sábado, 8 de agosto de 2020

Entrevista capotiana a Manuel Adrián López


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Manuel Adrián López.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Creo estar muy cerca de ese lugar. Es un pueblo de playa, una casita con patio para sembrar.
¿Prefiere los animales a la gente?
Algunas veces. De hecho, mi gata es uno de los grandes amores de mi vida.
¿Es usted cruel?
Todos lo somos un poco, a veces sin darnos cuenta. Intencionalmente, nunca creo haberlo sido.
¿Tiene muchos amigos?
Un puñado.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Lealtad. Saber que estamos cerca, aún en la distancia.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
He llegado a un punto en mi vida que nadie logra decepcionarme. No espero nada. Eso sí, los extraños siempre logran sorprenderme. Blanche Dubois en “Un tranvía llamado deseo” de Tennessee Williams dijo: “Siempre he dependido de la bondad de los extraños.” Yo digo lo mismo.
¿Es usted una persona sincera? 
Siempre.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leo, oigo música, tomo fotos, visualizo mi próxima estación.
¿Qué le da más miedo?
La manipulación disfrazada en ayuda.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
El comportamiento humano.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
No creo que podría llevar una vida sin crear, sin construir algo.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Camino.
¿Sabe cocinar?
Digamos que se puede comer, aunque con el tema del encierro me he aventurado y hasta he logrado ciertas recetas sin achicharrarlas.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A la poeta cubana, ya fallecida, Elena Tamargo. Era la estrella más brillante.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Fe, aunque sea a un pedrusco.
¿Y la más peligrosa?
Marxismo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No creo. Aunque pensándolo bien, volvería a matar a ciertos personajes ya muertos.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Lo mismo que en la religión, me mantengo al centro. Detesto el marxismo. Últimamente me siento más conservador, será por las maniobras de la izquierda radical que me parecen nefastas.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Quisiera ser un libro. No hay mejor sensación en la vida de uno, que el descubrimiento de un libro. Esa primera vez; el olor que emanan sus páginas, los rastros que otros han dejado. Definitivamente, quisiera ser un libro.
¿Cuáles son sus vicios principales?
El pan y la mantequilla.
¿Y sus virtudes?
Ser gente primero, todo lo demás viene después.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Entre sorbos de mar pensaría: ¿Quién se encargará de mi gata?
T. M.

viernes, 7 de agosto de 2020

Una joya de ciudad


Las calles que Dickens retrató en sus artículos costumbristas con los que se hizo famoso con poco más de veinte años; las calles donde Arthur Conan Doyle puso a caminar a Sherlock Holmes, aunando ciudad y misterio, como haría después Agatha Christie; las calles que miraba la «Mrs. Dalloway» de Virginia Woolf… Londres es uno de los imaginarios literarios más potentes que podemos encontrarnos, y sobre el testimonio que dejó de la ciudad Woolf ya tuvimos ocasión de conocer, como en el «Londres» (Lumen, 2005) que recogía seis pinceladas a la ciudad de 1931; en uno de estos textos, «El oleaje de Oxford Street», se leía cómo «la calle es un criadero, una dinamo de sensaciones. Del pavimento parecen brotar horrendas tragedias». Una sensación que sigue latente si continuamos buscando huellas letradas, como en el caso de J. M. Coetzee, que dejó escrito en su biografía «Juventud»: «Puede que Londres sea glacial, laberíntica y fría, pero tras sus muros intimidatorios hombres y mujeres trabajan escribiendo libros, pintando cuadros, componiendo música. Uno se cruza con ellos a diario por la calle sin adivinar su secreto gracias a la famosa y admirable discreción británica».

