En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Unai Arroita.
Si
tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál
elegiría? Japón, sin dudarlo, y si puedo concretar,
Osaka. Allí están las dos cosas que necesito: la calma japonesa y, al mismo
tiempo, el desparpajo y la alegría de la gente de esa zona. Dicen que Osaka es
un poco la España de Japón, y creo que por eso me sentiría en casa sin dejar de
estar lejos.
¿Prefiere
los animales a la gente? Soy muy de animales, aunque
tampoco creo que sería capaz de pasarme la vida rodeado solo de ellos. Es
difícil elegir: cada uno tiene su lado bueno y su lado malo. Lo que pasa es que
un animal nunca te falla.
¿Es
usted cruel? Supongo que habrá quien diga que sí y quien diga que
no, que para eso están los demás: uno no es el más indicado para juzgarse en
eso. Pero yo creo que no lo soy. Sí puedo ser duro cuando algo me parece
injusto, y a veces demasiado directo, aunque eso no lo confundiría con la
crueldad. La crueldad es disfrutar del daño, y eso no lo he sentido nunca.
¿Tiene
muchos amigos? Depende de lo que entendamos por amigo, y para mí es
una palabra bastante concreta. Conocidos tengo muchos, y gente cercana también.
Amigos, en el sentido que yo le doy a la palabra, no tantos. Tampoco creo que
hagan falta muchos.
¿Qué
cualidades busca en sus amigos? No sabría hacer una lista. Lo
que sí busco es gente a la que pueda llamar cuando necesito algo, sin pensármelo
dos veces. Y sobre todo esa naturalidad de pasar mucho tiempo sin hablaros y,
cuando volvéis a veros, seguir donde lo dejasteis, como si no hubiera pasado el
tiempo. Para mí eso vale más que cualquier cualidad concreta.
¿Suelen
decepcionarle sus amigos? Yo diría que no. La decepción suele venir
de unas expectativas que no se cumplen, y con los amigos de verdad eso ya está
resuelto: ellos saben lo que pueden esperar de mí y yo sé lo que puedo esperar
de ellos, sin necesidad de decirlo en voz alta. Cuando la relación está en ese
punto, es difícil que alguien te decepcione, porque nadie está fingiendo ser
otra cosa. Y si alguna vez fallan, tampoco lo viviría como una decepción — bastante
tiene cada uno con lo suyo.
¿Es
usted una persona sincera? A veces creo que demasiado, y
un poco bocazas. Digo las cosas sin pensar, convencido de que son normales o de
que no tienen importancia, y luego resulta que han molestado a alguien. Así que
más que pecar de mentiroso, peco por exceso de sinceridad. Con el tiempo he
aprendido a frenarme un poco, aunque no siempre lo consigo.
¿Cómo
prefiere ocupar su tiempo libre? Mi problema es
que no soy capaz de tener tiempo libre. Me paso el año quejándome de que no
tengo un minuto y, en cuanto aparece medio, lo relleno con algo. No sé estarme
quieto: siempre tengo que estar organizando, montando o creando alguna cosa, y
si no la tengo, me la busco. Escribir entra ahí, claro. Probablemente sea mi
mayor virtud y mi mayor problema a la vez.
¿Qué le
da más miedo? No sé si llamarlo miedo exactamente, pero
lo que más me inquieta es no terminar satisfecho con lo que he vivido. Llegar a
ese último momento y darme cuenta de que me quedaron cosas por hacer, ya sea
porque elegí no hacerlas o porque nunca encontré el momento. Creo que por eso
me cuesta tanto estarme quieto.
¿Qué le
escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Que se
tomen decisiones y se cierren acuerdos ahí arriba y los que acaban pagándolo
seamos siempre los de abajo, sin haber tenido ni voz ni voto. Si yo hago algo
mal y tengo que afrontar las consecuencias, me parece justo y no protesto. Lo
que no soporto es tener que cargar con lo que no es culpa mía y encima no poder
hacer nada al respecto. Supongo que por eso acabé escribiendo un libro que va
precisamente de eso.
Si no
hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Es que yo
no soy escritor, siempre lo digo. Esto es algo que ha salido, no una decisión
de vida. Tengo mi trabajo y me gano la vida gracias al deporte, que es lo que
creo que se me ha dado bien, y ahora estoy en otra faceta del deporte que
también se me da bien, aunque no soy yo quien tiene que decirlo. Así que no
habría hecho nada distinto: estaría exactamente donde estoy.
¿Practica
algún tipo de ejercicio físico? He sido deportista de
taekwondo durante muchísimos años. Al pasar a entrenador y seleccionador tuve
que dejar de competir, pero soy un culo inquieto y no aguanté mucho parado.
