lunes, 5 de enero de 2026

Mario Vargas Llosa: un obrero literario


Incombustible e infatigable, prolífico y polifacético. Así era el carácter literario de Mario Vargas Llosa, todo un «obrero literario», como lo llamó Carlos Barral en sus memorias; lo hizo al recordar un verano en que el autor peruano, en la casa de Calafell del editor, trabajaba «ocho horas diarias en la redacción de “La casa verde”», novela que aparecería en 1966 y obtendría el premio de la Crítica. Autor de una obra ingente, en número y géneros literarios –aparte de narrativa, firmó nueve obras teatrales, por ejemplo–, Vargas Llosa se abrió a la celebridad artística gracias al premio Biblioteca Breve, comandado por Barral, recibido por «La ciudad y los perros» (1962), también premio de la Crítica. Un inicio despampanante porque, además de estar asociado a importantes galardones, fue acompañado por el llamado «boom» hispanoamericano.

Vargas Llosa fue el primer autor que descolló desde la América hispana en España, el que abrió la senda para que el mundo editorial acogiera a autores mayores que él, como Julio Cortázar o Gabriel García Márquez. Barcelona era por entonces, para los literatos, lo que había sido París para los poetas de finales del siglo XIX e inicios del XX, y Vargas Llosa aprovechó esa relación de forma primorosa. Disciplina, tesón, curiosidad infinita, tales fueron las cualidades con las que aquel veinteañero llegó a la capital francesa desde Lima, en 1959, se puso a leer toda una noche «Madame Bovary» y se entregó a emular a Gustave Flaubert en su dedicación imparable. En ese año había publicado el libro de cuentos «Los jefes» y le esperaba una década gloriosa, con las obras mencionadas más el relato largo «Los cachorros» (1967) y «Conversación en La Catedral» (1969).

Si Vargas Llosa hubiera permanecido en Perú, tal vez se hubiera limitado a ser un autor de corte costumbrista, local, como se desprende de sus primeras obras. Pero Europa, los narradores estadounidenses, representantes de una estética más personal, en especial William Faulkner, cambian su perspectiva literaria. Se adentra en narraciones donde lo realista convive con lo simbólico –«La casa verde»–, en historias de fuerte trasfondo autobiográfico, como «La tía Julia y el escribidor» –se casó con dieciocho años con su tía política– y penetra en otros espacios geográficos, desde la «La guerra del fin del mundo» (1981), sobre el Brasil de finales del siglo XIX, hasta «La fiesta del chivo» (2000), que transcurre en la República Dominicana durante la dictadura de Trujillo.

Seguramente, el propio escritor fuese muy consciente de cómo su trayectoria constituyó una gran influencia para varias generaciones de narradores –en España, quizá el más dadivoso con Vargas Llosa fue Antonio Muñoz Molina, asombrado por ver cómo a edad tan temprana pudo escribir obras señeras– y un ejemplo para aquel que empezase a escribir. De ahí surgiría su libro «Cartas a un joven novelista» (1997). No en vano, Vargas Llosa reflexionó mucho en torno a la ficción literaria a partir de sus propios desafíos, tan diversos: de corte político, como en «Lituma en los Andes» (1993), acerca de Sendero Luminoso; de tono erótico, caso de «Los cuadernos de Rigoberto» (1998); con toques humorísticos, como «Pantaleón y las visitadoras» (1973); o en clave amorosa, como «Travesuras de la niña mala» (2006); más aquellas en que se adentró en acontecimientos históricos, como «El sueño del celta», sobre el irlandés Roger Casement, denunciador de los genocidios del Congo y el Amazonas, en el mismo año en que recibió el premio Nobel, 2010, o «La fiesta del chivo» (2000), en que se integró en la tradición hispanoamericana de la ficción narrativa articulada alrededor de la figura del dictador.

Publicado en La Razón, 3-I-2026