viernes, 19 de octubre de 2018

El crítico más exigente


La mitomanía, el encanto y misterio aún hablan de Edgar Allan Poe, de continuo objeto de interés, su vida y su obra. En una madrugada de 1849 moría en Baltimore, adonde se había trasladado en barco desde Richmond para dar una conferencia. Desoyendo los consejos de los médicos, que le aseguraban que no sobreviviría a la siguiente borrachera, se había entregado a la ebriedad esperando a que saliera el tren que lo iba a llevar a Filadelfia. Su traductor Julio Cortázar cuenta cómo fue hallado el escritor semiinconsciente en una taberna y ingresado en un hospital, donde durante cinco días «se quemó en terribles alucinaciones, en luchar con las enfermeras que lo sujetaban, en llamar desesperadamente a Reynolds, el explorador polar que había influido en la composición de “Gordon Pym”». «Que Dios ayude a mi pobre alma», fueron sus últimas palabras.

Este fin aciago y autodestructivo del fundador del género detectivesco, el narrador que elevó a categoría artística la trama de asesinatos y argucias policiales en cuentos como “El escarabajo de oro” o “La carta robada”, el creador del detective Dupin, protagonista de cuentos como “El crimen de la calle Morgue”, tiene un reverso sobrio y culto de enorme interés. Nos referimos a su faceta como crítico literario, que en español conocíamos gracias al libro que Alianza publicara en 1981, “Ensayos y críticas”, en edición de Cortázar, que hace mucho está descatalogado. Por eso son tan oportunos ahora, con traducción y prólogo de Antonio Rivero Taravillo, estos “Ensayos completos I” que, también, incluyen una introducción de Fernando Iwasaki, quien en su día dirigió junto a Jorge Volpi la edición comentada de los “Cuentos completos” de Poe para Páginas de Espuma.

El escritor peruano nos presenta el volumen haciendo referencia a “un material jugoso, divertido y extraordinario. A saber, los análisis y reflexiones sobre poesía, narrativa británica y crítica literaria publicados entre 1835 y 1845 en revistas y periódicos de Boston, Nueva  York, Filadelfia y Baltimore durante los años más fértiles, rabiosos, lúcidos y miserables de Edgar Allan Poe, entonces autor marginal y apenas conocido por una selecta minoría”. Y por su parte, Rivero Taravillo nos recuerda que poco se sabe “de su amplísima obra crítica, que casi siempre excede el ámbito de la reseña para convertir sus lecturas y opiniones en auténticos ensayos, llenos de lecciones para los escritores en ciernes y aun para los consolidados”. Ciertamente es así, sobre todo a la hora de profundizar en los aspectos más destacados, por lo bueno o por lo malo, de cada obra poética o narrativa, pues Poe se explaya a gusto y no tiene inconveniente alguno en hacer comentarios mordaces y contundentes.

Elogios al joven Dickens

Es el caso de autores como Charles James Lever, que tuvo un gran éxito de ventas por su novela “Charles O’Malley” pero en el que Poe no ve ningún mérito literario y sí innumerables aspectos fallidos. Asimismo, el joven crítico no tendrá reparo alguno en criticar la obra de un autor tan reputado como Thomas Babington Macaulay, como si los pensamientos de este historiador inglés fueran mero artificio retórico y no hubiera detrás nada sólido que los sustentase. Así las cosas, tenemos un volumen que en su reunión tiene un mismo hándicap y aliciente, esto es, conocer autores y obras por completo desconocidos para nosotros hoy en día, como William Harrison Ainsworth –su novela es “una acumulación ingeniosa de pedantería y ampulosidad, y una sarta de disparates”–, Eaton Stannard Barrett –de cuya principal obra dice que es una copia del “Quijote”–, Henry F. Chorley –al que elogia por sus “extraordinarias habilidades”…

