lunes, 20 de enero de 2020

Recomendando "Fortunata y Jacinta", de Pérez Galdós, en el programa de radio de Josep Cuní



El pasado viernes día 17 recomendé, en el programa de la SER Aquí amb Josep Cuní, en la sección en la que colaboro, Fortunata y Jacinta, de Benito Pérez Galdós, en edición de lujo en la editorial Reino de Cordelia.

domingo, 19 de enero de 2020

Entrevista capotiana a Jorge Alfonso


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Jorge Alfonso.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
El living de mi casa, con mis colecciones de películas y dvd’s de música, mis 900 libros, mis 800 discos y mis 77.000 mp3’s.
¿Prefiere los animales a la gente?
No, aunque adoro a los animales y frecuentemente he encontrado en ellos más humanidad que en las personas.
¿Es usted cruel?
No. La crueldad me parece una triste y patética debilidad.
¿Tiene muchos amigos?
Tengo muchos, aunque no tantos como desearía.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Honestidad, franqueza, solidaridad y ganas de mejorar al mundo y a sí mismos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Muchas veces y de diversas formas. Pero seguramente yo también los decepciono a menudo (aunque sin intención).
¿Es usted una persona sincera? 
Rotundamente sí.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leyendo, escuchando música, bajando música, comprando música y libros, mejorando mi jardín.
¿Qué le da más miedo?
La ignorancia y la estupidez humanas.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Lo anterior y los prejuicios infundados, la discriminación y la violencia.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Probablemente nada de valor.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Caminar y cuidar de mi jardín.
¿Sabe cocinar?
No. Nada. En casa mi mujer cocina y yo lavo los platos.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A varios de mis amigos.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Podría ser “crecimiento”. O podría ser “fe”. Fe en cualquier cosa benévola.
¿Y la más peligrosa?
Egoísmo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Nunca. Pienso que toda vida es sagrada y no veo a la muerte como una solución ante ningún tipo de problema.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
La libertad es mi creencia suprema. No soy “de izquierda”, aunque simpatizo mucho con ella. Quizá podría decir que soy “antiderecha”.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Un chamán, un psicólogo, un cantante, un saxofonista o un guitarrista.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Tabaquismo, marihuana, pereza y algo de alcohol.
¿Y sus virtudes?
Esas mejor que las enumeren otros.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
No sé nadar y he estado a punto de ahogarme varias veces. En esas ocasiones he pensado en mi familia y en mis amigos, en banalidades y en lo absurdo de morir así.
T. M.

sábado, 18 de enero de 2020

Pedofilia y pederastia literarias


Simplificando la relación que tuvo Lewis Carroll con las niñas a las que solía retratar, podría decirse que fue un paidófilo (o pedófilo), es decir, sintió una atracción erótica o sexual hacia niños o adolescentes, y no un pederasta, pues ojalá no hubiera abusado sexualmente de ninguna niña. Para él, infancia era sinónimo de pureza y perfección, y la adultez, de pecado. En todo caso, algo turbio tuvo que pasar entre el escritor y la familia porque, tres años después de “Alicia en el país de las maravillas”, los padres de la niña la obligaron a destruir las cartas que había recibido de su admirador.

La fascinación erótica hacia menores sería un tabú literario hasta que la “Lolita” (1955) de Nabokov le dio hasta una terminología. Este objeto de deseo pasó a denominarse «nínfula» por parte del protagonista narrador. ¿Dónde, entonces, poner la frontera entre el abuso y el amor sincero a una niña-mujer? Nuestro Antonio Machado conoció a su adorada Leonor en 1907, cuando ella contaba trece años, y no le importó esperar a que llegara a la mayoría de edad, con quince, para poderse casar con ella. Y a Edgar Allan Poe le sucedió algo similar, al contraer matrimonio con una prima suya de trece años. Y es que la relación de hombres mayores hacia mujeres menores de edad en el ámbito literario ha sido abundante, tanto en la ficción como en la vida real.

De hecho, se teorizó al respecto desde posturas izquierdistas en Francia y Alemania. Giulio Meotti, en el artículo “El 68 de los pedófilos” (2013), explicó cómo muchos intelectuales de los sesenta y setenta justificaron la pedofilia como parte de la revolución sexual mediante una declaración firmada en 1977. Estaban ahí filósofos y escritores como Gilles Deleuze, Louis Aragon, Roland Barthes, Jean-Paul Sartre o Simone de Beauvoir. Esta, por cierto, había sido despedida de su trabajo como profesora en 1943 por corromper a una alumna menor de edad, lo que reconoció en sus memorias.

