viernes, 24 de mayo de 2013

Entrevista capotiana a José Ovejero

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de José Ovejero.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Cualquier lugar que eligiera para siempre y sin poder salir jamás de él sería insoportable. No se me ocurre ninguno que pudiera desear en esas condiciones.
¿Prefiere los animales a la gente?
No soporto a la gente que prefiere los animales a la gente.
¿Es usted cruel?
No. Hago daño pero no me produce placer.
¿Tiene muchos amigos?
Sí, no sé si en comparación con otras personas, pero desde luego más de los que habría supuesto que tendría.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Se tienen amigos a veces a pesar de sus cualidades. No busco nada de particular; hay gente que me interesa o despierta mi afecto pero no creo que haya unas cualidades generales que me atraigan hacia ellos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Como no espero de ellos más que de mí, rara vez me decepcionan.
¿Es usted una persona sincera? 
Si eso significa que tiendo a decir la verdad, sí; si significa que siempre digo la verdad la pregunta no tiene sentido.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Con ocupaciones vulgares: leer, pasear, conversar, viajar.
¿Qué le da más miedo?
Morir de una larga enfermedad.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Escandalizarse significa emitir un juicio moral. Como no creo en la libertad del ser humano me resulta imposible escandalizarme. En todo caso me enfadan conductas que considero nocivas.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Me resulta difícil imaginar no llevar una vida creativa. Pero en ese caso me gustaría pensar que habría sido investigador en algún campo que me hubiese exigido salir del laboratorio e ir a sitios que por algún motivo me resultasen nuevos o extraños (¿biólogo, antropólogo?).
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí, corro y hago algo de gimnasia. Y, como tiendo a aburrirme haciéndolo, mientras tanto escucho audiolibros.
¿Sabe cocinar?
Sí. Cocino regularmente y creo que no lo hago mal pero sin mucha variedad.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Baruch Spinoza.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Quizá.
¿Y la más peligrosa?
Verdad.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
En varias ocasiones. Pero no después del momento de la ira. Mis pulsiones homicidas nunca han llegado a la fase de planificación.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Soy un izquierdista que cree mucho en lo público y poco en lo estatal.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Más valiente.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Nadie sabe cuáles son sus vicios principales. Y cuando lo intuye los disfraza de virtudes.
¿Y sus virtudes?
Sucede lo mismo que con los vicios. Solo que además solemos concederles más importancia de la que merecen.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Supongo que las de los momentos en los que podría haber sido feliz y no me atreví a serlo. Y las de los momentos en los que podría haber sido desgraciado y no me atreví a serlo.

T. M.

jueves, 23 de mayo de 2013

Escribir en un hoyo

La vida juvenil de Ernst Jünger, su ardor guerrero e imán hacia todo lo que significara peligro y aventura, dio para muchas páginas enmarcadas en novelas y ensayos, para casi cien años de recuerdos autobiográficos. En la novela “Juegos africanos”, publicada cuando su reputación ya era considerable en la Alemania prenazi (1936), recordaba su alistamiento secreto en la Legión Extranjera francesa, a los diecisiete años, mediante un “alter ego” que describía con minuciosidad las miserias de los soldados destinados en Argelia. A esta experiencia, idealizada por cuanto Jünger quiso muy pronto escapar de su realidad burguesa familiar que le incomodaba sobremanera y también de los estudios, le seguiría enseguida la de la Gran Guerra, que a su vez le inspiraría la redacción de «Tempestades de acero» (1920).

Estamos, pues, ante un Jünger que concibe sus primeros libros con la exaltación de lo bélico como sacrificio personal en pos de liberarse de las ataduras sociales. De tal modo que si en el volumen antes referido, «África encarnaba la naturaleza salvaje, virgen e infranqueable y por consiguiente un territorio donde el encuentro con lo extraordinario e inesperado era harto probable», un lugar donde vivir sin afán de lucro y que se relacionaba con la libertad simbólica del ser humano, este “Diario de guerra”, inédito hasta el año 2010, será el culmen de semejante busca de un destino tan imprevisible como trágico. De hecho, «es un milagro que Jünger sobreviviera a los muchos y duros fuegos de tambor, a los continuos tiros de dispersión y a los disparos dirigidos contra él personalmente, y todo ello sin quedar mutilado», apunta Helmuth Kiesel, responsable de esta edición magnífica, traducida por Carmen Gauger.

