martes, 23 de junio de 2015

Hitler y su fallido as en la manga

El investigador que llevó al lector hasta las tripas de batallas tan importantes como la de Stalingrado, la de Berlín o la de Creta, el mismo que se sumergió en la Guerra Civil Española aportando novedosas informaciones procedentes de documentos desclasificados de los archivos alemanes y soviéticos: Antony Beevor (1946), el gran analista de la Segunda Guerra Mundial, da un paso más allá en aquellos seis años (1939-1945) de infinita bibliografía. Su último trabajo había sido “El día D. La batalla de Normandía” (2009), y ahora su editorial siempre en España, Crítica, lanza “Ardenas 1944”, una extraordinaria crónica de lo acontecido en torno a la contraofensiva alemana que ocupó unas seis semanas entre diciembre de 1944 y enero de 1945, en esa boscosa región belga, y que fue anestesiada por las tropas estadounidenses. A Hitler, pues, le saldría mal el as en la manga que tenía guardado para amortiguar la lucha de los Aliados, creando un ataque sorpresa con la idea de tomar Amberes tras partir por la mitad los ejércitos británico y americano, para dar con ello un giro de timón a una guerra que se le estaba poniendo cada vez más difícil de ganar.

Beevor, con su habitual y abrumadora avalancha de datos que ilustran cada movimiento y documentan las acciones de uno y otro bando, desmenuza en esta obra –con el apoyo de tablas de graduaciones, mapas, fotos, glosarios y listados de ejércitos y divisiones– lo que da en llamar “la apuesta de Hitler”. Empezará por una de las etapas cruciales del conflicto: la París liberada y eufórica de agosto de 1944, con un Hitler temeroso de que se repitieran las conspiraciones que había tenido que sufrir en sus filas en julio, así como de ser apresado por los paraicaidistas soviéticos –a esas alturas el Ejército Rojo se hallaba en la frontera de Prusia Oriental–, de modo que “en la Guarida del Lobo se respiraba un ambiente de profundo abatimiento”. Ese cuartel general, de tan particular nombre en clave y compuesto de decenas de edificios y búnkeres, además de estar rodeado de campos minados y alambres de púas, había sido puesto en pie en 1941 para preparar la ofensiva alemana sobre Rusia; era el lugar donde los conspiradores habían tratado de matar al Führer (hoy en día es un lugar de atracción turística que les homenajea por medio de un monumento); en él estaba encerrado Hitler, al tiempo que París respiraba libre, permaneciendo «en su dormitorio, echado en la cama, apático, mientras sus secretarios “mecanografiaban montones de informes que hablaban de pérdidas” tanto en el Frente Oriental como en el Occidental», explica Beevor a partir del testimonio de una de las secretarias del dictador, Traudl Junge, que publicaría sus memorias en el año 2002.

A esas alturas, el pueblo germano ya estaba harto de la guerra, “y como informaban los servicios de seguridad de las SS, mucha gente había perdido la fe en el Führer”. Los Aliados, por el contrario, se mostraban resistentes, y D. D. Eisenhower, el que llegaría a ser presidente de los Estados Unidos en la década de los cincuenta, comandaba las tropas del Frente Occidental; tozudo y cauto a la vez, como refleja Beevor en el capítulo “Amberes y la frontera alemana”, cometería diversos deslices estratétigos que llevarían al fracaso estrepitoso la Operación Market Garden, en septiembre de 1944, con la que pretendía hacerse con una serie de puentes de los principales ríos de la Holanda ocupada. La acción, ambiciosa por cuanto se concibió para dar un definitivo golpe al ejército nazi, se malograría al no poder ocupar el puente final, en Arnhem. Lo que, traducido al idioma del Tercer Reich, era una esperanza para organizar una contraofensiva con el objetivo de expulsar de Bélgica, Luxemburgo y los Países Bajos a los Aliados.

Éstos no se iban a esperar el ataque de los nacionalsocialistas, de modo que las precauciones en las comunicaciones, por parte de los militares nazis, surtieron efecto por completo, y no hubo espía que desbaratara el plan. De hecho: “La obsesión de Hitler por el secretismo nunca disminuyó. Los soldados no debían ser informados hasta la noche del ataque. Incluso los oficiales al mando de los regimientos no sabrían nada del asunto hasta el día antes.” En primera instancia, el clima, nublado en esa zona de una Bélgica que estaba plenamente nevada, inutilizó la fuerza aérea aliada, hasta que llegaron los refuerzos, como el Tercer Ejército del general Patton, y tras disiparse la niebla, se reemprendieron los ataques desde el aire y Hitler acabó perdiendo su apuesta. Poco antes, la propaganda nazi decía a su población: “La ofensiva invernal en las Ardenas, totalmente inesperada es el regalo de Navidad más maravilloso para nuestro pueblo. ¡Todavía podemos lograrlo!” Unas expectativas que también se extendían a tener opciones de reconquistar Francia pero que quedaron bloqueadas ante la fuerza aliada, por más que el número de bajas de unos y otros fuera bastante similiar, ochenta mil por bando entre muertos, heridos y desaparecidos. A lo que se tendría que añadir alrededor de ocho mil civiles muertos y desaparecidos, y más de veintitrés mil heridos; en ocasiones, por culpa de “las más de cien mil minas enterradas” y por “las trampas cazabobos, las bombas sin explotar y los explosivos abandonados por toda la región”.

Beevor detalla con mano maestra cada paso, cada error, cada iniciativa épica, durante las semanas previas al gran enfrentamiento, todo lo que protagonizan las tropas comunes y sus carismáticos líderes, los temores y suposiciones que de un lado y de otro va generando la incertidumbre de cada ataque y defensa. También desde el punto de vista psicológico e intimidatorio, como hacían los alemanes al usar sus carros de combate, efectuando disparos a diversas horas del día hasta intentar llevar a los americanos a “un estado mental casi frenético”. Pero la moral de éstos no sucumbió ante las intenciones de un Hitler que, según el autor, sabía que la ofensiva de las Ardenas iba a resultar un fracaso ya en la primera semana de combate. Y en efecto, los soldados estadounidenses resistieron con tenacidad, como uno que constituye un testimonio extraordinario por su importancia como militar y artista: J. D. Salinger, que quedaría traumatizado para siempre tras los años que sirvió en Europa, con el 12º Regimiento de Infantería, sufriendo en sus carnes cinco sangrientas batallas, incluido el desembarco de Normandía, mientras llevaba en su petate el manuscrito de la historia que estaba escribiendo, “El guardián entre el centeno”, que se publicará en 1951.

Sobre él Beevor cuenta cómo «continuó escribiendo furiosamente relatos breves durante toda aquella batalla infernal –se refiere a la del Bosque de Hürtgen, de septiembre de 1944 a febrero de 1945, al este de la frontera belga-alemana–, siempre que podía encontrar, como decía a sus lectores, “una trinchera desocupada”. Parece que toda aquella actividad sirvió al menos para aplazar hasta el fin de la guerra el hundimiento psicológico del escritor». Un superviviente que jamás volvería a ser el mismo; caso muy diferente al de un curtido Ernest Hemingway, que ya tenía experiencia bélica en la Guerra Civil Española y que acudió a Rodenburg, en Luxemburgo, deseoso de seguir lo sucedido en las Ardenas, aunque sin olvidar sus viejos hábitos alcohólicos y gamberros, como lo demuestra el hecho de que, en una casa que había pertenecido a un cura simpatizante de los nazis, se bebió “todas las reservas de vino de misa” para rellenarlas luego con su propia orina.


Publicado en La Razón, 17-V-2015