sábado, 29 de abril de 2017

Un artículo sobre los "beat" en la revista "Clarín"


Lombard Street, San Francisco, esta navidad

En el último número de la revista Clarín (128, marzo-abril de 2017) he tenido la ocasión de publicar el artículo "Aullidos en la carretera. Lecturas beat antes de visitar la City Lights Bookstore". En él reviso algunas de las más importantes novedades que se han publicado sobre Jack Kerouac y Allen Ginsberg, sobre todo, en los últimos años; lo acompaño de algunas fotos que hice en la mítica librería cofundada por otro beat, Lawrence Ferlinghetti, en San Francisco, este diciembre, que está llena de pósteres sobre el grupo de amigos, aparte de estantes destinados enteramente a sus libros.

viernes, 28 de abril de 2017

Entrevista capotiana a Gonzalo Giner

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Gonzalo Giner.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Mi actual casa, aunque a ser posible la trasportaría tal y como es a Llanes, en Asturias.
¿Prefiere los animales a la gente?
Prefiero a la gente, pero cuando falla sé que siempre están ellos.
¿Es usted cruel?
Con algunos de mis personajes sí. Algunas veces los he hecho sufrir mucho.
¿Tiene muchos amigos?
Por suerte sí. Son muchos y en muchos lugares; me siento muy privilegiado en ese sentido.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Lealtad, complicidad, generosidad, disponibilidad…
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Ellos no. A veces me pregunto si yo los decepciono a ellos….
¿Es usted una persona sincera? 
Trato de serlo, aunque hay verdades que hay que vestirlas un poco antes de ponerlas en limpio.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leyendo una buena novela en compañía de Bach, en un jardín y con veinte grados de temperatura ambiente.
¿Qué le da más miedo?
Con toda sinceridad el Alzheimer.  
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La espantosa inacción que demostramos con los refugiados; es la peor medida de nuestra actual sociedad occidental.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Crear otras cosas. La actividad más gratificante que disfruta el ser humano es ser capaz de crear; una vida, una idea, un enfoque, una pieza de arte, una relación…
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Camino con mi perro una hora al día y practico pádel dos días a la semana.
¿Sabe cocinar?
Me encanta, aunque lo practico poco. Ya se sabe, entre mi trabajo como veterinario, la escritura y las promociones queda poco tiempo para dedicarlo a esos menesteres…
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Churchill. Me parece la persona más fascinante, visionaria y capaz de todo el siglo XX. Aunque si se me permitiera, añadiría a Juan Pablo II. Ambos movieron el mundo poniendo el enfoque siempre en el hombre. 
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Respeto.
¿Y la más peligrosa?
La superioridad, por encima de las naturales diferencias. 
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Por supuesto que sí, pero solo a besos…
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Liberalismo.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Me gusta ser lo que soy; un veterinario y escritor.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Me encanta el vino… Ufff.
¿Y sus virtudes?
Responsabilidad, respeto, amabilidad…
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Creo que acudirían a mi cabeza la imagen de mis padres, de los mis familiares que ya no están y los que sí están; mi gente.

T. M.

jueves, 27 de abril de 2017

Los Estados Unidos de la incertidumbre



Acaba de aparecer un libro del recién desaparecido este año Zygmunt Bauman, “Tiempos líquidos” (editorial Tusquets), en el que, con el subtítulo “Vivir en una época de incertidumbre”, entre otros asuntos, aborda la utopía, concepto que ya tiene toda una larga y fecunda historia, desde la República platónica de la Grecia del siglo V a.C. hasta la actualidad. El pensador polaco mencionaba, como es inevitable, a Tomás Moro, quien “sabía muy bien que su proyecto para el mundo limpio de incertidumbre y de miedos incontrolados era el diseño de un escenario idóneo para una vida buena, y también era un sueño”. Le puso el nombre de utopía uniendo dos palabras griegas que venían a significar: no-lugar. Ese sueño de sociedad ideal no está en ningún sitio, no existe, entonces. ¿O tal vez sí? Oscar Wilde dijo que todo mapa debería tener ese país siempre, el de los anhelos y optimismos del ser humano, y Bauman afirma que nuestro mundo debería tender a la utopía precisamente porque sin ella, no es habitable.

