miércoles, 19 de diciembre de 2018

Entrevista capotiana a Marta Carnicero


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Marta Carnicero.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Me imagino la idea y no me gusta, pero si no hubiese otra opción, elegiría una ciudad soleada con mar, lugares altos, zonas verdes y una buena oferta cultural.
¿Prefiere los animales a la gente?
No.
¿Es usted cruel?
La crueldad es una de las acciones más injustificables que se me ocurren. Reconozco mi capacidad de ser cruel con las palabras, pero trato de alejarme de ella tanto como puedo.
¿Tiene muchos amigos?
Tengo muchas personas cercanas. Algunas son amigas, otras lo parecen y otras demuestran serlo cuando el momento lo requiere.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Un amigo no te juzga y es alguien con quien siempre puedes contar. Parece una combinación sencilla, pero no se me ocurre bien más preciado.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No más de lo que pueda decepcionarlos yo, e intento evitarlo.
¿Es usted una persona sincera?
Demasiado. No me refiero a ese tipo de sinceridad egoísta que lleva a algunas personas a soltar lo que piensan sin ningún tipo de filtro, sino a la sinceridad en tanto que oposición a la mentira. Odio la mentira y, en general, no la practico. No sólo por aquello de que si no mientes no tienes que acordarte luego de nada, sino también porque la mentira (y las informaciones deliberadamente incompletas me parecen variantes de ella) me produce rechazo físico y me parece una forma de decepción, tanto para quien la recibe como para con uno mismo, de la que no me gusta participar.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Me gusta compartirlo con personas queridas, aunque en absoluto me aburro si estoy sola. En ese caso leo, escribo, pongo orden en el piso, veo series. No rehúyo la soledad porque sé que la disfruto.
¿Qué le da más miedo?
Hacerme mayor y que no me respondan el cuerpo o la cabeza. No ser capaz de decidir sobre mi destino. Olvidar las caras de las personas a quienes quiero. La miseria, la enfermedad, el sufrimiento. Morir de forma indigna.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Los abusos, la violencia, los oídos sordos que se hacen ante la injusticia, las desigualdades. La incoherencia, el cinismo y la cara dura con la que algunos pretenden tomarnos el pelo.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
No puedo imaginármelo. Estudié ingeniería, una carrera para la que no tenía ningún tipo de vocación, para no decepcionar a mi familia. Nada indicaba los derroteros que tomaría mi vida, y aun así la escritura terminó saliendo a la superficie.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Bailo en la cocina, mientras hago la cena. ¿Eso cuenta?
¿Sabe cocinar?  
Sobre todo mientras bailo. A veces canto incluso.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Al abuelo que perdí cuando tenía tres años, a quien sólo he podido conocer de oídas. Me queda el consuelo de que mi primer recuerdo está ligado a él.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
No sabría decirlo. Puede que mañana, o quizás futuro.
¿Y la más peligrosa?
Las palabras en sí no me parecen peligrosas; son la base del diálogo. Si hablamos de palabras que definen situaciones peligrosas, probablemente elegiría intolerancia o fanatismo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Desear la muerte de alguien, sin perder de vista que el deseo nunca será suficiente como para acabar con una vida, puede llegar una forma de consuelo (aunque estéril) en situaciones que emanan de la rabia y la injusticia. Las situaciones que involucran maltrato o sufrimiento de niños, por ejemplo, me sublevan.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Mis tendencias políticas emanan de la coherencia y el respeto, y el respeto a la intimidad es una forma de respeto también. En todo caso, de nada serviría que tratase de definirlas aquí. Lo que realmente nos define son nuestros actos.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
En este momento tengo la vida que quería tener. No se me ocurren cambios sustanciales que hacer en ella.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Me gusta comer bien. No estoy segura de que sea un vicio. Y soy capaz de vivir cómodamente en un desorden relativo.
¿Y sus virtudes?
Tengo tesón y capacidad de trabajo. También soy perfeccionista, pero tampoco estoy segura de que eso sea una virtud. Ninguna virtud lo es cuando se da en exceso.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Dudo que se me pasara ninguna imagen por la cabeza. Imagino que me centraría en tratar de salir a la superficie. Ya nado lo suficientemente mal.
T. M.

martes, 18 de diciembre de 2018

La trágica musa de Modigliani



En 1997, la escritora y feminista Florence Montreynaud publicaba un libro, titulado “Amar. Un siglo de amor y pasión”, en que seleccionaba a docenas de parejas conocidas del siglo XX, especialmente del arte y la literatura, para en paralelo contar nuestra historia reciente como sociedad. De tal modo que se asomaban temas acerca de la sexualidad, el psicoanálisis, el tópico de la “femme fatale” o el romanticismo y sus nuevas costumbres del hombre y la mujer contemporáneos. Pues bien, de entre todas aquellas relaciones amorosas, había una que podía representar el summum del fervor pasional y desenlace funesto, propio de una tragedia shakesperiana: la que mantuvieron Amedeo Modigliani y Jeanne Hébuterne. 