Diez millones de soldados y civiles muertos en toda la Primera Guerra Mundial (dos millones de alemanes). Una media de edad de los caídos de diecinueve años y medio. Y sin embargo, Jünger, aun padeciendo catorce impactos de fusiles y granadas que le provocaron veinte cicatrices, se mantuvo con vida –como ocurrirá también en su paso como oficial en la Segunda Guerra– y le harían merecedor de la Medalla de Oro de Sufrimientos por la Patria. Este diario, extraído de quince pequeñas libretas de apuntes que Jünger conservó sin intención de publicar, sería donado por él mismo en 1995 al Archivo de Literatura Alemana de Marbach, y serviría como material de estudio académico sobre todo. Ahora, constituye públicamente un documento excepcional para conocer por dentro las trincheras de guerra. “Escribo esto en un hoyo”, dice el joven soldado cinco días después de llegar al frente, mientras a su alrededor silban los proyectiles y pronto caerán compañeros.

Es sorprendente ver cómo a este Jünger de veintitrés años le resulta indiferente la posibilidad de morir y ver morir. “En realidad, la guerra me parecía más horrible de lo que en realidad es”, asegura al comienzo, cuando tiene claro que “al que ha de tocarle, le toca”. Al final del día, con gran disciplina, va escribiendo mil y un movimientos: órdenes de los superiores, desplazamientos, muertes escalofriantes de muchachos en la flor de la vida, entretenimientos varios… Todo con un tono informativo y frío, funcional y sobrio. Así durante tres años y nueve meses, sin lamentarse por las balas recibidas; todo lo contrario, casi celebrándolas: “Hoy hace un año de mi herida. Veo aún cómo avanzábamos por aquella funesta zona del bosque, cómo nos salieron al encuentro hombres chorreando sangre, destrozados”, escribe el 25 de abril de 1916, y ni eso le desalienta: “Pero pese a todo eso quiero otra vez el choque con el enemigo, cueste lo que cueste”.

Este masoquismo, por así decirlo, contrasta con otra actividad, delicada, que desarrolló Jünger en aquel tiempo: la visión y recogida de fauna y flora. Es esto lo que sí despierta en él palabras admirativas y emocionadas, pues no en vano, tras la guerra, iniciaría estudios de zoología: “Durante los dos últimos días, he recogido celosamente escarabajos. Esto es maravilloso. Toda la 1120 está cubierta de setos de espinos blancos, en los que hay un número infinito de flores”. Kiesel, incluso, incluye un apéndice en el que, junto con comentarios y notas al diario, conocemos el “Libro de coleópteros” que Jünger fue preparando a raíz de sus hallazgos en la zona donde estaba destinado. Desarrollaba así una afición de niño, la única cosa que lo ató a su padre, a su familia, antes de huir para guerrear, para sentir en carne propia el riesgo de poder morir en cualquier instante.


