martes, 25 de agosto de 2026

Entrevista capotiana a Unai Arroita

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Unai Arroita.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Japón, sin dudarlo, y si puedo concretar, Osaka. Allí están las dos cosas que necesito: la calma japonesa y, al mismo tiempo, el desparpajo y la alegría de la gente de esa zona. Dicen que Osaka es un poco la España de Japón, y creo que por eso me sentiría en casa sin dejar de estar lejos.

¿Prefiere los animales a la gente? Soy muy de animales, aunque tampoco creo que sería capaz de pasarme la vida rodeado solo de ellos. Es difícil elegir: cada uno tiene su lado bueno y su lado malo. Lo que pasa es que un animal nunca te falla.

¿Es usted cruel? Supongo que habrá quien diga que sí y quien diga que no, que para eso están los demás: uno no es el más indicado para juzgarse en eso. Pero yo creo que no lo soy. Sí puedo ser duro cuando algo me parece injusto, y a veces demasiado directo, aunque eso no lo confundiría con la crueldad. La crueldad es disfrutar del daño, y eso no lo he sentido nunca.

¿Tiene muchos amigos? Depende de lo que entendamos por amigo, y para mí es una palabra bastante concreta. Conocidos tengo muchos, y gente cercana también. Amigos, en el sentido que yo le doy a la palabra, no tantos. Tampoco creo que hagan falta muchos.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? No sabría hacer una lista. Lo que sí busco es gente a la que pueda llamar cuando necesito algo, sin pensármelo dos veces. Y sobre todo esa naturalidad de pasar mucho tiempo sin hablaros y, cuando volvéis a veros, seguir donde lo dejasteis, como si no hubiera pasado el tiempo. Para mí eso vale más que cualquier cualidad concreta.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Yo diría que no. La decepción suele venir de unas expectativas que no se cumplen, y con los amigos de verdad eso ya está resuelto: ellos saben lo que pueden esperar de mí y yo sé lo que puedo esperar de ellos, sin necesidad de decirlo en voz alta. Cuando la relación está en ese punto, es difícil que alguien te decepcione, porque nadie está fingiendo ser otra cosa. Y si alguna vez fallan, tampoco lo viviría como una decepción — bastante tiene cada uno con lo suyo.

¿Es usted una persona sincera? A veces creo que demasiado, y un poco bocazas. Digo las cosas sin pensar, convencido de que son normales o de que no tienen importancia, y luego resulta que han molestado a alguien. Así que más que pecar de mentiroso, peco por exceso de sinceridad. Con el tiempo he aprendido a frenarme un poco, aunque no siempre lo consigo.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Mi problema es que no soy capaz de tener tiempo libre. Me paso el año quejándome de que no tengo un minuto y, en cuanto aparece medio, lo relleno con algo. No sé estarme quieto: siempre tengo que estar organizando, montando o creando alguna cosa, y si no la tengo, me la busco. Escribir entra ahí, claro. Probablemente sea mi mayor virtud y mi mayor problema a la vez.

¿Qué le da más miedo? No sé si llamarlo miedo exactamente, pero lo que más me inquieta es no terminar satisfecho con lo que he vivido. Llegar a ese último momento y darme cuenta de que me quedaron cosas por hacer, ya sea porque elegí no hacerlas o porque nunca encontré el momento. Creo que por eso me cuesta tanto estarme quieto.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?

Que se tomen decisiones y se cierren acuerdos ahí arriba y los que acaban pagándolo seamos siempre los de abajo, sin haber tenido ni voz ni voto. Si yo hago algo mal y tengo que afrontar las consecuencias, me parece justo y no protesto. Lo que no soporto es tener que cargar con lo que no es culpa mía y encima no poder hacer nada al respecto. Supongo que por eso acabé escribiendo un libro que va precisamente de eso.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Es que yo no soy escritor, siempre lo digo. Esto es algo que ha salido, no una decisión de vida. Tengo mi trabajo y me gano la vida gracias al deporte, que es lo que creo que se me ha dado bien, y ahora estoy en otra faceta del deporte que también se me da bien, aunque no soy yo quien tiene que decirlo. Así que no habría hecho nada distinto: estaría exactamente donde estoy.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? He sido deportista de taekwondo durante muchísimos años. Al pasar a entrenador y seleccionador tuve que dejar de competir, pero soy un culo inquieto y no aguanté mucho parado. Llevo ya un tiempo haciendo carreras de trail, y nadie me quita mis 40-50 kilómetros semanales corriendo por la montaña.

