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domingo, 13 de septiembre de 2026

Reseña en "Cultura/s" de "La Vanguardia" de "Mandar y obedecer. Historia del poder desde la resistencia, el lenguaje, el ego y la fe"

 

Ayer se publicó esta reseña, de Miguel Escudero, en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia, sobre Mandar y obedecer. Historia del poder desde la resistencia, el lenguaje, el ego y la fe, con con el título de "La demencia de imponerse como sea".

miércoles, 26 de agosto de 2026

Reseña de "Mandar y obedecer" en "Zenda"


Con el título de "Un libro, un aliado frente a los contratiempos", José de María Romero Barea ha publicado una reseña en la revista digital Zenda de mi libro Mandar y obedecer. Historia del poder desde la resistencia, el lenguaje, el ego y la fe

domingo, 16 de agosto de 2026

Reseña de "Mandar y obedecer" en "Gesto"

 

Moisés Galindo ha tenido la generosidad de publicar una reseña, con el título de "Poder y sumisión", para el número doble de Gesto. Revista de literatura, arte y pensamiento (7-8, julio del 2026), de mi libro Mandar y obedecer. Se puede encontrar en las páginas 289-291.

sábado, 25 de julio de 2026

Reseña en "La Razón" de "Troncos, raíces, piedras. Doscientos años de literatura y política rusas"

 

Hoy tengo la felicidad de ver, en La Razón, y además firmada por el mejor, Jesús Ferrer, una reseña suya espléndida, como todas las suyas, de mi libro Troncos, raíces, piedras. Doscientos años de literatura y política rusas, con el título "Las armas y las letras rusas".

martes, 23 de junio de 2026

Reseña de "Troncos, raíces, piedras. Doscientos años de literatura y política rusas" en la revista "Estandarte"



Germán Ludeña ha tenido la amabilidad de escribir sobre Troncos, raíces, piedras. Doscientos años de literatura y política rusas (Ediciones del Subsuelo) nada aparecer en librerías. Lo ha hecho en la revista digital Estandarte, de modo magnífico, con un texto titulado "El eterno desafío del escritor ruso: enfrentarse al poder para que sus obras vieran la luz".

sábado, 6 de junio de 2026

Los mayas después del mito

Hubo un tiempo en que la historia de los mayas se escribía, sobre todo, desde la fascinación por las ruinas. Las ciudades cubiertas por la selva, los templos vacíos, las pirámides entre raíces y humedad alimentaron durante décadas una imagen romántica y simplificadora: la de una civilización brillante que habría desaparecido de manera repentina y misteriosa. El nuevo libro de David Stuart, «Los cuatro cielos. Una nueva historia de la civilización maya» (traducción de Luis Noriega), se sitúa precisamente contra esa idea. No para sustituirla por otra narración espectacular, sino para desmontarla con una enorme acumulación de datos, inscripciones, excavaciones y lecturas históricas. El resultado es una obra monumental que propone una reorganización del relato maya desde dentro de la propia tradición escrita mesoamericana.

Stuart pertenece a una generación decisiva en los estudios mayas. Hijo de investigadores, empezó a trabajar desde muy joven en el desciframiento de jeroglíficos y se convirtió con dieciocho años en el receptor más joven de la beca MacArthur. Dice en el prólogo lo que sigue: «Los cuatro cielos es, de forma bastante literal, el libro para el que lleva toda la vida preparándose», lo cual realmente se percibe en cada capítulo. No se trata solo de erudición acumulada, sino de una familiaridad excepcional con las fuentes originales y con los debates arqueológicos de las últimas décadas.

El gran cambio que sostiene el libro tiene que ver con la escritura porque, durante buena parte del siglo XX, el mundo maya fue interpretado principalmente a través de restos materiales: arquitectura, cerámica, urbanismo o enterramientos. Sin embargo, el desciframiento progresivo de los jeroglíficos alteró por completo el panorama, de ahí que Stuart recuerde que entre las décadas de 1980 y 1990 se pasó «de leer entre un 20 y un 30 % de los textos originales» a comprender cerca del 80 %. Hoy, afirma, «la escritura maya ha sido descifrada», una afirmación esta que cambia el estatuto mismo de la historia maya. Es decir, ya no hablamos únicamente de una civilización reconstruida desde fuera por arqueólogos modernos, sino de una sociedad capaz de narrarse a sí misma.

Romper simplificaciones

Asimismo, Stuart insiste en que la historia maya forma parte de las grandes historias escritas de la humanidad y lamenta que el pasado americano haya permanecido durante demasiado tiempo en una posición secundaria dentro del imaginario histórico occidental. «La consciencia colectiva de la humanidad sobre su pasado remoto ha ignorado durante demasiado tiempo a las Américas», escribe. En ese sentido, «Los cuatro cielos» corrige también una cierta visión congelada de la cultura maya, puesto que la imagen clásica del «colapso» del siglo IX queda sustituida por un modelo mucho más complejo. Stuart rechaza la vieja idea de un único auge y caída de la civilización maya y propone en su lugar una sucesión de fundaciones, desplazamientos, crisis, reorganizaciones y abandonos. El concepto central del libro podría resumirse en la expresión que utiliza el propio autor: «impermanencia persistente».

Esta formulación resulta útil porque evita dos simplificaciones habituales. La primera es la noción romántica de desaparición. Stuart recuerda varias veces que los mayas no desaparecieron y que hoy existen cerca de cinco millones de hablantes de lenguas mayas. La segunda simplificación es la idea de decadencia lineal. Frente a la imagen tradicional de un largo descenso tras el esplendor clásico, el autor muestra una cultura muy flexible, capaz de reformular sus estructuras políticas y religiosas durante siglos. Así, el libro conecta los grandes procesos históricos con decisiones concretas de comunidades y élites.

Stuart describe ciudades que nacen y se abandonan después de unas pocas generaciones; alianzas dinásticas alteradas por guerras y matrimonios; rivalidades regionales capaces de transformar territorios enteros. Las dinastías Kanul y Mutul, por ejemplo, aparecen como actores fundamentales de una geopolítica sofisticada y cambiante que poco tiene que ver con la imagen simplificada de ciudades ceremoniales aisladas. Hay además un esfuerzo continuo por devolver densidad humana a los personajes históricos. Reyes, artesanos, escribas, guerreros y gobernantes femeninas emergen de las inscripciones con nombres propios y trayectorias identificables. Stuart subraya que sabemos hoy más sobre ciertos aspectos de la política maya del siglo VIII que sobre algunas regiones de la Europa altomedieval contemporánea.

También el autor aborda la relación entre cosmología e historia. Para los mayas, explica, la historia no era una sucesión lineal de acontecimientos, sino una extensión del orden cósmico. El tiempo tenía una estructura cíclica y los gobernantes aparecían como guardianes de ese equilibrio. El propio título del libro procede de esa concepción cuatripartita del universo: los cuatro puntos cardinales, los cuatro caminos solares, las cuatro direcciones del cosmos. Esa visión cosmológica se traducía también en la organización urbana y política. Stuart describe ciudades concebidas como réplicas simbólicas del universo, con caminos orientados hacia las cuatro direcciones cardinales y un centro ocupado por el poder dinástico. A este respecto, el caso de Copán resulta especialmente revelador. El recinto ceremonial principal estuvo activo aproximadamente durante un bak’tun completo, unos cuatrocientos años, gobernado por dieciséis reyes representados en el célebre Altar Q. Para Stuart, la secuencia sugiere una idea deliberada de ciclo cerrado y sucesión finita.

