lunes, 9 de diciembre de 2019

El vanguardista tedioso


A Peter Handke hay que reconocerle su constante vanguardismo pese a que va hacia la edad octogenaria. Esa es su ventaja frente al resto de autores actuales, tantas veces con presupuestos literarios conservadores, pero también su hándicap, pues con su literatura se distingue pero también se enrarece. Y “La ladrona de fruta” (traducción de Anna Montané Forasté) no es una excepción, desde luego. El relato queda marcado por el punto de vista narrativo, el hombre que está emprendiendo un trayecto y divaga sin parar, desde un inicio en el que piensa en picaduras de abeja y se pregunta sobre el silencio circundante u oye un grito de mujer. El detalle alrededor es trasladado al lenguaje, y la novela se desarrolla entre ese desbordamiento de monólogo interior y un objetivo argumental: volver a ver a la muchacha que protagoniza el título.

Esa obsesión nutre las páginas (excesivas para lo que se cuenta): “Sí, por fin conseguiría ver a mi ladrona de fruta; hoy no, mañana tampoco, pero pronto, muy pronto, y la vería como una persona, entera, y no meramente en los quiméricos fragmentos que, durante todos los años anteriores, por lo general, entre la multitud y, además, siempre solo de lejos, habían aparecido ante mis ojos envejecidos infundiéndome otra vez nuevos ánimos”. Es un mero ejercicio literario, que podría extenderse sin cesar, pues lo referencial a lo largo del camino –ora el pensar en mariposas, ora pensar que lleva tres cartas sin abrir–, con el trasfondo de recordar que una única vez la tal ladrona le dirigió la palabra al que nos habla, se transforma en un cajón de sastre, en un soliloquio que, buscando el autoanálisis minucioso, alcanza el tedio literario más absoluto.

El protagonista se adentra en el interior del país, en el departamento de Oise, mientras se ve como un hombre “ilegal”, se relaciona con la gente con la que se encuentra –ve detrás de un columpio a la cajera del supermercado, lo cual para él es una “transformación”; se trata de alusiones como esta–, y como cabría esperar, Alexia, el objeto de su viaje, acaba siendo una excusa para el movimiento del personaje. Un tren en el centro de París hacia la Picardía facilita a Handke seguir colocando a su observador entre mil asuntos que desentrañar, pero el simplismo rige el texto hasta hacer de este algo ilegible en el sentido de estéril: es como si lo joyceano estuviera defectuosamente interpretado, pues tampoco el autor se muestra transgresor, no explota el viaje iniciático ni lo obsesivo del recuerdo de la ladrona, de la cual conocemos que había vuelto de Rusia a París y estaba buscando a su madre desaparecida, tras encontrarse con su padre, que le da una serie de consejos. De tal modo que el narrador se convierte en su biógrafo, por así decirlo, lo cual no evita, desde la página 115, «hora de contar cómo llegó a ser “La ladrona de fruta”», que las rarezas de esta obra devengan un relato atractivo más allá de su apuesta nada convencional.