Foucault llegó a decir en una entrevista que el niño es “un seductor” que puede lanzarse al adulto, lo cual eximiría a este de toda responsabilidad. Pero lo peor es la realidad. Sir William Golding, premio Nobel de literatura en 1983, confesó que intentó violar a una menor de catorce años cuando él tenía dieciocho, en un descampado, aunque ella logró escapar. "Era una niña, pero ya era muy sexy desde los doce; una depravada por naturaleza que quería tener sexo aunque gritara que no mientras huía”, escribió. El poeta Allen Ginsberg fue miembro activo del grupo NAMBLA, asociación que peleaba por los derechos de los adultos para tener sexo con menores. J. D. Salinger estaba obsesionado con las adolescentes, como demostraron varias mujeres que se vieron acosadas por él. Y Arthur C. Clarke, el autor de “2001: una odisea del espacio”, en 1998 admitió haber tenido relaciones con menores días antes de ser investido caballero, algo que llevaba haciendo cuatro décadas: desde que, viviendo en Sri Lanka, recurría a chavales que se vendían a cambio de un sexo que, hoy, al cambio, valía 15 euros.

Publicado en La Razón, 11-I-2020

viernes, 17 de enero de 2020

Entrevista capotiana a Priscilla Velázquez Rivera

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Priscilla Velázquez Rivera.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Mi casa silenciosa y rodeada de mar.
¿Prefiere los animales a la gente?
Los libros a ambos.
¿Es usted cruel?
Lo fui alguna vez en otra época y desde otro lugar de conciencia en mi comunicación con los demás. Comunicaba solo lo que pensaba y quería entregar sin tomar en cuenta el recipiente. Mi honestidad era un lugar punzante para estar. Ya no. Aprendí que puedo ser clara y directa sin ser ruda.
¿Tiene muchos amigos?
Pocos, pero amigos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Como muy bien dijo Jacques-Alain Miller “…aquel que conoce tu verdad y te ayuda a encontrarla soportable”.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Muy pocas veces y ninguna que no tenga remedio.
¿Es usted una persona sincera? 
Sincera y clemente.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Escuchando música, leyendo, escribiendo, tomando sol y vino, viajando con mi familia. Ocupo mi tiempo, libre o no, viviendo.
¿Qué le da más miedo?
Morirme en vida. Hay gente que ha muerto y no lo sabe. Sí, dejar de amar la vida, me da mucho miedo.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La violencia brutal, el terrorismo. La vuelta a nacionalismos, los extremos en estos tiempos. Que en la larga historia de la humanidad hayamos tenido tantos avances y sin embargo a nivel de conciencia sigamos siendo tan primarios e instintivos. Eso me sorprende, me espanta.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Para mí, la escritura no es decisión es destino. Habría hecho cualquier otra carrera y al final volvería a ser escritora. Ejercí por dos décadas mi carrera corporativa y se me daba muy bien, cobraba por hacerlo. Ahora solo escribo y escribir es mi única y mejor recompensa.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí, con disciplina espartana. Pesas, boxeo, senderismo.
¿Sabe cocinar?
No, pero me encanta la buena mesa.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A las personas que toman decisiones valientes. A las personas coherentes con sus valores, con su alma. A las que se atreven a no gustar. Hay un personaje a quien tengo especial e incomprensible simpatía por ser considerado muy sombrío, insolente, áspero y profundamente pesimista, es el escritor y cineasta colombiano Fernando Vallejo. Creo que sus sombras añaden perspectiva. ¿No es acaso la oscuridad la ausencia de luz visible?
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Vida.
¿Y la más peligrosa?
Miedo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Nunca.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Me avergüenza confesar mi reciente apatía porque creo que es una responsabilidad moral asumir una posición política. Puedo decirte que creo en la libertad, en los derechos humanos y en la igualdad de oportunidades. No tolero el abuso de poder ni el ejercicio del mismo desde la ignorancia, el complejo y la marginalidad por eso es que hay que sobreponerse al desencanto y participar, asumiendo posturas. Creo en las mentes brillantes, en funcionarios hechos para servir independientemente de la ideología, en trayectorias ejemplares. Cuando descubro a alguien así, lo apoyo.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Bailaora, actriz de teatro, Joaquín Sabina.
¿Cuáles son sus vicios principales?
El vino, aunque coincido con el médico parisino quien dijo al escritor Mario Vargas Llosa que “El vino no es alcohol. Es civilización”.
¿Y sus virtudes?
Mi pasión por respirar.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Intentaría flotar en ese mar de cara al sol mientras me despido de la mirada dulce de mi marido; de la sonrisa libre de mi hijo, del azul cristalino de sus ojos; del sentido del humor de mis padres y de la alegría de mis hermanos; lamentaría no tener a mano un frío verdejo pero moriría feliz sabiendo que he vivido.
T. M.