En el pasado, una de esas personas que escribieron libros y pintaron cuadros fueron Woolf y su hermana Vanessa, la cual se asoma a este libro, una edición realmente preciosa, “Paseos por Londres” (traducción de Lluïsa Moreno), mediante la carta que la escritora le escribió al decidir quitarse la vida. Y es que la actualidad editorial en la que se ve inmersa Virginia –sus novelas más otros textos dispersos: diarios, cartas, crónicas de viajes, ensayos sobre sus autores favoritos...– indica un interés continuo por esa mujer de prodigiosa inteligencia demente, probable lesbiana de vida heterosexual o asexual con su fiel y paciente marido, Leonard Woolf, que la consideró un absoluto genio desde que la conoció y calificó cada una de sus escrituras de obra maestra. Desde que murió en 1941, metiéndose en el río Ouse con una piedra en el bolsillo de su vestido, a los cincuenta y nueve años, después de redactar dos cartas, una para la citada hermana y otra para su marido en la que decía que temía volverse loca definitivamente, su figura como gran narradora no ha dejado de crecer, y la curiosidad por su vida ha generado un buen puñado de biografías, en las que naturalmente la capital británica tiene un peso preponderante.

Callejear y fascinarse

Ejemplo de ello es la presente novedad, prologada por Laura Freixas, que nos habla de que se incluyen seis artículos que Woolf escribió para una revista femenina, en 1931, más tres relatos, cuatro breves ensayos «y un texto maravilloso, “Street Haunting”, excelente muestra (figura en innumerables antologías) de ese género que en inglés se llama essay», mezcla de reportaje, autobiografía y artículo de opinión. En ese tipo de textos, Woolf demostró su gusto por observar innumerables rincones londinenses: abadías y catedrales, la Cámara de los Comunes, las casas de grandes hombres, los muelles, los jardines Kew Gardens… Le gusta, sobre todo, la variedad, dice Freixas: “Variedad de barrios: observa los matices estéticos y sociales que diferencian Piccadilly Circus de Savile Row, Whitechapel de Mayfair, Bond Street de Oxford Street, Hampstead de Cheyne Row”, y “variedad de objetos: acordeones, libros de segunda mano, broches, anillos, estatuas de mármol, tulipanes, pelucas, cigarrillos envueltos en papel plateado” en las páginas tituladas, tan significativamente, “Ruta callejera”.

Maravillosamente ilustrado, el libro está lleno de recuadros informativos que rodean todos estos fragmentos de la obra de Woolf relativos a Londres, y que nos llevan a conocer al Grupo de Bloomsbury, a cómo eran los ómnibus de la ciudad antiguamente, a los hogares donde vivió la autora y que sufrieron la destrucción por culpa de la guerra, a sus viajes a España o a la carta en la que se despidió de su marido antes de suicidarse. Y sobre todo, por doquier se respira la fascinación por cómo Londres la estimula a todas horas: “… me brinda una obra de teatro, una historia y un poema, sin dificultad alguna, salvo la de caminar por sus calles... Andar sola por Londres es el mayor descanso”, como apuntó en una ocasión. Para ella, como registró en su diario, la ciudad era una joya entre las joyas, algo que quedó por supuesto reflejado en sus novelas: “El cuarto de Jacob”, “La señora Dalloway”, “Las olas”, “Los años”. Desde su nacimiento, en  1882, y su infancia pasada en la casa familiar junto a Hyde Park.

Toda esa mirada que ahora podemos disfrutar gracias a iniciativas tan espléndidas como esta de La Línea del Horizonte tiene traslación directa a, si pudiéramos, nuestros pasos por el suelo londinense, pues aún hoy es posible gozar de algo que Woolf reseñaba: “Por fortuna, se empieza a llenar de casas de grandes hombres que el Estado ha comprado; se conservan íntegramente, con los sillones en los que se sentaban y las tazas con las que bebían, con los paraguas y las cómodas que utilizaban”. Se refería a las casas de Dickens, Samuel Johnson, Carlyle, Keats. A lo que habría que añadir la de la propia Woolf, que despierta tanto interés día a día, convertida en un icono literario, que su hogar en Monk’s House es hoy un lugar turístico.

