jueves, 13 de octubre de 2011

El escondite de la muerte


No se puede leer sin angustia nada de lo concerniente al sufrimiento de los más vulnerables en manos de los nazis. Y este estudio, traducido por el siempre impecable Antonio-Prometeo Moya, sobre uno de los libros más editados, vendidos y leídos del mundo, el Diario de Ana Frank, no es una excepción. Resulta estremecedor seguir el rastro de una adolescente, sentir su proximidad durante veinticinco meses, encerrada junto a su familia en un ático de Ámsterdam, conocer sus pensamientos y escrituras y saber que, por culpa de una denuncia anónima, acabó siendo descubierta y llevada a dos campos de exterminio.

Hemos oído esta historia mil veces, y Ana Frank ha sido objeto de interés de innumerables libros, además de convertirse en un personaje de teatro y cine. Ha devenido un icono universal y su singular drama simboliza el plural horror de millones de judíos, añadiéndosele a ello lo conmovedor de ser una artista en ciernes, el hecho de que tengamos la posibilidad de leer su intimidad sabiendo el destino letal que le esperaba. Parece que la conozcamos de siempre, y sin embargo, no fue hasta 1995 que se publicó la llamada «edición definitiva» de su celebérrimo Diario, año, como dice Francine Prose, «en que se restauraron determinados pasajes que Otto Frank [su padre] había suprimido de la versión que se publicó en Holanda en 1947 y en Estados Unidos en 1952».

La biógrafa, asentándose en textos como El escritor fantasma, de Philip Roth, que dedicó lúcidas reflexiones sobre Ana –la más llamativa, sin duda, reza: «Es como una vehemente hermana menor de Kafka, la hija que no tuvo»–, defiende la categoría literaria de ésta, se pregunta sobre su figura simbólica y qué le llevó a la escritura de esas páginas que, al inicio, fueron rechazadas por montones de editores, tanto en los Países Bajos como en Norteamérica. Prose explica las vicisitudes del manuscrito, realmente tremendas, pues en su camino se cruzaron «demandas, traiciones, alianzas, acusaciones de plagio, ruptura de contratos y campañas paranoicas sobre conspiraciones sionistas y estalinistas»; asimismo, nos adentra en cómo era la vida en el anexo donde se escondieron los Frank (hoy, Anne Franks Museum), y reseña las adaptaciones más importantes de la obra al teatro y al cine, además de reflexionar sobre lo que significa «explicar el Diario a los estudiantes», pues en muchos países del mundo se trata de una lectura obligatoria en la enseñanza secundaria.

Atendiendo a una nota de la propia Ana, la estudiosa apunta que la niña «imaginó “Het Achterhuis” [“la casa de atrás” o “el anexo”] como una novela en forma de diario», y que escribió a una «velocidad asombrosa», algunos días hasta once páginas diarias. La muchacha tenía una gran conciencia, un gran deseo de hacerse escritora, y se consideraba a sí misma como su mejor juez. «Si de pequeña había sido exigente y enfermiza, conforme fue creciendo se fue volviendo más problemática: de carácter tornadizo, meditabunda, llena de humor, alternaba la sociabilidad con la timidez», apunta Prose. El padre, Otto, la adoraba; para la madre, Edith, fue más difícil bregar con una chica «marimandona y teatral» y que no tenía pelos en la lengua. En ese desparpajo tal vez resida el secreto de su encanto literario: «Al leer el Diario de Ana pasamos a ser sus amigos, los compañeros más inteligentes y comprensivos que nadie pueda encontrar», dice Prose sin contenerse ante un libro que ella misma ha idolatrado desde pequeña.

Huelga decir los padecimientos del pueblo judío en el periodo nazi, pero sí concretaremos los que padeció Holanda: «Fueron exterminadas más de las tres cuartas partes de la población judía del país». En la nación de los girasoles no había escapatoria: «Estaban rodeados por territorios ocupados» y «el terreno carecía de bosques y de zonas poco pobladas donde esconderse». Los Frank intentaron huir a Estados Unidos, nos dice Prose, pero los visados fueron anulados. Luego, llegaría el horror: vivir ocultos –por miedo a acompañar a los cuarenta mil judíos que fueron enviados a Auschwitz en junio de 1942– y sin poder hacer el mínimo ruido, más de dos años. Y al final, la atroz pesadilla: la madre y las hermanas Ana y Margot mueren poco antes de la liberación, en enero y marzo de 1945, estas últimas de fiebre tifoidea. Pero el padre vivirá para contarlo y entregar el legado inmortal –y más tarde ultraexplotado– de su querida hija.

Publicado en La Razón, 13-X-2011