martes, 3 de marzo de 2026

La ferocidad como poética

 

Hay escritores que visitan la oscuridad como quien baja a un sótano para buscar una metáfora; Angélica Liddell (Figueres, 1966), en cambio, sabe que el sótano es la casa entera, que de allí procede la respiración misma de su escritura. Su último libro, Cuentos atados a la pata de un lobo, se inscribe de lleno en esa poética del abismo: traslada al territorio del cuento las violencias, exasperaciones y arrebatos de sus obras teatrales y, a la vez, levanta una prosa que desborda cualquier clasificación genérica. Ya lo advirtió Gema Monlleó en un artículo de prensa: no estamos, estrictamente, ante un libro de relatos de Liddell, sino ante un libro de poesía porque, «escriba lo que escriba, sea cual sea la forma que le dé a su literatura, siempre escribe poesía. Porque en ella la escritura es siempre un poema arrebatado y rabioso desde donde, en paradójica coherencia, aplaca y exalta la violencia a la que nos someten la vida y su duelo»; y entonces, la misma crítica literaria destacaba una frase que, en efecto, podría corresponder a uno de los versos de un poema: «Me ha crecido el cabello lo suficiente para atarlo a tu cuello y estrangularte».

Liddell se incorpora a la tradición literaria que aúna poesía y violencia, y hasta ella misma quedó definida por parte de alguno de sus exégetas como «monstruo escénico y autora de la palabra»; semejante tremendismo y excelencia verbal se materializan de continuo en el ars poetica de esta autora que ganó el Premio Nacional de Literatura Dramática por La casa de la fuerza (2011) y recibió el León de Plata de la Bienal de Venecia en 2013 «por su capacidad de transformar su poesía en un texto que agita el mundo». Y ciertamente, ella está en la línea de los creadores empeñados en atravesarnos con un hacha nuestro corazón helado, por parafrasear la célebre expresión que usó Kafka para definir lo que merece la pena leer.

Se diría que, siguiendo con este vínculo entre agresividad humana latente y su espejo lingüístico, Liddell está en la senda de la Unica Zürn de Primavera sombría, relato frente al cual únicamente caben miradas de inquietud, asombro, delicadeza, como ocurre en nuestra dramaturga. Menchu Gutiérrez, en el prólogo que dedicó a esa novela corta, se preguntaba: «¿Es este libro una confesión?, ¿una declaración?, ¿un desahogo?, ¿un ejercicio?». Y habida cuenta de la imposibilidad de imponer criterios de género en la literatura de esta autora alemana, Gutiérrez definía su prosa como «literatura del escalofrío». Había una protagonista infantil ahí, pero también una violación, más referencias sexuales o sádicas, como la masturbación, una placentera zoofilia y el masoquismo más extremo, puesto que «el dolor y el sufrimiento le causan placer», decía el narrador de Primavera sombría. ¿Y acaso tal cosa no se puede emparentar con la frase de Liddell «el derecho al goce estético incluye el Mal, la perversión, y nadie lo comprende»? 

La ferocidad es estética y argumental, anecdótica y axial a la vez, con la serie de degeneraciones y perversiones que se suceden en estos relatos que no nacen para provocar, sino para ponernos un charco sucio en el suelo en el que mirar nuestro interior. Sin duda, es todo un exceso, pues lo humano no sólo se distingue por la crueldad, la aniquilación y lo demente, pero semejante descenso a los infiernos forma un mirada irreprochable. A veces se trata de una escritura fragmentaria, casi siempre grotesca tanto como lírica, fulminante para los sentidos, y en la que también aparece el personaje escritor que, como no podría ser de otra manera, actúa con la rebeldía del que quiere desafiar los convencionalismos e instituciones serias (véase el relato «Academia»).

Así es desde el primer texto, «Maternar», que no puede empezar de forma más contundente y salvaje, más si cabe cuando hay un crimen y un bebé de por medio. Liddell, de esta manera, se dispone a herir al lector desde el primer renglón, para avisarle de suicidios («Yo soy de la clase de persona que camina por el mundo invitando a su propia destrucción»), mutilaciones o incestos, invitándole a un morbo literario que hubiera complacido al Marqués de Sade por su arsenal de humillaciones y acciones delirantes («No hay nada a medida de lo humano excepto el delirio») que protagonizan unos personajes que, maldita sea, coinciden con las potenciales bajas pasiones de todos los seres humanos.

Publicado en Cuadernos Hispanoamericanos (núm. 904, febrero 2026)