jueves, 30 de marzo de 2017

Entrevista capotiana a Ildefonso Arenas


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Ildefonso Arenas.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Un Ritz-Carlton, cualquiera de ellos.
¿Prefiere los animales a la gente?
La gente, a menudo, es más divertida.
¿Es usted cruel?
No. La crueldad es propia de idiotas, y los idiotas me aburren.
¿Tiene muchos amigos?
Suficientes.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Ni les pido nada ni espero nada.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Como no les pido nada, ni espero nada, pues no.
¿Es usted una persona sincera? 
Mientras no convenga ser otra cosa, sí.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Ando mal de tiempo libre, aunque no sé si eso es saludable.
¿Qué le da más miedo?
Hacienda.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Los dioses. Todos ellos.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Aburrirme.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Juego al ajedrez.
¿Sabe cocinar?
Ni la menor idea.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
¿Qué cosa es un 'Reader's Digest'?
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Independencia.
¿Y la más peligrosa?
Fe.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Por ahora, no.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Decía Churchill que el hombre libre, bueno, sano y temeroso de Dios, piensa con la cabeza, ama con el corazón y vota con la cartera.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Guapísimo.
¿Cuáles son sus vicios principales?
No es que disfrute de un número excesivo, pero encontraría difícil señalar cuál me apasiona más.
¿Y sus virtudes?
Una gran facilidad para olvidar todo aquello que me tenga sin cuidado.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Me preguntaría 'dónde diablos está el maldito salvavidas'.

T. M.

miércoles, 29 de marzo de 2017

"La soledad del tirador" en "El Diario Montañés"


El sábado 18 de marzo ya aparecía una completa información sobre el libro que vería la luz en librerías dos días más tarde, La soledad del tirador (El Desvelo Ediciones). Ocurría en El Diario Montañés, y el texto lo firmaba Guillermo Balbona, a quien quedo muy agradecido.

martes, 28 de marzo de 2017

Entrevista capotiana a Pepa Merlo

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Pepa Merlo.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
¡Qué claustrofobia! Pinos del Valle, Granada, al menos tendría a mis antepasados con los que poder conversar. La Herradura, Granada, para que el mar me diera amplitud de miras. Cualquiera de los dos lugares.
¿Prefiere los animales a la gente?
Depende del animal y depende de la persona. Pero, desde luego, mi gata con sus uñas afiladas me inspira más confianza que mucha gente.
¿Es usted cruel?
No. Nada. Y a veces un poco de crueldad es hasta beneficioso.
¿Tiene muchos amigos? ¿Muchos? Los estrictamente necesarios.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Lealtad.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? No. Los que me decepcionan no son amigos.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí. Demasiado.  La expresión de mi rostro me delata aun cuando no quiero ser sincera.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Sin hacer nada.
¿Qué le da más miedo?
Los terremotos. No soporto que las cosas se muevan a mi alrededor sin que yo pueda controlarlas.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La doble moral. La impunidad tan propia de este país. La clase política....
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Pues no lo sé.  ¿Llevar una vida poco creativa?
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Más del que me gustaría.
¿Sabe cocinar?
¡Me encanta cocinar! ¡Soy feliz cocinando!
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Jack Lemmon.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Supongo que la palabra cambia dependiendo de a quién se le haga esta pregunta. El concepto “esperanza” es muy relativo.  Lo que para mí puede resultar esperanzador puede que no lo sea para otra persona.  Personalmente, la palabra “sosiego” me resulta muy esperanzadora.
¿Y la más peligrosa?
Las palabras no son peligrosas.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Jamás. Y me hubiera gustado tener ganas de matar a alguien.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?,
Solo tengo una y está en la izquierda.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Pintora, cantante de ópera, cantante de jazz, chelista, saxofonista, cocinera profesional, directora de orquesta, bailarina de clásico, bailarina de contemporáneo, figura del flamenco, piloto de rally (me encanta conducir), y un largo etcétera.
¿Cuáles son sus vicios principales?
No entiendo la pregunta. No sé qué son “vicios”. Si se refiere a los que las distintas religiones definen como tal: TODOS.
¿Y sus virtudes?
Pocas. Bueno, me considero una persona generosa. No me cuesta regalar tiempo y tiempo es lo único que se nos va agotando sin posibilidad de recuperar jamás.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Una vez estuve a punto de ahogarme y lo que veía era la luz sobre la superficie del agua. Experimenté una sensación de tranquilidad inimaginable. Si me pregunta qué imágenes me gustaría ver en el momento de mi muerte: Una orquesta tocando a Bach o a Mahler (quizás este último sea más apropiado para la situación que propone).

