que me van a decepcionar tanto como yo a ellos.
¿Es usted una persona sincera? 
No me gusta tener secretos, pero la sinceridad está sobrevalorada. No todo el mundo quiere saber la verdad, y está en su derecho de ignorarla.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Me gusta organizar el tiempo libre con mucha precisión de forma que pase a ser tiempo prisionero. Detesto pasar días enteros sin hacer nada. Tengo que aprovecharlos de alguna manera, a través del aprendizaje, la creación o la contemplación, actividad absolutamente desprestigiada pero que es exactamente lo contrario a perder el tiempo.
¿Qué le da más miedo?
Mis mayores temores se ocultan dentro de mí: ver la erosión de los recuerdos.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Existen muchísimas cosas que me escandalizan. Escandalizarse es un síntoma de estar vivo. Por ejemplo me escandalizan la hipocresía, la falsedad, las monsergas y las arengas, y también las personas que no cambian nunca de opinión.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Soy escritor porque ya no estoy a tiempo de ser arquitecto.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Paseo, paseo y paseo kilómetros. Y también hago pilates y monto en bici.
¿Sabe cocinar?
Un poco sé. Hago tiramisú y bizcochos, y también muchos tipos de arroces y currys. Pero me encanta que cocinen para mí.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Al castrato Farinelli, que pasó gran parte de su vida en Madrid agitando la vida cultural de la corte.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
“Enamoramiento” podría ser casi un sinónimo de esperanza: lo agita y a veces tiene resultados.
¿Y la más peligrosa?
“Destino”. Cuando las personas se sienten marcadas por el destino son capaces de cometer cualquier tipo de atrocidad. No hay quien pare a un iluminado.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Matar no.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Soy fácil de convencer, así que dependiendo del día podría contestar a esta pregunta de una forma o la contraria.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Un camaleón, para poder mimetizarme mejor con el entorno en el caso de querer pasar inadvertido.
¿Cuáles son sus vicios principales?
La pereza.
¿Y sus virtudes?
Me tomo bien las derrotas.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
No me lo podría creer. Imaginaría que es una pesadilla y que moviendo un poco las piernas y los brazos despertaría de pronto.

T. M.

sábado, 18 de febrero de 2017

Ubi sunt: "Nostalgias europeas. Una vida de Stefan Zweig" de Jean-Jacques Lafaye


Recupero aquí, con el lema latino ubi sunt (dónde están), una serie de reseñas que publiqué hace unos veinte años en la revista Quimera.

En febrero de 1942, en la ciudad brasileña de Petrópolis, se quitaba la vida, junto a su segunda esposa, uno de los intelectuales más importantes que ha dado Europa en todos los tiempos: Stefan Zweig, un aristócrata vienés de precoz sabiduría, preocupado por el destino de la humanidad, y que sufrió el cambio de siglo, el declive de su país y la expansión del nazismo.

Esta biografía, escrita de modo novelesco por Jean-Jacques Lafaye, con la que obtuvo el prestigioso premio Calzes en Francia en el año 1990, llega ahora a España, prologada por su amigo J. L. López Aranguren. Se trata de la reconstrucción del interior itinerario psicológico de este erudito, prolífico en su obra y angustioso e hiperestésico en su pensamiento, de temperamento depresivo, pero de una lucidez y talento inagotables, autor de libros que alcanzan todo tipo de materias: literatura (poesía, cuento, novela, teatro), psicología, historia, filosofía, memorias. Cualquier camino es bueno para el aprendizaje, sin prejuicios ni pérdidas de tiempo, y la escritura es la única salida ante lo efímero.

Para sacudirse la nostalgia de saberse muerto por dentro, Zweig viajó por toda Europa. La soñó unida. Quizá no fue el primero en pensarlo, pero sí en desearlo. La figura del escritor austríaco se nos presenta, gracias a la excelente redacción de su último biógrafo -intensamente poética y fluida-, como la de un hombre  que  confía  en  el  futuro  a  pesar  de  angustiarle  su individualidad, consciente del poder de las palabras, querido en todo el mundo porque llegó a ser el intelectual más popular de su tiempo, un judío más que se refugió en Londres y Sudamérica y que alimentó esas nostalgias europeas junto a dos mujeres que compartieron su amor por la vida, y no el amor al sentido de la vida, como cita él mismo parafraseando a Dostoyevski.

Stefan Zweig es un caso extraño. En buena parte de la primera mitad de siglo, representa un temprano cosmopolitismo humanista, un talante refinado y elegante, un éxito de público internacional inmenso, y sin embargo, yace ahora olvidado por todo el mundo de las letras.

viernes, 17 de febrero de 2017

Entrevista capotiana a César Morales

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de César Morales.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
El mundo.
¿Prefiere los animales a la gente?
No, prefiero a la gente.
¿Es usted cruel?
No lo creo.
¿Tiene muchos amigos?
Los suficientes.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Nobleza.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
 A veces, aunque supongo que yo también lo haré.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Visitando lugares con historia(s).
¿Qué le da más miedo?
No lo sé.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
El cinismo y la hipocresía.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Lo que la vida me hubiera permitido.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí, con asiduidad. Carrera, remo y ciclismo.
¿Sabe cocinar?
Me defiendo.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Al primer ser humano que se dio cuenta de que lo era.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Esperanza.
¿Y la más peligrosa?
Diferente.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Algunas.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Las mías.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
El viento. A veces Céfiro, otras, Bóreas.
¿Cuáles son sus vicios principales?
El deporte y la buena mesa.
¿Y sus virtudes?
La constancia.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Ya he pasado por algo así. No pasa ninguna imagen, solo sabes que vas a morir.