Ahora Lionel Shriver le da la vuelta a ese futuro que tendría que esperarnos con todo tipo de esperanzas para confeccionar el otro lado de la moneda: una distopía, es decir, una utopía negativa. Especialista en indagar en las bondades convertidas en pesadillas en el seno de la típica familia estadounidense de clase media-alta, la autora de “Tenemos que hablar de Kevin”, célebre por haberse adaptado al cine, y de otras novelas igualmente notables como “El mundo después del cumpleaños”, “Todo esto para qué” y “Big Brother”, nos lleva a una Norteamérica que haría que el mismísimo Donald Trump se llevara las manos a la cabeza. 

La pesadilla de Trump

“Los Mandible. Una familia: 2029-2047” (traducción de Daniel Dajmías) presenta un mañana en que se han repetido las circunstancias devastadoras del crac del 29, con el valor del dólar por el suelo, y que además tiene como presidente de la nación a un hombre de origen hispano, e incluso un muro, sí, pero para que los ciudadanos no huyan en vez de servir para que no entren los inmigrantes. Para desarrollar un escenario de verdadera incertidumbre como este, en el que hay que ahorrar agua para lavarse una vez por semana y es posible quizá comer carne cada varias semanas –por aludir al primer capítulo de la novela–, nada mejor que centralizar todo en un hogar concreto. Así, tenemos cómo Florence y Esteban Mandible y sus hijos, en Brooklyn, durante los próximos veinte años prácticamente, tienen que apañárselas frente a un colapso económico de proporciones catastróficas, día a día, en un entorno en el que la raza blanca es minoritaria, China se ha erigido en el único líder mundial y el gobierno requisa casa por casa el oro de la gente para obtener liquidez. 

La novela irá avanzando con el protagonismo creciente del más joven del grupo, Willing, que se busca la vida a lo largo del país para salir de un atolladero social desmesurado; todo de manera más o menos entretenida, aunque con una extensión exagerada, y con ese telón de fondo hasta el último capítulo, titulado significativamente “De todos modos, ¿quién quiere vivir en una utopía?”. En todo caso, tal vez el lector concluya que la obra acaba siendo un mero ejercicio de futurismo decadente y que la brillante idea que la sustenta supera a lo que debería ser el eje central y que no acaba de desarrollarse del modo deseado: una buena trama narrativa. 

Publicado en La Razón, 27-IV-2017

miércoles, 26 de abril de 2017

Entrevista capotiana a Yolanda Regidor

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Yolanda Regidor.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Elegiría muerte. Soy claustrofóbica.
¿Prefiere los animales a la gente?
No. Sé que son más leales, pero prefiero la imprevisibilidad de la gente. Me divierte más.
¿Es usted cruel?
Detesto la crueldad, aunque soy consciente de que todos lo somos para alguien en algún momento.
¿Tiene muchos amigos?
Los tengo de muchas clases.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Lealtad, generosidad y sentido del humor. Con una me vale.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Nunca mientras lo son.
¿Es usted una persona sincera? 
Claro. ¿Para qué decir la verdad cuando puedes callar?
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Ocupar y tiempo libre me chirrían en la misma frase.
¿Qué le da más miedo?
La falta de libertad.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Si escribes ficción es raro que algo pueda escandalizarte, excepto tus propios sentimientos con respecto a algo.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Aburrirme, supongo.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Hace años me compré una Power Plate que utilizo en invierno. En verano golpeo un saco y nado.
¿Sabe cocinar?
Sí, pero sé que el ingrediente mágico de un buen plato no es el amor; es la paciencia. Y yo no la tengo.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Hans Giebenrath, el protagonista de Bajo las ruedas, de Hermann Hesse.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Contigo.
¿Y la más peligrosa?
Fuera.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
La inocencia de los niños no existe; solo es debilidad e ignorancia. Nos humanizamos con el tiempo. Yo recuerdo mi infancia.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Respecto a la forma de Estado, defiendo la República. En cuanto a la política,  es para mí un misterio que haya gente tan convencida como para posicionarse con esa absoluta determinación –incluso fiereza- por una tendencia u otra. O hay poco cerebro o mucha mentira.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
No ser.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Soy epicúrea; me es difícil considerar vicio la búsqueda de mis placeres.
¿Y sus virtudes?
La curiosidad y la flexibilidad entre la certeza y la tendencia a la duda. Rotundamente. Creo.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Un botecito en la mano, una camiseta de Pipi Langstrump, aquel escarabajo pelotero, el cementerio antiguo, otro hogar, un frío patio interior de colegio, mamá, un disco de los Rolling, mi amiga Teresa, ciudad nueva, una postal, el paraíso del abismo, una caída, una resurrección, otra caída, otra resurrección, la equivocación, el acierto, mi hijo, la felicidad, la tesis de ella, la antítesis de ella, el sí, el no, el deseo -teoría y práctica-, la revelación de la verdad.

