lunes, 25 de septiembre de 2017

Reseña de "El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau" en "ABC Cultural"



Este sábado apareció una fabulosa reseña de Mauricio Wiesenthal en el ABC Cultural sobre El triunfo de los principios. Cómo vivir con Thoreau (editorial Ariel), en la que hacía hincapié en los valores que aún nos puede enseñar el escritor de Concord y de los que estamos tan huérfanos en general.

Su reflexión me hace una especial ilusión porque él era el mejor lector de este libro aun sin haberlo abierto. Mauricio ejemplifica los principios de integridad, de independencia intelectual, y es una referencia, una autoridad moral para mí, alguien que nos abre los ojos. 

Y quiero poner en valor esto; esto es grandioso, en un mundo que publica a diario miles de libros insustanciales y torpes y narcisistas, un autor como él es un regalo, alguien hacia el cual la sociedad siempre estará en deuda.

domingo, 24 de septiembre de 2017

Entrevista capotiana a Carlos Frontera

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Carlos Frontera.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Casa en plena naturaleza con un clima resultón. Y con casa me refiero a en compañía de quienes me den calorcito.
¿Prefiere los animales a la gente?
No. Ni de coña. No al menos hasta que un animal sea capaz de escribir algo como “El gran cuaderno” o de susurrarme por lo bajini confidencias que me aceleren el pulso.
¿Es usted cruel?
Con los demás creo que no —a excepción de algún ramalazo puñetero y muy esporádico—. Conmigo, más de lo que debería.
¿Tiene muchos amigos?
Pocos, escogidos, los mejores.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Hacen de la vida un lugar mejor, ¿se puede pedir más?
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Me suelo decepcionar a mí mismo.
¿Es usted una persona sincera? 
A ratos. Uno no puede ser sincero todo el tiempo si pretende no enemistarse por pamplinas cada dos por tres.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
No ocupándolo a priori. Quiero decir, haciendo lo que me apetezca en ese instante, y lo que me apetece casi siempre tiene que ver con libros, deporte, naturaleza, viajes y buena compañía.
¿Qué le da más miedo?
El dolor de los seres queridos, entre los que me incluyo.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Cada vez menos cosas, y eso no es bueno.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
No he decidido ser escritor, como tampoco decidí tener barba y la tengo. Me gusta viajar, hacer deporte, el contacto con la naturaleza… Por ahí irían los tiros.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
A diario. Entrenamiento Paleo, que se ha dado en llamar, con algunas variantes. Entrenar un cuento, corregir un cuerpo, no hay tanta diferencia.
¿Sabe cocinar?
Sí. Disfruto cocinando, probando recetas nuevas, experimentando. Más aun si es para otra persona. Y si esa persona me quiere y yo la quiero, ya es la repanocha.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Uno de ficción, sin duda. Darth Vader, por ejemplo.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Futuro.
¿Y la más peligrosa?
Cualquiera que prohíban.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Matar no, que se muera sí.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Ninguna de las anteriores.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Yo de nuevo con 17 años y más coraje que entonces.
¿Cuáles son sus vicios principales?
No tener vicios. Soy poco constante en general, hasta los vicios los dejo a med
¿Y sus virtudes?
La bondad, me gustaría.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Si viese pasar mi vida como si fuese una película, me saldría a la mitad.

T. M.

sábado, 23 de septiembre de 2017

Ensayo sobre Carson McCullers en su centenario


En el último número de la revista Letra Internacional (124, verano de 2017), publico el texto "Carson McCullers, a cien años de su nacimiento". Reviso en él su trayectoria vital y literaria ahora que se ha cumplido esa onomástica. A la maravillosa autora sureña ya le dediqué un ensayo, que compartió con Flannery O'Connor, en mi libro La pasión incontenible. Éxito y rabia en la narrativa norteamericana (Pre-Textos, 2013).

viernes, 22 de septiembre de 2017

Entrevista capotiana a Juan Ángel Cabaleiro

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Juan Ángel Cabaleiro.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
En El Corte Inglés.
¿Prefiere los animales a la gente?
No, prefiero a las personas.
¿Es usted cruel?
En absoluto, salvo con mis personajes.
¿Tiene muchos amigos?
No, muy pocos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que tenga piscina y asador en casa.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Sí, con frecuencia, a medida que los voy conociendo.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí, con las personas de mi entorno, pero no con Hacienda.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leyendo o charlando con mis amigos.
¿Qué le da más miedo?
Las palabras con “p”, como pobreza, policía o política.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La crueldad con los animales.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Sería un lector a tiempo completo.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí, el ciclismo.
¿Sabe cocinar?
Sí, cocino pizzas y humita (que es una comida regional del norte argentino).
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Lo haría sobre Jorge Luis Borges.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Marte.
¿Y la más peligrosa?
Autoayuda.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Muchísimas veces.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
No lo digo porque procuro vender mi libro.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Otro escritor.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Fumar, dormir y tomar mate.
¿Y sus virtudes?
Escribir novelas extraordinariamente buenas y la humildad.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Imágenes de las chicas de “Vigilantes de la playa”.

