domingo, 21 de agosto de 2016

Un ensayo sobre Goethe y el suicidio en “Clarín”

Libro gigantesco de Goethe, expuesto en un hotel rural del Montseny

Publico en el último número de Clarín. Revista de Nueva Literatura (124, julio-agosto de 2016) el texto “Goethe y la moda del suicidio” –título para el que sobra cualquier comentario–, acompañado de unas fotos proporcionadas por una apreciada amiga de la fachada del Museo Goethe de Düsseldorf.

AVISO: este blog se toma una semana de vacaciones.

sábado, 20 de agosto de 2016

Entrevista capotiana de Sylvia Molloy

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Sylvia Molloy.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
No sé si elegir es el término justo, sería como elegir una cárcel. He pasado toda mi vida en distintos lugares. Si tuviera que aposentarme en uno, me resignaría a vivir en mi casa de Long Island, perdida en medio del campo.
¿Prefiere los animales a la gente?
Según el momento. La gente para conversar, los animales para convivir.
¿Es usted cruel?
Espero no serlo. Me espanta la idea de hacerle mal a alguien.
¿Tiene muchos amigos?
Sí, y no podría vivir sin ellos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que sean divertidos, inteligentes, irónicos, que me quieran y que se dejen querer.
¿Es usted una persona sincera?
Intento serlo aunque alguna vez he mentido para no herir a alguien.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leyendo con un gato en la falda.
¿Qué le da más miedo?
Estar perdida en un lugar donde no entienden lo que digo.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La crueldad de la que somos capaces.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Ser cocinera.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Silvina Ocampo.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Comprensión.
¿Y la más peligrosa?
Soberbia.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No. Alguna vez me ha tentado vengarme de alguien pero nunca de matarlo.
Si pudiera ser otra cosa ¿qué le gustaría ser?
Mi alter ego.
¿Cuáles son sus vicios principales?
La procrastinación. Vivo con una estatuita de San Expedito en mi mesa de trabajo pero no me ayuda.  
¿Y sus virtudes?
Intento no enojarme, no criticar, y practicar el sentido del humor.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Un campo abierto, muy iluminado, donde se está poniendo el sol.

T. M.

viernes, 19 de agosto de 2016

El viaje más peligroso


«Ahora me doy cuenta de que este es el viaje más peligroso que jamás haya emprendido un ser humano de manera voluntaria», dice Martin Johnson en este fabuloso libro, testimonio impactante de una travesía colosal, de un proyecto ambicioso que concibió el famoso ya por entonces Jack London; hablamos de 1907, cuando el público conocía al autor californiano por sus novelas «La llamada de la selva», «El lobo de mar» y «Colmillo blanco», sus colaboraciones periodísticas o su implicación social en favor del mundo obrero. De ello saldría precisamente un libro de 1903 recién traducido al español, «La gente del Abismo» (Gatopardo Ediciones), en el que London describía su inmersión infernal en el East End de Londres, un lugar que mostraba unas condiciones abyectas para la población, que era explotada en sus empleos de manera atroz.

En esa área londinense se había introducido el autor disfrazado con harapos y haciéndose pasar por un marinero desempleado, lo que le había facilitado «ver, por vez primera, a la clase baja inglesa cara a cara, y conocer cómo era en realidad». Y es que esta fue la premisa constante en la vida de London: enfrentarse a las situaciones directamente para conocerlas sin filtros, y sin miedos ni limitaciones. Algo que llevó al extremo en un viaje arriesgadísimo por el Pacífico y el Índico y que tuvo una preparación, un desarrollo y un desenlace propios de la mejor de sus obras de aventuras. Su idea era compleja y quiso publicitarla en los medios, de modo que el revuelo expectante que se formó alrededor fue extraordinario. Lo cuenta Johnson en este «Por los mares del Sur con Jack London» (traducción de Beatriz Iglesias Lamas) con admirable precisión y amenidad. El mismo Johnson que también había pisado las calles del East End en el pasado, pero en circunstancias muy diferentes.

