sábado, 10 de junio de 2017

El espejo corrosivo


Fiel a sus lectores, todo un club de culto que sabe apreciar la que es a mi juicio la más interesante trayectoria narrativa de las últimas décadas en España, José María Conget (1948) regresa al género del que es un maestro incomparable. Del año 2013 era su último libro de cuentos, “La mujer que vigilaba los Vermeer”, y después lanzaría su magistral novela “La bella cubana”. Ahora, con “Confesión general”, el que fuera jefe de actividades culturales del Instituto Cervantes de Nueva York, Londres o París presenta una serie de historias corrosivas y sorprendentes, con su estilo característico, tan dado al humor y a la indagación psicológica de personajes que son como espejos para el que pasa las páginas. Y Es que Conget borda como nadie las mezquindades del ser humano, esta vez gracias al protagonista de “Madurez”, un hombre solitario que ve cómo su declive físico impide la realización de sus vanidades. 

Junto con este tipo de cuentos que, como “Dentista” –sobre un hombre que escucha sin remedio las peripecias sexuales que le cuenta su odontóloga–, nos muestra las facetas más risibles de nuestro comportamiento con un genial y ascendente tono absurdo, hay otros de contenido conmovedor; es el caso de “Tiempo hostil”, donde se reproduce el drama de un amor frustrado por culpa del ambiente represivo durante la dictadura. Lo fantástico insertado en la realidad también hace aparición por medio de otro texto de gran fuerza emocional, “Sueños compartidos”, acerca de una crisis de pareja que sólo ve ella, y no faltan relatos que, como en otras ocasiones en el autor zaragozano, muestran los efectos de la religión en su generación desde la época infantil, y otros en que la ficción juega con lo ensayístico, como en un trío de textos dedicado a famosas canciones francesas, o en “Esqueletos”, que parte del tópico de los asuntos secretos familiares.

Publicado en La Razón, 1-VI-2017