martes, 7 de julio de 2026

Entrevista capotiana a Marta Ros

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Marta Ros.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Qué duro elegir. Madrid es mi ciudad, no solo por el trabajo, sino también porque es donde me siento cómoda y libre. Pero la idea de no salir nunca de aquí me abruma demasiado. Elegiría alguna localidad de Cartagena, que es la tierra de mi novia Aida, porque tiene la mezcla perfecta de naturaleza, costa y ciudad pequeña. Pero echaría mucho de menos la capital, y también viajar por todo el mundo. No me gusta atarme a un solo lugar. Quiero visitar tantos como pueda.

¿Prefiere los animales a la gente? Prefiero las personas que tienen rasgos animalescos: el trabajo en equipo de las leonas, la perseverancia de las hormiguitas, la lealtad de los perros, la capacidad gatuna de disfrutar de tumbarse al sol... Los animales son más interesantes de observar. Las personas, de analizar. Y de escribir.

¿Es usted cruel? Solo con los personajes de mis libros. Los pobres están destinados a sufrir. Es lo que tiene el conflicto, que es la base de cualquier historia. Y mi género; el terror.

¿Tiene muchos amigos? Los suficientes.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que sepan hacer balanza entre lo banal y la intensidad en una buena conversación, que no coman muy rápido y que me enseñen nuevos juegos de mesa.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No. Creo que no hay que tener las expectativas muy altas en la amistad, ni tampoco hay que llamar amigo o amiga a cualquiera.

¿Es usted una persona sincera?  Sí. En su justa medida, supongo. Aunque eso creemos todos, los honestos y los mentirosos.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Bailando swing con mi novia, llevando al gato a pasear al parque. Ahora que empieza el verano y estoy atrapada en el calor de Madrid, me es inevitable decir en la playa, buceando, o en la piscina, jugando a las cartas. Leo mucho, veo muchas series y películas, pero eso no lo cuento como tiempo libre porque una parte de mí siempre está trabajando en esos momentos. ¡Ah! Y en survivals zombie. Solo he ido a tres o cuatro, pero me flipan. Es una mezcla entre un pilla pilla para adultos y una scape room a lo bestia. ¡Que se corra la voz! Cuantos más primerizos haya en el juego, ¡más posibilidades tendré de ganar yo! Jejeje.

¿Qué le da más miedo? La prisa, la sensación de llegar siempre tarde, de que las oportunidades se escapan. No saber valorar las cosas por pensar que nunca es suficiente. La línea fina entre la ambición en su justa medida y la desmedida. A veces me acuerdo de repente de que, al margen de todos los retos de la vida, la muerte existe y eso también me aterroriza. 

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? La homofobia en la actualidad. También me repugna y me genera mucha rabia. A veces confío en la sociedad, luego leo las noticias y, bueno.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Justo ayer lo hablaba con unas amigas y no se me ocurría nada. Mi novia dijo que ella podría ser jardinera. A mí las plantas se me dan fatal. Creo que habría hecho algo que tuviera que ver con el mundo de los caballos, montar una pequeña hípica. Pero mis opciones B, C y unas cuantas más también son creativas. Aunque hubiera decidido no ser escritora, me cuesta imaginar una versión de mí que no se dedique, de una forma u otra, a la cultura.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí, bailo. ¡Y no veas cómo se suda! Sobre todo en los sociales. Bueno, ¡y en las survivals zombie ya ni te cuento! En general, me gustan las actividades al aire libre que impliquen moverse. Antes hacía boxeo.

¿Sabe cocinar? Hasta hace muy poco habría contestado que no, pero ahora sí. Le he pillado el gusto últimamente. Me ayuda a desconectar de las historias cuando es hora de parar de escribir, que es algo que cuesta un poco cuando estás enfrascada en un proyecto. Yo soy de ensaladas, postres y platos raros. Mi novia hace los guisos y tiene el don del punto de la carne y el pescado. Comer es otra de nuestras actividades favoritas.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? No puedo decirlo, es un secreto, porque estoy escribiendo un proyecto cinematográfico sobre él.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Tiempo.

¿Y la más peligrosa? Tiempo.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? He matado a mucha gente en mis libros. ¿Eso vale?

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Yo creo que eso no hace falta responderlo. Mis lectores ya lo saben.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? ¿Así, en general? Me gusta ser yo. Y, si no, un caballo salvaje. O un producto de la imaginación de alguien muy interesante.

¿Cuáles son sus vicios principales? La escritura es el primero, con un 99 por ciento de virtud y ese uno por ciento restante de perjudicial. Tengo una personalidad bastante adictiva: a series con buenos cliffhangers, cuentos de terror, la gastronomía,... Y fumo, pero no mucho, lo justo para entrar en el cliché de la escritora y que la gente me imagine sentada delante de una máquina de escribir de madrugada, golpeando las teclas ruidosas, con un cigarro enganchado en la boca y una copa de vino al lado. Nada más lejos de la realidad. Pero es divertido pensarlo. 

¿Y sus virtudes? Pues yo qué sé, que soy real. No me pongo máscaras para hablar en público, no tengo amistades por conveniencia. Disfruto de las cosas pequeñas, pero más de las grandes. Y estoy enamoradísima de mi pareja. Creo que esa es mi mayor virtud. También escribo.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Supongo que el esquema clásico es ese momento de “ver tu vida pasar por delante de tus ojos” en una serie de secuencias, las más emocionantes. Yo creo que he visto y leído tantas veces esta situación del personaje que se ahoga, que en lugar de eso lo que se me pasaría a mí por la cabeza serían a todos esos personajes ahogándose y las imágenes que se les pasaron, en el esquema clásico, a ellos por la cabeza. Dejando la broma a un lado, claro que sé identificar los recuerdos que me darían la mano un instante antes de que lo hiciera la muerte, pero no los voy a enumerar aquí. Los iré mostrando a gotas, en mundos fantásticos e inquietantes, a lo largo de mi carrera literaria. Es más, puede que ya haya empezado a hacerlo. ¿Serán capaces de identificarlos los futuros lectores de PRISA?

T. M.