Rebeldía adolescente

Johnson tenía el ansia de aventuras en las venas. Empieza su libro diciendo que estaba deseoso de encontrarlas y que, a sus veinte años, aún no lo había conseguido. Y eso que en la adolescencia se había escapado dos veces de casa, primero con la intención de trabajar en un circo, y la segunda embarcándose en un mercante hacia Europa con apenas cuatro dólares en el bolsillo y que le llevaría justamente a vivir de manera pordiosea en el East End. Más adelante viviría mil aventuras más como fotógrafo en el África Negra junto a su mujer Osa, pero antes vendría la expedición de Jack London, al que se unió ofreciéndose como cocinero... sin tener ni idea de cocinar. Pero la magia de las almas afines sucedió, y London lo eligió entre innumerables candidatos –entre ellos chefs reputados e innumerables curiosos que querían sumarse, incluso pagando, al velero que fue bautizado como «Snark», un personaje de Lewis Carroll– y convirtió al muchacho venido de Kansas a Oakland en un marinero más que tuvo que luchar contra todo tipo de adversidades, las cuales empezaron mucho antes de dejar tierra y pusieron en peligro la vida de los tripulantes de continuo a medida que se dirigían hacia el sur.

De un presupuesto inicial de siete mil dólares se acabó llegando a treinta mil. London no escatimó un centavo, y encargó la construcción de una nave, bastante pequeña (cuarenta y cuatro pies de eslora) cuyos materiales eran de la mejor calidad pero que zarpó con meses de retraso. Al fin, el Snark levó anclas el 23 de abril de 1907, pero enseguida los mareos y los desperfectos hicieron de la travesía toda una pesadilla para London y su mujer, la intrépida Charmian, el atleta recién salido de la Universidad de Stanford Herbert Stolz, el capitán Roscoe Eames (tío de la señora London), el grumete japonés Paul H. Tochigi y un Johnson que alimentaba a sus compañeros cuando tenían el estómago liberado de náuseas –«En realidad, aquel que no ha experimentado la agonía del mareo jamás alcanzará a comprender a quien tanto la padece»– y colaboraba en la limpieza y vigilancia como uno más en mitad de tempestades escalofriantes.

Un autor inmortal

A London no le quedaban demasiados años de vida: moriría en 1916 en su rancho de California –su suicidio se ha cuestionado últimamente–, pero los dos años que surcó los mares hasta Australia justificaron por completo lo que escribió cuando estaba soñando con esta aventura: «La vida vivida es una vida de éxito, y el éxito es el aire que respiramos. Alcanzar una meta difícil supone adaptarse a un entorno hostil. Y cuanto más difícil sea la meta, mayor será el placer de alcanzarla». El autor de «El lobo de mar» –cuenta Johnson que London le dijo que lo que narró en la novela no fue ficticio, sino que lo vivió en carne propia– seguía escribiendo al día dos horas, encerrado en su camarote. Y su obra crecería sin cesar; del viaje surgiría «El crucero del Snark» (1911), y a cien años de su muerte ya es un clásico, como lo demuestra la noticia de que la prestigiosa colección francesa de La Pléiade lo va a integrar en su serie el próximo octubre con dos volúmenes acompañados de casi doscientas ilustraciones como gran homenaje.

