jueves, 19 de enero de 2017

Entrevista capotiana a Antonio Jiménez Millán

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Antonio Jiménez Millán.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Mi casa.
¿Prefiere los animales a la gente?
No, aunque he tenido animales más amables que cierta gente.
¿Es usted cruel?
No, en absoluto.
¿Tiene muchos amigos?
Habría que recordar aquello que dijo Josep Pla, cuando distinguía entre amigos, conocidos y saludados. Sí creo que tengo muchos amigos, pero amigos íntimos, pocos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Ninguna en especial. Si acaso, la paciencia para ser amigos míos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No. La decepción surge cuando esperas algo extraordinario de alguien o le exiges por encima de las expectativas normales. A un amigo lo aceptas tal cual, con sus virtudes y sus defectos. Yo pienso que la capacidad de decepcionar a los demás es infinita, pero eso me lo aplico a mí mismo.
¿Es usted una persona sincera? 
Depende de los momentos. A veces es mejor ser discreto antes que sincero.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leyendo, viendo cine y series, viendo fútbol.
¿Qué le da más miedo?
La enfermedad y el dolor. Y la muerte de personas cercanas.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
El cinismo de los que ostentan el poder, la hipocresía de las religiones.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Me habría gustado ser millonario, o rentista (algo que no excluye ser escritor).
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Hacer el amor es el mejor ejercicio físico.
¿Sabe cocinar?
Sí, aunque mi repertorio es limitado.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Al poeta Ángel González.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Paz.
¿Y la más peligrosa?
Patria. Es el origen de casi todas las guerras.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Sinceramente, sí (ya sé que no es políticamente correcto). A Franco, a Pinochet, a Tejero.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
De izquierdas, aunque hace mucho tiempo que abandoné la militancia activa.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Ya lo he dicho antes: millonario. Y en épocas anteriores, haber pertenecido al “Olimpo Victoriano”, todo el día holgazaneando en los salones y pintando sirenas.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Soy muy maniático. Y además, inconstante.
¿Y sus virtudes?
Tal vez la paciencia, pero eso deberían decirlo los demás.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
La imagen de un salvavidas, probablemente.

T. M.

martes, 17 de enero de 2017

Románticos «on the road»


El ensayo, la biografía, el paisajismo cultural o histórico cada vez busca nuevas vías expresivas, convirtiendo el yo que ensaya o pinta tal paisaje en parte fundamental del libro, de tal modo que la simpatía e identificación del lector se refuerce con el contenido de alguien que se muestra próximo. Es el caso de estas “Huellas” (traducción de Guillem Usandizaga) que, divididas en cuatro secciones que relacionan un viaje personal con el insigne antecedente que lo inspiró, son un tránsito detallado de los caminos que tomaron diversos escritores por Europa y las motivaciones y decisiones que los acompañaron.

Para empezar, en “1964. Viajes”, Holmes se propone hacer el viaje que en su día realizara Robert Louis Stevenson, en 1878, a los veintisiete años, con la compañía de una burra por Francia: “Junto a ella pretendía cruzar una de las regiones más elevadas y agrestes de Francia”, cuenta el Holmes aventurero que quiso imitar al autor de “La isla del tesoro” con la máxima exactitud para entender mejor qué le llevó a semejante excursión: “Stevenson pretendía ir solo y ser autosuficiente y cargó la burra con un enorme saco de dormir diseñado por él mismo”. Así, el biógrafo, en aquel tiempo también un joven soñador que aún buscaba su propio camino profesional, haría de ese viaje paralelo una forma de llegar al alma de su biografiado, entendiendo que la experiencia de Stevenson fue en cierto modo, a tenor de su maltrecha salud, no solamente una prueba física, el reto de poder sobrevivir solo, sino también un episodio metafísico: “Stevenson hacía una peregrinación a los recovecos de su propio corazón. Se preguntaba qué tipo de hombre debía ser, qué patrón de vida debía seguir”.

Este es sin duda el elemento más interesante de “Huellas”, la determinación de Holmes por ahondar en lo que despertó el ansia de soledad, introspección o curiosidad viajera del autor admirado. Y realmente consigue que sintamos el deseo, la duda, el temor incluso a lo que el destino deparó, en este caso, al Stevenson que intenta desligarse de la influencia de sus padres, le abordan grandes dudas religiosas y no sabe si decantarse por una existencia creativa y solitaria o comprometerse con alguien. Y ahí vienen unas de las páginas más relevantes y novedosas de las páginas dedicadas al narrador escocés: la vida de la que iba a ser su mujer, Fanny, a la que había conocido en Francia y con la que se reuniría en Estados Unidos para compartir el resto de sus días.

Revolución en dos tiempos

Esta etapa de Stevenson por las Cevenas francesas será una especie de rito de iniciación, en palabras de Holmes. Y algo similar ocurre en “1968. Revoluciones”, cuando el autor presencia los disturbios de aquel año en París, lo que le evoca “la primera revolución francesa tal como la vieron los románticos ingleses unos ciento ochenta años antes”. De nuevo solapando los tiempos, aquel espíritu es el de los años sesenta del siglo XX por ser otra “explosión de idealismo”, aderezado por música, sexo y estados alucinógenos, que se basaba “en un rechazo profundamente romántico de la sociedad convencional, el viejo orden”. Holmes, de hecho, va más allá en su comparación: «Muchos de los eslóganes y conceptos de los 60, incluida la misma idea de “revolución” como acto aparatoso de autoafirmación se inspiraron o reafirmaron» en esos autores clásicos de la primera modernidad. De ahí que surjan el Coleridge y el Southey proclives a las comunas, el Blake visionario y rebelde, el Shelley del amor libre y la resistencia pasiva o el De Quincey aficionado a las drogas.