jueves, 16 de enero de 2020

Recomendando "Huckleberry Finn" en el programa de radio de Josep Cuní



El pasado viernes día 10 recomendé, en el programa de la SER Aquí amb Josep Cuní, en la sección en la que colaboro, Huckleberry Finn, de Mark Twain, en edición de lujo en la editorial Akal.

miércoles, 15 de enero de 2020

Entrevista capotiana a Mahayouba Mohamed Salem


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Mahayouba Mohamed Salem.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Sin duda, mi país: el Sáhara Occidental. Es el único lugar del mundo donde sería plenamente feliz. Y a él, y a su sufrimiento de todos estos años, dedico mi libro, Tella.
¿Prefiere los animales a la gente?
Si tenemos en cuenta lo que hicieron los marroquíes a la gente de mi tierra, elegiría a los animales. Son los seres más cariñosos y fieles.
¿Es usted cruel?
No, mi ser no es cruel. Lo aprendí de mi familia y es lo que transmito a mi hijo. De hecho, la crítica a la crueldad es el eje de mi reciente obra.
¿Tiene muchos amigos?
No muchos, pero sí muy cercanos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Fidelidad, cariño y sinceridad. La protagonista del libro, Tella, es precisamente la encarnación de estos tres valores. Sin olvidar su valentía. Si la hubiera conocido siendo yo pequeña -el personaje está inspirado en una niña que vivió la terrible “Marcha verde”-, la hubiera querido tener en mi círculo de amigos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
 No, ni recuerdo ahora mismo una decepción de ese tipo. Pero ¡todos tenemos defectos!
¿Es usted una persona sincera?
Para mí la sinceridad es lo primero y lo último, lo que define a un buen ser humano.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leyendo, por supuesto. Me encanta leer. Sobre todo historias reales. Como las que narro en las páginas de Tella, testimonio escrito de lo que llegaron a padecer los saharauis cuando tuvieron que huir de sus hogares en la guerra.
¿Qué le da más miedo?
La traición.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Me caracterizo por ser una mujer seria. Aun así, no me escandalizo fácilmente.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Comunicadora, porque considero que es uno de mis puntos fuertes. Como autora de Tella, he transformado a un relato de ficción las atrocidades que me contó, entre otras personas, mi abuela. He querido comunicar así las desgarradoras vicisitudes que experimentaron aquellos a quienes no hay que olvidar.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí, me encanta correr y pasear por el bosque. Me ayuda a pensar.
¿Sabe cocinar?
No soy una experta cocinera, pero al menos no paso hambre.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Describiría la vida de Mahatma Gandhi, porque es un ejemplo a seguir.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Libertad. ¿A quién no le gusta esa palabra? Yo solo espero que mi libro contribuya de alguna manera a que el Sáhara sea libre. Eso es una de las cosas que más me importan, y por la que estoy luchando.
¿Y la más peligrosa?
Guerra. Se trata de un término tóxico. Solo escuchándolo, me estremezco.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
¡Ni a una hormiga!
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Solo deseo la libertad de mi país. La solución definitiva del conflicto.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Ostentar una mejor posición para tener poder de ayudar a los saharauis. Sobre todo a los más pobres.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Maquillaje y un buen perfume.
¿Y sus virtudes?
Me gusta tratar a todo ser vivo desde el corazón. Como se suele decir, “trata como te gustaría ser tratado”.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
En una situación a vida o muerte, oraría. Orar me ayuda mucho en mi día a día.
T. M.

