viernes, 5 de abril de 2013

Entrevista capotiana a Juan Jacinto Muñoz Rengel


En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él el escritor estadounidense se entrevistaba a sí mismo con especial astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Juan Jacinto Muñoz Rengel.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Si se refiere a un recinto cerrado, escogería un desván. Si hablamos de algo más grande, una biblioteca. Si en realidad preguntaba por una ciudad, Madrid si tuviera mar, Londres de proseguir el calentamiento global, o Nueva York si pudiera llevarme a los amigos. ¿Más grande? Un planeta preferiblemente con, además de hidrógeno y oxígeno, algo menos de gravedad.
¿Prefiere los animales a la gente?
Me encantan los animales. Aunque supongo que si de verdad los prefiriésemos a la gente seríamos todos unos misántropos y no habríamos llegado hasta aquí.
¿Es usted cruel?
No. Sólo con los personajes. Y dicen que, a pesar de las apariencias, no sienten nada.
¿Tiene muchos amigos?
Tengo muchos conocidos. Bastantes amigos. Y un puñado de muy buenos amigos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
La honestidad y la lealtad.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Sí y no. Quiero decir, lo normal es que siempre te lleves desengaños. Pero con la edad, nuestra obligación es saber lo que podemos esperar de unos y otros amigos, repartir nuestras expectativas de una forma responsable, y no exigirle a nadie más de lo que nos puede dar. Así, las decepciones disminuyen.
¿Es usted una persona sincera? 
Bastante. Teniendo en cuenta que la sinceridad absoluta es un tipo de trastorno y que la mentira nos ha permitido erigir la civilización.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leyendo. Viendo buen cine o buenas series de televisión. Saliendo a conocer nuevos sitios en los que comer y beber, siempre bien acompañado.
¿Qué le da más miedo?
Morir sin magia.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Una sociedad que sabe lo que está mal, que es consciente de dónde están los errores y las injusticias, y que no hace nada para cambiarlo. Y, más en concreto, me escandalizan nuestros penosos políticos.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
De las muchas posibilidades que vas desestimando ­con el paso de los años ―la publicidad, la pintura, el diseño gráfico, la arquitectura, la política, la gestión cultural―, quizás mis ocupaciones más realistas, en las distintas etapas de mi vida, habrían sido por este orden: la enseñanza de la filosofía, la edición, la radio.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Mi experiencia me dice que practicar ejercicio físico es siempre causa de lesiones.
¿Sabe cocinar?
Me apasiona la cocina. Llevo más de veinte años cocinando a diario.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Joseph Merrick, el hombre elefante.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
«Proeza». Desde mi punto de vista, si algo puede salvar al hombre son sus actos de valentía injustificados, esas heroicidades insensatas, que en ocasiones lo llevan a poner en riesgo su vida, y que son casi lo único que podría hacernos pensar que nos está reservado un futuro mejor. O no. Qué más da eso. En cualquier caso, el acto heroico merece la pena en sí mismo.
¿Y la más peligrosa?
Depende del contexto. Cualquier palabra es susceptible de utilizada de forma perniciosa si se altera su contexto semántico. Por ejemplo, últimamente se viene haciendo esto con palabras como «Democracia» y «Constitución», ¿quién nos lo iba a decir?
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Sólo en contadas ocasiones. Y nunca he pasado de la planificación preliminar.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
La izquierda. El progresismo. En contra de la democracia mínima, el fundamentalismo democrático y la partitocracia, y a favor de la democracia participativa.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
¿Una cosa? No lo sé, ¿algún instrumento de escritura? Ahora bien, si pudiera elegir vivir otras vidas, creo que elegiría ser un filósofo griego, o un aristócrata romano, o un conquistador, o un samurái, o un pirata. Casi todas vidas de acción.
¿Cuáles son sus vicios principales?
En algún momento del camino, hace tiempo, creo que olvidé cómo desconectar del trabajo. El resto de los vicios, por desgracia, por salud, los contengo.
¿Y sus virtudes?
Diré algunas sólo a modo de conjetura: la paciencia, la tenacidad, saber ponerme en el lugar del otro.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
El patio de recreo de mi infancia, balones de fútbol, bocadillos, la banda sonora de La Bola de Cristal, alguna borrachera, la negrura del mar nadando de noche, los pequeños edificios de la facultad de Filosofía, me vería a mí mismo sobre una tarima enfrentado a treinta pares de ojos expectantes, la sonrisa de mi abuela, Notting Hill, Oxford Circus, West Hampstead, espetos de sardinas asados en la playa, el zoco de Marrakech, todos mis dormitorios, los dos rascacielos simétricos de Barcelona, el olor de los libros, algunos sabores, las calles y las noches de Madrid, un aplauso, los ojos y la boca de Ada, la voz de Ada.
T. M.