T. M.

lunes, 27 de marzo de 2017

La verdad del tacto


Un vistazo general a la obra poética y ensayística de Pedro Alberto Cruz enseguida revela la importancia de lo corporal en su mirada. Este profesor de Historia del Arte en la Universidad de Murcia, con pasado de siete años en el ámbito político como consejero de Cultura, Juventud y Deportes en la misma región, y aún más atrás, en el de la gestión cultural en el Centro de Documentación y Estudios Avanzados de Arte Contemporáneo, ya cuenta con una considerable trayectoria que incluye cuatro poemarios. Debutó en este género en el año 2011, con el libro “No comparto las razones de la luz”, donde el cuerpo tenía un protagonismo evidente. Dos años después tal cosa se haría explícita en el título de su segunda reunión de poemas, "Cuerpo de un solo día", cuyo estilo en el prólogo fue alabado por Luis Alberto de Cuenca. En 2014, "Tú y el afuera" profundizaría en el tacto de lo corpóreo, lo carnal y amoroso, pero con el tema de la paternidad detrás de sus versos.

Y así llegamos a “De la nada a tu carne”, en esta ocasión en torno al amor romántico, en el que la poetización de cuanto tiene que ver con la presencia física y sensitiva de la amada se convierte en, como reza la dedicatoria, un destino de todos los sentidos: “Vibra tu piel”, “Tu cuerpo araña / el sentido ordinario de la quietud”, “Tu cuerpo es la eternidad de aquella mañana”, “Le he dejado todo el mundo a la verdad de tu tacto”, “Te quedas inmóvil. En tu cuerpo. Sin dejar / nada de ti en los alrededores”… El objeto amoroso es así una isla intacta, pura, a la que aspirar, tocar, observar, oler; es el reposo del mundo, lo que justifica estar vivo. Y es también el desencadenante de cierta incertidumbre en el sujeto poético, que tiene sin poseer, que descubre cada vez de manera nueva lo que ya le era conocido: “Me limito a tu piel y no te conozco”, o incluso se plantea su propia identidad: “Me pregunto si antes de que pusieras tu mano / en mi rodilla, yo existía”.

Ver, tocar

Ese juego de identidades, de ausencias presentes, de presencias ausentes en las que tanto profundiza Cruz –muy influido según él mismo por los heterónimos de Fernando Pessoa, el rey de la identidad plural– tiene mucho que ver con cómo ha estudiado las creaciones visuales en el ámbito pictórico o escultórico. No en vano, también es autor de estudios como “La vigilia del cuerpo. Arte y experiencia corporal en la contemporaneidad”, “La muerte (in)visible. Verdad, ficción y posficción en la imagen contemporánea” o “Cuerpo, ingravidez y enfermedad”. La relación del observador con su destino visual-sensual es casi la de un esteta “voyeur” de la carnalidad, la del contemplativo frente a una obra artística con la que guarda distancia a la vez que intenta captar hasta corporeizarse con ella. Como dice en el poema XIX (“De la nada a tu carne” consta de cuarenta y tres composiciones numeradas): “La carne invade mi respiración”. Ya no basta el mero lenguaje, pues ya el tacto de los dedos “está lleno de palabras”, y así el cuerpo silencioso de la amada se queda sin ni siquiera nombrar, como para no mancillarlo mediante un idioma que no haría más que simplificarlo, adulterarlo, “dejarlo inmóvil”, exactamente como una obra de arte cuya belleza cabe admirar y que representa la única objetividad. Por eso las manos, al tocarla, tocan lo real, viajando Cruz así a lo primigenio del cuerpo humano, pues “ver, tocar” es “el primer acontecimiento del mundo de siempre”. 