T. M.

martes, 25 de abril de 2017

Clint Eastwood en Almería


Clint Eastwood es quien es, de alguna manera, gracias a España. Gracias a un cineasta italiano que rodó tres wésterns en Almería que se convertirían en tres clásicos de la gran pantalla pese a su bajo presupuesto y condiciones de rodaje complicadas. Sobre todo ello ha investigado el periodista Francisco Reyero (Sevilla, 1971) hasta confeccionar «Eastwood. Desde que mi nombre me defiende» (editorial Fundación José Manuel Lara), en el que cuenta con detalle y amenidad todas las circunstancias que rodearon el trabajo del director que emprendió lo que acabaría siendo la llamada «Trilogía del dólar», Sergio Leone. Sus títulos en italiano, «Per un pugno di dollari» (1964), «Per qualche dollaro in più» (1965), «Il buono, il brutto, il cattivo» (1966), se traducirían así al español: «Por un puñado de dólares», «La muerte tenía un precio» y «El bueno, el feo y el malo». Nacía el denominado despectivamente por los críticos cinematográficos «spaghetti western», un subgénero que se desarrolló durante las décadas de los sesenta y setenta –gracias precisamente al éxito de Leone– y que encontraba en escenarios europeos (Almería, alrededores de Madrid, Huesca, Burgos, los estudios de Cinecittà en Roma) un paisaje acorde con el Oeste americano lleno de pistoleros y en el que los gastos de producción siempre eran reducidos.

El protagonista de tal trilogía, como cuenta Reyero, tiempo atrás había estado «durmiendo el sueño americano, cerca de los treinta, estaba a la espera de una película que no llegaba, descartado sucesivamente para uno, otro y otro pequeño papel. A veces, interrumpía alguno de los oficios con los que iba tirando. Dejaba por un momento su trabajito de limpiador de piscinas, de guardia forestal, de hombre que luchaba contra el fuego y se iba a buscar un teléfono cercano». Entonces llamaba desde alguna cabina telefónica a su agente para preguntarle lo de siempre: si había algo para él. Y lo habría sobre todo, en aquellos difíciles inicios para Clint Eastwood (San Francisco, 1930), mediante un papel en una serie para televisión titulada «Rawhide», también de estilo wéstern, que contaba las peripecias de un par de ganaderos, y que le reportaría al futuro director, músico, productor y compositor cierta popularidad en Estados Unidos a lo largo de los más de doscientos capítulos en los que participó.

Icono popular

«Montando a caballo y rodando mecánicamente, acumulaba seis temporadas cuando aceptó trabajar a las órdenes de Sergio Leone, un director italiano rodeado de problemas económicos hasta para pagar las dietas. Ese guiño del destino y soportar el caótico rodaje de «Por un puñado de dólares» entre Madrid y Almería, enderezó su carrera». Es más: «Aquel trío de “spaghetti westerns” fue el responsable de su conversión en icono». Y de iconos populares y de todo lo que tiene que ver con la mitología contemporánea y la imagen sabe mucho Reyero, que con este libro sobre Eastwood en España alcanza su particular trilogía norteamericana, después de dos títulos sobre dos hombres de fama universal. Primero, fue «Sinatra: Nunca volveré a ese maldito país» (2015), en el que revisaba las aventuras del cantante y actor por España, destacando en ello sus broncas o sus problemas con compañeros de rodaje como Sofía Loren; después, vendría el reciente «Trump: el león del circo» (2016), en el que el escritor abordaba la figura del por entonces candidato del Partido Republicano a la presidencia del gobierno, y hoy polémico a diario presidente de Estados Unidos, y toda la red de «merchandising» que se fue tejiendo a su alrededor, hasta convertirse en un «populista de mercado», con un pasado como especulador financiero, fraudes y diversas bancarrotas, enfrentado a los medios de comunicación que le son críticos.