T. M.

jueves, 16 de febrero de 2017

El secuestro de la raza negra


Un vistazo hoy a la cartelera nos ofrece historias de discriminación racial como “Figuras ocultas” y “Loving”, poniendo de manifiesto que las infinitas injusticias que se han cometido en mil y un ámbitos con respecto a la raza negra se han ido convirtiendo cada vez más en un interesante motivo narrativo y audiovisual. Lo cual queda enfatizado por el extremo de tal discriminación: el racismo convertido en esclavitud. Ahí tenemos la miniserie “Raíces”, versión de la que triunfó en 1977: la historia de cómo en Gambia, en 1750, el muchacho de quince años Kunta Kinte es capturado por traficantes de esclavos junto con otros muchos hombres y mujeres, y trasladado en una nave negrera hasta las colonias inglesas en Norteamérica. Ahí tenemos, también, la novela que acaba de publicar Capitán Swing, “Las confesiones de Nat Turner” (1967), de William Styron, sobre el hombre que, en 1831, protagonizó una rebelión contra los blancos que le costó acabar en la horca. Ahí está el inminente estreno de "El nacimiento de una nación", película de Nate Parker basada en este libro, en la línea de “Doce años de esclavitud”, que en 2013 llevó al celuloide Steve McQueen a partir del libro autobiográfico del esclavo Solomon Northup.

El lector ahora tendrá un excelente complemento a este tipo de tratamiento literario y cinematográfico del tema que nos ocupa con el libro de Kenneth Morgan “Cuatro siglos de esclavitud trasatlántica” (traducción de Carme Castells). En él se aborda el largo periodo que va de 1501, cuando la Corona española autoriza la introducción de esclavos africanos en sus colonias de las Américas, hasta 1888, momento en que la esclavitud es abolida oficialmente en Brasil: “Se calcula que dos millones de africanos murieron en esta travesía. ¿Por qué la esclavitud fue consentida por líderes religiosos, políticos y filosóficos durante tanto tiempo? ¿Cómo es posible que las clases educadas del mundo occidental aprobaran y promocionaran una actividad que, años más tarde, ha sido considerada como una barbarie?”, se pregunta el autor, que realiza todo un completo seguimiento de este asunto, desde los flujos de la trata de esclavos en función de dónde partían y adónde eran encaminados, hasta la emancipación de los esclavos, pasando por cómo se efectuaba tal comercio de personas, cómo era la esclavitud en las plantaciones, la resistencia de los esclavos en diferentes periodos y los pasos hacia la abolición de tal infamia.

Una estructura triangular

Hoy en día, la web de la Transatlantic Slave Trade Database constituye una fuente imprescindible para los historiadores que deseen estudiar los flujos de la esclavitud en el mundo atlántico, como indica Morgan. Esta base de datos muestra unas estadísticas tan frías como impresionantes acerca de la migración intercontinental forzosa en la historia moderna. Unas circunstancias que auspiciaron gobiernos que disponían de recursos financieros e intenciones comerciales ambiciosas para llevar a término largos viajes oceánicos –“las principales potencias comerciales de Europa Occidental, que competían unas con otras por el tráfico ultramarino y el imperio a principios de la era moderna: España, Portugal, Francia, Holanda e Inglaterra”– y que también vieron, pese a lo dicho por Morgan, el surgimiento de voces que no se cansaron de denunciar la esclavitud. Por poner sólo un ejemplo, mencionemos a R. W. Emerson, que en un encuentro de 1844 para conmemorar el décimo aniversario de la liberación de los esclavos antillanos, pronunció estas palabras en una conferencia: «Espaldas de hombres azotadas con trallas… fugitivos perseguidos con sabuesos hasta los pantanos… y, en caso de enardecimiento, un dueño de plantación que arrojó a su negro a una vasija de cobre llena de jugo de caña hirviendo".

Este era el tratamiento habitual que se les dispensaba a los esclavos en las plantaciones del Sur. Cuenta Morgan que las haciendas agrícolas a las que eran enviados sobre todo los hombres negros eran a las de azúcar, tabaco, algodón y café: “El desarrollo de todos estos cultivos requería un clima cálido y se necesitaba una enorme cantidad de mano de obra para realizar múltiples tareas como plantar, cultivar y trasportar la cosecha a los barcos”. La producción de tales cultivos tenía en el Viejo Mundo un mercado ascendente y para ello se había establecido una estructura desde Europa triangular: los barcos negreros salían de sus países de origen rumbo a África, allí compraban esclavos y los transportaban a través del Atlántico para venderlos en América y, al final, volvían a su puerto de partida original. Asimismo, los comerciantes norteamericanos se unirían al comercio esclavista ya en la época de las trece colonias que formaban parte del Imperio Británico y, por supuesto, con la formación de los Estados Unidos, donde el tráfico interno de esclavos sería floreciente en el siglo XIX.