Publicado en La Razón, 23-V-2013

martes, 21 de mayo de 2013

Entrevista capotiana a Álvaro Valverde


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Álvaro Valverde.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Mi biblioteca.
¿Prefiere los animales a la gente?
No, por muy animal que cierta gente parezca.
¿Es usted cruel?
No, nunca me he tenido por tal. Ni de pequeño. Ni con las personas ni con los bichos.
¿Tiene muchos amigos?
No. Al revés, como todo el mundo.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que sean buenas personas y les guste conversar.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Supongo que para entonces, en el sentido profundo, ya han dejado de serlo.
¿Es usted una persona sincera? 
Con permiso de Juan Cruz y de José Luis García Martín, bastante.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leo, escribo, paseo, tomo algunas cervezas…
¿Qué le da más miedo?
La enfermedad. La de los míos o la mía.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
A estas alturas, pocas cosas; con todo, el paro (juvenil, sobre todo), la generalizada corrupción política, los recortes y la privatización de la educación y la sanidad, el desprecio hacia la cultura (no sólo por parte de los gobernantes), los desahucios, la pobreza y el hambre (aquí y fuera)... Va a resultar que no fui muy sincero más arriba.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Lo ignoro. Uno no toma según qué decisiones. Eso sí, mi profesión es, a mucha honra, la de maestro y a eso es a lo que dedico la mayor parte del tiempo. Algo muy creativo, por cierto.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Recorro cada día unos cuantos kilómetros. De deporte nunca he sido. Ni siquiera como espectador. De gimnasio, menos aún.
¿Sabe cocinar?
Lo imprescindible. Y me pesa, que conste.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A algún escritor; poeta, por más señas.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Amor.
¿Y la más peligrosa?
Pues ganas me dan de decir que la misma. Bromas aparte, violencia, muerte, guerra…
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, pero más de una vez he renegado por los que se mueren a destiempo mientras otros indeseables siguen vivitos y coleando.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Soy un socialdemócrata en suspenso. Sin carné, por supuesto. Y casi sin esperanzas.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Hombre, por ser… Arquitecto, músico, pintor… O montañero profesional. O monje de clausura (en Yuste, por ejemplo).
¿Cuáles son sus vicios principales?
Vicios, lo que se dice vicios, no tengo ni he tenido. Me temo que soy tan soso y aburrido que no doy ni para eso. Defectos, muchos.
¿Y sus virtudes?
Algunas clásicas, quiero creer. Las que derivan del humanismo. Pero eso, como lo de la designación de poeta, lo deciden los otros. El escrutinio ajeno es aquí imprescindible. Espero no ser mala gente. No sé si eso basta.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
La angustia daría para poco, me temo. Mi mujer, mis hijos, la familia, los libros, algunos amigos, estas calles de siempre…
T. M.

lunes, 20 de mayo de 2013

El gran Fitzgerald en sus cartas


El atractivo por la vida y obra de Francis Scott Fitzgerald (Saint Paul, Minnesota, 1896-Hollywood, 1940), emblema de lo que puede llegar a ser el estrellato artístico y social y la degradación fulminante, parece no tener fin. El de él, pero también el de su esposa, Zelda Sayre, como ya se vio en la película «Medianoche en París» (2011), de Woody Allen.

Precisamente la propia pareja firma dos volúmenes que acaban de aparecer: «Pizcas de paraíso» (RBA), que reúne once cuentos inéditos de Fitzgerald y otros diez que Sayre publicó en diversas revistas; y «Querido Scott, querida Zelda» (Lumen), recopilación de sus cartas a cargo de los estudiosos Jackson Bryer y Cathy Barks, que advierten que «la tendencia general ha sido tratar sus vidas y sus enfermedades desde el sensacionalismo». Y es que el drama les persiguió en forma de alcoholismo, intentos de suicidio, separación irremediable –por los ingresos psiquiátricos de ella, a causa de sus crisis mentales, o el trabajo en Hollywood de él– y muertes trágicas: Fitzgerald de infarto, a los 44 años, y ella en un incendio en una clínica en 1948.

De hecho, la salud de Zelda y el alto tren de vida al que ambos se acostumbraron desde su boda serían motivo de preocupación constante para Fitzgerald, como se demostró en el irónico libro «Cómo sobrevivir con 36.000 dólares al año» (Gallo Nero, 2012). Así, el epistolario de la pareja refleja la dificultad, también financiera, en la que se había convertido una existencia que empezó siendo envidiable, adinerada y glamurosa en plena época de la Ley Seca y el jazz, regada con copas y bailes, y se volvió insufrible. Por algo dice Sayre en 1930, dentro de un vaivén de reproches mezclados con mensajes de ternura: «Nos destrozamos a nosotros mismos».

Pero antes de esa destrucción, el talento de Fitzgerald emergió en la que él consideró su mejor obra, «El gran Gatsby» (1925), que expresa «la irregularidad e impremeditación de la vida en una época de alegre irresponsabilidad y decadente encanto», como dice Mario Vargas Llosa en el prólogo a una nueva traducción de la obra, de Miguel Temprano, novedad de la editorial RBA esta semana. Una traducción que se suma a dos del año 2011: de José Luis Piquero, en Paréntesis, y la de Justo Navarro en Anagrama, y a otra de 2012, de Susana Carral, en Reino de Cordelia, sello editorial hermano de El Rey Lear, que meses atrás dio dos libros de cuentos de Fitzgerald: “Tres historias en torno a Gatsby” –relatos preparatorios para la novela– y “La adolescencia de Basil Duke Lee” –donde recuerda su etapa como estudiante.