Eastwood, afiliado por cierto al Partido Republicano desde 1952, cuando apoyó a Eisenhower, y también afín a las políticas de Nixon (hasta el escándalo Watergate y su gestión de la guerra de Vietnam), a la candidatura de John McCain en las presidenciales de 2008 y en estos meses a la de Trump, no fue sin embargo la primera opción para Leone. «El principal resultado de sus tres aventuras españolas fue que quedó inseparablemente unido a su personaje», escribe Reyero, y ahora parece imposible asociar a tal personaje la imagen de otro actor. Pero en primera instancia, el director de «Érase una vez en América» (su última película, de 1984; con Robert De Niro y James Woods) había pensado en Henry Fonda y Charles Bronson, y al parecer las negociaciones fueron inclinándose hacia la participación de James Coburn. Éste se llegó a comprometer pero luego rechazó el papel, tal vez porque ningún actor de Hollywood estaba reaccionando con interés o por las «irrisorias condiciones económicas». Así las cosas, Leone se decantaría por un Eastwood que permanecía encasillado como ganadero televisivo y que sentía que no iba a perder nada yendo a España, pues si el proyecto fracasaba era improbable que llegara a estrenarse en Estados Unidos.

Siete semanas en España

El plan sería trasladarse unos días a Roma y luego siete semanas a España, «cuyas localizaciones iban a representar la frontera norteamericana con México». Desde el comienzo, no obstante, surgirían contratiempos de todo tipo, y el rodaje, totalmente caótico, de «Por un puñado de dólares», que se llevó a término entre la primavera y el verano de 1964, «estuvo salpicado por continuos problemas, impagos y amagos de abandono, pero apenas unos meses después la película se estrenó sigilosamente en Italia y desde el primer momento se convirtió en un gran éxito». La apuesta de Leone había sido arriesgada: con un presupuesto ínfimo, con la necesidad de pedir permiso al Gobierno franquista para rodar en España, sin protagonista al comienzo de la filmación... y además teniendo en mente una fuente de inspiración diametralmente opuesta al carácter fílmico occidental: «Yojimbo», la cinta de Kurosawa sobre un samurái que Leone transformaría «en un pistolero vengativo, silencioso y sanador».

En cuanto a Eastwood, la experiencia española también estaría marcada por lo sentimental. Llevaba ocho años casado con una mujer que había conocido en la Universidad de California, donde él era instructor de natación, pero entonces tendría un «affaire» con una mujer que se quedaría embarazada de él, aunque de eso el actor se enteraría más adelante (tiene siete hijos de cinco mujeres diferentes). La que sería su primera hija nacería en junio de 1964, cuando el actor californiano estaba en una España gris y atrasada, en la que para un extranjero destacaban «sus gentes: las envejecidas mujeres de luto de las pedanías del poniente andaluz, los jóvenes soldados norteños del cuartel de San Marcial reclutados para hacer escenarios y para participar como extras, [...] los taxistas que ayudaban a los directores a localizar por trochas y veredas, los figurantes pluriempleados, los secundarios valiosamente feos que trabajaban de malos en varios títulos al mismo tiempo, los técnicos de efectos especiales por lo castizo, los chivatos, los deudores, los sinvergüenzas, los pelados». Todo un paisajismo humano autóctono mezclado con «las hordas de peliculeros italianos que hicieron de su idioma el oficial de Almería». A lo que se añadía la mirada de un actor que se convertiría en uno de los hombres del cine más completos y brillantes de la historia, que vio, como dijo en una entrevista de 1985, «todos aquellos españoles, caras gitanas...», y «aquel ambiente tan enigmático, extraño...».