Una red social en movimiento

El libro incorpora continuamente factores materiales y ambientales, pues Stuart analiza sequías, tensiones demográficas, transformaciones económicas y conflictos políticos, si bien evita las explicaciones monocausales. El «colapso» del periodo clásico aparece como una convergencia de procesos distintos que variaron según las regiones. Entre los episodios más impresionantes figura la erupción del volcán Ilopango, hacia el año 431, una catástrofe de escala continental cuyos efectos alcanzaron amplias zonas del área maya. Por otro lado, resulta notable la atención que el autor presta a la historia de la memoria y del olvido. Stuart describe la destrucción colonial como una violencia física y como una fractura del conocimiento histórico indígena. «Rara vez en la historia de la humanidad la memoria colectiva de una civilización se ha borrado de manera tan completa», apunta al referirse a la pérdida de la tradición escrita tras la conquista. En ese contexto adquiere una dimensión especialmente irónica la figura de Diego de Landa. El obispo responsable de la quema de códices mayas dejó también registros que terminarían siendo fundamentales para el posterior desciframiento de la escritura, lo cual es una singular paradoja.

Por cierto, el libro incorpora ilustraciones y referencias espaciales que ayudan a seguir un relato particularmente amplio, tanto cronológica como geográficamente. De esta manera, el investigador muestra la civilización maya como una red de sociedades en movimiento: las ciudades del Petén, las regiones de Yucatán, las tierras altas guatemaltecas o los vínculos con Teotihuacán aparecen integrados en un paisaje político extremadamente móvil. Y es que Stuart insiste en que la movilidad, el abandono y la refundación formaban parte estructural del mundo maya. En suma, el autor sugiere sustituir el viejo esquema de ascenso y caída por otro basado en ciclos múltiples de renovación. «La historia maya nos presenta un relato de comunidades que se establecen, experimentan un período de vitalidad e importancia y finalmente, cuando por la razón que sea sus dirigentes y población deciden trasladarse a otro sitio, se acaban», escribe. No hay aquí nostalgia por un mundo perdido, sino atención a una cultura cuya continuidad sobrevivió a transformaciones extremas. Logra así devolver historicidad concreta a un mundo frecuentemente reducido a símbolo, de tal manera que sus mayas no son una civilización misteriosa suspendida fuera del tiempo, sino sociedades atravesadas por ambición política, guerras, estrategias de supervivencia, cosmologías complejas y profundas capacidades de adaptación.

El libro termina planteando una cuestión de fondo sobre la propia escritura de la historia. Stuart observa que nombres como Yuknomch’en o Jasaw Chan K’awiil siguen siendo mucho menos conocidos que Julio César o Carlomagno, incluso en regiones donde las ruinas mayas forman parte del paisaje cotidiano. Eso será prácticamente imposible de corregirse, pero «Los cuatro cielos» constituye cuando menos una tentativa de devolver centralidad histórica a una tradición intelectual americana cuya voz quedó interrumpida durante siglos.

Publicado en La Razón, 24-V-2026

jueves, 21 de mayo de 2026

Kafka después de Kafka: el nacimiento de una obra en manos de sus traductores

«Kafka obliga a múltiples relecturas. Cuanto más creemos conocerlo, más inaprensible puede resultar». Esta frase de Juan Insua, responsable de las exposiciones del Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona «Las ciudades y sus escritores» —la dedicada a la Praga de Kafka fue en 1999—, resulta fundamental para entender la fascinación que representa el autor checo generación tras generación. ¿Por qué el autor tomó tal decisión lingüística y, por lo tanto, generó consecuencias interpretativas específicas en cada lengua?, podría ser lo que cada uno de sus traductores y lectores profundos planteen frente a la obra kafkiana. Uno de los más prestigios, Roberto Calasso, en «K.», expresó que es necesaria la actualización de las traducciones de la obra de Kafka al español y a otras lenguas a fin de pulir los cambios que hiciera el amigo del escritor, Max Brod, y reparar antiguas versiones que no concordaban del todo con el original alemán.

Para Calasso, esta advertencia sobre la traducción es imprescindible, pues asienta parte de sus observaciones en lo semántico. Él mismo centró su atención en «El proceso» y «El castillo», obras que según él «parten de un presupuesto idéntico», esto es, que la elección de la que consta la primera novela y la condena que es la plataforma para la segunda «“casi” no se distinguen», por lo que hay «innumerables conexiones entre los dos libros». De este modo, el tribunal que juzga a Josef K. y la administración del Castillo a la que se ofrece K. «son dos organizaciones adyacentes, que resuenan una en la otra», obligando a ambos protagonistas a una constante espera llena de «extrañeza, desconcierto, estupor». ¿Serían estas las sensaciones de Kafka tras su ruptura con su novia formal Felice Bauer, en un hotel de Berlín en julio de 1914 y que luego inspirarían «el tribunal del hotel» de «El proceso», iniciado al mes siguiente? ¿Qué relación tendría su paso por Zürau, ya enfermo de tuberculosis, en 1917 —cuando, afirma Calasso, encuentra una salida «a las principales potencias que desde siempre le persiguen», es decir, la familia, la oficina y las mujeres— para la elaboración de El castillo? Kafka suele despertar más preguntas que respuestas.

El Kafka reconstruido

Cuando se habla de él, la conversación suele comenzar en Praga y terminar en la angustia. Se evocan castillos inaccesibles, tribunales absurdos, hombres convertidos en insectos y pasillos donde la culpa se desplaza como una corriente de aire helado. Sin embargo, el ensayo «Diez versiones de Kafka» (traducción de Rubén Martín Giráldez), de Maïa Hruska, propone que el verdadero acontecimiento kafkiano no fue la muerte del escritor en 1924, sino el momento en que una serie de traductores, lectores y escritores sintieron la necesidad de trasladar su obra a otras lenguas: «El año 2024 no conmemora una muerte, sino un nacimiento», dice Hruska, que plantea que Kafka no nació realmente como autor universal mientras vivía, sino después de desaparecer. Su entrada en la historia literaria se produjo gracias a quienes lo tradujeron, interpretaron y rescataron del anonimato; es decir, Kafka fue reconstruido, reencendido, multiplicado.

Hruska recuerda que Kafka «murió sin haber conocido ni una pizca de gloria», dejando apenas «un testamento redactado a lápiz y un montón de manuscritos desordenados». Hoy su apellido ha generado incluso un adjetivo universal, «kafkiano», usado hasta el desgaste, pero en 1924 no existía aún el mito. No había biografías, estudios académicos ni fotografías célebres circulando masivamente. Kafka era, en palabras de la autora, «un absoluto don nadie». Hruska apunta que los primeros traductores trabajaron en una especie de territorio virgen, sin aparato crítico ni canon establecido. Traducían a un escritor del que apenas sabían nada. Lo único que tenían ante sí era la obra desnuda.

Especialmente reveladora resulta la cita de Alexandre Vialatte, quien explicaba a André Gide las dificultades de convencer a las editoriales francesas: «Si pronuncio el nombre de Kafka se preguntarán de quién estoy hablando. Si añado que es austriaco, judío y checo, desconfiarán de este forastero, pero si añado que quizá sea el escritor más grande del siglo, me tomarán por un chiflado inofensivo». En todo caso, las primeras traducciones, sostiene la autora, poseen «el encanto disparejo de las primeras veces» en el sentido de que cada traductor inventó parcialmente a su propio Kafka, como hubiese una constelación de Kafkas surgidos de encuentros particulares entre una obra y una sensibilidad.

Así aparecen las parejas esenciales del libro: Kafka-Borges, Kafka-Schulz, Kafka-Vialatte, Kafka-Levi, Kafka-Jesenská (en concreto, Bruno Schulz lo tradujo al polaco antes de ser asesinado por la Gestapo; Milena Jesenská lo vertió al checo antes de ser deportada, y Jorge Luis Borges, al español, antes de quedarse ciego, aparte de Melech Ravitch, que lo trasladó al yidis), pues tales uniones «existen irreversiblemente» y la lectura contemporánea de Kafka está inevitablemente mediada por ellas. La traducción deja de ser simple transmisión lingüística y se convierte en una metamorfosis, dado que cada traductor refleja a Kafka y al mismo tiempo se proyecta en él. Por eso, la autora profundiza en la vida personal de algunos traductores que tuvieron destinos trágicos. Varios atravesaron la Shoah, el exilio, el suicidio o la persecución política, como en los casos de Primo Levi o Paul Celan. Ambos sobrevivieron a los campos nazis y ambos cargaron con la culpa de haber sobrevivido. Hruska sugiere que quizá la traducción les ofrecía una forma de desaparecer dentro de otra voz, de ponerse «al servicio de otro».

