viernes, 24 de julio de 2026

Entrevista capotiana a Alma Sampedro

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Alma Sampedro.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Una biblioteca. Con buena luz, una cafetera y libros suficientes para no llegar nunca a la última estantería. Y sin obligación de ordenarlos alfabéticamente: bastante larga sería la eternidad como para volverla también previsible.

¿Prefiere los animales a la gente? Depende mucho del animal y, sobre todo, de la persona. Pero admito que los animales tienen una costumbre muy saludable que inclina la balanza a su favor: nunca pierden el tiempo intentando parecer lo que no son.

¿Es usted cruel? No. Aunque, como escritora, a veces someto a mis personajes a ciertas calamidades que en la vida real me parecerían imperdonables. Supongo que la literatura es el único lugar donde una puede ser despiadada y luego defenderse alegando exigencias del argumento.

¿Tiene muchos amigos? Nunca he sentido la tentación de hacer recuento. Con los amigos me pasa como con los libros: prefiero unos pocos que me acompañen durante años a una estantería llena de nombres.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? No las busco. Las buenas amistades, como los buenos libros, suelen aparecer por sorpresa. Pero me quedo con la gente honesta, leal y coherente, con sentido del humor y sin demasiada afición a hacer de sí misma un personaje.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? A veces, claro. Pero intento no pedirles una perfección que yo tampoco sabría mantener más de cinco minutos seguidos. Todos venimos con alguna errata de fábrica; lo importante es que no ocupe el libro entero.

¿Es usted una persona sincera? Lo intento. Además, la mentira me parece un sistema bastante ineficaz: obliga a tener mucha memoria y yo prefiero emplearla en recordar historias.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Escribiendo, leyendo y disfrutando de mi familia. A veces incluso consigo combinarlo: ellos están conmigo y yo, además, con media docena de personajes.

¿Qué le da más miedo? Las pérdidas para las que no existe una palabra capaz de volverlas más pequeñas. Prefiero no concretar demasiado: hay miedos que, mientras no se nombran, parecen guardar mejor las distancias.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Cada vez me escandalizan menos cosas; quizá porque la realidad lleva años empeñada en subir el listón. Pero la falta de integridad todavía lo consigue, sobre todo cuando viene acompañada de un discurso impecable.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Creo que la creatividad habría acabado encontrándome de una forma u otra. Probablemente habría seguido dedicándome a otra profesión para ganarme la vida, pero también habría terminado escribiendo, cocinando, cantando o inventando cualquier otra excusa para crear. Algunas personas tienen aficiones; yo sospecho que tengo un problema de imaginación.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí, aunque mi rutina deportiva ha conocido tiempos más ambiciosos. He practicado bastantes deportes; ahora me mantengo en forma subiendo y bajando escaleras por casa con una disciplina que ningún entrenador consiguió imponerme. Confío en reencontrarme pronto con el gimnasio, si él no ha rehecho ya su vida.

¿Sabe cocinar? Sí. Adoro cocinar y, casi sin darme cuenta, la cocina termina apareciendo en muchas de mis historias. Debe de ser mi manera de asegurarme de que los personajes no pasen hambre.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Nora Ephron. Escribió sobre el amor, el desamor, la comida y las pequeñas catástrofes cotidianas con una inteligencia que nunca renunció a hacer reír. Me parece admirable: bastante difícil es entender la vida como para explicarla sin perder el sentido del humor.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? «Todavía». Me gusta porque se empeña en dejar una puerta entreabierta. Mientras exista un «todavía», siempre queda algo por intentar.

¿Y la más peligrosa? «Nunca». Es la palabra que intenta hacerle creer a «todavía» que ha llegado demasiado tarde.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No. Pero en algunas de mis novelas he dedicado bastante tiempo a imaginar crímenes, coartadas y formas de no dejar huellas. No por vocación, sino por necesidades de la trama; en la vida real prefiero conflictos que puedan resolverse sin intervención forense.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Las que desconfían de cualquiera que prometa soluciones sencillas para problemas complejos, sobre todo cuando esas soluciones caben en un eslogan.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Cualquiera de mis perros. Todos han resuelto la existencia con bastante más sensatez que nosotros: comen a su hora, duermen sin culpa y reciben como un acontecimiento histórico que alguien regrese del supermercado.

¿Cuáles son sus vicios principales? Empezar un libro nuevo antes de terminar el anterior, tanto al leer como al escribir. Tengo una relación muy optimista con mi capacidad para llevar varias historias a la vez; las historias, en cambio, quizá tengan otra opinión.

¿Y sus virtudes? La tenacidad. Cuando creo de verdad en algo, me cuesta mucho abandonarlo. A veces es perseverancia; otras, simple cabezonería. Todavía estoy intentando averiguar dónde termina una y empieza la otra, aunque sospecho que la respuesta depende bastante del resultado.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Supongo que desfilarían las imágenes de rigor: las personas que quiero, algunos lugares, quizá algún libro que dejé a medias. Pero antes pensaría que ahogarse es una muerte muy poco considerada con una escritora: todo sucede demasiado deprisa y no permite corregir el final.

T. M.