Navarro afirmó en su día que Fitzgerald inventó la era del jazz, y en el epílogo a la versión aludida recuerda cómo el autor, en 1922, organizó fiestas en su gran casa, lo cual se iba a extender en el texto que escribiría dos años después en la Riviera francesa y que iba a titular “El gran Gatsby”, pues «toda la novela es una sucesión de fiestas y reuniones para comer y beber. (…) Pero son diversiones que acaban en perturbación y desembocan en violencia». El lector, y ahora el espectador, tienen sobradas ocasiones para constatarlo.

Publicado en La Razón, 16-V-2013

viernes, 17 de mayo de 2013

Entrevista capotiana a Luis Leante


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Luis Leante.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
La casa donde en mi infancia y adolescencia.
¿Prefiere los animales a la gente?
Prefiero a la gente que no se comporta como los animales.
¿Es usted cruel?
Lo he sido con cierta frecuencia, pero estoy tratando de dejarlo.
¿Tiene muchos amigos?
Más de a los que puedo corresponder.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Las mismas que en mí, es decir, ninguna.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
A veces me decepciona la gente, y los amigos son gente.
¿Es usted una persona sincera? 
Lo fui hace mucho tiempo, pero ya casi no me acuerdo.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leyendo.
¿Qué le da más miedo?
Las enfermedades.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Me escandaliza que todavía haya gente que se escandalice.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Me habría gustado ser rentista.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
No.
¿Sabe cocinar?
No sé cocinar, pero cocino.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A la Mona Chita, que en realidad era mono.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
La palabra “esperanza”.
¿Y la más peligrosa?
Todas las palabras pueden ser peligrosas, incluso la palabra “esperanza”. Depende de quién las dispare.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Unas cuantas veces.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Demócrata radical.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Lo que soy ahora.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Mentir y morderme las uñas.
¿Y sus virtudes?
Hace años que me hago esa misma pregunta. Es posible que no las tenga.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Los rostros de mi familia.
T. M.

jueves, 16 de mayo de 2013

¿A quién admira Jane Austen?


Evelina o Historia de una joven dama en su entrada en sociedad”, publicada en 1778 de manera anónima, pues era mal visto que las mujeres escribieran, deslumbraría veinte años después a una joven que estaba preparando una novela denominada “Impresiones”. Esa joven se llamaba Jane Austen, y la obra que tenía entre manos, la futura “Orgullo y prejuicio”, cuyo título cambió a partir de unas palabras de un personaje de la obra de su admirada Frances Burney. Así lo explica Susanna González en el posfacio de esta edición majestuosa, traducida junto a Eva María González Pardo, y en efecto, el lector hallará concomitancias con la historia entre Elizabeth y Darcy.

El tomo está acompañado de los dibujos de Hugh Thomson, que tantos libros de Austen ilustró hacia el año 1900, por cierto. Se trata de una ocasión inmejorable para conocer a una autora cuya vida –dama de la reina en la corte del loco Jorge III, casada con un general que luchó contra Napoleón y exiliada en Francia diez años– y obra –cuatro novelas, varios dramas y un extenso diario, fenomenal para conocer la Inglaterra de finales del siglo XVIII e inicios del XIX– nos eran inéditas en español.

Burney es una artista eminentemente irónica. Tal cosa ya se percibe en el prefacio, donde pone de manifiesto la falta de reputación de los novelistas, así como en una nota previa titulada “A los autores de las revistas mensuales de crítica literaria”, en la que reclama atención y desprecia a los críticos a partes iguales. Así las cosas, avisa de que a continuación se contará cómo una joven de diecisiete años se adentra “en el grande y ajetreado escenario de la vida”. El meollo de la cuestión se desarrollará, de forma epistolar, enfrentando a esa chica bellísima, sensible e inocente con una sociedad llena de hombres que la pretenden y de mujeres que la envidian. Y como trasfondo y razón de ser, surgirá el amor noble, el orgullo y el prejuicio, y una ascendencia familiar tan trágica como sorprendente.

