En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Rosa Ramírez.
Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál
elegiría? Viviría en mi cuerpo. Paso demasiado tiempo en otros lados.
¿Prefiere los
animales a la gente? A los nueve años, me metí a las clases de
catecismo. La verdad es que solo quise hacerlo para pasar más tiempo con mis
primas. Mi mamá nunca me bautizó. Su madre es católica, su padre era musulmán y
luego fue ateo. La idea de mi mamá era que en algún momento yo formaría mi
propia opinión. Así empezó mi experimentación con el catolicismo. Fui a misa,
aprendí lo que uno tiene que aprender, los rezos, las canciones, la
coreografía. Y cada sábado: con las monjas. Pero me costaba conectar. En una de
esas, la monja dijo que los animales no tienen alma. De todas las cosas que
habíamos platicado hasta el momento, esta me parecía la menos creíble. Desde
muy chiquita, entendí que le debemos nuestras vidas a los animales y a las
plantas que nos rodean, que no somos superiores. En mi casa, y en muchas
comunidades, se entiende que los animales, las plantas, las montañas, los ríos,
son nuestros parientes. Después de un poco de discusión la monja me planteó un
argumento: se inunda la ciudad, tienes una balsa, y puedes salvar a una
persona, pero tienes que tirar a tus animales de la balsa, ¿qué harías? A
su modo de verlo, solo había una respuesta correcta. Su argumento no tenía
sentido. ¿Por qué no podría salvar a todos? La monja no supo decirme. Basta con
decir que no le gustó mi respuesta.
¿Es usted cruel? Creo que hay
espacio en esta vida para ser un poco cruel. No diría que soy cruel, pero diría
que he sido cruel, y que son dos cosas distintas. Incluso se me ocurren
momentos en los que debí haber sido cruel y no lo fui.
¿Tiene muchos
amigos? Elijo mis amistades con mucho cuidado. Me parece que estas conexiones
son las que nos mantienen vivas, tal vez aún más que nuestras relaciones
amorosas. Creo que tengo más amigas de lo que es común, y esa es una de mis
victorias más grandes.
¿Qué cualidades
busca en sus amigos? Más que nada, un buen sentido del humor.
¿Suelen
decepcionarle sus amigos? Solo una amiga me ha decepcionado, y aún la
extraño mucho. No quiso decepcionarme, ni yo a ella. Nuestra amistad fue, más
bien, una víctima de las circunstancias y el ambiente en que estábamos.
¿Es usted una
persona sincera? Hay muchas situaciones donde la sinceridad no es
presencial. Muchos creen que la sinceridad es una de las virtudes más
importantes. La sinceridad no tiene valor si no la acompañamos con compasión,
con solidaridad, con humanidad.
¿Cómo prefiere
ocupar su tiempo libre? Empecé a pintar a los siete años. Mi abuelo
materno fue pintor y escultor. Siempre me animó, aplaudió mi espíritu creativo.
Íbamos a museos, a galerías. Me preguntaba sobre mi interpretación de las obras
que veíamos. Me hacía sentir muy importante. A la vez, cuando terminaba de
pintar un cuadro, mi abuelo agarraba un pincel y corregía mis errores. No
entiendo bien cómo es posible que un cuadro abstracto pueda tener errores, pero
él los veía y los corregía. Quizás algo no encajaba, o había una línea que
podría estar más derecha. Mi abuelo amaba pintar, le dedicaba mucho tiempo y se
lo tomaba muy en serio. Intentamos vender algunas de sus obras, pero vendían
poco. Aun así, no me dejaba llevarlas a casa. Tampoco quería que las regaláramos.
Todas vivían en un garaje en su casa. Cuando falleció, mi mamá, mi abuela y yo
nos quedamos con la tarea de esculcar todo lo que dejó atrás. La mayoría de sus
obras son abstractas y tienen colores vibrantes. Mi parte favorita es encontrar
una, darle la vuelta, y leer el título: Burbujas, Frutas en la cocina,
Guerra en el Medio Oriente. Mi mamá y yo nos convertimos en curadoras, nos
peleamos por sus cuadros, armamos nuestras propias colecciones. Desde que
falleció mi abuelo, empecé a pintar más. Ahora, pinto para honrarlo. Lo extraño
mucho, y extraño su sensibilidad. Al mismo tiempo, me alegro de que ya no pueda
corregir mis cuadros.
¿Qué le da más
miedo? Lastimar a un ser querido.
¿Qué le
escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Que a la gente no
le gusta ponerle piña a la pizza.