En todo caso, como bien dicen los prologuistas, es genial acompañar a este Poe cuando reacciona, exigente y sincero, ante las diversas novedades que le llegaban a la redacción del periódico de turno para el que trabajara. Muy especialmente, se le ve disfrutar leyendo a escritores que sí ha recordado la historia, como Edward Bulwer-Lytton, de “agudo talento” y del que llega a decir que nadie lo supera, Elizabeth Barrett Browning, de la que se declara ferviente admirador, Samuel Taylor Coleridge, al que idolatra, William Hazlitt, “un crítico brillante, epigramático, inesperado, paradójico y sugerente”, Daniel Defoe, sobre el cual escribe brevemente acerca de su “Robinson Crusoe” y, sobre todo, Charles Dickens. Poe sólo era unos pocos años mayor que el narrador londinense pero ya apreciaba en él una calidad descomunal, en especial con respecto a “La tienda de antigüedades”, novela que “posee más originalidad en todos sus puntos, pero sobre todo en carácter, que cualquier obra que conozcamos”.

Publicado en La Razón, 18-X-2018

jueves, 18 de octubre de 2018

Entrevista capotiana a Silvio Mattoni

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Silvio Mattoni.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
En donde vivo, Córdoba.
¿Prefiere los animales a la gente?
Gente, que es una forma parlante de animal.
¿Es usted cruel?
De vez en cuando.
¿Tiene muchos amigos?
No, aunque los pocos se multiplican por efecto de reemplazo en el tiempo.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que sepan leer.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Escribiendo, si no se puede, leyendo, si no se puede, perdiéndolo (pantallas y alcohol). El tiempo más memorable no está libre, hay matrimonio, hijos y naturaleza perceptible.
¿Qué le da más miedo?
Morirme o que se muera alguien que no puedo pensar.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La estupidez, el analfabetismo funcional, los pretenciosos útiles.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
No sé si llevo una vida creativa, escribir es una actividad como otras, supongo que podría haber hecho ciencia o finanzas.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí, nado dos o tres veces por semana, a veces trato de caminar pero la ciudad es complicada.
¿Sabe cocinar?
Sí, siempre cociné, desde niño, y desde que me casé todas las veces que puedo.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
No conozco el género, pero elegiría a un poeta raté de mi zona, sería un desconocido que no vale la pena nombrar aquí.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Filiación.
¿Y la más peligrosa?
Autodestrucción.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, al menos no en mis estados más frecuentes.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
De izquierda en economía, cinismo en cultura, escepticismo en literatura.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Pintor.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Tendencias a la adicción, cigarrillos, alcohol, manías, solipsismo.
¿Y sus virtudes?
Elocuencia, humor ácido, escuchar algo.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Mi infancia en un barrio con plátanos altos, mis hijos, mi esposa joven, las sierras que rodean mi ciudad.
T. M.

martes, 16 de octubre de 2018

Conferencia sobre literatura y suicidio en Cádiz


Mañana día 17, a las 18 horas, realizaré la conferencia inaugural perteneciente a "LITERATURA Y SUICIDIO. DESDE LA ANTIGÜEDAD HASTA NUESTROS DÍAS" VIII JORNADAS DE LA FUNDACIÓN CARLOS EDMUNDO DE ORY.

Dará lugar en el Vicerrectorado de Responsabilidad Social, Extensión Cultural y Servicios, en la Universidad de Cádiz, Edificio Constitución 1812 (Antiguo Cuartel de La Bomba), Paseo Carlos III, 3, 11003 - Cádiz. El pdf completo de las jornadas se puede descargar aquí.

