En 1972, Truman Capote
publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió.
Lo tituló «Autorretrato» (en Los
perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo
con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus
frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman
la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de
la vida, de David
Silva Rojas.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Habiendo vivido en grandes
metrópolis como Tianjin, en China; Toyohashi, en Japón; y la misma Lima,
conozco de sobra el ritmo, el bullicio y la multitud de las ciudades grandes.
Por eso hoy valoro más que nada la tranquilidad y el silencio. Hace un tiempo,
durante una diligencia como abogado junto a la policía, tuve la oportunidad de
ir por Ocucaje en Ica. Al estar allí, rodeado de un horizonte amplio, sereno y
silencioso, me di cuenta de que ese era mi lugar ideal. Tiene un clima seco por
las tardes, noches frías para descansar bien y mañanas cálidas para empezar el
día. Si tuviera que quedarme allí para siempre, construiría una casa de campo y
tendría mi propia chacrita: criaría gallos, gallinas, pollos, patos y animales
pequeños como carneros y cabras, además de cultivar mis propios vegetales. Elegiría
Ocucaje porque te da la libertad de desconectarte por completo de todo. Mi
rutina perfecta sería trabajar la tierra por las mañanas, leer con calma por
las tardes, en medio del silencio del desierto, y contemplar los atardeceres y
los cielos estrellados por las noches. No necesitaría mucho más.
¿Prefiere
los animales a la gente? En cuanto a los derechos humanos, siempre he
defendido los derechos de las personas, especialmente cuando se trata de
quienes se encuentran en situaciones de vulnerabilidad, como los niños o los
adultos mayores. Pero como compañía, sí: siempre me han gustado mucho los
animales. Tengo un par de loros y canarios que siempre están silbando. Me
alegra llegar a casa y escucharlos. Mis loros incluso me reciben diciendo:
«David, David, a la casa». También tengo un gato que, más que una mascota, hace
que yo parezca su mascota. Ni bien me ve, quiere que le dé de comer y lo
acaricie y luego se queda echado como si no tuviera ninguna preocupación en el
mundo. A veces lo miro y pienso: «yo quisiera esa vida». Cuando estoy
redactando, se sube a mis piernas y se queda allí, ronroneando, como si
estuviera dormido. De pronto se despierta, se va porque escuchó algo y después
regresa. A veces hasta parece que quisiera hablarme, aunque no tengo idea de
qué me está diciendo. Yo le digo: «Estás loco».
¿Es
usted cruel? No creo serlo, pero he descubierto que puedo
utilizar las palabras para hacer que alguien se sienta mal, no porque lo
insulte o lo denigre, sino porque puedo hacerle ver cosas que quizá no quiere
reconocer o que no había advertido en sus propias declaraciones. Lo he notado
durante diligencias, interrogatorios y contrainterrogatorios en juicios orales.
No sé si eso sea crueldad, pero es lo más cercano a ella que he encontrado en
mí.
¿Tiene
muchos amigos? No. Tengo muchos conocidos y compañeros, pero
amigos, de esos que se dicen de verdad, se cuentan con los dedos de una mano.
Para mí, un amigo es alguien que te entiende, te comprende y está dispuesto a
ayudarte más allá de lo que le convenga; alguien que está ahí para darte una
mano en los momentos más difíciles.
¿Qué
cualidades busca en sus amigos? Creo que, sobre todo, la sinceridad
y la lealtad. Personas consecuentes con lo que dicen, capaces de defender sus
ideas y que valoren la amistad por encima de la conveniencia.
¿Suelen
decepcionarle sus amigos? No, porque como son poquísimos, todavía no me han
decepcionado.
¿Es
usted una persona sincera? Sí, trato de serlo siempre. Me gusta
que sean sinceros conmigo, aunque lo que tengan que decirme pueda doler. De la
misma manera, yo también procuro decir la verdad, pero buscando siempre el
momento y el lugar adecuados.
¿Cómo
prefiere ocupar su tiempo libre? Siempre me ha
gustado leer y escribir. Aunque sea solo para mí, lo hago constantemente; de
hecho, tengo cajones llenos de manuscritos que yo mismo he impreso para leerlos
luego de otra manera. También me gusta leer libros de historia, ensayos y,
sobre todo, trabajos relacionados con el estudio de casos. Y, aunque suene poco
emocionante, parte de ese tiempo termina ocupada en asuntos pendientes del
trabajo: redactando escritos o contestando requerimientos.
¿Qué
le da más miedo? Lo desconocido. Cuando era niño, un profesor me dijo
una cosa que todavía recuerdo: si algo te causa miedo, no esperes; busca
información, lee sobre aquello que te produce ese sentimiento. Una vez que
sabes qué es, cómo funciona y puedes ponerlo en blanco y negro, pierde gran
parte de su poder sobre ti.
¿Qué
le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Me
escandalizan los casos en los que se trata a los niños como objetos para
cumplir labores que no corresponden a su edad, o cuando se los utiliza sin
tener en cuenta su vulnerabilidad ni la situación por la que están atravesando.
Si
no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Creo
que habría sido agricultor o jardinero. Me encanta cultivar. Tengo un ejército
de cactus y suculentas en macetas pequeñas; me gusta regarlos, cuidarlos y
siempre estoy buscando alguna variedad nueva. Me fascina que puedan crecer con
tan poco, prácticamente solo con agua, y que, cuando florecen, sus flores sean
hermosas.