Destaca entre todo ello el singular sendero vital de Wordsworth, que recorrió Francia a pie, tuvo un hijo con su profesora de francés y se hizo muy amigo de un simpatizante de la causa revolucionaria. El dilema que acució entonces al autor de “El preludio”, quedarse en Francia o huir a Inglaterra, hace que Holmes se sienta identificado con los problemas de su propia generación. Más adelante, en “1972. Exilios”, contará otra extraordinaria andadura, la de la feminista Mary Wollstonecraft, que en 1792 es una mujer increíble: con treinta y tres años vive de su pluma, es soltera e independiente, ha publicado cuatro libros y va sola a París, donde se quedará dos años y será feliz con su pareja. Holmes ve en ella el ejemplo de cómo interiorizar la revolución en su propia biografía, lanzando vasos comunicantes entre la escritura, el momento social que se vive y la mirada interior de cada artista. Por ello, el rastreo “in situ” es imprescindible.

Sigue así las huellas de Shelley en Italia, ampliando su investigación viajando al Distrito de los Lagos, Gales, Escocia, Irlanda, Francia, Suiza. En un momento realmente curioso para él: “Marco mi debut como biógrafo profesional el día en que el banco me devolvió un talón porque sin darme cuenta lo había fechado en 1772”. Hasta tal punto llegó su obsesión por el poeta de Sussex, que le dedicaría una biografía de ochocientas páginas. Y un ánimo igualmente obsesivo le conducirá a averiguar la fuente de la leyenda que se atribuye a Nerval, quien llevaba una langosta atada a una cuerda por las calles de París. En busca de las huellas de su extraño suicidio, Holmes se mete en todo “un laberinto de fantasía y memoria en el que el biógrafo puede quedar atrapado”. Lo cual puede ser una perfecta definición del género de la biografía, que este autor londinense borda como pocos en la actualidad.

Publicado en La Razón, 5-I-2017

lunes, 16 de enero de 2017

Entrevista en Aragón Radio, programa "La Cadiera", por mi libro "Que todo en la vida es cine"

Cine del parque Disneyland, California

Ayer, en el programa La Cadiera, de Aragón Radio, me entrevistaron muy amablemente con motivo de mi libro Que todo en la vida es cine. Escritos autobiográficos sobre películas (editorial Polibea). A partir de ello compusieron un espacio participativo en el que los oyentes llamaban para compartir las frases cinematográficas que les habían marcado. Se puede escuchar AQUÍ a partir del minuto 36.

sábado, 14 de enero de 2017

La antiguía turística

Una permanente sensibilidad infantil y una visión crítica de la sociedad harían de Mark Twain un autor muy popular desde que debutara con el libro de cuentos «La famosa rana saltarina de condado de Calaveras», en 1867. Con los años, su celebrado sentido del humor se convertiría en sarcasmo a medida que los Estados Unidos, con su idealizada ideología democrática, la ampliación de su territorio a modo de imperio expansionista, el genocidio aborigen y la esclavitud, se volviera a sus ojos un lugar decepcionante. Su mirada mordaz, en todo caso, ya estaba sembrada en su escritura cuando, radicado en San Francisco, el periódico para el que trabajaba le envió a cubrir, ese mismo año, un viaje que no podía ser más llamativo.

Durante meses se estaba hablando de una “Gran excursión de placer a Europa y Tierra Santa”, lo que Twain llama “un picnic de proporciones gigantescas”. Se trataba de viajar en un barco de vapor a lugares emblemáticos, partiendo de Nueva York, en el que iba a ser uno de los primeros grandes tours organizados. El resultado para Twain sería esta “Guía para viajeros inocentes” (traducción de Susana Carral Martínez), todo un festín maravilloso de humor, peripecia entretenidísima e información rigurosa al mismo tiempo.

Mareos y suciedad

Twain no tiene piedad de los que se marean abordo y observa a los pasajeros cómo van adoptando el lenguaje marinero a medida que atraviesan el océano durante los diez días en que tardan en llegar a las Azores. Al autor de “Tom Sawyer” le fascinará Tánger, un lugar “extranjero de los pies a la cabeza”, y más adelante, atravesando quinientas millas en tren, tendrá la ocasión de ver la Exposición Universal de París. De todo ello da cuenta con su pluma ácida, de infinita curiosidad, que se intensifica a medida que acude a los sitios donde el arte y el romanticismo han cundido en el imaginario colectivo. De este modo, va en góndola en Venecia y se cansa de ver cuadros de mártires, como “si fueran de la misma familia” de parecidos como los ve, habla de las “agotadoras millas de galerías pictóricas” florentinas y considera que el riachuelo del Arno podría llegar a ser un río convincente si le añadieran agua.

Civitavecchia, para él, “es el mejor nido de suciedad, plagas e ignorancia que hemos encontrado”. Sube al Vesubio, con mulas y caballos. Ve a Grecia llena de “pobreza, miseria y mendacidad”. En Turquía, “todo el mundo miente y engaña”, para al final concluir, tras comprobar que los baños turcos son una estafa: “Cómo me han engañado los libros de viajes al Oriente”. Y así página tras página, en un asombro y desengaño constantes: Sebastopol es la ciudad más destartalada de todo el mundo, pero comparada con las ruinas de Pompeya están bien. Siria, Esmirna y Egipto sienten los pasos de Twain, que cabalga horas por el valle del Líbano, contrae el cólera en Damasco, ve a niños en brazos de madres que permiten que se le posen cientos de moscas (incluso confunde tal nido de insectos con unas gafas de sol en un pobre chiquillo) y, ya en la cúspide de la desacralización, ve que Magdala es “asqueroso”, y de Nazaret… omitimos su opinión en estos días navideños.