lunes, 15 de octubre de 2018

Entrevista capotiana a Antonio Mercero


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Antonio Mercero.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Un tren en movimiento, para vivir mirando el paisaje, leyendo y dando cabezadas.
¿Prefiere los animales a la gente?
Prefiero a las personas, siempre que no se comporten como animales.
¿Es usted cruel?
Conmigo mismo lo soy a veces. Con los demás soy majo.
¿Tiene muchos amigos?
Demasiados. Debería soltar algunos por falta de tiempo.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que estén cerca en los momentos alegres. En los tristes prefiero lamerme las heridas en un rincón.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Constantemente. Las relaciones personales son difíciles.
¿Es usted una persona sincera? 
Siempre, excepto si creo que una mentira nos viene mejor a todos.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Buscando el consuelo de la ficción con un buen libro o una buena película.
¿Qué le da más miedo?
Me dan mucho miedo la ceguera y la locura. Creo que terminaré siendo un ciego que se vuelve loco.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Cualquier forma de injusticia y la indiferencia ante ella.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
No lo sé, seguro que periodista o abogado de pleitos pobres.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Ya no estoy para muchos trotes, pero camino una hora todos los días y a veces hago la machada de subirme a una bici.
¿Sabe cocinar?
Sí, a la fuerza ahorcan. Tengo bocas que alimentar. Pero creo que hay cuatro o cinco cosas que hago mejor que esa.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
A Eponine encarnando el desamor en Los miserables. O a Hans Castorp viendo la vida pasar en el sanatorio de La montaña mágica.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Aurora. Acabó el día horrible, empieza uno nuevo y todo puede suceder.
¿Y la más peligrosa?
Éxito. Nos vuelve locos a todos. Y es segurísimo que la felicidad está en otra parte.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Dos o tres veces. Por suerte funcionó el autocontrol.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Progresista. Aunque últimamente mi tendencia política es a inhibirme de la política.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Un león que bosteza, toma el sol, dormita. Siempre he envidiado la vida sencilla de los animales.
¿Cuáles son sus vicios principales?
El tabaco y la impaciencia.
¿Y sus virtudes?
La elocuencia -sin caer en la verborrea- y el sentido del humor.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Pensaría en mis hijas. Y en mi novia. Antes que en Dios, o en algo trascendente, pensaría en un trozo de madera para agarrarme y seguir viviendo un poco más, que se trata de eso.
T. M.

domingo, 14 de octubre de 2018

"La ocasión fugaz. Ensayos sobre poesía española e hispanoamericana", en "El Cuaderno Digital"


Hace unos días, en la web de cultura El Cuaderno Digital, aparecía información del libro que la editorial Calambur me publicó hace tres meses, La ocasión fugaz. Ensayos sobre poesía española e hispanoamericana. Se aporta el prefacio, que titulé "La fusión del sentir y el pensar", un extracto de uno de las piezas que lo componen: una entrevista a Pere Gimferrer, y datos del libro y de un servidor.

sábado, 13 de octubre de 2018

Entrevista capotiana a Ignacio Peyró


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Ignacio Peyró.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Extremadura.
¿Prefiere los animales a la gente?
No.
¿Es usted cruel?
No.
¿Tiene muchos amigos?
Tengo muchos y a la vez no más de media docena.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
No he buscado a mis amigos –me han sido dados.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No: por eso son mis amigos.
¿Es usted una persona sincera? 
Soy gran partidario de la mentira cortés: “¡qué bien te queda esa corbata!”, etc. A veces la mentira es preferible al drama.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Me gusta mucho leer.
¿Qué le da más miedo?
Los males imprevistos.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
El abuso de la fuerza.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Me hubiese gustado ser rico, monje, historiador o constitucionalista –son oficios que, en un momento dado, se me hubieran dado bien.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Camino.
¿Sabe cocinar?
Cocino poco y muy sencillo.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Bernardo de Claraval.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Maternidad.
¿Y la más peligrosa?
“¡La última!”
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
El ideal, como diría Disraeli, es  buscar “la elevación de la condición de las gentes”, por un lado, sin por otro “violentar los principios de verdad económica sobre los que reposa la prosperidad de los Estados”.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Algo bonito –un tapiz, un pájaro.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Una copa o dos sí me gusta beberme.
¿Y sus virtudes?
No sobresalgo en ninguna.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Espero que alguna de agradecimiento: el calor privilegiado de una infancia y una familia felices, allá por los ochenta, en el noroeste de Madrid.
T. M.