Publicado en La Razón, 5-XII-2019

domingo, 8 de diciembre de 2019

Entrevista capotiana a Eduardo A. Vidal


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Eduardo A. Vidal.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Supongo que escogería quedarme donde resido en la actualidad, en París. Exceptuando la amenaza siempre latente del terrorismo islamista, los patinetes eléctricos de alquiler y el riesgo que supone la exposición diaria a partículas finas, se vive bien por aquí. 
¿Prefiere los animales a la gente?
Depende de a qué animales y a qué personas nos estemos refiriendo. Si como compañero de celda tuviese derecho a elegir únicamente entre dos candidatos y uno de ellos fuera José Rabadán (el asesino de la catana) por ejemplo, y el otro fuese un dragón de Komodo adulto... es evidente que escogería al homicida. Por otro lado, si como compañero de piso me obligasen a elegir entre convivir con Risto Mejide o hacerlo con una escolopendra gigantea… (suelta, sin terrario ni hostias) francamente no sabría por cuál de ambos decantarme.
¿Es usted cruel?
La Naturaleza es cruel, ¿cómo no iba a serlo yo, que soy obra suya? Somos niños asustadizos empeñados en preservar el patrimonio material, social, cultural, sentimental y sexual que tanta paciencia y esfuerzo nos ha costado conquistar. Cuando las cosas no se dan como esperábamos nos embarga la frustración, es entonces que entrenamos la crueldad aplicándola contra nosotros mismos auto-recriminándonos con crudeza fallos garrafales o desatinos irrelevantes. En mi caso, la única crueldad que me permito con mis semejantes es tejer conclusiones ponzoñosas, raras veces lanzadas (de manera frontal) contra los objetivos que motivaron sus respectivas génesis.
¿Tiene muchos amigos?
Sí, no me puedo quejar.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Lealtad, y que me sorprendan.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Sí, sobre todo los fines de semana. Esos cabrones se van a dormir cada vez más temprano.
¿Es usted una persona sincera? 
Menos de lo que quisiera.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Levitar. Rememorar. Experimentar. Saborear. Valorar. Hallar. Analizar. Crear. Parodiar. Reír. Fumar. Aspirar. Mandibulear. Eyacular. Profundizar. Sopesar. Narrar. Gozar.
¿Qué le da más miedo?
Los arácnidos, la miseria, la soledad, el calentamiento global, la generación Millennial, la Post-Millennial y el cáncer.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Las mentalidades victimistas.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Nunca he llevado una vida creativa, mi historial laboral es una sucesión de empleos monótonos y embrutecedores. Abandoné los estudios a los quince años, desde entonces y hasta ahora que tengo casi treinta y cuatro, comparto estrato social con el proletariado.   
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
De vez en cuando camino.
¿Sabe cocinar?
Sí, o al menos eso espero ya que así me gano la vida. Por otro lado, disfruto mejor comiendo lo que otros cocinan.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A David Báez, el hombre que susurraba a los bonsáis. Mesías del descampado y musa en The Bonsai Whisperer, un retrato musical compuesto por Arturo Albero.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Amol.
¿Y la más peligrosa?
Nuclear.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Todos, en horas bajas, hemos fantaseado con la omnipotencia.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Esta pregunta me recuerda dos lecturas que tengo pendientes y he ido evadiendo por pereza: El mito de la izquierda de Gustavo Bueno y Los enemigos del comercio, de Escohotado.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Uno de mis gatos.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Los narcocorridos, admirar a mi esposa, obedecer a La Morsa, la verborragia, Alicante, y el ajoblanco (tanto el casero como el industrial).
¿Y sus virtudes?
Desconozco la envidia malsana.   
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Me vi enfrentado a esa situación en dos ocasiones, primero a los doce años en un arroyo de Paysandú (Uruguay) y luego a los veintitrés en el Mediterráneo. En ambos casos no fueron imágenes sino un montaje de escenas, una pesadilla introspectiva proyectada en la jodida antesala de la Nada, un resumen atropellado de recuerdos, la misma nostalgia concluyente a la que tienen acceso las conciencias ordinarias durante una sesión de terapia psicodélica. Veinteañero desencantado con la realidad, no le hagas caso a las estrellas del trap nacional, meterte farlopa y apaciguar las ansias con codeína no hará de ti un personaje cool. La vida mola, entérate: Pachamama Enteógena y el legado de Abert Hofmann quieren verse contigo a solas, tienen algo que enseñarte.
T. M.