Publicado en La Razón, 23-III-2017

domingo, 26 de marzo de 2017

Entrevista capotiana a Sol Aguirre

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Sol Aguirre.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
¿Prefiere los animales a la gente?
Depende de los animales. Y de qué gente.
¿Es usted cruel?
Lo justo y necesario, que es muy poco.
¿Tiene muchos amigos?
Sí, y de los de verdad.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Básicamente una: que lo que vea sea lo que haya.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí. Creo. Sí sé seguro que no miento.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
En el cine, paseando o leyendo.
¿Qué le da más miedo?
El dolor. Sobre todo el emocional.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La manipulación.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
He trabajado en comunicación durante veinte años. Aunque eso también es crear... No creo que pudiera llevar una vida no creativa.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Cuando puedo, yoga y tonificaciones varias.
¿Sabe cocinar?
Para sobrevivir.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Marilyn Monroe.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Hoy.
¿Y la más peligrosa?
Odio.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, aunque no me hubiera importado que alguien desapareciera sin mi participación.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Las mías.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Persona sosegada.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Morderme las uñas y las series de televisión. Un coñazo de tía soy.
¿Y sus virtudes?
La constancia y el sentido del humor.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Las caras de mis hijos.

T. M.

sábado, 25 de marzo de 2017

Bibliografía selecta Derek Walcott


Omeros (Anagrama, 1994)
Extenso poema épico con guiños a la “Ilíada” pero que sucede en una isla antillana, y no en la Gracia antigua.

La voz del crepúsculo (Alianza, 2000).
Su primer libro de ensayos en que trata la diversidad cultural antillana y estudia la obra de poetas como Brodsky, Frost o Naipaul.

La Odisea (Visor, 2005)
Obra encargada por la británica Royal Shakespeare Company, que se representó por primera vez en 1992.

Pleno verano (Vaso Roto, 2012)
Selección de su obra poética de 1946 a 2004 donde se aprecia su gusto por la literatura griega, y autores como Heaney y Paz.

El burlador de Sevilla (Vaso Roto, 2014)
Adaptación de la obra de Tirso de Molina en la que Walcott fusiona el barroco español y el ritmo musical de Trinidad.

Publicado en La Razón, 18-III-2017


viernes, 24 de marzo de 2017

Entrevista capotiana a Andrés Ortiz Tafur


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Andrés Ortiz Tafur.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? 
La playa de San Román, O Vicedo, Lugo. Hay un terreno con dos casas antiguas: una mira al mar y la otra no; ocuparía la que dejara libre mi hermano Rafa, toda una incógnita. A ser posible, con las baldosas amarillas del piso en el que crecí y con el sombrero que mi padre usó para cubrirse la cabeza la última vez que estuvo allí. De hecho, llevando al extremo la originalidad de la pregunta, creo que podría vivir perfectamente en el interior de ese sombrero. 
¿Prefiere los animales a la gente?
Desde hace algún tiempo convivo con cuatro perros, en un lugar inhóspito, a cuarenta y cinco minutos de la civilización, y puedo asegurar que no acarrean tantas responsabilidades, que provocan menos dolores de cabeza y que apenas me contradicen. Pero si he de llevarme a un solo ser vivo a San Román, sería a mi compañera Eva.
¿Es usted cruel?
Sí. A qué negarlo… Una persona cruel (a ratos), que se arrepiente y reincide.
¿Tiene muchos amigos? 
Sí, a tenor del tiempo que les dedico, muchos más de los que merezco. Y tengo también momentos idealizados alrededor de ellos: no me gustaría morirme sin haberme tomado, el día anterior, una copa con mi amigo Pedro José Gascón, por ejemplo. Y, sobre todo, tengo el saco abierto: sigo haciendo amigos, encontrando a gente fantástica con la que tomar copas en esos días en los que uno no tiene previsto morirse.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? 
La autenticidad. La sinceridad. El abrigo. La seguridad. El cariño. 
¿Suelen decepcionarle sus amigos? 
No. 
¿Es usted una persona sincera? 
Cuando se puede y se debe.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Paseando con mis hermanos, bebiendo con mis amigos y viajando al norte con Eva. 
¿Qué le da más miedo? 
Un clásico: la salud de la gente a la que quiero.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
El mundo que muestran a diario los medios de comunicación. Reconozco que paso verdaderos berrinches viendo los informativos.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? 
Seguiría creyendo que puedo convertirme en un buen músico y, en vista de que no, trataría de llevar una vida más ordenada.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
No.
¿Sabe cocinar?
Sé cocinarme, y disfruto mucho haciéndolo. En la sierra que habito los inviernos son largos y duros, te obligan a pasar mucho tiempo dentro de casa, y cuando se acaban las ganas de leer o escribir, aparecen las de comer; de hecho, he engordado casi diez kilos, desde que vivo aquí, y no ha sido a base de platos precocinados. 
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? 
Se me han aparecido muchos al pensarlo, y reconozco que casi todos con parecido “corte”: gente muy intensa, muy pasional, muy de verdad; por decir uno solo: Enrique Urquijo. 
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? 
Mañana.
¿Y la más peligrosa? 
Ayer.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No. 
¿Cuáles son sus tendencias políticas? 
Las que le prestan más abrigo a una justicia verdadera, natural, lógica.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? 
Ni idea. Tal vez, si me quito de la cabeza la imagen de las grandes tormentas: marinero.
¿Cuáles son sus vicios principales?
El egoísmo y la pereza.
¿Y sus virtudes?
El apego a los míos y la pasión.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
No me creo capaz de dedicarle tiempo a los recuerdos, en tamaña situación. Pero si pudiera elegir: las baldosas amarillas del piso en el que crecí y las personas a las que he amado.
T. M.