Traductores «químicos»

A partir de un momento dado, Kafka dejó de ser únicamente un escritor del absurdo burocrático para convertirse en un espejo anticipatorio del siglo XX europeo. Sus traductores reconocieron en sus textos algo que todavía no tenía nombre, pero que el siglo terminaría revelando con brutalidad: la deshumanización, la persecución administrativa, la culpa colectiva, la fragilidad del individuo frente a sistemas incomprensibles. No obstante, la intención de Hruska no es convertir a todos los traductores en una masa homogénea, porque cada uno produjo un Kafka distinto, condicionado por su lengua, su biografía y su sensibilidad estética. La autora propone incluso esta imagen: una «cuadrícula a lo Mendeléiev» para clasificar las singularidades de cada encuentro. La metáfora científica ordena el caos de afinidades literarias como si cada traductor fuera un elemento químico distinto reaccionando con el mismo núcleo central.

Ese núcleo aparece finalmente simbolizado por el neón. El décimo elemento de la tabla periódica sirve a Hruska como emblema de sus «diez traductores». El neón significa «nuevo» en griego y produce una luz artificial, un resplandor. La idea sería esta: Kafka no nos llega mediante una luz directa y original, sino a través de iluminaciones sucesivas producidas por otros. Los traductores serían así «luciérnagas girando alrededor del mismo núcleo», una metáfora que resume el sentido del ensayo al sugerir que la literatura no es una propiedad privada del autor, sino que una obra vive porque otros la trasladan, la interpretan o la continúan. Kafka, por consiguiente, no pertenece únicamente al alemán de Praga. Pertenece también al francés de Vialatte, al español de Borges, al italiano de Levi y a todas las lenguas que lo hicieron renacer.

Asimismo, cabe interpretar «Diez versiones de Kafka» como un libro sobre la supervivencia cultural por cuanto Hruska muestra cómo una obra aparentemente marginal puede atravesar fronteras históricas gracias a una cadena de lectores apasionados. Y es que la posteridad de Kafka no fue automática: fue construida pacientemente por individuos que apostaron por él cuando todavía era apenas un nombre desconocido en Europa. Kafka y sus traductores forman una red transnacional compuesta por judíos, exiliados, supervivientes, intelectuales desplazados y escritores bilingües, de modo tal que la circulación de Kafka dibuja un mapa alternativo del continente: una Europa de traducciones, pérdidas y desplazamientos, más unida por la literatura que por la política.

La autora describe a los traductores avanzando «en la noche con Kafka como única linterna» y convierte la historia literaria en una escena casi cinematográfica. Y cuando habla de «ese núcleo infranqueable de la noche», retomando a André Breton, sitúa a Kafka en una dimensión casi mística: un centro oscuro que nunca terminamos de descifrar. Kafka escribió en una habitación de Praga. Pero el Kafka que hoy conocemos nació muchas veces después, en oficinas editoriales pequeñas, en habitaciones de exiliados, en mesas de traductores agotados, en ciudades heridas por la guerra. Eso es lo que plantea Hruska: el hecho de que la literatura universal no nace únicamente del genio, sino también de quienes deciden cargarlo a través de la noche.

Publicado en La Razón, 18-V-2026

domingo, 10 de mayo de 2026

Reseña de «Historia de la literatura española contada en una hora» en la revista "Publishers"


En la sección de "Reseñas" de la revista Publishers (núm. 74, mayo 2026) aparece esta nota de de mi Historia de la literatura española contada en una hora (El Desvelo Ediciones).

martes, 5 de mayo de 2026

Reseña de «Historia de la literatura española contada en una hora» en "Zenda"


Desde ayer lunes 4 de abril, en Zenda, está disponible esta reseña de mi Historia de la literatura española contada en una hora (El Desvelo Ediciones) que tan amable y generosamente me ha dedicado José de María Romero Barea, con el título de "Conservación y demolición, deber o libertad".

sábado, 2 de mayo de 2026

El mar y la destrucción: historia de los naufragios en la expansión española

En 1719, Daniel Defoe daba una historia para la que se había basado en un marinero escocés al que habían abandonado por indisciplina en una isla desierta. Se trataba de «Robinson Crusoe», en que un hombre que se superaba a sí mismo y lograba sobrevivir aislado veintiocho años; por ello, no extraña que Jean-Jacques Rousseau la recomendara vivamente a los jóvenes, afirmando que era una «obra básica de toda educación». En esa intención educativa también cupo colocar el libro de François Édouard Raynal «Los náufragos de Auckland» (JUS, 2017) al ser la demostración de que, como aquel Robinsón real convertido en ficción, se podía sobrevivir tras una tragedia en condiciones de aislamiento extremas, y levantar una cabaña, aprender a subsistir en una naturaleza salvaje, soportar el abatimiento de tanta soledad y falta de recursos de toda clase.

Y es que una noche de 1864, los cinco hombres que integraban la tripulación de la Grafton, una goleta mercante, naufragó en las costas de Nueva Zelanda, hallando no obstante refugio en un islote deshabitado. El capitán y el resto de marineros soportarían veinte meses en las islas Auckland con un clima hostil y, en un ejemplo de resistencia y confianza memorables, salvarían sus vidas y podrían retomar sus asuntos. Al final, construyeron una barca con la que huir, padeciendo hambre y tormentas, hasta la salvación final cinco días más tarde en lo que fue una aventura convertida en crónica que, como en el caso robinsoniano, también inspiraría literatura. Nos referimos a «La isla misteriosa» (1874), en la que Jules Verne narró cómo cinco marinos, tras huir de la Guerra de Secesión, logran sobrevivir en un lugar lleno de fenómenos enigmáticos.

En fechas recientes, nos llegó asimismo una novela que cuenta las vicisitudes de un caso real protagonizado por unos náufragos que fueron considerados unos héroes pero ocultaban una historia oscura, «Los náufragos del Wager», de David Grann. Así, se conocía cómo, en 1742, aconteció una historia de supervivencia y sufrimiento, protagonizada por treinta marinos que tras, padecer un naufragio, pudieron volver a la civilización. Se trataba de una escuadra naval concebida para atacar los intereses españoles en el océano Pacífico, en la línea del Imperio británico de apoderarse de lo que había conseguido España desde su llegada al Nuevo Mundo, y que al llegar al Cabo de Hornos tuvo la mala fortuna de encallar por culpa de una tormenta. Los marineros tuvieron que permanecer en una isla desierta cerca de la Patagonia. El Wager, con unos doscientos cincuenta hombres a bordo, había zarpado de Portsmouth, decía el autor, como parte de una «escuadra con una misión secreta: capturar un galeón español lleno de tesoros y conocido como “el mejor botín de todos los mares”».

 

Tragedias por cuestión de centímetros


El libro era una buena oportunidad de adentrarse en los intríngulis de la historia en América en torno a los enfrentamientos de las naciones llamadas a dominar el planeta. En ese sentido, el lector comprobaba cómo de obsesiva era la idea de las autoridades británicas a la hora de pergeñar planes para lanzarse, por ejemplo, «contra uno de los núcleos de la riqueza colonial española: Cartagena de Indias. De esta ciudad a orillas del Caribe partía en convoyes armados gran parte de la plata extraída de las minas del Perú», por medio todo ello de una tremenda flota compuesta por 186 barcos. Y alrededor de estas cuestiones político-marítimas gira el recién aparecido trabajo «Hundidos: Una historia de España y América desde las profundidades (1492-1898)».


