jueves, 19 de febrero de 2026

Entrevista capotiana a Izara Batres

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Izara Batres.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una gran biblioteca y cinemateca acristalada, con mesas para escribir, material para pintar, sitio para bailar, y con vistas al centro de una gran ciudad, o al mar.

¿Prefiere los animales a la gente? Depende de qué gente.

¿Es usted cruel? No. Eso es algo que va en la educación, en lo que se mama en casa. Si has tenido padres buenos, no te sale la crueldad, aunque lo intentes. Para ser cruel tienes que haber estado expuesto a una crueldad continua y prolongada a lo largo de mucho tiempo. Me interesa mucho estudiar la crueldad y el sadismo, precisamente por lo incomprensibles que me parecen, para reflejarlas en mis personajes. Lucius Fleedermaus (un personaje de mi nueva novela, El cabaret del infierno) es un ejemplo de ello.

¿Tiene muchos amigos? Sí, aunque lo importante es la calidad, no la cantidad.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Pureza, luz, verdad.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? A lo largo del camino te llevas grandes decepciones, pero también grandes sorpresas que te llenan de esperanza. En el colegio, las amistades estaban muy contaminadas, no merecían la pena, y, además, yo no me entendía con la gente de mi edad. He encontrado buenos amigos ya de mayor, y después de conocer a mucha gente. He mantenido y cuidado a todos los que merecían la pena y, las malas hierbas, las he arrancado o he dejado que las arrastrara el viento.

¿Es usted una persona sincera? Sí. Me cuesta mucho estar ciega, aunque viviría mejor estándolo. Lo que no entiendo es el fenómeno de la gente que confunde sinceridad con mala educación o impertinencia. Es posible decir la verdad desde el amor y sin dañar, y, cuando eso no sea posible y no hayan solicitado tu opinión, ni sirva para construir nada, mejor vete a comprarte un helado. Lo valiente es decir la verdad ante una situación injusta -aunque sepas que te juegas algo importante-, y no hacer un comentario que perjudique a alguien y no aporte nada. Todo se reduce a actuar con empatía.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Me gusta escribir hasta perder la conciencia del tiempo, leer, bailar, dibujar, ver buen cine, estar con mi familia y con amigos, escuchar música. Pero el tiempo libre es escaso y, desgraciadamente, hay que racionar las pasiones. Vivimos dentro de un mecanismo que nos reduce a la supervivencia, de forma que a veces hasta olvidamos que teníamos derecho a vivir y no a sobrevivir. No es muy conveniente que tengamos tiempo, a ver si nos vamos a poner a pensar…

¿Qué le da más miedo? La maldad y la envidia. La envidia me parece, en realidad, el colmo de la maldad: es absolutamente diabólica porque es lo contrario a actuar desde el amor y desde cualquier reducto de pureza. No es tosquedad o ceguera, es un proceso profundamente retorcido que consiste en ver la luz en el otro, distinguirla perfectamente y tratar de apagarla a toda costa, porque el envidioso no aguanta que esa luz ponga en evidencia su oscuridad. Y esa es la forma en que toda estructura se pudre y dejamos de construir para ir hacia abajo.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? En esta sociedad que, a menudo, mata sus rosas, vivimos en un escándalo constante al que nos hemos acostumbrado.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Lo que pasa es que todo lo que imagino tiene un componente creativo: pintura, guion y dirección de cine, periodismo de investigación, baile, doblaje…

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Bailo. Tengo un excelente profesor de baile, Enrique Muñoz, que me ha enseñado el valor del ejercicio y que, psicológica y energéticamente, tiene mucha más importancia de la que creemos. Yo he empezado a dársela muy tarde y me arrepiento.

¿Sabe cocinar? Creo que me defiendo. Lo que me falta es el tiempo.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? A Julio Cortázar, “enormísimo cronopio”. Valga una sola frase, en labios de su personaje Oliveira en Rayuela, para entender por qué es tan grande: “no puede ser que estemos aquí para no poder ser”.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Amor.

¿Y la más peligrosa? Vacío.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Yo lo que querría es reeducar, eso sí, a unos cuantos.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? En mi mundo literario, hace tiempo que es posible ser del partido cronópico (por los cronopios de Cortázar). Un partido de soñadores poetas que actúan desde el amor, la imaginación y la pureza, y que quieren poder ser; quieren un mundo donde no seamos consumidores-productores, tuercas de una maquinaria o cifras. Un mundo donde no haya amos y esclavos, solo individuos que puedan amar, pensar y soñar, lejos de totalidades informes que arrastran a un pensamiento único, a genocidios, a través de la banalidad del mal, o a enfermar, en todos los sentidos de la palabra.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Un ave o, ya que nos ponemos a pedir -dado que la cárcel última del hombre es la del espacio y el tiempo-, quisiera ser una entidad incorpórea, no condicionada a una sola dimensión. La plenitud absoluta.

¿Cuáles son sus vicios principales? El chocolate y las patatas fritas.

¿Y sus virtudes? Quizá la creatividad o -como me dijeron una vez- la percepción poética de las cosas. Y la empatía.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Mi familia. Y el deseo de encontrarlos y de encontrar toda la belleza que concebí y no pudo ser en este mundo… al otro lado.

T. M.