martes, 16 de febrero de 2016

Entrevista capotiana a José Ramón San Juan

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de José Ramón San Juan.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?
Se me ocurre, a bote pronto, una contrapregunta: ¿Ese lugar puede ser una ciudad, una región, un país, la isla de Robinson Crusoe sin Viernes o con él? La respuesta sería muy diferente, según el caso. Puesto a considerar la opción más limitadora y claustrofóbica, creo que, hasta cierto punto, soportaría el encierro en una casa próxima al mar (preferentemente ante el Cantábrico, que ofrece espectáculos muy variados), pero con muchos libros, una enorme discoteca y una conexión de banda ancha a Internet. De la TV podría prescindir con sumo gusto.  
¿Prefiere los animales a la gente?
No, prefiero a la gente, pero según quién o quiénes, dónde, cómo y cuándo. La gente constituye una ‘fauna’ muy variada, demasiado imprevisible, así que mi preferencia no es incondicional. Si se trata de los humanos más desagradables, inquietantes o peligrosos me quedo no con los animales en general, sino con un animal concreto: mi gato. Es muy majo, aunque a veces se pone un poco pesado con sus demostraciones de cariño.
¿Es usted cruel?
No, en absoluto. En ausencia de abuelas, diría que soy más bien bondadoso y tierno, aunque no muy expresivo en gestos. Si llego a incurrir en crueldad, ésta es meramente verbal, y se dirige a alguien que dio primero (es decir, dos veces). En ese caso, mi crueldad no es deliberada ni premeditada, pero sus efectos suelen superar a mis previsiones e intenciones, tal vez porque, de modo rápido y espontáneo, utilizo la ironía o el sarcasmo en lugar del insulto o la ofensa directa. En tales circunstancias lo lamento mucho y pido perdón. Afortunadamente esas situaciones son muy infrecuentes.
¿Tiene muchos amigos?
Desde un punto de vista ’clásico’ (el que podría expresar la frase “quien tiene un amigo tiene un tesoro”), me temo que no. Desde un planteamiento teóricamente más contemporáneo (“los amigos son para las ocasiones”) no lo sé, ya que me resisto a poner a prueba la amistad mediante la petición de favores o privilegios. Finalmente, desde un punto de vista postmoderno y líquido, diría que tengo bastantes amigos, pero casi todos interinos, en periodo de prueba. La precariedad está en todo.
¿Qué cualidades busca en sus amigos?
De mis amigos espero fundamentalmente una sinceridad a toda prueba, cierto grado de coincidencia en los valores y la visión del mundo, y un punto de humor sano que, en el momento preciso,  le quite hierro a las innumerables razones de la melancolía.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?
Teniendo en cuenta lo que ya he dicho sobre la amistad, las oportunidades de defraudarme son reales, pero el daño no suele ser grave. Siempre tengo a mano la venda, y no es precisamente para mis ojos.
¿Es usted una persona sincera?
Sí, y me temo que más de lo conveniente para mis intereses. Sólo mi natural inclinación a no hablar si nadie me pregunta, generalmente, evita que disguste o contraríe a otros y me ahorra polémicas y malquerencias. Pero cuando alguien me pregunta mi opinión recibe justamente mi sincera opinión. Eso mismo es lo que yo espero cuando pregunto.
¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?
Leer y escuchar música (o practicarla) son las actividades de ocio más frecuentes en mi caso. Soy bastante convencional y escasamente deportivo. En definitiva: más bien sedentario.
¿Qué le da más miedo?
El mismo miedo me parece lo más terrible. Y me refiero a ese miedo reverencial, casi supersticioso, que impera en nuestras sociedades actualmente. El temor a perder el empleo, a no conseguirlo, a ser brutalmente multado por el menor motivo, a caminar solo por ciertos barrios cuando cae la noche… Estamos viviendo bajo una cierta forma de ’terrorismo de baja intensidad’ que condiciona nuestra libertad hasta extremos insólitos y limita nuestra calidad de vida. Sobre nuestros temores crecientes y contagiosos se está edificando una distopía cada vez más alejada de la democracia y del Estado de Derecho. Eso es tan pavoroso como perverso.
¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?
La impunidad del poder financiero, en complicidad con el poder político y, en muchos casos, también con el judicial; la manipulación de la realidad y de las conciencias que realizan los ’mass media’, pero también la pasividad, la credulidad y la indiferencia de una parte no pequeña de los ciudadanos ante esa realidad.  
Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?
