En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Faverón.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? El estudio de grabación de la E.M.I. en Londres,
entre 1967 y 1970, desde que los Beatles grabaron Sgt. Pepper’s
Lonely Hearts Club Band hasta que terminaron Abbey
Road.
Tal vez algunos años más.
¿Prefiere los animales a la gente? No, de
ninguna manera. Pero sí es verdad que la gente me gusta más cuando tiene
animales cerca, sobre todo perros, y sobre todo mi perro, Túpac, que ejerce un
poder entre calmante y narcótico sobre todas las personas que se acercan a él.
Los hipopótamos también tienen lo suyo.
¿Es usted cruel? Creo que soy un poco
cruel conmigo mismo, aunque no es una cuestión de placer por la crueldad, sino
una inevitable forma de ansiedad, pero no me perdonaría ser cruel con nadie
más, excepto, de vez en cuando, mis lectores, cosa que ellos saben, de manera
que se trata de una crueldad consentida.
¿Tiene muchos amigos? Tengo los que
necesito, no sé si más de los que merezco. Son pocos, en verdad, pero parecen
ser muy buenos en el trabajo de la amistad. A algunos de los mejores los veo
poco y eso seguramente ayuda. Si viera a mis amigos todos los días
probablemente ya serían mis enemigos. Sobre todo Daniel Salas, Félix Reátegui y
Peter Elmore, ellos saben por qué. Pero nos vemos poco y somos grandes amigos
desde hace una vida.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Los amigos que de
pronto se quedan callados y no sienten la necesidad de llenar el silencio con
palabras innecesarias, los amigos con los que uno puede estar como si estuviera
solo, pensando, sin tener que decir mucho, esos son mis amigos preferidos.
También los que aparecen después de muchos años y conversan conmigo como si
hubieran pasado apenas unos minutos. Los amigos que lo sorprenden a uno con su
sabiduría en el momento menos pensado. Hay amigos que saben que te vas a reír
antes de que tú mismo lo sepas, porque de alguna manera han internalizado tus
procesos mentales, y tú los suyos: esos son los amigos permanentes.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? No, por lo común. Tal
vez porque son los mismos desde hace muchos años. O tal vez porque les pongo la
vara muy bajita.
¿Es usted una persona sincera? Soy sincero,
pero, como no soy cruel, mi sinceridad tiene límites.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Viendo películas con
Carolyn, mi esposa, escuchando música y conversando con mi hija, Zoe. Me gusta
descubrir cosas con ellas, pero también me gusta mostrarles cosas que acabo de
descubrir yo por mi cuenta. Si estoy solo, pintar es mi actividad favorita.
¿Qué le da más miedo? Que Dios
exista. (Si Dios existiera, por cierto, tendría que explicarle muchas cosas,
pero Dios tendría muchas más cosas que explicar).
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? El racismo, la discriminación en todas sus formas y la
estupidez y la maldad de la gente poderosa, especialmente ahora que tanta gente
poderosa parece ser minuciosamente imbécil y bastante sádica, o por lo menos
impermeable al sufrimiento ajeno, lo cual es una grave psicopatía. Las
películas que tienen más de diez minutos de créditos finales también suelen
escandalizarme.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? ¿Bibliotecario o jardinero —yo
entré a la universidad para ser abogado y economista, pero acabé estudiando
literatura; trabajé como profesor de literatura varios años y después como
periodista, sobre todo periodista cultural, hasta que decidí volver a la
universidad para hacer el doctorado en literatura y otra vez ser profesor; las
novelas vinieron después (cuando publiqué la primera tenía más de cuarenta
años)— pero bibliotecario más que jardinero, aunque quizá esas cosas me
hubieran llevado otra vez a alguna forma de creatividad. Hay un cuento de Julio
Ramón Ribeyro en el que aparece un jardín de rosas que en el fondo es una
biblioteca y un espejo. Todas las cosas producen libros.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Mucho, en
verdad. Monto bicicleta cuando el tiempo lo permite (en Maine hay largas
temporadas de pistas y veredas cubiertas de hielo y nieve). Todas las noches
hago ejercicio en casa, abdominales, pesas, etc., mientras veo alguna película
con Carolyn. Ella se echa en un sofá y yo me lanzo a hacer ejercicios. Le tengo
cierto temor a envejecer de golpe y no tener cómo defenderme de la edad,
especialmente ahora que se me van los cincuenta. Hace tres años me pusieron
clavos en un tobillo roto y siento que nunca he vuelto a caminar exactamente
igual que antes.
¿Sabe cocinar? Sé cocinar y me gusta improvisar cosas
nuevas cuando puedo, pero no me gusta tener que cocinar rutinariamente. Siento
un desbalance muy grande entre el tiempo que uno invierte en preparar un plato
y el tiempo en el que uno lo devora y el plato deja de existir. Es como
escribir novelas de mil páginas que pudieran leerse en dos minutos: prefiero no
escribir esas novelas.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Elegiría a un viejo
amigo mío, muerto hace muchos años, bibliófilo, anticuario, buena persona por
años y terrible persona en un instante (que de pronto se volvió eterno, por
desgracia), pero ya escribí sobre él hace tiempo, en una novela.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de
esperanza? Hija, en cualquier idioma.
¿Y la más peligrosa? Esperanza,
en cualquier idioma.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No con mis propias
manos, no.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Sé que sigo siendo
progresista y sigo siendo de izquierda, pero cada vez me resulta más obvio que
mi izquierda y mi progresismo se han vuelto distintos de aquellos de la mayoría,
porque detesto ser dogmático y me niego a ver el mundo desde un solo punto de
vista. Humanista igualitario sería, acaso, una mejor definición a estas
alturas.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Me gustaría
ser mi hija, aunque fuera por un día. O ser un laberinto. Debe de ser divertido
ser un laberinto y mirar a los que se pierden adentro de uno.
¿Cuáles son sus vicios principales? En el sentido más
literal, fumar. En un sentido más amplio, tengo el vicio de la angustia y la
ansiedad.
¿Y sus virtudes? Creo que la
curiosidad, hacia adentro y hacia afuera, la curiosidad temeraria, sobre todo
en el sentido intelectual, para mayor precisión.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Las caras de las tres
personas más importantes de mi vida, las tres mujeres de mi vida, mi madre, mi
esposa y mi hija. Espero que no ocurra nunca, pero, si ocurre alguna vez, ojalá
pueda ver la cara de mi madre con nitidez, porque hace tiempo que no recuerdo
cómo era de verdad, han pasado muchos años de verla solo en fotografías.
T. M.
