lunes, 22 de abril de 2019

Realismo cristiano


Uno puede sentarse a escribir sobre Flannery O’Connor teniendo presentes sus treinta y nueve años de vida y sus dos novelas, sus treinta y dos cuentos y sus pocos ensayos, y experimentando a la vez una sensación de desconcierto que tal vez sea común. En sus memorias, John Huston cuenta cómo en 1978 un hombre llamado Michael Fitzgerald –cuyos padres habían acogido a la escritora una temporada en su casa de Connecticutt treinta años atrás–, le instó a que adaptara al cine «Sangra sabia», «historia de la breve rebelión de un joven fanático religioso contra Cristo», detallaba el cineasta, que apuntaba: «Es divertida y terrible a la vez. De página en página no sabes si reírte o quedarte horrorizado». En «Cómo leer y por qué», Harold Bloom reconoce que los cuentos y la novela de O’Connor «Los profetas» le estimulan «hasta el miedo». Ahora, en el prólogo a los «Cuentos completos» de la autora georgiana, Gustavo Martín Garzo habla de cómo sus relatos «tienen el poder supremo de agitar nuestra conciencia. No es posible permanecer indiferentes ante ellos, de la misma forma que no es posible mantener la calma cuando alguien te apunta con una pistola».

La sensación es, pues, de una misma perplejidad ante un universo narrativo estremecedor. De hecho, acaso no entendamos la simbología de sus primeros cuentos: «El geranio», «El barbero», «El lince», entre otros. Pero luego vienen textos de impacto inconmensurable: «El negro artificial»; «Un hombre bueno es difícil de encontrar»; «La vida que salvéis puede ser la suya»; «Un círculo en el fuego»; «La buena gente de campo»; «La espalda de Parker»... Todas estas páginas fueron obra de una mujer que arrastraba una enfermedad terminal (el «lupus erythematosus», de origen metabólico), que proclamba su fe católica en una zona de rígido protestantismo, que vivió aislada con su madre dedicándose a la cría de pavos.

Dicen que escribió las últimas horas de su vida, en la cama, y no pareció quejarse nunca de su destino letal, ni siquiera a través de sus protagonistas, gentes ingenuas y malvadas a partes iguales, retorcidas, egoístas y ansiosas de bondad, vagabundos, criminales, niños y ancianas insportables, personas que buscan a Jesús sin saber cómo hacerlo. O’Connor, al fin, cansada de que tildaran sus cuentos de brutales y sarcásticos, se justificaría en una carta a una amiga: «Las historias son fuertes, es verdad, pero son fuertes porque no hay nada más fuerte o menos sentimental que el realismo cristiano».

Publicado en La Razón, 18-IV-2019

domingo, 21 de abril de 2019

Entrevista capotiana a José Zoilo Hernández


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de José Zoilo Hernández.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Si entendemos que un lugar del que no poder salir puede ser una isla, me quedaría en mi casa, en Tenerife.
¿Prefiere los animales a la gente?
No, pese a que al ser biólogo mucha gente lo presuponga.
¿Es usted cruel?
No, en absoluto; aunque algún lector me lo ha preguntado cuando ha leído algún fragmento concreto de mis novelas. Pero la novela histórica tiene sus propias claves, y una de ellas es la capacidad para recrear una época determinada dejando a un lado los valores propios de nuestro tiempo. Por fortuna, de manera general, el ser humano ha aceptado unas leyes y un modelo de convivencia que no siempre imperaron entre nuestros antepasados.
¿Tiene muchos amigos?
Los necesarios. Me considero muy afortunado con aquellos que tengo.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Confianza, lealtad y complicidad.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Siempre estamos expuestos a ello, aunque con los amigos de verdad es más difícil que suceda.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí, quizás demasiado.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Escribiendo o leyendo. Hace unos cuantos años hubiera invertido el orden.
¿Qué le da más miedo?
La enfermedad.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La capacidad que tiene mucha gente de emitir juicios sin haberse informado previamente al respecto.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
En la otra vertiente de mi vida me dedico a asuntos relacionados con el desarrollo rural, la agricultura y el medioambiente.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí, siempre que puedo hago natación. He descubierto que es un ejercicio muy recomendable no solo para mantenerse activo, sino también para estimular la imaginación. Es increíble la cantidad de soluciones argumentales que pueden venirte a la cabeza entre brazada y brazada...
¿Sabe cocinar?
Sí, (y quiero creer que) bastante bien.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Aníbal Barca, sin duda.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Paz.
¿Y la más peligrosa?
Intransigencia.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No... aunque algún amigo considere que en alguna novela “mato” a más personajes de la cuenta.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Mi tendencia es evitarla, en la medida de lo posible.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Bueno, de pequeño me hubiera encantado ser Indiana Jones...
¿Cuáles son sus vicios principales?
Soy extremadamente organizado, con todo lo que ello conlleva. Para lo bueno y para lo malo.
¿Y sus virtudes?
Dicen que soy una buena persona. Por mi parte puedo decir que soy muy responsable con lo que me propongo realizar.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Imagino que las de todos aquellos buenos momentos que he atesorado durante mi vida, así como las personas que estuvieron presentes en ellos.
T. M.