Publicado en La Razón, 16-IV-2017

lunes, 24 de abril de 2017

Entrevista capotiana a Eva Losada Casanova

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Eva Losada Casanova.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Aquel desde donde pudiera contemplar la vida, tapada con una manta y un libro en la mano, sin estridencias. Un buen lugar sería junto a Castorp, en el Sanatorio Berghof o si eso se me niega, elegiría el rincón donde escribo, aquí, ahora.
¿Prefiere los animales a la gente?
Paseando, leyendo o escribiendo prefiero siempre la compañía de Elvis, mi pastor inglés.
¿Es usted cruel?
A menudo.
¿Tiene muchos amigos?
Más de los que merezco y cuido. Siempre son los mismos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que cocinen para mí y luego compartan conmigo aquello que la vida les descubre.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Permanentemente.
¿Es usted una persona sincera? 
Demasiado.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Pensando.
¿Qué le da más miedo?
La muerte de mis hijos y la ceguera. Me asusta la ceguera, la propia.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La estupidez del que se refugia detrás de algún dios que todo los justifica y cualquier forma de violencia.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Ser terriblemente desgraciada, viviendo la vida que llevaba antes de darme cuenta de que era terriblemente desgraciada.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Submarinismo en verano, esquí en invierno y habitualmente manejo, con prudencia, una bicicleta estática todos los días mientras leo el periódico. Después de largas jornadas de escritura, paseo con mi perro o hago flexiones y estiramientos, propios de mi edad.
¿Sabe cocinar?
En absoluto. Ni me gusta, ni me relaja, ni me entretiene, ni me aporta absolutamente nada. Dejo a mis amigos la cocina, yo siempre prefiero poner el mantel, la conversación, la música y el vino.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Fernando Pessoa, mientras nos tomamos un vino; y si no tuviera la agenda disponible, lo intentaría con  Christopher Hitchens, siempre y cuando tuviera tiempo suficiente para prepararme bien la entrevista, aunque, donde está, no me cabe duda de que lo tiene.  
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
La palabra Viva, que en portugués se utiliza, a menudo, como saludo, es un Hola intenso, lleno, que al pronunciarse parece que una dice algo así como “Vivo y estoy”, exhalando energía.
¿Y la más peligrosa?
Por Dios.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Por supuesto, hace doce años, ese deseo duró varios minutos y a continuación comencé a escribir mi segunda novela.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Aquellas que defienden que la cuna nunca determine las oportunidades en la vida, aquellas en las que saber es más importante que tener o parecer, aquellas en las que la moderación alimente el discurso, la opulencia desentone y aquellas que ayuden a construir y mantener un Estado tolerante y aconfesional.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Si es un lugar me gustaría ser un lago entre montañas, si una planta, quizá una palmera frente al mar, si un objeto, la proa de un barco y si tuviera que ser un animal, sería un gato callejero urbano adoptado por una abuelita.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Los que tenía antaño los olvidé casi todos y los vicios de ahora son cuatro:  los baños calientes, el queso francés, un Gintonic hecho con tiempo y, el cuarto, es uno de los de antaño.
¿Y sus virtudes?
Cada día saco una, pero quizá la que con más frecuencia aflora es la generosidad.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Imágenes clásicas ninguna. Buscaría con desesperación a mi compañero de inmersión o me entregaría a la muerte sin luchar, sumida en una ceguera y entrega absolutas.

T. M.

domingo, 23 de abril de 2017

Amigos rivales entre pinceles


He aquí las vidas paralelas de ocho artistas: Matisse y Picasso, Manet y Degas, Pollock y De Kooning, Freud y Bacon, en busca de buscar su voz propia, una independencia creativa motivada, eso sí, por la obra ajena. Sebastian Smee, con “El arte de la rivalidad. Amistad, traición y ruptura en el arte moderno” (traducción de Federico Corriente), ha querido analizar la amistad y la rivalidad en la formación de estos creadores a partir de un retrato, un intercambio de obras, una visita al estudio o una inauguración, que impulsó una tensión, un enfrentamiento, pero también una admiración incondicional y un estímulo para, al mirarse en el espejo del otro artista, autosuperarse frente al lienzo. Un libro, pues, “sobre el hecho de ceder ante el otro, sobre la intimidad y la apertura a la influencia. También versa sobre la vulnerabilidad. Por qué estos estados de vulnerabilidad se concentran a comienzos de la carrera de un artista y cómo duran un periodo de tiempo limitado”. 

Los ocho tenían su talento en potencia, estaban a punto de llevar a cabo sus grandes innovaciones creativas pero todavía no presentaban un estilo específico, y algo desencadena que vida y obra cambien de rumbo para siempre: “Manet rasga un retrato de él y su mujer pintado por Degas. De Kooning pelea con Pollock y al poco de la muerte de este se junta con su amante, Ruth Kligman. Freud rompe con su mentor y amigo íntimo Bacon tras haberse inmiscuido sin querer en su relación con un amante violento...” El propio Smee cuenta en la introducción que viajó a Japón para ver directamente la pequeña pintura que Degas había hecho a Édouard Manet y su esposa, Suzanne. Ya cuando el matrimonio Manet posó para este cuadro, en 1868-1869, éste había provocado el malestar entre los críticos por resultar indecoroso y no iba a tardar en sufrir un descenso gradual de su reputación. ¿Pero qué le pasó a este hombre al que todo el mundo adoraba para rasgar aquel cuadro y enemistarse con Degas? En todo caso, cuando Degas murió treinta años más tarde, entre las obras que le rodeaban, estaba ese cuadro rajado, que había recuperado de manos de su amigo para intentar repararlo, además de tres retratos a lápiz que le había hecho a Manet y más de ochenta obras de éste. ¿Qué ocurría entre ellos: fascinación o rivalidad?