Publicado en La Razón, 5-I-2017

viernes, 13 de enero de 2017

Entrevista capotiana a David Monthiel

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de David Monthiel.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Hace años que elegí el barrio del Mentidero, donde nací y vivo. Un lugar de del que aún no me ha podido exiliar la crisis endémica de una ciudad como Cádiz, que ostenta los índices más altos de paro del estado. Las razones para estar son claras en una ciudad como esta. Está rodeada de mar por todos lados menos por uno. Pero tiene carácter de isla. Tras un flojo hay un epicúreo, tras la alegría una pena negra, tras las risas, las fatiguitas, tras el pasado de esplendor, el presente de mojón. Soy muy consciente de que una cultura milenaria late bajo los adoquines y las fincas que se construyeron con plata manchada de sangre, que roneaba de tener leyes de seis mil años y en verso en época de Herodoto. Pero no soy un talibán del gaditanismo, ni creo que este hecho, elegir el lugar desde el que una quiere escribir y vivir, aumente o disminuya mi ignorancia o mi estulticia, mi costumbrismo o mi lejanía periférica de los centro de poder editorial, o mis reservas con los que muchos llaman "estar atado a un sólo lugar". Vivir en un puerto con gitanerías supone una cosmovisión diferente a la de tierra adentro. No hay mérito en eso. Aquí siempre han llegado las novedades antes que a Logroño (con perdón, es un ejemplo) y a sus cabecitas. Y un adagio de la ciudad decía que Madrid siempre estuvo más lejos que La Habana. Esta ciudad siempre ha sido cateta y moderna, a la vez, llena de ilustrados burgueses y de majos, de modernas y de castizas. No es difícil entender que esta ciudad, madre del flamenco y de unos de los carnavales más complejos y creativos del mundo, te regale una luz, una alegría en las fatiguitas, un desplante de bailaora en cada esquina, el Atlántico ahí, las azoteas desde las que se ven copas de araucarias. E historias y personajes como los que aparecen en la novela Carne de carnaval (El Paseo editorial, 2017).
¿Prefiere los animales a la gente?
No. La gente, esa categoría tan amplia y ambigua, me parece que tiene muy mala prensa en días en los que existen mascotas con más armario, cuidados y más tratamientos médicos que yo. La gente es esa que muchos intelectuales rechazan por ordinaria, obscena, bajuna y luego hablan en su nombre desde la medianía social o el progrerío barato de los que ostentan títulos universitarios. La gente es maravillosa, aunque esté narcotizada por el consumo, el espectáculo y la televisión, medicalizada, hastiada, comprada y vendida, o vote a sus verdugos, porque dentro late  "el pueblo" dormido. Creo que es fundamental escribir para "la gente" y no sólo para los críticos o para otros escritores.
¿Es usted cruel?
No, me considero una persona buena, noble, no en el sentido machadiano sino en el sentido que las abuelas usan para hablar de los niños y de las niñas que conocen. La crueldad es aplastante cada día en muchos aspectos de la vida: juguetes rotos del sueño televisivo, injusticias con las víctimas, sueños del consumidor que no tiene para consumir, egolatrías del me gusta, y todas las canciones tristísimas que suenan por la radio y que hablan de una decadencia orgánica de una sociedad. La crueldad es un nicho de mercado para los que instrumentalizan al otro y lo convierten en una cosa, en una relación para lograr que aumente su tasa de ganancia o su tasa de ego.
¿Tiene muchos amigos?
Tengo pocos amigos y amigas por ese viejo adagio de pocos pero fieles y de verdad. Son en los que confío, a las que quiero, a los que pregunto, a las que escucho perorar borrachos a las siete de la mañana, a los que ayudo en lo que puedo, a los que intento convencer para que lean o escuchen tal cosa, o se dejen permear por el flamenco en sus creaciones. Por los que testificaría en el Tribunal de Actividades Antiamericanas. El falso mito dice que la literatura es un oficio solitario, una actividad que requiere la soledad "del autor". Eso es una mentira. El proceso de escritura sí es solitario pero la literatura que yo quiero hacer necesita de lectoras durante ese proceso, de miradas que critiquen o celebren, que pidan aclaraciones o soliciten menos adjetivos y más acción. La literatura que yo hago necesita de una comunidad que la reciba, en primera instancia, para así saber que es útil, divertido o necesario lo que una hace.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Nunca hago una entrevista personal para hablar con alguien, compartir o beberme una cerveza. Nunca he sido de lo que muchos llaman "el croqueteo", que viene a ser lo social relacionado con la literatura. Huí de esos lugares. Y cuando estoy no suelo relacionarme bien por mi proverbial siesura o timidez. O una mezcla de ambas. Nunca supe aprovechar los momentos en los que podía medrar socialmente o culturalmente. Obtener un hueco en una antología o en una galería de fotografías. Me da igual. Quiero que me juzguen por lo que escribo, no por lo que afirmo con una copa en la mano en un remedo de fiesta a lo Woody Allen.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
A veces. Sobre todo si durante un tiempo los he juzgado por lo que dicen, declaman, afirman y no por lo que hacen. Cuando la tensión de las contradicciones se hace insoportable o demasiado patente desaparecen de mi vida para ser sólo personajes secundarios, conocidos, figurantes.
