jueves, 16 de julio de 2026

Irlanda reivindica a Jonathan Swift tres siglos después de «Los viajes de Gulliver»

Jonathan Swift y la maldad endémica del hombre en «Los viajes de Gulliver»

Exposiciones, representaciones teatrales, visitas literarias y actividades culturales recordarán durante 2026 el legado de una obra que escondía una de las críticas más incisivas a la sociedad de su tiempo.

Libro de viajes imaginarios, relato fantástico –algunos hablan de un precedente de la ciencia-ficción–, sátira mordaz y despiadada de la sociedad inglesa de la época y de la condición humana en general, historia para niños... Así son «Los viajes de Gulliver» (1726), difícilmente clasificables o, en cambio, tendentes a la etiqueta simplificadora de literatura infantil y juvenil. A pesar de que, paradójicamente, en un gran número de ediciones del libro se vean censurados los pasajes más amargos o las referencias sexuales escritas por su autor, el irlandés Jonathan Swift (Dublín, 1667-1745), pues, de cara a los más pequeños, a veces sólo procede ofrecer caballos que razonan o ciudades flotantes en el cielo; jamás una desalentadora imagen del ser humano.

Pero es que «Los viajes de Gulliver» es precisamente eso: una visión desesperanzada del hombre, a pesar de que su contexto utópico y sus geniales fantasías empujen al mundo editorial a dirigir el texto al público menor de edad. La sutileza de Swift radicaba en que tal crítica estaba elaborada mediante símbolos, lugares imposibles, personajes que bien podrían pertenecer en su origen a los mitos grecolatinos. Un texto, por lo demás, polémico en cuanto fue publicado, ya que su carácter satírico resultaba fulminante para las cabezas biempensantes de la política y la Iglesia. El médico Gulliver, al visitar sitios irreales, hablaba sin tapujos de la realidad: de los vicios y corrupciones cotidianos, y de ellos no se salvaba nadie.

Así, el escritor que en «Una humilde propuesta» (1729) propondrá que los niños irlandeses pobres sirvan de carne para los ricos con el fin de eliminar la hambruna que padece el pueblo, es el que recrea los defectos humanos en cuatro territorios inventados. En «Viaje a Lilliput», se burlará del rey Jorge I; en «Viaje a Brodbingnag», planteará la pequeñez de las ideas sociopolíticas en el momento de llevarlas a la práctica; en «Viaje a Laputa», ironizará sobre el centralismo inglés frente a Irlanda; en «Viaje al país de los Houyhnhms», el hombre será el salvaje y el caballo el racionalista. Con ello, Swift dará la vuelta a lo preestablecido, presentando las indignas y crueles contradicciones de las personas.

Rutas y exposiciones

Este próximo mes de octubre se cumplirán trescientos años de la publicación de esta obra, y el país ha preparado un amplio programa cultural para recordar al autor que convirtió una novela de aventuras en una de las sátiras más afiladas de la literatura occidental. Las conmemoraciones se extenderán a lo largo de 2026 en distintos puntos de la isla. Dublín concentrará buena parte de las actividades, con exposiciones dedicadas al escritor en instituciones vinculadas a su vida y a su legado. La Catedral de San Patricio, donde Swift ejerció como deán durante más de treinta años y donde hoy reposan sus restos, ofrecerá visitas especiales centradas en su figura. Allí se conservan objetos personales, documentos históricos y el célebre epitafio en el que el escritor reivindicó su lucha contra las injusticias de su tiempo.

También el Trinity College, donde cursó estudios, dedicará una muestra a la génesis y la recepción de «Los viajes de Gulliver», mientras que la histórica Marsh Library exhibirá ejemplares y traducciones que permiten seguir la extraordinaria difusión internacional de la novela, convertida con el paso de los siglos en un clásico global. Además, las celebraciones no se limitarán a exposiciones bibliográficas. El programa incluye representaciones teatrales y musicales inspiradas en la vida del autor, entre ellas una producción que explora la relación de Swift con Esther Johnson y Esther Vanhomrigh, conocidas popularmente como Stella y Vanessa. La obra se representará en Howth Castle, una fortaleza con la que el escritor mantuvo una estrecha relación.

El aniversario tendrá una dimensión histórica. El Dublin Festival of History incorporará actividades relacionadas con la Irlanda del siglo XVIII y con el contexto político y social en que surgió la novela. Rutas urbanas, visitas a archivos y encuentros con especialistas permitirán acercarse al mundo que inspiró a Swift. Por otro lado, la conmemoración alcanzará igualmente Irlanda del Norte, ya que la Robinson Library de Armagh exhibirá uno de los testimonios más valiosos relacionados con la obra: un ejemplar de la primera edición anotado por el propio Swift. El documento revela el descontento del autor con determinadas modificaciones introducidas por su editor y ofrece una mirada excepcional a los procesos de censura y negociación editorial de la época. El programa culminará en noviembre con el Jonathan Swift Festival, una cita que reunirá conferencias, lecturas públicas, espectáculos y actividades culturales en torno a la figura del escritor. Más que una celebración de un libro, el aniversario pretende reivindicar a un autor cuya mirada crítica sigue interpelando al presente. 

