martes, 18 de agosto de 2015

El poeta del cuerpo y el espíritu


Brooklyn, junio de 1855. Un hombre de recién cumplidos treinta y seis años publica, de su bolsillo, un libro que no llega a las cien páginas y que ha titulado «Hojas de hierba». En los emergentes estados de la Unión, no se ha escrito nada parecido, y le lloverán las críticas implacables, cuando no malintencionadas y hasta censuras judiciales. Es Walt Whitman, un poeta incomprendido al que pocos reconocen su genio; entre ellos, Ralph Waldo Emerson, que le mandará una carta elogiosa –«Admiro su pensamiento libre y valiente, saludo el inicio de su gran carrera literaria», le dice– que el joven conservará como un tesoro, divulgándola siempre que pueda para reivindicarse, y que está llamado a ser "el mayor demócrata que el mundo ha conocido", como dijo Henry David Thoreau tras conocerle, en 1856.

Desde el instante en que Whitman envía un ejemplar de su libro al gran pensador norteamericano, a quien escuchó fascinado en 1842 dictar una conferencia sobre qué tipo de poeta tendría que aparecer tarde o temprano para captar aquel tiempo nuevo, como apunta muy iluminadoramente Eduardo Moga en esta extraordinaria y tan necesaria edición, «vivió para su libro, que fue creciendo, con sucesivas adiciones y “anexos”, como un organismo viviente, con la sola interrupción de la Guerra Civil, que conmovió a los Estados Unidos desde 1861 a 1865»; son palabras del ecuatoriano Francisco Alexander, que publicó su traducción de la poesía de Whitman en 1953 (al alcance en la editorial Visor, 2008). El poeta conocerá, como enfermero voluntario en campos de batalla y hospitales militares, lo más plural y desgarrador de su nación, y toda su visión acabará indefectiblemente en su poesía. No en vano, calificará a su país de «gran poema» y, atendiendo a la Nación desde el Individuo, en el prefacio de la primera edición de su «work in progress» –que alcanzará las nueve ediciones, la última pocos meses antes de morir–, dejará claro que lo mejor de su tierra es «el común de las gentes. Sus maneras, lenguaje, indumentaria, amistades; la lozanía y candor de sus rostros; el desparpajo pintoresco de su porte…; su devoción imperecedera a la libertad».

Esfuerzo titánico

Para Whitman, la literatura será la herramienta ideal para forjar un espíritu democrático común que contenga, además, el elemento religioso, el factor del Alma siempre por encima de lo material. Como se lee en el libro «Perspectivas democráticas», él mismo destaca que sus ideas son fruto de sus vagabundeos, de observar al ser humano, ya sea en Nueva York o en medio de la naturaleza. Todo esta visión libre, fraterna, pura la ha asimilado a las mil maravillas Moga para traducir toda la poética whitmaniana y presentarla con sabiduría y sensibilidad; un trabajo titánico por sus dimensiones, complejidad lingüística y honduras temáticas que da inicio con un puñado de páginas en las que Whitman queda perfectamente contextualizado, en lo histórico, literario y editorial, y se cierra con un aparato de notas útil y completo.

A esta gran iniciativa cabe añadir otro pequeño libro que es imprescindible para los amantes de Whitman y que publicó recientemente una nueva editorial, «Días con Walt Whitman», de Edward Carpenter, un escritor y activista social británico que acudió en dos ocasiones a Filadelfia para ver a Whitman, quien le transmitiría reflexiones como esta primordial, la que alienta un «carpe diem» para todos: «La fe de que hay que disfrutar del presente, que confiere color y vida a los mil y un detalles secos de la existencia». Emerson y, muy marcadamente, Thoreau estaban en sintonía con este pensamiento, y resulta sensacional seguir la crónica de Carpenter sobre el ya viejo y mítico Whitman, sobre su obra desbordante y su vida llena de desgracias, sobre su homosexualidad y filosofía; de la misma forma, había sido precioso conocer lo que el poeta le comentaba a su amigo Horace Traubel en «Con Walt Whitman en Camden» (1906; Pre-Textos publicó un librito con extractos de las conversaciones), como cuando reconoce que la escritura le nacía de forma natural «sin deliberación, sin preocuparse por el estilo, sin esperar un tiempo o lugar apropiados».

No hay en la historia de la literatura una combinación semejante de individualismo y pluralidad, de mirada interior –«Yo me canto y me celebro»– y de mirada exterior: hacia sus conciudadanos, los estados, la naturaleza. De ahí que, al decir de Moga, su poesía sea «la presentación del universo que se ha descubierto –los paisajes y las gentes de los Estados Unidos, y el alma a que esos lugares y personas dan cuerpo– mediante la presentación de sus visiones». Porque, según el traductor, los versos de Whitman «engarzan visiones» y no metáforas o imágenes; son percepciones de lo circundante, y «ese amontonamiento de visiones se ordena» por medio de enumeraciones. La influencia de Homero y los Evangelios, para esa «pasión catalogadora», es total, «hace llevar al poema todo cuanto ve, todo cuanto oye, en definitiva, todo lo que integra la realidad poliédrica de un país ilimitado». Junto a este afán totalizador, «Whitman es el poeta del cuerpo y del espíritu, de la mujer y del hombre, del bien y del mal, del amor y del odio, de la vida y la muerte». Todo lo acoge, asombrado; todo lo poetiza, casi se diría que lo nombra por vez primera, y además con un ritmo versicular en el que es clave algo que no se destaca demasiado: su amor por la música, en concreto por «la ópera, de la que Whitman era un amante apasionado, y sin la cual, como él mismo confesó, no habría escrito “Hojas de hierba”».

Publicado en La Razón, 13-VIII-2015