miércoles, 4 de marzo de 2026

Entrevista capotiana a Rosa Ramírez

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Rosa Ramírez.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría? Viviría en mi cuerpo. Paso demasiado tiempo en otros lados.

¿Prefiere los animales a la gente? A los nueve años, me metí a las clases de catecismo. La verdad es que solo quise hacerlo para pasar más tiempo con mis primas. Mi mamá nunca me bautizó. Su madre es católica, su padre era musulmán y luego fue ateo. La idea de mi mamá era que en algún momento yo formaría mi propia opinión. Así empezó mi experimentación con el catolicismo. Fui a misa, aprendí lo que uno tiene que aprender, los rezos, las canciones, la coreografía. Y cada sábado: con las monjas. Pero me costaba conectar. En una de esas, la monja dijo que los animales no tienen alma. De todas las cosas que habíamos platicado hasta el momento, esta me parecía la menos creíble. Desde muy chiquita, entendí que le debemos nuestras vidas a los animales y a las plantas que nos rodean, que no somos superiores. En mi casa, y en muchas comunidades, se entiende que los animales, las plantas, las montañas, los ríos, son nuestros parientes. Después de un poco de discusión la monja me planteó un argumento: se inunda la ciudad, tienes una balsa, y puedes salvar a una persona, pero tienes que tirar a tus animales de la balsa, ¿qué harías? A su modo de verlo, solo había una respuesta correcta. Su argumento no tenía sentido. ¿Por qué no podría salvar a todos? La monja no supo decirme. Basta con decir que no le gustó mi respuesta.

¿Es usted cruel? Creo que hay espacio en esta vida para ser un poco cruel. No diría que soy cruel, pero diría que he sido cruel, y que son dos cosas distintas. Incluso se me ocurren momentos en los que debí haber sido cruel y no lo fui.

¿Tiene muchos amigos? Elijo mis amistades con mucho cuidado. Me parece que estas conexiones son las que nos mantienen vivas, tal vez aún más que nuestras relaciones amorosas. Creo que tengo más amigas de lo que es común, y esa es una de mis victorias más grandes.

¿Qué cualidades busca en sus amigos? Más que nada, un buen sentido del humor.

¿Suelen decepcionarle sus amigos? Solo una amiga me ha decepcionado, y aún la extraño mucho. No quiso decepcionarme, ni yo a ella. Nuestra amistad fue, más bien, una víctima de las circunstancias y el ambiente en que estábamos.

¿Es usted una persona sincera? Hay muchas situaciones donde la sinceridad no es presencial. Muchos creen que la sinceridad es una de las virtudes más importantes. La sinceridad no tiene valor si no la acompañamos con compasión, con solidaridad, con humanidad. 

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre? Empecé a pintar a los siete años. Mi abuelo materno fue pintor y escultor. Siempre me animó, aplaudió mi espíritu creativo. Íbamos a museos, a galerías. Me preguntaba sobre mi interpretación de las obras que veíamos. Me hacía sentir muy importante. A la vez, cuando terminaba de pintar un cuadro, mi abuelo agarraba un pincel y corregía mis errores. No entiendo bien cómo es posible que un cuadro abstracto pueda tener errores, pero él los veía y los corregía. Quizás algo no encajaba, o había una línea que podría estar más derecha. Mi abuelo amaba pintar, le dedicaba mucho tiempo y se lo tomaba muy en serio. Intentamos vender algunas de sus obras, pero vendían poco. Aun así, no me dejaba llevarlas a casa. Tampoco quería que las regaláramos. Todas vivían en un garaje en su casa. Cuando falleció, mi mamá, mi abuela y yo nos quedamos con la tarea de esculcar todo lo que dejó atrás. La mayoría de sus obras son abstractas y tienen colores vibrantes. Mi parte favorita es encontrar una, darle la vuelta, y leer el título: Burbujas, Frutas en la cocina, Guerra en el Medio Oriente. Mi mamá y yo nos convertimos en curadoras, nos peleamos por sus cuadros, armamos nuestras propias colecciones. Desde que falleció mi abuelo, empecé a pintar más. Ahora, pinto para honrarlo. Lo extraño mucho, y extraño su sensibilidad. Al mismo tiempo, me alegro de que ya no pueda corregir mis cuadros.

