martes, 8 de septiembre de 2026

Entrevista capotiana a David Silva Rojas

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de David Silva Rojas.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Habiendo vivido en grandes metrópolis como Tianjin, en China; Toyohashi, en Japón; y la misma Lima, conozco de sobra el ritmo, el bullicio y la multitud de las ciudades grandes. Por eso hoy valoro más que nada la tranquilidad y el silencio. Hace un tiempo, durante una diligencia como abogado junto a la policía, tuve la oportunidad de ir por Ocucaje en Ica. Al estar allí, rodeado de un horizonte amplio, sereno y silencioso, me di cuenta de que ese era mi lugar ideal. Tiene un clima seco por las tardes, noches frías para descansar bien y mañanas cálidas para empezar el día. Si tuviera que quedarme allí para siempre, construiría una casa de campo y tendría mi propia chacrita: criaría gallos, gallinas, pollos, patos y animales pequeños como carneros y cabras, además de cultivar mis propios vegetales. Elegiría Ocucaje porque te da la libertad de desconectarte por completo de todo. Mi rutina perfecta sería trabajar la tierra por las mañanas, leer con calma por las tardes, en medio del silencio del desierto, y contemplar los atardeceres y los cielos estrellados por las noches. No necesitaría mucho más.

¿Prefiere los animales a la gente? En cuanto a los derechos humanos, siempre he defendido los derechos de las personas, especialmente cuando se trata de quienes se encuentran en situaciones de vulnerabilidad, como los niños o los adultos mayores. Pero como compañía, sí: siempre me han gustado mucho los animales. Tengo un par de loros y canarios que siempre están silbando. Me alegra llegar a casa y escucharlos. Mis loros incluso me reciben diciendo: «David, David, a la casa». También tengo un gato que, más que una mascota, hace que yo parezca su mascota. Ni bien me ve, quiere que le dé de comer y lo acaricie y luego se queda echado como si no tuviera ninguna preocupación en el mundo. A veces lo miro y pienso: «yo quisiera esa vida». Cuando estoy redactando, se sube a mis piernas y se queda allí, ronroneando, como si estuviera dormido. De pronto se despierta, se va porque escuchó algo y después regresa. A veces hasta parece que quisiera hablarme, aunque no tengo idea de qué me está diciendo. Yo le digo: «Estás loco».

¿Es usted cruel? No creo serlo, pero he descubierto que puedo utilizar las palabras para hacer que alguien se sienta mal, no porque lo insulte o lo denigre, sino porque puedo hacerle ver cosas que quizá no quiere reconocer o que no había advertido en sus propias declaraciones. Lo he notado durante diligencias, interrogatorios y contrainterrogatorios en juicios orales. No sé si eso sea crueldad, pero es lo más cercano a ella que he encontrado en mí.

¿Tiene muchos amigos? No. Tengo muchos conocidos y compañeros, pero amigos, de esos que se dicen de verdad, se cuentan con los dedos de una mano. Para mí, un amigo es alguien que te entiende, te comprende y está dispuesto a ayudarte más allá de lo que le convenga; alguien que está ahí para darte una mano en los momentos más difíciles.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Creo que, sobre todo, la sinceridad y la lealtad. Personas consecuentes con lo que dicen, capaces de defender sus ideas y que valoren la amistad por encima de la conveniencia.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? No, porque como son poquísimos, todavía no me han decepcionado.

¿Es usted una persona sincera? Sí, trato de serlo siempre. Me gusta que sean sinceros conmigo, aunque lo que tengan que decirme pueda doler. De la misma manera, yo también procuro decir la verdad, pero buscando siempre el momento y el lugar adecuados.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Siempre me ha gustado leer y escribir. Aunque sea solo para mí, lo hago constantemente; de hecho, tengo cajones llenos de manuscritos que yo mismo he impreso para leerlos luego de otra manera. También me gusta leer libros de historia, ensayos y, sobre todo, trabajos relacionados con el estudio de casos. Y, aunque suene poco emocionante, parte de ese tiempo termina ocupada en asuntos pendientes del trabajo: redactando escritos o contestando requerimientos.

¿Qué le da más miedo? Lo desconocido. Cuando era niño, un profesor me dijo una cosa que todavía recuerdo: si algo te causa miedo, no esperes; busca información, lee sobre aquello que te produce ese sentimiento. Una vez que sabes qué es, cómo funciona y puedes ponerlo en blanco y negro, pierde gran parte de su poder sobre ti.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Me escandalizan los casos en los que se trata a los niños como objetos para cumplir labores que no corresponden a su edad, o cuando se los utiliza sin tener en cuenta su vulnerabilidad ni la situación por la que están atravesando.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? Creo que habría sido agricultor o jardinero. Me encanta cultivar. Tengo un ejército de cactus y suculentas en macetas pequeñas; me gusta regarlos, cuidarlos y siempre estoy buscando alguna variedad nueva. Me fascina que puedan crecer con tan poco, prácticamente solo con agua, y que, cuando florecen, sus flores sean hermosas.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? No practico ejercicio con regularidad. Cuando puedo, me gusta nadar, ya sea en el mar o en una piscina.

