lunes, 12 de febrero de 2024

Kafka y los animales


Franz Kafka: uno de esos casos excepcionales en que el aprecio a un escritor no cesa, sino al contrario, crece y se asienta perdurando a lo largo del tiempo. Así ha sucedido desde su dramática muerte en junio de hace cien años, después de que lo fulminara una tuberculosis pulmonar crónica. Él es el conocedor exhaustivo de la ciudad de Praga, el analista de la sociedad de su tiempo —de todos los tiempos, incluidos los futuros—, el contemplador sufriente de una pulsión entre la realidad y la literatura.

Asimismo, lo kafkiano —el diccionario ha obviado su inherente acepción de burocratización y deshumanización de la vida, de alienaciones del hombre contemporáneo, para reducirlo a algo «absurdo» o «angustioso»— ya se ha hecho un adjetivo universal. Qué le despertaría tal cosa a este hombre cuyo mundo literario –lo leído, lo escrito; su paciencia y meticulosidad– es justamente lo contrario a nuestro hoy presuroso e instantáneo, él, que apuntó en un aforismo que «todos los errores humanos son impaciencia, una interrupción de lo metódico», y que nuestros pecados capitales proceden de la indolencia.

Sus textos no tienen límite, no acaban nunca; simbólicamente, porque el checo tiene en su haber obras inacabadas, o textos no literarios, como las páginas personales de sus cartas y diarios que él trascendió a prosa artística y maravillosamente intensa; y también en relación con su personalidad, que siempre resurge asombrándonos a través de testimonios, estudios, descubrimientos a partir de nuevas investigaciones.

Él mismo ejemplifica lo que debería ser nuestra verdad lectora. «A mi juicio, sólo deberíamos leer libros que nos muerden y nos pican. Si el libro que estamos leyendo no nos despierta de un puñetazo en la crisma, ¿para qué lo leemos? ¿Para que nos haga felices? Dios mío, también podríamos ser felices sin tener libros y, dado el caso, hasta podríamos escribir nosotros mismos los libros que nos hicieran felices».

Este famoso fragmento lo recogió Monika Zgustova en La bella extranjera. Praga y el desarraigo (Báltica). Y proseguía Kafka: «Sin embargo, necesitamos libros que surtan sobre nosotros el efecto de una desgracia muy dolorosa, como la muerte de alguien al que queríamos más que a nosotros, como un destierro en bosques alejados de todo ser humano, como un suicidio; un libro ha de ser un hacha para clavarla en el mar congelado que hay dentro de nosotros».

Por extractos como este Kafka sigue fascinando como muy pocos autores, lo que conduce a que sus obras sean susceptibles de renovadas interpretaciones que añaden tanto conocimientos como enigmas. Kafka todavía está en plena metamorfosis, sigue en el laberinto de su Castillo, viaja una y otra vez a América; continúa mostrándose como el hijo abrumado por el agrio padre, como el sempiterno amante de mujeres a las que no podía dedicarles más desvelos que a sus páginas escritas.

Por todo ello, los libros sobre su vida y obra son también un reto en sí mismos, como el caso de Reiner Stach y Kafka. Los primeros años. Los años de las decisiones. Los años del conocimiento (Acantilado). Esta mastodóntica biografía nos sumergía en la existencia, llena de contradicciones y ansiedades, de una personalidad bondadosa, cada vez más introspectiva, entregada a sus cuentos y novelas por las noches, amando y temiendo Praga, experimentando la sensación de irrealidad, la culpabilidad de vivir.

Parte de esta culpa vino de la incomodidad familiar. Kafka padeció a una figura patriarcal, tan intimidante y presuntuosa, que marcaría por completo su psique y su literatura, según sus exégetas: «Hay muchos argumentos que respaldan la idea de que el gélido ambiente social que Kafka describe en sus tres novelas, en el que la solidaridad desinteresada tan sólo aparece como un sueño, no sólo refleja experiencias y observaciones reales, sino también la conciencia antisocial del padre», refiere Stach.

Una vez, el padre castigó a su hijo de una manera horrenda: lo encerró en la galería del patio interior del edificio en que vivía la familia, después de que el chaval gimoteara pidiendo agua desde la cama. Una experiencia de poder, miedo, soledad, según Stach, que generará en el pequeño Franz una sensación permanente de temor hacia la violencia ajena, de vulnerabilidad, e incluso la percepción de que puede ser abandonado en cualquier momento, algo que luego se extenderá a sus relaciones amorosas. Su ánimo se refleja en la única anotación que nos ha llegado de su etapa infantil, a los catorce años —«Hay un ir y un venir. Un partir, y a menudo… no regresar»—, y que ya afianza esa mirada melancólica.

Hay un Kafka, empleado en el Instituto de Seguros de Accidentes de Trabajo, donde trabajó como abogado de 1908 a 1922; otro que, pasando las noches pasadas en vela escribiendo, creó a Gregor Samsa, aquel individuo que un día se despierta convertido en un monstruoso insecto. Uno niega a otro, pues su esencia es artística; no en balde, como escribió una vez a su novia Felice: «No soy nada más que literatura».

Porque todo empieza y acaba en lo literario. Todo va a ir a parar en cierta manera a la escritura de sus diarios, cartas, cuentos: sus inicios sexuales, los círculos de amigos, la búsqueda de un trabajo, sus visitas a determinado burdel, la elección de los sanatorios para restablecer una salud siempre enfermiza, su vida como treintañero aún en casa de sus padres... Estos periodos tienen algo que los une: la introspección constante, un paisaje interior de lucha personal que Kafka libra en torno a quién es y cómo debe ser.

Según su biógrafo, Kafka dudó con el final de La transformación —o como antaño se decía, erróneamente sin duda, La metamorfosis— porque no le convencía. Pero de una cosa estaba seguro: al publicarse el libro no quería ninguna ilustración de cubierta que intentara mostrar a qué tipo de bicho podía referirse esta narración de 1915.

No fue esta la única vez que Kafka recurrió al mundo de los animales. Buitres, chacales, cornejas, perros, ratones y demás criaturas le sirvieron, dentro de una rica tradición literaria venida de la Antigüedad, en torno a numerosas fábulas con animales, para edificar sus alegorías narrativas. Y por supuesto, ninguna de estas elecciones animalescas es gratuita. Cada una tendrá una simbolización, humanizándose, pues su voz es reflexiva, nos apela para que, identificándonos con cada animal, nos enfrentemos al espejo de la propia incertidumbre.

Tal cosa ocurre con el pobre Samsa, cuyo origen tal vez cabe hallar en un texto de juventud, «Preparativos de boda en el campo», en que aparece un hombre-insecto: «Y mientras es­toy acostado en la cama tengo la forma de un gran esca­rabajo, de un ciervo volante o de un abejorro, creo […]. Y susurro unas cuantas palabras que son instrucciones para mi cuerpo triste, que está de pie junto a mí, inclina­do». Seis años más tarde, ese gran escarabajo parlante se despertará, aterrado, recordando que la noche anterior era un ser humano.

Publicado en Cultura/s, 10-II-2024