Publicado en La Razón, 18-VIII-2016

jueves, 18 de agosto de 2016

Entrevista capotiana a Alfredo J. Ramos

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Alfredo J. Ramos.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
El sueño de la persona que amo. Si me ama. (No creo que la eternidad sea posible más allá del sueño).
¿Prefiere los animales a la gente?
No. Pero tampoco al revés. Ni viceversa.
¿Es usted cruel?
Creo que no. Pero es una pregunta que deberían contestar los demás.
¿Tiene muchos amigos?
Menos de los que me gustaría. Más, seguramente, de los que podría considerar como tales (!). Facebook (que no frecuento pero, como todos, sufro) ha degradado la palabra «amigo». Quizás de forma irreversible.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que sean divertidos y leales. Y que me quieran.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
¿Y a quién no? ¡Y quién no…!
¿Es usted una persona sincera? 
«¿Quién puede ser sincero y creerse sincero todavía?», es un verso de José Alberto Santiago que leí siendo casi un niño y no he olvidado. Creencias aparte, sí, soy sincero (y sinuno, sindos…).
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Disfrutando. De muchas cosas. La mayoría convencionales. Algunas verdaderamente curiosas.
¿Qué le da más miedo?
El dolor. El propio y el de la gente que me importa.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La inteligencia de los malvados. Debería ser algo imposible, pero me temo que no es así. En la inteligencia cabe el mal consciente. Es terrible.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Profesionalmente, me hubiera encantado dedicarme a la investigación física.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Caminar. A veces, yoga. Esporádicamente, sexo acrobático.
¿Sabe cocinar?
Me defiendo.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
¿Pero todavía existe el Digest? Tratándose de ese medio, y sin que sirva de precedente, creo que lo haría sobre mí mismo. Como una forma personal de luchar contra el olvido que inevitablemente seré.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Volvoreta (o bolboreta, como creo que debe escribirse en gallego). Era como llamaba de pequeña a mi madre su padre (o sea, mi  abuelo).
¿Y la más peligrosa?
Creo que no hay palabras realmente peligrosas. Aunque pueda que esté equivocado. Así, de pronto, se me ocurren dos: «Firme aquí».
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Sí. Al menos una vez. Y faltó poco…
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Soy un ácrata convencido de que la cosa política no tiene arreglo. Y, peor aún, de que quizás no haya nada que arreglar. (No sé si mi respuesta estará influenciada porque ayer mismo regresé al caserón de Viridiana, la película de Buñuel, y en algún momento sentí una fuerte desazón frente a lo confusos que pueden ser los caminos de la justicia social entreverados con los de la misericordia).
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
A veces he fantaseado con my life as a dog. Sin duda, por empatía con Pancho, mi perro.
¿Cuáles son sus vicios principales?
La inconstancia. La indecisión. La duda paralizante. Tal vez todas ellas máscaras de la pereza.
¿Y sus virtudes?
Lo llamaría entusiasmo, pero habría que matizar. E incluso discutirlo con algunos personajes pessoanos.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Como ya me ha ocurrido (aunque finalmente, sin peligro grave), puedo contestar con conocimiento de causa: son imágenes que tienen que ver con de qué modo puedo salvarme y la estupefacción que sentirán, si no lo logro, quienes me esperan. Ambas impresiones concretadas en un revuelo de fotogramas en el que se mezclan la línea de la costa (o la ribera del río) y la mesa ya puesta para comer. Lo de «dentro del esquema clásico» no acabo de entenderlo: ignoraba que hubiera un canon al respecto. Tal vez se refiera al tópico de que toda tu vida pasa ante ti en una ráfaga…
T. M.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Nostalgia de "Un ruso en Nueva York"


Hace dos días trasnocho para ver en directo el España-Argentina de baloncesto en directo, de los Juegos de Río, y en el descanso cambio de canal. Aparece enfrente una película queridísima, especial pero creo que poco recordada, maravillosamente melancólica y humorística a partes iguales. Un ruso en Nueva York, estrenada en 1984, surge en mi recuerdo, viéndola de joven y emocionándome con ese saxofonista que se escapa del control soviético en una visita a Manhattan y que interpreta Robin Williams, que hacía posible ver a cualquier personaje como el único que lo podía haber encarnado. Ya lloré la muerte del cómico hace justamente dos años, en este mismo blog, y hace dos noches de alguna manera lloro por verlo sólo vivo en la ficción, en esas escenas fabulosas que reflejan la dureza y el asombro de verse libre en el país de las oportunidades. Intentando tocar el saxo ante la queja de sus vecinos en el precario apartamento donde vive; compartiendo bañera, desnudos, con la espléndida María Conchita Alonso; bromeando con el hecho de que para sobrevivir en Nueva York hay que poner cara de pocos amigos para intimidar al resto de transeúntes. Cada escena de esta película de Paul Mazursky rezuma nostalgia, pureza, amor, trascendencia, solidaridad. Al cabo de un rato, dejo a Williams, siguiendo vivo en la pantalla, y pensando en él, dolorido por haberlo recordado en una de sus mejores actuaciones para mí, vuelvo al baloncesto, quedándome por momentos congelado viendo, en aquella lejana vida, esta lejana película.

