miércoles, 25 de junio de 2014

Investigar el universo desde una silla de ruedas


Desde Albert Einstein, ningún científico ha tenido la fama y solera de Stephen Hawking. La popularidad del científico alemán, un icono cultural, político-moral y hasta visual –con su sempiterna imagen sacando la lengua, su cabellera blanca desmelenada–, solamente es comparable desde su desaparición, en 1955, a la de este hombre que todo el mundo recuerda desde siempre sentado con el rostro y las piernas ladeadas, inmóvil, en una silla electrónica, comunicándose con el mundo con apenas unos pocos dedos de la mano o la mirada. Ambos serían estudiantes irregulares, ambos aprenderían lo básico tarde: Einstein a hablar, a los tres años; Hawking, a leer, a los ocho, en su caso, según dice él mismo, por culpa de los métodos de enseñanza de la escuela a la que acudió.

Este detalle y muchos otros se podrán conocer en el ameno y directo “Breve historia de mi vida”, publicado por la editorial Crítica, ya el noveno libro del científico británico desde aquel fenómeno de ventas que fue su “Historia del tiempo. Del big bang a los agujeros negros”, en 1988. Hawking revisa una vida que al final tilda de “completa y satisfactoria”, pues, pese a su incapacidad física, “he conseguido hacer la mayoría de cosas que quería”. De ahí que el libro no trate en absoluto de las dificultades de vivir en sus condiciones ni tenga un atisbo de autocompasión. Muy al contrario, Hawking presume de haber podido viajar por todo el mundo: siete veces a la Unión Soviética, seis veces a Japón, tres veces a China, una vez a la Antártida, de haber estado bajo el mar en un submarino, haber volado en un globo aerostático y haber estado en un vuelo con gravedad cero. Como queda demostrado por las numerosas fotos que aporta el volumen, traducido por Ana Guelbenzu y que se publicó solo hace unos meses en Inglaterra.

Todo empieza el 8 de enero de 1942, “exactamente trescientos años después de la muerte de Galileo”. Europa está en plena guerra y muchos edificios de Londres yacen destruidos por las bombas. Stephen es un niño aficionado a los trenes eléctricos, los aviones, los barcos, un interés “fruto de una necesidad de saber cómo funcionaban los sistemas y cómo controlarlos”. Ahí empieza a fraguarse su instinto científico, heredado de su padre, un médico que viajaba a áfrica para ayudar a erradicar enfermedades tropicales. “Desde que empecé mi doctorado, esa inquietud quedaba cubierta con mis investigaciones en cosmología. Si entiendes cómo funciona el universo, en cierto modo lo controlas”, remata.

La familia de Hawking no era normal y corriente. Después de trasladarse a la localidad de St. Albans y ser vistos por los vecinos como gente excéntrica por su actitud reservada, compraron una caravana de gitanos para las vacaciones. Tal cosa no era del gusto de Hawking, pero se compensó con el verano que pasó con unos amigos de sus padres, en Deià, Mallorca: nada menos que el escritor Robert Graves y su esposa. Eran los tiempos en que en la escuela le apodaban “Einstein”, pese a ser un estudiante desordenado y de caligrafía espantosa. Y es que ya con doce años el tema de sus conversaciones, aparte de la religión, la parapsicología y la física, era “el origen del universo, y si era necesario un dios para crearlo y hacerlo funcionar”.

Así, con la influencia paterna y su curiosidad cosmológica, Hawking obtiene una beca para estudiar en Oxford, donde para hacer amigos se convierte en timonel del equipo de remo. Se reúne con su familia en la India, se gradúa, le dan una beca para viajar a Irán, donde enferma de disentería… Hawking vive con plenitud estos años, ingresando en Cambridge para trabajar con el astrónomo más importante de la época, y en estas páginas es donde el autor aprovecha para explicar asuntos sobre gravitación y relatividad; de forma breve y sencilla, eso sí, y entonces llega el punto de inflexión: se siente torpe, se cae, lo ingresan. Al final le diagnostican ELA (esclerosis lateral amiotrófica) justo cuando conoce a la que será su primera mujer, Jane, con la que tendrá tres hijos pese a quedarse prostrado muy pronto en una silla de ruedas.

Se ve a Hawking ya en ese estado en las fotos del libro, pero sonriendo mientras ve a sus pequeños en el jardín. Su enfermedad, siempre con la amenaza de una muerte prematura, no le impedirá viajar para ir a congresos científicos a Estados Unidos, trabajar sobre los agujeros negros, enfrentarse al gran tema de la cosmología en los años sesenta: si el universo tiene un principio. Hawking ya es un profesor tan reputado que lo contrata el California Institute of Technology, le galardonan con la medalla Pío XI –“En la ceremonia de entrega, Pablo VI se levantó de la silla papal y se arrodilló a mi lado”– y es elegido en 1979 para la Cátedra Lucasiana en matemáticas, puesto que había ocupado Isaac Newton. Una traqueotomía casi acaba con él y le arranca su capacidad de hablar. Desde ese instante, los artilugios tecnológicos serán su día a día para teclear palabras y darse a entender, hasta el presente, cuando “controlo [un programa informático] con un pequeño sensor en las gafas que responde al movimiento de la mejilla”.

A Hawking le esperaría un divorcio en 1990, y otra boda con su enfermera, de la que se separó en 2007 (ahora vive con su ama de llaves). Hoy en día, dice, sigue comunicándose con artilugios de Intel con los que puede “conseguir tres palabras por minuto”. Pero nada ni nadie le impide seguir soñando: “Tengo reserva para viajar al espacio con Virgin Galactic”, afirma al final, sabedor de que ha aportado algo “a nuestra compresión del universo”.