viernes, 12 de octubre de 2018

Cuando Roth corrigió a Wikipedia


Fue una bendición que algunos rabinos acusaran a Philip Roth, con su debut –los relatos agrupados en “Goodbye, Columbus”–, de practicar un autodesprecio judío y de antisemitismo. Con tan sólo veintisiete años, obtenía polémica publicidad, ganaba un premio nacional y era elogiado por colegas como Saul Bellow. Éste, en una carta de 1982, se definía como «estadounidense, judío, novelista», lo que también valdría para Roth, cuya mezcla de humor, judaísmo e introspección psicológica con mucha vertiente sexual se enfatizaría con “El mal de Portnoy” –fue la novela más vendida de 1969–, historia que contaba el obsesivo pensamiento erótico de su protagonista, marcado por una madre represiva y judía, mediante un monólogo a su psiquiatra.

De alguna manera, este grueso volumen que engloba sus ensayos, entrevistas y discursos, “¿Por qué escribir?” (traducción de Ramón Buenaventura, Jordi Fibla y Miguel Temprano), es un cierre perfecto a su trayectoria al constituir una revisión de lo que escribió, y sus porqués y consecuencias. De continuo, esos aspectos, el disfrute del éxito y la trascendencia de “El mal de Portnoy” acuden a las páginas mediante reflexiones propias o como parte de preguntas de las largas entrevistas que se aportan, en las que Roth se explaya extensamente, frente a otros escritores además como Joyce Carol Oates, en 1974.

Pero además conocemos la vertiente periodística de un Roth siempre proclive a hacer amigos entre las gentes de su oficio, y así habla con Primo Levi, I. B. Singer, Milan Kundera –su querencia por la literatura checa se manifiesta desde el primer ensayo, dedicado a Kafka– o Edna O’Brien. Por supuesto, también se asoman aspectos más personales, pues no en balde eso también ha hecho correr ríos de tinta, en especial por parte de Claire Bloom, la actriz inglesa de la que se enamoró viéndola en la película de Chaplin “Candilejas” y con la que Roth pasaría una etapa personal muy complicada, sufriendo “una depresión suicida” que lo llevaría a ser ingresado en 1993 en una clínica psiquiátrica.

Personaje estrella

En “¿Por qué escribir?” no esconde su entrega al psicoanálisis –«De no haber sido psicoanalizado no habría escrito “El mal de Portnoy” tal como lo escribí»–, pero a la vez derriba su mito diciendo que su vida ha estado consagrada a quedarse sentado escribiendo. Obras como aquellas en las que el autor de Nueva Jersey se desdobló en su personaje estrella, Zuckermann, que llegó a su cenit en los años noventa con la “trilogía americana”, compuesta por las novelas “Pastoral americana”, “Me casé con un comunista” y “La mancha humana”, de intenso trasfondo político, en torno a la época del presidente McCarthy, y hasta abordando asuntos relacionados con el terrorismo.

Son páginas en que aborda la narrativa de otros escritores norteamericanos, como Mailer, Malamud, Salinger y, desde luego, Bellow; en que se pregunta por la aparición de nuevos estereotipos judíos; vuelve una y otra vez a Portnoy preguntándose por qué el escándalo y el éxito se dieron la mano en él, y más adelante, cuarenta y cinco años después, se alegra y se asombra de haber sido tan temerario; recuerda su Newark natal, cuando era un lugar muy provinciano en los años treinta y cuarenta; cita con admiración opiniones de Virginia Woolf; recuerda sus estancias en diferentes partes de Estados Unidos y Europa, cómo vivió el ambiente en contra de la guerra de Vietnam o la situación política en Checoslovaquia en los setenta, adonde acudió para convivir con un grupo de escritores, periodistas, historiadores y profesores que estaban siendo perseguidos por el régimen totalitario respaldado por los soviéticos…

