lunes, 26 de agosto de 2013

Entrevista capotiana a Pablo Aranda

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Pablo Aranda.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
¿Nunca nunca?, ¿vale una ciudad con playa o es trampa?, Málaga no está mal. Ya buscaría la manera de escaparme.
¿Prefiere los animales a la gente?
La gente, bien sûr, aunque contesto con mi perro ante mí, mostrándome una pelota de tenis para que se la lance. Esa fidelidad... mi mujer nunca me traería una pelota de tenis entre los dientes, ni mi editora, ni mi agente, pero está bien que así sea. Prefiero la gente.
¿Es usted cruel?
No, en absoluto.
¿Tiene muchos amigos?
Sí, bastantes. He pasado por muchos ambientes y lugares, muy diversos, y he ido recogiendo (y sembrando) cariño. Si nos ponemos exigentes, amigos amigos, de verdad, menos, pero aun así salen unos pocos.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
Que no sean falsos, que sean auténticos y coherentes.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
No. Algún mal trago he pasado, pero no es lo habitual.
¿Es usted una persona sincera? 
Bastante.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Viajar solo, viajar en familia, leer, ir al cine, hacer deporte, comer fuera con la family, jugar con mis hijos, hablar con mi hija, jugar con mi mujer, lanzarle la pelota de tenis a mi perro.
¿Qué le da más miedo?
El posible sufrimiento de mis seres queridos.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
Que pudiéndose vivir tan bien, cueste tanto trabajo ponerse a ello. Que no se respeten los códigos de convivencia. Que ese otro mundo posible se pisotee. La guerra de Congo. El machismo. Que los coches no se detengan en un paso de cebra cuando un peatón espera.
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Ser profesor.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Sí, desde siempre. He fracasado en multitud de deportes, pero sigo. Tras el último fracaso en deportes de contacto y artes marciales, ahora nado. Y no me olvido de correr por carriles de montaña con mi perro, que en esos casos se saca la pelota de tenis de la boca.
¿Sabe cocinar?
Sí, como soy disfrutón pero algo vago, soy un maestro en platos buenos pero de fácil elaboración. ¿Maestro he dicho?, ¿y no dije antes que era bastante sincero? El pescado a la plancha me sale que ni planchado.
Si el Reader’sDigest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
Bueno, hay tantos... Tal vez Manuel Chaves Nogales, el escritor y periodista inquieto y genial.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Amor.
¿Y la más peligrosa?
Yo.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
No, matar no, que se muriera solo, sin mi ayuda, sin sufrir, pero rapidito.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Soy una persona abierta partidaria de la máxima tolerancia, la solidaridad y la no violencia (¿pero no dije antes que había practicado artes marciales, incluso un poco de boxeo, y que era bastante sincero?).
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
Soy bastante sincero: profesor. ¿O se refiere la pregunta a otra cosa como otro ser? Si es eso, ni idea. No me gustaría ser otra cosa. Me gusta esta dificultad de ser persona.
¿Cuáles son sus vicios principales?
Tengo vicios pequeños, principales apenas.
¿Y sus virtudes?
Tengo muchas, casi todas principales (es broma). Soy alegre, empático y más o menos bueno.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Imaginaría varias muertes, naturales y sin apenas sufrimiento, para el que me ha tirado de la barca, incluso alguna con algo de sufrimiento y algo de intervencionismo. Al final, además, seguro que una segura socorrista me salva y no me ahogo.

T. M.