¿Sabe cocinar? Sí. Desde niño mi madre me enseñó a hacerlo, aunque a mi padre le disgustaba que un hombre cocinara, lavara o limpiara. Años después, cuando estuve en Japón, la escritura y la cocina fueron las dos actividades que más desarrollé, tanto como pasatiempo como forma de distracción.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Elegiría a Fujita sensei, un maestro que conocí cuando tenía trece años, al emigrar a Japón. La primera vez que me vio, me dijo: «Sé que estás ansioso y un poco temeroso». Después me explicó que en Japón las personas no siempre hablan abiertamente de sus sentimientos y me aconsejó que escribiera aquello que no podía decir. Era un hombre muy paciente. Cuando me equivocaba en algún ejercicio, me decía que no borrara lo que había hecho, porque también se aprendía mirando los errores. Una vez vio uno de mis primeros kanji para «pez» y me comentó: «Parece un pez muerto, pero es tuyo». Yo siempre lo veía allí, dando clases tanto a quienes acabábamos de llegar como a los que habían nacido en el país y necesitaban aprender o mejorar el idioma de sus padres. Siempre mantenía la misma calma, aunque el salón a veces fuera un pequeño caos de lenguas mezcladas, palabras mal pronunciadas y otras dichas correctamente. Con el tiempo entendí que, antes de enseñarme un idioma, Fujita sensei me había enseñado a observar. Me decía que un escritor no debía apresurarse a explicar ni a juzgar, sino aprender a mirar con atención y confiar en la inteligencia del lector. También me enseñó que no todo tenía que decirse: a veces el silencio forma parte de la historia. Creo que muchas de esas lecciones todavía me acompañan cuando escribo.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Komorebi (木漏れ日), en japonés. No significa literalmente «esperanza», sino la luz del sol que se filtra entre las hojas de los árboles. Me gusta porque transmite la idea de que, incluso cuando estamos rodeados de sombras, siempre puede aparecer un poco de luz.

¿Y la más peligrosa? Yurusarenai (許されない), «lo imperdonable», «lo que no se tolera». Siempre he pensado que es una palabra peligrosa porque puede cerrar la puerta al entendimiento. Cuando una persona o una sociedad decide que algo o alguien es absolutamente imperdonable, puede dejar de preguntarse por qué ocurrió. Y para mí esa pregunta es fundamental. Ninguna acción ocurre completamente en el vacío: hay motivos, circunstancias, experiencias y dinámicas detrás de lo que hacemos. Comprenderlas no significa justificar lo que alguien hizo, pero sí permite saber cómo ocurrió y, sobre todo, qué habría que cambiar para evitar que vuelva a ocurrir. Cuando dejamos de intentar comprender y nos quedamos únicamente con la condena, corremos además el riesgo de deshumanizar al otro. El castigo puede convertirse en venganza y la búsqueda de una solución termina reducida a señalar un culpable. Por eso me parece peligrosa: porque una sola palabra puede hacernos dejar de preguntar.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? No. Tal vez sí he querido agarrar a alguien, decirle unas cuantas cosas o gritarle, pero jamás matarlo. La vida humana, para mí, es un límite absoluto.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? No suelo seguir banderas ni tendencias políticas. Prefiero analizar las ideas de manera independiente y quedarme con aquello que tenga más sentido o lógica en cada caso. Lo que sí valoro es que lo que se prometa se cumpla. Si algo es difícil o sencillamente no se puede hacer, prefiero que se diga con claridad. Me resulta mucho más honesto eso que lanzar una promesa imposible solo para agradar, ser condescendiente y conseguir que todos te quieran. Prefiero una respuesta incómoda pero sincera antes que una promesa bonita que nunca se va a cumplir.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Agricultor o jardinero. Me gustaría cultivar frutas y verduras, criar aves de corral y, para ser franco, tener mi propia granja.

¿Cuáles son sus vicios principales? Las bebidas carbonatadas. Me gusta mucho esa sensación de dulzor y frescura que producen en el paladar y la garganta.

¿Y sus virtudes? No suelo pensar demasiado en mis virtudes. Me imagino que una de ellas es ser solidario. A veces hago cosas sin preocuparme demasiado de dónde saldrá el dinero y termino pagándolas de mi propio patrimonio, o simplemente no cobro por determinados servicios. Más de una vez algunos colegas me han dicho que no me involucre tanto, que voy a terminar pobre o sin nada en los bolsillos. Tienen algo de razón, supongo, pero hasta ahora no he aprendido a actuar de otra manera.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? Más que una película acelerada de toda mi vida, creo que aparecerían flashes de puros contrastes. Recordaría las enormes y ruidosas metrópolis donde viví en el pasado y, casi de inmediato, la paz, el silencio y la luz dorada de una tarde en el campo de Ica. Junto a esas imágenes aparecerían los rostros de las personas a las que alguna vez pude tender la mano cuando más lo necesitaban.

T. M.