Roth brilla en las entrevistas con inteligencia y un deseo de profundizar en cada cuestión, como cuando habla de cómo empieza un nuevo libro, que es siempre algo “desagradable”: “Redacto comienzos y son terribles, una parodia más o menos inconsciente de mi libro anterior más que la escisión de este, que es lo que deseo”. Es un Roth autoexigente e insatisfecho –también alude a las “crisis” que le asolan al final de cada novela–, y no duda en escribir largas cartas a Wikipedia para desmentir los numerosos errores de interpretación de su obra (“Pastoral americana”, “Operación Shylock”, “La mancha humana”) que se comete desde esta web. El texto aparecería en el blog del “New Yorker” en 2012, y claro, ante la importancia del remitente que se dirigía a la famosa enciclopedia en línea, ésta borró o corrigió los errores que citaba el escritor que conquistó todos los premios importantes del mundo menos el Nobel.

Publicado en La Razón, 11-X-2018

jueves, 11 de octubre de 2018

Entrevista capotiana a Nando López


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Nando López.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Cualquiera que sea alérgico a las banderas.
¿Prefiere los animales a la gente?
Me gustan ambos. No tengo demasiadas dosis de misantropía en mí.
¿Es usted cruel?
Todos sabemos serlo. En mi caso, me esfuerzo por evitarlo.
¿Tiene muchos amigos?
Muchos, sí. La amistad en mi vida es lo que me hace sentir que, pese a todos mis errores, hay algo que sí debo de hacer bien.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Sobre todo, lealtad y sentido del humor. Parece sencillo, pero no son dos cualidades que abunden. Y, menos aún, las dos a la vez.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Alguna decepción hubo, cómo no, pero creo que porque en realidad nunca fueron amigos. El error fue mío al atribuirles una palabra que debe emplearse con mucho más cuidado.
¿Es usted una persona sincera? 
Intento serlo, aunque siempre con delicadeza. Hay verdades innecesariamente hirientes que, en realidad, no nacen de la franqueza, sino de sentimientos mucho más oscuros, como la envidia. En esos casos, la verdad se utiliza siempre como coartada.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Con la gente que quiero. Mi pareja, mis amigos, mi familia… El oficio de escritor exige muchas horas de soledad, así que aquellas en las que no trabajo, intento evitar ese aislamiento. Y si ese tiempo se destina a viajar, a compartir unas cervezas o a una buena cena, mejor aún.
¿Qué le da más miedo?
Traicionarme.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La cerrazón mental. Me escandaliza, me indigna y me enfada. No soporto a quienes prejuzgan o, peor aún, marginan y segregan.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Sería profesor, que es otro modo de crear, solo que desde el aula. Lo fui en un instituto público durante más de diez años y recuerdo esa etapa como una de las mejoras de mi vida.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Intento ir dos o tres veces por semana al gimnasio. Poco más.
¿Sabe cocinar?
Lo justo y necesario para asegurarme la supervivencia, pero ni lo disfruto ni está entre mis grandes aptitudes.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Emilia Pardo Bazán, me fascina su vida y su obra, además de que es una de las novelistas que más me deslumbró en mi adolescencia.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Futuro, porque al pronunciarlo asumimos que existe.
¿Y la más peligrosa?
Normal. Es el adjetivo que ha servido siempre de excusa a lo largo de la Historia para excluir a quienes no se ajustaban a los cánones exigidos por la mayoría.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No. Y espero no experimentar jamás ese sentimiento.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Basta con leer uno solo de mis libros para entender que me considero de izquierdas, aunque eso suponga cuestionárselo todo continuamente. No es una posición cómoda, pero es la única en la que creo de verdad.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?  
Dueño de una librería. O de un cine. O productor teatral… Sería algo donde la ficción siguiera presente en mi vida, no concibo mi día a día sin ella.
¿Cuáles son sus vicios principales?
La impaciencia y la impulsividad, sin duda. Tener que conjugar el verbo esperar me causa estragos.
¿Y sus virtudes?
La imaginación -viene con el oficio, supongo- y, aunque no siempre se logre, la empatía. Intento ponerme en la piel de quien tengo junto a mí.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?  
Ninguna: pelearía por no ahogarme hasta el final. Si hay algo que soy es vitalista.
T. M.