martes, 14 de enero de 2020

El tirano democrático


De un tiempo a esta parte, el término “boliviariano” se ha instalado en los debates públicos, en multitud de ocasiones usado de modo peyorativo, para denigrar el régimen político venezolano desde que tomara el poder Hugo Chávez y popularizara lo que se conoce, ciertamente, por bolivarianismo. Esta corriente de pensamiento político basada en la vida y obra de Simón Bolívar ha echado raíces en otros países con partidos de extrema izquierda, como Colombia, Bolivia, Perú, Ecuador y Panamá. De este modo, es del todo procedente, habida cuenta de que ya han pasado casi doscientos años desde la muerte del militar y político venezolano, fundador de las repúblicas de la Gran Colombia y Bolivia y uno de los líderes de la emancipación hispanoamericana frente al Imperio español, para volver al personaje y ver si, en efecto, las ideas que concibió y llevó a la práctica pueden asociarse a la realidad sociopolítica actual.

En este sentido, no han sido pocos ni lejanos los intentos de captar la dimensión de tal figura, por medio de diversos trabajos sobre todo dentro del ámbito hispano, pero cabe ahora considerar esta biografía de la periodista Marie Arana (peruana que escribe y publica en inglés, y reside en Estados Unidos) como la más definida y definitiva del llamado Libertador (traducción de Mateo Cardona y Cecilia Mesa). Su autora, una desconocida entre nosotros hasta la fecha, ha publicado un libro de memorias sobre su crianza bicultural, un par de novelas –una de ellas de corte satírico sobre la Amazonia peruana– y esta biografía que vio la luz en el año 2013. El reto era de lo más interesante, pues como dijo un comentarista de una revista norteamericana, Bolívar aún hoy es un líder tan venerado como menospreciado.

El insoportable tópico de que este ensayo o libro de historia se lee como una novela, de vez en cuando es acertado, y este es el caso. De hecho, el trabajo da inicio con la escena de cómo Bolívar “cabalgó hacia Santa Fe de Bogotá, capital del Nuevo Reino de Granada, en la sofocante tarde del 10 de agosto de 1819. Había pasado treinta y seis días recorriendo las llanuras inundadas de Venezuela y seis días marchando sobre las vertiginosas nieves de los Andes”. El tercio de sus hombres había muerto, y el resto estaba a duras penas vivos, helados por el frío y con las armas oxidadas. Una hazaña que lo iba a colocar en la lista de militares aguerridos como Napoleón y Aníbal, sobre todo cuando sus triunfos se difundían y los españoles lo temían cada vez más. Y es que, al advertir el avance de Bolívar, cuenta Arana, los agentes de la Corona lo dejaron todo y huyeron hacia los cerros, con el virrey Juan José de Sámano disfrazado de indígena.

Guerrero y refinado

No llegaba al metro con setenta centímetros ni a los sesenta kilos de peso, pero Bolívar se imponía con su carisma y determinación, y no dudaba en ir a la guerra y morir por la causa que defendió: la libertad de sus compatriotas después de ver cómo el Imperio español había dado muerte a tantos. Hombre de múltiples habilidades –gran bailarín y conversador, con conocimientos de latín y francés, viudo pero a la vez seductor insaciable–, surge en este libro con todo su esplendor: «Pasaba jornadas agotadoras a lomos de su caballo: su resistencia como jinete era legendaria. Incluso los llaneros, domadores de caballos de las recias llanuras venezolanas, lo llamaban con admiración “Culo de Hierro”. Como ellos, prefería pasar las noches en una hamaca o envuelto en su capa sobre el suelo desnudo. Pero se sentía igualmente cómodo en un salón de baile o en la ópera». Este es el Bolívar que se abre paso hasta su amargo fin, pues murió enfermo de tuberculosis, pobre, agraviado y difamado en todas las repúblicas que liberó.

Arana explica todas las acciones del Libertador y cómo llegó a levantar semejantes suspicacias, por qué fue expulsado de Bogotá, odiado por Perú y rechazado por su natal Venezuela, y fue tildado de tirano. Y también cómo devino un símbolo cuando el tiempo diluyó sus fracasos políticos, sobre todo cuando implantó en Perú (1824-1826) y Bolivia (1825-1826) un modelo constitucional llamado «monocrático», con un presidente vitalicio y hereditario, forjando con ello un régimen dictatorial, sin llegar a su ansiada unión hispanoamericana. Este sueño de un continente unificado partió de un hombre que no recibió entrenamiento militar formal, que mostró flagrantes contradicciones –“Hablaba con elocuencia sobre la justicia pero no siempre fue capaz de impartirla en el caos de la revolución”–, que le era difícil aceptar las críticas y, en definitiva, que “llegó a creer que los latinoamericanos no estaban preparados para un gobierno verdaderamente democrático: abyectos, ignorantes, recelosos, no comprendían cómo gobernarse a sí mismos, habiéndoles arrebatado sistemáticamente esa experiencia sus opresores españoles”. Requerían, pensaba, mano dura, lo cual le condujo a decisiones que alimentaron los ataques de sus detractores, como el hecho de imponer un dictador en Venezuela. Algo que a más de uno llevará a la comparación con el actual gobierno chavista de Nicolás Maduro.