Este libro da la respuesta a tales cosas, y reflexiona sobre el daño que se inflige, pero también sobre el daño que estos pintores se hicieron a sí mismos en relaciones estimulantes y enfermizas. A juicio de Smee, Picasso no hubiera pintado “Las señoritas de Aviñón”, “su gran obra rupturista, ni hubiera impulsado, junto a Braque, el cubismo, sin esa seductora presión que proporcionaba Matisse”. Por su parte, Freud seguramente no habría podido “abandonar su anterior estilo, rígido y meticuloso, y convertirse en el gran pintor de la carne rebosante y lívida, si no hubiera sido por su amistad con Bacon”. Asimismo, De Kooning no sería el artista que es hoy si no hubiera “comenzado a trabajar ni a pintar de manera más libre sus primeras y poderosas obras maestras de la década de 1950 sin la influencia de Pollock”. Y en el caso de Degas, acostumbrado a pintar temas del pasado y a encerrarse en su estudio, sin el influjo que en él ejerció su amigo Manet no hubiera tenido la iniciativa de explorar otros asuntos y pisar calles, cafés y locales de ensayo en los que ampliar su mirada pictórica.

Amantes y fidelidades

La amistad entre Pollock y De Kooning podría calificarse como mínimo de difícil, pero ¿qué pasaría para que, menos de un año después de la muerte del primero en un accidente de coche, para que el segundo mantuviera un romance con la amante del primero, Ruth Kligman, que había sobrevivido al fatal choque? Pero tal vez el relato más singular de todos sea el de Matisse y Picasso. Tras la muerte de aquel, en 1954, Picasso le iría homenajeando por medio de diversos cuadros y tendría en un sitio preferencial de su casa el retrato de Marguerite, la hija pequeña de Matisse, la misma obra que le había servido anteriormente para atacar al francés cuando estaba entre amigos. Tal vez conservarlo era producto de un recuerdo sentimental: en 1906, Matisse había ido a visitar por vez primera a Picasso a su estudio parisino, en lo alto de la colina de Montmartre, acompañado de Marguerite, de doce años de edad y que había sufrido difteria, como la propia hermana del malagueño, Conchita (“juró ante Dios que, si le perdonaba la vida, nunca jamás volvería a pintar”; pocos días después, la niña moría). Un momento aquel crucial para ambos, cuando después de vivir penurias, empezaban a despuntar en el ambiente artístico y se miraban mutuamente con recelo: “Enseñarle a un artista rival el trabajo de uno era arriesgarlo todo”, dice Smee. Y en efecto, algo así despertaría tanto amistades como enemistades, pero también una influencia recíproca en los ocho pintores que iba a cambiar su obra de una forma nueva: la que les llevó a la posteridad de la que hoy disfrutan.