En él, Carlos León Amores, doctor en Prehistoria y Arqueología por la Universidad Autónoma de Madrid, y formado en arqueología subacuática y buceo profesional, desde la primera línea plantea una visión despojada de cualquier idealización sobre el mundo marítimo: «No hay nada poético en un naufragio. Es pura violencia». Y es que, desde luego, un naufragio es un fenómeno extremo en el que se rompe el orden natural de la vida a bordo al producirse «el desmoronamiento del orden más básico y primitivo» y «el colapso de la lógica». En este sentido, el texto insiste en la fragilidad de la vida humana frente al mar dado que la separación entre la seguridad y la muerte es mínima: «Tan solo unos centímetros de madera separan el interior del exterior, la vida de la muerte, el orden del caos». A partir de esta idea, se desarrolla una descripción detallada de la violencia física que supone un naufragio, por lo que el mar es presentado como una fuerza destructiva que invade el barco.


León Amores ha intuido tal cosa «in situ», pues participó en excavaciones como el barco romano de Grum de Sal, en Ibiza, o el navío Nuestra Señora de Guadalupe, en aguas dominicanas. De hecho, desde 2005 realiza un inventario de naufragios españoles en América para el Ministerio de Cultura de España, todo lo cual le suministró mucha información para su libro, en que señala que el mar puede «lanzar veinte cañones de una tonelada de peso contra un mamparo de madera de diez centímetros hasta que lo atraviesa», así como «partir palos de medio metro de diámetro y veinte metros de altura como si fueran mondadientes». A ello se suma la acción del viento, descrito como «su aliado más temible», capaz de «cortar las velas como si fuera un cuchillo» y de deshacer toda la estructura del aparejo.


El entorno geográfico en el que se sitúan muchos de estos naufragios, especialmente el Caribe, añade nuevos peligros. León Amores afirma que «ningún barco de madera está preparado para sufrir un huracán en medio del canal de las Bahamas, en la bahía de Samaná o en los peligrosos cayos de Florida». Incluso si una embarcación logra resistir la tormenta, todavía debe enfrentarse a otros riesgos naturales: «los bajos rocosos y los arrecifes coralinos que están ahí, asomándose a la superficie del mar como centinelas de piedra ocultos». El momento del hundimiento implica también la dispersión de las mercancías transportadas, claro está, y añade algo bien curioso: «Casi todos los naufragios suelen producirse cerca de la costa o en aguas poco profundas hacia las que vientos y oleaje empujan a los navíos». En estas situaciones, los barcos terminan por desintegrarse: «los enormes galeones, los navíos mejor armados o las fragatas más veloces dejan de ser barcos y se convierten en desecho». Tras la tormenta, la calma regresa de forma abrupta, pero las consecuencias del desastre permanecen visibles en tierra firme, donde los cuerpos y los objetos personales se mezclan con los restos del barco.

El mar que engulle

Con todo, el quid de la cuestión en torno a los naufragios es que todo descansar en su carácter azaroso, porque sobrevivir depende de circunstancias fortuitas, ya sea por haberse protegido el marino en un lugar seguro o por haber conseguido escapar en una embarcación auxiliar. Además, cuando el naufragio ocurre en el contexto de un combate naval, la situación se vuelve aún más caótica; los marinos combaten «rodeados de fuego, sangre, humo y dolor». En este punto, «el barco hundido ya no cuenta. Es historia, y pronto, también, arqueología». Y es ahí cuando intervienen profesionales como León Amores, que indica que «en las costas americanas yacen más de un millar de barcos españoles naufragados desde 1492 hasta 1898», lo que los convierte en elementos clave para comprender «el nacimiento y la decadencia de un imperio de ultramar». Por ejemplo, «el de la Santa María fue el primer naufragio español, castellano más bien, que se produjo en las costas americanas».

Así, el libro propone conocer «dieciséis tragedias navales en las que se perdieron barcos y gentes en las costas del Caribe, el golfo de México, el Atlántico o el Pacífico». Cada uno de estos casos permite analizar distintos aspectos de la historia marítima, a partir de puros hechos, por supuesto, pero también indagando en las experiencias humanas: «Nos importan la historia y las historias». Por otro lado, el autor incorpora una reflexión sobre el presente al denunciar «la falta de planificación, el expolio continuado y la destrucción del patrimonio cultural subacuático», considerado «un patrimonio de la humanidad. De todos y para todos». Finalmente, el texto subraya que, junto a la tragedia, también aparecen valores positivos: «También descubrimos grandes dosis de humanidad, valor, coraje, supervivencia, colaboración, rescate y salvamento». Sin embargo, insiste en la importancia de la organización para sostener un imperio marítimo: «Es imposible mantener un imperio ultramarino sin funcionarios, ingenieros, arquitectos, marinos, cartógrafos, contables, soldados, cronistas, gobernantes y monarcas eficaces». Cuando esta estructura falla, la consecuencia es clara: «la historia lo nota y el mar nos engulle».

Publicado en La Razón, 11--IV-2026

jueves, 30 de abril de 2026

«Historia de la literatura española contada en una hora» en "El Boomeran(g)"


Desde ayer miércoles 29 de abril, está recomendado en la "Biblioteca de Novedades" del blog El Boomeran(g) mi Historia de la literatura española contada en una hora (El Desvelo Ediciones).


domingo, 26 de abril de 2026

Linchamientos: la peor cara de la historia de Estados Unidos

Como pasa en casi todas las obras que cuentan con un protagonista adolescente, una novela como «Las aventuras de Tom Sawyer» ha sufrido la etiqueta de “juvenil”. Ello pese al deseo explícito de su autor, en el prefacio a la primera edición del libro, en 1876, de que «no por eso lo desprecien hombres y mujeres adultos, pues parte de mi plan ha sido tratar de recordar agradablemente a éstos los que fueron ellos mismos en tiempos». Sea como fuere, con Samuel Laughorne Clemens, o, mejor dicho, con Mark Twain, seudónimo tomado de la expresión «¡dos brazas!», que servía para indicar a los barcos que el río por el que navegaban era lo bastante profundo, nace, como dijo Ernest Hemingway, la novela norteamericana moderna. Y lo hace con las andanzas de una serie de chiquillos que, bordeando el río Misisipi, desoyen las normas de los mayores para vivir aventuras de todo tipo: inocentes y arriesgadas, divertidas y dramáticas y, según la confesión del propio Twain, verdaderas, pues serían sus propios recuerdos la base para la escritura de la obra. Su fascinación por el río –en realidad el verdadero protagonista de toda su literatura, el testigo inmóvil y a la vez cambiante de la vida ciudadana y campesina– con sus elegantes barcos, Tom, el hijo del borracho del pueblo de Hannibal donde vivía Twain de pequeño, la observación de la miseria y el miedo de los negros...

Leer a Twain es mojarse en ese río del centro de Estados Unidos que fluye en dirección sur a través de diez estados, hasta desaguar en el golfo de México, como el lector apreció, por ejemplo, cuando Reino de Cordelia publicó en 2021 «La vida en el Misipipi». Ese mismo río había presenciado la guerra civil entre el Norte y el Sur y era el mejor testimonio de un racismo extremo cuyo efecto, como se decía en el prólogo de la traductora y el editor, «había convertido al estado de Misisipi en el quinto más rico del país, una riqueza blanca, la del algodón, forjada con el sudor y la sangre de los esclavos». Tras aquello, se convirtió en lo que aún es: el estado norteamericano con peor renta per cápita, como ya Twain vislumbró.

Del humor a la decepción cínica

En este sentido, resultaba interesantísimo como el narrador, con su gran formación periodística y viajera, se convertía en cronista de la realidad de la gente del lugar, como cuando hablaba de cómo «hasta ahora el problema ha sido –y cito los comentarios de los dueños de las plantaciones y de los tripulan­tes de los vapores– que los planta­dores, aunque poseen la tierra, no tie­nen efectivo y se ven obligados a hipotecar tanto la tierra como la cose­cha para poder seguir adelante». «La vida en el Misipipi» es de 1883, un año antes de que viera la luz «Huckleberry Finn», una etapa en que ya su celebrado sentido del humor se iba convirtiendo en sarcasmo a medida que los Estados Unidos, con su idealizada ideología democrática, y a causa de la ampliación de su territorio a modo de imperio expansionista y a su afición por las armas, el genocidio aborigen y la esclavitud, se volviera un lugar inhóspito y decepcionante para él.