Publicado en La Razón, 16-V-2013

martes, 14 de mayo de 2013

Entrevista capotiana a Xavier Franquesa


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con especial astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Xavier Franquesa.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
La duda; me acojo a tu amplitud de miras y para alejarme de la cárcel preferiría un lugar mental; aunque procurando fuera lo más metódica posible.
¿Prefiere los animales a la gente?
Sí, prefiero la gente; siempre que no vuele, ladre o arañe.
¿Es usted cruel?
No soy lo suficientemente inteligente.
¿Tiene muchos amigos?
Algunos, no es cuestión de cantidad.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que sean de fiar, pero sin que se note, lo cual requiere, por su parte, una no pequeña dosis de paciencia y carácter.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No, o quizá es que los niveles de decepción son casi siempre comprensibles y asumibles.
¿Es usted una persona sincera?
Entiendo que sí, pero sólo a nivel inconsciente. 
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Es curioso; yo diría que se ocupa solo, que es él quien se reparte entre familia, amistades, lectura, música, arte… Y ver, mirar cuando pasa junto a mí, a mi lado. Como me dedico a la enseñanza del dibujo sé que mover el lápiz requiere perder tiempo.
¿Qué le da más miedo?
Que Proust no estaba en lo cierto y el tiempo perdido nunca se recobra.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Comprobar que la envidia no es patrimonio de la mediocridad.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Soy pintor. Dibujo también; quizá para asegurarme de que intentar ser creativo es un riesgo.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
No; sólo ando, pero es una necesidad.
¿Sabe cocinar?
Me las arreglo, eso es todo.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Sobre este punto no habría que dramatizar, acercar ciertos nombres a mis intereses actuales; por eso me apetecería escribir, hablar de mis héroes de infancia: Kubala, Ramallets, Federico Martín Bahamontes. Por este orden.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
La sonrisa, sonreír; la veo en otros y la asocio casi siempre a un proyecto, a una promesa.
¿Y la más peligrosa?
Patria. ¡Vaya modo de pegarse al terreno!
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
En términos convencionales soy de izquierdas, sin que me apetezca ahora una mayor precisión. No es decir mucho, lo sé, pero si pienso en partidos políticos he de confesar que mi ideología actual es el oportunismo.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
No me interpretes mal. Es algo que nunca me planteo. Ponerse en lugar de otro, en el mío incluso, no es nunca un mérito.
¿Cuáles son sus vicios principales?
La pereza. La desidia también me visita con cierta frecuencia.
¿Y sus virtudes?
Aunque parezca una contradicción: me cuesta darme por vencido.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Sin duda la de mis hijos; los vería por última vez y abriría la boca tratando de beber, de acabar con el peligro.
T. M.

lunes, 13 de mayo de 2013

Disquisiciones del hombre murciélago


El cine reciente ha puesto a Batman en el olimpo de los superhéroes, aún más si cabe, gracias a la trilogía dirigida por Christopher Nolan, compuesta por “Batman Begins”, “El Caballero Oscuro” y “El Caballero Oscuro: La leyenda renace”, y que llevó a la cima artística el género de las películas de salvadores de la humanidad con poderes especiales. La fuerza, calidad y magnitud de estas tres obras, alabadas por la crítica especializada y altamente taquilleras en todo el mundo, hizo que la figura de Batman se reinventara, adquiriera tintes dramáticos y épicos, tras unos filmes en los que había predominado el divertimento o una mirada más juvenil, comandados por Tim Burton y Joel Schumacher, de fines de los ochenta y comienzos de los noventa.

La historia de este personaje tras el que se oculta el multimillonario y filántropo Bruce Wayne ha sufrido muchos altibajos desde que viera la luz en 1939 en la revista “Detective Comics” –propiedad de la editorial neoyorquina DC Comics, que también publicó los tebeos del periodista extraterrestre Clark Kent desde el año anterior–, firmada por el artista Bob Kane y el escritor Bill Finger. Batman también sufrió la decadencia generalizada del género a inicios de los años cincuenta, aunque pudo mantenerse a flote junto al hombre del planeta Krypton. Como dice Joan Schenkar, biógrafa de la narradora Patricia Highsmith, quien se ganó la vida en su juventud como guionista de cómics: “En la jerarquía de los superhéroes, Superman era el primero y el mejor, el modelo para los cientos de superhéroes que vinieron detrás”.

El Hombre de Acero era intocable, pero a Batman se le llegó a cuestionar su sexualidad –por ello fueron incorporadas Batwoman y Batgirl– dada la cercanía a su ayudante Robin, y la censura de la época reprochó a los creadores que el personaje atentaba contra los valores de los jóvenes. A todo ello le siguió un descenso considerable de las ventas en las dos décadas siguientes, lo que vino a enmendarse con la aparición de la novela gráfica “Batman: The Dark Knight Returns”, de Frank Miller, en 1986. En efecto, el héroe volvía, y con más fuerza que nunca.

