domingo, 26 de abril de 2026

Linchamientos: la peor cara de la historia de Estados Unidos

Como pasa en casi todas las obras que cuentan con un protagonista adolescente, una novela como «Las aventuras de Tom Sawyer» ha sufrido la etiqueta de “juvenil”. Ello pese al deseo explícito de su autor, en el prefacio a la primera edición del libro, en 1876, de que «no por eso lo desprecien hombres y mujeres adultos, pues parte de mi plan ha sido tratar de recordar agradablemente a éstos los que fueron ellos mismos en tiempos». Sea como fuere, con Samuel Laughorne Clemens, o, mejor dicho, con Mark Twain, seudónimo tomado de la expresión «¡dos brazas!», que servía para indicar a los barcos que el río por el que navegaban era lo bastante profundo, nace, como dijo Ernest Hemingway, la novela norteamericana moderna. Y lo hace con las andanzas de una serie de chiquillos que, bordeando el río Misisipi, desoyen las normas de los mayores para vivir aventuras de todo tipo: inocentes y arriesgadas, divertidas y dramáticas y, según la confesión del propio Twain, verdaderas, pues serían sus propios recuerdos la base para la escritura de la obra. Su fascinación por el río –en realidad el verdadero protagonista de toda su literatura, el testigo inmóvil y a la vez cambiante de la vida ciudadana y campesina– con sus elegantes barcos, Tom, el hijo del borracho del pueblo de Hannibal donde vivía Twain de pequeño, la observación de la miseria y el miedo de los negros...

Leer a Twain es mojarse en ese río del centro de Estados Unidos que fluye en dirección sur a través de diez estados, hasta desaguar en el golfo de México, como el lector apreció, por ejemplo, cuando Reino de Cordelia publicó en 2021 «La vida en el Misipipi». Ese mismo río había presenciado la guerra civil entre el Norte y el Sur y era el mejor testimonio de un racismo extremo cuyo efecto, como se decía en el prólogo de la traductora y el editor, «había convertido al estado de Misisipi en el quinto más rico del país, una riqueza blanca, la del algodón, forjada con el sudor y la sangre de los esclavos». Tras aquello, se convirtió en lo que aún es: el estado norteamericano con peor renta per cápita, como ya Twain vislumbró.

Del humor a la decepción cínica

En este sentido, resultaba interesantísimo como el narrador, con su gran formación periodística y viajera, se convertía en cronista de la realidad de la gente del lugar, como cuando hablaba de cómo «hasta ahora el problema ha sido –y cito los comentarios de los dueños de las plantaciones y de los tripulan­tes de los vapores– que los planta­dores, aunque poseen la tierra, no tie­nen efectivo y se ven obligados a hipotecar tanto la tierra como la cose­cha para poder seguir adelante». «La vida en el Misipipi» es de 1883, un año antes de que viera la luz «Huckleberry Finn», una etapa en que ya su celebrado sentido del humor se iba convirtiendo en sarcasmo a medida que los Estados Unidos, con su idealizada ideología democrática, y a causa de la ampliación de su territorio a modo de imperio expansionista y a su afición por las armas, el genocidio aborigen y la esclavitud, se volviera un lugar inhóspito y decepcionante para él.

Bajo este prisma biográfico cabe adentrarse en «Los Estados Unidos del linchamiento», sobre el que su traductor y editor, Javier Fernández Rubio, informa de que fue escrito en 1901 pero que quedó oculto durante años por temor a las represalias contra su familia. Y es que su trasfondo es lo que vio pasar delante, durante décadas y décadas, el río Misisipi: toda una serie de episodios extremadamente sombríos de la historia estadounidense: la etapa dominada por las leyes de segregación conocidas como Jim Crow, vigentes desde finales del siglo XIX hasta bien entrado el XX, que institucionalizaron la separación racial bajo el principio engañoso de «separados pero iguales», junto con la expansión del terrorismo racial.

El texto se publicó en 1923 en la recopilación póstuma de escritos tardíos «The United States of Lyncherdom, Europe and Elsewhere», cuando Twain ya llevaba muerto casi tres lustros. En un momento dado de la década siguiente, en 1937, Abel Meeropol escribiría el poema «Strange Fruit», que hizo inmortal como canción Billie Holiday con una imagen cargada de sombra: no hablaba de árboles en flor, sino de algo que colgaba, esto es, los cuerpos de hombres negros colgados de los árboles del sur de Estados Unidos, víctimas de linchamientos. Imagínense cómo sería entrar en el club Café Society de Nueva York y escuchar en boca de la cantante norteamericana, quien además padeció el racismo desde la infancia hasta el final de su carrera, un verso como «Black bodies swinging in the Southern breeze» (cuerpos negros balanceándose en la brisa del Sur), en que el paisaje suave se convierte en un cómplice silencioso del horror.

La epidemia del linchamiento

Holiday nació en 1915 en unos Estados Unidos profundamente segregados y trabajó en clubes donde, incluso siendo la estrella, no podía entrar por la puerta principal ni mezclarse con el público blanco, o tenía que alojarse en hoteles diferentes que ocupaban sus compañeros músicos blancos. El individuo negro molesta y lo que procede, amparándose en la ley, es asesinarlos, en connivencia o el silencio con la sociedad blanca. Es exactamente ese clima el que denunciaba Twain en su texto «Los Estados Unidos del linchamiento», en que se aportan fotografías que resultan extraordinariamente duras de mirar, tal es el espanto de ver a esos frutos afroamericanos ahorcados, a veces rodeados de una muchedumbre de testigos macabros y morbosos en que había incluso niños.

«¡Y así ha caído Misuri, ese gran Estado! Algunos de sus hijos se han unido a los linchadores y la mancha nos salpica al resto. Ese puñado de hijos nos ha dado una reputación y nos ha etiquetado con un nombre: para los habitantes de los cuatro rincones de la tierra somos “linchadores”, ahora y para siempre», afirma Twain para empezar. Habla entonces de una tragedia ocurrida cerca de Pierce City, en el extremo suroeste del Estado, cuando una joven blanca que regresaba sola de la iglesia fue hallada asesinada; de resultas de ello, la gente linchó a tres negros («dos de ellos muy ancianos»), quemó cinco hogares de negros y expulsó a treinta familias negras a los bosques. Eso lleva al autor a reflexionar sobre el porqué de tomarse la justicia por la mano y por qué el linchamiento, junto con otras acciones descomunalmente bárbaras, devenía un crimen habitual en la sociedad sureña.

Para Twain, el linchamiento fue toda una enfermedad que avanzó por distintos territorios: Colorado, California, Indiana… En lugares provincianos y a veces recónditos, pero el escritor sabía bien que el ataque mortal al negro podía ocurrir en cualquier lugar, hasta en la capital oficiosa del mundo, de unas maneras que el resto del siglo XX y hasta el XXI ha desarrollado para purgar esos frutos oscuros indeseables: «Puede que viva para ver a un negro quemado en Union Square, Nueva York, con cincuenta mil personas presentes y ni un solo sheriff a la vista, ni un gobernador, ni un agente, ni un coronel, ni un clérigo, ni ningún representante del orden legal de ningún tipo».

Publicado en La Razón, 25-IV-2026