domingo, 20 de abril de 2014

La no muerte de Gabriel García Márquez


Son pocas, pero hay muertes que no tienen la menor importancia. Por supuesto, la tiene, toda, para las personas del entorno del fallecido, y la tristeza de la desaparición de un ser querido apenas puede tener el consuelo de que, en este caso, la edad era muy avanzada. Pero más allá de eso, una muerte como la de García Márquez no puede acontecer, no sirve para nada, no lo entierra, no lo lleva al olvido, no le aleja de los afectos. Cómo podría suceder tal cosa si, muy al contrario, en los últimos tres días ha estado más vivo que nunca, más presente que nunca. Dirijo la mirada al estante, y allí están: algunas de sus obras. Una de las pocas inmortales que habrá en la literatura moderna. Tal vez la más viva de los últimos tiempos.

Digo todo esto a propósito de los dos largos artículos que le he dedicado en La Razón al autor colombiano, poco después precisamente de que en mi libro La resistencia del ideal. Ensayos literarios 1993-2013 le dedicara un extenso ensayo. El primero, ayer sábado, titulado «Gabo contado por Gabo», en el que, a partir de sus memorias Vivir para contarla, hacía un repaso de su trayectoria artística y vital, levantando puentes entre una y otra a partir de las propias consideraciones del escritor. El segundo, hoy domingo, es «El amor en los tiempos de Márquez», en el que hablo de las tres mujeres más importantes de su vida: un amor de adolescencia, una novia española que tuvo mientras vivió en París, y su esposa, que ahora ya llora, a solas, al que llevó como nadie la soledad a las letras.