martes, 16 de agosto de 2016

Entrevista capotiana a José Manuel Benítez Ariza

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de José Manuel Benítez Ariza.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Tendría que ser una imposibilidad de la que yo no fuera consciente. Soy extremadamente sedentario, pero me asfixiaría la idea de no poder salir jamás de determinado lugar. En todo caso, digamos Benaocaz, en la sierra de Cádiz.
¿Prefiere los animales a la gente?
Dicho así, me inclino por la gente: no soy de esos que, como denunciaba Gaya, están en contra de la tauromaquia porque lamentan que no mueran tantos toreros como toros. En cualquier caso, mi ideal de compañía es la que hace un poco más habitable la soledad buscada, naturalmente en condiciones de perfecta reciprocidad: si dos solitarios han de convivir juntos, y quieren hacerlo, que sea de modo que ambos vean colmadas sus ansias de soledad gratificante y sientan la presencia del otro como un complemento necesario de esa soledad nunca invadida ni violentada. Hay quien encuentra esa sensación en compañía de determinados animales: gatos, por ejemplo. Pero tengo la sospecha de que ese presunto logro responde más bien a una fantasía unilateral, que ni siquiera es probable que el gato comparta.     
¿Es usted cruel?
Sólo conmigo mismo.
¿Tiene muchos amigos?
Los suficientes, creo.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
No los someto a un test para ver si reúnen tales o cuales cualidades. Mis amistades son siempre un poco accidentales y muy variadas. Normalmente, hay en ellas un elemento de admiración. Luego el afecto transcurre por otros caminos, pero ese elemento, que debe ser mutuo, está siempre presente; de lo contrario, se va produciendo esa degradación por la que la confianza da lugar a la desconsideración, al olvido de la valía humana que nos deslumbró en primer término.  
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Sólo cuando la amistad se va diluyendo en el tiempo por los motivos que explicaba en la respuesta anterior, lo que imagino que no es culpa exclusiva de la otra parte, sino de ambas.
¿Es usted una persona sincera? 
Trato de no ponerme nunca en la tesitura de tener que elegir entre ser sincero o no serlo. La sinceridad puede ser una falta de cortesía, e incluso una forma de crueldad. Lo que sí creo que soy, y no siempre voluntariamente, es transparente; y en la medida en que esa transparencia es incontrolada y parcial, puede transmitir una imagen de mí en la que no acabo de reconocerme.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Depende de la predisposición. Si tengo la mente despejada, prefiero leer o escribir, aunque no sé si esas ocupaciones se corresponden con lo que suele asociarse a la idea de tiempo libre. Me gusta también pasear o pasar el rato en la barra de un bar, entre amigos. Pero mi experiencia es que ninguna de estas cosas termina de responder a todas las expectativas puestas en ella cuando se las fuerza o se las busca. Quizá el truco esté en tener rutinas bien asentadas y dejar que en ellas concurra a veces esa sorpresa o revelación que da plenitud a un instante.
¿Qué le da más miedo?
El sufrimiento y la muerte de las personas queridas. El riesgo de depender de personas ignorantes y crueles. La posibilidad de que un elemento de debilidad nos embrutezca o nos vuelva miserables o viles. 