Publicado en La Razón, 20-IV-2017

sábado, 22 de abril de 2017

Entrevista capotiana a Florencia del Campo

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Florencia del Campo.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Una casa frente al mar (que no tengo), con muchos libros (que tengo guardados en cajas de cartón en otro país), con conexión a internet para poder ver pelis y escuchar música (que tengo, a pesar de la tortura que es tratar con las compañías que la venden), con varios vinos (qué rico!), con alguien (que...).
¿Prefiere los animales a la gente?
No, en absoluto; prefiero a la gente.
¿Es usted cruel?
Soy sarcástica en ocasiones, pero si estoy en confianza. El sarcasmo es irónico siempre. Quien me conoce no se siente atacado, pero quien no, puede decirme: “qué cruel que eres!”.
¿Tiene muchos amigos?
Cuando te mudas de país y empiezas de cero, o retrocedes por lo menos una década en lo que tenías ganado, cambian hasta los modos de contar. Y de acumular, por supuesto. Tengo amigos y amigas nuevos, y eso me emociona todos los días. Conservo algunas amistades del pasado también. No me parecen muchos, me parecen que son los que fui capaz de convencer de que mi sarcasmo es una manera de decir: me entrego, y ojalá que tú también, a este pacto de la confianza.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Honestidad, sentido del humor, inteligencia, inquietudes varias, sentido común.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No. O muy poco. Es muy raro que sienta algo negativo respecto a mis amigos o amigas: ni enojo, ni decepción… Tiendo a pensar, por norma, que cada uno y cada una hace lo que puede, y si yo esperaba más es un poco un asunto de todos y todas, sin buenos ni malos. No recuerdo nunca haberme sentido decepcionada por ninguna amiga o amigo. Sí me ha pasado sentir que una relación de amistad no fluye, que hay que dejarse mucha energía por hacer que no estalle, que es una bomba de tiempo; he escuchado reclamos a los que respondí con cierta honestidad brutal que sólo buscaba construir desde la confianza y la transparencia (incluso desde la desnudez del alma) aunque no siempre lo haya logrado. Yo sí que decepcioné, lo sé.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí, últimamente mucho más que antes. En cualquier caso, he mentido y he callado en muchas ocasiones aunque no me gusta hacerlo: me enfrenta a un acorralamiento que no soporto, necesito más espacio. La mentira y el silencio asfixian. Pero todas esas veces lo hice porque no supe gestionarlo de otra forma.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Yendo al cine, al teatro, leyendo, viendo películas o series en casa y saliendo con amigas y amigos.
¿Qué le da más miedo?
Perder la libertad.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La violencia sobre todo. La impunidad también. Me escandaliza el lamentable y actual presidente de la Argentina, Macri, hablando de afectos y emociones, por ejemplo.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Me habría gustado bailar. Ser bailarina. Hacer con el cuerpo.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Yoga de manera muy intensa en clases muy intensas, y un poco fusionado con danza y pilates a veces; y pesas en mi casa. Lo segundo con menos disciplina que lo primero.
¿Sabe cocinar?
No. Desastre total. Si tuviera que hacerlo no me moriría de hambre, algunas cosas creo que podrían salirme bien. Pero en líneas generales no sé hacer casi nada, tengo la suerte de no necesitar hacerlo y, además, no me interesa pasar tiempo en la cocina, no quiero emplearlo en eso.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Alfonsina Storni, porque cuando yo era chica mi madre me contó que se había ahogado y me llevó a la playa donde lo había hecho. Era una poeta a la que yo ya venía leyendo en esa época (tenía diez años) y me conmovía profundamente. Caminar con mi madre frente al mar donde había muerto ella me pareció de un lirismo inigualable.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Mañana.
¿Y la más peligrosa?
Odio.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No. He querido dañar, sí, lamentablemente. Y he deseado la muerte de esta forma: que pasara de una vez por todas; pero yo no quería matar ni en esa ocasión. Nunca quise matar a nadie, quise lastimar.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
De izquierdas. Por eso los últimos dos meses del 2015 fueron tan decepcionantes para mí: en Argentina ganó Macri y en España no ganó Podemos, que era lo que yo deseaba, y con grandes esperanzas. Luego, encima, lo que ya sabemos: de nuevo Rajoy. Horror total en ambos lugares.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
No me puedo imaginar siendo algo no humano. Como juego, puedo decir que de ser animal, preferiría ser uno marino. Como juego, también, podría decir que si es obligatorio, según las reglas, elegir algo por fuera de los seres vivos, sería música para la bailarina humana que en realidad querría ser si fuera otra cosa.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Internet. Creo que no puedo pasar más de un día sin conexión. Me pongo súper ansiosa. Pero en general no me envicia casi nada, y no sé por qué lo confieso, si es tan poco atractivo eso.
¿Y sus virtudes?
Estoy atenta a lo que necesitan las demás personas e intento brindarlo, dentro de mis posibilidades, siempre que no vaya en contra de mis principios. Y lo digo porque creo que esa atención logra convivir muy bien con mi sólido individualismo, y es ahí, en ese punto, donde me parece que puede ser una gran virtud.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Imágenes de playa. Todas las que pueda evocar: playas de España con amigas, playas argentinas con mi madre y mis hermanas. Ojalá me diera tiempo de repasar mentalmente todos esos lugares de mar y todas esas mujeres.

T. M.

viernes, 21 de abril de 2017

Un ensayo que merece su tiempo

El pasado febrero se publicaba “Cronometrados. Cómo el mundo se obsesionó con el tiempo” (editorial Taurus), en el que Simon Garfield hablaba de “nuestra obsesión con el tiempo y sobre nuestro anhelo por medirlo, controlarlo, venderlo, grabarlo, representarlo, inmortalizarlo y darle sentido”. Trayendo a colación asuntos de carácter histórico de los últimos doscientos cincuenta años, y también con referencias a sus propias experiencias personales, el ensayista londinense exploraba el modo en que “el tiempo se ha convertido en una fuerza pertinaz que domina nuestras vidas” y estudiaba el momento en que, con el trasfondo de la Revolución Industrial y la invención del ferrocarril, el tiempo empezó a ser encapsulado hasta nacer el concepto de “puntualidad”; de modo que el tren cambiaría nuestra forma de valorar el tiempo más que ningún otro invento, pues la reducción de los desplazamientos influiría en el resto de horas disponibles.

