martes, 30 de agosto de 2016

Entrevista capotiana a Pedro Ángel Palou

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Pedro Ángel Palou.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Mi biblioteca. Ahí están todos los libros que podrían seguir acompañándome en los años encerrado. Claro que tendría
¿Prefiere los animales a la gente? 
La gente, los animales no tienen conversación y para mí la palabra es esencial. He tenido toda suerte de animales y con el que más me he encariñado es con un loro, por la misma razón.
¿Es usted cruel?
Solo cuando escribo. Solo si el relato lo exige. La crueldad me interesa menos que la compasión. Y eso porque la crueldad nace siempre de un sentimiento de superioridad y la compasión requiere una empatía particular, y sobre todo exige que la persona acepte toda forma de diferencia como uno de los grandes regalos de la humanidad.
¿Tiene muchos amigos?
No. Creo que la amistad es un bien escaso porque exige muchas afinidades electivas. No puedo ser amigo de quien no posee al menos algunos de mis vicios o de mis fobias, de mis afectos y mis apegos. Por ejemplo políticos, pero puedo ser amigo de quien piensa distinto. No tolero, eso sí, la estupidez del que cree saberlo todo, la del cretino.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Simpatía, alegría por vivir,  y la capacidad de entregarse a la amistad de la misma forma que yo lo hago, sin tapujos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Creo que no, porque la vida me ha dado grandes amigos y la experiencia me ha hecho cauto al escogerlos.
¿Es usted una persona sincera? 
Sí, creo en la honestidad personal (el territorio de la mentira es el de la ficción, el de mis libros), no tolero a la gente que dice una cosa y hace exactamente lo contrario.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leyendo, cocinando, compartiendo la mesa en torno a una suculenta conversación.
¿Qué le da más miedo?
La enfermedad. No la muerte, esa llegará. Particularmente la enfermedad cerebral.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
No me escandalizo nunca. La labor del escritor consiste en comprender los abismos más escarpados y necesita comprender. El que se escandaliza se cierra y no puede empatizar.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
No estará vivo. No tengo opción al respecto. Es una forma de sobrevivencia, de respiración. No puedo pensar mi vida en otra forma. Escribir exige tal desarrollo de una serie de características vitales que cuando llevas haciéndolo tanto tiempo es imposible que puedas concebirte de otra forma. Me hubiese gustado, en todo caso, ser un gran viajero, pero he escogido como Villaurrutia, viajar dentro de mi alcoba.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Hice yoga mucho tiempo, ahora volveré a la práctica porque siento que mi cuerpo y mi mente llevan un año y medio viviendo en universos totalmente distintos, como si no se conocieran.
¿Sabe cocinar?
Soy chef, tuve un restaurante, peor ahora lo hago solo por placer. Cocinar me permite crear algo que es tangible con rapidez y cuyo resultado es la felicidad de quienes me rodean. Cocinar es una de las grandes felicidades de mi vida
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Kafka, hasta para el Reader´s sería absurdo.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Duda.
¿Y la más peligrosa?
Fe.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Nunca, he matado a demasiados personajes como para seguir en libertad condicional.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Izquierda. Muy a la izquierda de la izquierda.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Músico.
¿Cuáles son sus vicios principales?
No tengo lo que se pueden llamar vicios, como no sea la lectura compulsiva, una ginebra cada que se puede. Mi peor vicio es la disciplina.
¿Y sus virtudes?
La memoria. Como nací con ella no tiene ninguna gracia. La generosidad, esa sí se cultiva. La compasión, esa, en todo caso, la aprendes si vives con gente compasiva, como Indira, mi esposa.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Preferiría no tener imágenes, creo que sería muy angustiante. En todo caso recordaría una tarde de diciembre de 1978 en la que mi abuelo se estaba muriendo. Estaría cerca de ese momento por vez primera nadando hacia nuestro reencuentro. El problema es que no creo en ninguna forma de la trascendencia después de la vida. Entonces sería solo un sueño y, al igual que él, me volvería polvo, ceniza, nada.

T. M.