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
El cinismo con que se exhiben todos aquellos que disfrutan de una posición que no merecen.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Se es escritor, o se ejerce cualquier otro modo de creatividad, por el mero hecho de haber sido antes lector o receptor pasivo de la creatividad de otros. De no haber sido escritor, me aplicaría a ese disfrute con menor preocupación por lo que pudiera aprender de las estrategias creativas de otros; y sería, en esa despreocupación, más generoso y más feliz, quizá. Pero no puedo garantizar que ello no me produjera deseos de emulación y me llevara de nuevo a hacer mis propias tentativas.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Paseo por las tardes e intermitentemente voy a un gimnasio o similar.
¿Sabe cocinar?
Lo necesario para salir del paso, aunque alguna que otra vez he probado a realizar una receta leída aquí o allá y me ha salido medianamente bien.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Viniendo del RD, no sé… En la actualidad, hago una columna de cine y disfruto escribiendo semblanzas de directores o actores poco conocidos a los que previamente he seguido la pista durante semanas. De surgir ese encargo del que usted me habla, supongo que me plantearía una situación así: me propondría escribir, no tanto sobre alguien que ya conociera, como sobre alguien por conocer.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Realidad.
¿Y la más peligrosa?
Ideología.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, nunca me he degradado tanto.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
No creo que la orientación política sea una parte del ser de nadie, y en ese aspecto creo que la pregunta está mal formulada. La orientación política se manifiesta más en el modo de actuar que en las declaraciones altisonantes y favorecedoras que uno haga al respecto. No me siento representado por ninguna fracción del espectro político; tal vez porque, en el caso español, las etiquetas con las que se identifican los distintos partidos son más bien engañosas: nuestros autoproclamados “conservadores” son, más bien, destructores de todo aquello que merecería la pena conservar, y nuestros presuntos “progresistas” hace decenios que no aportan al debate público una sola noción que signifique “progreso” respecto a casi nada. Dicho esto, detesto los radicalismos de cualquier signo –aunque yo mismo pueda tener estados de opinión desmesuradamente radicales en según qué momentos– y la pretensión de que el fin justifica los medios. Detesto la política ejercida como depredación. Y creo que el bien político más preciado es la libertad de expresión.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Pintor.
¿Cuáles son sus vicios principales?
La impaciencia y el desánimo, que suelen ser complementarios.
¿Y sus virtudes?
La constancia, aunque parezca reñida con lo que acabo de decir.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Creo que pasé por esa experiencia de niño: mi padre me llevaba en una canoa hinchable y la canoa volcó. Y lo que recuerdo es que me vi como desde fuera de mí: una sombra que braceaba bajo el agua, hasta que mi padre me sacó a flote. He escrito un poema sobre ello. Desde entonces tengo la idea de que la muerte debe de implicar, de entrada, una especie de desdoblamiento, ante el que la primera reacción es de sorpresa e incredulidad.