sábado, 20 de abril de 2019

Goethe da que pensar


Uno de los criados de Johann Wolfgang Goethe abre la puerta de su gran casa de Weimar, donde el célebre escritor reside desde 1775, un año después de publicar el «Werther». Nos encontramos en 1823. Por los pasillos hay lienzos, grabados, esculturas. En una de las estancias anoche se celebró un recital de música, esta mañana el archiduque ha visitado al venerable poeta, mañana lo hará un filólogo, un científico, un dramaturgo, seguirán llegando cartas de toda Europa. Goethe permanece sentado, ensimismado en sus pensamientos, y recibe al visitante con cordialidad y firmeza; toman asiento y empieza la charla: la literatura, la naturaleza, los sentimientos, la política, la religión. Como reza el tópico, nada de lo humano es ajeno junto al «padre de la literatura alemana», como le definió Walter Scott en una carta.

Ese que entra en casa de Goethe y conversa con él se llama Johann Peter Eckermann, un joven autodidacta que en 1815 había descubierto a este «astro infalible» y que entablará tan profunda amistad con él que será elegido como el editor de su legado literario. El ambiente de intercambio intelectual sosegado, donde un Goethe paternalista con ademanes de viejo profesor siempre tiene una excusa para meditar de cualquier cosa con tal de tener buena compañía, es lo que va a transmitir Eckermann hasta la muerte del genio, en 1832. Durante ese tiempo, llevará un diario sobre sus encuentros con Goethe, su familia, sus amigos y conocidos: las «Conversaciones con Goethe en los últimos años de su vida» que son un documento de valor superlativo al que tiene que recurrir cualquiera que se interese por el autor de “Las afinidades electivas”.

Así lo haría sin duda el gran estudioso de las letras germanas Georg Simmel, que publicó en 1913 este “Goethe” (traducción de José Rovira Armengol) que pretendió ser un análisis que respondiera a la pregunta “¿cuál es el sentido espiritual de la propia existencia de Goethe?”. Entendiendo por ello “las relaciones del modo de existencia de Goethe y sus manifestaciones frente a las grandes categorías de arte e intelecto, práctica y metafísica, naturaleza y alma, y los desarrollos que gracias a él experimentaron esas categorías”. En la introducción de la autobiografía de Goethe “Poesía y verdad” (Alba, 1999), la traductora Rosa Sala ya apuntaba algo que Goethe le dijo a Eckermann en 1831: «Un hecho de nuestra vida no vale en la medida en que sea verdad, sino en la medida en que signifique algo». De modo que no es de extrañar que el concepto de “verdad” sobresalga enseguida en este trabajo de Simmel, que dedica a ello el segundo capítulo con un tono filosófico que intenta desgranar la riqueza y profundidad del pensamiento goethiano, la hondura de creer que lo verdadero estriba en conocer la relación que tiene uno consigo mismo y con el mundo exterior –no en vano, a Simmel, desde que se licenció en historia y filosofía en la Universidad de Berlín, le interesó principalmente la interacción social, dando un paso más adelante en el viejo precepto socrático “conócete a ti mismo”.