A ella se ha consagrado la periodista y novelista francesa Olivia Elkaim por medio de la novela “Jeanne Héburterne” (traducción de Isabel González-Gallarza), demostrando un conocimiento delicado y profundo de cómo el pintor conoció a esta joven de diecinueve años en 1917. Él lleva una vida mísera, padece tuberculosis y abusa del alcohol y de las drogas. Ella, aspirante a pintora, pertenece a una familia de la pequeña burguesía parisina católica y su hermano, con el que se adivina un vínculo casi incestuoso, está en el frente. Por supuesto, sus padres desaprueban la relación, pero ella los desafía y se va a vivir con él en Montparnasse para pintar, pues ella se convierte en la musa de él. La clásica historia del pintor enamorado de su modelo, tan frecuente y con varios ejemplos muy famosos (Picasso, Dalí…), se desarrolla con un estilo contenido, de frases cortas y directas, que captan el impacto de Jeanne por alguien al quien ama hasta el punto de suicidarse, a los veintidós años, tras la muerte de él, cuando estaba en su noveno mes de embarazo y ya tenían una niña. 

Antes de que llegue el terrible fin, Elkaim nos sitúa en el París bohemio del periodo de la Gran Guerra, con una Jeanne ensimismada pensando en Modigliani, escribiendo su diario, pasando las noches con él, en la pobreza más absoluta y alimentándose de latas, consolándolo cuando hace la primera exposición, pues recibe críticas fulminantes, lo que él atribuye a su condición judía; en todo caso, es el “hombre que tan bien sabe divertir a la galería, protagonizar tragedias y montar numeritos”. Como desaparecer varios días, para desesperación de ella, hasta que “entra en nuestro taller, lívido y flaco”, la mismísima imagen de la muerte; un artista que necesitó vagar sin rumbo por París y cuya autodestrucción arrastró a esta joven hiperestésica hasta compartir lápida en el cementerio de Père-Lachaise.

Publicado en La Razón, 13-XII-2018

lunes, 17 de diciembre de 2018

Entrevista capotiana a Eugenia Tusquets

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Eugenia Tusquets.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Savannah, Georgia. Me fascinó, pero mis obligaciones familiares estaban entonces en San Francisco y ahora en Barcelona. No he podido realizar mi sueño de vivir allí.
¿Prefiere los animales a la gente?
No.
¿Es usted cruel?
A veces lo he sido conmigo misma, ramalazos masoquistas, imagino… Con los demás no soy capaz.
¿Tiene muchos amigos?
Pues sí, en ocasiones pienso que demasiados.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que tengan buen carácter y algo de inteligencia.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No. Supongo que están bien escogidos.
¿Es usted una persona sincera?
En general, sí. 
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Tengo poco: callejear, leer, hacer crucigramas, ver películas…
¿Qué le da más miedo?
Los accidentes, las enfermedades, los políticos…
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La suprema estupidez y la crueldad, pero, ahora que pienso, no me escandalizan sino que me repugnan. 
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Soy también pintora y me hubiera gustado dedicarme a la danza.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí, antes natación, ahora gimnasia.
¿Sabe cocinar?
Eso dicen, pero la verdad es que tengo unos pocos trucos culinarios que repito y que son resultones. Eso es todo.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Remedios Varo.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Mañana, tomorrow, demà, demain, morgen, domani…
¿Y la más peligrosa?
Guerra.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Matar, no, pero que desaparezca para siempre de mi vida, sí.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Socialismo.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Ya dije que dejé la danza atrás, pero ya soy las otras dos cosas que me gustan.
¿Cuáles son sus vicios principales?
El chocolate, las prisas, la intranquilidad, el té (en exceso supongo que es un vicio…).
¿Y sus virtudes?
La perseverancia y la fidelidad.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Mis hijos, supongo, aunque creo que dedicaría también alguna a los posibles recursos de sobrevivir el momento.
T. M.