Publicado en La Razón, 6-VII-2020

lunes, 3 de agosto de 2020

Entrevista capotiana a Pablo Núñez


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Pablo Núñez.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Gijón, donde resido. Pero, como no iba a poder salir nunca de aquí, le añadiría algunas calles del centro de Madrid y el Museo del Prado, por ejemplo.
¿Prefiere los animales a la gente?
En general prefiero a la gente, pero alguna excepción siempre puede haber.
¿Es usted cruel?
Creo que no.
¿Tiene muchos amigos?
Sí. Los amigos son una de las grandes cosas que nos pasan en la vida, un lujo que no cuesta tanto ni conseguir ni mantener: solo hay que apreciar lo que valen y actuar con ellos como nos gustaría que actuaran con nosotros.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Tengo amigos muy diferentes, tanto en sus formas de ser como en sus intereses, aficiones, etc. Todos me enriquecen a su modo.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Ahora mismo no recuerdo ningún caso.
¿Es usted una persona sincera? 
Siempre que la urbanidad o alguna situación extrema no exijan lo contrario.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leyendo, disfrutando de buen cine, asistiendo a un concierto…
¿Qué le da más miedo?
Equivocarme.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
En los últimos años ya estamos inmunizados contra los escándalos. La realidad ha superado a la ficción demasiadas veces.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Realmente, escribir ocupa una parte bastante pequeña de mi tiempo, y me siento a gusto así, sin que suponga una obligación profesional.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí. Fútbol sala, correr, algo de gimnasio y, de vez en cuando, senderismo.
¿Sabe cocinar?
Solo tres o cuatro platos.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Podría ser Ángel González.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
ἐλπίς.
¿Y la más peligrosa?
ὕβρις.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, por favor…
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
La libertad y la igualdad, y, en caso de duda, la primera de ellas.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Lo mismo que soy, pero mejor.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Quizá algún vicio secundario. Principal, pienso que ninguno.
¿Y sus virtudes?
He sabido rodearme de personas que merecen mucho la pena y de las que puedo aprender.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Imágenes de todas las opciones posibles e imposibles para salir a flote. No hay que rendirse nunca.
T. M.

domingo, 2 de agosto de 2020

Pessoa entre cafés y dulces



Degusto un café, con un pastelillo, en una cafetería conocida de otras veces, en la mejor compañía, llamada Amalia's Portuguese Flavours (Carrer del Comte d'Urgell, 132, Barcelona). El lugar, tan cálido y de trato tan agradable, está adornado por algo que es inevitable que me llame la atención, unas frases que comento con la dueña del local.

Son de Fernando Pessoa; típicas de él, muy familiares al evocar el tono de su heterónimo Alberto Caeiro, pero a la vez no logro recordarlas entre las mil y una lecturas que he hecho de él, y que han acabado en artículos, reseñas y libros míos. Aquí dejo la traducción de estas palabras iniciales de un texto largo, atribuibles a otro de sus heterónimos, António Mora, posiblemente de 1916, que al parecer el poeta envió a la revista Orpheu). Llevan por título "Aforismos Sensacionistas":


"Sentir es crear.
Sentir es pensar sin ideas, y por eso sentir es comprender, ya que el universo no tiene ideas."

Y como si la literatura llamara a la literatura, como si Pessoa, místico y trascendente siempre, quisiera hacerse presente en esta tarde de domingo en que ha sucedido una feliz merienda improvisada, mi compañera de mesa me regala los ojos con las páginas de sus dos últimos relatos escritos. Y el día luminoso de verano se hace luminoso por dentro.