Ajeno a la filosofía

Mediante algunos de sus versos, diarios y aforismos, por ejemplo, Simmel aborda las sutilezas del punto de vista de Goethe con respecto a conceptos abstractos complejos, y hacia el final lo compara con otro de los autores de los que se hizo un experto, Kant. Este habría conseguido concluir, en sus reflexiones sobre la unificación de los grandes dualismos: naturaleza y espíritu, cuerpo y alma, que el problema no son las cosas, sino lo que sabemos acerca de las cosas, mientras que Goethe no construyó un sistema filosófico para llegar a semejante unificación de elementos; lo que él deseó fue “manifestar directamente su sentimiento del mundo”. Ello le llevaría a captar lo circundante de forma artística siempre, y en efecto a eso se dedicó cuando hizo los estudios que no versaban sobre literatura, como la botánica o los colores.

De alguna forma, Simmel quiere “traducirnos” la obra de Goethe al lenguaje filosófico, hasta que el artista se impone y le es imposible circunscribirlo a esos patrones estancos, acabando por aceptar la frase del genio: “Siempre me mantuve ajeno a la filosofía”. Su camino fue otro, muy distinto al de Kant, que siempre buscó urdir las unidades de principio subjetivo y objetivo, de la naturaleza y del espíritu. Para Goethe, ya la propia naturaleza “es producto y testimonio directo de potencias espirituales, de ideas que dan forma”, de modo que su postura ante la Vida, ante el mundo, descansa, si nos movemos en el plano teórico, “en la espiritualidad de la naturaleza y en la naturalidad del espíritu”. Un punto de vista tan precioso como enigmático que, más adelante, en el segundo tercio del siglo XIX, los trascendentalistas norteamericanos retomarán –Emerson y Thoreau, e incluso Whitman– al considerar que la espiritualidad interna del individuo está conectada con lo que ofrece el cosmos, en un proceso de cautivadora divinización y fe en la poética inmortalidad del ser humano.

Publicado en La Razón, 18-IV-2019

jueves, 18 de abril de 2019

Entrevista capotiana a Belén Rubiano


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Belén Rubiano.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
No puedo pensar en un lugar que, con esas condiciones, no acabara siendo un sepulcro. Ninguno.
 ¿Prefiere los animales a la gente?
No. Afortunadamente, no tengo que elegir. 
¿Es usted cruel?
No. La crueldad me da asco. Tendría que volver a nacer para ser capaz de ejercerla.
¿Tiene muchos amigos?
Pocos y excelentes, como cualquiera que tenga amigos de verdad.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Los amigos no se buscan, se encuentran y ellos ya vienen con un surtido muy variado de cualidades maravillosas y diversas.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Eso es imposible por definición. Si un amigo te decepciona: o erraste al considerarlo amigo o has fallado tú.
¿Es usted una persona sincera? 
Salvo para librarme de una multa o conseguir algún descuento en algo, procuro no mentir nunca. Creo que a partir de una edad, si tienes que mentir, tu vida no es gran cosa. Una vez que aprendes que cuando no quieres contar algo o no tienes nada bueno que decir, el silencio hace un gran trabajo, la mentira pasa a ser un esfuerzo obsoleto y tonto.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leyendo, pero porque la vida nunca me ha permitido responder: leyendo en mi velero, de puerto en puerto...
¿Qué le da más miedo?
La tortura y el dolor físico cuando este alcanza cotas inaceptables.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Creo que todo. Creo que, menos la primavera, nada va bien.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Lo que he sigo siempre: una gran lectora que intenta vivir sin hacer daño. Bueno, y editora, pero esas ya son fantasías de alto voltaje.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí. También es verdad que llamo ejercicio físico a caminar seis calles sin parar un taxi. 
¿Sabe cocinar?
Sí, y disfruto muchísimo. 
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Preferiría que me dieran al personaje, que algo haría con él.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Hijo.
¿Y la más peligrosa?
Poder.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Sí, pero nunca lo llevé a la práctica. Dejé que el tiempo hiciera su trabajo y se me pasara.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Cuando volvamos a tener un partido de izquierdas, lo votaré. 
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Un gato como el que vive conmigo: burgués, no callejero. Soy de izquierdas, pero no tonta...
¿Cuáles son sus vicios principales?
De no ser porque a mi médico le he asegurado que ya no fumo, diría que el tabaco. No sé, será otro, tengo más.
¿Y sus virtudes?
Ser capaz de reconocer que tengo pocas me parece una virtud. Ah, y no soy pesada. Eso es mucho, ¿verdad?
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Mi hija, los ojos de mi hija. Sé que no vería nada más. 
T. M.