jueves, 23 de marzo de 2017

Derek Walcott, la voz del mestizaje


Apunta Derek Walcott en uno de sus ensayos que «las biografías de poetas difícilmente son creíbles. No bien se publican se convierten en ficción, están sujetas a la misma simetría de trama, incidente y diálogo que la novela». Ahora que le he llegado su muerte tras una larga enfermedad, en su casa de la isla británica de Santa Lucía (en las Antillas Menores), en Castries, la ciudad en la que había nacido hace ochenta y siete años, es el momento de biografiarlo desde esos tres elementos. La “trama” de su vida cuenta que estudió Literatura en la Universidad de  las Indias Occidentales en Jamaica; que en 1953 se trasladó a Trinidad y Tobago para involucrarse en proyectos teatrales, y así, dirigiría hasta  1976 el Taller de Teatro de Trinidad; y que en 1981 empezó su andadura estadounidense como profesor en la Universidad de Harvard.

Sólo hablar de su origen ya sería un tema fecundo, pues el hecho de ser descendiente de africanos hizo que él mismo reflexionara en estos términos: «Habitantes de las colonias, partimos de esta debilidad palúdica». Es una frase esta que cifra la vivencia de todos los antillanos y de su mestizaje, de las islas colonizadas del Caribe por parte de los europeos, asoladas por la invasión y sus consecuencias: el deterioro humano y económico que arrastra un pueblo desde el tiempo remoto en que se inició su esclavitud. Es, por otra parte, la expresión que sin duda confirmaría otro «compatriota» nacido en la francesa Guadalupe y diplomático exiliado en Estados Unidos, otro premio Nobel como lo fue Walcott, pero en 1960, Saint-John Perse, que no en vano en unos versos reclamaba al poeta declinar su nombre, su nacimiento y su raza. Y, finalmente, se trataría de algo que también podría firmar el tercer antillano galardonado por la academia sueca, V. S. Naipaul, nacido en Trinidad, descendiente de indios y residente en Inglaterra, es decir, otro escritor nómada, sin raíces –excepto las africanas que defendió para sí Walcott– e incómodo en su entorno político, incapaz de identificarse con un lugar determinado.

Nobel por su poesía

Su creatividad mestiza (también reflejada en su obra plástica) hizo de él un escritor capaz de partir de la poesía homérica para hacer su propio poema, la obra por la que será recordado, "Omeros", del año 1990, en el que trasplantaba la riqueza del verso antiguo a la modernidad; de este modo, el libro comenzaba como la Ilíada, pero ambientada en una isla antillana en la que la mujer deseada, en vez de una princesa, es una criada negra a la que quieren conquistar diversos pescadores. Obras como esta hicieron afirmar a otro premio Nobel como Joseph Brodsky que no había ningún poeta contemporáneo de tanta riqueza verbal como Walcott. Éste recibiría numerosos reconocimientos, pero por supuesto el más importante es el que le concedieron desde la Academia Sueca en 1992. Ese es su “incidente” más importante, el que populariza su voz, su estilo que muchos han relacionado con el realismo mágico, y hace llegar a un público mucho más numeroso sus otros libros poéticos, como “Another Life” (1973), “The Star-Apple Kingdom” (1979) o “El testamento de Arkansas” (1987).