sábado, 1 de agosto de 2020

Entrevista capotiana a Marc Pastor


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Marc Pastor.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Empezamos mal. ¡Que venimos de un confinamiento! ¡Déjeme viajar! Si tres meses ya han sido duros, no quiero imaginarme encerrarme para siempre. Pero le responderé: el planeta Tierra. Supongo que podría acostumbrarme a no tener que abandonarlo nunca.
¿Prefiere los animales a la gente?
No. Prefiero a la gente. Mi perro no sabe jugar a juegos de mesa. Intenté que una cobaya me preparara cocina japonesa sin éxito. El sexo con delfines es cuanto menos resbaladizo.
¿Es usted cruel?
Me impongo no serlo. A veces me tienta lanzar alguna respuesta hiriente para satisfacer ese lado perverso que huele la sangre y se lanza a por la presa, pero entonces lo escribo en un libro y se me pasa.
¿Tiene muchos amigos?
Aprecio a mucha gente, pero amigos amigos son muy pocos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que sean honestos, tengan sentido del humor y puedan mantener una conversación interesante.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
La última decepción que tuve con alguien a quien tenía por muy buen amigo es un aún reciente y dolorosa.
¿Es usted una persona sincera? 
Intento serlo en la medida que no hiera a la gente con la que me relaciono.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Ante todo, lo paso con mi familia. Pero básicamente el tiempo libre lo uso para escribir. Si no escribo: miro muchísimas pelis, leo tanto como puedo, escucho música y podcasts, juego a juegos de mesa y rol, pinto miniaturas…
¿Qué le da más miedo?
La enfermedad. Que le pase algo malo a alguien querido.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Que haya tanto facha suelto y orgulloso de serlo.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Dormir más.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Voy a la piscina a nadar. El traumatólogo me dijo que me olvidara de correr después de ver cómo tenía mis cervicales.
¿Sabe cocinar?
Sí, aunque no me pidas filigranas. Me gusta cocina porque además implica que tengo tiempo (para pensar qué voy a preparar, parar ir a comprar, para ponerme a ello), pero en el día a día hago cocina de supervivencia porque voy con prisas.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A nadie. No tengo tiempo ni ganas para escribirlo, lo siento.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Coming soon.
¿Y la más peligrosa?
El problema de las palabras peligrosas es que suelen ser conceptos positivos (libertad, democracia…) retorcidos para convertirlos en todo lo contrario.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No. He odiado a gente, pero no hasta el punto de querer matar. No vale la pena.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Creo que son bastantes evidentes para cualquiera que me conozca aunque sea muy poco.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Una versión menos hipocondríaca de mí mismo.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Estoy bastante enganchado a las redes sociales y a los Sunbites.
¿Y sus virtudes?
Tampoco es cuestión de ir presumiendo, ahora.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
La muerte por ahogamiento es bastante rápida. La falta de oxígeno hace que el cerebro deje de pensar en pocos minutos. Dudo que me diera tiempo a hacer un pase de diapositivas dentro del esquema clásico.
T. M.

viernes, 31 de julio de 2020

Pensar con el cuerpo

Hace unos pocos años aparecía entre nosotros, de la mano de la editorial Pre-Textos, un libro de Wade Davis sobre la Primera Guerra Mundial que estudiaba aquella tragedia desde un ámbito muy particular, el alpinismo. Así, para su mastodóntico “En el silencio”, el autor viajaba a 1924, para investigar el destino de un par de expedicionarios ingleses, George Mallory, considerado el mejor alpinista de Gran Bretaña, y Sandy Irvine, un estudiante de Oxford de tan sólo veintidós años. Esta pareja desapareció entre la bruma para siempre, a 7.900 metros, y no sería hasta 1999 cuando se encontraría el cadáver de Mallory –al que su país rindió honores de héroe nacional en su día–, aún con el misterio de si llegó a la cima del monte o no, pues se piensa que pudo morir en pleno descenso, de noche, al llevar las gafas de sol en su abrigo.