Publicado en La Razón, 9-I-2020

lunes, 13 de enero de 2020

Entrevista capotiana a Daniel Toca


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Daniel Toca. 

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
La cocina de casa de mi abuela.
¿Prefiere los animales a la gente?
Prefiero las piedras.
¿Es usted cruel?
No lo suficiente.
¿Tiene muchos amigos?
No.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que me soporten.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Todo el tiempo.
¿Es usted una persona sincera? 
No.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
No hay tiempo libre.
¿Qué le da más miedo?
La furia de Dios.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Casi todo.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Hubiera intentado encontrar un trabajo sencillo y silencioso; pescador, guardabosques, monje en algún monasterio de cualquier religión.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí. Todos los días voy entre una y dos horas al gimnasio y cuando puedo intento subir un monte.
¿Sabe cocinar?
Sí. Me gusta cocinar para otros; odio hacerlo para mí.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
De alguno de mis profesores de la universidad, Alberto Gutiérrez Chong, José Luis Sanchez Rull, Victor Monjarás, de este último, recuerdo todos los días un consejo “si quieres permanecer siendo artista, come fruta, se necesita mucha energía”.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Apocalipsis.
¿Y la más peligrosa?
Toda palabra que se escriba o se pronuncie por alguien que crea que esa palabra representa algo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Todo el tiempo.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Aceleracionismo. 
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Una piedra de río.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Querer tener siempre razón.
¿Y sus virtudes?
Tenerla.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? 
Cuando pequeño tenía buena memoria. Estudié en una escuela Lasallista. Cada año había un concursó para ver quién sabía más de la vida del Señor de la Salle. Cada año lo ganaba respondiendo a la misma pregunta: ¿Cuáles fueron las últimas palabras de San Juan Bautista de la Salle? Adoro en todo la voluntad de Dios para conmigo.
T. M.

domingo, 12 de enero de 2020

La Jane Austen sueca


La historia de Fredrika Bremer es digna de conocerse. Nació en 1801 en Åbo (hoy Turku, en Finlandia) y se mudó de niña a la ciudad de Estocolmo, cerca de la cual sus padres compraron un castillo del siglo XVII. Desde muy joven colaboró con instituciones benéficas y, con el fin de recaudar dinero para estas, se dispuso a escribir. Tras el éxito de una serie de esbozos de la vida cotidiana (de 1828 a 1858) se entregó a la literatura, y se forjó la imagen de una «Jane Austen sueca» –así fue como se promocionó su obra en Estados Unidos–cuando publicó esta novela (traducción de Carmen Montes Cano) en 1837. Pionera en los derechos de los niños, las mujeres y los presos, Bremer cuenta aquí la vida de Fransiska, casada con un médico al que llama Oso y de la que habla por medio de cartas que envía a una amiga. La arriesgada opción epistolar queda muy bien resuelta, en un texto realmente entretenido e ingenioso, que recibió la admiración de Charlotte Brontë, Louisa May Alcott y Elizabeth Gaskell.

“Los vecinos” (1837) es así una suerte de diario íntimo de su protagonista, de veintisiete años, y también la recreación de toda una comunidad rural –ambientada en la región de Smolandia–, y el retrato de su relación conyugal y la que mantiene con el resto de familiares, en especial su suegra, la intimidatoria baronesa Mansfelt, que tiene una forma muy particular de expresarse, con dichos y refranes. En todo ese día a día llegará un momento de inflexión que impulsará el argumento, cuando un enigmático hombre alquila una casa adyacente y su presencia desata todo tipo de extravagantes rumores, como si es un espía, un asesino o un exiliado; en todo caso, el nuevo elemento perturbará la existencia anodina de un lugar remoto que, por medio del talento de Bremer, cobra un interés y una gracia exquisitos.