T. M.

jueves, 21 de septiembre de 2017

Reseña hoy de "Escribir. Leer. Vivir: Goethe, Tolstói, Mann, Zweig y Kafka" en "La Razón"


Hoy, quien abra La Razón en la página 62, en la que empieza el suplemento de crítica literaria, se encontrará con algo impresionante para mí: un texto soberbio de Jesús Ferrer, titulado "Aquellas letras que crearon Europa", en el que reseña mi último libro. Ya está listo, aunque llegará a las librerías el día 27, Escribir. Leer. Vivir: Goethe, Tolstói, Mann, Zweig y Kafka (Ediciones del Subsuelo), momento en que lo presentaré en este blog. Por ahora, no puede tener una aparición mejor, con un Ferrer que lleva su labor como crítico literario a un nivel increíble, inigualable en España. Y qué honrado y feliz me hace que mis libros disfruten de ello.

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Entrevista capotiana a Concha García

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Concha García.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Una habitación con un gran ventanal circular que diera al campo por un lado y al mar por otro.
¿Prefiere los animales a la gente?
Depende, no me gustan las ratas, no me gustan las bestias, ni las cucarachas, ni las serpientes y toda su gama.
¿Es usted cruel?
No.
¿Tiene muchos amigos?
Es imposible tener muchos amigos puesto que exige un gran cuidado cada uno de ellos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Sentido del humor, inteligencia, lealtad,  y que no sean hipócritas ni demasiado vanidosos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Esperamos mucho del otro y es mejor respetar y comprender para evitar la decepción.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
No hago distinciones, la existencia es tiempo y trato de ser consciente de ello.
¿Qué le da más miedo?
El mal. Los humanos somos los únicos que podemos destruir este planeta  y destruirnos a nosotros mismos.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Ya no me escandalizo por casi nada. Me llama la atención que algunos políticos se gasten tanto dinero en putas y mariscos. Que haya tantos futbolistas ganando esas barbaridades. Que la violencia contra las mujeres continúe ejercitándose, que se gaste tanto en material bélico, que haya quienes disfrutan matando animales bajo el eufemismo de llamarlo caza.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
No decidí ser escritora, he ido siéndolo. Si realmente hubiese podido elegir –cuando puedes hacerlo eres demasiado joven y las circunstancias no te dejan– seguramente hubiese elegido ser escritora.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Camino mucho, no corro, solo paseo.
¿Sabe cocinar?
Sí, me gusta mucho, pero no salgo de mi recetario familiar. No sé hacer sushi, me encantaría.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Hace años me aconsejó el desaparecido Angel Crespo que leyese a Piotr Demiánovhich Ouspensky, esoterista ruso nacido a finales del s. XIX. Aprovecharía el encargo para investigar.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Compasión.
¿Y la más peligrosa?
Cualquiera que salga del odio y de la creencia de ser superior a otros.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No. He querido que desaparecieran, como decía la canción: “ojalá pase algo que te borre de pronto”.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Educación, sanidad, sueldos dignos, políticas pensadas para la mayoría de la gente. Se parece a la izquierda,  a la izquierda no estalinista.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
¿Otra cosa? Astróloga y piloto.
¿Cuáles son sus vicios principales?
El té verde y la cerveza.
¿Y sus virtudes?
La paciencia.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Creo sentiría el agua y no me daría tiempo a sentir otra cosa.

T. M.

martes, 19 de septiembre de 2017

Esa comedia blanca (en la muerte de Jerry Lewis)


Hay una escena inolvidable en la película “Lío en los grandes almacenes”, de 1963, hipnótica por su simpática genialidad, con un Jerry Lewis pulsando una máquina de escribir como si siguiera el ritmo de la pieza instrumental compuesta por Leroy Anderson en 1950 que suena de fondo. Aquel era un humor fácil de despreciar; un actor haciendo el payaso, poniendo muecas, apareciendo continuamente con cara de asombro, de susto, de vivir en el absurdo absolutamente. Y sin embargo, en los años cincuenta o sesenta ese modelo cómico funcionaba como una máquina de música y escritura perfectamente engrasada. Humor fácil de rechazar por su apariencia infantiloide, pero tan vívido, tan universal, tan entretenido. Sacaba el niño que llevábamos dentro, y deslumbraba a los niños convertidos en risueños espectadores. 