sábado, 7 de diciembre de 2019

Dos amigos Nobel en el balneario


En 1951, Hermann Hesse publicaba un libro donde reunía las cartas que había enviado a diversos escritores. Esto era así porque, como bien indica Josep Maria Carandell, “las cartas de los intelectuales son tan públicas como sus obras”. Lo dice en el prólogo de 1977 que en su día acompañó esta edición, ahora reactualizada y con añadidos, que contó con la traducción de Juan José Solar (ahora ampliada y revisada por Laura Sánchez Ríos). En el prólogo, el gran especialista en la obra de Gaudí y de la geografía catalana mostraba la teoría de que en los países nórdicos, en contraste con los mediterráneos, tenía una importancia muy seria las comunicaciones por carta al considerarlas “documentos y pruebas que algún día serán conocidos por el público”. Una voluntad de difusión, lo cual implicaría cierta rigidez en las formas, ausentes de cordialidad efusiva, por ejemplo, prima en este tipo de textos entre, por lo demás, dos autores de personalidad introspectiva y hasta atormentada.

Hace unos pocos años nos quedamos impresionados por el Hesse que aparecía en el libro de Bärbel Reetz «Las mujeres de Hermann Hesse», a raíz de las tres esposas que tuvo y el mal trato a las que las sometió. Y es que el escritor germano-suizo mantuvo una tormentosa relación con tres mujeres que se dieron con una entrega sin límites, pero que recibieron poca cosa a cambio: abandono, humillación, rechazo. El tópico de que a veces es mejor no conocer en persona al artista al que se admira se ejemplificaba con un trío de admiradoras que soportaron una gran soledad con tal de estar con el famoso escritor. La primera acabó en un psiquiátrico, a la segunda Hesse hizo que no apareciera citada en la biografía que de él hizo su amigo Hugo Ball, y la tercera al menos se llevó lo que ansiaba pese a que Hesse se casó con ella a regañadientes: acompañar al premio Nobel 1946, codearse con el mundillo literario y cuidar de su legado literario póstumo.

Por su parte, Thomas Mann está en perpetua actualidad editorial, pues una y otra vez surgen trabajos sobre una trayectoria que tuvo un reconocimiento precoz donde los haya: el eco de su primer gran éxito, «Los Buddenbrook» (1901), en Alemania sólo fue comparable al que obtuvo en su día el «Werther» de Goethe. Muy pronto, pues, a Mann le llegaría la fama y el prestigio, y se erigió, por voluntad propia, en el pope de las letras germanas, e incluso compitió con su hermano mayor, el novelista y dramaturgo Heinrich Mann, cuya obra siempre despreció por vulgar aunque públicamente le alabara. Un comportamiento muy propio de Thomas: la hipocresía más fina, como demostró el reputado crítico Marcel Reich-Ranicki, apoyándose en las cartas y en el diario del escritor. Es la actitud de un hombre serio, muy consciente de su talento y capacidad artística, seguro de sí mismo, de su trascendencia.

Alejarse de Alemania

Tal vez por eso ambas personalidades, que además pertenecieron a la misma generación, Mann y Hesse –este era dos años menor–, acabaron convergiendo tan bien aunque al inicio se vieron muy distintos, como queda claro en esta serie de epístolas que recorren el periodo 1910-1955 (la última corresponde a un Hesse lamentando la muerte de su colega, dirigida a su viuda) y que dan prueba de su admiración artística recíproca. Se conocieron en un hotel de Múnich, invitados por el editor de ambos, en 1904, y ya desde el comienzo se dispensaron una cortesía que no cesó durante décadas: «“El lobo estepario” me ha vuelto a enseñar, por primera vez después de mucho tiempo, lo que significa leer», le dice Mann en 1928, para dos años más tarde, al contestar una encuesta de un medio de comunicación sobre los mejores libros del año, decir que “Narciso y Goldmundo” es un “libro extraordinario por su inteligencia poética y la conjunción de elementos de la tradición romántica alemana, de la psicología moderna e incluso del psicoanálisis que en él se opera”.

