martes, 18 de marzo de 2014

Thoreau frente al lago de la libertad


Últimamente, Henry David Thoreau (Massachusetts, 1817-1862) está más presente que nunca desde el punto de vista editorial. Tres novedades en torno al pensamiento y la obra del considerado pionero del ecologismo coincidieron en el tiempo para deleite de los amantes de la literatura y la filosofía de vida que vieron emerger los Estados Unidos durante el segundo tercio del siglo XIX. A la cabeza, el mentor de Thoreau, Ralph Waldo Emerson, cuyas dos series de Ensayos se publicaron en 1841 y 1844; más tarde, en 1854, vería la luz Walden, de Thoreau, después de siete años de escritura y revisiones; y la primera edición de Hojas de hierba, la obra en marcha de Walt Whitman, aparecería en 1855.

Estos tres portaestandartes de la cultura americana se posicionarán contra la guerra y la esclavitud, pero nadie con tanto ahínco como Thoreau, como retrata la primera de las novedades a la que aludíamos, Thoreau. La vida sublime (editorial Impedimenta), de Maximilien Le Roy (guion y color) y A. Dan (dibujos); ambos firmaron una novela gráfica que seguía los pasos del autor de Desobediencia civil, concepto tan en boga hoy en día, desde que Thoreau pide un hacha a un conocido para construirse una casa en la zona de Walden Pond, cerca del pueblo de Concord –donde vivieron, aparte de la familia de Thoreau, Emerson, Hawthorne y Louisa May Alcott, la autora de Mujercitas– hasta que dice sus últimas palabras en su lecho de muerte, en 1862.

El cómic ponía el acento, por un lado, en la lucha de Thoreau en contra de la esclavitud –que sería abolida en 1865 en Estados Unidos– y de las leyes gubernamentales que usaban los impuestos para la guerra, y por el otro, en la atracción que sintió por la vida de los indios. El volumen, además, incluía una entrevista al profesor universitario Michel Granger, titulada “Thoreau, un filósofo para hoy”, que daba cuenta de cómo su legado es más pertinente que nunca en nuestra sociedad, para el replanteamiento de acciones y hábitos propios del capitalismo. Pues Thoreau no puede ser más contrario a todo ello, como se aprecia en la segunda novedad editorial, El Diario (1837-1861) (Capitán Swing Libros), una selección de sus páginas más personales a cargo del traductor, editor y escritor Simon Searls, que se esforzó en ofrecer una síntesis del autor a lo largo de 350 páginas (sería un 10% del total; Thoreau empezó a llevar un diario desde que se graduó en Harvard, en otoño de 1937, hasta poco antes de morir; se publicarían en dieciséis tomos en 1906).

En él, se verán las meditaciones de Thoreau sobre la educación, asentada en enseñar a vivir con principios firmes, austeridad y amor por la naturaleza. Es la intuición, es el alma y el espíritu de las cosas lo que ha regir todo en la Tierra; así, dice el 8 de mayo de 1852: “A mi juicio, el olfato es un informador más primitivo que la vista; más fiable y oracular. Cuando critico mis propios escritos, por decirlo así, me guío por el olfato.” Thoreau confía en los “sentidos” y se consagra a caminar y observar el entorno natural, siempre con la idea de “vivir en el presente, lanzarnos con cada ola, encontrar nuestra eternidad en cada momento”. Unas reflexiones que tuvieron una dimensión más específica en la tercera novedad editorial: Walden (editorial Errata Naturae), una nueva traducción, de Marcos Nava, del libro que Thoreau escribió a partir de su experiencia en Walden Pond, donde permaneció dos años y dos meses.

Se descubrirá el motivo de esta iniciativa en el capítulo “Dónde vivía y para qué vivía”, donde Thoreau explica que quiso vivir solo en los bosques “porque quería vivir deliberadamente, enfrentarme solamente a los hechos esenciales de la vida y ver si podía aprender lo que la vida tenía que enseñar, y para no descubrir, cuando tuviera que morir, que no había vivido”. Estas mismas palabras están escritas en un cartel hoy en el lugar donde existió la cabaña; un poco más lejos, a la entrada al área de la laguna de Walden, se fabricó una réplica exacta de la casa (cama, chimenea, escritorio, tres sillas, todo lo cual le costó 28 dólares, como apunta en el primer capítulo, “Economía”) y se erigió una estatua en su honor.

Este interés editorial que destacamos ya venía de un poco antes. En otoño del 2012, había aparecido un volumen inédito de Thoreau en español, para conmemorar el 150 aniversario de su muerte: Cartas a un buscador de sí mismo (Errata Naturae), un conjunto de misivas que el escritor envió a su amigo Harrison G. O. Blake, al que había conocido en casa de Emerson y con el que compartirá excursiones y se carteará entre 1848 y 1861. El epistolario reflejaba una relación de maestro y discípulo, aunque Thoreau y su admirador casi tuvieran la misma edad y una misma formación académica en Harvard. El volumen se abría con una epístola de Blake en la que éste interpretaba a la perfección las intenciones y el talante de aquel que se definió como “inspector de ventiscas y diluvios”. Thoreau, por su parte, le hablaba de su creencia en la simplicidad y autoconfianza, de la bondad como la mejor inversión, y de eliminar las necesidades autoimpuestas, abriéndose paso con una inteligencia y belleza conmovedoras, y al cerrar el libro, nuestra alma lograba una plenitud que no tenía antes.

No en vano, Emerson, en su discurso fúnebre de Thoreau –que se ganó el poco dinero que necesitaba como agrimensor y fabricante de lápices, murió de tuberculosis y fue enterrado en el cementerio de Sleepy Hollow–, afirmó: “El país no sabe todavía, ni en lo más mínimo, qué grande es el hijo que ha perdido”. ¿Lo sabrán ya los Estados Unidos, el lector español y todos cuantos se acercan a su obra y ven en ella la esperanza de comprender la esencia de la vida?

Publicado en Clarín (nº 109, enero-febrero de 2014)