domingo, 16 de diciembre de 2018

sábado, 15 de diciembre de 2018

Entrevista capotiana a F. Javier Valero


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de F. Javier Valero.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Como la pregunta no especifica si solo o acompañado, daré dos respuestas: Solo en un hotel con sabor, estilo Locarno en Roma; creo que la engañosa sensación de provisionalidad que se tiene en los hoteles me ayudaría a soportar la condena.
Acompañado por una mujer amada en una casa modernista de indiano, de esas que aún pueden verse en la costa barcelonesa, con una palmera altísima y un caballo viejo en el patio.
¿Prefiere los animales a la gente?
Sin duda, son seres totalmente puros, no como nosotros.
¿Es usted cruel?
Puedo ser muy cruel en mi imaginación.
¿Tiene muchos amigos?
Me resulta imposible tener muchos amigos por la segunda respuesta de esta entrevista.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Sentido del humor y lealtad. 
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Sí, pero es culpa mía. Diría que identifico bien a las personas, pero a veces no puedo evitar sobreestimarlas y mis expectativas acaban por defraudarme.
¿Es usted una persona sincera? 
Lo soy con los que me importan. Y al resto no consigo engañarlos mucho tiempo.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Con ficciones. Viajo cuando me es posible o leo, que es como viajar pero mucho menos cansado y puedo hacerlo a diario. También monto a caballo, que no deja de ser otra ficción; leo las reacciones del animal, los paisajes… Los caballos son místicos y hermosos, no parecen de este mundo.
¿Qué le da más miedo?
La locura.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
El escenario político actual que tanto me recuerda el de las preguerras.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
He tenido la suerte de tener una vida creativa casi plena en la publicidad como copywriter (redactor de anuncios). Me hubiese gustado ser pianista, y tengo buen oído pero soy un negado para la técnica. Solo soporté unos meses de solfeo cuando era niño…
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Aparte de montar a caballo a veces voy al gimnasio, donde me resulta extrañamente relajante escuchar audiolibros sobre la elíptica, mientras observo una coreografía desorganizada y rostros de crucificado... Es un ejercicio estupendo para la mente y el cuerpo.
¿Sabe cocinar?
Solo sé preparar paella, la de mi madre me entusiasmaba y me fijé mucho en su forma de cocinarla.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Holden Caulfield.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
“Hola”. Pronunciarla significa que aún se puede hablar.
¿Y la más peligrosa?
“¡Viva!”. Esa palabra puede matar a mucha gente.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, pero he deseado muchas veces la muerte de alguien, quién no...
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Tengo más fuerza en la mano izquierda, el pie izquierdo más grande y veo mejor con el ojo izquierdo, pero si solo usara ese lado de mi cuerpo me resentiría. Aunque me cuesta mucho, intento estar abierto a otras tendencias. En estos tiempos, cuantas más tendencias políticas distintas coexistan, mejor.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Un piano de cola.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Dejé de fumar hace tiempo, procuro beber poco y mentir solo lo necesario. Y me gusta espiar el comportamiento humano en las redes sociales, una excusa para estar en ellas también, un mal vicio…
¿Y sus virtudes?
Dicen que soy noble, yo creo que no tanto…
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Mi madre viene en mi busca. Me da la mano, tira de mí, me saca del agua o del barro o de donde sea que me estuviese ahogando… Nos vamos a comer una paella a su casa.
T. M.

viernes, 14 de diciembre de 2018

Otros 136 yoes


Es Fernando Pessoa uno de esos escritores que viven una reinterpretación perpetua. Así es y será: siempre nuevo, siempre deslumbrante, cada vez que se abren los dos baúles sin fondo en los que dejó treinta mil hojas manuscritas que aún suscitan sorpresas. El hecho de ser un autor que apenas publicó en vida, un autor de manuscritos y no de “libros” al uso, más su desdoblamiento en más de cien seudónimos, incrementa su misterio y hondura. Y a profundizar en esos otros yoes se han encargado Jerónimo Pizarro y Patricio Ferrari en “Yo soy una antología. 136 autores ficticios” (traducción de Nicolás Barbosa), una tremenda investigación acerca del “heteronimismo” del poeta luso, después de que en el pasado hubiera varios intentos de hacerlo, que llegaban a una cifra bastante menor.