Lewis representó la antigua tradición del “slapstick” y el absurdo, de esos gags visuales que marcaron una época en el cine mudo y cuyo legado podía verse en películas protagonizadas por el comediante como “El botones”, tan deudora de Chaplin. Qué época dorada aquella, que vio a otros actores de vis cómica maravillosa, como el Peter Sellers de “El guateque”, desternillante en su torpeza e ingenuidad, o el Danny Kaye que, como encantador musicólogo que se enamora de la pareja de un gánster o se convierte en boxeador que baila tontamente frente a su contrincante, despertaba tanta hilaridad como ternura. Ese era el sempiterno territorio cómico de Jerry Lewis, el de todas las edades, el que se ha extendido desde aquella comedia blanca y se aprecia en las nuevas generaciones: en el histrionismo de Jim Carrey o en los cariacontecidos rostros propios de un hombre convencional, algo desconcertado y resignado, de los films de Adam Sandler o Will Ferrel.

Ese tipo de comedia también era, no lo olvidemos, una manera de decirnos que la vida es una fiesta, o un chiste continuo, que no cabe tomarse nada en serio. E incluso dejaba entrever cierta moralidad: “El profesor chiflado” no sólo era la versión de un señor Jekyll y doctor Hyde que en realidad constituía una manera de decirle al espectador que todos tenemos al seductor y al tímido dentro, sino que sugería que la belleza y el culto a la imagen eran imposturas; que el profesor que se tomaba un brebaje y de repente era un atractivo conquistador podía convertirse en un farsante si le daba la espalda a lo auténtico, a la bondad honesta, a la pura humanidad.

Publicado en La Razón, 21-VIII-2017

lunes, 18 de septiembre de 2017

Entrevista capotiana a José A. Ramírez Lozano

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la «entrevista capotiana» con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de José A. Ramírez Lozano.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? 
Sevilla.
¿Prefiere los animales a la gente?
A la gente.
¿Es usted cruel?
Con los insectos.
¿Tiene muchos amigos?
Seis o siete; los de más son solo migos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Alegres, positivos, creativos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí, a mi costa.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Escribiendo o charlando.
¿Qué le da más miedo?
El dolor.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La estupidez.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Biólogo.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Caminar y darle a la lengua.
¿Sabe cocinar?
Sí, pero el tiempo de la cocina no me interesa.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Álvaro Cunqueiro.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Fortuna.
¿Y la más peligrosa?
Aguarrás.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Liberales.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Una silla, para estar siempre sentado.
¿Cuáles son sus vicios principales?
El erotismo y la parranda.
¿Y sus virtudes?
La constancia capricornia y la confianza.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Las de mis hijos; sobre todo los que no tuve, que estarían tirándome de los pies.
T. M.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Un ensayo sobre Kakfa y Praga en "Clarín"

Foto tomada en un garaje en la Bonanova, Barcelona

En la última Clarín. Revista de Nueva Literatura (nº 130, julio-agosto de 2017) publico el ensayo "Kafka y Praga. Capital mágica para una religión privada".

