sábado, 7 de junio de 2014

John Banville: escribir con dos seudónimos

Foto: una calle céntrica de Dublín

Wexford es un pequeño pueblo frente a un mar gris y plácido, no muy lejos de diversos castillos centenarios: compone, pues, la estampa hermosa, romántica de la Irlanda verde y antigua, tranquila y melancólica. Desde Dublín, se puede recorrer en tren la costa oriental de la isla celta hasta ese lugar donde nació, a principios del siglo XVII, Guillén de Lampart, soldado y revolucionario que viajó al virreinato de Nueva España y, con el objetivo de conseguir el poder de la colonia y erigirse en libertador de los indígenas, falsificó documentos –no en vano también era un hombre cultivado, estudiante en Londres, Salamanca y El Escorial, y autor de poesías místicas– para hacerse pasar nada menos que por el hijo de Felipe III y ocupar el puesto de virrey.

Pero Wexford tiene ya otro hijo célebre e importante en las últimas décadas: otro que también huyó de su tierra natal (en su caso de la cárcel familiar y de la rigidez eclesiástica, para trabajar en una compañía aérea y vivir en Estados Unidos), otro que escribió (no poesía, aunque se considere un poeta que escribe novelas), otro que también cambió su identidad (pues si ya el nombre de nacimiento ya es una especie de seudónimo para convivir, en su caso creó otro a partir del año 2006): John Banville. En ese año, el escritor que tantos reconocimientos internacionales acababa de obtener por su relato “El mar” –aunque ya había recibido diversos premios y honores desde los años setenta–, empezó a desdoblarse al empezar a escribir historias policiacas, rebautizándose con el nombre de Benjamin Black, aunque el seudónimo compartirá espacio en la cubierta del libro con el que le vio nacer en Wexford.

Con ese apodo nuevo, Banville dio un paso más allá incluso y, rizando el rizo, aceptó la propuesta de los herederos de Raymond Chandler –en cierto modo hizo suyo (¿falsificó?) este otro nombre y apellido– para realizar una obra protagonizada por Philip Marlowe, «La rubia de ojos negros» (2014). Literatura de género, pues, diferente a su larga etapa precedente y de la que habló Claudio Magris, en 2003, por medio de un artículo laudatorio sobre Banville en el que destacaba cómo éste “es uno de los pocos capaces de contar cuánto amor, amistad y ternura puede haber en el corazón del ser humano”. Esa sensibilidad, y un cinismo sarcástico y atrevido, distinguen a un buen irlandés: a los de todas las épocas. Por cierto, Guillén de Lampart (o Lombardo de Guzmán, o William Lamport, o Guillén Lombardo, como si él también hubiera barajado seudónimos), fue atrapado en su engaño de hacerse pasar por otro, en México, y la Inquisición lo condenaría a morir en la hoguera.


Publicado en La Razón, 5-VI-2014