Bajo este prisma biográfico cabe adentrarse en «Los Estados Unidos del linchamiento», sobre el que su traductor y editor, Javier Fernández Rubio, informa de que fue escrito en 1901 pero que quedó oculto durante años por temor a las represalias contra su familia. Y es que su trasfondo es lo que vio pasar delante, durante décadas y décadas, el río Misisipi: toda una serie de episodios extremadamente sombríos de la historia estadounidense: la etapa dominada por las leyes de segregación conocidas como Jim Crow, vigentes desde finales del siglo XIX hasta bien entrado el XX, que institucionalizaron la separación racial bajo el principio engañoso de «separados pero iguales», junto con la expansión del terrorismo racial.

El texto se publicó en 1923 en la recopilación póstuma de escritos tardíos «The United States of Lyncherdom, Europe and Elsewhere», cuando Twain ya llevaba muerto casi tres lustros. En un momento dado de la década siguiente, en 1937, Abel Meeropol escribiría el poema «Strange Fruit», que hizo inmortal como canción Billie Holiday con una imagen cargada de sombra: no hablaba de árboles en flor, sino de algo que colgaba, esto es, los cuerpos de hombres negros colgados de los árboles del sur de Estados Unidos, víctimas de linchamientos. Imagínense cómo sería entrar en el club Café Society de Nueva York y escuchar en boca de la cantante norteamericana, quien además padeció el racismo desde la infancia hasta el final de su carrera, un verso como «Black bodies swinging in the Southern breeze» (cuerpos negros balanceándose en la brisa del Sur), en que el paisaje suave se convierte en un cómplice silencioso del horror.

La epidemia del linchamiento

Holiday nació en 1915 en unos Estados Unidos profundamente segregados y trabajó en clubes donde, incluso siendo la estrella, no podía entrar por la puerta principal ni mezclarse con el público blanco, o tenía que alojarse en hoteles diferentes que ocupaban sus compañeros músicos blancos. El individuo negro molesta y lo que procede, amparándose en la ley, es asesinarlos, en connivencia o el silencio con la sociedad blanca. Es exactamente ese clima el que denunciaba Twain en su texto «Los Estados Unidos del linchamiento», en que se aportan fotografías que resultan extraordinariamente duras de mirar, tal es el espanto de ver a esos frutos afroamericanos ahorcados, a veces rodeados de una muchedumbre de testigos macabros y morbosos en que había incluso niños.

«¡Y así ha caído Misuri, ese gran Estado! Algunos de sus hijos se han unido a los linchadores y la mancha nos salpica al resto. Ese puñado de hijos nos ha dado una reputación y nos ha etiquetado con un nombre: para los habitantes de los cuatro rincones de la tierra somos “linchadores”, ahora y para siempre», afirma Twain para empezar. Habla entonces de una tragedia ocurrida cerca de Pierce City, en el extremo suroeste del Estado, cuando una joven blanca que regresaba sola de la iglesia fue hallada asesinada; de resultas de ello, la gente linchó a tres negros («dos de ellos muy ancianos»), quemó cinco hogares de negros y expulsó a treinta familias negras a los bosques. Eso lleva al autor a reflexionar sobre el porqué de tomarse la justicia por la mano y por qué el linchamiento, junto con otras acciones descomunalmente bárbaras, devenía un crimen habitual en la sociedad sureña.

Para Twain, el linchamiento fue toda una enfermedad que avanzó por distintos territorios: Colorado, California, Indiana… En lugares provincianos y a veces recónditos, pero el escritor sabía bien que el ataque mortal al negro podía ocurrir en cualquier lugar, hasta en la capital oficiosa del mundo, de unas maneras que el resto del siglo XX y hasta el XXI ha desarrollado para purgar esos frutos oscuros indeseables: «Puede que viva para ver a un negro quemado en Union Square, Nueva York, con cincuenta mil personas presentes y ni un solo sheriff a la vista, ni un gobernador, ni un agente, ni un coronel, ni un clérigo, ni ningún representante del orden legal de ningún tipo».

Publicado en La Razón, 25-IV-2026

viernes, 24 de abril de 2026

"Mandar y obedecer. Una historia del poder desde la resistencia, el lenguaje, el ego y la fe" en el suplemento "Cultura/s" de "La Vanguardia"

 

Los colegas del suplemento Cultura/s de La Vanguardia, el pasado sábado, tuvieron la gentileza de incluir en su especial dedicado a Sant Jordi esta mención, en las ediciones en español y catalán, de mi libro Mandar y obedecer. Una historia del poder desde la resistencia, el lenguaje, el ego y la fe, en la sección "Ensayo literario".

sábado, 18 de abril de 2026

Tres textos de recomendaciones de libros hoy en el suplemento "Cultura/s", de "La Vanguardia"

 

Hoy, en el suplemento Cultura/s de La Vanguardia, en un especial dedicado a Sant Jordi, publico tres textos, en las ediciones en español y catalán: "Traspasar fronteras", sobre novedades de narrativa internacional, "Una conversación que no se agota", sobre autores clásicos, y "Para comprender el presente", sobre libros de actualidad.

viernes, 10 de abril de 2026

Reseña de «Historia de la literatura española contada en una hora» en "La Razón"

 

Jesús Ferrer, ayer en La Razón, dedicaba esta página a mi reciente libro Historia de la literatura española contada en una hora; su texto, como siempre impecable y minucioso, se titula "Una hora para saber todo de la literatura española".

lunes, 9 de marzo de 2026

Reseña de "Historia de la literatura española contada en una hora" en "El Diario Montañés"

 

Ayer se publicaba esta nota sobre el libro que acabo de publicar en El Desvelo, Historia de la literatura española contada en una hora, en El Diario Montañés, en Santander.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Cuando el caballo aún decidía la guerra

En «Los viajes de Gulliver», Jonathan Swift hacía contrastar a los yahoos, unas bestias inmundas cercanas a la naturaleza del ser humano, con la raza equina de los houyhnhnms, que a los ojos del viajero eran criaturas firmes, templadas, observadoras e inteligentes. Estos caballos, siempre con el objetivo de alcanzar la verdad de todo, se hallaban las mejores virtudes: el raciocinio y la bondad, la nobleza y la amistad, la cortesía y el entendimiento. El autor irlandés idolatraba así al animal que ha acompañado y servido al hombre desde tiempos inmemoriales, y a ello aludió Stefano Malatesta al inicio de «La vanidad de la caballería y otras historias de guerra», diciendo que en «en los tiempos de Swift, la relación entre hombre y caballo aún no se había interrumpido definitivamente, como sucedería a principios del siglo XX con la aparición del automóvil». Y entonces citaba una singular frase de D. H. Lawrence: «El hombre ha perdido al caballo, y ahora está perdido».

Este era el enfoque que el escritor italiano adoptaba en el libro, presentando al caballo en su posición privilegiada, marcadamente en el campo de batalla, en la vida itinerante de los pueblos nómadas, que dependían de este animal para su supervivencia. Pero esa dignidad y nobleza del caballo pronto tendrá su correspondiente contraste, como en Swift, con los militares presumidos montados en ellos, pendientes de su uniforme y su espalda recta, sobre todo en el siglo XVIII, con vestimentas absurdamente recargadas para la lucha armada. Malatesta recorría la historia y el continente europeo en busca de ejemplos paradigmáticos de todo ello, pero también se detenía en cómo el cine de Hollywood ha tratado a los soldados, con películas llenas de mentiras. Un pretexto que le llevaba a trazar los rasgos esenciales de, por ejemplo, la fama de la carga de la Brigada Ligera, que muy pronto Alfred Tennyson trasladaría a la poesía y sobre la que, «más de ciento cincuenta años después, todavía se discute si fue la empresa guerrera inglesa más valerosa, temeraria y noble del siglo XIX, o una especie de gilipollez demencial».