Por su parte, Hesse da buena cuenta de su carácter hablando a su amigo de que se siente tan alejado de la Alemania de la Gran Guerra como de la de los años treinta, con fenómenos que le parecen absurdos, y naturalmente agasaja a Mann; es el caso de su comentario a un libro sobre Goethe y Tolstói, en el que “no pretende usted atenuar, simplificar y cohonestar, sino precisamente hacer hincapié y profundizar en la problemática trágica”. Curas de salud y mensajes sobre planes conjuntos de verse en St. Moritz, el gusto por la obra de ciertos autores –Knut Hamsun o André Gide–, asuntos relativos a la burocracia de las academias se suman a anécdotas curiosas, como cuando Mann cuenta que un tipo le envió un ejemplar carbonizado de uno de sus libros por haber hablado mal de Hitler. Y como trasfondo, ese desapego a Alemania, pues ambos cambiaron de nacionalidad, en un camino, al decir de Hesse, “de lo alemán a lo europeo y de lo actual a lo supratemporal”. Y ciertamente libros como este demuestran que Hesse y Mann han permanecido más allá del tiempo que les tocó vivir, siendo inmortales en su obra y, también, en sus biografías.

Publicado en La Razón, 5-XII-2019

viernes, 6 de diciembre de 2019

Entrevista capotiana a C. A. Yuste


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de C. A. Yuste.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
En mi cocina. A poder ser llevándomela a una isla paradisíaca con discotecas y playas de arena antiadherente. Pero si no se puede elegir la ubicación de mi cocina, en mi casa está muy bien.
¿Prefiere los animales a la gente?
Me encantan los gatos, pero sin duda prefiero a las personas.
¿Es usted cruel?
Sí. No me agrada confesarlo, pero en ocasiones reconozco que puedo ser verdaderamente cruel.
¿Tiene muchos amigos?
Tengo amigos en muchos sitios. Y siempre que puedo procuro hacer nuevos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Pues en principio no busco ninguna cualidad. O al menos nunca me lo había planteado. Supongo que me hago amigo de alguien sencillamente porque me cae bien. Pero si ahora pienso en el conjunto de mis amigos, la verdad es que, antes que nada, todos son buenas personas.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Afortunadamente no.
¿Es usted una persona sincera? 
Mi padre decía que mentir es engañar a alguien para hacerle daño. Soy travieso y me gusta engañar, tomar el pelo, pero no para hacer daño. Digamos que más que sincero, lo que no soy es mentiroso.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Encerrado en mi habitación, tumbado en la cama leyendo o mirando el móvil.
¿Qué le da más miedo?
Nada me da más que yo mismo. Me inquieta mucho más poder llegar a ser victimario de alguien que víctima de algo.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La crueldad, la injusticia, el fanatismo... hay tantas cosas.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Siendo escritor soy también profesor, conferenciante, bombero forestal en verano y amo de casa. Creo que sería lo mismo pero sin escribir.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Hago rutinas Tabata, abdominales y otras perversiones adquiridas en mis veranos bomberiles. Espero que con los años llegue a superarlo.
¿Sabe cocinar?
Y muy bien, además. No todo, desde luego, pero las legumbres, los arroces, los purés, las verduras y los estofados me suelen quedar deliciosos. Y no lo digo yo, que conste, lo dicen mis hijos, mis compañeros del parque de bomberos o mis amigos en la sociedad gastronómica.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Stefan Zweig. Soy muy poco mitómano, pero me encantaría parecerme a él. Es un gran ejemplo de la Europa que pudimos ser y nosotros mismos nos arrebatamos.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Pues precisamente “esperanza”. Es una palabra y un nombre propio que me encanta.
¿Y la más peligrosa?
Todas las palabras pueden ser realmente peligrosas. Las palabras son pequeñas armas de destrucción masiva. Afortunadamente también sirven para construir.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Muchas. Y de las maneras más extravagantes que se te puedan ocurrir.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Soy socialista. Desde luego veo aportaciones muy interesantes en otras ideologías, pero con el socialismo es con la que más me identifico.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Invisible. Menuda juerga. Ahora, si he de ser algo “posible”, prefiero quedarme como estoy: soy esposo, padre, hijo y hermano. Me sobra.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Cuando llegan los sanfermines prácticamente todos
¿Y sus virtudes?
Cocino bien como ya he dicho. Y, por lo que dicen los compañeros de blablacar con los que he viajado, también debo ser buen conversador.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Pues el caso es que no se me pasó ninguna. Cuando era pequeño casi me ahogo en una piscina, hasta que un amigo de mis abuelos se tiró a sacarme del agua y aún me acuerdo de que lo único que veía era a la gente de la orilla, ninguna imagen ni luz al final del túnel. Igual no me ahogué lo suficiente, pero el susto fue tremendo.
T. M.