miércoles, 10 de octubre de 2018

Reseña de "El fantasma de la verdad" en "La Orilla de las Letras"


Me complace sobremanera hacerme eco de esta fabulosa reseña que ayer apareció en La Orilla de las Letras, por Cristina Monteoliva, de mi novela El fantasma de la verdad, que tan primorosamente ha publicado El Desvelo Ediciones este septiembre. La autora ha captado a la perfección los intríngulis metaliterarios que desarrollé y el clima intrigrante que genera la coprotagonista, que no es lo que parece a simple vista.

martes, 9 de octubre de 2018

Entrevista capotiana a Susana Cella

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Susana Cella.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Buenos Aires, mi ciudad natal. Desde ese hecho inaugural, mi nacimiento, todo aquello que considero lo más raigal, significativo, ineludible, me ocurrió en Buenos Aires. Es la matriz de mi lengua, de mis fervores, angustias, odios y amores, la habito siempre, donde sea que me hayan llevado los caminos, tanto en el interior de mi patria como en otros sitios. De ahí que suscriba aquella frase de Borges: “Yo he estado y estaré siempre en Buenos Aires”. Ese “he estado” de Borges para mí alude –y creo que para él también- no a un pretérito sino más bien a un presente perfecto, el pasado que se enlaza con el presente y ese presente involucra un destino, futuridad que halla su certeza en la extensión del presente.
¿Prefiere los animales a la gente?
No, prefiero a la gente. Recordé aquella frase que le fue adjudicada a varios personajes, la que decía “cuanto más conozco a la gente, más quiero a mi perro”. En absoluto concuerdo, más bien me afilio a esa otra, atribuida a Publio Terencio Africano: Homo sum, humani nihil a me alienum puto”, que significa: “Soy un hombre, pienso que nada de lo humano me es ajeno". Desde luego eso de “hombre” no refiere a género sexual, sino a la condición de ser humano, desde ella siento y pienso y así afirmo que todo lo que tiene que ver con la humanidad me concierne. También recuerdo aquellas palabras de una meditación de John Donne (que Ernest Heminway rescató para una de sus novelas,  Por quién doblan las campanas): “Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti”.
¿Es usted cruel?
En mis fantasías apenas puedo imaginar crueldades, apenas y leves. En mis actos nada tiene que ver con la crueldad, me repugna, me parece una degradación, aún si pienso en las crueldades simbólicas, las de despreciar al otro, la de colocarlo en un lugar inferior por conveniencias o creencias. Y si alguna crueldad simbólica ejerzo, como un insulto, un desaire o un gesto despectivo (muchas veces inconsciente), me desprecio a mí misma por caer en esa lógica. No podría infligir daño a nadie, más bien me afinco a poner límites a la impunidad ante actos crueles que hubieran cometido. Podría pensar en que alguna crueldad anida en mis ironías, por tanto es una crueldad limitada, sólo entiende la ironía quien conoce aquello que se está ironizando. Creo que sí debo cuidar que mi tendencia al desprecio no se convierta en crueldad.
¿Tiene muchos amigos?
Si pienso en la amistad como una relación cercana, afectiva, empática, de valores y experiencias compartidas, podría contabilizar amigos y amigas que se sucedieron en el tiempo y con eso distinguir cómo es la amistad según el momento en que se acontece. Así pienso en aquellas amistades de la adolescencia, donde hay exploraciones, expectativas y travesuras, muy íntimas y empáticas, muy cercanas y cotidianas y con todo el tiempo del mundo imaginariamente pensado para concebir una eterna amistad. Las que se arman por ejemplo con una compañera o compañero de estudios, con alguien vecino. El tiempo de esas amistades cesa cuando indefectiblemente cada amiga o amigo y uno mismo comienza a diversificar su vida, entabla nuevas relaciones y aparece la conciencia de la finitud. El tiempo dedicado a las confidencias y juegos cede no solamente porque