Por aquel libro iban pasando así un buen número de soldados, de manera tan documentada como amena, con sus extravagancias dentro y fuera del terreno bélico, como el curioso caso de Friedrich Wilhelm Freiherr von Seydlitz, un oficial que daba la orden de cargar fumando en pipa. Pero, claro está, destacaba el ánimo vanidoso de todos estos combatientes, pues «la vanidad siempre había sido una prerrogativa de la caballería, así como la paciencia y la tenacidad se atribuían a la infantería». Una actitud engreída aquella impensable en los houyhnhnms, por cierto, y de la que sabrá tantísimo Ismael López Domínguez, graduado en Historia y autor de «La batalla del Marne» y «La guerra de las trincheras», que ahora publica «Sables al viento. La caballería en la guerra moderna (1860-1945)». 

La obligación de reinventarse

Durante décadas, la historia militar popular ha repetido la imagen de la caballería como un vestigio romántico, barrido sin contemplaciones por la ametralladora y el tanque. Ismael López irrumpe con la ambición explícita de desmontar ese relato y sustituirlo por otro más incómodo, más complejo y, sobre todo, mejor documentado, por medio de una reconstrucción minuciosa de cómo los cuerpos a caballo sobrevivieron, se transformaron y, en muchos casos, siguieron siendo decisivos en la guerra moderna desde mediados del siglo XIX hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. El autor sigue la trayectoria de la caballería entre 1860 y 1945, casi un siglo en el que el arma montada recorrió escenarios tan distintos como la Guerra de Secesión estadounidense, las campañas coloniales, la Primera Guerra Mundial, la guerra civil rusa, la Guerra Civil española o los frentes de la Segunda Guerra Mundial. El hilo conductor es la adaptación constante de una institución militar obligada a reinventarse frente a transformaciones tecnológicas, tácticas y sociales sin precedentes.

López sostiene, apoyándose en una amplia variedad de ejemplos, que la caballería no solo no desapareció con la llegada de las armas de fuego modernas, sino que aprendió a convivir con ellas. La carga frontal dejó de ser su única razón de ser y dio paso a un abanico de funciones más amplio: reconocimiento, enlace, persecución, explotación de brechas y combate desmontado. En este sentido, el libro insiste en que «la caballería moderna dejó atrás la dependencia exclusiva de la carga para enfocarse en operaciones de gran escala, aprendiendo a combatir tanto a caballo como a pie».

La Guerra de Secesión estadounidense ocupa un lugar central en esta argumentación; fue, según el autor, el laboratorio en el que la caballería moderna alcanzó su punto álgido. El contraste entre la ventaja inicial del Sur, sustentada en una población habituada a la vida ecuestre, y la posterior adaptación del Norte ilustra bien el núcleo del libro: no triunfa quien se aferra a la tradición, sino quien aprende. La evolución de la caballería unionista hasta alcanzar la paridad y finalmente la superioridad, especialmente a partir de batallas como Brandy Station, demuestra que el combate desmontado y la reorganización logística resultaron decisivos.

Ese mismo patrón se repite, con variaciones, en otros escenarios. En Europa, la transformación de la caballería prusiana entre 1864 y 1870 anticipa muchas de las tensiones que marcarían el siglo XX. Frente a una caballería francesa aferrada a doctrinas que exaltaban la carga como acción decisiva, los jinetes prusianos se convirtieron en los «ojos y oídos del ejército», destacando en la exploración y la persecución. Sin embargo, incluso este modelo mostró sus límites ante los fusiles de retrocarga, lo que obligó a una nueva reinvención. El libro muestra avances, errores y derrotas, como la sangrienta lección de Haelen en 1914, descrita por un testigo como «un espectáculo terrorífico, con el suelo lleno de cadáveres de hombres y caballos». 

El simbolismo de la caballería

¿Se podría pensar, entonces, en la muerte definitiva de la caballería en la Primera Guerra Mundial? López documenta cómo, tras la fase de estancamiento inicial, los altos mandos británico-franceses buscaron reincorporar a la caballería mediante soluciones improvisadas y audaces: pasarelas para cruzar trincheras, sustitución de sables por bayonetas y coordinación con vehículos y aviación. El resultado fue que la caballería «acabó teniendo un papel determinante en un conflicto que, a todas luces, parecía que iba a acabar con ella». Asimismo, el libro también presta atención a un aspecto a menudo relegado a la anécdota: la dimensión social y simbólica de la caballería. Los cuerpos montados no eran solo unidades tácticas, sino instituciones cargadas de prestigio, tradición y una identidad propia.

El autor describe cómo el ideal del jinete se asoció a valores de individualidad, audacia y honor. No es casual que John S. Mosby afirmara que formar parte de la caballería le permitía «reafirmar su individualidad». Esa cultura interna explica tanto la resistencia al cambio como la arrogancia que, en ocasiones, condujo al desastre. En este sentido, el tratamiento del sable resulta revelador. Lejos de ser una simple arma, se convirtió en un símbolo casi sagrado. El libro recuerda que «a quienes se atrevían a proponer alternativas al mismo se les miraba mal en los círculos militares». Esta sacralización no impidió, sin embargo, que muchos jinetes aprendieran a combinar armas blancas y de fuego de manera sistemática, no como un gesto romántico, sino como una exigencia del entrenamiento y del combate real.

Por otro lado, el libro permite observar cómo la caballería se adaptó a contextos muy distintos. En el Salvaje Oeste, los jinetes estadounidenses actuaron como exploradores y fuerzas de persecución, enfrentándose a enemigos que conocían el terreno mejor que ellos. En África, Cuba o Libia, la movilidad a caballo siguió siendo esencial en territorios donde los vehículos resultaban ineficaces. En Europa oriental, la caballería rusa perfeccionó maniobras de envolvimiento y hostigamiento que anticipaban formas de guerra móvil posteriores. Especial atención merece el tratamiento de la caballería soviética: la llamada caballería roja se convirtió en una unidad de asalto temida gracias a la combinación de movilidad, potencia de fuego y liderazgo. Bajo figuras como Frunze o Budionni, y más tarde en la Segunda Guerra Mundial, estas unidades llevaron a cabo incursiones profundas en la retaguardia alemana, cruzando terrenos donde los carros de combate quedaban atascados. No es casual que Stalin defendiera la caballería como un arma «muy importante», ni que, ya en 1946, una revista estadounidense la reconociera como uno de los mejores cuerpos de caballería del mundo.

Publicado en La Razón, 15-II-2026

lunes, 16 de febrero de 2026

Los últimos nazis: los mercenarios de la Guerra Fría

Parece mentira, pero pese a las mil y una novedades bibliográficas que aparecen cada año en torno a la Segunda Guerra Mundial y sus secuelas, todavía hay asuntos que han quedado desatendidos. «Fugitivos. La historia de los mercenarios nazis durante la Guerra Fría» (traducción de Raquel Marqués)de Danny Orbach, aborda precisamente una de las zonas más incómodas y menos resueltas de la historia contemporánea: qué ocurrió con los hombres que habían servido al Tercer Reich cuando ese régimen colapsó, y cómo sus capacidades, sus crímenes y sus fantasías sobrevivieron y se reciclaron en el nuevo orden mundial surgido tras 1945. No es un relato de persecución y justicia, sino que el libro reconstruye un paisaje mucho más turbio, en el que antiguos nazis no solo escaparon del castigo, sino que se convirtieron en piezas útiles —y a menudo codiciadas— por las grandes potencias de la Guerra Fría.

El punto de partida es conocido pero raramente explorado con esta profundidad: tras la rendición alemana, millones de personas que habían trabajado para la maquinaria militar, administrativa y represiva del Reich quedaron suspendidas en un limbo político y moral. Algunos fueron juzgados, otros huyeron, pero muchos encontraron una nueva forma de supervivencia: vender lo único que aún poseían valor estratégico, su experiencia en inteligencia, contrainsurgencia, represión y guerra clandestina. En un mundo que se reorganizaba a toda velocidad en torno al enfrentamiento entre Estados Unidos y la Unión Soviética, esas habilidades adquirieron una relevancia inesperada.