Publicado en La Razón, 9-I-2020

sábado, 11 de enero de 2020

Entrevista capotiana a Diego Moldes


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Diego Moldes.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Galicia, mi tierra.
¿Prefiere los animales a la gente?
Amo a los animales, soy ecologista además, pero la gente es lo primero. Prefiero a las personas, a las buenas personas.
¿Es usted cruel?
No, nunca. Si lo he sido alguna vez en el pasado habrá sido por inconsciencia.
¿Tiene muchos amigos?
Tengo muchas amistades, conocidos, colegas. Pero amigos, amigos, amigos de verdad, tengo muy pocos, y son los mismos desde hace muchos años. Mi lealtad es incondicional con ellos. Y lo saben.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Lealtad, empatía, generosidad, saber escuchar, respetar las ideas diferentes.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí. Demasiado. Sólo no lo soy cuando no siéndolo evito un mal mayor, como hacer daño a alguien débil o que no lo merece.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leer y escribir, los libros son mi vida, junto con el buen cine, la cinefilia. Escucho también mucha música, especialmente rock de los años 60/70, jazz, bandas sonoras clásicas y músicas del mundo (mal llamada étnica). El baloncesto. La playa. La bicicleta en verano. Aunque desde hace dos años casi todo mi tiempo libre lo ocupan mis dos hijos, Mauro y Bosco, con los que nos volcamos mi mujer y yo. Cuando crezcan me gustaría viajar más con ellos, por la península Ibérica y también por el extranjero. Que vean mundo y verlo con ellos, a través de sus ojos.
¿Qué le da más miedo?
La muerte repentina de un ser querido.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
El cambio climático. La impunidad con la que se contamina el aire, el agua y lo que comemos es un escándalo mayúsculo. Y un error histórico de consecuencias imprevisibles.  Por supuesto, el hambre, las guerras. ¿Cómo pueden seguir ocurriendo todas esas barbaridades? Hay alimentos y tierra para todos. Es algo que no debería suceder.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Director de cine.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Antes sí. Correr, natación, etc. Ahora cuidar de dos niños pequeños es ya un ejercicio intenso, que incluso provoca dolor de espalda.
¿Sabe cocinar?
Muy poco. Pero lo que sé, lo hago con corrección. Mi mujer dice que me sale bien la tortilla de patata.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A  Albert Einstein o a Franz Kafka. Con los que titulo mi último libro. Quizá Hitchcock. O mi amigo Alejandro Jodorowsky, de quien ya escribí un libro.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Amar.
¿Y la más peligrosa?
Envidiar.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No. Nunca. Ni en sueños.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Soy ideológicamente ecologista, en el sentido en el que creo que el cuidado del medio ambiente es nuestra responsabilidad y nuestro legado a las generaciones inmediatas y venideras. El movimiento verde es el único que conozco que no trabaja para uno mismo, para el presente, sino para un futuro lejano. Eso es altruismo absoluto: gente que dedica su tiempo para mejora la vida de la gente del futuro. No soy activista pero admiro y respeto lo que hacen. Desde el punto de vista estrictamente de teoría política, rechazo los totalitarismos –en el sentido que le dio Hannah Arendt–, tanto de extrema derecha (nazismo, fascismo), como de extrema izquierda (comunismo, maoísmo, estalinismo…). Como a cualquier persona sensata, me gusta el modelo de democracias liberales al estilo socialdemócrata escandinavo (más el modelo noruego y danés que el sueco, aunque también), pero no soy ingenuo y sé que es muy difícil de adaptar aquí. Noruega tiene un PIB per cápita de casi 75.000 euros por habitante, doce mil más que EEUU, 35.000 euros por persona más que España, que está en 40.000€. Es decir, tal protección social es muy difícil de copiar. Pero se puede tender a ese modelo económico. Por otro lado, culturalmente soy un europeísta convencido (y Noruega, por cierto, rechazó entrar en la UE). Creo que la UE debería avanzar mucho más y más rápido en una unión no sólo fiscal real sino también en una unión política.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Profesor de Historia del Cine. Y dirigir, al menos, una película.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Ver demasiado cine. Dormir menos de lo necesario.
¿Y sus virtudes?
Prefiero que lo digan los demás.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Mi mujer y mis hijos. Mis padres. La familia.
T. M.