Supongo que lo que ya hice: ser un periodista decepcionado, frustrado y cabreado la mayor parte del tiempo. Cuando he llegado a plantearme qué podría hacer si volviera a nacer he excluido el periodismo, por supuesto, pero no es fácil elegir una alternativa satisfactoria. En su día, cuando se aproximaba el momento de elegir una carrera, yo elegí Medicina, pero mis padres lo descartaron sin apelación posible: demasiado largo, demasiado caro, demasiado lejos… Podría haber estudiado Filosofía y Letras y haber sido profesor, pero no me imagino excluyendo cualquier forma de creación en mi actividad extraprofesional.
¿Practica algún tipo de ejercicio físico?
Caminar, pero poco. A veces hago breves ejercicios de mantenimiento (o algo parecido) en el pasillo de mi casa, pero no con el fin de estar en forma, sino de desentumecerme tras una larga ‘sentada’ ante el ordenador. Patético, ya lo sé.
¿Sabe cocinar?
Lo único que sé de cocina es freír huevos, pero, eso sí, me quedan ‘de cine’ a nivel visual y gustativo. Al menos a mi me encantan.
Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?
No puedo seleccionar a un solo personaje. Para mí hay una ’santísima trinidad” de inolvidables insuperables y me parecería injusto olvidar a alguno. Dos son escritores: Albert Camus y Julio Cortázar; el tercero es Jacques Brel, compositor y cantante. De hecho, algo he escrito sobre cada uno de ellos. A veces he pensado que habría sido estupendo conocerlos. Creo que en cierto momento del siglo pasado coincidieron viviendo los tres en París.
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?
Imagino que ‘Paz’. Se firma y se afirma constantemente, y siempre se hace en la confianza o con la esperanza de que sea permanente, o al menos durable.
¿Y la más peligrosa?
‘Amor’. “Te amo” es una expresión que se suele pronunciar de modo irreflexivo e irresponsable, da lugar a muchos equívocos y falsas expectativas y acaba causando mucho dolor en algunos casos. Nadie honesto y en su sano juicio debería pronunciarla nunca. O al menos nunca antes de que se cumplan veinte años de convivencia armónica y feliz con la persona destinataria de ese amor.
¿Alguna vez ha querido matar a alguien?
Nunca. No me veo practicando la violencia física. Pero sí he fantaseado alguna vez con la muerte fulminante de alguien. Siempre se trataba de alguna ‘alimaña bípeda’, de esas que no pueden vivir sin hacer daño a sus prójimos. Alguna vez he visto que se les califica como ‘gente tóxica’ Creo que su desaparición no habría provocado añoranza alguna.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?
Utópicas. Sería partidario de un socialismo libertario que todo señala como incompatible con la condición humana, al menos en su estado actual de evolución. Cuando voto lo hago a la izquierda, pero sin ninguna convicción ni esperanza.
Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?
No sé si entiendo bien esta pregunta. Ser una cosa (u otra) es algo que no me apetece nada. Si se trata de alguna alternativa al hecho de ser una persona, supongo que ser un delfín podría estar bien. Esos animales parecen ser bastante inteligentes y pasárselo medianamente bien.
¿Cuáles son sus vicios principales?
El mayor, el tabaquismo. Me paso la vida inhalando y exhalando humo de tabaco, y, por esa razón –tras la proscripción del consumo público–, mi escasa vida social se ha visto perjudicada. El otro vicio es una curiosidad insaciable, que no malsana, que me lleva a interesarme por todo tipo de cosas. Invierto una considerable cantidad de tiempo en leer sobre asuntos que, en primera instancia, nada tienen que ver con la narrativa o la poesía. Últimamente trato de reprimir este ‘vicio’, pero sin gran éxito. 
¿Y sus virtudes?
La paciencia. Soy un impaciente nato, pero creo que he logrado controlarlo. Las virtudes, cuando no son de origen genético –y me temo que nunca o muy raramente lo son–, suponen un esfuerzo constante y exigen un nivel ímprobo de tolerancia. La tolerancia sería otra de mis virtudes posibilistas. Intento comprender a los otros y pienso que en muchos casos llego a conseguirlo, lo que no se traduce necesariamente en empatía, pero sí en respeto. Nadie es perfecto.
Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?
Una muerte por ahogamiento implica una lucha denodada por vivir, un esfuerzo por flotar, por respirar, por desembarazarse de todo lo que dificulta ambas cosas; una resistencia que –imagino– se mantiene hasta el último aliento, en el que el agua anega los pulmones. No veo en esas agónicas circunstancias una oportunidad adecuada para evocar toda la vida en un momento o para añorar los verdes campos de la infancia. Las imágenes que uno puede soñar en ese caso creo que tienen más que ver con salvavidas, troncos a la deriva, barcos cercanos o maromas salvadoras. Tal vez, con la última porción de oxígeno en el cerebro podría uno imaginarse una hermosa sirena salvadora. Eso estaría bien como alucinación consoladora.

T. M.