T. M.

lunes, 15 de agosto de 2016

La naturaleza imitando al arte

Estanque de Puigcerdà

No es estar delante de un lago y ver animales blancos de cuello curvilíneo. Es Rubén Darío que dice, a mitad del poema "Los cisnes": "¿qué haremos los poetas sino buscar tus lagos?" Es la vida hecha palabras, y estas van antes que la imagen, de modo que el cisne no es un mero cisne, sino "el cuello del gran cisne blanco que me interroga" del poema "Yo persigo una forma". Tenía razón Oscar Wilde: la naturaleza imita al arte.

domingo, 14 de agosto de 2016

Entrevista capotiana a Laura Ferrero

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Laura Ferrero.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
No creo que pudiera vivir en un sitio sabiendo que no puedo salir de él. Aunque bueno, si tuviera que escoger sí o sí, en una Nueva York de tamaño un poco más manejable.
¿Prefiere los animales a la gente?
La gente, siempre. Con los animales, que yo sepa, no podemos hablar.
¿Es usted cruel?
Con los demás, no. Nunca.
¿Tiene muchos amigos?
Me gusta pensar que sí y me siento muy afortunada por ello.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
El humor, la generosidad. La ironía también. La lealtad, claro.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí, a veces creo que demasiado. Otras, a trompicones. Otras, cuando no queda más remedio. Pero sí.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Manteniendo una conversación de esas en las que nunca arreglas el mundo pero al menos, te arreglas un poco más a ti misma.
¿Qué le da más miedo?
El inconformismo; el hecho de no tener nunca suficiente. Hay una anécdota que cuenta Kurt Vonnegut que me parece muy reveladora. Un día, hablando con Joseph Heller en una fiesta ofrecida por un multimillonario en Long Island, Vonnegut le preguntó: «Joe, ¿qué sientes al darte cuenta de que nuestro anfitrión probablemente ganó más dinero que el recaudado por tu novela, uno de los libros más populares de todos los tiempos, en los últimos 40 años?». A lo que Joe replicó: «Pero yo poseo algo que él nunca tendrá». «¿A qué te refieres, Joe?». «A la tranquilidad de que tengo suficiente».
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Huy, tantas cosas. El fanatismo, la hipocresía…
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Me planteé durante algún tiempo estudiar medicina. Me atraía la psiquiatría pero cada vez que escuchaba anécdotas sobre las clases de disección se me quitaban las ganas.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Todos los que puedo. Disfruto haciendo deporte: juego a tenis, corro o voy a cualquier clase de gimnasio que no incluya coreografía.
¿Sabe cocinar?
Me defiendo, aunque creo que eso significa que no mucho.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Mi personaje inolvidable particular sería mi abuelo. Uno universal, la poeta Wislawa Szymborksa.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
‘Mañana’ es una palabra que me gusta especialmente. Contiene mucho de futuro, de esperanza.
¿Y la más peligrosa?
Pasado.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Matar no, pero una buena torta se la hubiera dado a más de uno.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
No las tengo.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Por el momento y sin que sirva de precedentes, me quedo como estoy.
¿Cuáles son sus vicios principales?
La indecisión, la impaciencia o el inconformismo.
¿Y sus virtudes?
La empatía y la constancia.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Las cosas no dichas, no hechas. Todo lo que me hubiera dejado a medio hacer.

T. M.

viernes, 12 de agosto de 2016

Amor, sangre y muerte

El narrador y ensayista argentino Álvaro Abós ha tenido la buena idea de bucear en un Borges poco conocido, aquel que se dedicó a labores de edición. El resultado es esta sugerente antología formada por veintiún cuentos de algunos de los más reputados escritores de los siglos XIX y XX, seleccionados por el propio autor de «Ficciones» junto a su colega Ulyses Petit de Murat. Durante los años 1933 y 1934, coordinaron un suplemento cultural para el periódico «Crítica» llamado «Revista Multicolor de los Sábados» que incluía «un muy considerable bagaje de material literario: cuentos, artículos, crónicas y reseñas. Ese material retomaba, a veces parodiándolo, los tonos y lenguajes del diario, proponiéndole al lector una nueva mirada a las noticias crudas que allí se ofrecían», explica Abós, a la sazón responsable de una biografía del director de «Crítica», el polémico y emprendedor Natalio Botana, y del libro «Al pie de la letra. Guía literaria de Buenos Aires».

Por esta razón, no extraña que muchas de las historias seleccionadas para este periódico de corte sensacionalista fueran «cuentos de amor, de sangre y de muerte», de corte popular y ameno como exigía un Botana, que deseaba alcanzar el interés de diversas clases sociales el fin de semana. Se sospecha que el propio Borges firmó allí tal vez textos con diversos seudónimos, y en esas páginas además publicaría los que irían a reunirse en «Historia universal de la infamia» (1935). Es un Borges joven pero ya erudito, gran aficionado a las letras anglosajonas y al detectivesco –de ahí que aparezca Chesterton–. Algo parecido podríamos decir de Petit de Murat, poeta, dramaturgo, novelista, guionista y colaborador de las publicaciones bonaerenses más importantes de la época, que se acabaría exiliando en México en los años 50.