¿Es usted una persona sincera? 
Suelo serlo. Pero entiendo la sinceridad como la distancia más corta en lo que uno dice y lo que hace. Nunca fui un "bienqueda", como se suele decir. Aunque entiendo que manejar una sinceridad calculada a veces te lleva a morderte la lengua y a dormir mal. O a que te duela la cabeza. A veces evito una sinceridad que puede meterme en problemas. Sobre todo con algunos arribistas del mundo de la cultura. Pero luego todo cae por su peso y lo que consta no son las declaraciones ampulosas sino el trabajo diario, la constancia, lo que dicen los lectores y lectoras de lo que escribes, la incidencia que tiene en sus vidas. Ante eso, no hay nada que objetar ni interpretar.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Con mi familia, con mi "comunidad". Leyendo. Escuchando música. Haciéndola. Vi The Wire, Tremé, Los Sopranos, Mad Men y Perdidos. Creo que con eso tengo suficiente. Vivimos en una burbuja de series. Hay tantas que me da pereza seguir el debate.
¿Qué le da más miedo?
La muerte de mis seres queridos. La agonía. La política exterior de algunos países.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Que haya gente que desprecie la magna cultura de la Baja Andalucía, donde se crió, para remedar localismos de Chicago sin reconocer que en Estados Unidos sería apreciado como aquí consideramos al Pollito de California. Me escandalizan los tópicos racistas y clasistas sobre Andalucía, sobre Cádiz: sobre la flojera, la falta de rigor, sobre nuestro humor, sobre la manera en que vivimos. Me escandaliza que los andaluces usen esos tópicos y desconozcan olímpicamente las cuatro raíces históricas de una cultura sin parangón: la negra, la gitana, la judía y la árabe. Me escandaliza que se tome como verdad exportable y científica el conocimiento creado por hombres blancos de cinco países y que todo lo que no provenga de ahí sea folclore, antropología, cosa poco seria. Me escandaliza la colonialidad del poder.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
No decidí ser escritor. Dibujaba tebeos, escribía canciones. Yo decidí ser músico. Pero acabé escribiendo.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Lo practiqué. Demasiado.
¿Sabe cocinar?
Sí. Rápido y con las verduras que haya en la nevera.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Sobre varios: sobre el filósofo Enrique Dussel, sobre Fermín Salvochea, sobre El Planeta, el primer flamenco conocido, sobre las mujeres represaliadas en los pueblos de la sierra de Cádiz durante la sistemática represión franquista.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Vida.
¿Y la más peligrosa?
Para algunos cuando la escuchan: descolonización.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No. Nunca.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Como decía José Daniel Fierro: Nunca me sale igual pero: Con lo que tiran a la ba­sura en Queens en Nueva York en una noche, se podría amueblar un pueblo de Cuzco diez mil veces mejor de lo que está ahora. Con los desperdicios de un restaurante cla­se media de Caracas, comen 60 familias argelinas cinco días. Los solteros que pasean en la noche en Buenos Aires ha­rían las delicias de las solteras que sueñan solitarias viendo las estrellas de Bangkok. Los libros que he comprado y no leído resolverían los problemas de una biblioteca para en­señanza media en Camagüey. Con el salario mensual de un tranviario del D.F. se vive un día en el César Palace de Las Vegas. Con los discursos de un gobernador priísta mexica­no se pueden volver locos seis detectores de mentiras. Con la lumbre que hay en los poemas de Vallejo se cocinan to­dos los hot dogs que se consumen en un día en Monterrey. Con las palabras que he usado en 35 años para explicarlo, si las hiciéramos piedras, podríamos haber construido en Texcoco tres pirámides de Cheops . . . ¿Está claro? En resumidas cuentas: intento ser un intelectual de retaguardia, no de vanguardia, como dice Boaventura de Sousa Santos, uno que va con los movimientos sociales, caminando al mismo tiempo y se deja sorprender por la creatividad social, busca dar cuenta de lo que está pasado. Un materialista mesiánico.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Mujer.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Fleet Foxes, Camarón de la Isla, Michael Kiwanuka, Paco de Lucía, Caetano Veloso, La Perla de Cádiz, Father John Misty, Enrique Morente, Moses Sumney, Las comparsas de Antonio Martínez Ares, Jimi Hendrix, David Palomar, John Coltrane, Las comparsas de Juan Carlos Aragón, Miles Davis, algunas comparsas de Antonio Martín, Christian Scott Atunde Adjuah, Javier Galiana, Deftones, Raúl Lucas, The Posies, Proscritosdf, The Beatles, Music Komite... Así como la relectura constante de Manolo Vázquez Montalbán.
¿Y sus virtudes?
Constante, trabajador, imaginativo, creativo, determinado.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
El sol y el mar en la azotea de mi infancia, mi madre cantando, mi padre con un micro diciendo tonterías y locuras en lo alto de una duna, mi hermano Pepe montado a caballito, mi hermano Dani jugando al teatro y yo, su espectador, un baño nocturno en la Caleta, aquel abrazo con Sonia en la tetería del Populo, Sofía cantando "Pariri", Olivia tocando una guitarra de juguete.