miércoles, 17 de abril de 2019

La granjera que mejor entendió a Virginia Woolf


La actualidad editorial en la que se ve inmersa Virginia Woolf –sus novelas más otros textos dispersos: diarios, cartas, crónicas de viajes, ensayos sobre sus autores favoritos...– indica un interés continuo por esa mujer de prodigiosa inteligencia demente, probable lesbiana de vida heterosexual o asexual con su fiel y paciente marido, Leonard Woolf, que la consideró un absoluto genio desde que la conoció y calificó cada una de sus escrituras de obra maestra. Desde que murió en 1941, metiéndose en el río Ouse con una piedra en el bolsillo de su vestido, a los cincuenta y nueve años, después de redactar dos cartas, una para su hermana Vanessa y otra para su marido en la que decía que temía volverse loca definitivamente, su figura como gran narradora no ha dejado de crecer, y la curiosidad por su vida ha generado un buen puñado de biografías.

No teníamos, en contraste a todo ello, algo primordial para valorar lo que significó la obra de Woolf cuando aún daba su escritura a la imprenta, lo cual queda compensado con este magistral estudio de una autora casi por completo desconocida para nosotros, Winifred Holtby, pues únicamente teníamos al alcance en español la reunión de diez cuentos “Remember, remember” (El Nadir Tres, 2009). Esta autora tendría una vida tan corta como intensa y dedicada tanto a las artes como al servicio público: abandonó sus estudios un año más tarde para servir en el Women's Auxiliary Corps, en Francia, hasta el final de la Gran Guerra; a su vuelta, vivió con la escritora pacifista y feminista Vera Brittain, hasta que esta se casó, con sólo veintiocho años fue nombrada directora de la revista feminista “Time and Tide” e ingresó en la League of Nations Union, organización británica cuyo propósito era garantizar la justicia internacional, además de colaborar en la sindicación de trabajadores negros en Sudáfrica. Sin embargo, todo se malograría en 1931, cuando se le diagnosticó la enfermedad de Bright y murió en 1935, a los treinta y siete años, tras consagrar su último tiempo a su novela “South Riding”, que acabó pero no pudo ya ver editada.

Insultos a su estudiosa

Holtby, que ya había publicado cuatro novelas, publicó “Virginia Woolf. Memoria crítica” en 1932 –a partir de un encargo para la colección “Escritores modernos vistos por otros escritores modernos”–, cuando Woolf había dado poco atrás “Las olas”, novela de la cual está extraído su epitafio: «Contra ti me alzaré invicta e implacable, oh muerte». Y eso ha estado haciendo la autora londinense durante las últimas ocho décadas, alzándose gracias a su incomparable obra narrativa –pura poesía en prosa, como no tarda en indicar su estudiosa– y, lo que es menos conocido, crítica, pues destacó como una lectora absolutamente prodigiosa. Woolf no se consideró nunca un crítico literario, diciendo que lo que hay son meros recensores de textos pero no verdaderos críticos, a propósito de la dificultad de enjuiciar obras del presente. Cosa que Holtby consigue con esmero, haciendo evidente que el magnetismo que despierta la autora londinense ya sucedió en vida de esta, de modo que, de haber podido verlo si el destino le hubiera deparado una existencia más longeva, no le hubiera extrañado ver que Woolf ha llegado a ser todo un icono literario, como lo demuestra el hecho de su hogar en Monk’s House sea hoy un lugar turístico.

El traductor Carlos Manzano, en el prefacio, habla de cómo contactaron ambas autoras, en principio con una Woolf agradecida y satisfecha de tal inesperada admiradora, pero luego ruda en sus comentarios que hizo de ella en sus diarios, con palabras despectivas. Y añade: “Los insultos de Woolf son en parte una mascarada de indiferencia y frivolidad para disfrazar su ansiedad respecto al primer estudio crítico escrito en inglés sobre ella, pero también intervienen al respecto diferencias profundas de clase, formación cultural y punto de vista estético”. Y es que la refinada Virginia no podía ser más diferente de la Winifred que se había criado en un medio agrícola de North Yorkshire pero que, con una gran determinación e inteligencia, logró un libro que, pese a las inexactitudes que luego dijo mostrar Woolf, fue realmente audaz y nos empuja directamente a lo más importante: leer o releer las obras de la autora de “La señora Dalloway”.

