En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Jesús Herrero.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder
salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Colera, un pueblo de Girona, en la Costa
Brava, donde no se acaban nunca el mar, los amigos ni el cava. Si no pudiéramos
salir jamás de allí, tendría que buscar una casa con vistas al mar, muros
gruesos de piedra y una gran chimenea para aguantar la tramontana, que no es
poca cosa.
¿Prefiere los animales a la gente? A la gente, sin duda; somos como
animales, aunque con defectos lamentables que inspiran historias eternas. He convivido
con una perra labradora preciosa hasta hace unos meses y ha sido la mejor
persona que he conocido. Nos dejó tras quince años de entrega fiel. La he
querido mucho y la acompañé hasta el final. Hay algo en esa sumisión del perro
fiel que enternece, aunque, como escritor, me interesan mucho más los retos que
me plantea la fauna ibérica de dos patas que me encuentro por las calles de
Madrid.
¿Es usted cruel? No pretendo, aunque ser cruel es un defecto
relativo porque la crueldad tiene mucho que ver con lo que siente el que recibe
tus palabras o sufre tus actos y esto es variable. Intento ser empático,
entender al otro. Lo intento de verdad, pero estoy seguro de que no siempre lo
consigo por lo que no descarto que, alguna vez, alguien me haya podido ver como
un alguien cruel. Difícil valorar. ¿Matar una mosca, dar un zapatillazo a una
araña o tener un canario en un jaula es ser cruel?
¿Tiene muchos amigos? Sí. O al menos eso creo. Siempre lo
intento. Si echo la vista atrás, mantengo muchos amigos. Hallazgos increíbles
de diferentes momentos de mi vida. Me siento, en general, querido y lo
agradezco. Incluso de las etapas más convulsas por las que he hecho funambulismo,
atesoro amigos. Tengo muchos menos enemigos. Sin embargo, he aprendido el doble
luchando contra ellos. Forjan más los silencios de los que te retiran la
palabra, o las discusiones enconadas con otros semejantes, que la complacencia
de la amistad. La agitación de la enemistad define mejor el carácter.
¿Qué cualidades busca en sus amigos? Que quieran serlo. Además de
eso, como extras posibles, deseo que no juzguen, que compartan, que sonrían y
que perdonen.
¿Suelen decepcionarle sus amigos? No. Si alguien te decepciona es
porque no te ha dado lo que querías. Es un sentimiento un tanto egoísta. Hay
que conformarse con lo que se recibe, si haces un buen inventario, te darás
cuenta de que si lo que recibes es sincero, ya es mucho, por poco que sea.
¿Es usted una persona sincera? Sí. Es importante responder sin
dudas, porque, de esta manera, el lector tendrá dificultades para conocer la
verdad. Nadie es sincero. Esa es la verdad. Y el que diga lo contrario, miente.
El matiz es cuánto, a quien y las consecuencias de la insinceridad. No miento a
quien amo y, sin embargo, me miento a mí mismo muchas veces. Lo peor es que los
humanos modernos somos mentirosos inconscientes, porque solo le decimos la
verdad a Google que es el único que atesora nuestras miedos inconfesables. No
hay nada que cause más tensión en mi espinazo que cuando alguien me dice «te
voy a ser sincero», porque me hace pensar que hasta ese momento nuestra
conversación flotaba en las aguas turbias de la mentira. «Te seré sincero», es
la mayor prueba de la insinceridad humana.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Escribo mucho. Y leo. De
momento, son aficiones que me distraen del trabajo que tengo que hacer durante
el tiempo en el que no escribo. Porque soy de esos escritores que tiene otro
trabajo para poder escribir. Aunque me encantaría poder cambiar esto y que
escribir fuera mi trabajo habitual. Si eso fuera así, tendría más tiempo para
esquiar o ir al retiro andando los domingos por la mañana con mi mujer. También
correr, viajar en moto o disfrutar de una buena sobremesa.
¿Qué le da más miedo? La enfermedad y el dolor propios. Después
de eso, la estupidez ajena. Digo la ajena, porque la propia no podré medirla
nunca.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le
escandalice? El
Congreso de los Diputados. Fui un día a una visita guiada al Hemiciclo y el
guía puso un empeño sañudo en convencernos de que el cuerpo de taquígrafos era
imprescindible. No entiendo cómo ningún diputado no se ha dado cuenta todavía de
que, a pesar de vivir en el mundo de Pegasus, las escuchas de Villarejo y los
audios de Koldo, siguen registrando sus conversaciones legales otras personas
que aporrean una máquina del siglo pasado que produce un texto que les tienen
que traducir para entenderlo. Pero así están las cosas, de altura. Hablando de
asuntos más serios, me escandaliza la violencia de personas contra personas,
especialmente la violencia contra niños.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida
creativa, ¿qué habría hecho? No concibo la vida sin crear. Si tuviera
que hacer algo más técnico que creativo, creo que habría disfrutado mucho de la
arquitectura, me parece una profesión en el punto medio entre la creatividad brutal
y la técnica precisa.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico? Sí. Corro, voy al gimnasio, hago
pilates y saco adelante a dos cachorras inteligentes, guapas, desafiantes y post
universitarias que se llaman Gracia y Patricia y que, con sus retos continuos,
me entrenan para ser padre de alto rendimiento.