jueves, 5 de diciembre de 2019

Reportaje sobre Camilla Läckberg en "Qué Leer"


En el número 252 de Qué Leer, correspondiente a junio de este año, publiqué un extenso reportaje, que titulé "Una bella y brutal venganza", sobre la autora sueca Camilla Läckberg, a partir de su nueva novela Una jaula de oro (Maeva).

miércoles, 4 de diciembre de 2019

Entrevista capotiana a Carlos Fernández


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Carlos Fernández.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Esa simple idea me causa angustia.
¿Prefiere los animales a la gente?
A la Gente.
¿Es usted cruel?
Creo que no.
¿Tiene muchos amigos?
Los justos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Lealtad.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Muy rara vez.
¿Es usted una persona sincera? 
Lo intento.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Escribiendo.
¿Qué le da más miedo?
Defraudar a los que confían en mí.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La mezquindad humana.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Lo que hago ahora, por ahora escribir no me da de comer.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí, artes marciales, tanto occidentales como orientales, con armas y a mano vacía.
¿Sabe cocinar?
Sí, me gusta mucho.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Siempre me ha apasionado la vida de Quinto Sertorio, aunque solo tengamos pinceladas interesadas de unos y otros.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Concordia.
¿Y la más peligrosa?
Censura.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, tengo una moral.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Racionalmente liberales, sentimentalmente conservadoras y todo eso aderezado con ecologismo, que es compatible con cualquier ideología en una cabeza amueblada.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
No, la envidia es muy mala, centrémonos en mejorar como persona y no en ser otro.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Me cuesta mucho ponerme en marcha por las mañanas y la experiencia me ha demostrado que puedo caer en la indolencia.
¿Y sus virtudes?
Tengo buena capacidad de trabajo y lealtad.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
No hay mucho que imaginar, tuve asma toda mi infancia, estas demasiado preocupa tratando de tomar aire para preocuparte por otra cosa. Si el ahogo fuera total, solo cuando te das por vencido buscarías ideas pasa pasar el trance.
T. M.

martes, 3 de diciembre de 2019

Entrevista a Víctor del Árbol en "Qué Leer"


En el número 252 de Qué Leer, correspondiente a junio de este año, publiqué una larga entrevista a Víctor del Árbol con motivo de la publicación de su novela Antes de los años terribles (Destino).