¿Sabe cocinar? Hago mis cositas. No soy un cocinero de estrella Michelin ni pretendo serlo, pero me defiendo bien con lo de siempre y disfruto cuando me pongo, sobre todo si hay gente a la que dar de comer. Lo que pasa es que soy mucho mejor comedor que cocinero, y eso no hay entrenamiento que lo arregle.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? No tendría ninguna duda: Eiichiro Oda, el autor de One Piece. Lleva casi treinta años en lo más alto de las ventas en Japón, con millones de copias en todo el mundo, y pasan los años y sigue ahí arriba. Pero lo que de verdad me fascina es el mundo que ha construido: un detalle del capítulo cinco que resulta ser importantísimo en el capítulo ochocientos, la historia que hay detrás de cada personaje, relaciones ocultas que aparecen cientos de capítulos después. Eso no lo hace un buen escritor. Eso lo hace una mente maestra.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? En euskera tenemos maiteminduta, que significa enamorado. Lo bonito es la traducción literal: maite es querer y mindu es doler o dolido, así que enamorado vendría a ser algo así como "herido de amor". Me parece una palabra muy esperanzadora precisamente por eso, porque junta las dos caras: lo bonito que todos asociamos a enamorarse y ese punto de dolor que también lleva dentro. Es una metáfora preciosa y, al mismo tiempo, la definición más realista que conozco de lo que es estar enamorado.

¿Y la más peligrosa? "Siempre". Es la palabra con la que se justifica casi todo: las cosas son así porque siempre han sido así, se hace así porque siempre se ha hecho así. En cuanto alguien la usa, deja de haber discusión posible, y normalmente detrás de ese "siempre" hay alguien a quien le viene muy bien que nadie pregunte. Es una palabra que cierra puertas fingiendo que solo describe.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Nunca. Por muy mal que me haya caído alguien, o por muy grave que fuera lo que hizo, no creo que esa sea nunca la solución. Al final todo llega y cada uno acaba recogiendo lo que ha sembrado, aunque reconozco que hay veces en que tarda muchísimo más de lo que debería, y ahí es donde uno se pone a prueba. Pero de ahí a querer matar a alguien hay un trecho enorme. Para eso están los libros: si tengo que ajustar cuentas con alguien, siempre puedo hacerlo con un personaje.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Es una pregunta que me he hecho siempre y nunca he sabido contestarme. No hay un lado que me tire claramente más que otro: en todos encuentro algo que me parece bien y en todos hay cosas que rechazo por completo. Lo que sí tengo claro es que casi todos los políticos que tenemos, y son muchos, quizás demasiados, son gente que quiere gobernar. Y si uno quiere gobernar, algún objetivo personal habrá detrás. La pregunta que me hago es cuántos de ellos querrían hacerlo solo por el pueblo. Ya lo decía Platón: el que ambiciona el poder es justamente el que no debería tenerlo.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Cualquier cosa que me diera una vida tranquila y tiempo para disfrutarla. Me da igual el qué: si aparcacoches o millonario me llevan a eso, adelante con cualquiera de los dos. No tengo ninguna aspiración concreta de ser algo, tengo la de vivir de una manera determinada.

¿Cuáles son sus vicios principales? La comida, sin ninguna duda. No sé qué tiene comer, pero lo disfruto muchísimo. Proponme cualquier plan que incluya ir a comer a algún sitio y ya me tienes dentro, no hace falta que me convenzas de nada más.

¿Y sus virtudes? Que siempre estoy dispuesto a ayudar, aunque no me toque a mí. Si puedo echar una mano en algo, ahí estoy, y muchas veces incluso cuando sé que me va a perjudicar. Hay quien me dice que eso no es una virtud, sino un defecto, y puede que en parte tenga razón. Pero no me sale de otra manera.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Conociéndome, antes que lo típico —la familia, los amigos, los mejores momentos— me pasarían por delante las cosas que no pude hacer. Todo lo que dejé pendiente, lo que aplacé pensando que ya habría tiempo. Y solo después, supongo, llegaría lo bonito. Es muy propio de mí ponerme a pensar en lo que falta justo en el momento en que ya no queda nada.

T. M.