Pues bien, en breve, en concreto el 20 de mayo, llegará a las librerías “Batman desde la periferia. Un libro para fanáticos o neófitos”, un conjunto de textos de destacados narradores y ensayistas actuales que abarcan distintos aspectos de este murciélago consagrado a combatir el crimen en la ciudad de Gotham. Al cuidado de Laura Fernández, Enric Cucurella y Ana Pareja, e ilustrado por la joven artista Blanca Miró, el volumen ofrece miradas sobre el héroe como la del recientemente ganador del premio Herralde de novela, Juan Francisco Ferré, y el experto en postmodernismo Eloy Fernández Porta, o firmas internacionales vinculadas al mundo del cómic, como Greg Baldino, o el desaparecido, pocos meses atrás, activista cibernético Aaron H. Swartz.

En la introducción, los editores dan las claves de este personaje, testigo de niño de cómo asesinaban a sus padres a la salida de un teatro, y presentan diez textos que vienen a analizar psicológicamente el devenir del atormentado hombre que se enfrentó al Mal sin poderes milagrosos pero con la tecnología más puntera, así como a sus deseos de venganza y lamentos por fracasar en su empeño por hacer el bien. De hecho, uno de los ensayos lo firma Slavoj Zizek, filósofo nacido en Eslovenia especializado en teorizar, desde premisas próximas al psicoanalista Jacques Lacan, sobre asuntos en torno a la cultura popular. Así, el murciélago cambia la pared de su cueva por el diván.

Publicado en La Razón, 12-V-2013

domingo, 12 de mayo de 2013

Entrevista capotiana a Luisa Valenzuela


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Luisa Valenzuela.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Dado que la existencia del Aleph borgeano es asaz dudosa, elegiría Manhattan: lo que más se le aproxima.
¿Prefiere los animales a la gente?
Depende. Hay animales que son casi gente y mucha gente que son unos animales. Mis preferencias oscilan a diario.
¿Es usted cruel?
Implacable en y con mi literatura. En la vida cotidiana, todo lo contrario, sólo mato mosquitos, ni siquiera cucarachas o arañas.
¿Tiene muchos amigos?
De a ratos sí y de a ratos no; depende de mi estado de ánimo. No para tenerlos sino para jerarquizarlos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
La sinceridad, cosa bien peligrosa.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No, porque si me decepcionan ya no son más mis amigos.
¿Es usted una persona sincera? 
Me temo que sí; no es lo más conveniente.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Desocupadamente.
¿Qué le da más miedo?
El miedo; tener miedo, congelarme ante el peligro.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La pedofilia, la tortura, la capacidad de crueldad del ser humano. Y también la imbecilidad.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Físico-matemáticas. O alfarería.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Camino, camino, camino; no llego lejos ni llego, y eso está bien. Y hago yoga ecléctico, una disciplina personal con la invalorable colaboración de mi profe.
¿Sabe cocinar?
No, pero he tenido una exitosa columna en un suplemento gourmet titulada “Memorias de la Anticocina”.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A mi madre, pero la columna no tendría nada que ver con lo que se espera del tema. Quienes conocieron a Lisa entenderán lo que digo.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Hope, no solo por  la tautología de su significado sino porque me recuerda a Bob Hope.
¿Y la más peligrosa?
Palabra.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Sí, todo el tiempo, pero tengo suficiente talento como para sublimar.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Hacia la izquierda del mapa, tratando de hacer incómodo (para algunos) equilibrio.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
¿Cosa, como sinónimo de objeto? Una máscara ritual, no colgada en mi pared sino en uso.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Los aeropuertos. Me son nefastos pero necesarios.
¿Y sus virtudes?
El sentido del humor, la generosidad, la capacidad de ponerme en piloto automático en los aeropuertos.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Un salvavidas redondo y bien inflado. ¡O mejor uno buen mozo!
T. M.

sábado, 11 de mayo de 2013

La oralidad literaria


“Desciende, río invisible”, decía Baudelaire en uno de sus versos de “Las flores del mal”, lo cual podríamos relacionar con la invisibilidad de la tradición literaria oral, con esos ríos de creaciones poéticas y narrativas universales que darán al mismo mar y que ha estudiado el helenista, filólogo y académico Francisco Rodríguez Adrados, que acaba de cumplir noventa y un años en plena forma intelectual. Al lado de ese río descendente, imparable, ha estado el hombre, presenciando desde los cantos de Homero a las andanzas de Don Quijote. Pues bien, a ese larguísimo periodo se consagra Rodríguez Adrados, recorriendo la Tierra a través de los ríos literarios que empapan la literatura egipcia antigua, la sumeria, la semítica, la anatolia, la indoeuropea y, muy en especial, la griega y la latina, más la indoirania, la bizantina y la eslava, sin olvidar las literaturas del Occidente de los siglos VIII-XVI.

