sábado, 29 de noviembre de 2025

Un tributo a la Hungría de entreguerras

Durante las dos últimas décadas, se ha ido recuperando el éxito arrollador del que Sándor Márai (Kassa, 1900, hoy en Eslovaquia-San Diego, 1989) disfrutó entre sus compatriotas con sus obras narrativas y teatrales en los años treinta y cuarenta; éxito truncado por el régimen comunista, que prohibió sus libros. De hecho, abandonó su país en 1948 y emigró a Estados Unidos. Fue, en efecto, a inicios de siglo que en España volvió a eclosionar su voz con novelas como «El último encuentro», «La herencia de Eszter» o «Divorcio en Buda», a lo que se añadieron más novelas, dos tomos biográficos y diarios, pero parece que el caudal del autor no se agota: reciente es su novela «Los celosos» —otro gran texto que por su calidad se acercaría a su obra maestra «La mujer justa»— y aún lo es más la formidable «Un perro de carácter».

Esta novela corta vio la luz hace un año para recordarnos que un elemento novelesco cualquiera, la adquisición de un perro en la navidad de 1928, en Budapest, puede levantar una construcción narrativa de primer orden. Esa anécdota constituía la premisa para exponer el clima de escasez que se vivió en la Europa del Este de entreguerras. Y algo parecido sucede con «Último día en Budapest» (traducción de José Miguel González Trevejo), que vio la luz en 1940 y que rinde culto a Gyula Krúdy (muerto en 1933), un prestigioso escritor húngaro que aquí aparece con una suerte de seudónimo legendario, Simbad. De hecho, el título original de la novela era «Simbad vuelve a casa», y parte de una anécdota simple: este hombre sale de casa para con la intención de ganar el suficiente dinero para para comprarle ropa a su hija. Pero esa salida es una excusa argumental de Márai para ponerle al lector delante algunos rincones de la ciudad más representativos. 

Eso mismo tiene una otra mirada aparte de la novelesca a pie de suelo, pues se asoma todo el ambiente social de un periodo que, por decirlo con la famosa expresión de Stefan Zweig, remite a un nostálgico «mundo de ayer». De esta manera, la escritura de los últimos días de Simbad significó para Márai un acto de justicia cuando a Krúdy ya se le estaba olvidando, al tiempo que tal «exhumación también era una excusa para mostrar, al margen de la Hungría oficial, histórica y actual, una imagen de la “otra Hungría”, la Hungría auténtica», explica el autor. Y ciertamente, «Último día en Budapest» refleja una Hungría perdida e irrecuperable que ya existía sólo apenas en la literatura, antes de que sus regímenes totalitarios coartaran las libertades del país.

En ese sentido, la obra constituye también una forma de decir que son los escritores —no los filósofos, los historiadores o los políticos— los que edifican la memoria fidedigna de una nación, como si su misión fuera civilizatoria, por así decirlo: «Quienes más tarde transformaron la pradera en patria fueron los poetas y los escritores. Por ejemplo, Simbad», refiere Márai, que desveló en este y otros de sus libros el verdadero carácter de sus compatriotas, alejado de los tópicos del húngaro «heroico y romántico», por ejemplo. Realmente, lo más característico de los antihéroes de estos dos narradores es crear personajes solitarios, dado que, «efectivamente, desde hace mil años, el pueblo húngaro, rodeado por las grandes potencias eslavas y germánicas, vive en la misma soledad que una tribu beduina en el desierto».

Publicado en La Razón, 29-XI-2025