Así las cosas, Orbach demuestra que la desnazificación fue, en gran medida, una promesa incumplida. Los juicios de Núremberg castigaron a un número reducido de líderes visibles, pero pronto quedó claro que depurar de forma sistemática a Alemania Occidental habría supuesto un coste político y administrativo insoportable. En ningún ámbito fue esto más evidente que en los servicios de inteligencia. Allí, antiguos agentes nazis fueron considerados no solo recuperables, sino fiables, especialmente en la lucha contra el comunismo. En este sentido, cabe decir que el anticomunismo funcionó como una coartada moral y política que permitió reciclar biografías profundamente comprometidas.

El caso del general Reinhard Gehlen, eje de la primera parte del libro, encarna esta lógica con una claridad inquietante. Jefe de la inteligencia militar alemana en el Frente Oriental, Gehlen no fue un ideólogo nazi ferviente, pero sí un engranaje esencial del sistema que facilitó el genocidio y la guerra de exterminio contra la Unión Soviética. Su mérito no residía en la adhesión doctrinal, sino en la comprensión temprana de que el Reich estaba condenado y de que el futuro pasaría por explotar la inevitable ruptura entre los antiguos aliados. El episodio del “Prado de las Miserias”, donde Gehlen escondió sus archivos sobre el Ejército Rojo mientras Berlín se derrumbaba, condensa la combinación de cinismo, ambición personal y capacidad de adaptación que define a muchos de los protagonistas de «Fugitivos». Gehlen no buscaba salvar el nazismo, sino salvarse a sí mismo y preservar su poder, y su apuesta fue ofrecer a los estadounidenses lo que más necesitaban en el nuevo contexto: información sobre el enemigo soviético.

Una red de espionaje

Orbach muestra cómo esa apuesta, inicialmente arriesgada, acabó siendo extraordinariamente rentable. A pesar de la desconfianza inicial y de la humillación de los primeros interrogatorios, Gehlen logró reconstruir su red bajo supervisión estadounidense y sentar las bases de lo que acabaría convirtiéndose en el servicio secreto de la República Federal Alemana. El precio de esa colaboración fue alto: la integración de numerosos antiguos agentes nazis, algunos criminales de guerra, otros oportunistas, otros directamente infiltrados por Moscú. De esta manera, el libro va exponiendo que el uso sistemático de antiguos nazis como mercenarios de la inteligencia no solo planteó un problema moral, sino que resultó estratégicamente desastroso. La arrogancia de quienes creyeron que podían instrumentalizar a estos hombres sin ser instrumentalizados a su vez abrió grietas que la Unión Soviética supo explotar con eficacia. Según Orbach, Moscú fue, a la larga, el principal beneficiario de esta política, tanto por la infiltración directa como por el descrédito político que suponía para Alemania Occidental asociarse con criminales del Reich.

Sin embargo, «Fugitivos» va más allá del eje germano-estadounidense, dado que muestra la dimensión verdaderamente global del fenómeno. Desde puertos yugoslavos infestados de contrabandistas hasta casas francas en Damasco, clubes de campo en El Cairo o refugios fascistas en la España de Franco, los mercenarios nazis tejieron una red transnacional de espionaje, tráfico de armas y operaciones encubiertas que servía indistintamente a Washington, Moscú, gobiernos árabes e incluso a Israel. Es decir, contra la imagen simplista del nazi como anticomunista visceral, Orbach documenta múltiples casos de antiguos miembros del Reich que colaboraron con la Unión Soviética o con sus Estados satélites, ya fuera por oportunismo, resentimiento hacia Occidente o por afinidad con el antiamericanismo y el antisemitismo. Otros se proclamaron «neutralistas» y trataron de jugar a todos los bandos, vendiendo información a quien pagara mejor y cambiando de lealtades con una facilidad pasmosa.

El libro identifica aquí un segundo gran tema: el poder de la ilusión y del autoengaño. Por un lado, el de los propios mercenarios nazis, que se convencieron de ser una fuerza autónoma capaz de manipular a superpotencias enfrentadas. Por otro, el de los Estados y servicios de inteligencia que exageraron sistemáticamente la influencia real de estos individuos, precisamente por el peso simbólico y traumático de la palabra “nazi” en el imaginario de la posguerra. En muchos casos, no fueron tanto las acciones de estos mercenarios como las reacciones desmedidas que provocaron las que acabaron influyendo en el curso de la Guerra Fría. 

Un mundo fragmentado

Este patrón se observa con especial claridad en Oriente Próximo. El temor, amplificado por la memoria del Holocausto, a que científicos y traficantes de armas alemanes fortalecieran a los enemigos de Israel llevó al Mosad a lanzar campañas encubiertas de intimidación y terror que desencadenaron crisis diplomáticas graves con Alemania Occidental. Orbach no minimiza la amenaza percibida, pero muestra cómo el miedo y la sobrerreacción acabaron perjudicando intereses estratégicos fundamentales.

Un tercer eje del libro es la disfunción estructural de los servicios de inteligencia durante la Guerra Fría. Orbach describe un mundo fragmentado, compartimentado, lleno de rivalidades internas y carente de una coordinación política clara. En ese contexto, las operaciones encubiertas, además de complementar la política exterior, en muchos casos la sustituyeron y empujaron a Estados a decisiones que sus propios gobiernos no habrían tomado de forma racional.

El retrato que emerge de figuras como Klaus Barbie o Wilhelm Höttl es especialmente perturbador. No se trata solo de criminales que escaparon a la justicia, sino de individuos que aprendieron a capitalizar su pasado, a presentarse como indispensables y a moverse con soltura entre servicios rivales. Höttl, traficante de información al servicio de prácticamente todos los bandos, encarna el extremo cínico del mercenario: alguien para quien la ideología es irrelevante y la guerra una oportunidad de negocio.

La investigación de Orbach se apoya en una base documental impresionante, que incluye archivos desclasificados del Mossad, la CIA y los servicios de inteligencia alemanes, además de entrevistas con protagonistas directos. El autor es cuidadoso al señalar las limitaciones de las fuentes, la persistencia de archivos cerrados y el carácter a menudo engañoso de los testimonios disponibles. Esa prudencia metodológica refuerza la credibilidad de un relato que, por su propia naturaleza, se mueve en terrenos resbaladizos. En última instancia, «Fugitivos» es una investigación histórica que también puede servir como reflexión sobre la herencia moral de la Guerra Fría. Muestra cómo la lógica de la emergencia permanente, del enemigo absoluto y de la utilidad estratégica erosionó principios que supuestamente distinguían a las democracias de aquello que decían combatir. En resumidas cuentas, la colaboración con mercenarios nazis no fue un accidente ni una excepción puntual, sino una consecuencia estructural de un mundo organizado en torno al miedo y la confrontación.

El título del libro es preciso por cuanto estos hombres fueron fugitivos de la justicia, pero también del sentido de responsabilidad histórica. Supieron adaptarse a un nuevo orden sin rendir cuentas por el anterior, y lo hicieron porque otros estaban dispuestos a mirar hacia otro lado. Orbach deja claro que, tras la derrota militar del nazismo, muchas de sus prácticas, redes y mentalidades no solo sobrevivieron, sino que se integraron en el corazón mismo del orden internacional de la posguerra. Esa es, quizá, la lección más incómoda de todas que proyecta el libro y que sigue haciendo que este tema en torno al ámbito nacionalsocialista aún depare sorpresas o, cuando menos, estudios novedosos.

Publicado en La Razón, 28-I-2026

martes, 10 de febrero de 2026

La fuerza de las palabras prohibidas

Los artefactos institucionales de la censura, cual Gran Hermano latente en periodos de faltas de libertades de expresión, podían provocar dos cosas: por supuesto que el órgano del poder competente decidiera eliminar alguna palabra, expresión o el libro en su totalidad del autor de turno, o que este escribiera intimidado por la fuerza de sus propias palabras, esto es, que se autocensurara. Camilo José Cela siempre habló de manera despectiva de los censores, quitándoles importancia hasta ningunearlos, aunque los sufriera (aunque, paradójicamente, el gallego trabajó para el régimen franquista en la oficina de censores entre 1941 y 1945 porque, según insinuó, de algo tenía que comer); Blas de Otero transigió y vio cómo sus poemarios eran retocados por manos ajenas y tiquismiquis, en un contexto de poesía social que iría cobrando coraje y atrevimiento. El bilbaíno tendría que publicar algunos libros en Puerto Rico o París; el gallego vería «La colmena» en edición bonaerense en 1951. Hay mil ejemplos.