Este impresionante abanico de etapas estudiadas nace, según sus propias palabras, con el objetivo de “hacer una teoría total del nacimiento, crecimiento, culminación, decadencia y muerte de las lenguas y Literatura y, luego, del surgimiento de otro u otros ciclos. Seguir el paso de la literatura oral a la escrita y la caída de ésta”. El profesor salmantino sostiene que, a la hora de realizar una historia de la literatura en su conjunto, hay que conocer la literatura oral en diferentes lugares del mundo, y que dicha literatura guarda “su propia vida, sus propias expectativas”; explorar diferentes civilizaciones a la busca de rasgos comunes que hagan de esos hombres junto al río seres destinados a la creatividad, a versos cantados o recitados. Por algo dijo Chesterton, en uno de sus geniales artículos de “El acusado”, que publicó la editorial Renacimiento el año pasado: “Los hombres vivieron durante siglos entre montañas poderosas y bosques eternos hasta comprender que eran poéticos”.

Tal comprensión por las propias posibilidades de verbalizar visiones y sentimientos, que distinguiría al humano del mero animal, se vincularía tanto al dominio del lenguaje como a las celebraciones o rituales funerarios o espirituales; en una palabra, a la “Fiesta, propia sólo del hombre”. Rodríguez Adrados cita diversos ritos en los que “presente y pasado se funden, bien en la danza y el canto, bien en la evocación y representación dramática de los antepasados y su ambiente mítico”. Un tema que el autor ya había tratado en “Fiesta, comedia y tragedia” (1984) y que ahora le sirve como pretexto para demostrar la importancia de “los precedentes de la literatura expresada en palabras”, haciendo notar que esos orígenes de la literatura popular, acompañados de baile y música, se desarrollaron hacia el concepto de autoría individual, tan alejado de la literatura que hermanaba a un mismo pueblo al ser portadora de unas emociones comunes.

Mención aparte merecerían los dos apéndices del libro, uno dedicado a la “cultura humanística y cultura televisiva” y el otro a la “literatura y crisis de las humanidades”. Rodríguez Adrados quiere redondear su estudio histórico con reflexiones de gran actualidad, lo que hace de él un investigador comprometido con su tiempo, crítico con el declive humanístico que nos envuelve y la irrupción del marketing y del divertimento vacuo en nuestro entorno editorial; son páginas muy valientes, en la línea del Germán Gullón de “Mercaderes en el templo de la literatura” (2004) o del Mauricio Wiesenthal denunciador, en sus conferencias y libros, de la erosión de los valores culturales que cimentaron la vieja Europa. Rodríguez Adrados tiene esa misma juventud de ideas, esa sapiencia tan difícil de ver hoy en día en un tiempo de especialización extrema por parte de los profesionales de divulgar los conocimientos literarios.

Fiel a su larga andadura como helenista, el estudioso dedica un tremendo grueso de páginas a la literatura griega, en sus distintas fases y áreas sociales; de ahí que al “El río de la literatura” también se asomen la filosofía, la ciencia o la política. Nada de lo humano le es ajeno al académico, como reza el tópico, si le sirve para contextualizar la Grecia de la época arcaica, los nuevos géneros cristianos o las circunstancias que rodearon al ingenio de Shakespeare y Cervantes, escritores que simbolizan “un cambio importante en la historia total”. Mirando hacia atrás, concluirá, los ríos serán solamente uno: el de Sumeria hasta el mundo de hoy: “Un conjunto basado en Literaturas que se interrumpen, continúan, se sustituyen unas a otras cuando algunas caen. Resulta, después de todo, una especie de unidad. Y eso que están habladas y escritas en lenguas diferentes”.

Publicado en LaRazón, 9-V-2013