Para un lector no familiarizado con la poesía de Walcott, cabría hacer mención del libro “Garcetas blancas”, que la editorial Bartleby publicó en el año 2010, pues en él se encuentran, según su traductor, Luis Ingelmo,las obsesiones que han perseguido a Derek Walcott desde su juventud: la influencia que la pintura tiene en la lírica, las constantes referencias a la naturaleza, al pasado colonial de su tierra, Santa Lucía, y a la situación insular de esta, así como el multilingüismo antillano”, y también, “el nomadismo del poeta por varias latitudes americanas y europeas y su preocupación por la progresiva conversión del ya perdido paraíso caribeño en un parque temático o en centros vacacionales”. Preocupaciones que si bien se asoman en sus versos, quedan más explícitas en los otros géneros que practicó con éxito, el teatro y el ensayo.

Dramaturgo y ensayista

El “diálogo” no puede ser otro que el que remita a sus más de veinte obras teatrales, pero también al diálogo que mantiene con otros autores en los que se interesó, como Robert Lowell, Robert Frost, Ted Hughes o Ernest Hemingway. Él mismo había reflexionado mucho sobre la actividad interpretativa, como en un ensayo perteneciente a «La voz del crepúsculo»: «No hay más historia que la historia de la emoción», advirtiendo acerca de la necesidad de que se fundan los orígenes propios de la literatura con los de la interpretación: «El actor debe romper su cuerpo y alimentarlo con la actitud meditabunda del narrador ancestral que alimentaba el fuego con ramas». En el citado libro, Walcott nos acerca a la cultura del Caribe, a sus peculiaridades, a sus paradojas; para él el Caribe es blanco y negro a la vez, tierra de conquistadores y esclavos, lo viejo y lo nuevo en un mismo espacio, una parte del cual queda ahora vacío tras su desaparición.


Publicado en La Razón, 18-III-2017

miércoles, 22 de marzo de 2017

Entrevista capotiana a Alfredo Rodríguez

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Alfredo Rodríguez.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Sin duda un lugar en el Mediterráneo. Ibiza, por ejemplo. Sí, viviría siempre en una buena casa del Dalt Vila con vistas al puerto.
¿Prefiere los animales a la gente?
No. No soy mucho de animales.
¿Es usted cruel?
Pues creo que no.
¿Tiene muchos amigos?
No. Pocos. Y con los años cada vez menos. Mi padre solía decirme: ‘Amistad con todo el mundo, confianza con nadie’.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Fundamentalmente que respeten a quien piensa de forma diferente.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Alguna vez. Pero no recuerdo nada especialmente grave.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí, eso sí. No sé mentir. Se me nota enseguida.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Oscuridad, música de adagios venecianos de fondo, un flexo y un libro que me emocione.
¿Qué le da más miedo?
El dolor, la enfermedad.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La ignorancia que se regodea en sí misma y se mofa de la Cultura.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Seguramente un triste abogado.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Trekking y chi-kung, si es que esto último puede considerarse ejercicio físico.
¿Sabe cocinar?
No, nada de nada. Hago la compra, pongo la mesa y la recojo, friego baños, hago camas, pongo lavadoras, tiendo y recojo. Pero nada de planchar ni de cocinar.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Sin duda, al poeta José María Álvarez.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Vacuna contra el cáncer.
¿Y la más peligrosa?
Ignorancia unida a Poder.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Matar no, hombre, pero dar un par de collejas sí, muchas veces.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Buff… eso no se lo cuento ni a mi mujer.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Sin duda, un cantante de rock (de rock del bueno).
¿Cuáles son sus vicios principales?
La cerveza. De todas las marcas, aunque últimamente me ha dado por las alemanas.
¿Y sus virtudes?
Pues no sé, nunca lo había pensado. ¿La constancia?, ¿el orden?, ¿eso son virtudes?
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
La cara de mi hijo.