T. M.

jueves, 12 de enero de 2017

Entrevista en "La Razón" por "Que todo en la vida es cine. Escritos autobiográficos sobre películas"


Ayer, en la sección "Teleo" del periódico La Razón, Javier Ors publicaba la entrevista que me hizo recientemente con motivo de mi libro Que todo en la vida es cine. Escritos autobiográficos sobre películas (editorial Polibea).

miércoles, 11 de enero de 2017

Entrevista capotiana a Manuel Ríos San Martín

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Manuel Ríos San Martín.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Mi casa. No es que me guste el reto en plan Gran Hermano, pero aquí tengo casi todo lo que más me gusta. Mi familia, mi ordenador, una cama, una terraza con plantas, mis series de tv, puedo invitar a amigos... ¡¡Si consigo montar una pista de pádel en la terraza a lo mejor me lo pienso y todo!!
¿Prefiere los animales a la gente?
No.
¿Es usted cruel?
No soy muy empático, pero cruel creo que no.
¿Tiene muchos amigos?
Sí, muchos y muy buenos. Amigos del colegio, familiares y sin embargo amigos, del trabajo… Tanto chicos como chicas. Considero la amistad como uno de los grandes valores. Intento cuidar a mis amigos. Y ellos a mí.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que sean distintos a mí. Me gusta la gente que opina diferente, la gente polémica. Prefiero a los que no son políticamente correctos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No. Nos conocemos bien. En general no me decepciona casi nadie. Suelo saber qué se puede esperar de cada uno. La decepción es una pérdida de tiempo. Es mediocre.
¿Es usted una persona sincera? 
Mi mujer dice que demasiado.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Con los amigos y la familia, viendo series de televisión y practicando deporte.
¿Qué le da más miedo?
Mis hijos me dicen que a esta respuesta no vale decir “a perder el trabajo”, así que diré que a la muerte. Pero no me ocupa en el día a día. Soy de los que preferiría sobrevivir al apocalipsis zombie. Ya veríamos que viene después.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
El abuso de los poderosos. El que la gente no sea capaz de colaborar por un bien común. La falta de liderazgo. Todo tiene que ver.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Empecé a estudiar derecho… pero no sé. Político, tal vez. Me lo planteé de joven, pero no vi ningún partido al que me gustase afiliarme.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Hago mucho ejercicio. Creo que es fundamental para vivir y pensar bien. Voy dos días a la semana al gimnasio, juego al fútbol y al pádel.
¿Sabe cocinar?
Muy poco. Lo básico. Pero hago unos zumos y un pantumaca estupendo.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Para el Reader’s Digest no sé, la verdad, pero en estos momentos me gustaría hacer una miniserie sobre el inventor de la anestesia aplicada a los partos. Te copio una noticia: Decía que John Snow, el primer «médico especialista en anestesia» de Londres, había cloroformizado a la reina durante el parto, por expreso deseo de ésta y del príncipe consorte. El alumbramiento resultó indoloro y sin que se registrara el más leve trastorno.” Fue un escándalo en su época.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Colaborar. No es especialmente bonita. Es más divertida, por ejemplo, chancleta, pero me gusta su significado. Mi hija se llama Irene, que significa paz. Decidimos el nombre poco después del 11-S. Colaborar y paz tiene relación.
¿Y la más peligrosa?
Crédulos. Hay demasiados.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No. Pero creo que la muerte no sabe elegir muy bien. Yo la despediría.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
En España no se puede contestar a esta pregunta. La mitad restante te odiaría. Pero leyendo mi novela “Círculos” se pueden sacar algunas conclusiones.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Mujer. Sin duda. Qué emoción.
¿Cuáles son sus vicios principales?
El azúcar en sus diversas modalidades. El roscón en navidades alcanza niveles de adicción. Pero lo tengo controlado.
¿Y sus virtudes?
Los vicios y las virtudes suelen ser caras de la misma moneda. Tengo facilidad para ver la debilidad en los demás. Si la respeto es una virtud. Si no…
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
La superficie a la que lucharía por llegar (si es que me ahogo en el mar, claro).  
T. M.

martes, 10 de enero de 2017

Unamuno: Libertad de pensamiento por bandera


Las dos Españas, un país polarizado. El tópico que ya puso en versos Antonio Machado define el mismo tiempo que también le tocó vivir a Miguel de Unamuno. ¿Cuál era la ideología del escritor? La que buscaba la libertad de pensamiento, simplemente. La aprendida en los pensadores grecolatinos, la que impele al hombre a dirigirse a sí mismo, sin sumisiones ante quien surge amparado por un puñado de votos electorales. Por eso, insistía en que su práctica política era facilitar a sus conciudadanos criterios para valorar las situaciones sociales, rechazando la idea de alistarse en un partido político. Alguien que ahondó tanto en el interior del ser humano, en obras como “Del sentimiento trágico de la vida”, no podía sino ser un francotirador de toda postura emitida desde el Parlamento.

Así como hiciera, a mediados del siglo XIX, H. D. Thoreau, con su acto de desobediencia civil al negarse a pagar un impuesto que a sus ojos servía para que Estados Unidos guerreara contra México; de la misma manera que el autor de “Walden”, con sus conferencias y artículos, criticó sin piedad a las instituciones, llenas de advenedizos sólo pendientes de su propio interés, pero también al ciudadano que admitía leyes injustas sin rebelarse, Unamuno fomentó la iniciativa de negarse a lo impuesto desde el Poder. Éste podía estar representado por un rey, Alfonso XIII, o por el “botarate de Primo de Rivera, patente mentecato” (como dice en un artículo en 1927), al que criticó tanto que, siendo rector de la Universidad de Salamanca, fue condenado a exiliarse en la isla de Fuerteventura durante seis meses, yéndose a continuación de manera voluntaria a Francia.

Con todo, antes de verse defraudado por la República, a su regreso a Salamanca saldría elegido concejal en abril de 1931. Era imposible estar de acuerdo con sus colegas, el individualismo constituía la política mayor que debía emprender cualquiera. Y el otro bando, comandado por Franco, tampoco podía ser la solución en 1936 a la eterna España dividida. Cómo aceptar que un general, Millán Astray, en un discurso contra vascos y catalanes, dijera aquello de “Muera la intelectualidad traidora, Viva la muerte”. Unamuno no podía quedarse al margen: estar callado hubiera sido mentir, someterse, obedecer. Y entonces dijo, en otras memorables palabras: venceréis, pero no convenceréis.

Publicado en La Razón, 31-XII-2016

lunes, 9 de enero de 2017

Artículo sobre Rubén Darío en la revista "Clarín"

Catedral en ruinas de Managua, que fotografié en 1995

En el último número de la revista Clarín (126, noviembre-diciembre de 2016) publico un artículo sobre Rubén Darío titulado "El poeta maltratado". Está acompañado de una fotografía que hice de una estatua erigida en su recuerdo en Managua.

domingo, 8 de enero de 2017

Doce elegidos para la Gloria

En el año 2004, Joan F. Mira llevaba a cabo una de sus heroicidades intelectuales, como había hecho con la traducción al catalán de la “Divina comedia” y haría con la “Odisea”. Nos referimos a su versión de los Evangelios, hecha con un enfoque literario y no dogmático, y adaptando los criterios que se aplicarían a los escritos narrativos de los clásicos griegos, lo cual no hacía que se alejara de la fidelidad al texto; muy al contrario, su intención era profundizar en el lenguaje original griego y lograr una expresividad natural y próxima para el ciudadano de entonces y el de ahora. Mira ponía algunos ejemplos de cómo se diferenciaban palabras o frases del texto primigenio y aquellas que ya estaban marcadas por un contenido teológico y litúrgico. Un primer y apasionante problema a la hora de interpretar un conjunto de narraciones que, “desde el mismo momento de su redacción, hasta nuestros días, ha tenido un peso, una difusión, una influencia y una penetración cultural y social como ningún otro libro imaginable de ninguna lengua o literatura europea”.

