miércoles, 10 de abril de 2013

Entrevista capotiana a Juan Francisco Ferré


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él el escritor estadounidense se entrevistaba a sí mismo con especial astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Juan Francisco Ferré.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Sin dudarlo, Nueva York, donde hay de todo lo que me gusta en abundancia y variedad. Además, es una ciudad en la que uno puede ser lo que le dé la gana de la mañana a la noche. O mejor, pasar por escritor por la mañana, por artista por la tarde y músico y hasta proxeneta por la noche sin que nadie lo ponga en duda o perciba la más mínima incongruencia entre todas esas máscaras mundanas.
¿Prefiere los animales a la gente?
No, aunque para mí todos somos animales de distinto pelaje, los animales dotados de lenguaje articulado tienen todas mis simpatías y me suscitan afectos de inmediato. Al resto de animales, con o sin jaulas o acuarios, por mucho que me gusten y hasta fascinen, siempre los veo como absolutos extraños. Es una sensación de inquietud parecida a la que experimenta el personaje de “Axolotl” de Cortázar. Los animales son seres parlantes encerrados por una maldición ancestral en un cáscara inexpresiva, un exoesqueleto que bloquea su acceso al lenguaje comunicativo. Mi última novela, como sabes bien, trata de un animal político, animal y político, que es la máxima expresión de lo animal, de lo bestial, en sus relaciones con la polis de sus semejantes…
¿Es usted cruel?
No, pero tampoco masoquista. Con lo que mi incapacidad para infligir daño a otros de modo deliberado se complementa a la perfección con mi intolerancia radical al daño infligido por otros. Por esto mismo, suelo defenderme con agresividad de los ataques ajenos pero nunca soy el primero en golpear. La crueldad, como la carencia o pobreza de lenguaje, me parecen déficits psíquicos muy peligrosos. Dicho esto, también pienso que la bondad o la caridad injustificadas encubren siempre intenciones aviesas y por algún lado la persona bondadosa encubre un vínculo retorcido con la crueldad…
¿Tiene muchos amigos?
Tengo muchos y variados amigos. O mejor, tengo personas con las que me relaciono de muy distintos modos y a muy distintos niveles. De todos modos, soy muy selectivo en cuanto a las personas que acceden a intimar conmigo. Me interesa mucho la intensidad de las relaciones, más que la extensión de los contactos, por lo que no suelo cultivar a quienes me proporcionan un reconocimiento tibio o dan muestras de intenciones dudosas. Facebook es una forma de promiscuidad sublimada en la que participo con gusto aun a sabiendas de que las amistades virtuales en muy contadas excepciones alcanzan algún grado de realidad. Sé que esto no importa mucho a la mayoría de los usuarios, pero los límites de lo virtual no dejan de fastidiarme…
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
La inteligencia, la complicidad, el sentido del humor, la ironía, la distancia, la camaradería ocasional, la gratuidad, la franqueza, la devoción al placer…
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Los que lo hacen dejan de serlo ipso facto. Cuando conservo la amistad con alguien es que ha superado todas las pruebas y nuestra relación resulta estimulante para ambas partes. Si no hay placer mutuo, si no hay gozo en la presencia y la compañía o la conversación, prefiero la soledad, es más exigente y menos expuesta.
¿Es usted una persona sincera? 
Demasiado, aunque para decir la verdad muchas veces deba mentir. Forma parte del juego comunicativo entre humanos. Por eso quizá la literatura, un arte hecho de franqueza y artificio a partes iguales, me parezca la forma suprema de la comunicación humana…
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
La idea de tiempo libre me es perfectamente ajena. Todo momento de mi vida, ya lo dedique a ver películas, a leer, a escribir, a salir con gente, o a cualquier otra actividad considerada de ocio, es para mí tan importante como la que dedico a escribir. No admito diferencias más que de grado o de intensidad, pero no de concepto. Perder el tiempo no se cuenta entre mis vicios reconocibles…
¿Qué le da más miedo?