En esta obra, y en “El cuarto de Jacob”, y en “Al faro”, se detiene Holtby con observaciones estupendas, después de realizar un boceto biográfico de Woolf y hablar de sus primeros relatos –“La travesía”, “Noche y día” o “Lunes o martes”–, en torno a los cuales se atreve a señalar imperfecciones bien argumentadas. Incluso dedica todo un capítulo a considerar ciertos escritos de su objeto de estudio desde un enfoque cinematográfico y, como no podía ser de otra manera en una persona que se interesó tanto por el feminismo, ofrece jugosas meditaciones en torno a la bisexualidad de Orlando relacionando a este personaje con “Una habitación propia”, pues “la Sra. Woolf crea sus personajes masculinamente femeninos y femeninamente masculinos”.

Publicado en La Razón, 11-IV-2019

martes, 16 de abril de 2019

Entrevista capotiana a Antonio Tocornal


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Antonio Tocornal.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Una isla dentro de otra isla dentro de otra isla. Es decir, el lugar donde vivo. La primera isla es Mallorca. La segunda es un entorno en las afueras de un pueblo pequeño, en el campo. La tercera es mi casa, que está muy aislada: el vecino más cercano está a centenares de metros. Solo necesito Internet para tener acceso a libros.
¿Prefiere los animales a la gente?
Prefiero mis perros a la mayoría de la gente. Prefiero la mayoría de mi familia a la mayoría de los animales. Tengo una relación honesta y equilibrada con mis gallinas: yo les doy comida y ellas a mí huevos, y ahí se para la cosa. Pocas relaciones con humanos son así de simples y equilibradas. Prefiero cruzarme con una cucaracha ―odio las cucarachas― que con ciertas personas. De todas las personas, me quedo con mi compañera M. y con mi perra Jazz. De todos los animales, me quedo con la langosta Thermidor.
¿Es usted cruel?
No. ¿Para qué?
¿Tiene muchos amigos?
No. Ninguno.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
No tengo amigos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No tengo amigos. Mis perros no me decepcionan.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí. Demasiado. No sabe usted la de problemas que eso ocasiona. Aún así, me gustaría llegar a una sinceridad completa en lo que escribo, pero eso es muy difícil. Estoy en ello. Cuesta mucho librarse de la losa de tabúes que todos arrastramos.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Una de mis preocupaciones principales en este momento de mi vida es aprender a perder el tiempo sin sentirme culpable. Me gusta buscar el sol cuando hace frío y la sombra cuando hace calor. Y perderme en un libro y en un buen vino, y en mis pensamientos, hasta que una idea madura se cae de mi cabeza y de ella brota algo literario.
¿Qué le da más miedo?
La Administración. Así, con mayúscula: una «A» mayúscula que denota arrogancia y gusto por demostrar la posesión del Poder. «Poder» también con mayúscula.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Constatar que la mayoría de las personas son, de forma voluntaria, víctimas del pensamiento dirigido; que están a gusto en la zona de confort que supone el que otros piensen por ellos y que, desde ese estado alienado, se sigan viendo a sí mismos como revolucionarios, aunque no les falte su viaje anual a la Riviera Maya, el último iPhone y Netflix.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Podría ser el farero en un islote desierto y alimentarme de erizos, de pulpos y de higos frescos en verano y secos en invierno, y orinar donde me viniese en gana y que el barquero me trajese libros y vino de vez en cuando y limones para aderezar los erizos y un sombrero de paja y anzuelos para pescar. Eso estaría bien.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Camino cada día cuatro kilómetros con mis perros, nado uno sin ellos y tengo un huerto grandecito que no se cuida solo, aunque no creo que eso pueda interesar a nadie.
¿Sabe cocinar?
Sé hacer la mejor tortilla de patatas (con cebolla) y el mejor gazpacho (sin cebolla) del mundo, aunque no lo he sometido a un jurado suficientemente amplio, cualificado ni imparcial, ni tengo la intención de hacerlo. Mi lechona al horno de leña tampoco está mal. Sé buscar cosas en Internet y aplicarlas con resultados más o menos aceptables.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Dizzy Gillespie y a Chano Pozo y a lo que hicieron juntos.  (¿Tiene que ser el Reader’s Digest?)
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
No hay ninguna palabra en ningún idioma que contenga esperanza de forma global. En cualquier caso, las hay que pueden contener pequeñas ilusiones de esperanzas personales ―unas diminutas esperanzas-trampantojo― aunque muy limitadas en su alcance.
¿Y la más peligrosa?
Líder.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Casi siempre.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Que me dejen en paz.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Como a un personaje de un cuento mío, me hubiera gustado haber sido el gran trompetista negro de jazz del Nueva York de los años cincuenta. Tener dientes de oro; que me llevasen a los conciertos de los garitos de la calle 52 en un Buick Riviera burdeos, un Studebaker Golden Hawk color vainilla o un Cadillac Eldorado azabache; tomar bourbon y drogas, y que, al acabar de tocar, me esperasen muchachas malas de piernas largas y labios de coral, con vestidos ceñidos como fundas y abiertos por un costado, hasta asomar el encaje de unas medias hipnóticas. Eso habría estado bien.
¿Cuáles son sus vicios principales?
El vino, el chocolate y el pensamiento crítico.
¿Y sus virtudes?
El ascetismo y que no me meto en la vida de los demás. Además poseo unos glúteos firmes y torneados por la natación.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Da la casualidad de que ya le he visto la cara a la muerte y no es tan mala como la pintan. Dicho esto, no me gustaría morir en el agua: hace frío. Dentro del esquema clásico, para ceñirme a la pregunta de Capote, tal vez a la hora de la muerte me visitaría la idea de que ya pudo Truman Capote haberse trabajado más esta entrevista.
T. M.