cada amigo o amiga entra en un ritmo particular de trabajo o estudio sino también porque aparecen otras personas, amigos posibles o no. Y aparecen también las relaciones de pareja que involucran un cambio. En el transcurso de los años, intervienen muchas cosas deshacen la fulguración de la amistad adolescente. En cuanto a mi experiencia, he disfrutado y padecido eso que llamé amistad adolescente, luego surgieron amistades diversas, siempre tuvieron que ver con algo razones, sentimientos similares, y desde luego estuvieron las causales de separación, la distancia, el trabajo, los senderos seguidos por cada quien. A veces pude disfrutar y disfruto de la felicidad del reencuentro o de una soterrada amistad que se preservó, en otros casos la separación fue definitiva (elegida por el amigo o la amiga o por mí). Tuve amigas y amigos, y tengo. Y pienso en la felicidad de aquellos amigos y amigas que perduran, como también pienso en el destino que me separó de otros. No podría decir, según lo que pienso que es la amistad, no una simple coincidencia, sino algo más íntimo y fuerte, que tengo o he tenido muchos amigos, sí, desde luego relaciones de compañerismo. Pero eso que nos hace pensar en el amigo o la amiga como alguien con quien se comparten felicidades, desdichas, sentimientos, no puede, me parece sino estar acotado a un número reducido de gente, digo, la fuerte empatía que hace que a uno la reconforte tener amistades duraderas, que han seguido y siguen, aun cuando de pronto haya lapsos en que no nos veamos o comuniquemos. Ahí están, fieles amistades. Pocas pero buenas, porque no me interesa tanto la cantidad como la calidad de tal relación.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
La franqueza, la lealtad, el fondo mismo de las congruencias que sueldan una relación. La posibilidad de saber que con ellos o ellas uno cuenta, y que también uno cuenta para ellos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Alguna decepción he tenido, pero no es una constante, por lo mismo que decía antes de eso que hace a la amistad una relación duradera. Todos vamos haciendo nuestros caminos, nuestras elecciones, optamos por fervores que de pronto no compartimos. Más que hablar de decepción, prefiero pensar en que las relaciones humanas son diversas y cambiantes, sólo en algún caso muy puntual me vi decepcionada por quienes consideré amigos. Sí he tenido decepciones respecto de gente que consideré cercana y “amigable”, pero bueno, esto no cuenta si hablamos de amistad.
¿Es usted una persona sincera? 
Uno de los rasgos que más detesto en las conductas de la gente es la hipocresía. En ese sentido soy sincera, mi sinceridad además suele manifestarse, inconscientemente, en los gestos que surgen –me lo han dicho- sin que yo lo registrara conscientemente, ante una mentira, una impostura, algo que yo rechazara. De ahí deduzco una sinceridad que a veces no tengo en las palabras, digo, me sería difícil enrostrarle a alguien a boca de jarro que es un fatuo, un mentiroso o cosas similares. Supongo que se lo hago saber por mis expresiones no habladas.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
El tiempo libre es para mí casi una utopía. Sin embargo puedo decir que si me remito a momentos en los cuales puedo tener lapsos para hacer lo que me gusta más, lo que puedo disponer o se me impone para que el deseo de bienestar surja, son aquellos en que leo, tratando de recuperar, sin que me importe otra cosa, ese placer de la infancia cuando me adentraba en alguna novela, o en un filme. Y aquellos momentos en que, como decía José Martí, “cuando poesía en tu seno descansar me es dado”, o sea, cuando todo lo demás cede ante el deseo irrefrenable de escribir, sin excusas, sin dilaciones, sumamente imperativo. Por suerte no he perdido esto, aun cuando acechen las tareas y responsabilidades varias. Debo agregar otra actividad, nadar y tomar sol.
¿Qué le da más miedo?