T. M.

lunes, 20 de marzo de 2017

Publicación de "La soledad del tirador", en El Desvelo Ediciones. Hoy ya en librerías

Hoy ve la luz mi novela La soledad del tirador (El Desvelo Ediciones), en una edición espléndida, en su formato y diseño, con una portada maravillosamente creativa e ingeniosa. Ese balón que se ha mondado cual naranja es en realidad la forma en que se desgarra la historia que hay detrás. Es el desgarro con el que escribí ese texto entre los años 2000 y 2002, el desgarro que aún he sentido al releer y preparar el texto sobre mi infancia y adolescencia proyectadas en un personaje que, como yo, jugaba al baloncesto en cierto barrio barcelonés y alguna vez sintió lo que expresa el título en mitad de un partido, mientras en el partido de la vida eso sucedía demasiadas veces.

Nota de prensa:

La soledad del tirador es la nueva obra del novelista, ensayista y crítico Toni Montesinos, que se pondrá a la venta el 20 de marzo en toda España. Ambientada en la Barcelona de los años ochenta, un joven rememora su dura vida en aquellos tiempos, en un barrio periférico, de clase social baja, con la familia escindida y en medio de una sociedad en plena transición política, económica y cultural. Su pasión, el baloncesto, es el telón de fondo de una historia que abarca el instituto, donde no le es posible adaptarse, el hogar desolado y el club deportivo lleno de retos y limitaciones. La soledad del tirador habla de la rabia de nacer en el peor lugar en el peor momento; habla de la injusticia de que nadie nos conceda una oportunidad; habla de la crueldad de quien se regocija en situarse por encima de uno por el simple hecho de pisotear sueños ajenos.

Como ha escrito el crítico de La Razón Jesús Ferrer, «Toni Montesinos nos acerca con esta novela a las expectativas, frustradas e ilusionantes a la vez, de un joven en un suburbial barrio barcelonés de los años ochenta. Con un deprimido entorno social, una desestructurada familia y unas pésimas perspectivas profesionales, nuestro protagonista encuentra en el baloncesto y su habilidad como encestador –el tirador del título– la vía de escape a su opresiva realidad exterior. El libro es el relato introspectivo de una accidentada educación sentimental poblada de inalcanzables muchachas, violentos retos entre compañeros, anheladas y confortables formas de vida deportiva estadounidense, o la deseada vocación cultural emancipadora. Desde la mirada de un presente adulto, el narrador, implicado y distante a la vez, experimenta una soledad íntima y también generacional, dura y aislada en inhóspitas periferias urbanas.»

Para más información y/o solicitud de entrevistas: El Desvelo Ediciones
www.eldesvelo.com | info@eldesvelo.com | +34 667 666 836

domingo, 19 de marzo de 2017

Entrevista capotiana a María Oruña

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de María Oruña.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Si es una cárcel, no puede ser un paraíso, pero en general me vale cualquier sitio que tenga verde y mar.
¿Prefiere los animales a la gente?
No. Con ambas especies me llevo bien.
¿Es usted cruel?
No.
¿Tiene muchos amigos?
No.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Lealtad.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No. Mis expectativas en relación a las personas son limitadas.
¿Es usted una persona sincera? 
En general, sí.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Viajando, explorando, leyendo, estando con mi familia y mis amigos.
¿Qué le da más miedo?
Los radicalismos, especialmente los religiosos.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Hay muchas cosas que me horrorizan, pero que me escandalicen creo que pocas o ninguna.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
No sé; he sido abogada, profesora, camarera…en otra vida me veo como guía turística de castillos o algo vinculado a la Historia.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Muy poco, pero estoy en ello: ¡he instalado un gimnasio en el garaje!
¿Sabe cocinar?
Sí. Aunque advierto que mi familia puede contradecir esta afirmación.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
No me resultaría fácil escoger. Me hubiese gustado escribir la biografía novelada sobre Inés Suárez tan bien como lo hizo Isabel Allende con su «Inés del alma mía».
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Niño.
¿Y la más peligrosa?
Vaya preguntitas… ¿aniquilación?
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Todavía no. Quizás cuando termine este cuestionario.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Izquierdas. Aunque ahora ya casi me parece todo lo mismo.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Rica.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Por la pregunta se sobreentiende que tengo muchos... Entre los confesables se encuentran gastar irreverentemente en libros y en viajes.
¿Y sus virtudes?
Con mis actos intento no perjudicar nunca a nadie. Por lo demás, no me considero especialmente virtuosa.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Un chaleco salvavidas, la tabla de Rose en Titanic, el pescador de Hemingway de «El viejo y el mar» y cualquier maniobra que me permitiese un rayo de esperanza.

T. M.