lunes, 15 de abril de 2019

Entrevista por "El gran impaciente. Suicidio literario y filosófico" en Radio 4


El pasado 8 de abril, tuve el placer de acudir a Radio 4, para una entrevista con Silvia Tarragona, tan atenta siempre a mis libros, sobre El gran impaciente. Suicidio literario y filosófico. Se puede escuchar, en su programa De Boca a Orella, desde el minuto 37.

domingo, 14 de abril de 2019

Entrevista capotiana a Emilio Lara


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Emilio Lara.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Una ciudad. De Europa.
¿Prefiere los animales a la gente?
No.
¿Es usted cruel?
Esta pregunta lleva implícita la respuesta: no.
¿Tiene muchos amigos?
Un puñado. Conocidos, muchos más. Colegas, ninguno, pues nunca me ha gustado el colegueo.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Lealtad, inteligencia y un mundo interior interesante.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No, por eso los escojo con cuidado.
¿Es usted una persona sincera? 
Me gusta la mezcla de sinceridad expansiva y diplomacia.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leyendo, escribiendo, paseando, viajando, pensando y estando con gente a la que quiero.
¿Qué le da más miedo?
Algunas enfermedades.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La mala educación y las malas formas.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Dar clases (lo hago).
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Pasear.
¿Sabe cocinar?
Soy un hacha haciendo algún tipo de pasta. Y controlo el microondas y el tostador de pan.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
De Gaulle o Churchill.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Amor.
¿Y la más peligrosa?
Resentimiento.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
¿Con mis propias manos?
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Toda la órbita del liberalismo.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Soy un profesor que escribe y me gustaría ser un escritor que da clases.
¿Cuáles son sus vicios principales?
¿Confesables? La lectura.
¿Y sus virtudes?
La creatividad y la lealtad.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
La de quien más me quiere.
T. M.

sábado, 13 de abril de 2019

El escritor influyente



Gonzalo Navajas, catedrático distinguido de Literatura Moderna, Historia Intelectual y Cine en la Universidad de California, Irvine, ha destacado como estudioso dentro del campo de la teoría y crítica literaria e historia intelectual, con libros magníficos en torno a la modernidad cultural, y con este trabajo, que lleva por subtítulo «De los años 30 a la posmodernidad», se ha superado en su constante ánimo investigador. Y es que su punto de partida no puede ser más interesante: cómo «el pensador, y en particular el escritor en el siglo XX, se transforma de observador e intérprete de su tiempo en participante activo del desarrollo colectivo, político y social». De tal modo que el también novelista –su última historia fue «El manuscrito Durruti» (Alfar, 2014)– se encargará de analizar el pensamiento de algunos intelectuales que, lejos de quedarse en una convencional pasividad, incidieron en la política y sociedad de su tiempo, con el paradigmático precedente de Émile Zola y el caso Dreyfus, más sus novelas denunciadoras sobre la vida obrera.