sábado, 16 de septiembre de 2017

Entrevista capotiana a David Pérez Pol

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de David Pérez Pol.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
En esto coincido con E.T., en mi casa, sea eso donde fuere y en el sentido amplio del término… lugar lugar no hay ninguno en concreto, procuro hacer del lugar mi casa. Estoy bien donde estoy pero también lo estuve donde estuve.
¿Prefiere los animales a la gente?
El animalismo me parece obsceno y la gente un ente demasiado abstracto, por heterogéneo, como para ser apreciado o despreciado. Prefiero a las personas, sus comportamientos individuales y colectivos, sus ideas y sus actos, sus relaciones y sus interrelaciones…
¿Es usted cruel?
No, recrearse en el daño, ya sea moral o físico, me parece un desperdicio de energía propio de la frustración de un arrogante de un solo libro. Otra cosa es que el victimismo vea crueldad en cada cosa que no sea de su agrado.
¿Tiene muchos amigos?
Los justos y necesarios.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que sean racionales porque las personas racionales no se quejan nunca de los demás y te enseñan a no quejarte nunca de los demás.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No. Toda decepción es resultado de un espejismo, de un cálculo errado, y los errores no decepcionan, forman parte del juego.
¿Es usted una persona sincera? 
Si la sinceridad es decir siempre y en todo momento lo que se piensa, por supuesto que no; si a lo que se refiere el término es si uno es de fiar, o sea, que es cierto lo que dices que has hecho, cómo lo has hecho y porqué lo has hecho, me esfuerzo en ello… solamente cuando considero vale la pena. En ese sentido las promesas son las grandes aliadas de los vendedores de sinceridad, así que el objetivo es nunca prometer nada más allá de que lo vas a intentar, de manera que la sinceridad se pueda medir por las veces que te has comprometido a intentarlo y es demostrable que lo has intentado. La sinceridad siempre debería remitirnos al pasado, nunca al presente y aún menos al futuro.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
No sé muy bien qué es eso…
¿Qué le da más miedo?
Miedo no, pero el gran peligro es la tolerancia con los intolerantes disfrazados de tolerantes.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Reconozco que debería escandalizarme que la estupidez no escandalice, pero tampoco.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Ser escritor, artista en general, está muy sobrevalorado (sobre todo por escritores y artistas). He hecho muchas cosas en mi vida mucho más importantes y útiles que escribir… en cuanto a la creatividad, circunscribirla al ámbito artístico es una aberración, prefiero definirla como aquel esfuerzo que permite encontrar soluciones a aquellos problemas que nunca ocurrirán porque los supimos prever a tiempo, y eso aplicado a cualquier ámbito de la vida.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Procuro pensar de vez en cuando. También fumo.
¿Sabe cocinar?
Mis recetas culinarias son las de un superviviente en una isla desierta.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Antes de nada debería sobreponerme a que Reader’s Digest me hiciera tal propuesta… bueno, supongo que Spinoza… luego recortarían el artículo, lo encajarían entre “El caso de la mujer enterrada viva” y el apartado “Humorismo militar” y directamente lo suprimirían en la edición alemana.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
La esperanza es el recurso de los desesperados, así que, en fin, cuanta más esperanza precisas más desesperado estás y cuanto más desesperado menos razonas… No me gusta la esperanza, es peligrosa, prefiero la palabra “alternativa”, en plural, si es posible; dame alternativas viables y no precisaré encomendarme a esperanza alguna.
¿Y la más peligrosa?
Idealismo… siempre en el buen entender que las palabras no son peligrosas, son herramientas, lo peligroso es la mano que las empuña.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No se ha dado el caso, aunque no considero que matar sea un acto inmoral, en todo caso podría aceptar que te pongan en la tesitura de tener que matar sí lo es.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
No tengo “tendencias” políticas como tales, considero a las ideologías como una lacra del intelecto… en todo caso me identifico con aquellas políticas que son capaces de generar mejores condiciones de vida para las próximas generaciones… y así siempre… desgraciadamente éstas solamente parecen ser tenidas en cuenta tras la desolación que deja la guerra.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Esa es una pregunta extraña ya que soy haga lo que haga. En todo caso, ya he sido suficientes cosas.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Antes leía el periódico cada día, ya no… pero sigo fumando y conservo la capacidad de evadirme sin irme.
¿Y sus virtudes?
El control de mis defectos.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Creo que las imágenes no las podemos escoger así que yo también siento curiosidad por saber que imágenes de entre todas serán las escogidas en mi despedida.

T. M.

viernes, 15 de septiembre de 2017

Los robinsones que comían lobos marinos

Como el Quijote, Hamlet, Fausto o Don Juan, Robinsón Crusoe es universalmente mucho más que un personaje literario. Se trata de un arquetipo, un icono social y cultural, un mito que ha traspasado el mundo de la ficción narrativa para incluso nutrir el lenguaje. Así, en el Diccionario de la Lengua Española, encontramos «robinsón», «robinsonismo» y «robinsoniano», dos sustantivos y un adjetivo pertenecientes a aquel que, «en la soledad y sin ayuda ajena llega a bastarse por sí mismo». Y esto es lo que le había ocurrido al marinero escocés Alexander Selkirk, el verdadero náufrago en que Daniel Defoe basó su inmortal relato de aventuras (publicado en 1719) y al que habían abandonado por indisciplina en una isla desierta.