Llevo ya un tiempo haciendo carreras de trail, y nadie me quita mis 40-50
kilómetros semanales corriendo por la montaña.
¿Sabe
cocinar? Hago mis cositas. No soy un cocinero de estrella
Michelin ni pretendo serlo, pero me defiendo bien con lo de siempre y disfruto
cuando me pongo, sobre todo si hay gente a la que dar de comer. Lo que pasa es
que soy mucho mejor comedor que cocinero, y eso no hay entrenamiento que lo
arregle.
Si el Reader’s
Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje
inolvidable», ¿a quién elegiría? No tendría ninguna duda:
Eiichiro Oda, el autor de One Piece. Lleva casi treinta años en lo más alto de
las ventas en Japón, con millones de copias en todo el mundo, y pasan los años
y sigue ahí arriba. Pero lo que de verdad me fascina es el mundo que ha
construido: un detalle del capítulo cinco que resulta ser importantísimo en el
capítulo ochocientos, la historia que hay detrás de cada personaje, relaciones
ocultas que aparecen cientos de capítulos después. Eso no lo hace un buen
escritor. Eso lo hace una mente maestra.
¿Cuál
es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? En
euskera tenemos maiteminduta, que significa
enamorado. Lo bonito es la traducción literal: maite
es querer y mindu es doler o dolido, así que
enamorado vendría a ser algo así como "herido de amor". Me parece una
palabra muy esperanzadora precisamente por eso, porque junta las dos caras: lo
bonito que todos asociamos a enamorarse y ese punto de dolor que también lleva
dentro. Es una metáfora preciosa y, al mismo tiempo, la definición más realista
que conozco de lo que es estar enamorado.
¿Y la
más peligrosa? "Siempre". Es la palabra con la
que se justifica casi todo: las cosas son así porque siempre han sido así, se
hace así porque siempre se ha hecho así. En cuanto alguien la usa, deja de
haber discusión posible, y normalmente detrás de ese "siempre" hay
alguien a quien le viene muy bien que nadie pregunte. Es una palabra que cierra
puertas fingiendo que solo describe.
¿Alguna
vez ha querido matar a alguien? Nunca. Por muy
mal que me haya caído alguien, o por muy grave que fuera lo que hizo, no creo
que esa sea nunca la solución. Al final todo llega y cada uno acaba recogiendo
lo que ha sembrado, aunque reconozco que hay veces en que tarda muchísimo más
de lo que debería, y ahí es donde uno se pone a prueba. Pero de ahí a querer
matar a alguien hay un trecho enorme. Para eso están los libros: si tengo que
ajustar cuentas con alguien, siempre puedo hacerlo con un personaje.
¿Cuáles
son sus tendencias políticas? Es una pregunta
que me he hecho siempre y nunca he sabido contestarme. No hay un lado que me
tire claramente más que otro: en todos encuentro algo que me parece bien y en
todos hay cosas que rechazo por completo. Lo que sí tengo claro es que casi
todos los políticos que tenemos, y son muchos, quizás demasiados, son gente que
quiere gobernar. Y si uno quiere gobernar, algún objetivo personal habrá
detrás. La pregunta que me hago es cuántos de ellos querrían hacerlo solo por
el pueblo. Ya lo decía Platón: el que ambiciona el poder es justamente el que
no debería tenerlo.
Si
pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Cualquier
cosa que me diera una vida tranquila y tiempo para disfrutarla. Me da igual el
qué: si aparcacoches o millonario me llevan a eso, adelante con cualquiera de
los dos. No tengo ninguna aspiración concreta de ser algo, tengo la de vivir de
una manera determinada.
¿Cuáles
son sus vicios principales? La comida, sin ninguna duda.
No sé qué tiene comer, pero lo disfruto muchísimo. Proponme cualquier plan que
incluya ir a comer a algún sitio y ya me tienes dentro, no hace falta que me
convenzas de nada más.
¿Y sus
virtudes? Que siempre estoy dispuesto a ayudar,
aunque no me toque a mí. Si puedo echar una mano en algo, ahí estoy, y muchas
veces incluso cuando sé que me va a perjudicar. Hay quien me dice que eso no es
una virtud, sino un defecto, y puede que en parte tenga razón. Pero no me sale
de otra manera.
Imagine
que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían
por la cabeza? Conociéndome, antes que lo típico —la
familia, los amigos, los mejores momentos— me pasarían por delante las cosas
que no pude hacer. Todo lo que dejé pendiente, lo que aplacé pensando que ya
habría tiempo. Y solo después, supongo, llegaría lo bonito. Es muy propio de mí
ponerme a pensar en lo que falta justo en el momento en que ya no queda nada.
T. M.
