jueves, 6 de junio de 2013

El monarca de la magia (sobre J. R. R. Tolkien)

En 1953, J. R. R. Tolkien pronunció una conferencia en la Universidad de Glasgow sobre el poema “Sir Gawain y el Caballero Verde” (de finales del siglo XIV); en ella, abordaba una aventura acaecida en un escenario artúrico donde el sacrificio y la lealtad alcanzaban cotas máximas. El pretexto para tal cosa era la amenaza del llamado Caballero Verde, que desafiaba a quien tuviera a bien enfrentarse a él. Gawain, sobrino del famoso rey de Camelot, será quien aceptará el reto: “Su motivo es humilde: proteger a Arturo –su pariente mayor, su rey, cabeza de la Tabla Redonda– del ultraje y el peligro; y a cambio corre el riesgo el mismo, el menor de los caballeros (como declara), y aquel cuya pérdida podría ser soportada más fácilmente”.

Como se aprecia en el romance, en estas palabras de Tolkien, la Corte de Arturo y la mesa que presidía junto a su bella esposa Ginebra eran objeto de absoluta veneración. Distintos autores de la Alta Edad Media idealizarían la generosidad y buen juicio del personaje, convirtiéndolo además, como explica Carlos García Gual en su “Diccionario de mitos”, en símbolo de la resistencia de los británicos frente a los sajones invasores a finales del siglo V y comienzos del VI. Arturo surgiría por vez primera en un texto en la novena centuria, la “Historia Britonum” de Nennio, y su genio se asentaría en la obra en prosa latina “Historia Regum Britanniae” de Geoffrey de Monmouth (siglo XII). Luego sus conquistas militares serían recogidas por otros poetas y hasta los reyes recuperarían ante la plebe su ejemplo, como Enrique II, con el fin de prestigiar la monarquía.

Con todo, es la literatura trovadoresca, con sus valores de refinamiento y valentía, la que da a Arturo su leyenda inmortal; en los relatos del francés Chrétien de Troyes es el perfecto señor cortés, y así, poco a poco, su figura cobrará el perfil de un semidiós, y alrededor de él todo será fantástico: su amistad con el mago Merlín, quien le conduce a la mansión de las hadas, de donde se decía que regresaría para libertar a su pueblo; su fabulosa espada Excalibur; la búsqueda del Santo Grial… Pero vendrá una parte oscura: Ginebra lo engañará con Lanzarote, y Arturo se verá abocado a batallas destinadas al fracaso. Una decadencia narrada en la epopeya “La muerte de Arturo”, que escribiera, supuestamente desde la cárcel, sir Thomas Malory, un caballero de vida atribulada, y se imprimiría en 1485.

Esta extensísima obra es la que definitivamente sirve de información e inspiración para un sinfín de poemas y novelas modernos. Sobre todo, en la literatura inglesa a partir del siglo XIX –antes apenas sale citado en “El Quijote” y “Tirant Lo Blanc”–, como en el caso de Walter Scott y Alfred Tennyson. Este último da voz al sabio monarca en los versos de “Morte d’Arthur”. En España, escritores como el gallego Álvaro Cunqueiro (“Merlín y familia y otras historias”) y el catalán Joan Perucho (“Libro de caballerías”) retomarían lo artúrico para sus propias obras. Camelot pasaba a ser un lugar deseable de conocer. Algo en lo que también pondría el acento John Steinbeck mediante “Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros” (1976) y, sobre todo, mucho antes, el Mark Twain del inolvidable viaje en el tiempo “Un yanqui en la corte del rey Arturo”, novela de aventuras y sátira y crítica social al mismo tiempo al recrear “despiadadas leyes y costumbres” de los reyes de entonces. Ejemplo mayúsculo de cómo la vida del siglo VI podía servir para señalar lo mejor y lo peor, ayer y hoy, de la naturaleza humana.

Publicado en La Razón, 2-VI-2013