Defoe conoció el suceso gracias a un libro titulado «Crucero alrededor del mundo» de un capitán llamado Woodes Rogers, y su instinto periodístico le despertaría la suficiente curiosidad para conocer la peculiar historia al completo e inventar un relato después de pedirle consejo a un librero de confianza. Éste le orientó sobre la longitud que debía de tener la novela, confirmándole que un libro semejante podría resultar atractivo para una gran cantidad de lectores que buscaba nuevos entretenimientos, literatura de evasión. Defoe sabía, como todo el mundo, que la novela era un género secundario, pero su fina intuición detectó que muy bien podría ser el vehículo para exponer sus ideas moralizadoras y puritanas a partir de un hombre que se superaba a sí mismo.

Porque Robinsón, por supuesto, ejemplifica al hombre que lucha con un entorno natural inhóspito y que ha de fabricarse una civilización a su manera, construyéndola de la nada, e incluso integrando en ella a un indígena, lo cual simboliza el colonialismo e imperialismo británico. Dadas estas premisas pedagógicas, no es extraño que J. J. Rousseau recomendara vivamente la novela a los jóvenes, afirmando que era una «obra básica de toda educación». Y en esa intención educativa también cabría colocar este notable libro de François Édouard Raynal, “Los náufragos de Auckland” (traducción de Pere Gil, prólogo de Alfredo Pastor) al ser la demostración de que, como aquel Robinsón real convertido en ficción, se podía sobrevivir tras una tragedia en condiciones de aislamiento extremas, y levantar una cabaña, aprender a subsistir en una naturaleza salvaje, soportar el abatimiento de tanta soledad y falta de recursos de toda clase.

El clima más hostil

Y es que una noche de 1864, los cinco hombres que integraban la tripulación de la Grafton, una goleta mercante, naufragó en las costas de Nueva Zelanda, hallando no obstante refugio en un islote deshabitado. El capitán australiano Thomas Musgrave, el jovencísimo marinero británico George Harris, el noruego Alexandre MacLarren, el cocinero portugués Henri Forgés, y Raynal, administrador de una plantación en Isla Mauricio, soportarían veinte meses en las islas Auckland con un clima hostil y, en un ejemplo de resistencia y confianza memorable, salvarían sus vidas y podrían retomar sus asuntos. En el caso del autor del libro, volvería a su añorada Francia, de la que estaría alejado veinte años, para atender a sus padres, a los que quiso ayudar desde adolescente para darles una existencia holgada haciéndose marinero e incluso buscador de oro en Australia, todo lo cual le había llevado a sufrir indecibles padecimientos.

El deseo de la expedición de la Grafton era encontrar cierta isla en que podía haber una mina de estaño argentífero o, en el peor de los casos, suficientes focas con las que conseguir aceite y pieles. Pero el fuerte viento y las olas arrastrarían la goleta hasta hacerla chocar contra unos peñascos y naufragar. A partir de ese momento Raynal se convertiría en un líder que, lejos de resignarse a sufrir un destino fatal e inevitable, se esforzará no sólo en la creación de un microcosmos que proporcione a su tripulación seguridad, calor, incluso comodidad, sino en dirimir las diferencias que irán surgiendo en una situación claustrofóbica pero en la que el autor, gracias a su fe en Dios, consigue encontrar fuerzas y esperanzas, y lo más importante, contagiar estas a sus compañeros. La razón se impone al caos; la inventiva a la poderosa naturaleza; la fe en uno mismo a la tristeza.

Entre ruidosos leones marinos e inmensas moscas azules, en unas Auckland donde “la humedad, las tempestades y las nieblas reinan casi sin interrupción”, Raynal escribe un diario (Musgrave también hizo lo propio, y lo publicó en 1866) y, muy bregado en el pasado como trabajador de la tierra en las condiciones más duras, emprende todo tipo de iniciativas. Fabrica jabón, hace de un poco de harina y mostaza su farmacia y siempre está atento a que se imponga la fraternidad, sabedor de que las enemistades tendrían consecuencias desastrosas, de tal modo que instaura la figura de “un cabeza de familia que atemperase la autoridad legal” como juez paternal, como un hermano mayor.

El grupo, pues, firma una especie de constitución para “mantener el orden y la unión entre nosotros, con tacto pero también con firmeza”, y se organizan para tener abundante leña y hacer la colada cada lunes, entre otras interminables tareas. Al final, construirán una barca con la que huir, padeciendo hambre y tormentas, hasta la salvación final cinco días más tarde en lo que fue una aventura convertida en crónica que, como en el caso robinsoniano, también inspiraría literatura. Nos referimos a “La isla misteriosa” (1874), en la que Jules Verne narró cómo cinco marinos, tras huir de la Guerra de Secesión, logran sobrevivir en un lugar lleno de fenómenos enigmáticos. 

Publicado en La Razón, 3-VIII-2017