Este tratamiento del tiempo que irrumpe por vez primera en la historia de la humanidad en el siglo XIX también tiene su reverso fantástico en la misma época. James Gleick lo demuestra en este magnífico “Viajar en el tiempo” (traducción de Yolanda Fontal) en el que explica que, en esa centuria que presenció maravillas, “la era del vapor y la era de la máquina estaban en pleno apogeo, el ferrocarril acortaba las distancias en el planeta, la luz eléctrica convertía la noche en un día interminable y el telégrafo eléctrico estaba aniquilando el tiempo y el espacio”. Toda una transformación para una manera de entender la vida, ya que hasta ese entonces la conciencia del tiempo era vaga en comparación con la nuestra actual. “En tiempos pretéritos, la gente apenas tenía la más mínima esperanza de visitar el futuro o el pasado. Rara vez se le ocurría a nadie. No estaba en el repertorio.” Pero entonces se le ocurrió a H. G. Wells.

Gleick apunta algunos casos como precedentes de esa idea del viajero en el tiempo, pero por supuesto el punto de inflexión es la novela “La máquina del tiempo”, que Wells –un joven que “está intentando ser escritor. Es un hombre minuciosamente moderno, que cree en el socialismo, el amor libre y la bicicleta”– publica en 1895. Un autor al que cabe reconocerle algo extraordinario, porque, al contrario de lo que pudiera creerse, viajar en el tiempo no pertenece a una tradición ancestral, indica Gleick, sino que es una fantasía de la era moderna; de manera que Wells “estaba inventando también una nueva forma de pensar”. Su relato planteaba ir más allá de las tres dimensiones de Euclides (arriba y abajo, delante y atrás, y derecha e izquierda); significaba tener en cuenta una cuarta dimensión, sobre la cual ya los científicos discutían y que acababa siendo “un escondrijo de lo misterioso, lo oculto, lo espiritual, de cualquier cosa que pareciera acechar fuera de la vista”.
           
El tiempo en las manos

Wells hace visible, por así decirlo, esa dimensión que para él no es nada misteriosa; es simplemente el tiempo, una dirección más, ortogonal al resto. Pero esto a la vez implicaría pensar en el tiempo como en un lugar, un espacio, lo que genera todo tipo de teorías, tanto del campo de la ciencia como de la filosofía. Por eso será natural pasar las páginas y encontrarnos con ideas de Newton y Schopenhauer, pero también E. A. Poe y Woody Allen y muchos otros, con un estilo claro y ameno verdaderamente ejemplar. Viajar en el tiempo, al ser algo tan arraigado en nuestro imaginario fantástico popular –como la inolvidable adaptación de la novela de 1962, “El tiempo en sus manos” (en español), con Rod Taylor como viajero– hace que Gleick pueda aludir a un sinfín de ejemplos de “futuristas”, el primero de ellos Jules Verne. Éste imaginaría un París del siglo XX en que habría vehículos a gas, bulevares llenos de luces y luchas entre máquinas. Una distopía, indica el autor neoyorquino, tan moderna que nadie la quiso publicar en su momento.

Y es que cuántas veces las fantasías de los artistas se han adelantado a las posibilidades que otorgará el progreso tecnológico. En este caso, lo interesante es comparar cómo pensó Wells su máquina y la forma en que su protagonista viajará a un lejano futuro –en el que una sociedad tan edénica como alineada está esclavizada por los Morlocks– y las teorías que un par de décadas después surgirían en el terreno de la física. Un tal Albert Einstein crearía la teoría de la relatividad, lo que daría pábulo a la posibilidad de viajar en el tiempo; ¿cómo?, pues muy sencillo: acercarse a un agujero negro y acelerar hasta llegar a la velocidad de la luz, como le dijo una vez un físico famoso a Gleick: “Lo que quiere decir es que tanto la aceleración como la gravitación atrasan los relojes, de acuerdo con la relatividad, de forma que uno podría envejecer un año o dos en una nave espacial y regresar a la Tierra dentro de cien años para casarse con su sobrina tataranieta”, como sucede en una novela de Robert Heinlein. Así que, ciertamente, tendremos el tiempo en nuestras manos… en un futuro de ciencia ficción.

Publicado en La Razón, 13-IV-2017