Algo similar también se preguntó Tom Bissell cuando, tras una niñez y adolescencia educado en el catolicismo de manera muy activa, leyó un libro que al fin y a la postre le empujaría a ir abandonando la fe, dándose cuenta de “toda clase de dificultades textuales y de traducción, que en muchos casos no sólo no se resolvían, sino que se agravaban a medida que nuevos manuscritos y hallazgos iban saliendo a la luz a lo largo de la historia”. Resultado de tal interés y diez años de trabajo es este formidable “Apóstoles” (traducción de Juanjo Estrella), que refleja cómo la sensación del autor al respecto de que una verdadera comprensión de Dios a través de las escrituras le resultaba de repente una tarea inabarcable se tradujo no en mero rechazo o incertidumbre, sino en una investigación desarrollada con libros y viajes a nueve países y más de cincuenta iglesias; todo para “conocer los supuestos sepulcros y lugares de reposo eterno de esos doce apósteles”.

El enigma de Judas

Pero quiénes eran tales apóstoles. Ni siquiera clarificar ello es tarea fácil, dado que en el Nuevo Testamento no hay un acuerdo unánime, sino pequeñas variaciones: Marcos enumera una docena; la lista de Mateo es parecida; Lucas sigue en esa línea pero añade a Judas de Jacobo y no incluye a Tadeo; Juan no ofrece una relación de doce seguidores, y “considera como perteneciente al círculo íntimo de Jesús a un tal “Natanael de Caná”, que no aparece en ningún otro lugar del Nuevo Testamento”. Es más, Bissell añade que un texto que probablemente sea del siglo II y que fue descubierto a finales del XIX aporta una lista de once, influenciado por Juan. “Esas incongruencias socavan y a la vez avalan el fundamento histórico de los doce”, pues según otro estudioso citado por el autor, “la fluctuación de los nombres revela que no todos eran recordados con precisión a medida que pasaba el tiempo”. De hecho, en el Nuevo Testamento la expresión “doce apósteles” sólo sale una vez, en Mateo 10.2.

Sea como fuere, Bissell se pregunta si los doce apóstoles (que significa “el que es enviado”) eran viajeros o predicadores que en efecto eran conscientes de la relevancia de su fe en el mundo, o en realidad se trataba de judíos que andaban por Galilea y Judea. Por su parte, “los padres de la Iglesia, en su mayoría, intentaron mantener la diferenciación entre los setenta discípulos y los doce apósteles, esfuerzo que generó gran confusión”. Y es que se habló de esos sesenta a partir de un pasaje de Lucas 10, escogidos por Jesús para difundir su palabra. En un ámbito, además, en que el concepto de autoría en unos textos que no se firmaron es ambiguo e inspira muy diferentes interpretaciones, en el que la historia y la leyenda a veces son indistinguibles. Como en el caso más polémico y enigmático, el de Judas Iscariote, con el que empieza el libro.

El ejecutor del beso más famoso de la historia es citado veintidós veces en el Nuevo Testamento, sobre todo en el evangelio de San Juan. El autor se adentra en el misterio de su traición, lo cual se ve limitado por la escasez de las fuentes, para lo cual cita a analistas tan particulares como De Quincey, el opiómano que escribió que Judas hizo lo que hizo para salvar a Israel. Pero “Apóstoles” no es sólo un ensayo sobre el cristianismo, sino también una obra de aventura viajera. Aparece Bissell en terrenos peligrosos, enfermando, dialogando con gentes que le facilitan o complican sus pasos. Ya sea en el Jerusalén palestino con motivo de Judas, o en Roma siguiendo las huellas de Bartolomé, Pedro o Pablo, las de Andrés por Grecia, las de Juan en Turquía, o recorriendo los ochocientos kilómetros del Camino de Santiago junto a un amigo, Bissell se muestra como un cronista experto en desgranar la infinita riqueza del cristianismo “in situ”, alcanzando incluso la India para estudiar a Tomás o a Kirguistán para buscar las reliquias de Mateo.


Publicado en La Razón, 22-XII-2016

sábado, 7 de enero de 2017

Entrevista para el Calendario de la Cultura 2017, "Revista El Duende"


En la página 35 del Calendario de la Cultura 2017, de la Revista El Duende (núm. 159), se me entrevistó brevemente para preguntarme sobre las novedades que nos esperan este año en el terreno literario y sobre qué libros de viajes prefiero.

jueves, 5 de enero de 2017

Un Pessoa llamado Álvaro de Campos

«Somos cuentos contando cuentos, nada», dice Fernando Pessoa por medio de Ricardo Reis, uno de sus heterónimos, o sea, ese tipo de identidades ficticias creadas por un autor que le atribuye características particulares. Otro, Álvaro de Campos, afirma sobre la obra del ortónimo –es decir, el escritor que crea heterónimos– Pessoa que «desconocerse conscientemente es emplear activamente la ironía». El maestro de los tres poetas, el que niega toda filosofía, Alberto Caeiro, cuya muerte será sentida hondamente por Campos y Reis y, fríamente, por Pessoa, cuenta cómo fue el único de ellos en conocer al mencionado “alter ego” de Fernando Pessoa «ele mesmo».