Asimismo, Davis hablaba de cómo vivieron diversos jóvenes la Gran Guerra y cómo esa pulsión aventurera los motivó a dejar atrás el atronador ruido de las armas para cambiarlo con el silencio y la soledad nevada del Himalaya. Conocíamos entonces a diferentes escaladores del Alpine Club y la Real Sociedad Geográfica, y los planes de una aventura que devendría simbólica para la población británica, en su busca de redención por haber enviado a tantos muchachos a la muerte, en una serie de ascensiones en que también ahí “el precio de la vida es la muerte”.

Tal cosa no inquietaría a otro alpinista que heredó ese anhelo de escaparse a los confines del mundo, Julian Vincent "Mo" Anthoine (Kidderminster, 1939-1989), al que dedicó un pequeño libro su amigo Al Alvarez. “Alimentar a la bestia” (traducción de Juan Nadalini) apareció en 1988 –el título, “Feeding the Rat”, evoca la forma en que Anthoine necesitaba de aventura como una rata que le remordía–, y en él este escritor londinense de apellido hispano hizo un retrato completo de la personalidad y hazañas de Anthoine, que muy joven sació sus ansias de peripecias haciendo autoestop por toda Europa y Asia con el objetivo de alcanzar Nueva Zelanda –la idea era escalar allí en hielo– en un trayecto que emprendió sin apenas dinero y que duró dos años, de 1961 hasta 1963, recurriendo a trabajos esporádicos de lo más curiosos para ganarse la vida. A su regreso al Reino Unido, cuenta Alvarez –que lo conoció en 1964 y también escalaba–, se formaría como docente, y luego se establecería en Gales del Norte, ocupándose de un negocio de cascos para escalada, uno de los pocos objetos que se necesitan para subir montañas. De hecho, “la escalada en roca es uno de los deportes más puros y menos desordenados que existen, y requiere de un equipamiento mínimo: calzado especial, una cuerda, un casco de seguridad y una colección de cintas de nailon y herramientas metálicas –mosquetones, estribos, pitones y fisureros de aleación– que servirán para proteger al escalador en caso de caída”.

Escalar como pasatiempo

Anthoine se hizo todo un experto en ascender por los riscos galeses, y más adelante tuvo una de sus legendarias experiencias en los Alpes, cuando una tormenta durante seis días cerca de la cumbre del Mont Blanc segó la vida de siete escaladores. Alvarez detalla las acciones heroicas de un hombre que fue ejemplo de discreción y modestia, que quiso estar en un segundo plano en determinados hitos montañeros, pues «la escalada, según Mo, no es un deporte. “Es un pasatiempo”, asegura. “Incluye el placer. Mientras que un deporte, por definición, incluye la competición. Cuando uno escala compite solo contra sí mismo”; esto es: contra la rebelión de los músculos, contra los nervios y, cuando algo falla, contra la falta de entereza. En cierto modo, la escalada es incluso una actividad intelectual, aunque con un requisito indispensable: hay que pensar con el cuerpo. Cada largo plantea una serie de problemas puntuales y específicos: qué agarres usar, y en qué combinaciones, para subir a salvo y consumiendo la menor cantidad de energía posible. Hay que calcular cada movimiento con una suerte de estrategia física, en términos de esfuerzo, equilibrio y consecuencias. Es como jugar al ajedrez con el cuerpo».

Esta parte psicológica que implica enfrentarse a las ascensiones más arriesgadas se describe muy bien en el libro, al hilo de pequeñas anécdotas de Anthoine y sus compañeros de expediciones, por ejemplo un par que se habían roto las piernas y las costillas y a los que el propio Mo y un amigo, Clive Rowland, en 1978, salvaron las vidas descendiendo la montaña pakistaní de El Ogro, durante siete días. El propio Alvarez, en las Tres Cimas de Lavaredo, se salvó gracias a Anthoine, cuando tuvieron que pasar la noche en una cornisa en estado de casi congelación; pero entonces el gran escalador mantuvo la sangre fría e hizo que su amigo permaneciera despierto para mantener active su circulación sanguínea. No en vano, el escritor destaca cómo Anthoine disfrutó tanto de los desafíos del montañismo como del compañerismo que eso genera, más el aliciente de viajar a lugares remotos y conocer otras culturas, además de proporcionarnos una estampa del escalador bien singular, como el de un haragán que “alterna intensos estallidos de esfuerzo en las paredes de roca con largos descansos en las reuniones, donde uno se relaja, fuma, contempla el paisaje o se queja de la lluvia”.