¿Sabe cocinar? Cocino a diario. Me gusta, me relaja y lo
disfruto. Me encantaría tener una gran cocina para reunir a mis amigos los
fines de semana y que el orden lo marcara el aperitivo, el principal y el
postre. A cambio, pediría conversación interesante. Pero luego pienso en el
fregadero y prefiero un proyecto menos ambicioso.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un
personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Elegiría a Aleksander Orlov, agente de la
NKVD enviado por Stalin a España durante la Guerra Civil. Y ya que podemos
trasgredir el imperio del tiempo, me gustaría acompañarlo a su viaje del Madrid
a Cartagena cuando supervisaba la operación de carga y transporte del oro del
Banco de España hacia la URSS. En la preparación del artículo le preguntaría
sobre cómo es la vida de un agente internacional de la NKVD o si tiene miedo a
Stalin. También querría hablar de si había venido a España con la idea de matar
a Andreu Nin del POUM o esa misión surgió sobre la marcha. De no ser esto
posible, me gustaría poder charlar con Juana I de Castilla en Gante y
preguntarle por su viaje desde Valladolid a Flandes para casarse. Aprovecharía
para avisarle de que, una vez nacido Carlos I, ya lo tenía todo hecho allí y
que debería abandonar a su marido, que no le va a ir bien si se empeñaba en
seguir al lado de ese presuntuoso.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Paz. Se suele reivindicar en tiempos de guerra. No hay nada más esperanzador que terminar una guerra donde todo lo conocido ha estado en peligro.
¿Y la más peligrosa? Seguridad. Por una seguridad mal entendida
se limitan movimientos, libertades y se condiciona a personas. Se imponen
comportamientos por «nuestra seguridad». En realidad, no se hace más que por el
miedo del que la impone.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Ya sabía yo que no tenía que
haber aceptado esta entrevista. Si tuviera abogado me aconsejaría contestar que
no.
¿Cuáles son sus tendencias políticas? Si contestara a esta pregunta,
tal y como están las cosas en mi comunidad de vecinos, una mitad de ellos no se
acercaría a mis libros y anhelo ser leído. Disculpen, estoy empezando, quiero
gustar. Así que no contestaré hasta ver cómo va la siguiente novela. Parece que
la política se ha convertido en confrontar dos grandes bloques y en mantener a
toda costa dos verdades. No hay margen de maniobra ni posibilidad de trasvase.
Reivindico el derecho a la evolución política y a la posibilidad de contradecir
a los tuyos. No mantengo el mismo pensamiento político que defendía en el ardor
de la juventud y, ahora, en la decadencia de la madurez, sobrellevo otro con
tribulación y dudas. Por otra parte, parece que hay que comprar el paquete
entero de uno u otro lado. Me resisto a al pensamiento de supermercado en color
rojo o azul. Dogmas en cajas de cien y la segunda unidad al 50% de descuento.
Reivindico el derecho a ser ateo y escuchar la COPE; ser republicano y pensar
que el mejor candidato a presidente de la República sería nuestro actual rey; o
ir un día al año a los toros y atiborrarte a tofu a la salida. En cualquier
caso, me gustaba más cuando los políticos eran de raza o de oficio, cualquiera
de las dos cosas me valdría. En los de hoy, no las encuentro y me produce un
bostezo largo. No sé en qué momento nuestra sociedad ha olvidado que es
conveniente que los que están al mando sepan lo que hacen, que sean personas
con competencias técnicas para dirigir y mejor preparadas que la media para
gobernar un país. A mi entender, eso no está pasando.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? El Pescadilla acompañando a Lola
Flores a las fiestas de Ava Gardner en su casa del viso. Siempre me ha habría
gustado ser el que toca la guitarra en un sarao.
¿Cuáles son sus vicios principales? El vino de Ribera del Duero y mi
mujer Gracia. O, mejor, tomar un vino con mi mujer. No sé, me he hecho un lío.
¿Y sus virtudes? El rabo de toro. Me refiero al guiso.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del
esquema clásico, le pasarían por la cabeza? ¿Qué es un esquema clásico? Me vería a mí,
sentado en el salón de mi casa respondiendo a esta pregunta, entrando en el
bucle del espacio y el tiempo en el que se me auguraba una muerte en el agua
mientras respondía a Truman Capote. Me gustan la entrevistas, no soy como la
Rosalía, a mí me gusta la fama. Esta me ha encantado. Gracias.
T. M.
