sábado, 11 de abril de 2026

Entrevista capotiana a Faverón

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Faverón.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? El estudio de grabación de la E.M.I. en Londres, entre 1967 y 1970, desde que los Beatles grabaron Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band hasta que terminaron Abbey Road. Tal vez algunos años más.

¿Prefiere los animales a la gente? No, de ninguna manera. Pero sí es verdad que la gente me gusta más cuando tiene animales cerca, sobre todo perros, y sobre todo mi perro, Túpac, que ejerce un poder entre calmante y narcótico sobre todas las personas que se acercan a él. Los hipopótamos también tienen lo suyo.

¿Es usted cruel? Creo que soy un poco cruel conmigo mismo, aunque no es una cuestión de placer por la crueldad, sino una inevitable forma de ansiedad, pero no me perdonaría ser cruel con nadie más, excepto, de vez en cuando, mis lectores, cosa que ellos saben, de manera que se trata de una crueldad consentida.

¿Tiene muchos amigos? Tengo los que necesito, no sé si más de los que merezco. Son pocos, en verdad, pero parecen ser muy buenos en el trabajo de la amistad. A algunos de los mejores los veo poco y eso seguramente ayuda. Si viera a mis amigos todos los días probablemente ya serían mis enemigos. Sobre todo Daniel Salas, Félix Reátegui y Peter Elmore, ellos saben por qué. Pero nos vemos poco y somos grandes amigos desde hace una vida.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Los amigos que de pronto se quedan callados y no sienten la necesidad de llenar el silencio con palabras innecesarias, los amigos con los que uno puede estar como si estuviera solo, pensando, sin tener que decir mucho, esos son mis amigos preferidos. También los que aparecen después de muchos años y conversan conmigo como si hubieran pasado apenas unos minutos. Los amigos que lo sorprenden a uno con su sabiduría en el momento menos pensado. Hay amigos que saben que te vas a reír antes de que tú mismo lo sepas, porque de alguna manera han internalizado tus procesos mentales, y tú los suyos: esos son los amigos permanentes.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No, por lo común. Tal vez porque son los mismos desde hace muchos años. O tal vez porque les pongo la vara muy bajita.

¿Es usted una persona sincera? Soy sincero, pero, como no soy cruel, mi sinceridad tiene límites.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Viendo películas con Carolyn, mi esposa, escuchando música y conversando con mi hija, Zoe. Me gusta descubrir cosas con ellas, pero también me gusta mostrarles cosas que acabo de descubrir yo por mi cuenta. Si estoy solo, pintar es mi actividad favorita.

¿Qué le da más miedo? Que Dios exista. (Si Dios existiera, por cierto, tendría que explicarle muchas cosas, pero Dios tendría muchas más cosas que explicar).

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? El racismo, la discriminación en todas sus formas y la estupidez y la maldad de la gente poderosa, especialmente ahora que tanta gente poderosa parece ser minuciosamente imbécil y bastante sádica, o por lo menos impermeable al sufrimiento ajeno, lo cual es una grave psicopatía. Las películas que tienen más de diez minutos de créditos finales también suelen escandalizarme.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? ¿Bibliotecario o jardinero —yo entré a la universidad para ser abogado y economista, pero acabé estudiando literatura; trabajé como profesor de literatura varios años y después como periodista, sobre todo periodista cultural, hasta que decidí volver a la universidad para hacer el doctorado en literatura y otra vez ser profesor; las novelas vinieron después (cuando publiqué la primera tenía más de cuarenta años)— pero bibliotecario más que jardinero, aunque quizá esas cosas me hubieran llevado otra vez a alguna forma de creatividad. Hay un cuento de Julio Ramón Ribeyro en el que aparece un jardín de rosas que en el fondo es una biblioteca y un espejo. Todas las cosas producen libros.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Mucho, en verdad. Monto bicicleta cuando el tiempo lo permite (en Maine hay largas temporadas de pistas y veredas cubiertas de hielo y nieve). Todas las noches hago ejercicio en casa, abdominales, pesas, etc., mientras veo alguna película con Carolyn. Ella se echa en un sofá y yo me lanzo a hacer ejercicios. Le tengo cierto temor a envejecer de golpe y no tener cómo defenderme de la edad, especialmente ahora que se me van los cincuenta. Hace tres años me pusieron clavos en un tobillo roto y siento que nunca he vuelto a caminar exactamente igual que antes.

¿Sabe cocinar? Sé cocinar y me gusta improvisar cosas nuevas cuando puedo, pero no me gusta tener que cocinar rutinariamente. Siento un desbalance muy grande entre el tiempo que uno invierte en preparar un plato y el tiempo en el que uno lo devora y el plato deja de existir. Es como escribir novelas de mil páginas que pudieran leerse en dos minutos: prefiero no escribir esas novelas.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Elegiría a un viejo amigo mío, muerto hace muchos años, bibliófilo, anticuario, buena persona por años y terrible persona en un instante (que de pronto se volvió eterno, por desgracia), pero ya escribí sobre él hace tiempo, en una novela.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Hija, en cualquier idioma.

¿Y la más peligrosa? Esperanza, en cualquier idioma.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No con mis propias manos, no.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Sé que sigo siendo progresista y sigo siendo de izquierda, pero cada vez me resulta más obvio que mi izquierda y mi progresismo se han vuelto distintos de aquellos de la mayoría, porque detesto ser dogmático y me niego a ver el mundo desde un solo punto de vista. Humanista igualitario sería, acaso, una mejor definición a estas alturas.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Me gustaría ser mi hija, aunque fuera por un día. O ser un laberinto. Debe de ser divertido ser un laberinto y mirar a los que se pierden adentro de uno.

¿Cuáles son sus vicios principales? En el sentido más literal, fumar. En un sentido más amplio, tengo el vicio de la angustia y la ansiedad.

¿Y sus virtudes? Creo que la curiosidad, hacia adentro y hacia afuera, la curiosidad temeraria, sobre todo en el sentido intelectual, para mayor precisión.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Las caras de las tres personas más importantes de mi vida, las tres mujeres de mi vida, mi madre, mi esposa y mi hija. Espero que no ocurra nunca, pero, si ocurre alguna vez, ojalá pueda ver la cara de mi madre con nitidez, porque hace tiempo que no recuerdo cómo era de verdad, han pasado muchos años de verla solo en fotografías.

T. M.