Publicado en La Razón, 30-VII-2020

jueves, 30 de julio de 2020

Entrevista capotiana a Aurora García Mateache

 

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Aurora García Mateache.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? La respuesta dependerá de cómo me levante. Un día me decantaría por una casa ubicada cerca de un acantilado rocoso desde el que  contemplar el romper furioso de las olas, otro por una playa salvaje en la que hundir el pie y al levantarlo sentir el efecto de un reloj de arena, de pronto me vería en un campamento en medio de la sabana africana… Lo que sí puedo afirmar es que los destinos suelen tener como punto de unión la proximidad del mar.  

¿Prefiere los animales a la gente? No. Un animal no tiene la complejidad intelectual de un hombre, para lo bueno y para lo malo, por lo tanto no se puede esperar lo mismo de cada uno. Un animal nunca podrá inventar la penicilina, sin embargo tampoco destruirá como hacen las personas. Adoro la naturaleza y observar la conducta de los animales en libertad. Creo que todo es complementario y se necesita.

¿Es usted cruel? Intento no serlo, aunque inevitablemente supongo que todos somos crueles en la vida de alguien alguna vez. Incluso de manera inconsciente. A veces la broma más inofensiva en su origen puede ser recibida con gran dolor según las batallas internas de su destinatario. No soporto la crueldad con una persona que esté en inferioridad de condiciones. Me parece un despreciable acto de cobardía que retrata muy bien a la persona que así actúa. Lamentablemente, es algo que se produce rutinariamente.

¿Tiene muchos amigos? Soy una persona muy sociable pero de tiempo limitado. Me gusta mucho conocer gente nueva, pero luego necesito volver a mi espacio, si no me asfixio. Amigos en el sentido estricto de la palabra tengo los suficientes como para estar satisfecha. Aunque cualquier persona que pueda llegar a serlo la acojo con mucha alegría.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que después de tomar un café o un vino con ellos me levante de la mesa con ganas de ser más. Huyo de las energías negativas porque, como una vez me definió alguien que fue muy importante en mi vida, soy una persona con una fuerte carga de tristeza pero mucho sentido del humor. Así que ya tengo bastante con mi propia inercia autodestructiva. Busco lealtad y química.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Muy poco. La decepción es la consecuencia negativa de unas expectativas no cubiertas. Suelo ser bastante comprensiva porque entiendo que cada uno vive su duelo rutinario. Y mejor que sea así, porque si alguien me decepciona mucho no suele haber vuelta atrás.  

¿Es usted una persona sincera? Si con mi opinión voy a mejorar algo, sí. Si no, la sinceridad excesiva me parece una máquina arrogante de hacer daño. Según su posición en la vida, donde alguien ve un seis, otro puede ver un nueve. Y ningún enfoque tiene por qué estar mal.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Un viaje en buena compañía es mi ocupación predilecta. Sin estar pendiente del reloj y sin wifi.

¿Qué le da más miedo? En general, el alcance de la maldad humana. Por más que lo intento, es imposible que no visualice las torturas a las que se han visto sometidas algunas personas y empatizo tanto que llego a verme en esa situación. Enterramientos a gente viva, torturas… En definitiva, la agonía del que sabe que va a sufrir una barbarie física sin poder escapar me parece terrorífico. Pero a día de hoy, que le suceda algo malo al niño que estoy esperando es lo que  me da más miedo.  

