martes, 27 de agosto de 2013

La ansiedad de la juventud


Cuenta el editor de Thomas Wolfe, Maxwell E. Perkins, que lo atendió como a un hijo pese a que antes de conocerle, en 1928, oyera de que se trataba, según sus propias palabras, de «un espíritu turbulento», que «Of time and the river» necesitó un trabajo de corrección al alimón seis días a la semana durante mucho tiempo. Como cualquier otra obra del autor de Asheville (Carolina del Norte), este texto constituyó para él toda una obsesión. Al publicarse, en 1935, la novela iba a ser bien recibida por los críticos, «pero muchos de ellos afirmaron que Wolfe sólo sabía escribir acerca de sí mismo, que no podía ver el mundo objetivamente, con desinterés, y que siempre era autobiográfico». Al escritor esos comentarios le afectaron notablemente: era un genio que se sentía incómodo con su capacidad torrencial para narrar la vida, que quería volcar su incertidumbre en un papel de forma compulsiva.

Wolfe, ante todo, fue un artista de la palabra, un romántico de muerte precoz por neumonía, de incontinencia novelesca y espíritu solitario y doloroso, tierno e insaciable. Un lector increíblemente voraz que debutó con una novela innovadora, valiente, desconcertante: «Look Homeward, Angel» (1929) –traducida al español como «El ángel que nos mira»─ y que no tuvo la fortuna literaria de autores como Faulkner, que lo consideraba el mejor narrador norteamericano de su tiempo, Fitzgerald o Hemingway. Una injusticia que el tiempo no ha remediado del todo y que partió del hecho de que a Wolfe se le acusó de no poder escribir sin la ayuda de su editor y de esa tendencia a recurrir a la memoria personal que otros comentaristas retomaron para al fin simplificarlo. Así, nuestros Martín de Riquer y José María Valverde dijeron que Wolfe «quería ser una especie de Whitman de la prosa –sin optimismo, concienzudo y trascendental–, pero se desangró escribiendo, queriendo decirlo todo en un vasto río narrativo que siempre era autobiográfico, aun cuando quería ponerse en otros personajes».

Y sin embargo, justo eso es lo maravilloso de la prosa de Wolfe. Tanto en «El ángel que nos mira» ─en una nota «al lector», aquí defendía que «toda obra seria de ficción es autobiográfica»─, como en sus dos bellísimas novelas cortas «El niño perdido» y «Una puerta que no encontré», traducidas al español recientemente, tenemos a un narrador que saca partido de sus connotaciones sentimentales: su pueblo natal, sus familiares y vecinos, el afán por lo literario, por comprender el pasado desde el presente… Y «Del tiempo y del río» es el culmen de esa literatura desde el corazón, el recuerdo y el desconcierto por el paso de los días. En ella, su héroe Eugene Gant personaliza «una leyenda sobre la ansiedad del hombre en su juventud», como reza el subtítulo, y pone en escena su iniciación hacia el Norte: un viaje en tren a Boston, en paralelo con la pérdida del padre, y su llegada a Harvard para asistir a un curso de dramaturgia.

Ese trayecto hacia «el impetuoso, espléndido, extraño e ignoto» Norte, en contraste con «el mundo lejano, perdido y solitario del Sur», es real y también metafórico, trascendente, pues durante el trayecto todo cobra una dimensión superior. He aquí la poética narrativa de Wolfe: «Podía sentir, gustar, oler, ver todo con una instantánea y sosegada intensidad, captar en una visión fugaz la animación que le circundaba, fija en su mente para siempre», se lee al comienzo. Y ése el quid: fijar en la memoria lo que se mira para luego convertirlo en materia literaria. La vida, el tiempo, va quedando atrás como el avance del tren; éste es el tiempo irrecuperable, al fin y al cabo el gran misterio, acrecentado por la imposibilidad de hablar de él. Pues la narrativa de Wolfe es el intento por verbalizar lo que desasosiega, alegra, asombra, enloquece, y la corroboración de que falta lenguaje para tamaña empresa. Por eso el autor rebusca en sus sensaciones en busca de expresar lo inexpresable y se extiende en consonancia con su hambre y sed de entender lo que le rodea. Una misión imposible, bella para hacer literatura, si bien tortuosa para avanzar en el camino de la vida.

Publicado en La Razón, 22-VIII-2013