El buen gusto de uno y otro resulta incuestionable al hojear el libro: clásicos del género como Chéjov, Hemingway, London, O. Henry o Kipling; autores de largo aliento novelístico que tuvieron una destacada producción cuentística, como Dickens, maestros de lo fantástico como H. G. Wells, algún astro hispanoamericano como Onetti y un par de amigos de Borges como Enrique Mallea y Norah Lange... Todas estas firmas de renombre internacional van acompañadas de escritores locales desconocidos para nosotros, como Pascual Güida o Santiago Dabove, u otros que en su día disfrutaron de celebridad, caso del cosmopolita Lafcadio Hearn, la feminista inglesa May Sinclair u otro especialista en la literatura fantástica como Alfred John Holloway Horn. Todo un menú de tramas ingeniosas, de suspense en bastantes ocasiones, que fueron en sus inicios ofrecidas al gran público «para leer el sábado» y que, ahora, en palabras de Abós, nos puede servir para «convertir en sábado cada día de la semana».

Publicado en La Razón, 11-VIII-2016

jueves, 11 de agosto de 2016

Entrevista capotiana a José Luis Pernas

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de José Luis Pernas.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Amo la libertad. No me gustaría vivir sin poder salir jamás.
¿Prefiere los animales a la gente?
La gente.
¿Es usted cruel?
No.
¿Tiene muchos amigos?
Algunos. Cada vez menos. Se están marchando.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
La bondad, la sinceridad y el humor.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Nunca.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leyendo, pintando, oyendo música. Y muchos momentos sin hacer absolutamente nada.
¿Qué le da más miedo?
El dolor en toda su amplitud.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La crueldad.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Estudiar matemáticas.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Antes la natación, ahora nada.
¿Sabe cocinar?
Sí, la soledad me ha obligado.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Jesucristo, para preguntarle si Dios existe.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Libertad.
¿Y la más peligrosa?
Esclavitud.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Nunca.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Izquierda.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Carpintero.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Vivir.
¿Y sus virtudes?
 También vivir.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Sé nadar. Si ocurriese, ya os lo contaría.

T. M.

miércoles, 10 de agosto de 2016

"Money Monster": la bolsa de la muerte

Es como una obra de teatro. Tres personajes fundamentalmente en una situación asfixiante, amenazadora. Lo soporta todo un muy notable guión, y las interpretaciones realmente buenas de George Clooney y el joven Jack O'Connell, éste lo mejor del film sin duda. Money Monster es el espejo puesto en Wall Street, una muestra realista de la frivolidad del dinero que sube y baja en la bolsa y es objeto de espectáculo televisivo. También es una crítica a la potencia e influencia de los medios de comunicación, y a los potentados que hay detrás de empresas que cotizan en bolsa y son capaces de todo tipo de especulaciones con tal de complacer una codicia infinita. En suma, una recomendable película, con dirección de una Jodie Foster valiente pero que falla en cómo concibe al personaje de Julia Roberts, la directora impasible del show que presenta Clooney que ni siquiera en momentos de estrés máximo, como el hecho de que una bomba pueda estallar delante de sus narices, cambia su rictus y apenas transmite el dramatismo que una situación así despertaría.