De esta manera vamos conociendo, en un libro magníficamente ilustrado además, cómo la trata de esclavos hispanoamericana alcanzó su máximo nivel cuando también, hacia 1820-1830, “más de 750.000 africanos esclavizados fueron desembarcados en los mercados hispanoamericanos, principalmente en Cuba”, donde una gran cantidad de barcos españoles tenía su base habitual. La palabra en sí, esclavitud, nos remite a esas épocas que parecen lejanas e incivilizadas, pero cómo olvidarse que hoy mismo, como señala Morgan en la introducción, existe la venta de personas como objeto o la explotación laboral sin apenas remuneración, la prostitución en Tailandia y en tantos otros lugares, o incluso en campos como “la venta de agua en Mauritania, la producción de carbón en Brasil, la agricultura en general en India, y la albañilería en Paquistán”. Según la OIT, unos veintiún millones de hombres, mujeres y niños sufren el yugo de alguna forma de esclavitud en la actualidad.

Publicado en La Razón, 16-II-2017

miércoles, 15 de febrero de 2017

Entrevista capotiana a Manuel Moyano

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Manuel Moyano.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Depende de la magnitud de lo que llamemos “lugar”; si hablamos simplemente de un habitáculo, mi casa, claro; si hablamos de una comarca, siempre he pensado que lo haría en la Vera de Cáceres.
¿Prefiere los animales a la gente?
Podría empezar todas estas respuestas con la palabra “depende”. Depende de qué personas y de qué animales. Pero bueno, prefiero a la gente si es buena gente o, al menos, gente interesante. Con los animales no se pueden intercambiar pareceres.
¿Es usted cruel?
Creo que en general soy una persona compasiva, especialmente por quienes me parecen dignos de compasión. Pero a la vez hay un fondo cruel e incluso sádico en mí, de esto no me cabe duda. Espero no tener que verlo despertar nunca.
¿Tiene muchos amigos?
Los necesarios.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Sentirme cómodo en su presencia. Y que sean nobles.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Como regla general, no; salvo que muestren comportamientos que yo considere mezquinos.
¿Es usted una persona sincera? 
Trato de serlo, a veces más de lo que conviene, pero nuestra sociedad se vendría abajo si todos fuéramos ciento por cien sinceros.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Comiendo fuera de casa con un buen vino, viajando con mi mujer o con mis hijos, leyendo, viendo cine, viendo televisión, paseando. A veces (pero sólo a veces) escribiendo.
¿Qué le da más miedo?
Cualquier cosa que me desestabilice, que altere mi equilibro interior.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La mediocridad cuando triunfa. La mezquindad. La capacidad de hacer sufrir a otros seres humanos. 
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Para mi desgracia, no puedo llevar una vida exclusivamente creativa, no he tenido redaños para jugarme el todo por el todo. Trabajo en la Administración. Si pudiera disponer completamente de mi tiempo y de dinero ad libitum, creo que me pasaría buena parte del año viajando y tal vez escribiendo sobre ello, al estilo de un Colin Thubron o un Bruce Chatwin.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Caminar, desde luego. También un par de escapadas largas con bicicleta al mes. Hace poco me apunté a un gimnasio, pero creo que me ha dejado ciertas secuelas en las articulaciones: a partir de los cincuenta ya no se puede con todo.
¿Sabe cocinar?
Sí, y además me gusta. Es sin duda la tarea más artística que conlleva un hogar. Se parece mucho a pintar un cuadro, pero, en vez de colores, manejas sabores.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Bueno, pues a pesar de todo lo que ya se ha escrito sobre él, creo que Bob Dylan.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Mañana.
¿Y la más peligrosa?
Fe.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Sí.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Pertenezco a esa masa de votantes que fluctúan en las zonas centrales de la tabla. Hay cosas que aborrezco de la derecha y cosas que aborrezco de la izquierda. Tal vez es que aborrezco la política en general. Siempre voto por descarte.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Un rico heredero. No por el dinero en sí, sino por la libertad que me daría.
¿Cuáles son sus vicios principales?
La impaciencia. Y tal vez la pereza para hacer aquellas cosas que no me gustan o no me interesan. Y cierta reticencia a participar en cosas organizadas por los demás.
¿Y sus virtudes?
Debo de tener alguna. Creo en cosas como la lealtad, la piedad o la capacidad de emocionarse ante la belleza.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Una vez estuve a punto de tener un choque muy grave en carretera y en esos instantes sólo pensé en cómo eludirlo: cuando uno cree que puede morir en cuestión de segundos o minutos, lo único en que piensa es en sobrevivir, no tiene tiempo para repasar su vida. Pero en otra ocasión padecí una neumonía, que durante algunos días se creyó grave, y en lo que más pensé fue en mis hijos.

T. M.