¿Practica
algún tipo de ejercicio físico? No practico ejercicio con
regularidad. Cuando puedo, me gusta nadar, ya sea en el mar o en una piscina.
¿Sabe
cocinar? Sí. Desde niño mi madre me enseñó a hacerlo, aunque
a mi padre le disgustaba que un hombre cocinara, lavara o limpiara. Años
después, cuando estuve en Japón, la escritura y la cocina fueron las dos
actividades que más desarrollé, tanto como pasatiempo como forma de
distracción.
Si
el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Elegiría a Fujita
sensei, un maestro que conocí cuando tenía trece años, al emigrar a Japón. La
primera vez que me vio, me dijo: «Sé que estás ansioso y un poco temeroso».
Después me explicó que en Japón las personas no siempre hablan abiertamente de
sus sentimientos y me aconsejó que escribiera aquello que no podía decir. Era
un hombre muy paciente. Cuando me equivocaba en algún ejercicio, me decía que
no borrara lo que había hecho, porque también se aprendía mirando los errores.
Una vez vio uno de mis primeros kanji para «pez» y me comentó: «Parece un pez
muerto, pero es tuyo». Yo siempre lo veía allí, dando clases tanto a quienes
acabábamos de llegar como a los que habían nacido en el país y necesitaban
aprender o mejorar el idioma de sus padres. Siempre mantenía la misma calma,
aunque el salón a veces fuera un pequeño caos de lenguas mezcladas, palabras
mal pronunciadas y otras dichas correctamente. Con el tiempo entendí que, antes
de enseñarme un idioma, Fujita sensei me había enseñado a observar. Me decía
que un escritor no debía apresurarse a explicar ni a juzgar, sino aprender a
mirar con atención y confiar en la inteligencia del lector. También me enseñó
que no todo tenía que decirse: a veces el silencio forma parte de la historia.
Creo que muchas de esas lecciones todavía me acompañan cuando escribo.
¿Cuál
es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Komorebi
(木漏れ日), en japonés. No significa literalmente «esperanza»,
sino la luz del sol que se filtra entre las hojas de los árboles. Me gusta porque transmite la idea de que,
incluso cuando estamos rodeados de sombras, siempre puede aparecer un poco de
luz.
¿Y la más peligrosa? Yurusarenai
(許されない), «lo imperdonable», «lo
que no se tolera». Siempre
he pensado que es una palabra peligrosa porque puede cerrar la puerta al
entendimiento. Cuando una persona o una sociedad decide que algo o alguien es
absolutamente imperdonable, puede dejar de preguntarse por qué ocurrió. Y para
mí esa pregunta es fundamental. Ninguna acción ocurre completamente en el
vacío: hay motivos, circunstancias, experiencias y dinámicas detrás de lo que
hacemos. Comprenderlas no significa justificar lo que alguien hizo, pero sí
permite saber cómo ocurrió y, sobre todo, qué habría que cambiar para evitar
que vuelva a ocurrir. Cuando dejamos de intentar comprender y nos quedamos
únicamente con la condena, corremos además el riesgo de deshumanizar al otro.
El castigo puede convertirse en venganza y la búsqueda de una solución termina
reducida a señalar un culpable. Por eso me parece peligrosa: porque una sola
palabra puede hacernos dejar de preguntar.
¿Alguna
vez ha querido matar a alguien? No. Tal vez sí he querido agarrar a
alguien, decirle unas cuantas cosas o gritarle, pero jamás matarlo. La vida
humana, para mí, es un límite absoluto.
¿Cuáles
son sus tendencias políticas? No suelo seguir banderas ni
tendencias políticas. Prefiero analizar las ideas de manera independiente y
quedarme con aquello que tenga más sentido o lógica en cada caso. Lo que sí
valoro es que lo que se prometa se cumpla. Si algo es difícil o sencillamente
no se puede hacer, prefiero que se diga con claridad. Me resulta mucho más
honesto eso que lanzar una promesa imposible solo para agradar, ser
condescendiente y conseguir que todos te quieran. Prefiero una respuesta
incómoda pero sincera antes que una promesa bonita que nunca se va a cumplir.
Si
pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Agricultor o
jardinero. Me gustaría cultivar frutas y verduras, criar aves de corral y, para
ser franco, tener mi propia granja.
¿Cuáles
son sus vicios principales? Las bebidas carbonatadas. Me gusta
mucho esa sensación de dulzor y frescura que producen en el paladar y la
garganta.
¿Y
sus virtudes? No suelo pensar demasiado en mis virtudes. Me
imagino que una de ellas es ser solidario. A veces hago cosas sin preocuparme
demasiado de dónde saldrá el dinero y termino pagándolas de mi propio
patrimonio, o simplemente no cobro por determinados servicios. Más de una vez
algunos colegas me han dicho que no me involucre tanto, que voy a terminar
pobre o sin nada en los bolsillos. Tienen algo de razón, supongo, pero hasta ahora
no he aprendido a actuar de otra manera.
Imagine
que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían
por la cabeza? Más que una película acelerada de toda mi vida,
creo que aparecerían flashes de puros contrastes. Recordaría las enormes y
ruidosas metrópolis donde viví en el pasado y, casi de inmediato, la paz, el
silencio y la luz dorada de una tarde en el campo de Ica. Junto a esas imágenes
aparecerían los rostros de las personas a las que alguna vez pude tender la
mano cuando más lo necesitaban.
T. M.