La muerte prematura y/o dolorosa, ya sea la mía o la de algún ser querido. Cuando veo lo que la vida le hace a algunas personas dudo seriamente de que debamos dedicarle la veneración que, por optimismo o por ingenuidad, la especie propaga como creencia básica entre sus miembros.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
El orden del mundo, en general, y como a pesar de todos los esfuerzos por corregir las cosas a lo largo de los últimos siglos las mismas injusticias, desigualdades y agravios siguen vigentes sin que se pueda hacer nada para remediarlo. El horror y la maldad se ocultan tras una fachada que cambia a menudo con los reflejos de cada época para engañar a los más inocentes, como un decorado tramposo. Cuando me siento abatido, tiendo a pensar que el mundo es perfecto en su desastre. Cuando me siento exaltado, no suelo pensar en nada, me dejo arrastrar por una fuerza vital que me supera. El problema está en nosotros y en nuestro sistema de valores, no en el mundo. No estamos bien programados para vivir en él…
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Todo lo contrario, sumergirme sin límites en la promiscuidad del mundo. La vida creativa, como la llamas, obliga a una frecuente soledad, por lo que sin ella viviría entregado a la compañía perpetua de los otros.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
¿Hacer el amor sirve? Bromas aparte, no demasiado. Me aburre bastante esa disciplina del cuerpo sometido al esfuerzo infructuoso. Lo que más detesto de la sociedad en la que vivo es que el deporte se ha vuelto el gran mito colectivo, como querían los nazis y los estalinistas. A pesar de todo, hay más honestidad y valores genuinos en cualquier porno barato que en la práctica, amateur o profesional, de cualquier deporte…
¿Sabe cocinar?
Se me dan bien los platos menores, pero no tengo paciencia ni habilidad para los grandes platos. Hubo una época remota en que, para seducir amigas, me convertí en un artista consumado en la elaboración de jugosas crêpes, pero me cansé de endulzar el paladar de mis convidadas con empalagos baratos y ahora prefiero las bebidas duras y tonificantes.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Groucho Marx. O, si no, Nietzsche. Un cómico y un filósofo, un judío y un ario, un humorista intrascendente y un profeta megalómano. Entre esos dos extremos irónicos se mueven mi sensibilidad e inteligencia.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Como la publicidad, la esperanza es un concepto engañoso, promete lo que sabe que nunca dará. El amor, en el sentido más carnal y menos sentimental de la expresión, es la palabra que define todas las posibilidades de estímulo e incitación que hacen deseable vivir y relacionarse con los otros. El amor, el deseo, el placer fundan una ética digna para el individuo en su proyección hacia el otro. Mucho más que el reconocimiento abstracto o el respeto distante.
¿Y la más peligrosa?
No sé. El odio tal vez. El desprecio. No soy capaz de odiar pero creo que el odio que siente la gente es un poderoso reactivador vital cuando se carece de amor. Mi idea de la vida es bastante dialéctica o paradójica. No entiendo que se dé algo sin que, de inmediato, se dé también su contrario. Como decía Michaux: cuanto más se expande la luz, más se acrecienta la oscuridad.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No. Mi instinto criminal debe de estar enterrado a mucha profundidad bajo innumerables capas de instinto carnal.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Odio la estupidez de cualquier signo y la sumisión a los dogmas, ya sean ideológicos o religiosos, y las restricciones a la libertad individual tanto como la injusticia y la obediencia ciega a las consignas del poder o los imperativos gregarios del rebaño, que a veces son lo mismo. Mi sentido crítico me impide abrazar ninguna causa durante demasiado tiempo.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Un aventurero como Indiana Jones. Un viajero y vividor como Casanova.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Fumo demasiado, hablo demasiado, bebo demasiado, deseo demasiado.
¿Y sus virtudes?
La principal para la supervivencia. Aceptar sin dramatismo que los deseos excesivos no se acomodan siempre a la realidad de la vida.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Mientras me ahogo querría que se proyectaran en la moviola del recuerdo todos los momentos de goce intenso que he tenido la fortuna de vivir. De ese modo, abandonaría la vida con la plena conciencia de que ha valido la pena vivir y, si se me diera la oportunidad, querría volver a vivirla de nuevo, de principio a fin. El eterno retorno de Nietzsche, que es mucho más que una fantasía y mucho menos que un mito, nos vuelve exigentes hacia una vida que habremos de vivir infinidad de veces. Nadie querría volver a vivir una existencia despreciable. Como toda creencia, esta es una imposición artificial hecha en nombre de lo mejor.
T. M.