La represión, las bárbaras acometidas contra la gente. La tortura.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Me escandaliza el uso discrecional de la fuerza, el avasallamiento a los débiles. Las explícitas e implícitas declaraciones contra los más elementales derechos humanos.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Supongo que decir que me habría gustado ser actriz no responde, porque se trata ahí también de una vida creativa. Pienso, y no se me ocurre otra cosa.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Natación, es maravilloso para mí moverse en el agua, mirar por debajo de la superficie.
¿Sabe cocinar?
No, pero  quisiera hacer una distinción entre “cocinar” y “hacer la comida” donde cocinar sería dedicar un tiempo a elaborar un plato o un menú, sin que haya otras cosas entre medio, apuros, tareas. Sería algo que se hace con tiempo y dedicación. En cambio “hacer la comida” es la tarea cotidiana de presentar un alimento en la mesa familiar, hecho entre medio de obligaciones, a la salida del trabajo, como una más de las tareas a cumplir diaria y rutinariamente. Cocinar sería más bien lo excepcional. Sin embargo, admiro esa cualidad de quienes saben conjugar el cocinar con hacer la comida, y tengo el ejemplo más cercano en mi mamá, que, para mí mágicamente, puede producir un exquisito menú con pocos elementos, sabiendo condimentar, combinar, sacar a punto lo que sea que haya usado para “hacer la comida”.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
No  fácil, porque tengo varios personajes inolvidables. Aquí se me presenta la cuestión de si hablar de personajes en sentido literario o personajes como personas a las que he constituido como mis entrañables afectos. No sé qué pide el Reader´s Digest, esa publicación para mí es una remota referencia que me remonta a la infancia porque mi papá la compraba, luego no me quedaron más que recuerdos borrosos de ella, como las “citas citables”. Por tanto para hablar de “personajes inolvidables” hablaría de “personas” cuyo recuerdo me acecha diariamente y de los “personajes” en cuanto a seres puramente ficcionales. En el primer caso nombraría a mi hermanita María y a mi maestro Nicolás Rosa. Si pensara en personajes de notoriedad pública podría mencionar a Pier Paolo Pasolini, y más, en cuanto a personajes literarios, creo que elegiría a Quentin Compson de William Faulkner. 
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Amor.
¿Y la más peligrosa?
Odio.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, aun cuando he deseado o deseo algunas veces que alguna gente dejara de consumir el oxígeno del planeta, pero no por mis manos. Sí me sucede llorar las partidas de seres valiosos y queridos y pensar en la injusticia de que ellos no estén y otros sigan haciendo maldades por el mundo.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
¿Puedo citar de nuevo a José Martí: “Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar? Básicamente en el mandamiento del amor se cifra toda adscripción, elección, tendencia.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Cantante lírica o pianista, toda una utopía para mí.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Si tengo principales, se supone que tengo otros secundarios. Difícil responder en cuanto a los principales, me pongo a pensar para definirlos entre los pecados capitales, y ahí mencionaría la ira y la soberbia, lo que me ubica bastante debajo de los círculos infernales, y tan soberbia soy que de algún modo me alegra, no me gustaría figurar en los pecadillos de la gula o la lujuria. Claro que tampoco en el fondo más fondo, donde anida la traición.
¿Y sus virtudes?
Que no me sea indiferente el sufrimiento del semejante.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Un silo de cemento, una rueda, un alambre tejido, una venda tapándome la boca, un camino lindo con flores, una canción amada, todo eso junto o no. Por otra parte no sé cuál sería el esquema clásico.
T. M.