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? A día de hoy no consigo encontrar nada que me escandalice, sí que me indigne.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? No lo sé. Tendría que ser concebida por otros padres, nacer en otras circunstancias, tener un desarrollo, mentalidad y genética diferentes para poder responder esa pregunta.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Me gusta mucho caminar y nadar si el agua está no está muy fría. Debería practicar más deporte, es una asignatura que me temo tendré pendiente toda mi vida, junto con la de aprender a dar vida al piano de mi abuelo.

¿Sabe cocinar? Cosas básicas. Aunque ahora que voy a tener una familia me está gustando aprender nuevas recetas. Siempre he pensado que en una casa una parte considerable del cariño se manifiesta a través del que se pone en la cocina. En casa de mis padres lo sentí así y quiero que en la mía sea igual.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Cada vez me apetece más dar con la historia de algún personaje anónimo con una carrera truncada por mantenerse fiel a sus principios. Una actriz sin lograr el papel de su vida por no acostarse con el director, un político retirado por no claudicar ante la corrupción de su alrededor… Creo que todas estas personas están llenas de silencios y tienen mucho que contar. 

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Tengo dos. La ternura y la misericordia.

¿Y la más peligrosa? La soberbia. Básicamente porque es una actitud estúpida que limita la inteligencia y dificulta el progreso. Grandes tragedias a lo largo de la historia se han producido por un alarde de soberbia. A todos nos invade alguna vez, pero creo que hay que intentar evitarla.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No, pero reconozco que me costaría domar ese deseo si alguien acabara con la vida de un ser querido voluntariamente.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Valoro demasiado la libertad individual, así que tiendo a defender un sistema liberal con cobertura estatal en las necesidades básicas. A estas alturas no soporto el adoctrinamiento ni que me digan lo que tengo que pensar o hacer.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? La respuesta a esta pregunta está en consonancia con la de qué vida hubiera elegido de no optar por la escritura. Tendría que volver a otro vientre materno. Pero quizá actriz. Al igual que me apasiona crear distintos tipos de personajes, también interpretarlos.

¿Cuáles son sus vicios principales? Tengo a veces un pronto colérico. En el pecado llevo la penitencia, porque siempre me arrepiento después.

¿Y sus virtudes? En el fondo soy muy blanda. Me “ronronean” un poco y ya cedo. Esto no sé si es una virtud para mí, pero al menos supongo que es útil para los demás.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? No tengo ni la más remota idea, creo que centraría todos mis esfuerzos en intentar sobrevivir.

T. M.

miércoles, 29 de julio de 2020

Pensadores urbanos: poesía de la vida moderna


Soy muy fan de los pensadores, filósofos, opinadores urbanos anónimos que dejan su impronta, entre absurda y trascendente, entre brillante y banal, en las calles de las ciudades, o incluso en vehículos (aquí en su día coloqué la foto de una furgoneta en la que alguien había escrito la máxima principal hamletiana). Grafiteros, artistas visuales, gamberros letrados, quién sabe quién de repente coloca con estilo el nombre de Kafka o el de otro escritor, Arhur Cravan (como registré aquí también en su momento), en una pared cualquiera. Este que pongo ahora es especialmente genial, una proclama qué quién sabe cómo y por qué habrá nacido en el alma del escribiente espontáneo.