Si no hubiera
decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? A menudo sueño
con otra vida en la que estudié astrofísica. Llegué a los Estados Unidos a los
trece años. Entrando a la escuela, me informaron que había un examen que me
colocaría en el “nivel adecuado” de matemáticas. Resultó que la mitad del
examen era sacar cuentas con monedas gringas. Terminé en una clase de
matemática equivalente al quinto grado de primaria. Me pesó porque me gustaban
las matemáticas y me interesaba mucho la astronomía. Aprendí las monedas y pasé
la mitad del año pidiendo que me dejaran retomar el examen. Estudiantes como
tú no suelen subir de nivel, me dijo la maestra. Cuando me dejaron
retomarlo, me subieron al nivel adecuado. Pero mi relación con las matemáticas
nunca fue igual. Adopté la idea de que no era buena con las cuentas y también
dejé mi interés por la ciencia. Aún sueño con poder entender la física y la
matemática que le corresponde. El año pasado, descargué una app con juegos de
matemáticas para ver si podía rescatarlo. La dejé cuando me pidió que
multiplicara fracciones.
¿Practica algún
tipo de ejercicio físico? La mayoría de la gente se enfoca más en el tamaño
de un cuerpo que en la salud de una persona. La gordofobia es más prevalente y
contagiosa que nunca. Ya no son los días de thinspo de tumblr. No es la
misma época en la que los influencers nos decían que el cuerpo ideal tenía
piernas tan delgadas que se formaba un thigh gap. Ahora se habla de
dietas antiinflamatorias, de ayuno intermitente, de contar macronutrientes. En
las tiendas, en los cafés, en los restaurantes– proteína. Café de proteína,
yogur de proteína, jugo de proteína, avena instantánea de proteína, papitas de
proteína, pancakes de proteína, gomitas de proteína, cereal de proteína, agua
de proteína. Agua. De. Proteína. La meta de este nuevo lenguaje no es promover
la salud, es impulsar, y comercializar, la delgadez.
¿Sabe cocinar? Cocinar es
medicinal, eso lo aprendí de mis abuelas. La comida se debe preparar con buenas
intenciones, puede tener una carga espiritual. La comida se usa para conservar
nuestra memoria colectiva. Mi abuela tiene todas sus recetas grabadas. Cada vez que logro preparar una de sus
recetas sin fijarme en mis apuntes, siento que estoy manteniendo algo vivo. La
comida nos cura. Lo confirmé la última vez que me enfermé. Pedí comida del
restaurante Vietamita a la vuelta de mi casa tres días seguidos. El doctor había
dicho: no hay nada que se pueda usar para pelear contra una bronquitis viral.
Parece que el doctor no conoce el phở.
Si el Reader’s
Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje
inolvidable», ¿a quién elegiría? Georgina Herrera, poeta cubana y mujer
revolucionaria. Haber tenido una amistad con Georgina fue una dicha y una
bendición. Nos conocimos cuando yo tenía veinte años, y ella tenía ochenta y
dos. Siempre pensé que su poesía debió haber sido premiada, pero ella no
escribía para ser premiada ni reconocida. Era un impulso de contar, el de
Georgina. En una de nuestras visitas, le pregunté si podía hacerle una
entrevista. Aprendí muchísimo más sobre ella ese día. Hablamos sobre la
escritura, sobre su amor a los pájaros, sobre la revolución, sobre su pacto de
escribir por inspiración y no por dinero. Esa entrevista es algo que atesoro
muchísimo. Pienso que todo el mundo debería conocer y leer a Georgina Herrera.
¿Cuál es, en
cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Cambio.
¿Y la más
peligrosa? Merecer.
¿Alguna vez ha
querido matar a alguien? Claro. Si alguien dice que no, mienten.
¿Cuáles son sus
tendencias políticas? Cuestionar. Cuestionar a quienes estén en roles
de liderazgo, a las instituciones, a los sistemas judiciales. Y cuestionar
muchísimo a la gente patriótica, de cualquier país.
Si pudiera ser
otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Una ballena azul. Las ballenas siempre me
han atraído, más que cualquier otro animal. Supongo que es porque la gente
venera su tamaño. Entre más grande, más impresionante. Siento que son amables,
que si pudiera conocer una ballena, nos entenderíamos y no me haría daño.
Aunque sé que probablemente me comería por accidente.
¿Cuáles son sus
vicios principales? Los cigarros, el maquillaje y los reality shows.
¿Y sus virtudes? Regalo cigarros,
maquillo muy bien y soy una experta en los reality shows.
Imagine que se
está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la
cabeza? La sonrisa de mi esposa. El árbol de mango de la casa de mi Mamá
Hilda. El amanecer en Mazatlán. El cielo rozando contra las olas. El atardecer
en Arizona. Los saguaros frente a un fondo terracota, ámbar, sandía, cerúleo.
Mi mamá sirviendo manitas de puerco sobre una cama de arroz blanco. Mi perrita
dormida a mi lado. Mi amiga Paloma frente a Times Square. Una jarra de barro
con agua bien helada. La huella que dejó
mi gata cuando pisó mi lienzo. Mis amigas en la pista de baile el día de mi
boda. Los frijoles de olla a la leña que hace mi abuela. Y luego, a mis
muertos, recibiéndome con los brazos abiertos.
T. M.