No es un enredo de personajes literarios que busque confundir al lector, sino la combinación de cuatro «subpersonalidades» que nacieron un triunfal día de 1914 que originará todo un «drama em gente», como el mismo Pessoa lo definió. Éste tuvo la visión de convertirse en varios escritores, cada uno con su personalidad, biografía y estilo literario propios, con un nexo común: el de no esperar nada de una existencia dedicada sólo al pensamiento. A ello se consagró el escritor portugués, un hombre que eligió renunciar a todo –amor, dinero y hasta salud; a los cuarenta y siete años muere en un hospital de cirrosis hepática, en 1935– con el fin de construir su obra. «Así pues, el poeta sólo compartirá verdaderamente el mundo con sus “otros” interiores, cuya única voz múltiple le proporcionará la única realidad posible», dijo en la antología “Un corazón de nadie” (2001) Ángel Campos Pámpano. Éste aludía a la génesis de los heterónimos, nacida por «el profundo rasgo de histeria que hay en mí» y por «mi tendencia orgánica y constante a la despersonalización y a la simulación», como cuenta el propio autor en una carta.

De hecho, las «Notas para el recuerdo de mi maestro Caeiro» de Campos se pueden leer ahora en la “Obra completa” que publica la editorial Pre-Textos con el nombre, no de Fernando Pessoa, como se suele hacer aunque los textos formen parte del corpus de un heterónimo, sino directamente con el nombre de Álvaro de Campos. Decisión que hay que entender de Jerónimo Pizarro y Antonio Cardiello, que se han encargado de la edición, la cual ha sido traducida y anotada por Eloísa Álvarez.

El baúl que no tiene fin

Destacar debidamente a los responsables del libro siempre es tarea muy importante cuando se está entre los manuscritos de Pessoa, que escribía en cuadernos con letra apretada poemas, prosas, minicuentos, aforismos, todo un caudal literario de complejísima transcripción y de ordenación muy distinta según quien la ejecute. El poeta dejaría casi todos sus escritos inéditos (sólo publicó un libro, los poemas de “Mensaje”) en un baúl, acumulando miles y miles de páginas escritas de forma caótica y que conservó su hermana durante décadas. El día antes de morir, escribiría en inglés: «No sé lo que el mañana me traerá». Un mañana que para los investigadores, así, fue trayendo continuos descubrimientos, el último de los cuales fue para nosotros «Iberia. Introducción a un imperialismo futuro», aparecido en 2013: un conjunto de borradores de Pessoa que abordan la “cuestión ibérica” y que nos acercaban a la vertiente política del poeta: resurrección del patriotismo luso y reivindicación de una cultura que tendría que extender puentes con España; incluso en esas páginas hay reflexiones que versan sobre la relación problemática entre el Estado y Cataluña, los porqués del establecimiento de una monarquía o una república en ambos países, o la identidad de Galicia.

Hay, pues, un Pessoa político, además de un Pessoa articulista, ensayista, novelista de tramas detectivescas, crítico literario, y muchas cosas imposibles de etiquetar más. Pero por encima de todo está el poeta que, en la carta citada, hace que Reis rinda homenaje a Campos, que un personaje hable de otro personaje, como si ambos fueran personas (Pessoa significa precisamente “persona”): de cómo le conoció, cómo era su rostro, qué pensaba de la vida… Luego, el lector podrá leer una entrevista hecha a “Álvaro de Campos, ingeniero naval y poeta futurista”, acerca de sus puntos de vista de la situación de Europa, y hasta cartas dirigidas al director de una publicación. El juego metaliterario llega tan lejos que Campos habla en estos términos de la única persona ¿real? de todo este fenomenal lío literario: “Fernando Pessoa sigue teniendo esa manía, que tantas veces le he censurado, de creer que las cosas se prueban. Nada se prueba a no ser para leer la hipocresía de no afirmar. El razonamiento es una timidez, dos timideces tal vez, siendo la segunda la de tener vergüenza de estar callado”.

No ser nada

En estos paradójicos y complejos términos se expresa el hombre que, según su ortónimo, se graduó en Glasgow aunque naciera en Tavira, en 1890, y destacó como poeta –seguidor del futurismo del italiano Marinetti–, estando relacionado con las revistas en las que colaboró Pessoa, “Orpheu” y “Portugal Futurista”. El lector interesado, sin embargo, tal vez tenga en mente en especial el poema «Tabaquería», escrito en 1928, cuyo inicio reza así: «No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada. / Quitando esto, tengo en mí todos los sueños del mundo». Pizarro y Cardiello hablan de estos versos en la presentación del libro para referirse a ese ánimo nihilista y negativo mezclado con su ansia de que no se le clasifique. El mismo Campos se ve “exasperadamente sensible y exasperadamente inteligente. En esto me parezco (salvo en tener un poco más de sensibilidad y un poco menos de inteligencia) a Fernando Pessoa”.

Tal capacidad le llevará a crear poemas tan relevantes para la literatura portuguesa como la “Oda triunfal”: “A la dolorosa luz de las grandes bombillas de la fábrica / tengo fiebre y escribo. / Escribo rechinando los dientes, feroz por la belleza de esto, / por la belleza de eso enteramente desconocida de los antiguos”, y que es una exaltación del ruido tecnológico de la modernidad, o la “Oda marítima”: “Solo, en el muelle desierto, esta mañana de verano, / miro hacia la barra, hacia lo Indefinido, / miro y me alegra ver, / pequeño, negro y claro, un transatlántico que entra”, en el que expresa la “saudade” que le produce el puerto.