La edición está compuesta por una breve explicación de cada “autor” –hay setenta y siete que nos eran desconocidos–, con sus firmas facsimilares y un texto a modo de ejemplo de su obra, más recortes de prensa. Los tres heterónimos más conocidos, Alberto Caeiro, Álvaro de Campos y Ricardo Reis se rodean así de un montón de otros yoes pessoanos, configurando un inventario de todas esas almas que el poeta decía contener y que ya es otro hito de la interminable bibliografía sobre el lisboeta. Empieza el juego con H. W. M., que inventó a los doce años, y acaba con María José, una jorobada de diecinueve años que cobró vida hacia 1930. Dos años después, el propio poeta escribiría: “Yo soy una antología”, para definir su forma de escribir diversa, representada asimismo en el fabuloso texto en que explicó él mismo “las obras heterónimas de Fernando Pessoa”, todas ellas individualidades distintas de la de su creador. Realmente, como dicen los editores, una investigación tan compleja como fascinante en busca de todos estos vestigios ficcionales.

Publicado en La Razón, 13-XII-2018

jueves, 13 de diciembre de 2018

Entrevista capotiana a Elena Román

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Elena Román.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Algún sitio donde hubiera mar y montañas, por la amplitud visual con la que me consolaría, pero la verdad es que sólo pensar en el hecho de vivir en un único lugar para siempre, me produce claustrofobia.
¿Prefiere los animales a la gente?
Me gusta la gente y me encantan los animales, pero no hasta el punto de preferirlos. ¿Puedo no preferir a ninguno de los dos…?  
¿Es usted cruel?
No, aunque lo he sido en algún momento concreto. Sobre todo en la infancia y en la adolescencia.
¿Tiene muchos amigos?
Tengo los amigos necesarios, pocos y fiables. Por otro lado, tengo conocidos hasta aburrirme, literalmente hablando. Y desconocidos tengo todavía más.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Empatía, corazón, honestidad y sentido del humor. Ah, y paciencia.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Con los amigos me pasa como con la familia: al presumir de conocerlos, no suelo esperar de ellos más de lo que me dan, al igual que espero lo mismo de ellos.
¿Es usted una persona sincera? 
Trato de serlo siempre y lo consigo casi siempre. No, en serio, suelo ser sincera y guardarme las mentiras para la escritura.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leyendo, paseando, escribiendo… eso en cuanto a gerundios que impliquen silencio, pero también tomándome unas cervezas con las amigas, según el momento.
¿Qué le da más miedo?
La soledad a la fuerza. La intolerancia. La brutalidad.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Creo que, hoy por hoy, nada. Indignarme sí me indigno por muchas cosas.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Trabajar en una floristería o en una librería; de hecho lo he intentado y lo sigo intentando. El olor que se respira en ambos sitios me vuelve loca.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí. Hago gimnasia y camino mucho. Me gustaría practicar la natación más adelante, cuando tenga más tiempo y posibilidades.
¿Sabe cocinar?
Sí, y aunque esté feo que lo diga, cocino bastante bien. Me gusta cocinar, inventar (yo) y descubrir (de los demás), y disfruto de muchos alimentos que no comía antes, sobre todo verduras.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A mi madre. Ella da para artículos, poemas, novelas, ensayos, piezas de ópera, etc.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Esperanza.
¿Y la más peligrosa?
Dinero.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, nunca, pero sí teletransportarlo muy lejos con el pensamiento.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
De izquierdas sin partido que me represente ni bandera que me envuelva.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Pintora. De hecho, siempre he creído que escribir es mi manera de pintar.
¿Cuáles son sus vicios principales?
¿Vicios o defectos? Como defecto, que a veces me paso de autónoma, o de independiente, o de autosuficiente, como se quiera llamar, y me cierro en banda hasta que recapacito. Como vicios, los libros y las cervezas.
¿Y sus virtudes?
La constancia.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
¿Ahogándome precisamente?: peces, peces, peces. Y gente a la que quiero.
T. M.

martes, 11 de diciembre de 2018

Mañana leyendo poemas en la Casa de los Poetas y las Letras, Espacio Santa Clara, Sevilla


Mañana día 12 tendré el placer de participar, invitado por la Casa de los Poetas y las Letras de Sevilla, en el ciclo de lecturas "Luces de diciembre. Poemas para la Navidad". Se celebrará a las 19.00 horas, en el Espacio de Santa Clara (c/ Becas, s/n).

