sábado, 3 de agosto de 2019

El buitre y la madre


Siempre es reto de exigencia extrema: escribir sobre uno de los artistas más interesantes de la historia, del que hay infinita bibliografía y libros biográficos tan celebrados como el del historiador británico Charles Nicholl, “Leonardo. El vuelo de la mente”, que se dedicó a investigar ciertos manuscritos de Leonardo da Vinci hallados en la Biblioteca Nacional de Madrid en 1965. Y es que estamos ante un artista que también fue un escritor prolífico, como dan fe sus siete mil páginas conservadas (parece que una cuarta parte de lo que redactó), si bien “no fue admitido entre los humanistas, filólogos u hombres de letras, a pesar de su amor por los libros. Los intelectuales estaban entonces ajenos al arte (que se vinculaba a los artesanos), pero Leonardo pensó libremente y escribió, a veces, en sus cuadernos, con aliento y estilo de escritor”, dijo Luis Antonio de Villena en “Leonardo da Vinci (una biografía)”, que Planeta publicara en 1993.

Hace poco más de un año, Walter Isaacson –autor, entre otros, de “Einstein, su vida y su universo”, primera biografía del científico después de la apertura de todos sus archivos, incluidas cartas hasta ahora inaccesibles– nos ofreció “Leonardo da Vinci. La biografía” (Debate, 2018), que aspiró a ser “la” vida biografiada definitiva del autor del “Hombre de Vitrubio”, ese dibujo de un hombre con los brazos extendidos dentro de un círculo y un cuadrado cuya imagen es casi o igual de famosa que “La última cena” o la “Mona Lisa”. Daba inicio a su libro constatando que ese don de Leonardo en torno a sus múltiples inquietudes ya lo tenía muy presente el propio artista de joven, que ya se veía hábil en labores de ingeniería, con capacidad para proyectar y diseñar puentes, canales, cañones, carros acorazados y edificios públicos. Se veía a sí mismo como un artista que podía esculpir en mármol, bronce y yeso, y, por supuesto, pintar, además de interesarse por la anatomía y la fisiología, la óptica y el sistema vascular, el agua y la botánica, la geología y la astronomía, los artefactos voladores y las armas, la cocina y la viticultura, la música y la arquitectura…

Con todo, incluso para sus contemporáneos, Da Vinci fue alguien “enigmático, al igual que todavía lo es para nosotros”. Y esta frase nos vale para el año 2019 como para cuando fue escrita, de la mano de Sigmund Freud, hace un siglo, en “Leonardo da Vinci, un recuerdo de infancia” (traducción de Paul Kuffer). Fue la única biografía que escribió el creador del psicoanálisis y, como no podía ser de otra manera, el pintor renacentista no tarda en aparecer en estas páginas desde el enfoque sexual después de analizar su forma de trabajar pausada (cuatro años para su retrato de la Mona Lisa y un sinfín de obras inacabadas); más en concreto, se hace notar la evitación por parte del italiano de dibujos eróticos, siquiera experimentales: “en el caso de Leonardo, al contrario, contamos con dibujos anatómicos del interior de los genitales femeninos, de la posición del embrión en el vientre materno, etcétera”.

El ansia de saber

Junto a ello, la fijación de Freud para entender a su objeto de estudio desde la óptica homosexual se abre paso, pese a afirmar que, aun habiendo estado rodeado de jóvenes y bellos discípulos e incluso habiendo sido acusado de haber mantenido relaciones gays, de las que fue absuelto, no se le puede atribuir demasiada actividad sexual. El propósito, y en eso quiere distinguirse Freud de otros biógrafos, es profundizar en la psique del autor de “La última cena”, hasta el punto de presentárnoslo como alguien delicado pero interesado en las artes guerreras, o como un hombre cuyos “afectos estaban domados y sometidos a la pulsión investigadora”, lo que gobernaba su vida entera, haciéndole una especie de ser neutral, que “no amaba ni odiaba, sino que se preguntaba de dónde provenía aquello que debía amar u odiar, qué significaba”. Intelectualizaba así lo circundante, pero no por falta de pasión: “Simplemente había convertido la pasión en empuje de saber”, entregándose a la conquista del conocimiento, momento en que dejaba “que estallara el afecto reprimido durante tanto tiempo”.

De modo que el análisis del artista viene condicionado por esos conceptos –represión, fuerzas pulsionales…– que lo convierte en alguien que está más allá del amor y del odio, insiste el autor de “La interpretación de los sueños”. Incluso parte de sus estudios psicoanalíticos sobre neuróticos para conjeturar que esa pulsión por el ansia de saber pudo luego ser sustituida por parte de la vida sexual, y determinar que Leonardo podría catalogarse en «una pulsión de investigar dominante con la atrofia de su vida sexual, que se reduce a la “homosexualidad ideal”».

Freud se arriesga a esas elucubraciones, reconociendo que sin tener información de la vida infantil de Da Vinci, pero ésta, tan enigmática, es precisamente el meollo del estudio, como se refleja desde el mismo título. Freud refiere un recuerdo de Leonardo con un buitre, más bien un sueño fantástico que algo que sucediera en realidad, y eso le lleva a reflexionar sobre el valor de tales recuerdos primigenios a la hora de entender el desarrollo anímico del individuo. En este caso, no le cuesta encontrar un asidero erótico –el buitre abría la boca del pintor y le golpeaba en ella con la cola–, pero también una referencia culta, a partir de la veneración por esta ave por parte de los antiguos egipcios; al fin, el lenguaje lo dice todo, y Freud se las apaña para relacionarlo todo con la maternidad. Y esto a la vez con la madre del artista; la madre, frente al padre ausente por ser hijo ilegítimo.

Publicado en La Razón, 1-VIII-2019