Estos y otros muchos poemas célebres como el “Saludo a Walt Whitman” y que son de Campos o se atribuyen a él se presentan en todas sus versiones halladas, de ahí que el proceso de edición haya sido meticuloso y difícil por esta manía, como diría Campos de Pessoa, de «otrarse» (el neologismo es suyo), a ser continuamente otro. El libro se cierra con una prosa que podría resumir la visión de este autor poliédrico: “Toda la literatura, y sobre todo la poesía, responde a un deseo de huir de la vida. Quien quiere vivir, vive y no canta. Quien no quiere vivir, canta para olvidar que vive. Por eso, los pueblos tristes tienen canciones alegres, y los pueblos alegres canciones tristes”. Pessoa, todo un microcosmos literario, tiene algo de esa contradicción: una vida melancólica y solitaria impregnada de un deseo dichoso de experimentar en el arte literario, de manera lúdica, autohumorística, que deparará mil sorpresas más desde un baúl que no parece tener fondo.
Publicado en La Razón, 24-XII-2016

miércoles, 4 de enero de 2017

Entrevista capotiana a David Fernández Rivera

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de David Fernández Rivera.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Bajo ningún concepto podría elegir un solo lugar, mi vida es una huida constante de todo tipo de espacios, conceptos, celdas y laberintos. Me muero en la quietud y la búsqueda constante de nuevos horizontes me desgasta de un modo indescriptible. Esta es la paradoja de un hombre roto.
¿Prefiere los animales a la gente?
Las personas también son animales. Creo que la complejidad y el atractivo de todos y cada uno de ellos es impresionante. Sin embargo, sí puedo decirle que los animales no humanos no solo son más auténticos, sino que, y al contrario de nuestra especie, su corazón respira muy cerca de su identidad natural.
¿Es usted cruel?
Solo conmigo mismo y con mi obra.
¿Tiene muchos amigos?
Desde nuestra primera educación, esta sociedad inhibe los grandes pilares de la amistad real; me refiero al amor, la libertad, la empatía, la entrega o el altruismo. Dicho esto, encontrar personas sobre las que crecer desde estos valores es muy difícil. Afortunadamente, sí que tengo alguno.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Todas las que no tiene esta cárcel en la que pretenden hacernos creer que vivimos o que podemos llegar a vivir.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No, nunca.
¿Es usted una persona sincera?
De lo contrario no podría ser poeta. Una persona que busque poesía lejos de la sinceridad, solo encontrará máscaras y silencio. Sin saberlo, muchos autores contemporáneos no son del todo sinceros en su búsqueda poética, esta puede ser una de las muchas causas de que vivamos a orillas de una poesía muda.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
El “tiempo libre” solo es un holograma, puesto que como casi todos los ingenios artificiales, está encarcelado, en este caso por un reloj que lo delimita. Desde mis creencias subjetivas acerca de la vida, no puedo comprenderlo.
¿Qué le da más miedo?
Mi obra, especialmente me aterroriza enfrentarme a los imposibles que pide mi teatro. En muchas ocasiones maldigo seguir mi propia visión escénica en el mundo que nos ha tocado vivir, es un infierno...
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La comodidad, e incluso la alegría, con la que tantos solapan la oportunidad de la vida con las características y propiedades de la nada.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Yo no he decidido en ningún momento ser escritor, es más, le garantizo que, en mi caso concreto, crear me ofrece un camino tan difícil de llevar como el propio abismo. Si soy poeta es porque nací poeta, esa es mi autenticidad y mi cruz. Por supuesto, prefiero el llanto y el dolor a la farsa de interpretar un papel en este casposo y convencional teatro del mundo. En el caso hipotético de haber podido elegir, sin duda alguna, hubiese sido pedagogo, hubiese sido más feliz...
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí, y muy intensamente, puedo decirle con la mano en el corazón que el deporte no solo me ha ayudado en momentos de depresión insoportable, sino que también me ha facilitado herramientas para aguantar, para crecer... Concretamente practico desde hace más de diez años el levantamiento de pesas; asimismo, he practicado durante mucho tiempo Karate-DO, aunque después de haber llegado a un nivel relativamente alto, comencé a estudiar otras artes con mayor orientación de cara a la defensa personal.
¿Sabe cocinar?
No soy un apasionado de la cocina, pero me defiendo.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Syd Barret, el carismático fundador de “Pink Foyd”; tan inolvidable como olvidado.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Como creador, estoy dejando de creer en los idiomas que delimitan una suerte de relaciones entre significados y significantes. Para mí, tienden a limitar nuestra verdadera potencialidad humana para percibir nuestro interior y exterior. Como es lógico, esto limita enormemente la capacidad de comunicación inter e intrapersonal del ser humano. Por el contrario, sí creo en la multitud de significantes y manifestaciones que nunca tuvieron o que, en el entorno artístico, abandonan una relación precriptiva con uno o varios significados para adquirir uno distinto en función del lector o del momento. Desde esta perpectiva, la palabra que más esperanza me transmite es: Nahára`h.
¿Y la más peligrosa?
Neihveh...
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No. Sin embargo, sí creo en la necesidad de eliminar todo aquello que alimenta ese conjunto de redes y relaciones de plástico que envenenan el corazón del hombre, que matan la naturaleza, que inhiben la vida...
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Mi política se llama amor, justicia, naturaleza y libertad.  
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Un muerto bajo una losa de piedra gris con una lápida de roca celeste. Eso sí, siempre que ese cadáver hubiese cumplido un sueño en vida.
¿Cuáles son sus vicios principales?
El perfeccionismo, de hecho, en ocasiones atenta contra mi propia libertad y me hace ser más infeliz.
¿Y sus virtudes?
La resistencia, la valentía y la fuerza de voluntad.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Un sol en el que se intuye lo imposible que siempre he buscado visto desde las dunas del desierto del Sahara, un caballo negro galopando por las playas de Dakar o una hermosa espada de mano y media. El misterio de estas fotografías me ha salido al paso en los momentos más comprometidos, especialmente la última.
T. M.