lunes, 10 de diciembre de 2018

Entrevista capotiana a Jordi Ledesma


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Jordi Ledesma.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
En un hotel de cinco estrellas en el centro de París.
¿Prefiere los animales a la gente?
Prefiero a algunos animales a mucha gente.
¿Es usted cruel?
Quiero pensar que no. Pero creo que lo sería, o lo seré, si pudiera vengarme de quien me haga daño.
¿Tiene muchos amigos?
No.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que no se muestren banales conmigo.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No.
¿Es usted una persona sincera? 
No. Las mato callando.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Haciendo el amor y durmiendo después.
¿Qué le da más miedo?
Cualquier situación cuya consecuencia sea morir ahora.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La estupidez voluntaria de muchísima gente.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Sería parado de larga duración.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Juego con mis hijos. A veces es bastante exigido.
¿Sabe cocinar?
Con solvencia contrastada.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A uno que no recordara nadie como el Kid Padilla de Antonio Soler, por ejemplo.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Sensatez. Pero los sustantivos dependen demasiado de los adjetivos.
¿Y la más peligrosa?
Ignorancia.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Más de una.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Cada día soy de más lejos.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Heredero de una fortuna inacabable.
¿Cuáles son sus vicios principales?
El tabaco y los mercadillos de libros usados.
¿Y sus virtudes?
Soy una persona cariñosa.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Mi madre enseñándome a leer. Mi bisabuela riñéndome. Yendo de paquete en la bici de mi padre. La playa. Una pelota. Besos. La noche. Picasso. Annette Bening. Más besos. Domingos de lluvia. Yo dándole la mano a Ana María Matute. Otra noche. La madre de mis hijos. Mis hijos. La madre de mis hijos con mis hijos.
T. M.

domingo, 9 de diciembre de 2018

Conan Doyle, un «auténtico lunático»


La legión de incondicionales de la obra de A. C. Doyle siempre está de enhorabuena: se recuperan historias inéditas o traducidas hace más de un siglo y descatalogadas, por iniciativa de la editorial Renacimiento; aparecen libros tan hermosos y curiosos como «Viaje al Ártico y cuatro relatos del norte» (Confluencias), el diario de juventud sobre los siete meses que pasó en un ballenero como médico; meses atrás, El Paseo publicaba una novela suya que era inédita en español, «Las cartas de Stark Munro», que Conan Doyle dio a la imprenta en 1895, en plena cumbre de su fama literaria; y ahora viene nada menos que «la biografía definitiva del creador de Sherlock Holmes», pues así se subtitula este «Arthur Conan Doyle» que nos ofrece Eduardo Caamaño, que ya incursionó en el género biográfico mediante libros como «Manfred von Richthofen (el Barón Rojo)» y «Harry Houdini».

Por supuesto, una de las fuentes principales de este impecable trabajo, que no puede empezar de manera más llamativa –en torno a una anécdota póstuma de tinte espiritista–, es la autobiografía del propio autor escocés, «Memorias y aventuras». En ellas, Conan Doyle evocó a su familia irlandesa y aquel helado viaje en barco, sus inicios profesionales en Southsea, los primeros éxitos literarios en los periódicos, su encuentro con Oscar Wilde, su temprano interés por los «estudios psíquicos»... Doyle presumió de practicar deportes como el boxeo, el críquet o el automovilismo, e incluso de ser el primero en introducir el esquí en Suiza para desplazamientos largos, aparte de recordar su otro empleo en un barco comercial por la costa de África Occidental. Y añadió: «He participado en tres guerras: la de Sudán, la de Suráfrica y la guerra con Alemania».

Caamaño demuestra conocer toda esta trayectoria al dedillo y presenta a un Doyle que, desde luego, va mucho más allá de la concepción del personaje al que hizo aficionado a la apicultura, al boxeo y a tocar el violín. Por eso elige un epígrafe del propio narrador –sí, pero también poeta y dramaturgo, como se aprecia en uno de los apéndices–, en que manifestaba su decepción si en el futuro solo le recordaba por el detective del número 221 de la londinense Baker Street que come galletas y toma cocaína. Y, sin embargo, como bien apunta el biógrafo, en Edimburgo hay una estatua que rinde homenaje a Holmes, pero no a Doyle.

Esta manera parcelada de ver al también autor del profesor Challenger, que hubiera preferido ser considerado un escritor de novelas históricas –escribió diez– que un creador de obras de entretenimiento, queda anulada gracias a trabajos como este, en el que Caamaño no insiste en la trascendencia de Sherlock, por ya estar muy estudiada, y se centra en seguir la vida de Doyle de forma precisa, «que no solo tuvo reconocimiento internacional, sino también el desprecio de sus detractores, que solían referirse a él como un “auténtico lunático” por las descabelladas creencias que defendió con ahínco en la última etapa de su vida». Entre ellas, la existencia de las hadas y que era posible hablar con el más allá.

Publicado en La Razón, 6-XII-2018