Escepticismo esperanzado

Sin duda alguna, Swift fue un ciudadano y un intelectual valiente, en una época en la que las críticas al gobierno eran castigadas con la cárcel, atreviéndose a señalar las corrupciones e injusticias que llevaron a sus compatriotas a la miseria y a él mismo a la marginación política. Sin embargo, sus consejos al pueblo irlandés, al que se dirigía con una enorme claridad en sus panfletos, cayeron en saco roto. Todo lo cual lleva a pensar que, por esta dedicación a defender los derechos del prójimo, más que un misántropo, una persona de humor tétrico que manifiesta aversión al trato humano, Swift fue un defensor decepcionado ante la historia que le tocó vivir. De ahí que, cansado de tomar partido por sus semejantes, se distanciara de ellos cambiando su crítica al poder por la crítica a sus compatriotas, resignados ante las restricciones legales que imponía Inglaterra.

Lo cierto es que, en una carta al poeta Alexander Pope, Swift habla de su menosprecio por la masa, pero también de su afecto por las personas concretas: «Sobre todo odio y detesto a ese animal llamado hombre, aunque amo con todo el corazón a Juan, Pedro, Tomás, etc.». Es, ante todo, un escéptico, un hombre que se enfrenta a la sociedad de su tiempo y pone en duda lo que le rodea, salvo unas cuantas ideas políticas de cariz conservador con las que congenia y su fe religiosa. La misantropía de Gulliver no tiene por qué compartirla Swift, quien ha sufrido la leyenda que se forjó sobre él cuando, a su muerte, se publicaron estudios que criticaban su personalidad de forma exagerada. Hasta tal punto que, en los siglos XVIII y XIX, se le empezó a calificar de loco —en parte por su tendencia a la escatología— y a acusársele de degradar al ser humano con su prosa.

Pero Swift no es, desde luego, un mero divulgador de ideas en contra del fanatismo político y religioso, sino un artista dotado de un ingenio sin igual para el sarcasmo y la mordacidad. Su objetivo era llegar a toda clase de lectores, cautivándolos con aspectos burlescos e irónicos, entreteniéndolos mientras introducía elementos de juicio y reflexión. «Una sátira es una especie de espejo donde los que miran ven las caras de los demás, pero no la suya», dejó dicho el autor. Así, de forma tan divertida como corrosiva, puso el dedo en la llaga de los ámbitos más relevantes de la sociedad: ridiculizó a la corte real y a los ministros en Liliput, a los estudiosos racionalistas en la Isla Flotante —el teólogo Swift no compartía el «Pienso, luego existo» de René Descartes (1637) por negar la intervención de la Providencia y estaba en contra de las teorías de Newton— y a los inventores y científicos en la Academia de Lagado, pues, no en vano, Swift prefería poner el acento en el intelecto puro, lo ético y lo moral, antes que en el progreso técnico.

Lo tragicómico define «Los viajes de Gulliver»: las situaciones absurdas, los personajes rocambolescos, las penalidades humorísticas del protagonista se mezclan con explicaciones dramáticas, acciones crueles y críticas despiadadas. Estamos ante una obra intelectual, aun enmarcándose en lo novelesco, en el sentido que invita a la reflexión sobre el entorno sociopolítico, indicando que, aunque este promueva teorías buenas, a la hora de ponerlas en práctica surge el obstáculo principal: la maldad endémica del hombre. Con todo, el pesimismo de Swift es relativo, pues su empeño moral radica en la fe en que el ser humano mejore, aunque se trate de una fe ingenua, desde luego: y así, la inocencia del viajero en los tres primeros viajes contrastará con su misantropía en el cuarto.

Publicado en La Razón, 14-VII-2026

 

Tories y whigs entre liliputienses

En realidad, estamos ante una obra de corte político que ridiculizó a personalidades de la época; de este modo, mediante el personaje del tesorero Flimnap, se alude al ministro Robert Walpole —al que el escritor detestaba por hacer caso omiso a la ayuda que pedía para Irlanda—, cuya destreza al caminar por una cuerda en un concurso ridículo representaría su perspicacia en los debates parlamentarios. El poder político de Liliput, al igual que en la Inglaterra de comienzos del siglo XVIII, se encuentra dividido en dos facciones: los Tramecksan y los Slamecksan, que vienen a ser los tories y los whigs británicos, los primeros conservadores y los segundos liberales, y que se distinguirían cómicamente por la altura de sus tacones, altos y bajos respectivamente (reflejo también de la «Iglesia alta» y la «Iglesia baja», la primera asociada al tradicionalismo anglicano y la segunda al deseo de reforma y liberalización del catolicismo inglés). De hecho, el heredero al reino, al contrario que su padre, se inclina por favorecer a los Tramecksan, por lo que camina con zapatos de diferentes alzadas, y claro está, cojeando.