Así, analizando muy sabiamente la «tipología del intelectual» en la pasada centuria, se fija para ello en el medio anglófono en el periodo de entreguerras, con el inevitable George Orwell, pero también en nuestro país, con Unamuno y Gil de Biedma, además de D’Ors, Azaña y Ortega y Gasset, para él «tres autores determinantes. Asimismo, el lector podrá adentrarse en asuntos que tienen que ver con la moralidad, para lo cual cita a Benjamin, el Estado o el humanismo político, en torno al cual surge la figura de Salvador de Madariaga. Por último, el autor aporta un decálogo con un contenido en verdad atractivo: «el perfil futuro del intelectual», en el que aboga por una reconfiguración del escritor para que restablezca su ascendencia cultural y, lo más importante en el terreno que este libro nos invita a explorar, pública.

Publicado en La Razón, 11-IV-2019

viernes, 12 de abril de 2019

Entrevista capotiana a Dolores Payás


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Dolores Payás.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Lo elegí ya. Tan solo me falta quedar definitivamente atrapada en él. Es un lugar bello y silencioso, que se mira en el mar. Retirado, muy pequeño. Una docena de familias, un pope desgreñado, cuatro cabras y muchos gatos. En Grecia, mi país de adopción.
¿Prefiere los animales a la gente?
Los animales, al igual que la gente, tienen diferentes personalidades, y algunas me son más simpáticas que otras. Pero no, no los prefiero a las personas. Me gustan, sí, pero viviendo como animales, jamás como personas.
¿Es usted cruel?
No, no y no. Me lo tengo prohibido.
¿Tiene muchos amigos?
Más de los que merezco. Soy solitaria, a menudo algo escurridiza y hasta un poco huraña. Y, sin embargo, hay muchas personas dispuestas a quererme y soportarme. Les estoy muy agradecida.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Sentido del humor, inteligencia, generosidad. Por encima de todo, apetito vital. La insipidez me provoca melancolía aguda.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No. Ni amigos ni parejas. Me considero la única responsable de mis expectativas, incluyendo las afectivas. No creo tener derecho a esperar nada de nadie. La palabra decepción me repele, no la uso jamás, ni admito que se use conmigo. Lleva una carga implícita de chantaje: hace culpable al otro del incumplimiento de unas aspiraciones personales casi siempre demasiado subjetivas. Es una palabra manipuladora. Es juego sucio, no vale.
¿Es usted una persona sincera? 
Depende del interlocutor. Si me invaden o acorralan, me defiendo. En ese caso me escondo y falseo sin complejos.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
No sé lo qué es eso. Atesoro mi tiempo como Scrooge sus monedas. Pero mis aficiones, pasiones y trabajo coinciden y se solapan. Tengo unas rutinas deliciosas, más o menos siempre las mismas. Escribo, leo, nado, camino, escucho música, vagabundeo, estoy con gente estimulante a la que quiero. Cocino, “jardineo” (¿por qué no tenemos verbo para eso?)
¿Qué le da más miedo?
La crueldad, la mezquindad, el puritanismo, las sombras. La sordidez, va todo junto.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La codicia generalizada, el afán por poseer, el lujo obsceno. La creciente deshumanización: caminamos hacia los paraísos “orwellianos” y a todo gas. El estado actual de la política; el bien colectivo ya no interesa a nadie, ni tan siquiera es objeto de discusión. El cinismo; la falta de compasión y la indiferencia por la justicia han calado muy hondo en todas las capas sociales. Vivimos en un clima de “Cosa Nostra” permanente. Solo amamos y cuidamos a los nuestros, a los de casa, a los de la tribu. La suerte de los “otros” nos es cada vez más ajena.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Una vida no creativa me resulta inconcebible. De haber tenido talento, hubiera podido invertir esfuerzos y energías en Ciencias. También en cualquier tipo de investigación; estudios remotos e inútiles, tipo lenguas muertas, por ejemplo. En campos menos trascendentes, hubiera sido una alegre cocinera y una jardinera feliz. También una aventurera capaz. O una de esas pioneras que conducían carretas traqueteantes camino del Far West. En ese caso hubiera parido diez hijos, levantado una cabaña y cultivado la tierra. Mi camada se hubiera reproducido geométricamente y yo hubiera finalizado mis días como matriarca formidable. Delirios divertidos.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Actividad, más que ejercicio. Nada que suponga competición. Camino (en el campo, a ser posible) y nado (en el mar) a diario. Trajino muchas cosas en la casa y el jardín. Me agrada cansarme, el esfuerzo físico me estimula y a la vez me apacigua.