Muchos escritores que vivieron la España franquista en un momento u otro reflexionaron sobre esta a veces necesaria autocensura para que no sucediera la censura oficial, y cómo eso derivó en estilos y decisiones literarias diferentes: Mercedes Salisachs, J. M. Caballero Bonald, A. Buero Vallejo o Miguel Delibes debieron enfrentarse a ello si querían publicar sin demasiados problemas; algunos de ellos hablaron del inconsciente, el verdadero censor en tiempos de restricciones de lenguaje, e incluso Delibes «mató» al Mario de su famosa obra, según él mismo «receloso de la censura y por motivos estéticos, lo cual mejoró en mucho la novela» (en carta al responsable de la editorial Destino, Josep Vergés).

Es más, según una encuesta de inicios de los años setenta, se demostró que la autocensura artística ya era el primer paso para la acción de la censura estatal, una mandamás con mucha historia: en la España de los Siglos de Oro, activísima, y en la Ilustración francesa que pretendió resumir el conocimiento en una enciclopedia que se atacó desde los poderes. Pero Diderot, viejo zorro, tenía la mejor respuesta para sacarle partido a la situación. Por encargo de la Comunidad de Libreros de París, escribió en 1763 una apasionada «Carta sobre el comercio de libros», en defensa del gremio, en torno a los aspectos más controvertidos del comercio del libro, lo cual se convirtió en una crítica contra la censura del Estado y a favor de la propiedad intelectual, y dijo: «Libro prohibido, libro leído». 

Las camelias de Dumas hijo

Precisamente, es en Francia donde a lo largo de la historia la censura se ha convertido en un instrumento político continuo para desautorizar o, como diríamos hoy, cancelar a sus autores. No en vano, en 1857, la novela de Gustave Flaubert «Madame Bovary» fue acusada de atentar contra la moral por su retrato del adulterio y la sexualidad femenina, lo que provocó que al autor se le llevara a juicio. Estamos hablando del mismo país en que «Gargantúa y Pantagruel», de François Rabelais, sufrió prohibiciones y mutilaciones por lenguaje obsceno desde el siglo XVI, todo lo cual fue reparado en ediciones críticas modernas, que recuperaron los pasajes suprimidos. El mismo país en que, ya en el siglo XX, una novela de Boris Vian publicada bajo seudónimo —el nombre de un escritor negro estadounidense que se inventó, Vernon Sullivan, en 1947—, «Escupiré sobre vuestra tumba»—, fue censurada por su contenido violento y sexual y que le hizo sufrir juicios y la reacción airada de los críticos literarios. Todo esto que apuntamos es a propósito de una novedad de la editorial Cátedra, del narrador y dramaturgo Alexandre Dumas hijo, que no puede ser otra que su célebre novela «La dama de las camelias», que se ofrece en español en su primera versión, publicada en 1848, incorporando los pasajes censurados por el propio autor en reediciones posteriores.

Verdaderamente, la propia vida de Dumas padre e hijo fueron tan densas como su labor literaria: el padre no sólo vivió numerosas relaciones amorosas, sino que en 1839 había reconocido como propio a un hijo ilegítimo, también llamado Alexandre Dumas (París, 1824-Marly-le-Roy, 1895), que se convertiría en el  máximo dramaturgo del Segundo Imperio y miembro de la Academia Francesa, algo que ansió y no logró ser su padre. El hecho de llamarse igual le abriría todas las puertas del ambiente literario parisino y se le recordaría por escribir una de esas obras que la sociedad convierte en un estándar del tema que desarrollan: en su caso el afán amoroso llevado hasta el extremo más sentimental, sufriente e incluso melodramático. Escribió «La dama de las camelias» con sólo veinticuatro años, trasladando al papel una historia que a grandes rasgos había protagonizado él mismo: su atracción por una célebre cortesana de la época, Marie Dupleiss, a la que llamó Marguerite Gautier en su relato, mientras él elegía para su «alter ego» un nombre con sus mismas iniciales: Armand Duval.

La novela sufriría el acicate de la censura tras lanzar acusaciones por indecencia y se prohibió que fuera adaptada al teatro, lo que acabó ocurriendo en 1852, cuatro años después de que la novela viera la luz y se pusieran en tela de juicio sus atrevimientos narrativos, en un París que se debatía entre la renovación artística y el conservadurismo de su rígida moral. Dumas hijo solo desafiaría los prejuicios de la época, aunque su tendencia al moralismo burgués incipiente transformara sus piezas en meras obras de tesis. Le sobreviviría no obstante, y cómo, su única novela. De hecho, Dumas se dedicaría con especial tesón a los escenarios, recreando asuntos considerados escabrosos para la moral de entonces, como el cuestionamiento de la familia, el divorcio o el adulterio. El nuevo drama prestaba atención a la burguesía revolucionaria, a la vez que se profundizaba en los sentimientos esenciales del alma humana, tal como habían apuntado en Rousseau, Diderot y Voltaire. De este modo, el nuevo héroe mundano vive sus emociones sensuales desde el dolor y la desgracia, considerando el enamoramiento poco menos que una enfermedad.

Contra la hipocresía social

El propio Dumas, que había pasado por una borrascosa juventud tras abandonar su casa familiar a los dieciocho años —era hijo de una esporádica relación entre una modista y el fogoso escritor que, por entonces, intentaba abrirse camino en el mundo del teatro—, haría trizas la hipocresía social imperante desde su misma biografía. Cabe decir, con todo, que pese a los intentos de censurarla, ningún elemento sórdido o vulgar se infiltró en la narración —el protagonista se justificaba así al final del relato: «No soy el apóstol del vicio, pero me haré eco de la desgracia noble siempre que la oiga contar»—, e incluso el final, con arrepentimientos moralizantes incluidos, es puramente romántico y pasional. Las polémicas, sin embargo, no harían más que fortalecer la importancia de Dumas hijo, que se aliaría con su padre para la construcción del Théâtre Historique. Era un tiempo aquel en que circulaba el «Diario. Memorias de la vida literaria (1851-1870)», de los hermanos Goncourt, en tiempos, cómo no, convulsos para Francia, con Luis Napoleón Bonaparte, presidente de la Segunda República Francesa, dando un golpe de Estado para erigirse en Napoleón III. Algo que generaría, como consecuencia directa en este ámbito literario, el exilio de Victor Hugo y un clima de censura perpetrada en contra de los medios de comunicación.

Es más, en 1853, los Goncourt eran procesados por un artículo que quería reflejar el ambiente callejero desde donde vivían hasta la dirección del periódico para el que trabajaban. Una dosis de realismo que atentaba contra la moral pública y las buenas costumbres que propugnaba el poder gubernamental. Se colocaban de este modo, como dirán ellos mismos cuatro años después, en la misma situación que Flaubert, que en efecto también era llevado «a los banquillos de la policía correccional», o que otro de sus amigos, Théophile Gautier, que decía arriesgarse «a cada frase a ser llevado ante los tribunales», o que el Charles Baudelaire del que un poco después aseguraban: «Se defiende obstinadamente, con cierta ira, de haber ultrajado las costumbres en sus versos». Y en efecto, en agosto de 1857, se le había acusado de ofender la moral religiosa por algunos poemas de «Las flores del mal» que no permitieron publicar por su trasfondo lésbico. Ya lo dijo André Schiffrin, que expuso su punto de vista sobre el mundo de las editoriales en «La edición sin editores» y «El control de la palabra», al afirmar que se vive un gran conservadurismo artístico en el que la censura del mercado va en detrimento en última instancia de la creatividad del escritor.

Publicado en La Razón, 10-XII-2025