martes, 9 de agosto de 2016

Entrevista capotiana a Javier Ruiz Martín

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Javier Ruiz Martín.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
El Pairazo, un territorio imaginario personal donde me puedo reencontrar con los que se han ido para siempre. Allí converso con ellos cuando el dolor por su ausencia se me hace insoportable, es decir, todos los días.
¿Prefiere los animales a la gente?
¿Qué diferencia hay? Mi mejor amigo es mi gato. Su sabiduría es milenaria, y su paciencia, infinita. Somos dos seres solitarios que se aman el uno al otro.
¿Es usted cruel?
Nuestra especie es cruel, y yo lucho constantemente por no serlo, como la inmensa mayoría. Pero no seamos hipócritas; el solo hecho de alimentarse es un paradigma de la crueldad.
¿Tiene muchos amigos?
Ya he adelantado quién es mi mejor amigo. Lo reitero. No obstante existe un puñado de personas con las que comparto inexplicables afectos que van más allá de la amistad; con ellas puedo pasar una tarde entera en silencio, simplemente estando, y alcanzar la felicidad absoluta, que no sé lo que es pero a veces sucede.  
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
A los amigos no se les buscan ni exigen cualidades, solo se les quiere.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Las personas somos constantemente decepcionantes debido a nuestras limitaciones. Si un amigo no te decepciona, es que algo no marcha bien. Si lo hace, tendrás la ocasión de perdonarle para mostrarle qué cosa es la amistad.
¿Es usted una persona sincera?
En esta entrevista lo estoy siendo. Pero eso no significa que habitualmente lo sea. Aunque intento ser sincero siempre que puedo y me dejan. Alguna vez no lo he sido, quizá demasiadas. Espero que me perdonen aquellos que se dieron cuenta. Si no me lo han dicho es porque saben que no es para tanto y además me quieren.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Paseando por el Retiro; es mi Parnaso particular. En él hablo con las musas, rindo pleitesía a Galdós y a Baroja, siento ternura viendo correr a las ardillas y me siento inmortal apenas un instante. Solo por esto vale la pena volver todos los días.
¿Qué le da más miedo?
El vacío absoluto, origen de los males interiores que aquejan a los hombres y mujeres de todos los tiempos. La gran tragedia es que es real. Por eso existe el arte. Por eso escribo.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
El desprecio. Hay muchas, muchísimas personas que desprecian. Es algo que veo constantemente, y siempre que puedo, lo denuncio.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Estaría muerto y no podría responder a estas preguntas. Me he jugado literalmente puestos de trabajo escribiendo a escondidas de los jefes. Con eso lo digo todo. Cuando he podido, he escogido profesiones que me permitieran leer y escribir.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Ando todo lo que puedo. Pero yo nunca he tenido ese culto al cuerpo que te obliga a mirarte cada día en el espejo después de darte una paliza corriendo o machacándote en el gimnasio, aunque sepas que quien te mira desde ahí enfrente es la muerte.
¿Sabe cocinar?
Por supuesto. No solo cocino para mí. Cocino por placer y necesidad; ambas cosas se complementan. El secreto está en hacer de la necesidad algo placentero, por eso la cocina es un arte.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Hay tantos. Resucitaría a Lucy. Es nuestra querida madre Australopithecus afarensis y se lo debemos. Se sabe que tuvo varios hijos. Cuando murió ahogada junto con otros miembros de su familia, probablemente estaba embarazada. Es un símbolo de la tenacidad, el coraje y las ansias de vivir. No logró cruzar al otro lado del río. Sus padecimientos merecen, como poco, un buen libro.  
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Ojo que esperanza es una palabra también perversa, porque esperanza pueden sentir hasta los más cabrones. Hitler tuvo esperanza de ganar la guerra, como Franco de hacerse dueño y señor absoluto de España antes de lograrlo. Yo no tengo ganas de sentir lo mismo que estos tipos que también hablaban de paz (que podría ser una palabra llena de esperanza) y libertad. Son solo dos ejemplos, pero hay otros muchos.
¿Y la más peligrosa?
Las palabras en sí no son peligrosas, sino la intención que hay detrás de ellas y su uso, incluso de las palabras “buenas”.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Nunca. Pero confieso que no lamentaría nada la muerte de un tipo que da la orden de bombardear casas con familias enteras. Eso es lo mismo que querer matar a alguien, tal vez.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Son tan cambiantes como las nubes, pero siempre hay un sustrato en mi espíritu que alimenta las ideas políticas esenciales, que en realidad no sé cuáles son pero sí sé que están ahí porque de vez en cuando brotan inesperadamente en las ramas de mi conciencia.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Si pudiera elegir, elegiría no nacer.
¿Cuáles son sus vicios principales?
La literatura y la música. Con ellas alcanzo a comprender el sinsentido de la existencia, que no es poco y no deja de ser deprimente y bellísimo.
¿Y sus virtudes?
La principal es hacer creer a los demás que soy feliz cuando es todo lo contrario. Soy el ser más infeliz del planeta.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Creo que ninguna, porque, probablemente, habría pedido a mis íntimos que entreguen mi cuerpo al mar cuando llegue mi hora y ya estaría muerto.

T. M.