¿Qué le da más miedo? Lastimar a un ser querido.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice? Que a la gente no le gusta ponerle piña a la pizza.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho? A menudo sueño con otra vida en la que estudié astrofísica. Llegué a los Estados Unidos a los trece años. Entrando a la escuela, me informaron que había un examen que me colocaría en el “nivel adecuado” de matemáticas. Resultó que la mitad del examen era sacar cuentas con monedas gringas. Terminé en una clase de matemática equivalente al quinto grado de primaria. Me pesó porque me gustaban las matemáticas y me interesaba mucho la astronomía. Aprendí las monedas y pasé la mitad del año pidiendo que me dejaran retomar el examen. Estudiantes como tú no suelen subir de nivel, me dijo la maestra. Cuando me dejaron retomarlo, me subieron al nivel adecuado. Pero mi relación con las matemáticas nunca fue igual. Adopté la idea de que no era buena con las cuentas y también dejé mi interés por la ciencia. Aún sueño con poder entender la física y la matemática que le corresponde. El año pasado, descargué una app con juegos de matemáticas para ver si podía rescatarlo. La dejé cuando me pidió que multiplicara fracciones.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico? La mayoría de la gente se enfoca más en el tamaño de un cuerpo que en la salud de una persona. La gordofobia es más prevalente y contagiosa que nunca. Ya no son los días de thinspo de tumblr. No es la misma época en la que los influencers nos decían que el cuerpo ideal tenía piernas tan delgadas que se formaba un thigh gap. Ahora se habla de dietas antiinflamatorias, de ayuno intermitente, de contar macronutrientes. En las tiendas, en los cafés, en los restaurantes– proteína. Café de proteína, yogur de proteína, jugo de proteína, avena instantánea de proteína, papitas de proteína, pancakes de proteína, gomitas de proteína, cereal de proteína, agua de proteína. Agua. De. Proteína. La meta de este nuevo lenguaje no es promover la salud, es impulsar, y comercializar, la delgadez.

¿Sabe cocinar? Cocinar es medicinal, eso lo aprendí de mis abuelas. La comida se debe preparar con buenas intenciones, puede tener una carga espiritual. La comida se usa para conservar nuestra memoria colectiva. Mi abuela tiene todas sus recetas grabadas.  Cada vez que logro preparar una de sus recetas sin fijarme en mis apuntes, siento que estoy manteniendo algo vivo. La comida nos cura. Lo confirmé la última vez que me enfermé. Pedí comida del restaurante Vietamita a la vuelta de mi casa tres días seguidos. El doctor había dicho: no hay nada que se pueda usar para pelear contra una bronquitis viral. Parece que el doctor no conoce el phở.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría? Georgina Herrera, poeta cubana y mujer revolucionaria. Haber tenido una amistad con Georgina fue una dicha y una bendición. Nos conocimos cuando yo tenía veinte años, y ella tenía ochenta y dos. Siempre pensé que su poesía debió haber sido premiada, pero ella no escribía para ser premiada ni reconocida. Era un impulso de contar, el de Georgina. En una de nuestras visitas, le pregunté si podía hacerle una entrevista. Aprendí muchísimo más sobre ella ese día. Hablamos sobre la escritura, sobre su amor a los pájaros, sobre la revolución, sobre su pacto de escribir por inspiración y no por dinero. Esa entrevista es algo que atesoro muchísimo. Pienso que todo el mundo debería conocer y leer a Georgina Herrera.

¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza? Cambio.

¿Y la más peligrosa? Merecer.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien? Claro. Si alguien dice que no, mienten.

¿Cuáles son sus tendencias políticas? Cuestionar. Cuestionar a quienes estén en roles de liderazgo, a las instituciones, a los sistemas judiciales. Y cuestionar muchísimo a la gente patriótica, de cualquier país.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser? Una ballena azul. Las ballenas siempre me han atraído, más que cualquier otro animal. Supongo que es porque la gente venera su tamaño. Entre más grande, más impresionante. Siento que son amables, que si pudiera conocer una ballena, nos entenderíamos y no me haría daño. Aunque sé que probablemente me comería por accidente.

¿Cuáles son sus vicios principales? Los cigarros, el maquillaje y los reality shows.

¿Y sus virtudes? Regalo cigarros, maquillo muy bien y soy una experta en los reality shows.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza? La sonrisa de mi esposa. El árbol de mango de la casa de mi Mamá Hilda. El amanecer en Mazatlán. El cielo rozando contra las olas. El atardecer en Arizona. Los saguaros frente a un fondo terracota, ámbar, sandía, cerúleo. Mi mamá sirviendo manitas de puerco sobre una cama de arroz blanco. Mi perrita dormida a mi lado. Mi amiga Paloma frente a Times Square. Una jarra de barro con agua bien helada.  La huella que dejó mi gata cuando pisó mi lienzo. Mis amigas en la pista de baile el día de mi boda. Los frijoles de olla a la leña que hace mi abuela. Y luego, a mis muertos, recibiéndome con los brazos abiertos.

T. M.