¿Sabe cocinar?
Sí. Mucho, y además lo hago muy bien. Buena pregunta, de lucimiento personal relajado: este es uno de esos temas en que la inmodestia no ofende a nadie.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Emily Brontë. ¿Qué pasaba por la cabeza de este bello monstruo? Crear semejante mitología -única, intransferible- desde los confines de su pequeño mundo... Regresé a los Moors hace poco, se me saltaron las lágrimas (para variar). Esos páramos siempre consiguen conmoverme de manera muy honda. Ellis Bell es uno de los grandes enigmas de la Literatura Universal.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Φιλότιμό Quizá la palabra más relevante en Grecia. No tenemos traducción precisa (“amigo” y “honor” resultan insuficientes). Φιλότιμό significa afrontar la vida y sus avatares en base a una serie de códigos de honor: generosidad, hospitalidad, amor, respeto, autoestima, dignidad, coraje, verdad…
¿Y la más peligrosa?
Religión (monoteísta, excluyo a la comparsa del Olimpo).
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No activamente. Regodearme con la idea de su muerte -potencial-, sí. Pero han sido arrebatos cortos y escasos. Un par de veces en mi vida, creo. No más.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Izquierda desacomplejada tirando a anarquista. No me siento cómoda bajo los púlpitos, sean de derechas o de izquierdas. El ridículo moralismo dictado por ese engendro moderno llamado “lo políticamente correcto” me parece una de las grandes pesadillas del momento que vivimos. Es algo peor que un fastidio, es una cortina de humo; debatimos tediosamente cuestiones menores eludiendo los grandes problemas esenciales.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Creo que lo mismo que soy, pero quizás -sólo quizás- con la suficiente sabiduría como para rectificar algunas elecciones temerarias de mis épocas juveniles. Hubiera debido ponerme a escribir mucho antes, y estudiar montón de maravillas en vez de andar por ahí correteando tras la vida y sus festejos. Pero también es cierto que entonces tendría menos material sobre lo qué escribir. Bien pensado, mejor lo dejamos tal y como está.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Impaciencia, velocidad excesiva en casi todo, muy en especial a la hora de llegar a conclusiones. Propensión a la sobreexcitación, a las tormentas cerebrales, al insomnio y a la ansiedad.
¿Y sus virtudes?
Incombustible amor a la vida, una capacidad de disfrute colosal. Y un carácter alegre, resistente a las frustraciones. Apenas tengo altibajos, casi siempre estoy contenta.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
El esquema clásico dicta revisar los momentos de clímax. Amén. Serían trascendentes y profanos (si es que existe algo así, no creo). Mis grandes amores, los que he podido tocar y acariciar, también los que he gozado solo con la mente. Mis hijas, mi nieta, los dos hombres fundamentales de mi vida. Mis pasiones literarias, esos autores que me han procurado una felicidad impagable, que me han hecho volar y perder la cabeza (a menudo más que los amores terrenales). Casi todos ya muertos, reunirme con ellos no sería tan mala cosa. Y, naturalmente, las imágenes llevarían pista de sonido. Una banda sonora personal, pincharía seguramente el concierto de violín de Brahms y la Fantasía para piano de Schumann y la Balada 2 de Chopin y uno de los Sonetos del Petrarca de Liszt, pero también un par de boleros, una canción griega y hasta un chamamé argentino. Me temo que no me daría tiempo a más. Lástima.  
T. M.