lunes, 2 de diciembre de 2019

Entrevista capotiana a Óscar Eimil


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Óscar Eimil.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Mi casa de San José, en el Cabo de Gata.
¿Prefiere los animales a la gente?
Prefiero a la gente, por supuesto. Tengo una perrita ya mayor, Luna, a la que adoro, pero creo que en la vida conviene no perder la perspectiva de las cosas.
¿Es usted cruel?
Un poco…, a veces, pero no mucho.
¿Tiene muchos amigos?
Pocos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
La lealtad y la comprensión.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Casi nunca.
¿Es usted una persona sincera?
Bastante sincera. A veces, demasiado sincera. 
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Me encanta pasear por la playa siempre que no sea verano, leer cuando no escribo y hacer deporte en todas las estaciones del año.
¿Qué le da más miedo?
El dolor y la enfermedad.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Nada, ya peinamos canas.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Soy registrador de profesión, pero me hubiera gustado ser historiador. Siento que, al final del camino, me llevaré conmigo muchas páginas que no he tenido ni el tiempo ni la oportunidad de escribir.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí, mucho. Bicicleta y marcha atlética. Antes me encantaba correr. Era casi lo que mas me gustaba. Pero una lesión me retiró hace unos años.
¿Sabe cocinar?
Si, lo básico. Cocina de estudiante, diría yo.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Clint Eastwood. Aunque permíteme que cite también a Winston Churchill, un clásico en mi vida.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Amor.
¿Y la más peligrosa?
Demagogia.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Casi…
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Soy progresista en lo social y conservador en lo económico, que es, al final, la llave de casi todo lo demás.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Escritor.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Soy bastante obsesivo y un poco precipitado, como al contestar a esta entrevista.
¿Y sus virtudes?
Soy alguien en quien se puede confiar.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Las de todo el tiempo que he perdido.
T. M.

domingo, 1 de diciembre de 2019

Recomendando un libro sobre judíos ilustres en el programa de radio de Josep Cuní


Este pasado viernes recomendé, en el programa de la SER Aquí amb Josep Cuní, en la sección en la que colaboro, el libro Cuando Einstein encontró a Kafka. Contribuciones de los judíos al mundo moderno (Galaxia Gutenberg), de Diego Moldes.

sábado, 30 de noviembre de 2019

Entrevista capotiana a Elena Marqués


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Elena Marqués.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Macondo.
¿Prefiere los animales a la gente?
Depende del animal y de la gente. También depende del momento.
¿Es usted cruel?
No. No he sido entrenada para ello.
¿Tiene muchos amigos?
Creo que sí. Tengo muchas personas que me quieren. Habrá quien diga que amigos verdaderos, de los que nunca te fallan, hay pocos; pero ¿quién no falla alguna vez? No es cuestión de exigir perfección. Nadie es perfecto.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que me quieran como soy.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No. Vuelvo a repetir la famosa frase de la película de Billy Wilder: «Nadie es perfecto».
¿Es usted una persona sincera? 
No me gusta nada decir verdades que hagan daño, si es a lo que se refiere. Así que supongo que no, no del todo.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Escribiendo, leyendo, viendo cine, viajando. Aunque algunas parecen actividades individuales, en ninguna de ellas me estorba la gente. O, mejor dicho, en todas ellas prefiero que estén conmigo mi familia y/o mis amigos. Y en la uno y la dos, que me acompañe también mi gato.
¿Qué le da más miedo?
El dolor.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
El odio. Es el sentimiento del que deriva la mayor parte de los males del mundo. Y escapa a mi comprensión.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Aburrirme.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Debería.
¿Sabe cocinar?
Cocino porque hay que comer, pero no me gusta especialmente. Ah. Me ha preguntado que si sé. Sí, sé.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
¿Sólo uno? Bueno, como no puede replicarme, elegiría a todos esos personajes desconocidos, anónimos, olvidados, que se dedican a salvar vidas arriesgando las suyas.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Esperanza.
¿Y la más peligrosa?
La misma que me escandaliza: el odio.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, pero sí que he matado a muchos personajes en relatos y novelas. ¿Eso cuenta?
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
¿El desencanto es una tendencia política?
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Escritora. Ahora solo escribo.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Intuyo que los vicios y dependencias tienen algo que ver con la genética, y yo no he heredado esa necesidad de adquirir ni consumir nada. A no ser que se consideren vicios las contestaciones de la pregunta 8. Y acariciar gatos.
¿Y sus virtudes?
Soy muy trabajadora. Y eficiente. No me rindo con facilidad. Creo que soy buena «escuchadora», que inspiro confianza. Y pare usted de contar.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
No creo que se me pasara ninguna imagen. Solo pensaría lo mismo que estoy pensando al llegar al final de esta entrevista: «¿Ya se acaba esto? Pues qué pena...».
T. M.