lunes, 27 de julio de 2020

Entrevista capotiana a María Monrabal

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de María Monrabal.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Elegir un lugar del que no poder salir jamás, suena a escoger dónde desquiciarte, ¿no? Por elegir, elegiría una zona de playa, supongo. Una casita en San Andrés (Colombia), por ejemplo. Si me tengo que volver loca, al menos me gustaría ser una loca feliz.  
¿Prefiere los animales a la gente?
No creo que deban ser excluyentes. Me gustan los animales y las personas cuando demuestran humanidad.
¿Es usted cruel?
Nunca.
¿Tiene muchos amigos?
Bastantes. Siempre digo que mi mayor suerte son las personas de las que me ha rodeado la vida.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que sepan aportarme puntos de vista distintos al mío, me hagan reflexionar y cambiar; que sean personas calmadas que sepan trascender los problemas y no se recreen en ellos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No. Igual es la suerte de haber dado con buenas personas, como he comentado antes; el hecho de que yo también sepa entender cuando alguien difiere conmigo en algún punto de vista, o que cuando catalogo a alguien como amigo, esa persona ya me haya demostrado bondad y sinceridad.
¿Es usted una persona sincera? 
Mucho. Me parece que así es todo más sencillo.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Me encanta rodearme de las personas a las que quiero, pero tengo que reconocer que disfruto mucho de mi soledad. A veces mi tiempo libre lo ocupo simplemente concediéndome ese inciso sin hacer nada que pueda parecer trascendental; como leer, escribir algo que no vaya a salir de mi ordenador, dar un paseo con música, irme sola a una cafetería, al cine o echarme al aire libre sin más.
¿Qué le da más miedo?
No ser capaz de alcanzar mis metas. Pero es un miedo bueno, desde pequeña me empuja a esforzarme más.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La gente que se niega a cambiar, que no escucha opiniones distintas a las suyas y que usa como argumentos palabras de otros sin pensar.   
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Yo soy publicista, pero creo que eso quedaría excluido de la hipótesis porque en ese campo también me dedico a escribir. Con lo cual, diré que profesora. Me encanta escuchar cómo perciben el mundo los niños, y aunque yo no quiera tener hijos, me parece que sería una oportunidad preciosa para incidir en la vida de algunas personas y tratar de potenciar sus habilidades personales y su singularidad.  
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Últimamente mi ejercicio se limita forzarme a subir por las escaleras en vez de coger el ascensor. No obstante, estuve haciendo crossfit durante cuatro años y aprendí qué rutinas podían ayudarme y por qué. Sí que es cierto que de vez en cuando vuelvo a practicar ejercicio por mi cuenta durante un periodo en el que soy constante, sabiendo qué hacer y cómo para beneficiar a mi cuerpo.
¿Sabe cocinar?
Cocino por necesidad, que no por gusto.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Leticia Sabater. Se quedarían flipando.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Poder. Como verbo, que no como sustantivo, y generalmente conjugado en presente.
¿Y la más peligrosa?
Supongo que “poder” como sustantivo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Sería una mala asesina. No sé mentir. Aunque sí he pensado “uf, ojalá esta persona desapareciera”, pero al final ha sido tan sencillo como alejarme de ella. Sin necesidad de llegar a los cuchillos.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Durante la cuarentena comentaba con un amigo que creo que la gente se posiciona demasiado en política; que muchos manifiestan “ser de” tal partido. Ser. Con toda la trascendencia que la palabra implica. Creo que eso hace que a veces seamos cortos de miras, el intentar encasillarnos dentro de algo a la fuerza y asumir el papel de defensores ante todo lo que un “líder” político, un partido, un movimiento, o un bando manifieste. Yo intento no ser así, no clasificarme para no limitarme y poder ser crítica o reconocer los méritos. Defiendo la coherencia, el respetarnos por igual, el poder crear un país que ofrezca oportunidades y donde alguien con dos carreras y un máster no tenga que estar cobrando 700€ con 27 años o compartiendo un piso con 5 a los 30.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Estoy contenta con mi condición de ser humano.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Le dedico tiempo a cosas que no me llevan a ninguna parte, pero lo sé y lo disfruto igual. Series, artículos, personas, actividades… Aunque, de alguna manera, creo que todo te nutre y te construye. Igual esto último es solo una justificación para permitirme esos vicios.
¿Y sus virtudes?
Me permito cambiar y no me juzgo.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
La verdad, creo que pasaría esos minutos buscando la forma de no ahogarme y en eso se me iría el tiempo. Me vendrían flashes de mi hermana y mi madre de vez en cuando, seguro. Justo por eso intentaría hacer lo posible por salvarme.  
T. M.